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Lightyear, de Angus MacLane

05 julio, 2022

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Con su buen hacer en el mundo de la animación, se nos había olvidado que el público objetivo de Pixar son los niños. Aunque es algo que ya recordé con relación a El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, 2015), el nivel general de esta compañía ha sido tan alto, que encontrarnos con piezas menores resulta anómalo, pero las tiene y debemos considerarlas como tales. A pesar incluso de sus posibles promociones, el caso de Lightyear (Id., Angus MacLane, 2022) debemos encuadrarlo como una obra menor destinada al público infantil, de ahí que su narrativa sea tan tópica y no aporte ninguna novedad o profundidad como las que podríamos encontrar en obras anteriores de Pixar. No obstante, no quiere decir que sea una mala obra, sino que debe entenderse desde su contexto y su público objetivo.

Adelanto esta cuestión porque la película se inicia con un prólogo bastante solemne que remite a su identidad: esta es la obra que vio Andy, el protagonista de Toy Story (Id., John Lasseter, 1995), cuando era niño y que prendió la llama del deseo de tener al muñeco de acción. Es decir, estamos ante una película hecha para que los niños disfruten, una película de entretenimiento y acción con un protagonista heroico prototípico, teniendo que ser lo suficientemente espectacular como para sorprender a cualquier infante. En este sentido, cumple con ambas facetas, pero se queda a medio gas en ser más significativa. Esto supone un batacazo para todo el público que ha acudido por el factor de la nostalgia al que tanto se apela en la industria cinematográfica. Sin duda, aquellos niños que a mediados de los noventa disfrutaron del inicio de la saga Toy Story ya no disfrutarán tanto de esta película como entonces, porque la perspectiva ha cambiado. Sobre todo teniendo en cuenta la calidad de sus secuelas, mucho más conseguidas que este spin off, incluso con ese epílogo crepuscular que fue Toy Story 4 (Id., Josh Cooley, 2019), que algunos consideraron innecesario, pero que exploraba nuevos terrenos en la franquicia.

Como curiosidad, no es la primera vez que se abordan las aventuras galácticas de Buzz Lightyear, ya existió un spin off en forma de película en formato casero y posterior serie conocida como Buzz Lightyear - Guardianes del espacio (Buzz Lightyear of Star Command, 2000-2001). Incluso podemos considerar que guarda una relación más directa con el modelo del protagonista de Toy Story más que lo que vemos en Lightyear. No obstante, ahora debemos centrarnos en esta última.


La película se divide de forma evidente en dos arcos argumentales que tienen un tema central que recae sobre el conflicto personal del protagonista. Nada más empezar, nos situamos en un futuro espacial en el que una enorme nave transporta a cientos de seres humanos en hipersueño en un viaje espacial incierto (nunca se comenta en la película). No obstante, cuando la Inteligencia Artificial de la nave detecta un posible planeta habitable, activa a los Guardianes Espaciales para que lo verifiquen. El primero en despertar es Buzz Lightyear, que durante todo este tramo se mostrará decidido, responsable e intrépido, pero también quisquilloso y arrogante. Durante toda la película veremos de manera habitual que todo le sale bien por su empeño y habilidad, junto a cierto factor de suerte. Pero será precisamente su primer error en la película la que marque toda la trama de la misma y su conflicto personal, ese debate interno por conseguir cumplir con su misión como debe hacer todo Guardián Espacial que se precie.

Así, el prólogo finaliza con todos los humanos creando una colonia en el nuevo planeta obligados por un accidente. Y ahí da inicio la mejor parte de la película, que se encuentra cara a cara con otros fragmentos geniales de Pixar, como los inicios de WALL-E (Id., Andrew Stanton, 2008) o Up (Id., Pete Docter, 2009). Para reparar la nave necesitan crear un cristal de combustible que sea suficiente para soportar la hipervelocidad, para cada prueba que realiza Buzz en el espacio lo proyecta hacia el futuro, como el funcionamiento de algunos planetas en Interstellar (Id., Christopher Nolan, 2014). A pesar de ello, pone empeño en su misión aunque fracasa de manera continua, lo que acarrea que todos envejecen al pasar los años mientras que para él solo han pasado semanas. Eso se refleja sobre todo en su relación con la otra Guardiana Espacial, Alisha Hawthorne, a quien vemos formando una familia y envejeciendo paso a paso, mientras Buzz se convierte en un testigo mudo de ese pasar del tiempo sin remedio, hasta alcanzar un final inevitable. El reencuentro final supone una escena demoledora sentimentalmente y un punto de inflexión para el protagonista. Por cierto, es en Alisha donde encontramos una ridícula polémica por ser pareja de otra mujer, Kiko. No se muestran más que retazos de esta relación, pero ha provocado ríos de tinta en redes que, desde mi punto de vista y en los tiempos que corren, no deberían ni siquiera existir. La película otorga normalidad absoluta a esta relación y se actúa en consecuencia; incluso dentro de la trama es anecdótico, ningún personaje le da algún tipo de importancia y lo observan con naturalidad. Además, cabe destacar que la relación de amistad de Buzz y Alisha es la mejor parte de la película y la que da sentido y empaque a la disyuntiva del protagonista.


Precisamente, a partir del último reencuentro con Alisha nos encontramos con otra película, que cambia de tono. Buzz sigue aspirando a cumplir con su misión, para lo cual se rebela contra el sistema acomodado de la colonia y huye con su gato robot Sox, que ha dado con una fórmula estable. Cabe destacar que el gato funciona en la trama para solucionar problemas puntuales y permitir avanzar la historia así como remedio cómico bastante bueno. No obstante, su último viaje para comprobar esta nueva fórmula lo llevará a un futuro en el que la colonia está siendo asediada por la invasión de la nave Zurg. Ante ese panorama, se inicia una historia de aventuras de tono más infantil, donde encontraremos humor gracias a la aparición de un comando novato de soldados que supondrán una pesadilla para Buzz, pero que, a su vez, le harán darse cuenta de todo lo que ha perdido por su tozudez con la misión. Por cierto, la extravagancia de estos personajes, que incluían debilidades como la indecisión, la apatía o incluso la mala programación (en el caso del robot), me recordaron a la estrafalaria compañía que acompañaba a Milo en Atlantis: El imperio perdido (Atlantis: The Lost Empire, Kirk Wise y Gary Trousdale, 2001), aunque en una versión más torpe. 

Como decíamos, estos personajes obligan a Buzz a enfrentarse a una realidad que ha estado eludiendo. Precisamente, este es el enfrentamiento final de la obra: ¿debía Buzz darlo todo por la misión o debería haber tenido en cuenta a los demás supervivientes, a la colonia a la que nunca llegó a pertenecer? Las referencias a Alisha son muy relevantes en esta parte, realizadas por el personaje de Izzy, ya que subrayan el vacío de la vida de Buzz frente a la vida plena que habían tenido los habitantes originales de la colonia que él creó accidentalmente. El emperador Zurg supondrá la antítesis de la elección que tomará finalmente Buzz. Es bastante curiosa la forma de abordar al villano de la trama, pues resulta un giro de guion válido y bastante bueno para que el conflicto siga perteneciendo por completo al protagonista, pero resulta curioso encontrarnos de nuevo la referencia a El Imperio contraataca (The Empire Strikes Back, Irvin Kershner, 1980), cuando se revela la identidad de Zurg y Buzz cree que es su padre. Sobre todo si tenemos en cuenta que esta misma parodia ya se realizó en Toy Story 2 (Id., John Lasseter, 1999). No obstante, aunque sobre el papel pueda ser interesante, no aporta ninguna novedad relevante, sino que sigue los parámetros de una narrativa habitual en este tipo de historias, incluyendo un anticlimax en el que el protagonista siente que todo está perdido, la recuperación de autoestima de un grupo de marginados, que se sienten validados y reconocidos por méritos propios, el necesario sacrificio final y el cambio de postura del protagonista rechazando la perversión de su motivación inicial que representa el villano.


