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Para el sábado noche (CXXXV): El vals del emperador, de Billy Wilder

01 enero, 2024

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 Especial Año Nuevo
 
Solemos comenzar el nuevo año con la resaca del viejo, y con la retransmisión del Concierto de Año Nuevo desde la Sala Dorada de la Musikverein de Viena (Austria). Yo quisiera añadir otra tradición. La del visionado de una suerte de títulos cinematográficos, de esos que nos acompañan toda la vida. A Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, Victor Fleming, 1939) o El Mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939), podemos añadir otros muchos ejemplos, entre los que se cuentan los especiales para Navidad que he venido reseñando en este blog a lo largo de los años.
 
A una Viena (Austria) de inicios del siglo XX, llega un vendedor de gramófonos, Virgil H. Smith (el animoso Bing Crosby). Precisamente, uno de los aspectos más destacados de El vals del emperador (The Emperor Waltz, Paramount, 1948), va a consistir en el choque de culturas, aparte del de caracteres individuales. Un recurso argumental habitual, pero que aquí está esgrimido con especial gracia. Los guionistas Billy Wilder (1906-2002) y Charles Brackett (1892-1969), ya habían echado mano de este tipo de procedimiento narrativo, casi diríamos que género cinematográfico, en los libretos de Ninotchka (íd., Ernest Lubitsch, 1939) o Bola de fuego (Ball of Fire, Howard Hawks, 1941). Esta (in)disposición con los distintos escenarios, costumbres y hasta clases sociales, es el aliciente estructural de una película que sabe retozar con la idiosincrasia entre naciones y personas, convirtiendo el envite a la diversidad en un acercamiento más potente y entretenido que el de cualquier ideología política invasiva. Me refiero, claro está, al juego del amor, tras los prolegómenos de atracción y repulsión que se dan entre los principales protagonistas. Aquello de que los polos opuestos se atraen, después de haberse repelido.

El vals del emperador se estrena el mismo año que su realizador, Billy Wilder, entregaba otra de las joyas escondidas de su filmografía, Berlín Occidente (A Foreign Affair, Paramount, 1948), nuevamente, con un guión compartido con Brackett. Si esta última toma en serio el escenario histórico del final de la contienda de 1939-1945, la presente pergeña una trama de comedia irónico-romántica en un determinado marco geográfico. Un antecedente en la mixtura de ambos conceptos los podemos rastrear en los respectivos guiones de Si no amaneciera (Hold Back the Dawn, Mitchell Leisen, 1941) o Cinco tumbas al Cairo (Five Graves to Cairo, Billy Wilder, 1943).
 

Pero sigamos con nuestro amigo Virgil, prototipo de norteamericano buscavidas en suelo vienés. El arranque argumental de El vals del emperador lo proporcionan dos ancianas y vivarachas aristócratas, la princesa Isabela Bitotska (Lucille Watson), y la archiduquesa Stephanie (Julia Dean), que, junto a sus acompañantes, narran los antecedentes de la historia a modo de flashback; a falta de concretarse el final del relato. Es decir, que este arranca in media res, en mitad de la cosa.

Parece que a Billy Wilder siempre le interesó este aspecto de la vida, que coloca a muchos de sus forasteros personajes en tierras extrañas; para lo que contaba con su propia experiencia vital. Uno de los ejemplos más tardíos -y sublimes- está en ¿Qué sucedió entre tu madre y mi padre? (Avanti, United Artist, 1972), aunque el paroxismo podría ser la incomprendida Fedora (íd., Lorimar-United Artist, 1978), donde el protagonista penetra en una realidad tan distorsionada que se ha hecho irreconocible, aunque resulte verídica y plausible de cara al público (en un acercamiento que, para mí, se haya muy próximo al relato de terror: esas operaciones quirúrgicas). Película desdeñada esta, con evidentes problemas de producción, pero sumamente inquietante, que enlaza el final de una época del cine con los albores de otra nueva ilusión, óptica y psicológica (de la labor clásica de maquillaje a la especialización en los efectos digitales y demás trucajes). Dentro de este ámbito de transformismo en la naturaleza y aspecto de ciertos protagonistas, no podemos dejar de referirnos a la obra cumbre que es Con faldas y a lo loco (Some Like It Hot, United Artist, 1959); salvando las distancias, todas estas películas comparten la prerrogativa de la transmutación y la desubicación. Alternando el tono trágico y cómico, o haciendo prevalecer uno sobre otro, según los títulos e intencionalidad. No en vano, parte de la alegría que sabe transmitir Con faldas y a lo loco la hallamos en El vals del emperador, donde Wilder y Brackett aciertan al juguetear con los tópicos regionales, proporcionando algo más allá del mero pintoresquismo: una nueva y fresca ventolera (herencia de Lubitsch [1892-1947]). Verbigracia, esa señora obesa que se suma al baile en el recibidor de la pensión donde se aloja Virgil H. Smith.
 

La idiosincrasia del americano medio también es tomada con sentido del humor, bien que los representantes de la refinada cultura vienesa no le andan a la zaga. Ellos son, aparte de los ya mencionados, la joven condesa Joanna Augusta Franciska (sic) (Joan Fontaine), y su padre, el barón de Holenia (Roland Culver). Tanto unos como otros encuentran su particular traslación en las mascotas respectivas, la perrita Scherezade de Joanna, y el trotamundos y algo desgreñado Batons, el perro y compañero de fatigas de Virgil. Más aún, animales y personas se van a caracterizar, en última instancia, por huir del secular estancamiento vital con la cadencia de un bello vals.

Y si la música va estar intrínsecamente relacionada con la envoltura de la trama, algo muy parecido va a suceder con los animales; más que una mera representación de sus amos. Al punto que, de Scherezade depende la felicidad y porvenir de la condesa y su atribulado padre (ahogado por sus nobles deudas). El emperador Francisco José (Richard Haydn; un papel que también le habría ido como anillo al dedo a Robert Morley [1908-1992]), ha decidido cruzar uno de sus mejores perros, campeón de sangre y pedigrí, con Scherezade. De esta unión se espera una camada, símbolo de la endogamia y buena salud de la nación; pero triunfando finalmente el cruce, el más puro y arrojado mestizaje.

