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Mi gran boda griega, de Joel Zwick

11 abril, 2016

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Toula (Nia Vardalos) sigue soltera a sus treinta años y todos los miembros de su familia están preocupados por ella. Trabajar en el restaurante griego de sus padres no es la aspiración que desea mantener; ella quiere algo más, algo para sí misma y está dispuesta a cambiar su rutina para alcanzarlo. Aunque su familia, por desgracia, no. Toula empieza a trabajar en la agencia de viajes de su tía y será allí donde comience a cambiar su historia. Conocerá a Ian Miller (John Corbett), un apuesto profesor de instituto pero con un grave problema para la familia de Toula: no tiene ni una gota de sangre griega.

Dirigida por Joel Zwick, esta película viene precedida por una serie de anécdotas a la hora de ser producida. Rita Wilson, esposa de Tom Hanks asistió a la presentación de Mi gran boda griega en un teatro de Los Ángeles. La obra teatral estaba interpretada únicamente por Nia Vardalos y era una representación autobiográfica. Wilson, de descendencia griega, reconoció instantáneamente el potencial de la obra para ser llevada al cine. De esta manera, convenció a su marido para que asistiera la semana siguiente, quien quedó encantado y decidió así realizar un trato comercial con Vardalos.

Pese a que la protagonista ya había desarrollado un guion adaptado para el cine, debido a que la compañía productora Playtone se había interesado antes en la obra, Tom Hanks y Playtone se aliaron como productores del filme, y empezaron el rodaje de la película permitiendo la participación de Nia Vardalos como protagonista. La actriz ha conseguido varias nominaciones a los Globos de Oro, como actriz y guionista, además de una nominación al Oscar a mejor guión original. El resultado de toda esta producción fue una sencilla y divertida comedia romántica, en la que ella asume el papel protagonista de la trama y que, además, ha conseguido tener una segunda parte estrenada el 24 de marzo de 2016, catorce años después de la primera parte.


La historia original no tardó en convertirse en un éxito desde su lanzamiento en 2002. Simpática y divertida, la película cobró popularidad gracias al carácter que imprimen los personajes, traducida en una gran identificación que el público siente hacia ellos. Todo ello debido a los eventos y caracteres retratados a modo de cliché, pero sin olvidar que están tomados de la vida real, por lo que es difícil no soltar una sonrisa ante muchas de las situaciones. No obstante, la ejecución de la mayoría de interpretaciones y diálogos resulta muy monótona, haciéndose algo predecible y lenta en algunos tramos de la misma. Ahí tenemos, por ejemplo, la versión moderna del cuento del patito feo que encontramos al principio de la trama.


Una vez iniciada la relación entre ambos protagonistas, la historia lleva de manera apresurada al hecho trascendental de la película: la boda. Narrando las peripecias que la preceden encontraremos escenas bastante cómicas alrededor del gran revuelo causado entre su extensa familia griega, muy unida y tradicionalista, frente a la escueta y discreta familia del novio. Todos los estereotipos esperados están presentes: el refunfuñón jefe de familia, la madre entrometida, las coquetas hermanas y primas, los hermanos protectores y el adorable novio, que tendrá que aguantar escenas de todo tipo ante su familia política.

En este sentido, encontraremos ciertos valores referentes a la cultura griega, como el de la familia (Toula, pese a no compartir ciertas costumbres tradicionales y cerradas de su familia, los respeta e intenta ajustar sus hechos a sus creencias y a su cultura para no herir a su familia), o tramas relacionadas con el choque cultural, sobre todo encarnada en la figura paterna, quien no duda en rechazar un yerno que no sea griego, oponiéndose en un principio al matrimonio entre su hija e Ian, aunque acaba comprendiendo que todos podemos ser iguales en nuestra diferencia.


Aunque a veces nos sintamos presionados por la familia, a su vez es el lugar al que siempre nos agarramos y donde nos sentimos seguros. La película recuerda el orgullo por esa patria particular, el lugar de donde procedemos, sus logros y costumbres, al igual que los excesos que también pueden coincidir. Sin estridencias, con ironía fina y con un humor blanco, aunque con ocasiones que pueden hacer reflexionar. Sin duda, quién no se sentiría afortunado de pertenecer, irremediablemente, a una familia donde reina la sonrisa, la risa, y hasta la carcajada.

No dejes que tu pasado te dicte como eres, pero deja que forme parte de lo que vas a ser.

Escrito por Mariela B. Ortega


Notting Hill, de Roger Michell

08 septiembre, 2015

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William es el dueño de una tienda de libros de viajes en Londres, en el barrio de Notting Hill. Un día entra a la tienda Anna Scott, una de las actrices más famosas de Hollywood, pero a la que el poco cinéfilo William no reconoce. Lo que sí surge es el flechazo instantáneo; pero conocer, y mucho menos seducir, a una persona tan famosa, que no puede dar dos pasos sin que le asalten los admiradores, resulta ser bastante complicado. Pese a todo, Anna se siente atraída por el torpe y tímido William: disfruta visitando el piso que comparte con el excéntrico Spike, o tratando con gente cotidiana, con sus dichas y desdichas, como son los familiares de William. ¿Será posible este amor entre un desconocido y una estrella, toda una bomba informativa para la prensa rosa y el cotilleo?


En esta película nos encontramos ante una historia de amor atractiva, en la que se reflejan plenamente las diferencias sociales entre la pareja y las distintas dificultades a superar. Julia Roberts y Hugh Grant forman un dúo de protagonistas perfecto, lo que a él le valdría para consolidarse (y quizás encasillarse) como un brillante actor dentro de la comedia romántica. El guión, al igual que otras películas protagonizadas por Grant, como es el caso de Cuatro bodas y un funeral o Love Actually, es de Richard Curtis, y bajo la dirección encontramos a Roger Michell (conocido por Persuasión o Morning glory). 


Richard Curtis se ha caracterizado a lo largo de su carrera por idealizar el amor a la hora de encontrar la pareja perfecta, las locuras que llegamos a realizar por conquistarla o el historial de relaciones insatisfechas hasta poder encontrarla. Esa idea también la encontramos en William, quien trata de superar una decepción amorosa cuando conoce a la enigmática Anna, de quien se enamora fugaz y apasionadamente y hará de todo por adentrarse en su vida, incluso en el frenético mundo de la fama.

A las muchas y divertidas situaciones del film se suma el descubrimiento del actor Rhys Ifans, quien posteriormente ha acumulado numerosos proyectos como Mr. Nice, en la que participan los españoles Luis Tosar y Elsa Pataky, o como protagonista principal en Anonymous. En su primer papel taquillero, Ifans da vida a Spike, el peculiar y entrometido compañero de piso de Hugh Grant, el cual, pese a su aspecto externo, es un personaje con un gran corazón.


