Clásicos Inolvidables (CXXVIII): Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura

27 abril, 2017

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Tomar distancia de nosotros mismos siempre ha servido para observar y explicarnos mejor nuestro comportamiento. Por ello, el humor nos ofrece una visión en la que hechos aparentemente ridículos nos resultan factibles, quizás por equívoco, quizás por simple juego. Pero lo más importante es que desde ese humor se nos revelan ciertas verdades inquietantes, incluso cierto drama universal asociado a las acciones incoherentes de la humanidad.

En este sentido, cuando el teatro del absurdo dominó las tablas en torno a mediados del siglo XX, sobre todo en los años sesenta, encontramos la crítica desde el prisma del humor más ilógico e incongruente, a veces con obras incomprensibles. Pero en muchos otros casos, también encontramos un teatro de personajes pusilánimes o pueriles, como sucede en Pic-Nic (Fernando Arrabal, 1952), herederos o seguidores de una línea más cercana a la comedia del disparate, donde se conservaban aún las medidas más habituales del teatro tradicional: la división en actos, el avance cronológico de la historia o la existencia de unos personajes concretos e identificables. Miguel Mihura (1905-1977) tuvo una trayectoria dramatúrgica ligada al humor desde sus inicios, un humor que le servía para enfrentar a sus personajes con su entorno social y que finalmente derivó en obras satíricas o costumbristas, incluyendo comedias de enredos o incluso de corte policíaco. 

Un teatro que guarda mucha relación con el realizado por Jardiel Poncela (1901-1952), aunque Mihura lo desarrollaría posteriormente. Es más, Tres sombreros de copa, su primera obra, considerada una de las mejores de su trayectoria, fue escrita en 1932, época de ebullición dramatúrgica en la que estaban muy presentes nombres de la talla de García Lorca (1898-1936) o Valle-Inclán (1866-1936), a la par que Alejandro Casona (1903-1965) iba a iniciar su carrera o Jardiel Poncela ya había mostrado algunas señas del gran autor cómico que llegaría a ser. Sin embargo, a pesar de ser escrita en una época en la que se hubiera considerado como un pionero, su publicación se retrasaría hasta 1947, siendo finalmente estrenada veinte años más tarde de su escritura, en 1952.

Miguel Mihura
Tres sombreros de copa nos traslada a un hotel en el que seremos testigos de la última noche de soltería de Dionisio, que se casa al día siguiente. Sin embargo, lo que aparentaba ser una noche apacible en una acogedora habitación pronto se convierte en una fiesta en el que diferentes personas pertenecientes a una compañía de revista deambularán por las habitaciones. En medio de ese tumulto, descubriremos la hipocresía de los dos estilos de vida y cómo incluso la ilusión más inocente, la creada entre Dionisio y Paula, se ve empujada hacia un destino indeseado, fruto de las decisiones que les llevaron a disfrutar de esta noche.

Dividido en los habituales tres actos, observaremos en el primero la presentación de los personajes principales. El protagonista será Dionisio, hombre de provincias falto de voluntad, incapaz de luchar contra las decisiones de los demás, aún cuando estas le afectan. Sus pocos arranques de enfado resultan pueriles, como el propio Mihura nos señalará en las acotaciones, y no provocan ningún efecto. Su deseo de contentar a todo el mundo le llevará incluso a ocultar su identidad o a mentir sobre su futuro más inmediato. 

De esa forma, será capaz tanto de ignorar a su prometida con tal de mantener su falsa identidad como malabarista como de hacerse el dormido para cumplir con los deseos del dueño del hotel, don Rosario, que funciona en la obra como una especie de figura paterna. Como descubriremos en el segundo acto, prácticamente es convertido en un niño, dejándose llevar por el mundo soñado por Paula o, finalmente, por las exigencias de su futuro suegro. De esta forma, Mihura ofrece una visión satírica del mundo burgués, sobre todo de la burguesía de provincias, que queda reflejada no solo por la incapacidad del protagonista, sino también por la actitud de Don Sacramento, que le muestra un futuro anodino, fijado de antemano y donde no hay espacio ni para la diversión ni para sentir realmente alguna emoción satisfactoria. 