En definitiva, Lightyear es una película que divertirá a los niños, que tiene personajes atractivos y cómicos, que defiende la importancia de la vida personal y única frente a una vida derrochada en un proyecto inalcanzable, y que tiene un ritmo capaz de acelerarse y ralentizarse en los momentos justos. Cabe reconocer que Pixar sabe realizar este tipo de películas con una aparente facilidad pasmosa, pero que, en realidad, nos sabe a poco teniendo en cuenta los grandes precedentes de esta empresa, especialmente la franquicia de la que se deriva este spin off. Es una buena película infantil que aborda una aventura especial con algún momento puntual de grandeza, pero que no pasa de ser eso. Ahora bien, no creo que lo pretendiera.

Escrito por Luis J. del Castillo



Luca, de Enrico Casarosa

10 julio, 2021

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Hace algún tiempo repasamos la película El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, 2015) y nos detuvimos a aclarar que se trataba de una película menor en la trayectoria de Pixar. No debemos malinterpretar esta afirmación, pues nos referimos sobre todo a la propia ambición creativa de sus creadores y de la compañía. Y no le resta ningún valor a la obra en sí. Dentro de esa categoría, podríamos situar a Luca (2021), la más reciente incorporación al catálogo de la compañía de animación digital. Pero, a diferencia de El viaje de Arlo, en el que encontrábamos una gran irregularidad, el carácter menor de Luca no le resta ningún ápice de validez ni a su narrativa ni a su carácter. Es más, podríamos afirmar que es una pequeña película refrescante, acertada y muy tierna.


Si ya consideramos que El viaje de Arlo tenía referentes evidentes, Luca parece ser una revisión del cuento de la Sirenita, que ya conocemos sobradamente con la versión que hizo Disney en 1989 o incluso la visión que nos ofreció Hayao Miyazaki con Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo, 2008). Sin embargo, tan solo se trata de una propuesta argumental que después se va distanciando para contarnos un relato de formación, de crecimiento personal y de (auto)descubrimiento. 


De esta forma, al empezar la historia seguiremos la andadura del joven Luca, un tritón o monstruo marino, según la película, que lleva una vida anodina junto a su familia, con restricciones y miedos centrados en la superficie y en el ser humano. Como un pastor de peces, parece soñar con una vida diferente hasta que conoce a Alberto, que le abre las puertas a una nueva posibilidad: estar en la superficie terrestre, donde adopta forma humana. Junto a su nuevo amigo, tratará de descubrir cómo funciona el mundo. Sin embargo, su familia tratará de reprimir estos intentos de contacto con los seres humanos, lo que provocará que Luca se atreva a ir más allá y se adentre en un pueblo costero cercano, perteneciente a la Riviera italiana. Allí tratarán de cumplir su sueño, tan inocente como imposible: conseguir una Vespa con la que viajar por todo el mundo.



Para ello, tendrán que acostumbrarse al trato con los seres humanos, disimular su condición de monstruos marinos, evitando el contacto con el agua, y conseguir adaptarse a la vida terrestre. Para ello, contarán con la inesperada ayuda de Giulia, quien los reclutará para participar en un triatlón bastante especial que se realiza en el pueblo: la copa Portorosso. Con el dinero del premio, los dos protagonistas podrán comprar su ansiada Vespa y Giulia derrotaría al cruel y despótico Ercole. Sin embargo, conforme avancen los días, crecerán las tensiones entre los protagonistas, que también deben esconderse de los padres de Luca, que lo buscan por el pueblo.


Sin duda, Luca cuenta con una animación bella y muy fluida, que nos recuerda al estilo de la ya mencionada El viaje de Arlo, pero más pulida. Sus personajes están construidos de forma sencilla, con pocos rasgos, pero muy identificables. Y todo se desarrolla con bastante coherencia. Si bien es cierto que el primer tramo de la película está algo desconectado de la trama principal, que sucede en el pueblo costero, nos sirve para afianzar tanto la relación entre Luca y Alberto, que después será puesta a prueba por las circunstancias posteriores como para mostrar las características de ambos personajes. Sin duda, ambos son niños, pero Alberto actúa con liderazgo y aprovechándose de la inocencia de Luca para contarle cómo funciona un mundo que, en realidad, desconoce. Por su parte, Luca está entusiasmado con todo lo que se abre ante él y aprovecha cada ocasión para seguir aprendiendo, como en las escenas que comparte con Giulia en las que ella le enseña cosas elementales de la escuela, pero que resultan asombrosas para su nuevo amigo. Además, nuestro protagonista tiene una imaginación desbordante, como nos subraya la película en algunas secuencias oníricas, donde se nos dibujan las ilusiones de la mente de Luca.



Posteriormente, cuando ambos se adentren en el pueblo y disimulen ser humanos, todo se centrará en la copa Portorroso, su entrenamiento y su convivencia con Giulia y el resto de pueblerinos mientras se intercalan tanto gags humorísticos, centrados sobre todo en no ser descubiertos, y alguna escena que sirva para profundizar en ambos personajes. Por ejemplo, la ya mencionada ansiedad del protagonista por aprender cosas nuevas o la osadía de Alberto para hacer frente a cualquier reto o a cualquier adversario, especialmente si es para defender a Luca. Por su parte, el resto de personajes son bastante esquemáticos y entran dentro de lo previsto. Precisamente, el carácter de la película en sí es bastante evidente para un adulto, pero no por ello deja de ser plenamente disfrutable. Así, tenemos a Massimo, el padre de Giulia, que se corresponde con el perfil de un gigante bonachón, de aspecto aterrador, pero buen corazón; destaca sobre todo la conexión que tiene con Alberto. De la misma forma que Ercole, seguramente el personaje menos interesante del conjunto a pesar de ser necesario, es un villano arrogante y simplón cuyas acciones, generalmente tramposas, acabarán por ir en su contra, como bien le demuestran al final sus secuaces. Incluso la familia de Luca es prototípica, con una abuela cercana y comprensiva, un padre algo despistado y una madre más autoritaria, pero que se irá abriendo conforme entienda las emociones de su hijo. 


