A veces los recuerdos quedan impresos en nuestra memoria como en una película. ¿Pero qué ocurre con aquellos que ya no recordamos, o solo parcialmente? En cualquier caso, ¡quién pudiera revivir determinados momentos como si realmente estuviera allí, volver a participar de ellos siquiera como un espectador o poder vislumbrar los errores cometidos desde el presente!

En una imagen tan certera como aterradora, las cadenas que Marley muestra a Scrooge representan el destino forjado, aunque el “vivo” aún no pueda apreciar las propias. Es el Scrooge brindado por George C. Scott un personaje cínico e incluso ocurrente, pero apartado del resto de seres humanos, salvo para hacer negocios con ellos, aunque en este caso, también parece querer reducir su compañía al mínimo (como sucede en la lonja). “No quiero nada de ti”, le dejará claro su sobrino (Roger Rees) en la oficina, siendo este otro personaje que proporciona un agradable detalle a la película: llega a contratar al hijo mayor del empleado Bob Cratchit (David Warner), aunque el hecho sea referido y no mostrado.
Pero como suele decirse, para el avaro “ha llegado el momento” y será forzado a ver todo aquello que no ha querido mirar, en el pasado, el presente y el futuro. No en vano, Marley le pregunta “¿por qué dudas de tus sentidos?”. Su antiguo socio le da a entender que si la parte “espiritual” no va más allá de lo crematístico, uno se ve forzado a remediarlo tras la muerte (del cuerpo físico).
Así lo comprenderá Scrooge finalmente, con la contemplación del reparto de sus pertenencias (de sus despojos, más bien). Y es que si pudiésemos ser testigos de lo que los demás opinan realmente de nosotros, coexistir sería, sin duda, otra cosa. La traumática experiencia de ser consciente de esto y de enfrentarse a la propia muerte, lograrán empero el cambio de actitud de Scrooge, que en lo único que no variará será en su desinterés por lo que piensen los demás de él (aunque ahora sea en forma positiva).
Son asuntos graves pero a los que Dickens proporciona una pátina de empatía, que la presente versión para televisión aborda de forma más sentida que sentimentalmente. Así sucede, por ejemplo, con el escenario de la residencia de Scrooge, una casa grande, desvencijada y vacía, que de hecho se asemeja a una mortaja. Un hábitat que tiene su correspondencia con el carácter retraído de Scrooge, al que el fantasma de las navidades pasadas le recuerda, refiriéndose a él de niño, que “tiene sus amigos en los libros, pero no tiene a nadie con quien hablar”.
Un carácter en buena parte condicionado por una infancia solitaria y un padre estricto (Nigel Davenport) y marcado en la adolescencia por la relación rota con la joven Bell (Lucy Gutteridge) o por las olvidadas charlas con un afable compañero de trabajo. Hasta entonces, el dicho de que aquello que los ojos no ven, el corazón no lo siente, ha sido el lema adoptado por Scrooge para vivir. Más huraño según ha transcurrido el tiempo, el tiempo se le muestra ahora como una condena inexorable.
La interpretación de un personaje como el de Canción de Navidad se presta a lo que los hablantes de inglés denominan one man’s show, es decir, una actuación estelar por parte de un único actor. Por su parte, la realización de esta versión es una ilustración fidedigna, televisiva pero honesta, en la que podemos destacar la bonita imagen de la humilde casa de Bob Cratchit, con la catedral de St. Paul al fondo.
Escrito por Javier C. Aguilera
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