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Oppenheimer, de Kai Bird y Martin J. Sherwin, y adaptación de Christopher Nolan

26 julio, 2023

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Portentosa biografía la de Robert Oppenheimer (1904-1967), el científico que luchó contra sí mismo y las élites del poder, tras haber descubierto la bomba atómica y estar en ciernes la de hidrógeno, y que con su voluntarismo nos mostró las claves éticas del futuro tras haber sido vulneradas, no solo por su persona.

Premio Pulitzer en el apartado de biografías, Oppenheimer, Prometeo americano (American Prometheus, the Triumph and Tragedy of Robert J. Oppenheimer, 2005; Debate, 2023), de los historiadores Kai Bird (1951) y Martin J. Sherwin (1937-2021), es un libro que me interesó leer a comienzos de este año, por distintos motivos. En primer lugar, por constituir un friso de la primera mitad de una época sumamente interesante y efervescente, donde ciencia y moral iban a tener sus encuentros y desencuentros; en segundo, por ser un ensayo de la vida, apenas conocida, de su protagonista. Uno de los nombres del siglo XX. Y en tercero, por tener noticia de una adaptación cinematográfica a las puertas.


El libro es exhaustivo como experiencia vital e histórica. El desarrollo de la energía atómica no fue ni es asunto baladí. Por mucho que su comprensión, o falta de ella, haya derivado en una demonización de las ramas más constructivas de su empleo. Aprovecho para recomendar, a quienes estén verdaderamente interesados en la argumentación, los volúmenes Nucleares, sí, por favor (Deusto, 2023), del doctor en física nuclear Manuel Fernández Ordóñez (-), y El futuro fósil (Fossil Future, 2022, Deusto, 2023), de Alex Epstein (1980). Editorial espléndida donde las haya, por cierto.

Toda personalidad es compleja. La de usted, la mía. La de Robert Oppenheimer se lleva la palma. Pero ni más ni menos que la de otros diseñadores del pasado siglo XX. Otra cosa son los logros, entre los cuales destacan aspectos muy positivos, como veremos a continuación.
 
La mecánica cuántica parece estudiar lo que, en teoría, no debería existir y, sin embargo, existe. Lo único que sabemos es que, de momento, funciona. Como la astrología (aún a riesgo de ofender a los ofendidos natos), no se puede constreñir a un laboratorio. Es pura magia. Que a veces se convierte en realidad.

Así es esta ciencia. La teoría va por delante de una práctica que nos la confirma como verdadera. Nos demuestra que la naturaleza, lejos de ser absurda o regida por el mero azar, idea que molestaba tanto al otro gran Albert de esta encrucijada, Einstein (1879-1955) (capítulo V), se organiza por Dios sabe quién, dentro de un aparente desorden. Algo con apariencia de caos la configura.

Imágenes de la película
Físico teórico más que experimental o de laboratorio, ganado para la ciencia merced a la dualidad onda-partícula (VI), Robert J. Oppenheimer fue una de esas personas con un imponente dominio de su -naciente- materia de estudio, y una inusitada capacidad para saber transmitirla en el aula. Pese a lo cual, Oppenheimer consideraba que fui un profesor muy difícil (íd.). Versado en clásicos hindúes y en poesía, tan educado y cortés como impertinente, de carácter tan inquisitivo como asocial, portador de ideas brillantes y cálculos indisciplinados, Robert apenas se dejó comprender fuera de su íntimo círculo de afinidad académica, en el que se encontraba su hermano menor Frank (1912-1985), así mismo, físico de partículas. Tras una grave crisis emocional en 1926, antes de partir a Zurich para completar sus estudios, siendo alumno de Harvard (Cambridge, Massachusetts), envenenó la manzana de uno de sus maestros, en un arrebato de enfurruñamiento. De niño, según testimonio recogido por los autores, Oppenheimer fue encerrado en la nevera de un campamento. En cuanto a sus relaciones femeninas, devienen escuálidas, y traumáticas cuando se afianzan. Judío de educación liberal en la Escuela de Cultura Ética de Nueva York (I), de familia acomodada pero forjada a sí misma, Oppenheimer no podía consentir que otros supieran más que él. Lo que, salvando las distancias, entiendo perfectamente. Mis dos grandes amores son la física y Nuevo México (VI), un lugar en el que, ciertamente, pasaría gran parte de su vida, con su hermano y sus más íntimos amigos (Lawrence).

Los principios básicos de la comunicación parecían serle totalmente ajenos, pero jamás se aprovechaba del trabajo de sus alumnos u otros colegas, como si hacían otros (íd.). Esto es, jamás tomó cosas de aquí y allá que asumiera como propias.


Tras su regreso de una Europa cada vez más convulsionada (qué cosa más rara), Robert Oppenheimer es acogido como profesor en Berkeley (California), siendo colega de Ernest O. Lawrence (1901-1958), inventor del primer acelerador de partículas o Ciclotrón, y Premio Nobel de Física en 1939. Tirando del hilo de Paul Dirac (1902-1984), otro Nobel de 1933, Robert predice el positrón (VI), contraparte positiva del electrón; la antimateria demostrada teóricamente por Carl Anderson (1905-1991), en 1932. Siempre captaba la esencia de la cuestión, que después no pulía (íd.). En aquel momento, físicos de todo el mundo competían por resolver los mismos misterios. Pero Oppie, como lo apodaban sus alumnos y allegados, no tenía la paciencia para dedicarse a un problema durante mucho tiempo (íd.). Junto a su pupilo Hartland Snyder (1913-1962), predice la existencia de un agujero negro tras la implosión de una estrella de neutrones (enana blanca, dos a tres veces la masa de nuestro sol). Era una persona con gran capacidad de síntesis y capaz de expresarse con rigurosa y, a veces, cortante claridad. Está todo en su carta natal (disculpen la digresión): signo solar en Tauro, ascendente Géminis, luna en Cáncer, con Neptuno en casa uno, Júpiter (y Venus) en la once, y Mercurio y Plutón en la doce. Cuarta, quinta y sexta vacías, a expensas de los tránsitos. Ilustrativa radiografía para observar con detenimiento.

