Para el sábado noche (LXXII): La amenaza de Andrómeda, de Robert Wise

21 julio, 2018

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La novela La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1969; Planeta / Bruguera, col. Best Sellers, 1985), está perlada de dosieres, télex y capturas de pantalla clasificados como “alto secreto”, adoptando su autor el papel de un investigador real dentro de la ficción. Michael Crichton (1942-2008) sabe jugar con el género literario sin caer en los excesos cultistas de la metaliteratura. Al punto de dar las gracias, en el apartado correspondiente, a toda una serie de personalidades (¿reales, inventadas?) que supuestamente le ayudaron en el desenvolvimiento y acceso a la información relacionados con el microbio Andrómeda. A partir de ahí, este libro narra la historia de los cinco días de una crisis científica americana de primera magnitud, incidiendo en que he tratado de conservar la tensión y el interés de los acontecimientos de aquellos cinco días, porque el caso de Andrómeda encierra un dramatismo innegable, y si constituye una crónica de errores estúpidos, letales, es al mismo tiempo un canto de heroísmo e inteligencia (casi añadiría que de providencia, como sucede con la directriz “7-12”) (Doy las gracias). Además, advierte Crichton que si el lector tiene que salvar de vez en cuando algún pasaje árido, lleno de detalles técnicos, pido perdón por ello. Algo que se puede hacer extensible a la pulcra y modélica adaptación cinematográfica de Robert Wise (1914-2005), como ya sabemos, nada ajeno al género de la ciencia ficción.

La Amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, Universal, 1971), se abre con uno de esos informes con apariencia de verosimilitud y fidelidad, respecto a los sucesos que se van a narrar a continuación. Estamos -o estuvimos- ante una grave crisis científica, aquí circunscrita a cuatro días de temor y descubrimientos fascinantes. Concluye el expediente con la presunción de que pronto se harán públicos los informes. Puede que sea así, pero el espectador tiene la sensación de que va a conocer de primera mano unos hechos que puede que no vean la luz.

La cápsula Scoop (la número VII en la novela) se ha salido de su órbita y precipitado sobre el suelo de Piedmont, una pequeña localidad de Nuevo México (EEUU). Aquel pueblo había sido herido por una catástrofe terrible (Día 2: VII). Los hombres de ciencia Jeremy Stone (el eficaz y no siempre aprovechado Arthur Hill) y Mark Hall (James Olson) inspeccionan el terreno después de que se haya perdido el contacto con una avanzadilla exploratoria del ejército. Piedmont no cuenta con una gran población, pero la sonda venida del espacio la ha diezmado. Los cuerpos de los lugareños responden a una extraña patología, y proporcionan a Robert Wise la ocasión de una inquietante composición en formato cinemascope, difícilmente olvidable. Precisamente, el primer intento de exploración del lugar fue narrado por el realizador a través del audio de unos altavoces, con objeto de acrecentar la incertidumbre ante la posterior llegada de los dos científicos. Ambos personajes auscultan el terreno contaminado y a su población como si estuvieran en la superficie de otro planeta.


Recuperada la cápsula, esta es enviada a una ingente base experimental, una estructura científico-militar donde se puede estudiar el germen procedente del espacio. En suma, se trata de una especie de Wright Patterson (Ohio) o Área 51 (Nevada), pero en Flatrock (también Nevada), que tiene por tapadera la apariencia de un centro de investigaciones agrícolas. El complejo de Wildfire, que así se llama, cuenta con unos laboratorios subterráneos y unas precisas técnicas de asilamiento que, en sí mismas, constituyen, para el que esto suscribe, un sugestivo mecanismo de intriga argumental. Ellas articulan la primera parte de la película, además de la inclusión de algunos aspectos narrativos en prolepsis (como una encuesta política sobre lo sucedido), o el reclutamiento de los miembros del equipo que van a trabajar en el patógeno Andrómeda. A estos científicos se les convoca con celeridad, pues la situación es apremiante. Ellos son los referidos Jeremy Stone, bacteriólogo ganador del premio Nobel, el cirujano Mark Hall, y sumándose al grupo, la microbióloga Ruth Leavitt (Kate Reid) y el patólogo Charles Dutton (David Wayne). Los actores ayudan a transmitir esa apariencia de realismo ante lo inesperado.

