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30 septiembre, 2019

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Casa Consistorial y Monte Urgull en San Sebastián (Fotografía de LJ)
El otoño ha llegado con un mes de septiembre entre lluvias y calor. Un mes en el que no hemos estado tan activos como nos hubiera gustado, pero donde no hemos perdido la oportunidad de seguir aumentando nuestras reseñas. También nuestras visitas, que en este mes han alcanzado las 14 000, además sumamos seguidores. Ya somos 191 en Blogger, 652 en Twitter y 183 en Facebook.

Nuestro compañero Javier ha estado al pie del cañón con cuatro variados artículos, que incluyen la novela Vinieron las lluvias con su adaptación, el repaso a la tercera temporada de Por trece razones o dos películas para recordar: Salomón y la reina de Saba y El síndrome de China.

Adaptación de 1939 de Vinieron las lluvias
Recuperaremos pronto el ritmo y os traemos más artículos culturales, como venimos haciendo desde 2011. Seguid leyéndonos y no os olvidéis de comentarnos vuestras impresiones.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Os volvemos a traer a Jaime Altozano con su último vídeo, en el que nos explica algunas cuestiones relacionadas con los decibelios y con lo perjudicial que puede ser superar ciertos límites para nuestros oídos.



"Solo obtienes algo de los libros si eres capaz de poner algo tuyo en lo que estas leyendo."
                  - Sándor Márai (1900-1989)



Para el sábado noche (LXXXV): El síndrome de China, de James Bridges

25 septiembre, 2019

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Dos cosas quedan de manifiesto al comienzo de El síndrome de China (The China Syndrome, Columbia Pictures, 1978; estrenada al año siguiente). Que ante los inevitables desbarajustes y cambios de última hora, la presentadora de televisión Kimberly Wells (Jane Fonda) es una profesional, y que, pese a todo, no encuentra su lugar en la red de televisión para la que trabaja. Ante la cámara, Kimberly resulta resolutiva y convincente. Fuera de antena, solventa cada incidencia, o el hecho de tener que dar cuenta de una notica chusca, como buenamente puede.

El siguiente cometido de Kimberly la lleva, junto a su equipo de grabación y edición, conformado por Richard (Michael Douglas) y Héctor (Daniel Valdez), hasta la noticia que su carrera andaba necesitando; esto es, hasta la central nuclear de Ventana, una población inventada pero transferible, al sur de California.

El reportaje forma parte de su serie documental La energía en California. Las explicaciones técnicas corren a cargo de William Gibson (James Hampton), el Relaciones Públicas de la compañía. También les son presentados Herman (Scott Brady), supervisor de la planta, y por interfono, Jack Godell (Jack Lemmon), encargado del centro de mandos de la central.

Cuando se produce un incidente, estando el equipo de televisión presente, también queda demostrado que el proceder de Godell es experimentado e íntegro. En este sentido, ambos protagonistas están conectados.

En efecto, frente a la sala de control, los visitantes son testigos de un hecho que captan con las cámaras, aunque tal cosa no está permitida, siendo este un apunte sobre libertad -y oportunidad- de información esgrimido por la película. Godell observa, en un plano-contraplano aislado del resto, pero que podemos considerar el “núcleo” de la trama, o cuando menos de toda la secuencia, un temblor en el líquido de una taza de café. El episodio, tal y como queda constatado, es consecuencia de un disparo en la turbina del generador, agravado por el mal funcionamiento de un relé indicador defectuoso (del circuito de dicho generador). Pero Godell no puede olvidar esa extraña vibración. Ni obviarla. No en vano, han estado a las puertas de una potencial catástrofe, que deja al descubierto los peligros de una instalación cuya seguridad es defectuosa, debido a la falta de control en el mantenimiento. La vibración advierte de una inseguridad muy real.


Lo cual implica una decisión arriesgada por parte de Jack. Una ya tuvo lugar durante la emergencia: disminuir la presión del núcleo. Otra, será actuar extra oficialmente, en lugar de permanecer callado.

Por supuesto que los gerifaltes se ponen manos a la obra para que las dudas e investigaciones de Jack no se traduzcan en días de parón; consecuentemente, en pérdida de ingresos.

Siempre hay una víctima inocente, incluso cuando la verdad sale a relucir: el citado acceso a la información, lo primero que trata siempre de impedirse (aquí, de forma literal). Finalmente, esta se solapa con anuncios de detergentes o electrodomésticos (que entiendo no tienen la culpa), para pasar casi al olvido. De tal modo, se aborda la cuestión de si es conveniente difundir una noticia aún por contrastar, en unos momentos en que la controversia sobre el uso de la energía nuclear era especialmente álgida. Sobre todo, respecto a los residuos nucleares. En la película, esto coincide con el hecho de que otra central está esperando la resolución de su licencia. Todo está regulado por el Comité de la Regulación Nuclear, o CNR. A la que se contrapone la figura del siniestro Presidente del Consejo de Administración de la central, Evan McCormack (Richard Herd).

Personalmente, lo que más miedo creo que da es la cobardía que demuestran los compañeros de Jack Godell, una vez ha entrado en máquinas la disciplina de partido de la empresa (algo parecido al corporativismo académico y mediático que trata de justificar los plagios, mientras los estudiantes se esfuerzan para que no les falte al citar ni media coma). A lo que se suma el comprensible miedo a perder los puestos de trabajo. Ted Spinler (el estupendo Wilford Brimley, por otra parte) ya apunta maneras cuando Kimberly Wells visita el bar donde se reúnen los trabajadores de la fábrica, inhibiéndose de la conversación que mantiene con Jack. Estos colegas serán capaces de traicionar el sentido común (dos veces le preguntan a Jack si está borracho), o de consentir el expuesto simulacro de una parada del sistema.

Los de la cadena no se quedan atrás. Están más preocupados por la nueva imagen de Kimberly y su flamante pelo rojizo, que por el libre derecho a la información en un canal que trata de abrirse camino. No la dejan hacer periodismo de investigación porque ya está encasillada en otro tipo de noticias. Pese a lo tópico de la imagen, la sensación general es que los adultos son como niños jugando con fuego. Poco menos que unos irresponsables (algo que algunos creíamos que se remediaba con la edad).

Argumentalmente, El síndrome de China es un buen thriller. Puede que de forma algo forzada o interesada, pero como llamada de atención, a un nivel dramático, funciona. Por lo que, pese a darse un suceso en directo, como sucede hoy con la inmediatez de las redes, la imagen no está exenta de ser manipulada, o como se suele decir, matizada. Quizá sea este el tema motor de toda la película, ya que, al igual que los peligros de la energía nuclear (poco antes del accidente de Harrisburg, Pensilvania, en 1979), es algo que afecta a cada uno de los personajes.


