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Otros mundos (XXXII): El enigma de la Gran Pirámide, de André Pochan

20 enero, 2024

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¿Por qué muchas culturas de la antigüedad se decantaron por la estructura piramidal? ¿Es que acaso tuvieron contacto entre sí? No parece probable, salvo en las ocasiones en que dichas culturas coincidieron en el tiempo, ya que no en el mismo espacio. Pero, ¿por qué la forma de pirámide? ¿Surgió esta idea de manera accidental y escalonada en estos pueblos, distanciados por la geografía, pero impelidos por un mismo afán? ¿Es que se trata, tal vez, de una forma y símbolo proclive al ser humano, como los (posibles) organismos antropomorfos que cohabitan en el cosmos? ¿Algo a lo que la naturaleza tiende?


Los prolegómenos de El enigma de la Gran Pirámide (L’ enigme de la Grande Pyramide, 1971; Plaza & Janés, col. Otros Mundos, 1973) nos hablan de la forma triangular, de las mediciones modernas -que se desglosarán a lo largo de todo el volumen-, proponen un atractivo apunte filológico sobre el origen de la palabra pirámide, e indagan en la antigüedad de la Gran Pirámide, que parece el modo más aséptico, y pese a todo, imaginativo, de denominar la que es conocida por el común como Pirámide de Keops, la más grande de las dispuestas sobre la Meseta de Guiza. Por cierto, que el nombre de Keops (fecha de reinado: 2584-2558 a. C.), procede de la denominación de Heródoto (484-425 a. C.), historiador sui generis y geógrafo griego. A su vez, según recoge el temprano historiador egipcio Manetón (s. III a. C.), Keops fue el segundo rey de la IV dinastía, de rama distinta a la III, y número 28 a partir de Menes (reinado c. 3100-3075 a. C.), primer faraón que unificó los territorios egipcios bajo su mando.

En cuanto a nuestro autor, André Pochan (1891-1979), fue un físico y matemático francés que dio clases en un instituto de El Cairo (Egipto), entre 1930 y 1937. Sobrevivió a un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y aunque algunas de sus conclusiones han sido rebatidas, esto no significa que sea erróneo partir del ámbito científico para poder elucubrar. Con la egiptología más literal se suele uno topar si se exponen algunas teorías paralelas.

Por ejemplo, el libro dedica dos de los capítulos (III-IV) a determinadas apreciaciones fantásticas del pasado. Se trata de mera especulación romántica, pero no por ello deja de tener un marcado atractivo, tan histórico ya como el contenido de las viejas piedras. Pochan determina, además, la datación del monumento hace unos 4800 años, algo más antiguo de lo que lo hace la egiptología oficial. Pero no es tanta la diferencia a la hora de encajar la época del reinado de Keops. Bajo esta máscara de suposiciones, André Pochan sabe distinguirse de lo que él mismo denomina los iluminados piramidales (capítulo I).


En el primer capítulo, el autor nos recuerda que el monumento al que hace referencia quedó pronto desprovisto de sus bloques ornamentales y protectores, salvo algunos ejemplos en la cara norte (y el caso de Kefrén, el “cucurucho” de la pirámide). La Gran Pirámide formaba parte de un complejo, un hipogeo real. La siringa (el acceso a la edificación), se hallaba en la hilera quince. Sin embargo, no ha sido la entrada más transitada, puesto que los visitantes suelen acceder al interior por la llamada puerta de Al-Mamún, practicada en el siglo IX, en la quinta hilera. Abdulah Al-Mamún (786-833) fue un califa abasí, con capital en Bagdad. Su entrada, que ya tiene algo de profanación, fue desescombrada en 1917.

Los gráficos que muestra el presente volumen ayudan a ubicarse por las sinuosidades físicas y hasta anímicas de la Gran Pirámide. Porque su contenido es muy técnico. A partir de estos datos objetivos, Pochan saca sus propias conclusiones, que desglosaremos a continuación. Entre ellas gravita la idea de que la Gran Pirámide pudo ser un templo solar, con la característica de no estar acabado en punta (uno podía permanecer en la plataforma o colocar una estatua o cualquier otro ornamento, como un pináculo -pyramidion- dorado). También cabe la posibilidad de que el monumento no haya servido nunca de tumba, aunque esta fuera (parte de) la intención original; sino que ejerciera de cenotafio, es decir, de templo representativo de la figura a que se dedicaba. No es Pochan el único que ha elucubrado con esta posibilidad, de que, si bien la Gran Pirámide pudo haber sido ordenada como sepultura, ningún gobernante fuera enterrado en ella. Pero sí fue de los primeros. Entre las distintas teorías que tratan de explicar la Cámara “sepulcral” del Rey, o los misteriosos conductos “de aire” de la Cámara de la Reina, destaca la de André Pochan y otros colegas. Según él, dichos conductos podían ser el acceso que permitía el traspaso del ka divino (el alma que proporcionaba fuerza vital tanto en la vida como en la muerte) a los restos representativos -que no orgánicos- del difunto, junto al ba (figura animal que permitía el regreso a los lugares frecuentados en vida). Tales entidades serían capaces de atravesar estos canales “psíquicos”, ya que están obstruidos (no se sabe si en la actualidad o de siempre). Démonos cuenta que, para las antiguas civilizaciones, con más ahínco de lo que sucede hoy en día, la piedra era un material tan tangible como sensible. De igual modo, la Gran Galería que da acceso a estas cámaras, podría considerarse la de los antepasados de Keops, pues consta de veintiocho entalladuras, la última de las cuales correspondería a la de su propia efigie.

Entrada original a la Gran Pirámide

El capítulo segundo del libro se titula Las pirámides ante la historia, y aporta los testimonios de gentes como Heródoto, Manetón, Estrabón (64 a. C. -23 d. C.), Plinio el Viejo (23-79), Al-Masudi (896-956), los viajeros occidentales de los siglos XVIII y XIX, y los arqueólogos ingleses, entre los que sobresale sin demasiado esfuerzo el gran Flinders Petrie (1853-1942). Se incluye la expedición francesa a Egipto de 1798-1801, el poeta y ensayista romántico, empedernido viajero a Oriente, Gérard de Nerval (1808-1855), y una serie de lucubraciones absurdas recogidas por Pochan. A lo que se va a añadir, más tarde (IV), la relevante importancia del nombre, el poder del verbo, por el que nada existe antes de ser nombrado. Es fascinante la supervivencia de este mundo tan ajeno, en principio, a nosotros, tanto en formas como en fondo, en determinados ritos de iniciación, como los de Eleusis (con hasta setenta y dos grados), y algunos emblemas remanentes en una logia de francmasones. Probablemente, sin el alma -o almas- del original. 

El capítulo III (La epidemia piramidal), se centra en lo que el autor no duda en calificar de “piramiditis”, como la pulgada piramidal de David Davidson (1884-1956). No en vano, Egipto ha venido siendo un espacio de ensoñación y clarividencia que frente (o ante) el aspecto científico, constituye un corpus subjetivo a la fuerza. Pochan distingue entre soñadores bíblicos y empiristas castradores de todo lo mágico. Prefiere situarse en un término medio.

Insiste en el capítulo IV (Los autores modernos), con las visiones del abate Moreux (1867-1954), y se presta a una imagen harto sugestiva. La de los constructores vistos como utensilios inconscientes de la Divinidad (¿incluiría esto al faraón?). Como espacio real y material, las dimensiones de la Gran Pirámide guardan relación con datos científicos precisos. Ambas vertientes no son excluyentes. Egipto es un crisol étnico y espiritual, donde cada región disponía de su propia concepción religiosa y dioses particulares, con lo que la síntesis de creencias que intentó Akenatón (reinado 1352-1335 a. C.) resultó infructuosa a la larga (y VII). Ambos faraones, Keops y Akenatón, están emparentados en su culto a un dios único, aquí Jnum, allí Atón. No obstante, predominan dos concepciones, la hermopolitana (el culto a Osiris), y la heliopolitana (el dios sol Ra). Y se explican ambas. En este capítulo incluye Pochan su asombroso fenómeno del relámpago, dado en la cara sur de la Gran Pirámide, por el que se produce un efecto óptico de gran belleza matemática y trascendencia ceremonial.

