Clásicos Inolvidables (CLXV): Trafalgar, de Benito Pérez Galdós

25 julio, 2021

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Cuando estudiamos el desarrollo de la historia, aprendemos nombres de acontecimientos que quedan encapsulados en nuestra cabeza como un hecho concreto, en una fecha concreta, que tuvo una serie de causas y de consecuencias. Pero, en ocasiones, no valoramos lo absurdo del hecho en sí. O cómo debió ser para los auténticos protagonistas, no quienes lo promovieron, sino quienes lo vivieron ajenos a las razones reales o a los sucesos posteriores. Incluso estos grandes acontecimientos no cambiaron nada de forma inmediata, sino que tuvieron su repercusión pasado un tiempo, por lo que quienes lo vivieron no sabían que habían vivido algo crucial o digno de ser recordado por las grandes letras de la historia, aunque sí por sus anécdotas personales.

Benito Pérez Galdós (1843-1920) quiso dar vida a esa historia y lo hizo a través de sus Episodios nacionales. No se trata de una obra sesuda y concienciada con el estudio historiográfico, sino un fragmento de existencia nacional a través del foco de sus personajes. La diferencia es clara: Pérez Galdós otorga sensibilidad, pensamiento y espíritu a los nombres huecos que forman las listas de héroes y fallecidos, a las calles célebres de nuestra historia y a los actos que ocupan apenas una línea al pie de página. Y sin restarle nada de credibilidad y documentación, pues el autor canario investigaba, buscaba testimonios y reunía toda la información más fiable posible para, después, dar aliento a la mezcla entre esa realidad y la ficción de sus personajes. 

Aunque debemos precisar que, a diferencia de otras novelas, quizás en Trafalgar (1873) no encontremos un desarrollo tan profundo de sus personajes como en otras de sus novelas, siendo más superficial por estar tan atado al acontecimiento concreto por encima de las acciones concretas de sus personajes. Por ejemplo, no hay tanto espacio para las relaciones entre personajes como en Marianela (1878) ni para el reflejo de la cotidianidad de novelas como Tormento (1884), La de Bringas (1884) o Miau (1888). No quiere decir que Galdós no deje lugar para mostrarnos a sus personajes, pero sin tanto hincapié como en otras obras de su trayectoria. Sobre todo encontraremos las explicaciones que nos proporciona la simpática voz de Gabriel de Araceli, protagonista y narrador de la novela.

Las tres edades, de Friedrich
Así tenemos tres partes en que podemos dividir esta breve novela. La primera nos presenta el panorama previo a la batalla a través del recuento biográfico que hace Gabriel desde su infancia hasta los prolegómenos de la contienda. Es un resumen en el que Pérez Galdós nos presenta a una familia cualquiera de Cádiz, que vive en Vejer de la Frontera, compuesta por un matrimonio algo mayor y una hija. Como herencia de la novela picaresca, aparte de la voz que narra su vida desde un presente, nuestro protagonista proviene de una familia de los bajos fondos en la que recibió maltrato físico, razón por la cual acabó huyendo y encontrando una familia a la que servir. Podemos precisar que nuestro narrador está más cercano a la trama vital del Lazarillo de Tormes (1554) que a las posteriores novelas que asentaron el género, como El Guzmán de Alfarache (Mateo Alemán, 1599) o El Buscón (Francisco de Quevedo, 1626), siendo más un adolescente aún pilluelo y travieso, poco entendido en los asuntos sociales, pero en plena formación y que recibirá a través de sus vivencias en Trafalgar las primeras grandes lecciones de su existencia, incluyendo la cercanía con la muerte, el enfrentamiento bélico o la toma de conciencia de que debía tomar las riendas de su vida. 

Indicamos esto porque la única decisión real que toma el protagonista la realizará al final de la novela, dado que en el resto de la obra irá a remolque de los deseos ajenos, que pertenecen a sus superiores, sobre todo a don Alonso, su amo. Aún así, tiene sus propios gustos y demuestra su individualidad. Por ejemplo, aunque es maltratado por su ama, doña Francisca, la prefiere a doña Flora, que le resulta demasiado empalagosa. En general, los personajes que componen Trafalgar son cotidianos, simples y directos, incluso rayan en algunos aspectos lo ridículo, como la obsesión de don Alonso y Marcial por las batallas marinas a pesar de no tener edad ni fuerzas reales; hay que tener en cuenta que a Marcial le faltaba prácticamente la mitad del cuerpo. Bien podemos encontrar una especie de alabanza al arrojo de los soldados como una crítica a un nacionalismo por el que los ciudadanos acaban arrojándose a la locura. Curiosamente, la voz de doña Francisca será la más sensata, aunque sea un personaje tópico de ama de casa severa y gruñona. 

También la subtrama amorosa es bastante simple y tópica: la hija del matrimonio, la amita doña Rosa, quiere a Rafael Malespina, con quien se compromete, aunque se casarán tras la batalla en la que también se ve obligado a participar Rafael. Gabriel está celoso ante Rafael porque a él le gustaba doña Rosa desde que eran niños, pero la novela subraya que se trata de un amor imposible, dado que pertenecen a mundos distintos. No obstante, será interesante la evolución de Gabriel ante sus propios sentimientos con respecto a Rafael, sobre todo en el último tercio de la novela.

Batalla de Trafalgar, de Juan Vallejo
El segundo tramo de la novela es la batalla en sí. Gabirel nos cuenta sus vivencias desde que embarca en el principal barco de la flota hispano-francesa, el Santísima Trinidad hasta que retorna a su hogar pasando por varias circunstancias. En primer lugar, destaca la forma en que Pérez Galdós narra las batallas navales. Como parte de un narrador protagonista, deberá recurrir a otros personajes que le narren a Gabriel lo sucedido en otros barcos. Todas suelen repetir el mismo esquema: la táctica que llevaron a cabo ambos bandos, la crudeza de la batalla, los intercambios de proyectiles y la posterior derrota, generalmente rindiéndose, intentando curar a los heridos y siendo abordados y controlados por los ingleses. Interesante es la reflexión sobre la cortesía entre enemigos tras el final de la batalla, que revela para nuestro narrador la absurdez de la guerra, convirtiendo a Trafalgar en una novela antibélica y contraria a los intereses políticos que llevan a los ciudadanos a la muerte.

No obstante, no olvida el escritor canario a los héroes caídos, dedicándoles un espacio considerable en la narración o, al menos, una mención necesaria. No faltan la honorable mención al vicealmirante Nelson, que lideraba la armada inglesa y enemiga, las críticas al vicealmirante francés Pierre Villeneuve por su táctica así como la valentía y el liderazgo del general Cisneros, encargado del Santísimo Trinidad, de Cosme de Churruca, a cargo del navío San Juan Nepomuceno, o de Federico Gravina, que logró regresar con su navío Príncipe de Asturias a Cádiz, sobre todo reconociendo cómo los líderes españoles se habían opuesto al plan del vicealmirante francés. A través de las crónicas oficiales y de los relatos de supervivientes de la batalla, Pérez Galdós recrea su participación y el desarrollo de la contienda. Destacan también los últimos sucesos del Rayo, en el que acaba Gabriel y que nos deja uno de los fragmentos más emotivos de la novela entre Marcial y nuestro narrador.

La muerte de Churruca, de Eugenio Álvarez Dumont
Resulta curioso que el tramo final tenga una confusión propia de la comedia de enredos, aunque muy bien aplicado para causar cierta gracia tras la devastación y las penurias anteriores. Esta novela de formación concluye con la primera decisión propia que toma Gabriel y con un abrupto final que nos invita a seguir sus aventuras en próximas entregas. En esto se revela el carácter de folletín que tuvieron los Episodios Nacionales, además de tener como protagonista al mismo narrador durante su primera serie. La vida de Gabriel continuaría con La corte de Carlos IV, publicado el mismo año. 

En definitiva, Trafalgar contiene una mezcla de géneros, desde la novela de formación de un protagonista carismático, que seguirá creciendo en las siguientes entregas, con la estructura de la novela picaresca, ya mencionada, y con el tema central de una novela bélica, siendo la batalla de Trafalgar su eje central. A pesar de no encontrar una gran profundidad en sus personajes, el estilo de Pérez Galdós es bastante atractivo. A pesar de su apego histórico, no resulta pesado en la cantidad de datos que se nos proporciona, sino que lo hace de forma atractiva, ágil y muy bien dispuesta. Da voz a los auténticos protagonistas, es decir, los anónimos participantes en la batalla, mostrando tanto sus alegrías como sus desgracias personales, pero sin olvidar la necesaria justicia que requieren los héroes. No se trata de la obra más perfecta o redonda del autor, pero nos da muestra de su grandeza narrativa.

