Baúl del Castillo: balance de 2014

31 diciembre, 2014

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Puerta del Sol, Madrid (Fotografía de MB)
2014 se despide de nosotros, pero no nos dormimos, porque ya llega un nuevo año en el que vamos a seguir trabajando en este blog que se inició hace ya tres años y medio. Pero de momento toca hacer repaso a lo que ha sido un año realmente productivo, con una gran variedad de temas culturales, aunque no haya brillado tanto en visitas, salvando los buenos datos del verano.

Unos deslucidos números de visitas en los meses de noviembre y diciembre no nos desaniman en lo que ha sido un año general de subida y mantenimiento. Hemos alcanzado las 660.000 visitas, 145.000 visitas más que las que teníamos hace un año, y seguimos en la perspectiva de alcanzar el millón. El mejor mes de 2014 ha sido octubre superando las 14.000 visitas, y se mantiene como entrada más visitada nuestro artículo sobre la publicidad Vintage, manteniendo este particular podio con Walt DisneyToy Story Germán Garmendia, dominadores por segundo año consecutivo de nuestras entradas más visitadas.

Siendo además un blog español, nos agrada tener lectores allende los mares, principalmente mejicanos, que ocupan el segundo puesto por detrás de los españoles, y también estadounidenses, en tercera posición. Les siguen los argentinos, los colombianos, los chilenos y los peruanos, cerrando curiosamente alemanes y franceses este particular listado de lectores. Por otra parte, seguimos acercándonos a vosotros y procuramos estar activos tanto en nuestra página de Facebook, donde llegamos a 138 me gustas, 51 más desde el año pasado, como en nuestro perfil de Twitter, con 444 seguidores, 200 más que cuando cerramos 2013.


En cuanto a los comentarios, 51 en el blog más todos los tuits dirigidos a nuestra cuenta y los comentarios en nuestra página, que aumentan esta cifra inicial. Como siempre, os animamos a compartir vuestros pensamientos dudas y/o sugerencias en nuestros artículos, siendo, como siempre hemos sido, un portal abierto a todos siempre que se mantenga el respeto necesario.

Por nuestra parte, seguimos aumentando año a año el número de entradas, alcanzando este 2014 un total de 203, superando las 174 de 2013. Un resultado fruto de nuestra constancia y que no sería posible sin la participación en este blog de este equipo formado por Mariela B. Ortega, Javier C. Aguilera y un servidor, Luis J. del Castillo. El cine ha sido nuestra principal fuente de reseñas, seguida por la literatura, nuestras principales bazas, aunque la música, la publicidad, las series y los videojuegos han sido las otras temáticas sobre las que hemos trabajado. Precisamente, debo agradecer toda la labor ejercida por mis dos compañeros, sin la cual este blog quedaría cojo. Entre todos, nos compenetramos para traeros una variedad que consigue crear esta página de cultura ante todo.

Gracias a ellos, hoy podemos decir que hemos llegado a 617 entradas publicadas, más de 660.000 visitas, 317 comentarios y seguir compartiendo con vosotros toda esta cantidad de cultura.


En nuestro archivo se han añadido este año algunas obras que estaban de aniversario, con una antigüedad incluso de 515 años en el caso de El sueño de Polífilo. Hemos visto pasar el centenario de Platero y yo, los 85 años de Doña Bárbara; o los 75 de un año tan bueno en el cine como fue 1939, con clásicos como La diligencia, Lo que el viento se llevó o El mago de Oz. Un clásico como 1984 ha cumplido ya 65 años, mientras que un autor como Julio Cortázar, en el centenario de su nacimiento, también celebraba los 55 años de su obra Las armas secretas, a la par que Hemingway veía cómo París era una fiesta llegaba al medio siglo de vida, la misma edad que la película My Fair Lady.

Doble aniversario para La historia interminable, cuyo libro alcanzaba los 35 años mientras que su adaptación hacía lo propicio con 30, mismos años que han alcanzado los Gremlins. Y aunque ya ha alcanzado el cuarto de siglo la adaptación que Tim Burton hizo de Batman, Cadena perpetua tan solo ha llegado a su vigésimo aniversario aún, el mismo año en que El diario de Noa alcanzaba su primera década y veía con tristes ojos la despedida de este mundo de James Garner, uno de sus actores protagonistas. Y casi parece mentira que hayan pasado 5 años desde esta estupenda pieza de animación que es Up, sobre todo su prólogo.

Ya hemos mencionado cómo nos dejaba este año el actor James Garner, pero lamentablemente no ha sido el único. En 2014 hemos perdido a todo tipo de personas relacionadas con la cultura, especialmente en el caso del cine, donde hemos contemplado las despedidas de actores como Shirley Temple, Philip Seymour Hoffman, Bob Hoskins, Robin Williams o Lauren Bacall, así como en España debimos decir adiós a Álex Angulo.

Los directores Harold Ramis y Richard Attenborough también nos dejaban a lo largo de este año. En el mundo literario en español, se apagaron las voces de Gabriel García Márquez y de Ana María Matute, mientras que las guitarras enmudecieron ante la pérdida del gran Paco de Lucía.

Se marcharon ellos, pero quedan sus obras. Os animamos a conocerlos si no a través de nosotros, a través de tantas otras páginas que seguramente hablan de ellos. Nuestro agradecimiento a quienes han trabajado y también a los que siguen haciéndolo para el mundo de la cultura.

Como es habitual en este balance, me gustaría recomendar una entrada por cada mes de este 2014:
Hay muchas más entradas para descubrir, esta es una selección que quizás desmerece incluso el trabajo de todo un año, valga de ejemplo para que indaguéis en nuestro amplísimo archivo.


Esperamos que hayáis pasado unas felices fiestas durante esta Navidad y que podamos celebrar juntos este inicio de 2015, un año que afrontamos con ilusión y con ganas de seguir trayendo reseñas de cine, de literatura, de música, de publicidad de videojuegos y de cualquier otro tema que consideremos de nuestro y de vuestro interés. Gracias por compartir con nosotros un año más y esperamos seguir con vosotros durante muchos más, comenzando por este que estrenamos ahora.

Un estimable saludo, el administrador, 
L.J.

PD: Para concluir, os dejamos con este teaser trailer de lo nuevo de Star Wars, franquicia que vuelve a la vida de manos de J.J. Abrams en este 2015, un año cargado de estrenos cinematográficos que están levantando, sin duda, mucha expectación.


"La poesía, queridos amigos, es la encarnación sagrada de una sonrisa."

