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Para el sábado noche (LXXIII): Superman, de Richard Donner

28 agosto, 2018

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La puesta de largo del mundo de los superhéroes dio comienzo con Superman (Ídem, Warner Bros., 1978), cuando los productores Alexander e Ilya Salking (1921-1997; 1947, respectivamente), contrataron a Richard Donner (1930) como realizador de la primera y segunda entregas modernas de nuestro personaje. Para ello, el realizador de La profecía (The Omen, 1976), insistió en el apartado técnico como parte indisociable de todo el conjunto artístico. Aun así, una de las características que distingue a Superman de otras producciones, es que no somete los aspectos humanos y narrativos a la efectividad (cuando no tiranía) de los efectos especiales. Ambos alcanzan la necesaria compatibilidad, no justificándose las escenas en función de lo que se pueda ofrecer técnicamente, sino integrando los efectos a las necesidades del relato escrito; inmiscuyendo, de paso, al espectador, en una historia de fantasía totalmente realista.

Esta adecuada interacción entre escritura y efectos ópticos permite que Superman (un Christopher Reeve nada sobreactuado), vuele sin tropiezos cinematográficos, con un estilo elegante y contundente, que convierte la película en el emblema quintaesenciado del género de los superhéroes.

Dejando al margen los ingresos de Marlon Brando (1924-2004), por su acertada participación, y otras eventualidades más anecdóticas, muchos aspectos destacan en la producción de Superman. El autor de El Padrino (The Godfather, 1969), Mario Puzo (1920-1999), comenzó a confeccionar el guion a mediados de los setenta. Más tarde, Tom Mankiewicz (1942-2010) fue comisionado para estructurar y pulir el material, hasta que David Newman (1937-2003) y su esposa Leslie (1939), junto con el futuro e interesante realizador Robert Benton (1932), se encargaron de darle forma definitiva, tanto a la primera como a la segunda parte. En concreto, Mankiewicz dotó de personalidad y profundidad a los personajes, por medio de unas laboriosas reescrituras, evitando así que la historia deviniera en una mera tira cómica.

Como se recuerda en el prólogo, en junio de 1938 aparecía Superman, gracias a la imaginación de Jerry Siegel (1914-1996) y Joe Shuster (1914-1992). A continuación, director y montador demuestran su buen oficio narrativo durante la presentación del planeta Krypton y la visualización del cometido de Jor-El (Marlon Brando), el padre de Superman. Pertenece a lo que él llama el confiado consejo, formado por las mentes políticas -más que razonantes- de Krypton (¡esto parece una triste constante en el universo!). Entre el despliegue de imbatibles efectos visuales y la pulcritud de un guion modélico, elementos sostenedores de la película, junto a las buenas interpretaciones, también se halla la imaginativa forma de apresar a los convictos capitaneados por el general Zod (Terence Stamp).


A este realismo y plasmación heroica contribuye de forma terminante la extraordinaria partitura de John Williams (1932), que no se limita a ofrecer un nuevo y retentivo tema principal para la película, sino que desarrolla toda una narrativa sonora por medio de varias piezas de creatividad incesante, que se acoplan a la imagen tanto como a la memoria del espectador (en suma, otro aspecto de los que se han venido perdiendo con el tiempo, en favor de las más anodinas composiciones que yo recuerde, de la actualidad).

La partida del pequeño Kal-El (Lee Quigley), futuro Superman, realizada y montada sin falsos efectismos ni estridencias, es otro momento álgido, como lo será el desarrollo de Superman como ser humano en la Tierra, bajo el nombre de Clark Kent. Basta contemplar al protagonista probando su fuerza de niño y adulto, levantando una camioneta o mandando a freír espárragos un balón de rugby. En suma, haciéndonos partícipes de sus correrías, como (casi) cualquier adolescente.

