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A ponerse series (XLV): Star Trek: Strange New Worlds (primera y segunda temporadas)

25 noviembre, 2023

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El principal inconveniente de una precuela como Star Trek: Strange New Worlds (íd., CBS-Paramount, 2022-2023), que toma su título de una de las frases iniciales con que daba comienzo la serie original, Star Trek (íd., NBC-Paramount, 1966-1969), es que se construye sobre una serie -valga la redundancia- de parámetros identitarios que se repiten, y que ya fueron establecidos y explorados, en mayor o menor medida, en el trabajo matriz. Aunque en la cronología de la ficción este haya dejado de ser el primero, pues los hechos de la presente se desarrollan con anterioridad. A ello se suma, sin duda, un mayor despliegue técnico, pero no necesariamente un mayor encanto.


Los parámetros pueden y deben ser reutilizados, puesto que ellos conforman el marco de referencia establecido por la serie, de antemano o sobre la marcha; su ambiente y características. Con los argumentos ya sucede algo distinto. Y aquí es donde Star Trek: Strange New Worlds tiende a la reiteración. Podemos concretar ambas vertientes en lo siguiente: un determinado número de personajes aislados en el espacio, que han de aprender a soportarse y convivir, a entenderse entre ellos mismos y con otras razas (primera temporada, episodio IV). Encuentros con estructuras alienígenas, lo que incluye la música como lenguaje comunicativo universal (II). Paralelismos terrestres con otros mundos y con su historia (I). Duelos de naves en el espacio (IV). Fenómenos evolutivos y atmosféricos (III). Emergencias médicas y virus contagiosos (III). Reconocimiento de las inteligencias extraterrestres (II). La determinación de carácter intuitivo del capitán del Enterprise (IV, etc.). Incursiones con la lanzadera espacial (II, IV). La fusión mental vulcana (IV), con el consecuente trueque de mentes (V). Encuentros con formas antropomorfas o monstruosas. Recreaciones de situaciones o conflictos del pasado (es decir, del futuro histórico), como la petición de mano vulcana y la “época Amok” de apareamiento (V). El reencuentro con antiguos amores y colonias alienígenas abandonadas a su suerte (VI). Los alegatos (discursos-resumen del capitán, V). La toma de la nave por manos hostiles, en concreto, las de una activista toca narices (Jesse Keitel), personaje que quiere ser “enrollado” pero se queda en insufrible, y hasta acosadora de las fuerzas del orden (VII). Un universo paralelo y otro opuesto al nuestro, junto a la representación a bordo de una obra de teatro (VIII). El encontronazo con los romulanos, en superposición a otro de los capítulos señeros de la serie original (X). La cotidianidad trastocada en inesperado caos (V). El debido permiso, por descanso del personal o reparaciones (V). Apariciones “estelares” de otras especies conocidas por los seguidores, como andorianos, tellarites, klingons, oriones, gorn (de morfología y aspectos argumentales demasiado parecidos a los de Alien: también emplean a los humanos como incubadoras), hasta una telaraña toliana. Incluso la participación de otros personajes esenciales de la serie original y sus secuelas cinematográficas, tales como Sybock (-), el hermano díscolo de Spock (VII), o el propio capitán James T. Kirk (Paul Wesley), junto a su correspondiente hermano, Samuel (Dan Jeannotte) (IX, X).


Tal vez con todo ello, la CBS TV haya querido quitarse la espina de haber rechazado en su día el desarrollo del proyecto original, ofreciendo lo mismo pero puesto al día; si bien, en algunas series y películas de ciencia ficción, el tiempo y el espacio no existen (quiero decir que siguen siendo actuales, estéticas aparte).

Como antes anticipaba, los huevos Gorn son un claro antecedente de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979) y Aliens (íd., James Cameron, 1986). Con niña (Ava Cheung) en peligro incluida: la teniente La’an de joven (Christina Chong). A ello podemos sumar escurridizas técnicas diplomáticas y traiciones insospechadas. Situaciones que resultan calcadas, pero expuestas con más medios. De este modo, más que una precuela, Star Trek: Strange New Worlds parece un reboot -un reinicio-, demasiado deudor y supeditado a las temáticas del pasado. Puede que a los espectadores más jóvenes esto les de igual, pero a mí no. Aquí es donde se halla, pienso yo, el principal hándicap de la primera temporada y parte de la segunda, en esta nueva serie. No obstante, justo es reconocer que al menos sortea con eficacia esa Espada de Damocles que todos soportamos en la actualidad en forma de lo políticamente correcto. El desarrollo también evidencia alguna que otra idea brillante -qué menos-, como la inclusión en la nave de la “costra”, la pieza más antigua del primigenio Enterprise, que los ingenieros rubrican con su firma (V). O la inclusión, formando parte de la nueva tripulación del Enterprise, de la descendiente del genocida Kahn Noonien-Singh (Ricardo Montalban), en la figura de la citada teniente La’an. También se sabe dar más entidad a la antipática y anti empática T’Pring (Gia Sandhu), la prometida de Spock (Ethan Peck).

Criado como vulcano por vulcanos, pero de madre terrestre (Mia Kirshner), Spock es, pese a todo(s), lo mejor de ambos mundos, el terrestre y el vulcano, aunque en un principio solo aparente encajar en uno de ellos (V). Él es la evidencia, a veces soportando la correspondiente carga, de la complementariedad de esos dos aspectos generalmente antagónicos, opuestos, puesto que los vulcanos son menos abiertos que los terráqueos. En definitiva, la doble naturaleza de Spock, siempre en pugna por no aparecer desdoblada (VI). En la Flota Estelar se me acepta como soy, confirma; es decir, como medio humano y medio vulcano (V). Un mestizo que, salvando las distancias siderales, habría encajado a las mil maravillas en el rutilante Imperio Español, como nos vuelve a recordar Esteban Mira Caballos (1966) en su nuevo y muy recomendable trabajo El descubrimiento de Europa (Crítica, 2023).


En este caso de racismo encubierto por parte de los vulcanos, que Spock también padece, somos nosotros, los humanos, los moralmente superiores. Un aspecto que también se trató en la previa Star Trek: Enterprise (íd., CBS-Paramount, 2001-2005). El problema de los vulcanos no es que carezcan de emociones, sino que las inhiben, como si fuera un estigma mostrarlas. Y como es lógico, algunos de ellos “estallan” (VII). Las emociones también son naturales, es irracional negarlo o retenerlas. También para los vulcanos, aunque su (antinatural) filosofía lo proscribe. Pero estos son los vericuetos emocionales de esta raza desde la trama original. La justificación la proporciona el propio Spock. Sin un control mental adecuado, las emociones vulcanas son peligrosas. La lógica neutraliza nuestra ira (IX). No parece lógico renegar de una parte de lo que uno es, salvo que esas emociones queden amplificadas por la naturaleza vulcana y constituyan un serio peligro para el resto de acompañantes. Esta es otra deriva interesante. Las emociones expresadas por los vulcanos resultan ser mucho más violentas, en consonancia con su mayor fuerza física.

Algo parecido sucede con la teniente comandante Una Chin Riley (apodada Nº. 1; Rebecca Romijn), que mezcla frialdad con calidez, aunque de una forma menos traumática. Sus problemas vendrán por una mera cuestión de normativa estelar. A Kirk lo contemplamos, como marcan los cánones de la serie, al mando de la Farragut (X).

