Ojeando por
enésima vez un volumen recopilatorio llamado
Discos que han pasado a la historia(Mondadori-Heineken,
2008), aunque el título es lo de menos: Discos que hay que escuchar o Las mejores canciones de no sé qué, me
encuentro con una preponderancia de música anglosajona –buena, nadie lo duda-, que
es muy definidora, sino del desprecio, sí del desconocimiento hacia el trabajo en
otras lenguas, que continúan perpetrando algunos colonizadores de la cultura. Y
no me refiero a los artistas latinos que consiguen un Grammy cantando en la
lengua de Shakespeare (1564-1616) o de Cervantes (1547-1616), sino a la total y absoluta
ausencia de composiciones en español en tales compendios. Fuera de España,
quiero decir: sirva como ejemplo patrio el ya descatalogado Los discos esenciales del pop español (Lunwerg,
2010), de Jesús Ordovás (1947).
La cosa es
tan chovinista, cuando no escorada políticamente hacia el sonrojo, que hasta
perpetran esta “depuración” consigo mismos. En el volumen al que hacía
referencia, no aparecen ni por asomo intérpretes tan esenciales y definidores
como Frank Sinatra (1915-1998) o Barbra Streisand (1942), al margen de los gustos de
cada cual, y sí conjuntos que incluso hacen doblete y acaparan un determinado
estilo (el rock) sobre los demás. Pero el sur también existe. Bien sostenido
por la lengua española, que cada vez se habla en más lugares. Formando parte de
esta cultura, está la música cantada en nuestro idioma. Claro que nosotros
mismos preferimos a veces premiar una progrez con evidente fecha de caducidad antes
que la trayectoria de un Manuel Alejandro (1932).
En cierta
ocasión, un idiota que tenía por compañero de clase, en los tiempos de la EGB,
me afeó -o rio- la conducta por andar por ahí con una casete para el walkman, que era un recopilatorio de
temas populares del momento (1986). Junto a autores en inglés, incluía
canciones de Ana Belén (1951), Patxi Andion (1947-2019), Roberto Carlos (1941) y José Luis Perales (1945). El pobre diablo no entendía que todas las canciones
eran buenas. De hecho, resulta que siempre me ha gustado escuchar desde Parálisis permanente hasta María Dolores Pradera (1924-2018), de David Bowie
(1947-2016) a Demis Roussos (1946-2015). Y creo
que he salido ganando.
A estas
alturas no voy a descubrir a Mecano. Ni siquiera a redescubrirlo. Nos basta con
comprobar que su música ha quedado. Como casi todo lo de los años ochenta. La
primera vez que los escuché, curioso, fue en un recinto militar, el Club de los
Mondragones en Granada, donde mis padres tenían por amigo a un teniente coronel
jurídico, uno de los tipos más ilustrados para el cine que he conocido, y lo
cierto es que aquello estaba bastante bien, había hasta cine al aire libre, y allí
descubrí Dune
(íd., David Lynch, 1984). Se trataba de la canción Me colé en una fiesta, perteneciente al álbum homónimo de Mecano,
que dio origen a todo (CBS, 1982).
Qué original y pegadizo sonaba. Un año más tarde le pedí a mi padre que me
comprara el segundo disco, Dónde está el
país de las hadas (CBS, 1983),
que fue el primero que tuve (el inicial lo repesqué en casete).
A estos
trabajos siguieron Ya viene el sol (CBS,
1984), irregular en su conjunto, quizá por ser demasiado seguido al anterior
(este disco debió haber salido en 1985, con más tiempo de “procesado”), pero que
aun así contiene temas tan magníficos como Hawaii-Bombay, Busco
algo barato, Aire o El mapa de tu corazón. También el
notable ejercicio electro pop de Japón.
La madurez
llega con Entre el cielo y el suelo (Ariola,
1986), línea de una de las canciones, y que sigo considerando el mejor disco de
su carrera. Admito que por motivos estrictamente personales, pero todos los
motivos lo son. Luego vino el muy exitoso Descanso
dominical (Ariola,
1988), donde ya se advierte una evidente indagación en diferentes estilos, aspecto
que se transmitiría al último trabajo completo de la formación, Aidalai (Ariola,
1991). Sobresaliente en conjunto, a Descanso
dominical solo le sobra la pánfila No
hay marcha en Nueva York (nunca he podido con ella). Gracias a Dios lo
compensan el resto de composiciones, entre las que destacan por méritos propios
El cine, Los amantes, La fuerza del
destino, la seminal Mujer contra
mujer, que el grupo versionó en francés, Un año más, y las sentidas Eungenio
Salvador Dalí y Héroes de la
Antártida, con textos de Stefan Zweig
(1881-1942).
Años más
tarde apareció el recopilatorio Ana-José-Nacho
(Sony-BMG, 1998), con algunas
canciones nuevas que no estaban mal, y el pasar
a la historia, parece que de una forma definitiva. Los enfrentamientos
entre los hermanos Cano, José María (1959) y Nacho (1963), son legendarios,
aunque no lo supimos hasta tiempo después. Entre medias quedaba la maravillosa
voz de Ana Torroja (1959), perpleja ante la aniquilación de tanto talento. Nada
volvió a ser lo mismo en los noventa, para casi ninguna banda de aquella época.
Los
primeros álbumes se benefician de la frescura de los arreglos. El primero de
ellos, con el concurso de Luis Cobos (1948); no olvidemos que fue el autor de
la popular tonada para saxo Un paso más
allá (1979), además de productor y arreglista de Joaquín Sabina (1949),
Miguel Ríos (1944), Olé-Olé, Paloma
San Basilio (1950), Pedro Vargas (1906-1989), Ana Belén (1951), Julio Iglesias
(1943) o Tino Casal (1950-1991), entre otros.
Todos estos trabajos siguen sonando bien. El álbum más tecno de Mecano tal vez siga siendo el de debut,
en la onda de Oviformia SCI,
La Mode, Soft Cell o Yazoo. Nada
que envidiar a los álbumes británico-americanos, en cualquier caso. Me siguen
gustando bastante los dos primeros discos, son definidores de una etapa difícil
de repetir.
Todo este
éxito levantó auténticas ampollas entre algunos de los grupos coetáneos de la segunda
década prodigiosa. Aunque tengo muy claro que había lugar para todos ellos, es
verdad que el primer dinero guardado era, por lo común, para comprar el disco de
Mecano.