Todos estos elementos, aunque simples, están bien conjugados con secuencias humorísticas y algunas escenas de carácter más dramático, centradas en la relación entre Luca y Alberto. Ellos componen el corazón de la película. No es de extrañar que los espectadores hayan elucubrado el carácter metafórico de la película en relación al rechazo que los monstruos marinos causan en el pueblo y el temor de Luca y Alberto a ser descubiertos con respecto a la propia relación que existe entre ambos personajes. Precisamente, cuestiones como la inmigración o la homosexualidad han salido a colación, siendo este último término el que resulta más evidente a lo largo de la película, a pesar de los comentarios contrarios del creador de la misma: la relación entre Luca y Alberto no se aleja en nada de los inicios amorosos que hemos visto en otras películas de animación infantiles, como Ellie y Carl en Up (Pete Docter, 2009). Pero es más, ambos tienen miedo a ser descubiertos, comparten una amistad llena de cariño y necesidad mutua, con sacrificios personales como demostración e incluso momentos de celos, algún enfado, sobre todo de Alberto, e incluso una traición. No es de extrañar que se hayan extraído las conclusiones de un romance entre ambos personajes teniendo en cuenta que incluso aparecen referencias a las nefastas reconversiones, con tío psicólogo siniestro incluido, o a otras parejas similares hacia el final de la trama. Creo que entenderlo así enriquece aún más la película.



Por tanto, aunque se trate de una película menor y de un carácter más infantil que el de sus grandes títulos, Pixar nos regala una obra tierna y dulce, incluso nostálgica para los adultos que rememoren sus veranos de infancia, pero sin dejar de ser fresca para los más pequeños. Su estilo artístico es bastante agradable y cuenta con una gran solidez visual. La música de Dan Romer tiene evidentes ecos italianos y nos recuerda en algunas de sus piezas al minimalismo de Ludovico Einaudi o de Yann Tiersen, incluso hay ciertas semejanzas con la música del eterno compositor de Ghibli, Joe Hisaishi. Y también se nota el cuidado y mimo puesto en la elaboración narrativa y visual, que llega hasta su emotiva conclusión seguido por unos créditos sencillos, pero que sirven para seguir encariñándose de los personajes en un breve epílogo con varias tiras cómicas. En definitiva, una obra para dejarse llevar sin esperar grandes ambiciones.


Escrito por Luis J. del Castillo

Onward, de Dan Scanlon

17 marzo, 2020

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La memoria conforma quienes somos. Incluso los recuerdos que no vivimos. El ser humano en sociedad acumula acontecimientos que entran a formar parte de la historia común, de la misma forma que los recuerdos acumulados por cada persona conforman su historia individual. Pero estos recuerdos crecen, se expanden, viven incluso en personas que no conocemos o que no conoceremos. Las narraciones familiares son el primer paso para afrontar nuestra propia historia y siempre llegamos cuando el planteamiento lleva ya tiempo rodando. Por ello, como si de una serie televisiva se tratase, los que ya estaban aquí nos empiezan contando los capítulos anteriores, aquellas temporadas que nos perdimos, y así nos hacemos una idea del camino que hemos empezado a recorrer. Dentro de este panorama existencial, son las historias de quienes no están, de quienes nos dejaron, las que suponen un abismo en que podemos perdernos, elucubrando sobre esos fantasmas que siguen vivos en esas anécdotas familiares y sintiendo cercanas a personas a las que nunca conoceremos.

La huella de quienes se fueron puede llegar a ser bastante profunda si se convierte en motivo de comparación o cuando nos planteamos cómo hubiera sido nuestra vida si esas personas hubieran seguido vivas. Sobre esta cuestión parece centrarse Onward (Dan Scanlon, 2020), la recién estrenada película de Pixar, que nos transporta a la vida de los hermanos Ian y Barley Lightfood, cuyo padre falleció por una enfermedad cuando eran muy pequeños y que ahora parecen tener la oportunidad de conocerlo gracias a la magia. Hay quien ha visto cierta similitud con el argumento de Full Metal Alchemist (Hiromu Arakawa, 2001-2010), pero el rumbo que toma Onward y toda su idiosincrasia dicta mucho del manga (o de sus adaptaciones anime), aunque partan de un hecho similar: el de dos hermanos intentando recuperar a una figura paternal o maternal, según el caso.


La película empieza situándonos en un mundo mágico, en que seres que habitualmente asociamos a la fantasía, como hadas, centauros, unicornios, dragones y elfos, han conformado una sociedad como la nuestra, basada en la tecnología, habiendo quedado la magia relegada a ser un mito. Todos estos seres han dejado de aprovechar sus características especiales para llevar una vida regulada dentro de un estilo contemporáneo, que incluye detalles suburbanos, como los barrios residenciales de una gran ciudad, las autopistas, el extrarradio, etc. Dentro de este panorama, logramos tener la excusa perfecta para permitirnos un hecho mágico, que será realmente el McGuffin de toda la película: existe un hechizo para poder traer de vuelta al padre que perdieron, pero solo durante 24 horas. Sin embargo, sale mal y se ven obligados a encontrar una piedra fénix antes de que transcurra ese día para lograrlo o ya no podrán volver a tener esa oportunidad. Comienza así esta particular road movie fraternal en que ambos hermanos intentarán lograr su objetivo mientras mejoran y aprenden a conocerse a sí mismos y al otro.

La personalidad de los personajes está bien definida. Por una parte, Ian, a quien podemos considerar el auténtico protagonista, dado que el foco no lo abandona, es un muchacho inseguro y con pocas habilidades sociales al que le pesa no haber podido conocer a su padre ni compartir ningún recuerdo de su vida. Cuando se encuentra por casualidad con un viejo compañero de su padre, que se lo describe como una persona maravillosa, pretende lograr superar sus miedos y conseguir tener una vida mejor. Sin embargo, como ya sabemos, la experiencia ajena no nos hace cambiar con tanta facilidad, en ocasiones es necesario experimentar una serie de vivencias para lograr ese cambio.


Por otra parte, Barley es un joven algo bravucón y desvergonzado, extravertido aparentemente, con intereses que podríamos catalogar como frikis, como su afición por Dragones y Mazmorras y defensor de lo histórico y de las raíces mágicas de su comunidad. Su bien más preciado es una furgoneta que va reparando con el tiempo, un tópico estadounidense del valor antiguo de los vehículos y sus particulares tuneos. A pesar de sus diferencias, y aunque Ian se muestre avergonzado por algunas actitudes de Barley, tienen una buena relación y a ambos les une, en gran medida, la añoranza por el padre perdido. No en vano, Ian atesora las pocas anécdotas de su padre que Barley recuerda cuando puede y que, además, formarán parte imprescindible de la trama. A fin de cuentas, el padre es un personaje imprescindible en la trama, empleado además de forma cómica, más allá del melodrama en el que cae a veces.