En ambos casos, los nombres definen bastante bien a los personajes: Don Sacramento ofrece a Dionisio un estilo de vida puritana, alejado de lo que él considera como bohemio, lo que remite al carácter religioso de su nombre, mientras que Dionisio puede remitir al dios griega del placer y el vino, el auténtico deseo de vida del protagonista que es coartado por la vida burguesa a la que se ve encadenado. 

Representación de la obra
A pesar de todo ello, será Paula, a quien podemos considerar también protagonista, la que ofrezca un perfil más humano. La realidad de esta joven bailarina la descubriremos en el segundo acto, después de que en el primero haya parecido tan solo ser una desenfadada muchacha que escapa de su violento novio. En este segundo acto, nos mostrará su insatisfacción con la vida que lleva en el grupo liderado por Buby, quienes en realidad se dedican a viajar por provincias con su espectáculo mientras conquistan a hombres para robarles y obtener dinero o posesiones. El dramaturgo usará el contraste entre Fanny y Paula reiteradamente para mostrar lo que la protagonista debería hacer, pero a lo que irremediablemente se negará. En esa noche, el motivo lo hallará en Dionisio, quizás tan solo una excusa para expresar su deseo de fuga, su insatisfacción vital y su ansia de disfrutar de ciertas nimiedades infantiles en lugar de seguir conquistando a odiosos señores, por muchos regalos que estos puedan hacerle. Llegado el clímax final, ya en el tercer acto, llega al amanecer, la verdad que ocultaba Dionisio y, por tanto, el fin del sueño, un símbolo frecuente en el teatro que ya podíamos encontrar en Romeo y Julieta (William Shakespeare, 1597), cuando el amanecer impedía a los amantes seguir disfrutando de su encuentro. 

A pesar de todos los momentos absurdos que se incorporan a través de los diálogos y las acciones de los personajes. Por ejemplo, observaremos regalos absurdos que van saliendo de un bolsillo (ya fueran unas medias, un bocadillo de caviar o una carraca), muestras de vanidad de ciertos personajes como un cazador con conejos comprados o un militar con un considerable número de distinciones en forma de cruces o las habituales conversaciones de tono pueril o con respuestas inesperadas y, por tanto, absurdas. A su vez, Mihura recalca ciertos objetos que se reiteran a lo largo de la obra, llenándose de significado. El primer caso y más evidente es el de las tres luces que, supuestamente, se observan desde la ventana y que volverán a aparecer mencionadas hacia el final, cuando amanezca y se apaguen, el uso de diferentes instrumentos, sobre todo la carraca, que subrayará el carácter infantil, la forma en que el huevo, frito o pasado al agua, resume la rutina que le espera a Dionisio, o, finalmente, los sombreros de copa.


Desde una lectura actual, quizás sorprenda la caricatura que Mihura realiza de los negros a partir del personaje de Buby, que podría interpretarse casi de racismo, visto ya sea desde una perspectiva algo infantil, como la explicación de por qué es negro, hasta el tipo de personaje que descubriremos que es. No en vano, en ciertos aspectos, la sociedad ha variado bastante respecto a la época en que se escribió, por lo que incluso el retrato social puede aumentar la sensación de ridículo visto desde hoy. Sin embargo, ello no resta que sigan existiendo circunstancias similares, con personas que van en fuga hacia delante, con personas encadenadas a un estilo de vida indeseado, pero del que no son capaces de huir.

Al final, se trata de una tragedia enmascarada de humor y cierta acidez crítica hacia la burguesía provinciana: un pobre hombre falto de voluntad que no es capaz de salir de su zona segura, pero anodina que le ha proporcionado su vida burguesa. Pero por encima de Dionisio, Paula será quien viva la auténtica desilusión: otra ciudad más, otro hotel más, otro hombre más, otro sueño de libertad que se escapa. Tres sombreros de copa es una historia triste que se despide con una sonrisa.

Escrito por Luis J. del Castillo



Clásicos Inolvidables (CXXVII): Historia de macacos, de Francisco Ayala

25 abril, 2017

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Francisco Ayala (1906-2009) siempre mostró un lúcido optimismo. Una visión ponderada y práctica de la realidad social y, consecuentemente, de la literatura, matizada siempre por una acusada vocación por la pintura, su interés por el arte del cinematógrafo, y una productiva estancia en Alemania, siendo estudiante; aspectos últimos que lo conectan con personalidades como las de Azorín (1873-1967) y José Ortega y Gasset (1883-1955). Como sociólogo, anticipó esperanzadas predicciones que se han cumplido, como la transformación orgánica de un país como España, desde dentro y sin crispaciones (estas fueron vueltas a insertar más tarde).