Del primer
álbum entresaco un tema menos conocido, pero que siempre me ha impresionado, El fin del mundo, junto al instrumental Boda en Londres. Una sana costumbre esta
de las composiciones instrumentales, aunque no se trasladara a todos los álbumes de
estudio de la banda. Tal vez, el más emotivo de ellos sea el homónimo del disco
de 1983. Aquí restallan con singular destreza las canciones Barco a Venus (generacional y
conmovedora), Este chico es una joya
(la ponía una y otra vez), El amante de
fuego (me daba miedo), El ladrón de discos (me encantaba) y Un poco loco (a
repescar).
Y como lo
mejor es para el final, de Entre el cielo
y el suelo, poseen para mí una especial significación Esta es la historia de un amor, No
tienes nada que perder y 50 palabras,
60 palabras o 100. No obstante, todo el disco es una obra maestra, en
contenido y forma. El más flojo y disperso me sigue pareciendo el último, Aidalai.
En suma. Un
gran tesoro está aguardando en forma de canciones en español. Las hay para
todos los gustos. Como todo tesoro oculto, permanece invisibilizado a ojos
foráneos. Y en efecto, ninguna riqueza existe si no acaba por salir a la luz y resplandecer.
La historia no se ha escrito únicamente en inglés.
Una de las
mejores definiciones que sobre el jazz
circulan, y que atesoró el inigualable Juan Claudio Cifuentes, Cifu para los amigos (1940-2015), es la
que dice que jazz es todo aquello susceptible
de ser reconvertido y adaptado a dicho lenguaje. Es decir, que tanto una pieza
clásica como, pongo por caso, My Favorite
Things, composición de Rodgers (1902-1979) y Hammerstein (1895-1960) para
su musical The Sound of Music (1959), o cualquier tonada popular, se pueden
transformar en obras jazzísticas en función de su pertenencia al particular
idioma de este tipo de música; sus características de ritmo, improvisación,
timbre personal y swing.
Este año se
me ha ocurrido traer a nuestras mesas y oídos tres discos del ámbito del jazz, pero relacionados con la Navidad.
Existen otros muchos, principalmente vocales, pero en esta ocasión, he decidido
que los tres trabajos fueran instrumentales, y más fruto de la casualidad, de
la mano de sendos guitarristas.
El primero
de ellos es Have Yourself a Soulful
Little Christmas (Cadet-Verve,
1966), del instrumentista y educador estadounidense Kenny Burrell (1931),
discípulo espiritual de los maestros Charlie Christian (1916-1942), Django
Reinhardt (1910-1953) y Wes Montgomery (1923-1968). Nada menos. De sonido tan
refinado como hard-bop, algo más
bullicioso, pero sin perder nunca de vista la esencia de la afectuosidad, Kenny
Burrell hace un sentido repaso a los acostumbrados estándares navideños. En
algunas entrevistas, el intérprete ha comentado que parte de su técnica
consiste en que pongo los agudos más
bajos, medios los graves, y subo los medios. De este modo, enfatiza las
secuencias de grado medio.
Burrell
proporciona, además, en su área de improvisación, desvíos y arabescos muy sugerentes,
que comienzan en el primer tema del disco, Little Drummer Boy, mientras la línea
melódica principal se despliega en lontananza. Lo mismo sucede con God Rest Ye Merry Gentlemen. Los
desarrollos no son, empero, excesivamente amplios, los temas se ejecutan en
unos tres minutos y medio como media, con objeto de ofrecer una mayor variedad
temática, siempre desde el respeto a la letra y la espontaneidad jazzística.
Kenny Burrell
La placidez
sobresale en partituras tan conocidas como Have
Yourself a Merry Little Christmas, con inclusión de algunas cuerdas
arropadoras, o Away in a Manger, The Christmas Song, The Twelve Days of Christmas, y la menos transitada Merry Christmas Baby, de Johnny Moore
(1934-1998) y el letrista Lou Bacxter (-). A su vez, dejes sesenteros en la
instrumentación se hacen perceptibles en la versión de My Favorite Things, Mary’s
Little Boychild, y en el colmo del paroxismo, Children Go Where I Send Thee. Pero sin desbordar su sonoridad
mesurada y ritmo equilibrado. Sonido de Detroit, en definitiva.
Especialmente
sublimes resultan White Christmas,
con el piano esporádico del intérprete -o tal vez el arreglista Richard Evans (1932-2014),
que no hay forma de dilucidarlo, ni en el álbum ni en internet-, y cómo no, Silent Night. El díptico de canciones
estrella de cada Navidad.
El
siguiente disco en nuestra relación es The
Charlie Byrd Christmas Album (Concord,
1982). De atmósfera más recoleta si cabe, al estar interpretadas todas las
piezas a guitarra sola. Y con una pulcritud clásica que no deja mucho espacio a
la improvisación. No porque Charlie Byrd no sepa hacerlo, obviamente, sino como
respeto escrupuloso a las líneas melódicas originales. Quizá sea el menos
jazzístico de los tres álbumes, en este sentido, pero no por ello ofrece una
menor garantía de vigorosa serenidad. De hecho, nos hallamos ante todo un
recital tradicional de guitarra. Entre los temas más conocidos, redescubrimos Deck
the Halls, Oh Christmas Tree (O Tannenbaum), The Christmas
Song, What Child is This, In the Bleak Midwinter, o Hark
the Herald Angels Sing, y otros que ya hemos mencionado en el anterior trabajo
de Kenny Burrtell (no consigno los distintos autores, porque ya lo he hecho con
anterioridad en otros artículos). Sí que destacan piezas menos habituales, como
Mistletoe and Holly(Stanford-Sinatra-Sanicola),
o los tradicionales Lully Lullay, The Holly and the Ivy, y Angels
We Have Heard on High, estas dos últimas, provenientes del mundo del
góspel.
Si no estoy
mal informado, el presente es el segundo disco navideño de Byrd, tras Christmas Carols for Solo Guitar(Columbia,
1966), de muy parecido contenido, aunque
supongo que distintas interpretaciones, respecto a las de 1982.
En
definitiva, estamos ante un servicial y hogareño empeño de Charlie Byrd
(1925-1999), colaborador del gran Stan Getz (1927-1991), e intérprete ecléctico
por excelencia.
