Interstellar, de Christopher Nolan

05 junio, 2020

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Uno de los directores que ha polarizado a crítica y público en los últimos años ha sido Christopher Nolan (1970). Aunque suele gozar del favor del público, es frecuente que surjan críticas a sus obras por diversos motivos. Apasionado de la espectacularidad con argumentos de cierta raigambre polémica a nivel social (El caballero oscuro [2008]), histórico (Dunkerque [2017]) o de ciencia ficción (Origen [2010], Interstellar [2014]), lo cierto es que debemos admitir que ha sido uno de los directores que ha gozado de un éxito considerable en los últimos años, aunque también ello le haya valido críticas bien por considerar que no hacía obras tan redondas como aparentaba, bien porque estaba por debajo de obras similares de mayor calado o bien por su tendencia a sobreexplicar sus películas o escenas tratando al espectador como un ingenuo.

De entre las obras que ha dirigido en los últimos años, Insterstellar ocupa uno de los lugares cumbres en la consideración de su carrera. Sin embargo, no podemos considerar que esté exenta de esa doble cara que ofrece la mayor parte de sus películas, es decir, con respecto al hecho de haber polarizado a los espectadores entre quienes aman la película y quienes la aborrecen. En mi consideración, creo que gran parte del público se sitúa en un término medio, entretenidos y emocionados sin más, siendo en este caso las redes sociales las que alientan dos posturas extremas, como en tantas otras ocasiones.


La historia nos lleva a un futuro postapocalíptico en el que el planeta se ha convertido en un entorno hostil para el ser humano eliminando todas sus conexiones, destruyendo la tecnología que hoy nos sustenta. Al final, la humanidad se ha visto obligada a sostenerse con una agricultura azotada por plagas recurrentes que van eliminando los distintos productos agrícolas que se pueden cultivar, siendo el maíz uno de los pocos reductos que quedan. En estas circunstancias nos encontramos al protagonista, Cooper (Matthew McConaughey), un granjero que antes de la catástrofe era piloto para el ejército estadounidense. Es un personaje arisco y díscolo con la nueva política gubernamental que intenta obviar el pasado heroico y tecnológico a fin de acabar con lo que consideran que son falsas ilusiones y esperanzas de la población. Así se demuestra cuando Cooper se enfrenta al sistema educativo por intentar negar la llegada del ser humano a la Luna, recurriendo en esta ocasión a una de las teorías de conspiración más conocidas como relato oficial.

En cierto momento de esta situación, Cooper empieza a descubrir que están sucediendo hechos anómalos gracias a su hija. Incapaz de contener su curiosidad, se encuentra con un secreto gubernamental: la NASA sigue existiendo y está intentando acceder a un agujero de gusano descubierto en el sistema solar para llegar a un planeta habitable que se convierta en el nuevo hogar de la humanidad. Para ello se han elaborado dos planes: el primero consistiría en localizar el planeta habitable y mandar en una nave gigante a toda la humanidad de la Tierra y el segundo, en caso de ser imposible crear esa nave, enviar las células necesarias para crear nueva vida humana en ese nuevo planeta. Este es el punto de partida para la gran aventura que Nolan propone.


Se trata de una misión arriesgada para la que Cooper está capacitado, pero que supondría la destrucción de su vida familiar. Un sacrificio seguro si tenemos en cuenta que quizás no pueda regresar nunca o que cuando lo haga han podido transcurrir demasiados años en la Tierra debida a la relatividad del tiempo en los viajes espaciales, algo que bien nos recuerda al final de una célebre película de ciencia ficción. De esta forma el tiempo se postula como una de los principales ejes temáticos de la obra. A partir de este planteamiento, se dan dos grandes escenarios.

