Mostrando entradas con la etiqueta Barbra Streisand. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Barbra Streisand. Mostrar todas las entradas

Música Inolvidable (XLV): Navidad con Dolly Parton y Barbra Streisand

22 diciembre, 2021

| | | 0 comentarios
NAVIDAD 2021-2022

Fue una grata sorpresa el que Dolly Parton (1946) acometiera un segundo álbum dedicado a la música de la Navidad, tras el estupendo Home for Christmas (Columbia, 1990). La diferencia es que, en este segundo disco, la cantante, actriz y empresaria, querida de tantos, emprende un recorrido por temas propios, o bien de otros colegas, la mayoría de los cuales son de nuevo cuño.

Muchos están siendo los artistas que con el parón de la dichosa pandemia han puesto a trabajar voluntad e imaginación, proyectando nuevos trabajos con renovados bríos. Ahora o nunca. Fenomenal es la última elaboración de ABBA, de la que espero tener ocasión de referirme. Incluso algunos de estos avances nos las prometen bastante felices, caso de los magníficos dúos Tears for Fears y Soft Cell, o bandas tan emblemáticas como Bauhaus y Duran Duran. El último empeño de Elton John (1947), con sus nuevas versiones, no me ha gustado tanto: difícil es estar a la propia altura. En cambio, las flamantes adaptaciones propuestas por Barry Gibb (1946), a modo de songbook, de los clásicos interpretados junto a sus hermanos, me han parecido una maravilla (Greenfields, EMI-Capitol, 2021). En este último disco también colabora Dolly Parton.


La cantante country-pop está en plena forma. Y lo demuestra. Del mismo modo que la Navidad puede con todo lo que le echen, ataques reiterativos y espurios por doquier, que esta conoce hasta la extenuación y que sabe sortear con ejemplar bonhomía.

A Holly Dolly Christmas (Butterfly Records, 2020) es el título de este último álbum navideño de Dolly Parton, aparecido las Navidades pasadas, pero encaminado a las presentes y las futuras. Yo me enteré y lo compré el treinta y uno de diciembre de 2020, algo tarde para hacer mi habitual artículo de inicios de la Navidad. Pero acá está. Con su tema de apertura, el alegre y desenvuelto Holly Jolly Christmas, una invitación en toda regla, y comienzo de una celebración con los mejores deseos. Parte de una estrofa dice así: Oh, every year I love singing this song. And I thought, well, why not just do a whole album called A Holly Dolly Christmas. So I did. Lo que viene a ser, todos los años, me encanta cantar esta canción. Y pensé, bueno, ¿por qué no hacer un álbum completo? Llamado A Holly Dolly Christmas. Así que lo hice.

Los arreglos son, cómo no, marcadamente country, pero sin perder nunca esa perspectiva pop que tanto bien hizo en los años ochenta para que se propagara, como una vertiente más, esta copla musical de marcado acento americano que es el mencionado country (sin dejar de atender casi todas sus variantes, blue grass, folk, cow, rock, etc.).

Con su alegría desplegada, este tema inicial del espléndido Johnny Marks (1909-1985) nos recuerda que tan importante es vivir una buena Navidad como desearla, aunque no nieve ese año.


Dúos con intercambio de lindezas amables, a través del burbujeante diálogo, algo también típicamente americano, se suceden en All I Want for Christmas, con Jimmy Fallon (1974), y Cudle Up, Cozy Down Christmas, con Michael Bublé (1975). No es mala forma de acurrucarse. El primero de ellos es un tema destacado de la absorbente y ubicua Mariah Carey (1969) y Walter Afagasieff (1958). Posee en su ritmo un aire a lo Phil Spector (1939-2021), y resulta excelente a la hora de crear un buen ambiente y franca camaradería. En el segundo se nos da buena cuenta de lo que hacer si una tormenta bastante oportuna nos aísla en compañía de otra persona encantadora.

No faltan las baladas, como Christmas Is, a dúo con Miley Cyrus (1992), Comin’ Home for Christmas, o la bellísima Circle of Love. Completando los duetos encontramos participaciones de Billy Ray Cyrus (1961), padre de Miley, en la muy festiva Christmas Where We Are, la interpretación del clásico moderno de Willie Nelson (1933), Pretty Paper (1979), a dúo con el gran intérprete y compositor, de atmósfera más recogida pero igual de cálida, y el cántico de tema mariano Mary Did You Know, que pese a ser pieza reciente (letra de 1984 y música de 1991), nos retrotrae a un entorno de iglesia o pequeña congregación, con coros finales, que me recuerda aquella otra versión de Dolly titulada He’s Alive (1989), compuesta por Don Francisco (sic) (1946), y cantada, entre otros, por el gran Johnny Cash (1932-2003); sin olvidar el Go Tell it on the Mountain del álbum de 1990.