En su periplo hasta la piedra fénix, Ian hará todo lo necesario por lograr su objetivo, deseando cumplir el sueño de conocer a su padre, para el que piensa múltiples actividades. Sin embargo, la película propone en realidad un viaje hacia su evolución. Como suele suceder con todas las road movie, lo importante es el viaje, no la meta. A través de las pruebas que debe afrontar Ian, que son excesivamente subrayadas en el tramo final, logra lo que en el fondo quería y lo que realmente necesitaba. Mientras que Barley, que aparentaba ser más frívolo e indiferente a las opiniones ajenas, acaba por mostrar su corazón. Además, el viaje conjunto tiene un clímax bastante catártica para el espectador. Como sucedía en Una cuestión de tiempo (About time, Richard Curtis, 2013), se emplea un elemento mágico para intentar darnos una lección sobre nuestra vida cotidiana. A partir de un hecho extraordinario, se nos remite un mensaje para aprender sobre el valor de lo ordinario, de lo que vivimos o hemos vivido día a día sin necesidad de tener ningún don especial, sin necesidad de magia alguna. Y lo que parecía una historia en busca de la oportunidad de volver a estar con un padre, acaba por ser una revalorización de todo lo que se ha vivido. Siendo lo mejor de todo que nada se siente forzado, sino que evoluciona de forma natural de un punto hasta el otro.


A todo ello debemos sumar que los personajes secundarios brillan y aportan un tono humorístico que consigue equilibrarlo todo. Desde la madre de los protagonistas, que a pesar de las apariencias iniciales, muestra arrojo y es capaz de luchar y aventurarse para asegurar la protección de sus hijos, pasando por la Mantícora, que tiene que decidirse por su pasado más bestial y su vida actual, o por el padrastro, un centauro policía al que le encanta hacer chascarrillos, hasta llegar a los múltiples personajes esporádicos que en apenas unos trazos consiguen ser reconocibles, aunque podamos considerar tópicos, como sucede con las hadas moteras.

Sin duda, Onward tiene un equilibrio bastante acertado entre el humor, la aventura y la emotividad, con un tramo final que logra pasar de un anticlímax reflexivo a un clímax espectacular, con una escena muda bastante acertada y que se convierte en una propuesta distinta a lo habitual. Este esquema sigue una estructura similar a la anterior propuesta de la productora que no fue una secuela, Coco (Lee Unkrich, 2017), aunque su diseño y su estilo visual sean bastante diferentes. Y aunque el ambiente y el torno mágicos nos remitan a la fantasía, Pixar vuelve a conseguir situar cuestiones muy humanas dentro de paradigmas que no lo parecen a priori.


En definitiva, esta película nos propone un viaje ligero gracias a su humor, pero escondiendo un aprendizaje vital más profundo de lo que aparentaba; una obra sobre la formación y el crecimiento de su protagonista. Es el periplo del héroe que debe aprender que la única forma de cambiar es viviendo o que lo que necesitaba ya lo tenía. Son tópicos clásicos, que ya nos han contado en otras ocasiones, pero narrados de una forma distinta, con algunos elementos originales y con situaciones en que muchos se sentirán identificados. Os invitamos a verla en familia, aunque a pesar de ser de Pixar, recomendamos que no sea con niños pequeños, la comprenderán mejor y la disfrutarán más con cierta edad.


El viaje de Arlo, de Peter Sohn

21 agosto, 2019

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La tendencia, perjudicial para el cine, de esperar de cada película que se estrena una obra maestra nos puede impedir disfrutar de esas piezas pequeñas, dentro de las empresas más relevantes del panorama, como de obras que no pretenden llegar a ese estatus. Acostumbrados a que la animación de Pixar deslumbre a grandes y pequeños con logradas entregas de historias emotivas, resuenan bastante sus fracasos o sus obras menores. Entre todas ellas, quizás sea El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, 2015) la que lidere un peculiar grupo dentro de la carrera de Pixar: las que pasaron desapercibidas, las que no son tan buenas como para encumbrarlas pero ni tan malas como para encabezar algún listado de decepciones. Se trata, sin duda, de una película menor, más eficiente para un público meramente infantil, compuesta de demasiados retales que recuerdan a obras semejantes y que parece haber sufrido una producción que la ha acabado por convertir en una película carente del espíritu que encontramos en otras obras de la compañía.

Basándose en un mundo hipotético donde los dinosaurios se hubieran desarrollado sin desaparecer adoptando costumbres humanas -es decir, volvemos al mundo de la fábula pero con dinosaurios-, seremos testigos de la vida familiar de unos diplodocus cuyo miembro más joven no acaba por encontrar su sitio en la familia o en las tareas del hogar, demasiado asustado, viviendo a expensas de decepcionar a los demás de nuevo. Su padre se empeñará en darle una tarea con la que pueda probar su valía como ya lo hicieron sus hermanos: capturar a la criatura que está robándoles el maíz. Sin embargo, cuando Arlo esté a punto de hacerlo, descubrirá a un animal que nunca había visto, incapaz de comunicar con él y completamente salvaje: un niño, un ser humano.


Cuando mencionábamos los retales de otras obras, cabe destacar que se debe a los tumbos que va dando la trama principal, con escenas que bien podría recordarnos a El rey león (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994), Ice Age: La edad de hielo (Chris Wedge y Carlos Saldanha, 2002), Dinosaurio (Eric Leighton y  Ralph Zondag, 2000), entre otras. Lo cierto es que su carácter la asemeja más a una producción Disney que Pixar. Y ante todo, es una odisea, un necesario retorno a casa, durante el cual nuestro protagonista crecerá y enfrentará sus miedos, conociendo a diversas criaturas extrañas y aprendiendo a desconfiar de las engañosas apariencias.

Lo que mejor funciona en El viaje de Arlo es la entrañable relación entre Arlo y el niño. Esta se asienta en dialogos donde priman los símbolos y los gestos, o los gruñidos. En el fondo, ambos personajes están solos y solo se tienen el uno al otro, y pese al arrojo del niño, habrá momentos en que temerá por su vida y será cuando Arlo deba encontrar el valor del que pensaba carecer, superando también un hecho trágico que le da fuerzas para cambiar el futuro. Lamentablemente, son tantas las interrupciones en el desarrollo de esta relación así como la aparición de otros personajes que aportan poco, que cabe pensar si acaso no debieron centrarse algo más en este apartado que llega a ser tan emotivo. No obstante, el final de esta trama es prácticamente un cliché y lo pudimos encontrar en la más simpática y dinámica Ice Age.


Las subtramas son meras apariciones en el viaje de Arlo, idas y venidas de personajes puntuales que, quitando al grupo de villanos, no tienen mayor relevancia que su esporádica presencia. Así, tenemos a un peculiar dinosaurio que tiene toda una colección de animales a su alrededor que parecen controlarlo, llegando a ser algo siniestro; un grupo de pterodáctilos que funcionan como carroñeros, siendo una especie de buitres; o unos simpáticos T-Rex que ejercen como vaqueros. Pero, como advertíamos, su presencia es más bien anecdótica dentro de esta particular odisea, de forma semejante a lo que sucedía en Buscando a Nemo (Andrew Stanton y Lee Unkrich, 2003) con todos los seres marinos que Martin encontraba en su viaje para rescatar a su hijo, pero sin la entereza ni la fuerza narrativa central (la de los protagonistas) tan logradas.

