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El almanaque de mi padre, de Jiro Taniguchi

08 julio, 2024

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La narrativa que nos ha legado el mundo del cómic y, especialmente, del manga nos suele remitir a mundos de fantasía. Es normal, ya que dentro de las posibilidades que te brinda ese ámbito está el de poder dar vida a cualquier realidad imaginada. Sin embargo, no debemos considerar que siempre sea así. Algunas de estas obras se acercan a la realidad incluso al punto del costumbrismo, con un lenguaje específico como es el del dibujo, el uso de las viñetas o la transmisión entre página y página de una idea en combinación con el lenguaje empleado. Siempre que pienso en dos ejemplos característicos de este tipo de cómic más realista, se me vienen a la mente dos obras bien distintas: Maus (Art Spiegelman, 1986 y 1991), que emplea a seres antropomórficos para relatarnos la persecución a los judíos por parte del nazismo, y la más reciente Perspépolis (Marjane Satrapi, 2000-2003), una autobiografía que muestra el crecimiento del régimen fundamentalista islámico en Irán.

Sin embargo, me resulta más complicado pensar en ejemplos dentro del mundo del manga, porque los casos más habituales en mi cabeza suelen ser los ejemplos más populares y fantásticos, igual que en el mundo del cómic solemos mencionar más a los superhéroes o las aventuras de Tintín, Astérix o el humor de Francisco Ibáñez (1936-2023). Quizás también se debe a la capacidad de mezclar magia y cotidianidad del manga japonés. Por ejemplo, la historia de una familia de relaciones rotas por la violencia interna, la tortura psicológica y los traumas tienen su origen en una explicación mágica, una maldición del zodiaco, en Fruits Basket (Natsuki Takaya, 1998-2006), los crímenes que se resuelven en Detective Conan (Gosho Aoyama, 1994-) parten de la premisa de que su protagonista ha rejuvenecido por culpa de una droga, e incluso en algunas historias más realistas, como You are My Sun (Yuki Akaneda, 2023), hay abiertos ciertos momentos a lo espiritual. Ahora bien, como forma de expresión de la cultura japonesa, no cabe duda de que también hay espacio para el costumbrismo más cotidiano, al igual que ha sucedido en otras culturas. Y no solo ligado a un acontecimiento concreto e histórico, como sucede con la cruda Pies descalzos (Keiji Nakazawa, 1973-1974), sobre el bombardeo atómico en Hiroshima, sino más cercano a lo realizado por Isao Takahata en Recuerdos del ayer (1991), y a lo que podemos contemplar en El almanaque de mi padre (1994), de Jiro Taniguchi. 

La trama en las que nos introduce Taniguchi es sencilla: Yoichi regresa a su ciudad natal, Tottori, para el velatorio y posterior funeral de su padre, forzado por su mujer ante su primera negativa. Durante la mayor parte de su vida adulta ha mantenido las distancias y al regresar se reencuentra con la historia de su pasado, de su niñez y de las emociones y sentimientos que había perdido por empeñarse en alejarse. A través de las conversaciones con su tío, su hermana, con la viuda de su padre, su madrastra, y viendo fotografías del pasado, se irá recomponiendo el rompecabezas de su historia personal, contemplando otras perspectivas que romperán con su visión infantil de los hechos que le llevaron a rechazar mantener una relación con su padre.

No hay que esperar grandes giros en una historia centrada en actos tan cotidianos. El velatorio se ve intercalado por la historia cronológica de su familia, incluyendo el monólogo interno del protagonista confrontando lo que siente ahora con lo que sintió entonces. Esto le sirve a Taniguchi para mostrar la vida cotidiana de una familia japonesa entre los años 40 y 60, incluyendo la posguerra, la presencia del ejército norteamericano o el incendio de Tottori en 1952. Además de la mentalidad noble, pero callada y orgullosa de la figura paterna. 

Sin duda, El almanaque de mi padre es la reconciliación con la figura paterna ausente, pero siempre presente, la que podemos considerar más tradicional. Yoichi siempre había culpado a su padre de la ruptura de su familia, sobre todo de que su madre se separara y los dejara con él. Sin embargo, durante el velatorio, irá descubriendo las razones del comportamiento de su padre, comprenderá cómo actuaba y cómo dejaba huella en el resto de las personas con acciones honestas y cotidianas, siendo un hombre sencillo, humilde e íntegro, que ni siquiera quiso forzar a su hijo, al que amó a su manera, en ese silencio emocional al que tantas generaciones de hombres se vieron expuestos.

Con ese enfrentamiento entre la imagen que Yoichi tenía de su padre, de un hombre frío y distante, y el que proyectan no solo las palabras de los demás, sino sus propios recuerdos, se da cuenta nuestro protagonista de sus errores, del tiempo perdido por no haber sabido comunicarse, de todo lo que ha dejado atrás por egoísmo, dándose cuenta de que ya es tarde. No necesita este cómic grandes giros de tuerca ni acontecimientos grotescos o trágicos para golpearnos emocionalmente, solo la sencillez de un hijo ante el cuerpo inerte de su padre sabiendo que ya no hay marcha atrás, que no podrá remediar el dolor que le causó en vida por haberlo querido apartar e ignorar. Por contra, frente al hijo que no supo apreciar a su padre, encontramos a un padre que le aguardó siempre, apreciando el valor de una fotografía que atesoraba con cariño, dándole libertad para tomar sus decisiones sin imponerle su futuro como era tradicional en esa época o esperándolo hasta el último momento mientras cuidaba del perro que rescató de niño. Un hombre que antepuso sus deseos por los deseos de sus hijo, pensando que así lograría su felicidad mientras renunciaba a poder tenerlo a su lado.


Todo expuesto con una gran sensibilidad, empleando un dibujo cuidado al detalle, salvo quizás por la poca expresividad de los rostros, y usando la narrativa propia del cómic para confrontar pasado y presente, para dar silencio y solemnidad a los recuerdos que podrían pasar por normales. Hay mucha delicadeza en la manera en que Taniguchi trabaja con la memoria a través de sus dibujos, logrando que una imagen que representa un momento sencillo y fugaz perdure con la fuerza de la emoción, la nostalgia y el dolor de la pérdida. No será nuestro pasado, pero todos atesoramos sentimientos similares, y por eso podemos comprender tan bien al protagonista y alcanzar igualmente su catarsis, esa reconciliación con la memoria y ese necesario homenaje póstumo a su padre, a lo que debería haber hecho antes. Curiosamente, cuanto más conozca a su padre, más chocante resultará el reencuentro final que se da en la obra por resultar frío y distante, apático, contrastando con la imagen idealizada que él había creado de niño. 

Es la traición de nuestra memoria frágil, que reconstruye nuestro relato vital según cómo queremos verlo y no tal y como ocurrió. Sobre todo cuando nos lo contamos una y otra vez a lo largo de nuestra vida, reafirmándolo para evitar cualquier disonancia. Yoichi debe corregir a lo largo de este cómic algunos de sus recuerdos cuando los compara con lo que sabían sus familiares, sobre todo su tío, que será quien más le recrimine su actitud, y su hermana mayor; ambos le mostrarán que nunca llegó a entender a su padre mientras vivía. Y con esa corrección comenzará a empatizar. A darse cuenta de sus auténticos sentimientos, a abrirse al dolor de la pérdida rompiendo con la frialdad que él mismo había creado. Ese contraste se logra entre las primeras páginas y las últimas, cuando ve el cadáver de su padre por primera vez al llegar al velatorio y cuando se despide de él tras toda esa noche de reflexión y recuerdos.


