¡A ponerse series! (XLIII): Verano azul, de Antonio Mercero

15 agosto, 2022

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Me encantan los libros de Yo fui a E.G.B. (Plaza & Janés, 2013-2016), firmados por Jorge Díaz (1971) y Javier Ikaz (1978). Conforme va pasando el tiempo, me siento más orgulloso y feliz de haber pertenecido a una época repleta de referentes culturales y populares. Al punto de que si me preguntaran hoy si me gustaría tener diez o quince años menos, al precio de no haber vivido aquellos años, la respuesta sería un rotundo no. El futuro me atrae solo a ratos, y está mejor expuesto en las películas clásicas de ciencia ficción. Hay quien se limita a criticar tal etapa del pasado, que ya hace falta ser maniqueo, pero los ochenta llegaron para quedarse, les guste o no. Advierto que los jóvenes lo asimilan, sin dejar por ello de vivir el presente, con las ventajas -algunas- que este les depara.

Pero desde un punto de vista personal, ¿cómo no sentirse identificado con las emotivas imágenes congeladas de lo que ha conformado tu vida? ¡Por no hablar de las que aún siguen en movimiento, como las de Los Roper, Benny Hill (1924-1992) o El Equipo A! Porque nuestra generación fue la primera estrictamente visual, de la que quedan documentos por doquier. A ver, ¿cómo no enternecerse ante El Libro Gordo de Petete, los relatos de Los Cinco, los deliciosos Don Miki o las sugestivas intervenciones ilustradas de José Ramón Sánchez (1936)? ¿Cómo no sentirse parte del cordón umbilical que deparan los chicles cheiw, el pan con mantequilla y chocolate, la cartera del cole, los cardados, las canicas o el frigurón?

Por las páginas bien nutridas de los cuatro volúmenes de Yo fui a E.G.B. desfila buena parte de mi vida: la infancia y la adolescencia.

Hacía muchos años que no la veía; ni recuerdo cuántos. Pero lo que sí recuerdo, curiosamente, es cuando se estrenó Verano azul (RTVE, 1979-1980; emitida al año siguiente), y el grato impacto que supuso de cara al espectador, sobre todo joven. Impacto no aislado, pues en aquella época de hallazgos y revelaciones, y un innegable avance social y tecnológico (salvo por aquellos necios que piensan que la democracia ha nacido únicamente cuando ellos han accedido al poder), la calidad de muchas producciones televisivas y el desfile continuo de estímulos de todo orden, era sorprendente. A vista de hoy, porque en aquellos días, para nosotros esto era lo más natural. Es luego cuando nos hemos dado cuenta de que vivimos algo muy especial. Hablo de la esfera cultural y social en su conjunto, por supuesto. Problemas los ha habido siempre y -me temo- los seguirá habiendo.

De hecho, según los estudios técnicos, como el Informe Mundial sobre las Drogas, ahora existe mayor producción y consumo que antes. Y no solo por el aumento de la población. Más aún, el empobrecimiento de la clase media es brutal. Lo que deriva en un nivel de incultura rampante, de gente carente, no ya de los más elementales conocimientos, sino de los más elementales modales: dejación de los padres, cuando los hay. Y sin ganas de aprender, que es lo peor. Textos doctrinarios y coyunturales tratan de echar una mano –al cuello- en la Selectividad, en el lugar que antes ocupaban Cervantes (1547-1616), Calderón (1600-1681), Lope de Vega (1562-1635), Emilia Pardo Bazán (1851-1921), o Galdós (1843-1920)… autores que, entre otros tantos, enseñan a pensar y a ser libre. Los nuevos catecismos son los libros de texto, el dogmatismo identitario y el cambio climático (que no niego, con matices). Así las cosas, a la impartición de la enseñanza solo se van a querer apuntar los sectarios, porque estos tienen el terreno abonado; los demás, somos lo más parecido a la Resistencia durante un conflicto bélico. Lenguaje inclusivo, que es el más excluyente que imaginarse pueda, perspectiva de género hasta en las matemáticas, y un triste etc. Algunos parece que se han dado cuenta ahora, como si no hubiéramos visto la sarta de disparates expuestos desde las tribunas -me niego a llamarlas de oradores-, o en la mayoría de dichos libros, desde hace décadas. Estoy de acuerdo con el ensayista Jordi Canal (1964) o la cantante Olvido Gara, Alaska (1963), entre otros artistas y analistas, en que algo se quebró a partir del 92. El principio del fin, en más de un sentido.


Un cambio de rumbo evidente que desemboca en el actual callejón sin salida. Muy florido de intenciones, pero de escasa factura dialéctica, tal y como la teorizaban los mismos clásicos que, por algo, han quedado excluidos de la nueva ideocracia. Cuánta razón tenía Platón (427-347 A.C.), todo esto acaba derivando en el gobierno de los más inútiles, salidos de quicio, añado yo. Ahora que el mundo está cambiando de forma vertiginosa, no sé si a mejor, pero sí sé que sin la gracia de antaño, es un buen momento para tomarse un sensato descanso y volver a las raíces. Por ejemplo, la voz en off de la pintora y, de alguna manera, convaleciente del corazón, Julia (María Garralón). Es ella la que, en retrospectiva, ilustra el inicio de Verano azul en su primer capítulo, poniéndonos en escuetos antecedentes. Lo demás, vendrá dado por la narración a tiempo real. Al final de la serie, volverá a prevalecer el punto de vista de ella; sobre todo en el último episodio, el de la despedida.

Siguen pareciendo frescos y elaborados los guiones, cuyo fundamento principal es el diálogo. No en vano, los libretos fueron escritos por Horacio Valcárcel (1932-2018), José Ángel Rodero (1946), y Antonio Mercero (1936-2018), encargado de ponerlos en escena. En este sentido, destaca algún momento apreciable de realización a lo largo de la serie, de esos en los que no se hacen necesarias las palabras. Como cuando los chicos reaparecen sobre la cubierta de La Dorada, arropando a su baqueteado amigo Chanquete (excepcional Antonio Ferrandis), en el capítulo número diecisiete. Iremos señalando algunos instantes más.

Ya en esa primera de toma de contacto, Julia nos habla desde su futuro de un verano tan rico en imágenes y tan lleno de vivencias con aquella insólita pandilla. Para incidir luego en que me gustaría que este verano no acabara nunca (capítulo X: sigo el orden establecido por la edición remasterizada en DVD).


La rivalidad entre Javi (Juan José Artero) y Pancho (José Luis Fernández) queda establecida también desde el principio. Al igual que los cimientos de su sólida amistad. El resto de integrantes de la pandilla serán Beatriz (Pilar Torres), su amiga Desita, o Desi (Cristina Torres), el hermano pequeño de la primera, Tito (Miguel Joven), su amigo de confidencias y ensoñaciones Manolito, apodado Piraña (Miguel Ángel Valero), y Enrique, o Quique (Gerardo Garrido). Javi es hijo único, y Desi lo es de padres separados.

Por su parte, Chanquete ha echado el ancla hace algún tiempo. Como él mismo dice, yo que estoy de vuelta, en algún punto me he de encontrar con los que vienen (XIII). Chanquete cuenta con la bienhumorada compañía de su acordeón, y sus encuentros con el dueño de una tasca, Frasco (Fernando Sánchez Polack), el aprensivo Buzo (Antonio Costafreda), o el farero del lugar, Vicente (Manuel Pereiro). Por cierto, que las piezas que Chanquete interpreta al instrumento fueron compuestas por el músico granadino José Molina Molero (-), siendo el resto de la banda sonora autoría del vasco Carmelo Bernaola (1929-2002). Soledad en parte buscada pero que se ve disturbada con el desembarco de la tropa procedente de la capital. Los chicos pronto entablan relación con Julia y Chanquete. Este vive en el citado barco La Dorada, convertido en vivienda y alojado en lo alto de un cerro cultivado. Los chicos también dispondrán de su propio refugio al aire libre, la Cala Chica (Caleta de Maro, en Nerja). Siendo el hermoso Balcón de Europa, en la misma localidad, su centro de operaciones.