Todas estas situaciones forman un núcleo que evita la farragosidad explicativa, ese exceso verbal del que adolecen la mayoría de las producciones hoy en día. Escenas como la del descubrimiento o, mejor dicho, llamada, del cristal esmeralda que contiene la esencia y conocimientos del mundo de Superman, son la plasmación de una concisión dialéctica agraciada por un guion impecable y beneficiada por el ejemplar empleo del formato panorámico en cinemascope (en setenta milímetros), por parte del realizador Richard Donner. Lo que, junto con la música, el impecable montaje de Stuart Baird (1947), y la envolvente atmósfera proporcionada por el excelente director de fotografía Geoffrey Unsworth (1914-1978), en el que fue su último trabajo para el cine, confiere a las imágenes de Superman una puesta en escena dinámica y profundamente emotiva, incluso en los planos generales, sean estáticos, en panorámica o con grúa. Valgan como ejemplo el acelerón de Clark de vuelta a su casa de Smallville, la posterior despedida del hogar, la salida del cementerio rural donde reposan los restos de su padre adoptivo, Jonathan Kent (Glenn Ford), o el transcurrir del tiempo cuando Superman saca a Lois de su vehículo, en pleno desierto californiano.

(Aprovecho para hacer notar que la versión extendida no es tan relevante, aparte de que se le cambió el magnífico doblaje original).


Sujeto a las leyes naturales terrestres, como a las suyas propias, Superman también evoluciona como personaje, descubriendo pronto la incapacidad; es decir, averiguando que no importan los poderes de que uno disponga cuando el destino no juega a favor. Si bien, dicho destino está hecho para hacerle frente. No obstante, aleccionado por su padre (en realidad, por ambos padres, cósmico y terreno), Superman tiene prohibido inmiscuirse en la historia y desarrollo de los seres humanos. Pese a todo, nos libra de amenazas como la de los misiles X-K, uno de los planes malévolos del genio del mal Lex Luthor (personaje al que Gene Hackman confiere un excelente toque de distinción).

Haciendo alarde de una buena colección de pelucas, para así evitar mostrar su calvicie, el malandrín Luthor se acompaña, en su malévolo y no siempre glorioso modus operandi, de sus esbirros Otis (Ned Beatty) y la señorita Teschmacher (la espléndida Valerie Perrine). Al punto de que Hackman (1930) hace suyo un personaje del que, antes de dar comienzo la filmación, tenía algunas reservas.

Precisamente, es la guarida de Lex Luthor, uno de los innegables aciertos visuales del decorador británico John Barry (1935-1979, no confundir con el músico). Se trata de unos habilitados y confortables restos del antiguo metro de Metrópolis (como sabemos, un remedo de Nueva York). Recordemos que Superman fue filmada en buena parte en los estudios Shepperton y Pinewood de Londres. De ahí la bienvenida presencia de actores tan sólidos, aun en papeles cortos, como Trevor Howard (1913-1988), Harry Andrews (1911-1989), Susannah York (1939-2011) o Terence Stamp (1938), aparte de otros miembros del equipo técnico. Los decorados de John Barry permiten, no solo que los personajes paseen por ellos, sino que estos pasen por los personajes, lo que, en una película, sea de las características que sea, resulta esencial.


Por todo lo expuesto, Superman es emocionante. En ella hay espacio para reflexionar, para complacerse… para sentir. Y también para el humor. La acción no se come la emotividad. Buen ejemplo de ello es la creación de la Fortaleza de la Soledad, donde el joven Clark Kent (Jeff East) sabe de forma instintiva lo que ha de hacer. También lo es el enamoramiento en pleno vuelo, entre Superman y la reportera Lois Lane (Margot Kidder), que se acompaña de la facultad telepática que posee el superhéroe, en lo que es una bella manera de hacer el amor con Lois. Claro que después de esto, y de su accidentado (y extraordinariamente filmado) rescate del helicóptero, a la intrépida Lois la entrevista con el presidente de la nación, que ha dejado en suspenso, a la fuerza le ha de parecer pequeña. Sin embargo, ni aún este está a salvo cuando un rayo pone en dificultades al Air Force One.