El autor del artículo en la Meseta de Guiza
El capítulo V (Los grandes enigmas) nos recuerda que las grandes pirámides estaban pintadas, así como la orientación de la Gran Pirámide, contraponiendo textos antiguos con mediciones modernas, y la determinación de los equinoccios y solsticios, conjuntamente con la alineación de los dos obeliscos de Heliópolis (de los que tan solo permanece uno). Para Pochan, el monumento muestra una triple intencionalidad, posible tumba de Keops (insisto en el hecho de la posibilidad, pues los historiadores más oficialistas no han hallado nada contundente que haga indicar que esto sea un hecho), lugar de iniciación, y templo del dios solar Jnum. No en vano, se especula con que su forma piramidal y el color rojo de sus muros de revestimiento ayudasen a la captación de las energías solares (y hasta siderales). Luego, se hace un recorrido, entre sucinto y prolijo, por el estado físico de la Gran Pirámide, a través del tiempo y los distintos testimonios que han sobrevivido, y se recala en los meditados calendarios egipcios. Un calendario móvil. El horario del primer día del año se desplazaba con el transcurrir del tiempo, para que su venida fuera lo más exacta posible; otro apartado bien interesante, que denota que los antiguos egipcios estaban mucho más adelantados de lo que creen nuestros modernos egiptólogos. De hecho, el antiguo egipcio (pueblo finalmente conquistado y dispersado) propone a las claras una alianza entre el hombre y la divinidad. Su monumental legado no atestigua necesariamente el orgullo megalómano de los déspotas, sino la pericia y ejemplaridad de una cultura, ciencia y técnica, que nos obliga a revisar lo que concierne al discernimiento y competencias del hombre en la antigüedad, sus técnicas de construcción, y sus conocimientos matemáticos y astronómicos.

El capítulo VI (Las vicisitudes de la Gran Pirámide), se centra en las fases de la construcción y las expoliaciones sucesivas del monumento, entre las que se cuenta el irremisible daño perpetrado por el sultán Saladino (1137-1193), y en menor medida, pero no por ello desdeñable, el patriarca Cirilo de Alejandría (370-444). En el último capítulo, VII (Retorno a los orígenes), Pochan facilita un listado de los reyes de Egipto, desde Menes hasta Diocleciano (244-311), y nos habla de los distintos diluvios universales, comenzando por el de Gilgamesh.


Es inevitable acabar como empezamos. Haciéndonos muchas preguntas. ¿Existe alguna relación entre las pirámides de Egipto y las de Caldea, Etiopía y Meso y Sudamérica? ¿Existirá la cámara sepulcral que relata Herodóto, en la que podrían yacer los restos del finado Keops? Es lo que piensa André Pochan. La historiografía se reviste de leyenda.

El enigma de la Gran Pirámide haría las delicias de un geómetra. Es un relato técnico (las medidas de la Gran Pirámide, la medición de la Tierra por los antiguos egipcios, etc.), y un libro señero que dio que hablar dentro de la presente colección, y en el mundillo de los interesados por estos temas. Lo podemos considerar un volumen-compendio con aire de miscelánea, pero muy exhaustivo, capaz de abrumar por la profusión de datos técnicos, aunque también hace acopio y recoge recuerdos muy valiosos de los cronistas que desfilan por sus páginas; todos tratando de expresar una realidad que hace tiempo se nos ha escapado. Ante a esta divulgación técnica no hay que asustarse, al fin y al cabo, la Gran Pirámide es mucho “toro pasado”. En este sentido, yo veo a André Pochan como un antecedente de la siguiente generación de investigadores del legado egipcio; arqueólogos o no. Me refiero a estudiosos como John Anthony West (1932-2018) -cuyo La serpiente celeste [Serpent in the Sky, 1979; Grijalbo, 2000] recomiendo encarecidamente-, Graham Hancock (1950), Robert Bauval (1948) y Robert M. Scoch (1957). Pese a quien pese, nombres ya importantes en la historia de la egiptología.
 


Otros mundos (XXXI): Existió otra humanidad, de Juan José Benítez

25 febrero, 2023

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Este es el artículo más difícil que he escrito. No me refiero al hecho de la extensión del texto o lo intrincado del tema. Nada de esto me asusta. Me refiero al personaje. Dejé de interesarme por Juan José Benítez (1946) en los años noventa, cuando tuve noticia de un contencioso por plagio con otro ufólogo y algunos periodistas, del que, pese a ser exonerado, creo que parte de razón la tenían los “contendientes”. En cualquier caso, siendo un niño y adolescente interesado por los asuntos “raros” en los años ochenta, lo preceptivo era leer a Juan José Benítez, como a Antonio Ribera (1920-2001), por no salir del ámbito español.
 
J. J. Benítez, como firma el autor sus libros y es conocido por sus fieles seguidores, se considera más un periodista que un escritor. Lo cual dice mucho a favor de su honestidad, pues hasta donde he podido comprobar, su prosa resulta ciertamente funcional, sin aditamentos estilísticos. En numerosas entrevistas, Benítez alude a sus obras como reportajes extensos más que ensayos de historia o investigación. Esto no ha der ser un demérito, aunque el empleo del vocablo periodístico puede llevar a confusión, ya que muchísimos autores han hecho gala de una riqueza literaria considerable en este medio (no obstante, la intención del comentario queda clara). Yo diría que de la escritura de Juan José Benítez llama la atención la inmediatez, más que el apresuramiento. La llaneza y la ausencia de circunloquios discursivos, se piense lo que se piense de los contenidos. El caso es que en Existió otra humanidad (Plaza & Janés, col. Otros Mundos, 1975), el texto está expuesto con la necesaria claridad para ser entendido, y la suficiente fascinación y autoridad para resultar atractivo y llamar la atención acerca de su tesis. En este sentido, Benítez se ha convertido en un autor de referencia, mediático a su pesar (aunque se huya de ello).

Por mi parte, debo confesar que la parte de su trabajo que más me interesa es la que se refiere a los OVNIS y la posibilidad de vida después de la muerte física. Lo relacionado con la figura de Jesús de Nazareth y el pueblo judío, las implicaciones conspirativas, que incluyen el coronavirus, o la obsesiva desconfianza hacia el ámbito militar, me interesa menos. No porque no me atraigan tales asuntos, sino porque suelo buscar información en otras fuentes. Ello no implica que no se puedan y deban contrastar ambas –o cientos de- posturas, en definitiva. Las investigaciones del escritor navarro suelen ser tildadas de pseudo cientifistas y conspirativas, sin el justo y necesario cara a cara. Despreciado con excesiva alegría por quienes tan solo saben buscar la trascendencia en el deporte o la prensa amarilla.

Si una cosa he aprendido con el tiempo es que, razonables o no (razonadas lo son siempre), Benítez tiene todo el derecho a exponer sus teorías.

En lo tocante al meteorito Gog sí espero que se equivoque (él también lo espera).
 

Más que un velo de misterio, un velo de desinformación y desgana informativa cubre los asuntos relacionados con el esoterismo y lo paranormal. De hecho, los que emprendemos tal acción divulgativa, solemos ser motejados de creyentes -hermana mayor de la credulidad-, supersticiosos o conspiranoicos (a veces por desconfiar del estado y sus élites: exactamente lo mismo que hacen muchos de los que ejercen de desacreditadores). Sustitutivos de las religiones existen muchos. La política, sin ir más lejos; el fútbol, y también algunos de los asuntos que en esta sección abordamos. Pero es negar la evidencia que no todos los científicos y profesionales técnicos están cerrados a dichas corrientes ocultas.
 
Hablar de las piedras de Ica es hablar del doctor en medicina y catedrático Javier Cabrera Darquea (1924-2001), y de la población peruana del mismo nombre. Aunque Cabrera no fue el autor de tan sugestivo descubrimiento, sí que fue la persona encargada de atesorar el mayor número de pruebas para su curiosa gliptoteca, o biblioteca lítica, conformada por piedras grabadas a mano, que Benítez, tomando la palabra a Cabrera, equipara con libros, en importancia más que en extensión. Con sus propios ciclos temáticos o capítulos. Rescatadas de la destrucción en algunos casos, de la dispersión geográfica la mayoría de ellos, y de un olvido al que no alcanzamos a poner fecha. Piedras que abordan conocimientos tanto de medicina como de zoología, astronomía, biología y topografía. Lo que no está nada mal. El inconveniente es que, si en efecto, se demostrara que tales piedras son antiguas (el método del carbono 14 queda descartado al no tratarse de elementos orgánicos), las implicaciones son desestabilizadoras en grado sumo. Los humanos o humanoides que figuran en estos documentos pétreos, se nos aparecen a lomos de pájaros con aspecto mecánico, realizando intrincadas operaciones de cirugía, o conviviendo con seres prehistóricos. Una humanidad de la era secundaria (ciento cuarenta millones de años). Algo demasiado traumático para ser tenido siquiera en cuenta. Y ahí reside el dilema. La ciencia debería ocuparse, a un nivel formal, de establecer los distintos estudios y análisis en torno a estos registros entre lo geológico y lo pertinaz, al margen de lo que, en teoría, parezcan representar.
 