-Kahlil Gibran





Mamá a la fuerza, de Garson Kanin

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Me gustaría despedir el año recordando Mamá a la fuerza (o soltera, como mejor indica su título original, Bachelor mother, RKO, 1939), una agradable comedia dirigida por Garson Kanin (1912-1999) y escrita por Norman Krasna (1909-1984), según una historia original de Felix Jackson (1902-1992), que contó además, en el apartado musical, con el todo terreno Roy Webb (1888-1982).

Polly Parrish (una desenvuelta Ginger Rogers) trabaja en los prestigiosos grandes almacenes John B. Merlin e hijo (encarnados estos por los igualmente estupendos Charles Coburn y David Niven). El hijo, que responde al nombre de David, todavía presenta un carácter romántico y menos contaminado por la rutina de los negocios que el padre.

Por su parte, Polly se encuentra enclaustrada en el departamento de juguetes, donde tiene éxito vendiendo unas réplicas andarinas del Pato Donald. Pero no es una trabajadora fija, sino eventual, con lo que su finiquito le llega en pleno día de Navidad. Las desgracias no terminarán ahí, puesto que a la salida del trabajo, y tratando de hacer una buena acción, se le supone madre de un bebé que alguien ha abandonado frente a una casa de acogida.

A partir de ahí, comienza un pequeño calvario para Polly Parrish, que primero tratará de “deshacerse” de un niño que no es suyo, para finalmente aceptar su inesperada maternidad, sin tratar de aprovecharse por ello de las ventajas que “de repente” le llueven del cielo por parte de David Merlin.


El caso es que, en un apunte muy divertido, el niño solo llora cuando le arrancan de los brazos de Polly. También es un acierto no mostrar a los citados empresarios como los déspotas de costumbre: pese a que existen, los Merlin, tanto padre como hijo, son exigentes pero cumplidores. Por otra parte, Polly se conduce como una mujer honesta y finalmente responsable de la criatura, no a la fuerza, sino por propio convencimiento.

Existe otro personaje complicado en la trama, Freddie (Frank Alberstone), un compañero de trabajo de Polly, que la pretende. Una amistad que conduce a ambos a participar en un popular concurso de baile, para pasmo de David, en un momento en que la empleada aún no ha decidido “quedarse” con el niño.

En realidad, los lazos expuestos en Mamá a la fuerza van más allá de los estrictamente sanguíneos, conformando una familia de afectos en la que incluso puede incluirse al mayordomo flemático de los Merlin (E. E. Clive). Es cierto que, en un principio, si Polly “devuelve” al niño, puede perder sus recién adquiridas prebendas, pero cuando decide asumir su maternidad como “madre soltera”, sufre las consecuencias de igual modo.


Como un moderno cuento urbano (que como todos los géneros, no es necesariamente reciente), la historia se construye sobre malentendidos, sobreentendidos y coincidencias “funestas” que pasan a ser gozosas, como parte fundamental, al menos en el arte, del reflejo del ser humano. Algo así como la imagen que proporcionan los inevitables consejos extraídos de un libro sobre bebés, finalmente útiles. También presenta la narración su parte de cuento de hadas, cuando Polly obtiene un traje y un vestido nuevos; y un reverso, cuando a David le suceda lo mismo que a Polly al achacársele la paternidad.

Pero al fin y al cabo, Mamá a la fuerza es una historia de amor con un toque de fantasía, donde subyace el miedo al compromiso, a unas relaciones “estables”, pero en la que una vez superado el pánico, por mediación del Pato Donald, vence el amor.


Entre otros momentos divertidos, destaquemos aquel en que David se hace pasar por un consumidor, tratando de demostrar que se puede devolver un juguete defectuoso, o el detalle del parecido que cada uno parece encontrarle al niño. Y no podemos dejar de recordar la secuencia de la Fiesta de Fin de Año, en la que entre el bullicio de personas, David y Polly se dan cuenta de que están enamorados.

Escrito por Javier C. Aguilera


Ni no Kuni: la ira de la Bruja Blanca, rol cándido desde Ghibli y Level-5

30 diciembre, 2014

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En 2013 vio la luz tanto en América como en Europa una de las obras magnas de la desarrolladora de videojuegos Level-5, Ni no Kuni: la ira de la Bruja Blanca en su traducción al castellano. La popularidad de la compañía en el mercado internacional se debe a una carrera ascendente, gracias sobre todo a dos de sus productos: la exitosa franquicia de El profesor Layton (desde 2007), videojuegos de puzzles distribuidos generalmente en las portátiles de Nintendo, y la serie, así como los productos derivados, Inazuma Eleven (desde 2008), que fusiona el fútbol con habilidades mágicas.

Aunque la compañía ya tenía trabajos anteriores, e incluso paralelos, en el mundo de los videojuegos de rol, su éxito más reciente se encuentra en esta pieza. La fama quizás se pueda deber a que viene representada por la unión de Level-5 con uno de los estudios de animación japonesa más célebres y reconocidos en el mundo: Ghibli. En este sentido, nos recuerda al trabajo conjunto de Disney con Square en Kingdom Hearts.


De esta forma, nos adentramos en un mundo creado desde la imaginación de este estudio y marcado con su estilo artístico, incluyendo escenas de animación de la misma calidad que sus películas, como El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001). En este sentido, el argumento de la historia recurre a algunos de los elementos ya vistos en sus obras, como la aparición de un mundo ajeno al humano, lleno de seres fantásticos, entre los que no falta animales antropomórficos y de tamaños dispares; la defensa del medio ambiente; la superación de los traumas, especialmente el relativo a la muerte; y el enfrentamiento con los males que nosotros mismos creamos en nuestro interior.

Para ello, partimos del joven Oliver, de trece años, que ve morir a su madre después de que ella lo hubiera rescatado de un accidente. Días más tarde, sumido en la tristeza de su perdida, el peluche que su madre le había regalado cuando era más pequeño cobra vida y declara ser un duende, llamado Drippy, procedente de otro mundo. Gracias a este descubrimiento, Oliver se verá arrastrado a una aventura por Ni no Kuni, el mundo paralelo a la ciudad del protagonista, donde tendrá que devolver la paz a los habitantes de los distintos países, ocupando el puesto del mago que anunciaba una profecía. Además, según le promete Drippy, si consigue salvar a la gran sabia Alicia, podrá devolverle la vida a su madre, al estar las almas de las dos interrelacionadas; aunque para ello deba derrotar al poderoso y malvado brujo Shadar.


En su aventura, Oliver desarrollará sus habilidades mágicas a la par que creará vínculos con unos seres llamados únimos, criaturas que pueden ser entrenadas y que sirven para defenderse de otros únimos. Pero no estará solo en su viaje, dos personajes más se unirán a su travesía por los distintos continentes de este nuevo mundo para desentrañar los misterios que rodean a su falta de paz.

