Los misterios de la taberna Kamogawa, de Hisashi Kashiwai

23 julio, 2023

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Estoy seguro de que muchos de ustedes recuerdan bien la anécdota de la magdalena que, a modo de recurso literario, empleaba Marcel Proust (1871-1922) en su primer volumen de la serie En busca del tiempo perdido (À la recherche du temps perdu, 1908-1922; De Bolsillo, 2022), Por el camino de Swann (Du côté de chez Swann, 1913). Un fenómeno memorístico capaz de hacernos evocar multitud de recuerdos y sensaciones, por medio de percepciones como el sabor, el olor, y otros sentidos.

Curiosa manera de viajar, ir por la calle, por el campo, o estando en casa, y recordar de repente una serie de situaciones personales que creíamos adormecidas, gracias a la intervención de tal o cual olor o sabor.

 
El escritor japonés Hisashi Kashiwai (1952) no ha sido el primero en seguir la estela marcada por Proust al re-emplear dicho recurso, pero sí que lo ha convertido en el nudo gordiano de su gustoso libro Los misterios de la taberna Kamogawa (Kamogawa shokudo, 2013; Salamandra, 2023). No obstante, Kashiwai lo formula ad contrarium. La vivencia ya se ha producido en algunos de los visitantes de la citada taberna, con lo que ahora, se hallan en pos del alimento que, de una forma segura, les afiance esos recuerdos tan preciados.

El escenario es la antigua capital de Japón, un invierno en Kioto, pues tanto valor da Kashiwai a lo geográfico como a lo atmosférico, a lo material y lo espiritual. El restaurante Kamogawa no es nada glamuroso. Sobre todo, de puertas para fuera. Lo regentan el cocinero Nagare Kamogawa y su hija Koishi. Con la esporádica compañía del gato Hirune, que ha de permanecer fuera del local las más de las veces. Trasladado al español -dato que la traducción no ofrece-, la mascota responde al apelativo de Siesta. Muy oportuno para este felino que va, viene y dormita perezoso, como muchos de los transeúntes. Incidiendo en la fachada, que es la puerta de acceso “engañosa” a lo que dentro se cuece, la taberna Kamogawa es un establecimiento deslucido y sin actividad aparente (capítulo II).

Nagare es viudo, pero dispone de un pequeño altar privado en las dependencias, con el que impedir el olvido o azuzar el recuerdo de su difunta esposa. Esto va a ser una constante que hilvane la trastienda argumental: el deseo, o la necesidad moral, de no olvidar a los fallecidos, en un país donde ya es costumbre rendir tributo a quienes nos precedieron (aquí lo que prolifera es el afeamiento religioso y la conveniencia o no del recuerdo, en función de la ideología política que profesaran los finados).

Japón a los pies del Fujiyama

Pues total, que en la taberna en cuestión se ponen ciegos de platos exquisitos. A buen precio. Porque, a diferencia de la renombrada y desfallecida nouvelle cuisine, allí se ofrecen platos elaborados y dichosos sin la pátina pija y estéticamente minimalista con la que uno se puede morir de hambre por cien euros. No queremos saber nada de gourmets, críticos gastronómicos ni nada parecido, especifica Kioshi (III). Es decir, se pretende la individualidad del local frente a la colectividad de lo organizado, estabulado y publicitado.

Una visita del “tío” Kuboyama pone en marcha todo el engranaje narrativo. La cocina donde se dan la mano el pasado y el presente. Kuboyama desea que Nagare le ayude a recomponer un plato que, hasta ahora, le ha sido imposible reproducir o encontrar en otro establecimiento. Para ello tan solo cuenta con sus impresiones acerca de las circunstancias que rodearon el episodio gastronómico. Todo un rompecabezas. Incluso habrá un futuro cliente que no recuerde para nada el sabor del plato que anhela (VI).

En esta novela, que sabe no alargarse en exceso (si bien, cuenta con algunas continuaciones que, me figuro, se acabarán traduciendo al español), los personajes quedan bien caracterizados por vía de los diálogos. Kioshi es franca y directa. Su padre, prudente y experimentado. Y no solo por razones meramente biológicas; esto es, por ser de mayor edad, sino por carácter natal. Nagare se pregunta en determinado momento si la vida hubiera podido ser distinta (II). Un tema que me retrotrae a la película de Edgar Neville (1899-1967) La vida en un hilo (CEA, 1945). Al fin y al cabo, a -casi- todos nos preocupa el transcurrir del tiempo, y si ese tiempo hubiera podido bifurcarse.