Por aquellos años de plena inmersión académica, Oppenheimer ya pensaba que solo mediante la disciplina es posible ver el mundo sin la vulgar distorsión del deseo personal (VII). Lo cual dice mucho de lo que van a ser sus compromisos emocionales con los demás, de cara a un trabajo que siempre debía ser lo primero. No obstante su filiación con la literatura, caso de Yeats (1865-1939) o Eliot (1888-1965; en la película lo descubrimos con un ejemplar de La tierra baldía [The Waste Land, 1922; Cátedra, letras universales, 2005, Lumen, 2022]), a sus veintiocho años, Oppie parecía ya buscar un desapego de lo terrenal. No buscaba escapar al más puro reino espiritual. No buscaba una religión, según los autores. Pero es que ambas facetas no tienen por qué ser lo mismo. De modo que yo sí creo que pudiera buscar su encuentro con lo espiritual, deslindado de lo confesional. Pese a formar parte de una religión estructurada y consolidada, la hebrea, Oppie supo ver la diferencia entre esa espiritualidad y la vertiente eclesiástica; incluso cuando abandona unas ataduras políticas que parecían tan fundamentales. Espiritualidad donde el libre albedrío y el karma, la predestinación, parecen contraponerse. Lo que puede ocurrir si no se saben integrar ambos parámetros. Como ya he expuesto en multitud de ocasiones, ambos no son polos opuestos, sino complementarios, aunque parezcan excluirse.

Esto explica el hecho de que pese a relacionarse con individuos de un determinado condicionamiento ideológico, él no era ningún activista político (VII).


El posicionamiento izquierdista se produce cuando Oppenheimer conoce a la estudiante Jean Tatlock (1914-1944), interpretada en la película por Florence Pugh (1996). Advenimiento tan bienintencionado y desinformado como cabía esperar. La visión de la guerra en España (1936-1939), concentrada en un párrafo supuestamente sincrético, es de lo más superflua. Aun así, no se ha podido demostrar que Oppie se afiliara al partido comunista (IX y XXV). Frente a quienes se muestran dispuestos a justificar la escisión de toda una nación bajo las siglas de esa ideología izquierdista, los autores señalan de Oppenheimer que era imposible malinterpretar el intenso amor que sentía por su país (V).

Verbigracia. El veinticuatro de agosto de 1939, la Unión Soviética firmó un pacto de no agresión con la Alemania nazi (Mólotov-Ribbentrop), lo que descolocó a un buen número de simpatizantes comunistas. Las opiniones de Oppenheimer continuaron evolucionando debido a las desastrosas noticias de la guerra. Robert siempre quiso ser libre para pensar por sí mismo (X). Esto le salvó, a pesar de su particular vía crucis.

Tras la inevitable ruptura con la ciclotímica Jean, en 1939, el científico inicia otra controvertida relación con Katherine Kitty Harrison (1910-1972), de ascendencia aristocrática (como muchos comunistas) (XI). Más tarde, Robert inicia una relación adúltera (por ambas partes) con Ruth Tolman (1893-1957) (XXVI).

Entre tanto, Oppenheimer se había transformado a sí mismo mediante el trabajo (XIII). Había pasado de ser un científico prodigio de carácter difícil, a un líder intelectual carismático y refinado (íd.). En junio de 1941, la administración Roosevelt (1882-1945), creó la Agencia de Investigación y Desarrollo Científico para enrolar a la ciencia en propósitos militares. La experiencia intelectual fue inolvidable, en palabras de Hans Bethe (1906-2005) (íd.), Nobel de Física en 1967, el mismo año que falleció Oppenheimer, que nunca fue laureado con esta distinción. De forma paulatina, Robert Oppenheimer iba cortando lazos con el comunismo. No quiero que nada interfiera en mi utilidad para la nación (íd.).


Finalmente, en octubre de 1942, el ya reconocido físico es nombrado director del Proyecto Manhattan, por mediación del general Leslie Groves (1896-1970). Con Groves le unió un recelo inicial, que muy pronto se convirtió en un calculado respeto mutuo. A ojos del general Groves, la ambición personal de Oppenheimer garantizaba su lealtad (XVII).

Para conseguir el éxito, Oppenheimer tuvo que rehacer una parte significativa de su personalidad (XV). Las instalaciones de Los Álamos (Nuevo México) comienzan a ser operativas en marzo de 1943. Openheimer estaba muy empapado de tradicionalismo estadounidense (los versados recuerden el signo solar). Pronto cambió radicalismo por patriotismo (íd.).