Por otra parte, y como los aficionados sabrán, los Salkind se apresuraron a contratar al realizador inglés Richard Lester (1932), que les había obsequiado con el éxito gracias a las desinhibidas y, para mí, estupendas, Los tres mosqueteros (The Three Musketeers, Fox, 1973) y Los cuatro mosqueteros (The Four Musketeers, Fox, 1974), con objeto de culminar la segunda y, posteriormente, tercera entrega de la serie. La segunda se filmó al alimón con la primera, siendo Richard Donner el responsable de buena parte de la misma, resultando bastante entonada y no carente de momentos de gran fuerza. Un trabajo abrumador para el director, por lo que se decidió estrenar tan solo la primera (¡ya estaba bien!), y completar con más tranquilidad la segunda (ahí fue donde los Salkind, haciendo alarde de una cuestionable conducta profesional, decidieron prescindir de Donner en favor de Lester).

Con respecto a la tercera parte, y siendo justos con ella, a mí me hizo bastante gracia. Lo siento.

P.D.: La cuarta es horrorosa.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Superman/Batman: Enemigos públicos, de Jeph Loeb y Ed McGuinness

08 diciembre, 2016

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La creación de un superhéroe siempre conlleva la búsqueda de unas motivaciones concretas que determinen la clase de personaje y que justifiquen las características no solo de sus posibles poderes, sino también de su personalidad. Superman y Batman han sido dos de los superhéroes más favorecidos por el público gracias tanto a su larga trayectoria con algunos de los cómics más populares del género como a sus consecuentes adaptaciones televisivas, variadas en nivel, aunque siempre evaluadas por la atenta mirada de sus seguidores.

Sin embargo, a pesar de su fama, son dos superhéroes bien distintos. Tanto que podemos suponer que les resultaría más fácil tener visiones contrarias del mundo y del combate por la justicia, lo que, en efecto, les ha llevado a enfrentarse, ya tanto en el cómic como en la película Batman v Superman: el amanecer de la Justicia (Zack Snyder, 2016), pero también han llegado a colaborar y trabajar juntos, ya fuera en un grupo más amplio como la Liga de la Justicia, como formando un dúo envidiable. En 2003 surgió la necesidad de volver a definir la relación entre estos dos superhéroes. El encargado de llevarlo a cabo fue el guionista Jeph Loeb, contando para los primeros números con el dibujante Ed McGuinness.

Así tuvo lugar la serie Superman/Batman, que comenzaría con un primer ciclo, de seis números, conocido como Enemigos públicos, aunque también se le ha denominado Los Mejores del Mundo. A este continuaría un capítulo autoconclusivo, El pupilo, con dibujo de Pat Lee, y otro ciclo denominado La Superchica de Krypton, que recuperaba a Supergirl con los diseños de Michael Turner. Pero en esta reseña tan solo nos detendremos en los seis primeros números, que compusieron el inicio de esta línea de cómics y, por tanto, de la colaboración moderna de estos dos superhéroes.


Situados en los eventos posteriores a las Crisis de Tierras Infinitas, nos encontramos a Lex Luthor como presidente de los Estados Unidos de América, lo que impide que Superman pueda hacerle frente. Durante su mandato, se localiza un gran asteroide de kryptonita dirigiéndose hacia la Tierra, hecho que Luthor emplea para acusar al célebre héroe alienígena de querer destruir al planeta con el impacto del meteorito. Para acabar con él, usará todos sus recursos como presidente, desde el uso de grupos de superhéroes al servicio del gobierno como una recompensa por la captura de Superman que atraerá a varios supervillanos. El héroe de Metrópolis contará con la ayuda de Batman para desentrañar la verdad detrás de toda la situación y conseguir salvar al mundo de nuevo. Esta es la trama principal de este ciclo en la que confluirán básicamente todos los sucesos, a excepción quizás de una subtrama no resuelta en estos números referente a la posible identidad del asesino de Thomas y Martha Wayne. 

