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Animales fantásticos: Los crímenes de Grindelwald, de David Yates

09 diciembre, 2018

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El mundo de varitas y hechizos con regusto a latín regresa con la secuela de Animales fantásticos y dónde encontrarlos (2016), que iniciaba una saga alejada del mago que dio origen a este universo, Harry Potter. En esta ocasión, seguiremos con las peripecias de Newt Scamander (Eddie Redmayne) dentro del inicio del apogeo del mago oscuro Grindelwald, quien estuvo detrás de los eventos que acontecieron en Nueva York casi dos años antes. En esta ocasión, retornamos a Europa para observar cómo la sociedad mágica se empieza a dividir en un ambiente de crispación, espionaje y traiciones previos a una guerra. Nos adentramos en Los crímenes de Grindelwald (2018).


La obra de David Yates tiene unas virtudes visuales más que evidentes, virtudes que no son capaces de ocultar sus graves defectos narrativos. Con una introducción epatante de tono siniestro y casi bélico, aunque de acción algo confusa tanto por la oscuridad como por el movimiento de cámara, la película después se adentra en un soporífero desarrollo donde se tratan de justificar los hechos que se van a narrar a continuación pero sin demasiado acierto. Tenemos varios frentes y tramas que acabarán por cruzarse en el final.

Por una parte, tenemos al protagonista, Newt Scamander, recluido en Reino Unido por haber perdido el derecho a viajar al extranjero por el incidente de Nueva York. A cambio de tal privilegio, se le solicita que ocupe el puesto de auror, como su hermano mayor Theseus (Callum Turner), con el fin de encontrar a Credence (Ezra Miller), el obscurus al que Newt conoció en Estados Unidos y que, a pesar de las evidencias de que había muerto (en una incongruencia respecto a la anterior entrega que se resuelve sin más explicación en esta película), sigue vivo y ha sido visto en París. Tras rechazar el trato y dejar que otros aurores más despiadados se hagan cargo, Scamander es convencido por su antiguo maestro y mentor, Albus Dumbledore (Jude Law) para que encuentre a Credence y evite así que el mago oscuro Grindewald se haga con él. Newt emprenderá la misión tras ciertas reticencias cuando descubra que su camino se pude volver a cruzar con Tina.


Junto a él, volvemos a encontrarnos con la pareja de Queenie y Jacob, cuya trama secundaria será resolver las diferencias que tienen respecto a su prohibido matrimonio. Curiosamente, aunque sea una trama poco desarrollada, quedando generalmente al fondo del argumento general, tiene en conjunto las escenas inicial y final del conflicto entre ambos más solventes, aunque la forma en que, por ejemplo, Queenie llega a su resolución final sea un tanto floja e inconsistente.  

Por otro lado, tenemos al antagonista, Gellert Grindelwald (Johnny Depp), que despliega su plan para convencer a Credence de que se una a sus aliados y así poder usarlo para acabar con el único mago al que teme: Albus Dumbledore. A su vez, inicia su campaña para convencer a los magos de sangre pura de que ellos deben liderar el mundo. Con un discurso populista y una actitud tiránica va desarrollándose un personaje bastante interesante que se equipara, como resulta evidente, al ascenso del fascismo o el nazismo en esta misma época, previa a la Segunda Guerra Mundial. Aunque también se puede relacionar con el resurgimiento de este mismo tipo de discursos en la Europa actual.


Por último, tenemos un conjunto de personajes en torno a la trama de Credence, que además de ser el objetivo de prácticamente todos los demás, tiene su propia búsqueda de identidad, tratando de descubrir su pasado como hijo perdido de un linaje de magos. Todo ello se pone en relación con una antigua profecía cuyo contenido no se acaba de mostrar, pero que parece resultar de vital importancia para justificar el asesinato del mago obscurus por parte de los gobiernos mágicos. Además, se une a una historia familiar relacionada con los Lestrange, a quien todos piensan que pertenece Credence, siendo relevante aquí Leta (Zoë Kravitz), antigua amiga e interés romántico de Newt, quien está prometida con su hermano y sobre la que la película irá desarrollando algunos flashbacks en Hogwarts y la sensación de ser una bruja de claroscuros, marcada por la mala consideración que tiene su familia dentro del mundo mágico.

Como se puede comprobar, hay una gran cantidad de personajes, incluso algunos no nombrados, que se alejan por tanto del círculo algo más cerrado que en la anterior ocasión. Sin embargo, la realidad es que todos confluyen al final, dado que las tramas están relacionadas desde el principio gracias a la figura de Credence, a excepción seguramente de la relación entre Queenie y Jacob. El principal problema es que lo que podría haber sido una aventura con un tono de thriller, con todos los personajes buscando a Credence con diferentes objetivos o acaso tratando de descubrir su identidad, queda disperso por completo, dado que no comprendemos exactamente por qué cada grupo quiere al obscurus, cuál es la intención de cada cual o por qué se dan tantas vueltas vacías de contenido. Es más, podemos afirmar que existe un trasfondo que tiene una gran fuerza dramática, como demuestra el tercio final, en el que se concentran todos los mejores momentos de la película.


Ahora bien, a pesar de ello, como ese final se sustenta en una narrativa carente de empatía con sus personajes, con un desarrollo bastante plano y donde no se consigue justificar las acciones realizadas por cada bando, pierde la catarsis necesaria con el público. Muchos quedarán sorprendidos o epatados por el final, que quizás les haga olvidar, o perdonar, la falta de rigor o el aburrimiento que destilan prácticamente los dos tercios iniciales de la obra. Pongamos algunos ejemplos a continuación. Leta Lestrange tiene un desarrollo flojo, sobre todo de su relación con Newt, lo que provoca que su importancia en el final, incluyendo uno de los momentos cumbres tanto de la historia como del personaje, no tenga el carácter emocional que pretende, dado que no se ha logrado conectar con el espectador o entender al personaje. La forma en que Queenie es manipulada resulta tan pueril como la actitud tan inverosímil que tiene esta bruja capaz de leer el pensamiento.