Los aspectos del argumento y del estilo visual son sin duda la punta de lanza a favor de este juego. Si bien su historia es sencilla, la recreación del mundo y los giros argumentales están bien traídos, con fallos principalmente en un exceso de inocencia por parte de sus personajes (lo que lo convierte en una obra adecuada para jugadores jóvenes y de lo que se deduce la candidez de nuestro título) y también cierta desilusión al notar que las animaciones de Ghibli, frecuentes al principio, son escasas en el resto de desarrollo, prefiriendo el uso de los personajes en su modo de juego.


Por otra parte, una de las singularidades que van en detrimento del juego es el hecho de que al trasladarlo a Playstation 3 (2011) desde su aparición original en Nintendo DS (2010), incluyeron una historia paralela para alargar el juego tras el final en unas cinco horas extra. Sin embargo, lo que suponía una adición de la aventura y parecía bien desarrollado en el transcurso de la historia, en el último tramo se nota como un añadido, con la ausencia de un final redondo, como sucedía con el final original, que incluye una conclusión con cinemática. Esta nueva conclusión proporciona cierta sensación de vacío frente al final anterior, que otorgaba mayor satisfacción.

El traslado de una consola a otra tuvo también repercusiones en ciertos aspectos de la jugabilidad, aunque uno de los más llamativos es la cantidad de hechizos, muy superior en la versión original del juego que en la adaptada para la consola de Sony, cuestión que no creemos que nada tenga que ver con la capacidad de la Playstation.

Animación estilo Ghibli (arriba) y sistema de batalla con mismos personajes (abajo)
Precisamente entra aquí la cuestión del sistema de juego. Tenemos una historia principal que irá avanzando según prosigamos en el viaje de Oliver, pero que incluye a su vez una considerable cantidad de misiones secundarias, algunas quizás excesivamente simples y otras más elaboradas, incluidas las cacerías de criaturas poderosos o la búsqueda de materiales para la alquimia.

Todo ello provoca que estemos ante una obra que nos proporciona una larga experiencia de juego más allá de su trama base, que por sí nos entretendrá durante varias horas. El cuidado aspecto del Vademécum del Mago también nos proporciona una cantidad de información considerable, aparte de las fábulas y cuentos que contiene, magníficos agregados con los que disfrutar de otra manera del juego.

Shadar, malvado principal del juego
El mundo abierto unido a la captura de únimos (que recuerda sin duda a la franquicia Pokémon) y la búsqueda de objetos crea un sistema adictivo, quizás enturbiado por el sistema de batallas, una de las cuestiones peor realizadas del juego por la cantidad de fallos técnicos que presenta. Se trata de un sistema de acción real, no por turnos, lo que agiliza los combates, contando también con una cantidad de recursos bastante amplia (un total de nueve únimos y tres personajes será el total de combatientes que podamos usar en una única batalla).

Sin embargo, todas las habilidades, salvo el ataque básico o la defensa, están basadas en el consumo de puntos mágicos, lo que provoca que se gasten rápido y limite los recursos considerablemente amplios en origen. Además,  la inteligencia artificial de los personajes que no estemos controlando no resulta adecuada por la falta de comandos complejos y el desperdicio de recursos.


Ahondando en esta cuestión, la inteligencia artificial no dispone de comandos específicos para poder diseñar una buena estrategia, mostrando un abanico de posibilidades limitadas e, incluso, solo configurables durante la batalla y no desde el menú principal. Esto puede dificultar aún más los combates, aunque lo cierto es que, alcanzado cierto nivel y acostumbrado a cómo jugar, no deberían resultar excesivamente complicados. La mayoría de estos errores provienen del transvase de Nintendo a Playstation, dado que en el primero el juego era por turnos, pero al alterarse por un sistema de acción real provoca este tipo de fallos, así como otros también molestos, tales como ciertas habilidades que, al tener una animación, cancelan las de otros personajes, aunque sean de tu propio equipo, o retrasos considerables en el uso de los objetos, que dejan a merced de los enemigos a los personajes.

El resto de elementos, sin embargo, crean una excelente experiencia de juego, empañada por estos fallos que debieron ser pulidos y considerados mejor por sus creadores, perfilando mejor también la historia, para conseguir darle el punto necesario sobre todo a la parte añadida en esta entrega para Playstation 3, que fue la única que salió de territorio nipón. Por su parte, la música del compositor Joe Hisaishi, habitual del estudio Ghibli y reputado músico en oriente, funciona perfectamente, estando cuidada al detalle y recreando una ambientación digna de una gran producción.


En conclusión, un juego que ha triunfado porque gusta a todos los sentidos, recrea una ambientación digna de cualquier producción de Ghibli, lo que resulta completamente agradable y es la clave del éxito. Quizás quienes sepan perdonar y se acostumbren al sistema de batalla, puedan disfrutar, como yo mismo he hecho, de una historia hermosa, sentimental sobre todo, y que nos ofrece el recuerdo de los mundos abiertos y los elementos de Final Fantasy o Dragon Quest, la caza de criaturas al estilo Pokémon, elementos procedentes de las películas Ghibli y cuya historia, si bien recuerda a otras del mundo de la animación japonesa, como la inolvidable serie Marco (Isao Takahata, 1976) o la más reciente película Brave Story (Kôichi Chigira, 2006), cuenta con suficientes elementos adicionales para crear una inspiradora travesía por el mundo de Ni no Kuni.


Escrito por Luis J. del Castillo


Gremlins, de Joe Dante

29 diciembre, 2014

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Desde que se estrenó, uno de los relatos navideños cinematográficos más populares ha venido siendo, sin duda, Gremlins (Warner Bros., 1984), dirigida por Joe Dante (1946). Una “historia que contar” que comienza en un barrio chino, donde un inventor “de poca monta” busca un regalo “diferente” para su hijo. Lo que ambos aún desconocen es que, después de todo, ¡sí que hay que temer a la noche o a los seres que la habitan!

De este modo, y pese a que hay cosas que no están a la venta, Randy Petlzer (Hoyt Axton) logra hacerse con una mascota llamada Mogwai, que él rebautiza como Gizmo (“Artilugio”). Para preservarla debe tener en cuenta tres reglas fundamentales: evitar la luz brillante (como les sucede a los vampiros), mantenerlo lejos del agua (como los gatos) y no permitirle comer más allá de la mítica medianoche.

El pueblecito donde transcurre la tropelía desencadenada por los Gremlins se llama Kingston Falls, una especie de reducto singular pero agradable, estancado en el tiempo pese a que el aspirante a banquero Gerald (Judge Reinhold) comente que el mundo está en constante cambio.

