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Para el sábado noche (LXXXVII): El detective, de Gordon Douglas

09 noviembre, 2019

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El sargento Joe Leland llega a la escena de un homicidio. El personaje está interpretado por un estupendo Frank Sinatra (1915-1998), expresivo y contenido a la vez; a lo que ayuda sin duda la voz del excelente doblador José Guardiola (1921-1988), en la versión al español. Leland es tenido por el mejor detective de la ciudad; algo que a él le hace cierta gracia, aunque a nadie le amarga un dulce. Es competente en su oficio y aun se rige por unos principios éticos. Una rara avis con el que el espectador, al fin, se puede identificar.

El escenario del delito demuestra hasta qué punto es relevante la puesta en escena; en este caso, corresponde al no menos destacable realizador Gordon Douglas (1907-1993), con el que Sinatra acometió una serie de películas policiales muy estimables. La disposición del fallecido permite que, cuando entran los detectives Leland y Robbie (Al Freeman Jr.), el cuerpo caído sobre el suelo sea visible. El mismo plano nos lo muestra desnudo sin necesidad de resultar gráfico en exceso. Una vez examinado, somos informados de que este presenta algunas mutilaciones. Se trata de Teddy Leikman (James Inman), el hijo de un conocido empresario. Uno de los hombres de negocios más importantes de la ciudad. Como comenta una vecina y amiga, la señorita Linjack (Dixie Marquis), recurría a ella porque necesitaba a una persona para acudir a las fiestas, y así salvar las apariencias. Las razones son la naturaleza homosexual de la víctima.

Por descontado que la aceptación con la que se observa dicha naturaleza a finales de los sesenta (verbal y conductual) no es la misma que se percibe hoy en día (aunque esto no quiere decir que el rechazo de entonces no se haga notar ahora en algunas personas, lamentablemente). Así, el ayudante Nestor (Robert Duvall) despliega un tufo homófobo del que Joe carece. Como se demuestra cuando varios chavales son pescados en las calles y transportados (denigrados) como el ganado. Ello no obsta para que más tarde, Leland sonsaque con habilidad al sospechoso y algo desequilibrado Félix Tesla (Tony Musante). Casi se podría decir que su confesión es lo más parecido a un coito. Pese a todo, Leland se mostrará amable con él y no violento, en aras de resolver el caso. Salvando las distancias, no resulta difícil entresacar reminiscencias con la posterior y no bien comprendida A la caza (Cruising, 1980) de William Friedkin (1935).


La ciudad donde transcurre la trama es Nueva York, en un momento de su historia reciente en el que atravesaba un momento delicado: la corrupción policial, el aumento del índice de criminalidad, la basura acumulada en las calles… casi parecían formar parte del skyline. A este harapiento entramado también pertenece William Curran (Ralph Meeker), compañero detective con contactos en la prensa y la política. Lo que es un tipo imbatible, vamos. Entre dos aguas está el inmediato superior de Leland, el capitán Farrell (Horace McMahon), que le advierte que te basta con tu dignidad, no te importa nada, denotando así el inconformismo individual de su subalterno. Como si esta actitud fuera lo más reprobable del mundo.

Pero Joe no está tan solo como otros pretenden. Hace poco conoció a Karen Whitaker (Lee Remick), estudiante de sociología que, por desgracia, mantuvo una vida de alterne y promiscuidad. No entiendo tu manía de estar solo, le recrimina ella igualmente. Pendiente de un ascenso a teniente, Joe Leland habrá de doblegarse a determinados dictámenes, pese a todo, aunque únicamente por un tiempo. Esto es, hasta decir de nuevo basta.

Este aspecto queda ilustrado por Douglas, principalmente, por medio de planos aislados donde figura un Joe conduciendo su vehículo, mientras rememora lo que hasta entonces ha sido su inmediata vida anterior. En concreto, los prolongados flashbacks que repasan su relación con Karen. Ella quiere la seguridad que él le ofrece, pero salir con quien le da la gana al mismo tiempo (lo que hoy llamaríamos una “relación abierta”, estremecedor término). Joe no está de acuerdo con ello.

Estamos ante un personaje con la suficiente carga psicológica como para no resultar plano y sí inolvidable. No en vano, el ser independiente es lo más difícil de lograr, como queda de manifiesto tras su (segundo) encuentro con el policía corrupto Curran en un bar.