La acción transcurre -de forma un poco apretujada- a lo largo de un mes de agosto. Mes de vacaciones, en un pueblo sin especificar, pero que responde a las antedichas señas de la población malagueña de Nerja (España). Con algunas localizaciones añadidas de Almuñécar y el puerto de Motril, en Granada. Sin ir más lejos, la cabecera con los rótulos.

También los progenitores poseen y hacen alarde de su idiosincrasia, aquí y allá (pues el foco narrativo es el de los muchachos). A las primeras de cambio -el primer tropezón-, Javi es advertido por su padre con las siguientes palabras: selecciona bien tus amistades (I). Luego sabremos que el competitivo y algo exclusivista Javier (Manuel Gallardo), hombre luchador y forjado a sí mismo, tiene su corazoncito (XII). Como todos los papás y mamás. Sin embargo, la relación de los chavales con la pintora y el experimentado y algo filósofo marino (de los arropados por Azorín [1873-1967]), provoca algunos celos entre los progenitores, que se encuentran en esa fase en la que están aprendiendo a conocer a sus hijos, en ese tira y afloja que conlleva el acercarse e inhibirse.


Pero los lazos, todos, se afianzan con las dificultades.

No me atraen los análisis sociológicos aplicados a las películas cuando solo se quedan en eso, prescindiendo de la observación cinematográfica. Pero he de admitir que el reflejo del tal como éramos resulta poderoso. Da igual si aquí o allá. Es materia consustancial al cine y el resto de manifestaciones audiovisuales. Como sucede en buena parte con los libros. Los temas tratados fueron muy diversos. De gran calado, pero apropiada y amable singladura, ya que los guiones procuran huir de la retórica vacía, sin embarrancar en los arrecifes de la corrección política. Cuando los chicos hablan de lo suyo, esto no carece de importancia. Lo que me recuerda el ritmo cadencioso de la narrativa. Algo que puede ser tachado de morosidad por quienes se han criado en la posterior etapa de imágenes desbocadas y yuxtapuestas. Por lo general, mucho más vacías -o saturadas- de contenido, sin tiempo ni pausa para asimilar los conflictos o, simplemente, disfrutar de lo ofrecido (lo mismo sucede con los documentales de entonces y de ahora, con excepciones). Antaño había que entretenerse sin los móviles, todavía se miraba al cielo, aun para vislumbrar una “burbuja luminosa”, y se podía aparcar casi en cualquier parte. Era un tiempo en el que la gente se vestía lo mejor posible incluso para ir al mercado, donde al tiempo mismo no había que matarlo, y en el que las bicicletas eran para todo el año. Y vaya si nos entreteníamos. Con qué poco nos conformábamos a la hora de pasar el rato. Como evidencia el capítulo catorceavo, cuando la inoportuna -pero cada vez más añorada- lluvia de verano, forzaba a usar la imaginación y tirar de disfraces, ponen los chicos por caso. Es divertida la imitación encubierta que Javi hace del malogrado Nacho Dogan (1952-1990) y de Miguel Bosé (1956), de paso. Poco más que gusanitos, cortezas y patatas fritas. A lo que se suman los susceptibles cuchicheos entre chicas y las actitudes jactanciosas en general, las gramolas rockola y las máquinas recreativas, los radiocasetes, los merenderos o chiringuitos varados en medio de la playa, las sandalias de plástico duro y translúcido, las casas con fachadas encaladas de blanco -que repele el calor-, las calcomanías, las mirindas y los carritos de helados Avidesa o La Ibense, que según tengo entendido, es la compañía de sorbetes española más antigua.

Otras imágenes refrescan mi atención, como la de los chicos (Pancho, Javi y Quique), compartiendo un helado, como si fuera un pitillo (X), Piraña y Tito jugando en la calle, donde han dibujado el típico esquema con tiza (XI), o cazando lagartijas con Pancho (III), la caja verde de hojaldradas Cuétara (XIII), un póster de Los Ángeles de Charlie (Charlie’s Angels, 1976-1981) (XVI), la contraportada con el póster de la psicotrónica Supersonic Man (Íd., 1979), de Juan Piquer Simón (1935-2011) (VI), las mamás haciendo ganchillo (Elisa Montés y la excelsa Helga Liné) (VII), la inolvidable canción Song for Guy (1978) de Elton John (1947), que suena cuando Jorge (Carlos Larrañaga), el padre de Desi, entra en las redes de un club nocturno (VIII), la presencia de cabinas telefónicas, en algunas de las cuales distinguimos un poster de Tip (1926-1999; hermano de Fernando Sánchez Polack) y Coll (1931-2007), en un anuncio de la Páginas Amarillas, creo distinguir.

Otrosí. El cine de verano, toda una institución playera, donde se proyecta No os comáis las margaritas (Please, Don’t Eat the Daisies, Charles Walters, 1961), el recitado de un poema de Walt Whitman (1819-1892), que enriquece el capítulo noveno, Piraña ojeando uno de los volúmenes de la enciclopedia Monitor (1965-1973) (X), Javi leyendo a su vez Diez negritos (And Then There Were None, 1939), de Agatha Christie (1890-1976), en edición Molino, por supuesto… Ese jinete enmascarado que aparece en la playa montado en una yegua blanca, porque desea hacer realidad el sueño de una noche de verano (III); otro de los puntos álgidos de la serie.

Perdonen la miscelánea. No lo puedo evitar, porque ha sido mi mundo. Es más, el mundo al que me gustaría regresar, siquiera por un día.


En cuanto a los temas abordados, descuellan la relación de autoridad entre padre e hijo, donde una torta a tiempo no es lo mismo que una torta injusta (XII), la violencia y vandalismo de las bandas; es decir, la necesidad de pertenencia y el exceso de chulería (XIII), el fenómeno fan, en plena efervescencia Aplauso (1978-1983) (XV), el divorcio que vino (VIII), los celos amorosos (VII), la aceptación, no forzada, de alguien que vive de forma distinta a la nuestra, y que decide tener su descendencia como madre soltera (IV), el ecologismo, agravado por el hecho de que los padres apenas pasan tiempo con los hijos, ni siquiera en vacaciones (lo que no están tan mal, teniendo en cuenta el estado de sobre-protección que hace que en la actualidad el hacerse un corte en un pie sea motivo de hecatombe) (II). O en fin, la defensa de la propiedad, tan capitidisminuida, y que los chicos defienden con melódicas uñas y dientes, frente al cacareado bien común de la población, esto es, la función social de la propiedad (ajena, como bien recalca Chanquete), en uno de los capítulos más recordados (XVII). Un estado de ánimo que Chanquete resume en su última voluntad, que dirige a Epifanio, el alcalde (Roberto Camardiel). De igual modo se abordó la rebeldía, ante el acatamiento ciego de las órdenes, a veces arbitrarias, de los padres (V), y el compañerismo, cuando todos tratan de echar una mano al lesionado Pancho en su reparto de comestibles (III). 

Entre los argumentos, también los hubo esotéricos, como el de ese posible extraterrestre (o intraterrestre, o acuaterrestre: José Luis Argüello), que es tomado por un lunático salvo por la pandilla (IX). Así mismo, prevalece la llamada de Chanquete a huir del revanchismo (XI). No en balde, también el marinero tiene una historia del pasado que reflotar (y que cuenta a Julia) (XIII). Más otra del presente, cuando una empresa de especuladores le ofrece un apartamento a cambio de sus terrenos, cuando lo que Chanquete quiere es vivir en su barco (XVII). A ambos relatos corresponde Julia narrando el suyo, doloroso y catártico (VI).