Esta encantadora tierra de Oz también tiene su bruja del norte en la figura de la señora Diggler (una estupenda Polly Holliday), viuda propietaria “de medio pueblo”, que curiosamente solo apacigua su huraño carácter en compañía de los gatos. Es a su vez, un remedo del señor Scrooge o del Potter interpretado por Lionel Barrymore en Qué bello es vivir (It’s a wonderful life, Frank Capra, 1946).


Toda esta adecuada atmósfera proporciona mordacidad al relato, que tiene por protagonista principal, dejando al margen a los animalitos, a Billy (Zach Galligan), el destinatario del regalo, que trabaja en una sucursal bancaria pese a que intuimos que lo que le gustaría llegar a ser es un buen dibujante. Un entorno en el que también destaca la aprensión del señor Futterman (Dick Miller) frente a los productos extranjeros que inundan el mercado, ¡hasta el extremo de llegar a toparse con una película con subtítulos en la televisión!

En cuanto a las mascotas, como bien sabemos, las réplicas no serán como el original (nunca suelen serlo) y para los habitantes del pueblo supondrán todo un quebradero de cabeza desde el momento en que el cabecilla se precipita en una piscina cubierta, en una de las imágenes más recordadas de la película. No en balde, Billy advierte que “este pueblo se enfrenta a un gran desastre”, de forma parecida a como Kevin McCarthy lo hacía en el clásico de Donald Siegel La invasión de los ladrones de cuerpos (Invassion of the Body Snatchers, 1956). Y como los referidos vampiros, el último de los gremlins “malignos” será destruido por efecto de la luz del sol, descomponiéndose al idéntico modo.


Como puede apreciarse, Gremlins está trufada de referencias audiovisuales a porrillo, que más o menos ya conocen los aficionados. Por mencionar algunas, es divertida la espada que cae cada vez que alguien entra en casa de Billy, un gag que nos recuerda las manecillas del reloj de Arsénico por compasión (Arsenic and old lacey, Frank Capra, 1944); o la presencia en el relato de la obra maestra de Walt Disney Blancanieves y los siete enanitos (Snowhite and the seven dwarfs, 1937), una indisimulada deuda con la fantasía por parte de los creadores de Gremlins, motivo a su vez de otro buen momento, cuando las sombras “reales” de tan curiosos espectadores se superponen en la pantalla cuando esta queda en blanco. Instantes que conviven con imágenes más coyunturales, como la del gremlin que baila breakdance a los sones de Michael Sembello (1946).

De hecho, el relato despliega todo un arsenal de humor gamberro y aparatoso, como sucede con esos gremlins que entonan un villancico o durante la divertida persecución por unos almacenes, repletos de artilugios convertidos en aterradores. A lo que se suma la rocambolesca historia familiar que narra Kate (Phoebe Cates), la amiga de Billy. Significativamente, ambos personajes permanecerán solos durante el último tercio del relato en un pueblo prácticamente desierto, en un retruécano más de lo fantasioso. También podemos evocar la bonita estampa del anciano anticuario (Keye Luke), que tras recuperar a Mogwai y devolver las cosas a su “estado natural”, se aleja caminando bajo la luna llena.


Dante se desenvuelve principalmente entre el plano corto y el general, que sostiene cuanto puede. Junto al apreciable realizador, recordemos que la película escrita por Chris Columbus (1958), contó además con los notables efectos mecánicos de Chris Walas (1955), potenciados por la colorida fotografía de John Hora (1940), y la pegadiza música de Jerry Goldsmith (1929-2004), que al trabajar la atmosfera con la inclusión en la orquesta del sonido distorsionado de los sintetizadores, continuando además con la tradición de los leitmotivs en la música de cine, demostró que tras la “clásica”, hubo una segunda etapa dorada para la banda sonora, que se empeña en no regresar.

Escrito por Javier C. Aguilera


Noticias: Vientos de Invierno, de George R.R. Martin, publicado por sorpresa

28 diciembre, 2014

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INOCENTADA DE 2014 

Las grandes superficies comerciales han recibido hoy, por sorpresa, el nuevo y penúltimo volumen de la saga Canción de hielo y fuego, en la que se basa la popular serie de televisión Juego de tronos. La noticia ha supuesto una gran alegría para todos los seguidores de la serie y, sobre todo, para los lectores de esta afamada saga literaria. Pese a los continuos rumores de que se publicaría ya en 2016, George R.R. Martin demostraba un gran humor en los últimos días al dar ciertas pistas en su Twitter, con una cuenta atrás que indicaba que estaba terminando su último libro, y no unas simples felicitaciones navideñas como él mismo nos hizo creer.

Sus últimas declaraciones se han referido al volumen que cerrará la historia de Poniente, resaltando que ya ha empezado a escribirlo aunque todavía tardará en ver la luz al menos cinco años. No obstante, ha recalcado que nadie debe asustarse: acabará sus libros antes de morir, y de no ser así, ha dejado preparado el final de la historia para ciertas personas íntimas de su entorno. Son muchos, sin embargo, los que esperan que el escritor pueda acabar sus historias lo antes posible para disfrutar de sus personajes favoritos, al menos hasta que mueran.

A pesar del poco tiempo, ya se han filtrado algunos spoilers por parte de los lectores más ávidos, descubriéndose que en este nuevo tomo veremos a Daenerys enamorada de un misterioso personaje, la resurrección de uno de los personajes más queridos por los lectores y una cruenta batalla al norte del muro que concluirá con la destrucción de la gran fortaleza.

Los lectores de habla hispana tendrán que esperar al menos dos meses para la traducción de las 2500 páginas que componen este voluminoso libro, aunque ya existen traductores aficionados que han comenzado a hacerlo, subiéndolo a plataformas como foros o redes sociales. Todos quieren ser los primeros en saber qué pasará con sus personajes favoritos. Entretanto, el hombre del que depende el avance de la saga sigue escribiendo en MSDOS el último libro mientras se ríe de la cara de sorpresa que ha producido en todos los seguidores.





Adaptaciones (XXXV): Cuento de Navidad, de Clive Donner

27 diciembre, 2014

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A veces los recuerdos quedan impresos en nuestra memoria como en una película. ¿Pero qué ocurre con aquellos que ya no recordamos, o solo parcialmente? En cualquier caso, ¡quién pudiera revivir determinados momentos como si realmente estuviera allí, volver a participar de ellos siquiera como un espectador o poder vislumbrar los errores cometidos desde el presente!