El primero, y el que más interesará a los aficionados a la ciencia ficción, es el espacial. Es una ciencia ficción bastante rigurosa dado que Nolan contó con el apoyo de un asesor científico, el físico teórico Kip Thorne (1940), quien ya en el pasado había colaborado con Carl Sagan (1934-1996) para su novela Contacto (Contact, 1985). De esa forma, tenemos detalles como la ausencia de sonido en el espacio, que suponen una de las principales características de las secuencias en las que el protagonismo recae en la nave espacial y que se aleja de los sonidos habituales que el imaginario cinematográfico nos había legado. O la concepción del agujero de gusano y su funcionamiento, la visión de un agujero negro o el concepto de la relatividad del tiempo y su funcionamiento en el espacio exterior por la influencia de los cuerpos celestes.

Sin duda, la aventura está clara: recabar información de los tres planetas candidatos, visitar a los tres aventureros anteriores e intentar desperdiciar el menor tiempo y el menor combustible posible. Precisamente, esta cuestión pesa al protagonista, Cooper, que sabe que arriesgarse a visitar un planeta en el que el tiempo pase más lento provocará que se pierda años en la vida de sus hijos. Y ahí es donde entra el otro gran escenario: el factor humano. El escenario de la familia, de la duda, de la emoción. Interstellar se reviste de ciencia para realmente ahondar en lo que se pierde, en lo que se gana, en las relaciones humanas o en el significado del sacrificio individual en pos del bien común.


Sin embargo, conforme transcurre la película, debemos considerar que llega cierto punto en que no se encuentra una respuesta satisfactoria a ninguno de los dos escenarios. No quiere decir que la película no tenga una buena calidad técnica o que no resulte espectacular en su desarrollo de la ciencia ficción. Sin duda, tiene giros dramáticos bastante cautivadores y convincentes, efectivos para emocionar al espectador, pero al final lo que podía haber sido una obra mucho más coherente, acaba perdiéndose en un deus ex machina con el fin de lograr el efecto deseado para su conclusión. Si bien resulta interesante el hecho de que el tiempo se convierte en una dimensión física más, el cómo se ha llegado a este punto parece ser fruto del azar o, en todo caso, de algún tipo de destino, y al final parece que era una clave obligatoria para regalarnos el giro dramático más efectivo y el final feliz necesario. Por poner un ejemplo de una obra semejante, Encuentros en la Tercera Fase (Steven Spielberg, 1977) resultaba menos efectista y rendía mejor en un desarrollo coherente en el que su final no se sentía postizo.

La película acaba por intentar sobreexplicarse, porque ni siquiera el protagonista entiende qué le ha pasado. Ni la aventura espacial ha resultado productiva, ya que ha estado bastante vacía de contenido, perdiendo a personajes que no nos interesaban y con escenas que eran más resultonas por su espectacularidad que por lo que sucedía, entremezclando tonos genéricos que oscilan entre las películas de catástrofes, el thriller o el terror más claustrofóbico, pero sin que los hechos parezcan calar en los personajes, siendo todo bastante plano y gris. Y no cabe duda de que el espectador puede desear que nuestros viajeros especiales lleguen a un planeta nuevo, porque sin duda el diseño de estos mundos resulta variado y visualmente atractivo de la película. Pero no sucede así con aquello que nos intenta narrar.


Quizás uno de los puntos más interesantes es el conflicto entre lo emocional y lo razonable que se da, pero el espectador que ya esté habituado a estas cuestiones, sabrá ver las trampas que la película sitúa para funcionar. Y no acaba por resultar satisfactorio: la resolución de la aventura espacial queda cortada, la resolución de la parte emocional y familiar acaba por ser intensa, pero ofrecer una respuesta definitiva que provoca que consideremos que todo lo vivido ha sido una excusa, un mcguffin para llegar a cierto punto en el que reflexionar sobre los lazos que creamos y para que el tono final de la película sea el de un romance en suspense. Incluso los coletazos sociales del primer tramo se pierden por completo y el desarrollo de la aventura espacial se siente superfluo por carecer de un significado propio. Y al final acaba por ser una película demasiado tópica: gobiernos que engañan, muertes de personajes insignificantes, el egoísmo y el amor enfrentados y una resolución dramática que trata de satisfacer a todos y hacernos sentir bien con nosotros mismos, siendo una obra autocomplaciente con la idea de dar una nueva oportunidad a su protagonista... sin que antes se nos diera la ocasión de que el protagonista lo necesitase.

