El autocine (LXIX): Al volante y a lo loco, de Ken Annakin, y El conde de Montecristo, de David Greene

18 enero, 2020

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En esta ocasión me van a permitir que mi comentario se dirija hacia dos películas especialmente significativas de mi infancia. No son obras maestras ni lo pretenden, pero sí resultan apreciables o, al menos, de un interés nostálgico para el que esto suscribe. Con ello cumplo una “deuda de gratitud”, prorrogable, respecto a aquellos años de iniciación en eso de las películas.


El señor Murdoch Troon (Stanley Baxter) ha sufrido un percance en la carretera cuando practicaba el ciclismo. El responsable es el comandante Chingford (el estupendo James Robertson Justice), que lo ha sacado de la vía. Murdoch trabaja como secretario en el ayuntamiento, pero su revancha no vendrá por vía administrativa, donde además tiene todas las de perder, sino enamorándose de la hija del comandante, que para colmo es juez. Una relación consentida y potenciada por la hija, que Chingford desaprueba bajo su aspecto de persona intransigente, aunque finalmente comprensiva. Para cumplimentar esta relación amorosa, Murdoch se sumerge en el proceloso torrente de flamantes conductores, al querer sacarse el carné de conducir.

En efecto, Murdoch observa con envidia cómo su amigo Freddie Fox (Leslie Phillips), que se hospeda en la misma pensión que él, dispone de las muchachas que se le antoja gracias a que es un vendedor de coches y puede alardear del vehículo que quiera. A Freddie le encanta mirarse en el espejo. En tanto que Murdoch es lo que en terminología especializada llamaríamos un patoso. Es escocés, y a diferencia del ambiente que lo rodea, sumamente cándido, lo que precisamente enamora a la joven Claire Chingford (Julie Christie). Me gustan los hombres que conducen deportivos, declara Claire, la cual entiende bastante de coches. Me vuelven loca, especifica. Con lo que Murdoch, que no tiene ni vehículo ni novia, se lanza, también como loco, a aprender a conducir o morir en el intento. Maxime cuando, en su primer encuentro con el que va a ser su primer auto, Freddie se ha quedado con la chica.


El hecho es que nuestro protagonista se sumerge en uno de los periodos más conflictivos y enrevesados de la vida de (casi) todo ser humano: sacarse el carné de conducir. A través de Freddie, se hace con un bien conservado Bentley de 1926 que, como algunos aviones del ejército, posee un apelativo cariñoso, la Dama Veloz (título original de la película).

Pero a Claire no le agrada Freddie, en el sentido de establecer una relación con él. Ella ha puesto sus miras y retrovisores en el pelirrojo Murdoch. Claire se nos muestra como un personaje dinámico, que tiene claras sus prioridades. Hasta la casera de Murdoch, la señora Staggers (Kathleen Harrison), manifiesta una clara preferencia por el empleado del ayuntamiento. El escocés es el favorito, el consentido.

A su vez, el encargado de calificar al nuevo aspirante al título de conductor es el comandante Basil Wenworth (Eric Barker), de la Academia Kigscombre. Como todos los que atraviesan este Rubicón, Murdoch se transforma al volante e increpa a un agente motorizado. Tiene gracia el control médico al que se ve sometido en la jefatura, a través de un especialista que está ebrio (Deryck Guyler). A partir de ahí, se entrega por completo a su mejora como conductor, y a hacer frente a los impuestos, la gasolina y las reparaciones correspondientes. Tener un coche sale más caro de lo que creía, confiesa Murdoch.


En cuanto a Freddie, persigue la representación de Alba Motors, una importante compañía de venta de automóviles, y como el comandante Chingford también está relacionado con este universo, le interesa que Murdoch alcance sus objetivos. Más aún, aparte de ser un apasionado del automovilismo (lo de Claire viene de familia), el comandante es retratado como un aficionado a la jardinería, lo que procura algún que otro gag bienhumorado. De igual modo, es simpático el equívoco del guiño, con objeto de identificar al examinador durante la prueba de conducir de Murdoch. El día del examen se convertirá en una persecución disparatada destinada a dar caza a unos delincuentes, y poner muchas de las piezas del motor de este relato en su justo sitio.

Adaptada por Jack Davies (1913-1994) y Henry Blyth (1910-1983), en torno a una narración de 1925 escrita por Keble Howard, seudónimo de John Keble Bell (1875-1928), Al volante y a lo loco (The Fast Lady, Independent Artist/Rank, 1962) fue dirigida por Ken Annakin (1914-2009), un realizador especialmente vinculado al mundo de los cachivaches mecánicos por vía de la comedia; interesado en el retrato de una época de aparatoso esplendor futurista, en definitiva. Ahí ruedan Aquellos chalados en sus locos cacharros (Those Magnificent Men in Their Flying Machines, 1965) o, perdiendo algo de fuelle, El rally de Montecarlo [y toda su zarabanda de antaño] (Monte Carlo or Bust, Those Daring Young Men in Their Jaunty Jalopies, 1969), tratando de rebasar la sensacional La carrera del siglo (The Great Race, Blake Edwards, 1965), sin alcanzarla. La carencia de pretensiones -muy legítimas- de Al volante y a lo loco, le otorga cierta presteza y amenidad al resultado. El mismo elenco ya había colaborado en otra película de Annakin, Ladrones anónimos (Crooks Anonymous, Rank Organization, 1962). En suma, Al volante y a lo loco es una comedia extrovertida. Por algo considera Claire que Murdoch es como un muñeco.


El segundo ejemplo que deseo comentar es una de las versiones que corresponden a la extraordinaria novela El conde de Montecristo (Le comte de Monte-Cristo, 1844; Akal, 2016, Penguin, 2018), de Alejandro Dumas padre (1802-1870). No se trata de una traslación especialmente ostentosa o ambiciosa a nivel cinematográfico. De hecho, estamos ante un producto -en el mejor sentido- para la televisión, que en algunos países como el nuestro gozó de un estreno en salas comerciales. El resultado, todo lo ajustado que se quiera, me sigue pareciendo estupendo, y con mucho más encanto que el de otras producciones posteriores de presupuesto más holgado.

El conde de Montecristo (The Count of Monte Cristo, ITC/Norman Rosemont Productions, 1975) estuvo dirigida por David Greene (1921-2003) y contó con la fotografía de Aldo Tonti -lo que no está nada mal- (1910-1988), además de con una excelente partitura de Allyn Ferguson (1924-2010; disponible en The Film Music of Allyn Ferguson Volume 1, Prometheus, PCD 130, 1993). La escritura corrió a cargo de Sidney Carroll (1913-1988), responsable de El buscavidas (The Hustler, 1961), nada menos, junto a su realizador Robert Rossen (1908-1966). Al productor, recientemente fallecido, Norman Rosemont (1924-2018), debemos otros agradecidos productos para la televisión, como fueron las adaptaciones de Grandes esperanzas (Great Expectations, Joseph Hardy, 1974), Capitanes intrépidos (Captains Courageous, Harvey Hart, 1977), La máscara de hierro (The Man in the Iron Mask, Mike Newell, 1977), Las cuatro plumas (The Four Feathers, Don Sharp, 1978), Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, Delbert Mann, 1979), El pequeño lord (Little Lord Fauntleroy, Jack Gold, 1980), con la que inicié este personal ciclo, y El jorobado de Notre Dame (The Hunchback of Notre Dame, Michael Tuchner & Alan Hume, 1982).