Javier Cabrera
Para ello solo bastaría con que, quienes ostentan esta capacidad científica, al servicio de todos los interrogantes, recordaran aquella cita del astrofísico Joseph Allen Hynek (1910-1986) de que a menudo la ciencia del siglo veinte olvida que habrá una ciencia del siglo veintiuno, y aún más una ciencia del siglo treinta. Por no retrotraernos a otra máxima indicada por el gran autor Arthur C. Clarke (1917-2008), al asegurar que cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. ¿Qué pensarían aquellos visitantes de las estrellas, en aquel célebre relato de Clarke llamado Lección de historia (History Lesson, en Expedición a la Tierra, edhasa, 2005), al encontrar por todo resto de los seres humanos las imágenes de una película de WaltDisney (1901-1966)?
 
Una cita del biólogo y médico francés Claude Bernard (1813-1878) precede y corona el contenido de Existió otra humanidad, segundo libro escrito por Benítez, pero primero en ser publicado, con fotografías de Fernando Múgica Goñi (1946-2016). Cuando un hecho se levanta sobre una teoría reinante, prescinde de la teoría aunque la apoyen los hombres más famosos. Credencial que va a acompañar a nuestro autor se diría que a lo largo de todo su recorrido vital y periodístico (aún fuera de la órbita de la prensa). De forma intencionada, he escogido este texto inicial, puede que incluso iniciático, al ser la presente una sección bibliográfica dedicada a lo oculto. Nos interesa conocer los orígenes de cualquier misterio. El volumen, pertenece entonces a la etapa primigenia del prolífico autor. Mezcla de diario personal, relato de misterio en primera persona (de los que los autores victorianos y post victorianos gustaban de compartir en los envidiables dining club), transcripción de entrevistas en forma de diálogos, y documento histórico, Existió otra humanidad continúa siendo un testimonio fascinante y fascinador.

Biblioteca lítica
Tras una primera toma de contacto sobre la cuestión palpitante (capítulo I), sobrevienen los grabados con la presencia del hombre, u homínido, junto a los antedichos animales prehistóricos (II), fotografías de huellas y utensilios humanos al lado de fósiles de dinosaurios (IV), el procedimiento por datación del Carbono 14 (V), el llamativo Manto de Paracas y el dictamen de la Universidad de Bonn, favorable a la antigüedad de las piedras halladas en Ica (piedras “Manco” para los cronistas de Indias) (VI), la representación del cometa Kohoutek, que volvió a visitarnos en 1973, y la respuesta del Observatorio de París (aquella piedra venía a trastocar, a desequilibrar, todos mis esquemas mentales; VII), los grabados de los antiguos continentes (cada uno de ellos tiene perfectamente señalado el tipo de raza que lo poblaba; VIII), el controvertido asunto de los “pájaros mecánicos”, la insoslayable presencia de los mapas del almirante y cartógrafo Piri Reis (1465-1554), más la relación de los gliptolitos con las Líneas de Nazca (IX), las implicaciones de un legado en piedra por el que las Pirámides de la meseta de Guiza servían para captar y transformar la energía electromagnética (X), la no menos espinosa cuestión de los grabados con distintos trasplantes (XI), el conocimiento de los gliptolitos por parte de los incas (XII), el sustancioso capítulo dedicado al desdén de los arqueólogos oficiales (XIII), y finalmente, el censo de las piedras (XIV).

Una cantidad ingente de información que deja claro que, al margen de lo que signifiquen tales piedras, no se pueden suprimir de un plumazo. La cadena de televisión BBC informaba en octubre de 2021 de las huellas de Trachilos, Creta (Grecia), halladas en 2002, como de costumbre por accidente, que desafían la línea de tiempo aceptada para los orígenes de la humanidad. Han sido datadas en el mioceno tardío (que concluyó hace cinco millones de años).
 
Cabrera y Benítez, en visitas posteriores
Por supuesto que el contenido gráfico de los gliptolitos de Ica es, en muchos sentidos, ideográfico. Más simbólico que literal. En dibujos asequibles para nosotros, los lógicos destinatarios. A pesar de ello, lo expuesto resulta lo suficientemente estimulante como para ser motivo de atención, como en su día advirtió el ex rector y arquitecto Santiago Agurto Calvo (1921-2010). Algo que, por desgracia no ha sucedido aún por parte de un desdeñoso de antemano sector de la ciencia. Los altorrelieves -en piedras más gruesas- señalan conocimientos más decisivos que los simples grabados (III).
 
Pues sí, partimos de cálculos equivocados. Los de creer que el origen de nuestra especie está férreamente determinado. A las conjeturas teóricas se unen hallazgos materiales inestables, solo que algunos de ellos se han revestido de un incontestable hálito científico. De rotunda inmodestia. Ya vislumbro a los ceñudos escépticos torciendo el gesto. Estas piedras son todo un festín para los ávidos de información wikipédica que se centra en lo fraudulento. Espacios donde se hace mención a unos documentales de la BBC en los que se da la autoría de los cantos grabados al campesino (cholito) Basilio Uchuya (1935-2003). Algo contestado ya por Fernando Jiménez del Oso (1941-2005) en 1979, en su espacio Más allá (programas El misterio de Ica y Encrucijada).

Esto se ha convertido en algo habitual. Repetir los mismos tópicos y lugares comunes de hace cincuenta años. Lo cual tiene mérito en 2023. No haber aprendido nada. Pero es el periodismo que hay, en mayor o menor medida. Desde 1974 se sabía que Basilio Uchuya y algunos más (prácticamente analfabetos), habían declarado la fabricación de las Piedras de Ica para evitar la prisión, por tráfico de objetos arqueológicos (el propio Fernando Jiménez del Oso me confirmó personalmente este extremo en 2002). Lo que demuestra que el aprendizaje sigue siendo algo particularísimo e interior, difícilmente transferible, por mucho que vivamos en la era de la comunicación.
 
Benítez y Uchuya, en visitas posteriores
El origen de las piedras apunta al yacimiento del desierto de Ocucaje, limítrofe con Ica. Un enclave, treinta y cinco kilómetros al sur de esta población.

Entre tanto se resuelve, científicamente, el misterio -y tantos otros-, los detractores o escépticos, ajenos a cualquier investigación, siguen disfrutando llamando a las piedras pedruscos (los OVNIS, cosa psicodélica), amparados en un interés de la comunidad científica que hasta ahora ha sido escaso (ha habido excepciones). Al extremo de llegar a emplear las siglas del escritor, también correspondientes a otras personas, con el objetivo de elaborar un blog satírico.

Siempre ha sido más fácil burlarse que tomarse la molestia de investigar, aunque nuestras conclusiones sean, si no desacertadas, inexactas. Y por otra parte, quién nos dice que la paleontología y arqueología hayan tenido su última palabra. Deducción a la que, como buen virgo, Benítez se aferra (la otra posibilidad del signo es cerrarse en redondo). Lo cierto es que, queramos o no, con Juan José Benítez, siempre nos sentimos virgorizados.
 
Pero se me ocurrió otra idea. Tras leer el libro, publicado en 1975, como queda reseñado, sentí la necesidad de averiguar en qué estado se encontraba la cuestión en la actualidad. El blog de Juan José Benítez no aporta mucho más a lo desarrollado en el texto. Más bien, confirma lo dicho, excepción hecha de una galería fotográfica de la que extraigo algunas imágenes, y la aportación de dos nuevos informes sobre la datación de los gliptolitos. Sí recomiendo el capítulo Las huellas de los dioses, perteneciente a la serie televisiva de Benítez Planeta encantado (DeAPlaneta, 2002), donde se nos hace partícipes de una actualización, con el aliciente visual del enigmático asunto de las Piedras de Ica. Pero todo el suspense y exposición desplegados en el libro no son en ningún momento sustituidos. Bástenos saber pues, que en los últimos tiempos, el gobierno peruano ha propiciado la conservación de las controvertidas piedras acumuladas por Cabrera en su casa-museo, para una adecuada preservación, y al menos, como notabilísima curiosidad geológica, a la espera de una mejor atención por parte de los científicos.
 

Quisiera anotar así mismo, dentro del apartado bibliográfico, las bellas portadas de la colección Otros Mundos, igualmente sencillas e ideográficas. La presente nos muestra las distintas fases de la luna alrededor de una de las piedras de Ica, donde figuran dos humanoides primitivos (en cuanto a edad se refiere, más que conocimientos), escrutando el cielo con sendos catalejos-telescopios.
 
Se ha dicho que las obras de Benítez son lo más parecido a novelas de ficción. A mí no me parece una mala definición, bien entendida. Todos sabemos que tras la ficción se agazapa la realidad. Y una buena manera de acceder a los misterios del mundo es cuestionarse los propios y rígidos principios regidos por la percepción. De igual modo se le ha acusado de no hacer públicas sus fuentes de información, y de cierto afán de adanismo: no reconocer a los autores previos a su llegada. Las razones de esto las intuimos, y no obstan para que Benítez se haya ganado cada metro cuadrado recorrido. Una labor –e independencia- no siempre apreciada, sino más bien atacada. Bien es verdad que a veces da la impresión de que lo expuesto por Benítez lo convierte en una especie de “escogido”, cuyo principal destinatario parece ser él mismo, pero su obra está sujeta a una necesaria fascinación, y se muestra abierta a todo interesado.
 