Es decir, Interstellar es un viaje hermoso, pero vacío. Fantástica en su forma de visitar el espacio, de crear planetas originales y diferentes, de recurrir a teorías científicas como un recurso narrativo que pueda emocionar. Pero es menos profunda de lo que aparenta ser y manipula demasiado su forma de dar un cierre a la aventura. Al final, todo se queda en un espectáculo que no lleva a ninguna parte, un viaje en el que disfrutaremos del paisaje, nos emocionaremos donde toca y saldremos pensando si algo de lo visto ha tenido sentido, sobre todo si lo hemos comprendido bien y hemos contemplando las costuras de la película de Nolan.


Lo cual es nefasto, porque echa por tierra las secuencias mejor recreadas de la obra. Si la buena labor musical de Hans Zimmer y la excelente factura técnica del espacio le unimos unas actuaciones bien llevadas, especialmente en las escenas más emotivas, es un lastre que todo se diluya por una narrativa excesiva y retorcida. Por ejemplo, había sido capaz de mostrarnos una gran emotividad con la sencillez de unos astronautas que ven retransmisiones de sus familiares contándoles todo lo que se han perdido o supo plantear las tensiones entre obedecer a la razón o a la emoción. Porque se sentía bastante cercano, como toda la subtrama en la que el egoísmo y el temor por la propia supervivencia envilece a un astronauta. O incluso cuando muestra la situación en la Tierra enfrentando dos formas de pensar sobre el futuro, representadas por sendos hermanos, a pesar de que esta trama quede cortada y no lleve a ninguna parte. Y, sin embargo, a pesar de todo lo logrado, no llega a culminar con la brillantez deseada.

En definitiva, Interstellar es una película con una ciencia bien desarrollada y con una gran emotividad, pero que, por ciertos factores, no llega a tener una narrativa bien cerrada y coherente, siendo capaz de traicionarse a sí misma. Incluso existen ciertas secuencias en los que la emoción o la búsqueda de la lágrima en el espectador es bastante manipuladora y es evidente. Al final, por querer ser una combinación, que no iba por mal camino, acaba por no ser resolutiva en ninguno de los dos grandes escenarios que plantea y eso es obvio que puede causar insatisfacción en el espectador que se pare a reflexionar sobre lo que ha visto. Se queda por detrás de, por ejemplo, La llegada (Denis Villeneuve, 2016), que no jugando el factor del realismo espacial de Interstellar, logra ser una historia más redonda y emotiva, más íntima incluso, sin llegar a ser incoherente con lo que ha creado en su desarrollo y donde todo cobra sentido sin que por ello se pierda el efectismo de un giro dramático final, pero aplicado con lógica. Insterstellar, por contra, acaba siendo una Odisea cuya travesía es deslumbrante, pero en la que el fondo se diluye hasta conseguir que el regreso a Ítaca se sienta impostado.


Para el sábado noche (XCIV): La esfinge, de Franklin J. Schaffner

02 junio, 2020

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Lo contó el propio Howard Carter (1874-1939) al tener acceso a la cámara principal donde se hallaban los restos del joven sacrificado Tutankamón (1345- 1327 a.C.). Ante la pregunta de su financiador, un inquieto lord Carnarvon (1866-1923), de si lograba vislumbrar algo, el arqueólogo británico respondió sí, cosas maravillosas (La tumba de Tutankhamón, 1923; Orbis, 1985). Esto fue un veintiséis de noviembre de 1922, al atisbar por una ranura la exuberancia del contenido de la tumba real recién horadada.

