Cuentos de invierno, de Isak Dinesen

02 diciembre, 2016

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Empresaria, granjera, pintora, escritora, la danesa Karen Blixen (1885-1962), que firmó la mayoría de sus relatos bajo el pseudónimo de Isak Dinesen, es principalmente conocida por haber sido llevada una determinada parte de su vida al cine, de la mano del recomendable Sydney Pollack (1934-2008), en Memorias de África (Out of Africa, Universal, 1985). Pero más allá de la película y para todos aquellos que se tomaron cierto interés, Dinesen es también conocida por su labor como narradora. 

Lo cierto es que, en lo que a los Cuentos de invierno (Winter’s Tales, 1942; Alfaguara, 1985; Círculo de lectores, 1995) se refiere, prevalece la sensación, estrictamente personal, de que estos se van edificando “sobre la marcha”, o como dicen los anglosajones, que estamos ante un work in progress, no digo que impremeditado, sino más bien con ciertas concomitancias con el propio e imprevisible transcurrir de la vida. En este sentido, asoma la fabulación de características orales, aunque estemos frente a un escrito.


Es una forma de verlo y de leerlo, habida cuenta de que buena parte de esta selección la constituyen historias de naturaleza alegórica y rúbrica marcadamente psicológica, tales como El joven del clavel, donde el zagal Charlie Despard, que ya no tenía más que decir (como escritor) tras un primer libro de carácter autobiográfico, se enfrenta ahora al segundo, con todo el terror que ello conlleva, sobre todo porque siente que su “genio” se ha desvanecido. En un hotel, confunde la habitación y a su esposa con otra persona acostada en la cama, que es, a su vez, buscada por otro joven, portador de un clavel. Finalmente, Charlie parte a la recolección de unas nuevas experiencias por el puerto de la ciudad, sin desestimar el embarcarse.

Por su parte, en El acre del dolor, el joven Adam mantiene una relación muy especial con la casa solariega de la familia y con la tierra danesa. Ha regresado tras largos servicios en el extranjero y por una serie de carambolas es el destinatario de una herencia, pese a lo cual, se especifica que no era una persona codiciosa, sino que tenía fe en su propio talento y le alegraba saber que su éxito en la vida dependía de sus dotes personales. Y en efecto, algo debe tener el ambiente de su tierra, puesto que la nostalgia, que no había conocido hasta ahora, se apoderó de él. El hecho es que, a su regreso, se reencuentra con su tío, lo cual es una prueba más que superar. Indolente y reprobable, el terrateniente hace segar a una mujer todo un acre de centeno para poder librar a su hijo de una acusación y condena por piromanía que, para más inri, es falsa.

Pintura de Peder Monsted
La heroína narra la relación entre el joven seminarista inglés Frederick Lamond y una atractiva artista de variedades en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y en otras etapas posteriores. Se trata de un relato sobre la esporádica amistad entre dos personas poco afines, en principio, y sobre la percepción del paso del tiempo. En el Cuento del joven marinero, el joven en cuestión, Simón, recibe una inesperada ayuda cuando huye de unos colegas rusos tras cometer un delito involuntario; en tanto que Las perlas propone las escenas de un matrimonio joven, aunque sean interiores y, sobre todo, centradas en el personaje femenino. Una reflexión psicológica más que somática de los diversos instantes y pensamientos de quien ha confiado parte de su vida a otra persona. El estatus de seguridad se tambalea y agrieta en entorno a sentimientos velados, que se verbalizan o se ocultan, pese a ser esta una pareja relativamente bien avenida, pero abocada poco menos que al hastío del universo (una felicidad que parece deshilacharse al mismo tiempo que un collar de perlas, en el que cada una de ellas representa un año de casada).

Uno de los mejores cuentos es Los invencibles dueños de esclavos, que hace acopio de cierta causticidad y compostura británica hacia unos personajes que se dan cita en el siempre estimulante escenario de un balneario, al modo de una anatomía del anhelo del posicionamiento social. Y regresando con los relatos de corte introspectivo, El niño soñador describe la relación de un chico, poseedor de un encanto y magnetismo especial, hacia sus pudientes padres de acogida. Una nueva adopción será el nexo de Alkmene, esta vez por parte de un párroco y preceptor, y de su esposa, aunque el relato está narrado por un vecino, el adolescente Vilhelm, simpático holgazán que ha sido alumno del primero y que se ha convertido en buen confidente y amigo.

