El autocine (LXVIII): La niebla, de John Carpenter

10 diciembre, 2019

| | | 0 comentarios

Todo lo que vemos o percibimos, ¿es solo un sueño dentro de un sueño? Con esta cita de Edgar Allan Poe (1809-1849) da inicio La niebla (The Fog, Avco Embassy-Universal, 1979; estrenada al año siguiente). No es la única forma de dotar de cierto prestigio mítico al relato: según les recuerda el señor Machen (John Houseman) a los muchachos que se congregan en la playa, en otra escena de idéntico calado y que sirve de apertura, el veintiuno de abril se conmemora el centenario de Antonio Bay (California, EEUU), lugar donde transcurre la acción.

Un “parto” accidentado, ya que no anduvo exento de uno de esos capítulos desafortunados con que se construyen las narraciones primigenias, en esta ocasión, cuando el navío Elizabeth Deane encalló, por motivos -de momento- desconocidos, en la escollera de Spivey Point. Ampliando el abanico, La niebla es una película que, a un nivel intra-argumental, bebe de las fuentes de los sagaces relatos de aislamiento y bravura de Jack London (1876-1916), el horror en el mar de William Hope Hodgson (1877-1918) o, de forma menos neblinosa, el Mary Celeste (1884) de Arthur Conan Doyle (1859-1930); además de inscribirse en los apartados genéricos del suspense, el terror, e incluso las aventuras en población costera.

John Carpenter (1948) asegura en el aprovechado documental con que se acompaña la edición en DVD, que su intención original -de él y de la guionista y productora Debra Hill (1950-2005)- fue proporcionar al elemento niebla un protagonismo primordial. De este modo, la bruma se transforma en la envolvente esencia de lo desconocido. De elemento más o menos familiar pasa a ser un fundamento novedoso y sorprendente, sujeto a otro tipo de ley natural; precisamente, una de las características principales del buen relato fantástico es estar determinado por la irrupción de un componente sobrenatural, y su enfrentamiento con este.


Así están las cosas en el plácido Antonio Bay, cuando se presenta la niebla como vehículo espectral de unos personajes del pasado que van a interactuar con el presente. Quien primero es consciente de esta dislocación (sobre)natural es el párroco del pueblo, el padre Malone (un escueto pero estupendo Hal Holbrook). Se trata de un personaje con problemas que no se especifican pero que le da a la botella (posiblemente es una forma de “humanizar” o hacer más “terrena” -falible- su figura). El caso es que estando en su rectoría, se “materializa” un diario que durante muchos años ha permanecido oculto en el interior de un muro. El fenómeno se encadena a otros muchos que acontecen la noche previa a las celebraciones, y que se concentran en los excelentes títulos de crédito iniciales de la película, un segmento al que es obligado referirse. Lo componen una sucesión de planos donde se condensan una serie de alteraciones o poltergeist de los objetos más variopintos y cotidianos (un sillón, latas de conservas, aparatos mecánicos, luces de automóviles). Estos objetos acusan el cambio que se avecina, como los animales al presentir un terremoto. Una idea que nos recuerda algunos momentos de Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977), cuando unos juguetes se ponían en funcionamiento; con la salvedad de que aquí se trata de una fenomenología sujeta a un horario específico, de las doce a la una de la noche.

Aprovecho para referir que, aunque la película se filmó en 1979 -es el copyright que figura en los créditos-, no se estrenó hasta el año siguiente, debido a que, entre los procesos de post-producción habituales y la espera de una buena fecha para el estreno, hubo de afinarse el montaje inicial, añadiendo algunos planos que no habían sido contemplados en un principio. En este sentido, se juega con la idea de que la acción del centenario se sitúa en el marco temporal que va de 1880 a 1980.


