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Argo, de Ben Affleck

04 septiembre, 2020

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El cine nos puede salvar el día. Y en algunos casos, quizás incluso la vida. De forma literal si nos adentramos en el argumento, basado en hechos reales, de Argo (2012). En una de esas tantas trifulcas internacionales en que el gobierno de Estados Unidos se ha visto envuelta a lo largo de su existencia, su embajada en Irán es ocupada por los seguidores del ayatolá Joemini como una forma de presionar al país norteamericano para lograr la extradición del Sha de Persia. En plena tensión entre Irán y Estados Unidos, seis diplomáticos logran refugiarse en la casa del embajador de Canadá, mientras el resto de componentes de la embajada eran apresados y torturados. Como refleja la película, en Estados Unidos se reclama la devolución de sus rehenes mientras la CIA intenta organizar un rescate contrarreloj de los seis diplomáticos, antes de que sean descubiertos y secuestrados por los iraníes.


Sin duda, Argo tiene varios elementos positivos y bien traídos. Por ejemplo, tras un prólogo en que mediante dibujos e imágenes de archivo se nos narra en off  todo el relato relativo a las tensiones entre Irán y Estados Unidos por la tiranía del Sha y el posterior levantamiento de los chiitas, queda bien reflejada la tensión que se vive en la embajada estadounidense momentos antes de su ocupación por los seguidores de Joemini. La película no volverá a detenerse en explicar más sobre el asunto, pero deja un matiz claro que se marca en toda la obra: no es del todo favorable a Estados Unidos, sino que en ocasiones llega a ser crítica. Incluso paródica consigo misma. Este elemento cómico acaba por destacar como uno de sus grandes aciertos, aunque acabe diluyéndose en el último tercio.


Con esto nos referimos a la representación de una CIA atada por la burocracia y liderada por patanes  políticos incapaces de valorar opciones realmente válidas. Nuestro protagonista, Tony Mendez (Ben Affleck), es un experto en la liberación de secuestrados, por lo que es invitado a valorar la situación de los diplomáticos y buscar vías para conseguir rescatarlos sin entrar en un conflicto abierto con Irán. Sin embargo, pronto acabará espantado por las ideas pioneras e ineficaces que le proponen, siendo además capaz de rebatirlas con argumentos sólidos. Curiosamente, estamos ante un tópico habitual en el cine norteamericano: el arrojo y la decisión individual es capaz de lograr más que las trabas burocráticas o que los grupos liderados por ineptos. En efecto, Tony acaba teniendo una idea que aparenta ser igualmente ridícula, pero a la que logra dar entidad por su buena mano y por sus contactos en el mundo de Hollywood: fingirán hacer una película de ciencia ficción ambientada en Irán, haciendo pasar a los seis diplomáticos por miembros del equipo de rodaje.



El paseo de Tony Mendez por el universo de Hollywood sirve a su vez para mostrar los trasiegos internos del mundo de las estrellas, siendo capaz a través de un afamado maquillador, John Chambers (John Goodman), y un estupendo -y falso- productor de cine, Lester Siegel (Alan Arkin), de montar la fachada de una película titulada Argo, con tal de que sea creíble para la industria cinematográfica tanto como para el gobierno iraní. La relación entre los tres personajes es de lo más destacable de la película, porque reúne no solo una crítica autoconsciente de los entresijos de Hollywood y del mundo de las apariencias que reina en la industria cinematográfica, sino también un logrado entendimiento entre los tres para evitar mayor dolor en la sociedad. Rescatar a seis personas no salvará el mundo, pero sí supondrá salvar seis vidas y dar esperanza a otros. Es reseñable la forma en que Lester acepta colaborar en el plan, mostrando honestidad por debajo de su excentricidad, tan solo con una larga mirada hacia el televisor donde, cómo no, no dejan de aparecer dramáticas escenas sobre el conflicto iraní y los rehenes estadounidenses.


Sin duda, el montaje de la falsa película es de lo mejor de Argo. Después, cae en una excesiva repetición y en cierta impersonalidad. Lo cierto es que aunque Tony sigue adelante contra viento y marea, la operación de rescate resulta anodina. Para empezar, apenas se crea una conexión emocional con los personajes refugiados, son solo perfiles intercambiables, de los que apenas nos han legado alguna frase suelta. Solo se refuerza una y otra vez la tensión y el miedo en los que viven y una continua desconfianza en que las cosas salgan bien. Es cierto que la película se esfuerza en ofrecernos múltiples momentos en que parece que vamos a contemplar un anticlímax, pero estamos ante una historia épica, ante un agente que va a demostrar su valía y tanto es así que al final acabamos por resultar poco creíble. Los personajes pasan de ser reticentes a la operación a dar lo mejor de ellos para lograr su cometido en pocas escenas y la secuencia final en la que se produce una persecución roza el ridículo, por la cantidad de casualidades que se ofrecen para llegar a ese punto. 



