Lightyear, de Angus MacLane
Luca, de Enrico Casarosa
Si ya consideramos que El viaje de Arlo tenía referentes evidentes, Luca parece ser una revisión del cuento de la Sirenita, que ya conocemos sobradamente con la versión que hizo Disney en 1989 o incluso la visión que nos ofreció Hayao Miyazaki con Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, 2008). Sin embargo, tan solo se trata de una propuesta argumental que después se va distanciando para contarnos un relato de formación, de crecimiento personal y de (auto)descubrimiento.
De esta forma, al empezar la historia seguiremos la andadura del joven Luca, un tritón o monstruo marino, según la película, que lleva una vida anodina junto a su familia, con restricciones y miedos centrados en la superficie y en el ser humano. Como un pastor de peces, parece soñar con una vida diferente hasta que conoce a Alberto, que le abre las puertas a una nueva posibilidad: estar en la superficie terrestre, donde adopta forma humana. Junto a su nuevo amigo, tratará de descubrir cómo funciona el mundo. Sin embargo, su familia tratará de reprimir estos intentos de contacto con los seres humanos, lo que provocará que Luca se atreva a ir más allá y se adentre en un pueblo costero cercano, perteneciente a la Riviera italiana. Allí tratarán de cumplir su sueño, tan inocente como imposible: conseguir una Vespa con la que viajar por todo el mundo.
Para ello, tendrán que acostumbrarse al trato con los seres humanos, disimular su condición de monstruos marinos, evitando el contacto con el agua, y conseguir adaptarse a la vida terrestre. Para ello, contarán con la inesperada ayuda de Giulia, quien los reclutará para participar en un triatlón bastante especial que se realiza en el pueblo: la copa Portorosso. Con el dinero del premio, los dos protagonistas podrán comprar su ansiada Vespa y Giulia derrotaría al cruel y despótico Ercole. Sin embargo, conforme avancen los días, crecerán las tensiones entre los protagonistas, que también deben esconderse de los padres de Luca, que lo buscan por el pueblo.
Sin duda, Luca cuenta con una animación bella y muy fluida, que nos recuerda al estilo de la ya mencionada El viaje de Arlo, pero más pulida. Sus personajes están construidos de forma sencilla, con pocos rasgos, pero muy identificables. Y todo se desarrolla con bastante coherencia. Si bien es cierto que el primer tramo de la película está algo desconectado de la trama principal, que sucede en el pueblo costero, nos sirve para afianzar tanto la relación entre Luca y Alberto, que después será puesta a prueba por las circunstancias posteriores como para mostrar las características de ambos personajes. Sin duda, ambos son niños, pero Alberto actúa con liderazgo y aprovechándose de la inocencia de Luca para contarle cómo funciona un mundo que, en realidad, desconoce. Por su parte, Luca está entusiasmado con todo lo que se abre ante él y aprovecha cada ocasión para seguir aprendiendo, como en las escenas que comparte con Giulia en las que ella le enseña cosas elementales de la escuela, pero que resultan asombrosas para su nuevo amigo. Además, nuestro protagonista tiene una imaginación desbordante, como nos subraya la película en algunas secuencias oníricas, donde se nos dibujan las ilusiones de la mente de Luca.
Posteriormente, cuando ambos se adentren en el pueblo y disimulen ser humanos, todo se centrará en la copa Portorroso, su entrenamiento y su convivencia con Giulia y el resto de pueblerinos mientras se intercalan tanto gags humorísticos, centrados sobre todo en no ser descubiertos, y alguna escena que sirva para profundizar en ambos personajes. Por ejemplo, la ya mencionada ansiedad del protagonista por aprender cosas nuevas o la osadía de Alberto para hacer frente a cualquier reto o a cualquier adversario, especialmente si es para defender a Luca. Por su parte, el resto de personajes son bastante esquemáticos y entran dentro de lo previsto. Precisamente, el carácter de la película en sí es bastante evidente para un adulto, pero no por ello deja de ser plenamente disfrutable. Así, tenemos a Massimo, el padre de Giulia, que se corresponde con el perfil de un gigante bonachón, de aspecto aterrador, pero buen corazón; destaca sobre todo la conexión que tiene con Alberto. De la misma forma que Ercole, seguramente el personaje menos interesante del conjunto a pesar de ser necesario, es un villano arrogante y simplón cuyas acciones, generalmente tramposas, acabarán por ir en su contra, como bien le demuestran al final sus secuaces. Incluso la familia de Luca es prototípica, con una abuela cercana y comprensiva, un padre algo despistado y una madre más autoritaria, pero que se irá abriendo conforme entienda las emociones de su hijo.