Nos falta, como personaje principal, el capitán Christopher Pike (Anson Mount). Figura de liderazgo bien desarrollada y argumentalmente atractiva. Por ejemplo, es conocedor de su futuro (X), que como los seguidores saben, viene determinado por el capítulo La colección de fieras (The Menagerie, 1966) de la serie original. En puridad, un remontaje, junto con material nuevo, del primer piloto de la saga. Es, además, un capitán aficionado a la buena cocina. Lo que le da una dimensión no libre de limitaciones. Disponer de una vida familiar es un lujo que parece no estar al alcance de un capitán de la Flota Estelar (temporada II: IV), tal y como le sucedía -o le sucederá- a Kirk.


Aun así, vence el peso de unas similitudes con la serie-modelo que resultan cansinas; irritantes, que diría el señor Spock, a lo largo y ancho de la primera temporada (el robo del Enterpirse de nuevo, por amor de Dios), y parte de la segunda -si tal escisión cabe-. No obstante, esta última parece reconducirse hacia un rumbo más apasionante y personal, que deseamos confirmen las siguientes temporadas. Se inicia con el proceso a Oona, por ocultar información de carácter étnico en su informe de ingreso en la Academia y, consecuentemente, en la Flota. Por el mero hecho de ser iridiana (II: I-II). Un proceso legal más sagaz de lo acostumbrado, aunque no consiga zafarse de cierta moralina doctrinal, más de forma que de fondo, en cualquier caso. El personaje de la teniente Noonien-Singh también se enriquece. Evoluciona su carácter, demasiado cerrado. Se produce el inevitable reencuentro con los klingon, y con una materia tan necesaria para la nave como es el dilitio (temporada II: I). Así mismo, con una refinería de deuterio, y los seres que viven y se desarrollan en este medio (como después pasará con la horta y la silicona) (II: VI). Y el grano tritical, pero sin Tribbles (II: VII). Spock prosigue con sus retenidas emociones a flor de piel: esto sucede antes del Kolinar, la disciplina vulcana para erradicar -someter- dichas emociones por completo. Tal y como se abre la excelente Star Trek (íd., Robert Wise, 1979). Asistimos a nuevos vestigios de civilizaciones perdidas, anomalías energéticas, y seres que habitan una brecha espacio-temporal (II: V).

Por descontado, Star Trek: Strange New Worlds ofrece mejores decorados. No podía ser de otro modo. Los camarotes están mejor dispuestos, y el resto de los escenarios bien recreados, aunque como sucede con casi todo lo digital, pasan ante el espectador demasiado rápido, no da tiempo a disfrutarlos (excepción hecha de los citados camarotes).


En fin, en la segunda temporada seguimos viviendo de las rentas. Un nuevo juego con las líneas temporales alternativas, y experiencias de regreso al pasado. Vulcanos demasiado secos y categóricos (algunos humanos también, de tal palo…) Incluso la presencia de otro asesino viajero-temporal (III) -Un lobo en el redil (Wolf in the Fold, 1967)-. Aun así, ante una reescritura o puesta al día donde enseguida se suele hacer de noche, comienzan a aparecer, como anticipaba antes, algunas ideas titilantes, ya que Star Trek: Strange New Worlds avanza y resulta estimable cuando sigue sus propios vericuetos. Se repesca otra especie, los kerkhovianos (¿homenaje primigenio a Kirk?), en la lucha de Vulcano. La sospecha de un sabotaje, que nos remite a Aquel país desconocido (Star Trek: The Undiscovered Country, Nicholas Meyer, 1991). Y se nos invita a ser testigos de la esperada e inédita relación entre el teniente Kirk y su hermano Sam. O entre Kirk y la teniente de comunicaciones Uhura (Celia Rose Gooding). Otra buena deriva, por supuesto con sus raíces en la serie original, la encontramos en el cerebro humano como traductor universal de un alienígena, sin máquina interpuesta (II: VI).

Así mismo, destacan entre lo mejor de la segunda temporada las lagunas de memoria que resultan constitutivas del planeta Rigel VII y sus proximidades (IV). Con la consiguiente recuperación de los recuerdos de cada cual. La beca que se concede por medicina arqueológica, junto a la idea de que, ser humano no es vivir sin auto control (V). También las recurrentes visiones de Uhura (II: VI). El capítulo séptimo comienza a modo de dibujos animados. Dirige Jonathan Frakes (1952), uno de los actores y realizadores de la generación siguiente a la inicial. En este, unas alteraciones físicas han creado un portal temporal. El viajero espacial es, en esta ocasión, el alférez Boimler (Jack Quaid), de rasgos y comportamientos afines a la historieta, en la que seguramente es la ocurrencia más feliz de toda la serie (pues de un dibujo animado se trata, en su plano de realidad). El argumento y visualización se dan la mano con las aventuras animadas de 1973 y 74 (NBC).

Podemos añadir el encuentro con los oriones, donde se solventa el estereotipo de que únicamente son piratas o meretrices, con la suficiente pericia de no anular tales roles.

Tal vez otro de los personajes más sugestivos sea un embajador klingon retirado (Robert Wisdom), en conflicto con las cicatrices del pasado del doctor Josephn M’Benga (Babs Olusanmokun). En esta ocasión, el viaje al pasado está conformado por la experiencia previa de estos dos protagonistas, lo que les confiere una amarga profundidad en el futuro (su presente) (II: VIII). En cualquier caso, el modelo para el embajador klingon es el genocida Kodos el Verdugo de La conciencia del rey (The Conscience of the King, 1966).

Otro pliegue subespacial, rescata la idea de la comunicación a través de la música, ahondando en ella con inspiración, mientras pate de la tripulación permanece atascada en un campo de inestabilidad cuántica, que convierte al Enterprise en el escenario de un musical (II: IX). Es rizar el rizo, pero por lo menos se ofrece algo distinto. Finalmente, en el último capítulo de la segunda temporada se produce el ataque de los gorn a la colonia Parnaso Beta. Allí tomamos contacto con otro querido y sustancial personaje de la historia original y sus consecuentes películas. Me refiero al joven ingeniero Montgomery Scott (Martin Quinn). El episodio queda in media res, pero auguramos al señor Scott una larga y próspera vida.


Stra Trek: Strange New Worlds se ubica en la era dorada de la exploración. La misma que pudieron compartir Núñez de Balboa (1475-1519), Urdaneta (1508-1568) y El Cano (1476-1526), si nuestro desconocimiento y complejos no nos impidiera recordarlo. Solo que trasladado al espacio. Destaca igualmente en el reparto la presencia de la actriz Carol Kane (1952), como excéntrica adiestradora de ingenieros (es de raza lantanita), y otros personajes entrevistos en la saga inicial, como el almirante Robert April (Adrian Holmes) y, sobre todo, el facultativo Joseph M’Benga, antes citado. También Spock y su madre, o T’Pring y su familia (Elora Patniak y Michael Benyaer) (II: V), rituales “plasta” vulcanos incluidos.

Como también suele ser habitual desde los 2000, la banda sonora resulta en extremo sosa, salvo cuando parafrasea los temas clásicos de la serie, y en algunos pasajes muy determinados de suspense y misterio. Baste comparar el resultado con las recientes ediciones que de las partituras originales está haciendo el sello discográfico La La Land.

Cada vez estoy más convencido de que todo está en las tres temporadas de la serie original.
 