El argumento nos lleva a una historia clásica de deshonor del héroe y búsqueda de la recuperación del agravio, aunque Loeb nos conduce a un juego rocambolesco en el que la trama se va enmarañando conforme avanza. Cada vez se emplean más recursos para sorprender o crear un espectáculo visual que en muchas ocasiones sentimos falto de auténtica emoción, así como otras ocasiones en que directamente hay escenas innecesarias o bochornosas; sirva de ejemplo el -hasta cierto punto ridículo- desenlace del asteroide, con un final que debería haber resultado emotivo, pero donde falta empatía y sobra el aspecto de cierto robot. A su vez, como ya comentamos en JLA: Año uno, a veces se acumulan una serie de personajes en su mayoría desconocidos para el lector poco asiduo, que son expuestos solo para mostrarlos luchando. En este caso concreto, la obra se ríe de sí misma cuando el propio Superman afirma no conocer a uno de los villanos menores.


Por otra parte, el uso de otros superhéroes bien podría resultar más interesante de lo que en principio se propone, dado que se simplifica el posible debate que se podría dar en unos personajes que juraron defender el bien y se ven obligados por el gobierno a luchar contra otros superhéroes sin estar seguros de las razones que les lleva a ello. Con todo, se agradece la ligera reflexión así como el giro inesperado de los acontecimientos que se produce en ciertas ocasiones, sobre todo con la aparición de Shazam y Hawkman. Cabe mencionar que se emplea también el viaje en el tiempo como un recurso llamativo e importante en la trama, induciendo un punto sombrío y que los personajes duden sobre sus acciones, aunque al final no creo que se resuelva de la mejor forma posible.

Ahora bien, si estos son algunos de los puntos más dudosos de la obra, los mejores aspectos los encontramos en la relación entre Superman y Batman. La decisión acertada de Loeb de incluir sus voces interiores como narradores nos conduce a un humor natural surgido del contraste entre ambos personajes. Pero, además de sus diferencias, sirve para erigir una amistad basada en la comprensión y ayuda mutua. Incluso en los momentos más duros para ambos protagonistas, solo su colaboración les consigue sacar de apuros, lo que también supone decir que estos grandes superhéroes, aún estando juntos, acabarán teniendo problemas serios. Precisamente, destacan aquí las decisiones argumentales en las que observamos que su auténtico poder no reside tanto en los superpoderes de Clark o los cachivaches de Bruce, sino en el ingenio y astucia de ambos personajes para aprovechar los recursos de los que disponen juntos.


En definitiva, a pesar de que hay acción a raudales, lo que proporciona una personalidad única a Superman/Batman; Enemigos públicos es la unión de ambos caracteres de una forma tan natural y cómica, o incluso cuando llega el momento en que ambas personalidades parecen intercambiarse, dando lugar a un terrorífico Superman. Gracias a esto podemos disfrutar de un cómic sencillo con un dibujo atractivo obra de McGuinness, donde los recursos que podrían ser más densos acaban por resolverse de manera fácil, consiguiendo ser ligero y agradable. Pero sin llegar a convertirse en imprescindible.

Escrito por Luis J. del Castillo


Batman v Superman: El amanecer de la Justicia, de Zack Snyder

06 mayo, 2016

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Este análisis comenta cuestiones relativas al argumento y a detalles de la trama (spoilers).

La herida está tan reciente que resulta complicado hablar sobre esta película sin estar aún envuelto de esa corriente de reacciones negativas contra las que apenas encontramos algunas zonas de sosiego. No nos engañemos: cuando se extiende una opinión pública, aunque esté fundamentada, se puede llegar a olvidar cómo valorar aquello sobre lo que se opina de forma libre, sin influencias. Hay muchos problemas a los que enfrentarmos a la hora de abordar lo que ha sido Batman v Superman: el amanecer de la Justicia (2016).

En primer lugar, la lucha entre la expectativa y la realidad, o la realidad y el deseo que diría Cernuda, ese horizonte de lo que se espera de un producto y lo que al final afrontamos. Una película que unía a dos de los superhéroes más célebres del cómic y del cine era obvio que elevaría el ansia de los espectadores más acérrimos a este tipo de cine. Y esa ansiedad es una bomba de relojería, que estalla con facilidad si se maneja sin cuidado. Hay un claro ejemplo de esta circunstancia en la saga Star Wars, con la diferencia clara entre lo que sucedió con su retorno con el Episodio I (1999) y lo que ha ocurrido más recientemente con el Episodio VII (2015).