Respecto al aspecto visual, cinematográfico, entresaco el bonito plano de unas flores por donde pasa la pandilla, camino de -lo que creen que es- la Cueva del Gato Verde, y donde alguien arranca una flor (X). El de los chicos con Julia, junto a la Dorada Tercera, la otra barca de Chanquete (XVIII); las fotografías que este atesora en un viejo arcón (íd.), con una caja de música que contiene la misma tonada que el marino ha venido interpretando al acordeón. Y otros momentos de afortunada intimidad. Esos donde la gente conversa cara a cara, tomándose su tiempo. Verbigracia, la conversación de Julia con Pancho en la playa, en el último de los capítulos; Tito y Piraña queriendo indagar acerca de eso del periodo, de la regla… (VII), o la charla de Quique con su padre (Fernando Hilbeck), a la que se suma la de este con su esposa (Concha Leza), mientras el matrimonio camina por la playa, en el que es uno de los mejores capítulos de la serie (XVI). Ese que incluye el guateque que los padres organizan para los hijos, pero que acaban haciendo suyo. Hasta que se constituye un festejo paralelo, alternativo.


Parece que hoy en día se está más conectado que nunca a través de las distintas aplicaciones. Es una ilusión. Lo que observo es que la gente está tan comunicada o incomunicada como de costumbre; tan unida o tan sola como siempre.

Como se suele decir, es ley de vida. Y las leyes, que a veces gustan de huir de la justicia, no siempre son cabales. No se trata de mitificar el pasado, sino de incorporarlo, cuando sentimos que existen elementos que incorporar. Sin él, difícilmente podemos tener conciencia del presente y el futuro.

En fin, cuando los espacios y programas tenían su cabecera correspondiente, con una melodía que los identificaba, sin necesidad de adherir los títulos de crédito de forma atropellada a las imágenes, ni empezar con un complot dialógico contra el espectador, como si fuera un arma arrojadiza, series como Verano azul establecieron su propia mítica. La que ha sabido proporcionar esa privilegiada máquina del tiempo que se reviste de celuloide y sus derivados. Máquina en la que a muchos nos gusta subir con frecuencia.

Escrito por Javier Comino Aguilera


El proyecto Adam, de Shawn Levy

10 agosto, 2022

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Cuando echamos un vistazo a la carrera de determinados actores, es fácil notar cómo hay ciertas personas que acaban ejecutando papeles similares entre sí, como si se hubieran especializado en un determinado rol en el que están cómodos y en el que suelen destacar, algo a lo que también llaman encasillarse. Seguramente acudan a vuestra memoria varios nombres de candidatos a esta descripción. No obstante, no debemos entenderlo como algo negativo, pues eso puede llegar a permitir al actor alcanzar cierta maestría en un género concreto y no todas las personas poseen versatilidad para ejercer distintos papeles con la misma capacidad de dominio. Por supuesto, también se incluyen aquí a esos intérpretes que acaban ostentando un sello personal, aunque este no sea deslumbrante, en el que se embarcan en proyectos muy similares con roles que son hermanos, llegando a parecer que, en realidad, están interpretando al mismo personaje en historias diferentes.

Estas circunstancias son visibles en los últimos años de la carrera de Ryan Reynolds (1976), que ha acabado encajando en el perfil habitual de héroe de acción burlesco, en obras que suelen llegar a parodiar los clichés de las películas de acción y buscan también bromas y chistes zafios o escatológicos. Aunque, a su vez, ha logrado también proporcionar cierta ternura a sus personajes, mostrándolos en ocasiones como personajes inocentones o que tratan de eludir sus responsabilidades con un carácter más infantil. El éxito de este tipo de roles en la carrera de Reynolds comenzó con Deadpool (Id., Tim Miller, 2016). Esta película supuso su reconciliación con el género de los superhéroes tras el fracaso de Linterna verde (Green Lantern, Martin Campbell, 2011), del que se burla gracias al carácter rupturista con la cuarta pared del antihéroe Deadpool. Con ese estilo desenfadado de acción cómica ha continuado, por ejemplo, en El otro guardaespaldas (The Hitman's Bodyguard, Patrick Hughes, 2017), en Deadpool 2 (Id., David Leitch, 2018), en Free Guy (Id., Shawn Levy, 2021), en Alerta roja (Red Notice, Rawson Marshall Thurber, 2021) e incluso dio voz a un cascarrabias Pikachu en la simpática Pokémon: Detective Pikachu (Id., Rob Letterman, 2019).

Esta última tiene un carácter más juvenil, algo que también encontramos en El proyecto Adam (Shawn Levy, 2022), que hoy comentamos. Una película que podemos considerar de carácter familiar, que entremezcla elementos de ciencia ficción fantástica con acción, comedia y drama a partes iguales. El director de la película, Shawn Levy (1968), está acostumbrado a este tipo de cine familiar y cómico, con títulos como Doce en casa (Cheaper by the Dozen, 2003), el remake de La pantera rosa (The Pink Panther, 2006), Noche en el museo (Night at the Museum, 2006) o Noche loca (Date Night, 2010), aunque también me gustaría recordar Acero puro (Real Steel, 2011), donde aborda el tema de la relación paterno-filial con un fondo de ciencia ficción, como sucede en este caso, así como su colaboración como productor y también director de algunos episodios en Stranger Things (2016-).


Nada más comenzar la película seremos testigos de un prólogo en el que el piloto Adam Reed (Ryan Reynolds) viaja en una especie de nave espacial para escapar por un agujero de gusano. Su destino aún es incierto, pero la película nos muestra de forma evidente que está siendo perseguido. Poco después, situándonos ya en 2022, acompañaremos a un joven Adam (Walker Scobell), de 12 años, en su vida diaria, marcada sobre todo por el reciente fallecimiento de su padre, Louis (Mark Ruffalo). El niño muestra un carácter irritante y bocazas, que también le sirve de fachada para evitar hablar de aquellas cuestiones que realmente le importan. Durante una noche en que su madre, Ellie (Jennifer Garner), ha salido para tener una cita, un extraño llega a casa. Nuestro joven protagonista tardará poco en descubrir que se trata de su versión futura, que ha viajado al pasado desde un 2050 distópico, en el que una empresaria, Maya Sorian (Catherine Keener), se ha hecho con el control de los viajes en el tiempo. No obstante, el objetivo principal de Adam no es salvar al mundo, sino encontrar a su esposa, Laura Shane (Zoe Saldana), desaparecida durante un viaje en el pasado.

Así pues, hay dos tramas principales, pero la película ofrece más detenimiento y cariño a una de las dos, que nos ofrece, sin duda, las mejores escenas de la obra. La primera trama es la salvación del mundo gracias al viaje en el tiempo que realiza Adam. Es el apartado de la acción, que reúne naves espaciales, persecuciones terrestres o combates coreografiados tanto con armas a distancia como con armas blancas del futuro, es decir, hechas con láser o campos gravitatorios (incluso se elude directamente a Star Wars y su célebre sable láser). Es su apartado más espectacular, pero también más simple. La trama apenas es complicada en cuanto se detienen a explicar por encima, incluyendo el carácter más fantástico de su ciencia ficción, ya que en ningún momento se explica cómo funcionan los viajes temporales ni tampoco se detienen demasiado en sus consecuencias. Por ejemplo, los enemigos se volatizan en el aire porque no pertenecen a este tiempo. De la misma forma que los cambios realizados en el pasado provocan que los viajeros olviden lo sucedido. O, por ejemplo, las naves están asignadas por ADN, por lo que solo Adam puede pilotar la suya. Son reglas básicas que hasta el protagonista infantil puede comprender, sin mayor profundidad. Por cierto, no faltan las referencias a Regreso al futuro (Back to the Future, Robert Zemeckis, 1985) o a Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984), lo que también nos da una pista del tipo de cine que trata de emular.