Escrito por Luis J. del Castillo

Otros mundos (XXVIII): La tercera ola, de Alvin Toffler

21 julio, 2021

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Hay libros que se convierten en generacionales y se pueden seguir leyendo con placer, porque deparan enseñanzas que no solo se refieren al pasado en que fue escrito, sino a nuestro presente. La tercera ola (The Third Wave, 1980; Plaza&Janés, 1981), de Alvin Toffler (1928-2016), es uno de esos libros. Comienza llamando la atención respecto a la situación de su presente, que sorprendentemente es el nuestro, porque las circunstancias de los setenta son, en buena medida, equiparables a las de 2021, por aquello de que el ser humano podrá adornarse con todos los cachivaches electrónicos que quiera que, en esencia, no cambia. Ya en su introducción, adelanta Toffler que los gobiernos del mundo están quedando reducidos a la parálisis o la imbecilidad.

Parece que este ser humano siempre ha estado en crisis (social). Una sorprendente pauta, pese a todo, potencialmente llena de esperanza (Introducción). Tendencias que parecen inconexas, de pronto se hallan relacionadas entre sí. No son fruto del azar, aunque sí de la necesidad (sobre todo de algunos). Aparte de que, con distintos carices, la historia se va repitiendo. ¿Cómo será la nueva civilización que nos aguarda? Vista en los ochenta y ahora (doble y divertido ejercicio), tras su El shock del futuro (Future Shock, 1970; Plaza&Janés, 1973), Alvin Toffler se afana en explorar ese territorio no tan ignoto de la prospectiva, puesto que teniendo en cuenta las características de las personas con cada nueva generación, no es tan difícil advertir algunos cambios; airear otros, desde luego, ya es de summa cum laude. Lejos del pesimismo autocomplaciente, sin dejar de advertir sobre el fanatismo real o la violencia regional (íd.), el autor se reivindica en las distintas potencialidades de un horizonte luminoso. El futuro ya estaba aquí.

¿Y qué hace un libro de sociología en nuestro apartado Otros Mundos, se preguntarán ustedes? Cierto que no pertenece a tal colección de Plaza y Janés, pero La tercera ola está repleta de sugerencias y hace referencia a un mundo por venir -todavía- y otro que se nos va. Se muestra en sintonía con nuestros anhelos y diatribas, y destaca por su carácter anticipador, aún sin sacar los pies del tiesto terrestre. Elementos suficientes, creo yo, que justifican la inclusión del ejemplar en nuestra ya nutrida sección. De hecho, la tercera ola que vamos a abordar sigue en marcha, y se corresponde con el paso de la Era de Piscis a la de Acuario; lo que no nos evita desbarajustes y sinsabores, se diga lo que se diga. En este y otros sentidos, el contenido de nuestro libro continúa siendo actual.

Alvin Toffler

Entre cambiantes pautas de energía, distinguimos tres olas o periodos socio evolutivos de nuestra historia. Una fase agrícola o primera ola (a partir de aquí las denominaremos con la nomenclatura del autor), una segunda ola, netamente industrial, y la que está empezando ahora (1970-80, en adelante). En feliz imagen metafórica que se afianza sobre unas anteriores bases sólidas establecidas. No obstante, la tercera ola no es una predicción objetiva, y no pretende estar científicamente demostrada. Aunque a las pruebas no remitimos, o no remitiremos (ya tenemos otro punto en común con nuestros Otros Mundos), pese a contar con abundantes y sólidas pruebas.

La introducción de Toffler es reveladora, y da paso al contenido de las tres secciones, distribuidas en veintiocho capítulos. El principio hermético de lo que es arriba es abajo es trasplantado al ámbito de la sociología, a la espera de formas distintas de trabajar, amar y vivir, que no erradican el personal esfuerzo en los quehaceres, la laboriosidad de relacionarnos o las consecuencias arduas del existir en este plano. Esta tercera ola exige gobiernos que sean más sencillos y eficaces si no se quiere entrar en conflicto estado-individuo (íd.). Es altamente tecnológica y anti industrial, en el sentido perjudicial de este último término y con matices muy claros respecto al primero, como veremos. Lo cual depara la confusión lógica de hallarse en plena confluencia. Así como en las placas tectónicas los choques provocan seísmos, la colisión de la segunda y tercera olas viene creando una serie de tensiones sociales, de las que, curiosamente, la cultura no impositiva continua en manos del individuo, si es capaz de zafarse de las consignas y doctrinas socio políticas o religiosas. El peligro existe: ese fanatismo y violencia a las que antes aludía el autor, y que se completa con una permanente tensión entre los que quieren mandar en todo y los que abogan por vivir su vida sin apostolados. Por eso, la aparente incoherencia de la vida política se refleja en la desintegración de la personalidad (Capítulo I). No en vano, una clave importante del texto la hallamos en la adquisición de conocimiento como potenciación de la personalidad, a nivel de individuo, arropado por lo grupal, pues nadie nace sabido, pero de clara sustanciación personal; esto es, un conocimiento no revestido de consignas ideológicas o autoayuda, aunque sin menosprecio de corte para quien, en verdad, necesite de esta última. De hecho, existe un orden oculto (I), lo que no ha de ver con el ocultismo, y sí con la capacidad de ocultación, en cuyo desenmascaramiento todos tenemos un papel que cumplir. Nuestros propios papeles privados en la historia (íd.).

Podemos ampliar el espectro psicohumano. Toffler analiza la interferencia que se da en la estrategia corporativa grupal, y los propósitos de nuestro propio desenvolvimiento personal. Ese sistema compartimentado que está ahí pese a no ser tan evidente (íd.). Algo que tal vez escapa a nuestros designios, con independencia de la herencia cultural recibida y los regímenes políticos heredados. Cambios que alternan la forma de vida de millones de personas (II). Con las debidas excepciones, pues nada es simple en la historia (íd.).


Si se sabe gestionar, cada época depara un aprendizaje, aunque para el ser humano, este se produzca lento -inexorable, si se está abierto-, y cuando llega, nos parezca que ya somos algo mayores. Aparte de que con cada nueva generación hay que volver a empezar. De ahí la tragedia de una especie que, a la fuerza, parece abocada a la dependencia, puesto que cada vez se desprecia más la adquisición del saber en favor de un adoctrinamiento en manada. Nada que atañe al ser humano es blanco ni negro, aunque las personalidades tóxicas existen. De este modo, Toffler no tiene reparo en señalar tanto lo bueno como lo adverso de la, por ejemplo, Revolución Industrial (segunda ola) (III). La diferenciación entre producción y consumo corre paralela a la escisión entre lo natural y lo sobrenatural, aplicada a destajo a partir del siglo XVIII. Como si pretender algo más nos alejara de la práctica de la razón. Una esquizofrenia que ya he manifestado en otros artículos y que, como Toffler confirma, deviene reduccionista. De la autosuficiencia pasamos a la dependencia, y así podemos ampliar el abanico a lo ideológico, y no solo a los bienes y servicios. Ello sin necesidad de caer en los tópicos anti capitalistas, de enorme estulticia. Pues la obsesiva preocupación por el dinero, los bienes y las cosas no es un reflejo del capitalismo o socialismo, sino del industrialismo (III; XX). Los que controlan el mercado ostentan una posición de poder excesiva en todos los ámbitos y regímenes. No solo se compran, venden y cambian productos, sino también trabajo, ideas, arte e incluso almas, en un divorcio entre producción y consumo que no debiera ser tal (III).

Al respecto, la más conocida y constatada amenaza de la segunda ola es la uniformización, y en esas estamos. Luego, la especialización y homogeneidad colectiva, en concentración metropolitana de ideas, articuladas por las más grandes, rígidas y poderosas organizaciones burocráticas que el mundo ha conocido jamás (IV). El poder difuso y sin apenas rostro.

De tal guisa mal hecha, el poder no descansa en la propiedad -razón por la que es tan atacada, sobre todo por los que atesoran propiedades-, sino en el control del proceso integrador: los coordinadores del sistema o anti-sistema. No es la propiedad lo que importa, sino el control. Sobre la materialidad y sus propietarios (V).

La persona no podrá zafarse nunca del prisma ideológico. Nace con él. Pero bien haría en dejar a cada cual el suyo (su servidumbre), sin imponerlo a los demás. Máxime para los que el estado pertenece a la burocracia (íd.). Al mismo tiempo, recelamos del poder, gobierne quien gobierne. Un poder debidamente parcelado en sustitución de la habitual jerarquía (subélites, élites y superélites, íd.).

Subyace un lógico optimismo por el advenimiento de la tercera ola, que en ocasiones puede recordar el exagerado candor e ingenuidad que para algunos depara la arribada de la antes citada Era de Acuario, pero en honor a la verdad, el mismo peculio cuesta ser optimista respecto a nuestras potencialidades que pesimista.