¡A ponerse series! (XLIV): Los hombres del SAS, de Ben MacIntyre, y adaptación para televisión

23 marzo, 2023

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Son irritantes, contestones, desatendidos en muchos aspectos, sin filtros. Me refiero a algunos de mis alumnos, pero bien podría referirme a los hombres del S.A.S. Esto, hasta que alcanzamos un óptimo nivel de comprensión y entendimiento mutuo. Personas así forman parte de los cimientos del futuro, como lo han venido siendo del pasado. No todo el mundo está hecho para los estudios. ¿Y qué es el S.A.S.? Fácil, el Servicio Aéreo Especial, una unidad británica formada en el norte de África en 1941, en plena contienda de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Reclutó combatientes de todo el mundo y estuvo activa de 1941 a 1945, siendo reformada en 1947 (el mismo año que se creó la C.I.A.). Aún sigue en uso y disfrute de sus respectivos gobiernos, pero es a este primer periodo que se circunscriben los hechos relatados en el presente libro.

Con lo expuesto no quiero decir que en la unidad no hubiera gente instruida, a distintos niveles, sino que parte del grupo estaba constituido por inadaptados y alborotadores. Incluso depravados, en casos extremos. Los despojos de las escuelas públicas y las cárceles (nota del autor, y frase recogida por la posterior serie, capítulo II). Su objetivo, las misiones clandestinas y vitales para el devenir de la guerra. Incursiones contra objetivos propuestos por el Eje.

 
Pero el estupendo libro del historiador británico Ben McIntyre (1963) trata del aspecto humano por encima de todo y en cualquier circunstancia. Nuestra capacidad para adaptarnos, establecer vínculos y sobrevivir, si es posible, a las situaciones más adversas e inesperadas. Este es un libro sobre el significado del valor (íd.).

El texto se divide en dos partes, las operaciones en el desierto, concretamente, en el norte de África, y las que acontecieron en Europa, hasta el final del conflicto bélico. La inauguración llegó con la llamada Operación Squatter, en la que participaron unos cincuenta y cinco soldados paracaidistas.

Pero antes de eso, lo primero que me llama la atención es el excelente retrato del carácter del jefe de la unidad, David Stirling (1915-1990) (capítulo I). Y el de su segundo al mando, John Steel Lewes, apodado Jock (1913-1941), un decantador y desencantado del nazismo, solitario y férreo. Instructor Jefe del llamado Destacamento L, como entonces se conocía a la unidad, e inventor de las “afortunadas” bombas Lewes, protagonistas por derecho propio de buena parte de las aventuras rescatadas por McIntyre -y otros autores no traducidos al español-.

Sobre el tablero también hormiguean el desinformador nato Dudley Wrangel Clarke (1899-1974), oriundo de Sudáfrica, y del que entre sus muchas peculiaridades estaba el deambular por Madrid vestido de mujer (!) (II). A ellos se suman el estadounidense Pat Rilley (1915-1999), el inglés Jim Almonds (1914-2005), ambos combatientes en Tobruk (Libia), el oficial inglés Reg Seekings (1920-1999), difícil de manejar; el teniente escocés Bill Fraser (1917-1975) y el irlandés Eoin McGonigal (1920-1941), estos dos, mis favoritos, por decirlo así. El más joven era el británico Johnny Cooper (1922-2002). Buen chaval. El más inestable y explosivo, el irlandés Robert Blair Mayne, Paddy (1915-1955), jugador de rugby y experto en el placaje mediante todo tipo de expresiones corporales y verbales.
 
David Stirling -derecha- junto a otros componentes
La individualidad y la confianza en uno mismo no siempre son muy valoradas en el ejército (III). Y precisamente, el texto de McIntyre es la suma de una serie de individualidades, de talante acuoso, aéreo, terreno o fogoso, en función de las distintas personalidades. Lo hemos señalado en multitud de ocasiones y lo repetimos. Sin individualidad no puede haber colectivo. Todo intento de colectivizar al individuo, lo despersonaliza. El destacamento se establece en Kabrit, al este de El Cairo. Sus integrantes debían ser polivalentes: conductores, mecánicos, experto en explosivos, cartógrafos… Nunca sabe uno de dónde puede surgir un grupo de élite. Con apenas cien hombres, se crea la unidad, dirigida por Stirling, pero bajo el mando del general Claude Auchinleck (1884-1981).
 
La primera incursión llega bajo el nombre de la citada Operación Squatter, que acaba en desastre a causa del clima (una tormenta de arena y un diluvio). Y las primeras y lamentables bajas (IV). Pese a todo, nadie da su brazo a torcer, y se advierte la importancia e influencia de la unidad. Pronto surge la asociación con el LRDG (Grupo de largo alcance terrestre del desierto), para poder llegar a los lugares por tierra, en lugar de por aire, y ser evacuados de forma más conveniente (V). Una de sus esporádicas bases la hallarán en el oasis de Jalo, al oeste del Gran Mar de Arena en Libia. Su intención es atacar los aeródromos de Sirte y Tamit, junto con otros dos, dividiéndose en cuatro contingentes (VI).

La muerte va visitando a unos y otros. Eje y Aliados. Las nuevas incursiones y ataques aéreos, entre ellos, uno alemán al convoy del Destacamento L, cuestan la vida a muchos de estos valerosos muchachos. Siempre en la brecha, queda establecido el lema del destacamento, quien arriesga gana; su definitiva nomenclatura (S.A.S.), y sus insignias, símbolos de una hermandad privada (VII). El S.A.S. estuvo implicado en la primera operación anfibia, frente a las costas de Bouerat, en Bengasi (Libia), y se nutrió con la sabia de un equipo de paracaidistas franceses al mando del general Georges Bergé (1909-1997). Haciendo millas, se afianza el entendimiento entre David Stirling y Paddy Mayne, los dos principales responsables. Surge así un nuevo puesto de control en el oasis de Siwa (Egipto), con el fin de fortalecer la República de Malta, base aliada entre Gibraltar y Alejandría. Como decía Winston Churchill (1874-1965), si Malta se perdía, se podía perder África; y si África se perdía, se podía perder la guerra.
 
 
El gran tour de force es el ataque a Bengasi (VIII). Cuando este se concreta, misión divertida pero infructuosa, el equipo cuenta con la presencia de Randolph Churchill (1911-1968), el hijo del Primer Ministro Winston Churchill. Finalmente, Randolph ha de abandonar el destacamento por una lesión de espalda (en las vértebras) (IX).
 
Junto a la esporádica y bien acogida ayuda de William Stirling (1911-1983), hermano de David, el S.A.S. se beneficia de la incorporación de un médico, Malcolm James Pleydell (1915-2001), y del capellán Fraser McLuskey (1914-2005), imprescindible por su contribución de campo y por legar unas sustanciales memorias. O Bob Lilley (1914-1981), el estrangulador del desierto.

Más controvertida es la presencia de otros personajes singularísimos, como Herbert Brückner, Buck (-) y Walter Essner (-), especialistas en hacerse pasar por alemanes, debido a su ascendencia, y no revelaremos más.

Los objetivos son ahora Derna y Martuba (Libia), para afianzar el dominio aliado en la referida isla de Malta.

Tras la inesperada muerte de uno de los integrantes, Georges Jellicoe (1918-2007) es transferido como segundo al mando. Entre tanto, el equipo francés acomete el asalto al aeródromo de Heraclión, Creta (Grecia) (X).

A estas alturas, las hazañas de Stirling, en parte leyenda, eran un elemento fundamental de la moral militar británica (XI). Aunque, como nada permanece en su sitio para siempre, cada vez se hace más difícil atacar los aeródromos. Entre los prisioneros del S.A.S., y no hubo muchos, se contó el médico alemán Markus Luterotti (1913-2010), que llegó a establecer un curioso vínculo con los soldados de la unidad... antes de escaparse. En los altos mandos, Harold Alexander (1891-1969) sustituye a Auchinleck, pero el S.A.S. sigue tan operativo, que uno de los capítulos más apasionantes que narra McIntyre, no tuvo lugar en las arenas del desierto, sino en los salones de Egipto, y fue el encuentro de David Stirling con Winston Churchill. Una charla que garantizó el futuro del destacamento.