La intención era construir el arma antes de que lo hicieran los nazis. Incluso se pensó en la conveniencia de secuestrar a Werner Heisenberg (1901-1976), el colega alemán que ayudaba a los nazis (íd.). Sometido a estrecha vigilancia física y electrónica (XVI), Oppie no quería a ningún miembro reciente del partido comunista trabajando en el proyecto, que a estas alturas, y como ya hemos constatado, consideraba un compromiso semejante al religioso (XVII), que había que elidir.

La posterior realización cinematográfica recoge algunos de los capítulos íntimos de la vida de Oppenheimer, que se entrecruzan con los acontecimientos históricos que andan en construcción. Lo que incluye a una Kitty que ha comenzado a darse a la bebida (XIX), la llegada del venerado Niels Bohr (1885-1962) a Los Álamos, en diciembre de 1943 (XX), o el descubrimiento tardío de dos espías pro-soviéticos en el interior del complejo (XXI). Tras la guerra en Europa, se plantea la viabilidad ética de usar la bomba contra los japoneses. En consecuencia, se establece el debido debate científico-militar sobre el empleo del mecanismo explosivo y sus implicaciones posbélicas. Lejos de su posicionamiento final, Oppie atrae al venerado general George Marshall (1880-1959) hasta su punto de vista (XXII). Conviene tener en cuenta que Rusia tenía previsto declarar la guerra a Japón en agosto de 1945 (íd.). De este modo, acontece la esperada pero temible prueba de la bomba en Alamogordo (Nuevo México), llamada Trinity por Oppenheimer (en el hinduismo, el inicio creador, el final destructivo, y el principio defensivo, personificados por Brahma, Shiva y Vishnu, respectivamente).


Estallan las dos bombas atómicas (XXIII). Pero el científico no podrá volver a ser el mismo. Como recoge la tensa reunión entre Oppenheimer y el presidente Harry Truman (1884-1972) (XXIV), en capítulo reproducido en la película, estando el presidente interpretado por Gary Oldman (1958). Con su levantisca vulnerabilidad, el mismo servirá a sus enemigos la oportunidad de acabar con él (íd.).

Siempre había tomado un camino individualista, que el F.B.I., con Hoover (1895-1972) a la cabeza, trata de desacreditar (XXV). Aunque para lealtad, la de Ann Wilson (-), secretaria de Oppenheimer en Los Álamos, que se niega a facilitar información al F.B.I. a través de un amigo de la familia y antiguo profesor, el sacerdote John O’Brian (-).

Detona la cuarta bomba, sobre el Atolón de Bikini (Islas Marshall, Micronesia) (XXV). La actitud de Oppenheimer respecto a la Unión Soviética va a seguir la trayectoria general de la Guerra Fría (XXVI).

Pero la vida sigue. En Princeton, Nueva Jersey. En concreto, en el Instituto Fuld Hall, donde se respiraba un aire distinto al de Berkeley y San Francisco, ciudades más liberales (XXVII). En junio de 1946, Johnny von Neumann (1903-1957) empieza a construir un ordenador de alta velocidad en la sala de calderas de Fuld Hall. Oppie tenía opiniones encontradas sobre el ordenador (íd.). Él y von Neumann presentan el invento al público en junio de 1952. Pese a todo, Oppie consideraba esencial que el instituto acogiera tanto ciencias como humanidades (el nombrado T. S. Eliot, Arnold Toynbee [1889-1975] o Isaiah Berlin [1909-1997]…). Allí Einstein desarrollaba la Teoría de Campos Unificada con objeto de sustituir las “incoherencias” de la física cuántica, es decir, frente al Principio de Incertidumbre establecido por Heisenberg (que era lo que le molestaba de esta teoría). Como físicos, Oppie y Einstein discrepaban. Como humanistas, eran aliados (íd.).

Así llegamos ante el Comité de Actividades Norteamericanas, donde se patentiza la enemistad entre Robert Oppenheimer y Lewis Strauss (1896-1974), presidente de la Junta Directiva del Instituto de Princeton, del que Oppie era director de Estudios Avanzados (XXVIII) (nombrado por Strauss). Comenzada la funesta caza de brujas del macartismo, Frank, el hermano, se ve obligado a trabajar como ganadero en el rancho de Nuevo México.

La detonación de la bomba soviética, el veintinueve de agosto de 1949, pone de nuevo sobre el tapete, lejos ya de la teoría, la posibilidad de una Guerra Fría bajo el signo nuclear, y por consiguiente, el desarrollo de la temida bomba H, termonuclear (XXX).

Oppenheimer se enfrenta a esta posibilidad, lo que no es óbice para que, en los últimos años de su vida, sea homenajeado como la gran figura científica que fue.


Respecto a la adaptación cinematográfica, emprendida por el sobrevalorado Christopher Nolan (1970), varias cosas quisiera señalar. Durante la primera hora, Oppenheimer (íd., Universal, 2023), cuenta de forma muy acusada con algunos de los tics más caros al cine actual (que no moderno). No en vano, cuando se ha de recurrir a la alteración lineal de la narrativa, algo a lo que Nolan es excesivamente aficionado, habiendo encontrado en ello, parece ser, su principal recurso narrativo y cinematográfico, como medio de hacer interesante la historia que se tiene entre manos, es como si no te tuviera confianza en el material con que se cuenta. Algo atribuible al propio realizador, puesto que firma el guión además de la realización. Y Nolan no es precisamente Joseph Mankiewicz (1909-1993). Sus diálogos son secos e informativos.

