Mostrando entradas con la etiqueta DC. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DC. Mostrar todas las entradas

¡Shazam!, de David F. Sandberg

19 julio, 2020

| | | 0 comentarios
Estamos servidos de superhéroes cuyas historias conocemos de sobra, pero cada vez se van incorporando más personajes a la gran pantalla que no habían tenido tanta representación. Por parte de DC estamos atiborrados de versiones de Batman y Superman, mientras que otros de sus personajes más populares en el cómic apenas han tenido espacio en el terreno cinematográfico. Con el propósito de emular a Marvel, se intentó crear un universo propio en el cine, pero con un rumbo irregular y unos resultados dispares, desde la sombría Batman v Superman: El amanecer de la Justicia (Zack Snyder, 2016) hasta la espectacular y grandilocuente Aquaman (James Wan, 2018). Aparte del proyecto, y con un tono distinto, encontrábamos una aventura de orígenes con un héroe muy particular: ¡Shazam! (2019). 

En la película se plantean dos búsquedas distintas, pero que tienen el mismo resultado al tener ambas un carácter idealizado. En primer lugar, la fantástica, la del mago Shazam (Djimon Hounsou) en busca de un ser digno entre los humanos para poseer su poder. En esa eterna empresa va dejando un rastro de personas rotas, de candidatos a los que ha ido rechazando y convirtiendo en almas frágiles, como le sucede al villano, de cuya prueba somos testigos en la primera secuencia de ¡Shazam!. La otra búsqueda es más terrenal y cercana. Cuando Billy Batson (Asher Angel) tenía cuatro años, se perdió en una feria y no pudo encontrar a su madre, por lo que fue entregado a un orfanato. Diez años más tarde, en la actualidad, tras haber pasado por varias familias adoptivas, sigue buscando a su madre, acercándose cada vez más a su anhelo de ser feliz con la persona a la que recordaba e idealizaba desde aquel suceso. En ambos casos, y en ello se encierra parte del mensaje de esta película, el resultado es insatisfactorio: la perfección que se buscaba no existe, ese ideal no se corresponde a la realidad y solo nos puede reportar dolor y hacernos desaprovechar las oportunidades que se nos habían brindado. Sin embargo, solo uno de estos dos personajes aprenderá esa lección.


Billy Batson no es el héroe que el mago Shazam hubiera esperado, porque aunque acaba convirtiéndose en su heraldo (Zachary Levi), consiguiendo todos sus poderes, tiene defectos, como cualquier otro humano. Por una parte, acaba cayendo en el egoísmo y el exhibicionismo, con cierta irresponsabilidad, dejándose llevar por sus emociones a la hora de usar sus poderes, pero a la vez, y por otra parte, es empático y justo, los lazos que crea con los demás le permiten hacerse más fuerte. Es decir, Shazam falla al encontrar a ese humano perfecto porque lo que encuentra es un ser humano imperfecto, de la misma forma que el protagonista verá que la familia que buscaba, esa madre que lo perdía en una feria, no se correspondía a la realidad con la que Billy se encuentra. En efecto, la realidad presenta siempre muchas más aristas y grises que las que nosotros proyectamos sobre esa misma realidad. 

De esa forma, en ese trayecto vital, que aunque mejorable, está bien planteado por la película, Billy acaba por reconocer que debe aprovechar su oportunidad y que esa familia adoptiva tan peculiar como imperfecta puede convertirse en su hogar. Es más, esa familia aboga por esas imperfecciones, por hacer frente a los estereotipos, por combatir los defectos con una serie de virtudes que forman parte del ser humano y que, aunque seamos capaces de cometer errores, también podemos rectificar y enmendarlos. A fin de cuentas, el villano, el doctor Thaddeus Sivana (Mark Strong), es una contraposición a todas estas ideas. Se trata de un niño dañado, dolido, en una familia que lo rechazaba y que, cuando encontró que podía llegar a ser especial, gracias a Shazam, se dejó llevar por la tentación del poder y fue otra vez rechazado. La vida de este personaje, de no haberse producido el encuentro con este ser sobrenatural, podía haber sido muy distinta, pero no menos desdichada. 


A su vez, el idealismo de Shazam es también determinante, porque en lugar de reconocer las cualidades y defectos de la humanidad e intentar encontrar un heraldo al que educar y enmendar, intentando potenciar lo mejor de nosotros, decide rechazar abiertamente a múltiples niños que acaban marcados de por vida y, por tanto, el mago condena su propia búsqueda de un corazón puro. Después de todo, el ser humano, dentro de su libre albredrío, es imperfecto. No comprender esta cuestión es cegarse a la realidad. En definitiva, esos tres escenarios, el de Billy, el de Sivana y el de Shazam, relacionados con el concepto de una búsqueda fallida, suponen la columna vertebral de la película, y solo será recompensado en uno de los casos, en el que se abandona el ideal por aceptar la realidad y también a los demás, con sus imperfecciones.

En la historia de Billy hay momentos para la emoción, de la misma forma que sus enfrentamientos con Sivana y los Pecados Capitales son la propuesta espectacular habitual en el cine de superhéroes. Pero también se consigue una comedia simpática con guiños a las modas de los adolescentes actuales,  alejándose de la tónica habitual ochentera que está reinando en las producciones actuales. En este caso, se propone una visión más actual, con bromas, referencias culturales y comportamientos más habituales en esta época de memes en internet, videojuegos en línea y redes sociales. De ahí que nuestro protagonista reproduzca también el comportamiento, para bien y para mal, del adolescente de hoy, tan apegado a conseguir la fama en internet, a molar y a destacar sin hacer excesivo caso a sus obligaciones o a la responsabilidad que tanto poder le debería otorgar. Pero, como decíamos antes, el protagonista es empático y justo, como demostrará cuando deba dar un paso adelante y proteger a otras personas, empezando por su propia familia. 


Y como suele ser habitual en las historias de héroes, se convierte en un modelo doble para los espectadores (sobre todo para los más jóvenes): por una parte, cumple el sueño de cualquier preadolescente que quisiera tener poderes mágicos y triunfar, por ejemplo, en las redes sociales, y a la vez, por otra parte, advierte de los peligros de este éxito y de cargar con una responsabilidad. Toda diversión tiene también un aspecto de responsabilidad a tener en cuenta. Cualquier trabajo, labor u oficio puede gustarnos, pero ello no le resta que haya hechos que nos resulten desagradables y a los que tenemos que hacer frente tanto como a las tareas que más nos gustan. Aunque sea ya algo manido, la célebre frase de todo poder conlleva una gran responsabilidad que tanto se mitificó  en el personaje de Spider-Man también reside en el espíritu de ¡Shazam!, en tanto que los poderes que le han sido conferidos al protagonista también conllevan una enorme responsabilidad para con todos, no son un simple entretenimiento, sino también una forma de ayudar y salvar a los demás.

Por suerte, nuestro protagonista sabrá hacer frente a la adversidad y, sobre todo, aprenderá, a diferencia de lo que ocurre con el villano y con el propio Shazam. Y gracias a ese aprendizaje se convertirá en el héroe que debe ser, y no solo un héroe en solitario, sino un héroe que sabe apoyarse en los demás. Ahí se complementan las dos historias: la personal y la superheroica y marca la distancia entre la vida del villano, que se dejó llevar por la venganza y fue capaz del más cruel asesinato, de la del héroe, que se repone y encuentra su lugar en el mundo junto a su nueva familia, luchando por y junto a ellos.