En definitiva, El viaje de Arlo es una buena película decididamente infantil, como por ejemplo lo era, marcando las distancias, Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988), que aborda temas en torno al valor, la familia o la identidad de una manera tierna. No obstante, es una pieza menor con una identidad demasiado heredera de otras obras anteriores más logradas, como Ice Age, En busca del valle encantando (Don Bluth, 1988), Lilo & Stitch (Dean DeBlois y Chris Sanders, 2002) o, incluso, la ya mencionado El rey león. Además, su argumento está fragmentado en subtramas un tanto fútiles que provocan que lo que parecía ser una mezcla de aventuras y road movie acabe teniendo retazos inconexos de otros géneros, como, por ejemplo, el western.  Ahora bien, la relación entre los protagonistas y la forma en que se explora durante el metraje contiene escenas bastante emotivas y muy conseguidas, sin desmerecer además su estupenda animación, logrando que algunas secuencias sean una delicia visual, aunque no mantenga siempre el nivel. Todo ello la hace merecer al menos un visionado, sobre todo si es con niños.


Toy Story 4, de Josh Cooley

17 julio, 2019

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En nuestra vida debemos aprender a despedirnos. A despedirnos de un ser querido, a despedirnos de un bien preciado, a despedirnos de un trabajo, a despedirnos de una etapa que se cierra, a despedirnos de nosotros mismos. Por ejemplo, parecía que nos habíamos despedido de los juguetes más famosos de la ficción con un broche de oro en la aventurera y nostálgica Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010), pero pareció surgir una necesidad de añadir una historia más, la que acabaría por conformar la actual Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019). Una historia que parecía necesitar una nueva despedida, esta vez más definitiva, seguramente en un tono aún más dramático y solemne, pero sin perder de vista aquellos rasgos que han hecho inolvidable a la saga, como su humor y la -necesaria- aventura.

El tono de Toy Story 4 lo vislumbramos desde un inicio que nos remite al pasado. Volvemos a casa del niño Andy, hace nueve años, para descubrir qué sucedió con Bo Peep, el interés amoroso de Woody en las dos primeras entregas y que estuvo desaparecida en la tercera. En una emocionante y emotiva secuencia, este personaje femenino plantea una disyuntiva a nuestro protagonista: abandonar a Andy e irse con ella o quedarse. Su respuesta ya la conocemos, y continuaremos entonces con un resumen acelerado de los siguientes acontecimientos hasta volver a mostrarnos la conclusión de Toy Story 3, aquella en la que los juguetes eran entregados a una nueva propietaria, Bonnie. Este prólogo ya asienta las bases sobre las que se va a asentar toda la película, principalmente las dudas de Woody ante la disyuntiva entre seguir dependiendo de la satisfacción de un niño o niña o buscar una libertad llena de inseguridades, pero desafiante. Una cuestión que con Andy quizás era más firme, pero que ante su nueva situación comienza a ser una posibilidad abierta. 


Porque pronto pasamos a un primer tramo de la historia en que conoceremos la vida actual de estos juguetes en manos de su nueva niña. Una vida de juegos e ilusión que recuerda en su forma de organizarse a aquellas escenas de entregas anteriores donde los juguetes se coordinaban para mantener oculta su actividad como entes vivos. Sin embargo, pronto descubriremos que dentro de ese nuevo, aunque reconocible paradigma, Woody ha sido desplazado por la niña, que no lo escoge entre sus juguetes predilectos y lo relega al armario. A pesar de las reticencias de los nuevos muñecos y de los ánimos de los viejos amigos, como Buzz Lightyear, la veteranía del vaquero le obliga a intentar seguir al mando y a arriesgarse a acompañar a Bonnie a su primer día de escuela. Allí ayudará a Bonnie a sentirse mejor procurándole los materiales para crearse a un nuevo amigo: Forky, un juguete creado con restos de basura que acabará por cobrar vida como el resto de juguetes. Sin embargo, no comprende muy bien cuál es el nuevo sentido de su vida, lo que lo diferencia radicalmente del resto de personajes y ofrece una perspectiva muy distinta del valor que tiene realmente su existencia. A partir de entonces, Woody se hará cargo de Forky como su guardián y mentor, hasta que un viaje en caravana los deje a ambos desamparados y teniendo que regresar junto a los demás.

En efecto, entre el prólogo y este primer tramo de historia encontramos los dos conflictos principales de la historia, aunque el segundo, que será el rescate de Forky y el regreso junto al resto de juguetes, sea realmente una excusa, un mcguffin, para promover el primero, que sería ese debate interno de Woody por encontrar su espacio en el mundo. Ambas cuestiones están íntimamente relacionadas, porque el viaje para salvar a Forky sirve a Woody para encontrarse con otras posibilidades, para tomar nuevos riesgos y para acrecentar la duda de su interior. No en vano, el segundo tramo de la narración es provocada por un primer paso de distanciamiento del deber que tiene Woody como juguete de una niña, ya que en lugar de regresar al hogar, decide arriesgarse a entrar en una tienda de antigüedades donde podría estar su vieja amiga, Bo Peep. El segundo paso de ese distanciamiento será cuando acepte un sacrificio que le convertirá en otro tipo de juguete, anteponiendo la felicidad futura de Bonnie a sus propios intereses. En sí misma, Toy Story 4 sirve para dar un final digno al personaje protagonista de toda la saga.


Porque, en efecto, Toy Story siempre ha sido, en el fondo, la historia de Woody. Aunque tuvo un protagonismo compartido con Buzz, lo cierto es que todas las entregas han girado en torno al vaquero: la crisis al sentirse desplazado por Andy ante la aparición de Buzz y al observar cómo perdía su liderazgo entre los juguetes en Toy Story (John Lasseter, 1995), el debate interno entre retornar a casa o encontrar otro destino en un museo en Toy Story 2 (John Lasseter, 1999), la búsqueda de un nuevo futuro para todos los juguetes renunciando a Andy en Toy Story 3, y finalmente, Toy Story 4, que nos remite en cierta forma a un debate que ya estuvo presente en Toy Story 2, pero que toma un cariz más emocional y romántico: ¿seguir siendo un juguete que sirve a un niño o convertirse en un juguete abandonado? Lo cierto es que Toy Story 4 resume el espíritu de las anteriores películas, lo que podemos asumir como el culmen de la saga: Woody vuelve a sentirse desplazado, quiere ganarse el liderazgo que tenía antaño, debe ayudar al nuevo juguete a admitir su identidad como tal, aunque en esta ocasión se establezca una relación paterno-filial entre él y Forky, en lugar de la rivalidad amistosa entre iguales que tenía con Buzz, y vuelve a plantearse la diatriba entre buscar otro destino que no sea junto a un niño, y también el de ayudar a otros juguetes, incluso a sus amigos, a lograr un destino mejor.