Esa es la impresión que da Oppenheimer. Al fraccionamiento temporal -insisto que sin venir a cuento: el procedimiento no es malo en sí mismo, pero da la impresión de ser la única distinción y apuntalamiento expositivo con que algunos cineastas cuentan hoy en día-, se suman los insertos a modo de flashes de electrones o lo que sea, molestísimos, porque nada aportan al entramado o personalidad del protagonista, y más parecen programadas llamadas de atención visuales y sonoras, para que el espectador no se aburra y saque el móvil. Tampoco puedo entender la aleatoria alternancia de la fotografía en color y el blanco y negro. ¿Se va a perder el público contemporáneo sin el empleo de tales recursos? La verdad es que no lo sé.


Por otro lado, la película es bastante fiel al libro, y a pesar de su longitud, se las apaña bien para sintetizar, a veces de forma demasiado somera, por medio de una sola imagen o escena, algunos de los capítulos biográficos y emocionales recogidos en la nutrida biografía. Pese a lo expuesto, la película se reconstruye, a mi modo de ver, a partir de una primera hora balbuciente. Cuando toma cuerpo el suspense del interrogatorio en paralelo, de Oppenheimer, por los acólitos de la Casa Blanca y el F.B.I., y el de su rival, el profesor Lewis Strauss (un espléndido Robert Downey Jr.), ante el Senado de los EEUU, cuando se postula como miembro del gabinete del entonces presidente Eisenhower (1890-1969). El “terremoto” con el que Cecil B. De Mille (1881-1959) decía que debía abrirse cada película (no solo de aventuras, aunque principalmente), no comienza hasta los preparativos y detonación de la bomba de prueba Trinity, en pleno desierto de Nuevo México. A partir de ese momento, y del doble careo, la película se concretiza y juega bien la baza del ritmo y la emoción, confrontando escenas y distintos marcos temporales.

Por supuesto que al hablar de ritmo no me estoy refiriendo a la rapidez de la exposición, sino a la adecuación de cada escena y línea de diálogo, con la debida puesta en escena. Algo nerviosa e impersonal en el caso de Nolan. Su preferencia es no dejar la cámara demasiado tranquila para así tratar de conferir inmediatez y destreza al plano. Sin llegar a los abusos de descuartizamiento visual de otros colegas, por descontado. La puesta en escena de Christopher Nolan pretende afanarse en ser clásica (ahora sí, moderna), sin apenas conseguirlo. Ello no obsta para que sobrevengan ideas visuales bastante logradas, como la imagen de las canicas que hacen las veces del plutonio que se precisa para confeccionar el artefacto nuclear, y que se van condensando en el interior de unas peceras, lenta pero inexorablemente.


De la labor de los intérpretes cabe destacar que es excelente en todo momento. Con especial atención a la relación entre el científico (Cillian Murphy) y el general Groves (Matt Damon). La locura enfermiza y esquizofrénica de los personajes femeninos es tratada a vuela pluma, pero es certera respecto a lo que se nos cuenta en la biografía. Incluido el episodio en que la esposa, Kitty (Emily Blunt), no muestra la menor empatía con sus hijos de corta edad, y estos han de ser puestos a disposición de unos amigos (el matrimonio Chevalier), por una temporada, con la aquiescencia de Robert. El cine, como la literatura, o la música a su manera, pero muy esencialmente el cine, siempre tuvo la virtud de desnudar al actor y a nosotros mismos, pues determinados momentos de vulnerabilidad siempre resultan dolorosos en una pantalla.

De forma concisa y diáfana se especifica también la intrusión de la ideología comunista en la vida de buena parte de una generación de norteamericanos (si bien, Nolan recoge la misma idea simplista sobre la Guerra Civil Española que se esgrimía en uno de los párrafos del libro). Un proceso que culmina, salvo en los casos más obcecados, en el descubrimiento como adultos del espejismo ideológico, su cruda materialidad, y abandono de dicha afiliación.

Por su parte, la banda sonora de Ludwig Göransson (1984) es inexistente, como era de temer. Intercambiable con cualquier otra película; sin entidad. El gran hándicap del cine actual sigue siendo el mismo, y Oppenheimer no es una excepción: no contar con compositores de fuste que otorguen diversidad emotiva y revistan las imágenes de una personalidad específica, la que cada película demanda (más allá del uso de la percusión o un aburrido chelo). En contraposición, la fotografía de Hoyte van Hoytema (1971) resulta discreta, casi despojada.

 
En suma, Oppenheimer es una buena muestra de lo que el cine de reciente cuño ofrece, con sus luces y sus sombras, no solo atribuibles al personaje que nos ocupa, sino trasladadas al material cinematográfico con que se nos exterioriza. Lo mejor de la película es que no pierde de vista el componente humano del protagonista. De su interés por el logro científico, encaminado a ayudar y defender a su país, y de su compromiso de que, tras la muerte de tantos civiles inocentes, tal acción no debía volver a repetirse, no podemos dudar en ningún momento.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Tenet, de Christopher Nolan

20 septiembre, 2020

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Año a año desfilan por cartelera dos tipos de obras genéricas: las que se decantan por los fuegos artificiales, por fascinar por lo técnico y lo intrépido, y las que desde la sencillez y cierta elegancia juegan a tocarnos el corazón. Entre estos dos extremos, hay un amplio abanico de posibilidades. Con sus premisas y con la forma de explorar los efectos visuales, Christopher Nolan (1970-) suele situarse en el espectáculo, en deslumbrarnos con la forma de resolver en imágenes sus originales premisas, pero se suele dejar algo por el camino.