El hallazgo de algunos testimonios arqueológicos a flor de tierra, me hicieron concebir la esperanza de descubrir la famosa tumba. Fueron seis largos años de labor infructuosa y de tenaz perseverancia, acompañados por el escepticismo de los incrédulos. Tras el descubrimiento, todo cambió en un instante. Trabajamos sin descanso, con ese ardor especial de los que quieren disputar a la tierra avara un secreto o un tesoro (declaraciones extraídas, con motivo de la visita de Howard Carter a Madrid, del diario ABC del veintisiete de noviembre de 1924, dos años y un día después del acceso a la tumba. Información disponible, además, en el espléndido volumen Tutankhamón en España, de la Fundación José Manuel Lara [2017], a cargo de Myriam Seco [1967] y Javier Martínez [-]).

Justamente, un hallazgo de carácter casual es lo que ha llevado a la arqueóloga Erica Baron (Lesley-Anne Down) a las fértiles tierras del Nilo. Fértiles en misterios y peligros. Erica se halla en pos de una curiosa investigación, merced a los dos principales, y no del todo coincidentes, inventarios elaborados por Howard Carter y lord Carnarvon, acerca del contenido de la cámara del rey. A partir de ahí, se suceden unas muertes inesperadas, la primera de las cuales es observada por Erica, de nuevo por casualidad. Como le advierte el atento Akmed Khazzan (Frank Langella), casi se diría que la muerte es un estilo de vida para los egipcios. Antes ha explicado la arqueóloga inglesa, residente en Boston, a una colega del Museo del Cairo, que paso de los hombres; el único hombre que me interesa ahora es Menephta (el personaje que investiga para su tesis). Pero Erica se verá forzada no solo a tratar con los muertos, sino también con los vivos, lo que, he de admitirlo, puede resultar en extremo latoso. De hecho, por poner un ejemplo gráfico extraído de la película, me hallo en condiciones de asegurar que los vendedores locales son tan atosigantes como aquí se describe.

La indagación emprendida por Erica le lleva a presentarse en la tienda del caballeroso anticuario Abdu Hamndi (el estupendo John Gielgud), que a su vez está recibiendo la visita de descortesía de Stephanos Markoulis (el entrañable John Rhys-Davies, que aquí pasa de vapuleador a vapuleado). Al poco, Erica es testigo de uno de esos hechos violentos, y entra en contacto con el periodista de Euro Magazine Yvon Margeot (Maurice Ronet). También lo hará con el referido Akmed, que es el director general del Departamento de Antigüedades de la República egipcia-árabe, junto a su ayudante Gamal Ibrahim (Nadim Sawalha), y el solícito guía Selim (Saeed Jaffrey), que le acompañará en su paseo de rigor por la meseta de Guiza y Saqqara. En este último enclave se produce el segundo asesinato. Concretamente, en el Serapeum, donde, por parte del director, no se nos escatima la figura ridícula de un guía norteamericano con la apariencia de un entrenador deportivo (William Hootkins).


Franklin Shaffner (1920-1989) acomete toda esta trama sin florituras circenses, ofreciendo una filmación limpia, ajena a los retruécanos visuales, efectiva y fresca a pesar del calor, con afluentes que desembocan en la corriente principal del contrabando de objetos históricos. Al fin y al cabo, el relato es una adaptación de John Byrum (1947) que partía de una novela de Robin Cook (1940), Sphynx (1979; de la que existen varias ediciones en español, la mía es de Círculo de Lectores, 1981).

