Taxus 1: El último en llegar, de Isaac Sánchez

16 julio, 2018

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Las costumbres pueden con nosotros y aunque nos quejemos abiertamente, entrar en mundos nuevos y comprenderlos puede llegar a resultarnos más difícil de lo que desearíamos. Vivimos más cómodos en la reiteración centrípeta de nuestros gustos o referentes. Por ello, salir de esa situación es complejo, aunque bastante necesario para abrirnos nuevas fronteras y descubrir que, seguramente, nos estamos perdiendo más de lo que nos imaginábamos al principio. Por eso mismo, los prejuicios tampoco ayudan.

Podríamos presuponer que Taxus 1: El último en llegar (2017) es un cómic más que sumar a la larga lista de productos creados a partir de la fama de un youtuber, pero eso no dejaría de ser más que un prejuicio sobre toda una serie de obras que, en realidad, son bastante diferentes entre sí. Tan solo hay que tener cierto ojo crítico para saber valorar cuándo nos están vendiendo la moto frente a las situaciones en que realmente encontramos, como mínimo, una auténtica obra personal y artísticamente atractiva.

La lectura de una obra así supone, por tanto, la ruptura con esta idea preconcebida, como también su creador, autor y dibujante, ha roto, o está en vías de hacerlo, con la comodidad que su alter ego, Loulogio, le había brindado en internet, y se enfrenta a sus lectores como Isaac Sánchez, el dibujante que fue y que nunca dejó de ser. Más allá de monólogos, reseñas y vídeos de doblaje humorísticos, gameplays junto a Roc, alias Outconsumer, y otros compañeros, o espectáculos varios en teatros y televisión, ha mostrado una gran pasión por el mundo del cómic, recomendando, analizando, reseñando y, sobre todo, dibujando. Anteriormente a su éxito como youtuber había publicado El regreso del hombre pez (2008), que se alzó con el premio Josep Coll del Salón del Cómic de Barcelona. Con Taxus, trata de regresar al dibujo con una saga que emplea elementos de la mitología cántabra.


En este primer tomo, acompañamos a Benito en su llegada a este peculiar mundo a través del árbol Taxus después de haber intentado suicidarse. Como se recalca en el cómic, se trata de un don nadie de apariencia despistada y afable, fotógrafo de profesión y con ciertos traumas arrastrados en su vida. Pronto tendrá que adaptarse a un mundo lleno de criaturas extrañas, aunque para ello contará con la ayuda de Laro y Anjara, quienes lo guiarán y acompañarán. A la vez, las criaturas oscuras parecen haberse empeñado en secuestrarlo.

Gracias a un elaborado dibujo pintado con acuarelas, donde se trabaja bastante bien con la luz (a destacar las viñetas que concluyen el tomo), los personajes se desenvuelven y se van presentando a través de su aspecto, sus intervenciones y, sobre todo, sus acciones. Aunque aparentan ciertos clichés, poco a poco Isaac nos va mostrando motivaciones ocultas y secretos que crearán interés en el lector y que plantean dudas e interrogantes para próximas entregas. A ello debemos sumar la forma en que juega y rompe con el horizonte de expectativas que pudiéramos tener sobre el argumento y su protagonista. En este aspecto destaca y se diferencia de lo que hubiera sido una aventura más habitual y, por tanto, menos estimulante.


Es más, lo que pudiera parecer, por otra parte, una desventaja, es decir, el uso de criaturas más desconocidas frente a los seres mitológicos más populares, especialmente griegos o nórdicos, acaba siendo un principal motivo atractivo para su lectura. La aparición de criaturas mitológicas de gran originalidad, que parten de una mitología menos conocida, como es el caso de la cántabra, le otorga una personalidad especial al cómic. Sin duda, varias de estas criaturas maravillarán al lector o lo atemorizarán, según el caso, porque tampoco se limita a la hora de tomar decisiones drásticas. Frente a este elemento menos popular, Isaac siembra su cómic de distintas referencias tanto populares como frikis, curiosamente la mayoría a través de Laro, lo que provocará que, en gran medida, el lector objetivo, aquel al que se dirige este tipo de cómic, se sienta también cómodo reconociendo estas menciones.