Con Randy Parton (1953-2021), hermano de la cantante, tristemente fallecido poco después, interpreta Dolly You Are My Christmas, de reminiscencias más pop. Por su parte, la orquestación más típicamente country no pierde el norte en canciones como Christmas on the Square, que emplea el recurso de las voces superpuestas y que fue el tema representativo de la película del mismo nombre que co-protagonizó Dolly Parton el pasado año. No la he visto y nada puedo decir de ella, pero sí que prevalece en todo el álbum un afán de alegría y bullicio.

Aunque está sobado el decirlo, la Navidad es además de todas las luces, engordes y oropeles, un tiempo para recordar. Todos los temas navideños poseen esta capacidad evocadora. Lo que resalta en Holly Dolly Christmas es su capacidad, acérrima al pop, de seguir ofreciendo creaciones pegadizas y con entidad. Precisamente, un gustoso sabor de las incipientes tonadas pop de los años cincuenta lo hallamos en I Saw Mommy Kissing Santa Claus (1952), entrañable canción con música y letra de Tommy Connor (1904-1993). El álbum se completa -en la edición que yo poseo- con otra hermosa composición proveniente de un especial de Navidad para televisión, llamada I Still Believe. Otro buen regalo con el que regalarnos los oídos.


Para acompañar este bienvenido acontecimiento, voy a retomar un trabajo aparecido en 2001, pero que, como todos los buenos empeños musicales, es atemporal. Se trata del álbum Christmas Memories (Columbia) de la gran cantante (para mí inigualable) Barbra Streisand (1942).

Lo primero que cabe decir en este caso, es que los estándares contenidos en este disco nos son los más conocidos, y lo segundo, destacar la aterciopelada instrumentación, que únicamente se acerca al convenio pop en la excelente canción It Must Have Been a Mistletoe, de Douglas Konecky (-) y Justin Wilde (-). El resto es una majestuosa obra de intimismo navideño, por medio de baladas. Cierto es que los temas seleccionados no son del todo ajenos al más entendido, aunque no suelan ser los más recurrentes, pero el tono es el de una recogida y personal -algo más que melancólica- velada.

Incluso una melodía tan versionada como es el Ave Maria (1825) de Franz Schubert (1797-1828) está desarrollada con asombrosa elegancia, delicadeza y emotividad. No era la primera vez que Barbra Streisand acometía un trabajo de estas características, el primero de sus álbumes navideños fue el temprano A Christmas Album (Columbia, 1967), que es igualmente disfrutable y muestra unos contenidos hermanados a este. Resulta equivalente en lo atemporal y lo recomendamos vivamente. Justo este primer álbum contenía otro Ave Maria (1853), el no menos bello de Gounod (1818-1893). Eso sí, su versión de Jingle Bells? es tan acelerada como desenfrenadamente caótica, por eso acaba con un signo de interrogación. Lo que no sucede con el resto del álbum. Algo así como un prolegómeno chistoso frente al resto de estándares: White Christmas, The Christmas Song, Have Yourself a Merry Little Christmas, Silent Night, rebautizada aquí Sleep in Heavenly Peace, O Little Town of Bethlehem, y la menos prodigada pero así mismo reconocible My Favorite Things (otras grandes versiones de este tema son las de Dionne Warwick [1940], en su My Favorite Time of the Year (DMI-EMI, 2004), y Tony Bennett (1926) en Snowfall (Columbia, 1968); aparte las de Julie Andrews [1935], por supuesto). Modelos que se alternan con otras producciones menos populares, pero igual de bienvenidas, como The Best Gift, de Lan O’Kun (1932-2020), el himno The Lord’s Prayer, de Albert Hay Malotte (1895-1964), y I Wonder as I Wander, de John Jacob Niles (1892-1980).

Lo mismo para el álbum de 2001. Salvo I’ll Be Home for Christmas (1943), del compositor Walter Kent (1911-1994) y el letrista Kim Gannon (1900-1974), el resto son composiciones bastante menos orilladas, como antes indicaba, en orquestaciones suaves y melódicas. Muy íntimas. Como sucede con I Remember, del recientemente desaparecido Stephen Sondheim (1930-2021), A Christmas Love Song, y el tema que da título al disco, obras de Johnny Mandel (1915-2020) y Don Costa (1925-1983), respectivamente, con letras del matrimonio Alan y Marilyn Bergman (1925; 1929). Obras que se arremolinan junto a Grown-Up Christmas List, del canadiense David Foster (1949), What Are You Doing New Year’s Eve, de Frank Loesser (1910-1969), la hermosísima Christmas Lullaby, de Ann Hampton Callaway (1958), o Snowbound, de Russell Faith (-) y Clarence Kehner (-), estrenada en su día nada menos que por Sarah Vaughn (1924-1990) (Roulette, 1963). El disco se cierra con la coral One God, compuesta por Ervin Drake (1919-2015), el mismo autor de esa pieza maestra que fue y sigue siendo It Was a very Good Year, fijada en el tiempo por el irrepetible Frank Sinatra (1915-1998).

