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30 septiembre, 2016

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Puerto de Málaga (Fotografía de LJ)
Con el otoño comienza un nuevo curso y en nuestro blog no paramos de traeros nuestro contenido. Septiembre concluye con números más regulares que agosto, volviendo a la normalidad en torno a las 11.000 visitas en el mes, pero crecemos en seguidores, con 166 en Blogger, sumando dos más, 589 en  Twitter, logrando subir 3 seguidores más y alcanzando los 174 en Facebook, con uno más.

Este ha sido un mes con mucho cine y con gran variedad. Hemos vuelto a directores de renombre como Alfred Hitchcock con Atrapa a un ladrón o Stanley Kubrick con Barry Lyndon, también a alguna franquicia de renombre, como Los cazafantasmas, películas recientes como Mascotas o títulos sobre las vicisitudes del cine, como Nickelodeon o S.O.B.. El otro arte que ha estado presente en septiembre ha sido el literario, donde hemos hablado de un clásico como Fahrenheit 451, una novedad como El códice Génesis o el estupendo ensayo Gramática de la fantasía.

Proseguimos nuestro camino con octubre, que nos traerá como es habitual nuestro especial de Halloween que ya estamos preparando. Para el mes que viene más cine y más literatura, pero también habrá música y quizás otras sorpresas.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: En septiembre se ha publicado el octavo libro de Harry Potter y pronto tendremos en nuestros cines una nueva entrega del mundo mágico de la saga: Animales fantásticos y dónde encontrarlos. Os dejamos con su último trailer.


"La música expresa aquello que no puede decirse con palabras pero no puede permanecer en silencio"

                  -Victor Hugo

Clásicos Inolvidables (CX): Fahrenheit 451, de Ray Bradbury

29 septiembre, 2016

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El ser humano ha pensado mucho en su futuro. Pensamos en ello de forma individual de manera continua, a pesar de los mantras que nos invitan a disfrutar del hoy. No podemos evitar tener deseos, sueños, metas que habrán de llegar con el tiempo y, seguramente, con nuestro esfuerzo. Pero también hemos sido testigos de muchas predicciones y preocupaciones comunes: hacia dónde se dirige nuestra sociedad, qué nos podremos encontrar en un futuro si seguimos por este camino o qué acontecimientos pueden suceder teniendo en cuenta los que ya han sucedido en el pasado. Aunque pensemos que no vamos a caer en los mismos errores, lo cierto es que en ocasiones parece inevitable al observar el comportamiento de muchos de los que nos rodean.

También tenemos de forma paralela la visión de utopías, mundos extraordinarios que en ocasiones se ven envueltos en un velo de falsedad y dominio gubernamental, o distopías, la otra cara de la moneda, si no la misma cosa, donde se nos muestra un mundo, o un futuro, funesto, carente de los valores positivos y envuelto en circunstancias que creíamos superadas, pero que incluso aún hoy siguen presentes en nuestro mundo: esclavitud y dominio, diferencias sociales abismales, desinterés cultural o humanístico. Cuestiones que, dichas así, no resultan tan lejanas.

El autor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012) dedicó su vida a la escritura de la fantasía o la ciencia ficción con la finalidad confesa de remover moralmente a la sociedad. Sus obras más célebres son Crónicas marcianas (1950) y su novela de ciencia ficción, la única que él consideraba como tal y no como fantasía, Fahrenheit 451 (1953), que hoy reseñamos. En esta obra distópica, Bradbury planteaba uno de sus múltiples avisos a la sociedad que le rodeaba. Precisamente, la idea original parte de la confluencia de algunas de sus preocupaciones mostradas en tres relatos distintos, como señala en el prólogo donde narra las vicisitudes que atravesó el manuscrito para ser publicado, consiguiendo al final un hueco en una revista que se estrenaba en esa época de la mano de Hugh Hefner (1926-): Playboy.