Existen numerosas adaptaciones del célebre cuento Canción de Navidad (A Christmas Carol -en su título abreviado-, 1843), de Charles Dickens (1812-1870), tanto para teatro, cine, televisión o radio, como reales o animadas (como la del ratón Mickey, Robert Zemeckis o los Teleñecos); incluso trasladando la historia al barullo moderno, como sucede en la aparatosa pero eficaz Los fantasmas atacan al jefe (Scrooge, Richard Donner, 1988). Yo mismo poseo un CD con música de Bernard Herrmann (1911-1975) sobre dos adaptaciones para la radio, de mediados de los años cincuenta. Pero si finalmente me he decidido por esta versión, es simplemente por afinidad personal y por constituir -más o menos como todas-, una fiel traslación del original literario. Cuento de Navidad – o como se tituló en la edición española para video doméstico, por alguna razón que se me escapa, Cuentos de Navidad-, (A Christmas carol, Fox-Entertainment Partners, 1984), de Clive Donner (1926-2010), fue adaptada por Roger O’Hirson (1926), con música de Nick Bicât (1949) y fotografía de Tomy Imi (1937-2010). Da comienzo en retrospectiva, con la comitiva fúnebre de Bob Marley (Frank Finlay), el socio de Ebenezer Scrooge (huelga decir que un excelente George C. Scott).


En una imagen tan certera como aterradora, las cadenas que Marley muestra a Scrooge representan el destino forjado, aunque el “vivo” aún no pueda apreciar las propias. Es el Scrooge brindado por George C. Scott un personaje cínico e incluso ocurrente, pero apartado del resto de seres humanos, salvo para hacer negocios con ellos, aunque en este caso, también parece querer reducir su compañía al mínimo (como sucede en la lonja). “No quiero nada de ti”, le dejará claro su sobrino (Roger Rees) en la oficina, siendo este otro personaje que proporciona un agradable detalle a la película: llega a contratar al hijo mayor del empleado Bob Cratchit (David Warner), aunque el hecho sea referido y no mostrado.

Pero como suele decirse, para el avaro “ha llegado el momento” y será forzado a ver todo aquello que no ha querido mirar, en el pasado, el presente y el futuro. No en vano, Marley le pregunta “¿por qué dudas de tus sentidos?”. Su antiguo socio le da a entender que si la parte “espiritual” no va más allá de lo crematístico, uno se ve forzado a remediarlo tras la muerte (del cuerpo físico).

Así lo comprenderá Scrooge finalmente, con la contemplación del reparto de sus pertenencias (de sus despojos, más bien). Y es que si pudiésemos ser testigos de lo que los demás opinan realmente de nosotros, coexistir sería, sin duda, otra cosa. La traumática experiencia de ser consciente de esto y de enfrentarse a la propia muerte, lograrán empero el cambio de actitud de Scrooge, que en lo único que no variará será en su desinterés por lo que piensen los demás de él (aunque ahora sea en forma positiva).


Son asuntos graves pero a los que Dickens proporciona una pátina de empatía, que la presente versión para televisión aborda de forma más sentida que sentimentalmente. Así sucede, por ejemplo, con el escenario de la residencia de Scrooge, una casa grande, desvencijada y vacía, que de hecho se asemeja a una mortaja. Un hábitat que tiene su correspondencia con el carácter retraído de Scrooge, al que el fantasma de las navidades pasadas le recuerda, refiriéndose a él de niño, que “tiene sus amigos en los libros, pero no tiene a nadie con quien hablar”.

Un carácter en buena parte condicionado por una infancia solitaria y un padre estricto (Nigel Davenport) y marcado en la adolescencia por la relación rota con la joven Bell (Lucy Gutteridge) o por las olvidadas charlas con un afable compañero de trabajo. Hasta entonces, el dicho de que aquello que los ojos no ven, el corazón no lo siente, ha sido el lema adoptado por Scrooge para vivir. Más huraño según ha transcurrido el tiempo, el tiempo se le muestra ahora como una condena inexorable.


La interpretación de un personaje como el de Canción de Navidad se presta a lo que los hablantes de inglés denominan one man’s show, es decir, una actuación estelar por parte de un único actor. Por su parte, la realización de esta versión es una ilustración fidedigna, televisiva pero honesta, en la que podemos destacar la bonita imagen de la humilde casa de Bob Cratchit, con la catedral de St. Paul al fondo.

Escrito por Javier C. Aguilera


Música Inolvidable (XXV): La Navidad convertida en canción

26 diciembre, 2014

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Desde Sinatra a Wham!, pasando por Bob Dylan o John Lennon. Son muchos los grupos y cantantes que tienen algún tema navideño memorable, tan destacados en esta época del año. En esta ocasión, vamos a hacer un repaso de canciones navideñas interpretadas por artistas inolvidables. Seguro que la mayoría de ellas han quedado en nuestra memoria musical.
Puerta del Sol (Madrid)
Una de las canciones navideñas más famosas del mundo es, probablemente, White Christmas (Blanca Navidad). Bing Crosby la grabó en 1941 y, desde entonces, ha sido un éxito internacional, vendiendo más de 50 millones de copias. Varios años después, Crosby grabó con David Bowie el conocido Tamborilero, versionado también en nuestro país por el mítico Raphael. A punto de cumplir medio siglo desde su publicación, La canción del tamborilero se ha convertido en un clásico navideño, al igual que los especiales del cantante, que no posee fecha de caducidad. Pero las versiones españolas tampoco faltan. Como muchos recordaréis, Rosana también le cantó a esta época con su canción En Navidad, incluida también en el exitoso álbum navideño de la primera edición de Operación Triunfo (2001). Por su parte, Un año más (1988) de Mecano es un hito para Nochevieja y darle la bienvenida al nuevo año, pasen los años que pasen.



Otro clásico por excelencia de estas fechas corresponde a Judy Garland, dentro de la comedia musical Cita en San Luis (Vincente Minnelli, 1944), con una gran interpretación y perdurando como uno de los grandes éxitos de la artista. Sin embargo, otras grandes estrellas como Frank Sinatra, Barbra Streisand o Elvis Presley han establecido el estereotipo del género y álbum navideños por excelencia, ensombreciendo otras aportaciones procedentes del jazz o el gospel. Artistas como Ella Fitzgerald (Ella wishes you a swinging Christmas) o Diana Krall (Christmas songs) son algunas féminas que han aportado con gran acierto su música a esta época navideña.

Nat King Cole también ha versionado clásicos navideños, al igual que el gran Frank Sinatra, con Santa Claus is coming to town o Jingle Bells, a dúo con Bing Crosby en la película Alta Sociedad (Charls Walters, 1956); un dúo lleno de magia con perfecto swing.


John Lennon nos hizo imaginar una Navidad distinta con Happy Xmas (War is over), luchando por un mundo lleno de paz. En la década de los 80, Band Aid junto a los músicos del momento recaudó dinero con el que paliar el hambre en Etiopía.