Pintura de C. D. Friedrich
Ya advertíamos que en muchas de estas historias se produce un quiebro de etiología inesperada, agridulce o abiertamente cruel, que la mayoría de las veces tiene que ver con el paso del tiempo, las oportunidades perdidas o los inescrutables senderos de la propia existencia; a veces, muy elusivos o decepcionantes. Una lección aprendida, casi con seguridad, de la propia vida (además de la vida de los demás). Baste recordar cómo el padre de Dinesen, militar de profesión, se suicidó cuando ella tenía tan solo diez años.

De este modo, es El pez un pesaroso cuento de estilo infantil, en el que el rey de Dinamarca recibe la visita de un joven sacerdote y teólogo, Sune Pedersen. Ambos encuentran un anillo en el interior de un pez que cocinan junto a un viejo pescador. El monarca se dio cuenta de que su soledad era su fuerza, pues él era todo el mundo. Ahora bien, lejos de resultar, como en otras ocasiones, impresionista la factura, más se acerca esta historia a cierto simbolismo con tintes surrealistas y al realismo, dada la hechura de su preciosismo gramatical, pródigo en detalles adjetivales y arabescos narrativos.

Por su parte, el Peter de quince años, de Peter y Rosa, quería ser marinero pese a su temperamento filosófico, pero su tío, el párroco del lugar, lo tenía atado a los libros. A su vez, su prima Rosa tenía un resentimiento especial contra el destino. Y en efecto, ambos se acabarán enfrentando a su aciago hado cuando queden a la deriva sobre un témpano (su embarcación soñada), en glacial pero imperecedera ventura.

El hándicap es que tanta gravedad psicológica ahoga a la mayoría de personajes, sobre todo a los más jóvenes. A esta nórdica pesadumbre le falta cierta calidez, aunque no esté exenta de compasión o de clemencia, incluso como encarnación de una juventud malograda o de la madurez desengañada. Es por lo que estos Cuentos de invierno a veces solo resultan fríos.

No obstante, mejor sabor de boca depara Un cuento consolador (afortunado título), cuyo pretexto es la relación de los artistas con su público. En él se expone el encuentro fortuito del escritor Charlie Despard (el mismo nombre, y por lo tanto, personaje, del primero de los relatos) con un amigo médico, Eneas Snell, que a su vez le narra una bonita vivencia mística que tuvo en Persia.

Cuentos de invierno cuenta con una traducción de Francisco Torres Oliver (1935) y un prólogo de Vicente Molina Foix (1946), que debía ser el epílogo, pues como muchos prólogos de estas características, abunda prolijamente en el contenido de los relatos. En ellos, los personajes apenas dialogan entre sí, sino que divagan o mantienen monólogos y soliloquios consigo mismos. A veces, hasta la tierra que pisan se muestra muda y sorda (Un cuento consolador).

Escrito por Javier C. Aguilera



Noticias: Próximamente en BdC

30 noviembre, 2016

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Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC), Barcelona (Fotografía de MB)
El frío se ha instalado en el ocaso del otoño y nada mejor que calentarse entre las páginas de un libro y los fotogramas de una película. Seguramente habéis pensado lo mismo, porque hemos tenido más visitas que de costumbre, con 16.000 durante noviembre. Esperamos que nos sigáis acompañando para finalizar este año 2016. Sumamos dos seguidores más en Blogger, con 168, y tres en Twitter, con 600, mientras que nos mantenemos en Facebook con 174 me gustas.

Hemos tenido un mes bastante completo en cine y literatura. Desde clásicos de la novela negra, como Asesinato en el Orient Express, hasta cuentos fantasmagóricos con los Corazones perdidos de M. R. James, incluyendo novelas juveniles como Un monstruo viene a verme o de ciencia ficción, como Muerte de la luz. En cine, hemos podido echar un vistazo a adaptaciones de algunas de las obras antes mencionadas, como Asesinato en el Orient Express o Un monstruo viene a verme, pero también hemos tenido piezas independientes como Yo, él y Raquel, clásicas como La condesa descalza o blockbusters como Doctor Extraño.