Se da la circunstancia, además, de que algunos de los que han explicado a Ayala (y ya se sabe que los autores no alcanzan a explicarse por sí solos a las personas que no se toman la molestia de leerlos) con frecuencia han procedido a desnaturalizarlo ideológicamente. Por fortuna, siempre quedan las obras, vehículo sincero para la manifestación artística del autor y sus personajes, a pesar de la experimentación en estilos muy diversos: de las vanguardias o el modernismo, a la reformulación artística de las experiencias más íntimas. Así, hasta el punto de acometer obras no adscritas a ningún género concreto, caso de El jardín de las delicias (1971).

Francisco Ayala hizo gala de una expresión literaria no beligerante o propagandística, como demuestran las pertinentes La cabeza del cordero (1949) y Los usurpadores (1949). Algo incómodo para algunos. De hecho, el escritor nunca quiso formar parte, en propias palabras, de una mitología del exilio (iniciado en 1939 y finalizado en 1960, de forma esporádica, y en 1966, definitivamente). Por si había alguna duda, añadía que nunca me interesó la lucha ideológica, sino las consecuencias psicológicas y morales, prestando conveniente y rigurosa atención al testimonio de la corrupción de todo poder político, intrigas, ambiciones y traiciones (declaraciones recogidas en el programa A Fondo, RTVE, 1977).


Abundando en ello, insistía en que hay una falsificación impuesta por la política; (…) como escritor, no se ha de ser partidista. En efecto, no se puede resumir mejor la enfermedad que ha afectado, y sigue afectando, al entorno cultural, y que trata de transmitirse de profesores a alumnos. Huyendo de experiencias totalitarias (en su caso, el nazismo y el peronismo argentino), Francisco Ayala constata que la sociología está en quiebra, y que el estado debe de ser un instrumento y no un fin. De hecho, cuánto más chabacano es el lenguaje, mejor acceso tiene el poder para medrar entre la gente (declaraciones recogidas en el programa Autorretrato, RTVE, 1984). De este modo, Ayala fue lo suficientemente perspicaz como para advertir acerca de la intromisión del Estado en la actividad artística, haciendo de ella un instrumento para sus propios fines (véase la Introducción del libro).

Se suele caer en el error de apreciación de que, al tratarse de un exilado, Ayala participaba de un pensamiento unívoco, por parte de quienes han hecho acopio histórico-cultural de la literatura de posguerra (que los hay en buen número). Pero de los inconvenientes y calamidades propias de tal condición, emerge un Ayala cuyo trayecto vital y geográfico es estrictamente personal, y en más de un sentido, independiente. En otras palabras, su desengaño vital no lo aboca a la sumisión de un colectivo o al pensamiento único, como dejan entrever las narraciones The Last Supper o Un cuento de Maupassant.


En total, seis relatos poco conocidos componen Historia de macacos (1955; Castalia), que reaparecieron, como edición crítica de Carolyn Richmond (-), en 1995. Escritos en Puerto Rico y enviados a la editorial de la Revista de Occidente, completan el tríptico iniciado por La cabeza del cordero y proseguido por Los usurpadores. Todo escéptico que no se disgregue en las visiones partidistas, sabe que el desengaño ha de ser lúcido, y que no basta con indignarse. Es en esa estancia en Puerto Rico donde el autor emprende la redacción de novelas y relatos de ambiente tropical y colonial, tales como Muertes de perro (1958) o El fondo del vaso (1962). Más que del vacío de la incomunicación, con Ayala cabe hablar del vacío de la comunicación; sobre todo, cuando parece que hay que comunicar obligatoriamente, o que solo puede hacerse por medio del habla.

Los relatos que configuran Historia de macacos son circunspectos, anecdóticos (en el sentido positivo del término), de mil o de una emociones, que meditan entre líneas sobre la dualidad del ser humano, en su más amplio espectro. Son digresiones y circunloquios con la superioridad e inferioridad de sus personajes ordinarios; duales y contradictorios, como suele serlo el contacto de persona a persona, del que el lector es confidente, o puede que hasta voyeur.