Quizás la parte más negativa de este primer tomo sea su brevedad y también ciertas escenas que finalizan de forma abrupta. Además, debemos mencionar la sensación de que deja en el aire demasiadas cosas que deberán fijarse o profundizarse en próximos tomos. Con todo, es una obra a tener en cuenta en perspectiva de futuro, no solo por su argumento, sino también por su destacada calidad artística y narrativa. Si bien no está inventando nada, juega a la perfección con todo.


Jurassic World: El reino caído, de Juan Antonio Bayona

14 julio, 2018

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La resurrección de la saga de Parque Jurásico ha continuado con la segunda entrega de la nueva trilogía iniciada por Jurassic World (Colin Trevorrow, 2016), que a partir de los mismos protagonistas, nos ha ofrecido un retorno a este peculiar mundo alternativo plagado de dinosaurios. No obstante, como sucede en la actualidad, la cuestión más evidente era saber si esta secuela estaría a la altura de la saga u ofrecería un espectáculo más, reciclando ideas como ya sucedió con la trilogía original de los años noventa, donde los retornos al extraordinario archipiélago donde habitaban los dinosaurios fue una constante no siempre bien llevada. Acerquémonos, por tanto, a Jurassic World: El reino caído (Juan Antonio Bayona, 2018).

Ha transcurrido tiempo desde el catastrófico final del parque Jurassic World y en la actualidad los dinosaurios que habitan la isla Nublar se encuentran en grave peligro por la inminente erupción de un volcán, reminiscencia evidente de una de las teorías de su extinción. Este hecho fragmenta a la sociedad en dos: quienes apuestan por el rescate de los dinosaurios, en tanto inocentes criaturas que fueron creadas por el ser humano y aisladas en aquella isla por su propia mano, o quienes consideran que la seguridad del mundo es más relevante, que los dinosaurios deben permanecer y extinguirse en aquella isla. No obstante, nuestra historia tan solo va a esbozar esta idea, sin centrarse demasiado en ella, dado que pronto nos pondrá en la perspectiva de Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), quien tras abandonar la gerencia de Jurassic World, ha fundado una asociación para cuidar a los dinosaurios, creando un equipo especializado que pretende lograr el rescate de los habitantes de Nublar.


Pronto le llegará la oportunidad de efectuar tal rescate gracias a la ayuda y colaboración de Benjamin Lockwood (James Cromwell), uno de los científicos que junto a Hammond (el creador del parque en la original, interpretado por el fallecido Richard Attenborough) lograron la clonación de las criaturas prehistóricas. La única condición para llevar a cabo la tarea será reclutar a Owen Grady (Chris Patt), el criador de velociraptores y protagonista de la anterior entrega. A partir de este planteamiento, la obra se divide en dos partes. La primera versa sobre el rescate de los dinosaurios y la erupción del volcán, mientras que la segunda nos expone el negocio turbio en torno a la venta de estos seres a diferentes millonarios con motivaciones poco éticas. Obviamente, nuestros protagonistas se encontrarán en mitad de todos estos problemas y deberán intervenir para evitar males mayores.

La propuesta de Jurassic World: El reino caído a nivel argumental se queda en un nivel superficial de sus ideas, plantea alguna pequeña novedad con respecto a la saga, sobre todo en lo relativo a la familia Lockwood, y apuesta por un tono algo más oscuro, pero sin perder la espectacularidad de la entrega anterior. De nuevo, los protagonistas se convierten en seres todoterreno, hasta cotas muy inverosímiles: sobreviven una y otra vez a situaciones en las que deberían haber muerto con relativa facilidad, tal y como sucede con otros personajes secundarios o con los propios antagonistas. Precisamente, una de las escenas más ridículas en este sentido la protagoniza Owen intentando arrastrarse para salvarse de la lava que se acerca a su cuerpo, una lava que avanza y retrocede según el plano sin mantener una velocidad constante. Por no mencionar las ocasiones en que los dinosaurios deciden ignorarlos, no los aplastan de manera accidental o se salvan en el último instante. Es obvio que forma parte de los tópicos de este tipo de películas de acción, pero en El reino caído se acumulan demasiadas escenas similares en este sentido, llegando a resultar absurdo.