A este respecto, debo señalar que cada vez me enferma más la actitud de reducir el trabajo, más o menos continuado, de un realizador, Shaffner en este caso, a unas dos o tres -con suerte- películas “magistrales”, desechando el resto. Sin demérito de ofrecer una crítica equilibrada, a todos estos “sabedores” habría que recordarles aquello de lo mejor es enemigo de lo bueno. La esfinge (Sphinx, Orion-Warner Bros., 1980; estrenada al año siguiente) no es una obra maestra ni lo pretende. Lo que pretende es contar una historia atractiva, ambientada en el ayer y hoy del mundo de los descubrimientos egipcios, así como entretener. No tiene la pesimista y algo cargante profundidad psicológica de Sinuhé, ni la amena frivolidad colorista de piezas como Semíramis, esclava y reina (Cortigiana di Babilonia, Carlo Ludovico Bragaglia, 1954) o Nefertiti, la reina del Nilo (Nefertiti, regina del Nilo, Fernando Cerchio, 1961). Se adentra más en el territorio de la estupenda El valle de los Reyes (Valley of the Kings, Robert Pirosh, 1954) o El despertar (The Awakening, Mike Newell, 1980; sin el bagaje ultraterreno), ambientadas en la actualidad. Es, por lo tanto, una buena película, en el sentido de estar bien filmada y resultar grata de seguir, con algunos momentos particularmente logrados. Esto es, esencialmente bien construida, lo que no es poco tal y como está el patio cinematográfico (y no me refiero esta vez a la aplicación digital, sino al aspecto meramente narrativo).

Un prólogo sitúa la acción en el antiguo Egipto. Concretamente, en el Valle de los Reyes, igual de calcinado que ahora. Allí se imparte expeditiva “justicia” en la figura de un grupo de asaltadores de tumbas. Y de salteadores va nuestro relato, solo que unos poseen acreditación académica y otros, un ancestral “derecho de familia”. Saltando hasta nuestro presente, el populoso El Cairo de finales del XX (la precisión casi resulta anacrónica), Erica se afana en atesorar toda la información que puede acerca del médico, arquitecto y científico Menephta (un nombre inventado; Behrouz Vossoughi), que ejerció durante el reinado de Seti I (este sí real, 1323-1279), faraón del que, por desgracia, se conoce poco, aclara la arqueóloga. Precisamente, los antedichos asaltantes fueron cogidos in fraganti violentando la tumba de Tutankamón, mientras el arquitecto preparaba la de Seti. Su obsesión consiste en elaborar una sepultura inviolable con todos los mecanismos puestos a su disposición, circunstancia que nos retrotrae, siquiera vagamente, a Tierra de faraones (Land of Pharaoh, Howard Hawks, 1955).


El contenido de la tumba excedía nuestra fantasía, señaló Howard Carter en uno de los artículos que Erica ha leído en la hemeroteca del Museo del Cairo. Una circunstancia que se puede aplicar a la aventura que ella misma va a vivir. En Luxor, se aloja en el famoso Winter Palace, a la búsqueda del hijo del anticuario, Teufik Hamdi (Tutte Lemkov), que reside en Tebas. Allí es agasajada por Akmed. Mezclar los lugares turísticos (sea Egipto, París, Nueva York, El Partenón, o lo que sea) con una trama atractiva, puede resultar placentero si se hace con amenidad. En compañía de Akmed, visita Erica el Valle de los Reyes, donde este le indica las tumbas de los trabajadores (bien expresado por su parte) que erigieron los monumentos y escavaron la superficie del terreno. Todo esto era mi patio de recreo, comenta el encargado de antigüedades; cada ser humano tiene su lugar secreto, añade, en este Valle está el mío.

La investigación sobre una posible tumba de Menephtah parece estancada hasta que Erica se entrevista con la señora Aida Raman (Eileen Way), que es la viuda del que fuera capataz de Howard Carter; gracias a lo cual, el marido obtuvo los derechos de venta de souvenirs en el Valle.