Cierta madurez también alcanza a Kimberly, algo trabada en su dinámica hasta que toma aliento final. Es un proceso muy humano, contenidamente heroico. Al fin y al cabo, la presentadora ha pasado de anunciar noticias pedestres aunque simpáticas, a verse envuelta en otra de posible calado internacional. Una inicial “indefinición” que el realizador James Bridges (1936-1993) se ha tomado la molestia de reflejar incluso en su vivienda, repleta de cajas y a medio hacer.

Por otra parte, es inquietante constatar cómo uno nunca puede saber cuándo ha dejado una taza de café sin tomar, sobre una mesa, por última vez.

Las pesquisas particulares de Jack, ante la dejación de funciones -o habrá que decir de competencias- de los técnicos superiores, lo llevan a descubrir una fuga en la junta de la bomba de regulación. También Richard ha emprendido una investigación en paralelo, con las imágenes obtenidas. La estación puede ser un factible peligro, fundirse el núcleo y, literalmente, llegar hasta China (las antípodas). La confirmación de esta amenaza la obtiene Jack al conocer al contratista D. B. Royce (Paul Larson), que ha falsificado los informes de seguridad de la estructura que soporta dicha bomba. Una cadena de errores, si no atómica, que sí puede desembocar en esta. A partir de ahí, Jack se verá acosado, lo que incide en el profundo asco hacia quienes, amprándose en la umbría de los medios y el poder, pisotean la libertad del individuo. Los amigos apenas existen para Jack fuera de este ámbito; si bien, aunque en un principio, a Kimberly y Richard les interesa únicamente la divulgación de la notica, pronto se involucrarán con la persona.


Escrita por Mike Gray (1935-2013), T. S. Cook (1947-2013), y el propio Bridges, uno de los guionistas de Cazador blanco, corazón negro (White Hunter, Black Heart, Clint Eastwood, 1990), y responsable de la escritura de la notable Colossus, el proyecto prohibido (Colossus, the Forbin Project, Joseph Sargent, 1970), podríamos destacar, además de lo dicho, el suspense que despliegan las imágenes de un Jack Godell tratando de alcanzar la emisora de televisión, donde trata de ofrecer su declaración a los medios. Habrá un cambio de planes por el que, la sala de mandos de la central volverá a convertirse en un plató a la fuerza. Un acto desesperado de ser honesto, que por desgracia siembra la duda: la cuestionada credibilidad de la imagen se plasma en el desenfocado doble filo de la resolución. Algo a lo que Kimberly sabrá hacer frente, en última instancia.

Como nota curiosa, salvo la canción de Stephen Bishop (1951) con que se acompañan los títulos de crédito, Somewhere in Between, la película carece de partitura, dejando al margen algún que otro acompañamiento incidental (las entradillas de un telediario, unos comerciales o las tonadas que se escuchan en un bar). Pese a todo, una composición debida al estimulante Michael Small (1939-2003) se tuvo en consideración, puesto que yo mismo dispongo de una grabación (en Intrada, vol. 110, 2009), de la que pudo haber sido la banda sonora de la película. La decisión de no incluirla, en cualquier caso, no parece desacertada, ¡aunque nos encanta la partitura! La fotografía corrió a cargo de James Crabe (1931-1989), firmante de la estupenda Karate Kid (Íd., John G. Avildsen, 1984).

Escrito por Javier Comino Aguilera



El autocine (LXV): Salomón y la reina de Saba, de King Vidor

13 septiembre, 2019

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A veces, un adusto paisaje se convierte en estratégico. No solo por sus valores geográficos, sino por su importancia comercial. En esta última tuvieron mucho que ver los mercados que prosperaron a la sombra de las distintas especies exóticas, como más tarde sucedería con la conocida Ruta de la Seda. En su estupendo ensayo Las especias, historia de una tentación (Spice, the Story of a Temptation, 2004; El Acantilado, 2018), Jack Turner (1968) nos recuerda el valor de estos preciados elementos. Con la Ruta de la India expedita al comercio romano, Oriente y Occidente empezaron a tener una imagen más clara el uno del otro de lo que había sido posible hasta entonces (capítulo II). En el caso de Yemen, en Oriente Próximo, el incienso se convirtió en una fértil fuente de riqueza.

Yemen se sitúa al margen suroeste de la Península Arábiga. Han pasado muchos siglos, pero los anhelos y disputas que asediaron a aquellos seres humanos son los mismos con que nos adornamos en la actualidad. De ahí que el cine haya podido sacar siempre un buen provecho de esos sentimientos eternos, incluso ubicándose en los espacios físicos y temporales más alejados e insólitos. No en vano, en pleno desierto de Arabia, también hubo lugar para los valles espaciosos y cultivables, los frondosos jardines. La llamaban la Arabia Verde, una región de encrucijada propicia para el desarrollo de una frondosa civilización, al albur del tráfico caravanero, que era el internet de la época.

A dicho desarrollo ayudaba el agua retenida en cisternas, diques y estanques, que distribuían el líquido mediante una red de canales de riego. El agua era el regalo de las montañas, de una naturaleza en comunión con sus habitantes. Luego llegó la falta de cuidados y, consecuentemente, la rotura del dique. Sobrevinieron el abandono, el olvido y la leyenda. Y el estancamiento (no acuático, sino cultural) de una población anclada en lo medieval. Todo tiene su fin. A veces un renacimiento, otras sin él. Pero para todo ello hubo de haber un principio.

Apenas se conservan documentos históricos acerca del reino de Saba. Perviven algunas ruinas atribuidas y una escueta mención en la Biblia, Reyes I. Cedamos pues el espacio a la leyenda. Que nos habla de un mundo de abundancia sobre una tierra baldía pero impetuosamente trabajada. Pastizales emergen donde antes moraba el voraz suelo del desierto, gracias al agua, el verdadero tesoro de este imperio. Se cultivaban cereales, viñedos, comino, acedera, dátiles, sésamo y, por supuesto, la recogida del incienso, más valioso que el oro. Su enclave se mantenía en secreto para preservar su exclusividad y monopolio, que requería de suelos calizos en un clima tropical y monzónico. Este árbol con aspecto de matojo se situaba en la actual Omán, en la costa del Océano Índico, y era el soporte de un auténtico imperio comercial del mundo antiguo. Cierto que la mayoría de nombres pertenecen ya al pasado, salvo el de la enigmática (apócrifa o no) reina de Saba.