La relación fraternal entre Newt y Theseus carece de profundidad alguna, incluso habiendo tenido la oportunidad de hacerlo mediante flashbacks, lo que provoca que todo se sustente en apenas dos escenas sueltas a lo largo de la película. El comportamiento y la investigación de Tina son tratadas de forma algo rebuscada, así como su encuentro con Yusuf (William Nadylam). Incluso el ambiente del circo en que se encuentra Credence y su nueva amiga, Nagini (Claudia Kim), es desechado con demasiada rapidez, apenas unas trazas, que no permiten que conectemos con las necesidades de un personaje ya de por sí poco expresivo, pero que se sitúa en el centro de todo el interés argumental, presente y futuro.


En otras palabras, y para concluir, Los crímenes de Grindelwald es una oportunidad desperdiciada, incluso porque cuenta con buenas actuaciones. Una obra que es, obviamente, un blockbuster que da la talla a nivel técnico, pero que pretende aparentar ser más inteligente en su guion de lo que realmente es cuando enmaraña innecesariamente su argumento y oculta todos sus golpes o giros argumentales casi hasta el final. Hubiera sido más interesante ir desvelándolos a lo largo del metraje, con cautela y paciencia, a través de los propios descubrimientos particulares de los protagonistas, para mantener la atención del espectador y promover una mayor cercanía con los personajes, lo que permitiría una catarsis más eficiente con ese final tan espectacular con que cierra. Algo menos humorística que su predecesora, más ambiciosa y con momentos bastante maduros, concentrados la mayoría en el tramo final, y dejando la puerta abierta a las secuelas. Lamentablemente, para llegar a lo mejor, tendremos que atravesar todo un nudo pesaroso que da demasiados tumbos sin sentido.


Liga de la Justicia, de Zack Snyder

10 diciembre, 2017

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Este análisis comenta cuestiones relativas al argumento y a detalles de la trama (spoilers).

Regresamos al género de los superhéroes en esta especie de carrera espacial, al estilo de la que mantuvieron Estados Unidos y la antigua Unión Soviética durante el siglo XX, en que se ha convertido la competición de las grandes empresas por colapsar las salas con sus blockbusters. Sin duda, tenemos el ejemplo de la exitosa Marvel, mientras que otros proyectos, como el de Universal con sus monstruos, parecen existir para el fracaso. Aunque el competidor más claro ante Marvel es DC, en tanto que ambas marcas han sido las casas que han rivalizado también en el mundo del cómic. Pero si DC triunfó en el pasado con obras sobre dos de sus héroes, Superman y Batman, no parece haber sido capaz de cautivar por igual al público ni a la crítica con su proyecto de universo, iniciado con El hombre de acero (Zack Snyder, 2013).

Si en Marvel optaron por crear películas individuales para cada uno de sus superhéroes para finalmente unirlos con Los Vengadores (Joss Whedon, 2012), en DC han decidido aumentar cada vez más el número de protagonistas antes de realizar entregas individuales. Así tuvimos Escuadrón Suicida (David Ayer, 2016) y Batman v Superman: El amanecer de la justicia (Zack Snyder, 2016) donde aparecen ambos superhéroes del título junto a la presentación de la amazona Diana Prince, que tendría su aventura individual en Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017). El siguiente paso ha sido Liga de la Justicia (Zack Snyder, 2017).

La película ha contado con una producción caótica en la se produjo un cambio en la dirección, Joss Whedon por Snyder, que tuvo que dejar el proyecto por cuestiones familiares, y que obligó a reconducir ciertas partes de la película, incluyendo un retorno al rodaje de actores que ya estaban inmersos en otros proyectos. Este hecho se ha percibido sobre todo en la promoción de la película, que ha contado con una orientación y con escenas dispares a las que después hemos podido encontrar en la obra concreta, y también ha derivado en un debate sobre qué pertenece a Whedon y cuál era la concepción inicial de Snyder. No obstante, consideramos que son debates irresolubles, siendo más relevante valorar la obra por lo que es y como ha llegado a las salas.


Así pues, tenemos un mundo donde ha desaparecido la figura del gran superhéroe, lo que ha abocado a la sociedad a un miedo atroz por su futuro. En esa situación, una amenaza en forma de extrañas criaturas alienígenas, los parademonios, ha puesto alerta a Batman (Ben Affleck), que ha iniciado su particular búsqueda de personas especiales que puedan ayudarle a enfrentar el mal que se avecina. Comienza entonces el reclutamiento de nuevos héroes para la Tierra, desde su ya conocida amiga Diana Prince (Gal Gadot), alias Wonder Woman, hasta Barry Allen (Ezra Miller), un joven muchacho con supervelocidad con el sobrenombre de Flash, un enigmático y dubitativo ser conocido como Cyborg (Ray Fisher) y un atlante taciturno y de mal carácter, el protector de los mares Aquaman (Jason Momoa).

De una forma clara, la película se divide en tres tramos, conectados por el hilo conductor que es la amenaza de Steppenwolf, quien desea conquistar y destruir la Tierra como venganza por una derrota en el pasado. Todo ello lo descubriremos conforme avance la trama, dado que en un principio se nos presentará el reclutamiento de los distintos superhéroes que compondrán la Liga de la Justicia por parte de Batman, empeñado en encontrar unos guardianes que suplan la pérdida de Superman. Precisamente, sobre su ausencia versa el bello inicio de la obra, que nos muestra la desolación y el miedo instalado en la sociedad por la muerte del héroe. El símbolo de la esperanza en que se había convertido se muestra en los distintos gestos de las personas anónimas como en las conversaciones entre algunos personajes principales, como Lois Lane (Amy Adams), Martha Kent (Diana Lane) o Bruce Wayne.