Pese a estos defectos, está bien rodada y ejecutada. Pero es fría. Demasiado fría. Los conflictos emocionales no calan ni se desarrollan. Ni la pobre relación con su hijo en el caso de Tony Mendez ni las tenues relaciones entre los seis diplomáticos. Sus puntos fuertes son las pruebas que debe atravesar el falso equipo de rodaje, que están imbuidas de una tensión impresionante lograda gracias al montaje y a unos planos donde se juega bien con el movimiento de cámara, aunque en ocasiones llegue a ser algo mareante. Y su carácter cómico -esperamos que intencionado-, tanto en la creación de la falsa película como en el ácido retrato del mundo de Hollywood. Incluso podemos mencionar también el homenaje de ese cine B de ciencia ficción que sirve de inspiración al Argo de la película. Por último, cabe destacar también la capacidad para retratar un escenario en el que Estados Unidos no sale bien parada, ni por sus representantes políticos ni por sus acciones, aunque como resulta obvio también se subraya la fiereza y el desprecio de un mundo islámico radicalizado y cruel, como se encarga de subrayar Affleck a través del retrato social que hace de Irán y de su ejército.


En definitiva, Argo es una obra con una doble vertiente. La primera, en tanto thriller, se disuelve por la falta de impacto emocional, no logra dar un desarrollo a sus personajes que nos permita alguna catarsis con los mismo, aunque sí nos regala secuencias de alta tensión sin necesidad de tiroteos ni persecuciones. La segunda es más entretenida, es más crítica y consigue funcionar bastante bien, aunque no fuera su objetivo principal. Es esa comedia ácida y divertida sobre Hollywood y el mundo burocrático estadounidense. Sorprende, por tanto, por este último factor y logra al menos mantenernos  atentos hasta el final. Aún así, no creo que sea una obra que vaya a dejar huella porque aunque contiene en sí misma varias lineas sugerentes y no tan habituales, no llega a explotarlas del todo y acaba siendo una mezcolanza de géneros entretenida y bien llevada, pero que sobrevuela los auténticos conflictos. 



Liga de la Justicia, de Zack Snyder

10 diciembre, 2017

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Este análisis comenta cuestiones relativas al argumento y a detalles de la trama (spoilers).

Regresamos al género de los superhéroes en esta especie de carrera espacial, al estilo de la que mantuvieron Estados Unidos y la antigua Unión Soviética durante el siglo XX, en que se ha convertido la competición de las grandes empresas por colapsar las salas con sus blockbusters. Sin duda, tenemos el ejemplo de la exitosa Marvel, mientras que otros proyectos, como el de Universal con sus monstruos, parecen existir para el fracaso. Aunque el competidor más claro ante Marvel es DC, en tanto que ambas marcas han sido las casas que han rivalizado también en el mundo del cómic. Pero si DC triunfó en el pasado con obras sobre dos de sus héroes, Superman y Batman, no parece haber sido capaz de cautivar por igual al público ni a la crítica con su proyecto de universo, iniciado con El hombre de acero (Zack Snyder, 2013).

Si en Marvel optaron por crear películas individuales para cada uno de sus superhéroes para finalmente unirlos con Los Vengadores (Joss Whedon, 2012), en DC han decidido aumentar cada vez más el número de protagonistas antes de realizar entregas individuales. Así tuvimos Escuadrón Suicida (David Ayer, 2016) y Batman v Superman: El amanecer de la justicia (Zack Snyder, 2016) donde aparecen ambos superhéroes del título junto a la presentación de la amazona Diana Prince, que tendría su aventura individual en Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017). El siguiente paso ha sido Liga de la Justicia (Zack Snyder, 2017).