“La gente va a dar por supuesto que, al interpretar a una actriz, me estoy interpretando a mí misma, o que la entiendo perfectamente. Y no es así. Los actores tienen personalidades diferentes, y viven experiencias distintas. Muchas veces no nos parecemos en nada.” Son declaraciones de la propia Julia Roberts cuando habla de interpretar un papel similar a su vida real. Aunque es cierto el protagonismo que tienen que afrontar en su día a día, como refleja la escena de la película en la que tiene que promocionar su nueva película: multitud de paparazzis de manera habitual, entrevistas promocionales, al que acuden multitud de periodistas, que suelen recibir respuestas muy parecidas a preguntas también muy parecidas. El tiempo apremia, y hasta una estrella como Julia Roberts puede estar agotada después de responder lo mismo por enésima vez. Pero así es la vida en Hollywood.

Una escena divertida del film es la protagonizada por Hugh Grant haciéndose pasar por periodista en una promoción de la nueva película de Anna para así poder pasar un rato con ella y conseguir una cita. Lo que no imaginará es que acabará también entrevistando al resto del reparto, lo que dará lugar a una serie de cómicas y embarazosas situaciones para William.


La música es otro punto importante a favor de la película. Romántica y buena banda sonora, por la cual va centándose la historia y logra amenizar en su justa medida, ayudar y disimular esos tiempos muertos, esos pensamientos al aire de los protagonistas, rellenándolos y, además, aumentando en todo momento las sensaciones que transmiten al espectador. Y es que la comedia romántica inglesa es casi un género en sí mismo, caracterizado, entre otras cosas, por lo cuidadísimo del guión y lo bien desarrollados que están los personajes, incluso los secundarios.  

De tono entre romántico y melancólico, pero con acertados y concretos toques de humor, funciona como una comedia entretenida y conclusiva, sin caer en tópicos pastelosos o pomposos típicos del género romántico. Esta pareja demuestra que por muy surrealista que pueda parecer una historia de amor, a veces todo encaja de una forma tan extraña como perfecta.

Escrito por Mariela B. Ortega


Terminator Génesis, de Alan Taylor

25 julio, 2015

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En los últimos años la industria de Hollywood se ha visto abocada a un movimiento de recuperación de obras populares para, mediante la nostalgia, aumentar su recaudación, en lo que se ha venido a denominar una situación de falta de ideas u originalidad. Una situación que ha provocado una serie de producciones que han recuperado obras de éxito, ya hayan sido como remakes (volver a realizar la misma obra con medios modernos), reboot (reiniciar una franquicia para comenzar a contar otra historia partiendo de los mismos personajes) o secuelas de diversa índole. Las compañías confían en el éxito en taquilla de estas creaciones, aunque no siempre sea una garantía, ni tampoco a nivel de crítica.

En este mismo año 2015 hemos contemplado la recuperación del mundo jurásico creado por Spielberg con Jurassic World (Colin Trevorrow), otra entrega para sagas como Mad Max, con Mad Max: Furia en la carretera (George Miller), Star Wars, con Star Wars: Episodio VII - El despertar de la fuerza (J.J. Abrams) o Fast & Furious, con Fast & Furious 7 (James Wan). Marvel, junto a Fox, prosigue con sus superhéroes recuperando a Los cuatro fantásticos, Daredevil, X-Men o continuando con las nuevas franquicias, en este año, Vengadores: La era de Ultrón (Joss Whedon). 

Hasta animes como Dragon Ball se han recuperado en estos últimos años a base de películas o una nueva serie (Dragon Ball Super) o recientemente se ha anunciado el remake de un videojuego clásico como fue Final Fantasy VII. Y, por supuesto, la película que hoy comentamos, Terminator Génesis (Terminator Genisys, Alan Taylor).

Llegado desde televisión, donde ha dirigido capítulos en series como Juego de tronos, Mad Men, Los Soprano o Sexo en Nueva York, Alan Taylor ha dirigido discretas películas, hasta que Marvel lo contrató para la segunda entrega de Thor, Thor: el mundo oscuro (Thor: The Dark World, 2013) y Paramount Pictures le encargó esta entrega de la saga Terminator, iniciada por James Cameron en 1984, con The Terminator, y en 1991 con Terminator 2: el juicio final (Terminator: Judgement Day).

Alan Taylor (centro) dirigiendo a Schwarzenegger
Resulta imprescindible mencionar ambas películas, sin duda, las grandes obras de la franquicia, puesto que esta especie de remake/reboot remite a ambas de forma constante. No en vano, el argumento parte igual que la primera película: el mundo ha sido asolado por las máquinas, controladas por una inteligencia artificial llamada Skynet, que asesina a los humanos y establece su tiranía en la Tierra. La resistencia humana, capitaneada por el misterioso John Connor (Jason Clarke), combate contra esta inteligencia para lograr un nuevo mundo.

Sin embargo, para sobrevivir, Skynet ha preparado una máquina del tiempo con la cual mandará a un Terminator a acabar con la vida de Sarah Connor (Emilia Clarke), la madre de John, antes de que este naciera, en 1984, cuando era una joven indefensa que desconocía el futuro que le esperaba. La mano derecha de John, Kyle Reese (Jai Courtney), se propone como voluntario para viajar al pasado y salvarla. Pero cuando llega a su destino, ni Sarah es una joven indefensa ni el pasado es tal y como le había contado su amigo y líder. Un hecho futuro ha alterado todo el paradigma temporal y ahora Sarah y Kyle, junto a un T-800 conocido como el Guardián (Arnold Schwarzenegger), deben impedir que Skynet se haga con el poder y logre la llegada del Día del Juicio, retrasada ahora al año 2017.


Con estos elementos, nos encontramos ante una fusión de las tramas de la primera y la segunda películas de la franquicia. Por ejemplo, se trata de provocar una relación entre el Guardián y Sarah similar a la del niño John y el Terminator de la segunda entrega, tanto a nivel emocional y humano. El problema es que la segunda entrega crea y desarrolla esa relación, pero en esta última nos lo cuentan los personajes, tan solo introduciendo un flashback sobre cómo rescató a Sarah de niña, pero sin más desarrollo, lo que impide la emoción. Es más, se remite más al humor que al sentimiento. Por otra parte, en el personaje del Guardián encontramos algunas de las lagunas de la trama, como su procedencia, cuestión que quizás quedaba abierta para posibles secuelas de este reboot (algo que ahora no parece tan seguro al no haber alcanzado la recaudación esperada por el estudio).

Así pues, nos encontramos ante una historia que emplea las paradojas temporales a través de los viajes en el tiempo para crear una historia diferente a la original, pero en continuo homenaje a esas entregas, incluso en la música. Precisamente, el inicio recrea todo el mundo post-apocalíptico futuro de forma interesante, con un gran nivel de acción, elevando a la figura del personaje de John Connor como el salvador, y siguiendo con el primer viaje en el tiempo. Allí donde las primeras entregas fueron más sutiles, siendo por tanto más significativos en sus gestos y escenas, encontramos aquí respuestas más visuales, gracias a los medios con los que se cuentan. Algo que era de esperar, si tenemos en cuenta que uno de los motivos para querer crear un remake de una historia es la evolución técnica que hemos experimentado sobre la antigüedad de determinada obra.