El reclutamiento sirve para presentar y asentar a los nuevos personajes, aunque todos estarán desarrollados de forma dispar. Por una parte, Flash sirve en todo momento de alivio cómico, siendo un personaje ligero y juvenil, cuyo contrapeso es el episodio trágico de su vida que tiene relación con la muerte de su madre y el encarcelamiento de su padre. Mención aparte merece su traje de superhéroe, aparatoso y poco atractivo. Barry Allen se convierte en el contrapunto a la experiencia y madurez de personajes como Batman, Wonder Woman o Aquaman, pero también de Cyborg, que aunque menos experimentado, vive atormentado por su nueva situación, teniendo que decantarse por cómo va a actuar en el futuro. Ambos, Flash y Cyborg, cuentan con un planteamiento interesante para futuras aventuras, aunque en el segundo caso su pasado haya quedado en menciones. Por otra, tenemos a Aquaman, de quien apenas tenemos algunos rasgos de su personalidad, además de un comportamiento algo irracional e incoherente. En el fondo, su unión a la Liga parece más un mandato de su mundo para proteger las cajas madre que una decisión personal.

Los casos de Batman y Wonder Woman funcionan mejor, dado que ya habían sido presentados con anterioridad. En esta ocasión, veremos al murciélago convertido en un apóstol del mensaje de Superman, cual San Pablo se tratase, incluida su conversión inmediata tras los acontecimientos de la anterior película. Hasta tal punto llega, que no dudará en afrontar un sacrificio casi seguro por salvar su mundo, aunque el resto de personajes lo impidan. Su primera escena en la película retorna al terror con el que el personaje ya ha sido tratado, y parece un replanteamiento del inicio de Batman (Tim Burton, 1989), donde también perseguía a un criminal por las azoteas infundiéndole miedo. Por su parte, Wonder Woman se debe enfrentar a su pasado y comenzar a erigirse como una nueva esperanza, para lo cual también deberá descubrir que también ella puede perder un combate.


A partir de este primer tramo, se inicia un segundo en torno a la forma de derrotar al villano en cuestión recurriendo a una medida desesperada. Todo el conflicto moral que se plantea entre los protagonistas durante esta parte así como su resolución son de lo mejor de la película. Se nos presenta además una situación de batalla inesperada y muy bien resuelta, incluso a pesar de que se recurre de nuevo a las emociones como ocurriera en el duelo entre Batman y Superman en la anterior entrega, pero de una forma más solvente y menos ridícula para el espectador. A partir de este momento, se sucederán los clímax y anticlímax en la lucha final con Steppenwolf, que, de nuevo, tendrá una conclusión alejada de lo convencional y relativa a las emociones, en este caso, al miedo. Curiosamente, se prescinde de una resolución espectacular como en Wonder Woman o tensa y dramática como en El hombre de acero.

Ahora bien, tras este repaso de los tramos en que se divide la película, debemos alejarnos para reflexionar sobre algunos aspectos a tener en cuenta. Para empezar, no debemos olvidar que todas estas aventuras de superhéroes parten del mundo de los cómics americanos, que tienen su propio sistema de lectura y referencias. En los últimos meses hemos reseñado varias obras de DC y hemos podido percatarnos de cómo muchas de ellas inician su trama con acontecimientos sobreentedidos, que apenas son mencionados por sus personajes, pero que tienen mucha relevancia. Este hecho se deriva de la forma en que estas historias se cuentan a través de diversas entregas que permiten diseminar referencia a acontecimientos futuros en tomos anteriores. El problema principal que se plantea en este caso es que el lector quiera leer una aventura en concreto y no entienda las referencias al pasado, lo que también se traslada a las películas. Precisamente, Marvel se ha encargado de diseminar referencias a las Gemas del Infinito en sus diversas entregas para adelantar el que será su próximo gran evento cinematográfico, Vengadores: Infinity War (Hermanos Russo, 2018). 



Pero, al contrario que su empresa rival, en el universo cinematográfico de DC han faltado menciones a elementos tan relevantes como las cajas madre o los parademonios, salvando la extraña visión de Bruce Wayne en Batman v Superman, que tampoco era una explicación. Así pues, hubiera sido fácil emplear la introducción no solo para mostrarnos el dolor y el caos producidos por la muerte de Superman, sino también cómo ese hecho estaba repercutiendo en el avance de la invasión por parte del villano de turno y sus secuaces, los parademonios. Resulta curioso que ni siquiera usen un periódico o las noticias para avisar de estos avistamientos, cuando en todo momento se nos muestra a Batman o a otros protagonistas enterados de la presencia de estas misteriosas criaturas, sin mostrar sorpresa alguna. 

A las carencias de la película se suma la poca consistencia del villano, que no es más que uno más de una larga lista de antagonistas olvidables y prescindibles, hecho además por CGI de forma completa. Su propósito vuelve a ser la destrucción por la destrucción, lo que lo diferencia de otros enemigos mejor formulados, como el propio general Zod, quien al menos quería rehacer su planeta Krypton aunque fuera a costa de la vida del planeta Tierra. Además, la amenaza que supone Steppenwolf se deshace cuando se plantea a un personaje tan poderoso como para poder combatir a la vez con el resto de componentes de la célebre Liga de la Justicia. Es más, los niveles de poder quedan ridiculizados y acaba por resultar tanto incoherente como poco dramático: sabemos que en estas películas el bando del bien triunfa, pero no debe ser tan sencillo. En este caso, tampoco ayuda su concisión, que si bien alivian el metraje, no permite desarrollar ninguno de sus elementos, especialmente a sus personajes.


Por último, debemos destacar su buen equilibrio entre el humor y la épica, al contrario de lo que mencionábamos en Thor: Ragnarok (Taika Waititi, 2017) recientemente. Si bien no podemos destacar su montaje o la eficacia de todos sus recursos digitales, se logra combinar sus elementos dramáticos con escenas que acaban con la tensión gracias a un chiste bien traído y también bien combinado con la acción del momento. Ahí tenemos el caso de Flash cuando trata de ayudar al resto de la Liga a combatir junto al monumento de Superman, algunas intervenciones de Batman donde se ríe de sí mismo o la propia parodia que hace la película de los superhéroes, como la forma en que salvan a los civiles en el tramo final. 