La pandemia parece haber obrado, entre comillas, el milagro de repensar lo que es verdaderamente importante y unir un poco más a las personas (a algunas), entre los que se cuentan cantantes, productores, arreglistas y compositores. Un pack muy necesario en estos tiempos de incertidumbre brutal. Cuando todo lo demás falla, la música puede permanecer en nuestra compañía, agasajando el presente a través del pasado, formando parte de nuestra memoria más humana y sentimental. Do you remember me / I sat upon your knee / I wrote to you with childhood fantasies / Well I'm all grown up now / And still need help somehow / I'm not a child but my heart still can dream / So here's my lifelong wish / My grown up Christmas list / Not for myself but for a world in need: Me recuerdas / Me senté sobre tu rodilla / Te escribí con fantasías infantiles / Bueno, ya soy un adulto / Y todavía necesito ayuda de alguna manera / No soy un niño pero mi corazón todavía puede soñar / Así que aquí está mi deseo de toda la vida / Mi lista de Navidad para adultos / No por mí, sino por un mundo necesitado (Grown-Up Christmas List).

Algunos nombres nunca se fueron del todo: grupos como Pink Floyd, Erasure, a-ha, O.M.D., etc. Otros han arreglado cuentas y cerrado cicatrices. No es el caso de nuestras dos invitadas del artículo musical de este año, pero entre todos compartimos sus disgustos, anhelos, frustraciones y reencuentros. Agradeciendo estos últimos. Saltándose la impuesta distancia emocional por el virus de la uniformización con todos los geles hidromusicales que hagan falta.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Dolly Parton - Circle of Love


Barbra Streisand - Grown-Up Christmas List



¿Qué me pasa, doctor?, de Peter Bogdanovich, y Alegrías de un viudo, de Howard Zieff

14 febrero, 2018

| | | 2 comentarios
Reconocer a un alma gemela no parece una tarea sencilla, y si no que se lo pregunten a los principales protagonistas de ¿Qué me pasa, doctor? (What’s Up, Doc?, Warner Bros., 1972). Aunque es muy probable que estos le respondan que se trataba de algo inevitable, o bien, que no saben de qué les está hablando. El hecho es que, en un escenario característico de la comedia de enredos, adornado con situaciones cómicas al estilo de los inolvidables Stan Laurel (1890-1965) y Oliver Hardy (1892-1957), el musicólogo Howard Bannister (Ryan O’Neal) y la erudita estudiante -o aspirante a estudiante-, Judy Maxwell (Barbra Streisand), se encuentran el uno al otro, o más bien, se tropiezan el uno con el otro.

Howard acude a un Congreso de Musicología que se celebra en San Francisco (California, EEUU). Lo hace en compañía de su prometida, la estructurada y atosigante Eunice Burns (una excelente Madeleine Kahn). El realizador Peter Bogdanovich (1939), con la aquiescencia de su diseñadora y decoradora Polly Platt (1939-2011), no deja escapar la ocasión de caracterizar a Eunice al modo provinciano de los años cincuenta, tanto en peinados (aún por vía de un elemento postizo como es una peluca) como en indumentaria.

Escrita por Buck Henry (1930), Robert Benton (1932) y David Newman (1937-2003), estos dos últimos responsables del guion de la posterior Superman (Ídem, Richard Donner, 1978), pero ahora en torno a una historia del propio Bogdanovich, ¿Qué me pasa, doctor? desarrolla progresivamente una trama donde el macguffin o detonante del relato consiste en unos documentos secretos, puestos en danza por medio de un baile en el que actúan cuatro maletines idénticos.


Cada uno de dichos maletines posee su dueño, ¡aunque nadie lo diría! El de los documentos es custodiado por un agente del gobierno (Michael Murphy), siendo ambicionado por un caco (Philip Roth); otro contiene las valiosas joyas de la duquesa van Hoskins (Mabel Albertson), no menos codiciadas por los recepcionistas del hotel donde confluyen todos los personajes (Stefan Gierasch y Sorrell Booke). Un tercero pertenece a Judy, y el último a Howard Bannister, que guarda en él sus preciadas rocas ígneas, objeto de su estudio.

Esta maraña de extravíos e identidades falsas y encubiertas favorece un desarrollo argumental de encuentros, desencuentros, ocultaciones, simulaciones y revelaciones. Mientras que unos personajes tratan de permanecer en la sombra (el agente y los ladrones), otros pugnan por salir a la luz, esto es, por emparejarse convenientemente: Howard, Judy, y en última instancia, Eunice con el filántropo Frederick Larrabee (Austin Pendleton), y hasta el acaparador y adulador Hugh Simon (Kenneth Mars), que lo que persigue es ser el centro de la atención.

