El autocine (XC): Muertos y enterrados, de Gary Sherman, e Íncubo, de John Hough

15 octubre, 2021

| | | 0 comentarios

 

¿No son ustedes miedosos? Hacen mal. ¿Creen que todo lo relacionado con dicho asunto es achacable a la sugestión? Craso error. ¿Están seguros de que nunca les va a suceder nada? Háganselo mirar. ¿Piensan que los aquelarres se limitan a los botellones? Definitivamente suspensos.

Al menos, en materia brujeril y ocultista, porque haberla hayla, y como suele ocurrir, la realidad supera la ficción, sobre todo algunas veces…

Lo estamos viendo, gente que debería estar siendo tratada médicamente rige nuestros destinos, con toda una cohorte detrás que los apoya y justifica. Una locura, pero nada que no nos haya mostrado antes el cine, espejo cóncavo y convexo, y lo que haga falta, a la hora de reflejar la naturaleza humana en toda su ignota extensión.

Escrita por Ronald Shusett (1935) y Dan O’Bannon (1946-2009), a quienes debemos el buen desarrollo hormonado del género en aquel tiempo, orbitando en torno a una historia expuesta por Jeff Millar (1942-2012) y Alex Stern (-), Muertos y enterrados (Dead and Buried, AVCO Embassy, 1981) fue dirigida por el apenas conocido Gary Sherman (1945), responsable de la escritura de la poco valorada aunque potable Fobia (Phobia, John Huston, 1980), y la muy desasosegante pieza de culto Sub humanos (Death Line, 1972), que recomendamos vivamente. Más al fondo parece que subyace una novela, o puede que novelización, achacable a Chelsea Quinn Yarbro (-). Además, Muertos y enterrados cuenta en su haber con la perturbadora música de Joe Renzetti (1941), especialista en tonadas lúgubres para todo tipo de desmanes.

Completemos la nómina técnica con los naturalistas pero espeluznantes efectos especiales a cargo del notable Stan Winston (1946-2008), y la fotografía ad hoc de Steve Poster (1944), de interesante carrera, puesto que ha fotografiado películas no muy conocidas pero sí nutrientes básicos -de distinto pelaje- para el aficionado, como Playa sangrienta (Blood Beach, Jeffrey Bloom, 1980), Testamento final (Lynne Littman, Testament, 1983), La gran revancha (The New Kids, Sean S. Cunningham, 1985), la simpática y reivindicable Chico celestial (The Heavenly Kid, Cary Medoway, 1985), lo mismo para Ciudad peligrosa (Blue City, Michelle Manning, 1986), la sorprendente Más allá de la realidad (The Boy Who Could Fly, Nick Castle, 1986), La sombra del testigo (Someone to Watch over Me, Ridley Scott, 1987) -menuda década, dicho sea de paso-, Qué asco de vida (Life Stinks, Mel Brooks, 1991), o más recientemente, la rarísima Donnie Darko (Íd., Richard Kelly, 2001).

En fin, volvamos con nuestra historia.

Muertos y enterrados es una película proclive a la conmoción, que juega sabiamente con la idea de que lo aparente se puede revertir o, dicho de otra manera, sin desvelar mucho, que la realidad es distinta a la que suponemos, a un nivel local pero en expansión. En una línea luego asumida por otros títulos del género terrorífico o el suspense dramático. No voy a citar nombres para no levantar la liebre argumental, pero alguno de ellos, bastante descarado, fue dirigido por un español.

El caso es que en la playa cercana al pueblo de Potters Bluff (El acantilado o farol de los alfareros; sintagma preposicional bien escogido), tropiezan por casualidad el forastero Freddie (Christopher Allport) y la lugareña Lisa (Lisa Blount). Un encuentro que se pretende romántico, pero que culmina con una fogosidad distinta a la prevista. La cámara que porta el hombre hace las veces de la cinematográfica en algunos de los planos. Es la objetividad de la subjetividad de la escena (les dejo que lo vuelvan a leer). Potters Bluff es una típica aldea de pescadores, pero últimamente no sabemos qué cuernos pasa, que se están produciendo algunas desapariciones y crímenes que nunca antes se habían dado en la historia del poblado. Este se halla cerca de Providence, en Rhode Island (EEUU), de donde es natal, no por casualidad, Howard Phillips Lovecraft (1890-1937).

Bien, ya estamos ubicados, pero lo cierto es que no podríamos andar más desorientados, teniendo en cuenta que el grisáceo y revuelto pueblo de pescadores se ha convertido de la noche a la mañana en ganancia de criminales truculentos. Cuyas fechorías son mostradas al espectador en toda su crudeza panorámica, es decir, con toda lujuria de detalles.

Allí el sheriff Dan Gillis (James Farentino) se afana en determinar las causas y culpabilidad de estos delitos sañudos y aberrantes. Cuenta con la ayuda del curtido forense del distrito y encargado de la morgue, William G. Dobbs (el veterano Jack Alberston), que no da abasto con tanto trabajo, pues entre su cometido está el de maquillar a los muertos, respetando así la esencia de los difuntos. Dobbs se hace anunciar en sus visitas con vetustas grabaciones de jazz clásico. Un buen apunte de su forma de ser y actuar, para tanto descosido. Yo soy un artista, proclama. Y en efecto lo es, pues recompone con inusual delicadeza los cuerpos maltrechos para que presenten un mejor aspecto.


Ahora bien, en Muertos y enterrados sabemos quién es el responsable de estos crímenes premeditados desde el principio. La gracia no reside, por lo tanto, en la identidad de la mano ejecutora, sino en la investigación que se sucede. Las apariencias engañan. Nada es lo que parece. Este es el núcleo corrosivo central de la premisa elaborada por Shusett y O’Bannon.

Como argumentan Dan y su esposa Janet (Melody Anderson), parece que estas cosas solo le pueden pasar a personas que no conocemos; y no del entorno inmediato. Solo que este caso, tal entorno ha de ver con un municipio neblinoso y desvencijado. De aspecto malsano, desafecto, carcomido por la sal y que se traslada a decimonónicos y decrépitos hogares (núcleos familiares), al estilo de lo que sucedía en la inquietante Los coches que devoraron París (The Cars That Ate Paris, Peter Weir, 1974), y por supuesto, La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, Tobe Hooper, 1974).

Ello contribuye a un clima de horror donde no parece haber refugio, por la sencilla razón de que al final, la muerte, de una u otra manera, nos alcanza a todos. Y esta gran verdad se suma al hecho de vivir en la era de las grabaciones, con todo lo que ello lleva aparejado, donde existen archivos perturbadores de multitud de actos criminales.

Ahí entra en juego el respeto que se ha tener a los fallecidos. Que desde luego, en la historia que nos ocupa es mucho. En circunstancias lamentables o virulentamente macabras, la muerte puede quedar despojada de toda dignidad, pero incluso en las culturas más sencillas y atrasadas, la consideración hacia los que nos han precedido debe prevalecer.

Aunque no a toda costa. La clave la da Dan sin saberlo, ante Dobbs, en el entierro de un convecino, pero no la vamos a desvelar.


Acierto del realizador y sus dos guionistas es convertir todo el escenario circundante en un terreno abonado, poco menos que para la brujería. El intenso suspense lo proporciona, como queda dicho, la investigación policial, en un marco de pura magia negra, en el siglo de la imagen. El cartel, excelente, de la película, rezaba que los creadores de Alien traen un nuevo terror a la Tierra. Y es verdad. Por una vez, el eslogan publicitario no era una zumbada, porque verdadero estremecimiento depara Muertos y enterrados. La del zombi es la esquizofrenia definitiva, sobre todo cuando ya no presenta un aspecto demacrado y no sabemos que está muerto. Especialmente escalofriantes son aquellos instantes, en la sociedad real como en la ficción, en que todos repetimos lo mismo como si fuéramos loros.

Prosigo este recorrido tortuoso con El íncubo (Incubus, Artists Releasing-Mark Films, 1981). Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (edición en línea), que para estas cosas limpia y fija lo suyo, un íncubo reza como sigue: dicho de un diablo que, según la opinión vulgar -en sentido de popular- bajo apariencia de varón tenía trato carnal con una mujer. Súcubo, en el caso de trocarse los sexos.