En todo momento la música juega un papel protagonista, con pasajes tan dinámicos como en el mejor Goldsmith (1929-2004). La partitura se debe a Michael J. Lewis (1939), al que recientemente me referí con ocasión del comentario de la película Tinieblas (The Man Who Haunted Himself, Basil Dearden, 1970). Un autor “escondido” -con escasa discografía, oficial al menos- pero muy recomendable, y con un fragmento tan magnífico como el que precede al encierro de Erica. Como contraste, en el segmento que se sucede, Franklin Schaffner, también productor, renuncia con acierto a la música, significando así la soledad en que queda la arqueóloga. En determinado momento, incluso coloca la cámara en el interior de una alhacena, para advertir con el sonido que Erica ha vuelto porque ha olvidado hacer algo. También es de destacar la imagen en negro tras los títulos de crédito, que enlaza con el descubrimiento de Howard Carter y su famosa sentencia. Así como el movimiento de cámara que muestra la presencia de Akmed Khazzan en la habitación de hotel de Erica; un recurso sabido pero simpático. Quisiera añadir, además, el concurso del diseño de producción de Peter Lamont (1929) y nuestro Gil Parrondo (1921-2016), así como la asistencia de dirección de José López Rodero (1937), y la pulcra fotografía de Ernest Day (1927-2006).


El ambiente está creado. A la luz de una candela o haciendo alarde de las modernas linternas, saldrá a la luz un misterio que ha sido guardado durante generaciones. Así, al igual que ha venido sucediendo otras veces, Erica hará su descubrimiento definitivo (la ubicación del tesoro) por pura casualidad (o merced al destino, léase como se quiera), tras una serie de avatares (im)previstos. En realidad, el dilema que se le plantea a la investigadora consiste en la pesarosa ecuación renombre internacional-renuncia de la felicidad, que habrá de saber despejar; si bien, con ayuda. Es decir, la gloria o la dicha personal. Siempre hay que sacrificar algo.

En realidad, el tesoro en liza es producto del saqueo, un expolio organizado por los propios residentes del país (lo que no deja de ser una apuesta atractiva, teniendo en cuenta que las culpas siempre han recaído -de forma justificada- en los demás). Pero no por ello deja de ser un tesoro. Con su correspondiente trampa arquitectónica. Esa que dirime la ecuación.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Noticias: Próximamente en BdC

31 mayo, 2020

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Fotografía realizada durante el confinamiento por MB
El verano ya se empieza a sentir en estos días tan largos, pero aún estamos despidiéndonos de mayo. En este mes tan florido como particular por las circunstancias que nos han rodeado, hemos seguido escribiendo en nuestro blog para traeros más reseñas culturales. Nos habéis seguido con más de 11000 visitas y ahora sois 195 en Blogger, 652 en Twitter y 183 en Facebook.

Durante mayo hemos sido aventureros con Tras el corazón verde, hemos ahondado en las profundidades del temor humano con Un viaje alucinante al fondo de la mente, o hemos vuelto a ser niños de campamento con la serie Valle secreto.

Ahora que llega junio y con él, el tiempo estival, esperamos aumentar nuestras reseñas y seguir compartiendo con vosotros nuestras impresiones. Vuestros comentarios son siempre bienvenidos.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Como nos gusta el anime y también nos gusta la forma de explicar música de Jaime Altozano, os dejamos con su análisis del opening de la célebre serie Evangelion.



"Invertir en conocimientos produce siempre los mejores beneficios."
                  - Benjamin Franklin (1706-1790)



¡A ponerse series! (XXXIX): Valle secreto

22 mayo, 2020

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Había una vez una melodía que me fascinaba siendo niño. Era la perteneciente a los títulos de crédito de la serie infantil y juvenil Valle Secreto (Secret Valley, Telecip-ABC-TVE, 1980), una de aquellas inolvidables creaciones con que la televisión nos obsequió a toda una generación de espectadores (en España se estrenó en el magnífico año de 1982). Poco más tarde averigüé que la música se correspondía con una versión vivaz y pegadiza de la célebre canción folclórica australiana Waltzing Matilda, compuesta por Andrew Barton Paterson (1864-1941) en 1895, varias veces propuesta como himno nacional de aquel país.

Creada y dirigida por Roger Mirams (1918-2004), la serie Valle Secreto ofrecía un entretenimiento en la línea de las divertidas y dinámicas propuestas para chicos de la Children’s Film Foundation, de tan grato recuerdo (de hecho, en mi memoria también se cuenta una de esas producciones programadas por televisión, La batalla de Billy [The Battle of Billy’s Pond, Harley Cokeliss, 1976]; otras se fueron fragmentando en el espacio para adolescentes 3, 2, 1 contacto [1982-1983]).