J. J. Benítez. Probablemente el más denostado. Pero también el más querido y respetado por sus seguidores.
 
Escrito por Javier Comino Aguilera




Otros mundos (XXX): Stonehenge, el templo misterioso de la prehistoria, de Fernand Niel

22 noviembre, 2022

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La historia del misterio a través de los libros nos convoca de nuevo. Son volúmenes que forman parte de un tiempo pretérito y un lugar casi indefinido, pero que se dan puntual cita en nuestra selección de Otros Mundos.

El enigma escogido en esta ocasión es el de Stonehenge, el templo misterioso de la prehistoria (Stonehenge, le mystérieux temple de la préhistoire, 1974; Plaza & Janés, Col. Otros Mundos, 1976). Huelga decir que centrado en el, a su modo, espectacular conjunto megalítico ubicado entre Londres y Salisbury (Inglaterra). Vestigios que plantean cuestiones no resueltas, aunque como veremos, más que aclararse con el tiempo -algunas sí lo han hecho-, estas se han magnificado gracias a los últimos descubrimientos. Pese a todo, interesante es este trabajo del historiador francés Ferdinand Niel (1903-1985), por lo que tiene de compendio histórico, y por los grabados que acompañan al texto, suyos en su mayoría. Un contenido asequible que abunda en aspectos tanto técnicos como históricos, con profusión de mapas, croquis y fotografías.
 
Una de las primeras cosas que llaman nuestra atención es que las piedras que conforman el monumento fueron pulidas, esto es, trabajadas, a diferencia del material de otras construcciones megalíticas. Santuario solar, Stonehenge conserva tres principales trilitos y un dintel, y fue construido sobre santuarios anteriores. Por desgracia, más de la mitad de las piedras que lo componían han desaparecido. Se especula que sus constructores pudieron ser los componentes de la denominada Cultura de Wessex (Wessex Culture), especializados en la ganadería y la agricultura. Conocían el cobre y el bronce, pero no el hierro.

La estampa invoca cierta ruina y desorden. Un aspecto trágico y romántico nos asalta cuando contemplamos esas piedras caídas, vencidas por el tiempo, aunque no por el misterio. Puede que este destrozo se debiera a un seísmo más que a una destrucción intencionada, aunque de todo ha habido. Únicamente cuando la melancolía acampa con ayuda de la lluvia en este singular monumento, el espíritu se puede plantear las primeras y eternas preguntas.

Simpática es la descripción de Niel del paisanaje, esas hordas de visitantes, de las que todos, alguna vez, hemos o habremos de formar parte. No en vano, la llanura de Salisbury se encontraba entonces mucho más poblada que en la actualidad.

Como soy de letras, la parte de las medidas, pesos y proporciones me resulta más abstracta, aun siendo estimulante. Lo que sí queda claro es que el dispositivo de ensamblaje de los dinteles del denominado Círculo de Sarsen (el exterior), es único y muy particular de Stonehenge (capítulo I). Y que nos enfrentamos a nociones que superan los conocimientos de tribus meramente agrícolas y pastoriles (íd.). A su vez, el doble círculo de las piedras azules jamás fue concluido (III). Acierta Niel al asegurar que el mejor material para trabajar la piedra era la propia piedra (íd.).
 

Efectos de perspectivas, jambas díscolas, dinteles arrebolados, monolitos opuestos, trilitos de piedras azules, junturas en forma de V, una interrupción en el círculo de los dinteles… son anomalías que escapan a nuestra comprensión presente. Parece que todo tiene cabida en Stonehenge. Hasta las explicaciones más peregrinas. Cada piedra relevante o formación es objeto de un análisis y una teoría global por parte del autor. Entre las conclusiones más evidentes y extendidas, está que, con toda seguridad, los enormes monolitos fueron transportados por vía fluvial. O que la construcción, en su conjunto, está orientada al sol naciente en el solsticio de verano (I y II). Si bien, como vamos a comprobar, esta perspectiva se ha ido ampliando.

En efecto, resulta crucial la posición del sol en el momento de la observación (II). Tampoco se olvida el autor de la precesión, aunque no la nombra de forma directa (Epílogo). Al punto de que la historia de Stonehenge acaba en la época en que el astro rey no siguió permaneciendo encajonado entre sus muros (íd.).

Tras la descripción del monumento, el segundo capítulo está consagrado a la historia arqueológica de Stonehenge. Esto empezó hacia el año 2300 antes de nuestra era (II), cuando poblaciones de Europa occidental desembarcaron en las playas meridionales de Inglaterra. Es lo que se ha dado en llamar la civilización de Windmill Hill (De la Colina del Molino de Viento). En esta historia destacan nombres como los del británico Íñigo Jones (1573-1652), o el coronel William Hawley (1851-1941), descubridor del Stonehenge “subterráneo”. Mención especial merece el comentario laudatorio del gran Flinders Petrie (1853-1942), que los viajeros -e informados- de Egipto conocemos bastante bien.

Prosigue el autor reflexionando sobre la posible técnica para levantar y transportar masas tan pesadas. El quid de la cuestión. Tres o cuatro siglos después de la llegada del pueblo de Windmill Hill (neolítico), se produce la fusión con las antedichas poblaciones primitivas (mesolíticas). Luego, hacia 1700 a. C., numerosos colonos desembarcaron en las costas de La Mancha y el Mar del Norte. Se amalgamaron en el conjuntado y simpático Pueblo de los Cubiletes. Posiblemente, provenientes del Rin y la Península Ibérica. Estos ya incluyen el uso del metal y el oro.
 

Así, hasta la forma definitiva del monumento, que se estipula hacia el 1300 a. C. Cuando César (100-44 a. C.) pisó Inglaterra, hacía mucho tiempo que los pueblos de los cubiletes y la cultura de Wessex habían sido suplantados por los celtas. Incluso puede que tuviera algo que ver el célebre mago Merlín, según la tradición ha venido perpetuando hasta nuestros días. Motivos hay para ello, pues como antes advertía, el enclave se presta a elucubraciones fantásticas.

En suma, todo un cúmulo -o túmulo- de secretos. Como el de un vasto teodolito destinado a la observación de cuerpos celestes, los orígenes druídicos puestos de moda por otro de los investigadores, William Stuckeley (1687-1765), o las asambleas civiles y religiosas de los bretones (II). Y otras pintorescas teorías. Incluido el posible significado de la palabra Stonehenge (íd.).

Destaca, así mismo, la presencia del monumento en los grabados antiguos: una sección que me ha resultado muy interesante. Junto a la espada grabada en la jamba número cincuenta y tres (íd.).

El tercer capítulo está destinado a la construcción del complejo. Sus posibles rutas de transporte, a veces de lugares muy alejados, y modos de edificación factibles. Pese a que el auténtico problema consiste en inventar un sistema de levantamiento y propulsión (III), el autor especula acerca de que el monumento representa tal suma de esfuerzos, de ciencia, de habilidad y de coraje, que solo pudo provocarla un motivo religioso (íd.).
 

En el reciente documental Stonehenge, la verdad oculta (Stonehenge, the Hidden Truth, Freemantle-Wild Blue Media, 2021), de Kate Dooley (-) y Paul Olding (-), se añaden algunos puntos sobre las íes. Lo hacen por medio de técnicas novedosas como los georadares, la tomografía de resistividad eléctrica o la luminiscencia óptica.

De hecho, en el documental destaca el trabajo del arqueólogo Vincent Gaffney (1958) y el geofísico Richard Bates (-), basado en la detección de todo un arco de anomalías subterráneas, que desvela una estructura oculta en los aledaños, los llamados Muros de Durrington. Dos partes de un mismo complejo monumental, ya definido el origen de las piedras de Sarsen y las piedras azules, donde se acrecienta la importancia del solsticio de invierno, por encima del de verano. Si todo esto se verifica, Stonehenge sería tan solo la antesala o punta de un iceberg mucho más grande. Donde tiene cabida una función religiosa, de conmemoración de los difuntos, además de astronómica. Fernand Niel tenía razón.
 
Escrito por Javier Comino Aguilera




Otros mundos (XXIX): Druidas, el espíritu del mundo celta, de Peter Berresford Ellis

23 abril, 2022

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Rescato hoy de mi biblioteca un nuevo título para la sección Otros Mundos. Ahí llevaba el pobre esperando todos estos años. Ya se sabe que un libro no cobra vida hasta que le llega el momento de que el lector lo abra. Pura magia.