Precisamente, el creador de la franquicia, James Cameron, es un director que ha contado siempre con la espera para crear películas a partir de la evolución técnica, como bien demuestra Avatar (2009). Esta obra es técnicamente superior, aunque no aporta argumentalmente nada nuevo, al revés de lo que sucedía con las primeras obras de Cameron, que en el caso de la franquicia Terminator le permitieron experimentar con cuestiones como el miedo y el lado oscuro de la revolución tecnológica o la humanización de la tecnología. Por otra parte, podemos recordar cómo la segunda trilogía de Star Wars se retrasó, a pesar de contar los orígenes de la historia, por esperar a que existieran recursos técnicos capaces de recrear los deseos de su creador, George Lucas. Sin embargo, esta segunda trilogía es considerada, en términos generales, peor que la original, lo que nos permite afirmar que el uso de medios tecnológicamente mejores no crea necesariamente una mejor película, de la misma forma que unos buenos gráficos no deciden significamente que un videojuego sea bueno.

El problema de la película se halla en el deseo de contar una historia que no encaja con las características de la primera entrega e impedir, por tanto, el desarrollo de una historia convincente. Los guionistas han tratado de otorgarle a la inteligencia artificial Skynet una relación más próxima con los medios actuales, con un mundo hiperconectado a través de las redes sociales. Esta realidad resulta más cercana al espectador actual; sin embargo, la película no se detiene en esta nueva circunstancia, sino que la sobreentiende. No se permite reflexionar sobre esta nueva realidad para sus personajes, ni los peligros de la hiperconexión y de ese mundo tecnológicamente avanzado. En este sentido, ¿de qué sirve el viaje hacia 2017 o la recreación de un mundo actual? Especialmente cuando al final todo el entramado queda reducido a una continua persecución que hubiera dado igual dónde o cuándo se hubiera realizado. Si eliminamos la introducción y los homenajes evidentes, podríamos encontrarnos con una historia que podría haberse llamado de cualquier otra forma.


Precisamente, el inconveniente del enfoque es que consigue un ritmo vertiginoso que no permite momentos de pausa para desarrollar la historia ni a sus personajes. Aunque en la primera entrega la persecución era también continua y ofrecía sensación de angustia e inquietud, también permitía observar cómo se sentía Sarah, cómo iba cambiando a lo largo de la película, además de mostrarnos cómo el Terminator T-800 buscaba la forma de llegar a ella. En el caso de Terminator Genesis, da la impresión de que el enemigo no tiene problema alguno en encontrarles y, por tanto, aunque la sensación de inseguridad de los protagonistas está presente, también se puede entender que estamos ante un enemigo torpe e incapaz de lograr sus objetivos a pesar de su apabullante superioridad. 

Por otra parte, entre la pareja protagonista encontramos falta de química, tanto entre los actores como entre los personajes. La película juega con lo que saben los espectadores de la saga, haciendo hincapié en que ambos deben enamorarse. Ahora bien, si bien el guion juega con esta trama para mostrarnos que esta pareja es incapaz de estar unida, tampoco nos ofrece un desarrollo que muestre un cambio significativo en su relación. De esta forma, aunque se pretenda orientar el romance como posible a pesar de su falta de predisposición, tan solo es factible porque así lo pretende el guionista y porque así fue en la franquicia original, pero no porque se justifique con los acontecimientos vistos en pantalla. En cuanto a los demás personajes, el tercer coprotagonista, el cyborg interpretado por Schwarzenegger, reúne casi todo el humor de la película (junto al secundario detective O'Brien, encarnado por J.K. Simmons), entre otras cuestiones por el carisma del actor como por los continuos guiños con sus actuaciones anteriores en las dos primeras entregas. Por su parte, Jason Clarke realiza una interpretación justa.


La película juega con una serie de lógicas que ya estaban preestablecidas, sobre todo con los viajes en el tiempo, creando una serie de paradojas que rompen con el paradigma temporal y con las reglas que regían este universo. Incluso en el inicio se menciona a la máquina del tiempo como un arma táctica temporal, realzando un nuevo tipo de guerra. Los continuos viajes así como el cambio de enfoque llegan a tal extremo que hasta un personaje llegará a mencionar que son como náufragos del tiempo, personas sin pasado real. Una ruptura de la lógica de Terminator que pretende complicar la trama, pero en apariencia, sin trabajar un argumento que resulte elaborado, profundo o meramente complejo.

Así pues, el peso de su nombre le ha podido. Cuando una obra no satisface ese horizonte de expectativas, nuestra consideración sobre la misma es negativa y de ahí la sucesión de malas críticas. Si encuadramos Terminator Génesis como una película de acción y de ciencia ficción, veremos que funciona mejor como lo primero que como lo segundo. No plantea grandes reflexiones, ya que las que pudiera ofrecer las hemos podido ver en esta misma saga o, incluso, en otras películas. En efecto, funciona mejor como una mezcla humorística con escenas de acción pirotécnicas y grandilocuentes; entretenido pero no cautivador. Fugaz y para olvidar. Una persecución continua que funciona bien para mantener entretenido al espectador con este esperado taquillazo, sin ir más allá de eso. El problema es que en una saga como Terminator, que sí parecía haber ido más allá, hay también un nivel de exigencia que no hubiera existido de haber sido una película independiente de la franquicia, un blockbuster veraniego más.


A ello se le suma una nefasta campaña de promoción, no tanto por su repercusión, como por arruinar las posibles sorpresas que ofreciera el guion. Si la película pretendía crear un golpe de efecto, los trailers e, incluso, la cartelería, lo arruinaron. Podemos evaluar si el giro es acertado o no para la trama, pero no cabe duda de que, de no haber sido por una mala promoción, hubiera tenido un efecto considerable en el espectador medio. Algo que, lamentablemente, ya ha sucedido en el pasado con otras películas, como El planeta de los simios (Franklin Schaffner, 1968). 

Terminator Génesis funciona bien como una entretenida película de acción, cuyos chistes y homenajes gustarán a quienes conozcan la franquicia, pero sin más. Cuenta con un primer tramo muy conseguido y algunas escenas visualmente potentes, heredadas en su mayoría de la película primigenia de la saga, pero está falta de un desarrollo más logrado con respecto a sus personajes y una profundidad que la eleve a algo más que puro entretenimiento (aunque este ocio también sea necesario de vez en cuando).


Escrito por Luis J. del Castillo



El secreto de la noche, de Mary Higgins Clark

04 julio, 2015

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Después de veintidós años, el sentimiento de culpa no ha abandonado a Ellie, que era una niña cuando su hermana mayor fue asesinada. Ella conocía el lugar secreto donde Andrea solía reunirse con sus amigos, y la tardanza en revelarlo aún le sigue pesando. Aunque siempre proclamó su inocencia, Rob Westerfield, hijo de la familia más rica de la zona, fue condenado a prisión. Al concederle la libertad condicional, afirma que podrá probar que él no cometió aquel asesinato. Pero Ellie sabe que solo pudo ser él, y que ha de buscar nuevas pruebas de su culpabilidad. Pero ignora que alguien está dispuesto a todo para impedírselo.