Pero centrándonos en Judy y Howard, son los suyos dos destinos que convergen y se materializan en los encuentros que fuerza Judy. Ambos, además de estar sostenidos por una evidente atracción física, que el director no se recata en subrayar, habrán de pasar la prueba ígnea de reconocerse como afines, sobre todo en el caso del organizado Howard. A espabilarlo se aplica Judy, estirando cómicamente la casualidad para que todo termine cuadrando, cualidad intrínseca de la comedia (el orden tras el desorden). Así, en la estricta y empírica vida de Howard Bannister, el polo de la voz cantante vira de Eunice, inhibidora de la voluntad y la imaginación, a Judy, instruida y portadora de la teoría del caos. Por eso, la inicial confusión e irritación de Howard, más que doblegarse, encuentra paulatino acomodo en este nuevo marco de referencia.


Comedia destrozona y de equívocos, fotografiada por László Kovács (1933-2007), la fórmula no ha dejado de repetirse desde entonces con progresiva menor gracia y disminuido talento cinematográfico. A este respecto, Peter Bogdanovich recordaba cómo su intención fue la de emular el espíritu verbenero y el talante artístico de logros incontestables como La fiera de mi niña (Bringin’ Up, Baby, 1938), aunque como Howard Hawks (1896-1977) le recordó, una vez se estrenó la película, ¡sin haber hecho uso del tigre! (la buena aceptación del veterano realizador la recoge Bogdanovich en su libro El director es la estrella vol. I [Who the Devil Made It, 1997; T&B, 2007]).

Lo que no varía es el hecho de que, al igual que sucedía en La fiera de mi niña, el lenguaje se retuerce y altera su significación hasta el límite de lo estrambótico, caso de la expresión sex appeal. Incluso la primera vez que Howard y Judy se confiesan amor mutuo es aprovechando la letra de la célebre canción As Time Goes By (1931), de Herman Hupfeld (1894-1951).

Finalmente, los protagonistas se ven inmersos en una persecución que es un desbocado intento de huida a lo Buster Keaton (1895-1966), a través de la reconocible orografía de la ciudad del Golden Gate (1937). Al efecto, ¿Qué me pasa, doctor? incorpora situaciones cercanas al universo de los dibujos animados, si bien, en imagen real (Judy suspendida en el vacío, determinadas reacciones y actitudes, la referida persecución); un rasgo confirmado por la imagen final de la película. Al fin y al cabo, tal y como explicita Judy, no se puede luchar contra un terremoto.

A modo de programa doble, me ha parecido oportuno incluir Alegrías de un viudo (House Calls, Universal, 1978) en el presente artículo. Película escrita por un excelente plantel de guionistas clásicos, como Max Schulman (1919-1988) y Julius J. Epstein (1909-2000), adaptada a los tiempos por Alan Mandel (1945) y Charles Shyer (1914), con música de Henry Mancini (1924-1994), fotografía de David M. Walsh (1931) y realización de Howard Zieff (1927-2009), Alegrías de un viudo da comienzo cuando, tras un periodo vacacional y de sanación personal, el cirujano Charlie Nichols (Walter Matthau) regresa a Los Ángeles desde Hawái, con objeto de reincorporarse a su puesto de trabajo en el hospital Kensington (alocado escenario, al estilo del hotel de ¿Qué me pasa, doctor?). Se da la circunstancia de que Charlie ha enviudado recientemente, lo que, casi de forma automática, aunque pasado un tiempo prudencial, lo convierte en un codiciado soltero; poco menos que en un objeto de deseo. El hecho de estar interpretado el médico por el mencionado Walter Matthau (1920-2000), proporciona comicidad visual al planteamiento, merced al torpón y desmadejado físico del personaje.

Pese a todo, Charlie no deja escapar la ocasión. Como él mismo recuerda, se casó con veintiún años, y mi último ligue fue en agosto de 1945. Muy solicitado, el cirujano deambula emocionalmente entre la diferencia generacional que le depara el tanteo con una enfermera (Sandra Kerns), y la alarmante perspectiva de verse utilizado por otra reciente viuda, la señora Grady (Candice Azzara), demandante del hospital a causa de una negligencia. Así ocurre hasta que Charlie da con la horma de su zapato en la figura, nada complaciente, de Ann Atkinson (la inglesa Glenda Jackson).


Primero como paciente, debido a una fractura del maxilar superior, o sea, una rotura de mandíbula, y luego como empleada en la sección de admisiones del hospital, gracias a Charlie, la relación entre ambos personajes se va consolidando, no sin las espontáneas erupciones emocionales. Como suele ser habitual, Charlie posee un confidente en la figura de su colega Norman Solomon, el futuro realizador Richard Benjamin (1938).

Para atender correctamente a Ann, Charlie se ha visto en la necesidad ética de enfrentarse con Amos Willoughby (Art Carney, el ganador del Óscar por la bonita Harry y Tonto [Harry and Tonto, Paul Mazursky, 1974]), a fin de interceder en la recuperación de la accidentada como Hipócrates manda. Y es que al inestable ambiente del hospital se suma la incompetente presencia de Willoughby, antediluviano jefe de cirugía que reclama otro mandato en su cargo, pese a no hallarse en las condiciones cognitivas más saludables. La razón que alega para ello, además de no volver a operar, es permanecer en el recinto hospitalario, pues considera que es como su hogar, además de un lugar donde se le respeta (siendo una de esas personas que languidece fuera del ámbito laboral). 

