El autocine (LXXX): D.A.R.Y.L., de Simon Wincer

05 enero, 2021

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ESPECIAL NOCHE DE REYES


¿En qué consiste una familia? ¿Cómo se conforma y estructura? Supongo que el pegamento que los une, aún a riesgo de parecer anticuado, es el amor, o cuando menos el cariño. Pero sabemos que existen familias que no funcionan así; al menos, en su totalidad. Por eso cabe la posibilidad de formar un grupo familiar más allá de los lazos consanguíneos. Para aquellos padres que, por ejemplo, no pueden tener hijos, la adopción es un mecanismo legítimo y beneficioso.

Existe un muchacho que necesita una familia. Al menos, esto es lo que parece. Posee una memoria fuera de lo normal. Pero algunas personas parecen empeñadas en darle caza. Existe una razón para ello, aunque nada tiene que ver con que Daryl (Barret Oliver), que así se llama el muchacho, constituya una amenaza para las personas con las que se pueda relacionar. Es más bien al contrario, como pronto tendremos ocasión de averiguar.

De hecho, todo el proceso de huida de Daryl y su posterior adopción son segmentos bien narrados a través del montaje, de forma concisa, por Simon Wincer (1943) y su editor Adrian Carr (1952). El chico recala primero en un centro de acogida, hasta que aparecen unos padres adoptivos, Andy (Michael McKean) y Joyce Richardson (Mary Beth Hurt). El matrimonio observa que no nos van a dejar adoptar a un niño si no alojamos uno por un tiempo. Esa es la condición previa; bastante dura si tenemos en cuenta que no es difícil encariñarse con el chaval. Ambos adultos residen en una típica y acogedora población norteamericana. Pese a que no se nos indica su nombre, el rótulo Barkenton School, que es en realidad la Kaley School, nos conduce a la bella Orlando, Florida (EEUU). Un entorno con preciosas viviendas y un lago en las inmediaciones. Escenario que se completa con otras localizaciones en Carolina del Norte. En definitiva, un espacio donde, en sarcásticas palabras de Andy, el béisbol es poco menos que la esencia de la vida en el universo (como el fútbol en otros lugares). Pese a todo, la procedencia del muchacho queda envuelta en el misterio, pues además es amnésico y no recuerda nada de su anterior vida.


Daryl entabla una relación de complicidad con los hijos de Howie (Steve Ryan) y Elaine Fox (Colleen Camp), que son vecinos y amigos de los Richardson. Estos son Tortuga (Danny Corkill) y Sheryl (Amy Linker), apodada Puti (Hooker), porque según su hermano, sale todas las noches. Respecto al omnipresente béisbol, será el chico el que dé alguna que otra lección a los mayores (junto al hecho irónico de resultar toda una “máquina del deporte”).

Pero hay algo más. Como Andy y Joyce observan, Daryl no parece necesitar a nadie. Es extremadamente autosuficiente, de modo que expresan su desconcierto ante Howie y Elaine. Pero entonces entran en escena los auténticos progenitores de Daryl, Jeffrey Stuart (el estupendo característico Josef Sommer) y Ellen Lamb (Kathryn Walker), lo que no viene sino a añadir más confusión a los padres adoptivos. Parecen tan fríos como burócratas, aunque se presentan como médicos. En cualquier caso, como le recuerda Andy a una desolada Joyce, sabíamos que no iba a poder permanecer con nosotros mucho tiempo.

De este modo, Daryl se ve obligado a marchar, pero Andy y Joyce van a poder visitarlo en su nuevo “hogar”. Algo favorecido por los mencionados doctores, con la esperanza de salvar al chico de una amenaza que va cobrando forma: su destrucción. Por suerte, no todo está perdido. Tal y como declara Andy, los hijos pertenecen a sus padres, pensando en un principio en los supuestos padres biológicos, y luego dándose cuenta de que los verdaderos padres han sido ellos.


Siento desvelar el meollo, pero sin él no podemos proseguir. El caso es que Daryl pertenece a un reino distinto al nuestro, o al menos, adyacente, híbrido, el de la inteligencia artificial. Placer, dolor, miedo, angustia… el muchacho es un proyecto científico financiado por los militares que, como en tantas ocasiones, experimenta con los sentimientos humanos. Un “diseño” en el que el Ministerio de Defensa está sumamente interesado. Por supuesto que los auténticos autómatas acaban siendo estos últimos, en la figura del general Graycliffe (Ron Frazier).