Existe una alerta continua entre Egipto e Israel. Salomón (Yul Brynner) y su hermano mayor Adonijah (el magnífico George Sanders) ya demuestran a través de un ardid estar a la altura de casi cualquier circunstancia, aunque pronto queda establecida la diferencia de ánimo entre ambos. Salomón es “el poeta”, reflexivo y ecuánime, y Adonijah “el guerrero”, audaz pero ambicioso. Parte de las dificultades a las que se enfrentará Israel, como cualquier otra nación del pasado o el presente, reside en la escisión entre ambos conceptos, desechando el uno por el otro, en lugar de amalgamarlos (tal cual se evidenciaba en El hombre que mató a Liberty Valance [The Man Who Shot Liberty Valance, John Ford, 1962]). Se puede decir que al comienzo de Salomón y la reina de Saba (Solomon and Sheba, United Artist, 1959), esta escisión aún no se ha producido, aunque está en ciernes, y que tanto Salomón como Adonijah trabajan de manera conjunta, favoreciendo la victoria sobre los egipcios. Pero la reina de Saba (Gina Lollobrigida) ya anda involucrada en la pugna. Hasta podemos considerar su personaje como causa de la partición. Tras su derrota como aliada de los egipcios, la reina viajará entonces hasta la tierra de Israel, en una misión comercial tanto como diplomática (en favor de su provechosa alianza con el faraón de Egipto [David Farrar]). En última instancia, acude a Jerusalén para probar a Salomón, y si es posible, y torcer su fama. Estamos hacia el año 950 A.C.


Pero no todo enemigo mora fuera de casa. La paz es para mujeres y niños, proclama Adonijah. Su hermano, sin embargo, piensa de modo distinto, cree que la inevitable necesidad del enfrentamiento bélico ha de ser el preludio de una paz, por laboriosa que esta resulte. En el caso de Adonijah, su ley es la espada. Tampoco muestra un acusado interés espiritual. La vida es para los que viven, concreta.

Adonijah es el primogénito, por lo que será una sorpresa, además del preludio de un conflicto anunciado, que el padre, el rey David (el estupendo Finlay Currie), designe a Salomón como heredero del reino de Israel. La pervivencia de la unidad de la nación es el deseo máximo del monarca agonizante. De ella depende el temperamento de dos hermanos antitéticos, en representación del buen y el mal gobernante; clarificadora polaridad de esa grisura a la que parece estar abocada cada nación.

Pero el país no se haya articulado únicamente por el rey sino, además, por los patriarcas de las Doce Tribus, más un Consejo, en el que también tiene su propio peso el profeta Nathan (William Devlin), en representación de la parte anímica o espiritual. Además, se da la circunstancia de que la joven Abisahg (Marisa Pavan), pretendida por Salomón, es hija de uno de estos patriarcas llamado Joab (John Crawford). Al menos, hasta la irrupción de la reina de Saba.


La sabea se ha inmiscuido en las disputas de todos los contendientes, pero es un pilar que sostiene la convivencia del territorio. Pronto demuestra su valor e independencia, siendo guerrera y arrojada; ¡y arrojadiza!, como comprueba Adonijah al amonestarla en tierras de Israel. Por el contrario, Abisahg puede ser vista como el símbolo viviente de ese anhelo de cohesión propugnado por David.

Pero Adonijah no es el malo de la película por su disposición o querencia militar; lo es por despreciar la revelación divina que ha tenido su padre. En ella se escoge a Salomón como futuro regente, el idóneo para conducir el destino de Israel.

Todas estas naturalezas están muy bien expuestas en el guion de Anthony Veiller (1903-1965), Paul Dudley (1912-1959) y George Bruce (1898-1974), en torno a una historia de Crane Wilbur (1886-1973). Adonijah se siente mancillado, pero como todo reino o nación necesita de las letras tanto como de las armas, Salomón habrá de aprender, por la parte que le toca, a conciliar ambas facetas. Ese entendimiento que le pide a Dios, se encamina en este sentido. Por lo tanto, hacia una concordia que cuando requiere de la fuerza, no la evita. No basta con construir, especifica Salomón, lo que se levanta ha de ser defendido. Lo cual incluye la edificación de un espacio que albergue el Arca de la Alianza. Es por ello que el rey sabrá defenderse bien con la espada cuando finalmente se tercia. Así como distinguirse en la impartición de justicia, tal y como pone de relieve la conocida prueba del ADN que decreta Salomón a dos madres en litigio. La escena está resuelta con gracia e incluso naturalidad, y determina el carácter del personaje pese a seguir siendo falible, al dejar que la reina de Saba se vaya impregnando de su psicología. El arma de doble filo en toda relación.


El realizador y co-productor King Vidor (1894-1982) nos proporciona una imagen especialmente bella cuando contemplamos a Salomón alzando sus plegarias a solas, a un Dios que le contesta. ¿O es tal vez el humano quien lo escucha en su interior? ¿Puede ser esto producto de su imaginación? También cabe la posibilidad, como es lógico, de un contacto verídico, ya que el monarca no parece sorprendido por la respuesta. En cualquier caso, esta composición es muy distinta a la oración que la reina le brinda a uno de sus múltiples dioses.

El guion no desfallece en ningún momento. Junto a los enemigos estratégicos se ciernen los religiosos; los unos no funcionan sin los otros. De ahí que Israel suponga un peligro para egipcios y sabeos, con su peligrosa idea de un dios único, y viceversa. Peligrosa porque, como reconoce la reina, no se puede combatir una fe o una idea con el filo de las espadas. Sin embargo, por mesurado que sea, Salomón posee debilidades netamente humanas. De forma que se ponen en marcha las armas de la adulación, la complacencia, la atracción física, el intercambio de regalos y favores, la ostentación, el deseo…

No obstante, Salomón no se deja querer físicamente a la ligera, lo que introduce una nueva capa de conflicto. Cuando al fin se entrega, lo hace con anhelo de perdurabilidad, en un tira y afloja que debe ser lo que llaman diplomacia, y donde ambos combatientes desean llevar al otro a su propio terreno. Al fin y al cabo, los dos han convertido una porción del desierto en vergel.

Esto sin olvidar la idiosincrática procedencia de la reina. Gozamos de la vida y sus placeres, declara frente a la morigerada Abisahg y la autoridad responsable del austero gobierno de Israel.


De ahí la importancia de otra imagen. La de Salomón reflexionando sobre si retozar o no con la reina. La equipara a una llama, mientras al fondo del plano destaca el emblemático Templo de Salomón, y en el aire resuena la música incitadora de los sabeos. Incluso Baltor (Harry Andrews), consejero de la reina, reprueba el enamoramiento de la soberana -ni con Salomón ni con ningún otro hombre- por revestirse de atuendos muy reales. Por algo el amor posee sus fatídicos y desbordantes mecanismos.

