El autocine (LIII): El krimi: Alfred Vohrer, Harald Reinl y otros

15 septiembre, 2018

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El krimi fue un tipo de cine policiaco desarrollado en Alemania (Federal), que seguía las características visuales y narrativas del género, con ligeras variantes. Lo compusieron una serie de películas estupendas que, en su gran mayoría, eran adaptaciones del prolífico y disfrutable novelista británico Edgar Wallace (1875-1932), autor, recordemos, del guion de la magistral King Kong (Ídem, Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933). En estas novelas y, consecuentemente, en las películas, se juega continuamente con la sorpresa, circunstancia en la que era un maestro Edgar Wallace. Además, aun filmadas en Alemania, tales historias se ambientaban en Inglaterra, principalmente en Londres, con objeto de respetar y recrear lo más fielmente posible los relatos y la atmósfera originales.

Edgar Wallace
A estas recreaciones, efectuadas a finales de la década de los cincuenta y a lo largo de los sesenta, se añade un blanco y negro soberbio, bien contrastado y expresivo (más tarde, el color no arrojará los mismos resultados). Y luego está la música, que incorpora elementos de misterio, aunque, por lo general, se adscribe a la sonoridad del jazz, nada ajena a los policíacos de dicha época (y posteriores, desde Contra el imperio del crimen [French Connection, William Friedkin, 1971] hasta Arma letal [Lethal Weapon, Richard Donner, 1987], por citar dos ejemplos conocidos).

Más dinámico que psicológicamente reflexivo, las adaptaciones germanas de Edgar Wallace palían este (cuestionable) déficit. No solo importa quién lo hizo, también es remarcable el entretenido desarrollo de la trama.

Ramón Nadal (-), miembro de la Edgar Wallace Society, en el libreto que acompañaba cada DVD (2006), señalaba que la metodología del crimen no es el eje fundamental sobre el que gira el misterio, lo que no significa que el enigma planteado no sea atractivo y la solución inteligente. Edgar Wallace distingue en sus personajes de terror tres grupos: los que están del lado del bien y el orden, y acaban triunfando, los que por ser de carácter débil han caído en la tentación y han delinquido, pero son recuperables para la sociedad, y finalmente, los malvados, los criminales, la parte más terrible de la raza humana, pero que raramente escapa al peso de la ley.

En efecto, las adaptaciones de estos relatos son piezas geométricas de muy intrincadas formas, pero que terminan por encajar. Sin embargo, al contrario de lo que sucede con algunos detectives clásicos, el representante de la ley y la justicia (que en las obras de Wallace suelen ir parejas), con frecuencia no tiene la menor idea acerca de la identidad del asesino, hasta que esta se desvela en la conclusión, generalmente, a través de un ingenioso golpe de efecto. Una dinámica distinta a la del detective que comienza a sospechar de alguien a partir de un punto, antes de pasar a esclarecer el asunto, caso de Hércules Poirot o de las recientemente redescubiertas novelas de Ngaio Marsh (1895-1982), de la mano del inspector Roderick Alleyn.

La banda de la rana
Abrimos nuestro recorrido cronológico con La banda de la rana (Der Frosch mit der Maske, Rialto, 1959), dirigida por Harald Reinl (1908-1986). En un caserón apartado está actuando dicha banda. Como comenta uno de sus integrantes, debemos ser ya cerca de trescientos. No todos se conocen entre sí, y la Rana es el único que va disfrazado (con un simpático atuendo que parece un disfraz de niño); el resto de secuaces tan solo se distinguen por un tatuaje que llevan grabado en la muñeca: ¡ellos también tienen sentido de la pertenencia! No dejan ninguna huella, tan solo el emblema de su grupo, para que quede claro que son ellos los que han estado ahí.

Del que nos muestran las imágenes es su delito número ciento veintisiete, tal y como indica la prensa. Su objetivo, arramblar con todo tipo de objetos de valor e informaciones comprometedoras, para remover las aguas por vía del chantaje.

Pero Scotland Yard está al acecho de todas estas ranas, en la figura de sir Archibald (Ernst Fritz Fürbringer) y su inspector (que acabará como inspector-jefe), William Elk (Siegfried Lowitz). Sir Archibald tiene un resolutivo y risueño sobrino americano, al que le encanta ejercer de detective por afición, Richard Gordon (Joachim Fuchsberger). Fuchsberger (1927-2014) será un componente esencial en la mayoría de los krimi, al contar con la simpatía del público; razón por la que nunca llegó a encarnar a un villano. El actor supo transmitir complicidad y arrojo, estando presente en buena parte de las películas. Junto con su ayuda de cámara James (otro tanto hay que decir del actor Eddi Arent, con su habitual compostura), interpreta una bien filmada huida de la guarida de la Rana, tras algunos días de cautiverio.

A ellos se suman, en esta estructura de historias entrecruzadas, los jóvenes hermanos Ray (Walter Wilz) y Ella Bennet (Elfie von Kalckreuth). Junto a su padre (Carl Lange), y sin aparente nexo con los delincuentes anfibios, componen una familia cuyo secreto es uno de los mejores y más sorprendentes momentos, tanto de la película como del krimi en general.

El círculo rojo
Tras el éxito de La banda de la rana, la compañía Rialto decidió emprender nuevas versiones de las obras de Edgar Wallace. La siguiente fue El círculo rojo (Der Rote Kreis, Rialto, 1960), dirigida por Jürgen Roland (1925-2007). Al igual que en la precedente, la música corrió a cargo de Willy Mattes (1916-2002), pero como el interesado podrá comprobar, a lo largo de la serie las composiciones comparten las mismas características antes descritas. De igual modo, se incorporan imágenes de los lugares más emblemáticos de Londres, para recrear la ambientación tan primordial de los krimis. En lo que se refiere a esta ciudad, las localizaciones son el Big Ben, el río Támesis, Piccadilly Circus o Trafalgar Square. A ellas se añaden mansiones señoriales, ya en suelo alemán, en lo que es un émulo de la campiña inglesa, así como sórdidos callejones oscuros, muelles neblinosos, carreteras comarcales, rincones portuarios y edificios abandonados.

De este modo, se proporciona el adecuado marco a unas tramas insospechadas, donde sobresalen las atmósferas urbanas, campestres y patológicas, las falsas identidades, la vida pasada y secreta de algunos de los protagonistas, o la excelente ambientación de interiores. Casi ningún crimen es producto de la precipitación o la irreflexión, en cualquier caso. Todo ha sido debidamente premeditado, incluso artísticamente premeditado.
El círculo rojo da comienzo con unas imágenes en retrospectiva. Un sujeto va a ser ajusticiado por medio de la guillotina en un lugar de Francia (recordemos que en este país se mantuvo la práctica hasta 1977). Esto, según se comunica, es a causa de los delitos de robo y asesinato. Sin embargo, la atención pasa a centrarse, desde un primer momento, en un verdugo ebrio, en lo que es una de las muchas maniobras de distracción que se producirán a lo largo de las adaptaciones de Wallace. Con esta argucia se logra postergar la sentencia. En tanto esta se materializa, el condenado ya ha escapado.

Años más tarde, una banda apodada El círculo rojo extorsiona y ejecuta a personajes adinerados, atemorizando a toda la ciudad. Precisamente, uno de los mejores momentos de la película lo hallamos cuando la esposa de uno de ellos, Mrs. Carlyle (Erica Beer), vuelve a colocarse su anillo de casada, tras salir de una vivienda. Además de ser chantajeada, sabemos que es infiel sin necesidad de palabras. Su marido, míster Beardmore (Alfred Schlageter), contrata a un detective privado, Derrick Yale (Klausjürgen Wussow), que junto con la ayuda prestada por el veterano inspector Parr de Scotland Yard (un estupendo Karl Georg Saebisch), será el encargado de neutralizar (en lo posible) la amenaza, y desarticular la banda; curiosamente, formada por tan solo… una persona. La presencia física del círculo rojo sobre un papel, una mano o la corteza de un árbol, parece un elemento eficazmente extraído de El signo de los cuatro (The Sign of Four, 1890), de Arthur Conan Doyle (1859-1930), al que Wallace rinde homenaje en esta sorpresiva historia. La señal actúa como una inapelable sentencia de muerte, para todos aquellos que la reciben.