El almanaque de mi padre es el encuentro con el pasado, es el retrato de una generación de familias que podemos reconocer no solo como costumbrismo japonés, sino también como reflejo de un tipo de sociedad y de relaciones universales. Padres e hijos que vivieron unos hechos de manera diferente y que generan barreras emocionales que se suelen evitar. Una historia sencilla que logra ser efectiva, cálida y reconfortante, con una narrativa que se luce mediante un cuidado uso del dibujo. Una buena muestra de la capacidad de Jiro Taniguchi para inmortalizar y darle sentido a lo cotidiano.

Escrito por Luis J. del Castillo



Taxus 3: Lo que dejamos atrás, de Isaac Sánchez

23 diciembre, 2019

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Hay miles de planetas a lo largo y ancho del universo. Solo conocemos a la humanidad presente en la Tierra. Y desde hace algunas pocas décadas hemos comenzado a comprender que estamos acabando con nuestro hábitat, que la acción conjunta y devoradora de millones de seres humanos está consumiendo el planeta que hemos habitado en lo que podríamos considerar un parpadeo de la existencia de nuestra galaxia. También hace tiempo que sabemos que somos finitos. Y que estamos condenados. Lo que pasará después con el universo aún queda fuera de nuestro conocimiento, pero no de nuestra imaginación.

Con todo, hay quienes consideran que lo mejor para el planeta sería el fin de la humanidad, dado que la vorágine en que esta se halla no va a cambiar, no va a mutar con el tiempo suficiente para evitar la catástrofe. Ya lo planteaba Nietzsche. Y no muy lejos de este tipo de conclusiones se encuentran los seres que habitan en el mundo de Taxus, ni, por tanto, su creador, Isaac Sánchez. Aunque eso no quiere decir que guarde algún deje de esperanza. También lo hacia el filósofo.

En Taxus 3: Lo que dejamos atrás (2019), volvemos a un mundo en crisis. Tras haber perdido a su líder, Ciudad Fuente se encuentra desorientada. Laro parece haber desaparecido y Anjara no es capaz de mantener la seguridad de la ciudad dado que, entre las sombras, Benito ha dejado entrar al mal abrazando el plan del misterioso Caelio. Mientras tantos, las criaturas mágicas y extrañas de Taxus, que fueron rescatadas del folclore cántabro, parecen estar decidiendo cuál debe ser el futuro de su tierra.


El relato que Isaac plantea está en busca de su protagonista, si acaso lo necesita. En gran medida, todos los personajes están tratando de hallar su identidad, su lugar en este nuevo mundo, Taxus, o quizás su camino de retorno. Benito se confirma en el sendero que ya planteó el giro final de El último en llegar (2017) y que se desarrollaba en La cabra (2018), Laro se encuentra en una disyuntiva que ya se planteaba al final de La cabra, y cuyo final puede que no sea voluntario, pero encaja con la personalidad arriesgada y solidaria del personaje, y Anjara, por su parte, se convierte en el eje vertebrador de este último tomo, descubriéndose su rol y planteándose como pilar fundamental de la conclusión de esta historia. Precisamente, al narrar el origen de este personaje en este tomo, el autor ha logrado dedicar cada parte de la trilogía a uno de sus diferentes protagonistas: Benito, Laro y Anjara, llegando a una conclusión entrecruzada, en que cada uno recibirá el final que merece por sus acciones. No podemos dejar fuera a Caelio, menos relevante que los otros tres, pero cuyo origen e historia es crucial para este último volumen y para entender toda la historia, especialmente la de Anjara. 

Sin duda, Lo que dejamos atrás es más ambiciosa e incluso más sutil en su narrativa, lo que puede provocar cierta confusión en el lector que busque una historia más ligera o tan lineal como lo fue El último en llegar. Como en La cabra, se introducen flashbacks entremezclados con el presente, pero también hay momentos en que aparecen fusionados dos universos paralelos, dos realidades que se devoran mutuamente. En ocasiones, peca de ser abrupta o repentina, de llegar a una conclusión demasiado rápido, aunque después no dude en subrayar la idea que pretende defender, como percibiendo que debería haber dado más espacio a lo que ha acabado demasiado pronto. Por otra parte, el uso de las viñetas y el color demuestra la evolución del autor, que emplea diversos recursos con bastante acierto. Además de dejarnos varias imágenes para el recuerdo, logrando un interesante equilibrio entre secuencias de acción, secuencias íntimas e incluso trascendentales o secuencias puramente humorísticas. Sin duda, el dibujo se ha ido superando tomo a tomo, logrando aquí resultar espectacular y brillante.

Cabe mencionar que toda la trilogía de Taxus contiene un tono humorístico que no se aleja del cómic español, por ejemplo, con un léxico que en ocasiones nos recuerda a los míticos Ibáñez (Mortadelo y Filemón, 13 Rue del Percebe) y Jan (Superlópez), mezclándose con referencias más actuales y frikis, pero en un tipo de historia bien distinta, que no es una parodia y que afronta mensajes con bastante envergadura, además de abordar también un tono épico.

En todo ello destaca sin duda el personaje de Laro, que tiene el arco evolutivo más rico en matices, planteándose como un posible héroe, capaz de afrontar un sacrificio personal para acabar con la situación. Hay también tramas turbias, que reflejan las peores aristas del ser humano, como sucede con Benito o con Caelio. Mientras que en todo subyace tanto un mensaje pesimista en su contexto global, dado que el punto de origen de todo mal, tanto para este mundo de Taxus como para la Tierra, es un ser humano, como esperanzador, en los posibles futuros y reencuentros que se ofrecen. Incluso Sánchez se permite dejar abierta al lector ciertos hechos finales, que deberán ser supuestos, porque nunca serán mostrados.

En cierta forma, aunque resulte evidente que existe el mal, la obra de Taxus está invadida de matices. Ni siquiera las criaturas mitológicas que viven en ese mundo paralelo están libres de crueldad, pues llegan a ser sanguinarios cuando es necesario. Quizás el funcionamiento de estos personajes es uno de sus puntos flacos y el que más se siente inconexo e incoherente con los dos tomos anteriores, donde apenas se había desarrollado esta trama paralela que tanto impacto tendrán en el final, salvo para usarlos como personajes de fondo. Un fondo, eso sí, bien enriquecido de unas criaturas poco habituales en la ficción. Al final, podríamos decir que uno hubiera esperado mayor desarrollo o una posibilidad aún mayor de entender este universo. Aunque quizás no acabamos de entender bien el mundo de Taxus como tampoco acabamos de entender nuestro propio planeta.


Wonder Woman: Dioses y mortales, de George Perez

06 octubre, 2019

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Los superhéroes llevan viviendo décadas dentro de las páginas de los cómics, tantos que ha sido necesario en muchas ocasiones reiniciar su historia, ya fuera fruto de una decisión editorial o de algún macroevento que hoy admitimos también en el cine, pero que surgieron con fuerza en las líneas editoriales de DC o Marvel. Por ello, en los años ochenta encontramos Wonder Woman: Dioses y mortales (1987), la nueva versión de Wonder Woman de la mano de George Pérez. A diferencia de la época dorada en que surgieron las primeras versiones de los superhéroes, en estos años se crean orígenes más detallados, aunque partan de la misma premisa, y este hecho permitió asentar algunas ideas básicas sobre los héroes que han ido llegando en los últimos años a la gran pantalla. Por ejemplo, la reciente adaptación de Patty Jenkins, Wonder Woman (2017), se alimenta precisamente de la visión de George Pérez junto a otros detalles del personaje que se han ido perfilando posteriormente.