Con todo ello se pone en solfa buena parte de la institución médica, pero al mismo tiempo se evidencia el carácter humano de los protagonistas. Como inquiere el entretenido coloquio televisado en el que intervienen Ann y Charlie, respecto a la profesión de la medicina, ¿son sus componentes víctimas o dioses?


Sin duda, esta profesión médica se enfrenta con todo tipo de dificultades, pero a las intrigas hospitalarias añade Charlie su terapéutica relación con Ann. Se trata de una mujer en difícil situación pecuniaria y sentimental, por lo que a veces se muestra agria y clasista (por lo menesteroso). Razón por la que, también ella aprenderá a ser más algo más justa y equilibrada, a sopesar los posicionamientos ideológicos supuestamente superiores.

Entre tanto, y como queda dicho, a Charlie las conquistas no le aportan nada (duradero). Paralelamente, el tiempo corre y la situación con Atkinson se suaviza (menos mal que ella no prescinde de su feminidad como tantas otras). De este modo, los caracteres se van acoplando, no solo sexualmente, sino en un esforzado respeto mutuo. Por ejemplo, Charlie resulta ser otro sujeto captado por los eventos deportivos, mientras que a ella le traen sin cuidado. Asimismo, Ann pone en valor la fidelidad de un compromiso serio por ambas partes, en tanto que Charlie se resiste a abandonar su harén particular. Pero los dos ya han alcanzado una madurez en la que saben que, una vez se ha difuminado el fragor del deseo, se pasa a otra fase en la que se requiere de cierto ahínco para mantener una relación, que pasa a apoyarse en otros pilares básicos. Tanto Ann como Charlie descubren que se trata de algo que merece la pena.

Escrito por Javier C. Aguilera


Yentl, de Barbra Streisand

08 enero, 2015

| | | 1 comentarios
Cuando se hace mención de Barbra Streisand (1942), los más sensatos recuerdan que estamos ante una de las grandes voces de nuestra época, pero existe un estribillo que, de forma inevitable, hace recordar a otros la megalomanía de la estrella en su faceta como actriz o realizadora. Sin pretender hacer de menos estos arranques de personalidad (como sabemos, algo de lo que carecían por completo realizadores como Alfred Hitchcock, John Ford, Orson Welles o Stanley Kubrick), lo cierto es que sigo creyendo que de no venir Yentl (United Artist, 1983) firmada por quien viene firmada, la película sería mucho más recordada.

Idiosincrasias al margen, la historia de la joven que ha de hacerse pasar por un chico, en base al relato del escritor polaco y premio Nobel de Literatura Isaac Bashevis Singer (1904-1991), da comienzo con el plano de unos libros transportados en un carro, como leitmotiv para toda la película. El bello tema musical desplegado por Michel Legrand (1932) en esta secuencia de abertura (A piece of sky), enlaza precisamente con el final del relato, donde el mismo tema es cantado y en el que la protagonista parte hacia otro mundo con el fin de poder continuar su búsqueda del conocimiento, quedando así la idea principal bellamente reunida.

Yentl se publicitó como una “película con música”. Es mucho mejor denominarla un musical de pro, donde las canciones hacen avanzar la acción o expresan los sentimientos de la protagonista. Estas complementan el relato o se instalan dentro de él -a veces ambas cosas-, como cuando Yentl (Barbra Streisand) atiende a su padre o escucha los comentarios de sus compañeros, en el momento en que es admitida como estudiante en una universidad.


Pero la historia da comienzo en una zona indeterminada de la Europa Oriental de 1904, no lejana de la extinta Checoslovaquia, en la que la joven Yentl toma la determinación, sin estridencias por su parte aunque sí por parte de quienes la rodean, no tanto de renunciar de forma irremediable a su naturaleza o sentimientos como persona, pero sí de sacrificar el rol que le ha sido asignado religiosa y socialmente, en favor del conocimiento. Una voluntad que, insisto, no pretende dar la espalda a las propias capacidades naturales (al fin y al cabo, sigue siendo necesaria la transmisión de todo lo heredado y aprendido). Con la apariencia de un chico, Yentl hará todo lo posible por ser admitida como estudiante varón en la referida universidad. Un arrojo que expresa claramente cuando comenta “¿quién me va a ayudar sino me decido yo?”.

Ya en la citada secuencia de abertura, la realizadora muestra claramente cómo en un asumido apartheid los hombres conversan de literatura, religión o filosofía, en tanto que las mujeres lo hacen aconsejándose sobre los quehaceres domésticos. Destaca además la relación de la joven con su padre (Nehemiah Persoff), estando la película dedicada a la figura del progenitor, propio y en general. La afinidad con este ha prendido la llama del conocimiento. La misma llama que, simbolizando también al padre, estará presente en otra de las canciones (Papa, can you hear me?).