La película ha contado con una producción caótica en la se produjo un cambio en la dirección, Joss Whedon por Snyder, que tuvo que dejar el proyecto por cuestiones familiares, y que obligó a reconducir ciertas partes de la película, incluyendo un retorno al rodaje de actores que ya estaban inmersos en otros proyectos. Este hecho se ha percibido sobre todo en la promoción de la película, que ha contado con una orientación y con escenas dispares a las que después hemos podido encontrar en la obra concreta, y también ha derivado en un debate sobre qué pertenece a Whedon y cuál era la concepción inicial de Snyder. No obstante, consideramos que son debates irresolubles, siendo más relevante valorar la obra por lo que es y como ha llegado a las salas.


Así pues, tenemos un mundo donde ha desaparecido la figura del gran superhéroe, lo que ha abocado a la sociedad a un miedo atroz por su futuro. En esa situación, una amenaza en forma de extrañas criaturas alienígenas, los parademonios, ha puesto alerta a Batman (Ben Affleck), que ha iniciado su particular búsqueda de personas especiales que puedan ayudarle a enfrentar el mal que se avecina. Comienza entonces el reclutamiento de nuevos héroes para la Tierra, desde su ya conocida amiga Diana Prince (Gal Gadot), alias Wonder Woman, hasta Barry Allen (Ezra Miller), un joven muchacho con supervelocidad con el sobrenombre de Flash, un enigmático y dubitativo ser conocido como Cyborg (Ray Fisher) y un atlante taciturno y de mal carácter, el protector de los mares Aquaman (Jason Momoa).

De una forma clara, la película se divide en tres tramos, conectados por el hilo conductor que es la amenaza de Steppenwolf, quien desea conquistar y destruir la Tierra como venganza por una derrota en el pasado. Todo ello lo descubriremos conforme avance la trama, dado que en un principio se nos presentará el reclutamiento de los distintos superhéroes que compondrán la Liga de la Justicia por parte de Batman, empeñado en encontrar unos guardianes que suplan la pérdida de Superman. Precisamente, sobre su ausencia versa el bello inicio de la obra, que nos muestra la desolación y el miedo instalado en la sociedad por la muerte del héroe. El símbolo de la esperanza en que se había convertido se muestra en los distintos gestos de las personas anónimas como en las conversaciones entre algunos personajes principales, como Lois Lane (Amy Adams), Martha Kent (Diana Lane) o Bruce Wayne.


El reclutamiento sirve para presentar y asentar a los nuevos personajes, aunque todos estarán desarrollados de forma dispar. Por una parte, Flash sirve en todo momento de alivio cómico, siendo un personaje ligero y juvenil, cuyo contrapeso es el episodio trágico de su vida que tiene relación con la muerte de su madre y el encarcelamiento de su padre. Mención aparte merece su traje de superhéroe, aparatoso y poco atractivo. Barry Allen se convierte en el contrapunto a la experiencia y madurez de personajes como Batman, Wonder Woman o Aquaman, pero también de Cyborg, que aunque menos experimentado, vive atormentado por su nueva situación, teniendo que decantarse por cómo va a actuar en el futuro. Ambos, Flash y Cyborg, cuentan con un planteamiento interesante para futuras aventuras, aunque en el segundo caso su pasado haya quedado en menciones. Por otra, tenemos a Aquaman, de quien apenas tenemos algunos rasgos de su personalidad, además de un comportamiento algo irracional e incoherente. En el fondo, su unión a la Liga parece más un mandato de su mundo para proteger las cajas madre que una decisión personal.

Los casos de Batman y Wonder Woman funcionan mejor, dado que ya habían sido presentados con anterioridad. En esta ocasión, veremos al murciélago convertido en un apóstol del mensaje de Superman, cual San Pablo se tratase, incluida su conversión inmediata tras los acontecimientos de la anterior película. Hasta tal punto llega, que no dudará en afrontar un sacrificio casi seguro por salvar su mundo, aunque el resto de personajes lo impidan. Su primera escena en la película retorna al terror con el que el personaje ya ha sido tratado, y parece un replanteamiento del inicio de Batman (Tim Burton, 1989), donde también perseguía a un criminal por las azoteas infundiéndole miedo. Por su parte, Wonder Woman se debe enfrentar a su pasado y comenzar a erigirse como una nueva esperanza, para lo cual también deberá descubrir que también ella puede perder un combate.