Sidney Lumet, a la derecha, junto a Coulouris, Finney y Bacall en el rodaje de Asesinato en el Orient Express
Para diciembre encaramos la recta final de un año donde quizás no hemos publicado tanto como otros años, pero donde hemos seguido con una trayectoria de la misma calidad, o al menos lo hemos intentado, que nos caracteriza. Por supuesto, tendremos nuestro ciclo navideño como es usual aparte de las entradas previas. Viajaremos a Palestina, revisitaremos directores como MacKendrick y tendremos nuevas lecturas.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Durante este mes de noviembre nos ha dejado Leonard Cohen, lo recordamos en este resumen con el tema Hallellujah.


"La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía"
                  -Ludwig van Beethoven


La condesa descalza, de Joseph L. Mankiewicz

29 noviembre, 2016

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El lenguaje que el guionista y director Joseph L. Mankiewicz (1909-1993) elabora para hacer hablar a los personajes de Harry Dawes (Humphrey Bogart) y María Vargas (Ava Gardner) es elegíaco, nostálgico, sincero y sumamente perspicaz. Incluso podríamos decir que es inevitablemente fatalista. Asegura María, en su segundo encuentro con Dawes, que cuando me descalzo me siento más segura. Lo que sería el equivalente, no tanto de tener los pies sobre la tierra, como de tenerlos en su propio mundo. De niña, María no dispuso de calzado, y de adulta le es ingrato. Por medio de esta imagen icónica, la bailarina y futura actriz María Vargas, por intercesión de Mankiewicz, hace prevalecer desde un principio su necesidad de independencia, tanto familiar como laboral.

Estos encuentros o conversaciones suponen siempre un escalonado punto de no retorno, para lo bueno y para lo malo; y en cualquier caso, para poder cambiar de vida. Como en toda buena poesía, esta se acaba ramificando y ofrece significados superpuestos. Una franqueza casi aplastante que se escenifica en la terraza de la vivienda madrileña de María o, ya en Italia, con los hermanos Favrini (Rossano Brazzi y Valentina Cortesa), sincerándose a solas. 

Hasta el frívolo duque Max Black (John Parrish) posee esta honradez en el interior de un casino. Al fin y al cabo, esta sinceridad desvela lo que de ordinario es ocultado -cuestión de supervivencia-, mostrando el auténtico interior de estos personajes. Algo que Mankiewicz sabe exteriorizar con maestría, haciendo al público, desde su propia intimidad como espectadores, partícipes de ello.

Por ejemplo, en la referida charla entre los Favrini, el conde asegura a su hermana que no puedo hacer nada por cambiar el destino, por lo tanto, estoy libre de culpa. Palabras que certifican el que ambos estén abocados a un reducto familiar tan mermado como condenado a la esterilidad. Una maldición que se hace melodramáticamente extensiva a quien entra a formar parte de dicha familia. Todo ello convierte a La condesa descalza (The Barefoot Contessa, United Artist, 1954) es una experiencia difícilmente olvidable.


Pero tras la poética, la segunda vertiente hipertextual de la película reside en su capacidad de fabulación o ensoñación respecto a los cuentos de hadas (o cuentos de niños con forma de adultos). En el sentido de que se pone de manifiesto que de los cuentos se despierta, pero que de la realidad rara vez se regresa, sobre todo tras una enriquecedora e ilusoria escapada.

Como hemos advertido, La condesa descalza se estructura en torno a un ejemplar guión del propio realizador; y comenzando por el principio, el relato cinematográfico y diegético se inicia en el momento en que la bailarina María Vargas es “descubierta” en un colmado madrileño por un consentido y estólido magnate llamado Kirk Edwards (Warren Stevens), a la búsqueda de lo que se suele llamar una cara nueva. Edwards decide dedicarse al negocio del cine como podría haberse dedicado a la cría del urogallo (las similitudes con aquello que comenzaba a suceder en “la vida real” son evidentes). Pero Edwards tiene la baza de que, aparte de su dinero, cuenta con el talento -rescatado de una mala racha- del guionista y director Harry Dawes, además de con un eficaz aunque servil secretario, Óscar Muldoon (un estupendo Edmond O’Brien). No por casualidad, ambos acabarán por emanciparse del niño-rico.