El joven navegante Edmundo Dantés (Richard Chamberlain) tiene toda la vida por delante. Regresa al puerto de Marsella tras haber pasado dos años en periplo comercial por mar y tierra. Estamos en el año de 1815. Habiendo fallecido el anterior capitán durante la travesía, Edmundo ha asumido el rol de capitán, que por ley le corresponde, lo que le procura la primera de las inquinas a las que se va a ver sometido, la del segundo de a bordo Danglars (el siempre disfrutable Donald Pleasence). La segunda malquerencia la procura el pretendiente despechado de su prometida, el teniente Fernando Mondego (Tony Curtis); la tercera, un prisionero que traen a bordo y que es uno de los marineros del barco, el delincuente Caderousse (Alessio Orano). Falta una cuarta que a continuación veremos.

El caso es que el destino o la vida ha dispuesto que Edmundo haya de pasar por un amargo trance. A su regreso a Marsella, el navío atracó en el puerto de Elba, donde desembarcó el anterior capitán. Merced a la denuncia anónima de estos tres sujetos, Dantés es acusado de bonapartista. El asunto queda perfectamente aclarado por el procurador del puerto, Gérard de Villefort (Louis Jourdan, que también está muy bien). Sin embargo, un último fleco da un giro a la situación, condenando “de por vida” a Edmundo, que no sabe exactamente de qué se le acusa. Los siguientes diez años los pasará el joven en cautiverio.


Completamente aislado del mundo e incluso del resto de reclusos, Edmundo ha recalado en la prisión-fortaleza de If, un claro antecedente de lo que será Alcatraz. Las condiciones son infrahumanas. Sin embargo, ese mismo destino caprichoso le procura un compañero en la figura del abate Faría (el excelente Trevor Howard, aquí irreconocible tras las luengas barbas).

La puesta en escena de David Greene va al grano. Como cuando Edmundo, antes de la denuncia, observa a los tres conspiradores reunidos en una posada a través de un catalejo. La mala suerte está de su parte, además de la naturaleza humana. Como se suele decir, los envidiosos pagan mal su gratitud. Baste recordar cómo hay gente que no perdona el haberles hecho un favor. Parece que estos confabulados tenían alguna razón respecto a los antecedentes bonapartistas del anterior capitán, pero Dantés no está implicado en la trama gubernativa, algo que también conocen. Las razones íntimas del encarcelamiento prefiero dejárselas al lector, o al espectador. ¿Es que ha de perseguirme ese nombre hasta la sepultura?, se pregunta De Villford cuando queda a solas.

Acusado y sentenciado por motivos políticos, como actualmente sucede con la “pena por telediario”, es decir, la inculpación mediática antes que judicial, Edmundo recala en la mentada prisión, ubicada en lo alto de un inaccesible islote, varado en medio del mar.


Allí no solo mueren sus años de juventud, sino también su inocencia vital. Pero a pesar de este lúgubre escenario, despojado y existencial, Edmundo entabla relación, también por mero “azar”, con el citado abate, que le ayuda a esclarecer los hechos de su detención y condena. Edmundo ha pasado mucho tiempo sin conocer las causas, en lo que es una crueldad máxima. Pese a que los prisioneros están incomunicados y separados por sus celdas de piedra (en efecto, Alejandro Dumas ya inventó el existencialismo antes de que nos aburrieran soberanamente con sus distintas variantes), los dos penados pueden estar juntos, por motivos que tampoco desvelaré.

El aislamiento está bien señalado, como demuestra el hecho de que no se vea a los carceleros que rigen la prisión. Tan solo se les escucha, más allá de los muros de piedra que aíslan a los cautivos.

Han transcurrido diez años cuando Edmundo entabla contacto con el abate Faría, que procede de Italia. Con su perseverancia e ingenio, el monje y profesor ha hallado un modo de escapar. Mientras esa esperanzada ruta termina de materializarse, el abate transmite a Edmundo sus conocimientos. Merced a los acontecimientos, la huida de Edmundo Dantés de la fortaleza varía de forma sorprendente aunque lógica. Y apurada. Es este un segmento extraordinario del talento de Alejandro Dumas (¡y sus fieles redactores!).


En realidad -y la cifra es incluso simbólica-, Edmundo Dantés vuelve a la vida a los treinta y tres años. Es cuando se produce su reincorporación al “mundo de los vivos”. Hasta entonces, ha encontrado el tesoro de “Cesare Spada” en la isla de Monte Cristo, y ha planificado milimétricamente su venganza. Para ello cuenta con pocos pero bien escogidos colaboradores, como los ex contrabandistas de Córcega Bertuccio (Dominic Barto) y Giacomo (Angelo Infanti), que lo rescataron del mar. Ante el cofre del tesoro, de incalculables riquezas, Edmundo cumple su promesa al abate Faría, de procurar hacer el bien con el dinero, pero también proclama su resarcimiento, ya que la justicia ha brillado por su ausencia, como a veces tiene por costumbre. Ambas cosas las jura Edmundo ante el mencionado cofre, en el que es uno de los momentos álgidos de la película.

En los últimos cinco años se ha esparcido su leyenda, como prueba la admiración que provoca entre los parisinos y que le profesan los jóvenes. El Conde de Montecristo ha pasado de ser un ciudadano anónimo, escindido y anulado, a convertirse en un personaje misterioso. Una fascinación que despierta en Valentine de Villefort (Taryn Power) y Albert Mondego (Dominic Guard), y que incluye al general y la condesa Mondego (Kate Nelligan), el barón Danglars, mutado en uno de los banqueros más renombrados de la ciudad, y el influyente Fiscal del Estado, De Villefort. Es inolvidable cómo el Conde va dando cumplida cuenta de cada uno de ellos, con la ayuda de Faustino, alias Benedetto o Andrea, conde de Cavalcanti (Carlo Puri). En realidad, todos estos personajes se ahorcan con sus propios pecados; por mucho que se hable del “brazo ejecutor”, Dantés se limita a hacer acopio de la información pertinente e impartir justicia. Aunque esto no le colme de satisfacción en este tramo de su vida.


Todo el segmento del ajuste de cuentas es soberbio, siempre en el ámbito de esa narración escueta pero intensa a la que nos referíamos. Pese a esporádicos y prescindibles acercamientos –subrayados visuales- con la cámara, característicos de una película para la televisión de la época, o el hecho de que no se establezca una génesis que explique -en la película- cómo el mapa del tesoro llegó a manos de Faría (¿a qué se dedicaría antes de ser fraile?), El conde de Montecristo se beneficia de una concisión por lo demás bien ejecutada, y un suspense natural, de raíz ontológica, airoso y triunfante. No puedo dejar de anotar que el ramillete de voces del doblaje al español es una delicia.