No cabe duda de que sus propuestas son originales y se disfrutan por completo en la pantalla grande, en la sala de cine. Aún así, suelen carecer de cierta alma que conecte con el espectador más allá. Si bien es cierto que en obras como Interstellar (2014) o incluso en Origen (2010) sus protagonistas se han enfrentado a un sacrificio personal y han padecido en sus relaciones familiares, no parecen ser suficientes para lograr la redondez que muchos esperan de este realizador. Y su reciente Tenet (2020) no es una excepción.

Seguramente podemos considerar que se encuentra emparentada con Origen en género y propuesta, es un thriller que explora nuestra realidad retorciéndola. Si en aquel caso fue a través del mundo de los sueños, en Tenet lo hace jugando con el tiempo. Y adentrándose abiertamente en una trama de alto nivel, a través de diferentes localizaciones internacionales y tramas de espionaje que beben en la misma fuente que la saga de James Bond o la franquicia de Misión Imposible.


Nos encontramos ante un protagonista agente de la CIA (John David Washington) que tras una operación en la ópera de Kiev, empieza a trabajar para un entramado oculto incluso a los servicios de inteligencia denominado Tenet. Descubre entonces que existen objetos capaces de ir hacia atrás en el tiempo y que pende sobre la humanidad la amenaza de una guerra del futuro contra el pasado. A partir de ese momento se despliega toda una aventura por el mundo tratando de encontrar la forma de comprender lo que está sucediendo y quién está detrás de todo.

La obra avanza dejándonos huellas y pistas significativas que se desvelarán conforme los personajes se adentren en el tiempo inverso. De esta forma, Nolan plasma varias secuencias de acción o espionaje que segmentan la película intercalando escenas más suaves y tranquilas, en la que los personajes dialogan y desmenuzan los acontecimientos que hemos contemplado y los que veremos a continuación. Se trata de un ritmo habitual en este género que permite aunar intensidad con serenidad, tensión con sosiego. En general, las secuencias de acción van in crescendo hasta el final, cuando se suele reservar la más espectacular. Sin embargo, en este caso todas las secuencias resultan bastante atrevidas: la secuencia inicial en la ópera se desarrolla confusa por la cantidad de frentes que se abren, pero mantiene al público en tensión, la infiltración en el piso franco de Priya en la India resulta bastante correcto y está dentro de lo habitual del género, las escenas del aeropuerto revelan las mejores cualidades de Nolan para explotar la premisa que propone del tiempo rebobinado y de las tácticas de espionaje, la persecución en coches es trepidante y las secuencias por el mar reflejan una gran tensión. El tramo final entremezcla el carácter bélico con la épica, aunque se entremezcla la confusión de ciertas escenas con la indiferencia que produce gran parte de los personajes, a excepción de la conversación definitiva entre Neil (Robert Pattinson) y el protagonista.


El problema es que a pesar de que toda esta acción está bien resuelta y te mantiene en tensión hasta el final, acaba por ser un entretenimiento vacío, un buenos contra malos muy impersonal. El villano de turno, un traficante de armas llamado Andrei Sator (Kenneth Branagh), es un estereotipo de hombre salido de la nada, dominante y rencoroso, manipulador hasta la médula, pero sin perder la elegancia (algo que se ve beneficiado por la interpretación de Kenneth). Su motivación es bastante floja, por ser demasiado absoluta, casi faraónica, y que se resume en esa tajante y posesiva sentencia que le dedica a su esposa: serás mía o de nadie. 

Aunque John David Washington encarna con contundencia al protagonista, se trata de un personaje impersonal, capaz de hacerlo todo y de tener los recursos y los medios necesarios para hacerlo, pero siempre da la sensación de estar solo, envuelto en un entramado que nada tiene que ver con él e incapaz de sentir algo. Su único interés expreso aparte de conseguir comprender y resolver la situación es Kat (Elizabeth Debicki). Como si se tratase de una chica Bond, encontramos a un personaje femenino que empieza siendo anecdótico, acaba por tener cierta conexión personal con el protagonista y arrastra un drama personal que se erige como única subtrama de la obra. Sin duda, Kat es el personaje que más y mejor evoluciona, llegando a erigirse en una mujer firme, capaz de interpretar el rol de femme fatale en el momento necesario y llevando consigo siempre el arrojo de una madre coraje. Se convierte en la única debilidad emocional del protagonista, ya sea por compasión, como puede parecer en un principio, o por cierta atracción romántica, que no se resuelve. Además de conferirle cierto  asidero moral al protagonista: dispuesto a todo menos a la muerte de una inocente (aunque en el desarrollo de la trama haya siempre víctimas sobre los que no se plantea ninguna piedad). 


La historia de Kat se resume en su intento de recuperar a su hijo de manos de un marido, el villano ya mencionado, al que rechazó y que ahora la chantajea, y conseguir su ansiada libertad. Se trata de una temas maternofilial similar a las que ya ha empleado Nolan en otras obras anteriores, en el que un padre trata de volver a estar con sus hijos de forma desesperada. Así lo vimos en los protagonistas tanto de Origen como de Interstellar. Y esta subtrama tan leve se erige como único conflicto emocional de la película, lo que no es una alabanza, sino un enorme demérito para la película de Nolan.