Por tanto, la trama de acción avanza mediante la persecución y los viajes temporales, que son muy pocos, y suele contener muchas explicaciones o narraciones de personajes que sustituyen a lo que podrían haber mostrado en pantalla. Es decir, dentro de cierto ahorro económico, esta trama es la que menos escenas para profundizar en sus personajes nos ofrece, lo que provoca que un personaje en principio relevante como Laura, la esposa perdida, acabe siendo un personaje desdibujado y prácticamente un Macguffin, mientras que notamos cómo la actriz Chaterine Keener no parece cómoda en un rol tan encorsetado como el de esa villana clásica y maniquea que interpreta, que ni siquiera es capaz de plantear dudas sobre su maldad, aunque lo intente. Es más, incluso el personaje de Louis tiene más importancia por la otra trama que por esta, a pesar de que se supone que es el teórico que inventa los viajes en el tiempo.

Porque la segunda trama es la orfandad. Ambos protagonistas, tanto en versión adulta como en infantil, están marcados por la pérdida de su padre y esto supone un eje vertebrador en la historia para ver cómo se desarrollan los personajes principales, es decir, la familia Reed. Es el tema que más se aborda y sobre el que acaba pendulando toda la obra, observándolo desde varias perspectivas diferentes. De ahí que antes advirtiéramos que la trama de los viajes en el tiempo parece ser casi una excusa para realmente analizar el duelo de los personajes, por ello los personajes relacionados con aquella trama apenas tienen desarrollo, mientras que los pertenecientes a esta segunda trama gozan de mayor profundidad psicológica. Ahí tenemos, por ejemplo, al adulto que trata de disimular que lo ha superado, pero que se sigue sintiendo huérfano, el niño que llama más la atención a su alrededor, pero que es incapaz de expresar su dolor o de percibirlo en los demás, la madre que trata de evitar que su hijo note su propio dolor y siente que todo se escapa de su control y, finalmente, el propio padre, que al ser consciente de su futuro fallecimiento, trata de consolar y aliviar el duelo de sus hijos. Precisamente, las mejores escenas y diálogos de la obra abordan esta trama, como la preciosa secuencia en el bar entre Adam adulto y su madre o la conversación en el motel entre ambas versiones de Adam sobre la diferencia entre el enfado y la tristeza. 


Todo el conjunto está barnizado con un toque humorístico que encaja con el perfil de Reynolds, aunque esté comedido y no llegue a ser cargante. No faltan sus comentarios hacia el enemigo, algunas salidas de tono o la escena de carácter más subido con Zoe Saldana. También encontramos bromas a partir del comportamiento similar de las dos versiones del protagonista, por ejemplo, cómo el niño es apaleado por unos compañeros de clase y la versión adulta se venga. Aunque su principal característica es su locuacidad, presente desde las primeras escenas de su versión infantil.

En conclusión, resulta evidente que lo primordial en la película es su lado emocional, por ello, si logra hacerte conectar con ese aspecto y, además, aprecias los toques de acción y fantasía de ciencia ficción aunque no tengan ninguna profundidad y perdonas (o incluso te gustan) algunas torpezas en el apartado cómico, disfrutarás de esta obra. Aún así, me sorprenden las críticas que se centran en desdeñarla como entretenimiento puntual y familiar, cuando creo que es precisamente lo que buscaba ser esta película. A veces prevalece en la opinión general cierto ansia por quedar deslumbrado ante la pantalla. Es cierto que El proyecto Adam no es innovador, incluso podríamos decir que es un evidente homenaje a una corriente ochentera de hacer películas que no duda en homenajear de forma directa, pero funciona en conjunto y logra sentirse familiar, en ambos sentidos. Acaba siendo una mezcla de sencillez, entretenimiento y emoción que, en algunas ocasiones, es más que suficiente.

Escrito por Luis J. del Castillo



Animando desde Oriente (XXIII): El castillo ambulante, de Hayao Miyazaki

05 agosto, 2022

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Esta reseña comenta y explica cuestiones relativas al argumento. Atención, spoilers.

Hay artistas que dejan su huella en todo lo que crean de forma irremediable. El estilo y las temáticas que aborda Hayao Miyazaki (1941) no son exclusivas de él, pero sin duda ha sabido emplearlas para crear un sello identificable a la legua. Tanto es así que sin él, ni sin Isao Takahata (1935-2018), podemos dudar sobre la viabilidad de un Studio Ghibli que no ha sabido reinventarse ni encontrar una voz tan personal como la de Miyazaki. Incluso es notable cómo quienes tratan de imitar el estilo artístico del estudio, en realidad imitan su estilo, ya que si observamos otras obras producidas por Ghibli encontraremos enfoques diferentes. 

Podemos destacar aquí la labor de Takahata de intentar innovar con películas como en El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari, 2013). Por lo que comentábamos antes, es también muy sencillo rastrear cuáles han sido las inquietudes constantes del director japonés, que han estado presentes desde sus inicios, incluso de forma previa a la fundación del estudio de animación que hizo célebre. Lo vimos, por ejemplo, en nuestro comentario a Nausicaä del Valle del Viento (Kaze no Tani no Naushika, 1984).


De ahí que, cuando Miyazaki adapta una obra que ya existe, la impregne de su voz y lo haga con tanta delicadeza que ni siquiera los creadores originales pueden más que celebrar el resultado, tal fue el caso de Diana Wynne Jones (1934-2011) cuando pudo contemplar la adaptación de su novela El castillo ambulante (Howl's Moving Castle, 1986), que hoy comentamos. Porque, en efecto, cuando contemplamos El castillo ambulante (Howl no Ugoku Shiro, 2004), podemos notar cómo se aleja de la novela original en bastantes puntos. Por ejemplo, borra todo el modelo similar a El mago de Oz (The Wonderful Wizard of Oz, Lyman Frank Baum, 1900) que empleaba Wynne Jones y otorga un carácter más fantástico a este universo, que pasa a ser una versión alternativa de una sociedad de inicios del siglo XX, con su maquinaria de guerra voladora, pero todavía dependiente de una infantería numerosa... y de magos. Y, a su vez, sabe escoger lo más relevante de la obra original, como es la evolución de su protagonista, Sophie, y su relación con el mago Howl. A su vez, añade su inquietud antibelicista, no presente en la novela, y dota de mayor vida, como veremos, a la naturaleza frente a lo artificial, en su defensa habitual del medio ambiente, mucho menos presente de forma directa que en otras de sus obras. Hay otras diferencias en cuanto a las tramas o el uso de personajes que provocan que película y novela propongan dos visiones diferentes de una historia central, pero sin restar ningún ápice de interés a ambas.



La historia se centra en Sophie, una joven que trabaja en la sombrerería de su fallecido padre. Nada más empezar, Miyazaki nos muestra un retrato idóneo de la personalidad de la muchacha: es solitaria, vive apartada de los demás, como muestra al rehuir las multitudes, algo asustadiza, pero, a la vez, muy responsable y trabajadora. Todo ello nos lo muestra el director con las acciones del personaje, que empezará a cambiar desde el momento en que se vea presa de una maldición que la convierte en una anciana. A partir de ese momento, encontramos a una mujer regia y fuerte, que a pesar de sus recientes dificultades físicas, pone todo su espíritu y empeño en conseguir salir adelante y encontrar una solución, aunque eso suponga adentrarse en el hogar del terrible mago Howl. 


Lo que en principio era una maldición que le había echado la Bruja del Páramo, en venganza por haber paseado junto a su amado y deseado Howl, acaba convirtiéndose en una liberación, ya que, como ella misma confesará a lo largo de la película, la vejez le ha permitido ser sincera, decir lo que piensa sin tener reparo y no tener ya ningún miedo (Al menos, una ventaja de ser vieja es que ya no tienes miedo de nada). De ahí que sus comentarios constituyan parte de la comedia de la película, ya que pasa a pensar en voz alta frente a lo silenciosa que era de joven. Por ejemplo, al llegar al castillo, comenta que no cree que Howl quiera comerse el corazón de una vieja achacosa como yo, en relación a los rumores de que el mago devoraba los corazones de las mujeres Precisamente, cualquier cabezonería que se le pase por la cabeza la cumple, llegando a tener ese carácter bromista, como cuando trata de asustar a una joven clienta diciendo que es una de las brujas más horribles. No obstante, toda esta fachada, creada a partir de la maldición, esconde otras de sus características reales: su fragilidad, su bondad y su fuerza. Por ejemplo, cuando ayuda al espantapájaros encantado desinteresadamente, pero a la vez no tiene reparos en decirle que su cabeza, que es un nabo, es una de las verduras que siempre he odiado. Por cierto, cabe destacar que en los momentos en que estas características se revelan, normalmente influidas por su creciente amor hacia Howl, ella rejuvenece sin darse cuenta. 