Hay otra suprema ironía: si aún hay gente a las que separa la religión, en torno a los distintos nombres que se ofrece a una misma divinidad, empleándola como excusa para valerse de tal diferenciación y así obtener sus fines, en Israel la religión también se polariza. De un lado está la vertiente canónica y más intransigente, y de otro, la abierta e integradora (algo parecido a lo que sucederá con el cristianismo, o los cristianismos). Aunque, en un principio, esta integración supone un engaño por parte de la reina, ya que no existe tal claudicación por su parte, al final prevalecerá el entendimiento por vía de los sentimientos compartidos. Si con anterioridad hablábamos de las plegarias que tanto Salomón como la reina de Saba dirigían a sus dioses, también Abisahg ora, en una súplica de consecuencias fatales (que no deja en muy buen lugar a dichos dioses, o que bien acrecienta la idea del karma, es decir, de que lo sucedido es consecuencia de algo que ya ha sido estipulado; en fin, no deja de ser una interpretación). Habrá una última invocación por la parte de la reina de Saba, dirigida al dios de Israel. Un dios cuya representación es discutible, como todas, pero que entra en consonancia con el marco histórico y religioso de nuestro relato. A su vez, King Vidor resuelve la escena de la celebración de la unión religiosa entre el pueblo de los sabeos y los israelitas como la clásica adoración al Becerro de Oro, aderezada por la orgiástica música de Mario Nascimbene (1913-2002). Una festividad donde afloran los elementos paganos, hasta que mal rayo la parte, dejando literalmente al descubierto el Arca, como emblema y realidad física. Una quiebra que será visible hasta que la reina de Saba también alcance su propio nivel de sabiduría (el entendimiento que reclamaba Salomón para sí se hace extensivo a la soberana). No olvidemos que el regalo de las especias estaba íntimamente ligado al aspecto religioso. Por otra parte, como si la idea del destino se empecinara en reafirmarse, el enfrentamiento fratricida se hace ineludible.


Salvo por unas secuencias de acción algo rutinarias (está claro que no es lo que más interesa a Vidor, cuyo fuerte reside en la puesta en escena de los diálogos y pensamientos de los personajes), el balance es excelente, incluyendo la colorida fotografía de Freddie Young (1902-1998). Pese a todo, bastante más brío, e incluso espectacularidad, se otorga al último enfrentamiento bélico de la película; con planos generales, frontales y desplazamientos que saben transmitir el necesario aliento épico. De nuevo, se recurre a un ingenioso ardid para dar un vuelco a la batalla. De hecho, aunque la parte deus ex machina de la conclusión puede resultar discutible, no desentona con lo anteriormente expuesto en el aspecto confesional (partidista si se quiere, pero coherente). En cuanto al destino de la reina de Saba, a esta se le proporciona el digno final de una heroína mítica. Tras el padecimiento, sobreviene la madurez (claro está que no me refiero a la física).

Llegados a este punto, podemos admitir que todo esto no fue más que una leyenda. Pero de ser así, ¿de dónde surgió?

Escrito por Javier Comino Aguilera


¡A ponerse series! (XXXVII): Por trece razones (tercera temporada)

08 septiembre, 2019

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Creo que una de las cosas que más miedo nos pueden provocar en esta vida son las consecuencias derivadas de la incultura. Esa ignorancia de la que se presume y se hace bandera, que ya no se oculta, sino que se muestra con ufanía y hasta es aplaudida. Es por ello que, honestamente, pienso que recientes producciones como la sobrevaloradísima Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, Martin McDonagh, 2017) es una película de auténtico terror.

Entre los personajes de ficción más desagradables con los que me he topado a lo largo de mi andadura como lector y espectador, recuerdo en estos momentos a la señora Cathy Ames de Al este del edén (East of Eden, 1952), de John Steinbeck (1902-1968), al predicador puritano Abner Hale (Max Von Sydow) de Hawaii (Íd., George Roy Hill, 1966) o al acosador Adam Berwid (Jürgen Prochnow), en Asesinato por locura (Murder by Reason of Insanity, Anthony Page, 1985). Por citar solo algunos. Son personajes que, por su falta de empatía, su sometimiento a una ideología, del tipo que sea, o por “conexiones familiares”, resultan aún más pavorosos que algunas figuras mediatizadas. A la zaga no le anda la sobreprotección de determinados hijos, conscientes de su poder.

Tal es el caso de Bryce Walker (Justin Prentice), partícipe de esa complacencia presumida del que no sabe nada, pero atesora información de todo. Forma parte de un atajo de consentidos con la psicología hecha un ovillo.

Debo decirlo desde el principio. La nueva temporada de Por trece razones (Thirteen Reasons Why, Netflix-Paramount, 2019) presenta un balance bastante insatisfactorio. Apurando mucho, diría que bueno y malo al cincuenta por ciento (en opinión de quien esto suscribe, claro está, y aún creo que soy generoso). La etapa trata de encontrar su espacio argumental en concordancia -y a ratos sometimiento- a los relatos precedentes y la estructura que los soportaba, que se reitera pero ramifica en exceso. Nos situamos entonces tras una temporada de transición, la segunda. Esto es, entre la clarificación de los poliédricos hechos que llevaron a la estudiante Hannah Baker (Katherine Langford) al suicidio, y la desaparición del estudiante indirectamente responsable de este y otros desmanes, el referido Bryce.

Pero ni siquiera esta sorpresa argumental se sabe conjugar, puesto que al término del segundo capítulo la desaparición de Bryce ya se desvela como como un homicidio, al aparecer su cadáver en la zona de los muelles. A partir de aquí, se pone de nuevo en marcha la estructura a la que antes aludía. Lo que ocurre es que las trece razones narrativas, arrastradas desde los inicios, ya resultan un lastre.


Estas razones conllevan una saturada montaña rusa emocional que pone a prueba la paciencia del espectador, con objeto de clarificar la identidad del causante último de la muerte del estudiante, tan popular como impopular. Pese a todo, el núcleo central de esta nueva entrega (en verdad espero que la cosa no se alargue más, aunque todo apunta a lo contrario) es el cuestionable “blanqueamiento” de la personalidad de esta figura emergente y despótica, socialmente estancada y oligárquica. Y no solo de esta, sino de otros compañeros a los que aplicar progresivos paños calientes. Opinión de cada espectador será si se logra o no; personalmente, me parece una estrategia fallida por falta de credibilidad.

Pues bien, para bien o para mal, una nueva trama se gesta en los pasillos y recovecos del Instituto Liberty, en Evergreen (de localización brumosa pero extrapolable). Un nuevo misterio sazonado de más falsos culpables, fotografías, giros narrativos no exentos de incongruencias de guion, un diario, hermetismo irritante, confesiones a porrillo y secretos expuestos con cuentagotas. Un batiburrillo emocional desenfocado que perjudica la coherencia de la propuesta.

Además, disponemos de una nueva voz en off que, en esta ocasión, corresponde con exclusividad a la nueva estudiante de origen africano Ani Achola (Grace Saif). Voz en off siempre al filo de una sistemática condena al varón, y que para colmo resulta prescindible en la mayoría de las ocasiones, puesto que no ceja en procurar una persistente cháchara de corte psicologista y filosofía de baratillo. En definitiva, un recurso progresivamente engorroso, como si faltara la necesaria convicción en lo que se está narrando a nivel visual.