En estas estamos cuando dos bañistas tan casuales como desprevenidos, deciden apagar sus ardores en uno de esos lagos formados en los despojos de una cantera o desfiladero (no puedo evitar acordarme de El relevo [Breaking Away, Peter Yates, 1979] o Labios ardientes [The Hot Spot, Dennis Hopper, 1990], allí los había bien bonitos). Ellos son Roy Seeley (Matt Birman) y Mandy Pullman (Mitch Martin). Allí son atacados por un ente desconocido.

A su vez, el joven Tim Galen (Duncan McIntosh) vive en una mansión cercana. De nuevo nos encontramos en el epicentro de una de esas poblaciones de interior con prosapia y significante legado histórico-cultural. Y no solo en cuanto a batallas y pioneros, sino en un sentido más perverso… Aunque esta vez, la fotografía de Albert J. Dunk (-) es más prístina y reconocible; menos alienada que en el anterior caso. Desde un punto de vista visual, porque la ambientación recae en Salem, conocida ciudad perteneciente al estado de Massachusetts (EEUU) donde, tampoco por casualidad, acontecieron los dramáticos sucesos de juicio por brujería escenificados más tarde por Arthur Miller (1915-2005).

El citado Tim está sobreprotegido -casi cabría decir que acosado- por su madre (Helen Hughes) y por una pesadilla recurrente. En los ratos libres, Tim sale con Jennie (Erin Flannery), hija de uno de los doctores de la comarca, el cirujano y forense Sam Cordell (John Cassavetes), que ejerce en el hospital del pueblo, una ciudad menos aventajada que la mostrada con anterioridad, pero que de nuevo muestra vínculos con un pasado perturbador. El mejor amigo de Sam es el jefe de policía Hank Walden (el característico John Ireland). El médico ha regresado a la localidad después de tener que hacer frente a la trágica muerte de su esposa, la madre de Jennie. Pese a todo, Sam declara que no me interesa la gente de este pueblo. En cierto sentido, argumental e interpretativo, es un personaje al margen y atormentado.

A esto se suma el hecho de que hay un violador suelto, que perpetra la penetración seca (por las bravas), y deja una enorme cantidad de esperma en el interior de sus víctimas. No se sabe quién puede ser el causante. Al principio se piensa en varios hombres, pero pronto las evidencias lo dejan reducido a uno. Nada corriente. Más que violador, agresor sería la palabra exacta en este desquiciado caso, que parece lindar con la locura.


Otro personaje quiere saber La verdad. Se trata de Laura Kincaid (Kerrie Keane), directora de un periódico local de la Ciudad de las Brujas (Witch City), que trata de cubrir la noticia y desentrañar al autor de los hechos. Alguien de características muy especiales deambula por las calles de la ancestral y señorial Salem. No del todo humano, porque estamos en los límites de lo sobrenatural, como la ciencia va a confirmar. Una clave bien desarrollada a lo largo de la película por John Hough, ya que se intuyen posibilidades mentales y paranormales, hasta que todo se aclara al final de la misma.

Si antes matizábamos la figura del violador, otro tanto habría que hacer con la que se refiere a la familia. Más apropiado sería hablar de extraños vínculos. Forzadamente sanguíneos. Allí donde intervenga John Cassavetes suele ocurrir, por mucho que ahora nos hallemos en el ámbito del género de terror.

La localidad tiene hasta un museo de ocultismo, regentado por Carolyn Davies (Denise Fergusson), con sus correspondientes efigies, figuras de cera y libros sobre el Tema, en mayúscula. Todo normal, salvo que alguien les ha tomado la palabra. Puede que extraída del codiciado volumen Artes perditae (Habilidades perdidas), que reposa en paz relativa sobre una mesa del establecimiento.

Otras preguntas surgen del caldero. ¿Cómo pueden estar relacionados los sueños de Tim con los asesinatos, puesto que los visualiza? ¿Son capaces estos de producir la materialización física del espíritu diabólico que conocemos como íncubo, de la misma manera que los médiums parecían sustantivar los efluvios de los seres contactados, en forma de ectoplasmas? Para el diccionario la posibilidad existe. Para nosotros también. No es baladí la presencia de la célebre pintura La pesadilla (1781) de J. H. Füssli (1741-1825) en el interior del mencionado museo.


Son interrogantes que nos plantea esta estimulante película escrita por el escasamente prodigado George Franklyn (-), con buenos decorados de Ed Watkins (-), también poco conocido, al contrario del músico Stanley Myers (1933-1993), pese a no estar todo lo divulgado que debiera, salvo en el extenuante caso que todos recordamos. Por lo visto, Íncubo se basa en una novela de Ray Russell (1924-1999), guionista estupendo de El barón Sardonicus (Mr. Sardonicus, William Castle, 1961), La obsesión (The Premature Burial, Roger Corman, 1962) y El hombre con rayos X en los ojos (X, Roger Corman, 1963). Buenos antecedentes. A ver si alguien se anima con este relato y podemos leerlo.

Hay que constatar que el personaje del doctor se muestra más abierto de mente de lo que es habitual en otros compañeros cinematográficos de profesión. Para él, la terrible posibilidad también se está convirtiendo en algo tangible.

Comenzaba el presente artículo con una serie de interpelaciones más o menos jocosas. Pero, ¿y si realmente los muertos no pudieran descansar en paz? ¿Somos realmente conscientes de quiénes somos? Feliz noche.

Escrito por Javier Comino Aguilera

Para el sábado noche (CX): Scanners, de David Cronenberg

02 octubre, 2021

| | | 0 comentarios
Menos mal que no nos comunicamos a través del pensamiento. Si hay gente capaz de retirarle a uno el saludo por sospechas ideológicas, imaginen lo que sería mostrar nuestras mentes desnudas, sin cortapisas, prescindiendo del aparato fonador. No obstante, experimentos en este sentido se han intentado.

Pasando de un tradicional buenos días nos de Dios, al más neutro y condescendiente buenas, ahí seguimos soportándonos.

De un experimento mental, y como en casi todas las obras del estimulante director David Cronenberg (1943), también somático, vamos a hablar hoy en nuestra sección para el sábado noche, que trata de recuperar la línea de títulos señeros que en los años ochenta, y finales de los setenta, nos eran ofrecidos a través del espacio semanal Sábado Cine, de cabecera elegante e inolvidable tonada. Así calentamos motores para el especial de Halloween de este año (del que las películas se nos van quedando cortas, tal y como se muestra la realidad).

Un prolegómeno al experimento de la ficción. En 1970 fue vuelta a poner a examen la psíquica Nina Kulagina (1926-1990). De resultas de estos análisis, controlados por médicos y científicos, quedó constancia de la capacidad de movimiento de la materia a través de… llamémosle el pensamiento, o lo que etimológicamente se conoce como telequinesis. Otras investigaciones de orden telepático han sido llevadas a cabo.

El asunto es de lo más estimulante, además de inquietante, caso de ser cierto. Escépticos no faltan. Nunca. Como si los científicos de renombre involucrados en las pruebas hubieran permitido que Kulagina se sentara frente a una mesa, en condiciones de laboratorio, sin haber indagado en si era portadora de algún imán entre sus ropajes. Ya he comentado en alguna otra ocasión que hay personas a las que parece que fastidia en lo más hondo de su ser la posibilidad de tales manifestaciones, o que se elucubre acerca de lo que escapa a nuestros sentidos, que nos guste o no, no lo abarcan todo. Esto cuando no sueltan algún chistecito supuestamente jocoso, que lo único que hace es denotar su falta de conocimiento en la materia. De la información proporcionada por algunas páginas y de ilusionistas que aseguran tener la respuesta de todo, mejor precaverse (por descontado que los engaños existen, pero en el caso que nos ocupa, ¿en qué condiciones se afirma que pudo haber fraude, in situ?). Kulagina ganó los recursos que interpuso a este respecto. Por suerte para nosotros, el cine toma todo este material atractivo para devolvernos, en las ocasiones más felices, una fantasía realista alejada de los patrones restrictivos y las cortapisas positivistas. Para jugar, en definitiva, con esa otra realidad que, de momento, permanece oculta.