No hay mayor ironía que la de un político que al ser investido pasa a erigirse en un representante de sus votantes (VI), pero es lo que hay. Qué hablar de los países carentes de democracia. Hasta España está siendo advertida ahora por otros gobiernos mejor constituidos de la grave pérdida de libertades que se están fraguando. Las denuncias por atropellos al albedrío, el no sometimiento grupal e ideológico, ha crecido exponencialmente (VI). El engranaje político se combina y manipula de forma distinta en diferentes lugares (íd.). La libertad acaba cediendo terreno a una difusa seguridad político-estatal. Lo que Toffler llama el ritual de seguridad (íd.), al que se suman los movimientos nacionalistas (VII).

El progreso es inevitable. La supeditación a él no. La medida del tiempo, de la concepción clásica de este concepto como elemento cíclico, indohelénico, taoísta y demás, pasa a ser lineal. Con lo que de ruptura con los distintos ciclos pretéritos conlleva. Algo no siempre positivo. Lo mismo respecto al espacio. Pero nuestra vinculación con el tiempo del pasado no puede ser abortada. Alvin Toffler recuerda cómo el poeta romano Lucrecio (99-55 a. C.) expuso su teoría del átomo, inspirado en Demócrito (460-370 a. C.) (VIII), de igual modo que se hace mención al riesgo de los aerosoles en el ozono (IX). Datos objetivos. Algunos jóvenes saben de computadoras más que sus padres, sin embargo, los niveles escolares descienden en picado (XI).

Recuerdo muy bien, porque lo viví, la llegada de los computadores domésticos. El ordenador en las casas será tan habitual como un lavabo (XII). La publicación del libro coincide con este desembarco, y me refiero a la primera vez, no a los sucesivos cambios de formato que hemos venido experimentando desde entonces. Yo hablo de una auténtica parusía que iba a hacer al ser humano mejor (médicamente es incuestionable que así es), y más inteligente y más sabio, en inteligencia no mecánica. Más organizado y menos dependiente. Época de grandes esperanzas y fe en un futuro mejor. Hasta culturalmente se confirmaba dicho cambio. Una tecnosfera completamente nueva (íd.) se conjuntaba con innovadoras aplicaciones a la actividad económica, familiar, laboral, sanitaria… atenciones genéticas. Comunidades electrónicas, es decir, grupos de personas con intereses comunes. Empero, me satisface que en ello Toffler no eluda los peligros de la dependencia tecnológica, bajo el término -que me encanta- de los tecnorebeldes. Personas que no son necesariamente anti tecnológicas u opuestas al crecimiento económico, pero que ven en el incontrolado avance tecnológico una amenaza para ellas mismas y para la supervivencia global (íd.). Son parte vital de la emergente tercera ola. Distintos a un pequeño fleco de extremistas románticos hostiles a todo lo que no sean las más primitivas tecnologías de la primera ola, que parecen favorecer un retorno a las artesanías medievales y al trabajo manual (íd.). Alienados contra estos dos extremos existe en todos los países un creciente número de personas que forman el núcleo de la tecnorebelión, entre los fantaseadores de la primera ola y los defensores a ultranza de la tecnología de la segunda (íd.).


Lo que está claro es que vivimos en un sistema de pantallas, donde parece que ha de haber un intermediario en las relaciones humanas, que es la red, con sus distintos dispositivos. Esenciales en el trabajo, aunque no necesariamente para relacionarse con el que de verdad desea aprender. De ahí que el “estilo directo” siga siendo imbatible. Flaco favor ejercen los equidistantes, aquellos que contemporizan con todo. Tragan con lo que les echen. Son los temerosos de los dioses laicos, los dogmas inatacables de la nueva religión llamada corrección política. Soportes maquinales de la justificación, no tienen una mala palabra, pero tampoco una buena acción. Suelen estar más pendientes de las innovaciones técnicas que de las consecuencias que se nos acumulan. Nada les turba. Que llega otra disparatada ley, se limitan a acatarla, puede que a criticarla, pero siempre con la “boca pequeña”. Por algo allá van leyes do quieren reyes.

Sin embargo, ante situaciones adversas políticas y sociales no deben callarnos la voz. Solo que para alzarla se siguen haciendo necesarios, más que nunca, los conocimientos de causa. Y el conocimiento es el aspecto más dañado en esta etapa histórica de medias verdades y post-verdad. En efecto, aunque se nazca gritando, el grito maduro se ha de encauzar a través del discernimiento para no resultar estéril.

Cada uno de nosotros crea en su cerebro un modelo mental de la realidad (XIII). Sostenida por esos dispositivos a los que hacíamos mención. Alvin Toffler se hace eco de las posibilidades de la televisión por cable, incluida la fibra óptica (íd.) y constata los Video Games (sic), el procesador de textos, el nacimiento de nuevas profesiones y lugares de trabajo (XVI), grabadoras de video casetes y el correo electrónico (sic; XXVIII). Estos cambios revolucionan nuestra imagen del mundo y nuestra capacidad para entenderlo (XIII). Impregnan una nueva clase de cultura con imágenes más fraccionadas y transitorias. Frente a la masificación, se tiende a una mayor individualidad informativa. Al alterar tan profundamente la infoesfera, estamos destinados a transformar también nuestras propias mentes (XIV).

El hogar electrónico es el espacio partícipe de resonancias fantásticas y promesas de futuro por antonomasia. Un retorno a la industria hogareña sobre una nueva base electrónica, como centro de la sociedad familiar. ¡Y hay que ver lo modernas que son esas épocas (setenta y ochenta) en el desarrollo de esas nuevas perspectivas de habitabilidad! Resulta sorprendente lo mucho que debemos a los profesionales de aquel periodo, pues buena parte de lo que somos en la actualidad nació entonces. El trabajo en casa, aunque no se haya materializado a un nivel general, y haya sido más una imposición debida a las actuales necesidades, es una concreción que no deja de tener en cuenta que algunos trabajos requieren mucho contacto directo, o que ese desplazamiento puede ser prolongado y quizá penoso (XVI).

Familias del futuro: cómo no suscribir que lo que estamos presenciando no es la muerte de la familia como tal, sino la quiebra final del sistema familiar de la segunda ola (XVII). Donde tan importantes son las conmociones ambientales como las alteraciones en la información (XVIII). Corporaciones destinadas a objetivos múltiples se diversifican en líneas sociales, políticas y éticas, que habrán de convivir, junto a nuevas formas de medir y valorar las actuaciones, lejos del maniqueísmo correctivo político que nos agobia. Así sea.


Preferente es la relación con el consumidor, los sindicatos (dignos de ese nombre: los sostenidos por el dinero de sus afiliados), el significado de la producción, el horario flexible, las redes sociales (sic; XIX), la armonización enfrentada a la uniformización. No solo participamos en el nacimiento de nuevas formas organizativas, sino en una nueva civilización donde va tomando cuerpo un nuevo código (íd.). Vemos aproximarse un impresionante cambio que transformará incluso la función del mercado mismo en nuestras vidas y en el sistema mundial (XX). En el significado económico, global y personal, tecnológico, cultural, lo que está claro es que todo parte -y buena prueba de ello es este libro- de los mencionados años setenta. Los avances, anécdotas con nombres y apellidos, que Toffler desgrana en su extenso tratado, lo demuestran. Luego, las cosas se han ido desarrollando y mutando los formatos, pero los vientos de este vórtice estaban sembrados. El atrévase a hacerlo usted mismo, participe como sujeto activo y no pasivo de todos estos cambios, en el ámbito que mejor le cuadre. Estamos experimentando una conmoción histórica (íd.).

No estamos menospreciando la ciencia o las creencias religiosas, sino subsumiéndolas en aspectos teóricos muchos más amplios e integradores, lejos de las -a veces útiles- estrecheces de un laboratorio. Es la cultura de la tercera ola. Sin demérito de la libre elección, base de cualquier realidad participativa. Nos estamos moviendo hacia una noción de progreso mucho más amplia (XXI). Nuevos fenómenos astrofísicos nos aguardan y apasionan: el orden surgiendo del caos, todo esto ataca la vieja causalidad. Jung (1875-1961) tenía razón. Mucho de lo que parece anárquico no lo es (XXIII).

Pero cuidado. En el centro de la crisis está el torrente de modas seudo intelectuales (íd.). También el nacionalismo y las presiones secesionistas (XXII). Ejemplos de la quiebra disruptiva y de incultura. La tercera ola aporta nuevos problemas, junto al desarrollo de movimientos espirituales -no siempre limpios-, culturales y étnicos. El nacionalismo se ha quedado anticuado, impera el globalismo, sin merma de la idiosincrasia (porque singularidad tenemos todos). Las ideas nacionalistas son una consecuencia de la segunda ola. Un aspecto a superar. En la tercera ola se rebasan los límites nacionales, en el sentido de una más que nueva, renacida conciencia planetaria, antesala de una conciencia cósmica (íd.). El peligro es que del mismo modo que el nacionalismo pretendía hablar en nombre de una nación entera, el globalismo hace lo propio respecto a la totalidad del mundo (pensamiento único; íd.). La individualidad, que se entrega libremente a los demás sin perder la esencia, sigue siendo primordial para la supervivencia (mundial). Aún a trompicones, caminamos hacia un sistema mundial compuesto por unidades densamente interrelacionadas.

