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Para el sábado noche (CVI): Vencedores o vencidos, de Stanley Kramer

02 junio, 2021

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Los Juicios de Nuremberg, para imputar a altos cargos del partido nazi, acusados de crímenes y abusos contra la humanidad, tuvieron lugar del veinte de noviembre de 1945 al uno de octubre del siguiente año. Pero hubo otros juicios posteriores, de no menor importancia, donde se juzgaron a todo tipo de funcionarios siniestros. En la misma ciudad alemana donde, diez años atrás, se habían sancionado las leyes racistas y antisemitas auspiciadas por el canciller y dictador Adolfo Hitler (1889-1945).

Vencedores o vencidos (Judgment at Nuremberg, United Artist, 1961) comienza, precisamente, con las imágenes de una ciudad en ruinas, que después el juez Dan Haywood (el estupendo Spencer Tracy) va a recorrer a pie, sin más compañía que el eco de los atroces discursos y consignas ideológicas cargadas de razón que aún resuenan entre las piedras.

Estamos en la metrópoli que da título original a la película. Cuando Haywood pasea por estos lugares emblemáticos, sabe, en efecto, que aquí es donde el partido nazi celebraba sus reuniones. A su llegada a la vapuleada y simbólica ciudad, el juez es recibido (sospechosamente agasajado) por el senador Matt Burkette (Edward Binns). Luego retomaremos a este personaje. Para servirle de apoyo en su labor de administración de la justicia, está el capitán Harrison Byers (William Shatner), enlace y secretario del magistrado. Este, hablando de simbolismos, ha sido alojado en la antigua mansión de unos ex miembros del partido.

El empleo de la conjunción “o”, en lugar de la más integradora y coexistente “y”, en el título en español, enlaza y entremezcla de forma más directa ambos extremos. Los vencedores y los vencidos, en forma de interrogante. Pero la propia película se encarga de dirimir claramente la cuestión que se expone desde dicho título.

Escrita de forma brillante y alumbradora por Abby Mann (1927-2008), con fotografía de Ernest Laszlo (1898-1984), discreto y marcial acompañamiento musical de Ernest Gold (1921-1999), y producida y dirigida por Stanley Kramer (1913-2001), Vencedores o vencidos no se pierde en prolegómenos, va al grano.

Al inicio del sumario, sabemos que Haywood no ha sido el primer candidato propuesto por los representantes aliados. Probablemente, buscaban a alguien más moldeable, o bien han acabado pensando que un juez campero, perteneciente a un modesto condado, es el ideal para dejarse dirigir por los intereses de la política. Craso error. También es posible que los otros nombres propuestos hayan desertado del poco grato encargo -lo que es un auténtico compromiso-, ante la dificultad de no ser libres en la aplicación de la justicia; el mismo asunto que se está dirimiendo en suelo germano.

Haywood lo sabe; y en efecto, en cuanto a los otros candidatos, se nos da a entender que ha habido jueces que se han batido en franca retirada ante los avances de las nuevas imposiciones gubernativas, recién acabada la contienda.

El proceso arranca, en especial contra los jueces alemanes. Lo que nos recuerda que cuando se retuerce y falla la ley, todo lo demás no tarda mucho en desmoronarse.


Respecto a los acusados, estos actuaron de jueces en tiempos del Tercer Reich (1933-1945). Como declara un testigo, el doctor Heinrich Geuter (Karl Swenson), muchos de ellos se conducían con rectitud antes de la llegada al poder de Hitler, es decir, del advenimiento del nacional socialismo. Un periodo previo en el que gozaban de una situación de completa independencia.

Con los debidos traductores simultáneos se va desarrollando el proceso. El defensor Hans Rolfe (Maximilian Schell) y el fiscal Tad Lawson (Richard Widmark) se aprestan a singular combate ético y legal (lo que no siempre va de la mano). Entre los acusados se haya el prestigiado jurista Earl Janning (un magnífico Burt Lancaster), nombrado ministro de justicia en 1935. Su frialdad en el banquillo es el anticipo de un paulatino remordimiento. El actor sabe sostener al personaje de forma admirable.