No obstante, para ello, se renuncia a otorgar protagonismo a otros personajes conocidos para cederle aún más foco al vaquero. Por ejemplo, Buzz, habitual coprotagonista de la saga, ha ido perdiendo relevancia conforme avanzaban las entregas, estando aquí relegado a repetir un rol similar al de Toy Story 2, en que iba al rescate de Woody. Se acaba convirtiendo en un recurso cómico junto a los peluches Ducky y Bunny, además de ser el principal representante de una subtrama bastante divertida, en que los juguetes de Bonnie harán todo lo posible por impedir que la familia se marche del pueblo. A esta tarea quedará reducida la participación de los juguetes originales de Andy y de los nuevos personajes apenas explorados que aportaba Bonnie. Por contra, se reforzará el valor coprotagónico de un personaje renovado: Bo Peep. La pastora cubre su fragilidad como pieza de porcelana junto a sus ovejas de valentía y arrojo para saber desenvolverse con soltura en un mundo más salvaje que la habitación de un niño y prosigue con una historia de empoderamiento femenino que está subrayado en Toy Story 4 desde varios ángulos. Así, por ejemplo, tenemos también a Bonnie, la niña que establece sus normas y preferencias en su juego. Como niña, opta por elegir juguetes femeninos con los que se siente más identificada y situarlos como protagonistas de sus historias. De ahí que entre Woody y Jessie, elija a la segunda como sheriff. De ahí, por tanto, el desplazamiento del protagonista, que se siente ahora en un entorno que es similar al anterior, pero que ha cambiado significativamente. Y de ahí también la nostalgia por Andy, al que se siente vinculado inevitablemente, porque le recuerda a una época en que se sintió realizado. En cierta forma, es también el reflejo de la evolución del tiempo, de su carencia para adaptarse a un nuevo rol y de sus crisis personal por no sentirse útil en esta nueva situación, por no poder volver a ser tan importante para Bonnie como lo fue para Andy. Todo lo contrario que Bo Peep, que lejos de amilanarse y quedarse estancada, ha sabido buscar una nueva vida y hacerse más fuerte e independiente.


Pero también hay espacio para el lado más negativo de toda esta situación. La pertenencia a un niño o a una niña es para los juguetes lo equivalente al hogar, a la seguridad, a o ya conocido y también a lo anhelado. Durante la película, todos los juguetes involucrados en la trama principal atraviesan un momento de ansia por tener su propio dueño. Por ejemplo, los peluches Ducky y Bunny ayudan a Buzz cuando este les promete poder irse junto a Bonnie, Bo Peep tiene un momento de duda ante Woody cuando este le sugiere que se marche con él. Frente a ellos, Forky representa todo lo contrario, porque no surgió realmente como un juguete y sus ansiedades son otras distintas, aunque aprenda a comprender el nuevo papel que le ha tocado vivir, en una evolución de personaje bastante tierna, cercana y amena. Ahora bien, esta ansiedad también puede derivar en comportamientos agresivos y negativos, incluso en traumas. Así, tenemos por ejemplo a Duke Caboom, un juguete que se siente deprimido al recordar cómo fue despreciado por su dueño al no poder cumplir con las expectativas que la publicidad vendía en televisión. Pero también a la pseudovillana de esta entrega, Gabby Gabby, una muñeca antigua.

La saga ha ido perdiendo cada vez más el carácter violento de sus villanos. Por ejemplo, en la primera entrega, Sid representaba la antítesis del niño bueno, Andy, no había ningún fondo que explicara su comportamiento. Posteriormente, en la segunda se nos presentaba a un juguete malévolo que deseaba encontrar su lugar en el mundo sin tener en cuenta la opinión o los deseos de los demás, despreciando ese estilo de vida de pertenencia a un niño. De ahí pasamos a una tercera entrega en la que se nos presente a una especie de dictador de la guardería cuyo carácter viene definido por una triste historia al haberse convertirse en un juguete abandonado en un descuido y ser sustituido por otro muñeco que le impedía regresar a casa. Ahora, quien podría considerarse la mala de la película tan solo ansía lo mismo que todos los demás han disfrutado: una niña que la quiera. Aunque para ello, debe conseguir una pieza concreta que Woody también posee. Llegado el momento, la obra le deja espacio a este personaje para redimirse, sufrir una decepción y encontrar un destino favorable.


Sin duda, Toy Story 4 es una de las historias más maduras de la saga, porque se distancia de su mensaje habitual y nos muestra una crisis existencial con ecos puramente nostálgicos. Igual que en Del revés (Pete Docter, 2015) se nos proponía el paso de la infancia a la adolescencia, en esta encontramos otro tipo de cambio vital, más adulto, en el que se invita a abandonar la zona de confort para arriesgarse a vivir una vida nueva. Además, no deja de ser una película emotiva y muy entretenida, con buenos toques de acción y una animación espectacular, dentro de uno de los niveles más altos de Pixar.  Cuenta también con un humor fresco dentro de la saga gracias, por ejemplo, a la incorporación de Forky y los dos peluches, Bunny y Ducky, así como toda la subtrama, ya mencionada, de los viejos juguetes interviniendo en la vida de los humanos. Y su conclusión es una auténtica despedida, en la que se pone el broche final a la evolución de Woody como personaje, un personaje que ha ido creciendo en la misma medida que sus espectadores.


WALL-E, de Andrew Stanton

13 febrero, 2018

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Como si fuera el destino de un solitario superviviente, un robot en silencio prosigue en una eterna tarea de limpieza mientras se salta su programación para descubrir una humanidad perdida en forma de objetos de un pasado perdido y de películas románticas e idealistas. Esos minutos iniciales y poéticos de WALL-E (Andrew Stanton, 2008) nos recuerdan a los grandes artistas del cine mudo que desprendían con el humor una gran humanidad, caso de Harold Lloyd (1893-1971) o Charles Chaplin (1889-1977), marcando así un prólogo que sigue en la misma calidad de Up (Pete Docter, 2009). Y no acaba ahí, sino que prosigue en una aventura de estilo bizantino, donde dos robots enamorados enfrentarán grandes obstáculos para estar juntos... mientras recuperan a la humanidad que perdieron los últimos seres humanos.

En WALL-E, como en Up, a la que podemos considerar una película hermana en su estructura, tenemos una gran división entre una primera parte y una segunda. La primera parte se inicia con el prólogo mencionado, que transmite toda una serie de sensaciones con recursos clásicos y que culmina con el encuentro con EVA y su posterior marcha forzada por su misión. A partir de ahí da comienzo la segunda parte, la odisea del robot por volver a estar junto a EVA mientras que con sus inocentes y torpes actos va desvelando el destino sin rumbo de una humanidad perdida en el espacio.

Podemos considerar que el prólogo es la mejor parte de WALL-E, pero lo cierto es que desarrolla grandes ideas dentro de la parte trepidante y más infantil de la aventura. Por una parte, nos encontramos con el reflejo de una sociedad prácticamente robotizada, o idiotizada. Una sociedad que, al vivir enganchada a la tecnología y al entretenimiento, con lo que ya se ha empezado a denominar nomofobia, ha dejado de pensar, de cuidarse físicamente y de, en definitiva, ser humanos. Aunque en gran medida el ser humano sirve de personaje de fondo general, representado sobre todo por el comandante de la nave, lo cierto es que guarda uno de los grandes mensajes de advertencia para el espectador, en la línea de la utópica Un mundo feliz (Aldous Huxley, 1932). 


No en vano, se hace hincapié en cómo la curiosidad se va extendiendo por este personaje para intentar aprender cada vez más sobre la Tierra y, por ende, sobre el ser humano, redescubriendo y planteándose preguntas acerca de una humanidad que es muy distante a aquella vida vacía en que ahora se encuentran, en la que todo es satisfecho de inmediato y donde no cabe cuestionarse nada. Una crítica a un tipo de sociedad acomodaticia y que ha perdido una de las señas de identidad del ser humano: la curiosidad, la capacidad crítica para plantearse el mundo, en la línea de lo que sugiere el cortometraje ¿Por qué desaparecieron los dinosaurios? (Mar Delgado y Esaú Dharma, 2011). Además, el sistema que controla toda la situación es una versión de HAL 9000 de 2001: Odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), siendo un claro homenaje, aunque poco original. Entre medias, también habrá críticas a las empresas corruptas que ocultan información a la sociedad. WALL-E no se aleja de ser una distopía encubierta en una película para un público infantil.