Todos estos elementos, aunque simples, están bien conjugados con secuencias humorísticas y algunas escenas de carácter más dramático, centradas en la relación entre Luca y Alberto. Ellos componen el corazón de la película. No es de extrañar que los espectadores hayan elucubrado el carácter metafórico de la película en relación al rechazo que los monstruos marinos causan en el pueblo y el temor de Luca y Alberto a ser descubiertos con respecto a la propia relación que existe entre ambos personajes. Precisamente, cuestiones como la inmigración o la homosexualidad han salido a colación, siendo este último término el que resulta más evidente a lo largo de la película, a pesar de los comentarios contrarios del creador de la misma: la relación entre Luca y Alberto no se aleja en nada de los inicios amorosos que hemos visto en otras películas de animación infantiles, como Ellie y Carl en Up (Pete Docter, 2009). Pero es más, ambos tienen miedo a ser descubiertos, comparten una amistad llena de cariño y necesidad mutua, con sacrificios personales como demostración e incluso momentos de celos, algún enfado, sobre todo de Alberto, e incluso una traición. No es de extrañar que se hayan extraído las conclusiones de un romance entre ambos personajes teniendo en cuenta que incluso aparecen referencias a las nefastas reconversiones, con tío psicólogo siniestro incluido, o a otras parejas similares hacia el final de la trama. Creo que entenderlo así enriquece aún más la película.
Por tanto, aunque se trate de una película menor y de un carácter más infantil que el de sus grandes títulos, Pixar nos regala una obra tierna y dulce, incluso nostálgica para los adultos que rememoren sus veranos de infancia, pero sin dejar de ser fresca para los más pequeños. Su estilo artístico es bastante agradable y cuenta con una gran solidez visual. La música de Dan Romer tiene evidentes ecos italianos y nos recuerda en algunas de sus piezas al minimalismo de Ludovico Einaudi o de Yann Tiersen, incluso hay ciertas semejanzas con la música del eterno compositor de Ghibli, Joe Hisaishi. Y también se nota el cuidado y mimo puesto en la elaboración narrativa y visual, que llega hasta su emotiva conclusión seguido por unos créditos sencillos, pero que sirven para seguir encariñándose de los personajes en un breve epílogo con varias tiras cómicas. En definitiva, una obra para dejarse llevar sin esperar grandes ambiciones.
Onward, de Dan Scanlon
La memoria conforma quienes somos. Incluso los recuerdos que no vivimos. El ser humano en sociedad acumula acontecimientos que entran a formar parte de la historia común, de la misma forma que los recuerdos acumulados por cada persona conforman su historia individual. Pero estos recuerdos crecen, se expanden, viven incluso en personas que no conocemos o que no conoceremos. Las narraciones familiares son el primer paso para afrontar nuestra propia historia y siempre llegamos cuando el planteamiento lleva ya tiempo rodando. Por ello, como si de una serie televisiva se tratase, los que ya estaban aquí nos empiezan contando los capítulos anteriores, aquellas temporadas que nos perdimos, y así nos hacemos una idea del camino que hemos empezado a recorrer. Dentro de este panorama existencial, son las historias de quienes no están, de quienes nos dejaron, las que suponen un abismo en que podemos perdernos, elucubrando sobre esos fantasmas que siguen vivos en esas anécdotas familiares y sintiendo cercanas a personas a las que nunca conoceremos.Por otra parte, Barley es un joven algo bravucón y desvergonzado, extravertido aparentemente, con intereses que podríamos catalogar como frikis, como su afición por Dragones y Mazmorras y defensor de lo histórico y de las raíces mágicas de su comunidad. Su bien más preciado es una furgoneta que va reparando con el tiempo, un tópico estadounidense del valor antiguo de los vehículos y sus particulares tuneos. A pesar de sus diferencias, y aunque Ian se muestre avergonzado por algunas actitudes de Barley, tienen una buena relación y a ambos les une, en gran medida, la añoranza por el padre perdido. No en vano, Ian atesora las pocas anécdotas de su padre que Barley recuerda cuando puede y que, además, formarán parte imprescindible de la trama. A fin de cuentas, el padre es un personaje imprescindible en la trama, empleado además de forma cómica, más allá del melodrama en el que cae a veces.