Se trata del atractivo asunto de los Druidas, el espíritu del mundo celta (Druids, 2001; colección Oberón, Grupo Anaya, 2001), obra del historiador y novelista británico Peter Berresford Ellis (1943). Y aunque de historia hablamos, por neblinosa que esta sea, ellos formaron parte de ese otro mundo al que con frecuencia aludimos aquí.

En efecto, junto a la bruma atmosférica existe la bruma del conocimiento, que progresivamente se está haciendo más espesa, debido a leyes educativas cada vez más demenciales, ideológicamente impúdicas y coercitivas de la libertad y el esfuerzo personal. Este velo impuesto a la fuerza con la coartada del bien común, está impidiendo a mucha gente asir con firmeza el hecho histórico, y la debida comprensión y contextualización que este conlleva. Todo ha de ser políticamente (in)dispuesto.

Ambas nieblas, física y mental, tienen que ver con el tema que hoy nos ocupa. Para los historiadores no ha sido fácil enclavar el conocimiento de los druidas sin caer en los estereotipos legados por otras culturas coetáneas (Grecia y Roma). Para Berresford Ellis, la actitud de estos imperios fue, siguiendo dicho razonamiento, hostil hacia el mundo celta. Tal vez lo fuera, el autor procura ejemplos a los que luego me referiré, pero de lo que no debe, o debiera, caber duda, es que tales culturas desfavorables a lo celta eran increíblemente valiosas en muchos otros aspectos.

Tal inquina o desconfianza, en el mejor de los casos, habitual por parte de quien escribe la historia -o también de quien la reescribe, es decir, no necesariamente de quien gana las batallas-, no tuvo por objeto inhibir ritos que eran considerados inhumanos, y de los que el autor se ocupa más adelante, sino que atendía más al complejo intento de erradicación de toda una clase intelectual foránea, formada por filósofos, jueces, educadores, historiadores, doctores, astrónomos, astrólogos… (capítulo I). Pero tampoco se nos debe olvidar el hecho de que los buenos historiadores poseen una personalidad propia y definida, al margen del régimen que los cobija. No por venir de un imperio adverso, los comentarios arrojados son necesariamente falsarios. Conviene la matización. De este modo, la base de la sociedad celta era tribal, sin diferencias con otras organizaciones sociales indoeuropeas primitivas, con una élite atesoradora de un conocimiento que se perpetuaba principalmente por vía oral, siendo el gaélico la forma más temprana de celta hablado. Con la llegada del cristianismo, la proscripción druídica de poner por escrito su historia y filosofía, termina (Introducción).

Peter Berresford Ellis
Situémonos. Los druidas fueron la clase intelectual de los antiguos celtas, y estos son habitualmente percibidos como remedos de místicos religiosos y sacerdotes. Y así es. Toda una ascética y aura intelectual pervive hasta nuestros días. Fueron contemplativos que adoraban la naturaleza, en particular a los árboles, y que se congregaban en los círculos de piedras, legados por culturas anteriores aún más perdidas en la bruma, o edificados exprofeso, para llevar a cabo sus ritos religiosos en el momento del solsticio, con sus ligeras y cómodas vestiduras, y suntuosas barbas blancas.

Aquí advierte el autor de algo importante, ya que también los druidas han sido raptados por el movimiento New Age, y convertidos a sus filosofías (Íd.). Los druidas resultan comercialmente aceptables dentro de la nueva ola de pensamiento esotérico y de las religiones alternativas. Sin embargo, Ellis insiste en que no se debe glorificar de manera tajante la naturaleza. Se empieza así, y se acaba por alabar las malas prácticas brujescas antiguas, aprovechando el tirón cultural que este tema supone, también dentro del negocio con sesgo secesionista de algunas escuelas, amparando de paso la ignorancia de algunas de las brujas modernas. Esto entronca con la prohibición de transmitir conocimientos a través de la escritura, ya que el traspaso se producía de forma directa y vivencial.

Las referencias sobre los druidas más antiguas que se conservan datan del siglo segundo antes de Cristo. Se aborda un posible origen celta en el nacimiento del Danubio (I y II). Al igual que muchas otras religiones del mundo, los celtas desarrollan un concepto de Diosa Madre atribuida a la naturaleza, donde el agua es símbolo femenino (de la parte sensible de cada ser vivo, no necesariamente de “la feminidad”), siendo el roble el correspondiente a lo masculino. Aun así, ningún escritor clásico se refirió a los druidas como sacerdotes, pese a lo llamativo de su reunión anual en Uisneach, Irlanda, en la que, por cierto, participaban tanto hombres como mujeres, pudiéndose casar.

Más tarde, los celtas se convierten al cristianismo y es cuando comienzan a consignar por escrito su historia y filosofía (IV), adornados con relatos y nombres entreverados de la bruma de los tiempos.

Existe oscuridad, maldad, luz y bien. Debidamente personificados en seres humanos y naturaleza, haciendo emerger la adivinación y la poesía. Como llamativa curiosidad, para los celtas, el alma reposaba en la cabeza (VI). Y en muchos objetos exóticos y místicos, que por supuesto convergían en marcados lugares con encanto. Hasta un harpa mágica era portadora del nombre del Padre de los dioses, Dagda (Íd.). Para el druida, todas las cosas están poseídas por un espíritu que las habita.

Representación de asamblea druídica
En el capítulo dedicado a los rituales de los druidas (VII), la iniciación en el agua es concomitante con el bautismo. Y el desagradable asunto de los rituales humanos no es elidido en el libro. Empero, Ellis se pregunta si responde a una realidad o una propaganda denigratoria. Pero nuestra idea es que el autor es una fuente a favor, un adepto. Claramente pro celta, con lo que a veces peca por defecto. Bien documentado, eso sí, con datos y citas por doquier, a veces de forma abrumadora, y contrastadas solo en lo conveniente. Chorreo de continua información merced a las fuentes clásicas romanas. Buena parte de ese esfuerzo se aplica a una puntillosa investigación etimológica para emparentar palabras de distintos ámbitos culturales. Advierto.

De esta guisa quisquillosa en exceso, evidenciamos cierta displicencia hacia Roma y conmiseración hacia (casi) todo lo celta. No exenta, en cualquier caso, de crítica. Para el autor, la intelectualidad celta indígena evoluciona hasta perder su función original.

Por dilucidar quedan preguntas como si el sacerdocio es disciplina hermética o una organización política. O ambos, sustentada por una vasta tradición de aprendizaje cultural, con sus arúspices-vates, augures-videntes y jueces-docentes.

Prevalece, verbigracia, dentro de la casuística ritual, el corte del muérdago del roble sagrado, el caminar sobre brasas ardientes, los pozos curativos, las piedras sagradas, el caldero del renacimiento, o incluso el Hombre de Mimbre, referenciado por César (100-44 a.C.). Lo cual implica, junto con la existencia del alma, todo un corpus religioso y filosófico.

Pienso que lo más valioso, al margen de la etérea confirmación legada por la historia (evidencias irrefutables, pero fácilmente doblegables), es precisamente la forma de encarar este legado tan estrechamente ligado a la naturaleza en la actualidad; sin sentenciar o sentar cátedra histórica a favor o en contra de este y otros pueblos circundantes. Es una posición algo distinta a la de Ellis. Somos nosotros quienes, de forma personal, revestimos dicho legado y lo convertimos en una realidad perpetua y valiosa. Pese a haber sido subrayado en unas culturas más que en otras, lo cierto es que no podemos desgajarnos en exceso del entorno que nos contiene (la Diosa Madre).


Respecto a la sabiduría de los druidas (VIII), en la mitología irlandesa, la invención del alfabeto es atribuida a Ogma. De esta se beneficia hasta el hiperbóreo, habitante de más allá del viento del norte, según la fábula griega respecto a unas tierras septentrionales bastante inaccesibles. Otros temas abordados en el volumen han de ver con la recurrente inmortalidad del alma y la metempsicosis (transmigración) pitagórica (VIII). Por su parte, a Tácito (c. 55-120) debemos acudir para indagar y recoger algunas de las tradiciones históricas más antiguas del mundo de los celtas. Son episodios interesantes y poco conocidos -qué casualidad- como el saqueo de Roma por, precisamente, los celtas, en 390-387 a. C. (Íd.). O los interesantes contactos temáticos con la poesía zen y las posibles semejanzas con el conocido y goloso haiku (no en métrica).

Incluso en la época del cristianismo primitivo, el dios pagano de la medicina era invocado como una autoridad legal (VIII). Versados en las artes de la videncia y la profecía, como en todo pueblo, los habría adelantados o con un don muy particular. Sus formas eran compartidas por las otras culturas europeas (Íd.). Lo que incluye la interpretación de los sueños. Al punto de considerar monumentos anteriores como Stonehenge o Avebury (Reino Unido), parte asimilada de la tradición celta (Íd.). O elaborar su propio calendario (de Coligny). A su vez, también se hallan correspondencias con los magi, la casta sacerdotal de la antigua Persia.