Por otra parte, nos encontraríamos el mundo animado de los robots, alejado de la simpleza en que se hayan instalados los humanos. WALL-E procede de la Tierra y ha heredado esa curiosidad innata que a los demás les falta, erigiéndose como un ser humanizado, como también sucederá con el resto de robots defectuosos. En este punto, merece la pena comentar cómo algunos de estos personajes marginados o apartados de los demás tienen defectos que se asemejan a enfermedades mentales de nuestra actualidad, como pudiera ser el TOC en el caso de un robot de limpieza. Ni en estos detalles se escapa la oportunidad de realizar una crítica a partir del humor. 


Continuando con lo mencionado sobre el protagonista, si este ha desarrollado sentimientos y curiosidad, es decir, se ha humanizado, el punto álgido de esta humanización se produce cuando se enamora de EVA. La relación entre ambos personajes no es novedosa, dado que parte de esquemas ya conocidos, incluyendo un rechazo final, el descubrimiento de los actos bondadosos del personaje que amaba desde el principio, en este caso WALLE, y finalizando en una conexión reforzada que, en este caso, vence a su propia programación electrónica. Sin embargo, que no sea original no le quita mérito a un desarrollo bastante logrado, tierno y emotivo, que remite a ciertas obras clásicas y que conecta a la perfección con el espectador.

Por último, y no menos importante, debemos destacar el mensaje ecologista de la película, que apuesta claramente por mostrar las consecuencias no solo del tipo de sociedad que estamos creando, sino también de los efectos que estamos causando en el planeta. Cuando advertía que no se alejaba de una distopía, bastaba con referirnos a ese prólogo ya citado o al momento final de la película, donde queda espacio para la esperanza. No podemos olvidar que el público objetivo de esta obra sigue siendo infantil, o juvenil, y por ello también existe una invitación a cambiar las cosas: a tener curiosidad, a plantearse un nuevo mundo, sin olvidar que para ello hay que esforzarse y luchar contra la adversidad.


En conclusión, WALL-E tiene la suerte de tener dos lecturas: la del robot simpático que se embarca en una aventura espacial para conseguir estar junto a su amada y la lectura crítica de una sociedad que es el reflejo de nuestro futuro si continuamos en la misma senda. Eso enriquece lo que aparentemente sería una obra infantil y le da un carácter maduro sin perder su capacidad para entretener a grandes y pequeños, con momentos de anticlímax y tensión incluidos.


Coco, de Lee Unkrich

26 diciembre, 2017

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En la cultura occidental existe la tradición, manifestada de muy diversas formas, de honrar a nuestros seres queridos fallecidos. Por influencia de la cultura estadounidense, Halloween se ha convertido en la marca más extendida, pero no es la única. En España se visitan los cementerios para cuidar las sepulturas de nuestros familiares y rezar por ellos siguiendo la tradición cristiana del Día de Todos los Santos. Similar es la tradición mejicana, cuya identidad es más reconocible por la cantidad de símbolos, como las calaveras, con los que se decoran las casas y cementerios, todo para honrar el recuerdo de quienes nos han dejado. 

De ahí vienen dos tendencias generales y artísticas, una consistente en buscar el miedo entre fantasmas y sustos paranormales y otra que aúna el recuerdo hacia lo perdido con la gratitud. Y por ello no nos debe resultar extraño que existan películas que unan ambos mundos, como ya ocurriera con Pesadilla antes de Navidad (Henry Selick, 1993), y como sucede ahora con la hermosa Coco (Lee Unkrich, 2017).

Sin duda, Pixar se ha convertido en una de las principales empresas de animación en el mundo, consiguiendo emocionarnos con sus propuestas cinematográficas. Y aunque es cierto que ha tenido algunas obras más regulares o inclusa malas, su calidad suele ser elevada y va unida al favor tanto de crítica como de público. Con Coco, dirigida por el mismo responsable que Toy Story 3 (2010), vuelve a ser así.


En esta obra nos pondremos en la piel del joven Miguel, un aspirante a músico que quiere cumplir su sueño a pesar de la prohibición de su familia de acercarse a la música desde que su tatarabuelo los abandonase por perseguir ese mismo deseo. Sin embargo, el muchacho tiene talento y no dudará en arriesgarse a fin de seguir los pasos de su ídolo, Ernesto de la Cruz, aunque para ello deba robar su guitarra. Nuestro protagonista no solo incumplirá las normas familiares, sino que también atentará contra las reglas que existen entre el mundo de los vivos y de los muertos, provocando así una maldición que le obligará a encontrar su salvación entre los fantasmas que pueblan el otro mundo. De esta forma, la auténtica aventura comenzará cuando Miguel se adentre en el mundo de los muertos y descubra cómo funciona y cómo de importantes son las relaciones familiares con el mundo de los vivos. 

Así pues, la película tiene un elemento principal muy reconocible: un protagonista rebelde en un proceso de aprendizaje y crecimiento. Como sucedía con Del revés (Pete Docter y Ronnie del Carmen, 2015), existe un conflicto entre la identidad y la personalidad de este protagonista, que en ambos casos es un preadolescente, y la situación y normas familiares, en lo que vendría a ser el principio del fin de la infancia. Ahora bien, si en Del revés, toda la aventura sucedía en otro nivel, mostrando los cambios a través de las emociones personificadas, en este caso, nos encontramos con un proceso más clásico, donde será el protagonista quien viva una situación extraña que le permita tanto encontrar su sitio en el mundo como comprender a su familia.


De la misma forma, la estructura de la obra también es habitual: una presentación de la situación, que quizás sea la peor parte de la película en cuanto al ritmo, el descubrimiento del conflicto, que sería volver al mundo de los vivos, y finalmente, el desenlace, que al contrario que el planteamiento, se trata de lo mejor de la obra, donde se reúnen todos los elementos presentados anteriormente para llegar a una conclusión emotiva y bastante completa. En este sentido, Coco va de menos a más, y lo que podría aparentar ser una película más, consigue dar un sentido pleno a sus presupuestos, aunque estos sean típicos y ya los hayamos vistos en otras obras. Es más, el espectador habituado podrá encontrar la lógica de los giros argumentales antes de que estos sucedan, pero ello no les resta ingenio y lógica dentro de la historia que se nos presenta. 

Cabe destacar, no obstante, la labor que se hace al plantear a los personajes, por ejemplo, las matriarcas familiares, representadas por la abuela y la tatarabuela, un malvado creíble, aunque despiadado, y un casi coprotagonista que comienza siendo simpático, pero que llegará a ser uno de los componentes más emotivos. A ello acompaña el importante valor que se le otorga a la familia y que va más allá de las meras palabras para ahondar en esas cicatrices que un hecho del pasado puede dejar en las personas. El propio hecho de haber titulado Coco a esta película demuestra su clara intención.