Charlie Byrd
El tercer trabajo
al que me voy a referir es Winter Nights
(Telarc, 1999), del gran representante de la
fusión en jazz Al Di Meola (1954). Incluye
instrumentación, más elaborada que en las anteriores antologías. Por ejemplo,
incorporando el sintetizador, que proporciona un aura sugestiva al conjunto, de
cálidos ropajes (sus versiones de Have Yourself a Merry Little Christmas,
The First Noel, First Snow -compuesta por él mismo- y la eternamente
bella Scarborough Fair, tema tradicional que solemos asociar con la
versión de Paul Simon [1941] y Art Garfunkel [1941], si bien quisiera recordar
la magnífica lectura que del mismo hicieron Sergio [1948-2015] y Estíbaliz
[1952] en 1985). En consonancia, las improvisaciones de Al di Meola resultan
sutiles y etéreas. Se acompasan bien al ritmo latinizado que articula el secular
Greensleeves o Zima(Meola).
Un dinamismo que rememora, aún en solitario, los buenos momentos junto a John McLaughlin
(1942) y Paco de Lucía (1947-2014).
Composiciones
de nuevo cuño, como Mercy Street, de Peter Gabriel (1950), y Midwinter’s
Night e Inverno(sic),
del propio Meola, abundan en la originalidad auditiva de la propuesta. De entre
los clásicos, devienen excelentes Carol of the Bells y Ave María
de Charles Gounod (1818-1893), publicado originalmente en 1853, y superpuesto
por el autor francés al Preludio nº. 1, Libro I, de El clave bien temperado (1722) de Johann Sebastian Bach
(1685-1750). Sazonan las distintas piezas una serie de “winterludios”, compuestos
nuevamente por Al di Meola. Obras breves de transición que, cual copos de nieve,
unifican el paisaje.
Al Di Meola
Esta vez
les he propuesto una sonoridad distinta para seguir disfrutando de nuestros clásicos
navideños favoritos. Distintos, aunque reconocibles. Al fin y al cabo, todos
nuestros intérpretes coinciden en la idea estrictamente jazzística de resultar único
y personal, de encontrar tu propio camino o caminos, con cuidado de los atajos.
El músico de jazz es, por ello, libre, porque sabe mejor que nadie que para
formar parte de cualquier conjunto, social o musical, hay que haber desarrollado
antes la debida personalidad. Esa individualidad que los torpes y fanáticos
confunden siempre con egoísmo, las más de las veces de manera interesada. Pero
cualidad imprescindible en cualquier orden de la vida. Más en una época donde
todos tendemos, de forma natural, al bien común. Eso que llamamos Navidad.
Dentro de
las bandas pop de los años ochenta, el grupo de origen alemán Alphaville ha venido
siendo uno de los que más me ha acompañado últimamente. Existen otros a los que
recurro con frecuencia, pero en el caso de Alphaville, puedo hablar de un redescubrimiento.
Como soy bastante ecléctico, me gustan distintos géneros y estilos.
Los inicios
de la banda corresponden a 1982, aunque no será hasta 1984 que puedan ver su
primer disco publicado (un caso parecido al de a-ha), si bien, ya en 1983, dos sencillos con bastante éxito habían
precipitado la grabación del long-play.
Eran los temas Big in Japan (algo así
como poner nuestra pica en Flandes), y Sounds
Like a Melody. Que luego se incorporaron al álbum. Lo mismo que sucedió con
el singleEscuela de calor (1983) de Radio
Futura.
De este
modo, se suceden tres trabajos de gran calidad. Los álbumes Forever
Young (1984), Afternoons in Utopia
(1986) y The Breathtaking Blue
(1989), todos para Warner Music, o WEA. Las características esenciales las
proporciona un synth pop pegadizo y
sofisticado, sostenido por el empleo del sintetizador. Un sonido –puesto que el
pop existía desde mucho antes- que comenzó a desarrollarse en el binomio
1981-1982, con bandas tan esenciales como Maniobras
orquestales en la oscuridad (OMD:
Orchestral Maneuvers in the Dark), y
el concurso de músicos experimentadores de la electrónica como Evángelos
Papathanassiou, Vangelis
(1943-2022), Manuel Göttsching (1952-2022) o el reivindicable Mike Batt (1949),
este último combinando los avances de la electrónica con la formación
orquestal.
Del primer L.P.
destacó por derecho propio, aparte de los ya nombrados, el tema Forever Young, título del disco, y
apelativo que ya había sido empleado por la banda para una formación anterior,
de la que derivó Alphaville. Escrito, como el resto de las canciones, por los
tres integrantes, el vocalista Marian Gold (nacido Hartwig Schierbaum, 1954), y
los teclistas Bernhard Lloyd (Bernhard Gössling, 1960) y Frank Mertens (Frank
Sorgatz, 1961). Todo un himno al mito de morir joven, a la juventud, en
definitiva, con la amenaza nuclear como uno de los posibles telones de fondo. Donde,
pese a todo, cabe preguntarse si realmente es deseable vivir eternamente. En
realidad, estamos ante una de esas canciones en las que cada línea constituye
un mundo independiente, una historia por sí misma, aunque el título pretenda
interconectarlas. Las implicaciones semánticas son muchas, se desparraman verso
a verso, incluso rozan la imagen expresionista. No siguen necesariamente una
línea argumental, aunque sí anímica. Lo que queda claro, sin demasiado asomo de
duda, es que, tarde o temprano, todos nos iremos a otro sitio.
Algunos son como el agua, algunos son como el calor.
Unos son la melodía y otros el ritmo.
La juventud es como los diamantes al sol,
y los diamantes son para siempre. Hay tantas
canciones que olvidamos tocar.
La misma línea
estética, entrecortada y simbolista, impregna la mayoría de las letras de la
banda. Algo más de argumentario ofrece Big
in Japan. Las cosas son fáciles
cuando eres grande en Japón. Esto viene a significar el triunfo fuera de tu
país, antes que en tu propia tierra. Reyes
en algún punto del planeta habrá siempre, en imitación a los quince minutos de
Andy Warhol (1928-1987). Una idea que combina, según declaraciones de los
propios componentes, con los errabundos enamorados y atrapados en alguna
adicción tóxica (caso de que el amor no correspondido no lo sea), de la cual
desean escapar para poder sentir ese abrazo amoroso al natural, sin añadidos ponzoñosos.