De esta forma, en Wonder Woman: Dioses y mortales retrocedemos al origen de las amazonas y no hay ningún temor a que sea una historia mitológica, rica en detalles, y que permiten comprender la cosmogonía en la que surge esta superheroína de evidente raigambre mítica. Además, ya desde estos orígenes se observa un trasfondo feminista en la historia de las amazonas que se trasladará también a la protagonista, en la reivindicación de la mujer y en su huida de un rol pasivo o dominado. Es decir, la princesa Diana bien podría haber surgido en los relatos míticos grecolatinos, otorgándole un buen fundamento que permite a los lectores disfrutar de una rica herencia literaria a la par que añaden una visión más contemporánea. Lo bueno es que estos orígenes permiten crear versiones oficiales de la historia y acontecimiento extraoficiales, al punto de retorcer la historia o de incluir detalles como sucede en historias posteriores, por ejemplo, la más reciente Wonder Woman: El Círculo (Gail Simone y Terry Dodson, 2008).


Ahora bien, todavía en los ochenta podemos encontrar cierta candidez. La inocencia con la que Diana se ha de enfrentar al mundo que desconoce, ese mundo ajeno a su isla natal, nos regala escenas en los que choca inevitablemente el universo cotidiano de los lectores con la magia mitológica de Wonder Woman. Pero, curiosamente, ese choque es aceptado con bastante naturalidad, de ahí la candidez que referíamos. Por ejemplo, uno de los personajes más relevantes de esta aventura, Julia Kapatelis, es una experta en la época mitológica que ayudará a nuestra protagonista a entender este mundo mientras sufre las consecuencias de ser perseguida por las fuerzas malignas contrarias a la superheroína. Se trata de un personaje curioso, dado que es capaz de aceptar la existencia de Diana con curiosidad científica, soportar la maldición que afecta a su hija y unirse a la batalla junto a Wonder Woman sin titubear, convirtiéndose a la par en una nueva figura materna para Diana dentro del mundo humano. En cierto sentido, esta historia coarta ocasionalmente la credibilidad por ofrecer personajes fuertes, representantes de unos valores determinados que los hagan afines a la protagonista del relato, pero que se comportan de una forma excesivamente temeraria, todo por seguir a una superheroína a la que apenas conocen. Si bien es cierto que el personaje representa unos valores evidentes, como el pacifismo y la bondad, sus compañeros quedan demasiado planos y vagos en su carácter.

Por otra parte, Wonder Woman normalmente había estado ligada a su intervención en las dos guerras mundiales, cuando salía de su isla para descubrir la maldad y el egoísmo que anidaba en el corazón de los hombres (lamentablemente, casi siempre se recurre a los tejemanejes del dios Ares para explicar el comportamiento del ser humano, restándole verosimilitud y ambigüedad a la entidad humana en las aventuras de esta heroína). Sin embargo, en esta ocasión, Diana llega al mundo durante la Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia, con la tensión presente entre estas dos grandes potencias mundiales a punto de destruirse mutuamente. Obviamente, se recurrirá de nuevo a la némesis de Wonder Woman, Ares, para provocar una conjura de destrucción total en el mundo a partir de su influencia entre los líderes de esos países. Quizás sea en otra historia en la que se observe que la maldad puede proceder también del ser humano sin necesidad de intrigas divinas, de la misma forma que se plantean personajes humanos que son capaces de sacrificarse y combatir junto a Diana por evitar la catástrofe.

No obstante, hay que resaltar la forma en que nuestra superheroína consigue enfrentarse y derrotar a esta amenaza, en la línea de su doble vertiente de guerrera y diplomática. En contraposición a otros héroes que ya existen en este universo, como Superman, con el que es comparado por algún personaje o incluso por la prensa, Wonder Woman alcanzará la victoria desde el debate filosófico (su diálogo con Ares acaba tocando temas como la existencia, la fe y el futuro), recurriendo a sus poderes y a su fuerza cuando el peligro alcanza a los inocentes.

En definitiva, Wonder Woman: Dioses y mortales nos deja un buen inicio en la vertiente más mitológica del personaje. Precisamente, podemos considerar que su parte divina goza de un buen desenlace, mientras que su lado más humano queda abierto, aún por asentarse en la realidad que acaba de conocer; hubiera estado bien encontrar un desarrollo de ambas partes más equilibrado. Como cómic, contiene escenas de batalla algo confusas, pero lo solventa con una gran integración entre la intención narrativa y las imágenes empleadas en los fragmentos más relevantes, a pesar de un coloreado en ocasiones no tan eficaz como debiera.


Taxus 2: La Cabra, de Isaac Sánchez

10 marzo, 2019

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Volvemos al mundo de Taxus tras El último en llegar (2017), aquel primer tomo que nos trajo Isaac Sánchez como inicio de una trilogía de cómics escrita y dibujada por él mismo. Continuamos por tanto adentrándonos en este particular universo invadido por la mitología cántabra, que a pesar de su cercanía, nos resulta poco conocida, al estar eclipsada por las populares mitologías griega, nórdica y egipcia. No obstante, el relato no es un mero compendio mitológico, dado que su creador ha sabido hilar una historia atractiva donde caben tanto múltiples referencias graciosas y hasta absurdas con una tensa trama donde el bien y el mal se confunden, se juega con las apariencias y se profundiza en los deseos y anhelos más recónditos de los seres humanos, o más inquietantes, según el caso.

Taxus 2: La Cabra (2018) continúa lo ya creado mostrándonos las consecuencias del primer tomo y ahondando sobre todo en el pasado de uno de sus protagonistas, que hasta el momento era el más enigmático: Laro. Debemos hacer notar que en el desarrollo de La Cabra pesa el hecho de ser un capítulo intermedio, que no acaba por resolver ninguna de las tramas, que incluso empieza alguna nueva y que resulta más abrupta en la narración del argumento principal que en el primer volumen, que se cocía a un ritmo más sosegado mientras Benito conocía el nuevo mundo al que estaba accediendo.

En esta ocasión tenemos dos partes bien definidas y separadas. En primer lugar, nos sumergimos en el pasado de Laro, donde conoceremos una historia marcada por el amor y la desgracia así como por el deseo recóndito de este personaje de resurgir, de superar su situación para acabar con su sufrimiento. Seremos testigos de su llegada a este mundo, con la bienvenida que le otorga Primere y un repaso a algunas de las lecciones que ya conocimos en el anterior tomo, cuando fue Laro quien recibió a Benito. Isaac Sánchez no deja al azar los acontecimientos y conecta bien la aparición del ojáncano. En cierta forma, se hace hincapié siempre en las consecuencias que todos los actos de los personajes tienen, por insignificantes que parezcan. También encontramos en esta narración el origen del mal que parece agazaparse como la amenaza para este mundo y para los habitantes de Ciudad Fuente.

En segundo lugar, y siguiendo con las consecuencias, veremos cómo evoluciona Benito como un vecino más de la ciudad que le acogió con los brazos abiertos. A partir del giro con el que se cerró el primer tomo, veremos cómo se manifiesta la personalidad de este personaje cuya apariencia nada tiene que ver con su auténtica naturaleza, una forma de ser que le lleva a seguir los pasos necesarios para una catástrofe. Anjara, por su parte, con una aparición algo menor en este tomo, pero importante partícipe de la historia, trata de liderar Ciudad Fuente tras la muerte de Primere. Como en el anterior tomo, encontramos cierta lentitud inicial, necesaria para mostrar al lector dónde nos situamos, para después pasar a un acelerón de acción. Pero en este caso, ese cambio de marcha está más descompensado y resulta algo abrupto, dado que existe una desconexión entre la primera parte, con el pasado de Laro, con la segunda, centrada en los precipitados acontecimientos, aunque se suponga que pasen varios días, de la ciudad. 