En definitiva, Liga de la Justicia no es la mejor película de superhéroes de los últimos años, dado que redunda en una trama principal demasiado vista, apenas da espacio para el desarrollo de sus elementos y parte de un argumento que en ocasiones da por sobreentendido, pero mejora algunos de los aspectos menos valorados de DC en sus últimos intentos cinematográficos, convirtiéndose en su película más luminosa, en una buena revisión sobre el mito de Superman y en una equilibrada obra entre el humor, el drama y la acción. 


Animales fantásticos y dónde encontrarlos, de David Yates

17 diciembre, 2016

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Hay creadores que acaban atados a sus creaciones de por vida, incluso aunque en principio pudieran considerar que era tan solo un camino temporal. Este hecho no es negativo per se, pero acaba teniendo consecuencias. La autora británica J. K. Rowling (1965) es uno de estos ejemplos más evidentes en las últimas décadas. A pesar de que culminó la saga de Harry Potter con la séptima entrega en 2007, dejando aparte obras spin off surgidas para enriquecer la ambientación al ser libros dentro de la propia historia narrada, como Los cuentos de Beedle el bardo (2008), no solo ha seguido ligada al mundo mágico que creó, sino que según ha transcurrido el tiempo, se ha ido sumergiendo cada vez más en él, alejándose del nuevo perfil que estaba tanteando con resultados dispares. 

No obstante, que la ya célebre escritora retorne a su particular creación no tiene por qué derivar en un regreso triunfal. Es más, a veces ni siquiera dependerá de sus esfuerzos. Ahí tenemos, por una parte, la obra teatral Harry Potter y el legado maldito (Harry Potter and the Cursed Child, 2016; el autor es Jack Thorne basándose en una historia creada entre Rowling, el director John Tiffany y él mismo) y, por otra parte, el inicio de una nueva saga que ahonda en otros aspectos del mismo mundo: Animales fantásticos y dónde encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them, David Yates, 2016).


A partir de la obra homónima, un manual sobre las criaturas mágicas del universo ficticio de Harry Potter, a la par que una obra que aparece mencionada en la saga, J. K. Rowling se erige como guionista de la historia para mostrarnos las andanzas en el primer tercio del siglo XX del mago Newt Scamander (Eddie Redmayne). Este particular personaje se dedica a la investigación de las criaturas mágicas que pueblan el mundo, tratando tanto de conocerlas como de protegerlas, sobre todo de los prejuicios de sus compañeros magos. Ambientada algo más de medio siglo antes del nacimiento de Potter, no se trata de una precuela de sus aventuras, sino de otras historias ambientadas en este universo y relativas a personajes nuevos o, bien, a secundarios o mencionados en la saga original, como lo fueron Albus Dumbledore o Gellert Grindelwald.

De esta forma, seguimos a Newt a través de sus andanzas en la Nueva York de los años veinte, en un momento de cierta represión mágica por parte del MACUSA, o lo que es lo mismo, el Congreso Mágico de Estados Unidos, con el fin de evitar enfrentamientos directos con las personas no mágicas, que deben seguir ignorando su existencia. Sin embargo, Newt lleva consigo una maleta llena de criaturas mágicas, cuya propiedad en la ciudad están prohibidas, y no tardará mucho tiempo en meterse en líos, descubriendo la magia al muggle o no-maj, según el término estadounidense, Jacob Kowalski (Dan Fogler) y siendo arrestado por Tina Goldstien (Katherine Waterston). Tras una confusión digna de una comedia de enredos, varias criaturas de la maletín de Newt acabarán libres por la ciudad y dependerá de este particular grupo, Newt, Jacob, Tina y su hermana Queenie (Alison Sudol) devolverlos al maletín e impedir que afecten a la delicada situación de los magos.


A la vez, un grupo de no-maj liderados por Mary Lou Barebone (Samantha Morton) componen la Sociedad Filantrópica de Nuevo Salem, tratando de exponer a los magos para quemarlos en la hoguera, sin demasiado éxito. Junto a ella, su apocopado hijo adoptivo Credence (Ezra Miller) busca por orden del auror Percival Graves (Colin Farrell) a un niño con un gran poder mágico oculto, aunque sus intenciones son inciertas. Mientras, la amenaza del mago oscuro Grindelwald (Johnny Depp), tratando de instigar un enfrentamiento entre magos y muggles, pendula sobre Nueva York.

Como podemos apreciar, hay dos líneas narrativas, con sus múltiples matices en cuanto a caminos derivados, que no acaban por congeniar, aunque acaben entrelazados. Para empezar, encontramos una introducción que nos sitúa como amenaza principal del mundo mágico al mago oscuro Grindelwald, potenciando la idea de que hay cierto afán por emigrar para evitar a este villano. Sin embargo, esta introducción que emplea un montaje de titulares de periódicos, no sirve para transmitirnos el miedo que debería crearse en torno a este personaje. Es más, no se logrará en toda la película, dado que acabará pasando como un tema menor, salvando un hecho del tramo final que tan solo sirve para justificar las acciones de cierto personaje, pero sin haber creado nunca la sensación de auténtico peligro que debería derivarse de este tipo de magos. Si bien el plan cobrará sentido hacia el final de la película, no se ha profundizado en las motivaciones ni de una parte, ni de otra.


En este sentido, resulta bastante curiosa que detrás de Animales fantásticos y dónde encontrarlos esté el mismo equipo creativo de la franquicia de Harry Potter, incluyendo a la autora original. Señalamos esta cuestión porque muchos de los elementos que funcionaban y estaban bien engarzados y desarrollados en la saga del joven mago, aquí resultan bastos, indefinidos o sin fuerza. Por señalar un par de ejemplos, si en Harry Potter y la piedra filosofal (Chris Columbus, 2001) nos encontrábamos con un villano final poco evidente en principio junto a un Voldemort como figura que, a pesar de estar supuestamente muerto, seguía atemorizando a los magos corrientes o en Harry Potter y el prisionero de Azkaban (Alfonso Cuarón, 2004) se sembraban las dudas en torno a la inocencia o la culpabilidad de Sirius Black, aquí la sorpresa final en torno al villano está carente de fuerza y el intento de erigir a un antagonista ambiguo no se consigue, todo debido a un clímax demasiado brusco, tanto para el Obscurus como para lo relativo a Grindelwald.