Sin duda, Onward tiene un equilibrio bastante acertado entre el humor, la aventura y la emotividad, con un tramo final que logra pasar de un anticlímax reflexivo a un clímax espectacular, con una escena muda bastante acertada y que se convierte en una propuesta distinta a lo habitual. Este esquema sigue una estructura similar a la anterior propuesta de la productora que no fue una secuela, Coco (Lee Unkrich, 2017), aunque su diseño y su estilo visual sean bastante diferentes. Y aunque el ambiente y el torno mágicos nos remitan a la fantasía, Pixar vuelve a conseguir situar cuestiones muy humanas dentro de paradigmas que no lo parecen a priori.
En definitiva, esta película nos propone un viaje ligero gracias a su humor, pero escondiendo un aprendizaje vital más profundo de lo que aparentaba; una obra sobre la formación y el crecimiento de su protagonista. Es el periplo del héroe que debe aprender que la única forma de cambiar es viviendo o que lo que necesitaba ya lo tenía. Son tópicos clásicos, que ya nos han contado en otras ocasiones, pero narrados de una forma distinta, con algunos elementos originales y con situaciones en que muchos se sentirán identificados. Os invitamos a verla en familia, aunque a pesar de ser de Pixar, recomendamos que no sea con niños pequeños, la comprenderán mejor y la disfrutarán más con cierta edad.
El viaje de Arlo, de Peter Sohn
La tendencia, perjudicial para el cine, de esperar de cada película que se estrena una obra maestra nos puede impedir disfrutar de esas piezas pequeñas, dentro de las empresas más relevantes del panorama, como de obras que no pretenden llegar a ese estatus. Acostumbrados a que la animación de Pixar deslumbre a grandes y pequeños con logradas entregas de historias emotivas, resuenan bastante sus fracasos o sus obras menores. Entre todas ellas, quizás sea El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, 2015) la que lidere un peculiar grupo dentro de la carrera de Pixar: las que pasaron desapercibidas, las que no son tan buenas como para encumbrarlas pero ni tan malas como para encabezar algún listado de decepciones. Se trata, sin duda, de una película menor, más eficiente para un público meramente infantil, compuesta de demasiados retales que recuerdan a obras semejantes y que parece haber sufrido una producción que la ha acabado por convertir en una película carente del espíritu que encontramos en otras obras de la compañía.Toy Story 4, de Josh Cooley
En nuestra vida debemos aprender a despedirnos. A despedirnos de un ser querido, a despedirnos de un bien preciado, a despedirnos de un trabajo, a despedirnos de una etapa que se cierra, a despedirnos de nosotros mismos. Por ejemplo, parecía que nos habíamos despedido de los juguetes más famosos de la ficción con un broche de oro en la aventurera y nostálgica Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010), pero pareció surgir una necesidad de añadir una historia más, la que acabaría por conformar la actual Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019). Una historia que parecía necesitar una nueva despedida, esta vez más definitiva, seguramente en un tono aún más dramático y solemne, pero sin perder de vista aquellos rasgos que han hecho inolvidable a la saga, como su humor y la -necesaria- aventura.Porque, en efecto, Toy Story siempre ha sido, en el fondo, la historia de Woody. Aunque tuvo un protagonismo compartido con Buzz, lo cierto es que todas las entregas han girado en torno al vaquero: la crisis al sentirse desplazado por Andy ante la aparición de Buzz y al observar cómo perdía su liderazgo entre los juguetes en Toy Story (John Lasseter, 1995), el debate interno entre retornar a casa o encontrar otro destino en un museo en Toy Story 2 (John Lasseter, 1999), la búsqueda de un nuevo futuro para todos los juguetes renunciando a Andy en Toy Story 3, y finalmente, Toy Story 4, que nos remite en cierta forma a un debate que ya estuvo presente en Toy Story 2, pero que toma un cariz más emocional y romántico: ¿seguir siendo un juguete que sirve a un niño o convertirse en un juguete abandonado? Lo cierto es que Toy Story 4 resume el espíritu de las anteriores películas, lo que podemos asumir como el culmen de la saga: Woody vuelve a sentirse desplazado, quiere ganarse el liderazgo que tenía antaño, debe ayudar al nuevo juguete a admitir su identidad como tal, aunque en esta ocasión se establezca una relación paterno-filial entre él y Forky, en lugar de la rivalidad amistosa entre iguales que tenía con Buzz, y vuelve a plantearse la diatriba entre buscar otro destino que no sea junto a un niño, y también el de ayudar a otros juguetes, incluso a sus amigos, a lograr un destino mejor.