Esto convierte la temporada en un lío morrocotudo de pistas faltas, donde la principal sospecha recaerá en Clay Jensen (Dylan Minnette), cuyo carácter, independiente pero servicial, continúa siendo lo mejor de la función. Al fin y al cabo, Bryce le regaló en su día una buena paliza, y puede que Clay se la haya devuelto.

Por su parte, a las sufridas autoridades del centro les siguen lloviendo palos por todas partes, convertidos en peleles a manos de unos niñatos con actitud chulesca y pasota. Bastante duro es tener que aguantar las impertinencias de la antipática Jessica Davis (Alisha Boe) en nombre de una curiosísima libertad de expresión. Mediada la trama, la muchacha muestra un comportamiento hacia personajes como Justin Foley (Brandon Flynn) o Alex Standall (Miles Heizer), diríamos que manifiestamente mejorable, de “usar y tirar” si se quiere, que ni me imagino tratando de ser justificados en el caso opuesto.

Lo que refleja una sociedad al borde de la esquizofrenia (que cada cual ponga el dedo en el mapa), donde hay que medir tanto las palabras que es un milagro que la gente se pueda seguir entendiendo. Hasta para referirse a la eternamente a la defensiva Jessica, Ani emplea los calificativos de magnífica y aterradora (III). Como mixtura no está mal.


No solo de Bryce, de todos los personajes con doblez se trata de ofrecer la otra cara de la moneda. El problema es que a estas alturas no cuela el procedimiento. Este intento de humanización, es decir, de convertir a los personajes negativos (creo que ahora se dice tóxicos) en personas que-en-el-fondo-no-son-tan-malas, se estira en demasía. El caso de Bryce es el que peor se sostiene: o bien se pecó de maniqueísmo en el pasado, o los -esporádicos- anhelos de conversión del personaje no hay quien se los crea; salvo, tal vez, en el último tramo de la serie. La “fealdad” se traslada entonces a Monty de la Cruz (Timothy Granaderos), circunstancia, empero, que trata de “remediarse” en los capítulos V o VII, rozando el paroxismo. La redención también se hace extensiva a la extremada Jessica, que junto a Tyler Down (un estupendo Devin Druid), habrá de sobrellevar su condición de víctima.

En cuanto a Bryce, este pasa pronto a recibir su propia medicina en un nuevo centro escolar, tras haber obtenido la Condicional. Un nuevo ejemplo de polaridad lo hallamos en el incidente de vandalismo que protagoniza junto a Alex, seguido de la oferta de ayuda a Tyler. De hecho, se juega con la idea de que el poder omnímodo de Bryce también sirva para sacar a otros compañeros de algún atolladero (IX). Aunque a veces da la impresión de que las verdaderas víctimas son los progenitores (cuando se dejan caer por allí, claro), ya que parece imposible que se puedan enterar de algo.

Y ahora vamos con los aspectos, a mi juicio, más positivos. Destaca, en primer lugar, el ambiente de sordidez de cada morada interior, que se hace extensivo a toda la temporada (menos dan otras piedras). Junto al interés por potenciar el misterio de la muerte de Bryce, en versión retruécano pero realista (¡esa carta “terapéutica” escrita por Bryce! VIII). Un misterio que se hace extensivo a los hechos con que concluía la segunda temporada, sitos en el movidillo Baile de Primavera de los alumnos, o en las idas y venidas tras un partido de bienvenida de rugby, en la presente (XI).

También destacaría la visita “guiada” de Clay a Ani, en el que es su primer día en el instituto (I), la “aparición” de Bryce a Clay, en el dormitorio de este último (VII), la emotiva confesión de Taylor a Clay, junto a la veracidad del citado Baile de Primavera (VIII), el Club de los Repudiados -apenas entrevisto- que arropa a Tyler (IX), la conversación entre las madres de Bryce y Hannah (Brenda Strong y Kate Walsh; X), o la visibilidad de los “supervivientes” del instituto (los que sufren en silencio), que se da en el gimnasio (aunque la voz en off está a punto de arruinar la escena; XII). No obstante, lo más atractivo radica en la profundización del personaje de Tyler Down, un aspecto que, como todo lo referido a esta temporada, ha de convivir con otros momentos de menor inspiración, como el poco convincente regreso de Jessica a Justin.


Esta nueva hornada arranca ocho meses después de la previa, con lo que la estructura en flashbacks, interactuando con el presente, está asegurada (bien llevada, esto no es ni bueno ni malo, aunque sí cansino). Forma parte de un estado de ánimo ciclotímico donde la irresponsabilidad parece gratificarse (II), trasladándose a la conducta patológica de algunos de los personajes, con Bryce a la cabeza. Incluso su funeral sirve tanto de “blanqueo” de su figura, como antes adelantaba, como de criminalización de la misma (VI).

Considero que las sospechas que recaen sobre otros personajes son un aspecto sugestivo pero reiterativo. Aun así, la coyuntura de la posible arma que porta Taylor está bien llevada en el capítulo correspondiente (IV) y no carece de cierta gracia. Como el hecho de que sus amigos Clay, Ani, Alex y Tony Padilla (Christian Navarro) se afanen en hacer el trabajo de todo un equipo de psicólogos o de policías. Aunque la ayuda prestada por Clay y Anie -infructuosa Pepito Grillo- casi llega a niveles de paranoia (III). De hecho, las pocas escenas en las que ambos no están presentes -o de las que no son informados directamente, por medio de relatos retrospectivos-, parecen extrañas y ajenas (VI). Abundando en ello, sí queda bien expuesto el que las sospechas recaigan sobre Clay (hay otros doce sospechosos, como ya habrán adivinado). Se me da bastante bien lo complicado, admite el chaval (II). Y ocasión tendrá de demostrarlo. Lo más resultón continúa recayendo sobre sus hombros, no tan enclenques.

A lo que se añade el problema de la adicción a las drogas, que afecta a varios de los protagonistas. En este sentido, los actores están bien, sin embargo, cuando los guiones se convierten en rehenes de una doctrina, del talante que sea, mal desarrollo se alcanza (incluida una artificial derivada sobre la inmigración ilegal). La indefinición moral, como en el citado caso de Steinbeck, podía haber sido una buena baza para sostener la temporada, si no fuera porque las situaciones están forzadas al máximo y, por lo tanto, resultan poco verosímiles, rizando todos los rizos anteriores. Al punto de que, para cuando estamos al tanto de la identidad del culpable, nos importa un pepino (¡hasta el capítulo trece no se agiliza la investigación!).