Por tanto, como película de formación y crecimiento es solvente, dado que nos muestra un drama familiar en torno a la búsqueda de un huérfano con toques humorísticos y una aventura superheroica, pero quizás no acaba siendo todo lo redonda que podría haber sido. Y si bien es entretenida y tiene un nivel aceptable, acaba siendo una obra menor en comparación al nivel de otras de su género. Ello no le resta importancia y buen hacer, dado que se nota el mimo y el cuidado que tiene la producción y sabe muy bien jugar sus cartas para sorprender, emocionar y contar una historia sencilla, sin grandes ni innecesarios aspavientos. Sin duda, una aventura entrañable que no vive para ser una obra maestra, sino que se ajusta a sus pretensiones con un nivel más que aceptable, logrando contarnos una aventura de superhéroes con un doble fondo que llega a cualquier público con facilidad, contando con una factura técnica decente y en una línea de humor y emoción que resulta amena.


Joker, de Todd Philips

23 marzo, 2020

| | | 0 comentarios
No es ninguna novedad que el mundo de los cómics ha tenido en las últimas décadas su cénit en adaptaciones cinematográficas, sobre todo cuando nos referimos a los superhéroes. Advertimos que ha sido su cénit porque han alcanzado, sin duda, un nivel técnico asombroso y se han convertido en uno de los principales atractivos de la taquilla en los últimos años, sin ningún tipo de sonrojos, sin ningún tipo de limitación en cuanto al público objetivo y recuperando el espíritu de producción que estuvo detrás de la original Superman (Richard Donner, 1978), es decir, el de hacer una buena película que cuente bien una historia, aunque ahora con mejores medios técnicos, que no necesariamente humanos. Sin duda, ha surgido toda una nueva oleada de superhéroes que ha ido evolucionando desde principios de este siglo hasta la actualidad, en que podemos advertir que es el Universo Cinematográfico de Marvel el que más éxito ha obtenido entre el público, gracias a su combinación entre aventuras, épica, emotividad y humor.

Ahora bien, aunque podamos considerar que los superhéroes se han convertido en un subgénero por sí mismo, lo cierto es que en realidad estamos ante un tipo de personajes que nos permiten contar historias de muy diverso tipo, es decir, que se anclan a distintos subgéneros, aunque el más habitual sea el de aventuras y acción. No obstante, basta solo revisar la vastedad de cómics publicados con estos personajes para darse cuenta de la versatilidad que tienen para recibir historias de todo tipo, sobre todo cuando tenemos en cuenta que muchos de estos héroes son seres humanos que tienen que afrontar nuestros mismos problemas. Por ello, no nos debe extrañar que se haya dado esta salto a nivel cinematográfico. Incluso podemos considerar que, de facto, ya se había realizado antes, dado que si revisamos la considerable cantidad de adaptaciones que se han realizado sobre superhéroes, no todas caben dentro de una misma categoría. Por poner un simple ejemplo, Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014) es una paródica aventura cercana al space opera frente al carácter más belicista y pseudohistórico de Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017), al melancólico retrato del héroe que encontramos en Superman returns (Bryan Singer, 2006) o al thriller al que se acerca El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008), aunque todas puedan entrar dentro de esa categoría tan amplia que es aventuras o superhéroes. Dicho todo esto, vamos a centrarnos ahora en una obra que se ha aprovechado de estas circunstancias, es decir, el éxito de los superhéroes y la versatilidad de estas historias, para proponer una dirección algo distante al espíritu habitual: Joker (Todd Philips, 2019).

Podríamos debatir si la historia que encontramos en Joker entraría dentro de las historias de superhéroes, pero lo cierto es que han cogido a un personaje de los cómics de Batman y le han otorgado su propia historia, aunque se trate de un villano. Ya ha pasado también con Venom (Ruben Fleischer, 2018) y más recientemente con Harley Quinn en Aves de presa (Cathy Yan, 2020), marcando las distancias necesarias entre las tres obras. Es decir, adaptan a un personaje propio de los cómics y le otorgan una historia que explora la cuestión psicológica, con las enfermedades mentales, y la decadencia, el descenso a la locura, de su protagonista, como pudiéramos encontrar, de nuevo marcando las distancias necesarias, en Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), El club de la lucha (David Fincher, 1999), Alguien voló sobre el nido del cuco (Miloš Forman, 1975) o incluso El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), en este último caso con ayuda paranormal.


No obstante, antes de adentrarnos a analizar la película, debemos comentar que uno de los principales problemas previos de esta obra ha sido el enfoque con el que el director y parte de sus trabajadores han tratado la cuestión de los superhéroes, menospreciando al resto de producciones en tanto que consideraban que ellos estaban planteando una película seria. Una postura equívoca que vuelve a poner sobre la mesa el manido debate del valor de los géneros cinematográficos y de la consideración de arte dentro del mundo del cine. Y que, por supuesto, ha causado un efecto tan perjudicial como, supongo, que esperado: la reacción airada de los aficionados a los superhéroes, el vilipendio crítico a la obra y el apoyo de otros sectores, incluyendo a la crítica experta, que han encontrado en Joker una película solvente, por encima de las últimas producciones que adaptaban a personajes de DC y con una propuesta más académica y casi tópica. Recordamos que se encuentra más pareja al tipo de película que hemos comentado al final de párrafo anterior. A pesar de ello, debemos obviar los comentarios ajenos, especialmente los que proceden de sus creadores en este caso, para tratar de valorarla independientemente de esa campaña de marketing o de esos comentarios que rodean a la película, pero que no forman parte intrínseca de la misma.

Joker nos presenta la historia de la gran némesis de Batman mucho antes de que existan ambos personajes como los conocemos habitualmente. Se trata de la génesis del villano tratada de una forma más realista, lejos de ácidos extraños como la versión de Jack Nicholson en Batman (Tim Burton, 1989). Darle un origen nuevo no es algo extraño, muchos personajes de estas sagas superheroicas han cambiado sus inicios en múltiples ocasiones. Como ya hemos visto, el propio Joker ha tenido varias versiones y orígenes en el cine, por lo que esta se suma como una más.


Nos plantea la historia de Arthur Fleck, un tipo que tiene una enfermedad mental indeterminada (podría ser esquizofrenia, aunque no se especifica en concreto) que le obliga a reír en cualquier situación y esporádicamente, con una vida gris y triste marcada por el fracaso, el abuso de otras personas, incluso por pandillas de escolares, la desgracia, el rechazo y la incomprensión de la sociedad. Pero, a su vez, vive en una sociedad muy gris, marcada por la corrupción, la insolidaridad, la criminalidad y, finalmente, la violencia, una violencia que va in crescendo a lo largo de la película por sus sucesos. Sin olvidar el abuso de poder de las clases más altas. Sin duda, la obra nos plantea un panorama cruento y complicado para los habitantes de la ciudad, que parecen reivindicar soluciones, pero recurriendo principalmente al enfrentamiento de masas, a la lucha armada, a la barricada. Nada en esta película deja lugar a la esperanza: todo es desconfianza, los payasos, símbolos frecuentes de la alegría, se ven reducidos a ser un retrato cruel del sistema laboral capitalista, siendo además bufones grotescos psicológicamente hablando. Incluso la asistencia psicológica que recibe Arthur está vacía, hay desinterés absoluto en esa relación que llega a ser incoherente en su desarrollo. Sin duda, la presión del entorno social y la creciente tensión de la ciudad sobre un protagonista inestable, con ansia de popularidad, pero que se siente ridiculizado y menospreciado, acompañado por una estrella maldita que no llega a comprender, es el detonante justo para que descienda a la locura.