De este modo, el protagonista está muy bien trazado por parte del guionista Abby Mann (1927-2008) y, supongo, el novelista de la obra original (The Detective, 1966; por desgracia no publicada en español), Roderick Thorp (1936-1999). Por ejemplo, a Joe no le va el teatro experimental y existencial. Demasiadas desgracias contempla a diario como para que encima le recuerden la futilidad de la vida en sus preciadas horas libres. Es lógico entonces que prefiera la evasión de partidos de béisbol y cosas así. También desconfía Joe de los psiquiatras (y eso que no ha conocido a los pedagogos), en pos de ese impulso individual que tanto fastidia a los adalides del colectivismo. La gente debe intentar resolver sus propios problemas, asegura en otro momento de la acción. Más tarde, y ante uno de los investigados, el psiquiatra Wendell Roberts (Lloyd Bochner), sostendrá lo mismo. Roberts está al tanto de una sociedad llamada Arcoiris; en realidad, la conforman los miembros del Comité de Proyectos Urbanísticos de la ciudad. Una tapadera para la especulación de terrenos y demás…

De tal forma que los dos sumarios se solapan en el relato, el asesinato de Leikman y el posible suicidio de uno de los miembros de dicho comité, Colin McIver (William Windom). Su viuda, Norma McKay (Jacqueline Bisset), pone empeño en que la muerte de su marido quede esclarecida, aunque ello conlleve un “acceso a la información” para el que no siempre se está preparado. Un ámbito en el que la figura del detective Joe Leland nos recuerda que no toda la policía es trigo sucio.


Pese a que Kate le asegura que quiero que esto sea diferente contigo, la pareja de Joe vuelve a las andadas, al margen de pertenecer a una generación más desinhibida y desesperanzada. No obstante, cuando dos personas ponen (mucha) voluntad, pueden salir adelante emocionalmente. Kate consigue un cargo de adjunta en el Departamento de Arte. Es este otro personaje notable y bien construido; duro de sobrellevar pero con carácter. Tú das mucho y recibes muy poco, espeta a Joe (¡al fin una compañera comprensiva con la labor policial, y no egoístamente a la defensiva!). En definitiva, el detective forma parte de unas vidas vividas en la sombra, palabras que se emplean para referirse al difunto Colin McIver. El tercer flashback de la historia corresponde a dicho personaje, por medio de una reveladora cinta de casete.

Pues sí. ¡Cuántas vidas quebradas sin poder expresar de forma abierta lo que sentían! Y así seguimos, pese a empujes no siempre bien dirigidos (o empujones teledirigidos, más bien). Arrastrando un letal sentimiento de culpa, queda claro que la ausencia de normalización, con frecuencia deriva en comportamientos restrictivos o delictivos, especialmente abyectos.

El estupendo Gordon Douglas se desenvolvió como pez en el agua bajo la tutela del emprendedor productor Aaron Rosemberg (1912-1979). Lo que depara un magnífico balance para El detective (The Detective, Twentieth Century Fox, 1968), incluyendo la fotografía del excelente Joseph F. Biroc (1903-1996) y la música de Jerry Goldsmith (1929-2004; como curiosidad, en un determinado momento -concretamente en un bar gay-, suena el tema de Laura compuesto por David Raksin [1912-2004]).

Y en efecto, Joe Leland continúa solo hasta las últimas consecuencias. Es el precio de su libertad, de la asunción de los errores cometidos y la posibilidad de poder seguir llevando la cabeza bien alta, sobre los hombros.

Escrito por Javier Comino Aguilera


El diablo a las cuatro, de Mervyn LeRoy

25 noviembre, 2017

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Precursora del cine de catástrofes, sean animales, geológicas o mecánicas, El diablo a las cuatro (Devil at Four O’Clock, Columbia Pictures, 1961) se sitúa en una colonia francesa llamada Talua, en pleno Océano Pacífico, y en las proximidades de Tahití (Polinesia Francesa). Allí convergen tres presos, Harry (Frank Sinatra), Marcel (Grégoire Aslan) y Charlie, apodado Carnicero (Bernie Hamilton), y un cura misionero algo borrachín, el padre Matthew Doonan (Spencer Tracy), personaje que está de vuelta de preeminencias sociológicas y jerárquicas.