Y al contrario de lo que pudiera pensarse (y lo que se piensa suele ser puesto a menudo en tela de juicio por los datos objetivos), muchos druidas, en su transición al cristianismo, asumieron poderes mágicos (VIII), pues no se entendían contrarios a la nueva religión.


Conmovedor, incluso divertido, es el último apartado titulado Reviviendo a los druidas (IX), que advierte de la facilidad con que algunas mentes cándidas caen en la tergiversación, o en esa buenista sobredimensión con la que abríamos este artículo y Ellis cierra su libro. Fantasía desbordada e incluso abierta obsesión.

La gente sigue queriendo y necesitando tener un punto de anclaje rápido en la espiritualidad, porque en su búsqueda de la verdad y el sentido de la vida, prefiere respuestas simples (Íd.). Pero la espiritualidad hay que trabajarla. Cuando las religiones y las políticas tradicionales llegan a su fin, se abren nuevos horizontes, muy saludables aunque no exentos del peligro innato de una excesiva subordinación.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Otros mundos (XXVIII): La tercera ola, de Alvin Toffler

21 julio, 2021

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Hay libros que se convierten en generacionales y se pueden seguir leyendo con placer, porque deparan enseñanzas que no solo se refieren al pasado en que fue escrito, sino a nuestro presente. La tercera ola (The Third Wave, 1980; Plaza&Janés, 1981), de Alvin Toffler (1928-2016), es uno de esos libros. Comienza llamando la atención respecto a la situación de su presente, que sorprendentemente es el nuestro, porque las circunstancias de los setenta son, en buena medida, equiparables a las de 2021, por aquello de que el ser humano podrá adornarse con todos los cachivaches electrónicos que quiera que, en esencia, no cambia. Ya en su introducción, adelanta Toffler que los gobiernos del mundo están quedando reducidos a la parálisis o la imbecilidad.

Parece que este ser humano siempre ha estado en crisis (social). Una sorprendente pauta, pese a todo, potencialmente llena de esperanza (Introducción). Tendencias que parecen inconexas, de pronto se hallan relacionadas entre sí. No son fruto del azar, aunque sí de la necesidad (sobre todo de algunos). Aparte de que, con distintos carices, la historia se va repitiendo. ¿Cómo será la nueva civilización que nos aguarda? Vista en los ochenta y ahora (doble y divertido ejercicio), tras su El shock del futuro (Future Shock, 1970; Plaza&Janés, 1973), Alvin Toffler se afana en explorar ese territorio no tan ignoto de la prospectiva, puesto que teniendo en cuenta las características de las personas con cada nueva generación, no es tan difícil advertir algunos cambios; airear otros, desde luego, ya es de summa cum laude. Lejos del pesimismo autocomplaciente, sin dejar de advertir sobre el fanatismo real o la violencia regional (íd.), el autor se reivindica en las distintas potencialidades de un horizonte luminoso. El futuro ya estaba aquí.

¿Y qué hace un libro de sociología en nuestro apartado Otros Mundos, se preguntarán ustedes? Cierto que no pertenece a tal colección de Plaza y Janés, pero La tercera ola está repleta de sugerencias y hace referencia a un mundo por venir -todavía- y otro que se nos va. Se muestra en sintonía con nuestros anhelos y diatribas, y destaca por su carácter anticipador, aún sin sacar los pies del tiesto terrestre. Elementos suficientes, creo yo, que justifican la inclusión del ejemplar en nuestra ya nutrida sección. De hecho, la tercera ola que vamos a abordar sigue en marcha, y se corresponde con el paso de la Era de Piscis a la de Acuario; lo que no nos evita desbarajustes y sinsabores, se diga lo que se diga. En este y otros sentidos, el contenido de nuestro libro continúa siendo actual.

Alvin Toffler

Entre cambiantes pautas de energía, distinguimos tres olas o periodos socio evolutivos de nuestra historia. Una fase agrícola o primera ola (a partir de aquí las denominaremos con la nomenclatura del autor), una segunda ola, netamente industrial, y la que está empezando ahora (1970-80, en adelante). En feliz imagen metafórica que se afianza sobre unas anteriores bases sólidas establecidas. No obstante, la tercera ola no es una predicción objetiva, y no pretende estar científicamente demostrada. Aunque a las pruebas no remitimos, o no remitiremos (ya tenemos otro punto en común con nuestros Otros Mundos), pese a contar con abundantes y sólidas pruebas.

La introducción de Toffler es reveladora, y da paso al contenido de las tres secciones, distribuidas en veintiocho capítulos. El principio hermético de lo que es arriba es abajo es trasplantado al ámbito de la sociología, a la espera de formas distintas de trabajar, amar y vivir, que no erradican el personal esfuerzo en los quehaceres, la laboriosidad de relacionarnos o las consecuencias arduas del existir en este plano. Esta tercera ola exige gobiernos que sean más sencillos y eficaces si no se quiere entrar en conflicto estado-individuo (íd.). Es altamente tecnológica y anti industrial, en el sentido perjudicial de este último término y con matices muy claros respecto al primero, como veremos. Lo cual depara la confusión lógica de hallarse en plena confluencia. Así como en las placas tectónicas los choques provocan seísmos, la colisión de la segunda y tercera olas viene creando una serie de tensiones sociales, de las que, curiosamente, la cultura no impositiva continua en manos del individuo, si es capaz de zafarse de las consignas y doctrinas socio políticas o religiosas. El peligro existe: ese fanatismo y violencia a las que antes aludía el autor, y que se completa con una permanente tensión entre los que quieren mandar en todo y los que abogan por vivir su vida sin apostolados. Por eso, la aparente incoherencia de la vida política se refleja en la desintegración de la personalidad (Capítulo I). No en vano, una clave importante del texto la hallamos en la adquisición de conocimiento como potenciación de la personalidad, a nivel de individuo, arropado por lo grupal, pues nadie nace sabido, pero de clara sustanciación personal; esto es, un conocimiento no revestido de consignas ideológicas o autoayuda, aunque sin menosprecio de corte para quien, en verdad, necesite de esta última. De hecho, existe un orden oculto (I), lo que no ha de ver con el ocultismo, y sí con la capacidad de ocultación, en cuyo desenmascaramiento todos tenemos un papel que cumplir. Nuestros propios papeles privados en la historia (íd.).

Podemos ampliar el espectro psicohumano. Toffler analiza la interferencia que se da en la estrategia corporativa grupal, y los propósitos de nuestro propio desenvolvimiento personal. Ese sistema compartimentado que está ahí pese a no ser tan evidente (íd.). Algo que tal vez escapa a nuestros designios, con independencia de la herencia cultural recibida y los regímenes políticos heredados. Cambios que alternan la forma de vida de millones de personas (II). Con las debidas excepciones, pues nada es simple en la historia (íd.).


Si se sabe gestionar, cada época depara un aprendizaje, aunque para el ser humano, este se produzca lento -inexorable, si se está abierto-, y cuando llega, nos parezca que ya somos algo mayores. Aparte de que con cada nueva generación hay que volver a empezar. De ahí la tragedia de una especie que, a la fuerza, parece abocada a la dependencia, puesto que cada vez se desprecia más la adquisición del saber en favor de un adoctrinamiento en manada. Nada que atañe al ser humano es blanco ni negro, aunque las personalidades tóxicas existen. De este modo, Toffler no tiene reparo en señalar tanto lo bueno como lo adverso de la, por ejemplo, Revolución Industrial (segunda ola) (III). La diferenciación entre producción y consumo corre paralela a la escisión entre lo natural y lo sobrenatural, aplicada a destajo a partir del siglo XVIII. Como si pretender algo más nos alejara de la práctica de la razón. Una esquizofrenia que ya he manifestado en otros artículos y que, como Toffler confirma, deviene reduccionista. De la autosuficiencia pasamos a la dependencia, y así podemos ampliar el abanico a lo ideológico, y no solo a los bienes y servicios. Ello sin necesidad de caer en los tópicos anti capitalistas, de enorme estulticia. Pues la obsesiva preocupación por el dinero, los bienes y las cosas no es un reflejo del capitalismo o socialismo, sino del industrialismo (III; XX). Los que controlan el mercado ostentan una posición de poder excesiva en todos los ámbitos y regímenes. No solo se compran, venden y cambian productos, sino también trabajo, ideas, arte e incluso almas, en un divorcio entre producción y consumo que no debiera ser tal (III).