Si hubiera que definir Scanners (Íd., Filmplan-Universal, 1980; estrenada al año siguiente), con algún calificativo, diría que se trata de una pieza desasosegante. Esto no es nada nuevo viniendo del realizador canadiense. Antes lo motejaba de estimulante, y realmente lo es para quien se sienta atraído por estos vericuetos narrativos que no hacen sino hurgar en los dobleces de la naturaleza física y mental del ser humano y la realidad que lo rodea.

Escrita y dirigida por Cronenberg, la película contó con especialistas de la talla de Mark Irwin (1950) en la fotografía, Howard Shore (1946) en la música, en esa estela desazonadora; Dick Smith (1922-2014) en los maquillajes, y un incipiente Chris Wallas (1955), futuro creador de los gremlins, al tanto de efectos especiales, junto con otros compañeros de látex, lentillas y demás productos de modelado.

Al comienzo de la película nos sentimos atraídos por el escenario que sirve de presentación, en plano general. La elección de los espacios ha sido siempre un marcador insustituible, desde la época del cine de terror clásico, con objeto de introducir un acerado elemento distorsionador, tanto en exteriores como en interiores. Cronenberg resulta fiel al concepto, de modo que su proscenio es el de una amplia y luminosa cafetería-hamburguesería, dentro de un complejo de varias plantas, a la que acude -y se presenta por primera vez- el menesteroso Cameron Vale (Steven Lack). Lo sobrenatural se introduce en lo cotidiano, como en toda buena obra que pretende crear inquietud más allá de los efectos especiales, en lección magistral legada por Val Lewton (1904-1951) y Jacques Tourneur (1904-1977), por citar dos nombres señeros.

En esos grandes almacenes, Cameron provoca involuntariamente a una comensal llamada Helen (Margaret Gadbois) un repentino ataque: es un scanner. Es decir, una persona con capacidad fisiológica de escanear las mentes de otros sujetos, causando un sucesivo daño. Pero Cameron no es del todo consciente; la suya va a ser una asunción traumática. El supuesto beneficio puede perjudicar a personas inocentes, desprovistas de tal capacidad. Más que atendido, Cameron acaba siendo reclutado por el doctor Paul Ruth (el siempre sólido Patrick McGoohan), que se define a sí mismo como un psicofarmacéutico. El pupilo descubrirá que no es el único con dicha particularidad.


Este traumatismo en el descubrimiento de la facultad y desarrollo del proceso, hace que difícilmente pueda ser llamado un don, desde el momento en que nos es revelado un origen artificial e interesado; ya volveremos sobre este punto. Así, Cameron Vale pasa de ser un inquilino de la calle, a estar supervisado y explorado por una institución médica, Con Sec, representada en su cara más amable, o menos corrosiva, por el doctor Ruth. El protagonista a su pesar, constata que es capaz de captar en su mente los comentarios de quienes asisten a una asamblea – ensayo organizada por Ruth. Como Vale, los convocados resultan ser telepáticos, emisores y receptores de un canal no compartido por el resto de la humanidad, en el cual, lo que puede matar es el mensaje, y el exceso de celo en dicho canal.

En efecto, Cameron Vale ha nacido con una particularidad evolutiva; como toda mutación novedosa, bastante difícil de sobrellevar. Una alteración genética cronenberiana, ¡que son las más peligrosas y funestas! Según explica Ruth, su origen está en una severa alteración en las sinapsis. De la que se conoce la causa, que otro personaje expone, pero no el remedio, porque no lo hay.

Nos encontramos ante el clásico argumento o posibilidad, casi un género en sí mismo, de la percepción extrasensorial. El escaneo de otra persona no está exento, como queda dicho, de riesgos por ambas partes, y es un procedimiento doloroso. En consecuencia, en la corporación donde se encuentran recluidos y adiestrados los scanners de los que se tiene noticia, se ha producido otra demostración indirecta que ha acabado de forma más abrupta. A estos dotados solo se les puede controlar mediante una inyección del fármaco llamado ephemerol.

A cargo de la seguridad del centro experimental está Braedon Keller (Lawrence Dane), que ha sido nombrado nuevo director. Lo que Cameron aún no sabe es que esta institución da cobijo a un programa más avanzado (no necesariamente más evolucionado) y clandestino.


Por lo tanto, los scanners son seres telepáticos, pero que resulten empáticos o anti empáticos ya es cuestión de la naturaleza estricta y vulgarmente humana de cada uno de ellos. La mayoría se muestran inestables e infelices. Y es curioso comprobar cómo la traición parece ser el principal destino que se depara a estos personajes, incluidos los del lado siniestro. De un modo u otro, todos acaban traicionados. Me oigo a mí mismo, concreta Cameron con pesadumbre indecible, cuando ya es incapaz de mantener un mínimo descanso (como el médico de El hombre con rayos X en los ojos [X, Roger Corman, 1963]). Es estremecedor el instante en que oímos las voces que asaltan la cabeza de Cameron, y que él atempera con ephemerol.

En busca de algunas respuestas más acude al encuentro del escultor -y dotado- Benjamin Pierce (Robert Silverman). Más tarde, entablará una cooperación con Kim Obrist (Jennifer O’Neill) y el grupo que le circunda. Kim le enseña que, como toda facultad, esta depende de cómo se emplee. El apartamento de los buenos scanners que Cameron va a conocer es asaltado, y los inquilinos, en perpetua huida del acoso de los scanners aviesos, puestos en fuga. Al mando de estos últimos está el ex paciente de Ruth, Darryl Revok (Michael Ironside), un líder, que no un guía, que ha sobrevivido por el mero hecho de ser el más fuerte, en dislocada exégesis evolutiva. La cuestión está en si será capaz de mantener tal estatus.

Cameron Vale se convierte así en un inadaptado, toda una amenaza si no se le consigue dominar, esto es, llevar a la zona oscura. Fuera de las instalaciones oficiales, el scanner se halla a merced de los elementos subversivos. No existe refugio seguro. Ni las industrias Biocarbon Amalgamate, donde algunos se hayan infiltrados, ni la consulta del doctor L. Frane (Victor Knight), donde Vale y Kim hallarán las últimas respuestas del puzle. O al fin, el despacho de Revok, en las citadas industrias. Consultas e instalaciones más complejas nos hablan de esa querencia de David Cronenberg por los aparatos coercitivos grupales y organizados, autocráticos y al acecho.

Capaces de controlar las voluntades, como los vampiros (recordemos esos bellos cuerpos que se alimentaban de energía en Lifeforce, fuerza vital [Lifeforce, Tobe Hooper, 1985], las habilidades naturales de personajes como Carrie (Íd., Brian de Palma, 1976) o los experimentos maquiavélicos que, al igual que en Scanners, empañaban las capacidades innatas en la excelente La furia [The Fury, Brian de Palma, 1978]), los contrincantes psíquicos, a la fuerza han de ser unas poderosas armas letales. Pero el inevitable choque no es únicamente de fuerza y resistencia, sino de orden moral, el cual anticipa el enfrentamiento cerebral, materializando la unión de dos sistemas nerviosos separados en el espacio, en palabras del doctor Ruth.


En Scanners la acción es continuada; es decir, lineal en el tiempo, y diríamos que sin tregua (cuando se hace mención al pasado, este se inserta en el presente). Como hombre y máquina funcionando a un mismo tiempo, al estilo de los ciborgs, la enfermedad, pues de tal puede ser diagnosticada, que está en la base de los (tristemente) evolucionados, a la larga les puede hacer perder la cualidad humana, alterando su apariencia física en consecuencia. Aunque como ocurría con los monstruos clásicos, la fealdad exterior no es sinónimo ineludible de maldad interior; por lo menos, no en todos los casos. Durante el duelo entre los polos positivo y negativo, la morfología humana se transfigura. A pesar de que las dos fuerzas pueden estar equilibradas en cuanto a su robustez, se hallan separadas por el señalado aspecto moral, con consecuencias devastadoras.