No obstante, habrá una serie de desencadenantes que provocarán que toda esta vorágine se despliegue hasta desquiciar a Arthur. Podríamos dividirlo en tres apartados: el conflicto con su madre (Frances Conroy), el encuentro en el metro y su relación con una vecina. En primer lugar, Arthur tiene a su cargo a su madre con un delicado estado de salud y una obsesión insana por Thomas Wayne (Brett Cullen), un multimillonario que se presenta a las elecciones a alcalde de la ciudad para el que trabajó hace años y a quien solicita ayuda a través de múltiples cartas. En segundo lugar, el encuentro en el metro, punto inicial de uno de los principales conflictos de todo el nudo que dará lugar al efecto social, es la primera reacción de Arthur, el primer paso para conformarse como Joker. Curiosamente, todo surge con la posibilidad de haber sido heroico, pero culmina en una actitud sanguinaria y fría. En tercer lugar, hay tan solo esperanza en la relación que mantiene con una vecina desde su encuentro casual en el ascensor. Son las tres tramas que se entrecruzan en toda la película para ser resueltas en un desenlace estelar.


En un proceso lento, dado el ritmo que se le otorga a esta obra, Arthur irá desengranando todos los elementos que conforman su vida y, sobre todo, sus misterios, para intentar hallar una verdad que, cual Edipo, le destrozará y reafirmará en su decisión final. A fin de cuentas, las tres principales tramas son una búsqueda de identidad, una identidad que será revelada en ese tercio final que le otorga a la película el derecho a denominarse Joker. Precisamente, nos podría recordar a Tarantino, sobre todo a la reciente Érase una vez en... Hollywood (2019), todo sucedía con normalidad hasta el estallido final, de extremada violencia, como acaso en Joker todo evoluciona hasta el caos y la sangría del último tercio, con el culmen de la trama de la madre y la escena con los compañeros de trabajo como punto de partida para mostrar el descenso definitivo a los infiernos del protagonista. Un descenso que, por cierto, se subraya con la ya célebre y parodiada secuencia del baile en la escalera. Debemos reconocer que no se trata de una película sutil, todo lo contrario.

Podemos debatir, por otra parte, por cuál es el mensaje que pretende transmitir la obra. Si acaso nos alienta a la violencia y está convirtiendo al Joker en un antihéroe que se erige en modelo social, como podríamos apreciar en las últimas escenas, cuando por fin ve cumplidas sus ansias de protagonismo. No obstante, si leemos bien la imagen que nos transmite la obra, observaremos cómo la imagen del personaje está distorsionada: se convierte en un modelo a seguir por la misma sociedad que lo rechazaba, pero no porque lo pretendiera. Todo es fruto de una casualidad y son los ciudadanos quienes, interpretando la situación, lo erigen como un símbolo. Al final, es él quien decide encarnar ese símbolo, siguiendo el camino contrario al que recorrerá Bruce Wayne para convertirse en Batman. Debemos tener en cuenta que incluso la primera vez que vemos cómo Arthur responde con violencia, lo hará de manera sanguinaria y se sentirá satisfecho finalmente por ello; pero en ningún momento ha sido un acto reivindicativo ni heroico. Ese halo que se le otorga de revolucionario será posterior e impuesto por la prensa y los movimientos sociales.


En realidad, la película nos muestra cómo una sociedad ya marcada por la decadencia tan solo necesita una mecha para prender si no se solucionan realmente los problemas que la afectan. Ahora bien, no es una situación que provoque intencionada y directamente Arthur ni que se recomiende abiertamente por parte de la obra. Es más, la propia psicóloga que lo atiende lo anima a moverse para mantener el sistema que se está resquebrajando, pero lo hace siendo una persona que no cumple realmente con su labor, en un ejercicio de hipocresía que tiñe también al resto de personajes. Como el protagonista le espeta, ella realmente no le escucha, aunque, como se adivina, lo necesita para mantener su trabajo. Sin duda, los personajes que rodean a Arthur están deshumanizados. Incluso la presencia de un niño Bruce Wayne (Dante Pereira-Olson) es hierática por completo, otorgándonos la sensación de que en esta sociedad de Gotham solo existen los impasibles, los hipócritas, los violentos y los egoístas. Por lo que nuestro protagonista se convierte en la mezcla de todas esas características. Un ser despiadado, que logra serenar su espíritu turbulento para dar un espectáculo grotesco y un mensaje que nunca estuvo en su mente, pero del que se aprovecha.

Como si fuera una profecía autocumplida, Arthur se convierte en el Joker porque no había más remedio que ser lo que se esperaba que fuera. Y eso es un fracaso no meramente personal, sino que también lo es social, como aquellos reos de muerte a los que rendían homenaje los escritores románticos, como Espronceda (1808-1842). Aunque ello no puede restar valor al carácter y la decisión individuales: él es quien decide disparar llegado el momento. Y nunca podría ser considerado un modelo a seguir salvo en una sociedad ya enloquecida. Una sociedad de la que acaba por aprovecharse Arthur devolviendo todo el dolor que siente que le han causado: su pasado oculto, su falta de figura paternal o la burla mediática de su idolatrado Murray Franklin (Robert De Niro).


Joker logra ser un retrato a fuego lento, que llega a ser íntimo y grandilocuente a partes iguales. Aunque puede ser confusa en el punto de su mensaje, nos deja una versión válida del personaje de los cómics interpretado con gran solvencia por Joaquin Phoenix, que es lo que sostiene toda la obra. Él es el protagonista absoluto, dado que todas las tramas pendulan en torno a su personaje, y lo hace con gran entereza, siendo sin duda el mayor atractivo de la película. No obstante, no deja de ser una obra más sencilla y tópica de lo que aparenta o pretende ser, dado que recurre a símbolos evidentes y fáciles, a técnicas algo manidas, como la revisión en flashbacks a escenas anteriores, a sobreexplicaciones o algunas lagunas en el guion. Aunque no podemos negar que ha sido una propuesta diferente y más personal en el panorama de los superhéroes.

Escrito por Luis J. del Castillo



Wonder Woman: Dioses y mortales, de George Perez

06 octubre, 2019

| | | 0 comentarios
Los superhéroes llevan viviendo décadas dentro de las páginas de los cómics, tantos que ha sido necesario en muchas ocasiones reiniciar su historia, ya fuera fruto de una decisión editorial o de algún macroevento que hoy admitimos también en el cine, pero que surgieron con fuerza en las líneas editoriales de DC o Marvel. Por ello, en los años ochenta encontramos Wonder Woman: Dioses y mortales (1987), la nueva versión de Wonder Woman de la mano de George Pérez. A diferencia de la época dorada en que surgieron las primeras versiones de los superhéroes, en estos años se crean orígenes más detallados, aunque partan de la misma premisa, y este hecho permitió asentar algunas ideas básicas sobre los héroes que han ido llegando en los últimos años a la gran pantalla. Por ejemplo, la reciente adaptación de Patty Jenkins, Wonder Woman (2017), se alimenta precisamente de la visión de George Pérez junto a otros detalles del personaje que se han ido perfilando posteriormente.

De esta forma, en Wonder Woman: Dioses y mortales retrocedemos al origen de las amazonas y no hay ningún temor a que sea una historia mitológica, rica en detalles, y que permiten comprender la cosmogonía en la que surge esta superheroína de evidente raigambre mítica. Además, ya desde estos orígenes se observa un trasfondo feminista en la historia de las amazonas que se trasladará también a la protagonista, en la reivindicación de la mujer y en su huida de un rol pasivo o dominado. Es decir, la princesa Diana bien podría haber surgido en los relatos míticos grecolatinos, otorgándole un buen fundamento que permite a los lectores disfrutar de una rica herencia literaria a la par que añaden una visión más contemporánea. Lo bueno es que estos orígenes permiten crear versiones oficiales de la historia y acontecimiento extraoficiales, al punto de retorcer la historia o de incluir detalles como sucede en historias posteriores, por ejemplo, la más reciente Wonder Woman: El Círculo (Gail Simone y Terry Dodson, 2008).