Si bien se nota el peso de ser un capítulo intermedio en esta trilogía, se percibe el mimo y el cuidado que pone Isaac en su creación, no solo por su dibujo y su sobresaliente ambientación con las criaturas de la mitología cántabra, sino también por la forma en que aborda y trata a sus personajes. Destaca en especial la forma en que nos narra el pasado de Laro, que nos ofrece una perspectiva más profunda sobre este peculiar y misterioso personaje del primer tomo, y que es de lo más destacado de este volumen junto a la exploración psicológica de Benito y, por qué no, de la perturbadora presencia de la cabra. También se nota que la historia está orientada desde el principio y podemos sentir que todas las dudas abiertas o los giros argumentales han sido meditados para lo que será la conclusión de este periplo. Un final que estamos deseando conocer en el tercer tormo. Sin duda, Taxus se está erigiendo como una obra muy recomendable por su buena edición, su esmerado dibujo y color, sus múltiples fuentes y referencias y su originalidad.


Los Jóvenes Titanes: El contrato de Judas, de Marv Wolfman y George Pérez

30 agosto, 2018

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Lo hemos repetido en varias ocasiones, pero viene al caso recordar que las obras de ficción, incluso las más fantásticas, suelen remitir a alguna condición humana que se refleja en nuestra realidad, tan solo que, a veces, estas se enfrentan a situaciones más extremas. Sucede así con los superhéroes, reflejos no solo espectaculares de nuestras ensoñaciones, sino también de las particularidades del ser humano, ahondando en cuestiones como la identidad, la justicia, la cordura, la amistad, la familia, la traición o la pérdida. Cuestiones que impactan con mayor fuerza cuando sucede en un ámbito donde el protagonista se siente invencible y donde sus seguidores también lo consideran así.

Uno de los elementos tópicos en las historietas de superhéroes ha sido el compañero, generalmente más joven, incluso niño, que bien podían funcionar como contrapunto, bien como enlace con el público objetivo. Con el paso del tiempo fueron ganando personalidad hasta llegar a independizarse de sus mentores, algo que en DC ocurrió con Los Jóvenes Titanes (Teen Titans), versión juvenil de la Liga de la Justicia que ha tenido diversos nombres a lo largo del tiempo. Estos personajes se dedicaron, como sus maestros, a resolver crímenes, detener villanos y enriquecerse personalmente con la convivencia y el trato con iguales.

Como en toda saga de aventuras, podemos encontrar cierta tendencia a la repetición, a las tramas autoconclusivas o a un avance insignificante en la evolución de sus personajes, a fin de que puedan asumir una y otra vez reflexiones sobre las mismas temáticas. Sin embargo, también suele ser usual que haya un punto de inflexión o momentos álgidos de creatividad en el que encontremos cómo las aventuras dan un paso hacia adelante. En el caso de estos personajes, podemos cerciorarnos de que uno de sus puntos clave se produjo en los años ochenta, cuando se llamaba Nuevos Titanes, lucían con el colorido dibujo de George Pérez y vivían unas construidas y más sentidas aventuras creadas por Marv Wolfman, ambos recién llegados a DC Comics tras trabajar para Marvel. Se llamó El contrato de Judas (1984).

Después de reformular a los Jóvenes Titanes como los Nuevos Titanes para hacer frente a nuevas amenazas en el mundo, nos encontramos con un grupo formado por Robin, el antiguo compañero de Batman, Wonder Girl, huérfana rescatada por Wonder Woman y criada por las amazonas, Kid Flash, un joven protegido de Flash también con supervelocidad, Raven, la hija medio humana del villano Trigon, que trata de encontrar su espacio dentro del grupo y alejada de la oscuridad, Cíborg, convertido en una máquina viviente por su padre tras un grave accidente, Starfire, una princesa alienígena, y Changeling o Chico Bestia, capaz de transformarse en cualquier animal tras un experimental tratamiento de emergencia. A ellos se unirá Tara Markov, alias Terra, capaz de manipular la tierra, tras ser rescatada por nuestros protagonistas de unos terroristas.

Como en todas las agrupaciones, existen discrepancias, pero sobre todo cuando los componentes son jóvenes adolescentes cuyas personalidades pueden llegar a chocar, con poderes que a veces no controlan del todo y viviendo crisis personales, romances y pruebas que se salen de lo normal. Esta aventura cerraba un ciclo y encaminaba a estos personajes para enfrentarse posteriormente al macroevento editorial que fue Crisis en Tierras Infinitas, pero funcionaba a la perfección dentro del desarrollo de sus personajes por una buena planificación y un giro argumental que otorgaba cierta madurez a la saga. El contrato de Judas nos sitúa en un momento de crisis y evolución de los Jóvenes Titanes. Algunos de ellos se replantean continuar con el equipo o con sus identidades secretas hasta el momento, debido principalmente a que han madurado o a que no se identifican con lo que eran. Será el caso del líder de los Titanes, Robin, antaño el chico maravilla de Batman, que siente que debe dar un paso en otra dirección, alejarse de ese rol que lleva ejerciendo desde niño. También de Kid Flash, que abandonará a los Titanes por no haber encontrado entre ellos su espacio.

En este sentido, aparte de las aventuras en contra del villano de turno, en este caso el Hermano Sangre, que de forma superficial plantea la cuestión de las sectas y también de las luchas de poder y corrupción dentro de un país, se van desarrollando las relaciones entre los protagonistas, incluidas las románticas, como la que existe entre Robin y Starfire, o la que parece empezar a surgir entre Changeling y Terra, además de profundizar en su psique: son personajes que maduran, es decir, se les permite crecer como no se había hecho antes. Incluso reflexionan sobre el sentido de su identidad y, sobre todo, sobre el sentido de la amistad, la traición y la vida. No en vano, la gran villana de El contrato de Judas será la incomprensión, el muro infranqueable de una persona inestable que, afectada por los sucesos de su vida, se ha convertido en una psicópata que siente fútil a la bondad y que todos la han traicionado.


Resulta evidente que el cómic presenta coloridas aventuras que no rehuyen los tópicos usuales del género, como los discursos de villanos, la presentación de los poderes, el tono humorístico de ciertos personajes o los combates desnivelados, en ocasiones algo confusos. Sin embargo, entre acto y acto, se presiente la traición y el culmen llegará cuando los Titanes sean secuestrados y Dick, anteriormente Robin, deba afrontar la situación y encontrar su nueva identidad. Nos introduciremos entonces en una trama detectivesca en el que veremos al personaje de Dick dentro de una estética noir y descubriendo la verdad de lo sucedido. Además, se presenta al villano Deathstroke como un mercenario dual, dado que tras narrarnos su historia, se nos mostrará capaz de redimirse como de mostrar su lado más sanguinario y frío.

Como aspectos positivos, la capacidad de crear un personaje malvado con matices, bastante enriquecido por su confluencia con otros personajes, especialmente su familia. La reconversión de Dick en Nightwing, aunque su estética, como sucede con Jericó, haya quedado bastante desfasada, que nos presenta a un personaje maduro y diferente al Robin de antaño. También la forma en que el narrador se despide de la villana nos muestra una reflexión bastante digna para cerrar, acompañando a las decisiones que adoptan los Titantes durante el entierro. En conjunto, supone un punto álgido de crisis y cambio para los personajes, de evolución y madurez por enfrentarse tanto a la traición como a una indeseada muerte.


De forma más negativa, en ocasiones la estética general no combina bien con el tono de la historia, a pesar del estupendo dibujo de George Pérez. La presencia de ciertos personajes está descompensada con la trama, dada la cantidad de componentes de los Titanes, saliendo favorecidos sobre todo Dick, el Chico Bestia o, en menor medida, Wonder Girl y Raven. La ausencia de cierta lógica en los planes de los malvados de turno o la sensación de que el tramo final, aunque emocionante y lleno de acción, puede resultar confuso.