Escrito por Javier Comino Aguilera



Para el sábado noche (LXXXIX) Especial Reyes: El pequeño Lord, de John Cromwell y de Jack Gold

05 enero, 2020

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En Brooklyn, Nueva York, el día de Nochebuena de 1880 no es muy feliz para Ceddie Errol, de nueve años (Freddie Bartholomew), porque su padre acaba de morir, dejando a la esposa en una delicada situación económica. Pero la suerte, o el destino, no le ha dado la espalda del todo al joven Ceddie; eso sí, a cambio de algún que otro sacrificio personal que, pese a todo, el muchacho sabrá sobrellevar con buen espíritu y alegría de vivir.

La oportunidad consiste en marchar a Inglaterra, donde el abuelo de Ceddie, el conde de Dorincourt (C. Aubrey Smith), se ha quedado sin herederos directos -sus hijos-, razón por la que lo reclama para convertirlo en todo un caballero, siendo el único descendiente que le queda. En efecto, la madre del muchacho, apodada Dearest (Dolores Costello Barrymore), se casó con uno de los hijos del actual y anquilosado conde. El marido ejerció con honores la milicia, pero el enlace fue enteramente desaprobado por el abuelo, que siempre ha mostrado prejuicios contra los norteamericanos, y piensa que los nobles han de casarse con sus iguales. De este modo, la única condición para que el chico se beneficie de las ventajas de un estatus y cultura elevados -aparte del título de lord-, será que la madre permanezca al margen, viviendo en una casa apartada del castillo. Sabiendo de las necesidades que se les vienen encima, y el provecho que esta coyuntura inesperada puede deparar a Ceddie, la madre acepta el trato en dichos términos. Lo hará a través del abogado del conde, el señor Havisham (Henry Stephenson), un personaje contemplado con buena disposición dentro de la trama.

Esta es la base argumental de El pequeño Lord (Little Lord Fauntleroy, United Artist, 1936), realización de John Cromwell (1886-1979), un estupendo director, escasamente divulgado, en torno a un famoso libro de la literatura anglo-estadounidense (1885; Edival-Juventud, 1977; Clásicos juveniles, 1984; Espuela de plata, 2015) escrito por Frances Hodgson Burnett (1849-1924); algo así con lo que sucede con Los chicos del ferrocarril (The Railway Children, 1906) de Edith Nesbit (1858-1924). El contenido fue adaptado por el novelista inglés Hugh Walpole (1884-1941) y la estupenda partitura se debe a Max Steiner (1888-1971).


Las cosas no permanecerán inalterables. La actitud del abuelo irá cambiando conforme se beneficie de esta relación simbiótica, es decir, de la compañía del chaval. Será la primera vez que se sienta querido por alguien. Es, como se suele decir, el mundo contemplado a través de los ojos de un niño, lo que recupera el amargado y estricto conde. A partir de que esta relación se desarrolla, el entorno también se irá revistiendo con sentimientos hace tiempo olvidados.

Antes de marchar a Inglaterra, la madre de Ceddie, en connivencia con la doméstica Mary (la personalísima Una O’Connor), le había regalado una bicicleta al chico (como contraste al hecho de que, poco después, este va a disponer de todo cuanto quiera). Pero no tarda Ceddie en toparse con un grupo de trapaceros que la toman con él y con la bici. A su ayuda acude el limpiabotas Dick (Mickey Rooney), uno de sus mejores amigos. Cromwell resuelve la pelea con gracia, sin eternizarse en añadidos o subrayados. Como cuando Ceddie decide, antes de partir, ofrecer una generosa suma de dinero -que el conde ha dispuesto para él- a la hermana de Mary, Bridget (Lilyan Irene), que está pasando por serias dificultades. Y si antes mencionábamos los prejuicios antiamericanos del conde, la contrapartida en Nueva York la ofrece el tendero Hobbs (Guy Kibbee), buen amigo de Ceddie, pero que detesta a la aristocracia, convirtiendo la política en una bandera maniquea. Por descontado que ambas posturas se verán matizadas al final del relato.


Una vez instalados en la campiña inglesa, madre e hijo se pueden ver, pero no coincidir en el castillo de Court Cottage. Pero como una cosa es el mantenimiento de las tradiciones y otra el estancamiento -raíz de la novela de Burnett-, la pompa y circunstancia que adornan -afean- la conducta clasista del conde, mutará de la prepotencia a la comprensión, el cariño y la reparación de situaciones mal avenidas, como ha venido sucediendo con su hermana, lady Lorridaile (Constance Collier).

Desde su punto de vista, a Ceddie le trae sin cuidado llegar a ser conde en un futuro, él ya se ha criado en otro tipo de sociedad, sin dejar por eso de agradecer los honores y títulos. Pero eso pertenece al futuro, en el presente, el chico anhela más el cariño y afinidad con su entorno. Hasta ahora, su mundo ha sido Brooklyn. En este sentido, es bonito el momento en el que se incorpora a la banda sonora la tonada (típica de Fin de Año) Auld Lang Syne, durante la despedida de Ceddie y el señor Hobbs.

No se esconde el hecho de que el personaje del conde sea un remedo del míster Scrooged dickensiano; que padece de gota, para colmo. Menos mal que Ceddie lleva la espontaneidad y desinteresada sinceridad de los niños a los ásperos muros del castillo. Hasta el conde -como Scrooged- recupera cierto sentido del humor (el que, por otra parte, dicen que proporcionan los nietos: a veces con estos se reparan errores y carencias tenidas con los hijos). Ceddie lo hace “relajando” los defectos del abuelo, mostrándoselos a través de su candidez, de forma inconsciente pero no desprovista de sensatez. A veces pienso que eres el único niño que he tenido, se sincera el conde, cuyas malas relaciones con sus descendientes, que sirvieron para desheredar a uno de sus hijos y no reconocer al nieto, han sido algo palpable y recíproco (salvo, tal vez, en el caso del padre de Ceddie).

Producción de David O. Selznick (1902-1965) para United Artist, El pequeño Lord es otra pequeña joya que merece ser redescubierta y que se beneficia, además, de un excelente diseño de producción, o para decirlo menos fino, de los decorados; inolvidable es el recibidor y, sobre todo, la extraordinaria biblioteca del castillo.

La historia se repite en la versión dirigida por Jack Gold (1930-2015), esta vez en color, lo que ayuda a exhibir algunos bonitos paisajes de la campiña inglesa. Gold no ha sido un cineasta muy relevante -mucho menos que Cromwell- pero algunos recordamos con agrado algunos de sus títulos, como Católicos (Conflict, 1973), Who (Who, 1973), El funcionario desnudo (The Naked Civil Servant, 1975), Ases del cielo (Aces High, 1976) y El toque de la medusa (The Medusa Touch, 1978). En el reparto, rostros característicos, como iremos viendo, y en la música, un inspirado, aunque no muy conocido compositor estadounidense, Allyn Ferguson (1924-2010). De la adaptación se ocupó Blanche Hanalis (1915-1992).