Muy divertido es el colapso que sufre la perra de los Holena ante la presencia de su mundano congénere Botons. Una correlación con lo que les sucede a sus dueños: ese choque de caracteres que sincroniza a personas con mascotas (amor animal, en cualquier caso). No es casualidad que, al principio, Joanna muestre un aspecto más cercano a una rigurosa institutriz. Es snob y presuntuosa, en palabras de Virgil. De este modo, se entrelazan las referencias a humanos y animales. Fieles y cariñosos cuando ambos quieren. Distintas razas, como distinta es la sangre de las esferas sociales (la azul y la normal). Mañana vas a ser la perra más importante de Austria, debes estar descansada, le recomienda la condesa a Scherezade. Lo que más tarde desemboca en la simpática escena de la “escapada amorosa” del animal, en pos del “vagabundo” Batons.
 

En este apartado irónico tampoco falta el especialista en psiquiatría freudiana (Sig Ruman), tan recurrente como el Imperio Austrohúngaro para Luis García Berlanga (1921-2010). Una figura que, sin duda, dejó su (jocosa) huella en la temprana vina vienesa de Billy Wilder.

Podemos y debemos incluir las paráfrasis del músico Victor Young (1900-1956). Como la impagable canción que entona Virgil por los caminos y prados vieneses. Es festiva, sin merma del respeto. El empleo de la música no acaba aquí. Está el genial gag del gramófono que asusta al ciervo del emperador. Este recreo de la música dentro de la narrativa de la película (diegética), con la de fuera de ella (extradiegética), es uno de los mecanismos más agraciados de El vals del emperador; sin perder nunca de vista el hecho, igual de incisivo, de que, en el pueblo vienés, hasta el cura y los distintos oficiales saben tocar el violín.
 
El diseño de producción de Hans Dreier (1885-1966), Sam Comer (1893-1974) y Franz Bachelin (1895-1980), resulta magnífico, como el empleo de los escenarios naturales, fotografiados por George Barnes (1892-1953). Acompasándolo todo, la realización de Billy Wilder deviene igual de precisa y elegante. Por todo ello, El vals del emperador constituye, para mí, otra de esas adorables películas destinadas al periodo de la Navidad, aunque esta no sea el tema central. Lo mismo que ocurre con Siguiendo mi camino (Going My Way, Leo McCarey, 1944), La pantera rosa (The Pink Panther, Blake Edwards, 1963), Un gánster para un milagro (Pocketfull of Miracles, Frank Capra, 1961), My Fair Lady (íd., George Cukor, 1964) o Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, Robert Wise, 1965).
 
Aunque El vals del emperador no ha sido demasiado apreciada (cosa que por lo general me importa un pito a la hora de reflexionar sobre una pieza cinematográfica), la película destaca por abordar con genial hondura lo aparentemente superfluo. Esto es, la distinción del estatus social o el enfrentamiento con las distintas costumbres. Me da en la nariz que sucede lo de costumbre, que demasiados críticos comentan de oídas, por terceros, o en visionados iam pridem. No se dejen engañar. Alegre y vitalista como el tiempo musical al que hace referencia, El vals del emperador nunca pierde de vista la perspectiva crítica. Es verdad que no resulta tan ácida como otras de las propuestas de su realizador, pero es que no tiene por qué serlo. Quizá por eso no sea tan considerada en el conjunto de la filmografía de Billy Wilder. Pero eso suele ocurrir con aquellas películas que más disfrutamos, pero no nos atrevemos a distinguir.
 
El doblaje en español, espléndido, por cierto.

 


Los caballeros las prefieren rubias, de Anita Loos, y adaptación de Howard Hawks

28 diciembre, 2023

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Especial Fin de Año

Existe una torcida percepción por parte de determinados, llamémosles comentaristas, en distintos libros o documentales (aclaro que no suelen ser críticos cinematográficos, y se nota), según la cual, el cine adquiere su madurez con la salida de las cámaras a las calles, lejos de la servidumbre de los grandes estudios. Es falso, el cine alcanzó su madurez como técnica ya en el cine mudo, excepción hecha del sonido directo, y los estudios no eran las máquinas depredadoras que algunos pretenden, sino engranajes bien engrasados de talento (al margen de los problemas puntuales que pudieran surgir). Tampoco es verdad que no existieran mujeres con altos cargos de responsabilidad, delante y tras las cámaras. Uno de los muchos ejemplos es Anita Loos (1889-1981), escritora y guionista de cine mudo y sonoro.


Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes, 1925; Alba Editorial, 2014, colección Rara avis), y su continuación, Pero se casan con las morenas (But Gentlemen Marry Brunettes, 1928; mismo volumen en español), suelen ser las obras más conocidas de Anita Loos. Se publicaron por entregas antes de aparecer en forma de libro, como las novelas de folletín. Una costumbre bien acrisolada, cuando la televisión y los medios por venir aún no habían sustituido a la prensa escrita. Las dos piezas, recopiladas en una sola, llevan el subtítulo Revelador diario de una señora profesional. Ya veremos en qué materias.

Siempre he creído que la gente adulta da risa, comenta la propia autora desde su prólogo. Lo cual demuestra su inteligente percepción de la existencia. Quizá por eso sus personajes aún conservan, sino el candor de la niñez, que está muy desprestigiado disfrazado de infantilismo, sí cierta inocencia ante la perspectiva de la vida adulta. Incluso cierta indiferencia, como mecanismo de autodefensa. Y la verdad es que tiene razón, mucha gente supuestamente madura da risa, no hay más que ver cómo marcha el mundo. Pero una cosa es la vergüenza ajena y la cretinez, que suele venir acompañada de un buen número de damnificados, y otra es la risa, como fenómeno vital y defensivo. Aunque otorguemos más importancia a lo primero, el tomar las cosas bajo la filosofía del humor es un asunto serio. En el mundo artístico siempre se ha dicho que es más difícil hacer reír que llorar. Y desde luego, más perspicaz y sardónico.