Esta última parte también aludía a los adictos que hacían vida alrededor de la estación de metro del Zoológico de Berlín, el mismo
lugar donde surgió la historia de la película Yo, Cristina F. (Christinae
F, wir kinder von Bahnhof Zoo, Uli Edel, 1981), en torno a los
desgarradores relatos de Christiane Vera Felscherinow (1962). El tema germano
vuelve a aparecer en To Germany with Love,
esta vez, en torno a una serie de textos escuetos, casi telegráficos, del
citado talante expresionista, con una cita beethoveniana
final. Y Summer in Berlin, más contemplativo
y bullanguero. Junto a una serie de consignas provocativas en In the Mood, entre el sueño y el
surrealismo.
En el caso
de Sounds Like a Melody, sobreviene la
descripción de una atmósfera placentera, el baile gozoso con la pareja,
sinónimo de la unión corporal. El tema con el que se abre el disco, A Victory of Love, habla del amor como
juego, manejado por uno de los involucrados. A su vez, Lies hace hincapié en los peligros del éxito, sobre todo cuando
este nos viene de repente. Todo es una
entrevista (Everything’s an interview).
Nada de
esto se alcanzaría sin la voz de Marian Gold, profunda y sugerente, y el
ensamblaje rítmico y contrapuntístico de los sintetizadores. El sonido de
cuando pensábamos que el futuro iba a ser mejor de lo que ha sido. Cierra el
álbum una canción perfecta, con superposición de voces, despreocupada y amena, The Jet Set.
Generalmente
no me gustan las recopilaciones. Tan solo cuando no existe otro remedio, porque
el material está descatalogado. Esto se aplica a todos los grupos y solistas de
los que he hecho mención en esta sección a lo largo de los años. Alphaville no
es una excepción. Escucho los discos completos, tal y como fueron concebidos,
sea en casa o mientras camino. No obstante, resulta inevitable hacer referencia
a los éxitos más sonados y sonantes de una banda. De Afternoons in Utopia sobresale la composición Jerusalem (Jerusalén), dedicada
a la capital de Israel. Nuevas letras simbólicas, diagonales o directamente crípticas,
se abren camino en Fantastic Dream, The Voyager, Carol Masters o Red Rose
(más la expresión de un estado de ánimo). Otras avanzan con un hilo más
argumental, como Sensations (el
“bombardeo” de noticias, como prolegómeno a la futura invasión de las redes
sociales), Universal Daddy (sobre un
Padre Espiritual común a todos), o Lassie
Come Home (en realidad, una sucesión de imágenes aparentemente inconexas,
donde el tema de la droga vuelve a aparecer, tratando de hilvanarlo todo). El tercer
disco es incluso mejor, con su curiosa mezcla de synth pop, como los previos, y la inclusión de baladas, algunas de
ellas de cierto carácter retro. Completamente
alejado de la nueva vertiente pop furibunda y chillona, que comenzaba a abrirse
paso con grupos como Transvision Vamp
(1986-1991).
El tema
principal es Romeos, una obra maestra
instrumental y vocal, donde todos somos solitarios romeos callejeros (We're all lonesome street side romeos), especialmente
en épocas de pandemia o enfermedad, aunque con las miras siempre puestas en la
esperanza.
Siguiendo
el mismo método en la redacción de las letras que los anteriores trabajos,
destacan canciones como la placentera Summer
Rain, She Fades Away, sobre el
sentimiento de pérdida en una relación; el amor como esoterismo en la retentiva
The Mysteries of Love, y For a Million, de idéntico asunto, pero
serpenteante simbolismo. Una nube sigilosa cubre los recuerdos expuestos en el
cielo de este álbum. Como dato anecdótico, el músico electrónico Klaus Schulze
(1947-2022), intervino en este disco en calidad de arreglista.
Alphaville en directo
Un aspecto
que diferencia aquella música de la actual, residía, entre otras cosas, en la
personal voz del cantante. No te daba la sensación de que todo el mundo cantaba
igual o decía las mismas cosas (aunque las dijeran). Los vocalistas de la
mayoría de formaciones se distinguían por su timbre intransferible. En
cualquier ámbito, de cantautor, música pop, country,
dance, techno, metal, folk, nuevos románticos… Ahora no. Y
bien que lo lamento. Lo mismo puede aplicarse a las actuales voces del doblaje de
películas en español. Correctas pero carentes de personalidad.
Otros
discos de Alphaville siguieron en los años noventa. Prostitute (WEA, 1994) y Salvation (WEA, 1997). Hasta el
inevitable trabajo de versiones revisadas, en este caso, arregladas para una gran
orquesta, Eternally Yours (Edel,
2022). Sin embargo, el meollo
continúa estando en los tres primeros y magníficos trabajos.
El año 2022
ha sido pródigo en trabajos musicales bien elaborados (también en otras
disciplinas). Confieso que, para mí, aparte de constituir una grata sorpresa,
ha sido algo así como recuperar cierta ilusión por lo talentoso, que no
conservo desde la década de los noventa (es mi sentir, lo siento por quien no
lo comparta, algo que por otra parte me trae sin cuidado). Parece que la
espantosa pandemia ha servido, como ha sucedido otras veces en tiempos de
necesidad, para tomarse un respiro, pensar -más importante- repensar, y seguir
adelante, proponiendo una serie de creaciones más trabajadas e inventivas. Un
alto en el vertiginoso ritmo de la vida y comercialización que, en el aspecto
creativo, se ha traducido en algunas obras mejor proyectadas. Que conectan con
la particular sonoridad de los años ochenta.
Solo en
2022, quedan los nuevos discos de Bruce Springsteen (1949), Andreas Vollenweider (1953), Tears for Fears, Soft
Cell, Simple Minds, a-ha, Marillion,
el incombustible Cliff Richard (1940) o los rescoldos de Led Zeppelin. El año
previo, Jackson Browne (1948), ABBA, Duran
Duran, en colaboración con Giorgio Moroder (1940), o el que pasaremos a
comentar.
Maggie
Reilly (1956) es una cantante escocesa que se hizo muy popular al colaborar en un
buen número de las más destacables (e imperecederas) composiciones vocales de Mike Oldfield (1953; sin disimulo, uno de mis músicos
favoritos). Pero fuera de la esfera de influencia de Mike, Maggie ha realizado
sugestivos trabajos en solitario, entre lo distinguido y lo sublime. Para mí,
los mejores, esto es, los más emotivos, personales y dignos de encomio en lo
tocante a la producción, son los dos primeros, Echoes (EMI, 1992) y Midnight
Sun (EMI, 1993). No siendo nada despreciables los demás, con especial
atención a Elena (EMI, 1996), Starcrossed (EMI, 2000) y Rowan (Red Berry Records, 2006). Lo mejor
que se puede decir de estos dos primeros álbumes de Maggie Reilly, es que
descuellan por su capacidad para trascender fronteras espacio temporales
gracias a la voz. Canciones de instrumentación retentiva, sostenidas por esa articulación
mistérica y cálida, y unas letras envolventes, de marcado acento espiritual.