He de confesar que cada vez me fatigan más los culebrones de instituto, convertidos no ya en un género en sí mismo, sino en una manifestación endogámica, donde existe tiempo para todo menos para estudiar. Asumo mi culpa, nadie me obliga a verlos, aunque solo me gusta opinar de lo que he leído o visto. Así, los mantras de todo el mundo miente, nadie está limpio o todos guardamos secretos ya no llaman la atención ni poseen la capacidad perturbadora de antaño. Lo mismo da que sean experimentos como American Vandal (íd., 2017), Faking It (íd., 2014-2016), Riverdale (íd., 2017), The End of the F*** World (íd., 2017), Baby (íd., 2018), Todo es una mierda (Everything Sucks, 2018) o Sex Education (íd., 2019). Salvando todas las distancias que se quieran entre ellas, suponen poco menos que un bucle espacio-temporal, prefabricadamente transgresor. Con esta última, por cierto, comparte la nueva temporada de Por trece razones algunos aspectos: un personaje con la sexualidad reprimida que nos sale pegón, o el descubrimiento de la masturbación por parte de otro de los protagonistas, hastiado ya del sexo compartido. Además, ambas presentan una situación calcada -lo que ya provoca escalofríos-, la del aborto de uno de los personajes. En ambas series se procede de idéntico modo, lo que incluye el retrato caricaturesco y sectario del anejo grupo anti-abortista. Por descontado que el padre, aun siendo el malicioso Bryce, que es que no para, no tiene derecho a estar informado del asunto (para “comprar” la aquiescencia del arrepentido padre, se le informará en el capítulo XII, a aborto pasado: verdaderamente que la sensación de improvisación de esta vorágine de guion es mareante).

El sometimiento (encubierto) de muchas de estas series a la corrección política, tratando de dar a cada entierro una vela, asfixia el fluir natural de sus atractivas posibilidades. A lo que se suma la brutal pobreza del lenguaje (y el inglés no es precisamente el idioma de gramática más dicharachera). Además, como ya adelantaba, se hace demasiado larga; trece capítulos son muchos para contar lo que cuenta (a diferencia de la primera temporada, donde cada capítulo se centraba en cada uno de los protagonistas principales). A lo que finalmente no ayuda el “choteo” de Ani con la policía (XIII). Quien se anda quejando de que la violencia solo engendra violencia, alimenta la mentira con la mentira (por mucho que la policía no sea tonta).

Escrito por Javier Comino Aguilera


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Vinieron las lluvias, de Louis Bromfield, y adaptaciones de Clarence Brown y Jean Negulesco

02 septiembre, 2019

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El caso del escritor estadounidense Louis Bromfield (1896-1956) es análogo al de William Somerset Maugham (1874-1965), del que recientemente tuvimos ocasión de comentar El filo de la navaja (The Razor’s Edge, 1944). Me refiero al hecho de llegar a ser unos autores muy conocidos -y para colmo leídos-, para caer en un relativo olvido a continuación, más paliado en el caso de Maugham que en el de Bromfield. Se trata de una cuestión de modas, pero no de literatura, que es lo que aquí nos interesa (y, seguramente, de dejar paso a los nuevos talentos, presuntos en ambos casos). Hoy les propongo un acercamiento a la que fue una de las novelas más conocidas de Bromfield, doblemente celebrada por el cine, Vinieron las lluvias (The Rains Came, 1937; Círculo de Lectores, 1983, Salvat 1986, Punto de Lectura, 2006).

La cita del poeta y crítico Matthew Arnold (1822-1888), con que se abre el libro, es definitiva y actual: entre dos mundos, uno de ellos muerto y el otro impotente para nacer. Desde el principio del relato, establece Bromfield la dualidad entre una India mítica y ensoñadora, y la de los animales devoradores de cadáveres que forman parte de ella (también entre la colonizada y la no colonizada… pese a estarlo). Es la India, entonces y ahora, un país de dilatados contrastes, como las personas que lo habitan, provengan de donde provengan. O como la lluvia, que marca la diferencia entre vivir o morir, aunque a veces el orden se subvierta.

Pese a cierta estructura coral, Vinieron las lluvias posee un protagonista principal o, al menos, un hilo conductor, junto con la propia India y el momento histórico por el que atraviesa, los últimos coletazos del colonialismo británico. Este personaje es el inglés afincado en el país Tom Ramsone, que vive en una apartada hacienda junto a su criado Juan Bautista (Jean Baptiste). Ransome no sentía deseo alguno de verse en compañía de gentes insignificantes y de mediocres ambiciones (parte I: capítulo II); esto es, se guarecía del engreimiento y el esnobismo que pueden afectar a todas las clases sociales e ideológicas. Tom Ransome es un personaje que aspira a su parcela de libertad.

Louis Bromfield
Bromfield describe el paisaje y también el aspecto físico de sus personajes, deteniéndose el mismo espacio de tiempo que dedica al entorno que los rodea. Los puebla de actitudes y sentimientos que ofrece al lector avisado (con conocimiento histórico de causa), confiriéndoles un particular exotismo por ambas partes. Aspectos de carácter que confluyen en uno solo, porque la India moldea los temperamentos. De hecho, a lo largo de la novela prevalece la descripción de talante psicológico sobre el diálogo. Como si la narración fuera indivisible del momento anímico y, por consiguiente, necesitada de la prosa omnisciente. Así ocurre, por ejemplo, durante una aparentemente banal partida de cartas (I: V). Un rasgo de estilo que, sospecho, resulta deudor de la seminal novela Contrapunto (Point Counter Point, 1928) de Aldous Huxley (1894-1963), y sus adláteres.

Otro personaje cenital es el joven mayor Rama Safti, notable cirujano de Ranchipur, un topónimo inventado por Bromfield, pero fácilmente extrapolable. Educado en occidente, Safti quería fundar un hospital y una escuela de enfermeras (I: VI); cuerpo a cuya cabeza se halla la señorita MacDaid. El retrato de la jefa de enfermeras procura otro ejemplo de bravura de análisis introspectivo (I: VI). Esta indagación teje una toma de contacto en profundidad con los personajes, previo a la trama que se va a desarrollar, e incluso entonces.

A los citados se suman lord Esketh, adinerado y abusón empleador del criado Bates. Su esposa, la desinhibida Edwina, antigua conocida de Ransome; el bibliotecario del maharajá, Bennerjee; su auxiliar, la solterona señorita Murgatroyd, o los Simon, matrimonio de misioneros con una hija en edad de merecer o de tomar lo que cree que merece, Fern. El retrato de este matrimonio protestante es brutal a la par de divertido (I: XI-XII, etc.) (una versión mucho más dulcificada y menos comprometedora la hallaremos en las películas). Inglaterra ha perdido la India por culpa de hombres que no quieren sentarse a tomar una taza de té con los hindúes, advierte en consecuencia Raschid Ali Khan, un indio mahometano, ministro de Orden Público de Ranchipur. También están las señoritas solteras Dirk y Hodge. Sara Dirks es hija de un tendero de telas de Nolham, Inglaterra, y es la directora de la escuela. Vive en compañía de su amiga Isabel Hodge. Una relación que queda expuesta por Bromfield con sutileza pero que se puede entender entre líneas de forma inequívoca. Se da la circunstancia, además, de que Sara necesita una urgente operación.