Ahora bien, todavía en los ochenta podemos encontrar cierta candidez. La inocencia con la que Diana se ha de enfrentar al mundo que desconoce, ese mundo ajeno a su isla natal, nos regala escenas en los que choca inevitablemente el universo cotidiano de los lectores con la magia mitológica de Wonder Woman. Pero, curiosamente, ese choque es aceptado con bastante naturalidad, de ahí la candidez que referíamos. Por ejemplo, uno de los personajes más relevantes de esta aventura, Julia Kapatelis, es una experta en la época mitológica que ayudará a nuestra protagonista a entender este mundo mientras sufre las consecuencias de ser perseguida por las fuerzas malignas contrarias a la superheroína. Se trata de un personaje curioso, dado que es capaz de aceptar la existencia de Diana con curiosidad científica, soportar la maldición que afecta a su hija y unirse a la batalla junto a Wonder Woman sin titubear, convirtiéndose a la par en una nueva figura materna para Diana dentro del mundo humano. En cierto sentido, esta historia coarta ocasionalmente la credibilidad por ofrecer personajes fuertes, representantes de unos valores determinados que los hagan afines a la protagonista del relato, pero que se comportan de una forma excesivamente temeraria, todo por seguir a una superheroína a la que apenas conocen. Si bien es cierto que el personaje representa unos valores evidentes, como el pacifismo y la bondad, sus compañeros quedan demasiado planos y vagos en su carácter.

Por otra parte, Wonder Woman normalmente había estado ligada a su intervención en las dos guerras mundiales, cuando salía de su isla para descubrir la maldad y el egoísmo que anidaba en el corazón de los hombres (lamentablemente, casi siempre se recurre a los tejemanejes del dios Ares para explicar el comportamiento del ser humano, restándole verosimilitud y ambigüedad a la entidad humana en las aventuras de esta heroína). Sin embargo, en esta ocasión, Diana llega al mundo durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia, con la tensión presente entre estas dos grandes potencias mundiales a punto de destruirse mutuamente. Obviamente, se recurrirá de nuevo a la némesis de Wonder Woman, Ares, para provocar una conjura de destrucción total en el mundo a partir de su influencia entre los líderes de esos países. Quizás sea en otra historia en la que se observe que la maldad puede proceder también del ser humano sin necesidad de intrigas divinas, de la misma forma que se plantean personajes humanos que son capaces de sacrificarse y combatir junto a Diana por evitar la catástrofe.

No obstante, hay que resaltar la forma en que nuestra superheroína consigue enfrentarse y derrotar a esta amenaza, en la línea de su doble vertiente de guerrera y diplomática. En contraposición a otros héroes que ya existen en este universo, como Superman, con el que es comparado por algún personaje o incluso por la prensa, Wonder Woman alcanzará la victoria desde el debate filosófico (su diálogo con Ares acaba tocando temas como la existencia, la fe y el futuro), recurriendo a sus poderes y a su fuerza cuando el peligro alcanza a los inocentes.

En definitiva, Wonder Woman: Dioses y mortales nos deja un buen inicio en la vertiente más mitológica del personaje. Precisamente, podemos considerar que su parte divina goza de un buen desenlace, mientras que su lado más humano queda abierto, aún por asentarse en la realidad que acaba de conocer; hubiera estado bien encontrar un desarrollo de ambas partes más equilibrado. Como cómic, contiene escenas de batalla algo confusas, pero lo solventa con una gran integración entre la intención narrativa y las imágenes empleadas en los fragmentos más relevantes, a pesar de un coloreado en ocasiones no tan eficaz como debiera.


Batman vuelve, de Tim Burton

13 septiembre, 2018

| | | 0 comentarios
En los últimos años ha sido el universo de Marvel el que triunfa y conquista al público. Pero en la tradición cinematográfica y popular, las dos figuras superheroicas que marcaron en su momento pertenecían a DC. Hablamos de Superman y Batman. Al primero lo vimos en el clásico Superman (1978), de Richard Donner, y al segundo, en la divertida y casi paródica serie televisiva de los sesenta, pero llegaría al cine a través de la dirección de Tim Burton en Batman (1989). Con mayor libertad creativa sobre su obra, gracias a una buena trayectoria tanto con este héroe como con su cuento Eduardo Manostijeras (1990), Burton se embarcó en la secuela, donde exploraría una historia dentro de un tono más personal: Batman vuelve (Batman returns, 1992).

Gotham vuelve a estar amenazada. En esta ocasión, no hay gángster, pero sí empresarios canallas como Max Shrecks (Christopher Walken), un millonario que quiere realizar un negocio energético que dejaría a la ciudad empobrecida. Aunque no cuenta con los apoyos necesarios, la aparición de un siniestro y criminal hombre-pingüino (Danny DeVito) le valdrá para intentar usurpar el poder político. Sin embargo, el Pingüino tiene otros planes vengativos. A su vez, Selina Kyle (Michelle Pfeiffer) se convierte en Catwoman y trata de destruir el mundo que la ninguneaba como mujer. Ante esta situación, Bruce Wayne (Michael Keaton), y su alter ego, Batman, deberá enfrentarse a estos tres monstruos que no son tan diferentes a él mismo.


Puede resultar curioso plantear que en esta película, como ya sucedía parcialmente en la anterior entrega firmada también por Burton, el foco de atención no reside en Batman. En estos últimos tiempos en que, de forma general, las películas de superhéroes han ido creando villanos de usar y tirar, salvando algunas excepciones honrosas como el Joker de Heath Ledger en El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008), ese ambiguo Loki, interpretado por Tom Hiddleston, que ha atravesado el Universo Cinematográfico de Marvel desde su primera aparición en Thor (Kenneth Branagh, 2011), así como Thanos (Josh Brolin) en Vengadores: Infinity War (Anthony y Joe Russo, 2018), Batman vuelve abandona al héroe para centrarse en sus villanos, otorgándoles una profundidad y una identidad muy marcadas y definidas.

Desde el principio, la obra se vuelca en retratarnos al ambiguo Pingüino y la transformación de Selina en Catwoman. Es más, se llega hasta tal punto que la película comienza con una secuencia que, siguiendo con un paralelismo bíblico con Moisés, nos presenta los orígenes del Pingüino dentro de una estética muy tétrica, habitual en este director, que bebe del expresionismo alemán, una influencia muy presente en toda la obra, y finaliza con una escena relacionada con Catwoman. Ambos personajes serán procesos paralelos que sirven de contraste a Batman. En cierta forma, los podemos entender como personajes similares al héroe, pero que tomaron otro camino. Incluso Max Schreck es la versión corrupta del millonario Bruce Wayne. En este sentido, el héroe tarda bastante en aparecer y la obra no se centra en la investigación que lleva a cabo Batman, por ejemplo, que hubiera sido lógico dada la habital mezcla de género negro con el de superhéroes que ha tenido el personaje desde sus orígenes. Hasta los elementos positivos de Gotham o aliados de Batman están poco presentes o desdibujados, como sucede con Alfred y, aún en mayor medida, con Gordon.



En primer lugar, Pingüino es retratado desde la misma mirada que Batman mostrará hacia él: una mezcla de curiosidad,  ternura e inquietud. En cierta forma, ambos comparten la pérdida de la familia, haciendo que compartan la misma tragedia, aunque de forma distinta. Por suerte, el personaje abandona sus características del cómic, donde era un gángster que bien podría haber recordado al Joker de la entrega anterior, y se convierte en un hombre embrutecido, animalizado y aparentemente manipulable, aunque en ocasiones demasiado grotesco, con algunas escenas un tanto absurdas e innecesarias. Su retrato está en la línea de los personajes habituales de Burton en esta época: los diferentes, los deformados incomprendidos, como Eduardo Manostijeras, pero con un comportamiento más semejante a Bitelchús (Beetlejuice, 1988). Es decir, es un villano, pero un villano que nace del rechazo de los otros, tanto a su aspecto como a su comportamiento grotesco.