Junto a Yale y Parr están la secretaria de otro pudiente hombre de negocios, Thalia Drummond (Renata Ewert), y otros personajes sospechosos, como es de rigor, además del sargento Haggett, interpretado por Eddi Arent (1925-2013). Esta composición, que destila flema y humor inglés, algo impostada pero entre lo admirativo y lo sardónico, será una constante más a lo largo de la serie, estando servida, habitualmente, por el mismo actor (aunque en distintos papeles).

La banda del terror
Clay Shelton (Otto Collin) formula una maldición antes de ser ahorcado. De este modo, la ejecución de otro criminal es también el punto de partida en La banda del terror (Die bande des Schreckens, Rialto, 1960), dirigida nuevamente por Harald Reinl. Aunque dicha ejecución no se frustra, si es el escenario para una más que curiosa situación. Cual Jacques de Molay (1240-1314) o faraón egipcio, Clay Shelton advierte que, si es ajusticiado, quienes tomen parte en ello morirán en un plazo de pocos días (no se especifica si por causas naturales o no, aunque es evidente que las muertes no se van de deber a la casualidad de unos trágicos accidentes).

Las víctimas serán, según especifica Shelton, el fiscal general del estado, el juez que lo sentenció, su verdugo, el director del último banco que atracó, Monkford (Karl Georg Saebisch); el inspector que lo detuvo, Long (Joachim Fuchsberger), y las personas que impidieron que escapara del recinto, el señor Crayley (Dieter Eppler) y la señora Revenstoke (Elizabeth Flickenschildt).

Como si, en efecto, de una maldición se tratara, se van sucediendo las primeras muertes, con lo que los restantes personajes, sobre todo el valeroso inspector Long, tendrán algún tiempo para tratar de poner fin a tan siniestro mecanismo. No en vano, el ejecutor de tales venganzas parece alguien omnisciente y omnipresente. Más tarde, la acción se concentra en un hotel, donde Harald Reinl vuelve a filmar otra secuencia de acción de forma ejemplar.

Eddi Arent interpreta aquí al miedoso fotógrafo del juzgado. No ha sido directamente señalado por el dedo -o la mano- de la banda del terror, pero se verá seriamente comprometido en esta trama junto a Long y la secretaria de la señora Revenstoke, Nora Sanders (Karin Dor).

En esta ocasión, la música correspondió a Heinz Funk (1915-2013), que añadió algunas notas de free jazz al habitual sostenimiento sonoro (digamos que de Big Band de cámara a orquesta del Tropicana).

Misterio en el castillo de Cornerfleet
Probablemente sea Misterio en el castillo de Cornerfleet (Die seltsame Gräfin, Rialto, 1961), uno de los desarrollos -que no planteamientos- más inconsistentes de todos los krimis que vamos a tratar aquí. La realización de Josef von Baky (1902-1966) no es tan poderosa, en el sentido de saber mantener una suspensión de la credulidad como la de sus colegas Harald Reinl o Alfred Vohrer (1914-1986). Algunas inconsistencias de guion no ayudan a hacer verosímil el relato (no así el ritmo, bien trabajado). Sin embargo, Misterio en el castillo de Cornerfleet se mantiene debido a una particularidad, su atmósfera opresiva, tanto dentro como fuera del escenario del castillo. Todos los personajes parecen aprisionados, aunque solo algunos acaben en las celdas de un sanatorio (el verdadero castillo de los horrores de esta historia). Por suerte, esta prisión real y psicológica, merced al pérfido doctor Tappatt (Rudolf Fernau), no será permanente.

Margaret Ready (Brigitte Grothum) es la secretaria del abogado Shaddle (Fritz Rasp), pero va a dejar su puesto en el bufete para atender a la condesa Leonora Moron (Lil Dagover), dueña del castillo de Cornerfleet, donde también pululan el torvo mayordomo Abrams (Reinhard Kolldehoff), que no es lo que aparenta ser, y el estafador reconvertido en asesor financiero Oliver Chesney (Richard Häussler).

El inspector Mike Dorn (Joachim Fuchsberger) salva a Margaret de dos atentados (habrá más por venir), porque la vida de la joven corre un serio peligro sin que sepamos el por qué. El infatigable pero menos lucido (en esta película) inspector realmente no cuenta a su protegida a qué se dedica con exactitud, sin embargo, ayudará a la secretaria a desentrañar todo este misterio que parece encaminado a perjudicarla sobremanera, y que desemboca en un final algo melodramático, teatral en exceso.

Inesperadamente, a Dorn lo cazan como a un pardillo, con el sobado recurso de tomar una copa cuando no viene a cuento. Además, otra de las inconsistencias a las que antes me refería atañe a Lizzy (Edith Hancke), la amiga y compañera de piso de Margaret, que peca de una grave ingenuidad cuando se cita en el parque con un desconocido que las amenaza por teléfono. El desconocido no es otro que el desaforado interno del sanatorio mental, Stuart Bresset, un Klaus Kinski (1926-1991) que, por sí solo, justifica el visionado de la película, porque está estupendo.

Por descontado averiguará Margaret el por qué de tantas acechanzas y atentados contra su vida, cuando una injusticia jurídica quede al descubierto, en la figura de la ex presidiaria Mary Pinder (Marianne Hoppe), sentenciada por envenenamiento.

¿Pero, no sale aquí Eddi Arent?, se preguntarán ustedes. Sí que lo hace, y está tan divertido como acostumbra. Interpreta nada menos que al hijo de la condesa, lord Selwyn Moron.

El falsificador de Londres
El falsificador de Londres (Der Falscher von London, Rialto, 1961) es un excelente krimi. Realizado por Harald Reinl, da comienzo con algunas imágenes bien ensambladas del gran Derby de Ascott. El inspector Bourke (un estupendo Siegfried Lowitz) es un buen amigo de Peter Clifton (Hellmut Lange), que va a contraer matrimonio con Jane (Karin Dor). Pero sobre Peter se cierne la sospecha, en una de las intrigas mejor trabajadas de todo el ciclo. Por ejemplo, parece que el de los Clifton es un mero matrimonio de conveniencia, pero pronto, gracias a la comprensión y entrega del personaje de Jane, la pareja podrá arribar a mejores puertos. Junto a ella, estará siempre Bourke, dispuesto a averiguar quién es el verdadero falsificador y asesino que asola la capital.

En efecto, muchos parecen respirar aliviados cuando la ceremonia del enlace se completa. A continuación, la pareja ha decidido (o mejor dicho, Peter ha dispuesto) pasar la luna de miel en la residencia de un amigo ausente (del lugar pero no de la trama), el llamado castillo de Langford.

Es este uno de esos escenarios espléndidos con que nos regalará la serie, siendo precisamente El falsificador de Londres uno de los más satisfactorios exponentes en lo que al quehacer sugestivo de los interiores se refiere. Langford es administrado por el misterioso Henry Blomberg (Joseph Offenbach), y a él acudirá el despechado Basil Hale (Robert Graf), que previamente fue rechazado como pretendiente por Jane.

¿Es portador Peter Clifton de una esquizofrenia que le hace padecer doble personalidad? Así lo cree su esposa Jane, que lo ayuda ocultando algunas pruebas que parecen incriminarlo, o su médico, el doctor Donald Wells (Victor de Kowa); si bien, no hasta el punto de considerarlo peligroso…

El falsificador de Londres es pródiga en el mosaico de personajes con aristas: la señora Unters (Sigrid von Richthofen), el abogado Radlow (Otto Collin), Marjorie, la esposa del médico (Mady Rahl), el tío John (Walter Rilla)… Como descubrirá Jane, todo depende del color con que se miran los hechos. ¿Y quién no está loco aquí?, se pregunta ante tales idiosincrasias. Pero además, la película incide en un aspecto que me parece importante señalar, como es el hecho de que la policía de Londres se desenvuelve con eficacia (esto es, que en el krimi los agentes del orden no parecen idiotas para lucimiento del detective de turno, aunque también los haya).