Así, el protagonista es lo que podríamos llamar un ciborg, pero con un aspecto plenamente natural. Una combinación de máquina y ser humano.

Ambas condiciones le serán precisas para poder sobrevivir. Primero -y también último- como criatura con sentimientos propios, y luego como inteligencia avanzada que una vez usada, se pretende eliminar. Divertido es el momento en que, tras la sustracción de un caza militar, le es confirmado a Graycliffe que un crío acaba de inutilizar su juguete de un millón de dólares con un chicle. Esto será, por suerte para Daryl y su familia, después del intento de asesinato -desactivación- auspiciado por el Estado. Recordemos que Daryl es tan solo un robot en parte; también es orgánico.

En este sentido, la intervención del doctor Stuart es crucial. Como a posteriori la de la doctora Lamb, frente a todo el aparato militar (o una parte del mismo, para ser justos). Si antes nos referíamos a la buena realización del australiano Wincer en los prolegómenos del relato, de igual modo está expuesta la segunda huida del chico junto a Stuart. Una secuencia que contiene una persecución automovilística que, a su vez, encuentra su equivalencia en uno de los videojuegos a los que Daryl ha jugado con Tortuga.


A mí D.A.R.Y.L. (Íd., Columbia Pictures, 1985) me regresa a un mundo de estupendas películas para adolescentes, que hablaban nuestro idioma; al de los incipientes y sorpresivos videojuegos y las películas clásicas de ciencia ficción emitidas por los aparatos de televisión, mucho menos condensados que ahora. Así hermanamos dos etapas distintas a la hora de disfrutar este cine: la de los autocines de nuestra ya bien nutrida sección, y la de los videoclubs de más reciente época. Lugares casi mágicos y siempre sorprendentes. D.A.R.Y.L. cuenta, además, con la bonita música del estupendo Marvin Hamlisch (1944-2012), editada no hace mucho por el sello La La Land (LLLCD 1307, 2014).

Cine clásico, sonidos nuevos, videojuegos… Deuda de sangre e imaginación. En este caso, la película a la que se hace referencia es Planeta prohibido (Forbidden Planet, Fred McLeod Wilcox, 1956). A lo que se añaden algunos novedosos gráficos -ya saben, aquellos monitores con las letras en verde-, que aquí se trasladan a la descripción de los engramas mentales del cerebro de Daryl, el chico que aprendió que la naturaleza humana no está en la concepción, sino en las emociones.




Animando desde Oriente (XIX): El recuerdo de Marnie, de Hiromasa Yonebayashi

03 enero, 2021

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La vida se compone de altibajos que, con el paso del tiempo, comenzamos a comprender y a adaptarnos a ellos. Sin embargo, cuando somos jóvenes, necesitamos atravesar ciertos aprendizajes vitales para ir más allá de los modelos que nos han dado. Esa confusión emocional también se traslada a nuestra salud física, porque somatizamos lo que sentimos y empezamos a enfermar. Ante esas situaciones, debemos analizar y afrontar lo que nos pasa, serenarnos para encontrar qué es lo que realmente nos está dañando y, a veces, tomar perspectiva desde la distancia. El recuerdo de Marnie (Omoide no Mānī, Hiromasa Yonebayashi, 2014), película producida dentro del célebre Studio Ghibli, es una muestra de estas circunstancias.

La joven Anna Sasaki tiene asma, motivo por el cual su pediatra recomienda enviarla a un ambiente más beneficioso. Sin embargo, como bien retrata la película, no es solo esta enfermedad la que aqueja a la protagonista, también está desanimada y parece incapaz de crear lazos íntimos con los demás. No solo es una circunstancia pasiva, en la que ella rehúye a los demás, sino que también adopta una actitud agresiva e incluso hiriente cuando se siente agobiada, incapaz de regular lo que siente. Pero todo empezará a cambiar cuando conozca a la enigmática Marnie.

Sin embargo, esta relación con Marnie será bastante frágil y extraña. A través de ella, Anna irá, en realidad, encerrándose más en sí misma y en su conexión con su nueva amiga, sin entender muy bien qué le sucede detrás de su aparente felicidad. Incluso el ambiente tan idóneo y protegido en el que vivía se va volviendo más hostil hacia el final de la trama, mostrándonos a la vez el tormento de la vida de Marnie de manera paralela a la recuperación de Anna.