Sin embargo, el personaje pierde pronto el rumbo en una repetición continua de planes cada vez más alocados y con peor resultado. Resulta coherente que, siguiendo con las referencias bíblicas, se decidiera por continuar con el asesinato de los primogénitos, pero no acaba por tener la suficiente fuerza dramática y todo se desvanece con el uso de los pingüinos en su último intento. Incluso se pierde la empatía que hubiera podido existir entre héroe y villano. Al final, su conclusión resulta bastante teatral y le otorga la dignidad que siempre buscó (y que, por otra parte, siempre tuvo), pero está carente de las sugestivas imágenes que le acompañaron durante el primer tramo de la película.


En segundo lugar, tenemos a Selina Kyle, alias Catwoman. Como acabamos de ver la creación del Pinguino es muy interesante y logra darle una gran personalidad, pero su historia es bastante deficiente. Por contra, Catwoman tiene un origen bastante insulso, que parte de ser una de esas mujeres prototipos que habitaban en el barrio de la familia Boggs en Eduardo Manostijeras convertirse en Catwoman de golpe. Sin embargo, la evolución de su historia una vez adoptada esta nueva personalidad es más profunda y edificante, incluso se relaciona directamente con Batman y acaba por conquistar el final de la obra como no lo logró el Pingüino. 

Debemos admitir que Selina ya mostraba ser más capaz de lo que aparentaba desde el principio como secretaria, incluso retazos de su forma de ser más salvaje, pero era continuamente ninguneada por los hombres. Cuando algo se rompe en ella, también rompe con todo aquello que se le exigía como mujer, con su imagen prefabricada que también se retrataba en su apartamento. Se ejemplifica a la perfección en la secuencia en la que retorna a su hogar a repetir su rutina. Ahora bien, será gracias a este personaje por el que logremos explorar algo más a Batman y, por tanto, a Bruce Wayne. Ambos personajes comparten el sentido de la injusticia del mundo que les rodea, pero no la forma de actuar. Ya sea como Batman y Catwoman o como Bruce y Selina, irá surgiendo entre ambos una relación sensual que acabará por atraparlos, como bien demuestra la secuencia final. En definitiva, Catwoman mejora conforme avanza la obra y se convierte en una antiheroína que asumirá hasta las últimas consecuencias para lograr lo que ansía. 


Por último, cabe mencionar a Max Schreck, el millonario y manipulador empresario que sirve de nexo y motor para las tramas de todos los personajes, dado que le otorga su espacio al Pingüino en la sociedad de Gotham, es el culpable de la conversión Selina en Catwoman y atrae la atención de Bruce Wayne sobre sus negocios. El personaje resulta algo trasnochado, ridiculizándose cada vez más conforme avance la película y quedando en un segundo plano frente a personajes más ricos en matices. Se trata de un villano tan clásico que podríamos considerarlo un cliché fácil de olvidar, a pesar de ser una pieza esencial de la narrativa.

En definitiva, Batman vuelve cinematográficamente brilla por el buen hacer de Tim Burton, que, eso sí, plasma su estilo en cada secuencia de la película, más aún que en su predecesora. Así, tenemos tanto una introducción como una conclusión imbuidos de nocturnidad, de cierta sensación de cuento aunque algo macabro. De la misma forma que la recreación de Gotham es aún más grotesca, otorgando mayor sensación de agobio, casi sin luz, de una ciudad industrializada y mastodóntica, como reflejan sus enormes esculturas, obra del diseño de producción de Bo Welch. En todos estos elementos se percibe de forma continua la ya citada influencia del expresionismo alemán, como podemos ver si la comparamos con la célebre El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene, 1920).


Ahora bien, ello no le resta algunos problemas de ritmo, sobre todo en el tramo central, lo ridículas o repulsivas que pueden llegar a ser ciertas escenas en torno al Pingüino, el hecho de que apenas se explora a Batman o se respeta al personaje de forma íntegra o la fantasía grotesca que encontramos en torno al surgimiento de Catwoman. Sin duda, se trata de una película rica en matices y que se distancia de lo que podríamos considerar una película de superhéroes plana o al uso, por lo que bien merece su propia revisión.

Escrito por Luis J. del Castillo


Los Jóvenes Titanes: El contrato de Judas, de Marv Wolfman y George Pérez

30 agosto, 2018

| | | 0 comentarios
Lo hemos repetido en varias ocasiones, pero viene al caso recordar que las obras de ficción, incluso las más fantásticas, suelen remitir a alguna condición humana que se refleja en nuestra realidad, tan solo que, a veces, estas se enfrentan a situaciones más extremas. Sucede así con los superhéroes, reflejos no solo espectaculares de nuestras ensoñaciones, sino también de las particularidades del ser humano, ahondando en cuestiones como la identidad, la justicia, la cordura, la amistad, la familia, la traición o la pérdida. Cuestiones que impactan con mayor fuerza cuando sucede en un ámbito donde el protagonista se siente invencible y donde sus seguidores también lo consideran así.

Uno de los elementos tópicos en las historietas de superhéroes ha sido el compañero, generalmente más joven, incluso niño, que bien podían funcionar como contrapunto, bien como enlace con el público objetivo. Con el paso del tiempo fueron ganando personalidad hasta llegar a independizarse de sus mentores, algo que en DC ocurrió con Los Jóvenes Titanes (Teen Titans), versión juvenil de la Liga de la Justicia que ha tenido diversos nombres a lo largo del tiempo. Estos personajes se dedicaron, como sus maestros, a resolver crímenes, detener villanos y enriquecerse personalmente con la convivencia y el trato con iguales.

Como en toda saga de aventuras, podemos encontrar cierta tendencia a la repetición, a las tramas autoconclusivas o a un avance insignificante en la evolución de sus personajes, a fin de que puedan asumir una y otra vez reflexiones sobre las mismas temáticas. Sin embargo, también suele ser usual que haya un punto de inflexión o momentos álgidos de creatividad en el que encontremos cómo las aventuras dan un paso hacia adelante. En el caso de estos personajes, podemos cerciorarnos de que uno de sus puntos clave se produjo en los años ochenta, cuando se llamaba Nuevos Titanes, lucían con el colorido dibujo de George Pérez y vivían unas construidas y más sentidas aventuras creadas por Marv Wolfman, ambos recién llegados a DC Comics tras trabajar para Marvel. Se llamó El contrato de Judas (1984).

Después de reformular a los Jóvenes Titanes como los Nuevos Titanes para hacer frente a nuevas amenazas en el mundo, nos encontramos con un grupo formado por Robin, el antiguo compañero de Batman, Wonder Girl, huérfana rescatada por Wonder Woman y criada por las amazonas, Kid Flash, un joven protegido de Flash también con supervelocidad, Raven, la hija medio humana del villano Trigon, que trata de encontrar su espacio dentro del grupo y alejada de la oscuridad, Cíborg, convertido en una máquina viviente por su padre tras un grave accidente, Starfire, una princesa alienígena, y Changeling o Chico Bestia, capaz de transformarse en cualquier animal tras un experimental tratamiento de emergencia. A ellos se unirá Tara Markov, alias Terra, capaz de manipular la tierra, tras ser rescatada por nuestros protagonistas de unos terroristas.

Como en todas las agrupaciones, existen discrepancias, pero sobre todo cuando los componentes son jóvenes adolescentes cuyas personalidades pueden llegar a chocar, con poderes que a veces no controlan del todo y viviendo crisis personales, romances y pruebas que se salen de lo normal. Esta aventura cerraba un ciclo y encaminaba a estos personajes para enfrentarse posteriormente al macroevento editorial que fue Crisis en Tierras Infinitas, pero funcionaba a la perfección dentro del desarrollo de sus personajes por una buena planificación y un giro argumental que otorgaba cierta madurez a la saga. El contrato de Judas nos sitúa en un momento de crisis y evolución de los Jóvenes Titanes. Algunos de ellos se replantean continuar con el equipo o con sus identidades secretas hasta el momento, debido principalmente a que han madurado o a que no se identifican con lo que eran. Será el caso del líder de los Titanes, Robin, antaño el chico maravilla de Batman, que siente que debe dar un paso en otra dirección, alejarse de ese rol que lleva ejerciendo desde niño. También de Kid Flash, que abandonará a los Titanes por no haber encontrado entre ellos su espacio.