Estupenda música, en esta ocasión, de Martin Böttcher (1927). Y ya que nos vamos a seguir refiriendo a dicho apartado, debo consignar las estupendas recopilaciones que del krimi realizó el sello Prudence, entre 1996 y 2000. Los dos primeros volúmenes estuvieron dedicados a la música de Martin Böttcher, un tercero a la de Peter Thomas (1925), y un cuarto fue repartido, como buenos allegados, entre el resto de compositores que se dan cita en este artículo.

Los ojos muertos de Londres
Cada vez que la niebla se cierne sobre Londres, alguien decide probar suerte en el otro barrio. Se ha convertido en una fea costumbre, pero es algo tan matemático que hasta el inspector Hall de Scotland Yard (Joachim Fuchsberger), no puede evitar preguntarse quién será la víctima esta noche.

Así ha venido sucediendo, de forma alternativa, durante los últimos dos años y pico. Un rico extranjero camina tan tranquilo por entre la neblina, y poco después aparece flotando (boca abajo) en el Támesis. El último caso es el de un comerciante australiano, de paso por la capital, Richard Porter (Erich Weiher). Más tarde, otro personaje pudiente, Gordon Stuart (Hans Paetsch), también se verá expuesto a esta siniestralidad, con el agravante de que hace algunos años tuvo una descendencia ilegítima (lo que parece tener algo que ver con el caso).

En el punto de mira está una compañía de seguros, pero lo cierto es que su responsable, Stephen Jud (Wolfgang Lukschy), se está arruinando a causa del desembolso de tan consecutivas e inesperadas pólizas.

Hall cree que dichos accidentes son unos asesinatos premeditados, pero aún no tiene ninguna prueba. El inspector cuenta con la ayuda de una joven, Nora Ward (Karin Baal), que sabe leer el alfabeto de los ciegos. La razón es que Hall sospecha que tras los ataques se encuentra Jacob Farrel, apodado el ciego Jack (Ady Berber), o alguien parecido, como mano ejecutora de una organizada banda de delincuentes ciegos, que antaño operaba con el vistoso nombre de Los ojos muertos de Londres. Junto al sargento Sonny Harvey (Eddi Arent), Hall tratará de desfacer este enmarañado entuerto, vigilando incluso un concurrido hogar para invidentes. Y por cierto que Fuchsberger está particularmente sublime, bien metido en su papel y haciendo acopio de infinidad de recursos (por ejemplo, cuando rechaza la copa que le sirven en un tugurio de buena muerte).

Si pasamos por alto la licencia que nos muestra al ciego Jack actuando como si no estuviera privado de la vista, la trama no deja de ser disfrutable, poblándose de otros personajes maliciosos, como el extorsionador profesional Flimmerfred (Harry Wüstenhagen), el camarero Matt Blake (Rudolf Fenner), la meretriz y chantajista Fanny Weldon (Ann Savo), o el secretario del señor Jud, un expresidiario llamado Edgar Strauss (Klaus Kinski). ¿Quién se llevará el muerto al agua?

Como curiosidad, Los ojos muertos de Londres (Die Toten Augen von London, Rialto, 1961) presenta unos títulos de crédito en color sobre fondo en blanco y negro (el de la fotografía principal). Algo que se repetirá en otros ejemplos posteriores. La música, con escuetos ramalazos experimentales, encaminados a potenciar los aspectos más terroríficos, compete a Heinz Funk (1915-2013), junto a una fotografía especialmente conseguida de Karl Löb (1910-1983), y la radiante realización de Alfred Vohrer. No deja de estar muy bien traída la escena en la que los ciegos escuchan embelesados la Quinta Sinfonía (1808) de Beethoven (1770-1827), en interpretación de sir Thomas Beechan (1879-1961), mientras el asesino se deshace de un cuerpo junto al Támesis.

(Hubo un remake de la presente historia titulado El gorila del Soho [Der Gorilla von Soho, Alfred Vohrer, 1968], pero resulta claramente inferior en todos los sentidos).

El misterio de los narcisos amarillos
Quien a continuación campa a sus anchas por las calles de Londres es el asesino de los narcisos, llamado así porque los deposita sobre sus víctimas (pasadas a cuchillo), como si fueran el símbolo de un desconocido ritual o venganza. Esta vez, Joachim Fuchsberger no encarna a ningún inspector, papel reservado al taciturno pero agradable Walter Gotell (1924-1997), sino que se pone en la piel de Jack Tarling, el jefe del servicio de seguridad de la compañía aérea Global Airways. La causa es la facturación de un buen número de dichas flores artificiales en las que se oculta heroína. Una sustancia que muestra sus efectos adictivos en la película, y que convierte a los toxicómanos en víctimas dobles, a causa de la droga y del asesino.

Todas estas víctimas estaban relacionadas con el Cosmos Club, del que alguien entra y sale con información privilegiada acerca de las personas que allí trabajan. Entre las que ven peligrar sus vidas están las bailarinas Trudy Mahler (Bettine LeBeau) y Gloria (Ingrid van Bergen). El resto de sospechosos son el empleado Peter Keene (Klaus Kinski), el gerente del Cosmos Club, señor Potek (Peter Illing), el jefe de una empresa de exportaciones, Raymond Lyne (Albert Lieven), su segundo, Oliver Milburg (Marius Goring, el mismo de Las zapatillas rojas [The Red Shoes, Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948]), o la secretaria Anne Rider (Sabina Sesselmann). La droga procede de Hong Kong, China, y es distribuida por la compañía de Lyne (sin que esto señale al culpable).

A Tarling le ayuda en su investigación su homólogo oriental Ling Chu, una estupenda caracterización de Christopher Lee (1922-2015), que en tanto se resuelve el asunto nos obsequia con unos divertidos y oportunos proverbios chinos.

El misterio de los narcisos amarillos (Das Geheimnis der gelben Narzissen, Rialto-Omnia, 1961), fue acometida por el húngaro afincado en Alemania Akos von Rathony (1908-1969), en coproducción con Inglaterra.

Marisa Mell y Pinkas Braun en Gánsteres en Londres
Muy apreciable es también Gánsteres en Londres (Das Rätsel der roten Orchidee, Rialto, 1962), de Helmuth Ashley (1919), que en su versión original tiene el más sugestivo título de El enigma de la orquídea roja.

El relato arranca en Chicago, 1960. Allí, en un hotel de lujo es exterminada la banda de O’Connor por la de Kerkie Minelli (Eric Pohlmann). Con una sola excepción, el Bello Steve (Klaus Kinski), que se libra por los pelos.

La acción se traslada entonces a Londres, un año más tarde. Junto al inspector Weston (Adrian Hoven), está el capitán americano Steve Allerman (encarnado por el británico pero siempre versado en acentos Christopher Lee). Siguiendo la pista de estos criminales y extorsionadores asentados en Londres, Weston y Allerman se ponen en contacto con una de las potenciales víctimas de chantaje, el señor Tanner (Fritz Rasp) -pronto difunto señor Tanner-, a través de su secretaria Lilian Ranger (Marisa Mell). Tanner tiene un sobrino botánico llamado Edwin (Pinkas Braun, de gran parecido con Peter Cushing [1913-1994], por cierto), que también se persona por aquello del testamento.