Por otra parte, encontramos una menor dosis de humor a favor de una mayor presencia de drama. Ello no quiere decir que no existan elementos cómicos, pero están bastante distribuidos durante la película y no destacan especialmente, dado que son recursos clásicos, como un personaje que se queda boquiabierto y se le queda por ello la mandíbula al ser un esqueleto. Además, se supone que Dante (nombre adecuado para un viaje al más allá), el perro vagabundo que cuida Miguel, debería ser un alivio cómico en ciertas circunstancias, pero llega a sentirse como un añadido más bien innecesario y carganta, incluso con su posterior cambio. En el terreno del humor, la mejor parodia será la de Frida Kahlo (1907-1954).

En el terreno de la tragedia, la película nos brinda escenas que sirven al protagonista para madurar, como el descubrimiento de una muerte definitiva, la conversación con su tatarabuela en la escalera o la importancia que adquiere que los vivos no nos olvidemos de nuestros fallecidos. Por no olvidar mencionar la verosimilitud que esconde el hecho de que la música sirva para recordar, si atendemos a las últimas investigaciones sobre Alzheimer. Precisamente, la rebeldía de Miguel sirve para cambiar a su familia, pero sin que por ello se pierdan los valores positivos que trataban de transmitirle. Cerca del final encontraremos un momento de tensión anticlimático que, como era de esperar, acaba en el clímax concluyente de la obra, consiguiendo cerrar tanto la trama personal del protagonista como la de los otros personajes, incluso aquellos que considerábamos irrelevantes y que al final pueden llegar a tener un protagonismo inesperado, pero razonable gracias al argumento. Todo ello no evita que haya ciertas lagunas, como que su familia no sea capaz de encontrarlo en el mundo de los muertos a pesar de los recursos que tienen y a los que después recurren con mayor facilidad. O que en algunas ocasiones sintamos que la celebración mejicana se encuentra más bien como fondo para contar la historia, aunque realmente toda la película se alimenta de elementos propios de esta cultura para sostenerse.


No podríamos finalizar nuestro comentario sin destacar el apartado técnico, en el que Pixar sigue sobresaliendo en sobremanera, poniéndolo todo al servicio de lo que quiere contar. Por ejemplo, hay ocasiones en que logra reflejar bastante bien cómo se toca una guitarra mediante la animación. Además, en el estilo visual del mundo de los muertos podemos notar ciertas influencias del mundo fantástico de El viaje de Chihiro (Hayao Miyazaki, 2001), con la que además comparte ciertas ideas, como el conflicto familiar inicial y la posterior necesidad de regresar al mundo real. No obstante, si debemos destacar alguno de los elementos de la película es su música, tanto la banda sonora compuesta por Michael Giacchino como las canciones que pueblan la obra, especialmente Recuérdame, de Robert Lopez y Kristen Anderson-Lopez, que acaba por convertirse en pieza esencial y principal en todo el entramado, enriqueciéndose en cada versión que de la misma aparece en varios puntos del argumento.

En definitiva, Coco es una gran propuesta para toda la familia, donde encontraremos una historia no solo emotiva, sino bien narrada, cuya intensidad irá in crescendo. Algo debido, esencialmente, a una primera parte algo menos amena, dado que toda la propuesta gana cuando se inicia el periplo por el mundo de los muertos. Y de forma clara nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de mantener vivo el recuerdo de quienes nos precedieron, pero un recuerdo sano, que no nos limite ni nos impida avanzar para cumplir nuestros sueños. Y, por supuesto, que solo muere realmente aquello que olvidamos.


Toy Story 3, de Lee Unkrich

06 enero, 2015

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Todos hemos sido niños. Todos hemos disfrutado de cosas que hoy en día las encontraríamos simples, infantiles e, incluso, faltas de sentimiento. ¿Qué niño no ha pensado alguna vez que sus juguetes pueden cobrar vida cuando nadie les ve? Toy Story comenzó como una película que intentaba recordarnos de forma sencilla pero bella a la vez dos cosas muy importantes en la vida: que todos hemos sido niños y hemos disfrutado de nuestros juguetes preferidos, y que la amistad puede ir más allá de todo lo imaginable, escapando a nuestro entendimiento. John Lasseter y el fantástico equipo de Pixar nos hizo comprender que nuestra vida y todas las experiencias futuras de nuestra existencia parten desde nuestra infancia, y un buen amigo en esa infancia nos ayudará a crecer como personas. 


Cuando su dueño Andy se prepara para ir a la universidad, el vaquero Woody, el astronauta Buzz y el resto de sus amigos juguetes comienzan a preocuparse por su futuro incierto. Es así como todos ellos acaban en una guardería, pese a las reticencias de Woody, que aún confia en su fiel amigo Andy. La guardería, liderada por un temido oso amoroso, recrea una sociedad completamente autoritaria, donde les ocurrirán desternillantes aventuras de todo tipo; por ejemplo, la muñeca Barbie conocerá al guapo Ken o conoceremos el lado oculto de Buzz Lightyear. Esta reunión de nuestros amigos con otros nuevos juguetes no será sino el principio de una serie de trepidantes y divertidas aventuras.


Con esta película se consagra una trilogía que ha marcado un antes y un después en la infancia de muchos de nosotros y en la forma de hacer cine de animación. Pixar consigue crear una película brillante, aunque ya abriera camino con Wall-E o con Up en su objetivo de crear un film para niños y para adultos, sin aburrir a unos u a otros. Esta tercera parte es, claramente, más madura que sus predecesoras, pero sigue manteniendo intacta su esencia de hace ya más de quince años.

Y es que aunque pase el tiempo, hay cosas que no cambian. Podrán cambiar los amigos, las metas, nuestras metas... Pero se mantiene, por ejemplo, la nostalgia de la niñez, lo que una vez sentimos por un recuerdo o un juguete especial. En Toy Story también ocurre lo mismo: cambia el director de la película (de John Lasseter a Lee Unkrich), crece Andy (de 6 años que tenía a 17) y decrecen los juguetes con los que él solía jugar. Una muestra de cómo el tiempo pasa para todos, con la que no sentiremos identificados, desde aquella primera película en la que disfrutábamos con las aventuras de nuestros juguetes, hasta el final de una etapa, en la que crecemos y empezamos nosotros mismos a vivir nuestras propias aventuras.


El argumento tiene como eje central el paso del tiempo, las distintas etapas de la vida y de cómo hay ciclos que comienzan y ciclos que terminan, con su correspondiente dolor y esperanza. Para hablarnos de esto, Toy Story 3 nos muestra un desfile de personajes tan diversos y divertidos, como brillantemente escritos. La animación, presentada también en 3D, cuenta con una gran calidad, con unos escenarios que proporcionarán un mayor realismo a las aventuras de nuestros personajes. También nos divertirán con su característico humor, a la vez variado e inteligente, y escenas de acción, intriga y aventura al estilo de las películas de Indiana Jones. En definitiva, una historia bien encajada, con un ritmo que no decae y con un final bastante redondo y, curiosamente, triste y esperanzador al mismo tiempo, que emocionará a más de un espectador.



Escrito por Mariela B. Ortega


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