Tal vez sea posible combinar en las próximas décadas elementos del pasado y el futuro en un nuevo y mejor presente (XXIII). Un ciclo ecológico integrado.

Ahora bien, como estamos comprobando, la tercera ola no atañe solo a una revolución -revuelta parece a veces- tecnológica. La nueva civilización restructurará la educación, redefinirá la investigación científica y reorganizará los medios de comunicación (XXIV). Todo ello planteará sorprendentes, aunque no insolubles, problemas políticos y morales, así como una enorme presión sobre los individuos y las instituciones (XXIV). A las que se habrá de enfrentar el individeo (sic; íd.), en nueva definición de Alvin Toffler. Porque reestructurar esa educación, pongamos por caso, no es apoderarse de ella, mucho menos con fines políticos.


Drogas y depresión, dependencia tecnológica, pueden seguir formando parte de ese nuevo sentido de pertenencia en el que se acentúa la telecomunidad (XXV). Es decir, internet.

Puesto que la ausencia de estructura engendra derrumbamiento (íd.). Para conseguir que la civilización de la tercera ola sea cuerda y democrática, necesitamos algo más que crear comunidad: necesitamos proporcionar estructura y significado. Una mezcla entre aprendizaje abierto y tradicional. Toffler lo señala acudiendo a otra bonita metáfora, entre la ejecución clásica y la improvisación característica del jazz (XXVI)

No nos desasimos de las malas artes de la política. Más que ira, los ciudadanos están expresando repulsión y desprecio hacia sus dirigentes políticos (XXVII). Y sus correas de transmisión, por supuesto. Surgirán otras dramáticas crisis, para las que nuestra actual colección de dirigentes de la segunda ola -asomados ya a la tercera- se encuentren grotescamente carentes de preparación para resolverlas (íd.). Alvin Toffler alerta sobre la posibilidad de entregarse a un mesías político. La eficacia militar del Tercer Reich es un mito ridículo, como la presunción implícita de que un gobierno que dio resultado en el pasado ha de darlo en el presente o el futuro; cada etapa reclama cualidades de mando diferentes (íd.).

No escatima en advertencias. No puede representarse la voluntad general, por la sencilla razón de que no existe (íd.). Las instituciones existentes son -recalco el verbo en presente- inoperativas (íd.).

El capítulo XXVIII y último, se abre con una carta personal y pública dirigida a los Padres Fundadores de los Estados Unidos de América (por cierto, aprovecho para recomendar a nuestros lectores interesados la edición que de textos clásicos norteamericanos y europeos están llevando a cabo editoriales como Alianza o Página Indómita en español: John Stuart Mill [1806-1873], Thomas Paine [1737-1809], Isaiah Berlin [1909-1997], Karl Popper [1902-1994], Alexis de Tocqueville [1805-1859], Raymond Aron [1905-1983], Hannah Arendt [1906-1975], etc., imprescindibles). En efecto, se piense lo que se piense, cuando se piensa, acerca del futuro, prevalece en Alvin Toffler, como en otros tantos pensadores libres, un respeto hacia el pasado histórico allende las ideologías, de las que, como hemos visto, el autor se precave pese a su inevitabilidad. Es decir, hacia aquello que de bueno han dejado tras de sí nuestros antecesores; el conjunto de logros y disposiciones que están representados por símbolos constitucionales como la bandera de un país. Solo los ignorantes de esta historia son capaces de equiparar tales símbolos a una circunstancia concreta del pasado o una ideología, con desintegradora exclusividad. Esto se puede alcanzar sin necesidad de memorias ideologizadas impuestas al pensamiento de una población. Aunque claro, estamos en una época, 1980, donde aún existen medios para el debate (el debate, no la trifulca), en lugar del afianzamiento del pensamiento -partido- único, que forman parte del pesado y cada vez menos eficaz aparato de gobernantes supuestamente representativos (íd.). Quien lo dude, revise en España espacios como La Clave (RTVE, 1976-1985), y compare. El representante ya no se representa ni a sí mismo, determina Alvin Toffler en proféticas palabras. Bastaba, como basta ahora, con analizar la realidad, por muy acuosa que se nos muestre. Es lo que el autor, incentivando nuevamente el lenguaje, denomina democracia semi directa (íd.). A nuevas instituciones, nuevas ideologías, y no estancamientos en el pasado que incluyen las sempiternas utopías encaminadas a dirigirnos el futuro. Este es el punto de vista de Alvin Toffler que compartimos. Una ciudadanía instruida -no adoctrinada ciudadanamente- puede, por primera vez en la historia, empezar a tomar muchas de las propias decisiones políticas (íd.).


Doble lucha, por tanto, entre los propios partidos y sus componentes diversos (a la vista está), y entre estos y la inminencia de esta tercera ola. Lo que implica un nivel más elevado de conciencia individual y compartida. De este modo, Toffler no confunde el cambio político con el sometimiento a una ideología, máxime cuando esta es coercitiva y totalitaria (escribo estas líneas cuando el pueblo cubano pugna por su libertad, lo que por otra parte viene haciendo desde hace décadas). Esto sería ser barridos por la marea que estamos experimentando. Un fleco de seudo revolucionarios (íd.), donde campan a sus anchas los auténticos extremistas, típicos de la segunda ola, impositivos, anti espirituales (no confundir con lo religioso particular), detentadores de una moral superior, para los que ningún cambio propuesto es lo bastante radical (íd.). Sueños de revolución extraídos de las amarillentas páginas de panfletos políticos del pasado (íd.). Cuantos de los buenistas propósitos no han ido a darse de bruces con la ambición demagógica partidista y la supremacía personal.

Y esto se aprende desde pequeños, progresivamente, con la educación y buenos modales que han de inculcarse desde casa, se constituya como se constituya la familia. Donde hay respeto y cultura habrá libertad. Por eso la tercera ola -¡mucho menos una cuarta!- nada tendrá que ver con ningún movimiento socio-sexual sectario y de terminología excluyente, porque afectará a todos los seres humanos sin distinción de raza y sexualidad. Eso por lo que hemos estado luchando, y en cuyos ámbitos se ha avanzado desde hace cuarenta años (los descubridores de que la Tierra es redonda siempre me parece que llevan lustros de retraso).

Merece la pena defenderse donde no te puedes escolarizar en la lengua oficial del país y hay que atravesar las fronteras autonómicas; algo de película. No hay que extrañarse, respecto a la lengua, se empieza asumiendo el compañeros barra compañeras, anteponiendo la ideología política a la gramática, como bien ha señalado Darío Villanueva (1950), y se termina como casi todos sabemos. A algunos les gusta que se les lleve la marea entre ola y ola.

En resumen, debemos comprender tanto lo nuevo como lo viejo. Sin polarizaciones extremas. Alvin Toffler reclama una visión más integradora, incluso holística. Entonces y ahora. Como algunas personas, hay libros a los que no se le notan los años.

Escrito por Javier Comino Aguilera

El autocine (CVIII): Los caraduras, Cactus Jack, Los locos de Cannonball, Rad y otras películas de Hal Needham

15 julio, 2021

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El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (2014) define la parodia como una imitación burlesca. Aquí el abanico es amplio, pero como representación cultural y creativa eximia del siglo XX, el cine incorporó desde sus inicios la burla, con ánimo de protestar, o sencillamente de hacernos reír, sobre todo de nosotros mismos. Siempre ha sido un buen modo de defenderse y reflejar nuestra naturaleza. Otra cosa es que, a nivel particular, nos hagamos gracia.

Como todos los derivados genéricos, la parodia se nutre de unos progenitores bien diseñados, los géneros mayores, aunque como ya he demostrado en más de una ocasión en esta sección, estos resultan permeables y combinables -a veces agitables- entre sí. En definitiva, el humor, como el amor, puede hacerse bien o mal, aunque insisto en que ello dependerá del regocijo que nos produzca a nivel personal; pese a lo cual, persisten los elementos estrictamente cinematográficos, sin los cuales los distintos desvíos y bifurcaciones, en cualquiera de los sentidos, resultan espurios. Por otra parte, siempre se ha sostenido que hacer reír es más difícil que hacer llorar, sin desmerecer los enconos dramáticos.