A fin de cuentas, el resto de personajes desfilan por pantalla siendo estereotipos y clichés o, peor aún, personajes vacíos de toda entidad. Incluso Neil, que está interpretado con gracia y acierto por Pattinson, llega a la vida del protagonista de golpe y se convierte en su mano derecha sin más. Al final trata de remediarse esta situación con una explicación que nos podría servir, al menos para comprender mejor a este personaje, pero que no excusa a todos los demás, prácticamente anónimos, que van y vienen sin pena ni gloria. Por ejemplo, la aparición de prácticamente un comando militar hacia el tramo final resulta algo ridículo, por el tono que hasta el momento había tenido la película, en la que el protagonista parecía contar con pocos apoyos y recursos. Precisamente, la que debía ser la gran secuencia de la obra, en torno al tramo final en esa batalla por salvar el mundo, se siente vacía y fría, hay tensión y muertes, pero ninguna conexión con el espectador. Nos sorprende el efectismo que Nolan plantea gracias al uso del tiempo, que se refleja en la forma de explotar de las bombas o el derrumbe de los edificios, pero nos sentimos desconectados e indiferentes ante lo que sucede.


En definitiva, Tenet es un enorme castillo de fuegos artificiales, una trepidante obra de acción y espionaje que se sirve de una premisa bien llevada y distinta a lo habitual. Pero una obra gélida, de estereotipos y personajes vacíos, de ninguna conexión emocional y sin conflictos que nos afecten como personas. Y este cúmulo de ausencias provoca que tenga difícil dejar huella y, por tanto, que sea fácil de olvidar.


Interstellar, de Christopher Nolan

05 junio, 2020

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Uno de los directores que ha polarizado a crítica y público en los últimos años ha sido Christopher Nolan (1970). Aunque suele gozar del favor del público, es frecuente que surjan críticas a sus obras por diversos motivos. Apasionado de la espectacularidad con argumentos de cierta raigambre polémica a nivel social (El caballero oscuro [2008]), histórico (Dunkerque [2017]) o de ciencia ficción (Origen [2010], Interstellar [2014]), lo cierto es que debemos admitir que ha sido uno de los directores que ha gozado de un éxito considerable en los últimos años, aunque también ello le haya valido críticas bien por considerar que no hacía obras tan redondas como aparentaba, bien porque estaba por debajo de obras similares de mayor calado o bien por su tendencia a sobreexplicar sus películas o escenas tratando al espectador como un ingenuo.

De entre las obras que ha dirigido en los últimos años, Insterstellar ocupa uno de los lugares cumbres en la consideración de su carrera. Sin embargo, no podemos considerar que esté exenta de esa doble cara que ofrece la mayor parte de sus películas, es decir, con respecto al hecho de haber polarizado a los espectadores entre quienes aman la película y quienes la aborrecen. En mi consideración, creo que gran parte del público se sitúa en un término medio, entretenidos y emocionados sin más, siendo en este caso las redes sociales las que alientan dos posturas extremas, como en tantas otras ocasiones.


La historia nos lleva a un futuro postapocalíptico en el que el planeta se ha convertido en un entorno hostil para el ser humano eliminando todas sus conexiones, destruyendo la tecnología que hoy nos sustenta. Al final, la humanidad se ha visto obligada a sostenerse con una agricultura azotada por plagas recurrentes que van eliminando los distintos productos agrícolas que se pueden cultivar, siendo el maíz uno de los pocos reductos que quedan. En estas circunstancias nos encontramos al protagonista, Cooper (Matthew McConaughey), un granjero que antes de la catástrofe era piloto para el ejército estadounidense. Es un personaje arisco y díscolo con la nueva política gubernamental que intenta obviar el pasado heroico y tecnológico a fin de acabar con lo que consideran que son falsas ilusiones y esperanzas de la población. Así se demuestra cuando Cooper se enfrenta al sistema educativo por intentar negar la llegada del ser humano a la Luna, recurriendo en esta ocasión a una de las teorías de conspiración más conocidas como relato oficial.

En cierto momento de esta situación, Cooper empieza a descubrir que están sucediendo hechos anómalos gracias a su hija. Incapaz de contener su curiosidad, se encuentra con un secreto gubernamental: la NASA sigue existiendo y está intentando acceder a un agujero de gusano descubierto en el sistema solar para llegar a un planeta habitable que se convierta en el nuevo hogar de la humanidad. Para ello se han elaborado dos planes: el primero consistiría en localizar el planeta habitable y mandar en una nave gigante a toda la humanidad de la Tierra y el segundo, en caso de ser imposible crear esa nave, enviar las células necesarias para crear nueva vida humana en ese nuevo planeta. Este es el punto de partida para la gran aventura que Nolan propone.


Se trata de una misión arriesgada para la que Cooper está capacitado, pero que supondría la destrucción de su vida familiar. Un sacrificio seguro si tenemos en cuenta que quizás no pueda regresar nunca o que cuando lo haga han podido transcurrir demasiados años en la Tierra debida a la relatividad del tiempo en los viajes espaciales, algo que bien nos recuerda al final de una célebre película de ciencia ficción. De esta forma el tiempo se postula como una de los principales ejes temáticos de la obra. A partir de este planteamiento, se dan dos grandes escenarios.