A partir de este primer tramo, se inicia un segundo en torno a la forma de derrotar al villano en cuestión recurriendo a una medida desesperada. Todo el conflicto moral que se plantea entre los protagonistas durante esta parte así como su resolución son de lo mejor de la película. Se nos presenta además una situación de batalla inesperada y muy bien resuelta, incluso a pesar de que se recurre de nuevo a las emociones como ocurriera en el duelo entre Batman y Superman en la anterior entrega, pero de una forma más solvente y menos ridícula para el espectador. A partir de este momento, se sucederán los clímax y anticlímax en la lucha final con Steppenwolf, que, de nuevo, tendrá una conclusión alejada de lo convencional y relativa a las emociones, en este caso, al miedo. Curiosamente, se prescinde de una resolución espectacular como en Wonder Woman o tensa y dramática como en El hombre de acero.

Ahora bien, tras este repaso de los tramos en que se divide la película, debemos alejarnos para reflexionar sobre algunos aspectos a tener en cuenta. Para empezar, no debemos olvidar que todas estas aventuras de superhéroes parten del mundo de los cómics americanos, que tienen su propio sistema de lectura y referencias. En los últimos meses hemos reseñado varias obras de DC y hemos podido percatarnos de cómo muchas de ellas inician su trama con acontecimientos sobreentedidos, que apenas son mencionados por sus personajes, pero que tienen mucha relevancia. Este hecho se deriva de la forma en que estas historias se cuentan a través de diversas entregas que permiten diseminar referencia a acontecimientos futuros en tomos anteriores. El problema principal que se plantea en este caso es que el lector quiera leer una aventura en concreto y no entienda las referencias al pasado, lo que también se traslada a las películas. Precisamente, Marvel se ha encargado de diseminar referencias a las Gemas del Infinito en sus diversas entregas para adelantar el que será su próximo gran evento cinematográfico, Vengadores: Infinity War (Hermanos Russo, 2018). 



Pero, al contrario que su empresa rival, en el universo cinematográfico de DC han faltado menciones a elementos tan relevantes como las cajas madre o los parademonios, salvando la extraña visión de Bruce Wayne en Batman v Superman, que tampoco era una explicación. Así pues, hubiera sido fácil emplear la introducción no solo para mostrarnos el dolor y el caos producidos por la muerte de Superman, sino también cómo ese hecho estaba repercutiendo en el avance de la invasión por parte del villano de turno y sus secuaces, los parademonios. Resulta curioso que ni siquiera usen un periódico o las noticias para avisar de estos avistamientos, cuando en todo momento se nos muestra a Batman o a otros protagonistas enterados de la presencia de estas misteriosas criaturas, sin mostrar sorpresa alguna. 

A las carencias de la película se suma la poca consistencia del villano, que no es más que uno más de una larga lista de antagonistas olvidables y prescindibles, hecho además por CGI de forma completa. Su propósito vuelve a ser la destrucción por la destrucción, lo que lo diferencia de otros enemigos mejor formulados, como el propio general Zod, quien al menos quería rehacer su planeta Krypton aunque fuera a costa de la vida del planeta Tierra. Además, la amenaza que supone Steppenwolf se deshace cuando se plantea a un personaje tan poderoso como para poder combatir a la vez con el resto de componentes de la célebre Liga de la Justicia. Es más, los niveles de poder quedan ridiculizados y acaba por resultar tanto incoherente como poco dramático: sabemos que en estas películas el bando del bien triunfa, pero no debe ser tan sencillo. En este caso, tampoco ayuda su concisión, que si bien alivian el metraje, no permite desarrollar ninguno de sus elementos, especialmente a sus personajes.


Por último, debemos destacar su buen equilibrio entre el humor y la épica, al contrario de lo que mencionábamos en Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017) recientemente. Si bien no podemos destacar su montaje o la eficacia de todos sus recursos digitales, se logra combinar sus elementos dramáticos con escenas que acaban con la tensión gracias a un chiste bien traído y también bien combinado con la acción del momento. Ahí tenemos el caso de Flash cuando trata de ayudar al resto de la Liga a combatir junto al monumento de Superman, algunas intervenciones de Batman donde se ríe de sí mismo o la propia parodia que hace la película de los superhéroes, como la forma en que salvan a los civiles en el tramo final. 

En definitiva, Liga de la Justicia no es la mejor película de superhéroes de los últimos años, dado que redunda en una trama principal demasiado vista, apenas da espacio para el desarrollo de sus elementos y parte de un argumento que en ocasiones da por sobreentendido, pero mejora algunos de los aspectos menos valorados de DC en sus últimos intentos cinematográficos, convirtiéndose en su película más luminosa, en una buena revisión sobre el mito de Superman y en una equilibrada obra entre el humor, el drama y la acción. 