Los títulos que hoy abordamos pertenecen al ámbito del humor, estrambótico o paródico, según nuestro termómetro privado. La caricatura y lo festivo atraviesan sus imágenes. Resueltas con gracejo, para el que esto suscribe, son obra del formidable especialista (stuntman) y realizador, en esta última faceta nada apreciado por la crítica sesuda, Hal Needham (1931-2013). No es que yo pretenda descubrir ninguna gema oculta, pero sí refrescar el ambiente, en plena canícula, además de seguir saldando deudas o pasando lista a algunos entretenimientos y recuerdos de la infancia y adolescencia. Estas películas que me propongo rememorar, vienen conformadas por una clásica sucesión de gags -golpes de efecto cómicos visuales y sonoros-, y la personalidad chistosa del elenco. Por algo, en un principio anduvo la luz, que muy pronto se vio acompañada de la palabra y las meteduras de pata de los primigenios primates (especifico primigenios para que nadie se ofenda); todos ellos, requisitos fundamentales para la esencia del cine, del más reflexivo al más dicharachero.


Pasar cerveza (Coors) de contrabando no parece un buen negocio, salvo cuando media un jugoso reto, en el caso de Los caraduras (Smokey and the Bandit, Universal, 1977), debido a una apuesta. Los que pagan son: Enos, el Grande (Pat McCormick) y Enos, el Chico (Paul Williams, el actor y compositor ganador de un OSCAR). Padre e hijo, y dos trapaceros que deambulan por los espectáculos rurales a motor de la América campesina, noble y bucólica, que no tanto profunda o superficial.

Al otro lado del tablero, repleto de autopistas, medianas, cunetas, accesos y taludes, está otra pareja de compadres formada por Bob, el Bandido (Burt Reynolds) y Cletus, Hombre de nieve (Jerry Reed). El primero languidecía en uno de esos espectáculos para camiones (Truck Rodeo), y el segundo embutido en la vida familiar. El vértice triangular se completa con Carrie, apodada Rana por lo dinámica (Sally Field), una muchacha casadera que se lo ha pensado dos veces, y puede que solo una, y que aún anda ataviada con el traje de faena. También les acompaña Fred, el perro de Cletus. Un poco de emoción como las de antaño no les va a sentar nada mal. Y vaya si la van a tener. Habrán de enfrentarse a la policía de carretera, representada por el sheriff Buford T. Justice (estupendo Jackie Gleason), a cuyo hijo, el lelo Junior (Mike Henry, antiguo intérprete de Tarzán), ha dejado plantado la voluble Carrie, superviviente de los pies a la cabeza. También el jefe de policía se va a saltar a la torera su jurisdicción es pos del Bandido. Buford responde a otro apodo, Smokey (Ahumado), que en argot se refiere a los patrulleros o policías estatales.

Un vehículo sirve a Bandido y Cletus de tapadera para pasar la cerveza de estado en estado, y tiro porque me toca. Lo conduce el primero, en tanto Cletus transporta la mercancía en un camión, con Fred de copiloto. La justificación de este despliegue la proporciona algo tan básico como es la diversión. Casi todos los personajes, incluido el sheriff, determina que lo que más les mueve es la emoción. Cierta búsqueda o recuperación de algo tan básico como el esparcimiento. Así lo expresa Bob, incluso por encima del dinero. Es ese enfrentarse a algo que, según se suele comentar, no puede hacerse, o no se ha hecho nunca. El minimalismo argumental se contrapesa con las escenas de acción y la interacción guasona entre los protagonistas.


Los trayectos se acompañan de canciones country pegadizas, interpretadas por el propio Jerry Reed (1937-2008), y que por momentos parecen salidas de las manos de los hermanos De Angelis, Guido (1944) y Maurizio (1947). En la totalidad de películas que vamos a observar con algún detenimiento, aún con distintos vocalistas, estas tonadas estimulan y dinamizan las imágenes. Son como un sello o marca de la casa. Además, bien se sabe que, a más velocidad, mayor consumo… de todo. No quiero porquerías en mi carretera, sentencia el sheriff Buford, ante unos amedrentados y jóvenes infractores.

De este modo, Los caraduras propone una persecución continuada, donde prima la camaradería entre camioneros, un aspecto tratado en la coetánea Convoy (Íd., 1978) de Sam Peckinpah (1925-1984). Asociación a la que Bob, el Bandido, pertenece, aunque en esta empresa conduzca un flamante Pontiac Trans-Am (el formidable Firebird). Parece que no se puede estar quieto en un sitio por mucho tiempo, ni siquiera en el aspecto íntimo. Me divierte conducir, declara ante Carrie, que por una temporada también se lo va a pasar como nunca.

La película obtuvo un éxito rotundo y propició una secuela, Vuelven los caraduras (Smokey and the Bandit II, Universal, 1980). De ella podemos decir que acontece en plena -y sucia- campaña de candidatos al puesto de gobernador de Texas. Continúa la parodia. El citado despliegue de medios -de cacharrería- es mayor; no en vano, sigue habiendo un estudio potente tras la producción y distribución de la película (la compañía Rastar de Ray Stark [1915-2004], para Universal). Más aún, en los decorados distinguimos al gran Henry Bumstead (1915-2006).

Pues bien, en el puerto de Miami reposa un cajón misterioso que los dos Enos desean transportar una vez más. Esta vez, para fastidiar a uno de los políticos implicados en la carrera por la gobernación. Pero será la otra carrera, la que se dirime en las carreteras, la que se coma, argumentalmente hablando, las insustanciales disquisiciones de la primera. Para garantizar el éxito, Enos el Grande y el Chico vuelven a echar mano del binomio Bandido - Hombre de nieve. Trinomio con Fred. Incluso cuadrinomio: Carrie no tardará en sumarse al heterodoxo grupo. Ahora que caigo, debiera ser esto llamado polinomio a secas, porque dentro del cajón, más grande de lo que nuestros amigos sospechan, aguarda tan campante la elefanta Carlota, que para colmo va a dar a luz en plena espantada de smokies (liderada de nuevo por el sheriff Buford). De la elefanta se ocupa un veterinario, Doc (Dom de Luise), y lo crean o no, Carrie vuelve a dejar plantado a Junior en el altar.

En esta ocasión es a Cletus al que hacen la tentadora oferta, y este acude presto al rescate de su amigo Bandido, presa del sopor cervecero, la inanición amorosa y la autoestima decaída. Tiene gracia cómo el Bandido responde a los estímulos de la fama carreteril. Hasta se enfrenta con el deslenguado empleado de una gasolinera (Hal Carter) cuando este niega su celebridad, ganada con tanto esfuerzo. ¡Yo soy uno de los héroes populares más queridos de la América rural!, se defiende Bandido. Ahora tendrá oportunidad de demostrar a los tornadizos y descreídos jovenzuelos cuánto sigue valiendo.

La “competición automovilística” entre polizontes y ladronzuelos se desarrolla de Florida a Dallas, lo que desemboca en una gran “exhibición” final, que Needham filma en mitad del desierto, entre los colegas camioneros de Bob y Cletus, y los smokeis. Una “matanza” donde los patrulleros se reservan el cometido del funesto general Custer (1839-1876), salvando las distancias, que no son tantas. Desde este punto de vista humorístico, los policías son retratados como unos abstrusos funcionarios al volante.

Se da la circunstancia de que la mayoría de películas que vamos a ver -si nos apetece- tienen el denominador casi común de estar protagonizadas por una figura -en efecto- tan popular como fue Burt Reynolds (1936-2018). El padre de Reynolds ejerció, miren por dónde, de jefe de policía en Florida. El actor ya había trabajado previamente como doble, aunque el auténtico especialista en escenas arriesgadas sería su amigo Hal Needham. La biografía de este último es harto interesante, aunque de momento solo está disponible en inglés (al igual que la de Jackie Chan [1954], algo incomprensible). En efecto, antes de acceder a la dirección, Hal Needham se empleó como uno de los mejores y más arriesgados especialistas del mundo -o mundos- del cine. Por ello, la Academia lo distinguió con un OSCAR honorífico en 2012, en tanto que Reynolds se hubo de conformar con una nominación.

Pues bien, después de Los caraduras, actor y realizador acometieron Hooper, el increíble (Hooper, Warner Bros., 1978), centrada precisamente en el ambiente de los especialistas cinematográficos, esos que se jugaban la vida antes de los avances del nuevo cartón-piedra del ordenador, circunstancia que Needham lamenta en su autobiografía (por algo fue uno de los mejores ejecutantes que han existido, como bien ha resaltado Quentin Tarantino [1963]).

Estando en estas, Sonny Hooper (Burt Reynolds) se gana el sustento como especialista en las producciones cinematográficas. Ya tiene una edad, además de unas cuantas lesiones, por lo que ante sus ojos ve desfilar el relevo en forma de un muchacho sano y arrojado, de los que empuja, llamado Ski (Jean-Michel Vincent). El chico no responde al rol del heredero apresurado y fatuo. Posee su ambición, como todo el mundo, pero es muy consciente de que la veteranía es un grado. Le agrada contar con la aprobación de Sonny. Hasta el punto de que el último trabajo arriesgado para la película que ruedan, lo harán juntos.