Hay un exceso de confianza en rellenar huecos bien a posteriori, con las próximas entregas, como en la información que el fan puede conocer. Por una parte, es positivo, dado que no se da espacio para neófitos a la hora de afrontar este universo. En efecto, el mundo mágico ya no necesita apenas explicación y esto se evidencia en el uso de hechizos y elementos con celeridad en la historia, desde el principio; así, tal y como sucede con otras franquicias, al estilo de Star Wars, el espectador ya debería saber qué va a encontrar con respecto al mundo creado por Rowling. Sin embargo, si en la saga original con las aventuras de Harry Potter, tanto escrita como cinematográfica, dejaban un tiempo para la presentación de nuevos personajes y cuestiones de interés para la trama, aquí todo queda bastante reducido, partiendo del protagonista y culminando en el apartado ya mencionado del villano.


Siguiendo precisamente por la línea de las criaturas mágicas, nos encontramos con Newt, un personaje demasiado difuso para el espectador, con una personalidad introvertida que envuelve la actuación de Redmayne de una sutilidad que roza la inexpresividad. El problema no reside en este tipo de personaje, que hasta nos puede llegar a hacer dudar de cierto autismo o Asperger, incluyendo su obsesión con las criaturas mágicas, sino que nunca se nos abre, ni de forma directa, por sí mismo, ni indirecta. Hay una escena junto a Queenie donde se insinúa parte de su pasado y, como ya se ha hecho público por parte del director, será algo que se explore en próximas películas, pero en esta primera entrega no es suficiente. No se trata de que el personaje pueda resultar plano, sino que es falsamente profundo, falsamente porque su profundidad es debida más a incógnitas que a aquello que hemos podido ver en pantalla. Debido a este vacío, existe una desconexión entre público y protagonista.

En parte esa indefinición se extiende a otros personajes, como Tina, cuya situación en el MACUSA es comprensible y encontramos en ella a una persona honorable y leal a sus ideales, tan recta que acaba por ir incluso en su contra, pero con una evolución de altibajos. Tampoco se comprende su relación con Percival Graves, que parece estar muy pendiente de ella según se nos insinúa por varios planos, aunque nunca sabremos los motivos. Este auror es un misterio de por sí, retratado más bien por su cargo y por unas características mínimas que por informarnos de quién es realmente. Sus motivaciones las comprenderemos mejor al final, aunque la película nos ofrece varias pistas para los más avispados y seguidores de la franquicia, pero para ello habremos atravesado algunas escenas confusas en un doble juego entre el MACUSA y su extraña relación con Credence que apenas se entiende. En relación a este personaje, no se ofrece explicación alguna a por qué Newt sospecha sobre su identidad en su último encuentro.


Siguiendo con la construcción de personajes, la subtrama de Nuevo Salem es confusa, con personajes que pululan por escena sin mayor definición. Tan solo la presidenta de la Sociedad, Mary Lou, está definida por su fanatismo e intolerancia, aparte de una rigidez que la lleva a maltratar a sus hijos adoptivos, con especial fijación por Credence (un personaje poco atinado a la hora de intentar compadecernos de él). Junto a ellos, sus intentos por tratar de sacar a la luz a los magos nos lleva hasta un periódico con otra subtrama de una familia no mágica: magnate dueño del periódico con dos hijos, uno el deseado político y otro la oveja negra tratando de encontrar su espacio y lograr la admiración de su padre. Curiosamente, esto tendría relación en el tramo final con el miedo a la rebelión y el enfrentamiento entre el mundo mágico y el no mágico, pero esa amenaza ni siquiera se representa más que con la sorpresa de los segundos, disipándose todo interés en estos personajes y, por supuesto, resultando innecesarios. Al otro lado, el MACUSA, con su presidenta (Carmen Ejogo) al frente, representa los mismos valores negativos que el Ministerio de Magia en la saga original: secretismo, rigidez y negación de la realidad que les rodea, hasta que resulta demasiado tarde.

Por contra, salen ganando Queenie y Jacob por ser personajes muy bien definidos con pocas características. La aparente frivolidad unida a la inocencia y el uso de la legeremancia, o lectura de la mente, de Queenie no le aportan ningún trasfondo, pero logran erigir a un personaje adecuado tanto como desahogo cómico junto a Jacob, como contraparte del interés por la magia del no-maj, así como receptora de la tristeza o los pensamientos de Newt, en una de las escenas donde mejor se nos muestra la personalidad oculta, de tipo más melancólico, del protagonista. Jacob, por su parte, es un personaje agradable por su humor blanco, debido sobre todo a su torpeza dentro del mundo mágico como a su sorpresa y su capacidad para maravillarse de lo que descubre junto a Newt, Tina y Queenie. Prácticamente encontramos en él a una representación de los seguidores de la saga que la viven con ilusión, una ilusión propia de las cosas de la infancia y que logra que se erija como un personaje carismático. El hecho de que la historia de Jacob y Queenie parezca tener un cierre satisfactorio nos da una idea de cómo de bien ha funcionado su subtrama en un argumento general que, sin embargo, no lo ha logrado.