Otra canción con un estilo típicamente ochentero fue la consagrada Last Christmas (1986) de Wham!, versionada en multitud de ocasiones, al igual que el clásico Jingle Bells, interpretado hasta para el público más infantil, como la rockera versión con la que The Muppets nos divirtieron. Otra figura del rock, Bob Dylan, nos dejaba para el recuerdo la simpática canción It must be Santa, incluida en el álbum navideño Shadows in the night, el cual dejó sorprendido a más de un seguidor, aunque la esencia del artista siga inalterable frente a cualquier edulcorante.



All I want for Christmas es otra canción navideña que en su 20º aniversario ya se la considera todo un clásico moderno de estas fechas. Durante dos décadas, esta canción nos ha acompañado, además de la potente voz de Mariah Carey, de la mano de otros artistas que la han versionado a sus estilo, como el caso de Justin Bieber. la cual forma parte del álbum navideño Under the Mistletoe, o los raps introducido por Jermaine Dupri y Bow Wow.

En castellano, además del conocidísimo Raphael, también tenemos una infinidad de versiones realizadas por otros artistas del panorama musical actual: desde Michael Bublé a dúo con Thalía, pasando a otros latinos por excelencia como Luis Miguel o Juanes. El mexicano Luis Miguel lanzó un disco navideño en el 2006, titulado Navidades Luis Miguel, en el que se destaca su interpretación de Noche de Paz y Santa Claus llegó a la ciudad. Juanes, por su parte grabó una nueva versión del clásico villancico venezolano de Hugo Blanco, Mi burrito sabanero (1975), para un disco navideño. El dúo más reciente es el integrado por Michael Bublé y Thalía con el tema Feliz Navidad (I wanna wish you a Merry Christmas), en el que unieron el español y el inglés en una sola canción. El cantante canadiense se atrevió con el español y ambos consiguieron transmitir un toque latino del tema, algo que en el caso de Michael Bublé ha sorprendido bastante. 



Como vemos, muchos son los artistas que han creado música y temas nuevos para estas fechas, y muchos otros han interpretado su propia versión de tradicionales villancicos o canciones navideñas compuestos con anterioridad, aprovechando el tirón de las fiestas navideñas. Sin embargo, con el paso de los años, nuevos temas navideños han surgido a lo largo de la historia, canciones consolidadas tan aceptadas y queridas que se han llegado a convertir en clásicos de esta época tan especial del año.


Escrito por Mariela B. Ortega


Clásicos Inolvidables (LIX): Canción de Navidad, de Charles Dickens

25 diciembre, 2014

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Como sucede con las buenas obras literarias, Canción de Navidad (A Christmas Carol in prose, being a ghost story of Christmas) nos sigue “cantando” hoy. Publicada un 17 de diciembre de 1843, la edición de Anaya Tus Libros (1986 y posteriores) ofrecía las ilustraciones originales de John Leech (1817-1864) y Arthur Rackham (1867-1939), este último para una impresión de 1915.

La presente cuenta con una traducción a cargo del escritor Santiago R. Santerbás (1937), autor de un bienvenido apéndice sobre la época victoriana, más unos apuntes biográficos, en los que destaca un apartado dedicado a la recepción de la obra de Dickens por parte de otros autores. La edición se completa con una introducción del novelista y crítico Juan Tebar (1941).


Canción de Navidad formó parte de una serie de relatos de temática navideña que el escritor inglés Charles Dickens (1812-1870) escribió entre 1843 y 1848 para distintos semanarios y periódicos, y que gozaron de una gran repercusión. Una creación de personajes “tipo”, que no renunciaba a un calculado y eficaz perfil caricaturesco, con el que Dickens supo conectar con las necesidades de su época, y seguramente de todas las épocas, tanto como supo elaborar obras literarias provechosas y de calidad.

Creaciones que a pesar de los mencionados rasgos caricaturescos, evitaban el habitual trazo grueso –hay quién no distingue la diferencia-, o la mera discursividad. En palabras de Chesterton (1874-1936), un “mitólogo”, pese a ciertas “deficiencias”, reflejo de una época que -como tantas otras-, también se caracterizó por las mismas. Unas contrariedades, ahora no meramente literarias, que el propio Dickens llegó a padecer. En efecto, la precaria situación familiar le forzó a dejar pronto la escuela y buscar trabajo en una fábrica de betún para zapatos. Después pudo colaborar en el periódico Morning Chronicle, con el seudónimo “Boz”, hasta que más tarde funda y edita el Daily News, en 1846.

Junto a su labor como escritor y editor, y predicando con el ejemplo, Dickens siempre batalló por lograr que fueran reconocidos los derechos de autor de los escritores, además de mejorar las condiciones sociales de los más desfavorecidos, en un momento crucial en el que la revolución industrial (que aún miniaturizada, todavía padecemos), no modificaba sustancialmente la distribución de la riqueza, no tanto por el “invento” en sí, como tanto suele creerse, como por la codicia de administradores, especuladores y reguladores.

Ilustración de George Alfred Williams
Era la gran época de creación y expansión de la novela. Contemporáneo –en sentido literario- de nuestro Galdós (1843-1920), la infelicidad conyugal hizo que Charles Dickens se refugiara en su labor como literato (más teniendo en cuenta que fue padre de diez hijos). Una situación que se prolongó hasta 1858 (aunque el matrimonio no se disolvió legalmente) y una labor en la que, como curiosidad, el autor empleó por primera vez el recurso de la primera persona en David Copperfield (1849).

Pasó por lo que podríamos definir como las fases de la “política literaria de autor”. Esto es, su muerte acabó por proporcionarle el respeto crítico merecido, pese a un relativo olvido inmediatamente posterior, subsanado antes o después por las ediciones de sus obras. Es decir, que finalmente prevaleció el sentido común frente a las mudables opiniones críticas y corrientes literarias (y son numerosos los casos en que esto aún no es así).

Grabado de Edwin Austin Abbey
Canción de Navidad no fue una de las novelas por entregas de Dickens, sino un extenso relato para ser presentado, como queda dicho, en la Navidad de 1843. Su protagonista es un anciano llamado Ebenezer Scrooge, arquetipo de la usura y la indiferencia.

Narra Dickens al comienzo del relato que a Ebenezer le daba igual responder al nombre de Srooge o de Marley, su antiguo socio ya fallecido. Se trata de un buen detalle, que demuestra el estado de indolencia del personaje. De igual modo, es descrito como un hombre “carente de imaginación”. Más adelante, cuando el difunto Jacob Marley le hace una visita, este se muestra transparente, proporcionándole a Ebenezer las claves de su salvación en vida.