Mary Higgins Clark vuelve a ofrecernos una historia donde la intriga, crímenes y la variedad de reeencuentros con un doloroso pasado desestabilizaran a la protagonista y a todo su entorno. Conocida como «la reina del suspense», Clark ha sido calificada como una maestra de la intriga que tiene la habilidad de crear la tensión lentamente mientras hace que el lector piense que todos son culpables. En sus novelas, las protagonistas son mujeres jóvenes fuertes e independientes, quienes se encuentran en el medio de un problema que deben resolver con su propio coraje e inteligencia. Las heroínas son representadas como personas reales, que toman decisiones sensatas, y que hacen pensar a los lectores «esto podría haberme pasado a mí, o a mi hija». Escritos generalmente para un público adulto, las novelas de Clark se han vuelto populares entre los más jóvenes, debido también a su decisión de no incluir sexo explícito o violencia en sus historias.


Ellie intentará resolver el asesinato de su hermana Andrea, acaecido veintitrés años atrás, cuando sólo tenía quince años. Gracias a sus investigaciones obtendrá sorprendentes revelaciones acerca del caso, entre las que se incluye otro asesinato cometido por Rob, al tiempo que debe enfrentarse a su pasado, a su familia y a ese sentimiento de culpabilidad que aún la persigue.

Nos encontramos con una obra cuyo comienzo resulta insulso, con unos antecendentes cuya introducción acaba por extenderse demasiado y unos personajes con estereotipos marcados desde el principio hasta el final de la novela. Comenzando por el título original (Daddy’s little girl) observamos que la traducción no es muy acertada: demasiado genérica y que realmente no indicaría ninguna similitud con el transcurso de la historia. Por otra parte, tanto la personalidad como la evolución del personaje protagonista acaban por ser bastante planos, ligados únicamente a la obsesión de que Rob siga en prisión y de su incesante sentimiento de culpa, los cuales a veces provocan situaciones ridículas y repetitivas para el lector. Durante cada capítulo, su afán de encontrar pruebas, de atosigar al vecindario y de no plantear en ningún momento que la estancia en la cárcel haya podido reformar a Rob tras más de dos décadas, pueden llegar al extremo de sacar de quicio conforme avanza la historia.


Es curioso que la autora no llegue en ningún momento a plantear una lucha interna entre el rencor que siente tras haber perdido a su hermana y el deseo de perdonar y tratar de olvidar lo sucedido para así conseguir trazar su propio camino. En lugar de eso, Higgins Clark nos muestra detalladamente cómo Ellie trata de averiguar todo cuanto puede sobre el asesino de su hermana, empecinada en buscar cualquier miseria, aunque luego muchas de esas investigaciones se queden sin resolver.  

Es por ello que el final resulta algo predecible, debido a que durante toda la novela nos está vendiendo a Rob como la persona que asesinó a su hermana sin piedad y que tras más de veinte años en la cárcel tiene la intención de seguir haciendo daño a toda su familia. No obstante, los últimos capítulos de la obra sí logran mantener el suspense y la acción suficientes para no parar de leer hasta conocer el final de la historia.


En definitiva, es una historia que entretiene en su justa medida. El resultado es una discreta novela de intriga que, a pesar de estar escrita con un buen ritmo, no consigue sorprender mucho hasta que alcanzamos las últimas partes de la misma. Tampoco contiene grandes sorpresas o golpes de efecto, lo que propicia que su lectura, sin llegar a ser aburrida, resulte un poco insípida para quien busque una novela trepidante y repleta de suspense.

Escrito por Mariela B. Ortega

Un amor entre dos mundos, de Juan Diego Solanas

25 junio, 2015

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Imaginemos un mundo unido a otro en una órbita alrededor de los mismos astros, con sus propias gravedades y normas físicas, imaginemos que entre esas normas exista la condena de que la materia de un mundo se quemará en contacto con la materia del otro, imaginemos que el mundo superior es superior gracias al avance científico, el poder económico y la opresión hacia el mundo inferior, imaginemos que dos personas de estos dos mundos unidos, pero separados, se enamoran. Esta es la idea de la que parte Un amor entre dos mundos (Upside Down, 2012). El argentino Juan Diego Solanas fue el encargado de escribir, junto a Santiago Amigorena, y dirigir esta coproducción franco-canadiense.


Una obra que nos propone un nuevo mundo, un terreno de juego donde explorar y que resulta, sin lugar a dudas, atractivo: un bonito y barroco envoltorio de ciencia ficción, con tintes de crítica social (pobres contra ricos, Primer Mundo - Tercer Mundo) y unas leyes físicas marcadas. Pero la película, como se señala en el título traducido con que llegó a España, se desvía hacia una historia romántica entre los protagonistas: un chico huérfano y pobre del mundo inferior y una joven bella y alegre del mundo superior. La propuesta podría haberse desviado hacia terrenos clásicos, como la imposibilidad del amor por pertenecer a mundos tan distintos o una historia de superación a través de las trabas que supone vivir en mundos de gravedad distinta. Sin embargo, finalmente la acción de la película transcurre a través de un giro argumental donde entra en juego la elipsis temporal y un problema de amnesia.

A partir de este punto, podemos suponer que estaremos ante una reconquista de ese amor perdido en la adolescencia y nunca olvidado de nuestro protagonista, Adam (un poco convincente Jim Surgess), que se vende a la temible empresa que parece controlar los designios del mundo inferior a cambio de poder acercarse mediante trucos diversos a su querida Eden (Kirsten Dunst, que parece excesivamente perdida en esta historia).


El problema principal de la historia es que, al final, no hay desarrollo hacia ninguno de los aspectos que uno podría esperar. En relación a la posible crítica socio-económica, esta resulta casi infantil, sin ninguna resolución satisfactoria. Por ejemplo, la empresa, TransWorld, es culpable de diversos accidentes mortales relacionados con el petróleo, entre los cuales encontramos como víctimas a los padres de Adam, pero la película no se esfuerza en ningún momento por mostrarnos esas atrocidades, de la misma forma que se habla de la pobreza y la criminalidad del mundo inferior y esta solo se refleja en la película por el aspecto sucio de las calles. La parte negativa de esta sociedad tan solo aparece en las noticias, normalmente a través de una voz en off, o por lo que cuentan los personajes, pero realmente nunca sucede nada excesivamente escabroso en pantalla. 