Volviendo al diario, este contiene las anotaciones de un antecesor del padre Malone. En ellas se da cuenta del crimen premeditado del Elizabeth Deane, con objeto de adueñarse de las riquezas de algunos de sus tripulantes, que han sido confinados a un lazareto a causa de la lepra (malditos en vida, también lo van a ser en la muerte). Un capital, en todo caso, que va a permitir que Antonio Bay se convierta en un próspero asentamiento. Además, como queda dicho, se establece una franja horaria como “zona crepuscular” peligrosa para los protagonistas, en la que es una de las ideas más certeras de la película, amén de componente habitual en muchos relatos de fantasmas: el anclaje de un fenómeno a una determinada hora del día. La hora que va de la medianoche a la una pertenece a los muertos. Junto al diario reposan los restos de un tesoro en oro, fundido en forma de cruz.

Entre el resto de personajes que convergen en Antonio Bay se hallan el patrón pesquero Nick Castle (Tom Atkins) y la joven Elizabeth (Jamie Lee Curtis), una autoestopista que está de paso. A ellos se añade la esposa de un pescador, organizadora del comité de actividades, la señora Kathy Willliams (Janet Leigh), su secretaria Sandy (Nancy Loomis), y la propietaria y presentadora de una emisora de radio local, vecina de Antonio Bay, Stevie Wayne (Adrienne Barbeau). La idea de una locutora de radio me parece sensacional. Representa la voz atemporal de las ondas, compañera en todo lugar de muchos conciudadanos. Máxime en un enclave hermoso y privilegiado como el que muestra la película (Point Reyes National Seashore, California). En concreto, la emisora se sitúa en el interior de un faro, junto a la costa. Uno de los escenarios más memorables que recuerdo en una película.


A Stevie la llama de vez en cuando el guardacostas y meteorólogo Dan (Charles Cyphers), con quien mantiene un amoroso -o erótico-festivo- juego. Stevie también tiene un hijo, Andy (Ty Mitchell), que hallará una de las respuestas a este misterioso asunto en la playa. Es la materialización de lo inmaterial, de aquello que escapa al alcance de nuestros sentidos (y, por lo tanto, de nuestro entendimiento). Por algo, los mejores relatos de ficción, literaria o cinematográfica, desde la época clásica hasta nuestros días, son aquellos en los que resulta más aterrador eso a lo que no podemos dar forma (recordemos las inigualables producciones de Val Lewton [1904-1951], o la misma La Cosa [The Thing, 1982] de John Carpenter). Razón por las que las películas explícitas o viscerales acaban por naufragar. Por otra parte, producciones como La niebla patentizan el hecho de que lo independiente –que no excluye el estilo propio y la seriedad- puede resultar artístico cuando existe talento; esto es, cuando se sabe emplear el dinero de que se dispone, más allá de contar con un ingente o modesto presupuesto (no es que el talento quede al margen del dinero, pero no es requisito artístico sine qua non).

Gracias a la labor del especialista Rob Bottin (1959) y del director de fotografía Dean Cundey (1946), se logra que asistamos a un banco de niebla que parece palpitar como si estuviera vivo, que se desplaza de forma consciente (¡incluso hemos descubierto a un personaje infiltrado en los créditos, el citado guardacostas, que toma su nombre completo del guionista Dan O’Bannon [1946-2009]!).

Extrañeza a la que se añade la sostenida e inquietante música de Carpenter, autor de muchas bandas sonoras de sus películas. Un acompañamiento electrónico pero melódico, cuya textura proporciona una cadencia enigmática e insistente; por ejemplo, durante los planos que anuncian el anochecer sobre Antonio Bay, y con él, la llegada del veintiuno de abril.


Antes hacía referencia a algunos antecedentes literarios. La deserción en el pesquero Seagrass, del cual Nick está encargado, presenta un rompecabezas como el del Mary Celeste. La tripulación ha desaparecido del barco. Acompañado de Elizabeth, Nick procede a su búsqueda en alta mar. John Carpenter alterna la exploración del pecio con la lectura del diario, por parte del padre Malone. Pero junto al mar y sus insondables misterios también están el bosque y la costa. Al final, toda la población de Antonio Bay queda concentrada en el pequeño grupo protagonista que se refugia en los muros de la Iglesia; de igual modo, aislada del resto del núcleo urbano en la inmensidad boscosa. De este modo, se ponen de manifiesto el papel de la naturaleza, incluida la venganza ultraterrena, y el del ser humano que forma parte de la misma. Hasta que un estrato imprevisto interactúa con este, y ambos se encuentran en dicha naturaleza, formando un todo. Un aspecto que se evidencia en el frío que de repente asalta a Nick y Elizabeth en un hospital.