Batman v Superman: El amanecer de la Justicia, de Zack Snyder

06 mayo, 2016

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Este análisis comenta cuestiones relativas al argumento y a detalles de la trama (spoilers).

La herida está tan reciente que resulta complicado hablar sobre esta película sin estar aún envuelto de esa corriente de reacciones negativas contra las que apenas encontramos algunas zonas de sosiego. No nos engañemos: cuando se extiende una opinión pública, aunque esté fundamentada, se puede llegar a olvidar cómo valorar aquello sobre lo que se opina de forma libre, sin influencias. Hay muchos problemas a los que enfrentarmos a la hora de abordar lo que ha sido Batman v Superman: el amanecer de la Justicia (2016).

En primer lugar, la lucha entre la expectativa y la realidad, o la realidad y el deseo que diría Cernuda, ese horizonte de lo que se espera de un producto y lo que al final afrontamos. Una película que unía a dos de los superhéroes más célebres del cómic y del cine era obvio que elevaría el ansia de los espectadores más acérrimos a este tipo de cine. Y esa ansiedad es una bomba de relojería, que estalla con facilidad si se maneja sin cuidado. Hay un claro ejemplo de esta circunstancia en la saga Star Wars, con la diferencia clara entre lo que sucedió con su retorno con el Episodio I (1999) y lo que ha ocurrido más recientemente con el Episodio VII (2015).

En segundo lugar, que ambos personajes ya tienen precedentes, no solo de sí mismos o de otros superhéroes (especialmente de Marvel) en cine, sino en el cómic. Muchos son los que han apreciado este arte donde estos personajes llevan una vida más rica y, por tanto, conocen o, al menos, creen conocerlos mejor. No es la primera vez que Batman y Superman se enfrentan y ahí se asentaba la idea de los más fanáticos del cómic, que como ha sucedido en tantas ocasiones con los lectores, se han tenido que enfrentar a esta adaptación (casi mejor, versión) que ha realizado Zack Snyder.

Zack Snyder junto a Henry Cavill
Snyder mantiene un estilo estético de tintes oscuros, con recursos preferentemente digitales puestas al servicio de la espectacularidad y una carrera que ofrece su visión en torno a obras del arte gráfico, como pueden reflejar 300 (2007), Watchmen (2009) o, incluso, Sucker Punch (2011), que sin estar basada en ningún cómic, mantiene la misma línea que el resto, incluyendo cierta influencia del anime. Antes de Batman V. Superman (2016) se encargó del reinicio de Superman con El hombre de acero (Man of Steel, 2014), que otorgaba un ambiente cercano al de la ciencia ficción junto a una simbología evidente, influenciado por otra parte por el estilo de Nolan a la hora de crear superhéroes más dubitativos; no en vano se contaba con el guionista David S. Goyer.

Esta creación de Superman en El hombre de acero prosigue en Batman v Superman observando las consecuencias de los hechos de esa película (algo similar a lo que ha sucedido con Capitán América: Civil War [Joe y Anthony Russo, 2016], que abunda también y precisamente en las consecuencias de los actos de los Vengadores en el mundo y del enfrentamiento de los superhéroes entre sí) y manteniendo un estilo coherente con lo ya mostrado, arrastrando así defectos y virtudes. Por contra, el otro coloso, Batman, es un personaje incipiente en su versión dentro de este universo cinematográfico, que será descubierto en esta película, al menos parcialmente.

Por otra parte, fuera del combate entre ambos personajes, previsible por el título, tenemos un subtítulo relevante: El amanecer de la Justicia, que orienta esta obra al futuro del DC cinematográfico con La Liga de la Justicia (cuya primera parte verá la luz en 2017) y que obliga a incluir ciertas subtramas. Un matiz relevante que comentaremos en nuestro análisis. No obstante, recalcamos, una cuestión relevante: en esta película, como en cualquier obra artística, existe una pugna entre las ideas que podemos percibir y la ejecución con la que se han desarrollado estas ideas. Por ello, aquí comentaremos ambos aspectos, dado que consideramos relevante destacar la calidad de gran parte de las ideas unidas a una ejecución deficiente, que lastra el resultado final. Volveremos a ello en nuestras conclusiones.