Por su parte, la adolescente Fern desea escapar de la desidia. En su afán de procurarse un futuro mejor y zafarse de un enlace matrimonial no deseado, compromete a Ransome (I: XLVII). Sin embargo, pese a tan loable determinación, no quiere Fern buscar refugio en casa de otra persona porque es india; sometida por los dictámenes de su madre, no puede evitar pertenecer al mundo que pertenece. Finalmente, y tas la catástrofe que azota Ranchipur, desea alcanzar el hospital porque desea ser útil sobre todas las cosas (III: XXXI). El personaje deriva en memorable.

A su vez, está la reavivada relación entre Tom y Edwina. Es lástima habernos encontrado y tener que separarnos casi inmediatamente, comenta Ransome. A lo que Edwina añade que las cosas, hoy día, van así (I: XXXII). Hasta que la naturaleza de tales cosas son puestas en su sitio. Rápida, prodigiosamente, las lluvias habían transformado todo el paisaje y la vida entera de Ranchipur (I: LII).

También se aborda en la novela el tema de la espiritualidad, tangencialmente. Una cosa que gravita sobre toda la India como una nube (II: I) y que parece velada a la comprensión del pensamiento materialista inglés, tal cual lo expone Louis Bromfield (Piscis), y por extensión, atribuible al resto; es decir, más allá de un país de salvajes exageraciones (íd.). Este materialismo ha de entenderse en un sentido más terreno que mercantilista. Podemos hacer una gran labor en Ranchipur, pero al fin seremos derrotados por la India, el continente inconquistable, determina el mayor Safti (íd.). Por eso Ransome, pese a su honestidad, contempla la vida meditativa como una profunda negación (de la vida); esto es, si no va acompañada de una labor material o de un objetivo de índole espiritual.

Del lado de acá, los sentimientos no son una ciencia exacta. Si bien, a veces, lo semejan, pudiéndose predecir con relativa exactitud. Sucede en la relación de Edwina y Tom (II: III). A la par que una alegoría se desquebraja. Las deficiencias del dique, de diseño británico y construcción india, se “erige” en su desplome en un símbolo de la fe oriental en la eficiencia occidental y de la integración. Símbolo que se viene abajo (II: XIV).

Época del Monzón en la India
Merced a su mixtura de relato de aventuras, melodrama y desastres naturales, participa la novela de la más interesante de las ideas inherentes al último de dichos géneros, el de catástrofes: la de que, tras el cataclismo o accidente, sea de la naturaleza que sea, nada de lo que nos parecía vital posee importancia. Aunque el retrato inclemente (y realista) de algunos paisanos ingleses hace que esta idea se retuerza y elongue irónicamente: son como son bajo cualquier circunstancia. Como ya señalaba, la estampa de alguno de estos personajes es especialmente incisiva. Su contraparte sería Ransome, de noble carácter pero no exento de “flaquezas” como la bebida. Un personaje que, a diferencia de la mayoría de sus compatriotas, sí vive entre dos mundos.

Esto, aparte del hecho de tener que afrontar la pérdida de seres queridos (queridos aunque, a veces, no correspondientes, como sucede en el caso del mayor Safti y la enfermera MacDaid). Pero hasta este aspecto se ve matizado por la flema de cada personaje. Los ingleses son una gente sentimental que se avergüenza de serlo (III: LV)

Otro apunte curioso lo encuentro en el hecho de que la señorita Hodge se figura que abusó de ella el sikh que la salvó (III: XLVIII). Lo que, pese a no ser más que una anécdota, no deja de remedar en parte el argumento principal de la anterior Pasaje a la India (A Passage to India, 1924) de E. M. Forster (1879-1970). Si bien hay un juicio o, al menos, una encuesta, esta se refiere al presunto suicidio de otro de los intérpretes secundarios (transición de la tercera a la cuarta parte).

Para muchos de estos personajes es la hora de la valentía o la deserción. Espléndido es el momento de mutua sinceridad (verbal para él, interior para ella), entre la enfermera amateur Edwina y el médico Safti (III: LIV y, de nuevo, IV: XI).


La novela acaba donde empezó, en el jardín de la hacienda de Tom Ransome. Pero esto es a un nivel puramente espacial. Psicológica y argumentalmente, se ha completa un ciclo de la vida y de la muerte que en nada deja a los personajes donde comenzaron.

Venciendo los márgenes del exotismo, Vinieron las lluvias es, por encima de todo, una novela psicológica por mucho que esté ambientada en la India. Por supuesto que, como ya he señalado, el paisaje pesa en la psicología de los protagonistas. Pero no tanto como cabría esperar. La exposición del interior es más relevante que la acción a nivel narrativo, las descripciones a los diálogos; con frecuencia, pueriles o que enmascaran una apariencia de (in)conformismo social. Una complejidad en las relaciones humanas revestida de una simpleza (no simplismo) que parece inmutable en cualquier escenario. En cuanto al cataclismo, este podría haberse producido en cualquier parte del mundo, aunque quede sujeto a unas determinadas características orográficas.

El tiempo de la acción se acompasa al de la filmación de la adaptación cinematográfica, posterior en un año a la publicación de la novela, aunque Vinieron las lluvias (The Rains Came, Twentieth Century Fox) se estrenó en 1939, año fantástico en la historia del cine.

La permuta es meramente temporal, el escenario de la novela y su núcleo argumental no varían. Estamos, por lo tanto, en el Ranchipur de 1938. El competente Clarence Brown (1890-1987) arranca la historia en el jardín de Tom Ransome (George Brent), al igual que sucede en la novela. El resto de personajes se suman a la trama: el mayor Safti (Tyrone Power), científico y cirujano; la interesada señora Simon, algo menos adusta (interiormente) que en la novela (Majorie Rambeau), el risueño matrimonio Smiley (interpretado por los estupendos Jane Darwell y Henry Travers), el matrimonio Esketh, formado por Edwina (Myrna Loy) y Albert (el bueno de Nigel Bruce), la eficaz pero solitaria enfermera MacDaid (Mary Nash), y otro matrimonio que se quebrará, por distintas razones que los anteriores, el del maharajá (H. B. Warner) y su esposa, la maharaní (la simpar Maria Ouspenskaya).

Vinieron las lluvias es una extraordinaria producción de Darryl F. Zanuck (1902-1979) con fotografía de Arthur Miller (1895-1970) y eficaz música de Alfred Newman (1900-1970).


La labor de Clarence Brown resulta impecable. Basta prestar atención a la partida de cartas con la maharaní, o la excelente interpretación de George Brent (1904-1979) de ese Tom Ransome pintor (aquí no es ingeniero), rentista, heredero de un título de conde y “con reputación de bebedor”.