Como es habitual dentro del estudio nipón, existe en El recuerdo de Marnie dos características básicas. Para empezar, hay cierto realismo mágico, aunque en esta ocasión es más escaso que en otras de sus producciones, siendo más cercano al tipo de obra que realizaba Isao Takahata (1935-2018) frente a la fantasía más habitual de Hayao Miyazaki (1941-). Por ejemplo, recuerda bastante al estilo de Recuerdos del ayer (Omohide Poro Poro, Isao Takahata, 1991), por su carácter más realista y actual, pero también por el segundo aspecto que íbamos a comentar y que comparten: el tópico del desprecio de corte y alabanza de aldea, bastante habitual en todas las producciones del estudio, pero remarcadas en ambas por cómo el ambiente rural ayudan a ambas protagonistas a mejorar. Es decir, los protagonistas suelen alejarse de las grandes ciudades para adentrarse en un paisaje más rural donde se desarrolla su historia y también su sanación gracias a su cercanía con la naturaleza y con una vida más natural. Así, esta película se añade bastante bien al sello tan identificativo del estudio.

No obstante, pese al eficaz trabajo de animación y dibujo, a un nivel bastante bueno, y un planteamiento bien expuesto, el nudo de la película peca de ser atropellado en su ritmo y confuso en su desarrollo. La amistad entre Anna y Marnie, que es lo que sostiene la historia, surge de golpe y crece en cercanía de forma abrupta, sobre todo teniendo en cuenta que Anna se distanciaba de todos a su alrededor, incluso llegando a ser violenta con quienes le ofrecían atención. Es más, podemos considerar que llegan a tener tal nivel de complicidad que lo vivido entre ambas nos parece insuficiente para que sea una relación creíble. Por tanto, no es lógico cómo se desarrolla esa cercanía con Marnie, no hay ninguna escena que permita entender cómo nuestra protagonista acepta de buen grado a esta nueva amiga que actúa extrovertida y tomándose demasiada confianza, cuando secuencias antes rechazaba con vehemencia esas actitudes y temía acercarse a otras personas de esa manera. 


Es cierto que esta relación tiene un importante cariz fantástico y que, al conocer cada vez más a Marnie, Anna empezará a cambiar, realizando acciones cada vez más atrevidas e interactuando incluso con otros personajes sin comportarse como antes. Incluso poniéndose en peligro, pero regresando sin remedio a la compañía de Marnie, a pesar de todo el dolor que le pueda causar después. Sin embargo, ambas tienen su propia trama personal en la que, en realidad, no acaban de ayudarse mutuamente, sino que más bien se oculta una única historia de autodescubrimiento y superación. Pero no contaremos más para no desvelarlo.

No podemos negar que el desenlace tiene un tono bastante emotivo, incluso melodramático, pero poco cinematográfico. Se abusa de una revelación final que da sentido al personaje de Marnie, pero no se han asentado las bases para llegar a ese punto de conexión con los personajes. Todo se siente bastante artificioso, empezando, como ya decíamos, por la amistad entre las protagonistas, por lo que existe demasiada distancia como para llegar a una catarsis adecuada. Además, el resto de personajes quedan tan colocados en segundo plano que apenas son recursos humorísticos o dramáticos según la ocasión, pero sin más.


En definitiva, El recuerdo de Marnie es una ilusión bonita, una película que adopta muy bien su perfil de Ghibli, con una calidad artística de buen nivel y unos paisajes únicos, pero se convierte en una obra menor dentro de sus producciones. Esto se debe a que no tiene la fuerza suficiente como para llegar a más por una narrativa que da poca profundidad a sus personajes y un ritmo poco cuidado. Aún así, se disfruta por su notable calidad y por su bello mensaje. 


Para el sábado noche (CI): Juan Nadie, de Frank Capra

01 enero, 2021

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ESPECIAL AÑO NUEVO 2021

Al igual que sucede con la mayoría de autores que provenían de la época muda y establecieron la esencia del arte cinematográfico, el realizador Frank Capra (1897-1991) se muestra tan gráfico como práctico a la hora de comunicar una situación. Con esta agudeza precursora, introduce al comienzo de Juan Nadie (Meet Joe Doe, Warner Bros., 1941) la siguiente imagen: un obrero, martillo neumático en mano, elimina la inscripción en relieve de una publicación denominada El Boletín, para incorporar un nuevo rótulo, también en piedra -y esto puede ser tenido como un detalle ciertamente irónico-, que anuncia el título y rumbo de la fenecida, pero enseguida renacida, publicación: El Nuevo Boletín.