A sustituir al baqueteado -e incómodo- padre llega también Joseph Perreau (Kerwin Matthews), como comprobará Doonan, demasiado adiestrado como para andar por estos pagos. Claro que con los presos lo tiene aún peor. Al saludo de que Dios les acompañe, responde Harry con la pregunta de quién es Dios.

Pero no se trata este de un relato por el cual tenga Doonan que convertir a los errados convictos, en un misericordioso afán apostólico. Serán ellos mismos quienes, dadas sus circunstancias y las de la isla, adquieran, o recuperen, algunos de los valores contemplados por, entre otras confesiones, el cristianismo. Estimo que el matiz es importante. La misión catequista del padre se traduce en ser el primero en estar dispuesto a echar una mano, y aunque atañe a todos los habitantes del entorno de una forma indirecta, es prioridad de quienes sí le corresponden, espiritualmente hablando. En concreto, de los habitantes de su propio hospital de leprosos. De hecho, a Doonan no le gusta perder el tiempo con las simplezas de costumbre, aunque se muestra muy práctico a la hora de hacer colecta de revistas pecaminosas (para llevar los cotilleos que contienen a su enfermera jefe [Cathy Lewis]).

Nos queda otro importante personaje. El Viejo Diablo, al cual hace referencia un lugareño y el título de la película, es el volcán que corona la isla. A él conciernen los destinos de sus habitantes; como suele suceder en toda (des)ventura de catástrofes que se precie, de una forma tan arbitraria como predecible, merced al demiurgo que es facultad del guionista. Género y eventualidades, en cualquier caso, anticipadas en su día por W. S. van Dyke (1889-1943) en su excelente San Francisco (Ídem, MGM, 1936).


Abundando en esta coyuntura de las convicciones personales, será el propio padre Doonan el que, cansado de jerarcas (laicos y religiosos), pero estimulado por la determinación de quienes le rodean, reafirme su fe. En este sentido, los presos y el grupo de personas que configuran el hospital, situado en las faldas del volcán, le harán notar cómo la utilidad de alguien no depende de si ha sido relevado de sus funciones o no. Una retroalimentación, por lo tanto, que beneficia a todos. Ante la falta de humanidad de algunos funcionarios de prisiones (no todos), y la indolencia interesada del gobernador de la isla (Alexander Scourby), Doonan transmite su humanidad, pragmatismo y vitalidad. En suma, la verdadera autoridad.

Distinto al de los funcionarios es el descreimiento de los tres presos llegados a la isla. La vida no parece haber sido justa con ellos, pero optan por ayudar al padre de una forma efectiva, marchando a evacuar a los niños y al resto de personal del hospital, sabedores de que su condena puede verse drásticamente reducida, aunque siendo conscientes en todo momento del peligro que ello entraña. Es decir, mientras que unos son despreciativos por sentirse estamentalmente superiores (algunos lugareños y los representantes de la política -más que del orden-), otros se muestran abiertamente desengañados; podríamos decir que se sienten vitalmente estafados (los convictos).

Sin embargo, bien interrumpiendo el devenir natural de las cosas, bien formando parte de las mismas, el caso es que el volcán entra en erupción, después de haber dado sobrados síntomas de aviso. Como, de forma elocuente, expresa el repentino silencio de las aves, o el hecho de que los nativos intuyan que ya ha llegado el momento de hacerse a la mar, tal vez para no regresar nunca.


Los personajes están bien delineados, por medio de sus actitudes, o por cómo estas son contempladas por los demás. Por ejemplo, Harry considera la cárcel como su casa. Siempre he sido un vagabundo, explica. Su atracción hacia la joven ciega Camille (Barbara Luna), recompondrá sus intereses más inmediatos y hasta ulteriores (al vislumbrar un futuro mejor). En cuanto al padre Doonan, en palabras del doctor Feldman (Martin Brandt), encargado del hospital y de abrirle los ojos al bienintencionado pero algo obtuso Perreau, lo que falló no fue la fe, sino la religión; o si se prefiere, la naturaleza humana, tan contradictoria. Algo que puede aplicarse al resto de personajes que, de un modo u otro, se han visto privados de su libertad (por ejemplo, para caer en manos del servilismo ideológico, sea del cariz que sea).