Como podemos comprobar, Sophie es un tipo de heroína diferente a lo habitual, pues parte de una situación de vejez que es algo inusual en el terreno cinematográfico. No porque sea una temática que no se haya abordado, pero en este caso se encara con una vitalidad y una fuerza inauditas. Ya mencionábamos antes que para nuestra protagonista, su maldición se convierte en una liberación. Además, en la película, se reivindica el rol de cuidador compasivo, de persona que sabe comprender a los demás y también poner en orden sus vidas. Desde que llega al castillo de Howl, Sophie remueve y renueva todo su interior ejerciendo como limpiadora, pero también como agente activo en los cambios que se van a producir en sus habitantes. Ella es quien le ofrece un nuevo paradigma existencial a Markl, el joven aprendiz de Howl, a Calcifer y, en última instancia, al propio Howl. Pero, además, con sus actos a lo largo de la película, logra que otros personajes evolucionen y crea vínculos entre todos, como bien demuestra el caso de Navet, el espantapájaros hechizado, Heen, el perro de Suliman, o la propia Bruja del Páramo, de quien hablaremos más tarde. Cabe destacar, por ejemplo, la relación maternal que se establece entre Sophie y Markl, aunque implicando también al niño en las tareas. O la complicidad que surge con el chulesco Calcifer, aceptando el demonio del fuego las peticiones de la protagonista aunque ella no sea Howl o incluso aunque no le apetezca. 


No obstante, el personaje para el que Sophie supone un mayor impacto es Howl. La personalidad frívola del personaje choca al principio con la protagonista, que no comprende las acciones despreocupadas del mago, su ligereza o sus continuas ausencias, aunque tampoco puede dejar de admirar su determinación y agudeza, que irán ganado terreno conforme avance su relación. El punto culmen de este choque lo veremos cuando la limpieza de Sophie estropee las pociones con las que Howl se teñía el pelo, entrando en una depresión palpable, nunca mejor dicho. La importancia que le da al aspecto físico choca con la visión de Sophie, que se siente desgraciada por no haber tenido, según expresa, esa belleza nunca, y menos ahora hechizada como una anciana. Precisamente, nunca sintió ningún peligro en la amenaza de que Howl pudiera llevarse su corazón porque nunca pensó que se pudiera fijar en una chica normal como ella. Su frustración acaba en llanto bajo la lluvia, pero se recompone y es capaz de solucionar el lamentable estado del mago.



Uno de los temas cruciales que se aborda en la película y que está íntimamente relacionado con Howl es el de la guerra. Advertíamos al principio que Miyazaki impregna de antibelicismo su obra y así podemos observar cómo sus protagonistas suelen buscar soluciones pacíficas a sus problemas. Es más, en algunos casos ni siquiera existe un conflicto bélico como tema central. En este caso, la guerra era un telón de fondo, pero el director lo coloca en primer plano al ser uno de los motores que mueve inevitablemente a los personajes. En el caso de Howl, huye de sus responsabilidad y de su implicación en la guerra usando diferentes domicilios e identidades (Jenkis y Pendragón) para evitar que lo encuentren y deba alistarse. Al menos, ofrece esa apariencia de irresponsabilidad, cuando en realidad su deseo es evitar el conflicto. Como se descubrirá por sus posteriores intervenciones, es consciente de lo que hace: se autodenomina cobarde por no acudir a la llamada del rey, pero a la vez mantiene un tono serio cuando se refiere a la guerra, señalando que es un acto absurdo (también Sophie e incluso la Bruja del Páramo la despreciarán abiertamente). En efecto, no es cobardía, sino honestidad; no quiere participar en el absurdo de una contienda bélica que solo está sirviendo para quemarlo y arrasarlo todo, como también nos muestra en imagen Miyazaki. Como detalle, podemos destacar la rotundidad de Howl al referirse a los magos que sí están en el frente, a los que considera que se han convertido en bestias sin humanidad, que nunca volverán a ser humanos ni recordarán haberlo sido, habiendo sido engañados por el poder dominante, que ha sacrificado sus vidas en un sinsentido.


No obstante, cuando avance la trama, irá asumiendo ciertas responsabilidades, porque poco a poco asumirá sus sentimientos por Sophie. Como él mismo le revelará en el último tercio de la película, ahora tiene algo que proteger. Aunque para ello tenga que abusar de la magia y convertirse cada vez más en una bestia. Uno de los efectos del uso de la magia es cómo esta devora la humanidad de Howl provocando que sea cada vez menos humano. Sin embargo, Sophie es capaz de ver más allá de esa imagen monstruosa y también de las apariencias que ha creado a su alrededor. Es más, aunque en varias ocasiones se cuestiona a Sophie sobre su posible enamoramiento hacia Howl, ella misma lo revela ante Suliman, la maestra de Howl y maga real, encargada de reclutar y castigar a los magos. En su encuentro, le defiende: Howl no es un hombre sin corazón, puede ser egoísta y cobarde, y a veces es difícil entenderle, pero sus intenciones son buenas. Él solo quiere ser libre. Howl no va a venir y no necesita su ayuda. Él solo puede resolver sus problemas con ese demonio



Este encuentro, que se enmarca justo a mitad de la obra, muestra también cómo ella rejuvenece al tomar valor para decir estas palabras y enfrentarse a Suliman. Además, es crucial para el posterior desarrollo de la obra, pues a partir de este momento, mejora sustancialmente la relación entre Howl y Sophie, él mejora las condiciones del castillo y acogen a la Bruja del Páramo, que ha sido desahuciada de sus poderes por Suliman. Así, finalmente, el mago tratará no solo de ponerla a salvo, sino también de agradarla, mostrándole el jardín donde pasó parte de su juventud y creándole una casa similar a la sombrerería, pero creando una floristería en su lugar. 


Aprecio en esta parte de la película una elipsis temporal que no se menciona, pero que justificaría el desarrollo posterior, pues se menciona que el mago lleva bastante tiempo sin regresar a casa o se da por hecho el trabajo en una tienda, suponemos la floristería que le promete el mago, que nunca se muestra en pantalla. Así pues, Howl y Sophie son capaces de ver el uno en el otro su auténtica realidad más allá de las apariencias (es significativo que el mago pueda verla rejuvenecida mientras duerme) en las que se ven envueltos por sendas maldiciones y por puros principios morales. Solo con su ayuda mutua pueden salir adelante y, de paso, salvarse mutuamente. Incluso podemos considerar que Sophie llega a intervenir en el pasado de Howl para que este acabe buscándola en el futuro.



A nivel de desarrollo de personajes y temáticas, debemos señalar dos casos concretos más: la Bruja del Páramo y Suliman. De nuevo, es recurrente en la carrera cinematográfica de Miyazaki no encontrar maniqueísmo absolutos. Sus personajes son imperfectos y no suelen caer en ser buenos o malos de manera completa. Es más, en muchos casos acaban siendo justos incluso habiendo actuado mal a lo largo de la obra o perdiendo al final de la misma, o por lo menos logran recapacitar. Así podemos observar el caso de Lady Eboshi en La princesa Mononoke (Mononoke Hime, 1997), el de Yubaba en El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001) o el de Fujimoto en Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, 2008). En este caso, hay dos antagonistas. La primera es la Bruja del Páramo, que es quien maldice a Sophie. Esta egoísta y engreída hechicera acabará su periplo a mitad de la obra, cuando sea despojada de sus poderes y convertida en una anciana prácticamente incapacitada. Curiosamente, esto servirá para ensalzar a la protagonista, que lejos de actuar con rencor, la acogerá y cuidará con ternura y cercanía, compadeciéndose de su situación y actuando con bondad. Resulta curioso considerar que este mismo personaje cometerá una última torpeza al provocar daño a Calcifer y, por tanto, a Howl, pero le devuelve el cariño recibido a Sophie y actúa con benevolencia final.