No obstante, para ello, se renuncia a otorgar protagonismo a otros personajes conocidos para cederle aún más foco al vaquero. Por ejemplo, Buzz, habitual coprotagonista de la saga, ha ido perdiendo relevancia conforme avanzaban las entregas, estando aquí relegado a repetir un rol similar al de Toy Story 2, en que iba al rescate de Woody. Se acaba convirtiendo en un recurso cómico junto a los peluches Ducky y Bunny, además de ser el principal representante de una subtrama bastante divertida, en que los juguetes de Bonnie harán todo lo posible por impedir que la familia se marche del pueblo. A esta tarea quedará reducida la participación de los juguetes originales de Andy y de los nuevos personajes apenas explorados que aportaba Bonnie. Por contra, se reforzará el valor coprotagónico de un personaje renovado: Bo Peep. La pastora cubre su fragilidad como pieza de porcelana junto a sus ovejas de valentía y arrojo para saber desenvolverse con soltura en un mundo más salvaje que la habitación de un niño y prosigue con una historia de empoderamiento femenino que está subrayado en Toy Story 4 desde varios ángulos. Así, por ejemplo, tenemos también a Bonnie, la niña que establece sus normas y preferencias en su juego. Como niña, opta por elegir juguetes femeninos con los que se siente más identificada y situarlos como protagonistas de sus historias. De ahí que entre Woody y Jessie, elija a la segunda como sheriff. De ahí, por tanto, el desplazamiento del protagonista, que se siente ahora en un entorno que es similar al anterior, pero que ha cambiado significativamente. Y de ahí también la nostalgia por Andy, al que se siente vinculado inevitablemente, porque le recuerda a una época en que se sintió realizado. En cierta forma, es también el reflejo de la evolución del tiempo, de su carencia para adaptarse a un nuevo rol y de sus crisis personal por no sentirse útil en esta nueva situación, por no poder volver a ser tan importante para Bonnie como lo fue para Andy. Todo lo contrario que Bo Peep, que lejos de amilanarse y quedarse estancada, ha sabido buscar una nueva vida y hacerse más fuerte e independiente.
Pero también hay espacio para el lado más negativo de toda esta situación. La pertenencia a un niño o a una niña es para los juguetes lo equivalente al hogar, a la seguridad, a o ya conocido y también a lo anhelado. Durante la película, todos los juguetes involucrados en la trama principal atraviesan un momento de ansia por tener su propio dueño. Por ejemplo, los peluches Ducky y Bunny ayudan a Buzz cuando este les promete poder irse junto a Bonnie, Bo Peep tiene un momento de duda ante Woody cuando este le sugiere que se marche con él. Frente a ellos, Forky representa todo lo contrario, porque no surgió realmente como un juguete y sus ansiedades son otras distintas, aunque aprenda a comprender el nuevo papel que le ha tocado vivir, en una evolución de personaje bastante tierna, cercana y amena. Ahora bien, esta ansiedad también puede derivar en comportamientos agresivos y negativos, incluso en traumas. Así, tenemos por ejemplo a Duke Caboom, un juguete que se siente deprimido al recordar cómo fue despreciado por su dueño al no poder cumplir con las expectativas que la publicidad vendía en televisión. Pero también a la pseudovillana de esta entrega, Gabby Gabby, una muñeca antigua.