A pesar del tibio resultado en Tobruk y Bengasi, y dejar a varios heridos atrás para su consternación, al tener que trasladar el campamento, Stirling fue ascendido a teniente coronel, y el destacamento alcanzó el honorable estatus de regimiento (XIII). Tras caer en una emboscada y ser hecho prisionero, Jim Almonds fue partícipe de dos intentos de huida del enemigo antes de reincorporarse al regimiento.
 
El S.A.S. en Francia
De aquí a El Alamein (Egipto), en plena disputa entre Erwin Rommel (1891-1944) y Bernard Montgomery (1887-1976). En este escenario se enmarca la odisea del soldado del S.A.S. John William Gillitoe (-) y su arriesgada travesía por el desierto, tras ser atacada su unidad de noche. Y el episodio del espía John Richards (1918-1946), soldado del ejército británico y fascista consumado. O la creación del S.A.S. 2, a cargo de William Stirling, recordemos, el hermano de David (que entre tanto había sido hecho prisionero: el S.A.S. originario queda ahora en manos de Paddy Mayne. David será liberado al final de la contienda, nada menos que de Colditz) (XIV).

Sobreviene la invasión de Sicilia (Italia), el diez de julio de 1943, el contingente de ataque anfibio más grande hasta el Desembarco de Normandía, el seis de junio de 1944. Junto al S.A.S., en ella intervienen los ya míticos Octavo Ejército (del inglés Montgomery) y el Séptimo Ejército (del norteamericano Patton). De esta manera, el ocho de septiembre de 1943, se produce la capitulación del gobierno italiano (XV). El S.A.S. ha dado el salto a Europa.

Fusilados resultaron veintiocho miembros del regimiento, tras haber dificultado el avance de los panzer e infligido numerosos daños a las redes viarias y carreteras alemanas, en lo que se denominó la Operación Bulbasket, con incorporación de maquis franceses y otros miembros de la Resistencia (XVI).

El escenario que anticipa el fin de la guerra cada vez parece más enrarecido. Por todas partes había espías, reales o imaginarios (XVII). McIntyre insiste en que el auténtico valor de las misiones del S.A.S. radicaba en su impacto (no cuantificable) en la condición humana (XVIII). A los miembros fundadores, se añaden el irlandés Roy Farran (1921-2006), del 2º S.A.S. (XIX), el capitán de ascendencia holandesa Henry Carey Druce (1921-2007), y su sargento Kenneth Seymour (1921-2004), puesto en entredicho en la Operación Layton (en Alsacia-Lorena). Farran llevó a cabo su ataque al centro de mando del cuerpo LI alemán, cuando el fin de la guerra en suelo italiano estaba a punto de concretarse (XXI). Todos coinciden en que el último movimiento de la guerra fue el peor. El S.A.S. pisa suelo alemán el 25 de marzo de 1945 (XXII). Poco después se producirá la traumática liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen (Baja Sajonia, Alemania), por el aplicado, indisciplinado y valeroso regimiento (XXIII). Nada podía volver a ser lo mismo.
 
Imagen de la serie
El S.A.S. dejó de existir oficialmente en octubre de 1945, pero fue vuelto a fundar en 1947, como señalaba al comienzo. Tras la guerra en Europa se procede a la debida investigación de los crímenes de guerra, en la que también participaron algunos miembros del S.A.S. (con inclusión de la tabla ouija para localizar cadáveres) (XXIV).

Existe un epílogo en el libro, que nos da cuenta de la vida de quienes nos han venido acompañado a través de las páginas de tan apasionante libro, una vez ha transcurrido su tiempo en el S.A.S. En la mayoría de los casos resulta deprimente proseguir con algunas biografías, pero existen excepciones. Que no daría yo por haber podido tender una mano a Bill Fraser.
 
Así, llegamos a la plasmación en imágenes propuesta por la reciente serie Los hombres del S.A.S. (S.A.S.: Rogue Heores; BBC, 2023). Escrita por Steven Knight (1959), responsable de la serie Peaky Blinders (Íd.; BBC, 2013-2022), en torno a lo expuesto en el libro de Ben McIntyre. El primer encontronazo como espectador lo encuentro en una narrativa dominada por cierta chulería verborreica, y una marcialidad impostada, en conflicto directo con los aspectos humanos mejor descritos en el libro. La visión que ofrecen de sí mismos algunos de los protagonistas, también me parece distorsionada. Los altivos “discursos de pose” acaban por asfixiar la soltura de la espontaneidad (resultan demasiado escritos). El lenguaje barriobajero traducido (doblado al español), más afín al siglo XXI que al XX, tampoco ayuda a motivarse y entrar en situación. Son actitudes y líneas de diálogo expuestas sin la sencilla gracia de la picaresca: esta resulta demasiado solemne, confundidas las réplicas agudas con el nihilismo más cargante. Hasta la petulancia hay que saber dialogarla (y ponerla en escena). Heroicidad por testarudez. De tal modo que el don de gentes de Stirling, claramente descrito por McIntyre en el libro, se ve persistentemente neutralizado. Los altos mandos son unos capullos integrales, y los sin escolarizar, los cimientos díscolos de la nación, en lo que es un acto de maniqueísmo sofocante.

Con todo, lo cierto es que la serie toma aire con los diálogos entre personajes, más que con estos monólogos lanzados al aire y apelmazados, donde el engreimiento resulta artificioso, sin la chispa caballeresca del clasicismo (actual o pretérito).
 

El primer capítulo se centra en la toma de Tobruk. En Egipto, los tenientes David Stirling (Connor Swindells), Jock Lewes (Alfie Allen), y Paddy Mayne (Jack O’Connell), se reunifican, tras andar desperdigados, con objeto de crear un nuevo contingente de ataque y acabar con su monotonía vital e inactividad guerrera. Su principal objetivo en estos momentos iniciales parece sintetizarlo Stirling cuando asegura que nunca más volveremos a replegarnos (por el sempiterno cambio de manos del puerto de Tobruk). Avanzar hacia donde sea, pero avanzar. Los cimientos de la unidad, endebles y robustos a un mismo tiempo, han quedado establecidos.

Sin embargo, se corre el riesgo, desde mi punto de vista, de convertir ciertos capítulos en un falso diario de campaña, por quedarse meramente con lo más vistoso: el espía Dudley Clarke (Dominic West), agente secreto travestido, sin que se nos aclaren sus motivaciones, creador de la Brigada Fantasma que luego se materializará en el contingente del S.A.S. La serie incorpora además un personaje femenino de ficción, una periodista y enlace que termina como Jefa del Servicio Secreto Francés en El Cairo, Eve Mansour (Sofia Boutella). Nada se añade con este personaje, salvo que puede resultar tan insolente en sus réplicas como algunos de los otros (no es lo mismo independencia que impertinencia). No obstante, se le endosará a David Stirling. Al fin y al cabo, una carga más que importa. Buenas líneas de diálogo las tenemos cuando Paddy Mayne anuncia, con su proverbial sinceridad, que nunca he matado pájaros. O Stirling abogando a que no tendremos que responder (de sus acciones) ante nadie. Lo cual se revela falso, como ya hemos tenido ocasión de constatar. Sí tendrán que rendir cuentas, ante sí mismos, en primer lugar, y luego ante sus superiores (totalmente descafeinados en la serie). De esta guisa, queda constituida la Primera Brigada del Servicio Aéreo Especial (II).