Así mismo, podemos fijar la atención en la inclusión en el montaje de Barbara McLean (1903-1996) de significativos -por conceptuales- planos detalle, como el de la costosa carta de un menú, la lista de conquistas que de Edwina lleva escrupulosamente el gruñón Alberto, o las anotaciones de los enfermos críticos y los moribundos, debido al cólera.

En otro momento, Ransome pide permiso para enseñarle a Edwina el palacio real, cuya esperable conclusión se resuelve aquí en un beso, preludio en el que queda implícito todo lo demás. El resto de situaciones y personajes también se respeta; incluso diría que se agradece la concreción de la trama. Así, especifica Alberto Esketh que todo está en venta. Impagable es su rostro de estupefacción ante un improvisado regalo -¡gratis!- de su Alteza el maharajá.

Estos personajes gravitan en torno a las ideas motrices de la novela, que son el reencuentro con un amor del pasado -pasado pero no fenecido-, el acceso a la madurez -no solo en las figuras más jóvenes-, la constatación inexorable de la proximidad de la muerte, en el caso de otro de los personajes, y en definitiva, el elemento de la lluvia como transformador de todo; casi como un doloroso don divino.

Otro magnífico instante es el que muestra a Tom arrojando una botella vacía tras la catástrofe. O cuando los camilleros se disponen a retirar, presos de la rutina, otro cuerpo inerme de una cama del hospital. O la imagen de Tom y Edwina a la sombra de la llama que les proporciona un mechero, en una de las salas de palacio. O la canción que a Safti le recuerda a Edwina. Además del terremoto y la posterior inundación, narrados a través de una serie de planos formidables. Espléndido es también el momento en que su Alteza la maharaní atusa la pajarita de Tom tras la “visita guiada” de este a Edwina por el palacio -un gesto que da a entender que la maharaní está al tanto de lo ocurrido entre ambos-. En suma, estamos ante esa elegante y clásica -es decir, moderna- manera de contar las cosas, al más puro “toque Lubitsch”.

Myrna Loy (1905-1993) compone a una mujer notable… en el objeto de conseguir lo que quiere. Hemos traicionado a todo el mundo, no lo hagamos el uno con el otro, le espeta a Tom. Ahora bien, como sucede cuando se entra en contacto con otra realidad, destaca la visita a la Escuela de Música, de la mano y el corazón de Safti. Un lugar donde comienza a operarse un cambio en el modo de ser de Edwina, que culminará en los muros del Hospital Estatal de Ranchipur. Cambio equiparable al del país, debido a las lluvias. Lo cierto es que la adaptación de Philip Dunne (1908-1992) y Julien Josephson (1881-1959) sintetiza de forma admirable el grueso argumental y emocional de la novela, el intríngulis tanto interno como externo.

Hubo una segunda versión pero, pese a estar filmada en color, palidece respecto a su predecesora. No obstante, la presencia de un profesional de la talla de Jean Negulesco (1900-1993) en la dirección, depara algunos buenos momentos. Las lluvias de Ranchipur (The Rains of Ranchipur, Twentieth Century Fox, 1955) presenta una estética igualmente acorde con la época de producción, es decir, el diseño artístico característico de los años cincuenta, con escenarios reales y algunas imágenes de soslayo (las temidas transparencias). Pero Negulesco se hace fuerte con la planificación en formato panorámico del recientemente estrenado (por él) cinemascope, con el concurso de su director de fotografía, el estupendo Milton Krasner (1904-1988). Lo que incluye un acertado juego de miradas entre los personajes en alguno de dichos planos.

Negulesco se asegura de que la ausencia de comunicación entre el matrimonio Esketh, formado por Alan (así llamado ahora; Michael Rennie) y Edwina (Lana Turner), quede de manifiesto nada más subir al tren que los llevará a Ranchipur. Lo que conlleva la separación física en compartimentos distintos. Incluso cuando comparten el mismo espacio, no dejan de estar separados.

Todo esto lo resuelve Negulesco de manera intachable por medio de un único plano fijo.


No sorprende entonces que el enlace de ambos parezca estar sujeto a una caprichosa frivolidad, el recuerdo de una determinada forma de preparar el café. En palabras del propio Alan, Edwina queda descrita como una inmensa fortuna sin nada de corazón. Lo segundo revierte en lo primero, como suele ocurrir con mucha gente adinerada. Y en efecto, Edwina es de ese tipo, aunque seguramente la fortuna le vino dada y presenta un nada irrelevante matiz: si el amor llama, esta vez no está dispuesta a dejarlo escapar ahora que se aproxima inexorable “la madurez”.

Como vemos, y al contrario de que lo que sucedía en la novela, es Edwina la poseedora del dinero; el esposo tan solo lo es de un título. Se proponen una visita fugaz a Ranchipur, con objeto de adquirir unos caballos, para luego marchar a La Riviera. A su llegada, son agasajados por la maharaní (que en esta versión ya se presenta como viuda). De hecho, el relato se focaliza en la visita de estos huéspedes para la compra.

Pronto conoce Edwina y se encapricha del distinguido doctor Safti, personaje algo reprimido en el aspecto íntimo, tal cual deja traslucir la interpretación y palabras de Richard Burton (1925-1984).


Esta nueva reescritura de la novela de Louis Bromfield, a cargo de Merle Miller (1919-1986), también nos presenta a un Tom Ransome más locuaz y vivaracho, ingeniero con alcurnia y posibles, e igualmente aficionado a la bebida. Fred McMurray (1908-1991) está estupendo sosteniendo el papel. De nuevo lo encuadra Jean Negulesco en un plano único en su conversación con la joven rebelde Fern (Joan Caulfield). La relación con la descendiente de los Simon no deja de ser dramática por mucho que prevalezca cierto espíritu familiar. Su segundo encuentro también lo conforma un plano sostenido en el que la actriz está magnífica. Una planificación tan solo rota con la inclusión de un primer plano, previo a una transición. La misma estructura visual aparece en la charla de Safti y la maharaní, que se da a continuación.

Otros cambios que acomete la adaptación los hallamos en el hecho de que sea Safti quien acompañe a Edwina por las interioridades del palacio (en lugar de hacerlo con Tom). El encuentro sexual es sustituido (de momento) por el símil verbal de una cometa. De igual modo, la inclusión de un safari sirve para hacer avanzar el conflicto matrimonial de los Esketh. En este sentido, Alan Esketh despliega una sólida entidad, de la que incluso carece en el libro, donde casi siempre está contemplado a través de los ojos de su despegada esposa. En cuanto a Edwina, el “mal de amor” le ha atacado por primera vez en su vida. A diferencia de lo que sucede en la novela, Edwina sobrevive a los embates de Ranchipur, siendo su renuncia por Safti un auténtico sacrificio por amor. Con toda certeza, el primero de su vida.

Escrito por Javier Comino Aguilera



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