Las bienvenidas notas de humor corren a cargo del sempiterno Eddi Arent, como el indestructible mayordomo Parker, ya que ha sobrevivido a todos los atentados de que han sido víctimas sus señores, a los que ha servido con la mayor diligencia. Y aunque el personaje de la esposa del gánster Minelli, Cora (Christian Nielsen), es contra todo pronóstico esencial para el cierre de la trama, el director se permite el guiño de presentarla leyendo a Edgar Wallace. También hallamos humorismo en el careo a dos bandas entre el Bello Steve y Minelli (incluso musical), así como en los desprejuiciados asesinatos y en la definición de una de las organizaciones criminales, al firmar como patronato para la protección del rico: al más puro estilo inglés, quien no compra su seguridad es liquidado. Podemos añadir el papagayo que identifica las profesiones, en el estanco que el Bello Steve posee como tapadera, o el dramático comentario del compinche Baby Face (Edgar Wenzel), cuando asegura, ante un compañero, ¡que él es un gánster honrado! Este personaje me recuerda a los que, en la misma línea y género, interpretaba Elisha Cook Jr. (1903-1995).

La ironía última reside en que todo este despliegue parece únicamente encaminado a que las bandas rivales diriman sus fuerzas en el territorio de Londres, ¡porque el coste de asesinar a los chantajeados se nos antoja claramente superior a los ingresos por extorsión!

Peter Thomas comienza aquí, que yo sepa, sus colaboraciones como compositor de la serie, ofreciendo una creación vivaz, que a veces puntea con un golpe de trompetas, la paráfrasis, o algunas pinceladas cómicas o dramáticas. Como ejemplo, valga la incorporación de las características notas del Big Ben al tema principal de la película.

La posada del Támesis
El Támesis no podía dejar de ser un protagonista destacado en uno de los krimis. Como sucede en La posada del Támesis (Das Gasthaus an der Themse, Rialto, 1962), dirigida por Alfred Vohrer. Resulta que por sus contornos anda suelto el asesino del arpón, cuyos caminos van a dar a la posada Mekka (Meca), situada frente al río, aunque digamos que en la parte menos glamurosa de su recorrido (en realidad, se trata del distrito de Greenwich, ubicado así mismo, a la orilla del Támesis).

Sobre toda la película va a flotar ese ambiente fluvial, sin apenas incursionar en otros terrenos circundantes, e igual de peligrosos, de la capital. El encargado de atrapar a este diablo de las aguas turbias es el inspector Wade (Joachim Fuchsberger), con la escuálida pero voluntariosa ayuda de uno de los residentes del río, Barnaby (lo han adivinado, Eddi Arent).

Mogollón de sospechosos compiten por hacerse con el arpón de oro, entre ellos, la espeluznante dueña de la posada y taberna, Mrs. Nelly Oaks (la inquietante Elisabeth Flickenschildt), su inquilino, el comerciante Gubanow (el no menos tranquilizador Klaus Kinski), el contrabandista míster Lane (Jan Hendriks), el capitán míster Broen (Heinz Engelmann), o incluso la joven damisela en apuros, sobrina de Nelly Oaks, Lila (Brigitte Grothum).

Un momento especialmente afortunado e inspirado de la película, resuelto de forma estrictamente visual, es aquel que muestra el intento de asesinato, dentro de su habitación en la posada, de uno de los inquilinos, que se libra gracias a la disposición de un espejo. El truco no se detiene ahí, y ya de forma argumental, dicho personaje mostrará -cómo no- que no es ni mucho menos aquello que en principio se nos hizo creer.

La posada del Támesis cuenta con la pizpireta y remansada música de Martin Böttcher, y tiene de nuevo la singularidad de presentar unos créditos en color sobre las imágenes del río, en fluyente blanco y negro. Inquietantes resultan, igualmente, los dos adornos de la posada con forma de brazo y mano; uno de ellos, empleado como expresivo ornato de un pasamanos, y el otro, sobre una mesa, ¡ayudando a sostener un cigarrillo!

Klaus Kinski y Heinz Drache en La puerta de las siete cerraduras
De nuevo es Alfred Vohrer el encargado de poner en escena otra imaginativa pieza de Edgar Wallace. En plena estación de Paddington, en Londres, el padre O’Brien (Arthur Schilsky) cae fulminado bajo los efectos de un zumo demasiado cargado. Junto a otros ilustres antecesores en el cargo de difunto, el sacerdote es portador de una misteriosa llave, aunque Scotland Yard no sabe para qué cuernos sirve. Una pista la recibe el diligente inspector Richard Martin (el eficaz Heinz Drache), cuando el ex presidario y experto en cerraduras Pheeny (Klaus Kinski), le visita en su apartamento, dándole una insólita información acerca de un cometido que rehusó por temor de su vida: tratar de abrir una vetusta puerta con siete cerraduras. Pheeny no conoce ni el lugar ni sus contratantes, ya que fue llevado con los ojos vendados, pero Martin y su ayudante Holms (Eddi Arent), se pondrán manos a la obra.

El escenario donde transcurre buena parte de La puerta de las siete cerraduras (Die Tür mit den sieben schlössern, Rialto, 1962), es un caserón, al más puro estilo gótico, llamado Selford Manor. De hecho, fallecido (se supone que por causas naturales), lord Engus Selford, el albacea y administrador de la finca, el señor Havelock (Hans Nielsen), pone en marcha el mecanismo de la herencia, en la figura del único descendiente directo de lord Engus, lord Pierce Selford (hemos de mantener el anonimato), que el trece de abril cumple la mayoría de edad estipulada. Existe otra posible heredera, si a este le sucediera algo, la prima Sybill Lenton (Sabine Sesselmann), una joven que trabaja de bibliotecaria.

Aparte de un vecino de la zona, el doctor e investigador Antonio Scaletti (Pinkas Braun), por Selford Manor y sus inmediaciones tan solo deambula el matrimonio formado por Bertrand Cody (Werner Peters) y Emily Cawler (Gisela Uhlen), antiguos administrador e institutriz de lord Pierce, además del chófer y mayordomo Tommy Cawler (Jan Hendricks), y el mozo de cuerda -¡o de soga!- Jaco (Ady Berber).

Lo curioso de esta historia es que, salvo en un caso, el espectador conoce la identidad de los criminales y chantajistas, como sucede con esa especie de doctor Frankenstein que es Scaletti (el hecho de que este esté interpretado por Pinkas Braun [1923-2008], como sucedía en Gánsteres de Londres, no parece casualidad). De forma que, como en los relatos de Colombo (1968-2003), cabe esperar al espectador que los investigadores averigüen y atrapen a los responsables.

¿Qué oscuro secreto aguarda tras la misteriosa puerta de las siete cerraduras? (nada ha de ver con una escuela, despensa o sepulcro del Cid: infortunadísima frase, por cierto).

La amenaza amarilla
Clifford Lynn (Joachim Fuchsberger) sorprende a unos ladrones en su jardín de Hong Kong, en China. Estos han tomado -y no prestado, precisamente- un valioso objeto en forma de serpiente enjoyada. Clifford logra recuperarla, pero se la guarda para tratar de averiguar quién anda detrás de dicho intento de robo. Naturalmente, o casi diría que de forma intuitiva, Cliff -que atiende más por su diminutivo-, tiene a un sospechoso en mente, su hermanastro Fing-Su (Pinkas Braun), pero su padre no le permite dudar de él (ambos son hermanos solo por parte de padre). Como Fing-Su se desenvuelve por Londres, dejando creer al progenitor que la serpiente ha sido robada, Cliff parte hacia esta ciudad.

¿Qué valor puede tener este ofidio de adorno? Lo cierto es que la serpiente amarilla, como se concreta en el título original, es portadora de una maldición que, con bastante acierto, no se explicita, pero que es tenida por real (algo así como un macguffin telúrico). Solo sabemos que la fecha propicia para la consumación de su poderío es el día consagrado al dragón, el diecisiete de noviembre.