Feldman explica que Doonan hubo de hacer frente a una sociedad hostil. Todos se volvieron contra él, al tratar de mantener a los enfermos de lepra a buen recaudo. No es un santo, pero sí un hombre bueno, concluye el doctor, ajeno a otros razonamientos de corte más dogmático. Realmente, entiende que lo adverso forma parte de la naturaleza en sí misma, la humana y la terráquea. En tanto que Perreau, una vez cumplida su función, se ve relegado de la trama, lo cual no resulta demasiado extraño. Mientras tanto, la relación entre el resto de personajes se afianza durante el rescate de los ocupantes del centro hospitalario, hecho a base de cañas y barro.


Mitad paraíso, mitad infierno, la isla se convierte en una gráfica representación de la vida de los protagonistas. Lo que exige algunos sacrificios; desde vadear un cauce formado por el ardiente magma, hasta atravesar un puente semi derruido bajo el cual fluye el río de lava (una idea posteriormente incorporada a otras películas). Estupendas imágenes del terremoto y de la erupción del volcán son integradas en la fotografía de Joseph Biroc (1903-1996).

Escrita por Liam O’Brien (1913-1996), en torno a una novela de Max Catto (1907-1992), El diablo a las cuatro sitúa a unos personajes fácilmente extrapolables, aunque se revistan de sacerdotes o presidiarios, ante una encrucijada trascendental, por la naturaleza del planeta y la de sí mismos. Además, recientemente pude adquirir un CD con la banda sonora de George Duning (1908-2000), que da cuenta de su capacidad expresiva a la hora de abordar ambas facetas, incluso fusionándolas por medio de algunos cantos tribales y religiosos.

Como ya he adelantado, el veterano, demasiado olvidado, y por ello recomendable, Mervyn LeRoy, fue el encargado de dirigirla.

Escrito por Javier C. Aguilera


Música Inolvidable (XXV): La Navidad convertida en canción

26 diciembre, 2014

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Desde Sinatra a Wham!, pasando por Bob Dylan o John Lennon. Son muchos los grupos y cantantes que tienen algún tema navideño memorable, tan destacados en esta época del año. En esta ocasión, vamos a hacer un repaso de canciones navideñas interpretadas por artistas inolvidables. Seguro que la mayoría de ellas han quedado en nuestra memoria musical.
Puerta del Sol (Madrid)
Una de las canciones navideñas más famosas del mundo es, probablemente, White Christmas (Blanca Navidad). Bing Crosby la grabó en 1941 y, desde entonces, ha sido un éxito internacional, vendiendo más de 50 millones de copias. Varios años después, Crosby grabó con David Bowie el conocido Tamborilero, versionado también en nuestro país por el mítico Raphael. A punto de cumplir medio siglo desde su publicación, La canción del tamborilero se ha convertido en un clásico navideño, al igual que los especiales del cantante, que no posee fecha de caducidad. Pero las versiones españolas tampoco faltan. Como muchos recordaréis, Rosana también le cantó a esta época con su canción En Navidad, incluida también en el exitoso álbum navideño de la primera edición de Operación Triunfo (2001). Por su parte, Un año más (1988) de Mecano es un hito para Nochevieja y darle la bienvenida al nuevo año, pasen los años que pasen.



Otro clásico por excelencia de estas fechas corresponde a Judy Garland, dentro de la comedia musical Cita en San Luis (Vincente Minnelli, 1944), con una gran interpretación y perdurando como uno de los grandes éxitos de la artista. Sin embargo, otras grandes estrellas como Frank Sinatra, Barbra Streisand o Elvis Presley han establecido el estereotipo del género y álbum navideños por excelencia, ensombreciendo otras aportaciones procedentes del jazz o el gospel. Artistas como Ella Fitzgerald (Ella wishes you a swinging Christmas) o Diana Krall (Christmas songs) son algunas féminas que han aportado con gran acierto su música a esta época navideña.

Nat King Cole también ha versionado clásicos navideños, al igual que el gran Frank Sinatra, con Santa Claus is coming to town o Jingle Bells, a dúo con Bing Crosby en la película Alta Sociedad (Charls Walters, 1956); un dúo lleno de magia con perfecto swing.


John Lennon nos hizo imaginar una Navidad distinta con Happy Xmas (War is over), luchando por un mundo lleno de paz. En la década de los 80, Band Aid junto a los músicos del momento recaudó dinero con el que paliar el hambre en Etiopía.