Lo que encontramos en Fahrenheit 451 es el cambio de rumbo en la vida de su protagonista, Montag, que pasa de ser un engranaje más del sistema represor a plantearse la realidad que le rodea y las respuestas que le han dado hasta el momento. Este es el punto central de una obra que nos sitúa en un mundo donde la cultura se considera peligrosa, donde los libros son objetos prohibidos que son quemados en su totalidad, y donde la mayor parte de la población está absorbida por una vida invadida por la publicidad y el placer vacuo de la tecnología y las drogas. Montag trabaja como bombero, pero no tal y como hoy lo entendemos, sino como un quemador de libros, la nueva dedicación de los bomberos debido a que las casas son ahora ignífugas y que se necesitan manos que ejerzan la censura.

En este mundo, todas las personas viven despreocupadas y cumpliendo exactamente el mismo rol, sin ningún apego o vínculo sentimental del que preocuparse. Todo está predispuesto para facilitar una vida monótona en la que no exista ninguna preocupación. Por ello, Montag comienza a dudar cuando se encuentra con la joven Clarisse, una chica que no sigue los patrones, que se interesa por mirar al cielo, por pasear, por vivir, en clara antítesis con las personas que le rodean, sobre todo su esposa Mildred, enganchada a las pastillas para dormir y a la "familia", el programa televisivo de inmersión absoluta. No anda muy lejos esta propuesta de las actuales redes cibernéticas, aunque aún faltara casi medio siglo para su completo desarrollo.


Conforme la acción se desarrolle y las dudas de Montag se incrementen, aumentará también la tensión que se percibe en la novela. Poco a poco se nos irá desvelando cómo este bombero ya había dejado entrever en el pasado algunas acciones que lo alejaban de lo corriente, pero comenzará a tomar auténticos riesgos cuando decida enfrentarse a su jefe y al sabueso mecánico. No obstante, no es esta una novela de acción. Está lejos de ser una aventura juvenil a la que en estos últimos años nos han acostumbrado en las novelas distópicas. Al contrario, estamos ante una obra que presta mucha atención al diálogo reflexivo, dejando toda acción como un hecho puntual y concreto, lo que provoca que se sienta más auténtico. Como ejemplo, la persecución a la que se ve sometido Montag parece que pueda triunfar en cualquier momento y la tensión va in crescendo hasta el final.

Además, no existe un héroe como tal. El protagonista es un bombero arrepentido, pero que se encuentra perdido, sin un rumbo que seguir y nadie se lo puede proporcionar. Es decir, el protagonista vive con incertidumbre su nueva posición ante su realidad y ningún otro personaje es capaz de ayudarle. Es más, las aciones de otros personajes positivos, como Faber, se puede tildar por cobardes; incluso la resolución final está carente de heroicidad o búsqueda de un cambio radical, sino que está teñida más bien de paciencia y de cierta esperanza en un futuro incierto. A pesar de lo cual, estas acciones veladas parecen más realistas que las aventuras de carácter más pirotécnico y demuestra que el carácter de Fahrenheit 451 no era contar una hazaña, sino manifestar una reflexión, un aviso.


No se presta atención a la sociedad o a la situación completa del mundo, incluso se habla de una guerra, pero no se ofrecen más datos. Eso provoca que todo se centre en cuestiones concretas, siendo la principal la desaparición de los libros. Así, esta obra se convierte en un alegato a favor de los libros, de la libertad de expresión, pero también del sufrimiento, de la necesidad de la duda, de cómo las obras escritas por la humanidad no tienen por qué tener respuestas, pero ello no les resta importancia. Curiosamente, el monólogo más largo en torno al peligro de los libros, y por tanto la descripción de por qué son importantes, pertenece al capitán Beatty, un hombre contradictorio que demuestra un gran saber sobre los libros y, quizás por ello, es quien pone más empeño en su destrucción y persecución. No está alejado de quienes queman libros por propio interés o ideología, quien rechaza las palabras de los demás por ejercer la censura, convencido de que su sabiduría o su postura será siempre superior a cualquier otro. Con esta forma de ser, lamentablemente usual en nuestra época, es fácil decidirse a acabar con todo lo que consideres que te contradice, justificando tu libertad por encima de la libertad de otros.