Como estudiante, “Angel”, que así se hace llamar ahora Yentl, traba amistad con otros compañeros de estudios, especialmente con Avigdor (Mandy Patinkin). Pero el conocimiento también aísla, sobre todo en sociedades –más que comunidades: no pienso solo en pasado- donde el saber está encaminado a obtener un título exclusivamente, y en olvidar o desconocer el resto.

Para Yentl, este conocimiento supondrá el eterno conflicto entre vida y sabiduría, puesto que complementar ambas facetas no siempre resulta fácil, y como además ha podido comprobar y queda dicho, excluye. De hecho, "¿de qué sirve esto?", se preguntará Avigdor, refiriéndose a los libros cuando la vida le ha golpeado. “Angel” le devolverá otras palabras suyas cuando le recuerde que “nada es imposible”. Para ambos, además, el descubrimiento del discernimiento y la amistad va parejo. Una amistad que, para la joven estudiante, también equivaldrá al amor.


Las excelentes canciones compuestas por Michel Legrand, con letra de Alan y Marilyn Bergman (1925 y 1929), ensalzan todo este camino de búsqueda. Entre ellas, la que tiene lugar frente a una túnica, ante una simbólica vela bajo la noche estrellada, durante los preparativos y celebración de la boda con Hadass (Amy Inving), la prometida de Avigdor (acto que más que una farsa institucional, que un poco sí lo es, es todo un acto de sacrifico hacia Avigdor); o en fin, las que ilustran el baile de platos durante la cena previa en casa de Hadass, o la ceremonia del té entre “Angel”, Hadass y Avigdor, donde la cámara enlaza los tres rostros.

Otro buen momento de realización tiene lugar cuando ante la pregunta del padre “¿qué va a ser de ti?”, la cámara asciende en grúa hasta un árbol centenario, para volver a descender y evidenciar el transcurrir del tiempo.


En Yentl la tradición está para ser superada -no tergiversada u olvidada- siempre que redunde en un beneficio. Así sucede finalmente con el compromiso roto de Avigdor, y con los propios requisitos para tener acceso a ese conocimiento que anhela la estudiante, y del que otras mujeres, sencillamente, desconocen su existencia. Precisamente, antes de decidirse, amigas y vecinas habían asegurado a la joven que la tendrían “tan ocupada que no tendrás tiempo de pensar”.

Escrito por Javier C. Aguilera


Música Inolvidable (XXV): La Navidad convertida en canción

26 diciembre, 2014

| | | 0 comentarios
Desde Sinatra a Wham!, pasando por Bob Dylan o John Lennon. Son muchos los grupos y cantantes que tienen algún tema navideño memorable, tan destacados en esta época del año. En esta ocasión, vamos a hacer un repaso de canciones navideñas interpretadas por artistas inolvidables. Seguro que la mayoría de ellas han quedado en nuestra memoria musical.
Puerta del Sol (Madrid)
Una de las canciones navideñas más famosas del mundo es, probablemente, White Christmas (Blanca Navidad). Bing Crosby la grabó en 1941 y, desde entonces, ha sido un éxito internacional, vendiendo más de 50 millones de copias. Varios años después, Crosby grabó con David Bowie el conocido Tamborilero, versionado también en nuestro país por el mítico Raphael. A punto de cumplir medio siglo desde su publicación, La canción del tamborilero se ha convertido en un clásico navideño, al igual que los especiales del cantante, que no posee fecha de caducidad. Pero las versiones españolas tampoco faltan. Como muchos recordaréis, Rosana también le cantó a esta época con su canción En Navidad, incluida también en el exitoso álbum navideño de la primera edición de Operación Triunfo (2001). Por su parte, Un año más (1988) de Mecano es un hito para Nochevieja y darle la bienvenida al nuevo año, pasen los años que pasen.



Otro clásico por excelencia de estas fechas corresponde a Judy Garland, dentro de la comedia musical Cita en San Luis (Vincente Minnelli, 1944), con una gran interpretación y perdurando como uno de los grandes éxitos de la artista. Sin embargo, otras grandes estrellas como Frank Sinatra, Barbra Streisand o Elvis Presley han establecido el estereotipo del género y álbum navideños por excelencia, ensombreciendo otras aportaciones procedentes del jazz o el gospel. Artistas como Ella Fitzgerald (Ella wishes you a swinging Christmas) o Diana Krall (Christmas songs) son algunas féminas que han aportado con gran acierto su música a esta época navideña.

Nat King Cole también ha versionado clásicos navideños, al igual que el gran Frank Sinatra, con Santa Claus is coming to town o Jingle Bells, a dúo con Bing Crosby en la película Alta Sociedad (Charls Walters, 1956); un dúo lleno de magia con perfecto swing.


John Lennon nos hizo imaginar una Navidad distinta con Happy Xmas (War is over), luchando por un mundo lleno de paz. En la década de los 80, Band Aid junto a los músicos del momento recaudó dinero con el que paliar el hambre en Etiopía.