Otra canción con un estilo típicamente ochentero fue la consagrada Last Christmas (1986) de Wham!, versionada en multitud de ocasiones, al igual que el clásico Jingle Bells, interpretado hasta para el público más infantil, como la rockera versión con la que The Muppets nos divirtieron. Otra figura del rock, Bob Dylan, nos dejaba para el recuerdo la simpática canción It must be Santa, incluida en el álbum navideño Shadows in the night, el cual dejó sorprendido a más de un seguidor, aunque la esencia del artista siga inalterable frente a cualquier edulcorante.



All I want for Christmas es otra canción navideña que en su 20º aniversario ya se la considera todo un clásico moderno de estas fechas. Durante dos décadas, esta canción nos ha acompañado, además de la potente voz de Mariah Carey, de la mano de otros artistas que la han versionado a sus estilo, como el caso de Justin Bieber. la cual forma parte del álbum navideño Under the Mistletoe, o los raps introducido por Jermaine Dupri y Bow Wow.

En castellano, además del conocidísimo Raphael, también tenemos una infinidad de versiones realizadas por otros artistas del panorama musical actual: desde Michael Bublé a dúo con Thalía, pasando a otros latinos por excelencia como Luis Miguel o Juanes. El mexicano Luis Miguel lanzó un disco navideño en el 2006, titulado Navidades Luis Miguel, en el que se destaca su interpretación de Noche de Paz y Santa Claus llegó a la ciudad. Juanes, por su parte grabó una nueva versión del clásico villancico venezolano de Hugo Blanco, Mi burrito sabanero (1975), para un disco navideño. El dúo más reciente es el integrado por Michael Bublé y Thalía con el tema Feliz Navidad (I wanna wish you a Merry Christmas), en el que unieron el español y el inglés en una sola canción. El cantante canadiense se atrevió con el español y ambos consiguieron transmitir un toque latino del tema, algo que en el caso de Michael Bublé ha sorprendido bastante. 



Como vemos, muchos son los artistas que han creado música y temas nuevos para estas fechas, y muchos otros han interpretado su propia versión de tradicionales villancicos o canciones navideñas compuestos con anterioridad, aprovechando el tirón de las fiestas navideñas. Sin embargo, con el paso de los años, nuevos temas navideños han surgido a lo largo de la historia, canciones consolidadas tan aceptadas y queridas que se han llegado a convertir en clásicos de esta época tan especial del año.


Escrito por Mariela B. Ortega


Para el sábado noche (XXVI): Millonario de ilusiones, de Frank Capra

11 diciembre, 2013

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Los que lo pasan bien con los retratos de personas que no se han hecho adultas, salvo cronológicamente, tienen una cita ineludible con Millonario de ilusiones (A hole in the head, United Artist, 1959), producida y dirigida por Frank Capra en base a la obra teatral de Arnold Schulman, adaptada para la ocasión por el propio autor, responsable así mismo de los libretos de películas tan apreciables como Viento salvaje (Wild is the wind, 1957, George Cukor), Cimarrón (Cimarron, 1960, Anthony Mann), A chorus line (Íd., Richard Attenborough, 1985) y Tucker, un hombre y su sueño (Tucker, Francis Ford Coppola, 1988).

Tras unos títulos de crédito de lo más original que se ha concebido (no hablamos de tecnicismos en este caso), Millonario de ilusiones plantea hasta qué punto es conveniente -o realmente necesario- dejar de lado un universo de fantasía para enfrentarse a las responsabilidades que imponen las circunstancias “reales”, sobre todo si el uno neutraliza las otras. El viudo Tomy Manetti (Frank Sinatra) es lo que en español se suele denominar “un bala perdida” –frase hecha, sin concordancia entre sujeto y artículo-.

Según confesión propia, su perdición son las “Evas” que indefectiblemente parecen abocadas a recalar en su hotel, sito en Miami (Florida), y que no en vano se llama “Jardín del Edén”. La última es Shirl (una Carolyn Jones pre-Familia Adams), compañera de juergas y poco amiga de permanecer fija en ninguna parte.