El otro caso es más peculiar. En consideración personal, creo que Suliman es un personaje que representa el poder y el control sobre los demás. Desde su trono en el castillo, muestra un auténtico desprecio por la libertad individual, considerando degenerados a los magos que no siguen sus directrices ni se alistan al ejército que está creando, aún conociendo las consecuencias. Cabe destacar que su séquito está representado por jóvenes idénticos unos a otros, que son leales y obedientes. Desprecia la vida que ha elegido Howl porque considera que desperdicia su talento y castiga a la Bruja del Páramo sin darle posibilidad de un juicio justo o de un camino alternativo. No obstante, al final de la obra, todo se olvida. Ella misma asevera: Se acabó el juego. Vamos a poner fin a esta guerra sin sentido. Lo que da a entender que era algo que estaba en su mano, pero que evitó para mantener ese control. Creo que es uno de los personajes que acaba peor parado en el retrato que le hace Miyazaki si atendemos a sus actos.



Por último, debemos mencionar cómo Miyazaki desarrolla ciertos aspectos a nivel temático y técnico; como primer comentario, quiero destacar el uso de la iluminación a lo largo de toda la película. En segundo lugar, el director opta siempre por ensalzar lo natural y lo artesanal, como podemos apreciar en los bellos paisajes que plantea o en los colores cálidos y agradables que usa para el retrato de la sombrerería o del hogar de Howl; .. Por contra, todo lo mecánico o artificial suele ir acompañado de colores oscurecidos y cuentan generalmente con humo negro. Un caso excepcional es el propio castillo ambulante, del que nos ofrece la imagen de un monstruoso ser que simula ser orgánico (podemos percibir ojos y boca, con forma de batracio), pero que es una máquina. No obstante, su humo es blanco y es evidente que Miyazaki quiere subrayar tanto el carácter hogareño de este lugar como sus propiedades mágicas. En realidad, funciona como un personaje más de la obra y cuenta con su propio corazón, que es el demonio Calcifer. 


En relación a esta cuestión, y en tercer lugar, debemos señalar una de las carencias habituales en Miyazaki, si podemos considerarla como tal. El director obvia las explicaciones. Los mundos mágicos que aborda en todas sus obras son así sin mayor desarrollo ni justificación. Apenas se explica el funcionamiento de la magia en la obra, solo acontece, aunque podemos intuir algunas cuestiones. Tampoco se desarrolla el tema de las estrellas fugaces y de los demonios. En general, todas estas cuestiones no se abordan, solo debemos aceptarlas dentro del juego de la ficción y de la fantasía en la que nos envuelve el director japonés en sus obras. De la misma forma que es inevitable encontrar artefactos aéreos en sus películas, por su gran afición a los aviones.



En cuarto lugar, no podríamos finalizar este comentario sobre El castillo ambulante sin hacer referencia a Joe Hisaishi (1950), compositor habitual de Ghibli y piedra angular de las obras de Miyazaki. La banda sonora de esta película está muy cuidada y tiene un tono romántico y mágico que envuelve perfectamente cada escena, además de tener características más propias de la música europea, de la que bebe. Quiero destacar el leitmotiv que inunda varios de los temas de la banda sonora con formato de vals y que representa a Sophie (y su relación con Howl), pudiendo encontrarlo en Merry-go-Round, Stroll Through the Sky, Wandering Sophie, A 90 Year Old Young Girl, el más melancólico y brevísimo Heart Aflutter o el lento Now That's Love. Peor también quiero destacar dos temas que quizás sean menos populares, pero demuestran la misma fuerza, ambos representativos del pasado de Howl y con el mismo enfoque: The Secret Cave (también Cave of the Mind) o el completo The Boy Who Drank Stars.


En conclusión, El castillo ambulante es una de las grandes películas de Miyazaki. Sus temáticas la hacen singular dentro de su paradigma, pues aborda una historia de menos acción o aventuras, alejándose del tono de, por ejemplo, El castillo en el cielo (Tenkū no Shiro Laputa, 1986), Nausicaä del Valle del Viento o La princesa Mononoke, pero con la misma magia, la misma calidad artística y musical y una historia llena de amor, reivindicación de la vejez y antibelicismo.


Escrito por Luis J. del Castillo



Para el sábado noche (CXIX): Los nuevos centuriones, de Richard Fleischer, y El trueno azul, de John Badham

02 agosto, 2022

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Dos formas de entender el policíaco. Las dos distintas pero apasionantes. La primera responde al sugestivo título de Los nuevos centuriones (The New Centurions, 1972), una realización del espléndido Richard Fleischer (1916-2006), en torno a la propuesta novelística de Joseph Wambaugh (1937), el mismo autor de Campo de cebollas (The Onion Field, 1973). Si nos situamos, comprobamos que esta película es una más que notable muestra de cine policiaco seco, áspero, característico de aquella época que supo reflejar con desacostumbrado realismo la eclosión de escaladas al poder de tres al cuarto y a toda costa, y los callejones de podredumbre de las grandes urbes, en consonancia con títulos fundamentales, algunos hasta fundacionales, como El detective (The Detective, Gordon Douglas, 1968), Brigada homicida (Madigan, Donald Siegel, 1968), Bullitt (Íd., Peter Yates, 1968), Ciudad violenta (Città violenta, Sergio Sollima, 1970), Contra el imperio de la droga (French Connection, William Friedkin, 1971), Harry, el Sucio (Dirty Harry, Donald Siegel, 1971), Las noches rojas de Harlem (Shaft, Gordon Parks, 1971), Pánico en la calle 110 (Across 110th Street, Barry Shear, 1972), Serpico (Íd., Sidney Lumet, 1973), San Francisco, ciudad desnuda (The Laughing Policeman, Stuart Rosenberg, 1973) o Desafío (Mr. Ricco, Paul Bogart, 1975). Obras cuya perturbación atacaba no solo al ecosistema, sino, de forma muy específica, a las personas, como bien quintaesenció Taxi Driver (Íd., Martin Scorsese, 1976), con guión, no se olvide, de Paul Schrader (1946), pero que ya antes había desembocado en la oscuridad de la magnífica La ofensa (The Offence, Sidney Lumet, 1972). Todo esto, sin el glamour luminiscente procurado por la década siguiente, es decir, mucho antes de la sofisticación y apostura -en el mejor sentido- de Arma Letal (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987) y sus adláteres.

Pero desde un punto de vista, no diría que más humano, pues las otras muestras citadas también lo son, sino abiertamente humano, destaca Los nuevos centuriones. Lo veremos. No en vano, la pieza fue adaptada del excelente material de partida por el avezado y eficaz Stirling Silliphant (1918-1996), parece que con alguna intervención no acreditada de ese curiosísimo personaje que fue -y es- Robert Towne (1934), con fotografía de Ralph Woolsey (1914-2018), decorados de Boris Leven (1908-1986), y música de Quincy Jones (1933).

Lo primero que cabe destacar es el acerado retrato de unos seres falibles, como cualquier hijo de vecino. Con lo que no se pierde nunca de vista ese componente humano al que antes aludía. Firmeza, de una parte, aun siendo esta progresiva en el caso de los recién llegados al cuerpo, y fracaso, frustración o desanimo, según el grado de nihilismo y personalidad. Vaivenes constitutivos de toda vida laboral.