En definitiva, una cantidad de personajes cuyas historias se pierden y que no parece que vayan a ser relevantes en un futuro. Todo ambientado con una estupenda estética de los años 20 que sienta bastante bien al mundo mágico, con elementos muy reconocibles de la franquicia anterior junto a nuevas incorporaciones, sobre todo en el apartado de animales fantásticos, destacando el nuevo concepto de Obscurus. Esta cuestión es bastante interesante, dado que se incorpora a la idiosincrasia de Harry Potter con bastante acierto, como símbolo mágico de la depresión, la represión o el maltrato (aquí, igual que sucedió en X-Men 2 [Bryan Singer, 2003], hay quienes han observado cierto paralelismo entre la represión de la homosexualidad con la represión de la magia, y la depresión que puede derivarse de la misma, que incluso podría llevar al final fatal del suicidio; una interesante correlación de la que me gustaría dejar constancia). Además, puede ser un elemento recurrente en esta saga que comienza. El resto de criaturas resaltan por tener características tan particulares, que las individualizan y las hacen sentirse únicas. Sin duda, componen el apartado más espectacular de la película y, por momentos, de los más entretenidos, a pesar de que por sí mismos no ofrezcan un argumento de interés. Por cierto, buen rescate de elementos ya habituales en este universo como la poca fiabilidad que se puede tener en los duendes, incluyendo el interesante bar clandestino, o la esclavitud de los elfos domésticos

En Animales fantásticos y dónde encontrarlos existe una apuesta firme por tocar temas sociales de forma abierta, algo que sucedía en la anterior saga a veces de forma más sutil. Por la pantalla podemos notar desde la defensa del medio ambiente, en contrato la defensa animalista a través de las criaturas mágicas que protege y cría Newt, como críticas a la intolerancia, al fanatismo o al odio a lo diferente, representado sobre todo en las relaciones tensas, prohibidas y ocultas entre magos y no-maj, sin olvidar la aparición, crítica, de la pena de muerte como otra diferencia entre Estados Unidos e Inglaterra.


Sin embargo, como ya advertíamos, uno de los principales problemas de la película es la existencia de dos tramas que tratan de unirse, pero que tienen ritmos y profundidades distantes. Los animales fantásticos parecían ser el centro de la atención de la historia, pero casi llegan a convertirse en una distracción de una trama más oscura y potencialmente más interesante que no se desarrolla para seguir dándole espacio a las criaturas de Newt. En la indecisión por apostar entre una historia y otra, se logra un resultado desigual y desiquilibrado en ambas mientras que tratan de ocultar esas carencias con una espectacularidad innegable que, a veces, puede llegar a rozar la confusión visual.

Parece que al final no logra alcanzar su espacio, entre la comedia de enredos mágica, la búsqueda de criaturas mágicas al estilo buddy movie, el drama social o la aventura de consonancias más épicas. Las amenazas no se sienten como tales, apenas hay conexión con los personajes y tan solo la magia parece desplegarse sin miedo en una película que, como ya sucediera con la explosión de hechicería de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 2 (2011), se permite toda la espectacularidad. En efecto, es ese universo, tiene ante sí todo un apartado único que explotar, pero carece de algo fundamental: alma, interés, fuerza dramática y catártica. Mueve sus temas, mueve a sus personajes y nos logra entretener incluso con tramos más aburridos, pero al final uno acaba quedando con sensación de vacío. Y no hay nada peor que plantearse si ha servido de algo recorrer el camino cuando lo has concluido. Habrá que esperar por si las próximas entregas remontan el vuelo.


Tenemos que hablar de Kevin, de Lynne Ramsay

29 octubre, 2015

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Eva (Tilda Swinton) tenía una vida brillante e independiente, pero alcanzada cierta edad, decide tener un hijo con su marido Franklin. Esta decisión, tan corriente y normal para tantas otras personas, será el inicio de una larga travesía por la indiferencia, la frialdad, la violencia y el desencanto. Tiempo después de un suceso que le cambió la vida, Eva decide reflexionar sobre su vida desde que nació Kevin (Ezra Miller) e intentar buscar una explicación para el comportamiento de su hijo a través de su infancia y su adolescencia.

Lynne Ramsay es la encargada de situarse en la dirección de esta historia, adaptando ella misma la novela homónima de Lionel Shriver. Esta cineasta escocesa quizás no resulta muy conocida en los círculos más comerciales, aunque sus películas han recibido generalmente excelentes críticas. Comenzó su carrera en los años noventa con cortometrajes, siendo Ratcatcher (2002) y Morvern Callar (2002) sus dos primeros largometrajes. Después, tan solo realizaría un vídeo musical en 2005 y no volvería al cine hasta Tenemos que hablar de Kevin (2011), su último largometraje hasta el momento, que fue seguido por la realización del cortometraje Swimmer (2012). Como podemos observar, una todavía breve carrera.

Lynne Ramsay durante el rodaje de la película
La película en la que nos adentramos juega con su argumento entremezclando los tiempos cronológicos a partir de una memoria confusa, la de Eva Khatchadourian. La estructura de este relato nos sitúa en un inicio donde Lynne Ramsay juega con el metraje, tratando de simular un puzzle narrativo que hilvane escenas sin demasiado sentido, al menos aparentemente. Así, tenemos una primera parte caótica que entremezcla partes del pasado más cercano y partes de una vida que parecía olvidada por Eva (como ese viaje a la tomatina de Buñol).

No obstante, la poética clásica gana el pulso al intento vanguardista pasado el primer tramo y comienza una narración cronológica a partir del nacimiento de Kevin junto a su infancia y crecimiento a partir de los flashbacks que recuerda su madre desde su actual estado de apartada social. Precisamente, somos conscientes de dos líneas narrativas. Por una parte, el intento de Eva por formar parte de la sociedad a pesar del rechazo y la continua observación y cuestionamiento de sus vecinos; por otra parte, la relación entre madre e hijo, centrada en la continua sospecha de la primera y la actitud del segundo.


Ahora bien, el relato es parcial: solo vemos la visión de la madre a través de pequeñas escenas de toda una vida, una especie de justificación de lo que finalmente ocurrió, como si la culpa residiera en la naturaleza de su hijo y no en lo que ella pudo haber hecho. Precisamente, habrá ocasiones para comenzar esa conversación pendiente, ese tenemos que hablar de Kevin, aunque cuando se inicie su visión de las cosas, nadie parezca creerla, especialmente su marido, Franklin (John C. Reilly), que parece obstinado en tener una familia idílica, pero ajena a partes iguales a lo que su mujer le dice y a quién es realmente su hijo.

