El viaje de Arlo, de Peter Sohn

21 agosto, 2019

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La tendencia, perjudicial para el cine, de esperar de cada película que se estrena una obra maestra nos puede impedir disfrutar de esas piezas pequeñas, dentro de las empresas más relevantes del panorama, como de obras que no pretenden llegar a ese estatus. Acostumbrados a que la animación de Pixar deslumbre a grandes y pequeños con logradas entregas de historias emotivas, resuenan bastante sus fracasos o sus obras menores. Entre todas ellas, quizás sea El viaje de Arlo (The Good Dinosaur, Peter Sohn, 2015) la que lidere un peculiar grupo dentro de la carrera de Pixar: las que pasaron desapercibidas, las que no son tan buenas como para encumbrarlas pero ni tan malas como para guardarla en la memoria. Se trata, sin duda, de una película menor, más eficiente para un público meramente infantil, compuesta de demasiados retales que recuerdan a obras semejantes y que parece haber sufrido una producción que la ha acabado por convertir en una película carente del espíritu que encontramos en otras obras de la compañía.

Basándose en un mundo hipotético donde los dinosaurios se hubieran desarrollado sin desaparecer adoptando costumbres humanas -es decir, volvemos al mundo de la fábula pero con dinosaurios-, seremos testigos de la vida familiar de unos diplodocus cuyo miembro más joven no acaba por encontrar su sitio en la familia o en las tareas del hogar, demasiado asustado, viviendo a expensas de decepcionar a los demás de nuevo. Su padre se empeñará en darle una tarea con la que pueda probar su valía como ya lo hicieron sus hermanos: capturar a la criatura que está robándoles el maíz. Sin embargo, cuando Arlo esté a punto de hacerlo, descubrirá a un animal que nunca había visto, incapaz de comunicar con él y completamente salvaje: un niño, un ser humano.


Cuando mencionábamos los retales de otras obras, cabe destacar que se debe a los tumbos que va dando la trama principal, con escenas que bien podría recordarnos a El rey león (Rob Minkoff y Roger Allers, 1994), Ice Age: La edad de hielo (Chris Wedge y Carlos Saldanha, 2002), Dinosaurio (Eric Leighton y  Ralph Zondag, 2000), entre otras. Lo cierto es que su carácter la asemeja más a una producción Disney que Pixar. Y ante todo, es una odisea, un necesario retorno a casa, durante el cual nuestro protagonista crecerá y enfrentará sus miedos, conociendo a diversas criaturas extrañas y aprendiendo a desconfiar de las engañosas apariencias.

Lo que mejor funciona en El viaje de Arlo es la entrañable relación entre Arlo y el niño. Esta se asienta en dialogos donde priman los símbolos y los gestos, o los gruñidos. En el fondo, ambos personajes están solos y solo se tienen el uno al otro, y pese al arrojo del niño, habrá momentos en que temerá por su vida y será cuando Arlo deba encontrar el valor del que pensaba carecer, superando también un hecho trágico que le da fuerzas para cambiar el futuro. Lamentablemente, son tantas las interrupciones en el desarrollo de esta relación así como la aparición de otros personajes que aportan poco, que cabe pensar si acaso no debieron centrarse algo más en este apartado que llega a ser tan emotivo. No obstante, el final de esta trama es prácticamente un cliché y lo pudimos encontrar en la más simpática y dinámica Ice Age.


Las subtramas son meras apariciones en el viaje de Arlo, idas y venidas de personajes puntuales que, quitando al grupo de villanos, no tienen mayor relevancia que su esporádica presencia. Así, tenemos a un peculiar dinosaurio que tiene toda una colección de animales a su alrededor que parecen controlarlo, llegando a ser algo siniestro; un grupo de pterodáctilos que funcionan como carroñeros, siendo una especie de buitres; o unos simpáticos T-Rex que ejercen como vaqueros. Pero, como advertíamos, su presencia es más bien anecdótica dentro de esta particular odisea, de forma semejante a lo que sucedía en Buscando a Nemo (Andrew Stanton y Lee Unkrich, 2003) con todos los seres marinos que Martin encontraba en su viaje para rescatar a su hijo, pero sin la entereza ni la fuerza narrativa central (la de los protagonistas) tan logradas.

En definitiva, El viaje de Arlo es una buena película decididamente infantil, como por ejemplo lo era, marcando las distancias, Mi vecino Totoro (Hayao Miyazaki, 1988), que aborda temas en torno al valor, la familia o la identidad de una manera tierna. No obstante, es una pieza menor con una identidad demasiado heredera de otras obras anteriores más logradas, como Ice Age, En busca del valle encantando (Don Bluth, 1988), Lilo & Stitch (Dean DeBlois y Chris Sanders, 2002) o, incluso, la ya mencionado El rey león. Además, su argumento está fragmentado en subtramas un tanto fútiles que provocan que lo que parecía ser una mezcla de aventuras y road movie acabe teniendo retazos inconexos de otros géneros, como, por ejemplo, el western.  Ahora bien, la relación entre los protagonistas y la forma en que se explora durante el metraje contiene escenas bastante emotivas y muy conseguidas, sin desmerecer además su estupenda animación, logrando que algunas secuencias sean una delicia visual, aunque no mantenga siempre el nivel. Todo ello la hace merecer al menos un visionado, sobre todo si es con niños.


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