El suspense que se crea es inmediato y letal, y aventaja a los aspectos más circunstanciales de una posible acción trepidante. De resultas de ello, es esta una película (y una novela) más encauzada a la reflexión científica. Empero, Robert Wise no deja escapar la ocasión de transmitir dicha inquietud por medio de la imagen, como sucede en los planos donde se muestra una calculada profundidad de campo, presentando objetos y personajes en primer término, junto a otros en disposición general o media. Un contraste visual donde la realidad parece trastornarse, en un detallismo que se hace extensivo a la composición del plano en varias imágenes. Son como focos dentro de una configuración más amplia, que denota dos o más niveles de percepción, tales como la cotidianidad y la emergencia (señalada por un soldado armado al fondo del plano), o la posibilidad de una contingencia y su materialización. Incluso la distinción entre lo grande y lo pequeño, cuando la planificación se vertebra en torno al plano (los científicos estudiosos) y el contraplano (Andrómeda).


Este suspense, como observaba, incluye el fascinante recorrido de los protagonistas por el interior de la base científica, un enclave sujeto a una posible autodestrucción. A lo largo de este proceso, los personajes pueden ser vistos como los anticuerpos de un organismo mayor. Una tesitura en la que los cobayas son tanto roedores y primates como seres humanos.

En esta línea, si una alarma biológica es activada por computador para sellar el complejo, cabe pensar si, en efecto, no es mejor para la raza humana esta inmolación, como forma de inmunización preventiva. De forma premonitoria, hasta la biblioteca del centro se halla en el interior del ordenador. Aparte de que una trama donde tratan de convivir científicos, militares y políticos es de por sí una combinación explosiva.

Pero la aportación más trascendente de La amenaza de Andrómeda es la que atañe a la cuestión de cómo puede ser la vida extraterrestre. La detección y aislamiento del virus foráneo organiza el argumento tanto como la sorpresa y ampliación de conciencia que conlleva. En esta segunda parte del proceso, los científicos disponen de los dos únicos supervivientes de Piedmont, un anciano llamado Jackson (George Mitchell), y un bebé de pocos meses (Robert Soto). Como hace notar la enfermera Karen Anson (Paulla Kelly), hasta ahora Wildfire ha sido un juego.

El punto de partida de toda esta arriesgada investigación se centra en la química de la sangre; el exceso de acidez o de alcalinidad sanguíneos. Pese a todo, la amenaza es doble, pues Andrómeda primero ataca a la sangre humana y luego a los polímeros, dependiendo de su fase de mutación.


La adaptación de Nelson Gidding (1919-2004) sigue al pie de la letra el desarrollo argumental, e incluso algunos diálogos, del original (la captación de los protagonistas por la policía militar, la indisponibilidad de uno de los sabios convocados, la voz seductora que se escucha a través de unos altavoces…). Si bien, como es lógico, también se dan algunas ligeras variantes que dan más juego en el ámbito audiovisual. Como el descubrimiento de uno de los supervivientes durante una primera ronda exploratoria (Día 1: III). En la novela, se incide en el conocimiento del Proyecto Scoop respecto a la captación de formas de vida extraterrestre micro-orgánicas (Día 2: V). De igual modo, Stone se hace acompañar en el libro por Charles Burton -apellidado Dutton en la película-, durante la visita a Piedmont, en tanto el microbiólogo Peter Leavitt es, en la película, Ruth Leavitt, aunque ambos personajes (en realidad, el mismo personaje) padecen de epilepsia (Día 3: XX).