En primer
lugar, Echoes, presto a armonías
etéreas y dulces presagios. Se inicia con Everytime
We Touch(Risavy / Reilly / MacKillop). Me pasa algo curioso con esta composición.
Siempre la imaginé vinculada a un espacio más que a una persona, pero no deja
de ser una lectura mía, particular, pues la canción funciona en ambos ámbitos,
no excluyentes. Indeleble es la homónima Echoes(MacKillop / Reilly), de un recorrido casi diría que circular, pues las
resonancias a las que se refiere la letra son las de la llamada de un alma
gemela, tal vez, un lazo establecido en una vida anterior. Joya melódica que se completa con Wait(MacKillop / Reilly / Seibold) y I Know That I Need You(Daansen /
Reilly). En una línea instrumental más marchosa,
pero no por ello menos envolvente y enigmática, Only a Fool(Gebauer / Hodgson / Reilly) y Tears in the Rain(Bundschu / Grünwald / Reilly). Como hacemos
muchos, o algunos, no sé, yo he alterado el listado original del CD para
programar las canciones en el orden que a mí más me gusta.
Respecto a Midnight Sun, de la atmósfera tranquila
con la que se inicia el tema Follow the
Midnight Sun(Kemmler / Hodgson / Reilly), se deriva un acicalamiento más dinámico.
Seguido por Every Single Heartbeat(Kemmler / Cretu
/ Hodgson / Reilly) u Once in a While(MacKillop / Hodgson / Reilly). Imprescindibles
son los arreglos de este álbum, puede que más cohesionado que el anterior, pero
con el que forma un especial díptico. Imposible no conmoverse con obras como Oh My Heart(Slavik / Kemmler / Reilly /
MacKillop / Hogdson), I Won’t Turn Away(Steinhauer / Daansen / Hodgson / Reilly), Only
Love(Risvay / Hodgson / Reilly), que incide en los ribetes místicos del
amor, y la dualidad Silver on the Tree
– Angel Tears(Wallerstein / Gebauer
/ Reilly / MacKillop / Hodgson), que yo programo siempre para el final del
disco. Angel tears, falling down across the centuries; I can
feel silver threads still binding you to me. Lágrimas de ángeles
caen a través de los siglos; puedo sentir que hilos de plata te unen a mí.
Tras
algunos años de silencio sonoro, Maggie Reilly volvió a grabar en 2019 el
estupendo Starfields (Telamo -
Red Berry Records), donde trataba de -y lograba- recuperar los aciertos pasados,
en cuanto a composiciones pegadizas y letras sensibles, en una orquestación destinada
a rescatar la vertiente más pop de los años ochenta. Exactamente igual que los
mencionados –y otros muchos- grupos de entonces han querido o necesitado hacer
en la actualidad. Siempre he pensado, e incluyo a los cantautores más
destacados de nuestro país, que la pérdida de sonoridad -e incluso estilo- pop
es una de las mayores desgracias acontecidas a la música en las pasadas
décadas, que explica en parte el adocenamiento y sosería de los postreros trabajos
de nombres muy internacionales. Con pocas excepciones. Por supuesto que cada
formación desea poder evolucionar y no quedarse estancada en lo de siempre, como
es lógico, pero esta falta de efervescencia y comunicación, a veces tratando
géneros que para nada le pegaban al cantante, lo que ha conseguido es precisamente
apartar la posibilidad de dicha evolución, desde mi punto de vista. Por otra
parte, ha hecho de los ochenta una cápsula o burbuja creativa de contornos bien
delimitados, que ahora, como anticipaba, parece que al fin se están ampliando.
Al menos, en determinados casos.
Pero
vayamos con estos nuevos contenidos. Aquellos recuerdos de juventud que, con el
paso del tiempo, cobran más valor, parecen ser los cimientos de un álbum como Starfields. Siendo este basamento
raigambre primordial en toda la obra de Maggie Reilly, implicada y asidua
colaboradora en las letras, junto a su más fiel colaborador, el músico escocés
Rob MacKillop (1959). Lo acreditan temas como Where the River(Reilly / MacKillop), donde una de sus líneas, que
podemos tomar como declaración de intenciones genérica, nos dice que When I’m Lonely, That’s Where I Return. Es
decir, que parte de lo que se nos va a exponer a través del texto, forma parte
de ese refugio emocional al que poder regresar, y que tan bien se articula por
medio de los inspirados arreglos de las canciones. De esa mágica mezcla entre
letra y música. Aunque algunos de tales recuerdos no sean los más gratos.
Pueden ser, pese a todo, imprescindibles.
En ello
también han de ver las experiencias que deben formar parte del pasado, porque
han sido, o están en trance de ser, superadas. Canciones como Don’t
Look Back(íd.), The Dream is Over(íd.) y You Are the One(íd.). En esta línea están también The Locket(Reilly / Giblin) y Wild from the Berries(John Dick). Pero,
así mismo, encontramos en Starfields
composiciones que podemos englobar en los apartados de canciones de
celebración, como la alegre Every Little
Thing(íd.); de plenitud amorosa,
I’m with You Now(Reilly / Hain), o de
comprensiva separación, Sail Away(Reilly
/ MacKillop), que es uno de los sub-temas más caros a la sensibilidad de todo compositor,
intérprete y escuchante. Aspectos por los que nunca pasa el tiempo, porque
siempre están de actualidad, sea en nuestras vidas o en las de quienes nos
rodean.
De igual modo,
destaca una composición que entronca con el siguiente volumen, ya de tema
abiertamente navideño, If I Could Change
Your World(Reilly / MacKillop / Robertson), que además podemos considerar
canción de buenos deseos, y que combina muy bien con la genial Celtic Cowboy (Reilly / Dore / Schogger),
mezcla de instrumentación céltica y country
bajo los auspicios del remarcado pop.