La ironía que reside en el título del primero de estos relatos, que da nombre al volumen, Historia de macacos, puede aplicarse a posteriori, una vez concluida la lectura de su contenido (o del resto de contenidos). En una colonia tropical indeterminada, un matrimonio se despide de sus conocidos por medio de una cena “para hombres solos”, haciendo un anuncio inesperado, y narrándose lo que de este se deriva (el matrimonio no es tal, pero lo acaba siendo).


El antedicho carácter anecdótico destaca en los relatos breves La barba del capitán, que muestra las reflexiones de una mujer adulta que, en tiempo de la niñez entabló contacto con un capitán apellidado Ramírez, denotando así el paso de la infancia a la edad madura; y Encuentro, donde dos antiguos conocidos coinciden en plena calle argentina. Los estragos del tiempo condensados en sendas imágenes del ayer, convierten ciertamente este reencuentro en un sorpresivo encuentro.

Por su parte, de un acentuado tono sociológico, casi suponiendo un análisis entomológico, resultan The Last Supper y Un cuento de Maupassant. En el primero, dos amigas comentan cómo el marido de una de ellas ha ideado un efectivo matarratas… y el segundo refiere la relación entre un filósofo y una doncellona sosa y algo áspera, que a continuación da paso al humorístico enfurruñamiento de dos esposas durante un estreno teatral, debido a que ambas son portadoras de un vestido idéntico (todo ello, ante el sometimiento de los sufridos maridos).

Finalmente, en El colega desconocido, un suceso trivial, de sesgo resueltamente cómico, hace que el escritor Pepe Orozco se enfrente a los peligros y límites de todo un grupo social cerrado en sí mismo, poseedor de un enlace directo con el mundo -o mundillo- literario de la oficialidad (la vida literaria), lo que les permite establecer distinciones entre lo que consideran alta y baja cultura (según su taxonomía). Sus componentes desconocen que lo tildado de popular no siempre es lo de peor calidad, aparte de que suele ser bastante más entretenido.

No en vano, un rasgo de carácter como ser humano y como autor, de Francisco Ayala, fue su sincera autenticidad. Ni absorto ni absorbido por los límites estrechos de la política, Ayala fue el escritor que ni hizo sangre ni comerció con ella.

Escrito por Javier C. Aguilera


Los cuerpos lejanos, de Rodolfo Serrano

24 abril, 2017

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Rodolfo Serrano siempre ha entendido la escritura como forma de vida. Escritor y periodista nacido en Madrid, sintió desde pequeño la pasión por el arte de la palabra y por una serie de inquietudes literarias que lo llevaron a trabajar y a crecer intensamente en el género de la poesía. Dentro de esta labor poética, ha estado presente en la letra de canciones de algunos cantantes. No obstante, para él no es lo mismo un poema que una canción y, por ello, es importante saber diferenciar entre ambos. Al igual que su hijo, Ismael, quien ha interpretado algunos de sus poemas, promueve cómo se necesita de la música para hacerse popular, cómo le da la fuerza que la vuelve mágica y la pone al alcance del gran público.

Aunque lo pueda parecer, sus poemas no cuentan historias tristes. Habla del amor, pero, sobre todo, del recuerdo que nos deja. Y es que, a según qué edad, el amor ya empieza a ser nostalgia. Pero no solo es el amor el tema recurrente que rodea a su obra. Como todo escritor, Serrano mantiene un compromiso poético con el momento histórico que le ha tocado vivir, incluyendo en muchos de sus versos una conciencia claramente social. Por ello, no solo su obra literaria se limita a la poesía, ya que ha publicado también en el ámbito de la prosa de la mano de su otro hijo, Daniel, un ensayo de tinte político como Toda España era una cárcel (2016), en el que dan testimonio a voces represaliadas de la dictadura franquista.


Su trayectoria, a pesar de la influencia de poetas clásicos, como Quevedo o Lope de Vega, y de la Generación del 27, se enmarca dentro de la poesía de la experiencia, una corriente en la que ocupa un lugar destacado la reflexión histórica y moral, partiendo de la propia vivencia del poeta. Jaime Gil de Biedma, Joan Margarit, José María Álvarez o Roger Wolf son algunos de los autores más contemporáneos que le han influido a lo largo de su trayectoria. En su caso, Serrano considera que no solo importa cómo se dice, sino también qué se dice.