¿En qué consiste esta mudanza? El renovado director, Henry Connell (James Gleason), lo expresa muy bien, cuando le comunica a la periodista Ann Mitchell (Barbara Stanwyck) que su columna ya no nos sirve, es cursi y anticuada, necesitamos periodistas “con gancho” que provoquen polémica. La reportera, que ve cómo se le cierne la sombra alargada del paro, no duda en inventar una historia a modo de represalia. Si quieren sensacionalismo, lo tendrán. Expuesta la idea, los mecanismos de la “innovación creativa” y las fake news se adueñan de la realidad y verosimilitud periodística, en un hábito fértil para las empresas dedicadas a la comunicación. De este modo, queda expuesta una nueva forma de entender la prensa, distinta a la anterior, y un nuevo significado de la objetividad, adaptable a los potenciales destinatarios.

Un extraordinario y atemporal punto de partida, en torno a una historia original de Richard Connell (1893-1949) y Robert Presnell (1894-1969), que toma cuerpo de guión con la escritura de Robert Riskin (1897-1955), habitual de Frank Capra, además de firmante de títulos como Pasaporte a la fama (The Whole Town’s Talking, John Ford, 1935), El Hombre Delgado vuelve a casa (The Thin Man Goes Home, Richard Thorpe, 1944) y Ciudad mágica (Magic Town, William A. Wellman, 1947). En cuanto a su colaboración con el realizador, baste recordar la excelente Horizontes perdidos (Lost Horizon, Frank Capra, 1937). Respecto a Connell -que comparte apellido con uno de sus personajes en Juan Nadie- y Presnell, el primero es el responsable de la espléndida El malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, Irving Pichel & Ernest B. Schoedsack, 1932), junto a James Ashmore Creelman (1894-1941), en torno a una pieza original de O. Henry (Íd., 1924), o de la muy entretenida Dos chicas y un marinero (Two Girls and a Sailor, Richard Thorpe. 1944); y el segundo de Hollywood al desnudo (What Price Hollywood, George Cukor, 1932), Matando en la sombra (The Kennel Murder Case, Michael Curtiz, 1933) o La jungla en armas (The Real Glory, Henry Hathaway, 1939). A Juan Nadie se añadieron, además, la música de Dimitri Tiomkin (1894-1979), la edición de Daniel Mandell (1895-1987) y la fotografía de George Barnes (1892-1953). Estupendas colaboraciones.


Quien ha comprado el periódico ha sido el potentado D. B. Norton (el característico Edward Arnold), capitoste que dispone de un cuerpo de seguridad a su exclusivo servicio. Puede parecer extraño o premonitorio, pero es el perfecto ejemplo, ya entonces, del político, o afín al poder político, que adquiere un rotativo. Un periódico para cambiar la política nacional, resumirá a la perfección Ann Mitchell. Norton también posee una emisora de radio.

En estas, la historia ficticia de la señorita Mitchell acaba con la firma de un ciudadano anónimo e indignado: Juan Nadie. En un momento que nos ubica en las postrimerías de la Gran Depresión (1929-1939).

Cuántas veces la indignación se ha valido de estos sujetos. El firmante en cuestión puede responder a muchos nombres y apellidos concretos. Por otro lado, Frank Capra se ocupa de dejar bien retratada la paranoia social e informativa al son que marcan los políticos, y que de estos pasa a los distintos titulares, cual Juego de la Oca. Como la idea “a la desesperada” prospera, los nuevos directivos del diario deciden alimentar el rentable bulo, manteniendo bajo contrato a Ann. La periodista trata así de sobrevivir en una jungla típica pero letal. Como ella misma comenta respecto a su relato, se trata de sacarle todo el jugo durante un par de meses. Tratando de mantener el interés humano únicamente hasta la Nochebuena, fecha en que la gente se supone que pasa a otras cosas. Un día en que, pase lo que pase, [Juan Nadie] desaparecerá. A partir de ahí, se impone el contratar a una persona que ocupe físicamente el puesto de este audaz -periodísticamente hablando- Juan Nadie. Y el seleccionado es el desempleado John Willoughby (el magnífico Gary Cooper). A partir de ahora, él va a personificar, bajo los hilos de sus creadores, la “voz del pueblo”, en representación del típico ciudadano medio. Desesperado por su actual situación, Willoughby acepta el rol que le es propuesto, con la idea de que todo acabará el Día de Navidad (como, en efecto, así será). Pero Willoughby no se encuentra del todo solo. Su “Pepito Grillo” será “El Coronel” (el no menos inimitable Walter Brennan), al que, según comenta John, conoció en un tren de mercancías dos años atrás.