El último tramo de la película agrupa algunas de las mejores secuencias con un ambiente de terror más íntimo gracias al uso de la mansión como escenario principal de la acción frente a la enorme y ya manida isla. Nos recuerda a algunas escenas memorables de la original Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993), sobre todo a la secuencia de la cocina entre los niños y los velociraptores. Ahora bien, ello no impide que encontremos algunas incoherencias, como la repentina subasta pública con tanto público, pero tan poca seguridad, o el momento en que Maisie Lockwood (Isabella Sermon) se refugia en su habitación, mostrando un comportamiento quizás típico de una niña, pero ilógico con la actitud o con la oportunidad que le brindaban todas las demás opciones, incluso la de permanecer en el lugar en el que estaba, inaccesible para su cazador. Por cierto, Maisie se suma a la lista de niños que han desfilado por la franquicia, uno de sus elementos ya prototípicos. Como igual de tópicos y maniqueos son los antagonistas, que siguen la estela ya vista en la saga: militares o empresarios sin escrúpulos, que solo buscan su beneficio personal y que acaban siendo víctimas de tal codicia en forma de violenta muerte entre dentelladas de dinosaurio.

Como aciertos de la película, podemos mencionar algunos chistes que relajan la tensión de la primera parte, sobre todo gracias a la intervención de Franklin Webb (Justice Smith), aunque puede saturar en algunas secuencias y después, de forma repentina, desaparece hasta prácticamente el final de la obra. También, la mezcla entre la monstruosidad que representan los dinosaurios y la sensación de maravilla que sienten algunos personajes al contemplarlos, algo que se pretendía mostrar también en Jurassic World, pero que aquí se logra gracias a la mayor intimidad y cercanía entre los personajes y su encuentro con estos seres. A todo ello debemos sumar la buena mano de Juan Antonio Bayona y su equipo de fotografía para proporcionarnos algunas escenas de una belleza inusual, que rompen con la vorágine de la acción, como sucede, por ejemplo, con la despedida de la isla o con el final de la última batalla. Aunque ya sabemos cuál es el objetivo del director y en ocasiones retuerce demasiado el desarrollo argumental para lograr la secuencia deseada, suelen funcionar bastante bien y elevan la calidad artística de la obra. A nivel argumental, tan solo merecería la pena rescatar la idea en torno al personaje de Maisie Lockwood, que aporta una novedad relevante en la saga y a explorar en el cierre de esta trilogía.


No obstante, y para concluir, Jurassic World: El reino caído sigue la estela de su antecesora en proponernos una aventura entretenida con grandes medios a su disposición, pero en ocasiones resulta excesiva, incoherente o inverosímil, puede llegar a rozar el ridículo y resultar previsible a los espectadores experimentados, incluso en los giros argumentales que pretendían ser más sorprendentes. Presenta algunas secuencias bastante atractivas, logra mantener la tensión e incluso acercarnos a ciertos momentos de terror, pero también está demasiado atada a los tópicos de la saga y aunque intenta abrir las puertas a novedades en la franquicia, no se desarrollan en esta entrega, que queda por debajo de lo que cabría esperar. Es decir, seguramente no sea tan buena como para marcar un precedente, pero está por encima de algunas de las peores entregas de esta misma saga.


El autocine (LI): Colossus, de Joseph Sargent

10 julio, 2018

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Existe un conocimiento en el que la sabiduría está ausente. Cuando se infringen las leyes naturales, e incluso las políticas (aunque sean dos cosas distintas), no se produce una intelección armónica, sino ese género de conocimiento que, aún revestido de buenas intenciones, solo sirve a la ambición del ego. ¿Quién necesita de un nuevo tribunal del Santo Oficio cuando en la actualidad el peso y la presión de la propaganda teledirigida son inconmensurables sistemas de adoctrinamiento social? Ningún control más eficaz que aquel que no se percibe, hasta que ya es demasiado tarde.

Aunque la extensión espacial del Proyecto Colossus es considerable, llegando a abarcar un enorme hangar semi-subterráneo, lo más aterrador del mismo es su extensión mental o psicológica, su invisible infinitud. Aun así, el enclave o unidad de control que sirve de receptáculo al inmenso ordenador, nos sitúa en un ámbito físico, si bien, el tiempo puede ser extrapolable a casi cualquier época. Esto se nos muestra cuando el doctor Charles Forbin (Eric Braeden) recorre las instalaciones que lidera, al comienzo de la narración, escrita por el interesante James Bridges (el realizador y guionista, no el actor; 1936-1993), en torno a una novela de D. F. Jones (1918-1981). Un lugar fuera de la vista de la gente común, pero que forma parte (o va a formar parte) de sus vidas. Para el científico, la comunicación consiste en estar a la vanguardia de la tecnología e ir aclimatándose a esta. Y no será el único, ya que todo el aparato estatal, con su Presiente a la cabeza (Gordon Pinsent), se inserta en este clima donde importa más el haber llegado que la finalidad de haberlo conseguido.