Al respecto, la más conocida y constatada amenaza de la segunda ola es la uniformización, y en esas estamos. Luego, la especialización y homogeneidad colectiva, en concentración metropolitana de ideas, articuladas por las más grandes, rígidas y poderosas organizaciones burocráticas que el mundo ha conocido jamás (IV). El poder difuso y sin apenas rostro.

De tal guisa mal hecha, el poder no descansa en la propiedad -razón por la que es tan atacada, sobre todo por los que atesoran propiedades-, sino en el control del proceso integrador: los coordinadores del sistema o anti-sistema. No es la propiedad lo que importa, sino el control. Sobre la materialidad y sus propietarios (V).

La persona no podrá zafarse nunca del prisma ideológico. Nace con él. Pero bien haría en dejar a cada cual el suyo (su servidumbre), sin imponerlo a los demás. Máxime para los que el estado pertenece a la burocracia (íd.). Al mismo tiempo, recelamos del poder, gobierne quien gobierne. Un poder debidamente parcelado en sustitución de la habitual jerarquía (subélites, élites y superélites, íd.).

Subyace un lógico optimismo por el advenimiento de la tercera ola, que en ocasiones puede recordar el exagerado candor e ingenuidad que para algunos depara la arribada de la antes citada Era de Acuario, pero en honor a la verdad, el mismo peculio cuesta ser optimista respecto a nuestras potencialidades que pesimista.


No hay mayor ironía que la de un político que al ser investido pasa a erigirse en un representante de sus votantes (VI), pero es lo que hay. Qué hablar de los países carentes de democracia. Hasta España está siendo advertida ahora por otros gobiernos mejor constituidos de la grave pérdida de libertades que se están fraguando. Las denuncias por atropellos al albedrío, el no sometimiento grupal e ideológico, ha crecido exponencialmente (VI). El engranaje político se combina y manipula de forma distinta en diferentes lugares (íd.). La libertad acaba cediendo terreno a una difusa seguridad político-estatal. Lo que Toffler llama el ritual de seguridad (íd.), al que se suman los movimientos nacionalistas (VII).

El progreso es inevitable. La supeditación a él no. La medida del tiempo, de la concepción clásica de este concepto como elemento cíclico, indohelénico, taoísta y demás, pasa a ser lineal. Con lo que de ruptura con los distintos ciclos pretéritos conlleva. Algo no siempre positivo. Lo mismo respecto al espacio. Pero nuestra vinculación con el tiempo del pasado no puede ser abortada. Alvin Toffler recuerda cómo el poeta romano Lucrecio (99-55 a. C.) expuso su teoría del átomo, inspirado en Demócrito (460-370 a. C.) (VIII), de igual modo que se hace mención al riesgo de los aerosoles en el ozono (IX). Datos objetivos. Algunos jóvenes saben de computadoras más que sus padres, sin embargo, los niveles escolares descienden en picado (XI).

Recuerdo muy bien, porque lo viví, la llegada de los computadores domésticos. El ordenador en las casas será tan habitual como un lavabo (XII). La publicación del libro coincide con este desembarco, y me refiero a la primera vez, no a los sucesivos cambios de formato que hemos venido experimentando desde entonces. Yo hablo de una auténtica parusía que iba a hacer al ser humano mejor (médicamente es incuestionable que así es), y más inteligente y más sabio, en inteligencia no mecánica. Más organizado y menos dependiente. Época de grandes esperanzas y fe en un futuro mejor. Hasta culturalmente se confirmaba dicho cambio. Una tecnosfera completamente nueva (íd.) se conjuntaba con innovadoras aplicaciones a la actividad económica, familiar, laboral, sanitaria… atenciones genéticas. Comunidades electrónicas, es decir, grupos de personas con intereses comunes. Empero, me satisface que en ello Toffler no eluda los peligros de la dependencia tecnológica, bajo el término -que me encanta- de los tecnorebeldes. Personas que no son necesariamente anti tecnológicas u opuestas al crecimiento económico, pero que ven en el incontrolado avance tecnológico una amenaza para ellas mismas y para la supervivencia global (íd.). Son parte vital de la emergente tercera ola. Distintos a un pequeño fleco de extremistas románticos hostiles a todo lo que no sean las más primitivas tecnologías de la primera ola, que parecen favorecer un retorno a las artesanías medievales y al trabajo manual (íd.). Alienados contra estos dos extremos existe en todos los países un creciente número de personas que forman el núcleo de la tecnorebelión, entre los fantaseadores de la primera ola y los defensores a ultranza de la tecnología de la segunda (íd.).


Lo que está claro es que vivimos en un sistema de pantallas, donde parece que ha de haber un intermediario en las relaciones humanas, que es la red, con sus distintos dispositivos. Esenciales en el trabajo, aunque no necesariamente para relacionarse con el que de verdad desea aprender. De ahí que el “estilo directo” siga siendo imbatible. Flaco favor ejercen los equidistantes, aquellos que contemporizan con todo. Tragan con lo que les echen. Son los temerosos de los dioses laicos, los dogmas inatacables de la nueva religión llamada corrección política. Soportes maquinales de la justificación, no tienen una mala palabra, pero tampoco una buena acción. Suelen estar más pendientes de las innovaciones técnicas que de las consecuencias que se nos acumulan. Nada les turba. Que llega otra disparatada ley, se limitan a acatarla, puede que a criticarla, pero siempre con la “boca pequeña”. Por algo allá van leyes do quieren reyes.

Sin embargo, ante situaciones adversas políticas y sociales no deben callarnos la voz. Solo que para alzarla se siguen haciendo necesarios, más que nunca, los conocimientos de causa. Y el conocimiento es el aspecto más dañado en esta etapa histórica de medias verdades y post-verdad. En efecto, aunque se nazca gritando, el grito maduro se ha de encauzar a través del discernimiento para no resultar estéril.

Cada uno de nosotros crea en su cerebro un modelo mental de la realidad (XIII). Sostenida por esos dispositivos a los que hacíamos mención. Alvin Toffler se hace eco de las posibilidades de la televisión por cable, incluida la fibra óptica (íd.) y constata los Video Games (sic), el procesador de textos, el nacimiento de nuevas profesiones y lugares de trabajo (XVI), grabadoras de video casetes y el correo electrónico (sic; XXVIII). Estos cambios revolucionan nuestra imagen del mundo y nuestra capacidad para entenderlo (XIII). Impregnan una nueva clase de cultura con imágenes más fraccionadas y transitorias. Frente a la masificación, se tiende a una mayor individualidad informativa. Al alterar tan profundamente la infoesfera, estamos destinados a transformar también nuestras propias mentes (XIV).

El hogar electrónico es el espacio partícipe de resonancias fantásticas y promesas de futuro por antonomasia. Un retorno a la industria hogareña sobre una nueva base electrónica, como centro de la sociedad familiar. ¡Y hay que ver lo modernas que son esas épocas (setenta y ochenta) en el desarrollo de esas nuevas perspectivas de habitabilidad! Resulta sorprendente lo mucho que debemos a los profesionales de aquel periodo, pues buena parte de lo que somos en la actualidad nació entonces. El trabajo en casa, aunque no se haya materializado a un nivel general, y haya sido más una imposición debida a las actuales necesidades, es una concreción que no deja de tener en cuenta que algunos trabajos requieren mucho contacto directo, o que ese desplazamiento puede ser prolongado y quizá penoso (XVI).

Familias del futuro: cómo no suscribir que lo que estamos presenciando no es la muerte de la familia como tal, sino la quiebra final del sistema familiar de la segunda ola (XVII). Donde tan importantes son las conmociones ambientales como las alteraciones en la información (XVIII). Corporaciones destinadas a objetivos múltiples se diversifican en líneas sociales, políticas y éticas, que habrán de convivir, junto a nuevas formas de medir y valorar las actuaciones, lejos del maniqueísmo correctivo político que nos agobia. Así sea.


Preferente es la relación con el consumidor, los sindicatos (dignos de ese nombre: los sostenidos por el dinero de sus afiliados), el significado de la producción, el horario flexible, las redes sociales (sic; XIX), la armonización enfrentada a la uniformización. No solo participamos en el nacimiento de nuevas formas organizativas, sino en una nueva civilización donde va tomando cuerpo un nuevo código (íd.). Vemos aproximarse un impresionante cambio que transformará incluso la función del mercado mismo en nuestras vidas y en el sistema mundial (XX). En el significado económico, global y personal, tecnológico, cultural, lo que está claro es que todo parte -y buena prueba de ello es este libro- de los mencionados años setenta. Los avances, anécdotas con nombres y apellidos, que Toffler desgrana en su extenso tratado, lo demuestran. Luego, las cosas se han ido desarrollando y mutando los formatos, pero los vientos de este vórtice estaban sembrados. El atrévase a hacerlo usted mismo, participe como sujeto activo y no pasivo de todos estos cambios, en el ámbito que mejor le cuadre. Estamos experimentando una conmoción histórica (íd.).