Ahora bien, en los setenta y ochenta lo truculento no siempre estaba reñido con el buen desarrollo narrativo y visual del suspense, algo que ya manifestó David Cronenberg en sus trabajos previos, o por venir (otro buen ejemplo sería La cosa [The Thing, 1982], de John Carpenter [1948]). Películas directas, inquietantes, sanguíneas, incluso sórdidas, pero con un significado, en modo alguno gratuitas. Lo consigna la preparación -conciencia de ser- de Cameron por Ruth, y el singular combate final con Revok. Ambos personifican a un antisistema, solo que su poder no es político sino mental (no son compartimentos estancos, en cualquier caso). El primero defiende la convivencia que emerge de la esencia individual (nosce te ipsum), en tanto que el segundo, persigue poco menos que conquistar el mundo, el control de los demás. Por algo en el planteamiento principal subyace la premisa de un ejército de scanners aún más aventajados por nacer.

Solemos decir aquello de si las miradas mataran. Pues anda que los pensamientos. Lo que queda claro es que sabiendo lo que piensan los otros, la vida se hace virtualmente imposible.

Escrito por Javier Comino Aguilera

La costa de los mosquitos, de Paul Theroux, y adaptación de Peter Weir

25 septiembre, 2021

| | | 0 comentarios
El término medio, según Aristóteles (384-322 a. C.), es la razón que decide el hombre prudente; una posición intermedia entre el exceso y el defecto, el cual apunta al equilibrio entre las pasiones y las acciones. La persona virtuosa adquiere el hábito de actuar rectamente de acuerdo con esa justa medida, que evita tanto la exageración como la deficiencia, lo que requiere de cierto tipo de sabiduría práctica a la que el filósofo llama prudencia (phrónesis) (Ética a Eudemo y Ética a Nicómaco).

Vivimos una era extraña, donde la lógica, comenzando por la significación referencial del lenguaje, está siendo puesta en cuestión, no por ningún equilibrio virtuoso, sino por los extremos ideológicos más aberrantes. De los que no hay más remedio que defenderse. El escritor norteamericano Paul Theroux (1941) ya materializó esta amenaza, en petit comité, pero con implicaciones globales aterradoras, en la figura principal de La costa de los mosquitos (The Mosquito Coast, 1981; Tusquets - Círculo de lectores, 1984).

Una novela de la que podemos establecer ciertos parámetros narrativos y ontológicos básicos. Por ejemplo, que huir a otro lugar no hace que desaparezcan nuestros problemas. Otrosí. El protagonista, clásico pero particularísimo anti héroe, decide no proseguir con la escolarización de sus hijos en los centros educativos al uso, en pro de un contra culturalismo de raigambre cosmológica, ya que reniega de los contenidos de la enseñanza contemporánea (lo que incluye el apenas saber leer y escribir: una situación sostenida en la actualidad, precisamente, por los que más dicen defender la cultura, lo estratégico –sea esto lo que sea- y el ecologismo; y añadan lo que quieran). Con ello el autor pone de manifiesto lo influenciables que son los niños y adolescentes (o alumnos) ante la a veces desnortada idiosincrasia de los progenitores y demás custodios doctrinarios, antes de poder desenvolverse y, con suerte, hallar su propio camino. A menor calidad de la educación, mayor el asalto de personas poco formadas en los ámbitos del dirigismo y la comunicación, en las instituciones grupales y públicas.

Quisiera hacer notar, además, un llamativo aspecto formal de la novela. Figuras tan épicas como trágicas, tales progenitores se denominan a sí mismos Padre y Madre, en lugar de por sus nombres propios, a modo de dos (dislocados) arquetipos.

Paul Theroux
Padre es Allie Fox, un descontento con el mundo, al que responde con talante pejiguera, en un entorno social con base ciertamente real: la sensación de que la civilización se desmorona (como si la civilización no hubiera hecho otra cosa, con algunos periodos de relativa calma). Dicha desintegración de los cimientos de las culturas de oriente (sí) y occidente, no se refiere tanto a los conocimientos en los que se sustentan, sino a su aplicación política y manera de encararla (someterse o rechazarla) en un plano personal, que es lo que nos compete. Creo que es importante establecer este matiz. Allie Fox se enfrenta, con su individualidad, desbocada pero libre, al conjunto de individualidades que integran los distintos núcleos y conjuntos que no le satisfacen, y que nadan en una misma corriente (ya veremos que, de forma literal, Allie tratará de ir contra la corriente).

Estaba pensando en voz alta, sostiene en multitud de ocasiones. Y en efecto, no para de hablar y pensar para los demás, además de para sí mismo, como voz narrativa pura que se transcribe en forma de diálogo, en lugar de como convencional párrafo de novela psicológica, que es lo que es La costa de los mosquitos. Esta visión más psicológica pertenece al hijo mayor, Charlie, de trece años. Suya es la narración interiorizada que sostiene el relato.

Mientras Charlie se guarda los pensamientos para sí -y el lector-, actuando en consecuencia, Allie actúa como si todas sus ocurrencias y meditaciones debieran ser fuente de conocimiento público, o al menos estar dirigidas, como se suele decir, a quiénes pudiera interesar. Sería interesante establecer la Carta Natal de este personaje literario, de patrones reales, en posible trasposición con el propio autor (si ello fuera posible). Algo de certidumbre simbólica debe aportar la disciplina astrológica cuando es capaz de compendiar y establecer -aunque a veces no llegue a salir de su propio asombro- el número de ególatras y cortoplacistas que copan los cargos públicos. Fin de la digresión.

Allie Fox es inventor. Un genio para cualquier cosa mecánica, en palabras de su primogénito (parte I: capítulo I; los capítulos son acumulativos en las distintas partes). Esto lo convierte en un personaje rebosante de teorías acerca del mundo, del ser y el estar, algunas de ellas de lo más pintorescas, aunque no más que las que algunos esgrimen hoy en día de forma pública. Un paladín con elocuencia capaz de arrastrar -y arrostrar- a su núcleo familiar, que a la larga superará la prueba de la desintegración, no sin esfuerzo (por parte de las individualidades que escapan al yugo de lo autoritario y autárquico, sin dejar de constituirse en familia). Así, Allie critica el mercantilismo y la tecnificación; por lo visto, ajenos a los procesos de la invención. Profesa un ecologismo “salvaje” al que se verá abocado toda la familia. Aboga por las energías renovables (aún no sabe que repercuten en los impuestos indirectos de la factura de la luz). Ha idealizado Centroamérica, no políticamente, sino como locus amoenus, así como la vida del buen salvaje; la naturaleza, en definitiva. Imbuido en su retórica, es esclavo de sus propios compromisos mentales.

Collage
Pese a todo, Allie sabe usar las manos para llevar a cabo sus fértiles empeños, y ese movimiento lo demuestra andando. Atendía, según Charlie, a un desafío particular, algo que podía arreglarse con una idea o una máquina. Sentía que tenía respuesta a casi todos los problemas, siempre que alguien quisiera escucharle (I: I).

Lo cierto es que el protagonista detesta los grupos identitarios; en realidad, toda sumisión ideológica, sin darse cuenta de que él mismo va a caer en la trampa de la suficiencia mesiánica. Su sentido de pertenencia comienza siendo libérrimo, para acabar alterándose drásticamente, y en última instancia aniquilado. Sin posible remisión: esto es algo que corresponderá a sus allegados, a quienes le sobrevivan.