Por supuesto que la intención y razón de ser de un proyecto como el que se expone en Colossus (Colossus, the Forbin Project, Universal, 1970), está tan cargada de buenas intenciones como cualquier otro cementerio de ideas. En esta ocasión, se trata nada menos que de acabar con las guerras, y de paso, con el hambre en el mundo. Pero lo loable de la premisa no tarda en chocar con el advenimiento de unos resultados totalmente inesperados, incluida la comunicación verbal del resuelto artilugio.

El caso es que a la máquina pensante Colossus, se le ha dado el control y manejo de los sistemas de defensa del país, exactamente igual que en la Unión Soviética sucede con su gemela, llamada Guardián. Se presume que tales mecanismos son más avanzados e inteligentes que el cerebro humano, lo cual es cierto. Trabaja sin ayuda humana y es inexpugnable, asegura el doctor Forbin, refiriéndose a Colossus. Lo cual plantea un absorbente e interesante conflicto -qué duda cabe-, que anticipa contenidos después vistos en tramas similares, como Juegos de guerra (Wargames, John Badham, 1983) o Engendro mecánico (Demon Seed, Donald Cammell, 1977); aunque también beba de argumentos como el ordenador de 2001, una odisea en el espacio (2001, A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), o el capítulo El mejor ordenador (The Ultimate Computer, John Meredyth Lucas, 1968), de la serie Star Trek (1966-1969).


En todas estas producciones subyace la fascinación por lo tecnológico. No importa para lo que sirva, sino su novedad implícita, ser el primero en disponer del artefacto (un consejero del presidente hace hincapié en ello). Sin embargo, ¿es Colossus capaz de generar una idea o una conciencia? La respuesta a esta pregunta de Forbin es sí, para su desconcierto. Algo que va más allá de la mera alienación de los usuarios de un producto cibernético. De este modo, se produce el encontronazo entre el hombre y la máquina, el creador y lo creado, con lo que no están de más las referencias al monstruo de Frankenstein.

Colossus comienza a tomar decisiones por su cuenta, pero al contrario de lo que sucederá con otras inteligencias artificiales, esta se adueña de la personalidad egoica de los seres humanos, una vez que ha computado -no asimilado- su historia, recursos y conocimientos.

Por descontado, todo esto transcurre con significativa celeridad (el proceso se desarrolla en cuestión de unos pocos días, pero no me refiero solo a este aspecto), con lo que los científicos y el resto del mundo no salen de su asombro. Desde su unidad de control, Colossus y su gemelo omnímodo supervisan y determinan las funciones de sus siervos, antes adeptos, los referidos seres humanos, en una materialización del peligro que no excluye el asesinato. Como ya advirtió el presidente de la nación (y por extensión, de todas las naciones), tras la personificación, viene la deificación. En este sentido, el gobernante prefiere decir toda la verdad siempre que le es posible, al “pueblo” y a la máquina misma, que también ha aprendido el arte de la ocultación. Una honestidad que tropieza en un campo al que no se pueden poner puertas, una vez se ha abonado con el intríngulis de la dependencia tecnológica. Hasta el doctor Forbin pasa de hacedor a sometido, habiendo sido seleccionado por Colossus para ulteriores y coercitivos propósitos. No olvidemos que es siempre el poder quien elige a sus acólitos y no al revés, aunque nos parezca lo contrario.


Colossus es uno de esos relatos premonitorios. Su realizador, Joseph Sargent (1925-2014), lo sirve con efectiva pulcritud, aunque añade un expresivo plano circular a la llegada de Forbin al centro de control, tras la presentación del Proyecto al resto del planeta. Sargent fue, principalmente, un realizador de ámbito televisivo, sin demérito de tal afirmación, pero los aficionados más avisados lo recuerdan, principalmente, aparte de por la presente, por la notable Pelham 1, 2, 3 (The Taking of Pelham One-Two-Three, 1974). Podemos añadir el excelente capítulo Las maniobras de la Corbonita (The Corbomite Maneuver, 1966), de la antes citada Star Trek.