Encontramos extorsión en el último tramo de la película, pero dado que la resolución es muy precipitada, nunca se llega a percibir como una auténtica amenaza. Podemos apuntar aún más, el giro en busca de un happy end resulta incoherente con todo lo que se ha esforzado el guion en mostrarnos la enorme dificultad que supone la relación entre Adam y Eden. Pareja que, por otra parte, tampoco cuenta con un desarrollo romántico adecuado: los vemos en momentos de plena felicidad o de tristeza por su separación inevitable, pero sabemos que están enamorados porque la película lo repite en boca de Adam continuamente. Se nos ofrecen pocos referentes para que se forje una relación tan apasionada y, aún más grave, para el reencuentro con sorpresa incluida en las últimas escenas.


Observando así las dos tramas que se presentan en la película, podemos apreciar que una tan solo evoluciona mediante menciones relativos a hechos fuera de la pantalla y sin profundizar en demasía, mientras que la trama amorosa, por la que se decanta la obra de forma evidente, flaquea en su fundamentación y resulta inverosímil por los cambios que se introducen. Por ejemplo, el fin de la amnesia no parece estar tan relacionado con el hecho de un descubrimiento crucial o de algún acto especial, sino más bien está impuesto por la necesidad del guion para acelerar el proceso de la relación romántica. Ni siquiera lo relativo a la ciencia ficción queda bien expuesto, pues aunque el inicio trata de fundamentar las bases de este universo, el funcionamiento de sus reglas se alteran de forma continuada a lo largo de la obra. 

Por señalar un ejemplo sencillo, el contacto de la materia de uno de los mundos con el otro produce un proceso de combustión en cuestión de minutos, sin embargo, esto no se aplica al contacto entre personas o a los alimentos, como se evidencia por el contacto de los protagonistas en las primeras secuencias. Sin embargo, cuando esto supone un problema dado que Adam debe permanecer un tiempo en contacto con materia del mundo superior, el tiempo en el que este empieza a arder es relativo y dependiente de las necesidades de la historia más que de una lógica impuesta por leyes físicas. Estos detalles merman la calidad del argumento y contrarrestan tanto la labor creativa como el esfuerzo del espectador para tratar de comprender y entrar en el mundo propuesto.


Un universo que, por otra parte, se han tomado la molestia de tratar de crear de la forma más vistosa y recargada posible, creando todo un escenario fantástico muy atractivo visualmente, pero con defectos en la iluminación y la fotografía bastante evidentes (reflejos en la pantalla, un filtro de imagen excesivamente azulado, una saturación muy elevada, etc.). Los efectos especiales, por su parte, sí denotan un trabajo eficaz, como muestran algunas de las escenas donde la gravedad juega un papel determinante, aunque finalmente deslucido por ser más un espectáculo que un complemento a una historia bien desarrollada. La labor interpretativa del reparto tampoco destaca, salvo quizás la actuación de Timothy Spall con un personaje que pese a tener una presentación un tanto burda, desarrolla un rol decisivo en la historia.

En definitiva, un nuevo juego de artificio que nos arroja un planteamiento interesante, pero cuyas propuestas se quedan por desarrollar. Incluso al final se concluye remarcando que los futuros cambios sociales son otra historia a contar, cediendo a una, suponemos, imagen del futuro ideal de convivencia entre ambos mundos. Pero, de nuevo, no lo vemos en pantalla, como tampoco vimos la evolución de una historia romántica, una crítica social madura ni, en conclusión, una buena película.



La Ola, de Dennis Gansel

24 mayo, 2015

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La Ola (Die Welle, 2008) es una película basada en la novela homónima de Morton Rhue (1981), que a su vez se basaba en el experimento de la Tercera Ola de un profesor de un instituto de Palo Alto (California), llevado a cabo en 1967. Este remake fue recibido con un éxito satisfactorio en las grandes pantallas alemanas.


En un instituto alemán, el profesor Rainer Wenger enseña durante un curso de política el tema de la autocracia como forma de gobierno. Ante la propuesta práctica de Wenger, sus estudiantes se muestran escépticos ante la idea de que pudiera volver una dictadura como la del Tercer Reich en la Alemania de nuestros días, y creen que ya no hay peligro de que el nacional-socialismo vuelva a hacerse con el poder. debido a la instauración democrática actual. Bajo esta premisa, comienza un experimento para demostrar lo fácil que es manipular a las masas.

A través de un lema autoritario con la fuerza como pieza clave (fuerza mediante la disciplina, fuerza mediante la comunidad, fuerza a través de la acción, fuerza a través del orgullo), el profesor pasa de ser su líder a ser el jefe de un pequeño estado, de tal forma que cada día los alumnos debían implantar una nueva regla. Por ejemplo, el profesor logró que todos ellos entrasen a su aula, que se sentaran con una actitud recta y atenta y que para hablar primero debían ponerse en pie y decir su nombre.


El interés por la forma de cómo se ejecutaban esas clases creció, haciendo que jóvenes de otros cursos se cambiaran de aula hasta ser un curso numeroso, derivando en fanatismo. El grupo llega incluso al extremo de inventar un saludo y a vestirse de camisa blanca. El popular curso se decidió llamar La Ola, y a medida que pasaban los días, La Ola comenzaba a hacerse notar mediante actos de vandalismo, todo a espaldas del profesor Wenger, que acaba perdiendo el control de la situación.

La película logra ser amena, directa y, en ocasiones, sorprendente. No existe ninguna actuación brillante, todas se ciñen correctamente a su papel sin destacar en mayor medida una de otra. Si bien es cierto que hay personajes clave, como el profesor, Karo (la chica que inicia un movimiento opositor al grupo), o Tim, ese chico introvertido que ve en La Ola el medio idóneo para integrarse socialmente. Su desenlace se va haciendo previsible conforme avanza la película, pero no por ello se aborda de manera impactante y sin artificios, de la misma manera en la que se desarrolla el resto de la película. Una muestra de calidad procedente del cine independiente alemán, donde se refleja cómo el ser humano es fácilmente alienable: sólo necesita a un líder y actuar de acuerdo a unas reglas y normas básicas. 


Dada la temática tratada, la película es polémica e inquietante, en ocasiones incluso incómoda. Desde los planos hasta las interpretaciones; en todo se refleja la sociedad tal cual nos la podemos encontrar fuera, como si todo lo que nos quisiera expresar lo pudiéramos presenciar con total naturalidad: desde un egocentrismo y ambición humana hasta el vandalismo de barrio originado en una pandilla juvenil. Un guión que representa en descontento y la desmotivación existentes en muchos ámbitos de la sociedad, llegando a demostrar que el ser humano puede ser capaz de repetir continuamente sus propios errores a lo largo de la historia.

La Ola defiende mantener la unión para conseguir avanzar juntos frente al individualismo. Su líder es un referente, un modelo a seguir, alimentado por el egocentrismo que caracteriza el afán de protagonismo que expresa el profesor en la mayor parte de la película. Pretende ser el mejor en todos los aspectos y convertirse en el profesor idolatrado, el que más alumnos tiene y el que imparte las clases más dinámicas y más populares de todo el instituto, queriendo hacer sombra al trabajo del resto de sus compañeros.