En este contexto se enmarca Los cuerpos lejanos (2014), la más aclamada entre sus recientes obras. El amor, el desasosiego tras la pérdida, el paso del tiempo, el dolor o, lo que es peor, esa muerte silenciosa que nos arrebata al niño que una vez fuimos son algunas de las verdades inmutables que conviven alrededor de esta obra. Versos como los que encontramos en Vienen los niños o La vida breve resumen la fugacidad de ese pasado, el mismo que viene a vernos con hambre de futuro. (Estos días de miedos que me quedan valen para vivir cuando en la calle una muchacha, la misma que tú eras, me sonríe radiante).


Al igual que los tópicos que abarca en sus letras de canciones, cabe destacar el mérito que reside en saber transmitir la pureza de lo cotidiano con las palabras precisas, acercando la belleza que esconde lo simple (En la cama vacía te detienes, / acaricias mi fiebre y te recuestas / al costado más triste de mis miedos). Incluso para acercarnos la ferocidad e intimidad de la enfermedad, a través de esa soledad de Hospital o de esos cuerpos cansados en No dispensar sin receta. 

En poemas como Leyendo las páginas económicas (no incluido en este poemario) o Intereses, más dos puntos el Euribor transmite ese sentimiento de desasosiego y descontrol sobre la desafortunada actualidad política y social, todo ello a través de versos que recopilan esos desalmados que hipotecan nuestro sufrimiento. Tras ellos, Inmensa minoría se adentra en las calles y en las historias que han vivido, testigos de muchas manifestaciones que dieron luz a muchas realidades con las que hoy convivimos (No hay futuro que pueda detener las manos levantadas / manos limpias, vacías).

Su obra, en su mayor parte, invita al desasosiego precisamente por no dejar indiferente, por llamar la atención del que lee para despertarlo, para hacerle consciente de lo que ocurre a su alrededor: desde su realidad social hasta su ámbito más emocional. Incluso llegando a caer en el pesimismo con tal de reflejar fielmente la evolución personal de cualquiera de nosotros.

Porque todos los cuerpos siempre tienen recuerdos de otras almas, de otros cuerpos lejanos:

Las calles guardan nombres que ya no son nuestros

Todo lo perdí, salvo tu nombre
lo demás se me ha ido poco a poco:
sudores y palabras, cortas noches,
la copa del encuentro, negros días,
los lunes del pecado, los hoteles
y la esperanza del invierno.

Todo fue como el aire de la vida,
la luna acorralada, el tiempo en blanco,
las caricias de amor y los papeles
con versos y las cartas del pasado.
Las dudas ante el beso, la alegría,
el amor a las tres de la mañana.

En todo estabas tú, aunque no eras:
la atracción de los cuerpos y la sangre
golpeando el rincón de los insomnios.
Las calles para ahondar en tu costado,
la cintura, los lazos de la carne,
el camino hacia dónde y hacia cuándo.

Por allí -y allí mismo- estaba el frío,
las tardes de domingo, el sueño a solas,
las manos como fuego, tiernos labios,
el abrazo del miedo, las llamadas,
teléfonos sonando en la penumbra,
el cielo protector cuando tú estabas.

Y todo lo perdí. Ya no me queda
más que el nombre, tu nombre que es ahora
el recuerdo lejano de un instante.


Escrito por Mariela B. Ortega



Medio rey, de Joe Abercrombie

23 abril, 2017

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Cuando escribo una reseña, suelo buscar algún tema suscitado por la obra para empezarla. En este caso, haré una presentación más personal, aprovechando la ocasión del Día del Libro. Medio rey (2014) no es el tipo de novela que en los últimos años suela leer, pero me ha recordado a un etapa de mi vida en la que comencé esta afición por la lectura. Fui un adolescente lector de novelas de fantasía, a partir de las cuales accedí a un amplio mundo de géneros y posibilidades, pero el inicio fue ese. 

De ahí mi defensa de los denominados subgéneros o de este tipo de obras, poco reconocidas o criticadas desde otros sectores, como pasos necesarios en muchos casos para comenzar un viaje más largo por la literatura o incluso para simplemente disfrutar de mundos ajenos, o propios, dependiendo del caso. Sin olvidar que, como en cualquier arte, entre tantas obras sueltas, hay auténticas joyas, auténticos clásicos, que independientemente de su género, son muy recomendables.