Los acontecimientos acontecen en las cercanías de una población australiana llamada Bildara. Allí, en medio de una amplia extensión de terreno, existe un campamento, propiedad del veterano Dan McCormack (Tom Farley), donde los chicos voluntarios se esfuerzan por sacar adelante el emplazamiento con fines educativos, evitando de ese modo que la superficie natural sea vendida a un especulador. Los residentes se encargan del parte meteorológico, conocen y exploran la orografía, reportan cualquier problema con la fauna, elaboran la Gaceta de Valle Secreto y reciben a turistas, otros muchachos que surgen de todos los rincones del mundo. Además, establecen puestos de vigilancia para observar los envites de sus adversarios y hasta son capaces de neutralizar un veneno que es vertido en el río. También aprenden a cocinar y, en definitiva, a respetar la naturaleza.

Ellos son Mike (Michael McGlinchey), Miles (Miles Buchanan) -los más adultos del grupo-, Marianne (Marianne Howard), Simone (Simone Buchanan), Rosa (Marcia Britos), cuyos padres poseen una finca cercana con caballos; la encargada de la radio Toshiro (Aki Slater), y los pequeños Beth (Beth Buchanan), Piet (Brett Jankoviak), Toby (Toby Churchill-Brown) y Lofty (David Manning), cuyo padre es el guardabosques del condado Carl Morgan (Paul Mason). No existe un cabecilla, todos van a una.


Pero no todo es color de rosa. El enfrentamiento viene de la mano del acaparador William Whopper (un Hugh Keays-Byrne recién salido -o casi, porque nadie lo diría- de Mad Max, salvajes de autopista [Mad Max, George Miller, 1979], y que antecede en gestos y aspavientos al inenarrable Bobcat Goldthwait [1962] de las Academias de Policía). A Whopper le chirría continuamente la mano izquierda, porque es artificial. La lleva enguantada, pero tiene que doler un buen sopapo. Es simpático el personaje, sin duda, por lo histriónico. Posee a su servicio al marido de su hermana Cecilia (Sheila Kennelly), Claude Cribbins (Max Cullen), que no por casualidad es concejal y, en virtud de su cargo, actúa al servicio del poder, en este caso, el “pérfido” terrateniente. Por su parte, Cecilia no entra en los planes rocambolescos de su marido y hermano, y sigue creyendo que ambos son honra y prez de la comunidad.

Whopper y el señor Cribbins suelen poner en marcha los mecanismos de ataque hacia los habitantes de Valle Secreto a través de la banda de jóvenes “facinerosos” liderada por el adolescente Mc Glurk, apodado Araña (Kelly Dingwall). También él tiene sus secuaces, que son Serpiente (Rodney Bell) y Gorrión (Troy Wilkinson). El grupo de “desalmados” está siempre abocado a dar al traste con todas sus maquinaciones.

La Banda de la Araña dispone de su propio enclave. Una cueva igualmente secreta, aunque al final casi todos conocen su paradero. Allí les entrega Cribbins las debidas instrucciones y, más de una vez, reciben su merecido. Tiene gracia como siempre andan tiznados estos tres. Es una buena forma de señalar su “desarraigo” y carácter “malote” (malos, stricto sensu, no hay). Como ya he señalado antes, a estos saboteadores les suelen salir al revés los planes para boicotear cada una de las iniciativas de Valle Secreto. Un buen ejemplo de ello son esos globos que transportan a unas temibles abejas por encima del campamento.

Son ocurrencias de tebeo, pero muy jocosas, como ocurría en aquella inolvidable Cactus Jack (The Villain, Hal Needham, 1979 -solo un pomposo puede sentirse ofendido por esta encantadora y eficaz comedia para niños, por cierto-). Aparte de que, escudriñar los movimientos e infiltrados de la Banda de la Araña, desde los puestos de observación, no es poca tarea.