Interesante es señalar el terrible suicidio de un muchacho que ha ingerido un disolvente (Día 2: VII), lo que junto a la anciana que se ha quitado la vida, y otros ejemplos manifestados en la novela (en parte en la adaptación), significa que no todos los habitantes de la aldea fallecieron a un mismo tiempo. Asimismo, el orden de los colores en los niveles del complejo Wildfire varía (azul en el libro para el último nivel, donde se desarrolla el grueso de la acción, blanco para la película), así como los intervalos previos a una detonación nuclear, de tres minutos a cinco en la película, junto al tiempo que resta para su cumplimiento, de treinta y cuatro segundos a tan solo ocho.

Completan la interesante premisa de La amenaza de Andrómeda los efectos ópticos de Douglas Trumbull (1942), la fotografía del poco prodigado pero ecléctico Richard H. Kline (1926), y la sugestiva música electrónica de Gil Mellé (1931-2004).

Escrito por Javier Comino Aguilera


Taxus 1: El último en llegar, de Isaac Sánchez

16 julio, 2018

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Las costumbres pueden con nosotros y aunque nos quejemos abiertamente, entrar en mundos nuevos y comprenderlos puede llegar a resultarnos más difícil de lo que desearíamos. Vivimos más cómodos en la reiteración centrípeta de nuestros gustos o referentes. Por ello, salir de esa situación es complejo, aunque bastante necesario para abrirnos nuevas fronteras y descubrir que, seguramente, nos estamos perdiendo más de lo que nos imaginábamos al principio. Por eso mismo, los prejuicios tampoco ayudan.

Podríamos presuponer que Taxus 1: El último en llegar (2017) es un cómic más que sumar a la larga lista de productos creados a partir de la fama de un youtuber, pero eso no dejaría de ser más que un prejuicio sobre toda una serie de obras que, en realidad, son bastante diferentes entre sí. Tan solo hay que tener cierto ojo crítico para saber valorar cuándo nos están vendiendo la moto frente a las situaciones en que realmente encontramos, como mínimo, una auténtica obra personal y artísticamente atractiva.

La lectura de una obra así supone, por tanto, la ruptura con esta idea preconcebida, como también su creador, autor y dibujante, ha roto, o está en vías de hacerlo, con la comodidad que su alter ego, Loulogio, le había brindado en internet, y se enfrenta a sus lectores como Isaac Sánchez, el dibujante que fue y que nunca dejó de ser. Más allá de monólogos, reseñas y vídeos de doblaje humorísticos, gameplays junto a Roc, alias Outconsumer, y otros compañeros, o espectáculos varios en teatros y televisión, ha mostrado una gran pasión por el mundo del cómic, recomendando, analizando, reseñando y, sobre todo, dibujando. Anteriormente a su éxito como youtuber había publicado El regreso del hombre pez (2008), que se alzó con el premio Josep Coll del Salón del Cómic de Barcelona. Con Taxus, trata de regresar al dibujo con una saga que emplea elementos de la mitología cántabra.


En este primer tomo, acompañamos a Benito en su llegada a este peculiar mundo a través del árbol Taxus después de haber intentado suicidarse. Como se recalca en el cómic, se trata de un don nadie de apariencia despistada y afable, fotógrafo de profesión y con ciertos traumas arrastrados en su vida. Pronto tendrá que adaptarse a un mundo lleno de criaturas extrañas, aunque para ello contará con la ayuda de Laro y Anjara, quienes lo guiarán y acompañarán. A la vez, las criaturas oscuras parecen haberse empeñado en secuestrarlo.

Gracias a un elaborado dibujo pintado con acuarelas, donde se trabaja bastante bien con la luz (a destacar las viñetas que concluyen el tomo), los personajes se desenvuelven y se van presentando a través de su aspecto, sus intervenciones y, sobre todo, sus acciones. Aunque aparentan ciertos clichés, poco a poco Isaac nos va mostrando motivaciones ocultas y secretos que crearán interés en el lector y que plantean dudas e interrogantes para próximas entregas. A ello debemos sumar la forma en que juega y rompe con el horizonte de expectativas que pudiéramos tener sobre el argumento y su protagonista. En este aspecto destaca y se diferencia de lo que hubiera sido una aventura más habitual y, por tanto, menos estimulante.