En definitiva, El contrato de Judas supone la conclusión de un primer ciclo de los Nuevos Titanes marcando un paso definitivo en la evolución de sus personajes. Una evolución que no se determina tan solo por la despedida o el cambio estético de algunos de ellos, sino sobre todo por la forma en que deben afrontar una dificultad tan relevante como es la traición de una persona a la que consideraban de confianza. Una historia distinta y madura que cambia el tono habitual de estas aventuras más juveniles.


Taxus 1: El último en llegar, de Isaac Sánchez

16 julio, 2018

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Las costumbres pueden con nosotros y aunque nos quejemos abiertamente, entrar en mundos nuevos y comprenderlos puede llegar a resultarnos más difícil de lo que desearíamos. Vivimos más cómodos en la reiteración centrípeta de nuestros gustos o referentes. Por ello, salir de esa situación es complejo, aunque bastante necesario para abrirnos nuevas fronteras y descubrir que, seguramente, nos estamos perdiendo más de lo que nos imaginábamos al principio. Por eso mismo, los prejuicios tampoco ayudan.

Podríamos presuponer que Taxus 1: El último en llegar (2017) es un cómic más que sumar a la larga lista de productos creados a partir de la fama de un youtuber, pero eso no dejaría de ser más que un prejuicio sobre toda una serie de obras que, en realidad, son bastante diferentes entre sí. Tan solo hay que tener cierto ojo crítico para saber valorar cuándo nos están vendiendo la moto frente a las situaciones en que realmente encontramos, como mínimo, una auténtica obra personal y artísticamente atractiva.

La lectura de una obra así supone, por tanto, la ruptura con esta idea preconcebida, como también su creador, autor y dibujante, ha roto, o está en vías de hacerlo, con la comodidad que su alter ego, Loulogio, le había brindado en internet, y se enfrenta a sus lectores como Isaac Sánchez, el dibujante que fue y que nunca dejó de ser. Más allá de monólogos, reseñas y vídeos de doblaje humorísticos, gameplays junto a Roc, alias Outconsumer, y otros compañeros, o espectáculos varios en teatros y televisión, ha mostrado una gran pasión por el mundo del cómic, recomendando, analizando, reseñando y, sobre todo, dibujando. Anteriormente a su éxito como youtuber había publicado El regreso del hombre pez (2008), que se alzó con el premio Josep Coll del Salón del Cómic de Barcelona. Con Taxus, trata de regresar al dibujo con una saga que emplea elementos de la mitología cántabra.


En este primer tomo, acompañamos a Benito en su llegada a este peculiar mundo a través del árbol Taxus después de haber intentado suicidarse. Como se recalca en el cómic, se trata de un don nadie de apariencia despistada y afable, fotógrafo de profesión y con ciertos traumas arrastrados en su vida. Pronto tendrá que adaptarse a un mundo lleno de criaturas extrañas, aunque para ello contará con la ayuda de Laro y Anjara, quienes lo guiarán y acompañarán. A la vez, las criaturas oscuras parecen haberse empeñado en secuestrarlo.

Gracias a un elaborado dibujo pintado con acuarelas, donde se trabaja bastante bien con la luz (a destacar las viñetas que concluyen el tomo), los personajes se desenvuelven y se van presentando a través de su aspecto, sus intervenciones y, sobre todo, sus acciones. Aunque aparentan ciertos clichés, poco a poco Isaac nos va mostrando motivaciones ocultas y secretos que crearán interés en el lector y que plantean dudas e interrogantes para próximas entregas. A ello debemos sumar la forma en que juega y rompe con el horizonte de expectativas que pudiéramos tener sobre el argumento y su protagonista. En este aspecto destaca y se diferencia de lo que hubiera sido una aventura más habitual y, por tanto, menos estimulante.


Es más, lo que pudiera parecer, por otra parte, una desventaja, es decir, el uso de criaturas más desconocidas frente a los seres mitológicos más populares, especialmente griegos o nórdicos, acaba siendo un principal motivo atractivo para su lectura. La aparición de criaturas mitológicas de gran originalidad, que parten de una mitología menos conocida, como es el caso de la cántabra, le otorga una personalidad especial al cómic. Sin duda, varias de estas criaturas maravillarán al lector o lo atemorizarán, según el caso, porque tampoco se limita a la hora de tomar decisiones drásticas. Frente a este elemento menos popular, Isaac siembra su cómic de distintas referencias tanto populares como frikis, curiosamente la mayoría a través de Laro, lo que provocará que, en gran medida, el lector objetivo, aquel al que se dirige este tipo de cómic, se sienta también cómodo reconociendo estas menciones.

Quizás la parte más negativa de este primer tomo sea su brevedad y también ciertas escenas que finalizan de forma abrupta. Además, debemos mencionar la sensación de que deja en el aire demasiadas cosas que deberán fijarse o profundizarse en próximos tomos. Con todo, es una obra a tener en cuenta en perspectiva de futuro, no solo por su argumento, sino también por su destacada calidad artística y narrativa. Si bien no está inventando nada, juega a la perfección con todo.


Wonder Woman: Paraíso perdido, de George Pérez y Phil Jiménez

05 octubre, 2017

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Aunque hay muchas formas de erigir a un personaje, sobre todo a un superhéroe, se puede ahondar en qué significa ser ese personaje más allá de las típicas historias de orígenes. Las adaptaciones cinematográficas suelen comenzar su andadura explicando el origen del superhéroe, como sucedía, por ejemplo, en la reciente Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017).

Sin embargo, ello no quiere decir que se llegue al culmen del sentido de ese personaje, es más, el punto álgido suele situarse justo al final de esa historia, por lo que realmente no hay espacio para desarrollar al personaje en su apogeo. Sobre esa senda hemos podido disfrutar de ciertas películas donde se ha acabado por asentar al superhéroe en acción, como sucedía en Spider-Man 2 (Sam Raimi, 2003) o El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008). Y sobre ese mismo camino nos encontramos a nuestra heroína de moda en Paraíso perdido (2001), de mano de George Pérez y Phil Jiménez. En este tomo nos encontramos con dos arcos argumentales que mantienen un mismo fondo en torno a qué significa ser Wonder Woman. El primero se titula Dioses de Gotham, mientras que el segundo se corresponde con Paraíso perdido.

La primera historia nos lleva a Gotham, en una trama entrelazada con el universo de Batman. En esta ocasión, tres dioses, hijos de Ares, pretenden vengarse de la heroína y crear el palacio de su padre en la Tierra, situándolo en la ciudad de Bruce Wayne debido a su gran índice de criminalidad y corrupción. Para ello, poseerán a tres villanos clásicos del hombre murciélago: Hiedra Venenosa, el Espantapájaros y el Joker. A través de la creación de un culto, acumulan el odio, el miedo y la rabia de los habitantes de la ciudad en manzanas de la discordia, consiguiendo emplearlas para aumentar su poder y extender su dominio. Los héroes de ambos universos, encabezados por los propios y originales Wonder Woman y Batman, harán frente a esta amenaza, aunque para ello también tendrán que hacer frente a sus propios demonios internos.

Si bien hay una parte del desarrollo de la trama que obliga al lector a conocer a los personajes, dado que no se detendrán a presentárnoslos, por lo general nos encontramos ante un argumento interesante, con algunas ideas originales que derivan, a su vez, tanto del tono detectivesco de las aventuras de Batman como del fondo mitológico de Wonder Woman. No obstante, está claro que el espíritu de este cómic pertenece a la heroína, dado que ante todo se trata de defender su fe en los ideales de la concordia y la paz para el mundo. Precisamente, para lograr alcanzar esa meta, los personajes deberán primero creer en sí mismos y superar sus iras y sus temores.