En Hooper, el increíble, la parodia recae en la figura del director de la película en cuestión, Roger Deal (Robert Klein), anti empático y ególatra. Las escenas de riesgo las efectúa Sonny en sustitución del actor Adam (Adam West), lo que procura roces, no con el actor, puesto que ambos se llevan muy bien, sino con Roger, para el que la película, una emulación de las andanzas de James Bond, está por encima de todo lo demás. El productor de la misma, Max Berns (John Marley), también es un buen amigo de Sonny Hooper. Como el veterano Jocko Doyle (Brian Keith), padre de su pareja, Gwen (Sally Field). Incluso Sonny fue un principiante en tiempos, cuando Jocko y los de su generación se llevaban las tortas y las tartas. Y muy cuerdo parece que no hay que estar para encauzarse en este tipo de peripecias vitales.

Probablemente sea esta la más acabada, medida y estructurada película de Hal Heedham. Cuenta con la incorporación, además de las retentivas canciones de estilo country, de una buena banda sonora instrumental a cargo de Bill Justis (1926-1982), que a veces rememora los logros melódicos de los dibujos animados de, pongo por caso, el maravilloso Carl Stalling (1891-1972). Needham maneja bien la retahíla de tópicos por los que se habría despeñado Hooper, incluyendo la consabida pelea destrozona en un bar. El relato bascula entre la vida profesional y la vida personal. Sin olvidar las pastillas para someter las molestias. Y en medio de tanta jarana, sobresale el quisquilloso sujeto de la sociedad protectora de animales (George Furth), que se preocupa más de la vida de un perrito que del batacazo que se acaba de arrear Sonny (con el perrito a cuestas). Simpática es la carrera de bólidos-cuadrigas que se organiza en torno a un acto benéfico, donde Sonny despliega unos iniciales celos profesionales hacia el perfecto Ski, situación que se irá apaciguando hasta poder alcanzar el más difícil todavía.

Tras la producción televisiva Death Car on the Freeway (CBS, 1979), resultón relato en la que una reportera de televisión (Shelley Hack) investiga una serie de asesinatos en autopistas, y en la que encontramos a buenos actores como Peter Graves (1926-2010), Barbara Rush (1927) y George Hamilton (1939), Hal Needham volvió por los fueros de la más abierta parodia en su simpática Cactus Jack (The Villain, Columbia Pictures, 1979), comedia ambientada en el oeste, bajo los auspicios de los inmarcesibles dibujos animados; en concreto, los célebres Coyote y el Correcaminos (Wile E. Coyote and the Road Runner, Warner Bros., 1949-actualidad). Hubo quien se sintió ofendidísimo con esta producción y las restantes, que no pretenden más de lo que son, pero idiotas hay en todas partes, también en la crítica.

El marco de esta nueva parodia respetuosa y aniñada es, como digo, el western; como bien lo definió Jorge Luis Borges (1899-1986), escenario de la épica moderna. No es esta la primera película de humor en el oeste, un camino que ya transitaron grandes personajes como Bob Hope (1903-2003), Doris Day (1922-2019), Mel Brooks (1926), el propio Kirk Douglas (1916-2020) junto a John Wayne (1907-1979), e incluso Frank Sinatra (1915-1998) y Dean Martin (1917-1995), que volverán a aparecer más adelante.

Aquí, por los representativos y reconocibles paisajes del salvaje y solo a ratos apaciguado oeste, deambula buscando más infortunio que gloria, el villano Cactus Jack Slade (Kirk Douglas). Cabalga de tropelía en tropelía, y va vestido de negro, como mandan los cánones del mal. Y ciertamente que Cactus Jack es malo, pero que muy malo. Lo hace a lomos de su espabilado caballo, que responde al nombre de Wiski. Negro también.


Por ejemplo, Cactus pretende apoderarse del dinero que transporta la señorita Estupenda Jones (Charming Jones: Ann-Margret), que está debidamente escoltada por un amigo de su padre, Guapo Forastero (Handsome Stranger: Arnold Schwarzenegger). Dispuesta a aprovechar la coyuntura de alejarse del yugo paterno, Estupenda no espera la visita de la Liga de la Moralidad, precisamente, ante un Guapo inocentón, leal a sus compromisos adquiridos.

Cactus Jack ha sido puesto tras la pista de la información crematística por el banquero Avery Simpson (el característico Jack Elam), que no desea cumplir la parte del trato que le atañe junto al poco bruñido padre de la moza, Parody Jones (Strother Martin). Pretende quedarse con la concesión de la mina que lleva a medias con Parody (Parodia). A partir de ahí, se desencadena una sucesión de gags visuales, como hemos dicho, en la línea de los que se despliegan con tanta creatividad en los dibujos animados. Lo que incluye el puñado de indios que pululan en una reserva, encabezados por Nervioso Alce (Nervous Elk: Paul Lynde; aquel oftalmólogo que siempre perdía las gafas cuando Herman Munster entraba en su consulta).

Cuando se ve muy apurado de ideas, Cactus Jack se auxilia del manual Badmen of the West, que le proporciona retorcidos recursos que el alevoso malandrín no tarda en poner en práctica. Con fatales resultados para él, ya que Estupenda y Guapo se las apañan para proseguir su camino como si tal cosa. Verbigracia, al tratar de echar un tiro de cuerda al carromato en el que viajan estos dos tan ufanos (más él que ella, la verdad sea dicha: el cándido Guapo no cede ante los avances afectuosos de Estupenda; más paródica no puede ser la relación). Añagazas no faltan a estos personajes hechos de goma, carne y algún hueso roto que en seguida sana. Como sano es el humor que despliega la película. Incluida esa casa “de vida alegre” que se anuncia con la efigie de… Burt Reynolds. O el sempiterno sonido de las espuelas de Cactus Jack. Por no hablar de ese túnel pintado en la roca…

Escrita por Robert G. Kane (1931-1997) y producida por Paul Maslansky (1933), futuro artífice de Loca academia de policía (Police Academy, Hugh Wilson, 1984), Cactus Jack vuelve a contar con una música en consonancia, del ya mencionado Bill Justis. Beep Beep.

Los locos de Cannonball (The Cannonball Run, 1981) fue una producción de Golden Harvest, distribuida por Twentieth Century Fox. Golden Harvest fue la productora, liderada por Raymond Chow (1927-2018), de un buen número de películas asiáticas de acción, incluido el legado de Bruce Lee (1940-1973), para el mercado tanto oriental como occidental. Lo que explica la presencia en el reparto del genial pizpireta Jackie Chan (1954), aún en un papel secundario. De hecho, esta es una película coral, donde intervienen un sinnúmero de aspirantes al premio gordo, aunque el eje principal lo componen el mecánico J. J. McClure (Burt Reynolds) y su amigo Victor Prinzim (el entrañable Dom de Luise), por un lado, y los pendencieros ex iconos de la Fórmula Uno, Jamie Blake (Dean Martin) y Morris Fenderbaum (Sammy Davis Jr.), por otro. Y como en este caso, cuatro no son multitud, Victor (sic) posee la habilidad de transformarse, cuando menos se espera, en un superhéroe de andar por casa, el Capitán Caos, que siempre parece hallarse donde se haga honor a su sobrenombre.

Esto acontecía cuando los coches disponían de una personalidad y no estaban sometidos a un mismo patrón estético. Así, un Lamborghini negro atraviesa las estepas surcadas por carreteras al comienzo de Los locos de Cannonball. A bordo van dos atractivas mujeres, bravas e independientes, que digamos cuestionan los -a veces ridículos- límites de velocidad, Marcie Thatcher (Adrienne Barbeau) y Jill Rivers (Tara Buckman). O sea, que todo el mundo se entrena para una carrera que, aunque ilegal, no es menos codiciada. Justamente por eso, por el afán de aventura, como en anteriores ejemplos: el dinero parece un subterfugio, como se demuestra al final de la carrera. Prevalece el placer de romper los límites. Es un planteamiento que me agrada, carpe diem in quadrigis, ahora que está tan denostada la competencia (¡uno tiene que saber a ciertas alturas o velocidades en qué resulta imbatible!).


Entre los participantes en la carrera Cannonball, tres mil millas de Nueva York a Los Ángeles (más de cuatro mil kilómetros), están el británico Seymour Goldfarb Jr. (Roger Moore), heredero de las fajas Goldfarb, que conduce un Aston Martin repleto de gadgets. También el jeque Abdul Ben Ferafel (Jamie Farr), manejando un Rolls; los sureños Mel y Terry (Mel Tillis y Terry Bradshaw), al volante de un Chevrolet Malibu, y los conductores de un Subaru, con aparato de video incorporado (Jackie Chan y Michael Hui). Junto a los dos curas -en pos de la ocultación- ahítos de wiski en un Ferrari, que son Blake y Fenderbaum, y los “sanitarios” J. J. y Victor, a los que se suma, para dar empaque a la ambulancia, el doctor Nikolas van Helsing (Jack Elam, inolvidable), licenciado en proctología. Y sálvese quien pueda.