Sin embargo, cuando el profesor se da cuenta de la magnitud de los actos que han derivado de su curso, pretende cambiar el rumbo de los acontecimientos para decidir (y concluir) el futuro del grupo. Pero quizás ya es tarde: aunque les haya manipulado con que crear un grupo común que luchase contra el terror, ese único enemigo, y que así harían historia, en realidad les quería plantear el verdadero peligro de las dictaduras y de su carácter punitivo. Queda, así, evidente, lo fácil que resulta manipular a las masas (en este sentido, el término masa lo podríamos relacionar con el propuesto por LeBon –Psicología de las Masas-, donde la persona deja a un lado su individualidad, su identidad personal, para fundirse con la grupal. Además, acaban contagiándose unos de otros, por lo que nace un pensamiento colectivo que se deja llevar por un mismo objetivo, como ocurre con la fuerza de La Ola).


En definitiva, tal y como sugirió el profesor Rainer al inicio del curso, el fascismo puede aparecer de nuevo en cualquier momento y en cuestión de días, incluso en Alemania. La Ola trasforma la vida de todos los integrantes y de su alrededor, vuelca cualquier acontecimiento o expectativa generada y creen que les ha llenado plenamente como personas. Lo que sí será cierto es que cambiará sus vidas para siempre.


Escrito por Mariela B. Ortega

Avatar, de James Cameron

09 mayo, 2015

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2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odissey, Stanley Kubrick, 1968) y La guerra de las galaxias (Star Wars, George Lucas, 1977) fueron los dos referentes que sirvieron al director canadiense James Cameron (1954-) para adentrarse en el mundo del cine, pero no tanto por las propuestas de ambas importantes películas como por la capacidad de los efectos que eran capaces de transmitir. Cameron ha tenido precisamente una trayectoria ascendente en la búsqueda de esos efectos que sorprenderían al espectador, pero desluciendo la historia que contaba. En este sentido, quizás la recreación de un sueño, por muy hermoso visualmente que sea, ha sido el motivo principal que ha impulsado la excusa de una película, reduciendo su historia a un argumento flojo, repetido e invadidado de estereotipos. 

Cameron partió de la ciencia ficción, lo cual no es de extrañar observando sus referentes, y lo cierto es que no comenzó mal, con la exitosa y original The Terminator (1984), sobre la guerra contra las máquinas rebeldes (que recuerda en este sentido a la obra de Kubrick) con viajes en el tiempo, que tuvo su secuela en Terminator 2 (1991), que contó precisamente con unos excelentes efectos especiales para la época. El paso por la saga Aliens y su acercamiento en The Abyss a los fondos submarinos (su otra pasión) marcaron parte de su itinerario, hasta la llegada en 1997 del ya célebre Titanic.

Esta exitosa película le permitió unir sus dos pasiones, logrando experimentar con la capacidad de los efectos especiales para recrear el hundimiento del célebre navío mostrando también los fondos marinos, todo hilado mediante una historia de amor entre distintas clases sociales. Después se embarcaría en un proyecto ambicioso por la forma de realización, de gran calado técnico, que retornaría al género de la ciencia ficción con la posibilidad de explotar al máximo los recursos tecnológicos de los que disponían los efectos especiales: Avatar (2009).

No podemos negar que Cameron ha conseguido colocarse a la cabeza en cuanto a la recaudación de sus grandes éxitos, Titanic y Avatar. La segunda ante unas claras expectativas después del gran éxito que fue la anterior, además de una intensa campaña de marketing que nos anunciaba la venida de una nueva visión cinematográfica. Pero, ¿ante qué nos encontramos cuando visionamos la aventura en Pandora?

James Cameron junto a parte del reparto de Avatar
En efecto, Cameron logra recrear gracias a los avances tecnológicos todo un universo nuevo, con flora, fauna y especie dominante incluida, que parecen realistas y que impulsan, además, un visionado en 3D (produciendo, a la vez, una segunda época dorada para este tipo de grabación) con tal de disfrutar mejor del mundo creado por el director canadiense. Pandora se siente vivo, como un nuevo planeta, y los na'vi, esa especie azulada y antropomórfica, parecen reales. Consigue alcanzar una ficcionalidad o animación que simula ser auténtica a un nivel de realismo impresionante. El logro visual se alcanza, en efecto, y está acompasado por la música de James Horner, habitual colaborador de Cameron.

Esa es la realidad: James Cameron revoluciona el mundo técnico del cine al exprimir sus recursos al mundo para crear un maravilloso escenario que, sin ser real, se siente como tal. Los espectadores se sentirán transportados a un nuevo mundo como si hubieran viajado en el espacio. Lo cual sería perfecto si estuviéramos en un tour, pero no en una película. De la misma forma que sucede con Titanic, nos encontramos ante una buena ambientación y una elevada factura técnica, pero ante una historia simple, sencilla, que en el caso de Avatar queda completamente deslucida.


Nos trasladamos al año 2154 y nos embarcamos en la historia de un ex-marine paralítico, Jake Sully (Sam Worthington, habitual de cine de acción y de interpretación anodina), que ha sido designado para una misión especial de investigación, en sustitución de su hermano fallecido, en Pandora, el mundo del que los humanos están extrayendo un mineral muy preciado que sirve para paliar la crisis energética de la Tierra (la gran ausente del film): el unobtainium. La elección de Jake para sustituir a su hermano no es fortuita, dado que, al compartir un ADN de máxima compatibilidad, es capaz de emplear un cuerpo biológico na'vi controlado de forma remota que responde al nombre de programa Avatar. Con él, cualquier humano puede respirar en la toxicidad de Pandora y Jake, en particular, puede volver a caminar, a ser libre. 

Sin embargo, aunque fue enviado para apoyar la investigación del planeta en colaboración con los científicos encabezados por Grace Augustine (Sigourney Weaver), le es encomendada por el coronel Quarich (Stephen Lang)  la misión de espiar los avances de esa investigación y descubrir cómo convencer o derrotar a los Na'vi asentados en el Árbol Madre, la principal fuente del mineral que ansía la empresa que los ha contratado y ante cuya extracción se opone la tribu indígena. Con el paso del tiempo, Jake será admitido en el clan de Neytiri (Zoe Saldana), una bella Na'vi que, tras salvarle la vida, la integrará en su clan y le enseñará las maravillas de su mundo que los ojos humanos no han sabido apreciar. Esta nueva visión de Pandora y de la cultura que existe tras el biosistema y los habitantes del planeta hará que Jake se convenza de la necesidad de protegerlo de la codicia humana.