El primero, y el que más interesará a los aficionados a la ciencia ficción, es el espacial. Es una ciencia ficción bastante rigurosa dado que Nolan contó con el apoyo de un asesor científico, el físico teórico Kip Thorne (1940), quien ya en el pasado había colaborado con Carl Sagan (1934-1996) para su novela Contacto (Contact, 1985). De esa forma, tenemos detalles como la ausencia de sonido en el espacio, que suponen una de las principales características de las secuencias en las que el protagonismo recae en la nave espacial y que se aleja de los sonidos habituales que el imaginario cinematográfico nos había legado. O la concepción del agujero de gusano y su funcionamiento, la visión de un agujero negro o el concepto de la relatividad del tiempo y su funcionamiento en el espacio exterior por la influencia de los cuerpos celestes.

Sin duda, la aventura está clara: recabar información de los tres planetas candidatos, visitar a los tres aventureros anteriores e intentar desperdiciar el menor tiempo y el menor combustible posible. Precisamente, esta cuestión pesa al protagonista, Cooper, que sabe que arriesgarse a visitar un planeta en el que el tiempo pase más lento provocará que se pierda años en la vida de sus hijos. Y ahí es donde entra el otro gran escenario: el factor humano. El escenario de la familia, de la duda, de la emoción. Interstellar se reviste de ciencia para realmente ahondar en lo que se pierde, en lo que se gana, en las relaciones humanas o en el significado del sacrificio individual en pos del bien común.


Sin embargo, conforme transcurre la película, debemos considerar que llega cierto punto en que no se encuentra una respuesta satisfactoria a ninguno de los dos escenarios. No quiere decir que la película no tenga una buena calidad técnica o que no resulte espectacular en su desarrollo de la ciencia ficción. Sin duda, tiene giros dramáticos bastante cautivadores y convincentes, efectivos para emocionar al espectador, pero al final lo que podía haber sido una obra mucho más coherente, acaba perdiéndose en un deus ex machina con el fin de lograr el efecto deseado para su conclusión. Si bien resulta interesante el hecho de que el tiempo se convierte en una dimensión física más, el cómo se ha llegado a este punto parece ser fruto del azar o, en todo caso, de algún tipo de destino, y al final parece que era una clave obligatoria para regalarnos el giro dramático más efectivo y el final feliz necesario. Por poner un ejemplo de una obra semejante, Encuentros en la Tercera Fase (Steven Spielberg, 1977) resultaba menos efectista y rendía mejor en un desarrollo coherente en el que su final no se sentía postizo.

La película acaba por intentar sobreexplicarse, porque ni siquiera el protagonista entiende qué le ha pasado. Ni la aventura espacial ha resultado productiva, ya que ha estado bastante vacía de contenido, perdiendo a personajes que no nos interesaban y con escenas que eran más resultonas por su espectacularidad que por lo que sucedía, entremezclando tonos genéricos que oscilan entre las películas de catástrofes, el thriller o el terror más claustrofóbico, pero sin que los hechos parezcan calar en los personajes, siendo todo bastante plano y gris. Y no cabe duda de que el espectador puede desear que nuestros viajeros especiales lleguen a un planeta nuevo, porque sin duda el diseño de estos mundos resulta variado y visualmente atractivo de la película. Pero no sucede así con aquello que nos intenta narrar.


Quizás uno de los puntos más interesantes es el conflicto entre lo emocional y lo razonable que se da, pero el espectador que ya esté habituado a estas cuestiones, sabrá ver las trampas que la película sitúa para funcionar. Y no acaba por resultar satisfactorio: la resolución de la aventura espacial queda cortada, la resolución de la parte emocional y familiar acaba por ser intensa, pero ofrecer una respuesta definitiva que provoca que consideremos que todo lo vivido ha sido una excusa, un mcguffin para llegar a cierto punto en el que reflexionar sobre los lazos que creamos y para que el tono final de la película sea el de un romance en suspense. Incluso los coletazos sociales del primer tramo se pierden por completo y el desarrollo de la aventura espacial se siente superfluo por carecer de un significado propio. Y al final acaba por ser una película demasiado tópica: gobiernos que engañan, muertes de personajes insignificantes, el egoísmo y el amor enfrentados y una resolución dramática que trata de satisfacer a todos y hacernos sentir bien con nosotros mismos, siendo una obra autocomplaciente con la idea de dar una nueva oportunidad a su protagonista... sin que antes se nos diera la ocasión de que el protagonista lo necesitase.

Es decir, Interstellar es un viaje hermoso, pero vacío. Fantástica en su forma de visitar el espacio, de crear planetas originales y diferentes, de recurrir a teorías científicas como un recurso narrativo que pueda emocionar. Pero es menos profunda de lo que aparenta ser y manipula demasiado su forma de dar un cierre a la aventura. Al final, todo se queda en un espectáculo que no lleva a ninguna parte, un viaje en el que disfrutaremos del paisaje, nos emocionaremos donde toca y saldremos pensando si algo de lo visto ha tenido sentido, sobre todo si lo hemos comprendido bien y hemos contemplando las costuras de la película de Nolan.


Lo cual es nefasto, porque echa por tierra las secuencias mejor recreadas de la obra. Si la buena labor musical de Hans Zimmer (1957-) y la excelente factura técnica del espacio le unimos unas actuaciones bien llevadas, especialmente en las escenas más emotivas, es un lastre que todo se diluya por una narrativa excesiva y retorcida. Por ejemplo, había sido capaz de mostrarnos una gran emotividad con la sencillez de unos astronautas que ven retransmisiones de sus familiares contándoles todo lo que se han perdido o supo plantear las tensiones entre obedecer a la razón o a la emoción. Porque se sentía bastante cercano, como toda la subtrama en la que el egoísmo y el temor por la propia supervivencia envilece a un astronauta. O incluso cuando muestra la situación en la Tierra enfrentando dos formas de pensar sobre el futuro, representadas por sendos hermanos, a pesar de que esta trama quede cortada y no lleve a ninguna parte. Y, sin embargo, a pesar de todo lo logrado, no llega a culminar con la brillantez deseada.