En Los nuevos centuriones, el recién llegado es Roy Fehler (Stacey Keach, actor por el que siempre he sentido especial predilección), y el veterano, Andy Kilvinski (el enorme George C. Scott, a pesar de sus idiosincrasias). Ahora bien, aunque en la película sobresalgan los personajes encarnados por Keach (1941) y Scott (1927-1999), también poseen importancia algunos roles de soporte, otros compañeros de oficio, como el novato Gus Plebesly (Scott Wilson), o el más curtido Whitey (el característico Clifton James, al que recordamos en sus simpáticos roles para sendos films de James Bond -y del que pronto volveremos a tener noticia-).

Otro compañero, Sergio Durán (Erik Estrada), comenta en determinado momento que él ansiaba escapar de la zona este como delincuente pandillero, cuando lo cierto es que ha regreso a ella -y a sus malos recuerdos- como agente de policía. El anhelado oeste, incluso en un relato ambientado en época moderna -la excelente década cinematográfica de los años setenta-, pero de innegables reminiscencias western.


Esta equiparación entre el western y el policiaco se fue convirtiendo en una zona atractiva y transitada gracias a este último género. A su vez, el cariz clásico que denota el título original y en español hace alusión a esas figuras poderosas, pero no indestructibles, cuando no contradictorias, aunque de buen corazón, que son los protagonistas, los cuerpos y fuerzas de seguridad, en su fisonomía más coral. Y ya sabemos que el “corazón” es lo primero que a veces nos falla.

Estos nuevos centuriones se debaten entre la campechana camaradería y un rosario de incidencias de desigual intensidad. Están los turnos y los compañeros de ronda. La rutina y ciertas líneas rojas, que a veces se esgrimen y sobresaltan bajo los destellos de las luces azules. En esta labor de vigilancia y observancia de la ley, la pertenencia a pandillas juveniles o la prostitución, afloran como vías de expresión de una consecuente insatisfacción urbanita, pero también como resultado de la carencia de una cultura que, se desconoce, es el único factor que siempre ayuda al ser humano a mantenerse a flote. Los apartamentos, mejor o peor dispuestos, son así mismo testigos del día a día de familias diferentemente avenidas, también entre los policías. Como apenas escapa a la supervisión, o el espionaje, merced a la intromisión de la cámara, la tremenda compañía de la soledad. Por ejemplo, la que aqueja a Andy Kilvinski y va a experimentar Roy, en esa pulsión fluctuante en que se ha convertido su vida, tan entrometida y ligada al trabajo.

Veterano y novato. Un círculo que pretende desprenderse de los vicios, sin apercibirse del deterioro individual durante el trabajoso proceso. Tal como refleja la vida en construcción -o demolición- de Roy con su esposa Dorothy (Jane Alexander). Me gusta recorrer las calles, declara el marido. Probablemente, su “declaración” más sentida. Y es verdad que disfruta con ello. Para pesar de su compañera, que observa cómo, en cierta medida, Roy le está engañando con otra. La calle.


En efecto, el policía ha descubierto una nueva adicción, la del trabajo. Además del humano -nuevamente- apoyo a sus compañeros, en lucha continua contra el arbitrio de las sucesivas y cambiantes disposiciones policiales, por parte de los políticos de turno. Preceptos asumidos con rigidez por el sargento Anders (el estupendo James Sikking), reglamentado, ortodoxo y aburrido hasta la médula, sin gracia. Una camaradería que a veces, por lo tanto, no se da, por los motivos o química que sea, dependiendo de las distintas personalidades. A Anders se suma el nuevo compañero de Roy, Johnson (William Atherton), con el que no se compenetra, por motivos ya muy diferentes. Con lo que, pese a la jubilación de Andy, su presencia y veteranía confortadora es siempre bien recibida. Nosotros sí vemos a las víctimas, le recuerda Andy a Roy.

Luego está el escenario. Sucio. Real. Apaleado. Como el de esas y otras tantas producciones, con sus fosforescentes supermercados y tiendas de licores abiertos toda la noche. En este sentido, Richard Fleischer hace continuo alarde de su buena disposición para la realización, no aparentando estar nunca detrás de las cámaras. Ejerciendo una medida y versada planificación, que está, pero no está. Como rubrica el tiroteo en un aparcamiento, o a la hora de abordar asuntos peliagudos, cuando aún se penalizaba a los llamados “maricas” en zonas públicas de ligue. Conviene contextualizar, obviamente. Una represión con la Roy (al igual que Frank Sinatra [1915-1998] en la ya mencionada y ejemplar El detective), se siente a disgusto, cuando entra a formar parte de la rimbombante -pero auténtica- Brigada de la Represión del Vicio. No es lo único, como hemos visto, a lo que tendrá que hacer frente el agente Roy en su progresiva madurez como policía. Difícil es encarar la sempiterna incomprensión de una cónyuge que no entiende -ni desea entender- que Roy le dedique tanto tiempo a su trabajo, máxime cuando este le puede poner en una silla de ruedas de por vida o mandarlo al barrio del que -por lo usual- no se regresa jamás.


Lidiar con las relaciones de pareja suele ser un destacado meollo en todos los relatos con policías a bordo. La respuesta que él da a Dorothy, en este sentido, resulta modélica. Aunque ella ya está decidida a abandonarlo (las dificultades de pareja han atravesado una fase de alcoholismo). Encontrar la estabilidad en la persona adecuada, comprensiva, sin dejar por ello de ser independiente, es algo que no se producirá hasta el encuentro de Roy con la enfermera Lorrie (Rosalind Cash). Una relación más madura -léase bien: no de consortes comprometidos desde los dieciséis años-, que le hará revalorar sus prioridades.

Antes hacía mención a la jubilación de Andy Kilvinski. Parece anecdótico, pero es un puntal esencial dentro de la estructura narrativa -y visual- de la película. Como un punto y aparte. Andy da la impresión de pertenecer a ese grupo de personas que tan solo sirven para realizar, de forma espléndida, eso sí, no ya un trabajo en concreto, sino única y exclusivamente su trabajo. Sin demasiada vida alrededor. En buena medida, es el precio de la profesionalidad. Intachable, no hay que dudarlo, pese a las bien recibidas irregularidades de Roy (el trato ofrecido a las prostitutas en una redada deviene divertido y familiar, en un proceder acostumbrado tan inamovible como respetuoso).

Como nota curiosa, en Los nuevos centuriones también tenemos ocasión de descubrir otros dos rostros carismáticos dentro del elenco de actores de soporte. Aun en participaciones breves, reconocemos a Anne Ramsey (1929-1988), inolvidable bruja mala de Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985), como la mujer que pide auxilio justo al final del relato, y al no menos expresivo Ed Lauter (1938-2013), en esta ocasión, de parte de la ley.

En la antigüedad, servir y proteger era labor que se puede rastrear incluso hace cuatro mil años, en Egipto, donde grupos organizados por el faraón tenían por objeto perseguir y castigar determinados delitos (sir ir más lejos, o más allá, la profanación de tumbas). En la Grecia clásica existía la figura del custodio de la ley, y en la China de la dinastía Shang, los alborotadores se las veían con todo un cuerpo de policía bien formado. La guardia pretoriana hacía lo propio en los dominios romanos (y seguro que daba gusto verlos con sus pertrechos). Como sabemos, durante la Edad Media, el orden y concierto dependía fundamentalmente de cada señor feudal. En cuanto a la conformación moderna de la institución, dicen que pudo deberse a Luis XIV (1638-1715), o bien derivar de la Santa Hermandad, creada en España en 1476, con el fin de mantener la paz en las distintas rutas de comercio y perseguir a los delincuentes del reino. Bien por los Reyes Católicos. La primera policía uniformada se crea en el París de 1829 (con tricornio, por cierto). El mismo año, por lo visto, que Scotland Yard. Nuestro nefasto -algo bueno tuvo que hacer- Fernando VII (1784-1833) es el responsable de la creación de la Policía General del Reino, allá por 1824. Antes que los franceses e ingleses. Y Cecil B. de Mille (1881-1959) dio fuste y esplendor a la Policía montada del Canadá (North West Mounted Police, 1940), fundada en 1873. Poco antes, en 1870, se instaura el primer laboratorio de policía científica, obra de Alphonse Bertillon (1853-1914). Luego los ayuntamientos inventaron las multas.