En segundo lugar, que ambos personajes ya tienen precedentes, no solo de sí mismos o de otros superhéroes (especialmente de Marvel) en cine, sino en el cómic. Muchos son los que han apreciado este arte donde estos personajes llevan una vida más rica y, por tanto, conocen o, al menos, creen conocerlos mejor. No es la primera vez que Batman y Superman se enfrentan y ahí se asentaba la idea de los más fanáticos del cómic, que como ha sucedido en tantas ocasiones con los lectores, se han tenido que enfrentar a esta adaptación (casi mejor, versión) que ha realizado Zack Snyder.

Zack Snyder junto a Henry Cavill
Snyder mantiene un estilo estético de tintes oscuros, con recursos preferentemente digitales puestas al servicio de la espectacularidad y una carrera que ofrece su visión en torno a obras del arte gráfico, como pueden reflejar 300 (2007), Watchmen (2009) o, incluso, Sucker Punch (2011), que sin estar basada en ningún cómic, mantiene la misma línea que el resto, incluyendo cierta influencia del anime. Antes de Batman V. Superman (2016) se encargó del reinicio de Superman con El hombre de acero (Man of Steel, 2014), que otorgaba un ambiente cercano al de la ciencia ficción junto a una simbología evidente, influenciado por otra parte por el estilo de Nolan a la hora de crear superhéroes más dubitativos; no en vano se contaba con el guionista David S. Goyer.

Esta creación de Superman en El hombre de acero prosigue en Batman v Superman observando las consecuencias de los hechos de esa película (algo similar a lo que ha sucedido con Capitán América: Civil War [Joe y Anthony Russo, 2016], que abunda también y precisamente en las consecuencias de los actos de los Vengadores en el mundo y del enfrentamiento de los superhéroes entre sí) y manteniendo un estilo coherente con lo ya mostrado, arrastrando así defectos y virtudes. Por contra, el otro coloso, Batman, es un personaje incipiente en su versión dentro de este universo cinematográfico, que será descubierto en esta película, al menos parcialmente.

Por otra parte, fuera del combate entre ambos personajes, previsible por el título, tenemos un subtítulo relevante: El amanecer de la Justicia, que orienta esta obra al futuro del DC cinematográfico con La Liga de la Justicia (cuya primera parte verá la luz en 2017) y que obliga a incluir ciertas subtramas. Un matiz relevante que comentaremos en nuestro análisis. No obstante, recalcamos, una cuestión relevante: en esta película, como en cualquier obra artística, existe una pugna entre las ideas que podemos percibir y la ejecución con la que se han desarrollado estas ideas. Por ello, aquí comentaremos ambos aspectos, dado que consideramos relevante destacar la calidad de gran parte de las ideas unidas a una ejecución deficiente, que lastra el resultado final. Volveremos a ello en nuestras conclusiones.

El hombre de acero, de Zack Snyder

17 julio, 2013

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Uno de los superhéroes por excelencia, sin duda el más reconocido, volvía a nuestras pantallas hace apenas un mes. Hablamos de la nueva revisión de Superman de la mano del director Zack Snyder contando a su vez con la producción de Christopher Nolan, director de la popular trilogía que supuso el reinicio de Batman con Batman begins (2005), un tándem que sin duda llamó la atención de los fans de este tipo de películas tras haber disfrutado de la trilogía noliana. Sin embargo, El hombre de acero (Man of Steel) ha resultado ser diferente, pues estamos ante un superhéroe distinto, pese a ello, la huella de lo hecho anteriormente está vigente y quizás no ha resultado tan satisfactorio para la crítica como se pretendía, pese a que comercialmente ha rendido perfectamente.