La defensa trata de exculpar a los acusados con la idea de que un juez es quien hace cumplir las leyes, no quien las propugna. Y que, por lo tanto, no es a Janning y los demás a quienes se procesa, sino a todo el pueblo alemán. Como si una serie de leyes, por el hecho de resultar normativas y obligatorias, no fueran un desatino coercitivo. La falacia está bien urdida, antes igual que ahora, pero en sus redes no caerá el avezado juez Dan Haywood. Ciertamente, se trata de una perversión justificadora que solo se sostiene por las lagunas demagógicas bien articuladas por Rolfe, ante las cuales se posiciona el fiscal Lawson.

De hecho, el defensor Rolfe es el tipo de persona que con su ímpetu juvenil y distorsión ideológica de la realidad (presente, pasada y futura) es capaz de amedrentar a los posibles testigos. No en vano, Stanley Kramer visualiza los discursos iniciales de defensor y fiscal a través de sendos y significativos planos semicirculares (envolventes). A lo que podemos sumar, dentro de una bien definida y ajustada puesta en escena, el antedicho plano general de Haywood caminando por el envarado frontispicio, ahora vacío, que sirvió de lugar de reunión a las cohortes nazis. La antesala punitiva de cualesquiera cosas que, como el buen doctor Geuter recuerda con pesar, fueran declaradas actos contra el Estado.


Pero sobre la trama planean otros supuestos, no menos perturbadores que la función de la justicia y su conveniente separación de la maquinaria estatal. ¿Debemos olvidar a los muertos cuando estos no nos convienen? ¿Sabía la población civil lo que pasaba en los campos de concentración? ¿En qué momento se corrompe un juez? ¿Es mejor olvidar y no conocer la historia para poder seguir viviendo, o lo contrario? Esto es, mirar al futuro y no al pasado, en oportunista expresión del defensor Hans Rolfe.

Ahí entran en juego testigos especialmente vulnerables, como el “invertido” y algo retardado tras su “esterilización” Rudolf Petersen (Montgomery Clift), o la joven chivo expiatorio Irene Hoffman (Judy Garland), que fue manipulada siendo una niña con objeto de acusar a un inocente comerciante judío.

Un conjunto sobre el que sobrevuela la identidad histórico cultural de Alemania, y su nueva relación con los EEUU, que parece ser la clave de la supervivencia en Europa (el senador Matt Burkette dixit). Si Alemania se pierde, se pierde Europa. Lo que, como aclarará el juez Haywood, no es óbice para hacer justicia sin dejar de congraciarse con las víctimas -reales- del pueblo alemán.

Las presiones que, en este sentido, afronta Haywood, son formidables. A la de sus compatriotas políticos se añade la alemana. Ese enturbiamiento entre la sociedad civil y sus representantes legales (al menos, los que se sientan en el banquillo). Algo a lo que se opondrá el desahogado e ilustrativo discurso del hasta entonces reticente Emil Janning, con sus miras puestas muy especialmente en las nuevas generaciones y supervivientes representados por Rolfe. De lo que se deduce que no escarmentamos en cabeza ajena. Hace falta mucha dignidad para hacer frente a los medrosos y achantados que se hayan en el mismo bando (que los hay). En palabras de Janning, no resulta fácil decir la verdad, sobre todo cuando le alcanza a uno. Hasta los buenos hombres son susceptibles de corromperse.

La culpa de Janning es la culpa del mundo, asevera Rolfe, tratando de salvarle las castañas a su defendido, y como es práctica común, echando la culpa de nuestros propios errores al y tú más. Como si eso nos eximiera de las faltas. ¿Acaso no deben ser por ello los responsables de atroces delitos castigados? Si se han cometido errores de percepción en varios frentes, tal y como expone Rolfe, bien es cierto que todos merecen su correspondiente y equitativa sanción.