De los tres mejores amigos de infancia de Tommy, solo Jerry Marks ha logrado ascender (el otro se ha tenido que conformar con seguir siendo taxista), en el que es un retrato ácido y tremebundo del mundo de los negocios y del “nuevo rico”, rol sostenido magníficamente por ese gran actor que fue Keenan Wynn: es desolador el momento en que se da cuenta de que su “amigo” Tommy está realmente sin blanca. En este sentido, no es nada baladí que la “ilusoria” propuesta que Tommy lleva a Jerry esté relacionada con un complejo “a lo Walt Disney”; la imaginación se da de bruces con la avaricia de los intereses ajenos.


El caso es que Manetti, pese a su integridad como persona, dista de ser lo que –de nuevo- se conoce como “un hombre de provecho”, agravándose la situación por la circunstancia de ser padre de un chico, Alley (Eddie Hodges). Capra nos los muestra desde el principio como dos críos en lugar de uno solo. Además, el hotelero huye despavorido de nuevos compromisos.

Pero al pender sobre él una orden de desahucio, Tommy se ve forzado, como último recurso, a pedir ayuda a su hermano mayor Mario (Edward G. Robinson). Al fin y al cabo, para qué está, o debiera estar, la familia. Es el de Mario un personaje tan trascendente como el del hermano menor, pues su inflexibilidad no esconde su cariño por esa otra parte de la familia, adquiriendo al final una mayor comprensión, diríamos que de respeto “al carácter de cada uno” -eso que no puede cambiarse aunque uno se lo proponga cien veces-.

De hecho, Mario, del que Tommy dice que “no se ríe fácilmente”, y su esposa Sophia (Thelma Ritter), forman un matrimonio que, además de contar con un hijo con carrera -se dice- y otro medio tonto –que se muestra-, ha logrado alcanzar una posición más que desahogada gracias a su esfuerzo diario, en justa contraposición con los manejos de Jerry, aunque por el camino hayan olvidado sus motivaciones y perdido parte de la ilusión. Los diálogos de la madura pareja son, además, otro divertido retrato de la institución.


Naturalmente, el asunto primordial, más que el destino del hotel, será la custodia del crío. A diferencia de su padre, no muy instruido, el chico se muestra interesado por el mundo que le rodea (concretamente por la zoología), y presenta un carácter más espabilado y responsable (a la fuerza, aunque sin caer en alardes de rancia madurez). Así, el “duelo” principal es el mantenido por Mario y Tommy. Uno cree que la estabilidad pasa necesariamente por casarse y establecer de ese modo un hogar, y el otro no encuentra reparos en fingir para poder lograr sus objetivos a corto plazo ya que, antes muerto que vuelto a casar.

La vida moverá su particular “ficha” cuando, trasmutado en la imagen de la desolación tras su reencuentro con Jerry, Tommy ha de regresar sin el dinero que acababa de ganar en las carreras de galgos. Capra lo coloca frente al matrimonio, pero de espaldas a la cámara. Lo que Tommy ignora es que, antes de proceder con las apuestas, su auténtica suerte ya estaba echada.


Frente a ese sentimiento de “infatuación”, tal y como se conoce en el mundo anglosajón; es decir, de confusión del auténtico amor por la mera atracción física o el encaprichamiento, surge la posibilidad de una estabilidad real. Y lo hace en forma de otra viuda de similar carácter, Eloisa (Eleanor Parker). Frank Capra filma otra secuencia brillante cuando, estando Tommy en el apartamento de Eloisa, ambos se sinceran. Realmente, todos estos son personajes en busca de la felicidad.

En definitiva, frente a los “golpes de chequera”, Millonario de ilusiones contrapone otras dos concepciones del mundo, o si se quiere, de enfrentarse a la vida, las de Tommy y Mario. Y serán estas dos las que finalmente se den la mano.

Frank Sinatra y Frank Capra
Con fotografía de William H. Daniels, los arreglos musicales de Nelson Riddle (como era de prever), y el diseño de vestuario de la –felizmente- inevitable Edith Head, se construye este cuento ético, que no moralista, ambientado en Miami, que pienso que resultará muy disfrutable en las fechas que se aproximan.

Huelga decir que con semejante reparto, todos los actores están sobresalientes, incluyendo a un chaval nada cargante.