Aquí encontramos el gran problema de Avatar: es cierto que ofrece multitud de lecturas, pero ninguna es nueva. No innova en la historia que está contando ni tampoco en la forma de hacerlo, linealmente cronológica. La película, que transcurre en más de dos horas y media de película, tiene un argumento similar a producciones como Bailando con lobos (Dance with Wolves, Kevin Costner, 1990) o Pocahontas (Mike Gabriel y Eric Goldberg, Disney, 1995), la primera con una duración aún más larga, pero la segunda de apenas hora y media. El descubrimiento de la naturaleza, a la que se le rinde culto en la película, es similar a la defensa del medio ambiente de las producciones de Ghibli, destacando especialmente La princesa Mononoke (Mononoke Hime, Hayao Miyazaki, 1997), donde encontramos también un argumento similar: joven guerrero que se encuentra con una princesa que vive en y por el bosque, con criaturas que lo protegen. 

Hasta el videojuego Final Fantasy VII (Square Soft, 1997) nos muestra un planeta capaz de crear criaturas y de luchar para defenderse de las amenazas que quieren destruirlo, con la crítica al consumo de la energía (mako) del planeta por parte de la superurbe de Midgar. La influencia de los videojuegos la podríamos tener en cuenta también en la recreación virtual, dado que es el campo donde más se experimenta técnicamente. Hasta la investigación del ecosistema o la introducción en la tribu Na'vi, con el respeto de las criaturas creadas para el mundo de Pandora, nos podría recordar a obras como Gorilas en la niebla (Gorillas in the Mist, Michael Apted, 1988), un ejemplo nada azaroso, pues precisamente está protagonizado por Sigourney Weaver, que interpreta en esta película a la investigadora de turno.


Las críticas al colonialismo o al imperialismo, al ataque al medio ambiente y a la contaminación, a los intereses puramente económicos, a las acciones militares o al racismo son claras y evidentes, y aunque podamos compartirlos, en la historia están excesivamente marcadas de manera maniquea, lo que nos proporciona, a su vez, personajes planos y estereotipos: el general malvado que no cede ante nada, inmiscuyéndose en una batalla por simple orgullo, dado que no se nos ofrece más motivación que la simple ira contra los Na'vi o el ansia de sentirste superior a esta raza alienígena; el ejecutivo empresarial (Giovanni Ribisi) que tan solo atiende a los intereses mercantiles y que no es capaz de afrontar la situación cuando alcanza límites insospechados; el gracioso compañero de aventuras e investigación (Joel Moore), que sirve como apoyo humorístico y cuya decisión se basa en la lealtad hacia sus amigos; una militar (Michelle Rodriguez) que no está en sintonía con su superior y que se ve incapaz de obedecer órdenes que considera una auténtica barbaridad; o una tribu completa de Na'vi con un líder, una especie de chamana o sacerdote, un guerrero sucesor, al que no le inspira confianza el recién llegado, y una joven princesa, Neytiri, que, atenta a las señales que le ofrece su planeta, salva la vida a un desconocido y le ayuda a descubrir las bondades de Pandora, llegándose a enamorar de él pese a sentirse posteriormente traicionada.

Personajes que o apenas evolucionan o lo hacen de la forma que cabría esperar, puesto que lo hemos visto hasta la saciedad en multitud de formatos (libros, series, películas... ¡hasta videojuegos!).


El protagonista evoluciona también según lo esperado: en un inicio, despreocupado y angustiado por una vida que le resulta tediosa ante la falta de movilidad en las piernas, pero que ante la nueva visión de la realidad que le ofrece su avatar y el descubrimiento de lo maravilloso que esconde Pandora, se convierte en el máximo defensor del planeta, alzándose como el héroe que todos esperan. Hay en torno a él un aura mística cuando ocupa su avatar, que se convierte en gris como humano, precisamente cuando comete su peor error y pone el peligro la vida de quienes ama, especialmente la de Neytiri, de quien no puede evitar enamorarse. Se conforma precisamente una historia de amor a partir del (auto)descubrimiento, muy en relación no solo al mismo esquema que sugería la historia de John Smith y Pocahontas, sino también la de Tarzán y Jane. Neytiri le muestra a Jake una nueva forma de entender la vida y eso le cambia, aunque el amor que surge entre ellos funcione igual que la fórmula humana, salvando las cuestiones físicas (dado que los Na'vi funcionan de manera espiritual, en convivencia con la naturaleza).

Seguramente la parte artística más relevante del argumento sea la creación de un paradigma de costumbres en torno a los Na'vi, consolidando una cultura distinta que basa su existencia en el equilibrio con el ecosistema del planeta, que se convierte a su vez en su deidad, funcionando como una red neuronal planetaria, ¡incluso capaz de almacenar los recuerdos de los habitantes que dejaron de vivir y transmitir así los conocimientos ancestrales! Una forma de vida que, obviamente, recuerda a las propias tribus humanas que habitaron América y que fueron cruelmente tratadas en la conquista que el Viejo Continente llevó a cabo. Innova aquí en algunas cuestiones, pero nos sigue persiguiendo la sensación de que se han tomado ideas de distintos lugares para realizar una mezcla cultural.


En conclusión, Avatar funciona en su construcción igual que un juego de fuegos artificiales, que un castillo pirotécnico: es espectacular para mirar y recrearse, nos puede incluso emocionar, pero no nos transmite nada nuevo más allá de la pura maravilla técnica. Merece la pena por ello, en efecto, ya que nos puede impresionar y aún hoy, que ha pasado más de un lustro, puede seguir sorprendiéndonos por la calidad visual que desprende, pero todo lo que innova en ese plano no se aplica a su historia. Podríamos considerar que Cameron lo hizo conscientemente: creó un guion que heredaba ideas de distintos ejemplos modernos y la realidad es que el propio director ha reconocido las influencias de ciertas obras, como la de Miyazaki, pero si lo meditamos, nos ha planteado un envoltorio precioso para una historia que ya conocemos.

Debemos reconocer, no obstante, su capacidad para crear una raza y un tipo de planeta diferente, pero nada más. Sucedió igual con Titanic, seguramente porque Cameron ha descubierto dónde se sitúa la clave para triunfar en taquilla, entretener y hacer disfrutar al público mientras se sorprende a la crítica, pero sin contar nada nuevo. Bravo por él, aunque desilusionante para quienes consideren (consideremos) que el séptimo arte va más allá de la pirotecnica visual, por grandilocuente y conseguida que sea.

Escrito por Luis J. del Castillo



El príncipe de Egipto, de Brenda Chapman, Steve Hickner y Simon Wells

13 abril, 2015

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Cuando Dreamworks nació en 1994, lo hizo en una nueva época dorada de animación de Disney. Sin embargo, el proyecto de esta empresa surgía auspiciado por tres fundadores que conocían la materia con la que trabajaban: el cineasta Steven Spielberg, el productor David Geffen y Jeffrey Katzenberg, este último antiguo ejecutivo de Disney que trabajó precisamente para algunos de sus grandes éxitos en esta época, como La sirenita (1989), La bella y la bestia (1991), Aladdín (1992) o El rey león (1994).

No debemos extrañarnos que de este trío surgieran ideas que consiguieron gran fama a finales de los noventa y principios del siglo XXI, entre los que podemos nombrar esta película de animación tradicional que analizamos hoy: El príncipe de Egipto (The Prince of Egypt, 1998).

