Toy Story 4, de Josh Cooley

17 julio, 2019

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En nuestra vida debemos aprender a despedirnos. A despedirnos de un ser querido, a despedirnos de un bien preciado, a despedirnos de un trabajo, a despedirnos de una etapa que se cierra, a despedirnos de nosotros mismos. Por ejemplo, parecía que nos habíamos despedido de los juguetes más famosos de la ficción con un broche de oro en la aventurera y nostálgica Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010), pero pareció surgir una necesidad de añadir una historia más, la que acabaría por conformar la actual Toy Story 4 (Josh Cooley, 2019). Una historia que parecía necesitar una nueva despedida, esta vez más definitiva, seguramente en un tono aún más dramático y solemne, pero sin perder de vista aquellos rasgos que han hecho inolvidable a la saga, como su humor y la -necesaria- aventura.

El tono de Toy Story 4 lo vislumbramos desde un inicio que nos remite al pasado. Volvemos a casa del niño Andy, hace nueve años, para descubrir qué sucedió con Bo Peep, el interés amoroso de Woody en las dos primeras entregas y que estuvo desaparecida en la tercera. En una emocionante y emotiva secuencia, este personaje femenino plantea una disyuntiva a nuestro protagonista: abandonar a Andy e irse con ella o quedarse. Su respuesta ya la conocemos, y continuaremos entonces con un resumen acelerado de los siguientes acontecimientos hasta volver a mostrarnos la conclusión de Toy Story 3, aquella en la que los juguetes eran entregados a una nueva propietaria, Bonnie. Este prólogo ya asienta las bases sobre las que se va a asentar toda la película, principalmente las dudas de Woody ante la disyuntiva entre seguir dependiendo de la satisfacción de un niño o niña o buscar una libertad llena de inseguridades, pero desafiante. Una cuestión que con Andy quizás era más firme, pero que ante su nueva situación comienza a ser una posibilidad abierta. 


Porque pronto pasamos a un primer tramo de la historia en que conoceremos la vida actual de estos juguetes en manos de su nueva niña. Una vida de juegos e ilusión que recuerda en su forma de organizarse a aquellas escenas de entregas anteriores donde los juguetes se coordinaban para mantener oculta su actividad como entes vivos. Sin embargo, pronto descubriremos que dentro de ese nuevo, aunque reconocible paradigma, Woody ha sido desplazado por la niña, que no lo escoge entre sus juguetes predilectos y lo relega al armario. A pesar de las reticencias de los nuevos muñecos y de los ánimos de los viejos amigos, como Buzz Lightyear, la veteranía del vaquero le obliga a intentar seguir al mando y a arriesgarse a acompañar a Bonnie a su primer día de escuela. Allí ayudará a Bonnie a sentirse mejor procurándole los materiales para crearse a un nuevo amigo: Forky, un juguete creado con restos de basura que acabará por cobrar vida como el resto de juguetes. Sin embargo, no comprende muy bien cuál es el nuevo sentido de su vida, lo que lo diferencia radicalmente del resto de personajes y ofrece una perspectiva muy distinta del valor que tiene realmente su existencia. A partir de entonces, Woody se hará cargo de Forky como su guardián y mentor, hasta que un viaje en caravana los deje a ambos desamparados y teniendo que regresar junto a los demás.

En efecto, entre el prólogo y este primer tramo de historia encontramos los dos conflictos principales de la historia, aunque el segundo, que será el rescate de Forky y el regreso junto al resto de juguetes, sea realmente una excusa, un mcguffin, para promover el primero, que sería ese debate interno de Woody por encontrar su espacio en el mundo. Ambas cuestiones están íntimamente relacionadas, porque el viaje para salvar a Forky sirve a Woody para encontrarse con otras posibilidades, para tomar nuevos riesgos y para acrecentar la duda de su interior. No en vano, el segundo tramo de la narración es provocada por un primer paso de distanciamiento del deber que tiene Woody como juguete de una niña, ya que en lugar de regresar al hogar, decide arriesgarse a entrar en una tienda de antigüedades donde podría estar su vieja amiga, Bo Peep. El segundo paso de ese distanciamiento será cuando acepte un sacrificio que le convertirá en otro tipo de juguete, anteponiendo la felicidad futura de Bonnie a sus propios intereses. En sí misma, Toy Story 4 sirve para dar un final digno al personaje protagonista de toda la saga.


Porque, en efecto, Toy Story siempre ha sido, en el fondo, la historia de Woody. Aunque tuvo un protagonismo compartido con Buzz, lo cierto es que todas las entregas han girado en torno al vaquero: la crisis al sentirse desplazado por Andy ante la aparición de Buzz y al observar cómo perdía su liderazgo entre los juguetes en Toy Story (John Lasseter, 1995), el debate interno entre retornar a casa o encontrar otro destino en un museo en Toy Story 2 (John Lasseter, 1999), la búsqueda de un nuevo futuro para todos los juguetes renunciando a Andy en Toy Story 3, y finalmente, Toy Story 4, que nos remite en cierta forma a un debate que ya estuvo presente en Toy Story 2, pero que toma un cariz más emocional y romántico: ¿seguir siendo un juguete que sirve a un niño o convertirse en un juguete abandonado? Lo cierto es que Toy Story 4 resume el espíritu de las anteriores películas, lo que podemos asumir como el culmen de la saga: Woody vuelve a sentirse desplazado, quiere ganarse el liderazgo que tenía antaño, debe ayudar al nuevo juguete a admitir su identidad como tal, aunque en esta ocasión se establezca una relación paterno-filial entre él y Forky, en lugar de la rivalidad amistosa entre iguales que tenía con Buzz, y vuelve a plantearse la diatriba entre buscar otro destino que no sea junto a un niño, y también el de ayudar a otros juguetes, incluso a sus amigos, a lograr un destino mejor.