A modo de
colofón para este álbum, podemos señalar la frase You’ll Always Be Part of Me, extraída de la canción Whisper(Reilly / MacKillop). Para los
que hemos seguido con enorme interés la carrera de Maggie Reilly, bien podemos
aplicársela.
Dos años
más tarde aparece el referido álbum navideño de Maggie Reilly, titulado
sencilla y adecuadamente Happy Christmas
(Telamo - Red Berry Records, 2021). Este tipo de trabajos suelen incluir algún
tema nuevo, de “cosecha propia”, que distinga y originalice, digámoslo así, el
preciado volumen. Preciado, porque raro es el intérprete anglosajón que no graba
su propio disco de Navidad. Así pues, el tema incorporado para dar inicio al recorrido
es Do You Hear What I Hear(Noel
[sic] Regney y Gloria Shayne), de arreglos absolutamente pop, en la estela del
previo. Por fin una batería fuera del ámbito del rock, junto con otros
instrumentos acústicos, aparte de los clásicos sintetizadores, en lugar de las
machaconas, despersonalizadas y parece que sempiternas mesas de mezclas, que
han uniformizado hasta la extenuación el sonido desde las más recientes
décadas. Es este un tema pegadizo, con varios compases para la guitarra
eléctrica.
Junto a
estándares habituales, comunes en este tipo de recopilaciones, cada una igual y
distinta en función de la tesitura y personalidad de quien los interpreta,
conviven en feliz armonía otras composiciones que no lo son tanto, o resultan,
como antes decía, inéditas. En este caso, I
Believe in Father Christmas, sintetizada
música de Greg Lake (1947-2016), que toma como estribillo una cita musical de
Sergei Prokofiev (1891-1953), y cuenta con texto, claramente contemporáneo, del
poeta británico Peter John Sinfield (1943). O Merry Chistmas Everybody(Neville Holder / James Lea), de talante -es
decir, arreglos- más tradicional.
Otro estreno
para este álbum es River, con música
y letra de la cantautora canadiense Joni Mitchell (1943), en un acabado que
mezcla el country con el pop (algo
también característico de esta música en los años ochenta). El resto de
composiciones son, por lo tanto, los inevitables y gozosos estándares que
preludiaba, cuya selección depende de las predilecciones del intérprete (suponiendo
que este se limite a grabar un solo álbum de Navidad).
Este
segundo bloque está conformado por piezas como The Christmas Song, tema original en su día, pero ya convertido en todo
un clásico, de la mano y voz de Mel Tormé (1925-1999) y su letrista Robert
Wells (1922-1998), Winter Wonderland,
de Felix Bernard (1897-1944) y Richard Smith (1901-1935), que murieron muy
jovencitos, pero dejaron una obra imperecedera, y de mis favoritas (junto con Joy to the World y We Three Kings). Versión arreglada
para guitarra juguetona y eléctrica. Más otro clásico en sí mismo, Have Yourself a Merry Little Christmas,
extraído de la película Cita en San Luis (Meet Me in St. Louis, Vincente Minnelli,
1944), compuesto por Hugh Martin (1914-2011) y Ralph Blane (1914-1995). Junto a
los tradicionales I Saw Three Ships, O Little Town of Bethlehem, más cercano
en su instrumentación a las raíces celtas (un piano y una gaita, básicamente), el
inmortal de Franz X. Gruber (1787-1863), Silent
Night, a cargo nuevamente de la gaita y el piano; y God Rest Ye Merry Gentlemen, cuyo arreglo es especialmente
creativo, como ensoñador resulta O Come
Emmanuel, el tema con el que se cierra el disco. Otro tradicional,
revestido de arcana sonoridad, gracias a la solitaria intimidad del piano, es
el Coventry Carol. Como cada
año, les he propuesto un álbum navideño, acompañado de otros títulos de esta
excepcional intérprete que es Maggie Reilly. Para mí, la voz del misterio.
Dicen que
Bela Lugosi (1882-1956) ha muerto. En la vida terrena tal vez. Porque como bien
señala la canción de Bauhaus con la que se dieron a conocer, Bela Lugosi ha muerto, pero es un no-muerto, y a su paso ha
dejado otros muchos cadáveres vivientes.
Que así
sea. Corría espantado el año 1979. Buen año para la música. Para todo tipo de
música. También para el rock con raíces góticas. Sofisticado, atmosférico,
superlativo. Ideal para esta y cualquier noche de Halloween.
Banda de
rock británica formada en 1978, en Northampton, Bauhaus expandió los límites de
las fronteras de dicho género musical, como antes habían hecho Bill Haley
(1925-1981), Elvis Presley (1935-1977), Bruce Springsteen (1949), The Ramones, o en español, de forma más
o menos coetánea, Barón Rojo y Loquillo (1960).
Por
supuesto, el grupo toma su apelativo de la escuela de arquitectura y diseño
alemana fundada por Walter Gropius (1883-1969), tras la devastación de la
Primera Guerra Mundial (1914-1918), base del moderno diseño industrial y
gráfico, donde la forma modernista, sinuosa y perceptiva, debía seguir a la
función (la legibilidad por encima de la estética). Casa de la construcción en alemán, fundamentada en colores puros,
la abstracción en espacios reticulados y la información más directa. Curiosamente,
muy alejada del adorno gótico, en cualquiera de sus manifestaciones. Sin
embargo, por qué no aunar ambas perspectivas. La significante, mediante el
realce y retorcimiento de las formas geométricas básicas, y la visual, que
entronca con los elementos más vistosos del esoterismo.
La
formación la compusieron el vocalista Peter Murphy (1957), el guitarrista y
saxofonista Daniel Ash (1957), el bajista David Jay Haskins (1957), y su hermano, el batería Kevin Haskins (1960).
Y se adscribe, como es fácil suponer, al movimiento post-punk. Si bien, este
aún seguía coleando de la mano de, pongo por caso, conjuntos tan señeros como The
Clash.
Los
trabajos clásicos de Bauhaus, al que se sumó el más reciente Go Away White (2008), fueron tres
sencillos, del que, el más conocido, es el E.P. The Bela Session (1979), y los álbumes In the Flat Field (1980), Mask
(1981), The Sky’s Gone Out (1982) y Burning from the Inside (1983), se dice
que más comercial. No estoy de acuerdo con esta última apreciación por dos motivos.