Entre los clientes está lo que consideramos gente normal, y hasta un Primer Ministro (III), pues el abanico social abarca a todos los sectores.

 
Clientes destinados a encontrarnos, tal y como lo expresa Nagare (IV). Dado que la taberna no se anuncia de forma ordinaria por la plétora de redes llamadas sociales, el destino, como en la pieza maestra de Neville, es condimento sustancial para esta degustación literaria. De la que participan unos comensales dispuestos, en momentos muy específicos de sus recorridos vitales, a contar con el tiempo necesario para meditar delante de un buen plato cocinado.

Seis son los capítulos que estructuran todos estos conceptos, a partir de una estructura que se repite (pero no se reitera): junto a los escasos clientes habituales, están los visitantes que, tras localizar no sin dificultad el establecimiento, buscan el reencuentro con esas partes de sus vidas que se relacionan con un plato en concreto. A veces, solo cuentan con la denominación, y un vago sabor retenido en la memoria. Esos seis capítulos corresponden a sendos guisos; a saber, naveyaki-udon (sopón con multitud de tropezones), estofado de ternera, sushi de caballa, tonkatsu (cerdo empanado), espaguetis napolitan, y nikujaga (guiso de carne y patatas). A guiso por capítulo… y caso. En un estricto orden cronológico, dictado por las estaciones. Del periodo invernal al primaveral (de 2012 a 2013). Ello no obsta para que se pueda alterar el orden de lectura de los distintos capítulos. Aunque esto no dejaría de ser una alteración aleatoria.

De este modo, Nagare y Kioshi ejercen de muy particulares detectives privados, cuyas mejores armas son el paladar y las pistas que les proporcionan tales clientes entre dimes y diretes, dando una nueva dimensión al pan pan, y al vino vino, a la hora de recrear para estas personas el plato que tanto significaba, o significa en estos momentos.

El aspecto psicológico de los distintos comensales está muy bien trabajado, gracias a sus comentarios en la taberna. Los hay más expansivos y menos simpáticos. Adultos y jóvenes, como Asuka, que desea rememorar en toda su amplitud el viaje que hizo con su abuelo, siendo una niña (V). Más allá de sus circunstancias personales, todos ellos comparten el pleno agradecimiento, no ya por la comida, sino por la recreación del plato en cuestión. En un lugar con nombre, pero sin cartel para anunciarse.

Nabeyaki-udon

En su formidable Historia de la gastronomía (1988 Plaza & Janés; Debate, 2019), el excelente escritor gastronómico, novelista y periodista Néstor Luján (1922-1995), recordaba en su prólogo que la historia de la alimentación va ligada prácticamente a toda la evolución de la vida del hombre. Y que la falta de comida nos consume mucho antes de saber sentarnos y dejar constancia de nuestra hambre por escrito.

Desde El banquete (385-370 A.C., Gredos, 2014) de Platón (4277-347 A.C.), hasta Alejandro Dumas (1802-1870), Josep Pla (1897-1981) o Álvaro Cunqueiro (1911-1981), ilustres escritores y degustadores de la más variada cocina nos han mostrado los beneficios de una buena sobremesa. Viajero jocundo, Luján, al igual que Kashiwai, celebra la existencia de dos formas de viaje sincronizados, el físico y el emocional. Última variante que, a veces, toma cuerpo sin necesidad de salir a recorrer más millas de las necesarias. En definitiva, un trayecto que puede parecer alambicado y extenuante, pero que a la larga nos satisface más que otros de mayor envergadura kilométrica.

Escrito por Javier Comino Aguilera


El hombre del norte, de Robert Eggers

20 julio, 2023

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Los mitos y las ensoñaciones de la infancia calan e impregnan nuestra vida adulta, a veces porque marcan nuestra brújula moral, a veces porque los hemos destrozado. El hombre del norte (Robert Eggers, 2022) realiza ambas propuestas de manera simultánea. Lo que también provoca que haya dos películas en una.