Como la mayoría de las grandes obras cinematográficas, Vencedores o vencidos acierta al ponerle rostro dramático a informes y víctimas. Quizá preguntándose, al igual que Haywood a lo largo de sus paseos, cómo es posible que uno de los países de la gran música y la cultura en general fuera capaz de alcanzar semejantes extremos de vileza. El pilar de la cultura occidental, en manifestación de otro de los acusados, el juez Emil Hahn (Werner Klemperer). Lo que no puede encubrir la circunstancia de que la cultura y el alto nivel tecnológico de un país no son garantía de moralidad. A la vista está por todas partes. Es lo que Haywood está a punto de descubrir, salido como está de su terruño protector, tutelado por los valores democráticos. Tengo que comprender, declara ante sí mismo. Lo cual no es tarea fácil, parafraseando a Janning, habida cuenta de que cada cual defiende y justifica su punto de vista primordial (en cuanto a la subsistencia de cara al dictamen histórico se refiere). Así actúa la señora Bertholt (Marlene Dietrich), que toma a Haywood como descarga de su conciencia, y la de todo un pueblo. Al fin y al cabo, están siendo juzgados ante la posteridad. Demasiada responsabilidad para los fatigados -pero lúcidos- hombros del juez, que asegura que no alcanza a comprender cómo nadie ha sabido ni visto nada de lo ocurrido, cuando el hecho imbatible es que las víctimas fueron conducidas por alguien a los campos de concentración para ser exterminadas. A nadie le interesa, la sociedad parece adormecida, además de cansada de la guerra. Un punto tan escalofriante como todos lo demás.

En efecto, otro factor no menor es el de mirar hacia otro lado, el de la permisividad entre las naciones libres ante desafíos y agravios que son evidentes (el complejo fin de las sociedades modernas). Nunca faltan los que contemporizan con el abuso y la corrupción, cuya antesala es el mangoneo (AKA nombramiento) de jueces por parte de los políticos. Algo así como ser un antisistema y pasarse el día en los medios del sistema (televisión, radio, prensa, etc.). Ello, con el telón de fondo de un antisemitismo cada vez más palurdo, sostenido por algunos grupúsculos que se caracterizan por su presunta tolerancia hacia otras religiones e ideologías bastante menos tolerantes.


La declaración de Irene Hoffman, de un lado, como la de Emil Janning por otro, devienen decisivas para airear esta viciada atmósfera. Cuando el tribunal se reúne a deliberar, tan solo el magistrado Curtis Ives (Ray Teal), sometido a la (in)disciplina de partido que le marca el senador, muestra su disconformidad. Las películas filmadas por los aliados en los referidos campos “de internamiento” y que son expuestas en la corte resultan igual de concluyentes, además de estremecedoras, como todos sabemos. Estos últimos días han significado mucho para mí, concluirá Haywood ante una vencida pero digna madame Bertholt. En última instancia, el juez comprenderá que hacer cumplir la ley no es revanchismo, y que se juzga de forma justa a quienes han trasmutado la tolerancia y el respeto por el crimen puro y duro, bajo todas las coartadas ideológicas posibles.

Así es. Cuando Haywood llega lo hace con la intención de hacer justicia, pero aún desconoce muchos aspectos que se van a poner de manifiesto durante el proceso. Se encuentra en terra incognita, pero su asidero será su herramienta principal de trabajo: las leyes.

De hecho, el de Haywood va a ser también un proceso, un recorrido. Como ya hemos visto, hasta los jueces pueden ser presionados. Es lo que el magistrado está juzgando. En su caso, la presión que recibe se evidencia incluso en los aspectos más cotidianos. Valga como ejemplo que a Haywood ni siquiera le dejan preparase un bocadillo a su antojo los antiguos empleados domésticos de los Bertholt. Lo que también sería privarlos de su función (su trabajo).

Una vez que prosigue dicho recorrido, Haywood comienza a oponerse por primera vez a las sempiternas protestas del defensor (a veces del fiscal), por resultar claramente sacadas de contexto.

Dicho de otra manera, la señora Beltholt podrá tratar de influir todo lo que pueda en el dictamen (¿de verdad cree usted que el pueblo alemán sabía todo lo que estaba pasando?). Pero la justicia no es una cuestión de creencias, sino de hechos objetivos y probados.