Así, La amenaza amarilla (Der Fluch der Gelben Schlange, Rialto, 1963) es un estupendo krimi, realizado, en esta ocasión, por Franz Johan Gottlieb (1930-2006). Cliff y su padre, Joe Brand (Fritz Tillmann), no son los únicos con problemas. El primo de este último, el prestamista Stephan Narth (Werner Peters), se enfrenta a la amenaza de un desfalco por el que ha de cubrir una cantidad de cincuenta mil libras si no quiere perder su negocio, una firma de inversiones. Lo cierto es que a Stephan lo han estafado, como le recuerda su colaborador ocasional míster Spedwell (Charles Regnier). Pero una oferta inesperada de la mano del misterioso exportador e importador Graham St. Clay (hemos de mantener oculta su identidad), le hará poder cubrir gastos, aunque a un elevado precio.

De avisar a la policía nada, Cliff desea resolver este asunto por su cuenta y riesgo, aunque finalmente, sí que llega a solicitar la ayuda de Scotland Yard (siguiendo la tradición de la serie, de respeto a la institución). Stephan tiene una sobrina, Joan (Brigitte Grothum), que recibirá las atenciones de Cliff entre unas cosas y otras, además de una hija con carácter más avinagrado, en apariencia, Mabel (Doris Kirchner). A ellos se suma el coleccionista de arte chino Samuel Carter, al que da vida un sensacional Eddi Arent. Asimismo, inolvidable resulta la idea de un mini-templo maldito bajo una factoría, en pleno puerto de Londres, lugar donde se desarrolla el ritualizado desenlace de la maldición de la serpiente amarilla. Por último, he de recalcar la originalidad de una banda sonora de tonalidades electrónicas, a cargo del pionero Oskar Sala (1910-2002), que confiere a las imágenes de la película una extraña personalidad. Hasta las lámparas y señales luminosas emiten un rítmico zumbido electrónico.

La araña blanca
No se sabe si el ludópata Richard Irvine (-) se ha quitado la vida o si ha sido quitado de en medio en La araña blanca (Die Weisse Spinne, Arca-Winston Films, 1963), uno de los krimis no sustentados por una pieza de Edgar Wallace. En este caso, la novela era de Louis Weiner Wilton (1875-1945).

Después de que el inspector encargado del caso (Paul Klinger) sea también asesinado, en un sorprendente quiebro de la narración (algo así como matar a la protagonista de la película en el primer tercio de la misma), será el criminólogo australiano Raymond Conway (mantengamos el suspense), el encargado de dilucidar la cuestión. No conoceremos su verdadera identidad hasta el final. Sin embargo, Conway contará con la inesperada ayuda de Ralph Hubbard, un ex presidiario por estafa (Joachim Fuchsberger), en una investigación que pasa por el misterioso gerente de un garito donde aparentemente solo se juega...

Pues bien, lo interesante de esta historia, además de la continuada presencia de un amuleto amenazador en forma de araña de cristal blanco, es que apenas uno de los personajes que interviene en ella es lo que dice ser. El honor de la excepción cabe a Muriel Irvine (Karin Dor), leal a su rol hasta las últimas consecuencias. Por lo demás, La araña blanca es el paroxismo de las falsas identidades, aparte de que, en otra de las ideas más originales de la película (y supongo, la novela), el ardid del amuleto es copiado por el asesino, pasando a representar de forma simbólica a toda una organización criminal.

Peter Thomas prosigue a cargo de la música, en la que es una de sus mejores contribuciones al género, y Harald Reinl se ocupa de la dirección.

El pañuelo asesino
De regreso al territorio Wallace, como en el resto de películas que vamos a considerar aquí, hemos de detenernos en el incomparable castillo escocés de Marks Priory. Allí, en el prólogo previo a los títulos de crédito, lord Francis Lebanon (Eberhard Junkersdorf) ha sido asesinado por estrangulamiento con un pañuelo, como después se sabrá, procedente de la India. Más tarde, los herederos del finado se reúnen en el castillo, en la típica -y siempre bien acogida- escena de la lectura del testamento. De ello da fe el albacea del difunto, el abogado Frank Tanner (Heinz Drache), ante unos progresivamente desconcertados familiares. Para poder tener acceso a la fortuna, dividida en partes iguales y acumulativa por estiramiento de pata, habrá que permanecer en la mansión por un periodo de seis días con sus noches. Todo muy calculado por milord, con el fin de que, como él mismo aclara en otra disposición posterior, su familia haya tenido tiempo de ir matándose los unos a los otros.

De este modo, El pañuelo asesino (Das Indische Tuch, Rialto, 1963), es una divertida trama, que mezcla a Edgar Wallace con Agatha Christie (1890-1976), y en la que se pone en marcha toda la parafernalia de rigor, insisto que bien acogida y que permite disfrutar de la misma: tormentazo a la vista, cortes de luz, incomunicación con el exterior, rostros circunspectos, pasadizos secretos, trastornos, menoscabos, implicaciones ocultas… y la frase, imprescindible, ¿por qué iba yo a asesinar a fulano? Todo un festín.

Así, en Marks Priory parece complicado poder vivir en buena paz y armonía (si acaso reposar). Los deudos, no es que se disputen veladamente los cuartos, es que conforman una excelente muestra del talento más falaz de los seres humanos. Está la hija de milord, milady Emily Lebanon (la siempre inquietante Elisabeth Fickenschildt), su sobreprotegido hijo Edward, pianista hiperestésico (Hans Clarin); su tío, el naturalista sir Henry Hockbridge (Siegfried Schürenberg), el reverendo Hastings, hermano de milord (Alexander Engel), la prima Lissi (Gisela Uhlen), su marido americano Tilling (Hans Nielsen), el médico de la familia Amersham (Richard Häussler), el escultor Peter Ross, hijo natural del barón (Klaus Kinski), la pariente lejana Ila Harris (Corny Collins), y el jardinero y chófer Chico (el grandote Ady Berber). Además, tratando de poner algo de orden a todo este batiburrillo, está el afanoso mayordomo Bonwit (un maravilloso Eddi Arent).

Se me olvidaba el ruidoso perro Fike.

Con semejantes mimbres, no le falta razón a milady al solicitar ¡un poco de compostura!

Hans Clarin y Elisabeth Flickenschildt en El pañuelo asesino
Alfred Vohrer es capaz de crear un destacado suspense ya desde la secuencia de apertura, cuando acontece el asesinato de milord, sin que conozcamos muy bien la implicación de los que se hallan en el interior del castillo. Remarcable es, así mismo, la imagen de uno de los personajes inyectándose una sustancia, o la visita a los pasajes más recónditos del emplazamiento. Durante la lectura de las primeras disposiciones del testamento, también ofrece el realizador un expresivo y jacarandoso plano circular, con el elocuente rostro de los implicados. Sin olvidar la inclusión de bien hallados rasgos de humor, como el del espía que atisba desde los pechos de un retrato, Bonwit retirando, progresivamente, los cubiertos de los comensales difuntos, la mesita rodante que sigue sus órdenes, y un lenguaraz loro. Hasta Beethoven, merced a los arreglos musicales de Peter Thomas (junto con Chopin [1810-1949] y Rachmaninov [1873-1943]), tendrá una relevancia escultural a la hora de arrojar luz al enigma de Marks Priory. En este sentido, especialmente notable resulta el momento de descubrir al asesino (aunque otra persona cargue con la culpa, momentánea y conscientemente).

El misterio del cuarto número trece
Magnífico krimi me parece El misterio del cuarto número trece (Zimmer 13, Rialto, 1963). El diputado sir Robert Marney (Walter Rilla) está siendo chantajeado. Ustedes pensarán que bastante desgracia tiene el hombre con pertenecer al ámbito de la política (en este caso, el Parlamento británico), pero el villano en cuestión es aún más pérfido, siendo un antiguo compañero de armas y extorsiones (¡porque menudo currículo el de sir Marney!). El chantajista es Joe Legge (Richard Häussler), jefe de una banda de atracadores que ahora planea el robo a un tren con dinero; es decir, el asalto a un tren en toda regla. Además, se da la trágica circunstancia de que hace veinte años, la esposa de Marney fue hallada muerta, en lo que se entendió que fue un suicidio por degollamiento.