En este sentido, Eva se encuentra sola no solo al ser tachada de madre de un criminal, sino también cuando nadie consideraba a su hijo como un ser malvado y ella mantenía sus sospechas sobre la auténtica naturaleza de Kevin, que se van acrecentando conforme crezca, especialmente en lo relativo a su hermana Celia Khatchadourian (Ashley Gerasimovich). Tras el culmen de su violenta trayectoria, quien queda libre es su madre, que sufrirá una culpabilidad deslizada por parte de vecinos, víctimas y hasta compañeros de trabajo. Unas secuencias que nos hacen plantearnos en cómo (sobre)vive la familia de un criminal, de un asesino.


Como hemos podido observar hasta ahora, hay dos personajes esenciales: Eva, la madre, que es el personaje sobre el que se enfoca la historia, mientras que Kevin es el motor que mueve todo lo que sucede, aunque no esté presente en escena. Precisamente, él es el personaje más complejo, por lo distante que resulta para el espectador. Mientras que podemos empatizar con Eva, que, como mencionábamos, es quien a través de sus recuerdos nos transmite la historia, no podemos más que encontrar en Kevin actitudes impropias tanto de un niño como de un adolescente.

Así pues, comenzando por circunstancias tan corrientes como un bebé que llora continuamente, para estrés de su madre, continuaremos por ver cómo su personalidad se va formando llevando la contraria continuamente a su madre. Un niño que tarda en hablar, que no desprende cariño o necesidad por su madre, que mantendrá enuresis hasta una edad avanzada o que muestra un odio irracional hacia Eva y todo lo que le gusta. Pero, precisamente, solo ante ella se muestra cómo realmente es, incluso mostrando que la necesita cuando está enfermo o señalando que ha salido a ella. Quizás por todo ello, ella es su principal víctima, pues a ella es a quien más hace sufrir. Si lo analizamos de forma psicológica, estaríamos seguramente ante la representación evidente de un psicópata, capaz incluso de alterar su forma de ser según con la persona con la que se encuentre.


Eva es encarnada por Tilda Swinton, que logra alcanzar a la perfección la actitud desesperanzada y desesperada que el personaje necesitaba, así como una mezcla de emociones que incluyen la culpa, la pérdida o la sospecha. Por su parte, Kevin es finalmente interpretado por Ezra Miller, a quien hemos podido ver en un papel muy diferente en Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower, Stephen Chbosky, 2012). El actor logra incorporar a su actuación un tono nihilista, una especie de furia contenida que encaja con el rol del personaje. Tampoco evitaremos mencionar a los pequeños Rocky Duer y Jasper Newell, este último logrando resultar inquietante.

Y todo ello a pesar de que el diálogo es mínimo en la película, pretendiendo contar y aumentar la tensión a través de las imágenes y el simbolismo. En este sentido, Ramsay evita el gore o las escenas violentas, insinuando al principio, haciendo hincapié en ciertos símbolos relevantes para el final, y mostrando finalmente lo mínimo, pero más relevante y necesario. En este sentido, la fotografía es impresionista, destacando esencialmente el rojo, que es omnipresente en la obra. Desde el inicio veremos la tomatina, como posteriormente la pintura roja lanzada a la casa y al coche de Eva, el rojo de la ropa, el rojo de las latas de tomate en la tienda, un rojo que finalmente será sangre, y que forma tanto parte de ella como de él. Una representación de un color opresivo y angustioso.


Frente a este uso de color, encontramos el uso de la música, que recoge canciones conocidas y de tono alegre, que ejercen un gran contraste con lo que nos cuenta la historia y con lo que expresan los personajes. Un argumento que es áspero e incómodo, unido a una estética muy marcada y a una estructura parcialmente caótica. Lástima de un final que no resulta tan culminante, aunque sí logre mostrar la sinrazón de la violencia y ofrecer una respuesta que, aunque poco deseada, es fruto de la reflexión sobre el dolor y la crueldad. Una respuesta abierta para el espectador.

Sin duda, una película que nos muestra el alcance de la violencia, con una resolución que nos golpea directamente hacia donde no estamos preparados. Un estudio sobre un estado mental deteriorado que justamente invita a buscar el morbo; unas escenas morbosas que, por cierto, no están presentes en la obra. Quizás sobraría cierta pretensión narrativa, pero ello no resta valor a la obra. Definitivamente perturbadora, como solo lo son los relatos que no buscan los monstruos en el factor fantástico, sino en nuestra realidad más cotidiana.


Escrito por Luis J. del Castillo


Las ventajas de ser un marginado, de Stephen Chbosky

25 febrero, 2013

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Dicen que es la etapa más fascinante de la vida, pero también una de las más problemáticas. Sorprendente, oscura, optimista y mágica. Así es la adolescencia. Una época decisiva para cualquier joven y en la que, sin duda, lo último que desean es sentirse como un incomprendido más. En ese sentido, Las ventajas de ser un marginado viaja por la mente de un grupo de jóvenes muy diverso, profundizando en su forma de ser, fruto de los miedos, inquietudes y vivencias que han dejado una huella en ellos. Charlie (Logan Lerman), protagonista del film, es un chico bastante introvertido y aislado del resto de jóvenes de su edad. Por contra, es un estudiante ejemplar, lo que, desgraciadamente, le hace ser el centro de las críticas del resto de compañeros de su clase. Preocupado de lo que sus padres puedan pensar, Charlie empieza su primer año de preparatoria queriendo ser un poco más sociable y encontrar un grupo de amigos en el que verdaderamente encaje. Sin embargo, y para desilusión de Charlie, en su primer día de clase solamente consigue entablar amistad con Bill Anderson, su profesor de Literatura.