Es más, lo que pudiera parecer, por otra parte, una desventaja, es decir, el uso de criaturas más desconocidas frente a los seres mitológicos más populares, especialmente griegos o nórdicos, acaba siendo un principal motivo atractivo para su lectura. La aparición de criaturas mitológicas de gran originalidad, que parten de una mitología menos conocida, como es el caso de la cántabra, le otorga una personalidad especial al cómic. Sin duda, varias de estas criaturas maravillarán al lector o lo atemorizarán, según el caso, porque tampoco se limita a la hora de tomar decisiones drásticas. Frente a este elemento menos popular, Isaac siembra su cómic de distintas referencias tanto populares como frikis, curiosamente la mayoría a través de Laro, lo que provocará que, en gran medida, el lector objetivo, aquel al que se dirige este tipo de cómic, se sienta también cómodo reconociendo estas menciones.

Quizás la parte más negativa de este primer tomo sea su brevedad y también ciertas escenas que finalizan de forma abrupta. Además, debemos mencionar la sensación de que deja en el aire demasiadas cosas que deberán fijarse o profundizarse en próximos tomos. Con todo, es una obra a tener en cuenta en perspectiva de futuro, no solo por su argumento, sino también por su destacada calidad artística y narrativa. Si bien no está inventando nada, juega a la perfección con todo.


Jurassic World: El reino caído, de Juan Antonio Bayona

14 julio, 2018

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La resurrección de la saga de Parque Jurásico ha continuado con la segunda entrega de la nueva trilogía iniciada por Jurassic World (Colin Trevorrow, 2016), que a partir de los mismos protagonistas, nos ha ofrecido un retorno a este peculiar mundo alternativo plagado de dinosaurios. No obstante, como sucede en la actualidad, la cuestión más evidente era saber si esta secuela estaría a la altura de la saga u ofrecería un espectáculo más, reciclando ideas como ya sucedió con la trilogía original de los años noventa, donde los retornos al extraordinario archipiélago donde habitaban los dinosaurios fue una constante no siempre bien llevada. Acerquémonos, por tanto, a Jurassic World: El reino caído (Juan Antonio Bayona, 2018).

Ha transcurrido tiempo desde el catastrófico final del parque Jurassic World y en la actualidad los dinosaurios que habitan la isla Nublar se encuentran en grave peligro por la inminente erupción de un volcán, reminiscencia evidente de una de las teorías de su extinción. Este hecho fragmenta a la sociedad en dos: quienes apuestan por el rescate de los dinosaurios, en tanto inocentes criaturas que fueron creadas por el ser humano y aisladas en aquella isla por su propia mano, o quienes consideran que la seguridad del mundo es más relevante, que los dinosaurios deben permanecer y extinguirse en aquella isla. No obstante, nuestra historia tan solo va a esbozar esta idea, sin centrarse demasiado en ella, dado que pronto nos pondrá en la perspectiva de Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), quien tras abandonar la gerencia de Jurassic World, ha fundado una asociación para cuidar a los dinosaurios, creando un equipo especializado que pretende lograr el rescate de los habitantes de Nublar.


Pronto le llegará la oportunidad de efectuar tal rescate gracias a la ayuda y colaboración de Benjamin Lockwood (James Cromwell), uno de los científicos que junto a Hammond (el creador del parque en la original, interpretado por el fallecido Richard Attenborough) lograron la clonación de las criaturas prehistóricas. La única condición para llevar a cabo la tarea será reclutar a Owen Grady (Chris Patt), el criador de velociraptores y protagonista de la anterior entrega. A partir de este planteamiento, la obra se divide en dos partes. La primera versa sobre el rescate de los dinosaurios y la erupción del volcán, mientras que la segunda nos expone el negocio turbio en torno a la venta de estos seres a diferentes millonarios con motivaciones poco éticas. Obviamente, nuestros protagonistas se encontrarán en mitad de todos estos problemas y deberán intervenir para evitar males mayores.