De hecho, Canción de Navidad es un curioso y estremecedor retrato, en una primera persona omnisciente cuya voz no se corresponde a la del protagonista, sino a la de un narrador clásico, interactuando con el lector y permutando de ese modo la forma tradicional de una tercera persona. Entre los recursos del relato, podemos señalar también la bonita relación entre recuerdos y olores que asaltan a Scrooge durante el recorrido por sus navidades pasadas, o la descripción del ambiente navideño que se da en las calles, durante la “visita guiada” del segundo fantasma, el de las Navidades del presente (histórico).

Mercado navideño, autor desconocido
Grabado de John Leech
Curiosamente, cada espectro se aparece al protagonista de forma distinta, lo que contribuye a su desazón, trasladada al lector. Un estado de ánimo que tendrá su correlación, aunque de forma opuesta, cuando se produzca la conversión de Scrooge.

Además de proporcionar bonitas estampas dispersas, como la de esas bolas de nieve que son “armas arrojadizas más espontáneas que muchas bromas verbales(pg. 112, ed. 2000), Dickens también juega con el tiempo. Todo lo acontecido, como el moribundo que ve desfilar su vida en unos pocos segundos, le sucede a Scrooge en una sola noche, sin que el anciano se aperciba de ello, salvo al final, durante su transformación. Un renacer que es toda una explosión de júbilo, bellamente expresada en la concatenación de imágenes que el autor nos ofrece en “el final de la historia”: “luz dorada del sol; cielo divino; dulce aire fresco; alegres campanas”, y poco después “un día claro, radiante, jovial, excitante, frío y cálido”, figuras que denotan el feliz estado de nerviosismo de Scrooge ante la perspectiva de una nueva vida.

No podemos dejar de recordar la escalofriante imagen de las criaturas que muestra el fantasma de las Navidades Presentes, llamadas alegóricamente Ignorancia e Indigencia. A sus “hijos” consagra Dickens su relato. Porque como liberal honesto comprendió que, una vez cubiertas las necesidades más básicas, no sería la demagogia populachera sino el verdadero conocimiento lo que nos haría libres.

Escrito por Javier C. Aguilera



Eduardo Manostijeras, de Tim Burton

24 diciembre, 2014

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Mientras nieva fuera, una anciana se decide a contarle a su nieta la historia de cómo se originó la nieve que cae en aquella ciudad, ajena a este fenómeno antes de esta narración. Estamos ante el planteamiento de un mito moderno, un mito que entremezcla la normalidad idílica de un barrio americano con un castillo de estilo gótico y un ser extraño y anómalo entre los humanos corrientes, no solo porque sus manos sean en verdad tijeras, sino porque su forma de entender la vida dista mucho de lo que otros entienden. Nos acercamos a Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990)

Tim Burton fue el artífice de esta historia que consiguió dirigir y producir gracias al éxito de sus películas anteriores, que habían supuesto su debut en los largometrajes: Bitelchús (Beetlejuice, 1988) y Batman (1989). Este nuevo proyecto era una historia más personal, sobre todo si tenemos en cuenta los comentarios de algunos amigos cercanos a Burton que consideraron al personaje central como un reflejo del director, especialmente en la inadaptación al modelo de vida de su entorno. Este cuento navideño destaca entre sus primeras películas por ser una película redonda que confecciona las características de su forma de hacer cine.

Vincent Price, Tim Burton y Johnny Depp durante el rodaje
La película nos plantea un contraste claro y evidente, que lo es incluso visualmente. El barrio de los suburbios es colorido y está lleno de personas, mientras que el castillo de tonos góticos, alejado de la civilización, es oscuro y solitario. Si originalmente el miedo se alojaba en lo ajeno, es decir, en lo que resulta extraño y desconocido, aquí nos encontraremos con un personaje que procede de ese lugar oscuro y desconocido, un castillo abandonado, pero que se ve rodeado de un estilo de vida que le es ajeno, invadido por la hipocresía y por las falsas apariencias, un auténtico lugar siniestro que, pese a su apariencia, vive anclado en la desconfianza.

Eduardo (traducción que nunca se pronuncia en el doblaje) es un personaje imperfecto físicamente: sus manos son tijeras. Su padre, maestro y creador (Vincent Price, en su última interpretación en cine) no pudo terminarlo y se vio obligado a llevar una vida solitaria dentro de un mundo que ni se interesó ni sabía de él. La historia recuerda al monstruo de Frankenstein que creó Mary Shelley: de la misma forma, Eduardo es un ser incomprendido y, por tanto, perseguido por quienes lo convirtieron en un monstruo, aunque no lo fuera. Sus características son propias de los mitos del terror, pues igual que, por ejemplo, Drácula, se mantiene alejado de la sociedad en su oscuro castillo y su apariencia expresa peligro, aunque su gestualidad y su aspecto no sean temibles.


Durante la película, como contraste, atendemos a la sensibilidad artística que desarrolla el protagonista y que tiene poca relación con la urbanización que le rodea: casas idénticas y personas de rutinas, de vidas aburridas, frente a su exuberante imaginación de setos hechos figuras y peinados imposibles. Un ser que prefería escuchar poesía a cómo comportarse a la mesa.

Precisamente, quien es víctima del desprecio de sus convecinos por ser diferente, una mujer, Peg (Dianne Wiest) que busca cierta economía trabajando como comercial de Avon y sin darse por vencida, será quien vea más allá de la apariencia temible de Eduardo y lo acoja en su casa, siendo el motivo del inicio de este cuento. Lo cierto es que nadie se sorprende de su apariencia, aunque todos la perciban extravagante y, finalmente, peligrosa. Sin embargo, el auténtico peligro reside en sus prejuicios.


La hija de la familia que lo acoge, Kim (Winona Ryder) superará ese modo de ver las cosas desde su miedo inicial, completamente comprensible aunque fuera la primera en percibirlo así, hacia una curiosa relación romántica que le lleve a proteger a Eduardo y a descubrir al auténtico monstruo de esta historia. Un esquema que se volvería a repetir en La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast, Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991).

A nivel profesional, la película supuso la primera colaboración de Johnny Depp con Burton, en lo que vendría a convertirse en una relación usual tras esta primera ocasión (como pueden demostrar las siguientes películas donde han trabajado juntos: Ed Wood, 1994; Sleepy Hollow, 1999; Charlie y la fábrica de chocolate, 2005; La novia cadáver, 2005; Sweeney Todd, 2007; Alicia en el país de las maravillas, 2010; Sombras tenebrosas, 2012).