En definitiva, Interstellar es una película con una ciencia bien desarrollada y con una gran emotividad, pero que, por ciertos factores, no llega a tener una narrativa bien cerrada y coherente, siendo capaz de traicionarse a sí misma. Incluso existen ciertas secuencias en los que la emoción o la búsqueda de la lágrima en el espectador es bastante manipuladora y es evidente. Al final, por querer ser una combinación, que no iba por mal camino, acaba por no ser resolutiva en ninguno de los dos grandes escenarios que plantea y eso es obvio que puede causar insatisfacción en el espectador que se pare a reflexionar sobre lo que ha visto. Se queda por detrás de, por ejemplo, La llegada (Denis Villeneuve, 2016), que no jugando el factor del realismo espacial de Interstellar, logra ser una historia más redonda y emotiva, más íntima incluso, sin llegar a ser incoherente con lo que ha creado en su desarrollo y donde todo cobra sentido sin que por ello se pierda el efectismo de un giro dramático final, pero aplicado con lógica. Insterstellar, por contra, acaba siendo una Odisea cuya travesía es deslumbrante, pero en la que el fondo se diluye hasta conseguir que el regreso a Ítaca se sienta impostado.


Origen, de Christopher Nolan

20 octubre, 2013

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Cartel del film
En un cruce entre un thriller y una película de ciencia ficción, Origen (Inception, 2010) nos traslada a la vida de Dom Cobb, un experto en obtener información, como cualquier espía, mediante los sueños y unos dispositivos especiales para adentrarse en la mente de otras personas. La idea, en cuanto a original, bebe de tantas otras películas que en las últimas décadas han ahondado en los sueños y en las falsas realidades, de la que podemos destacar, sin duda, Matrix (Lana y Andy Wachowski, 1999)

Este argumento viene de la mano de un director que ha ganado su popularidad ligado a uno de los superhéroes más populares de la compañía DC, hablamos de Batman y la trilogía que realizó Christopher Nolan sobre el personaje, que recuperaron al personaje tras las últimas y nefastas adaptaciones que se habían realizado a mediados de los noventa. Sin embargo, más allá del murciélago y de su actual relación como productor con El hombre de acero (Man of Steel, Zack Snyder, 2013), no es la primera ocasión en que Nolan se adentra en el mundo de los sueños y los thrillers, como dan buena cuenta su segunda película, Memento (2000), y la tercera, Insomnia (2002).

Christopher Nolan junto a DiCaprio y Cillian Murphy
El planteamiento alrededor de los sueños es bastante interesante, logrando una buena mezcla entre la trama y la ciencia ficción, aunque el metraje resulta excesivo, con momentos que alargan las escenas de acción y un continuo uso de la cámara lenta para aumentar la tensión según avanza el film, acompasado por una partitura de Zimmer que se puede volver repetitiva para esos momentos de la película. Además, el inicio, con esa escena in media res, era innecesario. Por otra parte, tampoco se profundiza demasiado en los personajes, a excepción del protagonista, cuya historia va en relación con lo que sucede en el caso concreto.

Leonardo DiCaprio mantiene bien al personaje en una actuación que bien podría recordar al Roger Ferris que interpretó en Red de mentiras (Body of lies, Ridley Scott, 2008) o su papel en Shutter Island, film del mismo año que este, dirigido por Scorcese. Junto a él, Gordon-Levitt y Tom Hardy tienen papeles más estereotipados, pese a su buen hacer interpretativo. Ellen Page, por su parte, logra brillar con su personaje, Ariadne, siendo quizás uno de los personajes más trabajados del film, pese a que todo su potencial está supeditado a las conversaciones con DiCaprio.


Peor suerte tienen Ken Watanabe o Michael Caine, el primero por un personaje poco agradecido y el segundo por realizar más un cameo que una verdadera participación en el film, incluso con menor aparición que en la más reciente Ahora me ves... (2013). Marion Cotillard tiene un personaje con fuerza y determinación, convirtiéndose en la pieza clave del pasado de Cobb con su interpretación de Mal, mientras que Cillian Murphy es prácticamente un extra dentro de la lógica de la película.

Sin duda, Nolan realiza una película muy aceptable, con unos efectos visuales típicos ya en nuestra actualidad, pero que nos siguen sorprendiendo. Abusa, seguramente, de la cámara lenta, y emplea también en exceso los mismos recursos para mantener o aumentar la tensión, pudiendo cansar al espectador más que estremecerlo. Por lo demás, deja un inmerecido final paranoico para una película que podría haber sido más redonda, mejor realizada gracias a un planteamiento atractivo y unos personajes que contaban con cierto carisma, igual que los actores con los que contaba.


En definitiva, una película muy entretenida, a la que le sobran minutos y tensión innecesaria, acompasada por unas actuaciones buenas dentro de unos personajes un tanto planos, a excepción de DiCaprio y su interpretación de Dom Cobb, un sufrido hombre mitad espía, mitad padre arrepentido, que realza el factor humano más allá, después de todo, de toda esa fotografía espectacular que nos proporcionan los sueños de Nolan.


Escrito por Luis J. del Castillo




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