Escrito por Javier C. Aguilera


Música Inolvidable (VII): Frank Sinatra y Everly Brothers

26 septiembre, 2012

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Retomamos hoy nuestra sección dedicada a la música, que ya conocen los seguidores de nuestro Baúl, y que esperamos les siga gustando. No se pretende con ella hacer un repaso exhaustivo de los mejores o más imprescindibles discos de la Historia de la Música, ya que eso es muy subjetivo, sino de compartir con el amable lector muchos de los trabajos favoritos del que esto suscribe, o darlos a conocer a aquellos que estén interesados; adornados con estrofas entresacadas de las canciones del disco, en un estilo que es diferente al de las anteriores entradas de esta sección, en un intento por renovar las fórmulas más conocidas.

 

Frank Sinatra (In the Wee Small Hours, 1955)


When you're alone, who cares for starlit skies, 
When you're alone, the magic moonlight dies, 
At break of dawn, there is no sunrise, 
When your lover has gone… 

In the Wee Small Hours
No está mal dedicar nuestro primer artículo en este nuevo formato a la década de los 50, con toda probabilidad, el periodo más importante e influyente del conjunto de la historia de la música, y al que siempre es un placer poder regresar. Y comenzamos con uno de los mejores cantantes, sino el mejor, de todos los tiempos, Frank Sinatra (1915-1998), por sus evidentes cualidades vocales, estilo y personalidad, y por resultar un compendio de todos aquellos grandes compositores americanos de primeros de siglo (XX). Lo hacemos con In the Wee Small Hours (1955), trabajo con una bien definida línea temática, y el primero del artista en formato LP. Un trabajo conceptual poblado de bellos estándares, arreglados por el habitual Nelson Riddle (1921-1985) de forma suave, con una rítmica en petit comité, que parece destinada a saborearse únicamente a altas horas de la noche, en casa o paseando por una calleja solitaria. 

Formando parte de esos estándares, autores que ya forman parte de la historia de la música, como Duke Ellington (1899-1974), Richard Rodgers (1902-1979), Hoagy Carmichael (1899-1981), Harold Arlen (1905-1986), Cole Porter (1891-1964) o Einar Aaron Swan (1903-1940).

I thought I'd found the girl of my dreams, 
Now it seems this is how the story ends, 
She's gonna turn me down and say: "can't we be friends?" 

El LP original de doce temas se completa con cuatro canciones más para su edición en CD. La cálida voz de Sinatra se convierte en confidente, o mejor, en compañero de soledades, capaz de conversar con uno cualquiera de esas noches desabrochadas; más su dicción perfecta convierte el presente trabajo de poesía musical en un sentido pero hermoso canto al desamor, que se transmite de generación en generación. Temas en apariencia ingratos, pero universales, convertidos en puro arte. Mucho más en una época en que la edición de un disco acompañaba al concepto, lo cual se reflejaba en la portada del mismo. 

 
Un trabajo que solo se puede escuchar, pues cobra más sentido, esa noche. La reconocerá cuando le alcance.

This love of mine goes on and on, 
Tho' life is empty since you have gone. 
You're always on my mind, tho' out of sight, 
It's lonesome thru the day, 
But oh! the night. 



Everly Brothers (All Time Original Hits, 1957-1962)


Rain drops falling from heaven, 
Could never wash away my misery, 
But since we're not together, 
I look for stormy weather, 
To hide these tears I hope you'll never see. 

All Time Original Hits
Uno de los dúos más influyentes de la historia del rock & roll es el formado por los hermanos Don (1937) y Phil Everly (1939), esencia del rockabilly (mezcla de country con el primer rock and roll), y todo un fenomenal fenómeno para adolescentes y adultos. Su influencia llegó a multitud de conjuntos, incluidos los Beatles. Desde 1957, proporcionaron a través de sus jóvenes, refrescantes y muy personales voces, inmortales temas pegadizos, bien armonizados, con un característico acompañamiento instrumental y cuidada letra. Temas tan inolvidables y versionados como All I Have to Do is Dream, Take a Message to Mary, Wake Up, Little Sussie, Let it Be Me, Problems, Devoted to You, Bye, Bye Love o Crying in the Rain. Nuestra más viva recomendación y agradecimiento.

Reaparecieron con gran fortuna a mediados de los 80.


I’ll never hurt you, I’ll never lie, 
I’ll never be untrue, 
I’ll never give you reason to cry, 
I’d be unhappy if you were blue. 

Through the years my love will grow, 
Like a river it will flow, 
It can’t die because I’m so devoted to you. 


 Escrito por Javier Comino Aguilera.

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