Estamos ante una historia de venganza, de esas que copan las películas de acción más virulentas. Y esta no es la excepción. Parte de un esquema narrativo clásico y muy reconocible: un niño príncipe es testigo del asesinato de su padre para hacerse con la corona. Desterrado a la fuerza para evitar su propio asesinato, se repite una promesa incesante: vengar a su padre (Ethan Hawke), rescatar a su madre (Nicole Kidman) y matar al asesino, Fjölnir (Claes Bang). Efectivamente, es Hamlet (William Shakespeare, 1601), es El rey león (Rob Minkoff, Roger Allers, 1994). Es más, el inicio es muy similar a la película de Disney en los sucesos de la trama, incluyendo el elemento místico. Los distancia la ambientación nórdica y la extrema violencia de El hombre del norte. También el quiebre que se da durante el nudo de la historia, que, sin duda, supone la parte más interesante de la propuesta junto con el final, por lo de conseguir desmitificar este tipo de argumento.


Así pues, aunque la obra contenga una división interna marcada por rótulos, podemos agruparla en tres fases. La primera es el planteamiento ya adelantado: un relato infantil en el que los personajes actúan de manera teatralizada. Hay cierto aire de fingimiento, que a tenor de la información que nos proporciona después la historia, puede tener dos interpretaciones: es la visión infantil del protagonista o es la demostración de una pantomima que se rompe. Ambas suponen un añadido a esta primera parte que la significa y dignifica, pues de lo contrario, encontramos actuaciones rígidas y un inicio poco original.

Tras los hechos iniciales, hay una elipsis necesaria que nos permite ver a un protagonista ya crecido convertido en un poderoso guerrero vikingo: violento, fuerte, indómito, pero con el eco de un pasado que le alcanza. Amleth (Alexander Skarsgård) se asemeja en su comportamiento al personaje Kratos, de la saga de videojuegos God of War; también el inicio nos puede rememorar a la versión cinematográfica de Conan, el bárbaro (John Millius, 1982). La ambientación en torno a la mitología nórdica así como los usos y costumbres vikingos están bien abordados y nos proporciona también una visión menos fantasiosa de esta sociedad de lo que estamos acostumbrados en la ficción. Pero, a la vez, su estética nos recuerda, por el uso de la luz y de la corporalidad de los actores, a la estética más clásica, propia de las esculturas, como vemos en el cuerpo del protagonista. 


Como decíamos, el pasado siempre resurge y nuestro protagonista tiene la oportunidad de encontrarse con el asesino de su padre haciéndose pasar por esclavo. Como sucediera en Gladiator (Ridley Scott, 2000), empezará a destacar en sus tareas para afianzarse en una posición de poder cercana a su señor, a quien desea asesinar, y también a su madre, nueva esposa y madre de otro vástago, medio hermano del protagonista. En este tramo, la película nos ofrece un tono más pausado, bajando la revolución alcanzada hasta el momento, para plantearnos secuencias cercanas al género del espionaje, pero con ambientación vikinga. 

Hay, además, un importante elemento mitológico y fantasioso que aparece ocasionalmente en la película y que permite vincularla a la épica clásica, destacando, por ejemplo, la espada mágica y la forma de obtenerla, la presencia de una profecía destinada por las Nornas o la presencia de los cuervos. También vuelve a haber una reminiscencia a El rey león con el recordatorio al protagonista de su identidad y, por tanto, de su promesa de niño. Este ambiente clásico al que hacíamos referencia por los cuerpos esculturales reside también en el tema del destino profetizado, en el que el protagonista comienza a creer y adorar hasta el punto de esperar a que se cumplan los puntos clave de tal profecía con tal de conseguir su venganza, incluso aunque haya ocasiones previas en que pudo llevarla a cabo.

De manera paralela, se va desarrollando una intensa relación con Olga (Anya Taylor-Joy), que será también motivo de dudas y riesgos para nuestro protagonista.


Mientras Amleth lleva a cabo su venganza con lentitud, recreándose en ocasiones en la sed de sangre y dejándonos alguna escena bastante cruenta y dura, cercana al gore (aunque el director lo expone de soslayo), se da la ocasión de dar un giro a la trama rompiendo la ilusión que se había generado el protagonista. Hay una ruptura, un quiebro, que supone eliminar el matiz infantil del que partía esta historia y dar otra perspectiva al tropo recurrido de la venganza. Se le da un sentido más adulto, no en la violencia, sino al destruir la imagen idealizada que el protagonista tenía de su infancia y de sus padres, rompiendo a su vez con la imagen de la profecía. No me resulta ajeno, pues recuerdo otros giros que perseguían cambios similares para lograr estas desmitificaciones, pero en esta ocasión encaja muy bien con la propuesta y con lo visto en el primer tramo, tanto en contenido como en forma.