Otra canción con un estilo típicamente ochentero fue la consagrada Last Christmas (1986) de Wham!, versionada en multitud de ocasiones, al igual que el clásico Jingle Bells, interpretado hasta para el público más infantil, como la rockera versión con la que The Muppets nos divirtieron. Otra figura del rock, Bob Dylan, nos dejaba para el recuerdo la simpática canción It must be Santa, incluida en el álbum navideño Shadows in the night, el cual dejó sorprendido a más de un seguidor, aunque la esencia del artista siga inalterable frente a cualquier edulcorante.



All I want for Christmas es otra canción navideña que en su 20º aniversario ya se la considera todo un clásico moderno de estas fechas. Durante dos décadas, esta canción nos ha acompañado, además de la potente voz de Mariah Carey, de la mano de otros artistas que la han versionado a sus estilo, como el caso de Justin Bieber. la cual forma parte del álbum navideño Under the Mistletoe, o los raps introducido por Jermaine Dupri y Bow Wow.

En castellano, además del conocidísimo Raphael, también tenemos una infinidad de versiones realizadas por otros artistas del panorama musical actual: desde Michael Bublé a dúo con Thalía, pasando a otros latinos por excelencia como Luis Miguel o Juanes. El mexicano Luis Miguel lanzó un disco navideño en el 2006, titulado Navidades Luis Miguel, en el que se destaca su interpretación de Noche de Paz y Santa Claus llegó a la ciudad. Juanes, por su parte grabó una nueva versión del clásico villancico venezolano de Hugo Blanco, Mi burrito sabanero (1975), para un disco navideño. El dúo más reciente es el integrado por Michael Bublé y Thalía con el tema Feliz Navidad (I wanna wish you a Merry Christmas), en el que unieron el español y el inglés en una sola canción. El cantante canadiense se atrevió con el español y ambos consiguieron transmitir un toque latino del tema, algo que en el caso de Michael Bublé ha sorprendido bastante. 



Como vemos, muchos son los artistas que han creado música y temas nuevos para estas fechas, y muchos otros han interpretado su propia versión de tradicionales villancicos o canciones navideñas compuestos con anterioridad, aprovechando el tirón de las fiestas navideñas. Sin embargo, con el paso de los años, nuevos temas navideños han surgido a lo largo de la historia, canciones consolidadas tan aceptadas y queridas que se han llegado a convertir en clásicos de esta época tan especial del año.


Escrito por Mariela B. Ortega


El amor tiene dos caras, de Barbra Streisand

04 septiembre, 2014

| | | 1 comentarios
Rose (Barbra Streisand) es profesora de literatura en la Universidad de Columbia. Con una madre y una hermana muy bellas, Rose se considera el patito feo de la familia que no ha logrado casarse, algo que pesa incluso en una mujer tan independiente y culta como ella. Por su parte, Gregory (Jeff Bridges), también profesor de Columbia, pero de matemáticas, busca a una compañera de viaje, con la que poder compartir su vida, pero con la que no comparta relaciones íntimas, ya que, debido a su mala experiencia en el amor, lo considera el factor destructivo de toda relación. ¿Qué mejor combinación para una película romántica, pero sin llegar a ser previsible?



En El amor tiene dos caras (The mirror has two faces, 1996) se van analizando críticamente los diferentes estereotipos sociales en las que muchas mujeres se ven envueltas, además de las ataduras por las que siempre hay que ser la más guapa, atractiva y arreglada, siendo más importante que el resto de virtudes. Pero, al mismo tiempo, se reflexiona sobre el amor platónico y lo irreal de su existencia. Y no porque no exista el amor espiritual, sino porque entre dos personas que se aman, el sexo acaba siendo una de las más gloriosas herramientas de comunicación y expresión del amor.

Poco a poco, la historia nos va mostrando cómo Rose y Gregory desarrollan su relación, cimentándose en la comprensión, confianza y en una profunda amistad, llegando a existir una necesidad mutua. Ella le enseña a dar clase de una manera más atractiva para sus alumnos, y él acaba demostrando ser un romántico detallista, aunque ni él mismo se percate de ello. Durante la primera mitad de la película, podemos disfrutar de la parte divertida de Rose y su familia, además de las anécdotas de Gregory en el amor y en sus clases universitarias. Conforme va avanzando la historia, el papel de la genuina Lauren Bacall como madre de Rose va disminuyendo en importancia, quizás quedando relegado a un segundo plano; no obstante, obtuvo una nominación a los premios Oscar como mejor actriz de reparto.


Su compañero de reparto y coprotagonista, Jeff Bridges, también hace un logrado papel como hombre metódico y correcto, preocupado porque su vida tiene que desempeñarse tal y como lo hacen sus teorías matemáticas. Es el típico profesor caballero, elegante y exquisitamente educado, que esconde también su lado adorable y enternecedor. Tras muchos romances desastrosos con chicas bellas con las que no tenía casi nada en común, tiene en mente que el sexo es el responsable que ha destrozado sus relaciones de pareja, llegando a convencerse a sí mismo de que el amor platónico, el respeto y la amistad son la base ideal para la pareja.