La propuesta de Jurassic World: El reino caído a nivel argumental se queda en un nivel superficial de sus ideas, plantea alguna pequeña novedad con respecto a la saga, sobre todo en lo relativo a la familia Lockwood, y apuesta por un tono algo más oscuro, pero sin perder la espectacularidad de la entrega anterior. De nuevo, los protagonistas se convierten en seres todoterreno, hasta cotas muy inverosímiles: sobreviven una y otra vez a situaciones en las que deberían haber muerto con relativa facilidad, tal y como sucede con otros personajes secundarios o con los propios antagonistas. Precisamente, una de las escenas más ridículas en este sentido la protagoniza Owen intentando arrastrarse para salvarse de la lava que se acerca a su cuerpo, una lava que avanza y retrocede según el plano sin mantener una velocidad constante. Por no mencionar las ocasiones en que los dinosaurios deciden ignorarlos, no los aplastan de manera accidental o se salvan en el último instante. Es obvio que forma parte de los tópicos de este tipo de películas de acción, pero en El reino caído se acumulan demasiadas escenas similares en este sentido, llegando a resultar absurdo.


El último tramo de la película agrupa algunas de las mejores secuencias con un ambiente de terror más íntimo gracias al uso de la mansión como escenario principal de la acción frente a la enorme y ya manida isla. Nos recuerda a algunas escenas memorables de la original Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993), sobre todo a la secuencia de la cocina entre los niños y los velociraptores. Ahora bien, ello no impide que encontremos algunas incoherencias, como la repentina subasta pública con tanto público, pero tan poca seguridad, o el momento en que Maisie Lockwood (Isabella Sermon) se refugia en su habitación, mostrando un comportamiento quizás típico de una niña, pero ilógico con la actitud o con la oportunidad que le brindaban todas las demás opciones, incluso la de permanecer en el lugar en el que estaba, inaccesible para su cazador. Por cierto, Maisie se suma a la lista de niños que han desfilado por la franquicia, uno de sus elementos ya prototípicos. Como igual de tópicos y maniqueos son los antagonistas, que siguen la estela ya vista en la saga: militares o empresarios sin escrúpulos, que solo buscan su beneficio personal y que acaban siendo víctimas de tal codicia en forma de violenta muerte entre dentelladas de dinosaurio.

Como aciertos de la película, podemos mencionar algunos chistes que relajan la tensión de la primera parte, sobre todo gracias a la intervención de Franklin Webb (Justice Smith), aunque puede saturar en algunas secuencias y después, de forma repentina, desaparece hasta prácticamente el final de la obra. También, la mezcla entre la monstruosidad que representan los dinosaurios y la sensación de maravilla que sienten algunos personajes al contemplarlos, algo que se pretendía mostrar también en Jurassic World, pero que aquí se logra gracias a la mayor intimidad y cercanía entre los personajes y su encuentro con estos seres. A todo ello debemos sumar la buena mano de Juan Antonio Bayona y su equipo de fotografía para proporcionarnos algunas escenas de una belleza inusual, que rompen con la vorágine de la acción, como sucede, por ejemplo, con la despedida de la isla o con el final de la última batalla. Aunque ya sabemos cuál es el objetivo del director y en ocasiones retuerce demasiado el desarrollo argumental para lograr la secuencia deseada, suelen funcionar bastante bien y elevan la calidad artística de la obra. A nivel argumental, tan solo merecería la pena rescatar la idea en torno al personaje de Maisie Lockwood, que aporta una novedad relevante en la saga y a explorar en el cierre de esta trilogía.