Además, este es un artículo para despedir el año, tomando como base un texto y una adaptación por los cuales no pasan los años. Las protagonistas del libro de Anita Loos son dos jóvenes pueblerinas, cuyo plató de desenvolvimiento es empero la gran ciudad (o al menos, así aprenderán a hacerlo). Dos supervivientes natas. La rubia Lorelei Lee, que es quien escribe la novela en forma de diario, y su mejor amiga y confidente, la morena Dorothy Shaw. Ambas tienen un protector y educador, con vagas aspiraciones a algo más, en la figura de Gus Eisman, que es quien corre con los gastos (un sugar daddy, en terminología más especializada). Eisman es conocido como el rey de los botones.

Estamos, por lo tanto, ante una novela (juntando ambas partes, pues por separado habría que hablar de nouvelles), de carácter epistolar. Pero lo que al principio puede resultar reiterativo y encorsetado, a la larga se convierte en una decisión narrativa de calado.

Lorelei Lee es el nombre artístico de nuestra narradora interna (parte I: capítulo II), el real lo desconocemos. Más franca y versada, en todos los (des)órdenes de la vida que Dorothy. Como dato definidor formal, podemos constatar que escribe como un niño, repitiendo sintagmas. Sin asomo de una gran cultura, pero sí con una cándida ternura. El champaña siempre me deja filosófica, asegura (íd.). Apenas capaz de vislumbrar la maldad que se agrupa a su alrededor, al reclamo de su belleza, comienza a trajinar su futuro y avisparse en su trato interesado con los demás: interesado como el de todo el mundo. Tras embarcar, Lorelei y Dorothy llegan a Londres (I: III). Allí quedan fascinadas por la diadema que porta la esposa de uno de los pasajeros más adinerados. En la capital inglesa se alojan en el Ritz, y esto propicia un inesperado encuentro con el Príncipe de Gales, a la sazón, Eduardo de Windsor (1894-1972).

Unas veces, la incultura flagrante que portan las dos muchachas las lleva a comportarse de forma mezquina; otras, francamente divertida. Es la pre-LOGSE hecha anacoluto (I: IV). Y anáfora: la mayoría de párrafos comienzan con la misma palabra o construcciones, típico (y cuidado) rasgo de alguien poco versado en letras. La siguiente escala será en París, donde se produce el intríngulis definitivo con la citada diadema (episodio que recogerá la película).


Después está Europa Central, en concreto, Viena. El reclamo continúa siendo el mismo, el parné, más que los monumentos. Pero no porque estos no interesen del todo, sino porque la cultura es identificada, en la visión de ambas aprendices, con la adquisición de una buena posición que les asegure el bienestar futuro.

El humor está apuntalado por la crítica, pero no por ello se deja uno de divertir. Ingleses y franceses, demócratas o republicanos, hasta el presbiteriano Henry Spoffard, de Pensilvania, es incapaz de sustraerse al encanto personal y hermosura de estas dos adorables muchachas, en la flor de la vida. Conforme avanza la narración es evidente que nuestras protagonistas no son tan cabezas huecas como podría parecer. Por mediación de Spoffrad, la estancia en Viena incluye una cita con el doctor Freud (1856-1939), “Froid”, según Lorelei, en uno de los apuntes más memorables del relato (I: V). Ella sola es capaz de acabar con el psicoanálisis. Otro acierto jocoso podría ser la imprevista embriaguez de la madre de Mr. Spoffard por parte de Lorelei.

El último capítulo de Los caballeros las prefieren rubias se centra en el regreso de las protagonistas a Nueva York, nuevamente por barco. Tras atracar, Lorelei recala en la puritana familia Spoffard, a la que moldea a su imagen y semejanza. Al punto de que consideran una “apertura” normal -y moral- el que Henry ejerza como censor de películas, en otra de las derivas más divertidas del libro. Metida en el mundo del cine, Lorelei conocerá a Gilbertson Montrose, un guionista con aspiraciones intelectuales. Gilbertson es un anticipo beatnik. Todos estos personajes desembocan, gracias al caudal de Lorelei, en el desbordamiento de felicidad final, con unos estudios cinematográficos espiritualmente atendidos por Henry; dichosos todos de sus respectivos cometidos.


Pero se casan con las morenas parece inferior en comparación, pero no es desdeñable. Incluye episodios verdaderamente desternillantes. Lorelei es mamá, pero lo que ahora ansía es ser escritora (la película de los Estudios Spoffard ha resultado una experiencia enriquecedora únicamente en lo espiritual: no ha rendido en taquilla). Así que ahora se pasea por el Algonquin de Nueva York, el hotel-residencia de muchos de los escritores de aquella dorada y espirituosa época, y que aún conserva todo su esplendor literario. La principal preocupación de Lorelei, al margen de la escritura, es su amiga Dorothy y lo que va a ser de su vida. Al fin y al cabo, Lorelei ya está bien instalada. Para aunar ambas perspectivas, Lorelei decide tomar como tema literario de su novela la vida de Dorothy. Al modo del Libro de Buen Amor (1330-1343), de Juan Ruíz, Arcipreste de Hita (1283-1350), decide solazarse con los distintos sucesos y vericuetos de su amiga, para exponer “los caminos que no se deben seguir”. Tal y como especifica Lorelei, no será una cosa que las demás chicas deban imitar, sino al revés, algo que enseñará lo que las demás chicas no deben hacer (II: III). Un libro virtuoso, en definitiva. Porque Dorothy siempre corre el peligro de enamorarse como una loca de los caballeros que suelen nacer sin un céntimo (íd.).