No estamos ante un mal equipo, Zack Snyder ya había protagonizado la dirección de otras adaptaciones de cómics, como 300 (2006) o Watchmen (2009), Nolan deslumbró a muchos con su tratamiento del murciélago en compañía del guionista David S. Goyer y el elenco prometía; pero, lamentablemente, tiene deficiencias para ser considerado un auténtico film de Superman, de ese superhéroe perfecto que tanto había gustado a finales de los setenta en la piel de Christopher Reeve, sin volver a despegar del todo y tropezando drásticamente con Superman Returns (2006), el fallido homenaje de Bryan Singer. Quizás en los últimos años solo la serie Smallville ha gozado del favor del público.

Russell Crowe como Jor-El
No obstante, esa es la mayor dificultad a la que se enfrenta El hombre de acero, pues la historia del personaje es conocida por todos, y, a la vez, todos deseaban volver a ver esa misma aventura. Snyder nos la ofrece pero con una visión distinta. Partimos del planeta Krypton en las escenas iniciales del film, donde nos logra recrear todo un mundo de ciencia ficción con espectaculares fotogramas que, como en otras películas actuales, parecen cinemáticas de juego, pero en esta ocasión de forma muy acertada. Acompañamos a Jor-El (Russell Crowe) en esta pequeña aventura donde mostrará sus dotes bélicas, logrando su propósito de salvar a su hijo de la destrucción del planeta a la par que hace frente al general Zod (Michael Sannon), el villano del film. Todo este prólogo recrea todo un mundo de ciencia ficción posiblemente como nunca antes lo habían hecho en el cine respecto a este personaje, otorgándole un sentido distinto a Superman y, a la vez, a todo el metraje.

En contrapartida, estando ya en la Tierra, seguiremos al hombre de acero a través de su vida cotidiana adulta, con flashbacks fragmentados de su infancia y juventud que dejan con ganas de más, colaborando solo en la formación de la personalidad frágil del personaje pero no en su vida conocida como Clark Kent. Continúan aquí, y lo harán el resto de la película, la explicación de los poderes del personaje de una forma pseudo científica, asentada en la ciencia ficción que se crea para la ocasión y que, vuelvo a repetir, funciona perfectamente y es de lo mejor que nos brinda el film.


Ahora bien, no considero que estemos ante Superman ni ante Clark Kent, sino ante ese anónimo hombre de acero. Esta filosofía sobre la película se refleja muy bien desde su título hasta su final. Aunque muchos han considerado negativo este hecho, realmente resulta más útil y original que las veces anteriores, consiguiendo crear un personaje más profundo, con más conflictos internos y con la necesidad de elegir qué ser, una decisión sobre la que se ahondará en todo el argumento. Esta no es una historia de un hombre llamado Clark Kent y su doble identidad de Superman, el ser venido del espacio, sino la que nos narra cómo surgió la concepción de ese superhéroe en la conciencia humana, testigo de los poderes de este alienígena, tanto es así que el nombre de Superman solo aparece completo en una ocasión, y surge como una denominación que le otorgan los seres humanos, sin brotar de él ni de su famoso emblema, que él entiende de otra forma.

Tampoco es la historia de Clark Kent, pero sí la justificación de su existencia posterior. Podríamos entender bien este film como un inmenso prólogo a lo que serán ambos personajes, aunque eso desmerecería mucho la duración que ha tenido finalmente y otras cosas rescatables del film. Pues si bien el film funciona bajo este concepto aquí explicado, también peca de excederse en espectacularidad visual, especialmente en largas batallas que muestran una y otra vez lo mismo, y unas escenas demasiado breves en el carácter más humano, dejando casi huecas el resto de interpretaciones, que se reproducen prácticamente como arquetipos, ya partan del cine de acción, del de ciencia ficción o de otras adaptaciones sobre superhéroes.