Marney es dueño de un imponente castillo, digno de un cuento… gótico, donde mora junto a su hija Denise (Karin Dor) y su mayordomo Ambrose (Eric Radolf).

Mientras todo esto acontece, el asesino de la navaja barbera sigue suelto por Londres y sus aledaños. En tanto se le pone coto, el refugio de los malhechores será el local de alterne Highlow, regentado por el inquieto Joe Igle (el fenomenal Hans Clarin, que hizo de hijo de la condesa en El pañuelo asesino).

Marney contrata al detective privado Johnny Gray (Joachim Fuchsberger), siendo esta una de las raras ocasiones en que dicho personaje es el protagonista de uno de los krimis (lo suelen ser los inspectores de policía). A Gray le echará una mano en sus investigaciones el médico de Scotland Yard, Higgins (Eddi Arent), una mezcla entre el profesor Bacterio o Franz de Copenhague, y McGyver

Más aún, El misterio del cuarto número trece es uno de los pocos relatos que muestra a Scotland Yard de forma algo jocosa (recordemos que el protagonista es detective privado), de la mano del superintendente sir John (Siegfried Schürenberg, también estupendo).

Gracias a la habilidad en la dirección de Harald Reinl, resulta especialmente imaginativa la forma de mostrar el asesinato de una bailarina o, posteriormente, de una integrante de la banda, la señorita Pasani (Kai Fischer), en el Highlow Club. Así como la huida de Denise del mismo lugar, mientras Grey y Higgins acuden al rescate; una secuencia muy brillante, como lo es todo el montaje de la película, obra de Jutta Hering (1924).

Finalmente, todos los personajes (que quedan vivos) confluyen en el castillo de Marney, donde se pone término al caso (a ambos casos), como cabía suponer, dado el pasado de los contendientes, a tiros, en una escena seca y excelente. La película cuenta también con una de las mejores partituras de Peter Thomas.

El delator
Larry Graeme (Michael Chevalier) sabe quién es el delator de una banda de malhechores, pero desafortunadamente, no sobrevive a los títulos de crédito para contarlo.

Resulta singular el hecho de que en El delator (Der Zinker, Rialto, 1963), pieza de fuerza puesta en escena por Alfred Vohrer, no haya ninguna damisela en apuros en sentido habitual. Aquí, Beryl Stedman (Barbara Rütting), es una novelista que, conforme avanza la trama, averigua que su integridad ha sido burlada. Su tía es Nancy Mulford (una estupenda Agnes Windeck), la cual mantiene el negocio familiar de transporte y exportación de animales salvajes. Pese a la buena disposición de la señora Mulford para reinsertar a algunos ex convictos, parece rodeada de auténticos aprovechados que trafican con los animales; en concreto, con el veneno de una mamba negra africana, como refinado e incisivo modo de asesinar. Este es el “delator” al que hace referencia el título de la película, alguien que se vale de los delitos cometidos por otros para poner en práctica los suyos propios.

Tras la pista de los asesinatos se pone el inspector Elford (el versátil Heinz Drache es doblado al español por el maravilloso José Guardiola [1921-1988], que esta vez no presta su voz a ningún villano). Al tiempo, tras la pista del inspector anda el reportero y fotógrafo del Telegraph, Joshua Harras (Eddi Arent), cuyo jefe, el redactor Geoffrey Fielding (Siegfried Schürenberg), anda algo escamado porque un tal J.O.S. se les adelanta siempre con la información en un diario de la competencia.

Alfred Vohrer se las ingenia para que el desarrollo argumental sea un continuo retruécano que sabe mantener la atención del espectador. Una vez más, sabemos quién es el brazo ejecutor del criminal: el cuidador del recinto de animales, Krishna Alexander Jefferson -como lo leen-. Un Klaus Kinski que, si ya es peligroso por sí mismo, aún lo es más esgrimiendo una serpiente mientras esboza una poco conciliadora sonrisa. Vohrer también depara una bonita escena entre Beryl y Elford, frente al Puente de la Torre de Londres, es decir, filmada in situ. Como el espectador averiguará, en esta película, que también hubiera podido llamarse los infiltrados, el inspector posee un buen abanico de recursos… humanos.

¿Quién será el delator? ¿El pretendiente de Beryl y gerente de tan particular zoo, Frank Sutton (Günter Pfitzmann), el doctor Green de Scotland Yard (Heinz Spitzner), el joven delincuente reformado Jimmy Green (Winfried Groth), el excarcelado Thomas Leslie (Jan Hendricks), el encargado de las fieras Brownie (Heinrich Gies), el mayordomo James (no se rían, menuda cara le presta Albert Bessler); lo será Millie Trent, la secretaria de Sutton (Inge Langen)?

Desde luego que Elford resuelve el caso en una operación final muy bien montada, devolviendo cada fiera a su jaula. ¡Ahora tan solo falta averiguar la identidad del misterioso J.O.S., que siempre le pisa la noticia al reportero Harras!

El abad negro
A continuación, imagínense que van caminando tranquilamente por las ruinas de una abadía (¿por qué no?), y que les sorprende un monje, embozado de arriba abajo, con un arma. ¿Qué no es posible? Todo es posible en el krimi.

Lo más curioso de El abad negro (Der Schwarze Abt, Rialto, 1963), es el tono paródico que desarrolla. No sé si este circunstancial viraje se debe a la dirección de Franz Joseph Gottlieb, que pese a haber dirigido la notable La amenaza amarilla no era un habitual de la serie. Con ello no quiero decir que en el resto de películas no predomine el humor como elemento constitutivo, pero El abad negro se halla bastante más cerca de la parodia, aunque la sorprendente argucia del abad esté a la altura de las más sofisticadas resoluciones de otros relatos.

El (formidable) castillo de Chelford Manor es un nido de pasiones ocultas y desatadas, además de manifestarse en él todo tipo de chantajes terroríficos. Por si esto fuera poco, se asegura que por sus alrededores aún se oculta un tesoro (con su mapa incluido), y vaga la figura de un abad, como si fuera un fantasma.

El administrador de la propiedad es el primo de lord Harry Chelford (Dieter Borsche). Se trata de Dick Aldord, nuestro Joachim Fuchsberger, que además actúa como protector de Harry Chelford, el cual irá progresivamente perdiendo sus cabales (aunque no es el asesino). Le rodean su antigua secretaria, Mary Wenner (Eva Ingeborg Scholz), el doctor Loxon (Friedrich Schoenfelder), el abogado Arthur Gine (Harry Wüstenhagen), su hermana Leslie (Grit Boettcher), pretendida tanto por Chleford como por Alford, y el corredor de apuestas y embaucador Fabian Gilder (Werner Peters).

Para completar el cuadro, el mayordomo de la casa es Thomas Fortuna (sic) (Klaus Kinski). Al lado de estos, el abad asesino que corretea por el cenobio anejo es como un niño de teta. Aparte de que la abadía parece la estación del metro, de la de gente que se sucede. Bajo sus cimientos se halla una laberíntica cripta, donde convergerán todos estos profanadores. Allí se oculta el tesoro y unos simpáticos murciélagos de trapo. Pero no hay cuidado, la atmósfera y los decorados siguen siendo de primera, junto a la envolvente música de Martin Böttcher.

No hay más que problemas en esta casa, diagnostica lord Chelford ante el doctor Loxon. A lo que el inspector Puddler (Charles Regnier) y su ayudante Horatio (Eddi Arent) han de convenir. Si todo el mundo practicara el yoga, lo más seguro es que no se hubiera cometido el crimen, explica Horatio.

(Recobramos la cordura -hasta cierto punto- con nuestro siguiente krimi).