No puedo evitar pensar que cuantos más medios digitales tenemos, peor salen las cosas a un nivel cinematográfico (en televisión o en una pantalla de cine). Cada vez es más raro hallar películas o series cohesionadas en todos sus aspectos, cuando casi se ha perdido el arte de dialogar, no digo ya saber dirigir, e incluso producir (cuando el productor es la “estrella”, a ver quién es el guapo que lo llama al orden cuando está equivocado). De la música, mejor ni hablar. En el caso que nos ocupa, roquera pero facilona (lo lamento).
 

Pese a todo lo dicho, mentiría si dijera que en la adaptación no hacen acto de presencia una serie de momentos bien conseguidos, tanto a un nivel argumental como visual. Lewes y Stirling frente a una mesa de billar, desplegando su propio futuro (I). Dos caracteres contrapuestos pero sincronizados en un objetivo común, y cierta inconsciencia valerosa, que es lo que los hace, sino únicos, sí muy especiales. La voz en off de los distintos paracaidistas antes de su primer salto, en la que va a ser su primera -y frustrante- misión, cargada de aspiraciones (III). La tonada Para Elisa (Für Elise, 1810), de Beethoven (1770-1827), que enlaza con los sentimientos de dos de los protagonistas, Paddy Mayne y Eoin McGonigal (Dónal Finn); el aliento épico que se desprende de la imagen de la mano de otro de los personajes, emergiendo inerme en la arena (íd.). La matanza en el hangar de Tamet, la competición por objetivos alcanzados entre los distintos equipos del S.A.S., la búsqueda de la tumba improvisada de un querido compañero, con el que se ha muerto en parte (íd.). El entrenamiento con los franceses, a cargo de Georges Bergé (Virgile Bramly) (IV), y en general, la incursión a Bengasi, punto por punto narrada por McIntyre (V); o en fin, la entrevista con Winston Churchill (Jason Watkins) (VI). Así mismo, la fotografía, del danés Stepahn Pehrsson (sic) (1975), resulta adecuada en todo momento.
 
Los hombres del S.A.S., como serie, se centra en el entramado de actividades de un regimiento que ya forma parte de la historia, con todos los atípicos honores, en el norte de África. Con lo cual supongo que sobrevendrá una segunda temporada centrada en la otra parte del libro, esto es, en las actividades en suelo europeo que antes hemos señalado de forma somera. Deseo que los desarreglos estructurales de la primera temporada se solventen en lugar de incrementarse. Los héroes del S.A.S. lo merecen.
 
Por cierto. Qué bien saben contar los ingleses su historia, y qué regular lo hacemos, cuando lo hacemos, los españoles. Envueltos en la coraza de lo ideológico, en lugar de lo histórico y audiovisual.

Escrito por Javier Comino Aguilera




¡A ponerse series! (XLIII): Verano azul, de Antonio Mercero

15 agosto, 2022

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Me encantan los libros de Yo fui a E.G.B. (Plaza & Janés, 2013-2016), firmados por Jorge Díaz (1971) y Javier Ikaz (1978). Conforme va pasando el tiempo, me siento más orgulloso y feliz de haber pertenecido a una época repleta de referentes culturales y populares. Al punto de que si me preguntaran hoy si me gustaría tener diez o quince años menos, al precio de no haber vivido aquellos años, la respuesta sería un rotundo no. El futuro me atrae solo a ratos, y está mejor expuesto en las películas clásicas de ciencia ficción. Hay quien se limita a criticar tal etapa del pasado, que ya hace falta ser maniqueo, pero los ochenta llegaron para quedarse, les guste o no. Advierto que los jóvenes lo asimilan, sin dejar por ello de vivir el presente, con las ventajas -algunas- que este les depara.

Pero desde un punto de vista personal, ¿cómo no sentirse identificado con las emotivas imágenes congeladas de lo que ha conformado tu vida? ¡Por no hablar de las que aún siguen en movimiento, como las de Los Roper, Benny Hill (1924-1992) o El Equipo A! Porque nuestra generación fue la primera estrictamente visual, de la que quedan documentos por doquier. A ver, ¿cómo no enternecerse ante El Libro Gordo de Petete, los relatos de Los Cinco, los deliciosos Don Miki o las sugestivas intervenciones ilustradas de José Ramón Sánchez (1936)? ¿Cómo no sentirse parte del cordón umbilical que deparan los chicles cheiw, el pan con mantequilla y chocolate, la cartera del cole, los cardados, las canicas o el frigurón?

Por las páginas bien nutridas de los cuatro volúmenes de Yo fui a E.G.B. desfila buena parte de mi vida: la infancia y la adolescencia.

Hacía muchos años que no la veía; ni recuerdo cuántos. Pero lo que sí recuerdo, curiosamente, es cuando se estrenó Verano azul (RTVE, 1979-1980; emitida al año siguiente), y el grato impacto que supuso de cara al espectador, sobre todo joven. Impacto no aislado, pues en aquella época de hallazgos y revelaciones, y un innegable avance social y tecnológico (salvo por aquellos necios que piensan que la democracia ha nacido únicamente cuando ellos han accedido al poder), la calidad de muchas producciones televisivas y el desfile continuo de estímulos de todo orden, era sorprendente. A vista de hoy, porque en aquellos días, para nosotros esto era lo más natural. Es luego cuando nos hemos dado cuenta de que vivimos algo muy especial. Hablo de la esfera cultural y social en su conjunto, por supuesto. Problemas los ha habido siempre y -me temo- los seguirá habiendo.

De hecho, según los estudios técnicos, como el Informe Mundial sobre las Drogas, ahora existe mayor producción y consumo que antes. Y no solo por el aumento de la población. Más aún, el empobrecimiento de la clase media es brutal. Lo que deriva en un nivel de incultura rampante, de gente carente, no ya de los más elementales conocimientos, sino de los más elementales modales: dejación de los padres, cuando los hay. Y sin ganas de aprender, que es lo peor. Textos doctrinarios y coyunturales tratan de echar una mano –al cuello- en la Selectividad, en el lugar que antes ocupaban Cervantes (1547-1616), Calderón (1600-1681), Lope de Vega (1562-1635), Emilia Pardo Bazán (1851-1921), o Galdós (1843-1920)… autores que, entre otros tantos, enseñan a pensar y a ser libre. Los nuevos catecismos son los libros de texto, el dogmatismo identitario y el ecologismo ultra. Así las cosas, a la impartición de la enseñanza solo se van a querer apuntar los sectarios, porque estos tienen el terreno abonado; los demás, somos lo más parecido a la Resistencia durante un conflicto bélico. Lenguaje inclusivo, que es el más excluyente que imaginarse pueda, perspectiva de género hasta en las matemáticas, y un triste etc. Algunos parece que se han dado cuenta ahora, como si no hubiéramos visto la sarta de disparates expuestos desde las tribunas -me niego a llamarlas de oradores-, o en la mayoría de dichos libros, desde hace décadas. Estoy de acuerdo con el ensayista Jordi Canal (1964) o la cantante Olvido Gara, Alaska (1963), entre otros artistas y analistas, en que algo se quebró a partir del 92. El principio del fin, en más de un sentido.