Dawes sintetiza el núcleo de todo este entramado de relaciones laborales y subordinaciones anímicas cuando comenta que la principal diferencia entre el cine y la existencia que conocemos por real, es que el guión tiene lógica y la vida no.  Las imágenes en un cementerio italiano sirven al Mankiewicz realizador para enlazar visualmente con los pensamientos -la materia literaria- de algunos de los allegados de María Vargas, después de alcanzar el estrellato bajo el nombre de María Damata o de convertirse en la condesa Torlato-Favrini. Unos comentarios que se superponen a las imágenes, pues Mankiewicz conoce no solo el valor de las palabras, sino también el visual, así como los efectos de entremezclar ambas vertientes.


Dawes será el realizador de las únicas tres películas que protagonizará en su vida María Vargas (el paralelismo con lo que le sucederá un año después a James Dean [1931-1955] es casi profético), lo cual sirve para reforzar, en off, los lazos de cordialidad y honestidad que han unido a ambos personajes desde el instante en que se conocieron. Será al director y amigo al que María acuda cada vez que se sienta atribulada y encuentre ocasión para ello. Una carrera breve la de la actriz, pero de recuerdo indeleble para quienes trataron con ella e, incluso, para aquellos que realmente llegaron a conocerla. Inaccesible y reservada, María trata por todos los medios de conservar su antedicha independencia e intimidad, con las dosis de asumida infelicidad que tal decisión lleva aparejadas. 

Tanto la intensa fotografía de Jack Cardiff (1914-2009) como la bonita y sugerente música del italiano Mario Nascimbene (1913-2002) consolidan esta sensación de trágica fatalidad y aceptado destino (una breve suite -la película no cuenta con una composición de amplio desarrollo-, fue editada en su día por el sello Legend: CD 11, 1994).


Por último, una apreciación con respecto a la edición de la película en DVD (desconozco en otros formatos). Esta respeta el doblaje primigenio (lo mismo le sucede a Atrapa a un ladrón de Alfred Hitchcock, 1955), pero, por desgracia, contiene los suficientes errores y tergiversaciones, que datan del estreno de la película en España, como para que resulte imposible llegar a comprender en su totalidad el argumento de la misma. Se volvió a doblar el metraje en los años ochenta (siendo José Guardiola [1921-1988] de nuevo la voz de Bogart), pero este excelente doblaje no ha circulado más que en las copias que se han proyectado por televisión. En resumen, en este caso particular, y sin que obligatoriamente haya de servir como inamovible precedente, solo queda el poder disfrutar de La condesa descalza en su versión original (y mejor sin los subtítulos, que nunca son la garantía de que tanto se presume).

Por descontado, la versión original es siempre un ejercicio aconsejable para el que posee cierto nivel de idiomas o es buen conocedor de la película, pero no a todos los públicos les ha apetecido en todo momento el tener que perderse una película entera gracias a la distracción que supone el tener que ir leyendo cartelitos en el borde inferior de la pantalla; máxime cuando el doblaje sí está bien hecho, y sobre todo, insisto, cuando no se conoce el idioma. Al fin y al cabo, ¿cuántos leen las grandes obras de la literatura en su lengua original?

Escrito por Javier C. Aguilera



Doctor Extraño, de Scott Derrickson

28 noviembre, 2016

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Hay géneros que tienen su momento de brillantez, al menos financiera. Así como hubo una época donde no se contemplaba el fin de los péplum o donde el sol nunca se ponía en el Oeste, ahora parece que lo interminable son las aventuras de superhéroes. Sobre todo porque, con la tecnología de su parte, han logrado dar vida a todo lo imaginado en los cómic, han tratado de trascender más allá del mero entretenimiento infantil al que en ocasiones se les ha etiquetado y abandonaron las producciones cutres para convertirse en los taquillazos del momento con inversiones millonarias a sus espaldas.

En este terreno, Marvel parece alzarse con el mejor beneficio al haber construido todo un universo cinematográfico como ya existe un universo en los cómic, y a pesar de no contar con los superhéroes más célebres del mundo del séptimo arte, como han sido Batman y Superman, de DC, ha logrado que revitalizar a sus personajes y atraer a un nuevo público expectante. Dejamos aparte a Spiderman o a los X-Men, que a inicios de este siglo consiguieron sus propias trilogías o sagas con considerable éxito, pero no de la mano de la actual Marvel, sino por los derechos cedidos a otras productoras.