Dicha banda conforma una graciosa patulea. Solo les mueve la (esporádica y nunca severa) antipatía hacia los ocupantes de Valle Secreto. Al contrario de estos, unidos por la camaradería. Claro que siempre hay lugar para las excepciones, como puede ser la amenaza común de un incendio. Así, mientras los chicos de Valle Secreto se lo pasan pipa jugando y trabajando, los integrantes de la Banda de la Araña no paran de columpiarse. El propio Cribbins es rastrero, pero por la vía caricaturesca, a modo de fantoche torpón y servil.


De este modo, lo que la serie nos brindaba era la ocasión de ser partícipes de unos muchachos comportándose como adultos, en el sentido más positivo, de ejercitar responsabilidades y asumir riesgos más o menos calculados, sin dejar por ello de ser niños; como demuestran esas retortas que contienen refrescos, en el episodio La escapada. Precisamente en este capítulo, los muchachos de Valle Secreto ayudan a un chaval llamado Jeff Dawson (-) que se ha escapado de su casa. A su vez, en La máquina mágica se enfrentan a las dificultades de no disponer de un generador de electricidad operativo, ya que este ha sido saboteado por Mc Glurk y sus esbirros. Pero los chicos de Valle Secreto poseen sus recursos, y no tardan mucho en acoplar una bomba de emergencia. No se detiene ahí la cosa, puesto que también hay que destacar el invento del detector de “arañas” que funciona a pilas, y que en realidad es un curiosísimo electroimán.

Las comunicaciones internas por radio funcionan de manera eficaz, en una época sin móviles pero con walkie-talkies. Lo que les permite estar informados en todo momento y llevar la administración del centro al dedillo. También hay espacio para la celebración de un concurso internacional, acorde con la voluntariedad de estas aventuras en coproducción. Los moradores de Valle Secreto participan con su “ciclostomóvil”, una especie de cohete ciclomotor, en una competición de alcance mundial. A caballo o en motocicleta -en singular competición motorizada-, Mike, Miles, Marianne y los demás, sabrán vérselas con todo tipo de vientos y mareas; por ejemplo, poniendo punto final al contrabando de aves liderado por Crancher Moose (Vincent Gil; y es que Keays-Byrne no es el único actor que podemos entresacar de la mítica Mad Max, aquí tenemos nada menos que al Jinete Nocturno, ¡conduciéndose con igual alevosía!). En Salvemos la naturaleza, el secuaz Crancher se las ve con la naturalista Paula Belheim (Karen Petersen), buena aliada de los muchachos. ¡Y qué decir del astuto y pequeño mafioso Pee Wee (Miguel López), el espabilado primo de Araña, que decide hacerles una visita y ponerles al día en cuestiones de extorsión! (Araña encuentra su rival).


Demostrando su valía, ahí están los integrantes de este Valle Secreto, a los sones de los arreglos musicales de Bob Young (1923), cuya letra principal corrió a cargo de David Phillips, un seudónimo del propio Roger Mirams. Si como nos recordaba William Wordsworth (1770-1850), en Mi corazón salta, un poema también conocido como El arcoíris (1807), el niño es el padre del hombre, frase de la que se han apropiado muchos, (como aquella de la infancia es la patria del hombre, que tampoco estará mal recordar aquí), podemos aseverar que el hombre que somos ahora siempre dispondrá de un hijo propio en forma de nuestros recuerdos.

En efecto, para la mayoría de nosotros, el mundo de la infancia siempre será distintivo y un espacio grato al que poder regresar. Por eso, cada vez que cruzamos el umbral de los contornos de Valle Secreto, sus habitantes nos dan la bienvenida.

Nota bene: Siento no disponer de mejores imágenes para este artículo. Para cuando una buena edición de Valle Secreto, siquiera en inglés, solo el cielo lo sabe, como diría Douglas Sirk (1897-1987).

Escrito por Javier Comino Aguilera

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