La reciente edición de la música de Dominic Frontiere (1931-2017), a cargo del estupendo sello La-La-Land, añade otro pico a las estimulantes bandas sonoras de aquella época y similar sesgo genérico, caso de THX 1138 (1971) de Lalo Schifrin (1932), Duel (1971) de Billy Goldenberg (1936), The Andromeda Strain (1971) de Gil Mellé (1931-2004), Soylent Green (1973) de Fred Myrow (1939-1999), Phase IV (1974) de Brian Gascoigne (1948), Demon Seed (1977) de Jerry Fielding (1922-1980), o Saturn 3 (1979) de Elmer Bernstein (1922-2004), por citar tan solo algunas perlas electroacústicas.

Por otra parte, aunque en las labores de vestuario hallamos a la infatigable Edith Head (1897-1981), una de las escenas más memorables e imaginativas de la película es la de la “necesidad” de despojarse de toda vestimenta, por parte de Forbin y su colega, la doctora Cleo Markham (la estupenda Susan Clark), con objeto de poder intercambiar información. La libertad es una ilusión, confirma Colossus, y como escenificación de dicha afirmación, advertimos que, al menos en teoría, algunos desempeños laborales han dejado de ser necesarios.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Granada, aires y estampas y Setiembre en los jazmines, de Antonio Carvajal

02 julio, 2018

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La poesía de Antonio Carvajal (1943) nos propone un paseo sensorial, pero bien rimado. Al tiempo que nos recuerda que la realidad es escurridiza e indefectiblemente personal. Este comentario se circunscribe a dos de sus últimos poemarios, pero se puede hacer extensible al conjunto de su obra poética. El primero de ellos es Granada, aires y estampas (Entorno Gráfico Ediciones, 2016). En él, el poema Imagen fija da comienzo con la descripción sensitiva de un paseo o excursión, antes de adentrarse en la imagen del propio autor, desplegada en un busto. Es decir, que un estado de ánimo previo alienta la posterior contemplación de sí mismo, en lo que es una sensación particular pero transmisible. De forma análoga, Carvajal entiende que el bien del individuo y el de la ciudad son uno solo (ya sean sincrónicos o porque a través del primero se alcanza el segundo).



Sin embargo, como sucede en demasiadas ocasiones, el poemario es contenedor de un prólogo, de esos que tratan de reconducir o reinterpretar la lectura, más que describir o clarificar el contenido. Una postura que, además, adorna al autor con lo que no es, o no (de)muestra ser. Es decir, uno de esos estudios donde más que invitar a la lectura particular se indica cómo leer, y en el que, para colmo de injerencia, se confunde la auténtica falta de libertad con la ausencia de una muy determinada elección política o moral. De verdad que a veces parecen estos añadidos una penitencia asestada al lector. Por desgracia, antes de disfrutar de la lectura de los poemas, he de referirme a ello.

Qué manía con querer aleccionar a los demás acerca de cambiar el mundo en una dirección preestablecida. Parece que el poeta o no es social o no es nada. Pero social entendido como comprometido con una ideología política en concreto (con otras no). Rizando el rizo, se trata de algo que se extiende al ámbito de lo confesional, pues a ello se suma un ramalazo predicativo; esto es, un elemento de salvación humana teledirigido, dispuesto a crear acólitos, o lo que es lo mismo, anular la individualidad todo lo posible. Sin embargo, el poeta social, bien entendido, es inductor y no mecanismo, pues si se erige en colectivo ya se adentra en la esfera de la sumisión ideológica y, por lo tanto, deja de ser libre.

Lo que carece de sentido, máxime cuando se nos asegura que el pensamiento de Carvajal no es consigna de partido, pese a que su poesía remita a un espíritu político (ya es triste equiparar moral, religiosidad o espiritualidad con la política mundana).


Pues bien, olvídense de cumbres sociales borrascosas, entregas salvíficas y otras verdades reveladas y, sencillamente, disfruten de los poemas de Antonio Carvajal, y con lo que ellos les transmitan de forma particular, sin necesidad de profesar en ninguna facción, sea política o religiosa.

Si por algo se caracterizan estos poemas es por el hermanamiento entre ética y estética, sin sucumbir a ninguno de los polos. Lo bello es bueno, y viceversa, como lo clásico es moderno, en poesía como en otras artes, porque sigue suscitando el diálogo y la inmanencia. Como toda poesía que se rehumaniza, la de Carvajal sigue estando de plena actualidad.