Aunque la empresa se ha especializado en la animación por ordenador, con ejemplos como Antz (1998), Shrek (2001) o Cómo entrenar a tu dragón (2010), lo cierto es que demostró con esta película que era capaz de realizar grandes proyectos con el equipo del que disponían.


La idea de trasladar a la pantalla la historia de Moisés de nuevo, realizando una especie de remake de Los diez mandamientos (The Ten Commandments, Cecil B. DeMille, 1956), fue a petición de Spielberg al productor Katzenberg (tan solo volverían al tema bíblico con Joseph: Rey de los sueños, una película de menor calidad sacada directamente en formato doméstico en el año 2000). Tras plantearse la posibilidad, se acabaría por llevar a cabo bajo la dirección conjunta de Simon Wells, Steve Hickner y Brenda Chapman, esta última la primera mujer en dirigir una película animada dentro de los considerados grandes estudios de animación, además de ser la creadora y directora de la reciente Brave (2012).


Asumir el reto de llevar de nuevo la historia de Moisés al cine tras la gran película del cineasta DeMille era arriesgado, aún más al intentar convertirlo en un musical animado en la línea de lo que estaba realizando Disney en estos años. Sin embargo, el estudio Dreamworks logra crear una película de gran cariz dramático empleando el recurso de la nostalgia a través de la relación fraternal de Ramsés y Moisés. El argumento de la historia nos lleva precisamente al sacrificio de los recién nacidos hebreos para impedir el aumento desmesurado de esta población en Egipto, ante lo cual una de las familias decide guardar al hijo en un cesto en el río, con tal de que se salve.

De forma milagrosa, el niño llega a salvo a manos de la esposa del faraón, que lo adoptará, según la película, como un hijo más. Tras este prólogo, que comienza la historia de forma trágica a través de la canción principal de la película, comienza la historia realmente con un anticlímax humorístico, seguramente la parte más floja de la película, que nos simula a los hermanos como una especie de muchachos traviesos pero no del Egipto antiguo, sino al estilo de las películas sobre trastadas universitarias o pillos adolescentes.


Si bien estas escenas no cuajan con el resto de la película, debemos reconocer que el carácter amistoso y fraternal que logran generar servirán perfectamente para encajar con el debate sentimental que se crea entre ambos personajes a partir de la mitad de la película. No obstante, considero que podía haberse resuelto de otra forma, adaptándose mejor a la época y a los personajes, más que sustituyendo coches por cuadrigas, casi en guiño a Ben-Hur (William Wyler, 1959) o mostrando el destrozo real de las esfinges egipcias como si fueran causadas por estas travesuras.

En el resto de aspectos, la película alcanza un cariz dramático de gran calado que la constituye como una película de animación más adulta de lo que se podría considerar bajo el concepto de lo marcado por otras compañías hasta la fecha (o incluso por Dreamworks dentro de la mayoría de producciones realizadas ya en el siglo XXI, dirigidas principalmente a un público infantil). Podemos remarcar, por ejemplo, la transición que sufre Ramsés tras su reencuentro con Moisés, pasando de la felicidad de volver a ver a su hermano con vida hasta la frustración y la ira por los mandatos que realiza el recién nombrado profeta y liberador. De forma sutil, se logra con la animación justa el efecto deseado y de cierta complejidad psicológica. Ambos personajes principales, frente a otros secundarias que están menos desarrollados, apegados a ciertos roles arquetípicos, tienen una evolución interesante que les otorga un carácter más humano.

Moisés, por ejemplo, no se presenta como un líder a seguir al principio, aunque se deja ver ciertas reflexiones ante el faraón que le otorgan humildad y respeto por la familia, pero el quantum que se produce tras la revelación de sus orígenes le hacen rechazar continuar viviendo en una ciudad que ya no puede ver con los mismos ojos ni oír de la misma forma. Ahí está la voz de Ramsés cada vez más baja frente al volumen de los latigazos. 


Incluso el rechazo que muestra frente a la zarza en llamas a ocupar el puesto que Dios desea para él da una interesante visión de este personaje, más desconfiado en sus posibilidades, sobre todo al saber que a quien se tendrá que enfrentar es su hermano, al que no puede evitar querer pese a ser enemigos. En la misma encrucijada se encuentra Ramsés, que a pesar de la alegría que le produce el reencuentro con Moisés, pesará más sobre él las acusaciones de su padre, que repite en presencia de su hermano: no seré el eslabón débil de la cadena. En efecto, no estamos ante un personaje maniqueo, malvado hasta la médula, sino uno que siente la situación que está viviendo, pero que no se ve capaz ni de rechazar la vida que lleva ni de convertirse en aquello que su padre ya presagió y que convirtió en una carga a sus espaldas como futuro faraón.

La forma en que crece el conflicto entre ambos personajes aumenta la tensión de la película, al igual que el espectáculo visual de la película, cuyos efectos están muy relacionados con la trama que se nos narra y no de forma inversa. Las plagas son contrarrestadas por trucos de los sacerdotes, pero la película se encarga de mostrarnos toda una serie de juego de luces y espejos que sirven para aumentar la sensación de que el dios verdadero es el de Moisés, frente a la cantidad de ídolos egipcios, como se desprende de una obra que adapta el relato bíblico. No obstante, y además, la presencia del Dios hebreo en la zarza ardiendo nos ofrece una imagen hermosa y atractiva, pero a la vez enigmática, fuerte en su expresión y de gran serenidad en su resultado, cercano al dios bondadoso que se transmite en el cristianismo que al del Antiguo Testamento.


Todo ello potenciado a su vez por la banda sonora de Hans Zimmer, cuyas melodías fomentan el recuerdo del visionado de la película, aumentando la emoción que pretenden transmitir las imágenes. Incluso las canciones de Stephen Schwartz colaboran con el avance de la trama o para mostrar con profundidad lo que sienten los personajes, rechazando por otra parte la inclusión de canciones pegadizas, una tendencia contraria a lo realizado por Disney, lo que en cierta forma colabora con mi afirmación de que frente a la idea de que la animación es solo para niños, existen obras de animación cuyo valor van más allá del dirigido al público infantil. La música, en esta ocasión, tiene un carácter más sobrio, en la mayoría de ocasiones, que en otras películas infantiles.

En definitiva, una película que toma la historia bíblica y también la cinematográfica para crear un nuevo drama a través de la relación fraternal y consiguiendo una gran calidad en su animación y, por tanto, en sus escenas, de las que podemos recordar especialmente la conversación muda entre Séfora y Moisés tras la revelación, el reencuentro entre los hermanos, la sucesión de plagas en Egipto o la revelación divina a través del fuego de la zarza. Una película que tiene defectos claros, especialmente en su primer tramo, pero que ha pasado desapercibida entre otros grandes éxitos y que merece la pena ser recordada por lo bien realizada que está y por la buena construcción de personajes que logra.





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