Como sabemos, nuestro relato da comienzo en un barrio de marginados en el corazón de Brooklyn, Nueva York. Aquí, hace algún tiempo que el cabeza de la familia Errol falleció, con lo que se incrementa la condición de huérfano del joven Ceddie (Ricky Schroder). La puesta en escena es fluida, como cuando el señor Hobbs (Colin Blakely) despotrica de los aristócratas, moviéndose por su tienda de ultramarinos mientras charla con Ceddie.


Su abuelo no le negará nada que el dinero pueda comprar, asegura el abogado, señor Havisham (Eric Porter) a la señora Errol, Dearest (Connie Booth). Otro personaje permanece, el del limpiabotas Dick (Rolf Saxon), que junto al señor Hobbs, y como sucedía en la anterior versión cinematográfica, acabarán viajando hasta el castillo del conde de Dorincourt para pasar una temporada con Ceddie, y librarle de la amenaza de un falso heredero al título. Aunque el episodio está resuelto con más prestancia en la versión precedente, sirve para hacer notar el hecho de que, ahora que el conde tiene este problema a cuestas, se da cuenta de las nimiedades que le enemistaron con su hermana, lady Lorradaile (Rachel Kempson). Asimismo, también la empleada Mary (Carmel McSharry) viaja con ellos. Como en el caso anterior, es definida como alguien de la familia más que como una sirvienta.

El conde está interpretado por el excelente Alec Guinness (1914-2000). El castillo de Court Cottage es magnífico, y está regentado por Dawson (Antonia Pemberton), el ama de llaves. También en esta ocasión la madre de Ceddie tiene que guardar las distancias. Pero el chico pronto se hace amigo incluso del perro del conde, de aspecto fiero. Con los equinos ocurre lo mismo, tal y como comprueba el encargado de las caballerizas Wilkins (Patrick Stewart).

Estando en compañía de este último, Ceddie ayuda al lisiado Georgie (Dicon Murray), un muchacho de su edad. Una actitud que casa con otra que vendrá a continuación, por la que, junto a su abuelo, el chico dispone de un sitio específico en la Iglesia.

Destacarse merece la chispeante y estupenda conversación a la fuerza que mantienen la señora Errol y el conde (un saludable duelo de esgrima verbal). Tras los jugosos preparativos de la fiesta de presentación que se va a dar en el castillo, se produce la reparación de la referida falta de entendimiento con la hermana del conde y su marido, sir Harry (Ballard Berkeley).


El balance de El pequeño lord (Little Lord Fauntleroy, Rosemont Productions, 1980) es también muy positivo, y cuenta con una coda final de marcado acento navideño. Da fe de este proceso esa larga mesa en la que se escenifica la inicial incomunicación entre el conde y su nieto.

Lo cierto es que no sé si es bueno que el hombre esté solo, pero sí que se sienta solo. El arrendatario irá poco a poco suavizando su carácter hosco y posición férrea. A los pies del castillo se hallan las casas de los más desfavorecidos, los aparceros del conde, como primero comprueba la señora Errol y, más tarde, el propio conde en compañía de Ceddie (es la parte más esquemática, pero no deja de ser efectiva). Precisamente, la imagen del castillo proporciona otro buen momento, al aparecer al fondo del plano, cuando el pequeño y su abuelo llegan a la casa donde ha sido alojada -relegada- la madre. Es tan solo una cuestión de tiempo que todos estos elementos formen una unidad. Lo confirma el mejor regalo que Ceddie podía esperar, y que se dispone debajo del Árbol de Navidad.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Frozen II, de Jennifer Lee y Chris Buck

03 enero, 2020

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El carisma de Frozen (2013) encandiló al público y tuvo que hastiar a muchas familias por las incesantes veces que tuvieron que oír sus canciones cantadas por parte de sus retoños. Aquella adaptación libérrima de La reina de las nieves jugaba bien con los paradigmas de los cuentos Disney ofreciendo también algunos cambios significativos: una historia de liberación personal, el rechazo al amor a primera vista y una reivindicación de otros vínculos más allá del amor romántico que antes servía para solucionar cualquier desaguisado. No era de extrañar que dado su éxito, tuviera una secuela: Frozen II (2019).

Había muchos caminos posibles para la secuela, incluso algunos que querían ser marcados por las voces de un público ansioso por novedad en el imperio Disney. Al final, la historia que Jennifer Lee ha mostrado en su guion y ha dirigido junto a Chris Buck ahonda en una de las cuestiones más relevantes de su anterior entrega: la importancia de la identidad y de la liberación personal. Siendo un mensaje relevante, para llegar a ello, nos ofrece una aventura con un desarrollo irregular en torno al viaje de la heroína, que es, a la par, un viaje clásico de superación de pruebas y una introspección  en busca de la verdad, ya sea personal o social, como pudiéramos encontrar en la literatura clásica.

Volvemos a Arendelle, un reino feliz y en paz, cuya reina, Elsa, vive sin temor a usar sus poderes y en armonía con su familia. Sin embargo, hay aún algo en ella que la arrastra a sentirse distante, que la llama a buscar más allá de lo que conoce. Aunque trate de ignorar esa voz de advertencia, pronto el peligro acechará a su reino y se verá obligada a partir en busca de respuestas, sin poder evitar que su hermana, Anna, y sus compañeros, Olaf, Kristoff y Sven, la acompañen en esta arriesgada aventura en que pasado y presente se darán la mano.


Aunque los personajes empiecen este viaje juntos, sus caminos se dividirán para que se hagan cargo de su propia trama, siendo en este caso las protagonistas Elsa y Anna, al portar no solo su evolución personal, sino también la resolución de la trama general, o con el McGuffin que es el peligro que acecha a Arendelle. Para empezar, Elsa deberá afrontar una serie de pruebas enfrentándose a los distintos espíritus elementales (aire, fuego, agua y tierra) para calmarlos y acabar con la amenaza que se cierne sobre su reino. Sin embargo, estas pruebas acaban por sentirse intrascendentes, dado que los espíritus elementales no parecen tener conciencia sobre su importancia en el mundo ni participan apenas de forma activa en la historia y las pruebas no suponen ningún crecimiento o evolución para el personaje. Será más relevante el momento en que Elsa y Anna descubran la verdad sobre lo que les sucedió a sus padres en aquel naufragio en que perdieron la vida, volviendo a recuperar el sentimiento de culpabilidad que ya acompañó a Elsa en la primera entrega. Al final, Elsa se enfrentará a la última prueba, que se relaciona con el sentido de verdad clásica: esa verdad que puede acabar con uno mismo, al estilo de Edipo, aunque en este caso no sea tan trágico, sobre todo cuando no hay consecuencias reales para los personajes. Si bien es cierto que con esta trama finaliza el arco de evolución del personaje para acabar de aceptarse a sí mismo y eliminar cualquier atisbo de culpabilidad, no añade más.