Así entramos en la recta final, cuando Amleth debe tomar la decisión definitiva sobre su venganza teniendo en cuenta también su futuro y tomando una decisión más consciente que sigue, en parte, entrelazada con el poder de las palabras. La conclusión es coherente y está rodada de manera formidable, con un combate que propone a los dos adversarios de manera poderosa, como si fuesen superiores a un ser humano corriente. Supone una evolución a lo que planteaba también el enfrentamiento entre Simba y Scar al final de la película animada.


La propuesta del director es fascinante en el apartado visual. Desde el plano onírico y mitológico que está presente en múltiples ocasiones, destacando el rito de iniciación entre padre e hijo que se da en el primer tercio de la película, hasta algunas decisiones procedimentales, como el excelente plano secuencia del asalto a un poblado con que inicia el segundo capítulo de la película o el rodaje de la última secuencia, con el contraste del fuego, la oscuridad y el humo.

No obstante, el conjunto es algo irregular. Presenta altibajos, es desmitificador, pero a la vez recurre a elementos mitológicos inexplicables, sobre los que incluso mete alguna burla (un soldado no puede desenvainar la espada del protagonista porque es de día), logra grandes secuencias, pero el ritmo pausado del tramo central se siente demasiado pesaroso, además de tener que ceder a la incredulidad de que no detecten con facilidad al protagonista teniendo en cuenta el reducido número de habitantes del lugar que habitan.

En conclusión, El hombre del norte nos proporciona una buena y nueva historia épica de buena ambientación nórdica, visualmente potente, capaz de partir de esquemas ya conocidos y retorcerlos, y sin miedo a resultar desagradable en los momentos oportunos. Una propuesta que se sale de lo habitual gracias a su estética, su carácter desmitificador y su relato ficcional en una buena ambientación histórica y mitológica.

Escrito por Luis J. del Castillo



El autocine (CXII): Nunca digas nunca jamás, de Irvin Kershner

15 julio, 2023

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Abordábamos estos días el ciclo de James Bond interpretado por Roger Moore (1927-2017). Por dos motivos. Porque -si me lo permiten- corresponde con mi infancia y adolescencia (la tierra tira mucho), y porque por lo general ha sido menospreciado. Creo haber dejado las cosas en su justo lugar, valorando la intervención de Moore.

Por supuesto que también guardo muy buenos recuerdos del Bond personificado por el que, para la mayoría, ha constituido la quintaesencia del personaje, Sean Connery (1930-2020); disfrutado igualmente en los años ochenta, en formato de video doméstico (ahora ya dispongo de una pantalla digna de ese nombre, en la que se dan la mano el tiempo y el espacio). En un futuro, que deseo no lejano, retomaré este ciclo fundacional. De momento, lo que sí me gustaría es conmemorar el broche de oro de Connery como agente 007 en Nunca digas nunca jamás (Never Say Never Again, Warner Bros., 1983), dirigida por el laboralmente irregular, pero siempre apreciable, Irvin Kershner (1923-2010).
 
Como los aficionados a la saga conocen, el título de esta última entrega protagonizada por el actor escocés se debió a su renuncia, enmendada por la presente película, de volver a interpretar a James Bond. La circunstancia es bastante común entre actores. Ellos quieren interpretar a cuántos más personajes mejor, y lo más variados posible. Le sucedió al emblemático Leonard Nimoy (1931-2015) con su indeleble Spock, o a escritores de la categoría de Arthur Conan Doyle (1859-1930) y Agatha Christie (1890-1976), respecto a sus más bienvenidas creaciones. Puedo comprender su postura, aunque siempre me ha sorprendido el hecho de querer desprenderse, a veces con cajas destempladas, de aquello que te ha proporcionado la popularidad y ha sido celebrado por miles de lectores o espectadores. El ser recordado por un personaje en concreto, tal y como están los tiempos memorísticos de usar y tirar, puede parecer injusto para un actor, pero semeja la forma más hermosa y digna de pasar a una posteridad cada vez más frágil y mermada. En cualquier caso, los que nos hemos interesado por Cervantes (1547-1616) o Galdós (1843-1920), no hemos limitado nuestras lecturas al Quijote (1605-1615) y Fortunata y Jacinta (1887), por citar dos obras imprescindibles. Más que nunca, el leer o contemplar determinadas obras de arte, se ha convertido en una actitud de rabiosa personalidad, debido a que existen más distracciones y ofertas que nunca (con ello no quiero decir que todas ellas compartan un mismo nivel cualitativo).