Poco a poco va desarrollando una psicología patológica. Era grande y atrevido en todos sus actos (I: II). Lo único que le ancla al respeto de la civilización que le vio nacer es una práctica gorra de béisbol. Personaje de gran profundidad, Allie se halla inmerso en sus contradicciones. Cree que la amenaza nuclear se va a concretar hic et nunc. De su estructura mental parte una aventura física: el traslado de él y su familia a otro espacio, físico y mental. Su inestimable afán de independencia se va a ver cañoneado por su intransigencia a no cejar en esa doble vertiente de su aventura, convirtiendo en acto las más desbocadas teorías; como algunos gobiernos que, en la actualidad, viven alejados de la realidad. Allie confunde la precariedad con el naturismo, la naturaleza con lo agreste, por mucho que la revista de cierta guisa confortable que permite la habitabilidad. Allí va buscando retomar su humanidad, pero resulta que la ha perdido hace tiempo; un aspecto que está latente antes de abandonar el país de origen. Reitero que nos encontramos ante un personaje de gran peso psicológico y poso dramático, por su complejidad, al borde siempre de lo verosímil, como tantas veces sucede con la realidad.

Imagen de la película
Paul Theroux nos propone la diatriba entre creatividad versus dependencia tecnológica. Un cortocircuito típico de nuestro tiempo. Ya en el capítulo tercero, el joven Charlie advierte que esta incapacidad (anti empática) de su padre, de conciliar ambas posturas, da al traste con muchos de sus proyectos. Por ejemplo, un simple cultivo, o la posibilidad de un negocio de paneles solares, aún en EEUU, a lo que se suma la denodada lucha con los elementos traicioneros, que le acompañará en su viaje ulterior a Centroamérica. De nuevo Charlie (salvo que se indique lo contrario, el resto de citas pertenecen a este personaje), indica que le gustaba empezar desde cero (se supone que habiendo aprendido de los errores previos, aunque esta progresión geométrica es la que se va a quebrar en favor del más puro obcecamiento).

Allie admite tener una misión que cumplir. Por eso estoy aquí, declara en repetidas ocasiones, como convenciéndose de su apostolado (I: III; XII). Allie Fox es, de este modo, comparado con un predicador, aún de forma indirecta (I: VII). De hecho, es buen conocedor de los Textos Sagrados. Y con un reverendo se va a topar en su viaje de ida. Uno de esos tostones protestantes que respiran bajo el signo de la Cruz, pero que realizan una labor de catequesis no muy distante de la de Allie; con la similitud de que cada uno de ellos involucra a su núcleo vital más cercano. Se trata del misionero Gurvey Spellgood. Aunque esta encomienda fervorosa es para Paul Theroux claramente artificial y mecanizada, como en una cadena de montaje (los nativos viendo los videos de Spellgood a través de la televisión), los personajes no están exentos de la humanidad que los ata a sus patrones normativos.

Hemos de tener en cuenta que el nivel de influencia -por no llamarlo de otra manera- a que se ha visto -libremente, eso sí- una parte de la población norteamericana, por parte de predicadores, telepredicadores y sectas de todo cuño, es apabullante, y que esto representa una ruptura con lo religioso protestante más que evidente en novelas, películas, y otras manifestaciones artísticas. Dicho corsé religioso también salpica e indignifica el aspecto trascendente del ser humano (por vía de la cienciología, sectas Edelweiss, y sus equivalentes). Sin duda, los EEUU, y otros territorios del planeta, disponen de un serio problema desde hace bastante tiempo (tal vez desde el octavo día).

Spellgood tiene una hija, Emily, más estúpida -o aniñada, siendo más clementes- de lo que reflejará la posterior versión cinematográfica. En este sentido, Charlie y Emily mantienen en el libro una relación más de niños que de adolescentes.


Indudablemente que Allie Fox es un cenizo respecto a la sociedad (o suciedad) que le rodea, de la que solo sabe entresacar sus aspectos más negativos. Algo que comprensa siendo una persona generosa, aparentemente equilibrada, dador de los beneficios de una tecnología sostenible más integradora, que a la larga se convertirá, ironía suprema, en la más desintegradora. En este sentido no hay duda, Allie trata de predicar con el ejemplo. Lo que se traslada al ámbito de los sentimientos. Me avergonzaba de Padre, a quien no le importaba en absoluto lo que pensaran los demás. Y le envidiaba por ser tan libre; y me odiaba por sentir vergüenza (I: IV).

Como ya he advertido, empieza sacando a los niños del colegio, lo que es un flaco favor. Yo deseaba secretamente ir a la escuela (I: VI), prosigue Charlie. La gracia está en la crítica hacia los que tratan de buscar “la iluminación” en países lejanos y exóticos (el mantra de Oriente), o en la naturaleza áspera y “primaria”, donde todo suele estar bastante oscurecido. Mientras despliegan su elocuente e incansable batiburrillo cascarrabias. Arrojado en unas cosas, Allie se muestra sumamente inocente en otras. En cuanto a Madre, su lealtad a Padre me dio fuerzas (íd.).

E insiste el chaval. Me dolía que Padre, al no permitirme asistir a la escuela, impidiera que aprendiese a escribir como él (íd.). No me gustaban las escuelas, menciona Allie, por su parte (I: VII). Con lo que, en efecto, está negando a los restantes miembros jóvenes de su familia el derecho a la instrucción, o al menos, su derecho a decidir por sí mismos. Que es precisamente de lo que va el libro.

La familia Fox deja atrás todo lo que de bueno y malo ha conocido hasta entonces (I: VII). La decisión les lleva hasta Honduras; más concretamente, a la región de Mosquitia, que está en la edad de piedra, según el capitán del barco que los transporta.

En un principio, a Charlie le estimula el viaje, por ser una forma eficaz de que nadie sea testigo de sus carencias, de las que va a ser progresivamente consciente. Me alegraba de marchar lejos, donde nadie nos veía (I: IX). Luego, esto no va a ser suficiente. El muchacho posee una creciente confianza en sí, en contraposición con la del padre, aunque aún habrá de pasar por una etapa, primero de referencia (nunca le había visto fracasar, íd.), y después de sometimiento. Nunca admitía que no sabía algo (II: XV). Las mentiras me incomodan, añade Charlie más adelante (II: XIX).

Allie procede a la adquisición de un poblacho destartalado llamado Jerónimo. Pero como explica el hijo mayor, ya no había magia, ni siquiera algo familiar (II: X). Se trata de un pueblo de caminos sin salida, perros muertos, buitres, pistoleros, una playa sucia, gallineros y carreteras que no llevaban a ningún lado (íd.). La vista desde el barco había sido como un cuadro, pero ahora estábamos dentro del cuadro (íd.).

Esta es la primera constatación de la decepción dentro del “paraíso”. Pero el periplo no acaba aquí. Tras una serie de prometedoras vivencias y desafortunados avatares, la familia prosigue adentrándose aún más en el interior de lo ignoto, geográfica y anímicamente, sumergiéndose Allie Fox en su propio corazón de las tinieblas.

Esto es inocencia, proclama el pater familias cuando pisa su particular tierra a la vista (II: XII), primitiva y rudimentaria, confundiendo de nuevo inocencia con incultura rampante. Trata de destruir la espiritualidad de los nativos porque la confunde, a su vez, con la envoltura religiosa. Parafrasea a Clarke (1917-2008), al atestiguar que ninguna tecnología suficientemente avanzada se distingue de la magia (II: XV).

Selva tropical, Río Plátano en Honduras
La rutina y el egoísmo naturalista que Charlie observa a su alrededor nada tiene que ver con la visión idílica y utópica en la que se empecina su padre, un intercambio poco menos que feudal con los nativos; ambas posturas se acaban contraponiendo. Anti religioso pero iluminado en sí mismo, Allie Fox es, pese a todo, un líder. Lo que está lleno de connotaciones perversas. Por eso se muestra arisco cuando míster Haddy, un nativo que posee un barco a motor, regresa con un pasajero imprevisto, míster Strauss, otro evangelizador (competidor) (II: XIII). Tampoco es de extrañar que los chicos busquen su propio refugio exterior (e interior), en un campamento, no muy alejado del núcleo central, llamado el Acre (II: XIV-XV). Un cobijo dentro de ese (des)amparo abrumadoramente natural.

Cultivar maíz, arroz y otras verduras, así como fabricar hielo, son quehaceres elaborados con mecanismos hechos a base de materiales locales, debidamente reciclados. La idea no es improductiva, como demuestra un sistema de alcantarillado y de calefacción para el invierno (con tubos de plástico). Los mejores retretes de todo Honduras (II: XVI), en plena selva. Poco menos que milagros para los lugareños.