Por su parte, Anna empieza a sentir que no puede seguir los pasos de su hermana, que hay algo que las distancia irremediablemente. Por ello, la acompañará siempre y tratará de ayudarla, aunque no deje de ponerse en peligro y arriesgar la vida. Comprender a su hermana y entender que sus diferencias pueden ser positivas es la evolución del personaje, que finalmente se convertirá en una heroína cuando asuma y se enfrente a su soledad. No lejos de Anna tenemos la subtrama de Kristoff, que desea pedirle matrimonio, pero duda sobre cómo hacerlo. En esta ocasión, tenemos a un personaje masculino que se mantiene en un segundo plano respecto a la aventura y que asienta su desarrollo en las dudas sentimentales, interpretando incluso una parodia musical que enlaza bien con el sentir más adolescente. En cierta forma, el resto de personajes son un fondo apenas cómico o paródico, sin lograr ser personajes creíbles. El caso más evidente es Olaf, cuya función humorística es menor en una película que trata de sentirse más seria; incluso el mismo personaje parece estar en plena evolución hacia una especie de filósofo que no se toma demasiado en serio. Con todo, su resumen de la primera aventura destaca como uno de los mejores gags de la obra.


Sin duda, el problema de todas estas tramas es que suelen ser un paso atrás en el desarrollo de sus personajes para reafirmarlos en la posición que ya ocupaban al final de la anterior entrega. No obstante, cabe decir que sí resuelve con más contundencia el pasado familiar, de donde procede el antagonista (pasivo) de esta historia, y la identidad de Elsa, que finaliza el camino de aceptación personal iniciado en Frozen. Además, los momentos climáticos no logran la intensidad necesaria o la contundencia que cabría esperar, porque todas se sienten repetitivas, temporales o son bastante previsibles. No hay ninguna decisión arriesgada porque incluso se evitan con la necesaria magia. Sin duda, hay carencias y las imágenes más potentes pierden su fuerza por un desarrollo que se siente hasta inconexo o menos profundo de lo que aparenta. Por ejemplo, ninguno de los nuevos personajes o elementos que se añaden en la historia acaban por tener una relevancia clave en la historia, a excepción de los flashbacks, que incluso se quedan cortos.

En otros apartados, no encontramos tanto carisma en las canciones como sucediera en la anterior entrega. Son más funcionales, ayudan al progreso de las tramas o buscan ser cómicas, pero no permanecen en el recuerdo con tanta facilidad. Tampoco destaca en el desarrollo cinematográfico. Aunque hay secuencias bien realizadas, como el enfrentamiento marítimo, no se mantiene el buen pulso en toda la película y los planos llegan a resultar anodinos, sin carácter narrativo alguno. Nada que ver con el nivel artístico de la animación, que es, como viene siendo habitual, de una calidad altísima.


En definitiva, Frozen II tiene buenas intenciones, vira hacia terrenos poco usuales en las narraciones Disney y ahonda en uno de los temas centrales de su antecesora, pero resulta menos relevante y carismática a rasgos generales. Tiene un desarrollo irregular y sus secuencias están realizadas como si fueran la mezcla de episodios distintos de una temporada de una serie, más que como si fuera se tratase de una auténtica secuela. En ocasiones parece que había distintas decisiones pugnando por saber cuál sería la definitiva. En fin, le falta desarrollo, le falta unidad, le falta carácter y le falta determinación.


Especial Año Nuevo: La cena de los acusados, de W. S. Van Dyke, Richard Thorpe y Edward Buzzell

01 enero, 2020

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Ha comenzado un nuevo año, y el mundo no podrá ser igual sin la futura incorporación de algún nuevo invento o cachivache. Es ley de vida. Así, el señor Clyde Wynant (Edward Ellis) ha creado en su taller un nuevo invento del que, a pesar de todo, apenas llegamos a tener noticia: tan solo que se trata de un nuevo sistema de fundición. La razón es que, más que el descubrimiento en sí, lo interesante es lo que este conlleva, que en la narrativa de la película que nos ocupa es la misteriosa desaparición del inventor. Su hija Dorothy (Maureen O’Sullivan) se pondrá manos a la obra con la ayuda de su prometido Tommy (Henry Wadsworth).

Y persiguiendo la perspicacia de Edgar Allan Poe (1809-1849), cuando aseguraba que es dudoso que el género humano logre crear un enigma que el mismo ingenio humano no pueda resolver, la solución al acertijo vendrá de las entrelazadas manos del matrimonio de detectives compuesto por Nick y Nora Charles (William Powell y Mirna Loy, respectivamente, y que están estupendos).

No sabemos si la desaparición del científico-inventor es debida a un secuestro o se trata de una ausencia voluntaria. El caso es que se produce en vísperas de la boda de Dorothy y Tommy, prevista para el treinta de diciembre. Se sabe que Clyde Wynant partió a un destino ignoto con mil dólares -de la época- a cuestas, y no se ha vuelto a tener noticia de él.

Esta trama fue guionizada por Albert Hackett (1900-1995) y Frances Goodrich (1890-1984), en torno a la novela El hombre delgado (The Thin Man, 1934; Alianza, 2000), de Dashiell Hammett (1894-1961), que junto con Raymond Chandler (1888-1959) o James M. Cain (1892-1977), es uno de los más grandes autores clásicos de la llamada novela policiaca y de detectives. A su vez, Hackett y Goodrich son responsables de, por ejemplo, las excelentes Siete novias para siete hermanos (Seven Brides for Seven Brothers, Stanley Donen, 1954) y Qué bello es vivir (It’s A Wonderful Life, Frank Capra, 1946). Lo que no está nada mal. El hombre delgado al que hace referencia el título original se refiere al propio Wynant.

Como es preceptivo, otros personajes se añaden a la trama. Julia Wolf (Natalie Moorhead), la secretaria, le ha robado dinero de la caja fuerte a su patrón. Además, se entiende con el estafador Joe Morelli (Edward Brophy). La ex esposa, Mimí (Minna Gombell), madre de Dorothy, se hace llamar ahora señora Jorgensen porque aspira -aún no lo es- a ser la consorte del atractivo embaucador Chris Jorgensen (el característico César Romero). El segundo hijo, hermano de Dorothy, es el empollón Gilbert (William Henry), muy atento a los pormenores teóricos de este misterio. A ellos se suma el abogado del inventor, Herbert McCaulay (Porter Hall). Por último, están el contable Tanner (Cyril Thornton) y el maleante Arthur Nunheim (Harold Huber). Y creo que ya tenemos a todos los sospechosos principales.


De la dirección de La cena de los acusados (The Thin Man, MGM, 1934) se ocupó un competente veterano como W. S. Van Dyke (1889-1943). En el departamento artístico, encontramos a otro curtido experto, como el imprescindible Cedric Gibbons (1893-1960), y en la fotografía, a alguien que muy pronto destacaría en el reflejo de los claroscuros del alma humana en las películas de género negro, James Wong Howe (1899-1976).

Ahora volvamos con Dorothy y Tommy, que, aún ajenos a lo sucedido, bailan en la misma sala donde se encuentra el matrimonio Charles. Él es un célebre detective privado, aunque, según el propio Nick refiere, hace cuatro años que no ejerzo. La cámara enlaza a ambas parejas, lo que anticipa el hecho de que, pese a estar “retirado” del mundo de la investigación, tras su matrimonio con Nora, Nick Charles se hará cargo de las pesquisas, en recuerdo de su amistad con Wynant. Lo hará con la ayuda de su esposa y de su perro Asta, un simpático terrier. Lo cierto es que Nora y Nick residen en California, pero se hayan en viaje de placer por Nueva York para pasar las Navidades.