Sea como fuere, Sean Connery volvió a ponerse, como se suele decir, en la piel, curtida aunque vivaz, del agente con licencia para liquidar inconvenientes creado por Ian Fleming (1908-1964). Pero no de cualquier manera. Los derechos de explotación (novelística y cinematográfica) seguían en poder de los productores ingleses Albert Broccoli (1909-1996) y, tras la despedida de Harry Saltzman (1915-1994), Michael G. Wilson (1942). Con una excepción. El argumento de Operación Trueno (Thunderball, 1961; United Artist, 1965), se hallaba, tras una disputa legal, en manos de uno de los guionistas de la adaptación de 1965, el irlandés Kevin McGlory (1926-2006), que a su vez pasó el proyecto de una nueva versión -una vez involucrado el actor- al productor independiente Jack Schwartzman (1932-1994).

De esta manera, Nunca digas nunca jamás se convirtió en una reescritura de la citada Operación Trueno. Pero perspicaz y con enjundia.
 
 
El nuevo guión fue elaborado por Lorenzo Semple Jr. (1923-2014), firmante como co autor o en solitario, de títulos tan sensacionales como El último testigo (The Parallax View, Alan J. Pakula, 1974), Con el agua al cuello (The Drowning Pool, Stuart Rosenberg, 1975) o Los tres días del Cóndor (Three Days of the Condor, Sydney Pollack, 1975). La película contó además con la fotografía del gran Douglas Slocombe (1913-2016), responsable, entre otras, de la trilogía inicial de Indiana Jones. Mención especial merece la partitura, calculadamente distorsionada, del espléndido Michel Legrand (1932-2019), entre cuyo plantel de músicos distinguimos el nombre de Herb Alpert (1935), que ya en su día había intervenido en la estupenda partitura de Burt Bacharach (1928-2023) para Casino Royale (íd., John Huston et alii, 1967). Una composición la de Legrand disconforme y de una sonoridad desasosegante. La pesadilla que se muerde la cola. Pero con un tema vocal central sin duda digno de figurar en los anales sonoros de 007. Esto, el mismo año que el compositor francés entregaba esa maravilla que es la música de Yentl (íd., Barbra Streisand, 1983).
 
Tras una misión que, diríamos, juega con el punto de vista del espectador, a modo de alegoría de la propia esencia cinematográfica (esto es, realidad por ficción), nos reencontramos con James Bond. Por consejo de sus superiores, este ha de someterse a un “reajuste” físico, con lo que Bond trata de hacer una “cura de rejuvenecimiento” poniéndose en forma en una casa de salud campestre. ¿Quiere esto decir que los años de los cócteles batidos pero no agitados, la degustación de féminas o el caviar, han pasado a mejor vida? Ni por asomo (Dios sea loado).

Tales intenciones saludables son como el núcleo dramático que se va a desarrollar dentro de la clínica: un simulacro. 007 no las cumple a rajatabla. Una impostura sarcástica que el baqueteado agente trata de sobrellevar con fino humor, frente a una operación de enmascaramiento que va a tener en jaque a las principales potencias. El complot ha sido ideado por SPECTRA, una organización definida por su propio líder, el villano Blofeld (Max Von Sydow), como dedicada al terrorismo, la venganza y la extorsión. Demostrando que la realidad es más apasionante que las simulaciones, tal y como da a entender 007 a sus quisquillosos jefes. He pasado mucho tiempo ensayando, no practicando, se queja. Es la vida lo que te pone a prueba. Es decir, la acción.
 

De este modo, James Bond entra en esta nueva aventura por mero azar, pese a estar apartado, al compartir el mismo espacio que los conspiradores, el sanatorio Rutland. El objetivo de su estancia allí es, como queda dicho, rehabilitarle y reeducarle en los beneficios de una alimentación sana y equilibrada (por suerte no lo convierten en vegano a la fuerza). Como contraindicación, tal planteamiento curativo provoca a 007 un severo desequilibrio en cuerpo y espíritu. Tan inevitable como es a veces contar con un superior pejiguera y obtuso (M), pese a ser interpretado por el gran actor Edward Fox (1937). Al punto que habrá de ser el Secretario de Asuntos Extranjeros, lord Ambrose (el excelente Anthony Sharp [1915-1984], de intervención breve pero bienhallada), quien lo llame al orden, para que haga intervenir a los agentes doble cero en la crisis que se plantea. SPECTRA vende tanto a las fuerzas rebeldes de rigor como a los gobiernos supuestamente legítimos. Armas y misiles. Y en esta tesitura, un oficial de las fuerzas armadas estadounidenses llamado Jack Petachi (Gavan O’Herlihy), ha sido captado y, como Bond, “reajustado” (en su caso, con éxito), para ser parte integral e imprescindible de un maquiavélico plan, donde una vez más, la tecnología cobra gran importancia narrativa.