Escrito por Javier Comino Aguilera

Música Inolvidable (XXV): La Navidad convertida en canción

26 diciembre, 2014

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Desde Sinatra a Wham!, pasando por Bob Dylan o John Lennon. Son muchos los grupos y cantantes que tienen algún tema navideño memorable, tan destacados en esta época del año. En esta ocasión, vamos a hacer un repaso de canciones navideñas interpretadas por artistas inolvidables. Seguro que la mayoría de ellas han quedado en nuestra memoria musical.
Puerta del Sol (Madrid)
Una de las canciones navideñas más famosas del mundo es, probablemente, White Christmas (Blanca Navidad). Bing Crosby la grabó en 1941 y, desde entonces, ha sido un éxito internacional, vendiendo más de 50 millones de copias. Varios años después, Crosby grabó con David Bowie el conocido Tamborilero, versionado también en nuestro país por el mítico Raphael. A punto de cumplir medio siglo desde su publicación, La canción del tamborilero se ha convertido en un clásico navideño, al igual que los especiales del cantante, que no posee fecha de caducidad. Pero las versiones españolas tampoco faltan. Como muchos recordaréis, Rosana también le cantó a esta época con su canción En Navidad, incluida también en el exitoso álbum navideño de la primera edición de Operación Triunfo (2001). Por su parte, Un año más (1988) de Mecano es un hito para Nochevieja y darle la bienvenida al nuevo año, pasen los años que pasen.



Otro clásico por excelencia de estas fechas corresponde a Judy Garland, dentro de la comedia musical Cita en San Luis (Vincente Minnelli, 1944), con una gran interpretación y perdurando como uno de los grandes éxitos de la artista. Sin embargo, otras grandes estrellas como Frank Sinatra, Barbra Streisand o Elvis Presley han establecido el estereotipo del género y álbum navideños por excelencia, ensombreciendo otras aportaciones procedentes del jazz o el gospel. Artistas como Ella Fitzgerald (Ella wishes you a swinging Christmas) o Diana Krall (Christmas songs) son algunas féminas que han aportado con gran acierto su música a esta época navideña.

Nat King Cole también ha versionado clásicos navideños, al igual que el gran Frank Sinatra, con Santa Claus is coming to town o Jingle Bells, a dúo con Bing Crosby en la película Alta Sociedad (Charls Walters, 1956); un dúo lleno de magia con perfecto swing.


John Lennon nos hizo imaginar una Navidad distinta con Happy Xmas (War is over), luchando por un mundo lleno de paz. En la década de los 80, Band Aid junto a los músicos del momento recaudó dinero con el que paliar el hambre en Etiopía.

Otra canción con un estilo típicamente ochentero fue la consagrada Last Christmas (1986) de Wham!, versionada en multitud de ocasiones, al igual que el clásico Jingle Bells, interpretado hasta para el público más infantil, como la rockera versión con la que The Muppets nos divirtieron. Otra figura del rock, Bob Dylan, nos dejaba para el recuerdo la simpática canción It must be Santa, incluida en el álbum navideño Shadows in the night, el cual dejó sorprendido a más de un seguidor, aunque la esencia del artista siga inalterable frente a cualquier edulcorante.



All I want for Christmas es otra canción navideña que en su 20º aniversario ya se la considera todo un clásico moderno de estas fechas. Durante dos décadas, esta canción nos ha acompañado, además de la potente voz de Mariah Carey, de la mano de otros artistas que la han versionado a sus estilo, como el caso de Justin Bieber. la cual forma parte del álbum navideño Under the Mistletoe, o los raps introducido por Jermaine Dupri y Bow Wow.

En castellano, además del conocidísimo Raphael, también tenemos una infinidad de versiones realizadas por otros artistas del panorama musical actual: desde Michael Bublé a dúo con Thalía, pasando a otros latinos por excelencia como Luis Miguel o Juanes. El mexicano Luis Miguel lanzó un disco navideño en el 2006, titulado Navidades Luis Miguel, en el que se destaca su interpretación de Noche de Paz y Santa Claus llegó a la ciudad. Juanes, por su parte grabó una nueva versión del clásico villancico venezolano de Hugo Blanco, Mi burrito sabanero (1975), para un disco navideño. El dúo más reciente es el integrado por Michael Bublé y Thalía con el tema Feliz Navidad (I wanna wish you a Merry Christmas), en el que unieron el español y el inglés en una sola canción. El cantante canadiense se atrevió con el español y ambos consiguieron transmitir un toque latino del tema, algo que en el caso de Michael Bublé ha sorprendido bastante. 



Como vemos, muchos son los artistas que han creado música y temas nuevos para estas fechas, y muchos otros han interpretado su propia versión de tradicionales villancicos o canciones navideñas compuestos con anterioridad, aprovechando el tirón de las fiestas navideñas. Sin embargo, con el paso de los años, nuevos temas navideños han surgido a lo largo de la historia, canciones consolidadas tan aceptadas y queridas que se han llegado a convertir en clásicos de esta época tan especial del año.