Willoughby está, como quien dice, bajo contrato. Pero cuando este entra en conflicto con su esencia moral, se produce la pugna interna. De cualquier manera, el veintiséis desaparecerá de la escena -precisamente-, pública e impúdica. Con la promesa de “saltar” desde la azotea de un emblemático edificio si no se resuelven algunos problemas, y de que le arreglen una lesión en el brazo, ya que desea volver a dedicarse al béisbol.

Todo esto convierte a John y “El Coronel” en personajes “de usar y tirar”, exactamente igual que ocurre en nuestros días. Por ejemplo, conviene tener mucho cuidado con las fotografías que se toman del personaje, en su actitud y ademanes, pues este ya ha pasado a representar a miles de personas. El Nuevo Boletín es el nuevo Instagram. En este caso, cualquier imagen vale más que mil palabras, aunque palabras -teledirigidas- no faltan en la presente campaña de imagen.

Por su parte, John trata de sobrevivir, del mismo modo que ya hemos señalado que Ann intenta hacer, aunque poco a poco, ella va a comenzar a conocer el producto de su creación y a interesarse por él, en detrimento del -muy interesado- sobrino de Norton, Ted Sheldon (Rod la Rocque). Sin embargo, como nos es mostrado por el realizador, Ann es una persona generosa a nivel familiar. Su principal meta es conseguir cierta estabilidad laboral, e incluso una sana seguridad emocional. Razón por la que comenzará a sentirse paulatinamente atraída por John Willoughby. A la larga, un poso de honestidad que le servirá de salvavidas. En este aspecto, y para estos dos personajes que se desmarcan de la trama plutócrata, más que las “clases sociales”, son los “golpes sociales” de la vida los que van a adquirir auténtica relevancia, en el sentido de saber hacerles frente.


Mientras tanto, Juan Nadie entrena al béisbol. Capra es enormemente avispado introduciendo momentos de desahogo entre tanta tensión social y personal no resuelta. Sobre todo, teniendo en cuenta que la película es de una dureza y franqueza sorprendentes. Lo que es decir que de una gran modernidad, como por otra parte acontece con casi todo el cine que llamamos clásico. El director sabe condensar muy bien todas las situaciones y derivadas en secuencias largas. Su criatura, Juan Nadie, confía en la gente, aunque no es ningún cándido: sabe a lo que está jugando. Pero la gente no siempre es buena. Ahí están la adulación, el interés y la maledicencia que afectan a muchos personajes, junto a las añagazas de la competencia (El Chronicle) que tienen por objeto destapar “el pastel” (tretas muy parecidas a la de los rivales que trataban de desarticular la puesta en escena de Un gánster para un milagro [Pocketful of Miracles, 1961]).

Por supuesto que la publicidad desembolsada se va de las manos. Programa de radio o de televisión, lo mismo da. En estas lides, Willoughby se muestra por vez primera envarado; después, no necesitará que nadie le escriba los discursos, cuando su personaje comience a pensar por sí mismo, desde su propia experiencia, y a hablar con su propia voz. Es en ese momento cuando ya es un líder. Mejor aún, un líder independiente. Estaba tan solo…, recordará Ann con posterioridad.


En un principio, la reportera se enamora del personaje que ha creado. Hasta que poco a poco irá averiguando la verdadera identidad del mismo, eliminadas las capas del exterior. Es cuando la creación toma forma allende la pluma de su autor. Primero, lo hace con las palabras del padre de Ann, que ya ha fallecido, pero que legó unos hermosos escritos que ella traslada a Willoughby. Después, prevalece la auténtica encarnadura del protagonista, navegando siempre entre la credulidad de las personas y su necesidad de creer en algo -sea una religión, o sus actuales sustitutos, las ideologías políticas-, o en alguien -y aquí entramos de lleno en un terreno más particular, de pleno significado-. Entre tanto, Norton se muestra firme, pero con la necesaria sangre fría, que es la que le ha llevado a donde está; es decir, la cumbre mediática, donde su palabra es valor de ley. La presencia física del mencionado Edward Arnold (1890-1956) ayuda enormemente, como lo hace la aportación de la voz al español del recientemente desaparecido Arsenio Corsellas (1933-2019).