A este respecto, algo más de relevancia muestra el armero Algernon (Q), servido por el destacable Alec McCowen (1925-2017). Respecto al poco flemático M, resulta revelador el momento en que Bond rechaza la “generosa” oferta de ser invitado a su club, alegando tener otras cosas entre manos.

Decía que Petachi resulta imprescindible, pero por eso mismo, prescindible, al firmar esta primera circunstancia su sentencia de muerte. Es la ley de los criminales, matar a los asesinos (tontos útiles, compañeros de viaje o cabezas de turco). La maniobra terrorista se denomina Las lágrimas de Alá, por motivos que son explicados sobradamente, y cuyo pilar consiste en la extorsión y siembra de terror por vía de la ubicación de dos artefactos nucleares prestos a estallar en lugares desconocidos, en el momento justo (en que no se produzca el pago). Dos misiles crucero equipados con sendas cabezas termonucleares que han sido sustraídos de una base militar en toda regla. De forma harto ingeniosa, a la alteración del curso de ambos misiles le ha echado un ojo Jack Petachi, cuando se pretendía un vuelo de prueba (otra simulación). Al mando de esta operación morrocotuda está Nº 1, es decir, Maximillian Largo (un formidable Klaus Maria Brandauer), seguido muy de cerca por su acólita y mujer de confianza, Nº 12, Fátima Blush (Bárbara Carrera). La simpática actriz (que recuerdo muy bien en el programa Un día es un día de Ángel Casas [1946-2022], para RTVE, 1990), otorga a Fátima una acusada carga de sádica y enajenada profundidad, que reviste al personaje tanto como sus llamativos atuendos. La nº. 1 en mis memorias, ironiza ante ella James Bond, antes de zanjar su explosiva relación. Respecto a Largo, se trata de un peligroso y sibilino maniaco, industrial y filántropo –suele ocurrir-, proveniente de Bucarest, Rumanía. Se le ve venir precisamente porque nunca se le ve venir.
 
En cuanto al escenario de la trama, uno de los principales reside en Nassau, las Bahamas. Allí, Nigel Fawcett (Rowan Atkinson) es el enlace de Bond en la Embajada Británica. Correrá mejor suerte que Nicole (Saskia Cohen), que ha de vérselas con Fátima, en clara desventaja. Townsend no es más que un novato, para colmo tartamudo, señalando su inexperiencia, y reforzando el carácter cómico del personaje, interpretado por quien ya apuntaba maneras. De las Bahamas, en pleno Caribe, la acción se traslada al sur de Francia, en Niza, donde Bond es recibido por su colega Félix Leiter (Bernie Casey), de la CIA, y por la agente 326, la referida Nicole.

Existe otro personaje de envergadura, Domino Petachi (una incipiente Kim Basinger), hermana de Jack. 007 sabrá aprovechar el acceso a una gala de beneficencia de Largo, para poder estrechar lazos con ella. Una recepción oficiada a los niños huérfanos. En singular batalla, James Bond y Maximillian Largo quedan primeramente enfrentados de forma virtual, por medio de un elaborado videojuego llamado “Dominación”, juego que persigue un único objetivo: el poder (en palabras precisas de Largo). Todo en él es una proyección de su maquiavelismo. En concordancia, la puesta en escena de toda la operación terrorista es la puesta de Largo. Tanto en la gala como en la resolución de la película. Así, cuando las cosas comienzan a torcerse para él, emerge la imagen psicótica del personaje. Una imagen cuyos rasgos quedarán diluidos cuando el villano encuentre su destino bajo el agua, en una secuencia bien planificada. Como bien filmada está la persecución en moto que nos muestra a James Bond en un vehículo apenas empleado por el agente, en lo que llevamos de saga.
 