Son poco creíbles tanto la relación que se intenta crear entre Lois Lane (Amy Adams) y Superman como algunas escenas que pueden resultar ridículas, por ejemplo, la relacionado con el tornado o el último encuentro entre el general Swanwich y nuestro superhéroe. En cuanto a los villanos, dentro del concepto que Snyder explota alrededor de Krypton, resultan auténticos y motivados, aunque al general Zod le falte el carisma de su compañera Faora (Antje Traue), pese a que realmente pone contra la espada y la pared a Superman, llevándolo no hasta sus límites físicos, sino morales. Podemos observar con este análisis que el film gana mucho en conceptos y otorga una profundización dramática y psicológica al argumento, mostrándonos a su vez a un superhéroe que no es tan fuerte como debiera. Debemos darle ese punto a favor, pese a que sus deficiencias pesan bastante, fruto de algunas malas decisiones, de un intento de deslumbrar con impresionantes escenas visuales y de la falta de empatía con algunos personajes o actores.

Amy Adams, Henry Cavill y Antje Traue durante una escena del film
Aún teniendo en cuenta estos puntos negativos, podemos decir que la película rezuma emoción, resultando intrépida, en ocasiones atropellada, pero dejándonos escenas que llegan a presionarnos contra los sillones, porque aunque sabemos que el superhéroe, deus ex machina, logrará su objetivo, este argumento nos hace dudar, precisamente porque no estamos ante nuestro ya conocido Superman.

Finalmente, sobre los actores, se muestran correctos, Henry Cavill realiza un buen papel del superhéroe, quizás falto de cierto carisma y, en ocasiones, algo falto de expresividad. Al lado de Superman, Amy Adams se pone al frente de Lois Lane como una reportera todoterreno, que, personalmente, no parece cuajar del todo, quizás por tener un camino muy marcado por las circunstancias. Los veteranos Russell Crowe y Kevin Costner no brillan demasiado, el primero salvo en las escenas iniciales de Krypton, donde recuerda sus tiempos de Gladiator (Ridley Scott, 2000), se muestra muy monótono en el resto, comprensible por su situación de conciencia virtual; al segundo, le falta espacio para poder demostrar algo mejor, participando solo en flashbacks demasiado fragmentados como para llegar al espectador más allá de esas frases que le otorga el guión. Mejor parados salen los principales villanos, el resto apenas suponen un cameo, Michael Shannon firma una buena interpretación, falta también, y nos repetimos, de carisma, algo que sí logra Anje Traue pese a sus pocas escenas y sus breves intervenciones con diálogo; la relación que establece el personaje de Traue con el coronel Hardy (Christopher Meloni), aunque resulte un cliché, tiene una chispa que le falta a otros.

Michael Shannon como el general Zod
Un inciso breve sobre el apartado técnico. Si bien es cierto que la fotografía en algunos momentos es hermosa y que los efectos especiales están bien desarrollados, la película falla en lo que podría parecer menos importante: enfocar bien con la cámara. Da la sensación de que sujetaban la cámara a pulso, temblando la imagen en numerosas ocasiones, lo que ocasiona el efecto de estar ante una película de menor calidad, como en ocasiones ha repetido nuestro compañero Javier, no hace falta mover la cámara para simular naturalidad o descontrol, y mucho menos en escenas donde no se pretende mostrar eso.

En conclusión, El hombre de acero contiene buenos toques de ciencia ficción y crea una buena base para un futuro y real Superman, abriendo las puertas y sirviendo de prólogo a una auténtica película del superhéroe después de haber superado su primera gran prueba y su gran combate interior por descubrir quién es. No obstante, como film único flojea en varios aspectos, tiene unas actuaciones que no llegan a ser brillantes y se excede en espectacularidad sobre argumento.

Logra ser entretenida y resulta visualmente impresionante, pero no conquistará a los que esperen de forma acérrima ver al superhéroe de siempre ni aquellos que sigan enamorados de la banda sonora, brillante sin duda, de John Williams, sustituido aquí por un Hans Zimmer bueno como siempre, pero que no deja ninguna melodía memorable. Quizás debamos darle una segunda oportunidad para redondear mejor lo planteado aquí, mientras tanto, disfruten de este entretenimiento de más de dos horas.

Escrito por Luis J. del Castillo


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