Ahora bien, la resolución acaba por sentirse precipitada, como si hubieran enmarañado en exceso el tramo final, poniendo tantas dificultades que casi es necesario un recurso deus ex machina, nunca mejor dicho, para finalizar la historia. A su vez, no se recurre en este caso a una batalla final espectacular, sino al aspecto más pacífica del personaje: su papel como embajadora, logrando a través de la palabra lograr sus propósitos, como ya pudimos comprobar en El Círculo (Gail Simone y Terry Dodson, 2008) con su relación con los gorilas.

La segunda historia nos transporta a la Isla Paraíso o Temiscira, el hogar de las amazonas y, por tanto, de Wonder Woman, donde reina su madre, Hipólita. Curiosamente, ambos argumentos funcionan bien juntos, dado que se convierten en las dos caras de la misma moneda: si nuestra superheroína pudo alcanzar la paz mediante la palabra con su principal enemigo, ahora no será capaz de evitar una guerra entre las amazonas. En este caso, un nuevo grupo habita desde hace poco tiempo la isla, lo que ha provocado recelos en la población por conflictos del pasado. A ello se suma tanto el desapego que las nuevas habitantes tienen al sistema político como la ausencia continua de Hipólita, ocupada y cada vez más encantada con su nuevo rol de Wonder Woman en otra línea temporal. Como lectores, seremos testigos de los errores y las trampas en que caen los personajes, llegando a sentir por momentos que los autores vuelven a enredar en exceso los sucesos para volver a recurrir a una salvación in extremis. No obstante, para llegar a ese punto, habremos tenido que prestar bastante atención a los numerosos diálogos que perfilan y posicionan a cada personaje.

Así pues, aunque se sucederán varias escenas belicosas, algo confusas, en esta segunda parte, encontramos menor fuerza en su acción, sobre todo teniendo en cuenta que la heroína permanece ausente o incapacitada durante gran parte de la batalla, frente al papel que ocupan las conversaciones. Pese a la intención de lograr la concordia por parte de Diana, la villana de turno logra que su conspiración triunfe al recurrir a los recelos existentes entre las dos tribus de amazonas y reforzarlos con hechos puntuales que tan solo provocaron el aumento de la tensión y, finalmente, la guerra.

La conclusión resultará, otra vez, precipitada, aunque en esta ocasión nos encontremos con un cambio relevante en la idiosincrasia del personaje al tener que llevar a cabo un sacrificio en pro de la (re)conciliación. Por último, debemos destacar un dibujo que nos recuerda a un estilo más clásico en el mundo de las viñetas, recomendando sobre todo la revisión de los villanos fusionados de la primera historia, la expresividad de los personajes y algunas escenas de acción, aunque en ocasiones puedan llegar a resultar confusas, sobre todo en la segunda historia. En general, se trata de un cómic exigente con el lector, pero también muy sugerente en su propuesta visual.

En definitiva, dos historias que nos muestran la faceta más pacífica de Wonder Woman, aquella que tiene relación con su rol de embajadora más que con el de heroína guerrera. Si en la primera parte logra transmitir su fe y sus ideales a sus compañeros, dando un primer paso relevante contra los hijos de Ares en Gotham, en la segunda verá cómo su propio hogar se ha convertido en la antítesis de sus deseos, por lo que, en conjunto, funcionan muy bien para dar una doble perspectiva en torno a un mismo fondo, y también para comprobar que el mundo de los superhéroes es más que acción.

Escrito por Luis J. del Castillo


Wonder Woman: El Círculo, de Gail Simone y Terry Dodson

22 junio, 2017

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Las superheroínas no han gozado de la repercusión que, en muchos casos, se merecerían, o al menos en igualdad con otros superhéroes cuyas historias no son ni peores, ni mejores, sino simplemente semejantes. Quizás por la fama que el cine otorgó a determinados personajes, otros han pasado más desapercibidos, restringidos al mundo del cómic.

Ese puede ser el caso de Wonder Woman, que si en el mundo del noveno arte formaba parte de la Trinidad de DC formado por ella junto a Superman y Batman, en el más popular medio cinematográfico apenas ha gozado de éxito. Al menos hasta ahora, en que la reciente propuesta dirigida por la directora estadounidense Patty Jenkins, Wonder Woman (2017), parece haber llamado la atención del público y, también, catapultado su fama, merecida por otra parte tras una larga trayectoria entre viñetas y a la sombra de otros héroes.

A raíz de este próximo estreno en nuestro país, hemos querido acercarnos a la célebre amazonas a partir de un cómic escrito también por una mujer, Gail Simone: El Círculo (2008).

La Mujer Maravilla, como se conocía tradicionalmente en España, tiene la particularidad de relacionarse con la mitología o, mejor dicho, de surgir de este territorio, lo que le otorga un singular atractivo y un enfoque distinto al del alienígena que es Superman o al carácter detectivesco y más humano de Batman. De ahí que sus poderes se expliquen a partir de regalos de los dioses griegos, que pertenezca a una raza de amazonas como se entendían en esa misma mitología (un pueblo gobernado y formado por mujeres guerreras), que aparezcan otros personajes mitológicos, como la bruja Circe o Hércules, o que tenga un hogar apartado de la civilización, la isla de Themyscira (o Temiscira), también conocida como Isla Paraíso.

En El Círculo nos encontramos ante un momento delicado para la comunidad amazona. De forma previa, la bruja Circe ha provocado toda una serie de problemas a la heroína y a las amazonas, de forma que Wonder Woman ha perdido sus poderes cuando no está usando su armadura clásica y sus queridas hermanas han sido exiliadas por decreto de Atenea de la isla que era su hogar, a excepción de la reina y madre de Diane, Hipólita. Por tanto, ahora nuestra protagonista se dedica a la investigación de asuntos metahumanos como Diane Prince, mientras que trata de mantener el mundo a salvo con su alter ego conocido ya por el mundo como Wonder Woman. De ello se está ocupando cuando tienen lugar los acontecimientos de El Círculo.

Dado que la isla Paraíso está prácticamente abandonada, el Capitán Nazi (los nazis han dado de sí como villanos recurrentes hasta límites insospechados; por cierto, este villano funciona realmente como un macguffin de la auténtica aventura) ha decidido asediarla y conquistarla. Sin embargo, esta invasión reabrirá una antigua historia que tiene relación con el origen de nuestra protagonista y cómo su nacimiento fue la causa de ruptura y rechazo entre un grupo de amazonas.

Este grupo, conocido como el Círculo, estaba compuesto por cuatro amazonas elegidas por la reina para salvaguardarla de cualquier peligro. Sin embargo, cuando Hipólita decidió tener una hija, el fanatismo de estas protectoras las llevó a tratar de destruir esa nueva vida, a la que contemplaban como una amenaza para toda su raza. Encarceladas desde entonces en la misma isla y sin mostrar ni un ápice de arrepentimiento, esperan su oportunidad para acabar con la causa no solo de su encierro sino también del rechazo de la persona a la que habían jurado proteger, su reina.

Así pues, dos líneas temporales se entrecruzan en el cómic. La historia del pasado nos sirve para mostrar el funcionamiento de la sociedad de las amazonas, sus leyes restrictivas fruto del imperativo de los dioses, que impedía, entre otras cosas, su procreación, o el fanatismo alcanzado por quienes formaron el célebre Círculo, quienes además de proteger a la reina, buscaban a todas las amazonas dispuestas a romper sus leyes, aunque se tratase de un simple placebo inofensivo. En cierta medida, la represión que estas amazonas hacían de su propio deseo de maternidad las llevaba a cazar a todas las que estaban dispuestas a manifestarlo de cualquier forma posible. De ahí que se sientan traicionadas por la persona a la que más querían y admiraban.