Barbra Streisand, en su trabajo como actriz y directora, demuestra ser muy natural y creíble encarnando a Rose, además de elaborar una película clásica y sencilla: una historia de amor inteligente, sin pretensiones, pero sin caer en lo obvio. Nos quedaremos con la idea de que en el amor no se debe engañar ni imponer reglas ni límites, y que tras las apariencias y el aspecto de cada uno, existe algo de mucho más valioso para los ojos de quien ama. Además, independientemente de las opiniones y de las preferencias de cada espectador por las películas románticas, es reconocible cómo esta película sorprende y agrada tanto a nivel interpretativo, de guión y en banda sonora (también fue nominada a los Oscar). La representación de Jeff Bridges y la pareja que forma con Barbra consigue que se sienta ternura y comprensión hacia esta pareja cinematográfica. Enamora el modo tan sutil de seducción involuntaria por parte de Gregory, admirando, por su parte, la personalidad y cotidianeidad de Rose para todo lo que hace.



Escrito por Mariela B. Ortega


Música Inolvidable (VIII): Barbra Streisand: Wet & Guilty

18 octubre, 2012

| | | 1 comentarios
On rainy afternoons,
when memories cloud the skies,
the wind is filled
with our goodbyes


Casi a modo de un poema sinfónico, Wet de Barbra Streisand (Columbia –o CBS, son lo mismo-, 1979), es un trabajo diríamos que monográfico, dedicado a la lluvia; al agua en una acepción más amplia. Comienza y acaba con la misma palabra, wet, “húmedo”, y está conformado por una selección de magníficas canciones, arregladas con uniformidad, entre las que se cuentan obras maestras como el inmortal Come rain or come shine del mítico Harold Arlen (y con letra de Johnny Mercer), la simpática Splish splash de Bobby Darin, la magistral Kiss me in the rain de L. Ratner y S. Farina, más varias colaboraciones igual de imprescindibles de, nada menos, Lalo Schifrin y Michel Legrand (con letras de Alan y Marilyn Bergman, a las que la artista homenajea en el que es, hasta el momento, su último trabajo). Aunque con toda probabilidad, el tema más conocido del álbum sea No more tears (enough is enough), cantado a dúo por la recientemente desaparecida Donna Summer.


Kiss me in the rain,
and make me feel like a child again
bring back all those memories.
With the feeling that I get,

I don’t even mind if we get wet.

Hablamos pues de un trabajo con principio y fin, que recomiendo escuchar en su totalidad y en orden (nada de recopilaciones, en estos trabajos todas las canciones resultaban importantes; eran otros tiempos, por supuesto). El que tenga oportunidad de hacerse con el vinilo o el CD, que no pierda la ocasión; merece formar parte de toda fonoteca personal, pues hablamos de un magnífico ejemplo de buena música, no ya de finales de los setenta (que no todo eran horteradas), sino de todos los tiempos. Un disco que, insisto en ello, solo puede disfrutarse completamente en su integridad.

Donna Summer y Barbra Streisand
I am a woman in love,
and I do anything
to get you into my world,
and hold you within.
Its a right I defend,
over and over again.
What do I do?

Con el siguiente trabajo de Barbra Streisand, Guilty (Columbia, 1980), iniciamos una imprescindible trilogía (que completaremos en la siguiente entrada), de la historia de la música. Tres trabajos discográficos ejecutados por distintos intérpretes, pero con un nexo de unión: se trata de álbumes compuestos por el popular grupo Bee Gees, formado por los hermanos Barry y los desaparecidos Maurice y Robin.

Barbra Streisand y Barry Gibb
Guilty constituyó un enorme éxito, en un tiempo en que los éxitos -salvo algunas excepciones- se solían acompañar por la calidad. Y curiosamente fue ofrecido por los, en su día, adalides de la música disco, el citado grupo británico, que demostró unas aptitudes envidiables a la hora de componer canciones. No era la primera vez que los Bee Gees escribían un tema para algún otro cantante, pero sí la primera vez que lo hacían para “redondear” todo un álbum. Basta recordar canciones como Woman in love, Run wild, The love inside o el propio Guilty, cantado a dúo con Barry Gibb, para comprender la trascendencia del disco.


So the word is goodbye,
makes no difference how the tears are cried,
It's over.
And my heart lives alone,
I can make believe you need me…
when it's over. 




A riesgo de resultar reiterativo, vuelvo a recomendar el trabajo completo. Todo lo demás sería quedarse a medias, y creo que puede encontrarse a precios razonables en cualquiera de sus formatos. No voy a hablar aquí de los recuerdos o importancia que tienen para mí estos trabajos, como no voy a descubrir las cualidades vocales de Barbra Streisand a estas alturas, pero si estos comentarios sirven para (re)descubrir estos álbumes a alguien que no los conozca, y además le gustan, me sentiré particularmente dichoso.

Escrito por Javier C. Aguilera "Patomas"


Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717