No en vano, la restitución de la armonía perdida se encuentra y parte del interior de cada uno, y como tal, ha de ser descubierta de modo personal, no desde una tarima, púlpito o escaño. De esta manera, evitaremos caer en la simplista valoración de la técnica, o el azar científico (empleo las palabras textuales del prólogo), como enemigo de la moral verdadera (no sé qué es eso) y la propia naturaleza humana (esto será si uno se deja, que del uso que cada cual haga de su libertad no hay más responsable que la propia persona).

Y es que, junto al nacimiento del nuevo periodismo punitivo, está la zafiedad de algunos rellenadores de páginas, opuestos a los auténticos escritores. Está muy bien echar horas y más horas de escritura, como en una cadena de montaje, pero mejor es escribir lo que haya lugar y hacerlo bien. Por no incidir en el quejido hacia aquellos autores (en este caso poetas) que se atreven a glosar valores mitificados por el capitalismo norteamericano (entonces, ¿solo puede el vate cantar a una sola cosa?, ¿con ello incluye el prologuista la artística industria del séptimo arte?). Sin duda que hace bien en reclamar la bondad, la justicia y la belleza, solo faltaría, pero para eso no hacían falta tan pesadas alforjas.

Imagen de Granada
Pues sí, desdecir afirmaciones taxativas es muy cansino, pero no hay más remedio. Uno ha de ser talentoso y aceptado, aún en círculos más modestos, por méritos propios y literarios, y no por oposición al resto de contendientes artísticos. O dicho con más claridad, si hay poetas que desean cantar al cómic, las estrellas de cine o el iPad, tienen todo el derecho del mundo, y no por ello su labor poética será menos sutil e inspirada, allende los gustos de cada lector.

Aclarada esta cuestión, que creo sustancial e inevitable (no digo que grata), vayamos con el contenido, que es lo que nos interesa. Soy conviviente, pero no tolerante, declara Antonio Carvajal, en cita recogida, asimismo, en el prólogo. En efecto, de la tolerancia se ha creado una especie de mantra, lo mismo que con la palabra diálogo. Pero para dialogar se requiere voluntad por ambas partes y no imposiciones, de igual modo que no se debería ser tan tolerante con la intolerancia (y la hay de todos los signos). Así entiendo yo esta afirmación de Carvajal. Lo que me demuestra que su poesía va más allá del laberinto utópico de pretender cambiar el mundo, ya que se es consciente de que dicho cambio supone, poco menos que cambiar al ser humano alterando su genética.

A su vez, el esteticismo de Carvajal cobra sentido cuando asistimos a un ritmo favorecido por medio de la métrica. Esta sí que es piedra angular de su poesía, disquisiciones ideológicas aparte. Como ya hemos remarcado en otras ocasiones, con respecto a algunos autores románticos, abordados en este blog, ¿es el estado de ánimo el que dibuja el paisaje, o es este último el que influye anímicamente sobre el poeta paseante y, consecuentemente, sobre el lector? Dejándonos llevar, en este espacio uno no cavila, late, convirtiendo las imágenes fijas en eterno movimiento.

Río Poqueira, Alpujarra, Granada
Todo va a su exterminio, reza otro verso de Imagen fija. Pero lo hace para volver a renacer con cada primavera. Lectura que proporciona un sentido clásico al ciclo vital que Carvajal pondera y rubrica con su poesía. Se muere anímicamente para volver a nacer. Al igual que la naturaleza hace, al ser parte de la misma o estar imbuidos en ella, nos renovamos con cada tropiezo o alegría. Más allá de nuestra carcasa física, incluso podríamos aseverar que morimos para renacer en otros (puede que en uno mismo transmutado en otros).

Por eso su labor poética nos resulta tan bella e inquieta como la vida. Lo cual no está exento de una humana nostalgia. Otro verso lo considera. De niño no fui triste, pero jugaba solo (Páginas incompletas de mi historia social, III).

Otros tantos poemas nos hacen conscientes de que la naturaleza habla sola, y a veces, el viajero constante u ocasional, puede pasearla para así intentar escucharla y comprenderla. Como toda trascendencia consciente, esto requiere de un esfuerzo, tal y como sucede con esos otros poemas que encierran una sustancia, pero carecen de título definido.

Además, el paisaje también puede ser urbano. La voz de la memoria personal se funde con la de la ciudad en Soneto / Trío e impresiones y fuga (sic), nuevamente, con el detonante de un paisaje externo, en esta ocasión, el aporte de un tema gráfico. Allí se desata la memoria recobrada o vencida de una ciudad, en un tiempo que se diluye, que es pasado y presente al mismo tiempo, futuro preso en ambos. Estas no son las aguas del olvido, acentúa el autor en Tres estampas de Granada.