Resulta que Dorothy fue criada en un circo. Como circenses son sus andanzas con Lorelei, aunque sin el escenario del mundo. Tan solo una carpa. En estas, Dorothy se entendió con el ayudante de un sheriff de San Diego (II: V). Más tarde, lo hizo con el actor Frederick Morgan (II: VI), y con un jugador de polo, Charlie Breene, con el que se compromete, pero que es dado a la bebida (II: VII). En esta relación se cruza el saxofonista Lester Shaw, de la banda de [Fletcher] Henderson (1897-1952) (II: X). Entre tanto descoco amoroso, Dorothy se hace valer ante el conocido empresario de variedades Florenz Ziegfeld (1867-1932) (II: VIII). Desea divorciarse de Lester, pero el proceso es gestionado y aletargado por el abogado Abels, un sujeto pagado por la familia Breene, que no ve con buenos ojos la relación de su vástago con la muchacha. Con su amiga Gloria, Dorothy triunfa en el Follies de París (otro capítulo que recata la película), con la ayuda encubierta de Charlie Breene, su amor verdadero. Su ex marido, el músico, no tiene tanta suerte, lo que queda al descubierto al conocerse los tejemanejes del tal Abels (II: XIII). Las andanzas de Dorothy, narradas por Lorelei, culminan con el reencuentro de Dorothy con Charlie Breene (II: XIV).


Formalmente, destaca el hecho de que Lorelei escribe su diario tal cual habla. De forma desordenada, como antes anticipé, pero con las ideas muy claras respecto a sus halagüeñas perspectivas de futuro. Una idea que también retomará la película Cómo casarse con un millonario (How to Marry a Millonaire, Jean Negulesco, 1953), con la simpática variante de que ninguna de las protagonistas alcanza su objetivo pecuniario, que sí amoroso.

En su adaptación cinematográfica, Los caballeros las prefieren rubias (Gentlemen Prefer Blondes, Twentieth Century Fox, 1953), quintaesencia el original en un par de capítulos principales. La travesía por barco hasta París, la estancia en la capital francesa y, por último, un breve epílogo en forma de afortunado regreso.

El género musical añade sofisticación a los personajes. Es un estilo fantástico que transforma las aspiraciones intelectuales en algo más valioso para los protagonistas, femeninos y masculinos. Un aspecto más sangrante el libro, pero sin dejar por ello de resultar tan humano como en la película. El nudo gordiano estriba en lo peleles que podemos llegar a ser los seres humanos ante la belleza física (o las cabezas de chorlito de algunas personas, siempre que nos atraigan). Tanto Lorelei como Dorothy cultivan por instinto el arte de decir a cada persona lo que esta quiere oír. El lenguaje connotativo, lo implícito, resulta soberbio. Algo que en la película se sabe resolver no solo por medio del diálogo, sino a través de gestos y miradas. Gracias a ellos se potencian los dobles significados, conscientes o inconscientes, como cuando Lorelei admira la diadema de lady Beekman (estupenda Norma Varden). El punto de partida es su ingenuidad, pero en la llegada ha de ver siempre su perspicacia, ese instinto de conservación sin perder la compostura. Por ello, Anita Loos ayudó a convertir la lectura entre líneas en un arte. El del sutil sobre entendido. Uniendo, entonces, fondo y forma (epistolar), podemos considerar Los caballeros las prefieren rubias una auténtica novela picaresca de nuestros días.


La canción que interpretan al inicio Dorothy Shaw (Jane Ruseell) y Lorelei Lee (Marilyn Monroe), compuesta por Jule Styne (1905-1994) y Leo Robin (1900-1984), narra desde los orígenes lo que ha venido siendo su historia. Como en todo buen musical, y la película mezcla esta estructura con la comedia, la acción avanza también a través de los distintos números cantados. Lorelei y Dorothy se nos muestran como dos chicas espabiladas y desinhibidas. La primera cuenta además con el patrocinio de Augustus Gus Esmond (Tommy Noonan), que hace patente su admiración por Lorelei proporcionándole atractivos regalos. Gracias al dinero ahorrado, las chicas ponen rumbo a Francia. En un fantástico transatlántico, donde coinciden con los jóvenes integrantes de un equipo olímpico. Ello obliga a Dorothy a ejercer de carabina.

Es el de la película dirigida por Howard Hawks (1896-1977) un espléndido resumen del bullicioso y jovial estado de ánimo que se expone la novela, por parte del magnífico Charles Lereder (1911-1976), que articula su guión en torno a la obra de Anita Loos, ya convertida en un exitoso musical con la ayuda de Joseph Fields (1895-1966). El realizador vuelve así a entregar una de sus mejores obras. Aquí, el pernicioso abogado Abels del libro pasa a ser el encantador Ernie Malone (Elliott Reid), contratado por la familia de Gus. Ernie se siente irremisiblemente atraído por Dorothy. En el barco, también entablan amistad con el señor Watson (Howard Wendell), y el casado e insatisfecho Francis Beekman, apodado Piggy (el veterano y fenomenal Charles Coburn). Su esposa es la mencionada lady Beekman, portadora de la diadema de diamantes que hará chiribitas en los ojos de Lorelei.

Dinero frente al amor. ¿Cómo compaginar ambas facetas sin caer en la ulterior infelicidad? En una mezcla de fantasía y realidad es posible. Un momento sumamente divertido -e inédito- de la película, es el ardid de la ventana del barco con el señor Spoffard III (George Winslow), aquí, en el colmo de la ironía, convertido en un niño. Ocurrencia que más tarde retomará Steven Spielberg (1946) en Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Paramount, 1984), con el personaje del joven maharajá. Mientras arriban a París, Dorothy y Lorelei se ven en la necesidad de recuperar unas fotografías comprometedoras. Las excelentes coreografías de Jack Cole (1911-1974), culminan de forma apacible con la boda de ambas, en el mismo barco que las trae de regreso.