Visto lo visto, no sorprende que a este conjunto se le tilde del más distinguido grupo de gamberros y degenerados de la carretera (ahora se dice disruptivos). La presentación de algunos de estos personajes incluye escenas con especialistas y cierta irresponsabilidad responsable en situaciones de tebeo. No hay resaltos (reductores de velocidad) que valgan. Sí libertad de acción y actitudes excéntricas a porrillo, como aterrizar en plena vía pública con una avioneta para comprar cerveza (Coors).

Se admiten apuestas para la Cannonball. Solo queda camuflar los vehículos lo mejor posible para eludir los controles policiales, acaudillados por el cenizo Arthur J. Foyt (George Furth), perteneciente a una inconcreta Unidad de Seguridad. En un encuentro de los Amigos de la Naturaleza, bajo el lema Save the Shrimps (Salvad a los camarones), coincide con la fotógrafa Pamela Glover (Farrah Fawcett). Su presentación es otro referente de esta parodia. Lo que se traslada, del mismo modo, al aspecto liguero -de ligues- entre los concurrentes. Como la imagen de Seymour con una chica distinta en cada plano, o dónde guarda Marcie su permiso de conducir... Pamela formará parte del equipo de J. J. y Victor, aunque sin apenas tiempo para pensarlo. Por supuesto que los vehículos policiales van tornando su morfología según los corredores van atravesando los distintos estados. Una buena pelea con motoristas gamberros, capitaneados por el difficult ryder Peter Fonda (1940-2019), en la que todos los participantes unen sus fuerzas contra el bullying a Jackie Chan (a quien se le ocurre), pone la guinda a este pastel no del todo cocinado, pero sí lo bastante sabroso para los seguidores del Autocine. No busque el cinéfilo riguroso mayor progresión dramática ni honduras psicológicas, sino el encadenado de unas situaciones cómicas con otras.

Los locos de Cannonball cuenta con algún antecedente en lo que a las carreras ilícitas de coches se refiere, como La carrera de la muerte del año 2000 (Death Race 2000, Paul Bartel, 1975), Cannonball (Íd., Paul Bartel, 1976), que a pesar de la coincidencia en los títulos nada tiene que ver con el de Needham, y Locos al volante (The Gumball Rally, Charles Bail, 1976), que tuve ocasión de ver recientemente y está bastante bien.

La película fue un éxito morrocotudo (no de crítica, aunque las hubo condescendientes, que es mejor que nada), pero la ineludible secuela, como en el caso de Los caraduras, no surgió de forma inmediata. En la introducción de Los locos de Cannonball 2 (The Cannonball Run II, Warner Bros., 1984), un buen chiste lo encontramos en el tipo que recibe las bofetadas (Doug McClure) en lugar del hijo del jeque (Jamie Farr y Ricardo Montalbán, respectivamente). A lo largo y ancho de los títulos de crédito, suma y siguen nuevas chicas en pie de guerra y acelerador en un Lamborghini blanco, que se transforma en rojo, y un nuevo empleo del pegadizo tema central a cargo de Ray Stevens (1939), en la que es una de las mejores canciones para película de los años ochenta, que en esta segunda parte se acompaña de la espléndida Like a Cannonball, interpretada por el grupo Menudo; Como en Cannonball en su versión al español (las incluyo como bonus al final de este artículo).

A J. J. y Victor los encontramos en un espectáculo aéreo, malviviendo con su show de La Bomba Humana (The Human Bomb). Aceptada la participación en esta nueva carrera, se verán acompañados de dos coristas de espectáculo musical, que al oír lo del jugoso premio en metálico, se suman a la fiesta. Disfrazadas de monjas, pues están interpretando sobre las tablas Sonrisas y lágrimas (1959). Ellas son la “hermana” Verónica (Shirley MacLaine) y la “hermana” Betty (Marilu Henner). Con Victor y J. J., dos mulas y dos mujeres.

Reaparece el tartaja Cal (Mel Tillis) con su primo Terry (Tony Danza). Y una vez más, el doctor Van Helsing, acompañando al jeque Abdul. Asimismo, un padrino interpretado en la penumbra por Dom de Luise, debidamente escoltado por los esbirros de rigor (mortis) y un gato, como el Blofeld de las aventuras de James Bond. La misión de los secuaces es sacar a Don Don Canneloni (Charles Nelson Reilly) todo el dinero que debe a la Familia. Don Don se ha atrincherado en el Rancho Pinto, en pleno desierto de Las Vegas. Cree que va a poder obtener el dinero que adeuda de la carrera Cannonball. Así, le son enviados los “matones”, igual de paródicos que lo demás. Estos cuatro jinetes de la desdicha son Sonny (Michael Gazzo), Caesar (Abe Vigoda), Slim (Henry Silva) y Tony (Alex Rocco). Un desastre. No son los únicos problemas que tiene Don Don, tras el pobre diablo también anda el matón Hymie Kaplan, cuyo único divertimento es venir interpretado por un -cómo no- paródico Telly Savalas (1922-1994).

Completando el reparto encontramos a Frank Sinatra, Jim Nabors (1930-2017), el referido Ricardo Montalbán (1920-2009), el hijo de Jack Lemmon (1925-2001), Chris (1954), como aplicado patrullero, y a Sid Caesar (1922-2014) en un cameo. La presencia jamesbondiana en esta secuela viene dada por el tierno villano Tiburón, Richard Kiel (1939-1914). Tampoco es ajeno a la parodia que mueve estas historietas que quien se alce con el título de vencedor sea, ni más ni menos, que el chimpancé que participa como reclamo publicitario (el ganador, por cierto, le es presentado al padre de Abdul). Así como los tres talentos “femeninos” que le son ofrecidos a Don Don por parte de Frank Sinatra. O la retahíla de condecoraciones que luce J. J. en su uniforme militar (nuevo disfraz para pasar desapercibido).


Los canonboleros se desatan, mientras la cuadrilla de mafiosos nos retrotrae al ambiente animado de Cactus Jack. Por otra parte, nada desentona en esta nueva carrera, ni siquiera los dos policías (Blake y Fenderbaum) en un corvette rojo. El coche a lo James Bond, cargado de artilugios, corresponde en esta tesitura al Mitsubishi que controlan -más o menos- Arnold (Richard Kiel) y Jackie (Jackie Chan). El nuevo recorrido es inverso al anterior, de Redondo Beach (California) a Connecticut (Costa Este).

Y una advertencia final. Esta película sufrió uno de esos espantosos y traicioneros re-doblajes, que a veces se han acometido en español, con lo que el visionado de la película pierde en alegría y viveza, convirtiéndose en una tortura para los que recordamos el original. Aconsejo la versión en inglés, con o sin subtítulos. Por suerte para mí, conservo una buena copia en VHS con las voces de Rogelio Hernández (1930-2011), Ernesto Aura (1940-2008), Antonio García Moral (1943), Rosa Guiñón (1932), Arsenio Corsellas (1933-2019) y Felipe Peña (1921-1989), entre otros colegas; huelga todo comentario comparativo (aunque tuve que montar el video, que llevaba lustros en el sótano).

Entre ambos Cannonball, las acometidas de Hal Needham fueron Megaforce (Íd., 1982) y As de plumas (Stroker Ace, Universal y Warner Bros., 1983). La primera fue otra producción de la Golden Harvest y Albert S. Ruddy (1930), que también financió los dos Cannonball, para Twentieth Century Fox. Un ejército “fantasma” que habita en el desierto se dedica a combatir la tiranía revolucionaria, descabezada por el coronel Guerrero (Henry Silva), caudillo castrense al que no le falta ni el puro. El general Byrne-White (el rostro bien conocido para los ochenteros de Edward Mulhare), requiere los servicios de esta sección bien pertrechada, pues cuentan con una base subterránea de hasta siete niveles, como en los videojuegos (basta con cambiar los números de las rampas). Su líder es Ace Hunter (Barry Bostwick), figura apuesta que se hace querer por sus acólitos. En este mundo anticipado más que futurista las fronteras están bien definidas, aunque algunas naciones responden a nombres de nuevo cuño. Entre los valerosos acompañantes de Ace Hunter están Dallas (Michael Beck, guapo le pongan donde le pongan), Zachary Taylor (Ralph Wilcox), Suki (Evan C. Kim) o el profesor Eggstrum (George Furth), el latoso Foyt de la primera entrega de Los locos de Cannonball.