La saga ha ido perdiendo cada vez más el carácter violento de sus villanos. Por ejemplo, en la primera entrega, Sid representaba la antítesis del niño bueno, Andy, no había ningún fondo que explicara su comportamiento. Posteriormente, en la segunda se nos presentaba a un juguete malévolo que deseaba encontrar su lugar en el mundo sin tener en cuenta la opinión o los deseos de los demás, despreciando ese estilo de vida de pertenencia a un niño. De ahí pasamos a una tercera entrega en la que se nos presente a una especie de dictador de la guardería cuyo carácter viene definido por una triste historia al haberse convertirse en un juguete abandonado en un descuido y ser sustituido por otro muñeco que le impedía regresar a casa. Ahora, quien podría considerarse la mala de la película tan solo ansía lo mismo que todos los demás han disfrutado: una niña que la quiera. Aunque para ello, debe conseguir una pieza concreta que Woody también posee. Llegado el momento, la obra le deja espacio a este personaje para redimirse, sufrir una decepción y encontrar un destino favorable.
Sin duda, Toy Story 4 es una de las historias más maduras de la saga, porque se distancia de su mensaje habitual y nos muestra una crisis existencial con ecos puramente nostálgicos. Igual que en Del revés (Pete Docter, 2015) se nos proponía el paso de la infancia a la adolescencia, en esta encontramos otro tipo de cambio vital, más adulto, en el que se invita a abandonar la zona de confort para arriesgarse a vivir una vida nueva. Además, no deja de ser una película emotiva y muy entretenida, con buenos toques de acción y una animación espectacular, dentro de uno de los niveles más altos de Pixar. Cuenta también con un humor fresco dentro de la saga gracias, por ejemplo, a la incorporación de Forky y los dos peluches, Bunny y Ducky, así como toda la subtrama, ya mencionada, de los viejos juguetes interviniendo en la vida de los humanos. Y su conclusión es una auténtica despedida, en la que se pone el broche final a la evolución de Woody como personaje, un personaje que ha ido creciendo en la misma medida que sus espectadores.
WALL-E, de Andrew Stanton
Como si fuera el destino de un solitario superviviente, un robot en silencio prosigue en una eterna tarea de limpieza mientras se salta su programación para descubrir una humanidad perdida en forma de objetos de un pasado perdido y de películas románticas e idealistas. Esos minutos iniciales y poéticos de WALL-E (Andrew Stanton, 2008) nos recuerdan a los grandes artistas del cine mudo que desprendían con el humor una gran humanidad, caso de Harold Lloyd (1893-1971) o Charles Chaplin (1889-1977), marcando así un prólogo que sigue en la misma calidad de Up (Pete Docter, 2009). Y no acaba ahí, sino que prosigue en una aventura de estilo bizantino, donde dos robots enamorados enfrentarán grandes obstáculos para estar juntos... mientras recuperan a la humanidad que perdieron los últimos seres humanos.Coco, de Lee Unkrich
En la cultura occidental existe la tradición, manifestada de muy diversas formas, de honrar a nuestros seres queridos fallecidos. Por influencia de la cultura estadounidense, Halloween se ha convertido en la marca más extendida, pero no es la única. En España se visitan los cementerios para cuidar las sepulturas de nuestros familiares y rezar por ellos siguiendo la tradición cristiana del Día de Todos los Santos. Similar es la tradición mejicana, cuya identidad es más reconocible por la cantidad de símbolos, como las calaveras, con los que se decoran las casas y cementerios, todo para honrar el recuerdo de quienes nos han dejado. Toy Story 3, de Lee Unkrich
Cuando su dueño Andy se prepara para ir a la universidad, el vaquero Woody, el astronauta Buzz y el resto de sus amigos juguetes comienzan a preocuparse por su futuro incierto. Es así como todos ellos acaban en una guardería, pese a las reticencias de Woody, que aún confia en su fiel amigo Andy. La guardería, liderada por un temido oso amoroso, recrea una sociedad completamente autoritaria, donde les ocurrirán desternillantes aventuras de todo tipo; por ejemplo, la muñeca Barbie conocerá al guapo Ken o conoceremos el lado oculto de Buzz Lightyear. Esta reunión de nuestros amigos con otros nuevos juguetes no será sino el principio de una serie de trepidantes y divertidas aventuras.
Escrito por Mariela B. Ortega
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