Tras haber trabajado en el mundo del cine y con estudios en psicología, Joe Abercrombie (1974) se unió a esa legión de escritores dedicados a la fantasía, incluyendo la sección juvenil. 

Se aventuró en la literatura con su trilogía La primera ley, iniciada con la publicación en 2006 de La voz de las espadas y cuyo mundo ha vuelto a visitar con novelas independientes, como La mejor venganza (2009). En 2014 publicó Medio rey, inicio de la denominada Trilogía del Mar Quebrado, sobre un mundo duro de tintes nórdicos. En esta primera novela seguiremos la aventura de Yarvi, hijo menor del rey de Gettlandia, que se ve obligado a dejar sus estudios de Clerecía para sentarse en el trono de su padre debido a su muerte y a la de su hermano mayor. Tras jurar venganza hacia los asesinos, sufrirá una traición que le dejará solo y desvalido en un mundo donde prima la fuerza física y donde un ser humano puede ser esclavizado.

En esa situación, Yarvi no tardará en sufrir las consecuencias de la crueldad humana, pero también comenzará a comprender cómo funciona el mundo que le rodea, empleará sus conocimientos de la Clerecía para medrar dentro de la esclavitud y al final encontrará en personas inesperadas no simples aliados, sino amigos que sentirá como una familia. En esa odisea, su objetivo vital será cumplir su juramento y lograr la venganza ansiada contra quienes le traicionaron, regresando al trono que le pertenece legítimamente.

Joe Abercrombie
La historia de Medio rey es la odisea de Yarvi, un retorno a casa en el que las dificultades y los desafíos pondrán a prueba al protagonista, obligado a madurar y crecer desde su antigua vida, más inconsciente y menos realista. Sin duda, Abercrombie sabe plantear de manera adecuada la estructura de la novela para reflejar no solo la evolución del personaje principal, sino también la aventura que podría asemejarnos a las novelas bizantinas, aunque sin el elemento romántico. En efecto, la estructura es circular y no solo porque la acción acaba en el mismo lugar en que empieza, sino porque los acontecimientos se reflejan como en un espejo entre la primera parte y la última.

Precisamente, el inicio tiene su impacto directo en el final, en una escena desarrollada con los mismos personajes y en el mismo ambiente, pero con un cambio radical en el protagonista. Por ejemplo, la nueva posición de Yarvi al inicio de la aventura como nuevo rey se asemejará a la revelación del rey legítimo en el final, los dos encuentros con Grom-Gil-Gorm están posicionados tanto como la primera prueba de su aventura como la previa a la llegada final a la capital de Gettlandia, por no hablar de las dos travesías importantes, marcadas por la presencia o la ausencia amenazante de la mercader Shadikshirram: la marítima, en la que se curtirá como remero, como la nevada. Por todo ello, hay elementos que se mencionan o aparecen en el primer tramo de la novela que tendrán mucha importancia en las revelaciones finales, incluyendo detalles que podrían parecer nimios, mientras que el viaje intermedio es un cúmulo de pruebas que Yarvi deberá superar para sobrevivir, creciendo y también endeudándose con otros personajes.

Mapa del primer libro en torno al Mar Quebrado, donde sucede la acción
Debido a que la obra está focalizada en Yarvi, en él observamos la mayor y mejor construcción, algo usual en este tipo de novelas. Lo novedoso en este protagonista se encuentra en sus capacidades. A diferencia de otros héroes típicos: no se vale de la fuerza física, de sus habilidades poderosas, de magia o de alguna profecía. Es más, su mano deforme junto a su mínima capacidad para el combate le supone una carencia para vivir en un mundo como en el que vive, donde la brutalidad está al orden del día. Se une así a una serie de personajes con cierta discapacidad que cuentan con un rol muy relevante en una historia de fantasía, como sucede, por ejemplo, con Tyrion Lannister a lo largo de la saga Canción de hielo y fuego (George R. R. Martin, 1996-), con Hipo de la franquicia Como entrenar a tu dragón (Dean DeBlois y Chris Sanders, 2010, 2014) o incluso la relevancia, negativamente crucial para los protagonistas, del deforme Efialtes en 300 (Zack Snyder, 2006).