Siegfried Schürenberg y Joachim Fuchsberger en El Brujo
El Brujo no es un personaje que se dedique a la brujería, aunque aparece y desaparece como por arte de magia, es más bien un apodo. Hace algunos años, esta persona, de la que no vamos a facilitar su identidad, pero cuyo nombre en la ficción es Arthur Milton, se tomó la justicia por su mano. Es por ello que el inspector Edgar Higgins de Scotland Yard (Joachim Fuchsberger), recalca que no era un criminal, al menos, en el sentido habitual del término. Ahora que la hermana de Arthur, Gwenda Milton (Petra Linden), ha sido asesinada, se espera que el Brujo regrese. Exilado fuera de Inglaterra por sus problemas con la justicia, es seguro que el personaje ha determinado volver, para aplicar su ley a los criminales. De momento, la que regresa, sin necesidad de ocultarse, es la esposa, Cora Milton (Margot Trooger).

Gwenda trabajaba como secretaria en el bufete del abogado Maurice Messer (Jochen Brockmann), como muy pronto vamos saber, responsable de una banda organizada de delincuentes dedicada a la trata de blancas. Quiénes asesinaron a Gwenda, ya pueden echar a correr (pues esconderse no parece lo más efectivo). Como añadirá Higgins, el Brujo acostumbra a resolver a su manera los casos que le interesan, y sin miramientos de ninguna clase.

En este caso -y nunca mejor dicho- El Brujo (Der Hexer, Rialto, 1964) es la adaptación de una de las obras teatrales de Edgar Wallace (siendo habitualmente sus novelas el origen de estas películas). En la presente lectura, destaca la incorporación de algunos aspectos abiertamente sensuales, entiendo que como influencia de las nuevas películas de James Bond. Estos toques sexis vienen dados por la vivaracha novia del inspector, Elisa Peyton (una desenvuelta Sophie Hardy), y su secretaria Jean Osbourne (Ann Savo). Una sofisticación que se traslada al empleo de determinados gadgets, como el submarino empleado para deshacerse de los cadáveres en el río Támesis. El propio Higgins se reviste de atributos muy cercanos a los del agente doble cero. Hasta la música del siempre competente Peter Thomas adquiere sonoridades pop.

El Brujo se distingue, además, por reunir en su trama a tres de los actores que mejor han sabido encarnar, en la serie, a inspectores de Scotland Yard: junto a Fuchsberger están Heinz Drache (1923-2002), que aquí se presenta como el autor de novelas policíacas James W. Wesby, y Siegfried Lowitz (1914-1999), que interpreta al inspector Warren y ayuda a su colega Higgins en el caso (aparte de que Siegfried Schürenberg vuelve a personificar a sir John).

Del Brujo no se sabe qué aspecto tiene, salvo por el inspector Warren, que lo vio años atrás. El realizador Alfred Vohrer va dejando un reguero de sospechosos, hasta que finalmente, se descubre la identidad. Asimismo, descubrimos un plano en Trafalgar Square, que es gemelo a otro que aparecía en El delator. En ambos, se nos muestra a un vendedor de periódicos y al personaje encarnado por Eddi Arent (aquí en el papel de Archibald Finch, un cleptómano metido a mayordomo).

Eddi Arent en Vuelve el Brujo
Vuelve el Brujo (Neues vom Hexer, Rialto, 1965) prosigue con las andanzas de tan escurridizo personaje. Aunque en esta ocasión, ocurre que alguien está usurpando la personalidad del Brujo, maestro de las caracterizaciones él mismo, para en su nombre, mermar el número de miembros de la acaudalada familia Curtain. El primero en caer ha sido lord Curtain (Wilhelm Vorwerg), y como sabremos al inicio de Vuelve el Brujo, el responsable ha sido su sobrino, Archie Moore (Robert Hoffmann), en connivencia con Edwards (Klaus Kinski), el parsimonioso mayordomo de la familia que, además, toca el harpa (viniendo de quien lo interpreta no ha de sorprendernos). Pero ambos tan solo están a las órdenes de otra cabeza pensante. El arco de sospechosos es, como no podía ser de otro modo, colorido y extenso. ¿Será milady Aston (Brigitte Horney), hermana del lord, Angie Fielding (Barbara Rütting), la sobrina pintora, el doctor Mills (Karl John), el abogado Bailey (Heinz Spitzner), o un difunto hermano del lord? (hasta esta posibilidad se baraja).

Otros asesinatos se sucederán después, pero ya anda Athur Milton, el Brujo, de regreso a Londres para limpiar su nombre, echando de paso una mano a Scotland Yard. De hecho, sir John (Siegfried Schürenberg) se vale del inspector australiano James Wesby (Heinz Drache), porque, como él mismo explica, ya sabe usted que nuestro buen Higgins (de la anterior película) se ha casado, con lo que sir John necesita a su lado a alguien que ya se haya tropezado antes con el Brujo.

En realidad, el objetivo último de dichos crímenes es el joven y mutilado heredero Charles Curtain (Teddy Naumann), que depara la escena más asombrosa de la película cuando, merced a los asesinos, es dejado en compañía de unas fieras salvajes de las que, pese a todo, se hace amigo. Alfred Vohrer filma la escena con sensibilidad, aunque sin dejar de lado un tenso dinamismo. El director añade algún simpático toque de humor, como la interacción de Arthur Milton y su ayuda de cámara Archibald Finch (Eddi Arent), con la novela (inventada) de Edgar Wallace que, se supone, da pie a la película. Digo inventada y se supone, porque Vuelve el Brujo presentaba un guion original, basado en la anterior pieza teatral. Algo así como el chascarrillo de la metaficción. Por su parte, los decorados de la trama vuelven a ser impecables.

El encapuchado
Estoy desconcertado, ocurren cosas muy extrañas, admite el inspector Bratt (Harald Leipnitz) en El encapuchado (Der Unheimliche Mönch, Rialto, 1965). No es para menos, habiendo espichado el patriarca de la familia Gilmore, milord Gilmore (Alfred Schlageter). Para repartirse la herencia, solo quedan sus hermanos William, médico (Dieter Eppler), Richard, abogado (el versátil Siegfried Lowitz), y Patricia (Ilse Steppat), cuyo hijo es poco menos que un sátiro, Ronnie (Hartmut Reck). Junto a ellos también se encuentran Gwendolina Gilmore (Karin Dor), nieta del fallecido y sobrina del resto, el poco tranquilizador profesor de francés D’arol (Kurt Pieritz), el conserje y bedel Smity (Eddi Arent), y un inquilino de Patricia, el señor Alfons Short (Rudolf Schüdler), artista funerario y amante de las palomas.

Se da la circunstancia de que el padre de Gwendolina, hermano de los antedichos, se haya preso por un crimen que cometió, pero del que no es culpable (en fin, una trampa que se le tendió y que quedará aclarada a lo largo de la película).

La residencia familiar es el inmemorial y extraordinario Castillo de Dartmoor, antiguo convento que, de un tiempo a esta parte, se ha convertido en un internado para señoritas. También ellas verán sus vidas amenazadas, porque a las intrigas familiares se unirá la villanía del fantasma de un ancestral monje encapuchado, que deambula por aquellos parajes. Una leyenda que toma forma muy real. Así, asediado el castillo por pérfidos malandrines, de este y el otro mundo, quedan los intrigantes miembros de la familia, y los secuaces al servicio del -bastante más piadoso de lo que parece- monje encapuchado.

Brad (Harald Leipnitz) es un policía que habrá de moverse bastante para esclarecer los hechos. Y lo hace con resolución, pese a los obstáculos que le tienden y a sir John, del que no se puede decir que sea un dechado de intuición (Siegfried Schürenberg está estupendo).

La espléndida realización de Harald Reinl no solo es dinámica, sino también expresiva, como demuestra en el excelente decorado del ático en el que habita míster Short, donde cuelgan las mascarillas mortuorias que elabora (¡de difuntos o de futuros difuntos!).