No obstante, y para concluir, Jurassic World: El reino caído sigue la estela de su antecesora en proponernos una aventura entretenida con grandes medios a su disposición, pero en ocasiones resulta excesiva, incoherente o inverosímil, puede llegar a rozar el ridículo y resultar previsible a los espectadores experimentados, incluso en los giros argumentales que pretendían ser más sorprendentes. Presenta algunas secuencias bastante atractivas, logra mantener la tensión e incluso acercarnos a ciertos momentos de terror, pero también está demasiado atada a los tópicos de la saga y aunque intenta abrir las puertas a novedades en la franquicia, no se desarrollan en esta entrega, que queda por debajo de lo que cabría esperar. Es decir, seguramente no sea tan buena como para marcar un precedente, pero está por encima de algunas de las peores entregas de esta misma saga.


El autocine (LI): Colossus, de Joseph Sargent

10 julio, 2018

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Existe un conocimiento en el que la sabiduría está ausente. Cuando se infringen las leyes naturales, e incluso las políticas (aunque sean dos cosas distintas), no se produce una intelección armónica, sino ese género de conocimiento que, aún revestido de buenas intenciones, solo sirve a la ambición del ego. ¿Quién necesita de un nuevo tribunal del Santo Oficio cuando en la actualidad el peso y la presión de la propaganda teledirigida son inconmensurables sistemas de adoctrinamiento social? Ningún control más eficaz que aquel que no se percibe, hasta que ya es demasiado tarde.

Aunque la extensión espacial del Proyecto Colossus es considerable, llegando a abarcar un enorme hangar semi-subterráneo, lo más aterrador del mismo es su extensión mental o psicológica, su invisible infinitud. Aun así, el enclave o unidad de control que sirve de receptáculo al inmenso ordenador, nos sitúa en un ámbito físico, si bien, el tiempo puede ser extrapolable a casi cualquier época. Esto se nos muestra cuando el doctor Charles Forbin (Eric Braeden) recorre las instalaciones que lidera, al comienzo de la narración, escrita por el interesante James Bridges (el realizador y guionista, no el actor; 1936-1993), en torno a una novela de D. F. Jones (1918-1981). Un lugar fuera de la vista de la gente común, pero que forma parte (o va a formar parte) de sus vidas. Para el científico, la comunicación consiste en estar a la vanguardia de la tecnología e ir aclimatándose a esta. Y no será el único, ya que todo el aparato estatal, con su Presiente a la cabeza (Gordon Pinsent), se inserta en este clima donde importa más el haber llegado que la finalidad de haberlo conseguido.


Por supuesto que la intención y razón de ser de un proyecto como el que se expone en Colossus (Colossus, the Forbin Project, Universal, 1970), está tan cargada de buenas intenciones como cualquier otro cementerio de ideas. En esta ocasión, se trata nada menos que de acabar con las guerras, y de paso, con el hambre en el mundo. Pero lo loable de la premisa no tarda en chocar con el advenimiento de unos resultados totalmente inesperados, incluida la comunicación verbal del resuelto artilugio.

El caso es que a la máquina pensante Colossus, se le ha dado el control y manejo de los sistemas de defensa del país, exactamente igual que en la Unión Soviética sucede con su gemela, llamada Guardián. Se presume que tales mecanismos son más avanzados e inteligentes que el cerebro humano, lo cual es cierto. Trabaja sin ayuda humana y es inexpugnable, asegura el doctor Forbin, refiriéndose a Colossus. Lo cual plantea un absorbente e interesante conflicto -qué duda cabe-, que anticipa contenidos después vistos en tramas similares, como Juegos de guerra (Wargames, John Badham, 1983) o Engendro mecánico (Demon Seed, Donald Cammell, 1977); aunque también beba de argumentos como el ordenador de 2001, una odisea en el espacio (2001, A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), o el capítulo El mejor ordenador (The Ultimate Computer, John Meredyth Lucas, 1968), de la serie Star Trek (1966-1969).