Un cambio de rumbo evidente que desemboca en el actual callejón sin salida. Muy florido de intenciones, pero de escasa factura dialéctica, tal y como la teorizaban los mismos clásicos que, por algo, han quedado excluidos de la nueva ideocracia. Cuánta razón tenía Platón (427-347 A.C.), todo esto acaba derivando en el gobierno de los más inútiles, salidos de quicio, añado yo. Ahora que el mundo está cambiando de forma vertiginosa, no sé si a mejor, pero sí sé que sin la gracia de antaño, es un buen momento para tomarse un sensato descanso y volver a las raíces. Por ejemplo, la voz en off de la pintora y, de alguna manera, convaleciente del corazón, Julia (María Garralón). Es ella la que, en retrospectiva, ilustra el inicio de Verano azul en su primer capítulo, poniéndonos en escuetos antecedentes. Lo demás, vendrá dado por la narración a tiempo real. Al final de la serie, volverá a prevalecer el punto de vista de ella; sobre todo en el último episodio, el de la despedida.

Siguen pareciendo frescos y elaborados los guiones, cuyo fundamento principal es el diálogo. No en vano, los libretos fueron escritos por Horacio Valcárcel (1932-2018), José Ángel Rodero (1946), y Antonio Mercero (1936-2018), encargado de ponerlos en escena. En este sentido, destaca algún momento apreciable de realización a lo largo de la serie, de esos en los que no se hacen necesarias las palabras. Como cuando los chicos reaparecen sobre la cubierta de La Dorada, arropando a su baqueteado amigo Chanquete (excepcional Antonio Ferrandis), en el capítulo número diecisiete. Iremos señalando algunos instantes más.

Ya en esa primera de toma de contacto, Julia nos habla desde su futuro de un verano tan rico en imágenes y tan lleno de vivencias con aquella insólita pandilla. Para incidir luego en que me gustaría que este verano no acabara nunca (capítulo X: sigo el orden establecido por la edición remasterizada en DVD).


La rivalidad entre Javi (Juan José Artero) y Pancho (José Luis Fernández) queda establecida también desde el principio. Al igual que los cimientos de su sólida amistad. El resto de integrantes de la pandilla serán Beatriz (Pilar Torres), su amiga Desita, o Desi (Cristina Torres), el hermano pequeño de la primera, Tito (Miguel Joven), su amigo de confidencias y ensoñaciones Manolito, apodado Piraña (Miguel Ángel Valero), y Enrique, o Quique (Gerardo Garrido). Javi es hijo único, y Desi lo es de padres separados.

Por su parte, Chanquete ha echado el ancla hace algún tiempo. Como él mismo dice, yo que estoy de vuelta, en algún punto me he de encontrar con los que vienen (XIII). Chanquete cuenta con la bienhumorada compañía de su acordeón, y sus encuentros con el dueño de una tasca, Frasco (Fernando Sánchez Polack), el aprensivo Buzo (Antonio Costafreda), o el farero del lugar, Vicente (Manuel Pereiro). Por cierto, que las piezas que Chanquete interpreta al instrumento fueron compuestas por el músico granadino José Molina Molero (-), siendo el resto de la banda sonora autoría del vasco Carmelo Bernaola (1929-2002). Soledad en parte buscada pero que se ve disturbada con el desembarco de la tropa procedente de la capital. Los chicos pronto entablan relación con Julia y Chanquete. Este vive en el citado barco La Dorada, convertido en vivienda y alojado en lo alto de un cerro cultivado. Los chicos también dispondrán de su propio refugio al aire libre, la Cala Chica (Caleta de Maro, en Nerja). Siendo el hermoso Balcón de Europa, en la misma localidad, su centro de operaciones.

La acción transcurre -de forma un poco apretujada- a lo largo de un mes de agosto. Mes de vacaciones, en un pueblo sin especificar, pero que responde a las antedichas señas de la población malagueña de Nerja (España). Con algunas localizaciones añadidas de Almuñécar y el puerto de Motril, en Granada. Sin ir más lejos, la cabecera con los rótulos.

También los progenitores poseen y hacen alarde de su idiosincrasia, aquí y allá (pues el foco narrativo es el de los muchachos). A las primeras de cambio -el primer tropezón-, Javi es advertido por su padre con las siguientes palabras: selecciona bien tus amistades (I). Luego sabremos que el competitivo y algo exclusivista Javier (Manuel Gallardo), hombre luchador y forjado a sí mismo, tiene su corazoncito (XII). Como todos los papás y mamás. Sin embargo, la relación de los chavales con la pintora y el experimentado y algo filósofo marino (de los arropados por Azorín [1873-1967]), provoca algunos celos entre los progenitores, que se encuentran en esa fase en la que están aprendiendo a conocer a sus hijos, en ese tira y afloja que conlleva el acercarse e inhibirse.


Pero los lazos, todos, se afianzan con las dificultades.

No me atraen los análisis sociológicos aplicados a las películas cuando solo se quedan en eso, prescindiendo de la observación cinematográfica. Pero he de admitir que el reflejo del tal como éramos resulta poderoso. Da igual si aquí o allá. Es materia consustancial al cine y el resto de manifestaciones audiovisuales. Como sucede en buena parte con los libros. Los temas tratados fueron muy diversos. De gran calado, pero apropiada y amable singladura, ya que los guiones procuran huir de la retórica vacía, sin embarrancar en los arrecifes de la corrección política. Cuando los chicos hablan de lo suyo, esto no carece de importancia. Lo que me recuerda el ritmo cadencioso de la narrativa. Algo que puede ser tachado de morosidad por quienes se han criado en la posterior etapa de imágenes desbocadas y yuxtapuestas. Por lo general, mucho más vacías -o saturadas- de contenido, sin tiempo ni pausa para asimilar los conflictos o, simplemente, disfrutar de lo ofrecido (lo mismo sucede con los documentales de entonces y de ahora, con excepciones). Antaño había que entretenerse sin los móviles, todavía se miraba al cielo, aun para vislumbrar una “burbuja luminosa”, y se podía aparcar casi en cualquier parte. Era un tiempo en el que la gente se vestía lo mejor posible incluso para ir al mercado, donde al tiempo mismo no había que matarlo, y en el que las bicicletas eran para todo el año. Y vaya si nos entreteníamos. Con qué poco nos conformábamos a la hora de pasar el rato. Como evidencia el capítulo catorceavo, cuando la inoportuna -pero cada vez más añorada- lluvia de verano, forzaba a usar la imaginación y tirar de disfraces, ponen los chicos por caso. Es divertida la imitación encubierta que Javi hace del malogrado Nacho Dogan (1952-1990) y de Miguel Bosé (1956), de paso. Poco más que gusanitos, cortezas y patatas fritas. A lo que se suman los susceptibles cuchicheos entre chicas y las actitudes jactanciosas en general, las gramolas rockola y las máquinas recreativas, los radiocasetes, los merenderos o chiringuitos varados en medio de la playa, las sandalias de plástico duro y translúcido, las casas con fachadas encaladas de blanco -que repele el calor-, las calcomanías, las mirindas y los carritos de helados Avidesa o La Ibense, que según tengo entendido, es la compañía de sorbetes española más antigua.