Así, el pasado del pueblo incluye a seis conspiradores, cómplices de un delito de sangre. La conmemoración de esta noche es como honrar el crimen, es una aberración, determina el padre Malone. Es por eso que los fantasmas que han quedado varados en las orillas de una interzona –como diría Paloma Navarrete (-) - se cobran seis víctimas del presente. Ello, al amparo de un banco de niebla incandescente; algo distinto, ya que, como advierte Stevie Wayne, la niebla no puede ir contra el viento.

Por cierto que, desde su faro, posición privilegiada y de alto riesgo para experimentar los acontecimientos, la locutora retransmite gratificantes temas clásicos en la línea de Glenn Miller (1904-1944), Benny Goodman (1909-1986) o Artie Shaw (1910-2004). Incluso suenan cuando se desprende el ladrillo del muro en las dependencias del sacerdote.


En suma, es La niebla un excelente relato de fantasmas, en su vertiente punitiva, es decir, de cobrase una deuda pendiente. Y por supuesto, de alterar el estado natural de las cosas, de hacerse notar para solicitar un remanso al pasado. El realizador enlaza, a su vez, con los clásicos cómics de la E.C., Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) –que animó otra de sus películas: En la boca del miedo (In The Mouth of Madness, 1994)-, y hasta con un incidente real (explicitado en el mencionado documental). No en vano, John Carpenter ha sido uno de los más destacados narradores en imágenes de la historia reciente del cine. Puede parecer una perogrullada, pero ahí radica precisamente la esencia del cine como arte (y en saber acompasar la imagen al diálogo, siempre que este sea bueno, y no la sarta de obviedades y tonterías con que somos bombardeados). Sin subrayados ni extravagancias visuales, John Carpenter procura complejidad a través de una puesta en escena efectiva y sencilla. Lo mismo puede aplicarse al montaje, de Charles Bornstein (-) y Tommy Lee Wallace (1949), la música, los efectos sonoros y la fotografía. O la plasmación de la niebla, un proceso artesanal y laborioso, pero por eso mismo creíble y con sustancia.

De hecho, La niebla es el siguiente escalafón en la incipiente carrera de su director. De la maldad estrictamente humana de La noche de Halloween (Halloween, 1978), accedemos a la sobrehumana de La niebla (en acertada imagen, Debra Hill las compara con una montaña rusa y un tiovivo, respectivamente).

Finalmente, a los barcos que están en el mar, advierte Stevie Wayne, huyan de la niebla. Es este un colofón que enlaza con el de otro clásico muy querido por John Carpenter, El enigma de otro mundo (The Thing, Christian I. Nyby y Howard Hawks, 1951).

Escrito por Javier Comino Aguilera


Clásicos Inolvidables (CXLVI): El conde Lucanor, de don Juan Manuel

05 diciembre, 2019

| | | 0 comentarios
A pesar de que la Edad Media siempre ha sido vista como una época oscura, de la que conocemos más bien poco por la restricción del acceso a la cultura durante ese periodo y por la decadencia percibida a causa de la pérdida de la cultura grecolatina, que se recuperaría posteriormente en el Renacimiento, lo cierto es que eso no quiere decir que no hubiera personas que cultivasen la cultura y que la desarrollasen durante esa etapa, especialmente durante la Baja Edad Media. Entendamos además que nuestra noción de Edad Media suele quedar relegada a Occidente y, en el estudio que se suele hacer sobre ella en España, a los reinos cristianos y a su convivencia con Al-Ándalus. Es más, a veces obviamos que los musulmanes cultivaron su cultura en esta época y la propagaron afianzando además un tránsito cultura entre Oriente y Occidente. Y, por otra parte, pocas veces nos referimos a la evolución de Asia, que queda a veces alejada de nuestro panorama cultural, pero que realmente tuvo una influencia relevante gracias a la cantidad de relatos e invenciones que llegaron a los reinos europeos desde aquel continente por las rutas comerciales. No obstante, aún dentro de referirnos a un pequeño ámbito de la historia mundial, encontramos casos que merecen ser recordados y que cultivaron la literatura como otra forma más de vida. Quizás también como otra forma de supervivencia ante la muerte.