Escrito por Mariela B. Ortega


Cita en San Luis, de Vincente Minnelli

15 diciembre, 2014

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El género del musical, además de participar de otros géneros como la comedia o el drama, propone una exteriorización de los sentimientos que, tal vez, a algunos espectadores de la actualidad, más acostumbrados a describir sus estados de ánimo por medio de emoticonos, no les resulte del todo cómodo. Pero ascendiendo a un estadio más “fantasioso”, emocional y de sencilla cercanía, el musical depara no pocas sorpresas. Una película donde coexisten comedia y sentimientos en una cálida armonía, es Cita en San Luis (Meet me in St. Louis, MGM, 1944), de Vincente Minnelli (1903-1986).

La base argumental de la película se debe a una serie de artículos publicados en el The New Yorker por la autora Sally Benson (1897-1972), durante el invierno de 1941 al 42. Unas crónicas de carácter autobiográfico que, debido al interés del productor de la Metro, Arthur Freed (1894-1973), fueron recopiladas en forma de libro a finales de 1942 por la propia autora, siendo este el material del que, finalmente, se procedió a extraer el guión definitivo para la película, obra de Irving Brecher (1914-2008) y Fred Finklehoffe (1910-1977).

Parte del éxito artístico de Cita en San Luis se debe también a la extraordinaria fotografía en tecnicolor de George Folsey (1898-1988), la creación de tres maravillosas canciones originales (el resto eran adaptaciones de temas populares), por parte del dúo Hugh Martin (1914-2011) y Ralph Blane (1914-1995), junto a otra tonada del propio Arthur Freed, y los no menos logrados decorados de Cedric Gibbons (1893-1960): la casa por fuera y por dentro es todo un portento, inspirado en la arquitectura gótica americana. Para Minnelli, Cita en San Luis significó, además, poder acceder a una película de mayor “envergadura”.


Hay, en la biografía de cada uno de nosotros, un año señalado por encima del resto, unas cuatro estaciones más especiales que otras. Para la familia Smith, ese tiempo abarcará del verano de 1903 a la primavera de 1904. Dicha familia la forman los padres, Lorenzo (Leon Ames) y Ana (Mary Astor), sus hijos Rose (Lucille Bremer), Lon (Henry Daniels, Jr.), Esther (Judy Garland), Inés (Agnes en el original, Joan Carroll) y la pequeña Tootie (Margaret O’Brien, un trasunto de la autora), un abuelo (Harry Davenport) y Katie, la doncella y cocinera (Marjorie Main; en efecto, un miembro más de la familia, como demuestran las cordiales reuniones en la cocina).

Es una época de corsés y carnés de baile, en la que aún existe la preocupación por quedarse soltera, presión aliviada, en este caso, por el interés que despierta the-boy-next-door, es decir, el vecino de al lado. Una cuita sentimental que proporciona una de las canciones más recordadas y que, a su vez, es motivo de uno de los mejores momentos de la película. Nos referimos a aquel en que el referido vecino, John Truett (Tom Drake), acompaña a Esther por la casa mientras esta va apagando todas las luces (en un solo plano-secuencia). Todo un ritual casero convertido en amoroso.

De hecho, la luz tiene mucha importancia en las vidas de estas personas y, por consiguiente, en la puesta en escena. Se trata de una luz de gas, por efecto del tecnicolor, completamente viva, que refleja el primer amor o, sobre todo, la primera ilusión.


Pero encuentros y música conviven, o forman parte, del entorno de la ciudad, como elemento constitutivo del propio proceso vital y la idiosincrasia. Estampas que van desde vendedores de hielo a domicilio hasta la orgullosa celebración de la Gran Feria Mundial de 1904. Un ambiente que enlaza con otro momento esencial, de exclusivo canto a la alegría, que tiene por protagonista al tranvía que lleva a los jóvenes del contorno a visitar los terrenos de la Feria. Más adelante, con la venida del otoño, esta cordialidad se patentiza en la noche mágica de Halloween. Cita en San Luis despliega unas continuas texturas y matices tanto estacionales como emocionales.