Destaca en La cena de los acusados, y sospecho que en el libro también, ya que aún no he tenido la ocasión de leerlo, el retrato sarcástico de la clase pudiente. También la de algún representante de la estofa más baja. Nadie se libra. El mismo Chris Jorgensen no es más que un mantenido de Mimí. Sin embargo, esto no incluye, al menos de una forma hiriente, a Nick y Nora, sostenedores y participantes de un agradable mundo de cócteles de alto copete y réplicas ocurrentes. Podemos considerar que Nick Charles es un puente entre esta aristocracia estadounidense de nuevo cuño y sus conocidos del lumpen -de la época en la que se dedicaba a la investigación profesional-, que van sazonando la trama de cada película. Ahora, los Charles viven del dinero que legó el padre de ella. Además, como ya he mencionado, Wynant era un amigo, por lo que el matrimonio de sabuesos -él con experiencia y ella con deseos de adquirirla- acaba por involucrarse.


El caso se complica. Uno de los personajes aparece muerto en su apartamento. Las pruebas incriminan al desaparecido Wynant (una pulsera con distintas aleaciones que le fue regalada a la víctima). A partir de ahí, los Charles habrán de vérselas con dobles entendidos (como, de forma divertida, sucede con la palabra sexagenario), juegos de falsas apariencias, escenarios glamurosos y personajes oportunistas, de cualquier ámbito social. En fin, lo que es una quincena en la estimulante Nueva York. Hasta que Nick decide desenmascarar al asesino de una forma elegante y sin aspavientos, por medio de una cena donde poder reunir a todos los sospechosos, con la supervisión del jefe de policía y antiguo conocido suyo, el teniente John Guild (Nat Pendleton). ¿No te gustaría aceptar un caso de vez en cuando para pasar el rato?, le había espetado Nora a su marido. Razón no le faltaba, ya que Nick se había mostrado peligrosamente desocupado. Tomándole la palabra a su esposa y aceptando este nuevo reto, Nick también redescubre su vocación. Sin embargo, antes de que se produzca la sonada cena, aparece una tercera víctima; esta vez, un maleante que, en principio, no parece tener conexión con el asunto.

Me da la impresión de que la creación de Hammett es un reverso de otros personajes encopetados y bastante menos simpáticos, como el Philo Vance de S. S. van Dine (1888-1939), cuya primera novela -no he leído más- me decepcionó sobremanera. De hecho, pese a incluir a -un remedo de- Nick y Nora Charles en su repertorio de detectives en la comedia Un cadáver a los postres (Murder by Death, Robert Moore, 1976), creo que el afamado Neil Simon (1927-2018) tenía más en mente al citado Vance, y otros de igual pedigrí, que al matrimonio de sabuesos y el resto de protagonistas de la comedia, cuando se quejaba, por boca de Truman Capote (1924-1984), de la impostura del género (de una banalización del género, habría que precisar).


La cena de los acusados depara otros estimulantes momentos, como el que muestra a Nick disparando perdigones a unos globos que adornan el Árbol de Navidad, en su habitación de hotel (como Sherlock Holmes hiciera en sus dependencias, formando las siglas Victoria Regina en la pared). También cuando Nick y Asta -el perrito- exploran el taller de Wynant, en el que encuentran otro cadáver enterrado en cal viva. Y por supuesto, el desparpajo de la cena para descubrir al asesino y raptor, es inolvidable.

Tras el éxito de esta primera apuesta, se decidió continuar con la saga, encargando una nueva historia original al propio Dashiell Hammett.

Él, ella y Asta (After the Thin Man, MGM, 1936) fue de nuevo dirigida por Van Dyke, y en ella descubrimos a un incipiente James Stewart (1908-1997). Hammett, como queda dicho, pergeñó un nuevo misterio, que cobró forma con el guión de Frances Goodrich y Albert Hackett. También repite sus funciones Cedric Gibbons.

El matrimonio Charles regresa nuevamente a Nueva York, escenario de las andanzas detectivescas prematrimoniales de Nick. A su llegada al andén, son asaltados por un grupo de simpáticos periodistas, que se interesan por su labor detectivesca, en el candelero desde la resolución del anterior caso. Pero Nick insiste en que se ha retirado tras aquel asunto, que la prensa ha dado en llamar del hombre delgado. Por descontado, todos sabemos que esto no es más que un hacerse de rogar, y que las circunstancias -y su mujer- le harán cambiar de opinión.

Los Charles se instalan en una villa de ensueño, en lo alto de una loma (una localización que a mí me recuerda la de la espléndida La casa de la colina [House on Telegraph Hill, Robert Wise, 1951], aunque en esta ocasión, la vivienda dispone de una decoración más sofisticada. Incluso Asta se siente a sus anchas cuando conoce a su posible partenaire. El matrimonio se dispone a pasar tranquilo el Fin de Año. Craso error.

Tía Katherine (Jessie Ralph), tía de Nora y residente en la Gran Manzana, llama por teléfono. Está agobiada. Con la cena familiar a la vista -que ya sería suficiente-, resulta que su hija Selma (Elissa Landi) ha perdido a su marido. En efecto, nadie sabe dónde cuernos se ha podido meter Robert Landis (Alan Marshal). Otra desaparición llama a la puerta de los Charles, y Nora insiste en que su marido tome las riendas. Nick está de acuerdo. Una ojeada a la tía Katherine y se me pasará la borrachera, declara.

En la casona de la tía se dan cita, además, el tío Willy (Thomas Pogue), la otra tía Hatty (Edith Kingdon), el primo Lucius (William Burress), el jovenzuelo espigado David Graham (James Stewart), secretamente enamorado de Selma, y el inquietante doctor Kramer (por algo está interpretado por un especialista: George Zucco), encargado de tratar los enigmáticos sueños de Selma (la casa de tía Katherine sí que se parece al vetusto interior mostrado por Robert Wise [1914-2005] en su película, incluido el hecho de que alberga un misterio).

Pronto tiene Nick una pista que seguir, la de la polvera con la dirección de un club chino. Para allá se encamina, descubriendo que su esposa le ha precedido, a pesar de los esfuerzos por no inmiscuirla -que incluyen encerrarla con llave si es preciso-, ya que Nora está determinada, una vez más, a contribuir con su ayuda al caso. Y lo logra.


El señor Dancer (Joseph Calleia) y su socio Lun-Kee (William Law) son los dueños del local chino donde trabajan la bailarina Polly (Penny Singleton) y el camarero Sonny (Teddy Hart). Cerca de Polly siempre anda su hermano Phil (Paul Fix, otro estupendo actor de soporte). A su vez, Lun-Kee también tiene un hermano que, en tiempos, fue detenido por Nick. Y sin salir de dicho local, estupenda es la escena de las bailarinas cuando, la noche de Fin de Año, reparten a los comensales unas trompetas de pega. Por cierto, la segunda canción que canta Polly en el club es Smoke Dreams, compuesta por Nacio Herb Brown (1896-1964) y Arthur Freed (1894-1973), creadores de las magníficas composiciones de Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the Rain, Stanley Donen & Gene Kelly, 1952).