Al principio, Yarvi nos ofrecerá lástima, al ser incapaz de luchar contra un destino impuesto por las circunstancias y contra sus propios deseos, recordándonos también el acoso y el desprecio de los suyos, incluso de su familia. Sin embargo, conforme avance la trama, observaremos que acabará por encontrar su mejor habilidad en la astucia mostrándose un digno hijo de su temida madre, Laithlin, separándose aún más de la figura tradicional o arquetípica del héroe. Es más, concluida la lectura de la novela, podemos valorar incluso que sus acciones han resultado ser egoístas y que sus máximas hazañas no han sido honorables, sino que se han basado en trampas y mentiras, traiciones a su propio pueblo, despistes del rival o incluso en el sacrificio de algún amigo. 

Si bien un lector curtido en este tipo de novelas pueda prevenir los giros argumentales más importantes, Abercrombie sabe imponer cierta tonalidad gris a la historia. De esta forma, no resultará fácil valorar las acciones de los personajes de manera maniquea, algo que comprobaremos con los cambios en la actitud de determinados personajes, como Ankran, Nada o Sumael, pero sobre todo en la sensación agridulce que nos dejan las acciones de Yarvi.

No obstante, el desarrollo de personajes no es tan óptimo como podría parecer, dado que en ciertos casos se cae en estereotipos o en perfiles planos, sobre todo si lo comparamos con el protagonista. Esta cuestión resulta comprensible en personajes como la reina Laithlin o Isriun, que apenas tienen presencia en la historia, o en Trigg y similares, que responden a cierta necesidad de antagonismo, pero no en compañeros de viaje como Rulf o Jaud, que acaban por sentirse como intercambiables entre sí. Incluso Nada, que resulta siempre llamativo, responde a un perfil muy concreto del que no se mueve y en cuyo interior nunca se profundiza. El caso de Sumael podría ser algo distinto, dado que al finalizar la novela podemos sentirla como un enigma a resolver en otras entregas; con todo, no hubiera venido mal cierto momento de instropección para la guía de la expedición. Asimismo, aunque la novela parece cerrada, deja en el aire ciertos aspectos que pueden desarrollarse en las siguientes entregas.

Algo similar podemos observar en el mundo en el que se sitúa el Mar Quebrado que da nombre a la trilogía. A diferencia de otras novelas de fantasía, Abercrombie no fija en exceso la atención en largas explicaciones innecesarias para los personajes, pero necesarias para el lector, sino que simplemente deja que la propia travesía de los protagonistas nos conduzcan por los parajes que irá describiendo según las necesidades de la trama. No obstante, lo que sí evidencia es el entorno realista, en el que hay ausencia de magia. Sobre ello, se incide en cierta época de decadencia, donde lo más parecido al elemento fantasioso son las ruinas o las reliquias de los elfos, un antiguo esplendor ya apagado. Algo que también se deriva en el culto algo panteísta de este mundo, provocado por la división de la divinidad primigenia.

Ahora bien, si por una parte el poder religioso se nota despegado de cualquier mención a la magia, sí se encuentra estrechamente ligada con toda una serie de conocimientos presentes también en nuestra realidad, abarcando desde el dominio de los idiomas y ciertos conocimientos sociológicos hasta la herbología y sus usos medicinales o, por supuesto, la política.

Es más, la Clerecía se encarga de la comunicación entre los distintos reinos e, incluso, podremos observar su corrupción cuando conspire a favor de cierta facción política. No en vano estamos ante un mundo belicoso y cruel, donde la esclavitud humano está vigente y donde las guerras no solo se ganan en batalla, sino que también se pueden vencer desde la traición más diplomática. Ahora bien, todo este retrato tiene ciertas carencias, no nos hallamos ante una imagen nítida del mundo y la concentración de la historia en un determinado fin provoca que no obtengamos una visión más panorámica, a pesar de que los acontecimientos nos remiten a sucesos lejanos. Quizás las secuelas, Medio mundo (2015) y Media guerra (2016), dado que estamos ante una trilogía, solventen la cuestión. 

Como en otras novelas de fantasía juvenil, Medio rey impone el contenido al estilo, siendo el primero más atractivo que el segundo, de tono más ligero y fluido, ideal para enganchar aunque sin demasiado que aportar. Aún así, se nota la calidad de una trama trepidante donde no se recurre ni a un protagonista usual ni a un desarrollo excesivamente evidente, haciendo que sea una obra loable a pesar de sus leves y perdonables carencias.

Escrito por Luis J. del Castillo



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