Megaforce es un disparate de acción, quejumbrosa y naif, pero por eso mismo simpática de ver, si se está en sintonía humorística. Cruce chocarrero de caminos polvorientos entre El guerrero de la carretera (The Road Warrior, George Miller, 1979) y Rescate en Nueva York (1997, Escape from New York, John Carpenter, 1981), cuenta con una semi recuperada Persis Khambatta (1948-1998), hija única del presidente de Sardún. La toma de contacto entre estos personajes y el ataque a los dominios poco lustrosos de Guerrero, en una secuencia sincronizada con los dígitos impresionados de un reloj, constituyen el grueso de la acción. Hal Needham se reserva una esporádica aparición como operador de radio, a bordo de una tanqueta.


Tampoco es nada del otro jueves As de plumas, nueva incursión o excursión con Burt Reynolds, pero hay cosas más enojosas para pasar el rato. También cuenta con una presencia querida para nosotros, la de Ned Beatty (1937-2021), interpretando aquí al interesado y avieso patrocinador Clyde Torkle.

La película se basa en una novela de William Neely (1930-2008) y Robert K. Ottum (-), llamada Stand On It (-). Ni idea. Pero esta fue adaptada por Needham y Hugh Wilson (1943-2018), inminente realizador de la ya mencionada Loca academia de policía. Quizá por ello no nos extraña advertir la presencia de Bubba Smith (1945-2011), o de una joven y desenvuelta Cassandra Peterson (1951) en su simpático rol de Elvira, la presentadora de las tinieblas.

Ex traficante de alcohol (supongo que de cervezas Coors también), Stroker es ahora uno de los más afamados corredores de vehículos NASCAR. Y ya sabemos que a Burt nunca le amarga el dulce de la popularidad, en el sentido de saber reírse de sí mismo. Lo encontramos en las Quinientas Millas de Daytona (Florida), al módico precio -si gana- de un millón de dólares. No las tiene todas consigo, pues un rival más joven, ahora sí que enconado y vanidoso, Aubrey James (Parker Stevenson), le pisa los talones (los del acelerador y los de crédito).

Mujeriego, presumido, pero no desleal ni desaprensivo, Stroker se enfrenta a Aubrey con sus mejores armas: la experiencia y la madurez. Junto a Stroker está su amigo, el mecánico Lugs Harvey (Jim Nabors), que como el Dom de Luise de los Cannonball, apoya al cabeza de cartel. La presencia femenina es la de Pembrook Feeney (Loni Anderson), maestra de escuela dominical, en funciones de asistente ejecutiva de relaciones públicas para Clyde Torkle. El corredor sabrá finalmente apreciarla más como amiga que como portadora de unas curvas más peligrosas que las del circuito, es decir, por su físico, como sí hace Clyde.

Parecen consustanciales a estas tramas -como las que transcurren en la selva- los insertos de imágenes de competiciones reales, más otro despliegue de gamberradas infantiles. Entre los mejores momentos de la película, aquel en que Stroker y Lugs se enfrentan al contrato de Clyde, tan largo como un listín de teléfonos. Con lo que el corredor se verá repentinamente inundado de anuncios publicitarios, incluido un disfraz de pollo.

Y llegamos al fin a la fenomenal y harto disfrutable RAD (Íd., Tri-Star – Warner Bros., 1986). Fue en la época del break, en esa década buena para casi cualquier cosa. En el ámbito muscular lo confirman títulos como Evasión o victoria (Escape or Victory, John Huston, 1981), Los bicivoladores (BMX Bandits, Brian Trenchard-Smith, 1983), Breakin’ (Íd., Joel Silberg, 1984), Karate Kid (The Karate Kid, John G. Avildsen, 1984), Beat Street (Íd., Steve Lathan, 1984), La carrera de la vida (American Flyers, John Badham, 1985), Hoosiers, más que ídolos (Hoosiers, David Anspaugh, 1986), Quicksilver (Íd., Thomas Michael Donnelly, 1986), Trashin’, patinar o morir (Trashin’, 1986), Días rebeldes (American Anthem, Albert Magnoli, 1986), Al filo del abismo (Gleaming the Cube, Graeme Clifford, 1989) o Los reyes de la playa (Side Out, Peter Israelson, 1990) -¡como para pasar de largo a C. Thomas Howell (1966)!-. Todas me gustaron y me siguen encantando.

¡Sin olvidar las bicicletas de E.T. (E. T., the Extraterrestrial, Steven Spielberg, 1982)!

De esta guisa, sin salirnos de este utilísimo mecanismo de dos ruedas, las maravillosas bicicletas BMX proporcionan acrobacias correctamente filmadas por Hal Needham. Ajustándose a la cámara ralentizada, fijan estampas de los parques acondicionados para el ejercicio con las bicis o los patinetes. De hecho, aquí RAD se subtituló Los bicivoladores 2.

Dramáticamente, la película se asemeja un poco a lo antes expuesto en otro cualificado título, El relevo (Breaking Away, Peter Yates, 1979), que inaugura las tramas en el ámbito deportivo desde un punto de vista íntimo y fraternal. Hasta el entorno natural en que se desarrollan ambos relatos es muy parecido. Aquí nos situamos en los barrios de la ciudad de Cochrane, que en la realidad se sitúa en Canadá. Allí, el adolescente Cru Jones (Bill Allen) y sus amigos se desempeñan como repartidores en bicicleta del USA Today. Una rutina repleta de acrobacias, no exenta de riesgos. Y con todo tipo de atajos variopintos.

Los malditos críos, como los llama un vecino, Burton Timmer (el curtido Ray Walston), acuden al instituto y van a participar en una carrera que va a tener lugar en su ciudad, con participantes de todo el país en la especialidad. Es la llamada Trackhell (Pista Infernal). No hay problema, la bicicleta es para Cru una extremidad de su cuerpo, que maneja a voluntad, como en un acto reflejo bien organizado, y con una gran belleza. También como forma de vida. El más temible oponente al que se habrá de enfrentar es el petulante Bart Taylor (Bart Conner), uno de esos héroes invictos que no se destaca por su humildad. No está interpretado por William Zabka (1965), pero por ahí se anda.


RAD fue puesta en marcha por Talia Shire (1946), que se reserva un papel discreto como madre del protagonista. La autoridad está representada, para la ocasión, por el motorizado sargento Smith (H. B. Haggerty), pero este se haya en complicidad con los chavales. De este modo, frente a los que disfrutan con lo que hacen y además gustan de ganar, están los que únicamente gustan de ganar. Aunque Taylor y Cru no serán, finalmente, tales polos opuestos, una vez se ha revelado la identidad del nuevo campeón; ante Bart Taylor y los gemelos Rex y Rod Reynolds (Chad y Carey Hayes). La ironía en los nombres y apellidos está servida.

La carrera viene acompañada de un jugoso premio, pero como en las restantes películas de Hal Needham, el verdadero galardón se haya en el afán de aventura y desenvolvimiento personal. Para los políticos que han de ver en el acto, sin embargo, supone cámaras y publicidad, para la ciudad y para sí mismos; lo que ellos llaman el espíritu de Cochrane. Para la juventud local, será la consagración casi definitiva de su forma de entender la vida. No obstante, antes de enfrentarse a los consagrados monstruos sobre dos ruedas, habrá una carrera de clasificación. La camaradería viene esta vez de la mano de los compañeros de estudios de Cru, cuando este se ve en la necesidad de buscar un mecenas (ellos mismos) de cara a la competición, pues se ha presentado como corredor independiente, algo que el patrocinador Duke Best (Jack Weston) no está dispuesto a consentir. Después, será la comunidad de Cochrane la que intervenga para ayudar a Cru, incluyendo al señor Timmer.

Además de saber manejar el manillar, Cru aprenderá a no dejarse comprar durante el proceso. No solo se muestra capaz de enfrentarse con el mejor, sino que evita someterse a ningún abusivo patrocinio, salvando así su condición de corredor -individuo- emancipado y autosuficiente.


Para los que no gustan de tales tratamientos deportivos en pantalla o del magnífico cine para adolescentes de los ochenta -que raros no faltan-, RAD será una de tantas. Para el resto y, por supuesto, los aficionados a las bicicletas, es una gozada. Algunas de las canciones que acompañan a las exhibiciones están interpretadas por John Farnham (1949), entre otros.

Por cierto que Cru porta el número treinta y tres en su bicicleta, un número maestro en la numerología, ¡y desde luego que el chico lo merece!

Por acabar de repasar la trayectoria de Hal Needham como realizador, mencionaré siquiera la última de su filmografía, Body Slam (Íd., Hemdale, 1986), comedia ambientada en el mundo de la lucha libre, que está missing total. Imposible localizarla.

En fin. Hal Needham estuvo activo como realizador en torno a una década. Como especialista mucho más tiempo. Sirva este artículo como agradecido homenaje. Y que me perdonen los críticos y los exclusivistas amantes de las masterpieces.

Escrito por Javier Comino Aguilera

The Cannonball Run, Ray Stevens (1981)

Like a Cannonball (The Cannonball Run II): Menudo (1984)





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