Bradbury describe en esta novela breve un temor compartido por otros pensadores: el miedo al antiintelectualismo, el temor a que sea la propia sociedad la que comience a rechazar la cultura por el placer, por su comodidad sin más, el carácter más peligroso del nihilismo. El propio Nietzsche (1844-1900) avisaba de esa etapa de la humanidad a la que denominaba pulgón inextinguible, en el que el ser humano se cree satisfecho de sí mismo, solo busca la comodidad y no se rige por ninguna moral, ni tampoco busca el saber. Curiosamente, también Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley (1894-1963) tanteaba esa utopía en que la felicidad era alcanzada por la despreocupación, por la ausencia de interés intelectual.


Fahrenheit 451 no es una novela que se centre en el desarrollo de una trama que nos mantenga enganchados ni pretende contarnos grandes hazañas contra la opresión, pero nos lanza a la perfección advertencia acerca de hacia dónde podemos estar yendo, a esa deriva hacia el placer que solo conlleva nuestra autodestrucción, sin olvidar tampoco el pasado invadido por la censura y la ausencia de libertad. De esta forma, cada personaje se convierte en representativo de la sociedad sin necesidad de abarcarla por completo: Mildred vive atrapada en esa vorágine de autosatisfacción y engaño; Clarisse representa al alma cándida que se pregunta y se plantea la vida, moviendo al cambio a quienes la rodean; Beatty es el represor que sabe las razones por la que ejerce su trabajo mientras que otros bomberos solo son autómatas, manos opresoras, pero ignorantes; Faber vive en una resistencia pasiva y cobarde mientras que Montag es la representación del ser que despierta a la realidad y se revuelve, desconociendo las consecuencias de sus actos y, por tanto, el futuro que le espera.

Con ellos, Bradbury es capaz de plasmar la importancia de la cultura en tanto que nos ayuda no a distraernos, sino a hacernos dudar, a inquietarnos, a crear incertidumbre por sus significados o por plantearnos qué somos, hacia dónde vamos, de dónde venimos sin nunca alcanzar una respuesta satisfactoria. Y así Fahrenheit 451 nos lanza un grito contra la censura, la opresión y la falta de libertad en la que podemos vivir sin ser conscientes.

Escrito por Luis J. del Castillo




S.O.B., de Blake Edwards

27 septiembre, 2016

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Las siglas S.O.B. identifican en idioma inglés una expresión algo mal sonante pero que puede ser muy descriptiva en determinadas circunstancias (de forma onomatopéyica puede indicar un sollozo y, de nuevo en inglés, incluso puede ser empleada como verbo, en idéntico sentido). Con ellas, el realizador califica a propios y extraños del mundo del cine; o para ser más justos, a un determinado personal del mundo del cine, formado por todos aquellos que se han valido arteramente del talento de los demás, o que han antepuesto exageradamente las ganancias -no necesariamente “lo comercial”- sobre todas las cosas.

S.O.B. (Lorimar-Paramount Pictures, 1981), traducida al español por un imposible Sois honrados bandidos, en un intento de dotar de algún significado al título original sin desvirtuar el sentido de la trama, fue orquestada por Blake Edwards (1922-2010) como una ácida diatriba ante el desengaño sufrido a causa de los productores y distribuidores de la antaño Paramount (distribuidora hogaño de esta película: cosas del enloquecido mundo del cine) a lo largo de la filmación y post-producción de su película Darling Lili (Ídem, Paramount, 1970).

Pero esto no quiere decir que el relato sea en absoluto complaciente con el resto de los personajes de la tragicomedia. Ahí está para confirmarlo la esposa del sufrido y sufriente protagonista, la actriz Sally Miles (Julie Andrews), que primará sus intereses económicos y afectivos (para con el público) por encima del resto de consideraciones.