Una muestra de cómo pervive parte de la cultura desarrollada en esta época medieval la encontramos en la considerable cantidad de cuentos y fábulas, que se agrupan como ejemplos (exempla) con moralejas y que satisfacían ese objetivo tan persistente de enseñar deleitando, que han logrado pervivir hasta nuestros días y que aún se pueden encontrar retransmitidos a través de distintas redes sociales, aunque sin mencionar al autor ni mucho menos su antigüedad, que tiende a ser desconocida. Es más, lo cierto es que podríamos hablar de un necesario y casi obligado anonimato de estas obras. A fin de cuentas, hubo una considerable cantidad de autores que las recopilaron y las patentaron como propias, a pesar de que ya existían de forma previa y tan solo les habían dado una forma personal.

Entre esos casos, encontramos a don Juan Manuel (1282-1348). Sobrino de Alfonso X el Sabio, fue un noble que alternó en su vida entre apoyar al rey de Castilla o a los árabes con los que se alió en ocasiones intentando así medrar en una sociedad medieval.

Aunque no se trata del primer autor en castellano de nombre conocido, consideración que tiene el poeta religioso Gonzalo de Berceo (c. 1198-1264), sí podemos considerar que se trata del primer escritor preocupado por su obra y por alcanzar la fama. En cierta forma, alejado del ambiente monacal, quiso lograr también la fama y el reconocimiento a partir de sus escritos, intentando evitar el anonimato y pasar a la posteridad. Para lograrlo, legó manuscritos y dejó testimonio y listados de sus obras, habiéndose conservado ocho de trece mencionados. Entre todas ellas, la que tuvo mayor éxito y alcance fue el libro de El conde Lucanor (c. 1331), sobre todo su primera parte, compuesta de 51 cuentos ejemplares con los que don Juan Manuel quería guiar a los jóvenes nobles en su comportamiento futuro (no en vano llegó a ser tutor de Alfonso XI de Castilla).

No obstante, debemos tener en cuenta que esta obra no es original, no al menos en el sentido en que lo entendemos en la actualidad, imbuidos por la forma de entender el arte heredada del Romanticismo. Lo cierto es que la recopilación de cuentos y fábulas que Patronio narra al conde Lucanor para ayudarle en sus conflictos no fueron inventados por don Juan Manuel, sino que proceden de distintas fuentes que el noble tuvo que conocer y a los que aplicó su propio estilo, más depurado y ciertamente rico. Así pues, El conde Lucanor agrupa relatos de tradición oral, incluyendo dichos y refranes, junto a otros que proceden de obras latinas, como las fábula de Esopo, hebreas o árabes, muchas de ellas traducidas en aquellos siglos por la Escuela de Traductores de Toledo, como Calila e Dimna, el Sendebar o, incluso, Las mil y una noches, pero también se sirve de su propia experiencia personal o de los sermones eclesiásticos que leyó y escuchó. Más allá de las diferencias que llevaban a guerrear a cristianos y musulmanes en esta época, existió también un aprendizaje mutuo, fruto de la convivencia, del que muchos intelectuales se sirvieron. No en vano, don Juan Manuel, como ya mencionamos, se alió con unos y con otros como tantos otros nobles de aquella época.