El primero, porque la adaptación a los sonidos pop de los ochenta no conllevaba necesariamente una renuncia, sino
una evolución, caso de querer hacerla. Y segundo, porque la palabra “comercial”
era esgrimida alegremente en aquellos años por determinados medios poco menos
que como una ofensa (mientras tanto, el público disfrutábamos con los diversos
niveles de “comercialidad”, en función de los gustos de cada cual). La
comercialidad, es decir, el éxito, no puede esgrimirse nunca como contrario a
la calidad, salvo por los más estructuralistas o amargados. Tanto en el ámbito
cinematográfico como en el musical, por citar dos sectores donde tal
contradicción resulta más que evidente.
Adoptar los
sonidos pop era inevitable. De cada uno
dependía hacerlos suyos o caer en las redes de lo estereotipado. Se hicieron
maravillas. Salvo por algunos determinados grupos, que adoramos igualmente, y
que continuaron en su línea acústica esencial (Ramones). Era la época de la electrónica, de los sonidos nuevos. Y
si además resultaban pegadizos, mayor virtud, no menor interés.
Respecto a
la música, vamos a pasearnos un poco por las estancias de los distintos
álbumes. Una ráfaga inquietante los recorre. La banda aseguró en más de una
ocasión que no se sentían atados a un solo estilo y sonido, sino a una
evolución -quod erat demonstrandum-,
dentro de un género que hunde sus polimorfas y seductoras raíces en el cine
clásico de terror de la Universal (Tod Browning,
1880-1962) y en el expresionismo alemán. De tal modo, en el álbum Mask: Máscara, cuya portada fue
realizada por Daniel Ash, nos regalaron el oído con más teclados y variedad de
instrumentos. Aparte de hacer uso del emergente video musical como vehículo de
expresión, amén de comercialización.
Nuestro
recorrido arranca con la referida y seminal The
Bela Session (Small Wonder – Leaving Records). Grabada en enero de 1979, se
abre con Bela Lugosi’s Dead. El
trabajo con la batería de Kevin Haskins es excepcional, con esas baquetas
imitando el ruido de unos postigos entrechocando, seguramente a causa del fantasmal
viento nocturno (junto con otras incorporaciones sonoras). La guitarra de
Daniel Ash se suma a continuación, junto al bajo telúrico de David Haskins, y
una voz reverberante, como proveniente de otra dimensión (Murphy). Obra maestra
sin paliativos, en este y en el otro mundo, la sesión se completa con las
vitalistas Some Faces: Algunos
rostros y Bite My Hip: Muerde mi
cadera, rock and roll de corte
clásico pasado por el tamiz de Bauhaus; Harry,
que no obvia el consabido estribillo la-la-la,
y Boys: Chicos, de cadencia más mortificada.
Canciones de menor duración que la primera, pero de no menos compulsiva
palpitación y significado.
Realizado lo
cual, como base de unos cimientos bien definidos, el primer disco per se fue In the Flat Field: En el descampado (4AD Records),
cuya portada es una jovenzuela fotografía del afamado Duane Michals (1932): Homage
to Puvis de Chavannes (1949). Bauhaus nos proponía el reto de ser real,
para tocar una llama parpadeante (…) No te acobardes en el miedo
nocturno (Double Dare: Doble
reto). En campo llano me aburro (In
the Flat Field). A veces el grupo emplea en las letras de sus canciones unos
desarrollos narrativos habituales -nunca convencionales-, como en The Spy in the Cab: El espía del taxi, o
St. Vitus Dance: El baile de San
Vito. En otras ocasiones, líneas argumentales quebradas, a modo de pensamientos
unívocos en cada verso; incluso expresionismo en las letras (Dive: Bucea; Stigmata Martyr: El estigma del mártir; Nerves: Nevios; Mask),
como si la pretensión fuera esbozar imágenes y emociones borrosas, recuerdos
fragmentados que tratan de concretarse, sin conseguirlo siempre. Al fin y al
cabo, dicha fragmentación responde a un estado psíquico muy especial. Líneas repetidas
como estribillos se van perdiendo en la inmensidad de la mente, torturada o
liberada. En sintonía con lo que, de forma casi inmediata, y en español, va a
abordar Parálisis permanente
(1981-1983), adscrito a su esfera de influencia. Otras veces, el sentido tan solo
es intuido a través del título (The Man
with the X Rays Eyes: El hombre con rayos X en los ojos). Son las de
Bauhaus composiciones destinadas a crear una atmósfera, entre lo insano y lo
emotivo, como polos complementarios de un mismo atractivo. Dicotomía -o
desmembramiento- que será recurrente en todos sus trabajos.
Otra de las
características más acuciantes la hallamos en la instrumentación. Es siempre
destacable el empleo de la guitarra eléctrica, como la que da inicio a Double
Dare, combinada, las más de las veces, con una batería repicante y
obstinada.
Por
lo general, una sola línea melódica incardina la estructura, de desarrollo
arrollador o sostenido, apoyado el esqueleto armónico en las referidas letras,
que a veces son como recitados vocales que proporcionan desgarros a una
realidad que, como queda dicho, es fiel reflejo material o mental. El ritmo
orgánico a veces cambia de aceleración dentro de una misma canción, alterando y
entremezclándose con el resto del álbum, con rauda pulsión (Dive) o reposada respiración (The Spy in the Cab). En connivencia con
sonidos animalizados (en función de la etiología: St. Vitus Dance) o artilugios perturbadores (Nerves), conviviendo en asustada armonía con los sonidos del pop
ochentero que ya se van a dar con mayor asiduidad en el álbum siguiente.
De Mask (Beggars Banquet) destaca la genial
instrumentación de Kick in the Eye 2:
Patada en el ojo 2 (hubo una primera versión en single), el recitado vocal y el pertinaz pitido -¿llamada?- de la
guitarra eléctrica en Of Lillies and
Remains: De lirios -adecuada conjunción en español- y restos. El jocoso
sonido de la guitarra se repetirá en la más estruendosa Muscle in Plastic: Músculo de plástico, y los disruptivos sonidos,
sin perder el sentido del humor, de In
Fear of Fear: Temiendo al miedo. El leitmotiv
bien puede ser la pasión de los amantes por la muerte (The Passion of Lovers: La pasión de los amantes). De nuevo el
espacio interior y la atmósfera externa, reverberación espontánea del interior.
Subiré este alto muro en recuerdo de
Clancy (Of Lillies and Remains).
Es curioso.