El tal Robert es una perla. Se entiende con Polly y se conduce con sucios manejos. O sea, que a la pobre Selma le llueven palos por todas partes. Así que cuando alguien lo liquida en plena calle, no faltan candidatos. Aunque Selma es hallada por David y por el espectador con un arma en la escena del crimen, no parece claro que sea la responsable. Otra estupenda secuencia la encontramos cuando Nick y Nora no pueden dormir -el perro tampoco- y necesitan tomar algo en la cocina.

La noche se embarulla a partir de ahí (y el día siguiente). Resulta que uno de los personajes no es lo que dice ser, y para colmo aparece estrangulado. Lo que lleva a Nick a investigar en las habitaciones de Polly, al tiempo que otro misterioso desconocido lo hace en el piso de arriba.

Reunir a los implicados de un caso parece un elemento imprescindible de las novelas de, pongo por caso, Agatha Christie (1890-1976). Un recurso que aquí se estiliza con sano sentido del humor. Es un procedimiento narrativo de lo más eficaz, como bien sabía Dashiell Hammett. 

De regreso a Nueva York, y con un chico de un año, sorprende un nuevo caso al matrimonio de investigadores en Otra reunión de acusados (Another Thin Man, MGM, 1939), dirigida igualmente por W. S. Van Dyke y con un guión de Goodrich y Hackett.

Con la copa en ristre, pero sobrio para una flamante investigación y su eficaz resolución, Nick Charles emprende la tarea de desfacer el tuerto, y para eso se encaminan a otra casa de la colina. Un cadáver en el camino que nadie se explica, sobre todo porque deja de estar allí, y la desaparición de la niñera del pequeño, Dorothy Chambers (Ruth Hussey), les sale al paso, sazonando esta nueva y bienvenida peripecia.

El escenario es estupendo, una casona aislada, envuelta en la frondosidad del bosque de Long Island, pero acogedora a la par de señorial. Allí les recibe la señora Bellam (Phyllis Gordon), donde los Charles han acudido a la llamada de angustia del administrador de Nora, el coronel Mc Fay (el entrañable C. Aubrey Smith). Teme por su vida, pese a estar acompañado de su hija adoptiva Lois (Virginia Grey) y su resultón novio, Dudley Horn (Patric Knowles). El secretario del coronel es Freddie Coleman (Tom Neal), pero el verdadero peligro parece provenir del chantaje emocional a que es sometido Mc Fay por parte de Phil Church (irónico apellido; Sheldon Leonard) y su criado Dum-Dum (Abner Biberman); ambos, procedentes de Cuba.

Junto al matrimonio de investigadores está el teniente Guild (Nat Pendleton), además de Asta, desde luego. La irónica proclividad a la bebida -controlada, casi como si de una pose se tratara-, es empleada para elaborar unas réplicas y situaciones memorables.


El caso es que Nick se halla inmerso en otra investigación hasta el cuello. No está solo, sigue teniendo el apoyo moral y asistencia material de su querida esposa Nora que, por ejemplo, recupera las llaves del mueve bar que, como precaución -¡y sibilino chantaje!- el coronel se había guardado en uno de sus bolsillos (una de esas situaciones a las que antes me refería).

Phil Church es un ingeniero ex convicto que ha soñado (sic) que el coronel va a morir de forma inminente. Asegura que, cuando tenga un tercer sueño en el que aparezca el coronel, se materializará la amenaza (de la que él no es responsable, en apariencia, actuando como médium y alertando con su premonición). En suma, Church trata de prevenir al cabezón y cascarrabias coronel, y el tercer sueño no tarda en producirse.

No es el único toque simpático. De manera jocosa, un son cubano se incorpora a la banda sonora cuando la policía irrumpe en la vivienda de Church, una vez que se ha producido el deceso. El interrogatorio de los policías a los sospechosos está muy bien llevado, resultando una escena igual de irónica y dinámica. Pero entonces muere otro personaje abatido por los disparos de la policía, que ya es mala pata.

Como antes he señalado, Nick no quiere implicar a Nora en los asuntos criminales, pero la esposa trata de ser una buena compañera en todo, y participa de nuevo con muy cómicos resultados. En esta línea, hemos de destacar la fiesta que para bebés de un año se organiza, con objeto de festejar el cumpleaños del pequeño Nick. Hay que portar un bebé para poder participar.


Nick y Nora están en su vivienda de California con el pequeño Nick, hecho ya un hombrecito, en La sombra de los acusados (Shadow of the Thin Man, MGM, 1941). Camino del hipódromo son detenidos por la policía, por exceso de velocidad. Pero la fama de Nick le sigue precediendo. Como los cócteles. El agente que les escolta, a unos veinte kilómetros por hora, les conduce desesperados pero sanos y salvos hasta el recinto, donde pronto se van a ver rodeados de otros compañeros policías, porque se acaba de cometer un delito. Un conocido jockey ha aparecido muerto en las duchas.

De la encuesta se encarga el teniente Abrams (Sam Levene), cubriendo la información los periodistas Paul Clark (Barry Nelson) y Whitey Barrow (Alan Baxter). Muy interesado en que se aclare lo sucedido se muestra el alcalde Sculley (Henry O’Neill), porque anda detrás de meter en cintura a la banda de apostadores de Link Stephens (Loring Smith) y Fred Macy (Joseph Anthony). A la que se añade la señorita Claire Porter (Stella Adler, la misma del Actor’s Studio, la misma), el apostador Benny Rainbow (Lou Lubin) y el cajero del hipódromo Mc Guire (Sam Bernard). Bajo la apariencia de ser corredores de apuestas, ejercitan una mafia de los juegos hípicos.

Existe otro lazo de unión, más saludable, entre el periodista Paul Clark y la joven Molly Ford (Donna Reed), que trabaja como secretaria para Macy y Stephens.

Nick no se encuentra solo en la investigación. Asta le ayuda a hacer un descubrimiento fundamental en el apartamento de la segunda víctima. Además, se juega con el recurso extrovertido de que todos los conocidos de Nick son ex presidiarios: entre ellos, en un garito llamado Mario’s Grotto, distinguimos en un plano a Sid Melton (1917-2011), futuro Salvatore Petrillo de Las chicas de oro (1985-1992). No podemos dejar de señalar la originalidad en la identificación del asesino.

Dirigió Van Dyke, que firmó como coronel del ejército de los Estados Unidos. El guión, esta vez, fue de Irving Brecher (1914-2008) y Harry Kurnitz (1908-1968), basado en una historia de este último (entre otras, Kurnitz es responsable de la co-escritura de Testigo de cargo [Witness for the Prosecution, Billy Wilder, 1957] y la historia de Hatari [Íd., Howard Hawks, 1962], y Brecher de Cita en San Luis [Meet Me In St. Louis, Vincente Minnelli, 1944]. Esto nos da una idea de la calidad en la desenvoltura de los guiones). Por su parte, Gibbons permanece en la dirección artística, al igual que en las pendientes producciones.


Dicen que el aire del campo es sano. A comprobarlo se dispone el matrimonio Charles.