Inesperadamente, conoce a los jóvenes hermanastros Sam (Emma Watson) y Patrick (Ezra Miller), dos espíritus libres estudiantes de último curso que deciden darle una oportunidad a Charlie para integrarlo en su grupo de amigos. A partir de ese momento empieza a comprender realmente qué es ser un adolescente, y comienza un viaje hacia la madurez que le llevará a recorrer caminos nuevos e inesperados. Con ellos se siente sociable y pleno, haciéndose también amigo del resto de su pandilla, formada por Mary Elizabeth, un alma rockera y budista, y Alice, una aspirante a estudiante de cine con un curioso trastorno con la ropa. Además, se empieza a interesar por música de culto, motivado por el refinado gusto musical de Sam. Aunque, como ya se sabe, no todo es saludable en la mayoría de círculos adolescentes: Charlie empieza a beber, a fumar y a coquetear con drogas en las distintas fiestas que empieza a frecuentar.

 
Pero el film no busca centrarse en la típica historia problemática de instituto. Lograremos sentirnos identificados con la angustia que desde niño esconde Charlie, con la soledad y el propio sentimiento de búsqueda y de incomprensión que sufre Patrick y con el esfuerzo y superación que experimenta Sam a lo largo de su juventud. Además, conoceremos el primer amor de Charlie, siempre desde un enfoque realista, viviendo tanto la felicidad como el sufrimiento que le conllevará.

Como vemos, la historia de Charlie es el hilo conductor de este drama adolescente, con un guión muy sólido que encuentra su momento álgido en la amistad surgida con su nuevo grupo de amigos y con el sentimiento que en él despierta Sam. Ellos conforman un grupo singular, un espacio donde cada uno puede expresarse con total libertad y en el que logran encontrar cariño, solidaridad, compañía y diversión.


Las ventajas de ser un marginado contiene un drama muy bien abordado y sintetizado, en el cual veremos cómo se afronta y se sobrevive a la adolescencia. Stephen Chbosky, escritor de la novela en la que se basa la película y director y guionista de su adaptación, ha conseguido dar vida a sus personajes con una gran maestría, logrando trasmitir la complejidad de las historias que cada uno de ellos expresaba en su obra escrita. Huye así de la típica película de amor adolescente, sin caer ni el el morbo ni el cliché fácil, centrándose en la búsqueda de la identidad y en el recuerdo que conservamos de los momentos en los que nos sentimos infinitos.


Otro aspecto a destacar es la brillante actuación de los tres jóvenes protagonistas, Logan Lerman, Emma Watson y Ezra Miller, quienes saben hacer suyos unos personajes realistas y entrañables. Además, el encanto y el carisma que proporcionan en su interpretación logra traspasar la pantalla, haciendo que el espectador se sienta plenamente identificado con la mayoría de historias y quede prendado de unas maravillosas interpretaciones. La sorpresa de este trío de ases la encabeza Ezra Miller en el papel de Patrick, cuya naturalidad, excentricidad, coraje y generosidad a partes iguales lleva al público, sin duda, a creer y a encariñarse de su personaje. Logan Lerman, por su parte, logra conmover con su soltura y contención a la hora de desarrollar la torpeza e ingenuidad dramática del joven Charlie, como ya hiciera en el pasado encarnando al pequeño Evan Treborn en el thriller psicológico El efecto mariposa. Por último, Emma Watson enamora con dulzura y elegancia, convirtiéndose en una luchadora, consiguiendo que con la incorrecta y desinhibida Sam nos olvidemos de la impecable Hermione.


El mundo de la música y el cine tienen un gran valor también en esta película. Ambos hermanastros cuentan con un gusto musical selecto, desde David Bowie, The Smiths, The Beatles a Dexy’s Midnight Runners, que harán las delicias de los amantes de este género. Todo ello con detalles para los más nostálgicos, como el uso de los cassettes, con los que los jóvenes grababan y se intercambiaban música a principios de los noventa, o los clásicos bailes de fin de curso en el que surgían las parejas más insospechadas. Como curiosidad, durante el rodaje de la película se formó un grupo de música, Octopus Jam, formado por Ezra Miller (batería), Logan Lerman (guitarra), y Emma Watson (vocalista), junto con un grupo de invitados.


Y es que la música podría definirse como uno de los pilares básicos de la juventud, ayudando a buscar esa identidad que todo joven ansía y, sobre todo, sirviendo como lema para cualquier grupo de amigos. Es bastante resaltable cómo cada tema encaja con el momento en el que se encuentra cada personaje, complementando así cada escena. Una de las más significativas de la película y que, sin duda, se queda clavada en la memoria de los espectadores, es la protagonizada por los tres amigos atravesando un túnel montados en el coche de Patrick. En ella, reconoceremos la canción Heroes de David Bowie sonando de fondo; al mismo tiempo, Sam saldrá a la parte trasera del coche, poniéndose en pie y extendiendo los brazos para sentir cómo el viento y la velocidad atraviesan su cuerpo. Es en ese imponente ambiente cuando el corazón de los tres protagonistas grita que se siente infinito. 


Otro de los aspectos que proporciona una gran personalidad a la película es la cuidada fotografía creada por Andrew Dunn, que sabe dar a la escena un toque sombrío, nocturno, pero a la vez natural cuando es necesario, como ocurre, por ejemplo, con las escenas en las que los protagonistas representan el musical The Rocky Horror Picture Show. Todos estos detalles que curten a esta película independiente le han valido hasta el punto de ser consagrado por la crítica como un film de culto.

Y es que es notable que el escritor y guionista conoce al detalle su obra, un hecho que queda de manifiesto en la elección del reparto, de las escenas y en el cuidado y cariño que pone en cada una de las historias; aunque no desborda ni en medios ni en efectos especiales, lo hace en emotividad y sinceridad. En definitiva, Las ventajas de ser un marginado es una obra que aborda los problemas de la vida desde una perspectiva aún por desarrollar como lo es la de un adolescente. Porque seguramente veas reflejada en la pantalla una situación idéntica a la que viviste cuando tenías dieciséis años, y que acabaste olvidando cuando cumpliste diecisiete. O decidiste seguir luchando cuando llegaste al final de un túnel maravilloso. Porque seguramente dejaste de ser el héroe de tu propia vida para seguir el rumbo que la vida te indica. Por todo ello, recordarás las ventajas de ser joven otra vez.




Escrita por Mariela B. Ortega


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