Otras imágenes refrescan mi atención, como la de los chicos (Pancho, Javi y Quique), compartiendo un helado, como si fuera un pitillo (X), Piraña y Tito jugando en la calle, donde han dibujado el típico esquema con tiza (XI), o cazando lagartijas con Pancho (III), la caja verde de hojaldradas Cuétara (XIII), un póster de Los Ángeles de Charlie (Charlie’s Angels, 1976-1981) (XVI), la contraportada con el póster de la psicotrónica Supersonic Man (Íd., 1979), de Juan Piquer Simón (1935-2011) (VI), las mamás haciendo ganchillo (Elisa Montés y la excelsa Helga Liné) (VII), la inolvidable canción Song for Guy (1978) de Elton John (1947), que suena cuando Jorge (Carlos Larrañaga), el padre de Desi, entra en las redes de un club nocturno (VIII), la presencia de cabinas telefónicas, en algunas de las cuales distinguimos un poster de Tip (1926-1999; hermano de Fernando Sánchez Polack) y Coll (1931-2007), en un anuncio de la Páginas Amarillas, creo distinguir.

Otrosí. El cine de verano, toda una institución playera, donde se proyecta No os comáis las margaritas (Please, Don’t Eat the Daisies, Charles Walters, 1961), el recitado de un poema de Walt Whitman (1819-1892), que enriquece el capítulo noveno, Piraña ojeando uno de los volúmenes de la enciclopedia Monitor (1965-1973) (X), Javi leyendo a su vez Diez negritos (And Then There Were None, 1939), de Agatha Christie (1890-1976), en edición Molino, por supuesto… Ese jinete enmascarado que aparece en la playa montado en una yegua blanca, porque desea hacer realidad el sueño de una noche de verano (III); otro de los puntos álgidos de la serie.

Perdonen la miscelánea. No lo puedo evitar, porque ha sido mi mundo. Es más, el mundo al que me gustaría regresar, siquiera por un día.


En cuanto a los temas abordados, descuellan la relación de autoridad entre padre e hijo, donde una torta a tiempo no es lo mismo que una torta injusta (XII), la violencia y vandalismo de las bandas; es decir, la necesidad de pertenencia y el exceso de chulería (XIII), el fenómeno fan, en plena efervescencia Aplauso (1978-1983) (XV), el divorcio que vino (VIII), los celos amorosos (VII), la aceptación, no forzada, de alguien que vive de forma distinta a la nuestra, y que decide tener su descendencia como madre soltera (IV), el ecologismo, agravado por el hecho de que los padres apenas pasan tiempo con los hijos, ni siquiera en vacaciones (lo que no están tan mal, teniendo en cuenta el estado de sobre-protección que hace que en la actualidad el hacerse un corte en un pie sea motivo de hecatombe) (II). O en fin, la defensa de la propiedad, tan capitidisminuida, y que los chicos defienden con melódicas uñas y dientes, frente al cacareado bien común de la población, esto es, la función social de la propiedad (ajena, como bien recalca Chanquete), en uno de los capítulos más recordados (XVII). Un estado de ánimo que Chanquete resume en su última voluntad, que dirige a Epifanio, el alcalde (Roberto Camardiel). De igual modo se abordó la rebeldía, ante el acatamiento ciego de las órdenes, a veces arbitrarias, de los padres (V), y el compañerismo, cuando todos tratan de echar una mano al lesionado Pancho en su reparto de comestibles (III). 

Entre los argumentos, también los hubo esotéricos, como el de ese posible extraterrestre (o intraterrestre, o acuaterrestre: José Luis Argüello), que es tomado por un lunático salvo por la pandilla (IX). Así mismo, prevalece la llamada de Chanquete a huir del revanchismo (XI). No en balde, también el marinero tiene una historia del pasado que reflotar (y que cuenta a Julia) (XIII). Más otra del presente, cuando una empresa de especuladores le ofrece un apartamento a cambio de sus terrenos, cuando lo que Chanquete quiere es vivir en su barco (XVII). A ambos relatos corresponde Julia narrando el suyo, doloroso y catártico (VI).

Respecto al aspecto visual, cinematográfico, entresaco el bonito plano de unas flores por donde pasa la pandilla, camino de -lo que creen que es- la Cueva del Gato Verde, y donde alguien arranca una flor (X). El de los chicos con Julia, junto a la Dorada Tercera, la otra barca de Chanquete (XVIII); las fotografías que este atesora en un viejo arcón (íd.), con una caja de música que contiene la misma tonada que el marino ha venido interpretando al acordeón. Y otros momentos de afortunada intimidad. Esos donde la gente conversa cara a cara, tomándose su tiempo. Verbigracia, la conversación de Julia con Pancho en la playa, en el último de los capítulos; Tito y Piraña queriendo indagar acerca de eso del periodo, de la regla… (VII), o la charla de Quique con su padre (Fernando Hilbeck), a la que se suma la de este con su esposa (Concha Leza), mientras el matrimonio camina por la playa, en el que es uno de los mejores capítulos de la serie (XVI). Ese que incluye el guateque que los padres organizan para los hijos, pero que acaban haciendo suyo. Hasta que se constituye un festejo paralelo, alternativo.


Parece que hoy en día se está más conectado que nunca a través de las distintas aplicaciones. Es una ilusión. Lo que observo es que la gente está tan comunicada o incomunicada como de costumbre; tan unida o tan sola como siempre.

Como se suele decir, es ley de vida. Y las leyes, que a veces gustan de huir de la justicia, no siempre son cabales. No se trata de mitificar el pasado, sino de incorporarlo, cuando sentimos que existen elementos que incorporar. Sin él, difícilmente podemos tener conciencia del presente y el futuro.

En fin, cuando los espacios y programas tenían su cabecera correspondiente, con una melodía que los identificaba, sin necesidad de adherir los títulos de crédito de forma atropellada a las imágenes, ni empezar con un complot dialógico contra el espectador, como si fuera un arma arrojadiza, series como Verano azul establecieron su propia mítica. La que ha sabido proporcionar esa privilegiada máquina del tiempo que se reviste de celuloide y sus derivados. Máquina en la que a muchos nos gusta subir con frecuencia.

Escrito por Javier Comino Aguilera


¡A ponerse series! (XLII): It's a Sin, de Russell T. Davies y Peter Hoar

14 febrero, 2021

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Recuerdo lo que es sentir miedo. No dejaba de ser desconcertante, a la par de descorazonador, que en la década en la que hemos gozado de una mayor libertad individual -quien la vivió lo supo-, se nos sometiera -a todos- a causa de una terrible plaga mortal. Más diabólica que cualquier presagio siniestro. Sin embargo, el poder de atracción era tal que, pese a que en los ochenta camparon a sus anchas la droga, el SIDA, el terrorismo, y se evidenciaron los primeros síntomas de una sectaria ofuscación ideológica distribuida por los medios de comunicación, no cambiaría dicha década por ninguna otra de las que he vivido. En cuanto al futuro, ya veremos lo que nos depara.

¿Qué justifica tal predilección? La creatividad sugestiva en todos los ámbitos, el descubrimiento de un futuro brillante y halagüeño, la luz, el color privado de aquella infancia y adolescencia; el formar parte de un pedazo de historia culturalmente relevante. Incluso los jerséis de angora y los peinados.

Hasta la ocultación tenía su gracia. Era casi vampírica. Los lugares de cita, los encuentros causales, los desencuentros. La espera, el nerviosismo, el ansia. La conquista. Era como si uno fuese el personaje de una película (y no, nunca me arrojaron piedras, que ya estaba yo para devolverlas). Por supuesto que soy consciente de que otras personas no tuvieron la misma suerte, y que aún hoy se ven oprimidas por todo tipo de prejuicios analfabetos por razón de su condición sexual.