Pero la fatalidad acecha, en forma de esa misma naturaleza, y por supuesto, a través de la malvada naturaleza del ser humano, personalizada en una cuadrilla de guerrilleros locales. Lo adelanta el propio Allie, inadvertidamente, al efectuar una excursión a otro poblado con objeto de llevarles una muestra de hielo: a partir de aquí, es todo cuesta abajo (II: XVIII).

Vi La costa de los mosquitos (The Mosquito Coast, Twentieth Century Fox, 1986), en su versión cinematográfica, en un cine ya desaparecido -para variar- de Granada (el Aliatar), en el momento de su estreno, y ya entonces me comentaban los compañeros de la E.G.B., tan extinta como el propio local, que era poco menos que un rollo. Como siempre he sido algo raro e independiente, para allí que me fui a verla. Y lo gordo es que me gustó. O mejor, dicho, me llamó la atención, a falta de haber leído la novela (han tenido que transcurrir muchos años hasta que lo he hecho, movido por la grata nostalgia y el interés de cotejar el original). También se decía entonces que la adaptación cinematográfica resultaba inferior al libro. No estoy de acuerdo.

Los que sostuvieron tal opinión, me da la impresión que, en la mayoría de los casos, no habían leído la novela, porque la película es totalmente fiel al espíritu y estructura del libro. Está tal cual, con la ventaja, por parte de la adaptación, de saber comprimir muchos pasajes espesos, a veces algo farragosos o reiterativos del escrito.

Desde luego que el sentido del humor hiperbólico está más desarrollado en la novela, sin demérito para la esencialización cinematográfica. Esta resulta obvia, pero puede resultar adecuada o un desastre en función de quienes la organizan (enseguida los menciono). Me inclino por los primeros resultados, por mucho que las aristas de algunas situaciones y personaje principal parezcan más suavizadas en la película. Y digo parezcan, porque beneficio del cine es saber hacer volar la imaginación entre plano y plano, por entre los intersticios de las secuencias en movimiento. El nudo gordiano, por lo tanto, permanece.

Advierte el novelista Fernando Sánchez Dragó (1936) en el prólogo a la edición del libro que yo poseo, antes referenciada, sobre la desaforada pretensión de querer cambiar el mundo por parte de algunos: el odio al progreso y el afán progresista, en difícil cálculo.

Pues bien, como ya hemos considerado, Allie Fox (Harrison Ford) se debate en un cosmos de diatribas. Ciudadano de su mundo, el sobado malentendido que invoca el retorno a la naturaleza se convierte en él en una personificación.


Vamos con los responsables. La adaptación fue elaborada por el también cineasta -y bien notable- Paul Schrader (1946), y la pieza de Paul Theroux no pudo hallar mejor intérprete, habida cuenta de los aspectos sórdidos morales y psicológicos que afectan a los personajes esgrimidos por el director y guionista. La música, en consonancia, fue aportada por Maurice Jarre (1924-2009), tras sus estupendas colaboraciones previas con el realizador australiano Peter Weir (1940). Personalmente me encanta, aunque se disfruta más en el CD que en la película, donde es apenas perceptible.

Como he anunciado antes, esta traslación es absolutamente fiel en fondo y forma a la novela. Incluidas las visitas del señor Haddy (Conrad Roberts) al campamento de los Fox, los episodios del desarrollo y construcción del congelador de proporciones gigantescas, apodado Fat Boy (Gordito) (II: XIV), el primer Día de Acción de Gracias (II: XIII), la funesta llegada de los forajidos y negreros, con la posterior encerrona y precipitación de los acontecimientos (II: XX), el desprendimiento de la hélice de una lancha que traslada a la baqueteada familia (IV: XXVI), y el castigo “colegial” en la canoa (IV: XVII). Entre la visualización de los inventos de Allie, destaca la bicicleta herrumbrosa que se convierte en un engranaje de trabajo manual, destinado a batir la ropa con agua caliente. Y en fin, la puesta en escena de la supervivencia por encima de la cultura metódica.

Entre tanto, Allie Fox no renuncia a su lugar en la historia -su historia- con el encendido del aparato congelador. El personaje posee un mayor encanto por quien lo interpreta, pero las antedichas aristas están presentes. Con lo que el contenido de la novela no se desvirtúa un ápice. De hecho, Schrader y Weir (y Ford) hacen al personaje más humano, si cabe, algo más creíble, o si lo prefieren, menos hiperbólico y mecánico. Lo mismo respecto a la esposa (Helen Mirren), aquí más integrada y participativa, menos perdida de vista o secundaria que en las páginas de la novela. Lleno de sugerencias es el momento en que la mujer se queda contemplando el fregadero con los cacharros, aún humeantes, que no va a volver a emplear y lavar en mucho tiempo.

También en la película hace acto de presencia eso con lo que nos enfrentamos a veces, la cerrazón de los coetáneos. Yo me dedico a los espárragos, no a los inventos, proclama el capataz y agricultor Polski (Dick O’Neill). Allie, que lo mismo sirve para un roto que para varios descosidos, no se arredra; antes de la descomposición final, es un hombre con suficientes recursos y positivista, a su modo. Se las apaña para arreglar un sistema de refrigeración, pero al encontrarse con la oposición en su sector laboral, sueña con fabricar -como inventor que es- el ecosistema perfecto, y busca la extracción de la energía geotérmica en plena selva. El hielo es la civilización (como prefiero el invierno, nada tengo que oponer). Eso sí, se cree que siempre tiene la razón.


En la película tampoco existe una animadversión tan manifiesta hacia el adolescente Charlie (River Phoenix), por parte del progenitor; al menos, no hasta el último tercio del relato, cuando se derrite la muestra de hielo. Se producen menos recelos y calenturientas aspiraciones. Allie encauza su partida como si de una excursión se tratara. Pero la edad de piedra no es tan maravillosa. La fascinación por este nuevo mundo pronto da paso a la decepción. Al fin y al cabo, ser un idealista es una cosa, y tener los pies fuera del tiesto terreno otra muy distinta; aunque el equilibrio entre ambas -el equilibrio nuevamente- suele ser escaso e infrecuente.

Como ya he señalado, Allie (Theroux) se refiere a la plaga de los misioneros protestantes, ya presentes en los cimientos del país de origen. Claro que, como sarcástica contraposición, nos aparecen líderes religiosos católicos que válgame Dios; porque esto es una lotería propuesta por un Espíritu Santo que, como poco, demuestra tener un torcido sentido del humor. Y como Dios castiga sin piedra ni palo…

Como reza el célebre poema de Alberti (1902-1999), las palomas también se equivocan.

La versión cinematográfica maneja las elipsis de forma hábil. Dicho está que la novela encuentra una buena traslación, bien sintetizada, en el meritorio trabajo de Paul Schrader y Peter Weir; quintaesenciada además con la perspicaz edición de Thom Noble (1936) y la fotografía de John Seale (1942). Como ejemplo destaquemos los planos solapados del escenario hondureño, bellamente retratado por la planificación general, que se adornan con las risas familiares que se escuchan en la selva, en una furtiva sucesión de imágenes cortas, de transición, como la propia duración de la alegría, y que se nublan con el paisaje.

Una nueva partida, esta vez dentro del “paraíso”, les aguarda (III: XX). Jerónimo fue un error, tuve que contaminar un río para darme cuenta (III: XXII). Sobreviene la edificación temblorosa de una cabaña en medio de la nada, y la primera discusión fuerte entre Padre y Madre (III: XXIII). Oposición que se extiende a otra visita del señor Haddy, y con el propio hijo mediano, Jerry (Jadrien Steele), de doce años (III: XXIV-XXV). La vivienda se deshace, huelga decir una vez más, que tanto en el aspecto material como en el de la convivencia.