En cualquier caso, lo que nos interesa no son tanto las motivaciones como los resultados y, en este sentido, S.O.B. cuenta con un divertido y mordaz guión, también obra de Edwards, que disecciona a los personajes, sean malos o regulares, con ejemplar causticidad y guasa, aunque también con alguna humanidad. Todo un desconcierto que, ni que decir tiene, fue debidamente orquestado por el gran Henry Mancini (1924-1994).


La historia tiene visos de pieza coral, en la que intervienen multitud de personajes, pero el foco de atención de todos ellos (o incluso el cometa al que el resto de estrellas y satélites miran) es el referido marido de Sally, el productor cinematográfico Felix Farmer (Robert Mulligan). Un alter ego del propio Edwards, en cuerpo y en espíritu, que según se nos informa al principio, era querido y respetado por todos debido a que nunca había hecho una película con la que perdieran dinero.

Ahora ha tenido un serio tropiezo, aunque bien podría decirse que con los espectadores de ese momento más que con la película en sí. Sea como fuere, el hecho es que su última producción ha resultado, como se suele decir, un monumental fracaso. Cuando Blake Edwards nos pone al corriente de esto, no enfoca directamente a Farmer, sino que se detiene en la figura de un “conocido” actor de soporte, que sufrirá un infarto y morirá en la playa. Esto no sucede por casualidad; el destino de ambos personajes, productor y actor, queda enlazado de forma anticipada por medio de esta imagen.


Evadido de todo cuánto le rodea, Farmer opta por un estoico sálvese el que pueda, cayendo en algo así como una depresión. Hasta el punto de intentar una serie de frustrados y aparatosos intentos de suicidio. Y es que Blake Edwards tampoco olvida los gags, tan caros a su filmografía, como ponen de manifiesto el coche que sale despedido y va directo al mar, el instante en que Félix atraviesa el techo (de madera) de su dormitorio, su carrera automovilística -último suicidio consumado- por las autopistas de Hollywood, el equívoco con los difuntos en la funeraria o la necesidad de Sally de consultar a un gurú (Larry Storch).

Pero decíamos que no se salvan de la mezquindad casi ninguno de los personajes (hay tres excepciones, que veremos a continuación). Así sucede con el abogado de Sally (Robert Loggia), su asesora de imagen (Shelley Winters), su secretario personal (Stuart Margolin), la despótica periodista Polly Reed (Loretta Swit), el director de los Estudios Capitol, David Blackman (un auto-irónico Robert Vaughn), y todos los secuaces que le rodean -más que le acompañan-.

En cuanto a las excepciones, sin pretender en ningún momento salirnos de los retratos imperfectos, están el médico Irving Finegarten (Robert Preston), el representante de prensa Ben Coogan (Robert Webber) y el realizador Tim Culley (el magnífico William Holden, en la que tristemente fue su última intervención para el cine). Estos tres serán el sostén de un Félix Farmer que hallará su destino entre los rollos de celuloide de su última y más trabajosa película, llamada Viento Nocturno.


Blackman desea corregir el desaguisado rehaciendo Viento Nocturno, pero Félix posee un privilegiado contrato con todos los derechos. La ironía del asunto estribará en que, una vez haya conseguido el productor convertir el fracaso en un éxito, comprando su propio producto al estudio, será este quien, de nuevo, trate de hacerse con un contrato de distribución. Impagable es la imagen de un David Blackman ataviado de cabaretera junto a su amante, Mavis (Marisa Berenson).

Aún así, el verdadero asunto no es este, sino los cambios a los que está siendo sometida la industria del cine, tras el finiquito del sistema de grandes estudios, a mediados de los sesenta, junto con la variación en los gustos del público y el surgimiento del (buen) cine independiente; con frecuencia, muy dependiente de los rescoldos de esos mismos estudios, que ya en la década de los setenta emergen con distintos bríos a manos de empresarios de todo pelaje y condición. El mismo David Blackman se lamenta de que Capitol Films está siendo llevado por el presidente de una de las mayores cadenas de supermercados del país. A todo ello se sumaría, en breve, la aparición del video doméstico y la proliferación de los canales privados, que de nuevo remodelarían todo el concepto de lo visual y lo cinematográfico, hasta hoy.