Centrándonos en el aspecto más literario, vamos a encontrar en esta obra un ejemplario como tantos que se hicieron en la Edad Antigua y en la Edad Media, siguiendo un modelo que han recuperado algunos psicólogos o terapeutas en la actualidad, como Jorge Bucay (1949-), en que existe un marco narrativo que justifica la necesidad de contar diversas historias, ya fuera una princesa que trata de evitar su asesinato, como en las Las mil y una noches o unos jóvenes que buscan entretenerse mientras se aíslan de la peste que asola la ciudad, como sucede en el Decamerón (1351), de Giovanni Boccacio (1313-1375). Sin embargo, hay que destacar la forma en que don Juan Manuel le otorga su propia personalidad a los cuentos, modificando el estilo de las fuentes originales para impregnarles una retórica accesible y elegante. No se trata de un mero transvase de relatos, sino de una escritura trabajada en que se ha mejorado la materia prima.


Como hilo conductor, encontramos la necesidad de un conde de encontrar alivio o consejo ante diversos problemas, para lo cual consultará a su siervo Patronio. Se trata de una excusa poco verosímil, como comprobaremos si agrupamos las cincuenta y una peticiones que le realiza, ya que son muchas, en ocasiones son contradictorias y en realidad se nota de forma evidente que pretende dar respuesta a múltiples problemáticas que no se darían en un lapso de tiempo breve, sino a lo largo de toda una vida. Don Juan Manuel quiere aleccionar a la nobleza castellana y lo hace en el trasunto del conde Lucanor. Después de todo, el propio autor aparece al final de cada relato dando su aprobación y concluyendo con la moraleja, fundiéndose con la voz de Patronio.

Por tanto, la mayoría de relatos dan respuesta a conflictos propios de la nobleza medieval: ¿debo enfrentarme a mi enemigo aprovechando su debilidad?, ¿debo aliarme con alguien en quien no confío para enfrentarme a un enemigo mayor?, ¿cómo debo comportarme con mi señor si este ha empezado a desconfiar de mí? No obstante, aunque algunas de estas preguntas hayan quedado desfasadas, muchas otras siguen vigentes en las relaciones humanas: ¿qué debo hacer si los demás opinan mal de mí?, ¿qué debo de hacer con mis sueños y proyectos?, ¿cómo actuar ante una traición? De la misma forma que muchos de los cuentos han perdido su vigencia en los tiempos actuales y otros siguen latiendo con fuerza en el sentido común contemporáneo y se pueden aplicar a nuestra cotidianidad.

Cuadro de Johannes Vermeer, c. 1660
Como muestra de los ejemplos que han pervivido y que siguen siendo bastante atractivos, tenemos el cuento II nos habla de cómo un padre y un hijo viajan con un burro y según las opiniones que escuchan en el camino toman diversas decisiones sobre cómo actuar: dejar al burro sin carga, montarse los dos, que vaya uno de los dos... haciendo notar finalmente que no deberían hacer caso a todas las opiniones ajenas porque siempre habrá alguna voz discordante y que te señale que lo estás haciendo mal. Otro de los más populares, el cuento VII, que recoge don Juan Manuel es el cuento de doña Truhana, conocido habitualmente como cuento de la lechera, que nos alerta de que los sueños y proyectos que ideamos no deben despistarnos de nuestro presente, invitándonos a ser realistas y a cuidar lo que hacemos para lograr alcanzar esos ansiados sueños. De la misma forma que no debemos depositar todas nuestras esperanzas en una única solución.

Otros cuentos que tienen plena vigencia son el IV, en que se aconseja no arriesgar la estabilidad por negocios turbios; el V, que nos advierte a través de una fábula de que debemos huir de los halagos fáciles, de la idolatría de los demás, dado que pueden ocultar malas intenciones; el X, en que se apuesta por la individualidad y la necesidad de seguir adelante sin compararse con los demás; el XXI, sobre la forma de educar a los jóvenes sin atacarlos ni reñirles, sino mediante la comprensión de lo que está bien y mal, mediante el ingenio y la experiencia; el XXVI, en que se invita a no tomar decisiones desde la emoción, sino optando por la razón más sosegada y analítica; o, finalmente, el XXXVIII, que muestra cómo la avaricia puede causar la mayor de las desgracias, aconsejando no arriesgar la vida por ese afán de riqueza o por mera frivolidad, como puede suceder hoy con las redes sociales.