Pese a toda esta logística temperamental, Bauhaus jamás suena apelmazado. Además,
el presente álbum incorpora teclados y la guitarra acústica. Saxo en Kick in the Eye 2; Dancing:
Bailando e In Fear of Fear. Y
si antes mencionaba la influencia en un estupendo conjunto español, Parálisis permanente, esta se me hace aún
más evidente en un tema como The Man with
the X Rays Eyes, del presente álbum. Tal parece que estamos escuchando a
Eduardo Benavente (1962-1983) cantando en inglés.
Con la
llegada de 1982, año emblemático en multitud de aspectos, vio la luz el
siguiente trabajo de Bauhaus, The Sky’s
Gone Out: El cielo se apagó (Beggars Banquet). Tan modélico como los
anteriores, sobresale la introducción de guitarra y batería en el primer tema, Third Uncle: Tercer tío, aquietada
composición del fundacional Brian Eno (1948). Así mismo, la progresiva
aceleración dentro del propio ritmo de la canción en In the Night: En la noche, quiebre que llegará a su paroxismo en la
festiva y bullanguera Antonin Artaud
(1896-1948), perteneciente al álbum siguiente.
De reincidencia
más obsesiva, si cabe, pese a mostrar un preámbulo de relajado tono atmosférico,
u ominoso, según se mire, es Swing the
Heartache: Swing del dolor de corazón. Por su parte, en la primera sección
de The Three Shadows: Las tres
sombras, dicha entrada en la atmósfera parece que se va cargando de estática.
Aquí el vocal es un solapado lamento.
La última
de las canciones, Exquisite Corpse:
Cadáver exquisito, se compone de una serie de secciones acopladas, y un final
abrupto, antes de un breve discurso vocal (el recitado, esta vez punteado por
el piano, se volverá a dar en Who Killed
Mr. Moonlight: Quién asesinó al señor Luz de Luna, del álbum siguiente).
Brillantísima instrumentación la de esta pieza, ¡con inclusión de toses y ronquidos!,
que incluye hasta variantes funky.
En el
apartado más paranormal, quisiera destacar la canción Spirit: Espíritu, donde, en expresión de Bauhaus, un quinto miembro
de la banda, no encarnado, parece llevar la batuta.
Para
rematar un año perfecto, el grupo elaboró en formato audio y videoclip una
versión del famoso Ziggy Stardust:
Ziggy Polvo de Estrellas, de David Bowie (1947-2016).
Burning from the Inside:
Ardiendo por dentro (Beggars Banquet) fue el último disco de Bauhaus. Cuando un
Murphy con neumonía se las apañó a
regañadientes para compartir los créditos vocales con David y Ash (por
cierto, el nombre del sintético interpretado por Ian Holm (1931-2020) en Alien [Íd., Ridley Scott, 1979]).
Este
estupendo disco se abre con la canción seudo-pop She’s in Parties: Ella está en fiestas (y menudas fiestas han de ser
estas). Lo confirma una larga coda a modo de resaca. Otra de las más bellas
entradas en la discografía de Bauhaus la tenemos en King Volcano: Rey Volcán, una especie de himno para varias voces
(las del grupo). El trabajo está repleto de excelentes composiciones, que
delatan la madurez de todos los componentes de la banda. En mi opinión, estas son
Slice of Life: Rebanada de vida,
donde las citadas voces se reencuentran de forma harto sugestiva; la pegadiza y
tarareada Honeymoon Croon: Canturreo
de luna de miel; la canción que da título al disco, Burning from the Inside, que constituye un nuevo acercamiento a la
estética de Lugosi, de amplio desarrollo, y Hope:
Esperanza, que amalgama la parte instrumental con la coral. Las puntadas con
hilo de Bauhaus también nos recuerdan ese estado cinematográfico de ser con las
analogías de la conversión en animal, un perro (Hair of the Dog: El pelo del perro, de Mask), e imágenes no tan improbables como la de bailar en el interior
del Vaticano (Dancing). Así mismo, esa
atribulada disposición a la que todos nos enfrentamos al estar tristes, cuando el amor yace ahí todavía (Hollow Hills: Colinas vacías). Por algo,
cuando le temes a tu vida, el miedo está
mal (In Fear of Fear). El grupo se
disolvió. Como todos los grupos. De regular manera. Pero de sus cenizas renació
un nuevo y fortalecido ser. No tan mítico, pero sí más que preciado acólito,
bajo el no menos armónico nombre de Love
and Rockets (1985-1989). En alguna otra ocasión lo reseñaré, porque me
encantan como los primeros. Por su parte, Peter Murphy dedicó su tiempo a las
artes visuales y grabó algunos discos en solitario. Como no eran tontos, se
volvieron a reunir para deleite de sus seguidores, en distintas ocasiones. Si ABBA lo logró, por qué no Bauhaus.
Un poso de
melancolía fluye a través de las letras de Go
Away White: Vete blanco (Cooking Vinyl), su último disco de estudio hasta
la fecha. Lo más destacable de este trabajo es que se trata de una
ininterrumpida continuación de los logros de los años ochenta. El sonido es
equiparable, y el tiempo no parece haber transcurrido. Las guitarras glam, provocativas, conviven con los
familiares recitados. Crípticas interioridades, hipnóticas introspecciones y
rabiosas confirmaciones, en un disco donde destacan los temas Too Much 21st Century: Demasiado siglo XXI,
Undone: Sin hacer, la juguetona Black Stone Heart: Corazón Piedra Negra,
que contiene el verso que da título al disco, y The Dog’s a Vapour: El perro es un vapor, que entronca a las claras
con la sugestiva atmósfera gótica y noctívaga de antaño. There’s Something in You: Hay algo en ti… Pero tranquilos, the Moonlight Fills All Heaven with Mirth:
La luz de la luna llena todo el cielo con alegría. Culmina el disco con la
pieza instrumental y coral –sin letra- Zikir.
Y como si de una simpática premonición se tratara, nos sobrevuela el verso ¿qué pasa si las cosas no se separan? (Saved: Salvado).
En 2022 Bauhaus
ha sacado un nuevo tema, Drink the New
Wine: Bebe el nuevo vino. Magnífico. Veremos en qué queda la cosa. Experimentales
y roqueros. Contaron con multitud de referencias y acabaron convertidos en
referencia ellos mismos. Es el signo de la originalidad. Ese que tal vez pueda
vencer al crucifijo o una bala de plata disparada a destiempo.
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