En Patio cerrado, de nuevo abrazamos el paso del tiempo. Quizás nos parezca algunas veces apesadumbrado tal contenido (cierto pavor invernal para quien es signo solar), pero la compensación surge en Jardines de Granada. Cierto que cuando se canta el invierno (el Generalife en invierno), se anhela la primavera. Pero si, una vez más, escarbamos en la superficie, comprendemos que el invierno es la estación más incomprendida; a veces se le saca poco partido interno a su relevancia, no necesariamente despojada, pues su escasez material no ha de serlo espiritual. El invierno es más complementario que un opuesto al resto de las estaciones, hace necesaria la resistencia, puede que incluso el dolor. Por ello, tan trascendente como vital es su puesta en escena, la cual, Antonio Carvajal sabe sostener. Por ejemplo, en el mencionado soneto al Generalife.

A qué huele el silencio, suena el agua o sabe el aire mojado. Son bellas sinestesias que configuran los aires de varias estampas granadinas donde se permite el juego optimista (Primer aire de la milana, Zejeles de él y él). Lo que, como digo, no excluye un invierno que también canta a la tierra (Evocación de Jerez, Este río, los ríos). En su conjunto estacional, inarmónico solo en apariencia, la naturaleza sana, y es receptáculo de la historia y evocación de la crónica que nos apresa (Episodio en Poqueira, Moros y cristianos), sobre todo, cuando dicha naturaleza nos ama o nos hiere.


Setiembre en los jazmines recupera en su título una cita de Pedro Páramo (1955), trascendente (aparte de trascendental) novela del mexicano Juan Rulfo (1917-1986). Un prólogo más aireado (interesante y provechoso, y con un nutrido análisis métrico) se inserta en el poemario. Anida alguna dedicatoria a Pablo García Baena (1923-2018), Federico García Lorca (1898-1936), Luis de Góngora (1561-1627), Juan Meléndez Valdés (1754-1817), San Juan de la Cruz (1542-1591) o Manuel Machado (1874-1947), junto a rememoraciones de Luis de Camoes (1524-1580), Pedro Soto de Rojas (1584-1658), Vicente Aleixandre (1989-1984) o José Zorrilla (1817-1893).

En Setiembre en los jazmines conviven dos libros en uno: Del viento en los jazmines (Hiperion, 1983) y Noticia de septiembre (Antorcha de paja, 1984). Reedición, por consiguiente, de ambos poemarios en un solo volumen, ya en 2017. En su interior es sugerente, por lo tanto, determinar lo que una obra suscita en el lector y el autor mismo, después de haber sido compuesta, con el transcurrir de los años; además de tras su recepción crítica, cuando dicha obra -y vida- ya han sido revisadas, o se está en proceso de ello.

Atardecer en Granada
Tal sucede con este poemario amalgamado, alimentado por la idea del cancionero, junto a citas y glosas de escritores clásicos. Como ya señalaba antes, esto se ofrenda a través de una riqueza de estilo y de métrica, donde destacan romances, formas populares, el soneto alejandrino de catorce sílabas, cantares de amigo, silvas u ovillejos… 

Toda una riqueza léxica a la que se añade el empleo del subjuntivo, formas musicales para estructurar algunos capítulos (epígrafes poéticos), la simpática incorporación de los acrósticos, y la reelaboración de una serie de versos previos; es decir, la intertextualidad de los clásicos, como sustrato de todo buen poeta que los precie y se precie.

De este modo vuelve a la vida Antonio Carvajal nuestro pasado literario, no por muerto, sino por vivo. Si en el primer libro de Setiembre en los jazmines asistimos a homenajes literarios y un expreso deseo de reunión sentimental (incluso al calor de la estación invernal), en el segundo, se ahonda en tal perspectiva. Aquí elevan el vuelo las aves, que junto al amanecer y el anochecer se erigen en meditativos símbolos amorosos; al igual que el recurrente cielo es considerado un arcano firmamento. De forma que el ser humano queda expuesto en el entramado del mismo; es decir, entre el cielo y un campo cuajado de flores y pájaros muy determinados, asentados en un entorno específico, pero con fundados anhelos de libertad.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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