No obstante, para ello, se renuncia a otorgar protagonismo a otros personajes conocidos para cederle aún más foco al vaquero. Por ejemplo, Buzz, habitual coprotagonista de la saga, ha ido perdiendo relevancia conforme avanzaban las entregas, estando aquí relegado a repetir un rol similar al de Toy Story 2, en que iba al rescate de Woody. Se acaba convirtiendo en un recurso cómico junto a los peluches Ducky y Bunny, además de ser el principal representante de una subtrama bastante divertida, en que los juguetes de Bonnie harán todo lo posible por impedir que la familia se marche del pueblo. A esta tarea quedará reducida la participación de los juguetes originales de Andy y de los nuevos personajes apenas explorados que aportaba Bonnie. Por contra, se reforzará el valor coprotagónico de un personaje renovado: Bo Peep. La pastora cubre su fragilidad como pieza de porcelana junto a sus ovejas de valentía y arrojo para saber desenvolverse con soltura en un mundo más salvaje que la habitación de un niño y prosigue con una historia de empoderamiento femenino que está subrayado en Toy Story 4 desde varios ángulos. Así, por ejemplo, tenemos también a Bonnie, la niña que establece sus normas y preferencias en su juego. Como niña, opta por elegir juguetes femeninos con los que se siente más identificada y situarlos como protagonistas de sus historias. De ahí que entre Woody y Jessie, elija a la segunda como sheriff. De ahí, por tanto, el desplazamiento del protagonista, que se siente ahora en un entorno que es similar al anterior, pero que ha cambiado significativamente. Y de ahí también la nostalgia por Andy, al que se siente vinculado inevitablemente, porque le recuerda a una época en que se sintió realizado. En cierta forma, es también el reflejo de la evolución del tiempo, de su carencia para adaptarse a un nuevo rol y de sus crisis personal por no sentirse útil en esta nueva situación, por no poder volver a ser tan importante para Bonnie como lo fue para Andy. Todo lo contrario que Bo Peep, que lejos de amilanarse y quedarse estancada, ha sabido buscar una nueva vida y hacerse más fuerte e independiente.


Pero también hay espacio para el lado más negativo de toda esta situación. La pertenencia a un niño o a una niña es para los juguetes lo equivalente al hogar, a la seguridad, a o ya conocido y también a lo anhelado. Durante la película, todos los juguetes involucrados en la trama principal atraviesan un momento de ansia por tener su propio dueño. Por ejemplo, los peluches Ducky y Bunny ayudan a Buzz cuando este les promete poder irse junto a Bonnie, Bo Peep tiene un momento de duda ante Woody cuando este le sugiere que se marche con él. Frente a ellos, Forky representa todo lo contrario, porque no surgió realmente como un juguete y sus ansiedades son otras distintas, aunque aprenda a comprender el nuevo papel que le ha tocado vivir, en una evolución de personaje bastante tierna, cercana y amena. Ahora bien, esta ansiedad también puede derivar en comportamientos agresivos y negativos, incluso en traumas. Así, tenemos por ejemplo a Duke Caboom, un juguete que se siente deprimido al recordar cómo fue despreciado por su dueño al no poder cumplir con las expectativas que la publicidad vendía en televisión. Pero también a la pseudovillana de esta entrega, Gabby Gabby, una muñeca antigua.

La saga ha ido perdiendo cada vez más el carácter violento de sus villanos. Por ejemplo, en la primera entrega, Sid representaba la antítesis del niño bueno, Andy, no había ningún fondo que explicara su comportamiento. Posteriormente, en la segunda se nos presentaba a un juguete malévolo que deseaba encontrar su lugar en el mundo sin tener en cuenta la opinión o los deseos de los demás, despreciando ese estilo de vida de pertenencia a un niño. De ahí pasamos a una tercera entrega en la que se nos presente a una especie de dictador de la guardería cuyo carácter viene definido por una triste historia al haberse convertirse en un juguete abandonado en un descuido y ser sustituido por otro muñeco que le impedía regresar a casa. Ahora, quien podría considerarse la mala de la película tan solo ansía lo mismo que todos los demás han disfrutado: una niña que la quiera. Aunque para ello, debe conseguir una pieza concreta que Woody también posee. Llegado el momento, la obra le deja espacio a este personaje para redimirse, sufrir una decepción y encontrar un destino favorable.


Sin duda, Toy Story 4 es una de las historias más maduras de la saga, porque se distancia de su mensaje habitual y nos muestra una crisis existencial con ecos puramente nostálgicos. Igual que en Del revés (Pete Docter, 2015) se nos proponía el paso de la infancia a la adolescencia, en esta encontramos otro tipo de cambio vital, más adulto, en el que se invita a abandonar la zona de confort para arriesgarse a vivir una vida nueva. Además, no deja de ser una película emotiva y muy entretenida, con buenos toques de acción y una animación espectacular, dentro de uno de los niveles más altos de Pixar.  Cuenta también con un humor fresco dentro de la saga gracias, por ejemplo, a la incorporación de Forky y los dos peluches, Bunny y Ducky, así como toda la subtrama, ya mencionada, de los viejos juguetes interviniendo en la vida de los humanos. Y su conclusión es una auténtica despedida, en la que se pone el broche final a la evolución de Woody como personaje, un personaje que ha ido creciendo en la misma medida que sus espectadores.


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