No podemos dejar de despedir el presente año y este artículo sin mencionar la divertida canción Diamonds Are a Girl’s Best Friend (Los diamantes son los mejores amigos de una chica), también de Styne y Robin. Sintetiza muy bien las motivaciones, pero también la desenvoltura y diversión, que despliegan a toda vela la novela (aunque no cuente con ella) y la película. También es de destacar el ya mítico vestuario del modisto William Travilla (1920-1990). Era la época del glamour. Gracias a Dios. Este virtuosismo se impone sobre los colores pálidos -grises, por ejemplo-, empleados con total conocimiento de causa por el director de fotografía Harry J. Wild (1901-1961). Colores átonos, sustantivos de la vida misma, que palidecen ante la gama refulgente y viva con que se adornan los distintos escenarios: los de la fabricación de la vida, más allá de lo ordinario. La fusión de ambos escenarios, realidad y realidad inventada, la propicia, así mismo, la imitación que de Lorelei lleva a cabo Dorothy ante un tribunal. Ambos espacios y personalidades quedan fusionadas. Tal vez sea la mejor definición de lo que es el cine y una buena amistad.



Música Inolvidable (L): Especial Navidad 2023: Kenny Burrell, Charlie Byrd y Al Di Meola

22 diciembre, 2023

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Una de las mejores definiciones que sobre el jazz circulan, y que atesoró el inigualable Juan Claudio Cifuentes, Cifu para los amigos (1940-2015), es la que dice que jazz es todo aquello susceptible de ser reconvertido y adaptado a dicho lenguaje. Es decir, que tanto una pieza clásica como, pongo por caso, My Favorite Things, composición de Rodgers (1902-1979) y Hammerstein (1895-1960) para su musical The Sound of Music (1959), o cualquier tonada popular, se pueden transformar en obras jazzísticas en función de su pertenencia al particular idioma de este tipo de música; sus características de ritmo, improvisación, timbre personal y swing.


Este año se me ha ocurrido traer a nuestras mesas y oídos tres discos del ámbito del jazz, pero relacionados con la Navidad. Existen otros muchos, principalmente vocales, pero en esta ocasión, he decidido que los tres trabajos fueran instrumentales, y más fruto de la casualidad, de la mano de sendos guitarristas.

El primero de ellos es Have Yourself a Soulful Little Christmas (Cadet-Verve, 1966), del instrumentista y educador estadounidense Kenny Burrell (1931), discípulo espiritual de los maestros Charlie Christian (1916-1942), Django Reinhardt (1910-1953) y Wes Montgomery (1923-1968). Nada menos. De sonido tan refinado como hard-bop, algo más bullicioso, pero sin perder nunca de vista la esencia de la afectuosidad, Kenny Burrell hace un sentido repaso a los acostumbrados estándares navideños. En algunas entrevistas, el intérprete ha comentado que parte de su técnica consiste en que pongo los agudos más bajos, medios los graves, y subo los medios. De este modo, enfatiza las secuencias de grado medio.

Burrell proporciona, además, en su área de improvisación, desvíos y arabescos muy sugerentes, que comienzan en el primer tema del disco, Little Drummer Boy, mientras la línea melódica principal se despliega en lontananza. Lo mismo sucede con God Rest Ye Merry Gentlemen. Los desarrollos no son, empero, excesivamente amplios, los temas se ejecutan en unos tres minutos y medio como media, con objeto de ofrecer una mayor variedad temática, siempre desde el respeto a la letra y la espontaneidad jazzística.

Kenny Burrell

La placidez sobresale en partituras tan conocidas como Have Yourself a Merry Little Christmas, con inclusión de algunas cuerdas arropadoras, o Away in a Manger, The Christmas Song, The Twelve Days of Christmas, y la menos transitada Merry Christmas Baby, de Johnny Moore (1934-1998) y el letrista Lou Bacxter (-). A su vez, dejes sesenteros en la instrumentación se hacen perceptibles en la versión de My Favorite Things, Mary’s Little Boychild, y en el colmo del paroxismo, Children Go Where I Send Thee. Pero sin desbordar su sonoridad mesurada y ritmo equilibrado. Sonido de Detroit, en definitiva.

Especialmente sublimes resultan White Christmas, con el piano esporádico del intérprete -o tal vez el arreglista Richard Evans (1932-2014), que no hay forma de dilucidarlo, ni en el álbum ni en internet-, y cómo no, Silent Night. El díptico de canciones estrella de cada Navidad.

El siguiente disco en nuestra relación es The Charlie Byrd Christmas Album (Concord, 1982). De atmósfera más recoleta si cabe, al estar interpretadas todas las piezas a guitarra sola. Y con una pulcritud clásica que no deja mucho espacio a la improvisación. No porque Charlie Byrd no sepa hacerlo, obviamente, sino como respeto escrupuloso a las líneas melódicas originales. Quizá sea el menos jazzístico de los tres álbumes, en este sentido, pero no por ello ofrece una menor garantía de vigorosa serenidad. De hecho, nos hallamos ante todo un recital tradicional de guitarra. Entre los temas más conocidos, redescubrimos Deck the Halls, Oh Christmas Tree (O Tannenbaum), The Christmas Song, What Child is This, In the Bleak Midwinter, o Hark the Herald Angels Sing, y otros que ya hemos mencionado en el anterior trabajo de Kenny Burrtell (no consigno los distintos autores, porque ya lo he hecho con anterioridad en otros artículos). Sí que destacan piezas menos habituales, como Mistletoe and Holly (Stanford-Sinatra-Sanicola), o los tradicionales Lully Lullay, The Holly and the Ivy, y Angels We Have Heard on High, estas dos últimas, provenientes del mundo del góspel.

Si no estoy mal informado, el presente es el segundo disco navideño de Byrd, tras Christmas Carols for Solo Guitar (Columbia, 1966), de muy parecido contenido, aunque supongo que distintas interpretaciones, respecto a las de 1982.

En definitiva, estamos ante un servicial y hogareño empeño de Charlie Byrd (1925-1999), colaborador del gran Stan Getz (1927-1991), e intérprete ecléctico por excelencia.

