Eduardo Manostijeras, de Tim Burton

24 diciembre, 2014

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Mientras nieva fuera, una anciana se decide a contarle a su nieta la historia de cómo se originó la nieve que cae en aquella ciudad, ajena a este fenómeno antes de esta narración. Estamos ante el planteamiento de un mito moderno, un mito que entremezcla la normalidad idílica de un barrio americano con un castillo de estilo gótico y un ser extraño y anómalo entre los humanos corrientes, no solo porque sus manos sean en verdad tijeras, sino porque su forma de entender la vida dista mucho de lo que otros entienden. Nos acercamos a Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990)

Tim Burton fue el artífice de esta historia que consiguió dirigir y producir gracias al éxito de sus películas anteriores, que habían supuesto su debut en los largometrajes: Bitelchús (Beetlejuice, 1988) y Batman (1989). Este nuevo proyecto era una historia más personal, sobre todo si tenemos en cuenta los comentarios de algunos amigos cercanos a Burton que consideraron al personaje central como un reflejo del director, especialmente en la inadaptación al modelo de vida de su entorno. Este cuento navideño destaca entre sus primeras películas por ser una película redonda que confecciona las características de su forma de hacer cine.

Vincent Price, Tim Burton y Johnny Depp durante el rodaje
La película nos plantea un contraste claro y evidente, que lo es incluso visualmente. El barrio de los suburbios es colorido y está lleno de personas, mientras que el castillo de tonos góticos, alejado de la civilización, es oscuro y solitario. Si originalmente el miedo se alojaba en lo ajeno, es decir, en lo que resulta extraño y desconocido, aquí nos encontraremos con un personaje que procede de ese lugar oscuro y desconocido, un castillo abandonado, pero que se ve rodeado de un estilo de vida que le es ajeno, invadido por la hipocresía y por las falsas apariencias, un auténtico lugar siniestro que, pese a su apariencia, vive anclado en la desconfianza.

Eduardo (traducción que nunca se pronuncia en el doblaje) es un personaje imperfecto físicamente: sus manos son tijeras. Su padre, maestro y creador (Vincent Price, en su última interpretación en cine) no pudo terminarlo y se vio obligado a llevar una vida solitaria dentro de un mundo que ni se interesó ni sabía de él. La historia recuerda al monstruo de Frankenstein que creó Mary Shelley: de la misma forma, Eduardo es un ser incomprendido y, por tanto, perseguido por quienes lo convirtieron en un monstruo, aunque no lo fuera. Sus características son propias de los mitos del terror, pues igual que, por ejemplo, Drácula, se mantiene alejado de la sociedad en su oscuro castillo y su apariencia expresa peligro, aunque su gestualidad y su aspecto no sean temibles.


Durante la película, como contraste, atendemos a la sensibilidad artística que desarrolla el protagonista y que tiene poca relación con la urbanización que le rodea: casas idénticas y personas de rutinas, de vidas aburridas, frente a su exuberante imaginación de setos hechos figuras y peinados imposibles. Un ser que prefería escuchar poesía a cómo comportarse a la mesa.

Precisamente, quien es víctima del desprecio de sus convecinos por ser diferente, una mujer, Peg (Dianne Wiest) que busca cierta economía trabajando como comercial de Avon y sin darse por vencida, será quien vea más allá de la apariencia temible de Eduardo y lo acoja en su casa, siendo el motivo del inicio de este cuento. Lo cierto es que nadie se sorprende de su apariencia, aunque todos la perciban extravagante y, finalmente, peligrosa. Sin embargo, el auténtico peligro reside en sus prejuicios.


La hija de la familia que lo acoge, Kim (Winona Ryder) superará ese modo de ver las cosas desde su miedo inicial, completamente comprensible aunque fuera la primera en percibirlo así, hacia una curiosa relación romántica que le lleve a proteger a Eduardo y a descubrir al auténtico monstruo de esta historia. Un esquema que se volvería a repetir en La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast, Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991).

A nivel profesional, la película supuso la primera colaboración de Johnny Depp con Burton, en lo que vendría a convertirse en una relación usual tras esta primera ocasión (como pueden demostrar las siguientes películas donde han trabajado juntos: Ed Wood, 1994; Sleepy Hollow, 1999; Charlie y la fábrica de chocolate, 2005; La novia cadáver, 2005; Sweeney Todd, 2007; Alicia en el país de las maravillas, 2010; Sombras tenebrosas, 2012).


El actor, además de sufrir las condiciones del traje con el que se transformaba en Eduardo y de tener que trabajar con las tijeras, tuvo que recurrir a elementos del cine mudo, centrándose en las muecas y los gestos para solventar las pocas palabras que figuraban en el guión para su personaje. En relación a esto, la película también supuso la introducción en el mundo de los guionistas de la escritora Caroline Thompson, que desarrollaría la historia planteada por Burton y con quien volvería a trabajar en La novia cadáver.

En el resto del reparto, podemos destacar el trabajo de Winona Ryder en la evolución de su personaje, destacando sobre todo sus escenas en el último tramo de la película, desde el maravilloso baile bajo la nieve creada por Eduardo al esculpir un ángel de hielo. Por otra parte, el resto de componentes de la familia, con Dianne Wiest a la cabeza, seguida por Alan Arkin, que interpreta a un padre en apariencia recto, pero que se relaciona con Eduardo como un amigo, y Robert Oliveri, que interpreta al hermano pequeño.


Como antagonista, Anthony Michael Hall, que en su papel de Jim nos ofrece al hijo de una buena familia educado en ese barrio, pero con valores totalmente opuestos a los de Eduardo. No podemos olvidar la colaboración de Vincent Price, que encarna con mimo un personaje en el que encaja a la perfección. La bella banda sonora de Danny Elfman, habitual compositor de Burton, es también digna de apreciar, con un tema principal que derrocha tonos navideños y una cierta sensación de magia, sobre todo gracias a las voces corales.

En definitiva, Tim Burton nos ofreció una historia leve, pero que reúne grandes esencias. Un cuento de Navidad que sirve para dar un sentido poético a la nieve, cual mito, y para acercarnos desde otro punto de vista a una historia frankenstiana; una película hermosa y delicada que logra reunir drama, comedia y romance con una serie de elementos fantásticos que podrían proceder de cualquier historia de terror.





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