El caso es que Félix está poseído por esta nueva visión industrial como un genuino artista, lo que atestigua su charla con Culley acerca de los flamantes pero apocalípticos tiempos que se les vienen encima. Solo queda saber explotar el morbo de los coetáneos espectadores, de forma más explícita, lo cual se propone hacer convirtiendo la romanticona Viento Nocturno en un film con contenido erótico, es decir, en un potencial éxito de taquilla. Entonces seré un genio, no un loco, concluye premonitoriamente Félix Farmer.

En S.O.B. los dramatis personae son algo así como unos futuros juguetes rotos, al socaire de los caprichos del público y de la industria, tal cual parece anticipar la secuencia musical con que da inicio la película.

Escrito por Javier C. Aguilera 


Los cazafantasmas, de Ivan Reitman

25 septiembre, 2016

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Los ochenta fueron una década que consagró cierta forma de hacer cine que ilusionaba, seguramente para toda la familia, siguiendo la línea de los grandes éxitos de finales de los setenta. Películas que nos introducían en aventuras donde no faltaba o la magia, o la ciencia ficción, o el humor, o el mundo de la infancia, o todo junto. Quizás por eso tampoco faltaron las películas que rozaban la parodia sin abandonar los elementos que hacían tan mágico ese cine, ahí tenemos a La princesa prometida (Rob Reiner, 1987). No queremos elevar a los cielos a los ochenta, porque películas buenas o de este estilo las ha habido antes y después, pero esta etapa fue propicia para que aventura y comedia fueran de la mano sin caer en vulgaridad, sino con inteligencia. En esta época se permite que surja una película como Los cazafantasmas (1984) y que pueda triunfar en taquilla.

La película fue dirigida por Ivan Reitman, que destaca precisamente por haber creado una comedia blanca que roza, o se sumerge, en el ridículo, basta recordar algunos títulos como Los gemelos golpean dos veces (1988), Poli de guardería (1990) o Junior (1994). Con Bill Murray y Harold Ramis ya coincidiría en El pelotón chiflado (1981) antes de Los cazafantasmas.

No hablamos de un mal director, sino de un hombre de oficio con proyectos de dudosa profundidad. Con esta historia, cuyo guion corrió a cuenta de dos de los protagonistas, Ramis y Aykroyd, logró un gran éxito que propició la continuación en Cazafantasmas 2 (1989) con el mismo elenco, aunque con menor traquilla. La franquicia parte de aquí y prosigue con series de animación, con videojuegos y finalmente con un reinicio en esta época dada a este fenómeno con mismo título, Cazafantasmas (2016), pero variando por completo el sexo de los personajes, con un equipo femenino.


La historia nos lleva a la vida del escéptico y poco profesional Peter Venkman (Bill Murray), quien junto a sus compañeros, el simpático Ray Stantz (Dan Aykroyd) y el inteligente pero frío Egon Spengler (Harold Ramis), componen el departamento de parapsicología de la universidad de Columbia en Nueva York. A pesar de que consiguen ver a un fantasma bibliófilo, son expulsados de la institución, algo lógico por lo poco que se nos muestra de su trabajo allí, y deciden erigirse como cazafantasmas, uniéndose a ellos la secretaria Janine Melnitz (Annie Potts) y un nuevo miembro de apoyo, Winston Zeddemore (Ernie Hudson); por su importancia, debemos señalar también a su primera cliente, aún cuando no son famosos, la chelista Dana Barret (Sigourney Weaver), que se convertirá en el objetivo amoroso de Peter. Contra toda previsión, su trabajo tiene éxito por la gran actividad fantasmagórica de la ciudad, una extraña actividad que tiene como epicentro la terrible venida de un semidios sumerio que amenaza con destruirlo todo.