Así, tras haber dedicado varios años a la formación de Los vengadores (Joss Whedon, 2012), ahora han pasado, en una tercera fase, a acabar un ciclo y comenzar a presentar a nuevos superhéroes, tratando de marcar distancias con los ya conocidos. Entre ellos, situamos a uno de los más peculiares: Doctor Extraño (Doctor Strange, 2016), el protector místico de la Tierra. Scott Derrickson (1977) ha sido el encargado de llevar al personaje a la gran pantalla tras una carrera dedicada al cine de terror, además de haber dirigido la revisión de Ultimátum a la Tierra (2008; reconstrucción del original de 1951, obra de Robert Wise).


Como película de inicio, nos lleva a la vida cotidiana de un neurocirujano de prestigio, el doctor Stephen Strange (Benedict Cumberbatch, perfecto para este papel), con una actitud arrogante pero muy profesional. Sin embargo, cuando un accidente le lesione las manos de forma permanente, buscará la forma de curarse hasta en los lugares más insospechados. Eso le llevará a Nepal, donde comenzará a aprender el camino de los poderes místicos. Mientras avanza en su aprendizaje, tendrá que hacer frente a la amenaza de un ser temible y oscuro, Dormammu, que, a través de su acólito Kaecilius (Mads Mikkelsen), trata de destruir la protección de la Tierra para poder conquistarla y llevarla a su dimensión oscura.

Así tenemos una primera aventura predecible en su desarrollo, donde se elabora un nuevo sistema de combate mágico que permite el uso de efectos sorprendentes y llamativos, pero con un guion plano y recurrente. En Doctor Extraño encontramos varios de los elementos que Marvel ha convertido en su sello personal y que pueden provocar que se despersonalice a sus personajes por tratar de barnizarlo todo igual. Aunque eso podemos notarlo parcialmente en esta obra, lo cierto es que se salva por su particular personalidad, que combina bien con el carisma y humor de la marca. Si Stephen Strange nos puede recordar a un Tony Stark médico, o incluso a un Sherlock Holmes desubicado, teniendo en cuenta que Cumberbatch encaja a la perfección en esa arrogancia inteligente que lleva desempeñando varios años por su rol en la serie Sherlock (2010-), el contrapunto de introducirlo a un mundo desconocido para él, del que incluso desconfía en principio, sirve para establecer también un diálogo con el espectador que no está familiarizado con este personaje y su particular mundo.


Es decir, primero somos conscientes en un breve lapso del tiempo del proceso de caída del personaje de su vida cotidiana y exitosa hacia el deseo de buscar una cura, algo mejor, un fin egoísta que le llevará a encontrarse con circunstancias sobrenaturales y a aceptar un nuevo rol en el mundo. De esta forma, observaremos una evolución desde la inseguridad y la incertidumbre inicial hasta la confianza en sus poderes y en su astucia, pasando por momentos de contrariedad o leves fracasos por no estar aún acostumbrado a un terreno desconocido, por ejemplo, en su primera batalla dentro del santuario de Nueva York. La construcción del protagonista se produce de la mejor forma posible y es lo más atractivo de la película, dado que el personaje desprende carisma, se une a la lista de irritantes con gracia, pero sin perder en cierta profundidad trágica.

Por el contrario, los villanos están muy desdibujados. Kaecilius no parece representar una amenaza real, tampoco ayuda su inexpresividad y su desarrollo plano, de enemigo clásico de dibujos animados infantil. El hecho de que detrás de este villano se encuentre el auténtico enemigo, Dormammu, quien hará su aparición casi al final, tampoco favorece al alumno díscolo del Anciano. Una de las cuestiones curiosas es que hay una ausencia de la percepción temporal en torno a este personaje; desde la escena en que Kaecilius roba el ritual hasta el momento en que comienza a ejecutar su plan, hemos podido ver todo el proceso de aprendizaje de nuestro protagonista sin saber cuánto tiempo ha transcurrido, lo que nos desorienta y nos hace preguntarnos por la conveniencia del guion de la espera del villano por llevar a cabo su plan.