Y la historia del presente es una prueba para Diana, una prueba para demostrar el tipo de heroína que es. Por una parte, será capaz de hacer frente a los peligros que surjan incluso cuando no pueda utilizar sus poderes, pero, por otra parte, cuando sea capaz de usarlos y dominar a sus enemigos, siempre se mostrará clemente y piadosa. Así lo demuestra con el grupo de gorilas inteligentes liderados por Tolifhar, que acabarán por ser una mezcla de alivio cómico y de apoyo bélico, como también hacia el final de la historieta, cuando tras mostrar su superioridad, decida ser benevolente y no vengativa, mostrando cuáles son los auténticos valores de las amazonas. A su vez, a pesar de su grandeza, no dudará nunca en solicitar ayuda a otros con tal de proteger aquello que ama o que cree justo, lo que nos permitirá comprobar que en este mundo no solo existen dioses griegos, sino que también hay espacio para otras mitologías, como la nórdica, la egipcia o la japonesa.

De esta forma, El Círculo se presta a ser no solo una entretenida historia sobre Wonder Woman, sino también una presentación más profunda sobre su sociedad, sobre la cuestión de la maternidad y el fanatismo, sobre el carácter clemente del personaje, que se distingue así de otros superhéroes (ella misma mencionará su rechazo a las técnicas de Batman), y sobre la importancia de los lazos que nos unen a los demás por encima de los prejuicios (los prejuicios que le afectaban a ella como también los que afectaban a los gorilas, por ejemplo, y que ella fue capaz de superar: solo están equivocados).

Gail Simone
A pesar de que su conclusión resulte abrupta, Gail Simone nos regala una aventura atractiva y que nos ayuda a comprender mejor al personaje, sin olvidar tratar algunos temas de interés que no resultan vacíos. Quizás pueda chirriar la aparición de ciertos personajes excesivamente caricaturescos, como los gorilas o el Capitán Nazi, en contraposición a la historia tan terrible y a la caracterización más profunda del Círculo; sin embargo, su presencia tiene un sentido y nos proporciona un mejor panorama de la protagonista. Y todo ello dibujado por Terry Dodson, que aunque consideramos falto de dinamismo en las escenas de acción, sí consigue una gran expresividad y personalidad para cada uno de los personajes.

Escrito por Luis J. del Castillo


Green Lantern: Origen Secreto, de Geoff Johns e Ivan Reis

19 abril, 2017

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Desde las historias más ancestrales y primigenias de nuestra humanidad, la figura del héroe ha sido la más evidente desde los inicios. Sobre ella se ha trabajado de manera continua a lo largo del tiempo evolucionando de muy distintas formas, incluyendo su destrucción. Sin embargo, también se han reciclado conceptos que ya estaban presentes en las mitologías clásicas para arropar la creación de grandes héroes ficticios en la época contemporánea; nos referimos a los superhéroes. No en vano, algunos de ellos son adaptados desde la propia mitología, como Thor, Wonder Woman, esta última en relación a las míticas amazonas, o incluso Aquaman, creación claramente influenciada por el dios Poseidón. Siguiendo por lo tanto el modelo clásico, todo protagonista heroico logra realizar hazañas únicas gracias a sus capacidades, en ocasiones procedente de la magia o de la divinidad. Y, en todo caso, todos necesitan un origen.

Y esos orígenes no siempre resultan tan distantes a los mecanismos usados antaño. Por ejemplo, la justificación podía recaer en la herencia familiar, al encontrarnos a hijos de dioses como Hércules, o bien en algún elemento mágico o bendecido por la divinidad, como la cabellera del bíblico Sansón o la sangre del dragón en que se baña Sigfrido en el Cantar de los nibelungos. 

De la misma forma, aunque alterando generalmente la magia por la ciencia (con excepciones como Shazam o Doctor Extraño), en las últimas décadas hemos visto a un alienígena que absorbe energía solar conquistando los cielos bajo el nombre de Superman o cómo la picadura de una araña radiactiva nos trajo a Spiderman, además de a hombres que en lugar de recursos mágicos acuden a sus conocimientos científicos para aumentar sus límites humanos, como Iron Man o Batman, Mencionaremos también a Hulk, cuyo origen como doble irascible y terriblemente poderoso de Bruce Banner nos remite, más que a la mitología, a la célebre novela de Stevenson, El extraño caso del Doctor Jekyll y Míster Hide (1886). Y como todo héroe necesita su origen, los cómics se han encargado en numerosas ocasiones de reversionar esos inicios con mayor o menor acierto. Y precisamente una de esas obras es la que hoy comentamos: Green Lantern: Origen Secreto (2008).

El guionista de esta historia es Geoff Johns (1973-), habitual de DC que ha escrito historias para casi todos sus personajes principales, dedicando nueve años a Linterna Verde (a partir de ahora, nos referiremos a Green Latern por su traducción). En esa etapa acometió uno de los arcos argumentales más recordados del superhéroe, La noche más oscura (2009), al que precedió, entre otros, este Origen Secreto. Por su parte, Ivan Reis (1976-) es un dibujante brasileño que en 2005 comenzó su andadura en DC tras un breve paso por Marvel, que deja en la franquicia de Linterna Verde un gran trabajo visual.


Linterna Verde permanece al cuerpo de protectores intergalácticos creados por los Guardianes del Universo, de quienes depende su poder derivado de un anillo con una lámpara como fuente de energía. Sin embargo, antes de ser el superhéroe de la Tierra, Hal Jordan era tan solo un hombre, piloto de pruebas que arrastraba tras de sí conflictos familiares, inestabilidad laboral y una considerable cantidad de arrojo. Cuando Abin Sur, miembro de esos protectores intergalácticos, muera en la Tierra, su anillo de poder hallará en Hal a su nuevo propietario. Poco después, tendrá que averiguar las responsabilidades de semejante poder y discernir las causas que llevaron a Abin Sur a la muerte con la ayuda de un antiguo aprendiz del alienígena, Sinestro, quien se convertirá en su mentor.

Sin duda, lo mejor que contiene Green Lantern: Origen Secreto es la construcción de sus personajes, sobre todo de las relaciones entre ellos. Johns logra dar una gran entidad al protagonista, hablándonos de su pasado desde el hecho traumático de la muerte de su padre, a quien admiraba profundamente como bien demuestran los dibujos de Reis, hasta su presente como temerario e indeseado piloto. Al final, estamos ante un personaje en fuga de su vida personal, incapaz de afrontar un pasado que, sin embargo, le empuja hacia su futuro. La responsabilidad de ser Linterna Verde supondrá también reconciliarse con sus remordimientos y sus miedos para ser capaz de asumir esa difícil tarea, sin perder por ello su actitud en ocasiones irresponsable, algo ideal para mostrar sus primeros errores como superhéroe, incluyendo sus dudas sobre el sistema de los Linterna Verde y osando enfrentrarse cara a cara a los Guardianes del Universo. Por suerte, se nos ahorra mostrarnos sus entrenamientos completos, con una elipsis que demuestra claramente que la intención del cómic es construir la personalidad del personaje que mostrarnos al superhéroe.

Precisamente, en la trama aparecen varios personajes que son desarrollados tanto en la trama de la Tierra como en la relativa al Universo. De los primeros, destaca el gran peso que tiene desde el inicio el personaje de Carol Ferris, cuya relación con el protagonista variará a lo largo de la historia hasta que lleguemos a comprender las razones de esta fuerte mujer. También el pasado familiar perseguirá a Jordan de forma continua, no solo en forma de aviones que pilotar, sino también de su hermano menor. A su vez, Tom Kalmaku se convertirá en el usual amigo y confidente de Hal, sirviendo de apoyo y desahogo para su identidad secreta, mientras que veremos aparecer a un villano, Hector Hammond, y vislumbraremos nuevos peligros para próximas aventuras de Linterna Verde.