Sin embargo, como ya advertíamos, la obra es hija de su tiempo. Por ejemplo, la mayor parte de sus protagonistas son varones de alta alcurnia, el público objetivo al que iba dirigida la obra, aunque en ocasiones encontraremos también a árabes, como el caso del rey Saladino, debido a las fuentes que empleó don Juan Manuel, a animales, dentro de las pocas fábulas que recoge, y, en muy menor medida, a mujeres. El rol de la mujer en El conde Lucanor es mayoritariamente secundario y suele ser el objeto por el que se pregunta más que un agente activo de la obra (en los pocos casos en que lo es, suele ser para representar la dignidad del hogar y de su obediencia al marido); por ejemplo, se invita al hombre a controlar a su esposa, a someterla incluso mediante amenaza de muerte y a lograr que ella actúe de forma sumisa. Es una situación que nos encontramos, por ejemplo, en los cuentos XXVII y XXXV. Se trata de una visión misógina que debemos desechar y que debemos leer de forma crítica, comprendiendo que forman parte de la mentalidad de una época cuyo consejo debemos evitar y cuyas situaciones no debemos repetir. Advertimos, no obstante, que la censura en este caso sería contraproducente: debemos aprender también de los errores del pasado y debemos comprender que ni siquiera en un ejemplario de la talla de El conde Lucanor encontramos la perfección, sino una visión humana más que perfeccionar, que criticar y que mejorar.

También hay numerosos cuentos en que se aferra a la doctrina religiosa o tiene al Dios cristiano como epicentro. Por ejemplo, en el cuento III se recomienda al caballero cristiano que siga batallando y luchando en nombre de Dios, siendo útil a su cruzada contra los moros más que en el retiro espiritual de un monasterio, en una visión distorsionada de la doctrina primitiva y dejándose llevar por el extremismo más irascible y bélico de las religiones. O el cuento XVIII en que se advierte de la predestinación por la que Dios puede provocarnos una desgracia a fin de evitarnos un mal mayor. Seguramente, estos cuentos dedicados al cristianismo sean menos atractivos al lector poco interesado en la religión, pero sirven como una muestra de cómo se instrumentalizan las creencias para provocar y orientar ciertos comportamientos, aún cuando estos pueden ser contradictorios con la moral que defiende esa misma religión. Una contradicción que se explica por la realidad política de la época, en la que vive inmerso el autor. Y a pesar de que se recomienda combatir a los moros, a la par se alaba la virtud de personajes árabes, fruto de la mezcla de influencias que antes referíamos.


Sin lugar a dudas, la riqueza de una obra como El conde Lucanor radica en ese intercambio cultural, esa mezcla algo contradictoria de rivalidad y unión que muestra bastante bien lo que fue esa época convulsa y confusa que llamamos Edad Media. A lo que debemos sumar toda una serie de conocimientos y cultura popular que queda registrada en la pluma de don Juan Manuel y que se agrupa también en las restantes partes de la obra, que incluye, por ejemplo, listas de proverbios y frases hechas que aún hoy se siguen empleando. En conjunto, algunos de estos relatos o proverbios se podrían haber perdido de no ser por la perspicacia de este autor tan preocupado en dejar un legado literario. Entre todos esos cuentos, encontraremos algunos que deben ser leídos con cautela, con la conciencia del tiempo transcurrido, mientras que otros nos sorprenderán por su universalidad y plena vigencia, sobre todo cuando se refieren a cuestiones como la libertad del individuo, el comportamiento que debemos adoptar hacia los demás o las dificultades de las relaciones humanas. El ser humano no ha variado tanto en sus conflictos emocionales, tan solo es el contexto el que ha variado. Por último, cabe destacar que todos estos cuentos son accesibles en versiones que han actualizado el castellano, siendo una edición bastante recomendable la realizada por Castalia en su línea de Odres Nuevos.