También en París, se instituye en 1883 la primera escuela de policía. Ciento un año más tarde, se estrena Loca academia de policía (Police Academy, Hugh Wilson, 1984).


En cuanto a la policía hoy, nos sigue enervando leer noticas en algunos diarios digitales, donde se evidencia la falta de respeto y dejación por parte de las denominadas altas esferas. Comisarías sin aire acondicionado en pleno verano, y con mala equipación, mientras el dinero desfila bajo nuestras narices hacia otras causas ideológicas sectarias en nombre de la seguridad de todos los ciudadanos.

Algo parecido es lo que se expone en El Trueno Azul (Blue Thunder, Columbia Pictures, 1982), más que estimable trabajo del interesante, aunque desde hace algún tiempo inactivo, realizador inglés afincado en EEUU, John Badham (1939). De enjundiosa carrera para mí. Por ejemplo, Badham procede con una planificación de apariencia improvisada, cuando lo cierto es que todo está bien medido y atado. Destaco ya un bello plano, breve pero simbólico, en el que el director muestra al protagonista, Frank Murphy (Roy Scheider), que acaba de llegar de noche a su vivienda, con la ciudad iluminada a sus pies. Es un agente de policía destinado a la vigilancia y prevención por vía aérea. Existe un plano similar en la anterior película, donde Kilvinski contempla la ciudad al atardecer, desde el balcón de su casa.

Pues sí, los policías de El Trueno Azul pertenecen a un cuerpo especial, la División Astro, del Servicio Aéreo de Vigilancia de Los Ángeles (EEUU). Con su correspondiente dosis de adrenalina, en el caso de Murphy, incluso cronometrada.

Ello ha de ver con cierto trauma heredado de Vietnam, y cierto grado de paranoia en la reincorporación a la llamada vida civil, con lo que Frank ha de someterse periódicamente a una revisión médica. Es este un punto que hermana a nuestro protagonista, interpretado con total convicción y perturbación por el gran Roy Scheider (1932-2008), con el de Firefox, el arma definitiva (Firefox, Clint Eastwood, 1982). No es la única analogía entre estas dos películas filmadas en el mismo año (si bien El Trueno Azul retrasó su estreno hasta 1983; en cualquier caso, prefiero consignar el año de la producción). Me refiero al hecho de que el corazón de todo el sistema operativo reposa en el casco del piloto. Un artilugio que lo conecta directamente con el aparato, en perfecta comunión y simbiosis. Como una extensión de la propia piel.


Eso será cuando Frank Murphy tome contacto con el nuevo prototipo de helicóptero que le es presentado, como en un baile de gala. Lo peor del caso es que el piloto asignado por las antedichas esferas resulta ser F. E. Cochrane (Malcolm McDowell), al que Murphy conoce demasiado bien. Cochrane es reglamentado, frío y anti empático. Con el escudo inmortal de la normativa y las disposiciones, una vez más, y la pretensión jactanciosa del trabajo bien hecho (que por lo visto solo desempeña él). Existen personas así. Lo único que Cochrane posee en común con Frank es una acusada inquina personal, una subyacente antipatía o desagrado natural, que se va a materializar en las alturas.

Bien. Ya tenemos al “bueno” y al “malo”, eso sí, con multitud de aristas, sobre todo el segundo. Falta el recién llegado, quien ha de proporcionar el punto de equilibrio necesario entre ambas posturas, y una visión de los entresijos organizativos de cara al espectador, felizmente acomodado en el asiento del piloto o el copiloto. Se trata del licenciado Richard Lymangood (Daniel Stern), proveniente del departamento de tecnología (aún no lo llamábamos informática), que se habrá de aclimatar con celeridad a su nuevo destino y destinatarios. Qué cantidad de gente hay ahí abajo, observa el joven copiloto en pleno vuelo. Esto permite a la nueva pareja, además de conocerse, disfrutar al alimón de la perspectiva, más o menos caballera, del privilegiado mirón. Fisgar sin ser descubierto. Una de esas aristas del guion oficiado por los estupendos Don Jakoby (-) y Dan O’Bannon (1946-2009). Observación tanto lúdica como destinada a la prevención de delitos, que también procura beneficios personales. Como demuestra la intrigante y bien ejecutada escena en la que el Trueno Azul escudriña la conversación que ha lugar en una habitación del Edifico del FBI, en pleno “corazón” o “cerebro” de Los Ángeles.


El punto de inflexión lo marca la agresión a Dianne McNeely (Robin Brantos), delegada de la Comisión contra la delincuencia urbana. Hilo de una sofisticada madeja tecnificada bajo la que se agazapan y sucumben las relaciones privadas, que han de servir de sustento a las profesionales. Incluidos los brotes verdes. Como sucede en la recomposición de la vida de Frank con una madre soltera, Kate (Candy Clark).

Ante todo, Frank es un buen policía. Uno de esos centuriones falibles pero con determinación y prestancia. Y unos valores o principios. Que demuestra cuando toma la decisión, estrictamente individual, no oficial, de volver al escenario de crimen. Es decir, a la vivienda de la delegada, que acaba de fallecer. En el otro espectro, se las habrá de ver no solo con Cochrane, sino con las personas que lo auspician y le dan cobertura tanto mediática como diplomática. A saber, los señores Iceland (Paul Roebling) y Fletcher (David Sheiner), que son presentados como personas de Washington. Como si poco más se pudiera añadir. Proponen a Frank probar ese nuevo prototipo, destinado a aumentar la vigilancia diurna y, sobre todo, nocturna. Con lo que ello supone de avance en la visión, audición y alevosía. El aparato incluye un termógrafo como identificador de personas. Vigilancia frente a seguridad del ciudadano, fina línea que no es difícil traspasar, tanto para hacer el bien como el mal. De hecho, en El trueno Azul difícilmente escapamos a la dualidad. Como evidencian esos maniquíes blancos, representantes del público de a pie, acribillados por el coronel Cochrane en su demostración de las virtudes -innegables- del helicóptero. Tecnología al servicio del ser humano, pero controlada por este: es decir, al albedrío del temperamento e intencionalidad de cada individuo.


Por fortuna para nuestro héroe, Frank cuenta con la compañía incondicional de Kate, que devendrá fundamental, además del quejicoso aunque recio apoyo del capitán Jack Braddok (Warren Oates), responsable de la División Astro. Junto con Richard Lymangood, se enfrentarán al siniestro plan THOR. En la retina y los monitores pervive la escolta que Frank le brinda a Kate en un autocine, y luego por las calles de la concurrida ciudad, en pos del desenmascaramiento de los mandamases y la confirmación de la inocencia mancillada de Frank. En definitiva, la escenificación de la lucha entre el más desvalido, a un nivel de poder político, e incluso socialmente, y el colectivo (FBI y manejo gubernamental, de los que Cochrane ha pasado a formar parte). Indefenso por vez primera en su vida frente a las armas de la política, Frank cuenta con su veteranía y disciplina para sobrevivir.

Finalmente, regresando al aspecto visual y estrictamente cinematográfico, conviene recalcar, en su faceta de espectáculo bien elaborado, la estricta planificación en el duelo aéreo del último tercio de la película. El enfrentamiento entre el petulante Cochrane y el renaciente Frank, a bordo del mermado pero aún imbatible Trueno Azul. Una planificación con el apoyo del storyboard y la fotografía de ese gran técnico que fue John A. Alonzo (1934-2001), en un tiempo en el que el trabajo artesanal con maquetas era notabilísimo. De mejores y más creíbles resultados que la impostura digital, de mucho más rápido envejecimiento, y apoyada en unos guiones cada vez más flojos, artificiosos y manidos. Como imagen final, sobresale el emblema de las Torres Arco, de Los Ángeles, con ese nuevo símbolo aún por definir, entre la protección y el hostigamiento, que entre tanto va recorriendo los intersticios aéreos de la populosa urbe.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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