Por su parte, el Universo nos mostrará a varios compañeros intergalácticos del superhéroe, como Kilowog o Tomar-Re, que le entrenarán, pero sobre todo destacará Sinestro, cuya relación con el protagonista evolucionará de forma similar a la relación entre Carol y Hal, y la sombra de Abin Sur, cuyas acciones previas a su muerte tendrán influencia en toda la aventura. Gracias a la relación entre Abin Sur, Hal Jordan y Sinestro, Johns establece cierta reflexión en torno a la importancia del antecesor, del mentor y del aprendiz. 

Para ello, mostrará la antítesis que son Sinestro, responsable aunque vanidoso, y el discípulo díscolo y testarudo que demuestra ser Jordan, además de mencionar cierta obsesión por la mitología cósmica, que remite a una futura amenaza conocida como la Noche más Oscura. Por último, cabe mencionar a los misteriosos Guardianes del Universo, que mostrarán con cierta evidencia que están guardando secretos, secretos que podrían derivar en un conflicto mayor de lo imaginado.

No obstante, si los puntos fuertes se encuentran en la construcción de los personajes, consiguiendo cierta profundidad para los más relevantes, su punto flaco lo hallamos en la acción. Aunque la historia cuenta con hasta dos villanos, siendo el más relevante el terrorista estelar Atrocitus, se sienten poco interesantes, además de no conseguir un combate emocionante. En este sentido, a diferencia de otros cómics que hemos analizado, como JLA: Año uno (2006), aquí encontramos una carencia en la espectacularidad en favor de la construcción argumental, lo que viene a demostrar que encontrar el equilibrio entre ambas cuestiones no es tarea fácil.

Con todo, se trata de un digno cómic e introducción al personaje que se puede disfrutar incluso aunque se pierdan ciertas referencias a otros arcos argumentales de Lintenra Verde. Cuenta con un buen dibujo, pero sobre todo de una trama bien llevada donde destacan las relaciones entre sus personajes, faltando quizás un momento de cierta apoteosis final. Algunos aficionados consideran que trastoca en demasía la continuidad del personaje, aunque el cómic de forma independiente otorga un calado realista y humano al personaje, además de ser una obra entretenida.

Escrito por Luis J. del Castillo





JLA: Torre de Babel, de Mark Waid y Howard Porter

04 marzo, 2017

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Los seres humanos somos seres sociales, aunque para mantenernos en sociedad es necesaria la confianza. Se trata de un factor clave en las relaciones humanas, por eso pesa en nosotros siempre el miedo a la traición, a la mentira o a la hipocresía. Los superhéroes no son distintos. Como hemos comentado en anteriores ocasiones, todas las historias que reflejan un mundo de fantasía, de ciencia ficción o, en definitiva, de irrealidad, suelen ahondar en aspectos que son muy reales, al menos si merecen la pena. Por ello, el apartado de los superhéroes no iba a ser menos. 

Por ejemplo, ya comentamos en relación a X-Men la cuestión de la otredad, del miedo y el odio a lo desconocido o a lo considerado normal (entran aquí muchos y variados sectores sociales que han sido discriminados a lo largo de la historia) y de cómo ello podía derivar en un ambiente conflictivo. En efecto, aquellas aventuras que rellenaban tiras de cómics ya maduraron hace tiempo, pudiendo así reflejar más sobre nosotros mismos y nuestra sociedad de lo que desde una visión externa cabría esperar. Sobre la confianza versa precisamente JLA: Torre de Babel (2000), aunque también sobre la comprensión hacia los demás. Una amenaza se cierne sobre el mundo, pero también sobre la Liga de la Justicia. 

El villano Ra's al Ghul pretende salvar a la Tierra del daño que le causa la humanidad, por lo que planea crear la incomprensión lingüística como sucediera en la bíblica Torre de Babel. Pero para cumplir con su ansiado objetivo, tendrá que derrotar a los héroes de la JLA recurriendo a sus puntos débiles, recogidos en los archivos de uno de sus miembros. En esta historieta, encontramos entre los componentes a Superman, Batman, Wonder Woman, Aquaman, el Detective Marciano, Flash, Linterna Verde y, seguramente el menos conocido ante el resto de icónicos superhéroes y un personaje algo cargante, Plastic Man.

Al frente de esta historia encontramos a Mark Waid (1962-), habitual de DC que se encargó durante ocho años de Flash, además de trabajar también para Marvel en historias de Spider-Man, Daredevil, Capitán América o Los Cuatro Fantásticos. En la cabeza del apartado artístico, encontramos a Howard Porter, conocido sobre todo por revitalizar la JLA junto a Grant Morrison o por su etapa en Flash junto a Geoff Johns, y al entintador Drew Geraci. 

Podemos situar dos tramos en la historia que compone Torre de Babel. La primera supone el desconcierto de nuestros protagonistas, que comienzan a percibir los movimientos de Ra's al Ghul y también que se ven contra las cuerdas por la estrategia del villano, que parece conocerles demasiado bien. El segundo tramo se inicia con el desarrollo del plan del villano de llevar la incertidumbre lingüística a la humanidad mientras la JLA descubre por qué han sido derrotados y deben recuperar cierta confianza para afrontar la lucha final.

Aunque podría parecer que el mayor motivo de interés de esta historia reside en observar cómo son derrotados el equipo de superhéroes, lo realmente interesante es el punto de ruptura que supone estos acontecimientos en sus relaciones, sobre todo para Batman. A diferencia de sus compañeros, el héroe de Gotham es un ser humano sin poderes, cuyo mejor habilidad reside en su capacidad deductiva, pero también en mantener una actitud precavida y reservada, capaz de establecer confianza manteniéndose distante.

Por ello, cuando todos los demás descubran que ha mantenido planes secretos para derrotarles en caso necesario, es normal que la confianza con el encapuchado se resquebraje, incluso para su amigo Superman. Lo cierto es que esta trama no es novedosa dentro del panorama de la JLA. Ya en la reseñada JLA: Año uno (1998), también escrito por Mark Waid, encontrábamos al Detective Marciano tomando datos de sus compañeros por inseguridad, una cuestión que se recuerda en este cómic.

Sin embargo, el punto al que se llega en este caso es más avanzado, dado que se produce una traición inconsciente por parte de Batman, al caer sus informes en manos enemigas. El propio murciélago se enfrentará a su debilidad: sus padres, el motivo por el que se convirtió en el guardián nocturno de Gotham. Esta trama ensombrece el curioso plan del villano, que apunta hacia la necesidad del lenguaje en el ser humano y que podría haber dado más de sí. En este sentido, el carácter más aventurero de este tipo de historietas se pierde en favor de explorar las relaciones de sus personajes, que acaba siendo el apartado más interesante en Torre de Babel.

No obstante, más allá de este desarrollo tan relevante, que cuenta con un final que retrata el carácter de cada personaje, se echa en falta un mejor engarce entre los distintos elementos que se exponen en el cómic, otorgando también más importancia a las tramas que se desarrollan. Por ejemplo, el ya mencionado villano, que en ocasiones puede llegar a parecer ridículo y que no acaba por sentirse como una auténtica amenza ¡a pesar de haber estado podido derrotar a la JLA! El dibujo no se sitúa tampoco entre lo mejor que podamos encontrar, con algunas expresiones poco trabajadas o escenas de acción que se notan estáticas.

En definitiva, lo mejor de JLA: Torre de Babel reside en cómo se produce la ruptura entre los héroes, logrando que todos se mantengan a un mismo nivel de presencia y con su personalidad reconocible, aunque con cierta preferencia, evidente por el guión, por Batman. El culmen llega con un final que, por encima de la aventura contra el villano, sitúa la acción en el debate surgido dentro de la JLA por los acontecimientos de esta historia.  

Escrito por Luis J. del Castillo


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