Para el sábado noche (LXXXVII): Fuga de Alcatraz, de Don Siegel

02 diciembre, 2019

| | | 0 comentarios
Nadie ha logrado nunca fugarse de Alcatraz. Lo dice el alcaide de esta prisión (Patrick McGoohan), porque el historial de la penitenciaría así lo demuestra. Se siente orgulloso de consolidar un hecho irrebatible, y de formar parte del engranaje de un sistema que, con seguridad, necesitaba de algunos ajustes humanitarios, como los sigue necesitando una justicia raptada por los juristas que son elegidos por los políticos. McGoohan (1928-2009) compone admirablemente y de forma casi minimalista el prototipo de funcionario abnegado e insensible, de los que recalan en una administración mecanizada y entorpecida por el papeleo, se siga empleando el formato papel o no.

Es más, cuando el alcaide Warden procede a su rutinaria y aprendida disertación de bienvenida ante el nuevo recluso Frank Lee Morris (Clint Eastwood), incluso se permite darle la espalda, a fin de tentarle para que tome un objeto de la oficina. Tan seguro está de sí.

Lo que además queda claro es que, de poder evadirse de Alcatraz, la tarea ha de ser cualquier cosa menos sencilla. Nadie lo ha logrado antes. La fortaleza apodada La Roca se sitúa en medio del mar, y está varada entre fuertes corrientes frente a las costas de San Francisco, California (EEUU). En sus años de existir como penitenciaría, de 1934 a 1963, Alcatraz alojó a más de mil quinientos criminales despiadados –no hay que dudarlo-, con escasas probabilidades de rehabilitación.

Morris ha sido sentenciado por asalto y robo a mano armada. Ha tratado de evadirse de otras prisiones más “estandarizadas” sin coronar el éxito. Los títulos de crédito nos lo muestran en su nocturna llegada a la prisión. Hacer el recorrido a la inversa no parece tan fácil. Dicho trayecto incluye el despojarle de sus vestiduras durante un largo trecho. Es una buena manera, por parte del realizador Donald Siegel (1912-1991), también productor, y de su guionista Richard Tuggle (1948), de advertir, de forma visual, alegórica y contundente, de la pérdida de identidad a que se ven sometidos los flamantes reclusos en el interior de esta cárcel de máxima seguridad.


Probablemente, estos y otros muchos apuntes de interés fueron extraídos de las páginas del documentado libro de J. Campbell Bruce (1906-1996), Escape from Alcatraz (1963), que narraba los acontecimientos. Al fin y al cabo, el relato se basó en unos hechos ocurridos en la realidad. En junio de 1962, Frank Morris, junto a los hermanos John y Clarence Anglin (interpretados por Fred Ward y Jack Thibeau, respectivamente), consiguieron evadirse de Alcatraz. Queda en discusión si lograron tocar tierra, pero la huida es un hecho, y se produjo tal cual se describe en la película. Fuga de Alcatraz (Escape from Alcatraz, Paramount, 1979), también refleja la impotencia del compañero que queda atrás, Allen West (al que se cambió el nombre por Charley Butts, siendo interpretado por Larry Hankin). De igual modo, el incidente de la mutilación de los dedos del preso Rufe Persful (1906-1991) fue real. Sucedió en los años treinta, pero con buen criterio, Siegel añade este episodio a su presente histórico, convirtiendo al personaje en un diestro aficionado a la pintura.

La desasosegante e intrigante música de Jerry Fielding (1922-1980) encaja bien con las imágenes de la película (una buena edición la hallamos en Intrada, volumen 236, 2013). Al margen de los planos que se pudieron filmar en el escenario real, el entramado de celdas cobró mortuoria vida gracias a la labor del decorador Allen Smith (-) y la fotografía de Bruce Surtees (1937-2012).