De este relato se realizó una nueva versión -más que remake- titulada El monje del látigo, o también El enigma rojo (Der Mönch mit der Peitsche, Alfred Vohrer, 1967), pudiendo destacarse la incorporación en la trama de un gas venenoso y devastador, así como de Joachim Fuchsberger en el reparto, y una guarida del villano a la usanza de las de James Bond. Casi todo lo demás se mantiene, salvo con ligeros cambios argumentales. En esta ocasión, la película fue filmada a color, siendo el malvado poco menos que un penitente ataviado de rojo con látigo en ristre. Pese a hacer gala de un montaje bastante ágil, en comparación resulta más descoyuntada.

El templo del hampa
La situación no puede ser más estrambótica en El templo del hampa (Das Geheimnis der Weissen Nonne - The Trygon Factor, 1966), de Cyril Frankel (1921-2017). Filmada esta vez íntegramente en Londres, en color y con la participación de excelentes actores ingleses, la historia se desarrolla, en buena medida, en una típica mansión inglesa llamada Emberday, que acoge en sus dependencias a una congregación de monjas. Es una forma de conservar la propiedad, que no excluye la visita de los turistas.

Las buenas hermanas se dedican con fervor digno de mejor causa al hurto y estraperlo de joyas robadas y lingotes de oro, bajo la mirada atenta y aviesa de la Madre Superiora (Brigitte Horney). Como ocupación artesanal no está nada mal, y deja sus buenos dividendos, tanto a la orden como a la dueña del caserón, Livia Emberday (la estupenda Cathleen Nesbitt).

Conforme la trama se va clarificando, el eficaz inspector Cooper-Smith (Stewart Granger), se queda a cuadros, aunque por suerte contará con la ayuda de Sophie, la recepcionista de un hotel de las cercanías (Sophie Hardy). El templo del hampa se adscribe, además, al género de robos durante su segunda mitad. Ciertamente, se dedican estas monjas al enriquecimiento interior, ¡aunque de forma nada espiritual!

Miradas, encuentros, idas y venidas por el entorno de la mansión, el hotel cercano o un almacén junto al Támesis, son testigos de estos fingidos modales monásticos. De la adversidad nadie escapa, como confirma el espeluznante destino de la hermana Claire (Diana Clare), o del amigo de la familia Hubert Hamlyn (Robert Morley). Hasta otros delincuentes serán pasto de tanto recogimiento (de bienes ajenos), como le sucede a her Clossen, alias el tío Mortimer (Eddi Arent).

Crímenes escabrosos y colores muy vivos dan acogida a otros personajes peculiares, como el joven y travestido Luke (James Culliford) y su letal hermana Trudy (Susan Hampshire), al son de una música más ye-ye de Peter Thomas, que incluye coros y silbidos.

La mano azul
David Emerson (Klaus Kinski), hijo del tercer conde de Emerson, es condenado a cadena perpetua por asesinato. Este insiste desesperado en que es inocente, y por la cara que ponen el doctor Mangrove (Carl Lange) y otros que lo acompañan, no parece tan descabellada la idea, pese a estar interpretado el personaje por Klaus Kinski. Ocasión habrá de averiguarlo, pues David se las compone para, con la ayuda de algún bienhechor misterioso, escapar de la cárcel. Claro que no dice mucho a su favor que lo primero que haga sea estrangular a una enfermera. Tal y como lo planifica Alfred Vohrer, esto es lo que parece, pero en el krimi las cosas nunca son como parecen.

David tiene otros hermanos, Robert (Peter Parten), Charles (Thomas Danneberg) y Myrna (Diana Körner), además de un hermano gemelo, Richard, interpretado por el propio Kinski. Respecto a milady Emerson (Ilse Steppat), estuvo casada con el conde, ya fallecido, pero no es la madre de ninguno de los descendientes. No obstante, pronto comprobará milady cómo hay amores que matan.

La familia tiene su residencia, como establecen los cánones de Edgar Wallace y el krimi, en un incomparable escenario llamado Castle Gentry. Otros personajes relevantes van a ser el abogado de los Emerson, Lionel Douglas (Hermann Lenschau), y la enfermera Harris (Gudrun Genest), que trabaja en el sanatorio que dirige con mano férrea el doctor Mangrove.

Todos ellos se dan cita en La mano azul (Die Blaue Hand, Rialto, 1967), donde al asesino se le va la mano haciendo uso de un antiguo guante de acero con púas, mucho antes de Freddy Krueger. Alfred Vohrer, siempre en consonancia con su compositor, en esta ocasión, Martin Bottchner, no olvida los momentos de relajo y distensión, de la mano de sir John (Siegfried Schürenberg), y otra serie de ingredientes tan irónicos como el encontrar obras de Picasso (1881-1973) en el despacho de Mangrove, o la contemplación de una interna del sanatorio que hace striptease (Helga Lander). Así, no es de extrañar que el buen inspector Craig (Harald Leipnitz) no salga de su asombro y trate de administrar un poco de mano dura. Mira que si al final de tantos desmanes el culpable resulta ser Anthony (Albert Bessler), el mayordomo…

La marca del escorpión
Los restos de sir Oliver Ramsey (del que hemos de mantener el anonimato) descansan en la cripta familiar, lindante con la iglesia de Crowfield. Pero, ¿descansan en paz? El antillano Ramiro (Peter Mosbacher) está convencido de que se trata poco menos que de un zombi; esto es, que sir Oliver emerge de la tumba para ir eliminando a quienes propiciaron su muerte, oficialmente debida a un accidente de avión. Lo hace inyectando un ponzoñoso veneno, por medio de la cola con forma de escorpión que emerge de un anillo. Precisamente, se especifica que sir Oliver nació bajo el signo de Escorpio, al tiempo que se comenta que fue un gran benefactor.

Vamos a tener más muertos que en Hamlet, anticipa el intendente sir Arthur (Hubert von Meyerinck), y no anda muy lejos el sucesor de sir John (del que se nos aclara que se ha ganado un buen retiro), porque por ahí van los tiros, o los picotazos.

El hermano del fallecido, sir Cecil (Wolfgang Kieling), siente por todo ello que su vida está en peligro, aunque también están en juego la del abogado Merryl (Otto Stern), el médico Brand (Siegfried Rauch), la enfermera jefe Adela (Claude Farell), el párroco de Crowfield, Potter (Hans Krull), su esposa (Renate Grosser), el funerario Bannister (Wolfgang Spier), el chófer de sir Cecil, Traper (Jimmy Powell), la ex empleada de una línea aérea y ahora cantante de cabaret (Lil Lindfors), y un piloto de dicha línea (Pinkas Braun).

De igual forma, en La marca del escorpión, también conocida como El mensajero de la muerte (Im Banne des Unheimlichen, Rialto, 1968), encontramos los preceptivos y simpáticos apuntes humorísticos, como el del libro sobre venenos de la profesora May (Edith Schneider), que ha sido retirado del mercado (Banned in England, podríamos decir), por resultar pernicioso para la salud pública. Por suerte para los -solo en apariencia- dispares implicados, al inspector Higgins (Joachim Fuchsberger) le pica la curiosidad y se hace cargo del caso. Esto, cuando no se le adelanta la reportera del London Star, Peggy Ward (Siw Mattson).


Con La marca del escorpión, damos término a este extenso artículo dedicado al krimi. Una película donde nos reencontramos con el gozoso regreso al tipo de asesino ceremonioso, dicharachero, desenvuelto y fantástico, al estilo de la Rana, que es portador de una máscara y un atuendo difíciles de olvidar. A la estupenda dirección de Alfred Vohrer, la producción del infatigable Horst Wendlandt (1922-2002), y la fotografía de Karl Löb, se suma una canción introductoria, compuesta por Peter Thomas, al estilo de las proporcionadas por John Barry (1933-2011) a Shirley Bassey (1937), para las películas de James Bond.

Escrito por Javier Comino Aguilera


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