La miniserie -en cuanto a extensión- It’s a Sin (Es un pecado; Channel Four-HBO, 2020, estrenada al año siguiente), aborda una horquilla temporal que recorre diez años, de 1981 a 1991. No cualesquiera años, sino el reflejo de una conquista progresivamente en marcha, que de pronto sufrió el frenazo de su ímpetu. Culpables hay muchos, comenzando por el propio virus, pero puestos a seleccionar, no debemos olvidar que, junto a los avances en derechos civiles ha de convivir de forma armónica la responsabilidad del individuo. Ejemplifico esta observación con la excelente imagen del primer capítulo en la que, camino de la capital, uno de los protagonistas arroja una caja de preservativos al mar, obsequio de su padre, porque piensa que con él no va a haber ningún peligro a la hora de dejar embarazada a una chica. Es homosexual. Nada le hace sospechar que ese gesto de rebeldía le puede costar la vida.

Para progresar laboral y anímicamente hay que pisar las calles de Londres, así en los ochenta como en los swingeantes sesenta. De este modo, varios personajes convergen en un modesto piso en un céntrico barrio de la ciudad. Cada uno arrastra una pesada vida anterior y un porvenir prometedor, cargado de ilusiones. Son el vivaracho y algo alocado Ritchie Tozer (Olly Alexander), el muchacho de color Roscoe Babatunde (Omari Douglas), hijo de inmigrantes; el ambicionado pero responsable Ash Mukherjee (Nathaniel Curtis), el prudente y desapercibido Colin Morris (Callum Scott Howells), y la resuelta Jill Baxter (Lydia West), la única chica y confidente esencial del grupo. Junto con otros amigos que ya no comparten el piso, como Gregory Finch (David Carlyle), y el empleado de sastrería -de sonoro apellido- Henry Coltrane (Neil Patrick Harris), que tiene su pareja desde hace ya tres décadas.


La serie condensa bien el desembarco de la enfermedad por medio de estos protagonistas. En el capítulo segundo, destaca una nueva imagen que podemos enlazar con la anterior, la de Jill lavando en un fregadero la taza que acaba de usar un posible contagiado.

Las relaciones familiares son tensas. A lo que se añade la letal inconcreción acerca de la enfermedad. Los medios de comunicación no informan como debieran, y cuando lo hacen, muchos prefieren hacer oídos sordos. El SIDA no te afecta, asegura el médico que se pone a la defensiva ante la solicitud de información de Jill Baxter, en un centro de salud pública. Y seguramente así lo cree. En este sentido, es conmovedor, a la par de insensato, el desenfadado resumen del desconocimiento que padecen los jóvenes por boca de Ritchie (II).

Pasa el tiempo, y la despreocupación se convierte en severa amenaza. Toca hacerse las pruebas de detección de una enfermedad que puede derivar en otras, en lo que es una etiología macabra que incluye de forma grosera el azar, lacerante e inexorable (III). Hay un primero en fallecer. Al que seguirán otros. Visto y no visto. Todo sucede de forma abrupta, porque la juventud, en ninguna de sus formas, dura para siempre. El grupo ya no podrá volver a ser el mismo.

Está bien retratada lo que es la clase media -tirando a baja- británica (IV). Como la ubicación temporal por vía de cuatro rasgos ambientales (música, sin ahogarnos en la reconstrucción). Del mismo modo, los roles quedan bien definidos, en el sentido de la personalidad de cada uno de los protagonistas. Nos encontramos con la naturaleza ariana de Ritchie, la sagitariana de Roscoe, la capricorniana de Jill y la pisciana de Colin, todos con sus idas y venidas contractuales relativas al sustento de la vida. El caso de Colin es paradigmático, pues ha sido despedido por no ceder a los avances de un superior baboso (II). También es ilustrativa de la doble moral la cena de capitostes políticos, cada uno con su pareja masculina más joven. Lo que conlleva un giro argumental ciertamente forzado, e incluso ridículo, cuando el gubernativo Arthur Garrison (Stephen Fry) asegura a Roscoe que, en realidad, no está interesado por él -por la homosexualidad, en definitiva-, más que como un señuelo o aditamento puesto de moda que le ayuda a recuperar su auténtica virilidad heterosexual (¡!) (IV). Esto, después de haber retozado juntos, por decirlo así. Un retruécano que solo se justifica en el sempiterno manotazo anti conservador o anti liberal de rigor, que parece tan risible como inevitable en tantas series de la actualidad, que más hacen bandera de la ideología política que de los seis colores de la libertad sexual. Menos de brocha gorda, a mi entender, resultan las puyas contra el anglicanismo y el metodismo puritano.


A partir de ahí, se acentúan los calvarios, integrados principalmente en el proceso de pavor de Ritchie. En primer lugar, por no hacerse las pruebas a causa del miedo -la confirmación de su miedo-, y luego, por confirmarse sus sospechas a través de las mismas. Es cuando ese miedo inicial cede el paso al pánico a lo desconocido.

La serie no se centra en la investigación médica, pero sí en el inicio de las reivindicaciones de identidad. Con el riesgo de que el activismo esté siempre a un paso de destacarse de forma violenta (esa que no se justifica nunca cuando es por el otro extremo), o de desteñir los referidos colores con los más uniformes y bastante menos coloridos de la ideología política. En este sentido, la miniserie se conduce con cierto maniqueísmo: los poderosos apestan, los no-gais son mezquinos y paletos, en su mayoría, y las víctimas son unos mártires incomprendidos por todos. No era exactamente así, aparte de que, pese a los patrones clínicos establecidos, cada caso era único en sí mismo.

Así, el capítulo V y último es el de los reproches y las culpas, el de las necesidades afectivas no atendidas. La aletargada madre de Ritchie, Valerie (Keeley Hawes), entra en escena con (excesiva) fuerza, después de diez años de tibieza, lo que tampoco justifica el que sobre su conciencia tengan que recaer cada una de las culpas, de los actos cometidos a conciencia por su hijo y todos los homosexuales del mundo. Pese a todo, está claro que trata de hacer de madre (sobre)protectora en lo que no ha venido siéndolo durante todos esos años de tirantez impositiva e incomprensión familiar.

De este modo, circulan sin respetar las normas de integración, la inconsciencia, la criminal desinformación (estatal y personal), y la falsa vergüenza impuesta por los demás hacia una condición aún hoy no plenamente aceptada. Con el riesgo, repito, de que los yerros y responsabilidades individuales se diluyan en favor de una corriente que quiere trasladar las culpas a los otros, a pesar de sus evidentes fallos; en este caso, centrados en la acaparadora madre de Ritchie. Emotiva es la despedida de este último ante un amigo de la adolescencia, mucho antes de hacerlo ante su propia familia. De hecho, esa despedida postrera no nos es mostrada, creo que con el buen acierto de escapar de lo manido. A la que sí asistimos es a la de un Ritchie que nos dice adiós como un bailarín que se enfrenta a su última salida al escenario (V).


De It’s a Sin destacaría su sutileza emocional –más que crítica- y su finura argumental. Lejos de la enloquecida simbología de la corrección política, cada vez más desatada e inaudita, la serie sabe entrar en contacto de forma epidérmica con situaciones que van del naturalismo más dramático a la irracionalidad casi cómica. Y lo hace, finalmente, sin confundir lo social con lo panfletario ni lo político con lo dogmático.

Tampoco está de más recordar que un país que pierde el respeto hacia sus víctimas, sean de la naturaleza que sean, está condenado al fracaso.

En definitiva, es peligroso perderle el miedo al miedo. No se trata de una cuestión de moral -ni mucho menos un castigo divino-, sino de supervivencia. Al fin y al cabo, el conocimiento adquirido de manera individual -es decir, laboriosa- es lo que nos hará libres, y no ninguna elusiva verdad.




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