En este sentido, no estamos ante una obra que trabaje bien a todos sus personajes, lanzándonos a una historia habitual y plana donde los detalles y matices se encuentra concentrados en puntos muy concretos. Ya hemos señalado que, como era obvio, la evolución de Strange es un punto esencial al tratarse de una película sobre sus inicios, y que se trata de un personaje bien construido; hasta la resolución de la batalla final supone un cambio sustancial con lo visto en otros superhéroes, otorgando mayor valor a la astucia que a la fuerza física o el poder. Otro punto a su favor son los detalles y matices del bando aliado del protagonista. Más allá del contrapunto humorístico que encontramos en Wong (Benedict Wong), encontramos a Mordo (Chiwetel Ejiofor) y al Anciano (Tilda Swinton). El segundo personaje se trata de un ser ambiguo, más allá de su mencionada androginia, por su carácter reservado, que se erige como mentora del protagonista, a quien en un determinado momento entregará una confesión íntima y un legado de responsabilidad que había aguantado durante mucho tiempo. No obstante, ella es también la representación de una decepción, sobre todo para el personaje de Mordo.

Este último también sufre una transformación a lo largo de la película, desde su confianza y devoción al Anciano y a todas sus normas hasta el quiebro que se produce en su interior cuando descubren las verdades ocultas de su maestra. Si finalmente se erige como un posible villano futuro, será más interesante que los enemigos planteados en esta película, dado que su ruptura con Strange residirá precisamente en la percepción de que se pueden permitir ciertas licencias para poder lograr nuestros objetivos, por buenos que sean, pero que ello supone transgredir nuestro propio código moral o aquel que enseñamos a otros y defendemos de manera pública. Una cuestión moral que a veces sirve para separar entre buenos y malos, pero más bien debería dividir entre personas íntegras y aquellas que buscan caminos fáciles ante problemas difíciles.


Entre medias, encontramos un intento de relación romántica entre Strange y Christine Palmer (Rachel McAdams), antigua compañera de trabajo que tratará de apoyarlo en sus momentos más bajos. Ahora bien, la película no está enfocada en construir a esta pareja, que funciona de forma disfuncional y no acaba por cuajar; es más, ni siquiera parece hacerse factible. La falta de química y de desarrollo del personaje unidos al hecho de que se siente como un añadido más obligatorio por compañía que por necesidad nos hace pensar que hubiera sido mejor alejar toda sospecha de romanticismo de una relación donde la amistad funcionaría mejor. Sobre todo porque ella acaba por convertirse en un ancla o enlace con el pasado del personaje, pero sin perder su presencia en un presente muy distinto. Un apoyo del lado más humano de Stephen contra todo el peso místico que recae sobre él como el Doctor Strange.

Sin duda, Doctor Extraño se erige como una pieza peculiar en la franquicia Marvel, logrando que en un mundo tan variado y disperso, encaje a la perfección toda una serie de mística que se representa con unos efectos sorprendentes, que se relacionan a la perfección con el tipo de historia que se trata de establecer. Los efectos referidos a la alteración espacial de los edificios o de la ciudad nos pueden recordar a Origen (Christopher Nolan, 2010), aunque van más allá al centrar la acción en ese panorama irreal. En ocasiones, pueden confundir al espectador, sobre todo en las escenas rápidas, como las persecuciones, y al tratar de establecer ilusiones ópticas imitando incluso a algunas obras de M. C. Escher (1898-1972). No obstante, gracias a ellas se consigue una entidad propia a una serie de poderes cuya traslación desde el cómic se antojaba compleja.


En su conjunto, la película de Derrickson funciona de forma eficiente para lograr entretener con una propuesta poco habitual en sus detalles concretos, aunque con un guion desarrollado de forma más tópica de lo que podría aparentar por sus elementos. Lo mejor lo encontramos en la buena combinación de protagonista y ambiente, consiguiendo una buena obra de inicios para un personaje tan singular. Además de contar con unos efectos potentes a pesar de que puedan llegar a desconcertar o hasta parecer ridículos en ciertos momentos, como en el primer viaje astral, pero que logran recrear un modelo distinto de superhéroe sin que por ello se produzca una caída de la acción más trepidante y adictiva. Un primer paso del que consideramos que se podría llegar a construir obras más profundas e interesantes en torno al doctor Extraño, que vayan un paso más allá de lo mostrado en este principio.

Escrito por Luis J. del Castillo


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