En este sentido, aparte de las aventuras en contra del villano de turno, en este caso el Hermano Sangre, que de forma superficial plantea la cuestión de las sectas y también de las luchas de poder y corrupción dentro de un país, se van desarrollando las relaciones entre los protagonistas, incluidas las románticas, como la que existe entre Robin y Starfire, o la que parece empezar a surgir entre Changeling y Terra, además de profundizar en su psique: son personajes que maduran, es decir, se les permite crecer como no se había hecho antes. Incluso reflexionan sobre el sentido de su identidad y, sobre todo, sobre el sentido de la amistad, la traición y la vida. No en vano, la gran villana de El contrato de Judas será la incomprensión, el muro infranqueable de una persona inestable que, afectada por los sucesos de su vida, se ha convertido en una psicópata que siente fútil a la bondad y que todos la han traicionado.


Resulta evidente que el cómic presenta coloridas aventuras que no rehuyen los tópicos usuales del género, como los discursos de villanos, la presentación de los poderes, el tono humorístico de ciertos personajes o los combates desnivelados, en ocasiones algo confusos. Sin embargo, entre acto y acto, se presiente la traición y el culmen llegará cuando los Titanes sean secuestrados y Dick, anteriormente Robin, deba afrontar la situación y encontrar su nueva identidad. Nos introduciremos entonces en una trama detectivesca en el que veremos al personaje de Dick dentro de una estética noir y descubriendo la verdad de lo sucedido. Además, se presenta al villano Deathstroke como un mercenario dual, dado que tras narrarnos su historia, se nos mostrará capaz de redimirse como de mostrar su lado más sanguinario y frío.

Como aspectos positivos, la capacidad de crear un personaje malvado con matices, bastante enriquecido por su confluencia con otros personajes, especialmente su familia. La reconversión de Dick en Nightwing, aunque su estética, como sucede con Jericó, haya quedado bastante desfasada, que nos presenta a un personaje maduro y diferente al Robin de antaño. También la forma en que el narrador se despide de la villana nos muestra una reflexión bastante digna para cerrar, acompañando a las decisiones que adoptan los Titantes durante el entierro. En conjunto, supone un punto álgido de crisis y cambio para los personajes, de evolución y madurez por enfrentarse tanto a la traición como a una indeseada muerte.


De forma más negativa, en ocasiones la estética general no combina bien con el tono de la historia, a pesar del estupendo dibujo de George Pérez. La presencia de ciertos personajes está descompensada con la trama, dada la cantidad de componentes de los Titanes, saliendo favorecidos sobre todo Dick, el Chico Bestia o, en menor medida, Wonder Girl y Raven. La ausencia de cierta lógica en los planes de los malvados de turno o la sensación de que el tramo final, aunque emocionante y lleno de acción, puede resultar confuso.

En definitiva, El contrato de Judas supone la conclusión de un primer ciclo de los Nuevos Titanes marcando un paso definitivo en la evolución de sus personajes. Una evolución que no se determina tan solo por la despedida o el cambio estético de algunos de ellos, sino sobre todo por la forma en que deben afrontar una dificultad tan relevante como es la traición de una persona a la que consideraban de confianza. Una historia distinta y madura que cambia el tono habitual de estas aventuras más juveniles.


Para el sábado noche (LXXIII): Superman, de Richard Donner

28 agosto, 2018

| | | 0 comentarios
La puesta de largo del mundo de los superhéroes dio comienzo con Superman (Ídem, Warner Bros., 1978), cuando los productores Alexander e Ilya Salking (1921-1997; 1947, respectivamente), contrataron a Richard Donner (1930) como realizador de la primera y segunda entregas modernas de nuestro personaje. Para ello, el realizador de La profecía (The Omen, 1976), insistió en el apartado técnico como parte indisociable de todo el conjunto artístico. Aun así, una de las características que distingue a Superman de otras producciones, es que no somete los aspectos humanos y narrativos a la efectividad (cuando no tiranía) de los efectos especiales. Ambos alcanzan la necesaria compatibilidad, no justificándose las escenas en función de lo que se pueda ofrecer técnicamente, sino integrando los efectos a las necesidades del relato escrito; inmiscuyendo, de paso, al espectador, en una historia de fantasía totalmente realista.

Esta adecuada interacción entre escritura y efectos ópticos permite que Superman (un Christopher Reeve nada sobreactuado), vuele sin tropiezos cinematográficos, con un estilo elegante y contundente, que convierte la película en el emblema quintaesenciado del género de los superhéroes.

Dejando al margen los ingresos de Marlon Brando (1924-2004), por su acertada participación, y otras eventualidades más anecdóticas, muchos aspectos destacan en la producción de Superman. El autor de El Padrino (The Godfather, 1969), Mario Puzo (1920-1999), comenzó a confeccionar el guion a mediados de los setenta. Más tarde, Tom Mankiewicz (1942-2010) fue comisionado para estructurar y pulir el material, hasta que David Newman (1937-2003) y su esposa Leslie (1939), junto con el futuro e interesante realizador Robert Benton (1932), se encargaron de darle forma definitiva, tanto a la primera como a la segunda parte. En concreto, Mankiewicz dotó de personalidad y profundidad a los personajes, por medio de unas laboriosas reescrituras, evitando así que la historia deviniera en una mera tira cómica.

Como se recuerda en el prólogo, en junio de 1938 aparecía Superman, gracias a la imaginación de Jerry Siegel (1914-1996) y Joe Shuster (1914-1992). A continuación, director y montador demuestran su buen oficio narrativo durante la presentación del planeta Krypton y la visualización del cometido de Jor-El (Marlon Brando), el padre de Superman. Pertenece a lo que él llama el confiado consejo, formado por las mentes políticas -más que razonantes- de Krypton (¡esto parece una triste constante en el universo!). Entre el despliegue de imbatibles efectos visuales y la pulcritud de un guion modélico, elementos sostenedores de la película, junto a las buenas interpretaciones, también se halla la imaginativa forma de apresar a los convictos capitaneados por el general Zod (Terence Stamp).


A este realismo y plasmación heroica contribuye de forma terminante la extraordinaria partitura de John Williams (1932), que no se limita a ofrecer un nuevo y retentivo tema principal para la película, sino que desarrolla toda una narrativa sonora por medio de varias piezas de creatividad incesante, que se acoplan a la imagen tanto como a la memoria del espectador (en suma, otro aspecto de los que se han venido perdiendo con el tiempo, en favor de las más anodinas composiciones que yo recuerde, de la actualidad).

La partida del pequeño Kal-El (Lee Quigley), futuro Superman, realizada y montada sin falsos efectismos ni estridencias, es otro momento álgido, como lo será el desarrollo de Superman como ser humano en la Tierra, bajo el nombre de Clark Kent. Basta contemplar al protagonista probando su fuerza de niño y adulto, levantando una camioneta o mandando a freír espárragos un balón de rugby. En suma, haciéndonos partícipes de sus correrías, como (casi) cualquier adolescente.