En su transporte flotante, los Fox se hallan cada vez más alejados de la costa (de la realidad), con la coartada paterna, que no filial, de que los EEUU han sucumbido a un cataclismo nuclear. Prosiguen su andadura literalmente contra corriente, río arriba. Al poco se produce el reencuentro de Charlie con Emily, que junto a su hermano Jerry valoran el sometimiento de la madre. En el último tramo, Allie ocasiona un grave perjuicio -él cree que en justa retribución- a las propiedades de Spellgood (André Gregory), y lo que este representa. Lo cierto es que él es también un predicador de lo suyo, como ya ha quedado demostrado. No pasa mucho tiempo hasta que los chicos se rebelan (IV: XXVIII), con lo que se suceden las imágenes más amargas del relato.

La recapitulación final (o casi final), corresponde a Charlie, como no podía ser de otra manera (V: XXXI).

Aunque el destino del personaje central es el mismo que en la novela, en la película está expresado de forma más poética y visual. Menos sañuda. Y al igual que en la novela, el punto de inflexión será el intento de llevar hielo a los aborígenes del interior de la selva hondureña. La utopía es edificada, pero cuando se derrumba es muy difícil comenzar de nuevo, no tanto material como motu proprio. El segundo revés será la “muerte” de Gordito. Tanto esfuerzo para acabar con lo puesto.

Como toda buena obra o adaptación, La costa de los mosquitos depara una lectura continuamente actualizada. Cambien el temor a una guerra nuclear -o no- por el desastre de Afganistán o el mesianismo de algunos líderes, y obras de apariencia tan enrevesada como el mero existir actual se convierten en clásicos contemporáneos. Eso sí, siempre nos quedará la evasión, la tome cada cual como la tome. En esta tesitura, ante la posibilidad de escapar, se pregunta Charlie ante Jerry, ¿y dejar aquí a papá? El daño parece contagioso. Lo único que les va a quedar a los chavales es la lealtad entre ellos. Todo lo demás, ha sido franqueado.

Escrito por Javier Comino Aguilera

El autocine (LXXXIX): Cumpleaños sangriento, de Ed Hunt, y Comportamiento perturbado, de Michael Laughlin

15 septiembre, 2021

| | | 0 comentarios

El nueve de junio del setenta se producen tres partos peculiares en la localidad de Meadow Vale (un lugar que podemos situar en el estado de Kentucky, Estados Unidos, aunque bien pudiera ser imaginario). Son alumbramientos no convencionales porque acontecen de forma simultánea a lo largo de un eclipse solar, que a su vez va ligado a una conjunción astral poco habitual, de esas que se producen cada X años, pero que cuando se producen la lían.

Durante los partos, atendidos por el doctor interpretado por José Ferrer (1912-1992), el realizador no aparta la cámara del eclipse. Es uno de los principales aciertos visuales de Cumpleaños sangriento (Bloody Birthday, Rearguard-Judica Films, 1980; estrenada al año siguiente), película de género hasta cierto punto convencional pero gustosa de paladear.

Una atractiva e inquietante tonada al piano no augura nada bueno a los protagonistas. Eso sí, cuando sucede algo feo, la música se muestra más antipática. La partitura, que en sí misma recoge lo mejor de una época dentro de ese género de terror, fue obra del no muy prodigado Arlon Ober (1943-2004). Escrita por Ed Hunt (del que por no saber, no sabemos ni cuando nació, a fecha de hoy), y Barry Pearson (lo mismo), Cumpleaños sangriento es una de esas producciones que se derivan del éxito de El exorcista (The Exorcist, William Friedkin, 1973) y La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976), de la que toma el aspecto astrológico anticipatorio, y del slasher puesto de largo con La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978) y Viernes 13 (Friday the 13th., Sean S. Cunningham, 1979). Es decir, que parte de las naturalezas diabólicas que parecen confirmadas por las posiciones planetarias más incómodas, y de los vengadores sanguinarios, puros y duros, por mil y un motivos, aunque estos se suelan reducir a uno solo: el maltrato en la infancia.

La fotografía corrió a cargo del para mí igualmente desconocido Stephen Posey (-).

Hablamos del aspecto planetario. Es esta una conjunción chunga de verdad. En conocimiento de causa, y para entrar en situación, se especifica que todos los presidentes del país nacidos durante dicha conjunción, en el pasado, han muerto de forma violenta (uno de esos sorprendentes datos estadísticos que proporciona la astrología mundana). De resultas de lo cual, los chavales que acaban de nacer se desarrollan carentes de empatía. Ahora estamos a primeros de junio del ochenta, a una semana de cumplir los diez años.


El caso es que, según se nos dice, el sol y la luna bloquean el planeta Saturno, que controla las emociones. Esto es un disparate (astrológico), lo que bloquean la estrella y nuestro satélite, en todo caso, serán la estructura y el orden, que son el patrimonio del Señor de los Anillos. La interpretación correcta indica que las emociones (lunares) quedan sometidas al arbitrio desaforado del yo (el Sol), opacado el elemento tierra (saturnal). Es decir, que a la distancia adecuada, la luna se interpone entre el Sol y nuestro planeta, que a su vez están en línea opuesta a Saturno.

Lo cierto es que los chavales sí que se muestran pulcros y ordenados… respecto a sus iniquidades; la alteración entonces tendría que ver con un ennegrecimiento de esas disposiciones terrenas (parámetros estructurales saturninos) y solares (la personalidad). Unidos por lazos de sangre por mor a esos malhadados vínculos astrológicos, podemos considerar que los niños están enajenados. Lo que la psiquiatría considera una perturbación grave de la personalidad se ve confirmado por la astrología.

Y algo de verdad debe haber en ello, porque los chavales son anti empáticos hasta la médula. Representan el mal puro, apenas temen las consecuencias. Esta falta de temor al castigo los hace poco menos que invulnerables, aunque se han de desenvolver en un mundo de adultos, donde pese a reinar las apariencias y el disimulo, se atiende a la observancia; un buen caldo de cultivo para escudriñar y ejercer sus manejos.

El niño bueno es Timmy Russel (K. C. Martel), es decir, el que va a tener muchos problemas. Precisamente, la hermana de Timmy, Joyce (Lori Lethin), estudia astrología, lo que sirve para ahondar un poco en esta atractiva vía. Así, a diferencia de lo que se nos señalaba con pinzas en los prolegómenos, la de Debbie, una de las nacidas, es una carta natal bien hecha e interpretada por Joyce, que nos pone en conocimiento de la propuesta. Su sol geminiano está absolutamente eclipsado, lo que favorece el encubrimiento, doble en este derrotero por la propia naturaleza del signo; estando el ascendente en Aries (determinación directa) y la luna en Escorpio (fomentando la ocultación y la intensidad).

Mejor (peor) imposible, a efectos dramáticos. No quiero imaginar lo que sería una sinastría a tres bandas con estos angelitos; ¡el ménage à trois astrológico que saldría!


Son los privilegios de la ficción asomada a una realidad que se nos escapa (al menos, de las cuatro paredes de un laboratorio). Y, en cualquier caso, cosas más raras se han visto. También nos parece una irrealidad aterradora el contemplar estupefactos las cabriolas, de ejecución perfecta y maquinal, que nos llegan de criaturas de corta edad, en países donde mora el totalitarismo más atroz, y ahí los tenemos, reales como la vida misma.

Hora es ya de dar los nombres completos de los tres niños. Son Curtis Taylor (Billy Jacobi: aquí alejado -o puede que no- de los papeles de estudiante gamberrete a que nos tuvo acostumbrados), Steven Seton (Andrew Freeman) y la referida Debbie Brody (Elizabeth Hoy), que es hija del sheriff de la localidad, James Brody (Bert Kramer). Por cierto que, puesto este fuera de la circulación siguiendo el método narrativo de Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960), es sustituido por el ayudante Duncan (William Boyett).

O sea, tres pillos sin conciencia, que deben ser lo que se denomina radicales libres o separación de poderes, con el disfraz de la inocencia que depara la juventud. Algo así como el Damien de la citada La profecía, pero multiplicado por tres. Sin embargo, como sabemos, las cosas no son tan sencillas, y pese a los estragos que ocasiona, al mal se antepone el bien.