Hasta que una oportunidad de ascenso laboral para el padre supone una gran desilusión para el resto de la familia, porque conlleva el dejar atrás toda una forma de vida, por excitante que resulte la perspectiva de trasladarse a una ciudad como Nueva York. De hecho, al oír hablar de tanto edificio de apartamentos, Rose llega a preguntarse “¿es que no hay casas en Nueva York?”.

Una difícil decisión que llevará al padre a reflexionar, en la bonita secuencia en que contempla las huellas dejadas por los cuadros, ya descolgados, en las paredes de la casa. O que anteriormente ha ofrecido otro buen momento, cuando tras el anuncio de la “buena nueva”, Ana se sienta al piano para interpretar una canción de tono elegíaco e íntimo (You and I, el tema compuesto por Freed y por Nacio Herb Brown, 1896-1964). Una interpretación a la que se sumará su marido y, probablemente, una canción que no habían cantado juntos desde hacía mucho tiempo. Y aunque Lorenzo pregunta “¿qué es lo que te hizo pensar en ella?”, la respuesta les resulta evidente.


Minnelli ilustra el cordial relato por medio de elegantes y casi imperceptibles movimientos de cámara, como cuando esta se adentra en la intimidad de un baile navideño. De igual modo hay que señalar el desparpajo y llaneza de una excelente Judy Garland (1922-1969) o el cariño y sobriedad de Mary Astor (1906-1987), en el papel de la madre.

Cita en San Luis fue, además, el primer musical donde la incorporación de los números musicales no interrumpía la trama (por fastuosos y bien coreografiados que estuvieran, que justo es reconocerlo), sino que formaban parte de la misma, haciéndola avanzar como una parte fundamental.

Elementos que hacen que Cita en San Luis siga siendo una película tan disfrutable como imprescindible.

Escrito por Javier C. Aguilera


Adaptaciones (XXXIII): El mago de Oz, de Victor Fleming

29 noviembre, 2014

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La rapidez en los contenidos visuales ha proporcionado una saludable inmediatez, pero la marcada celeridad de muchos de ellos también ha impuesto una norma que pretende erigirse en “el presente” por excelencia, como si no fuera a haber más “presentes” después de este o hubiera que olvidar la debida consideración y reconocimiento a las personas y productos que nos precedieron. Esta actitud desdeñosa se acentúa en el cine incluso más que en otras manifestaciones artísticas. Pero por fortuna, lo hecho, hecho está, y si me permiten añadir una cita, no es improcedente aquel comentario de Marcel Proust (1871-1922) cuando afirmó que “a veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas”.

De hecho, en el cine se puede disfrutar en el presente de una buena imagen artística, acudiendo a muchas obras ejecutadas en el pasado, sin necesidad de desesperarse la mayoría de las veces debido a un batiburrillo de imágenes mareantes, un sonido estridente u otras honduras metafísicas revestidas por una nueva qualité. Podríamos decir que el cine, como el arte en general, permite confeccionar muchos “presentes”.

En un tiempo y en un estudio, Metro Goldwyn Mayer, se presumía de tener “más estrellas que en el cielo”, lo cierto es que si existe una producción donde además quedara patente el buen hacer de toda una legión de “estrellas” de detrás de la pantalla, pertenecientes a los distintos departamentos de la casa, esta bien puede ser El mago de Oz (The wizard of Oz, MGM, 1939), la adaptación del popular cuento de L. Frank Baum (1856-1919).

Baste repasar los aspectos artísticos y técnicos de la película, como la música de Harold Arlen (1905-1986), por designación de Arthur Freed (1894-1973), productor asociado y encargado del departamento musical de M.G.M., la fotografía de Harold Rosson (1895-1988), la dirección artística y decoración de Cedric Gibbons (1893-1960), junto a su asistente, el diseñador de arquitecturas William Horning (1904-1959), la producción de Mervyn LeRoy (1900-1987) y la dirección de Victor Fleming (1889-1949), que finalmente se hizo cargo de la película, tras las aportaciones de Richard Thorpe (1896-1991) –no empleadas-, George Cukor (1899-1983) o King Vidor (1894-1982). A ellos debe sumarse la labor de un buen número de guionistas, y los fabulosos efectos especiales y mecánicos de Arnold “Buddy” Gillespie (1899-1978). En resumen, cabe referirse a todos los trabajadores del estudio que confeccionaron la película, y muy especialmente, a aquellos que tuvieron que crear prácticamente desde cero.