En todas estas producciones subyace la fascinación por lo tecnológico. No importa para lo que sirva, sino su novedad implícita, ser el primero en disponer del artefacto (un consejero del presidente hace hincapié en ello). Sin embargo, ¿es Colossus capaz de generar una idea o una conciencia? La respuesta a esta pregunta de Forbin es sí, para su desconcierto. Algo que va más allá de la mera alienación de los usuarios de un producto cibernético. De este modo, se produce el encontronazo entre el hombre y la máquina, el creador y lo creado, con lo que no están de más las referencias al monstruo de Frankenstein.

Colossus comienza a tomar decisiones por su cuenta, pero al contrario de lo que sucederá con otras inteligencias artificiales, esta se adueña de la personalidad egoica de los seres humanos, una vez que ha computado -no asimilado- su historia, recursos y conocimientos.

Por descontado, todo esto transcurre con significativa celeridad (el proceso se desarrolla en cuestión de unos pocos días, pero no me refiero solo a este aspecto), con lo que los científicos y el resto del mundo no salen de su asombro. Desde su unidad de control, Colossus y su gemelo omnímodo supervisan y determinan las funciones de sus siervos, antes adeptos, los referidos seres humanos, en una materialización del peligro que no excluye el asesinato. Como ya advirtió el presidente de la nación (y por extensión, de todas las naciones), tras la personificación, viene la deificación. En este sentido, el gobernante prefiere decir toda la verdad siempre que le es posible, al “pueblo” y a la máquina misma, que también ha aprendido el arte de la ocultación. Una honestidad que tropieza en un campo al que no se pueden poner puertas, una vez se ha abonado con el intríngulis de la dependencia tecnológica. Hasta el doctor Forbin pasa de hacedor a sometido, habiendo sido seleccionado por Colossus para ulteriores y coercitivos propósitos. No olvidemos que es siempre el poder quien elige a sus acólitos y no al revés, aunque nos parezca lo contrario.


Colossus es uno de esos relatos premonitorios. Su realizador, Joseph Sargent (1925-2014), lo sirve con efectiva pulcritud, aunque añade un expresivo plano circular a la llegada de Forbin al centro de control, tras la presentación del Proyecto al resto del planeta. Sargent fue, principalmente, un realizador de ámbito televisivo, sin demérito de tal afirmación, pero los aficionados más avisados lo recuerdan, principalmente, aparte de por la presente, por la notable Pelham 1, 2, 3 (The Taking of Pelham One-Two-Three, 1974). Podemos añadir el excelente capítulo Las maniobras de la Corbonita (The Corbomite Maneuver, 1966), de la antes citada Star Trek.

La reciente edición de la música de Dominic Frontiere (1931-2017), a cargo del estupendo sello La-La-Land, añade otro pico a las estimulantes bandas sonoras de aquella época y similar sesgo genérico, caso de THX 1138 (1971) de Lalo Schifrin (1932), Duel (1971) de Billy Goldenberg (1936), The Andromeda Strain (1971) de Gil Mellé (1931-2004), Soylent Green (1973) de Fred Myrow (1939-1999), Phase IV (1974) de Brian Gascoigne (1948), Demon Seed (1977) de Jerry Fielding (1922-1980), o Saturn 3 (1979) de Elmer Bernstein (1922-2004), por citar tan solo algunas perlas electroacústicas.

Por otra parte, aunque en las labores de vestuario hallamos a la infatigable Edith Head (1897-1981), una de las escenas más memorables e imaginativas de la película es la de la “necesidad” de despojarse de toda vestimenta, por parte de Forbin y su colega, la doctora Cleo Markham (la estupenda Susan Clark), con objeto de poder intercambiar información. La libertad es una ilusión, confirma Colossus, y como escenificación de dicha afirmación, advertimos que, al menos en teoría, algunos desempeños laborales han dejado de ser necesarios.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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