El indomable Will Hunting, de Gus Van Sant

05 diciembre, 2014

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Will (Matt Damon) es un joven rebelde con una inteligencia asombrosa, especialmente para las matemáticas. El descubrimiento de su talento por parte de un prestigioso profesor de Matemáticas le planteará un dilema: seguir con su vida de siempre (un trabajo fácil y unos buenos amigos con los que salir a beber) o aprovechar sus grandes cualidades intelectuales en alguna afamada universidad. Pero sólo los consejos de un solitario y bohemio profesor y psicólogo (Robin Williams) le ayudarán a decidirse, entre ambos nacerá una entrañable relación profesor-alumno, de tonos casi paterno-filiales.


Con una temática principalmente social, descubriremos la vida de un genio, de esos incomprendidos, que sufre graves problemas de adaptación social debido a una infancia difícil y a la escasa motivación y apoyo de los que le rodeaban. Will, ese genio inadaptado, verá su mundo totalmente alterado por la aparición en su vida de otras personas que le hacen cambiar su visión de las cosas y plantearse quién es en realidad. Aunque es cierto que toda esa transformación tendrá sus consecuencias, y será cuando Will sufra entre la alternativa de seguir por un sendero artificial por el que pretenden guiarle o dejarse llevar por sus propios sueños y ambiciones.


Dirigida con un ritmo dinámico y ameno, logra transmitir un estilo muy personal, consiguiendo desnudar psicológicamente al protagonista. Con una estética propia de la época noventera, cabe destacar su fotografía, plena de detalles y de simbolismo, y su banda sonora, totalmente armoniosa y evocadora, en relación al devenir de la historia. El guion, escrito por los hoy consagrados Ben Affleck y Matt Damon, casi desconocidos por aquel entonces, logra atrapar y hacer pensar al espectador, elaborando una historia apasionante que incita al público a empatizar con la actitud y el entorno del protagonista, pese a su inabarcable inteligencia desaprovechada. Unido a los incisivos y elaborados diálogos entre Will y Sean, llenos de sarcasmo e ingenio, dan un toque lúcido y atrayente a un trabajo muy inspirador, premiado merecidamente hacia Robin Williams con un Oscar al mejor actor de reparto.


Además de esta estrecha relación, que avanza más allá que la simple entre paciente-terapeuta, cabe destacar la importancia de Skylar (Minnie Driver) en el desarrollo de la historia. Ella es la primera que intenta romper la inquebrantable coraza de Will, aunque él no es capaz de quitársela. Su miedo a ser abandonado, su temor a lo impredecible, algo que lleva consigo desde su infancia.

Lo que temes no es descubrir que ella no es perfecta. Lo que te da miedo es que ella descubra que no eres perfecto.

Gracias a Sean y al desarrollo de su amistad es cómo desembocamos en la culminación de la terapia, cuando la máscara de Will cae definitivamente y se descubre toda su historia, el origen de todos sus miedos. Porque el trasfondo de Will no se descubre tras un psicoanálisis espléndido, sino con el desarrollo de una amistad profunda y, lo más importante, recíproca. Ya en la primera escena en que aparecía el psicólogo este establecía que para llegar a los problemas reales de las personas debíamos establecer con ellos una relación de confianza. Sean también muestra sus sentimientos con Will, le ve como un igual y toda esa confianza depositada hace que Will se sienta por primera vez útil y valioso, al contrario que en su relación con el profesor de matemáticas Gerald Lambeau (Stellan Skarsgård), quien en lugar de acercarse a Will tratará de imponerle una carrera basada en sus propias frustraciones.


Sin duda, un creíble Matt Damon en los inicios de su exitosa carrera, secundado por un magnífico Robin Williams y por Ben Affleck en un papel secundario bastante discreto. Su mejor intervención, en la que demuestra su sencillez y su amistad incondicional, deseando la felicidad de su amigo por encima de la suya, reconociendo que el sitio de Will no se encuentra con él:

El momento más feliz del día son los diez segundos que pasan desde que llamo a tu puerta hasta que bajas, porque pienso que al fin te has ido.

Grandes interpretaciones, diálogos y personajes complejos, todo ello sin perder un ápice de entretenimiento. Una película que emocionará tanto a adultos como a jóvenes, que trata el enfrentamiento generacional, la adaptación problemática de las personas superdotadas, además de las cuestiones sociales y la inevitable y poderosa historia de amor, ese amor que impulsa el final de la historia y que todo lo puede.


 Escrito por Mariela B. Ortega 





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