Cuando la joven Dorohty (Judy Garland) corretea despreocupadamente por la granja de sus tíos, su tía Em (Clara Blandick) le dice que mejor busque otro sitio para jugar, “un lugar donde distraerte y nada malo te pueda ocurrir”. Desde luego que la tierra de Oz será un enclave donde pueda encontrarse lo primero, pero como en la mayoría de relatos infantiles, no es cierto que “nada pueda ocurrir”, por suerte para todos los niños (y algunos adultos), que si algo valioso poseen es el poder de la imaginación.

En el caso de Dorothy, su pureza infantil queda reflejada en el encuentro con el adivino ambulante (Frank Morgan, que interpretará otros cuatro papeles más en la película, incluido el de Mago de Oz). Se trata de una secuencia que no se encuentra en el original literario, pero en la que el adivino, por mor de su profesión, es representado como un personaje casi tan infantil como la misma Dorothy.

Como sabemos, una vez trasladada a la tierra de Oz, no cesarán los prodigios. Allí, la joven hará amistad con tres personajes singulares, un espantapájaros que anhela poseer un cerebro, el -aquí llamado- hombre de hojalata, que desea un corazón, y el león aprensivo, que reclama más bravura (respectivamente, Ray Bolger, Jack Haley y Bert Lahr). Finalmente, el Mago de Oz recuerda a personajes y espectadores en qué consiste el verdadero valor, bondad e inteligencia. Lo corrobora con gracia el espantapájaros al recordar como “muchas personas sin cerebro hablan día y noche”.


El mago de Oz ofreció un colorido y eficaz juego con las perspectivas de sus decorados, bañados por torrentes de luz, que proporcionaban la necesaria profundidad de campo al sorprendente tecnicolor. Como curiosidad y dentro de este apartado, anotemos el cambio de color en los zapatos mágicos de Dorothy, que pasaron del gris plata del libro al rojo brillante del rubí en la película, con el objetivo de que estos pudieran destacar más en pantalla.

Junto a este sobresaliente empleo de la imagen en color –podemos incluir la labor de maquillaje dentro de este apartado-, debemos agregar un espléndido uso del sonido (no solo de la magistral partitura), que experimentó con novedosos métodos de sincronización. En cuanto a la música, se trata de una composición retentiva y con contenido (distinción del talento, del que Harold Arlen no andaba escaso), que se entrelaza con los diálogos en una perfecta armonía.

Como en muchos otros clásicos de la época, por ejemplo del género de terror, también se recurrió a paráfrasis musicales. En este caso, del conocido himno Gaudeamus Igitur y de Una noche en el monte pelado de Modest Musorgski (1839-1881), pieza seleccionada poco después por Walt Disney (1901-1966) para su masterpiece Fantasía (Fantasy, Disney, 1940). 


En cuanto al guión, conviene recordar la incorporación “terrena” de los tres pintorescos acompañantes de Dorothy en el mundo de la fantasía, que aparecen como empleados en la granja. Destaquemos igualmente la set pièce en la que aparecen los “Munchkin” (los “pequeños”, en la traducción española) y el momento en que los protagonistas son acechados por los secuaces de la bruja, los monos alados. Junto con las imágenes oscuras de los dominios y el castillo de la Bruja del Norte (Margaret Hamilton); o de acuerdo con el libro, el verde con el que se adorna la Ciudad Esmeralda. Y naturalmente, el espectacular -y analógico- tornado, en el momento en que Dorothy regresa a la granja; si bien, personalmente, siempre me agradó bastante el campo de amapolas. 

La edición en DVD se acompañó de numerosos extras sobre la creación y repercusión de la película, con algunas secuencias suprimidas bastante brillantes (ahora que tanta hojarasca se mantiene en las mesas de montaje). En El mago de Oz, lo que en la realidad parece pedestre, monocorde y monocolor, es siempre fantástico, armónico y colorido en la imaginación. Por ello es interesante constatar cómo la vuelta de Dorothy a la realidad no resulta decepcionante para ella, porque gracias a este regreso nos es permitido apreciar lo que nos rodea y, al mismo tiempo, poder seguir soñando.

Escrito por Javier C. Aguilera


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