Todas estas situaciones forman un núcleo que evita la farragosidad explicativa, ese exceso verbal del que adolecen la mayoría de las producciones hoy en día. Escenas como la del descubrimiento o, mejor dicho, llamada, del cristal esmeralda que contiene la esencia y conocimientos del mundo de Superman, son la plasmación de una concisión dialéctica agraciada por un guion impecable y beneficiada por el ejemplar empleo del formato panorámico en cinemascope (en setenta milímetros), por parte del realizador Richard Donner. Lo que, junto con la música, el impecable montaje de Stuart Baird (1947), y la envolvente atmósfera proporcionada por el excelente director de fotografía Geoffrey Unsworth (1914-1978), en el que fue su último trabajo para el cine, confiere a las imágenes de Superman una puesta en escena dinámica y profundamente emotiva, incluso en los planos generales, sean estáticos, en panorámica o con grúa. Valgan como ejemplo el acelerón de Clark de vuelta a su casa de Smallville, la posterior despedida del hogar, la salida del cementerio rural donde reposan los restos de su padre adoptivo, Jonathan Kent (Glenn Ford), o el transcurrir del tiempo cuando Superman saca a Lois de su vehículo, en pleno desierto californiano.

(Aprovecho para hacer notar que la versión extendida no es tan relevante, aparte de que se le cambió el magnífico doblaje original).


Sujeto a las leyes naturales terrestres, como a las suyas propias, Superman también evoluciona como personaje, descubriendo pronto la incapacidad; es decir, averiguando que no importan los poderes de que uno disponga cuando el destino no juega a favor. Si bien, dicho destino está hecho para hacerle frente. No obstante, aleccionado por su padre (en realidad, por ambos padres, cósmico y terreno), Superman tiene prohibido inmiscuirse en la historia y desarrollo de los seres humanos. Pese a todo, nos libra de amenazas como la de los misiles X-K, uno de los planes malévolos del genio del mal Lex Luthor (personaje al que Gene Hackman confiere un excelente toque de distinción).

Haciendo alarde de una buena colección de pelucas, para así evitar mostrar su calvicie, el malandrín Luthor se acompaña, en su malévolo y no siempre glorioso modus operandi, de sus esbirros Otis (Ned Beatty) y la señorita Teschmacher (la espléndida Valerie Perrine). Al punto de que Hackman (1930) hace suyo un personaje del que, antes de dar comienzo la filmación, tenía algunas reservas.

Precisamente, es la guarida de Lex Luthor, uno de los innegables aciertos visuales del decorador británico John Barry (1935-1979, no confundir con el músico). Se trata de unos habilitados y confortables restos del antiguo metro de Metrópolis (como sabemos, un remedo de Nueva York). Recordemos que Superman fue filmada en buena parte en los estudios Shepperton y Pinewood de Londres. De ahí la bienvenida presencia de actores tan sólidos, aun en papeles cortos, como Trevor Howard (1913-1988), Harry Andrews (1911-1989), Susannah York (1939-2011) o Terence Stamp (1938), aparte de otros miembros del equipo técnico. Los decorados de John Barry permiten, no solo que los personajes paseen por ellos, sino que estos pasen por los personajes, lo que, en una película, sea de las características que sea, resulta esencial.


Por todo lo expuesto, Superman es emocionante. En ella hay espacio para reflexionar, para complacerse… para sentir. Y también para el humor. La acción no se come la emotividad. Buen ejemplo de ello es la creación de la Fortaleza de la Soledad, donde el joven Clark Kent (Jeff East) sabe de forma instintiva lo que ha de hacer. También lo es el enamoramiento en pleno vuelo, entre Superman y la reportera Lois Lane (Margot Kidder), que se acompaña de la facultad telepática que posee el superhéroe, en lo que es una bella manera de hacer el amor con Lois. Claro que después de esto, y de su accidentado (y extraordinariamente filmado) rescate del helicóptero, a la intrépida Lois la entrevista con el presidente de la nación, que ha dejado en suspenso, a la fuerza le ha de parecer pequeña. Sin embargo, ni aún este está a salvo cuando un rayo pone en dificultades al Air Force One.

Por otra parte, y como los aficionados sabrán, los Salkind se apresuraron a contratar al realizador inglés Richard Lester (1932), que les había obsequiado con el éxito gracias a las desinhibidas y, para mí, estupendas, Los tres mosqueteros (The Three Musketeers, Fox, 1973) y Los cuatro mosqueteros (The Four Musketeers, Fox, 1974), con objeto de culminar la segunda y, posteriormente, tercera entrega de la serie. La segunda se filmó al alimón con la primera, siendo Richard Donner el responsable de buena parte de la misma, resultando bastante entonada y no carente de momentos de gran fuerza. Un trabajo abrumador para el director, por lo que se decidió estrenar tan solo la primera (¡ya estaba bien!), y completar con más tranquilidad la segunda (ahí fue donde los Salkind, haciendo alarde de una cuestionable conducta profesional, decidieron prescindir de Donner en favor de Lester).

Con respecto a la tercera parte, y siendo justos con ella, a mí me hizo bastante gracia. Lo siento.

P.D.: La cuarta es horrorosa.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Liga de la Justicia, de Zack Snyder

10 diciembre, 2017

| | | 0 comentarios
Este análisis comenta cuestiones relativas al argumento y a detalles de la trama (spoilers).

Regresamos al género de los superhéroes en esta especie de carrera espacial, al estilo de la que mantuvieron Estados Unidos y la antigua Unión Soviética durante el siglo XX, en que se ha convertido la competición de las grandes empresas por colapsar las salas con sus blockbusters. Sin duda, tenemos el ejemplo de la exitosa Marvel, mientras que otros proyectos, como el de Universal con sus monstruos, parecen existir para el fracaso. Aunque el competidor más claro ante Marvel es DC, en tanto que ambas marcas han sido las casas que han rivalizado también en el mundo del cómic. Pero si DC triunfó en el pasado con obras sobre dos de sus héroes, Superman y Batman, no parece haber sido capaz de cautivar por igual al público ni a la crítica con su proyecto de universo, iniciado con El hombre de acero (Zack Snyder, 2013).

Si en Marvel optaron por crear películas individuales para cada uno de sus superhéroes para finalmente unirlos con Los Vengadores (Joss Whedon, 2012), en DC han decidido aumentar cada vez más el número de protagonistas antes de realizar entregas individuales. Así tuvimos Escuadrón Suicida (David Ayer, 2016) y Batman v Superman: El amanecer de la justicia (Zack Snyder, 2016) donde aparecen ambos superhéroes del título junto a la presentación de la amazona Diana Prince, que tendría su aventura individual en Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017). El siguiente paso ha sido Liga de la Justicia (Zack Snyder, 2017).

La película ha contado con una producción caótica en la se produjo un cambio en la dirección, Joss Whedon por Snyder, que tuvo que dejar el proyecto por cuestiones familiares, y que obligó a reconducir ciertas partes de la película, incluyendo un retorno al rodaje de actores que ya estaban inmersos en otros proyectos. Este hecho se ha percibido sobre todo en la promoción de la película, que ha contado con una orientación y con escenas dispares a las que después hemos podido encontrar en la obra concreta, y también ha derivado en un debate sobre qué pertenece a Whedon y cuál era la concepción inicial de Snyder. No obstante, consideramos que son debates irresolubles, siendo más relevante valorar la obra por lo que es y como ha llegado a las salas.


Así pues, tenemos un mundo donde ha desaparecido la figura del gran superhéroe, lo que ha abocado a la sociedad a un miedo atroz por su futuro. En esa situación, una amenaza en forma de extrañas criaturas alienígenas, los parademonios, ha puesto alerta a Batman (Ben Affleck), que ha iniciado su particular búsqueda de personas especiales que puedan ayudarle a enfrentar el mal que se avecina. Comienza entonces el reclutamiento de nuevos héroes para la Tierra, desde su ya conocida amiga Diana Prince (Gal Gadot), alias Wonder Woman, hasta Barry Allen (Ezra Miller), un joven muchacho con supervelocidad con el sobrenombre de Flash, un enigmático y dubitativo ser conocido como Cyborg (Ray Fisher) y un atlante taciturno y de mal carácter, el protector de los mares Aquaman (Jason Momoa).