El actor, además de sufrir las condiciones del traje con el que se transformaba en Eduardo y de tener que trabajar con las tijeras, tuvo que recurrir a elementos del cine mudo, centrándose en las muecas y los gestos para solventar las pocas palabras que figuraban en el guión para su personaje. En relación a esto, la película también supuso la introducción en el mundo de los guionistas de la escritora Caroline Thompson, que desarrollaría la historia planteada por Burton y con quien volvería a trabajar en La novia cadáver.

En el resto del reparto, podemos destacar el trabajo de Winona Ryder en la evolución de su personaje, destacando sobre todo sus escenas en el último tramo de la película, desde el maravilloso baile bajo la nieve creada por Eduardo al esculpir un ángel de hielo. Por otra parte, el resto de componentes de la familia, con Dianne Wiest a la cabeza, seguida por Alan Arkin, que interpreta a un padre en apariencia recto, pero que se relaciona con Eduardo como un amigo, y Robert Oliveri, que interpreta al hermano pequeño.


Como antagonista, Anthony Michael Hall, que en su papel de Jim nos ofrece al hijo de una buena familia educado en ese barrio, pero con valores totalmente opuestos a los de Eduardo. No podemos olvidar la colaboración de Vincent Price, que encarna con mimo un personaje en el que encaja a la perfección. La bella banda sonora de Danny Elfman, habitual compositor de Burton, es también digna de apreciar, con un tema principal que derrocha tonos navideños y una cierta sensación de magia, sobre todo gracias a las voces corales.

En definitiva, Tim Burton nos ofreció una historia leve, pero que reúne grandes esencias. Un cuento de Navidad que sirve para dar un sentido poético a la nieve, cual mito, y para acercarnos desde otro punto de vista a una historia frankenstiana; una película hermosa y delicada que logra reunir drama, comedia y romance con una serie de elementos fantásticos que podrían proceder de cualquier historia de terror.





Música Inolvidable (XXIV): Merry Mancini Christmas, de H. Mancini & My favorite time of the year, de D. Warwick

23 diciembre, 2014

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Decía Charles Dickens (1812-1870) que el recuerdo, como una vela, brilla más en Navidad. Siguiendo con una modesta tradición, propongo una nueva selección de música relacionada con la Navidad para compartir con nuestros seguidores.

En primer lugar, me gustaría destacar un álbum instrumental del gran músico Henry Mancini (1924-1994), titulado Merry Mancini Christmas (RCA, 1966), perfecto para arrancar el día navideño, gracias a sus arreglos animados e intemporales.


Nada más comenzar, identificamos el sonido característico de su intérprete, cálido y juguetón, con la incorporación de voces femeninas y masculinas, ya sea de forma alterna o al unísono. Marca de la casa son también los cambios armónicos en algunos fraseos, bien como aceleraciones o como ralentizaciones, así como la aterciopelada textura proporcionada por los violines y algún que otro estallido jovial, cortesía de las trompetas.

El álbum se estructura en piezas individuales o en popurrís (fusión de dos o más temas). Entre los primeros, destacan The Little drummer boy, de la maestra y compositora Katherine Kennicott Davis (1892-1980), o un tema original de Mancini, Carol for another Christmas, que fue compuesto para la película de televisión del mismo título (1964), dirigida por Joseph L. Mankiewicz (1909-1993) y escrita por Rod Serling (1924-1975), en base al celebérrimo relato de Charles Dickens (1812-1870), Cuento de Navidad (1843).


En cuanto a los medleys, un alegre ritmo de cartoon organiza Frosty, the snowman de Walter Jack Rollins (1906-1973), que se une a Rudolph, the red nosed reindeer, de Johnny Marks (1909-1985); estilo que comparte el Sleigh ride de Leroy Anderson (1908-1975), fusionado con un Jingle bells de James Pierpont (1822-1893), de marcado tono jazzístico. También aparece el imprescindible Hark! The herald angels sing de Charles Wesley (1707-1788), versionado junto a los anónimos Deck the halls y God rest ye merry gentlemen.

Posteriormente, Mancini acometió un segundo álbum navideño de canciones, Best songs of Christmas (RCA, 1975), con la colaboración de grandes figuras como Ella Fitzgerald (19017-1996), el director y compositor Andre Previn (1929), Julie Andrews (1935), Bing Crosby (1903-1977) o Perry Como (1912-2001); pero si mis datos son correctos, actualmente solo permanece editado en vinilo.


Elegancia y buen gusto son dos calificativos que se aplican sin dificultad a Dionne Warwick (1940), nacida un 12 de diciembre. Pocos trabajos navideños destilan tanto encanto personal como el álbum My favorite time of the year (edel, 2004), donde encuentra voz el espíritu del góspel junto a la mejor tradición de la canción americana.

Entre el repertorio escogido, un piano introduce y desarrolla The Christmas song (Chestnuts roasting on an open fire) de Mel Tormé (1925-1999), instrumento que también puntúa el imprescindible Silent Night, de Franz Gruber (1787-1863) y el letrista Joseph Mohr (1792-1848).


Se suman It’s the most wonderful time of the year, de Edward Pola (1907-1995) y George Wyle (1916-2003); Silver bells, de Ray Evans (1915-2007) y Jay Livingston (1915-2001); el tradicional Adeste fideles, atribuido a John Francis Wade (1711-1786) –según otras fuentes a John Reading (s. XVIII)-, y adaptado al mundo anglosajón como O come all ye faithful por Frederick Oakeley (1802-1880); la canción “invernal” convertida finalmente en villancico, Winter Wonderland, de Felix Bernard (1897-1944), con letra del malogrado Richard B. Smith (1901-1935), o I’ll be home for Christmas, de Hugh Martin (1914-2001) y Ralph Blane (1914-1995).

También hallamos dos duetos, I believe in Christmas, con BeBe Winams (1962), y Have yourself a merry Little Christmas, otro clásico de los citados Hugh Martin y Ralph Blane, célebre tema musical que fue compuesto para la película Cita en San Luis (Meet me in St. Louis, Vincente Minnelli, 1944), cantado junto a Gladys Knight (1944).


El trabajo se completa con otros clásicos incontestables, como una apacible versión de White Christmas, de Irving Berlin (1888-1989), rematada por unos relajados coros; el Joy to the world atribuido a Händel (1685-1759), con letra de Isaac Watts (1674-1748), y las versiones menos frecuentadas, aunque igual de deleitables, de los temas My favorite things, de Oscar Hammerstein II (1895-1960) y Richard Rodgers (1902-1979), extraído del afamado musical The sound of music (1959), y Happy Holiday, también de Irving Berlin.

Como recuerda la cantante en la carpetilla del CD, “I thank God for allowing me to celebrate his Son through song”.


Escrito por Javier C. Aguilera


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