Entre tanto, los críos saben disimular sus pretensiones, al igual que los cuclillos de Midwich hacían. Homicidio es cuando una persona mata a alguien, como en la tele, expone Debbie con claridad meridiana y aspecto apocado. Por cierto, que su hermana Beverly (Julie Brown) se marca un baile en cueros. No había Tik Tok entonces pero la cámara indiscreta da buena cuenta de ello.


Estas pequeñas mentes criminales no paran en barras. Emplean cuerdas, palas, un bate, una flecha, una pistola, un vehículo de desguace… lo que se les ponga por delante para eliminar, precisamente, a quienes se les ponen por delante. Como la maestra, miss Viola Davis (Susan Strasberg), que en un buen detalle, la vemos emplear un lapicero para hacerse los roetes. El no lo hagáis más o los modernos procedimientos pedagógicos u orientadores de nada sirven. Una carrera fulgurante la de este trío, si alguien no pone remedio. Si es imposible controlarlos con diez años, figúrense si llegaran a cumplir los quince (o tal vez sí se lo figuran).

Pero bueno. Se celebra el décimo cumpleaños, en una fecha estelar donde se va a activar la alineación natal. La peor idea es dejarle a Curtis un cuchillo para cortar la tarta. No hay cuidado, los chavales saben de corrido cómo salir bien librados; en este sentido, la película acierta en su jugueteo con esa inocencia candorosa e infantil antes señalada. Por eso, la conclusión del relato es abierta. Lo que nos habla de un buen producto de terror, si eliminamos algún que otro susto tópico y fanfarrón (referido a Paul [Cyril O’Reilly], el novio de Joyce).

Pero si cada historia tiene su final, aunque sea abierto, también tiene su principio. En este agitado 1980, la narración comienza cuando los jóvenes adolescentes Ann Smith (Erica Hope) y Jim Duke Benson (Ben Marley) están retozando en el cementerio local, que es lo que pasa cuando papá y mamá están en casa. A mí no me miren, por lo visto es un lugar como otro cualquiera en los Estados Unidos donde tener el polvo al polvo en paz. Los tórtolos son, como diría, interrumpidos en sus quehaceres. Lo cierto es que verán enterradas sus esperanzas de vida.

Algo más adelante, otros dos adolescentes sobrehormonados harán lo propio en la parte trasera de una furgoneta… y es que, ya no se puede estar seguro ni en plena calle. No pasa nada, el muerto al hoyo, y habrá que cavar varios, aunque el resuelto Timmy Russel ganará la partida, con bastante riesgo de su vida. En Cumpleaños sangriento, si el bien no vence de forma definitiva al mal, al menos ambas fuerzan buscan un equilibrio.

Aparte de que la acción de la película transcurre en poco más de dos días, lo cual está bien, porque la exposición se condensa y estructura de forma precisa.

Y si pensaban que lo habían visto todo respecto a conductas réprobas y desmanes de chiquillos, esperen a ver lo que sucede con los estudiantes de Galesburg, Illinois (EEUU), en Comportamiento perturbado (Strange Behavior, Hemdale, 1981), espléndida película del norteamericano Michael Laughlin (escueto realizador del que tampoco tenemos noticias). Escrita por el propio realizador, y su futuro camarada, bastante más conocido, Bill Condon (1955), se trata de una coproducción entre EEUU, Nueva Zelanda y Australia.

Resulta que el hijo del alcalde, el joven Bryan Morgan (interpretado por Bill Condon), se ha quedado solo en casa. Aunque nada más lejos de la realidad, por allí deambula alguien. Lo primero, se va la luz; lo segundo, aunque Bryan se aplica en sus deberes, no va a poder pasar de curso… y no por motivos académicos. Por lo visto no es el único que tenía tareas pendientes aquel día…

De la investigación se encarga John Brady, el jefe de la policía (Michael Murphy), cuyo hijo Peter (Dan Shor) y su mejor amigo, Oliver Myerhoff (Marc McClure), acuden al instituto como el resto de adolescentes de la localidad. Pero Peter y Oliver se prestan a un experimento científico relacionado con el comportamiento humano y el condicionamiento. A cargo de este está la inquietante doctora Gwen Parkinson (Fiona Lewis), tan fría y eficaz como cabe esperar, y que fundamenta su aplicación en las directrices médicas del gurú facultativo Le Sange (Arthur Dignam), fallecido unos años antes. La sangre nueva es siempre bien recibida, especifica Parkinson con más que evidente doble intención, ante la llegada de los dos nuevos conejillos de indias. Esto acontece en un prestigiado -aunque aislado- centro médico en el que se suministran tales terapias novedosas. Por supuesto, existe un fármaco que ayuda a reforzar las conexiones.

Es raro que el papel de la doctora no lo interpretara Louise Fletcher (1934), que se ve relegada al de solícita compañera sentimental del jefe de policía (supongo que le apetecía un cambio), pero Fiona Lewis (1946) tampoco es manca y ofrece una diligente -y malsana- interpretación, en el reverso de su científica alocada en El chip prodigioso (Innerspace, Joe Dante, 1987).


Como en el caso anterior, no tardan en producirse los primeros daños colaterales; en ambos relatos, con pretendidas dimensiones mundiales. Tal es el sumario de Timothy Hoffman (Neil McLachlan), asesinado en su propia bañera, o de Waldo (Jim Boelsen), que fallece junto a su vehículo. No obstante, en un buen retruécano de guión, la joven Lucy (Elizabeth Cheshire) se salva gracias a la intervención de Peter y otros colegas, cuando estaban celebrando la típica fiesta estudiantil (animosas las canciones de Pop Mechanix y Lou Christie [1943]).

Es un acierto que Comportamiento perturbado no se quede en mero slasher, y se potencien otros aspectos. Por ejemplo, incorpora ese componente psicológico-inductivo de dominio, en el marco de una venganza desde la tumba por parte de un clásico científico loco con ansia de poder. Entre sus hipótesis, prevalece la idea de que la sociedad podrá ser reconstruida, fin preconizado por una especie de Tratamiento Ludovico, que es el que imparte en su Centro. Por suerte, el condicionamiento homicida no es permanente y los sujetos afectados se recuperan (¡aunque con un currículum vitae aumentado de forma insospechada!).

Subyace una lectura actual en la idea que sostiene la película: la ingeniería social en las aulas e instituciones, junto con la escasa reacción de progenitores y demás responsables (excepción hecha del jefe de policía). Ya se sabe que mientras no nos toquen los dineros…

Al sujeto le toca que traten de convertirlo, moldearlo, en política identitaria donde la tribu pesa más que el individuo. Y si no tienen ningún trauma, no se apuren, que los organismos estatales o privados se lo proporcionan.

Sé que se realizó un remake de la película en los años noventa, pero, como me suele ocurrir en estos lances, me trae al fresco (de hecho, creo recordar que la vi, pero, también como suele ocurrir, se quedaba muy por debajo de los resultados primigenios, de esa pátina de incertidumbre insana y escalofrío epidérmico que depara el material original). La que comentamos cuenta, hablando de estímulos, con una estupenda música de Tangerine Dream que, de momento, no ha sido debidamente editada.


Comportamientos anómalos se vuelven a ver las caras en la posterior pieza de Laughlin, En estado de shock (Mesmerized, EMI, 1986), producción inglesa, australiana y neozelandesa, basada en un caso real, y filmada en tierras de Nueva Zelanda. Bellamente ambientada pero apresuradamente resuelta, la narrativa de telefilm, en un montaje de unos noventa minutos, le pasa factura al drama. Comparte buena parte del elenco de Comportamiento perturbado, pero en su conjunto resulta decepcionante, salvo alguna secuencia especialmente cruda. Contó, eso sí, con una partitura de Georges Delerue (1925-1992) que, de nuevo, no ha sido editada hasta la fecha, y que los seguidores del genial músico romántico esperamos como agua de mayo. Lo saco a colación para que los responsables de conciertos y programas de música clásica cinematográfica se enteren de una vez de que existen otros músicos a reivindicar además de John Williams (1932), Ennio Morricone (1928-2020) o Hans Zimmer (1957).

Escrito por Javier Comino Aguilera

Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717