De una forma clara, la película se divide en tres tramos, conectados por el hilo conductor que es la amenaza de Steppenwolf, quien desea conquistar y destruir la Tierra como venganza por una derrota en el pasado. Todo ello lo descubriremos conforme avance la trama, dado que en un principio se nos presentará el reclutamiento de los distintos superhéroes que compondrán la Liga de la Justicia por parte de Batman, empeñado en encontrar unos guardianes que suplan la pérdida de Superman. Precisamente, sobre su ausencia versa el bello inicio de la obra, que nos muestra la desolación y el miedo instalado en la sociedad por la muerte del héroe. El símbolo de la esperanza en que se había convertido se muestra en los distintos gestos de las personas anónimas como en las conversaciones entre algunos personajes principales, como Lois Lane (Amy Adams), Martha Kent (Diana Lane) o Bruce Wayne.


El reclutamiento sirve para presentar y asentar a los nuevos personajes, aunque todos estarán desarrollados de forma dispar. Por una parte, Flash sirve en todo momento de alivio cómico, siendo un personaje ligero y juvenil, cuyo contrapeso es el episodio trágico de su vida que tiene relación con la muerte de su madre y el encarcelamiento de su padre. Mención aparte merece su traje de superhéroe, aparatoso y poco atractivo. Barry Allen se convierte en el contrapunto a la experiencia y madurez de personajes como Batman, Wonder Woman o Aquaman, pero también de Cyborg, que aunque menos experimentado, vive atormentado por su nueva situación, teniendo que decantarse por cómo va a actuar en el futuro. Ambos, Flash y Cyborg, cuentan con un planteamiento interesante para futuras aventuras, aunque en el segundo caso su pasado haya quedado en menciones. Por otra, tenemos a Aquaman, de quien apenas tenemos algunos rasgos de su personalidad, además de un comportamiento algo irracional e incoherente. En el fondo, su unión a la Liga parece más un mandato de su mundo para proteger las cajas madre que una decisión personal.

Los casos de Batman y Wonder Woman funcionan mejor, dado que ya habían sido presentados con anterioridad. En esta ocasión, veremos al murciélago convertido en un apóstol del mensaje de Superman, cual San Pablo se tratase, incluida su conversión inmediata tras los acontecimientos de la anterior película. Hasta tal punto llega, que no dudará en afrontar un sacrificio casi seguro por salvar su mundo, aunque el resto de personajes lo impidan. Su primera escena en la película retorna al terror con el que el personaje ya ha sido tratado, y parece un replanteamiento del inicio de Batman (Tim Burton, 1989), donde también perseguía a un criminal por las azoteas infundiéndole miedo. Por su parte, Wonder Woman se debe enfrentar a su pasado y comenzar a erigirse como una nueva esperanza, para lo cual también deberá descubrir que también ella puede perder un combate.


A partir de este primer tramo, se inicia un segundo en torno a la forma de derrotar al villano en cuestión recurriendo a una medida desesperada. Todo el conflicto moral que se plantea entre los protagonistas durante esta parte así como su resolución son de lo mejor de la película. Se nos presenta además una situación de batalla inesperada y muy bien resuelta, incluso a pesar de que se recurre de nuevo a las emociones como ocurriera en el duelo entre Batman y Superman en la anterior entrega, pero de una forma más solvente y menos ridícula para el espectador. A partir de este momento, se sucederán los clímax y anticlímax en la lucha final con Steppenwolf, que, de nuevo, tendrá una conclusión alejada de lo convencional y relativa a las emociones, en este caso, al miedo. Curiosamente, se prescinde de una resolución espectacular como en Wonder Woman o tensa y dramática como en El hombre de acero.

Ahora bien, tras este repaso de los tramos en que se divide la película, debemos alejarnos para reflexionar sobre algunos aspectos a tener en cuenta. Para empezar, no debemos olvidar que todas estas aventuras de superhéroes parten del mundo de los cómics americanos, que tienen su propio sistema de lectura y referencias. En los últimos meses hemos reseñado varias obras de DC y hemos podido percatarnos de cómo muchas de ellas inician su trama con acontecimientos sobreentedidos, que apenas son mencionados por sus personajes, pero que tienen mucha relevancia. Este hecho se deriva de la forma en que estas historias se cuentan a través de diversas entregas que permiten diseminar referencia a acontecimientos futuros en tomos anteriores. El problema principal que se plantea en este caso es que el lector quiera leer una aventura en concreto y no entienda las referencias al pasado, lo que también se traslada a las películas. Precisamente, Marvel se ha encargado de diseminar referencias a las Gemas del Infinito en sus diversas entregas para adelantar el que será su próximo gran evento cinematográfico, Vengadores: Infinity War (Hermanos Russo, 2018). 



Pero, al contrario que su empresa rival, en el universo cinematográfico de DC han faltado menciones a elementos tan relevantes como las cajas madre o los parademonios, salvando la extraña visión de Bruce Wayne en Batman v Superman, que tampoco era una explicación. Así pues, hubiera sido fácil emplear la introducción no solo para mostrarnos el dolor y el caos producidos por la muerte de Superman, sino también cómo ese hecho estaba repercutiendo en el avance de la invasión por parte del villano de turno y sus secuaces, los parademonios. Resulta curioso que ni siquiera usen un periódico o las noticias para avisar de estos avistamientos, cuando en todo momento se nos muestra a Batman o a otros protagonistas enterados de la presencia de estas misteriosas criaturas, sin mostrar sorpresa alguna. 

A las carencias de la película se suma la poca consistencia del villano, que no es más que uno más de una larga lista de antagonistas olvidables y prescindibles, hecho además por CGI de forma completa. Su propósito vuelve a ser la destrucción por la destrucción, lo que lo diferencia de otros enemigos mejor formulados, como el propio general Zod, quien al menos quería rehacer su planeta Krypton aunque fuera a costa de la vida del planeta Tierra. Además, la amenaza que supone Steppenwolf se deshace cuando se plantea a un personaje tan poderoso como para poder combatir a la vez con el resto de componentes de la célebre Liga de la Justicia. Es más, los niveles de poder quedan ridiculizados y acaba por resultar tanto incoherente como poco dramático: sabemos que en estas películas el bando del bien triunfa, pero no debe ser tan sencillo. En este caso, tampoco ayuda su concisión, que si bien alivian el metraje, no permite desarrollar ninguno de sus elementos, especialmente a sus personajes.


Por último, debemos destacar su buen equilibrio entre el humor y la épica, al contrario de lo que mencionábamos en Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017) recientemente. Si bien no podemos destacar su montaje o la eficacia de todos sus recursos digitales, se logra combinar sus elementos dramáticos con escenas que acaban con la tensión gracias a un chiste bien traído y también bien combinado con la acción del momento. Ahí tenemos el caso de Flash cuando trata de ayudar al resto de la Liga a combatir junto al monumento de Superman, algunas intervenciones de Batman donde se ríe de sí mismo o la propia parodia que hace la película de los superhéroes, como la forma en que salvan a los civiles en el tramo final. 

En definitiva, Liga de la Justicia no es la mejor película de superhéroes de los últimos años, dado que redunda en una trama principal demasiado vista, apenas da espacio para el desarrollo de sus elementos y parte de un argumento que en ocasiones da por sobreentendido, pero mejora algunos de los aspectos menos valorados de DC en sus últimos intentos cinematográficos, convirtiéndose en su película más luminosa, en una buena revisión sobre el mito de Superman y en una equilibrada obra entre el humor, el drama y la acción. 


Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717