Pero pese a esta sinopsis, con la mezcla de géneros, debemos destacar que estamos ante todo delante de una comedia, una comedia que parte de ideas provenientes de la fantasía y el terror, pero una comedia al fin y al cabo. El humor, al que nos referiremos más adelante, es el carácter que le da sentido a la obra por encima de otros elementos. Esto se produce porque el resto son casi anecdóticos. La caza de fantasmas es prácticamente elidida de la película mediante un montaje de escenas que muestra más el eco mediático que la acción, el terror no se busca y tampoco se dedica un gran espacio al romance, a pesar de que algo haya. Esto es una comedia de aventuras con terror paranormal, por ello lo que realmente funciona bien es el juego y el choque de caracteres entre el escéptico, poco profesional y materialista Peter Venkman con la inocencia y la honestidad de sus compañeros o su intento de ligar con Dana, quien a su vez es acosa por su vecina, Louis Tully (Rick Moranis), con el telón de fondo de la amenaza fantasmagórica (que causa, a su vez, más situaciones irrisorias).


El romanticismo entre Peter y Dana existe más en la química de Murray y Weaver y en su capacidad interpretativa que en el guión. Ni siquiera se interesa la película por hablar más de sus personajes, dibujados a brochazo lineal y plano, no llega a sentirse una amenaza real ni hay un auténtico espíritu de aventura, pero, a pesar de ello, funciona el humor, la cercanía y la magia de la satisfacción que produce un entretenimiento oportuno y bien llevado.

Eso se logra gracias al ya mencionado contraste de los personajes, que provoca toda una serie de escenas cómicas que es lo más destacable de la película: las características representativas del trío de cazafantasmas original es antitético entre sí, incluso el cuarto es distinto a los otros tres, mostrando una visión más religiosa en su breve aportación frente al cientifismo del trío; su inexperiencia a pesar de tratar de parecer profesionales, provocando incluso más daño que el que trataban de arreglar; la situación caótica de la oficina donde incluso presenciamos la oposición a la autoridad (una crítica a la burocracia y a los gobernantes que actúan sin conocimiento de causa) o la lucha entre sus intereses personales y la imagen más heroica que proyectan. También se juega con la personalidad de Dana, al acabar por mostrarla de forma provocativa y sensual. Incluso los supuestos villanos acaban ridiculizados por los cuerpos que poseen, incluyendo la graciosa y célebre transformación final.. Así, el engarce humorístico de todos los elementos presentes en la película le proporciona un sentido coherente y la hace brillar. 


Parte de ese brillo también lo encontramos en una ejecución técnica que conoce el terreno en el que se mueve y que bebe de elementos de la ciencia ficción anterior así como la estupenda banda sonora de Elmer Bernstein. Cabe destacar también el simpático y pegadizo tema Ghostbuster de Ray Parker Jr. que se convirtió en una exitosa canción en la época, creando un sello propio e inconfundible para la franquicia. En cuanto a los efectos especiales, funciona mejor en la parte artesanal que en otras ocasiones, como en los efectos de slow motion que han envejecido de forma notable, y lógica por otra parte. Por ello, aunque es bastante notable el rodaje de ciertas escenas con elementos reales frente a los que hoy se crean con ordenador o CGI, el movimiento de las criaturas mágicas, sobre todo los canes infernales, deja bastante que desear. Tampoco funciona del todo bien la secuencia de la azotea y el final resulta algo abrupto. Con todo, no resta valor ni gracia al conjunto.

Los cazafantasmas forma parte de esa clase de películas que las personas recuerdan con cariño y simpatía porque logra sentirse cercana y llana, a pesar de que no trascienda. Se trata de un tipo de cine que logra dar con la clave, esa misteriosa fórmula, para hacer disfrutar al espectador entreteniéndole durante el metraje y logrando que este le disculpe los errores, por evidentes que sean. Sin duda, se trata de una obra despreocupada y simpática, que nos hará disfrutar con sus gags y bromas, presentándonos una visión sarcástica del espíritu más fantástico y aventurero de nuestra realidad.





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