En efecto, Nick y Nora se encaminan en tren (con el permiso de Asta, que no parece muy dispuesto), a casa de los padres de Nick, en una típica y agradable población en contacto con la naturaleza; y allí no bebe alcohol, especifica Nora. Lo hacen en un vagón bastante concurrido y con más conocidos del detective.

Pasamos del sofisticado Nueva York, donde han resuelto sus casos de mayor prestigio, a las profundidades campestres del terruño de la mocedad, llamado Sycamore Springs, donde importan las apariencias y es más difícil poder mantener un secreto (¡siempre que no sea excesivamente relevante o implique un delito!). Pero el crimen, como sabemos desde los tiempos de Sherlock Holmes, también campa a sus anchas por las campiñas y praderas. Con lo que, la naturaleza de Sycamore Springs, a la que nos referíamos, también hace florecer algún que otro asesinato.

En esta ocasión, el occiso es el apuesto joven Peter Berton (Ralph Brooke), un pintor de paisajes que cae fulminado a las puertas de la casa de los padres de Nick.

El padre del detective, Bertram (Harry Davenport, otro rostro de sobras conocido), es médico. Está detrás de que por fin se materialice su nuevo proyecto de un completo y más moderno hospital para el pueblo. Pero se las ha de ver con Sander (Irving Bacon), el banquero del pueblo. Además de reencontrarse con viejos amigos y escenarios de la juventud, Nick conoce a Willoughby (Morris Ankrum), superintendente de la fábrica local y sobrino de su maestra de escuela Peaby (Nora Cecil). También está Bruce Clayworth (Lloyd Corrigan), médico retirado. ¡Y Laurabelle Ronson! (Gloria DeHaven), la chica más llamativa del pueblo, hija del magnate local Sam Ronson (Minor Watson). Laurabelle no le hace ascos a ningún muchacho pese a tener un novio, el celoso Tom Clayworth (Paul Langton). El mayor sueño de Laurabelle, como tantas otras en su condición, es llegar a ser actriz -¡de éxito; es decir, una estrella!-. Y en efecto, la muchacha siempre está sobreactuando, en lo que es un toque irónico muy bien servido. De las pinturas de Peter se encargaba el comerciante Willie Crump (el reconocible y estupendo Donald Meek), que tiene una tienda en el pueblo. Para completar el cuadro de sospechosos, podemos añadir a la criada de los Charles -padres-, Hilda, interpretada por Anita Bolster (1895-1985) y la apodada loca Mary (Anne Revere), que se revelará como un personaje primordial. Además, están los implicados en una red de “tráfico de secretos”, Edgar Draque (Leon Ames) y su esposa Helena (Helen Vinson).


Al enmarañado asunto tratará de hacer frente el jefe de la policía Mac Gregor (Donald MacBride), con la inestimable ayuda de Nora, Nick y Asta. Uno de los mejores detalles de la película lo hallamos en el cuadro de Berton que Nora le ha comprado a Nick por su cumpleaños. Un trabajo que, algo más tarde, hay que impedir que vaya a ser subastado por el Comité Femenino de Ayuda al Soldado.

Es de destacar que la fotografía de El regreso de aquel hombre (The Thin Man Goes Home, MGM, 1944) corriera a cargo del excelente Karl Freund (1890-1969), en una dirección que esta vez correspondió al eficaz Richard Thorpe (1896-1991) -Van Dyke había fallecido el año anterior-. Junto a Gibbons se haya Edward Carfagno (1907-1996), y el montaje es de Ralph Winters (1909-2004), otro veterano en las lides del mejor cine de la época. El guión estuvo firmado por Robert Riskin (1897-1955), guionista de cabecera de Frank Capra (1897-1991), y Dwight Taylor (1903-1986), que lo es de, entre otras, Sombrero de copa (Top Hat, Mark Sandrich, 1935). Desde luego que es para quitarse el sombrero.

Cierra el ciclo La ruleta de la muerte (Song of the Thin Man, MGM, 1947), dirigida por Edward Buzzell (1895-1985). El escenario de esta última aventura de nuestro matrimonio de detectives es atractivo y singular. Se trata de un casino en alta mar, en el S. S. Fortune. La trama fue escrita por Steve Fischer (1912-1980) y Nat Perrin (1905-1998), también productor de la película, en función de una historia concebida por Stanley Roberts (1916-1982). Además, se especifica que el diálogo adicional se debe a James O’Hanlon (1910-1969) -co autor de Con destino a la luna (Destination Moon, Irving Pichel, 1950)- y Harry Crane (1914-1999); todo, por supuesto, en la línea de los personajes creados por Dashiell Hammett.

En el barco-casino, uno de los músicos que amenizan las veladas, Buddy Hollis (Don Taylor), bebe los vientos por la vocalista Fran Ledue Page (una emergente Gloria Grahame). El nombre del personaje podría ser un trasunto del compositor y cantante Buddy Holly (1936-1959), de no ser porque este comenzó a hacerse famoso a finales de la década de los cuarenta: es más lógico suponer que Holly pudo tomar su sobrenombre del clarinetista de esta intriga (puestos a intrigar). Entre los instrumentistas de la orquesta también está Clarence Clinker Krause (el todo terreno Keenan Wynn). Los anfitriones del festejo, al que acuden Nick y Nora, son el matrimonio Thayar (Ralph Morgan y Bess Flowers).

Pues bien, el señor Phil Brand (Bruce Cowling), casado con Janet Thayar (Jayne Meadows), es acusado de haber asesinado a Tommy Drake (Phillip Reed), el director de la orquesta. A partir de ahí, la rueda de la investigación se pone de nuevo en marcha. Lo que depara la estupenda visita de Nick y Asta a unos brumosos muelles; imágenes que poseen la necesaria atmósfera. Desde allí parten hacia el barco lúdico.


Es oportuno el mencionado título original de la película, porque realmente, la música cobra aquí un especial protagonismo en el desarrollo de la acción, y favorece la resolución de esta última reunión de acusados (un recurso narrativo que no ha dejado de sucederse en cada una de las películas). Lo que implica algunas interesantes anotaciones al margen, como cuando Clarence da su definición de jam-session, asegurando que es donde los muchachos se reúnen después de cerrar, a tocar de verdad. Algo en lo que estaría muy de acuerdo el añorado Juan Claudio Cifuentes (1941-2015).

Estamos en plena época del be-bop, y los Charles se ven impelidos al garito de Mitch Talbin (Leon Ames). Más tarde, encuentran a Hollis recluido en una casa de reposo. Padece un complejo de culpa profundamente enraizado, en palabras de su médico. Nora emprende, por su cuenta, su parte de la investigación: indagar en la mente de Hollis.

En cuanto al pequeño Nick Charles, ya ha crecido y presenta los rasgos de Dean Stockwell (1936). Ha estado haciendo novillos, pero Bertha, la doméstica (Connie Gilchrist), lo tiene bien atado.

En fin. Ha pasado el tiempo. Otra década despunta. Pero las películas de William Powell y Mirna Loy siguen siendo de lo más recomendables para dar un buen inicio al año nuevo.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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