Siegel actúa de notario, sin subrayados innecesarios, respecto a la “robotización” de la rutina por parte de funcionarios y, sobre todo, reclusos. Jugamos con el hecho de que, allende la realidad del carácter de los protagonistas reales, estos se muestran encarnados con un elemental grado de humanidad y empatía. Todos los cineastas clásicos -ergo modernos-, y Siegel formó parte de ellos, supieron proporcionar al espectador este asidero tan necesario para una narración. Casi a modo de ficción documental nos son descritos los circulares hábitos de la vida en la cárcel. Por boca del encargado de la biblioteca, el resignado pero respetado English (Paul Benjamin), conocemos las estrictas costumbres, incluido el castigo de la celda oscura en el bloque D. Hasta las charlas telefónicas están intervenidas. Toda la isla es roca viva, declara English. Buena definición la de esta roca que respira…

Un expresivo plano general de transición muestra la fortaleza-isla al fondo de la imagen, y en término medio un puente (unión cercenada con el resto de la civilización). Otra elocuente imagen la hallamos en el ajedrez escalonado que se ejemplifica en el graderío del patio (en función de la disposición importancia- de los presos).

Pero tras dos años de confinamiento, llega para Morris la posibilidad de la huida, y el espectador, por esa ontológica identificación, se pone automáticamente de su parte. Como queda dicho, Morris ya se ha fugado de otras prisiones -parece que con éxito, aunque no con el suficiente para no volver a ser detenido- en torno a delitos como el allanamiento de morada, el robo con escalo y el atraco a mano armada (en cualquier caso, no delitos de sangre). Destaca, en este sentido, la exploración de los aledaños antes de la fuga. Un segmento de marcado suspense, que se constituye en prolegómeno imprescindible para establecer el espacio y la ruta de escape durante el tercio final de la película.


Entre tanto, los personajes parecen encadenados incluso en la transición de algunas escenas. A lo que se opone la esperanza puesta en la fabricación de unas cabezas de pega, por parte de los futuros evasores, y al fin, la perfecta coordinación entre los cuatro implicados.

El guión no cae en la retórica, va al grano. Por ejemplo, en los concisos diálogos. No pretendemos formar buenos ciudadanos, declara Warden, pero sí buenos reclusos.

En cuanto al resto de personajes de soporte, están Tornasol (Frank Ronzio) y su ratón, Charlie Doc Walton (Roberts Blossom), nombre que recibe aquí el pintor, y como era triste costumbre en la época descrita, el sodomita Lobo (Wolf; Bruce M. Fischer), en cualquier caso, bastante escaso de luces y, con certeza, acreedor de auténticos delitos. Queda en el recuerdo la flor acusadora que Warden encuentra en el bolsillo de su pantalón. Más tarde, perpetrada la fuga, el crisantemo que reposa junto a la orilla del mar lo hiere en su orgullo más que cualquier otra cosa. Don Siegel ha sabido transmitirle un significado alegórico y personificado, que va más allá de cualquier confinamiento. Es el poder de los símbolos.

Un rótulo final nos recuerda que un año después de lo sucedido, Alcatraz dejó de ser una prisión.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Noticias: Próximamente en BdC

30 noviembre, 2019

| | | 0 comentarios
Palacio de Miramar, San Sebastián (fotografía de MB)
Salem's Lot
Nos encaminamos hacia el invierno atravesando noviembre. Y en esta frialdad otoñal nos seguís acompañando con vuestras visitas, 12 000 este mes, que se suman a toda la trayectoria del blog. Continuáis formando parte de nuestra comunidad 191 seguidores en Blogger, 652 en Twitter y 183 en Facebook.

Empezamos el mes finalizando el ciclo de Halloween con Salem's Lot y El sexto sentido. Y hemos continuado con sesiones de cine de la talla de El detective y Dune para finalizar con la música de Cyndi Lauper. En sendas similares caminaremos a través de diciembre, al que hemos llegado y con el que empiezan a sonar ya los villancicos, adelanto de nuestro ciclo de Navidad.

Estaremos esperando el aguinaldo de vuestros comentarios.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Para cerrar, os dejamos con Destripando la Historia, un canal bastante ameno y musical en el que encontraréis muchos vídeos que parodian o profundizan historias conocidas por todos.



"Comencé a escribir para vivir y ahora escribo para no morir."
                  - Carlos Fuentes (1929-2012)



Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...