Charlie Byrd

El tercer trabajo al que me voy a referir es Winter Nights (Telarc, 1999), del gran representante de la fusión en jazz Al Di Meola (1954). Incluye instrumentación, más elaborada que en las anteriores antologías. Por ejemplo, incorporando el sintetizador, que proporciona un aura sugestiva al conjunto, de cálidos ropajes (sus versiones de Have Yourself a Merry Little Christmas, The First Noel, First Snow -compuesta por él mismo- y la eternamente bella Scarborough Fair, tema tradicional que solemos asociar con la versión de Paul Simon [1941] y Art Garfunkel [1941], si bien quisiera recordar la magnífica lectura que del mismo hicieron Sergio [1948-2015] y Estíbaliz [1952] en 1985). En consonancia, las improvisaciones de Al di Meola resultan sutiles y etéreas. Se acompasan bien al ritmo latinizado que articula el secular Greensleeves o Zima (Meola). Un dinamismo que rememora, aún en solitario, los buenos momentos junto a John McLaughlin (1942) y Paco de Lucía (1947-2014).

Composiciones de nuevo cuño, como Mercy Street, de Peter Gabriel (1950), y Midwinter’s Night e Inverno (sic), del propio Meola, abundan en la originalidad auditiva de la propuesta. De entre los clásicos, devienen excelentes Carol of the Bells y Ave María de Charles Gounod (1818-1893), publicado originalmente en 1853, y superpuesto por el autor francés al Preludio nº. 1, Libro I, de El clave bien temperado (1722) de Johann Sebastian Bach (1685-1750). Sazonan las distintas piezas una serie de “winterludios”, compuestos nuevamente por Al di Meola. Obras breves de transición que, cual copos de nieve, unifican el paisaje.

Al Di Meola

Esta vez les he propuesto una sonoridad distinta para seguir disfrutando de nuestros clásicos navideños favoritos. Distintos, aunque reconocibles. Al fin y al cabo, todos nuestros intérpretes coinciden en la idea estrictamente jazzística de resultar único y personal, de encontrar tu propio camino o caminos, con cuidado de los atajos. El músico de jazz es, por ello, libre, porque sabe mejor que nadie que para formar parte de cualquier conjunto, social o musical, hay que haber desarrollado antes la debida personalidad. Esa individualidad que los torpes y fanáticos confunden siempre con egoísmo, las más de las veces de manera interesada. Pero cualidad imprescindible en cualquier orden de la vida. Más en una época donde todos tendemos, de forma natural, al bien común. Eso que llamamos Navidad.

Escrito por Javier Comino Aguilera

Merry Christmas, Baby (Kenny Burrell, 1966)


Mix (Charlie Byrd, 1982)


Carol of the Bells (Al Di Meola, 1999)



El autocine (CXVII): Historias de Navidad, de Bob Clark, y Una nueva historia de Navidad, de Clay Kaytis

15 diciembre, 2023

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La celebración de la Navidad nos retrotrae a nuestra infancia. Salvo excepciones, suele ser un momento feliz, y un preciado recuerdo. Cuando toda la familia estaba unida. A pesar de los posibles tropiezos y sinsabores. Esto es lo que sabe transmitir una película como Historias de Navidad (A Christmas Story, Metro-Goldwyn-Mayer, 1983), dirigida por el interesante Bob Clark (1939-2007). Muy distintas estas fiestas -¡aunque tal vez complementarias!- a las Navidades negras (Black Christmas, Warner Bros., 1974) del mismo realizador.


El joven Ralph Parker (Peter Billingsley), de nueve años, desea como obsequio de Navidad la réplica de un rifle de aire comprimido, de la marca Red Ryder, para más señas. Regalo que no entusiasma a sus padres, el estupendo característico Darren McGavin (1922-2006) y Melinda Dillon (1939-2023). La familia Parker vive en el enclave ficticio de Hohman, en Indiana (EEUU), concretamente, en la calle Cleveland. La época se sitúa a mediados de los años cuarenta. Una de las mejores bazas de la película se encuentra precisamente en la ambientación. La bulliciosa ciudad, el hogar, los grandes almacenes (aquí Higbee’s, ya desaparecidos), y ese trasfondo de felicidad humanística y mecánica, a través de la relación entre los personajes y los juguetes.

Ralph cuenta su historia de adulto, es su voz en off la que puntúa los distintos acontecimientos, y esta se corresponde con la del propio autor de la novela en que se basa la película, Jean Shepherd (1921-1999). La obra se llamó In God We Trust, All Others Pay Cash (1966), y que yo sepa, no ha sido traducida al español. Un personaje interesante este Shepherd, cuentacuentos, locutor de radio y presentador de televisión.

Pues bien, Ralph Parker, apodado Ralphie, debe mostrarse firme pero discreto si quiere conseguir su regalo. Ya se sabe cómo son los adultos, y de ellos depende que el presente vaya incluido en la Carta de Papá Noel. Todos los pensamientos de Ralphie se encaminan a dicho fin, y se articulan por medio de la citada voz en off, que sirve de contrapunto jocoso y emotivo a las imágenes. Estos comentarios se proyectan desde el futuro, es decir, que convierten tales imágenes en un continuado flashback, que da forma a los recuerdos de Ralphie. En estos ha de ver el doble escenario de la Navidad, como festividad, y el de su casa, con ese corazón bien retratado en la película que es la cocina.


Un hogar modesto, con aspiraciones en concordancia. Aunque universales para cualquier niño. En estos escenarios, físicos y anímicos, se desarrolla la vida cotidiana de la familia Parker; una serie de rituales como pueda ser el vestirse para ir al colegio, antes de la llegada de las vacaciones invernales. A lo que se suma el montaje del árbol de Navidad (nada de plástico, sino auténtico), la petición de regalos in person a Papá Noel (Jeff Gillen), y por supuesto, la apertura de tan ansiados objetos el día de Navidad.

Por otra parte, la visualización ofrecida por Bob Clark incardina estos recuerdos: la imaginación, sentimientos y experiencias de nuestro protagonista, que como digo, son extrapolables a otras latitudes y tiempos. Al fin y al cabo, las películas navideñas son ante todo un estado de ánimo.