De hecho, como en todas sus películas, Frank Capra da voz a la gente, a sus personajes, en espacios donde dicha gente se escucha la una a la otra (la magia del cine). Así, para John Willoughby, su ficción se convierte en una realidad, en un símbolo que propicia la creación de las sociedades filantrópicas Juan Nadie. Una pesada carga, sin duda. Pues los clubs Juan Nadie representan millones de potenciales votos para los políticos, por lo que estos deciden entrar a saco. Los integrantes de dichos grupos son, por el contrario, apolíticos en su adscripción, y lo dejan bien establecido. Por consiguiente, se hace necesario el ideologizarlos; convencerles de que es imprescindible adoptar una posición política, el Partido de Juan Nadie.

Una instrumentalización de los sentimientos en toda regla. De la fe, la esperanza y la caridad. Incluso de los sentidos, al serle negada a estos seguidores una amplitud de miras informativas que les permita la libre elección. El epítome de todo esto es la última aparición en público de Juan Nadie, que por fin se convertirá en John Willoughby.

Llegados a este extremo, las personalidades e idiosincrasias tan solo pueden emerger. A tal efecto, la película no deja de avanzar dramáticamente. Al punto de que se puede cuestionar un gobierno y sus integrantes, pero no una nación, culturalmente hablando. Otra escena resume este parecer, cuando Willoughby y John Connell convergen en la desoladora y, sin embargo, esclarecedora mesa de un local, el Jim’s Bar. El mundo del periodismo está corrompido, atestigua el ya ex director del Nuevo Boletín. Son los prolegómenos de toda una evolución, de un reencontrarse con las raíces para John Willoughby, consciente de que se ha enrolado en una fenomenal mentira de la que, salir indemne, va a resultar muy difícil. Aunque no imposible.

Escrito por Javier Comino Aguilera





Baúl del Castillo: balance de 2020

31 diciembre, 2020

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Ha sido un año difícil y tristemente histórico. Despedimos el año de la pandemia del Coronavirus, 2020, para dar la bienvenida a un 2021 lleno de esperanza. Ha sido un año funesto y triste, pero debemos mirar hacia el futuro y tener en cuenta la experiencia vivida para los próximos años. En el blog hemos querido continuar con nuestras reseñas, con nuestros comentarios culturales, recuperando obras del pasado, intentando rescatar estrenos (de los pocos que hemos podido disfrutar) de este año. Y aunque no hemos sumado tanto como quisiéramos en cantidad, esperamos que sí lo hayamos hecho en calidad. Seguiremos igual en 2021, en un año en el que este blog alcanza su décimo aniversario.

Diez años en los que hemos sumado más de 1 500 000 de visitas y en el que contamos con 199 seguidores en Blogger, 184 en Facebook y 720 seguidores en nuestro perfil de Twitter. A todos nuestros lectores, procedentes de los rincones más dispares del planeta, os agradecemos vuestra presencia y vuestros comentarios. 

Y, por supuesto, gracias a nuestro equipo, empezando por el infatigable Javier Comino Aguilera, que cada mes prosigue con sus aportaciones a las secciones Para el sábado noche y El autocine, sin perder la oportunidad de dejarnos testimonio de sus lecturas. En mi caso, he intentado seguir con mi estilo habitual, aunque este año ha sido más cinéfilo que literario.


Finalizamos 2019 habiendo publicado 1376 entradas desde que empezamos en 2011, habiendo recibido 1 608 000 visitas, un total de 604 comentarios y habiendo hablado de múltiples temas: literatura, con más de ciento cincuenta clásicos literarios, incluyendo también cómicscine, tanto con diversos ciclos temáticos e incluso una recopilación cronológica, como con más de ochenta adaptacionesmúsicapublicidadpsicologíaseries y videojuegos. Toda una invitación a disfrutar de la cultura en la red.

Como hacemos anualmente, aquí os dejamos con una selección de doce entradas realizadas durante este año:
Nos despedimos de 2020 con ganas y afrontamos ahora 2021 con el deseo de seguir trabajando en nuestro blog como hasta ahora: reseñando, comentando y analizando obras artísticas de cualquier época. Y esperando que nos sigáis leyendo como hasta ahora.

Un estimable saludo, el administrador, 
L.J.





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