No estamos menospreciando la ciencia o las creencias religiosas, sino subsumiéndolas en aspectos teóricos muchos más amplios e integradores, lejos de las -a veces útiles- estrecheces de un laboratorio. Es la cultura de la tercera ola. Sin demérito de la libre elección, base de cualquier realidad participativa. Nos estamos moviendo hacia una noción de progreso mucho más amplia (XXI). Nuevos fenómenos astrofísicos nos aguardan y apasionan: el orden surgiendo del caos, todo esto ataca la vieja causalidad. Jung (1875-1961) tenía razón. Mucho de lo que parece anárquico no lo es (XXIII).

Pero cuidado. En el centro de la crisis está el torrente de modas seudo intelectuales (íd.). También el nacionalismo y las presiones secesionistas (XXII). Ejemplos de la quiebra disruptiva y de incultura. La tercera ola aporta nuevos problemas, junto al desarrollo de movimientos espirituales -no siempre limpios-, culturales y étnicos. El nacionalismo se ha quedado anticuado, impera el globalismo, sin merma de la idiosincrasia (porque singularidad tenemos todos). Las ideas nacionalistas son una consecuencia de la segunda ola. Un aspecto a superar. En la tercera ola se rebasan los límites nacionales, en el sentido de una más que nueva, renacida conciencia planetaria, antesala de una conciencia cósmica (íd.). El peligro es que del mismo modo que el nacionalismo pretendía hablar en nombre de una nación entera, el globalismo hace lo propio respecto a la totalidad del mundo (pensamiento único; íd.). La individualidad, que se entrega libremente a los demás sin perder la esencia, sigue siendo primordial para la supervivencia (mundial). Aún a trompicones, caminamos hacia un sistema mundial compuesto por unidades densamente interrelacionadas.

Tal vez sea posible combinar en las próximas décadas elementos del pasado y el futuro en un nuevo y mejor presente (XXIII). Un ciclo ecológico integrado.

Ahora bien, como estamos comprobando, la tercera ola no atañe solo a una revolución -revuelta parece a veces- tecnológica. La nueva civilización restructurará la educación, redefinirá la investigación científica y reorganizará los medios de comunicación (XXIV). Todo ello planteará sorprendentes, aunque no insolubles, problemas políticos y morales, así como una enorme presión sobre los individuos y las instituciones (XXIV). A las que se habrá de enfrentar el individeo (sic; íd.), en nueva definición de Alvin Toffler. Porque reestructurar esa educación, pongamos por caso, no es apoderarse de ella, mucho menos con fines políticos.


Drogas y depresión, dependencia tecnológica, pueden seguir formando parte de ese nuevo sentido de pertenencia en el que se acentúa la telecomunidad (XXV). Es decir, internet.

Puesto que la ausencia de estructura engendra derrumbamiento (íd.). Para conseguir que la civilización de la tercera ola sea cuerda y democrática, necesitamos algo más que crear comunidad: necesitamos proporcionar estructura y significado. Una mezcla entre aprendizaje abierto y tradicional. Toffler lo señala acudiendo a otra bonita metáfora, entre la ejecución clásica y la improvisación característica del jazz (XXVI)

No nos desasimos de las malas artes de la política. Más que ira, los ciudadanos están expresando repulsión y desprecio hacia sus dirigentes políticos (XXVII). Y sus correas de transmisión, por supuesto. Surgirán otras dramáticas crisis, para las que nuestra actual colección de dirigentes de la segunda ola -asomados ya a la tercera- se encuentren grotescamente carentes de preparación para resolverlas (íd.). Alvin Toffler alerta sobre la posibilidad de entregarse a un mesías político. La eficacia militar del Tercer Reich es un mito ridículo, como la presunción implícita de que un gobierno que dio resultado en el pasado ha de darlo en el presente o el futuro; cada etapa reclama cualidades de mando diferentes (íd.).

No escatima en advertencias. No puede representarse la voluntad general, por la sencilla razón de que no existe (íd.). Las instituciones existentes son -recalco el verbo en presente- inoperativas (íd.).

El capítulo XXVIII y último, se abre con una carta personal y pública dirigida a los Padres Fundadores de los Estados Unidos de América (por cierto, aprovecho para recomendar a nuestros lectores interesados la edición que de textos clásicos norteamericanos y europeos están llevando a cabo editoriales como Alianza o Página Indómita en español: John Stuart Mill [1806-1873], Thomas Paine [1737-1809], Isaiah Berlin [1909-1997], Karl Popper [1902-1994], Alexis de Tocqueville [1805-1859], Raymond Aron [1905-1983], Hannah Arendt [1906-1975], etc., imprescindibles). En efecto, se piense lo que se piense, cuando se piensa, acerca del futuro, prevalece en Alvin Toffler, como en otros tantos pensadores libres, un respeto hacia el pasado histórico allende las ideologías, de las que, como hemos visto, el autor se precave pese a su inevitabilidad. Es decir, hacia aquello que de bueno han dejado tras de sí nuestros antecesores; el conjunto de logros y disposiciones que están representados por símbolos constitucionales como la bandera de un país. Solo los ignorantes de esta historia son capaces de equiparar tales símbolos a una circunstancia concreta del pasado o una ideología, con desintegradora exclusividad. Esto se puede alcanzar sin necesidad de memorias ideologizadas impuestas al pensamiento de una población. Aunque claro, estamos en una época, 1980, donde aún existen medios para el debate (el debate, no la trifulca), en lugar del afianzamiento del pensamiento -partido- único, que forman parte del pesado y cada vez menos eficaz aparato de gobernantes supuestamente representativos (íd.). Quien lo dude, revise en España espacios como La Clave (RTVE, 1976-1985), y compare. El representante ya no se representa ni a sí mismo, determina Alvin Toffler en proféticas palabras. Bastaba, como basta ahora, con analizar la realidad, por muy acuosa que se nos muestre. Es lo que el autor, incentivando nuevamente el lenguaje, denomina democracia semi directa (íd.). A nuevas instituciones, nuevas ideologías, y no estancamientos en el pasado que incluyen las sempiternas utopías encaminadas a dirigirnos el futuro. Este es el punto de vista de Alvin Toffler que compartimos. Una ciudadanía instruida -no adoctrinada ciudadanamente- puede, por primera vez en la historia, empezar a tomar muchas de las propias decisiones políticas (íd.).


Doble lucha, por tanto, entre los propios partidos y sus componentes diversos (a la vista está), y entre estos y la inminencia de esta tercera ola. Lo que implica un nivel más elevado de conciencia individual y compartida. De este modo, Toffler no confunde el cambio político con el sometimiento a una ideología, máxime cuando esta es coercitiva y totalitaria (escribo estas líneas cuando el pueblo cubano pugna por su libertad, lo que por otra parte viene haciendo desde hace décadas). Esto sería ser barridos por la marea que estamos experimentando. Un fleco de seudo revolucionarios (íd.), donde campan a sus anchas los auténticos extremistas, típicos de la segunda ola, impositivos, anti espirituales (no confundir con lo religioso particular), detentadores de una moral superior, para los que ningún cambio propuesto es lo bastante radical (íd.). Sueños de revolución extraídos de las amarillentas páginas de panfletos políticos del pasado (íd.). Cuantos de los buenistas propósitos no han ido a darse de bruces con la ambición demagógica partidista y la supremacía personal.

Y esto se aprende desde pequeños, progresivamente, con la educación y buenos modales que han de inculcarse desde casa, se constituya como se constituya la familia. Donde hay respeto y cultura habrá libertad. Por eso la tercera ola -¡mucho menos una cuarta!- nada tendrá que ver con ningún movimiento socio-sexual sectario y de terminología excluyente, porque afectará a todos los seres humanos sin distinción de raza y sexualidad. Eso por lo que hemos estado luchando, y en cuyos ámbitos se ha avanzado desde hace cuarenta años (los descubridores de que la Tierra es redonda siempre me parece que llevan lustros de retraso).

Merece la pena defenderse donde no te puedes escolarizar en la lengua oficial del país y hay que atravesar las fronteras autonómicas; algo de película. No hay que extrañarse, respecto a la lengua, se empieza asumiendo el compañeros barra compañeras, anteponiendo la ideología política a la gramática, como bien ha señalado Darío Villanueva (1950), y se termina como casi todos sabemos. A algunos les gusta que se les lleve la marea entre ola y ola.

En resumen, debemos comprender tanto lo nuevo como lo viejo. Sin polarizaciones extremas. Alvin Toffler reclama una visión más integradora, incluso holística. Entonces y ahora. Como algunas personas, hay libros a los que no se le notan los años.

Escrito por Javier Comino Aguilera

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