Los niños somos más inteligentes (que los adultos), proclama Ralphie. Pero en su franja de edad aún ha de enfrentarse con serios peligros. Como el encontronazo, junto a otros de sus compañeros de escuela, Flick (Scott Schwartz) y Schwartz (R. D. Robb), con aquellos que parecen empeñados en dejar de ser niños y alcanzar ese estatus de idiotez característica de buena parte del mundo adulto. Para lo cual, no tienen reparos en transformarse en los habituales adolescentes pendencieros o los clásicos matones. Esto es, Scut Farkus (Zack Ward) y su lugarteniente Grover Dill (Yano Anaya). Como detalle nada baladí, Farkus lleva su suéter bastante raído, digno de cierta lástima.

No es el único obstáculo a combatir, Ralphie y su hermano pequeño Randy (Ian Petrella), a quien protege, pronto se dan cuenta de que casi todo en esta vida depende del estado de humor de los adultos. En este caso, de los padres. Hay situaciones que pintan mal, y se resuelven de la forma más amigable e inesperada posible, y viceversa, tonterías que se hacen un mundo. Además, se corre el grave peligro de que los citados regalos no consistan en lo que los niños quieren, sino en lo que los padres creen que estos desean. Una amenaza más cierta que la del rifle de juguete. Aun así, siempre hay un hueco en Historias de Navidad para respetar la ilusión.


También sobresale en la narración la presencia y empleo de la radio (Woody Allen [1935] le consagró una de sus mejores películas). Su figura amueblada era solo comparable con las actuales redes sociales (salvando -o ahogando- las distancias). Sigue siendo el medio que más me agrada, el que manejo con mayor asiduidad. La televisión es algo que ha quedado anclado en mi memoria de niño y adolescente, pero dejé de verla en 1990, con la arribada de las privadas, y con poquísimas excepciones (que no tengo reparo en citar): Qué grande es el cine (RTVE, 1995-2004), Las chicas de oro (The Golden Girls, Touchstone-NBC, 1985-1992), las retransmisiones de Fin de Año y el Concierto de Año Nuevo. Nada más y nada menos, y ustedes disculpen la digresión. Por algo este mágico aparato que provoca el afloramiento de miles de imágenes mentales se sitúa en nuestra película en un lugar prominente de la casa, el salón. También es llamativa la vestimenta de los muchachos en aquella época, sencilla pero elegante. Y por supuesto, los modales. Otro acontecimiento, siempre alborozado, es la llegada de la nieve. La rúbrica de la Navidad.

Formando parte de las ensoñaciones de Ralphie (de cada niño), destaca la de la señorita Shields (Tedde Moore), maestra de primaria, transformada en la Bruja del Norte de El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939). Es el típico docente que, en la vida real ha dejado de ser un niño, pero que lejos de resultar antipático, que los hay, desempeña su trabajo de forma honesta y hasta cierto punto afectuosa. Algo que los chuiquillos notan enseguida. Inolvidable resulta la enorme decepción de Ralphie por la ajustada nota de su redacción, a la que tanto empeño había puesto, y en la que tanto confiaba. Lo mismo le sucede con su pertenencia al Club Infantil de la Radio Huérfana Annie. Nos acercamos al mundo adulto.

Acierto de la producción es, así mismo, la banda sonora proporcionada por los recónditos Paul Zaza (1952) y Carl Zittrer (1941), al estilo de los dibujos animados (una buena edición en Turner Classics, 2009). Y procedimientos cinematográficos propios del cine mudo, como el empleo del fundido en iris (un fundido a negro), las cortinillas o la cámara rápida, para envolver de humorismo muchas de las acciones. Hay además, un momento de cinematografía extraordinario, cuando Ralphie contempla desde la ventana del aula lo que le ha pasado a su amigo Flick con un poste del patio. La distancia es solo física, no emocional.


Hubo tres secuelas, pero solo la más reciente recrea de nuevo el tiempo de la Navidad. Estas fueron Sucede en las mejores familias (My Summer Story / It Runs in the Family, Bob Clark, 1994), donde los protagonistas son distintos, Historias de Navidad 2 (A Christmas Story 2, Brian Levant, 2012), que no he tenido ocasión de ver, y Una nueva historia de Navidad (A Christmas Story Christmas, Clay Kaytis, 2022), revival con Peter Billingsley (1971) retomando su papel de Ralph, ahora como adulto. Aparte de una adaptación del original para la televisión que se hizo en 2017.

Respecto a Sucede en las mejores familias (MGM), no me parece especialmente destacable, aunque tampoco despreciable. Lo que sucede es que no contiene el sabor “mágico” de la primera. Lo mejor es que vuelve a tomar como escudo defensivo la ambientación de los años cuarenta, en el verano que sigue a las correrías de la primera parte. También despunta la sensación de lo que es vivir, o mejor, criarse, en una pequeña y acogedora ciudad. Y el artefacto de las bicicletas, solo permitido una vez que han terminado las clases en junio, y aditamento indivisible para cualquier chaval, empezando por mí mismo. No obstante, el objeto de deseo es, en esta ocasión, una peonza de primera categoría con la que participar en auténticas competiciones, y en un segundo plano, el ir de pesca (en un lago cercano). Tiene su gracia la nueva redacción que compone Ralphie, tomando como modelo El Decamerón (Decamerone, 1353) de Giovanni Boccaccio (1313-1375), ya que la maestra ha pedido a su clase que se inspire en alguno de los libros de sus padres. También la Exposición Mundial, aunque no se saca mucho partido de ella, y el triste episodio de la subasta de raídos bienes de una familia vecina, que ha de marchar. Más tontorrona que cándida, al menos la película, dirigida de nuevo por Bob Clark, no cae en el exceso de la destrozona cacharrería del subgénero de películas familiares afines y vecinos conflictivos. Le hubiera venido bien insuflarle algo de chispa, en lugar de mostrar a unos adultos atontolinados, algo que evita la primera, pese a estar interpretados por actores de primera línea como Charles Grodin (1935-2021) y Mary Steenburgen (1953). Sobrevela el concepto, casi perdido, de estimar los instantes y objetos cotidianos que hoy apenas valoramos.


Más lustre muestra Una nueva historia de Navidad (Warner Bros. – HBO), dirigida por Clay Kaytis (1973), responsable de la simpática aunque algo aparatosa –como todo hoy en día- Crónicas de Navidad (The Christmas Chronicles, Netflix, 2018). Está interpretada por los mismos actores que la película original, con una sola excepción que pasaré a comentar enseguida. La triste noticia de la muerte del padre, a quien se recuerda de modo muy sentido en este nuevo relato (agradecimiento a su figura y al actor que la incorporó), provoca el regreso de Ralph a Hohman, Indiana -retruécano de Hammond, en el mismo Estado. Ahora con su propia familia, establecida en Chicago. En la casa de la calle Cleveland continúa estando la madre, esta vez, interpretada por Julie Hagerty (1955), a la que no veía hace unos treinta años en una película (Melinda Dillon debía estar ya muy enferma o retirada). La acción se sitúa en 1973. Al igual que en la primera de las secuelas, el recurso de la voz en off deviene un lastre, sin ese contrapunto jocoso y mejor acabado de la primera parte. Es innecesaria la mayoría de las veces. Pero rescatamos otros aspectos positivos, como la humilde decoración de la casa, que sigue igual que siempre. Excepción hecha de un mueble-televisor que, pese a todo, comparte espacio con el mueble-radio. Los pantalones de pana y los jerséis de cuello vuelto, o que dejan sobresalir los picos de las camisas, también me resultan intemporales. Pero existen otras bienvenidas novedades de cara al espectador, como el bar de Flick, el antiguo compañero de escuela de Ralphie, con Schwartz como uno de los clientes más asiduos. Precisamente, a este le es trasladado “el gran reto” de rigor (en la primera película, pegar la lengua a un poste; aquí, lanzarse por el vetusto trampolín de un olvidado parque de atracciones).


La esposa de Ralph es Sandy (Erin Hayes, lo mejor del reparto), y sus hijos Julie (Julianna Layne) y Mark (River Drosche). Ralph desempeña un rutinario trabajo de oficina, pero lo que de ansía de verdad, su mejor regalo navideño, podríamos decir, es publicar una novela y triunfar como escritor. Algo que logrará solo en parte, y por una vía imprevista (los relatos de su familia que se publican en el periódico local, y la laboriosa esquela de su padre), en lo que es una de las mejores aportaciones de la película. Mientras tanto, solo restan dos días para la Navidad cuando Ralph recibe la luctuosa noticia. En lugar de ser los progenitores los que acudan a Chicago, como ha venido sucediendo los últimos años, para celebrar las fiestas, será Ralph el que acuda a su antigua casa. También ha sido avisado el hermano menor, Randy, al que los negocios van bastante bien. Como ya dije, todos están interpretados por los mismos actores que en la primera.

Ralph sigue siendo un niño adulto, al contrario que su hermano. No obstante, y aunque parezca un contrasentido, cuanto más se aleja la narración de esta perspectiva del adulto (demasiado) aniñado, mejor resulta. La Navidad pinta mal tras la muerte del padre. Pero se reconduce cuando Ralph se anima y entiende que los seres verdaderamente queridos no se marchan nunca, o al menos, no lo hacen para siempre. Cuentan los recuerdos, aunque nos parezca que no siempre están vivos. Y el reencuentro con los viejos camaradas del colegio. Lo cual depara otro momento muy especial, cuando Ralph se topa con el ex matón Scut Farkus, en un giro inesperado y emotivo.

Como apunte divertido, están las llamadas de las esposas al bar de Flick, mientras los aterrados maridos piden angustiados que se les diga que no están allí.


Una nueva historia de Navidad rescata el espíritu de la primera, aunque nada pueda volver a ser lo mismo. Sobresale la idea de volver a casa de los padres, nuestro antiguo hogar; el verse reflejado en los hijos, como un ciclo celeste, y el obituario del padre, que proporciona a Ralph por primera vez el “bloqueo del escritor” (por lo demás, es torrencial, lo que no quiere decir que un escritor maduro). La película deviene bienintencionada y un tanto novedosa, pese a repetirse esquemas como las visualizaciones de los ensueños, la avería del vehículo familiar (con otras derivadas), la molesta presencia de los abusones del barrio, la compra del árbol, los perros del vecino, y el regreso a Higbee’s, aún en activo y resistiendo el paso del tiempo como por arte de magia (a mí me sucede lo mismo con los Almacenes “El 95” de Granada, ya desaparecidos). Aunque lo mejor está, creo yo, en la visita de Ralph al desván, auténtica caja de Pandora, donde reposa el traje de conejo rosa de las navidades pasadas, y el viejo rifle Red Ryder de doscientos tiros.

Cada Navidad puede ser distinta, pero prevalece en lo básico. Es sintomática la escena en que los niños son los que montan el Árbol, frente a la apatía de los mayores. Era más divertido con todos, comenta el adolescente Mark. Lo que hace que, volviendo la vista al pasado más saleroso, los padres vuelvan a implicarse. No pienso rendirme, declara más tarde Ralph ante los infortunios que ha de sortear. Ni mejores ni peores: los más familiares y cotidianos. Al fin, la casa volvía a estar llena de vida.


En la actualidad va todo tan rápido que necesitamos que nos recuerden lo que pasó antes de ayer, sobre todo en política. Tenemos memoria de pez, o solo para lo que nos interesa. Pero en cuanto a los recuerdos más personales, películas como Historias de Navidad nos ayudan a afianzarlos. No es esta primera historia tan complaciente como pudiera parecer a primera vista, pero sí que resulta estrictamente humana. Y encuentra una buena continuación en Una nueva historia de Navidad. Al fin y al cabo, ambas se dirigen a un público infantil y familiar, y en cada infancia y familia uno encuentra de todo.
 


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