Visualmente sobresalen otros elementos, como el logotipo con la bandera amarilla y negra que identifica a los miembros involucrados en SPECTRA (aún sin saberlo). O el empleo de un transmisor adosado a una botella de oxígeno. También el magnífico juego de planos con una de las bombas, cuando esta es robada. Llama particularmente la atención el escenario de esa fortaleza habitada por buitres, que se sitúa en Palmira, Siria, al norte de África.

Nunca digas nunca jamás depara otras escenas bien ejecutadas, como la pelea con el fortachón en la clínica “de convalecencia” (el imprescindible Pat Roach [1937-2004], al que todos recordamos por sus sonadas trifulcas en Barry Lyndon [íd., Stanley Kubrick, 1975], o las tres mencionadas primeras entregas de Indiana Jones).
 
James Bond prosiguió su camino, aunque para mi gusto, ajustándose a un tiempo cinematográfico excesivamente digitalizado, perdiendo su esencia aventurera e incluso el compromiso fantástico, bajo un manto de realismo extremo. No está de más la variedad, pero los cimientos siguen siendo insustituibles.



Para el sábado noche (CXXIX): El James Bond de Roger Moore (II): Solo para sus ojos, Octopussy y Panorama para matar, de John Glen

02 julio, 2023

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¿Se han fijado ustedes en esos videos tutoriales donde un lápiz o pincel va dibujando gráficos o figuras mientras se nos narra el contenido? Supongo que es una nueva manera de llamar la atención, de forma casi indefinida, a toda una generación (tenga la edad que tenga), que ya se ve incapaz de mantener la atención en un video, si no hay un movimiento que lo reclama de continuo. Y aunque los dibujos suelen ser bonitos e ingeniosos, uno no puede evitar pensar que algo muy importante se nos ha ido. Por ejemplo, el sosiego de contemplar una película de acción sin que nos cosan a tiros.

En el artículo dedicado a la primera parte de las adaptaciones de James Bond, protagonizadas por sir Roger Moore (1927-2017), hice mención a la capacidad de estas películas de ofrecer un resultado atractivo en el marco del género de acción, sin por ello perder la compostura (la planificación, el montaje, la música…), ya que no existía la necesidad de apelar al espectador cada cinco minutos. Jamás te perdías, y disfrutabas -por lo general- del conjunto.


También comentaba cómo 007, código por el que también es conocido el célebre agente secreto británico, estuvo casado. Con Teresa Bond (Diana Rigg), tan cual se nos narra en la novela y posterior adaptación Al servicio secreto de su Majestad (On Her Majesty’s Secret Service, 1963; RBA, 1999; Peter Hunt, 1969). Hasta que la muerte los separó.

Solo para sus ojos (For Your Eyes Only, United Artist, 1981) da comienzo cuando James Bond se haya ante la tumba de su fallecida esposa. En la lápida se lee la fecha 1943-1969. El agente es trasladado a Whitehall por helicóptero. Solo que este ha sido amañado y está teledirigido por el villano Blofeld (John Hollis), visto en algunas de las previas aventuras de 007. Bond no se amilana, despacha su imprevisto contratiempo por vía aérea, en un cúmulo de imágenes que unen a la espectacularidad de las escenas con especialista (realizadas sin ordenador), los inevitables insertos con transparencias (hoy día se hace igual, solo que la técnica ha mejorado: no así necesariamente el resto de componentes de una filmación, con frecuencia, sujetos al actual esquematismo narrativo). El resultado es indeleble para los espectadores que fuimos, en cualquier caso.

El reclamo en esta nueva aventura es el ATAC, un mecanismo de cifrado que por su morfología nos recuerda a la máquina Enigma. Se trata de un sistema transmisor para el lanzamiento de misiles. El problema surge desde el Ministerio de Defensa, donde el ministro responsable (Geoffrey Keen), y el jefe de personal del MI 6, Bill Tanner (James Villiers), urgen a recuperar el ingenio, hundido en el interior de un barco espía del MI6, el St. Georges, que ha resultado tocado y hundido por una mina de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en el Mar Jónico, frente a las costas de Albania.

El actor que interpretaba a M, Bernard Lee (1908-1981), falleció poco antes de su intervención en esta nueva película, con lo que, en las siguientes, fue reemplazado por el igualmente sólido Robert Brown (1921-2003).


James Bond sigue la pista del asesino a sueldo Héctor González (Stefan Kalipha), que ha acabado con la vida del experto en antigüedades marinas y operaciones de rescate Timothy Havelock (Jack Hedley). El círculo de relaciones se estrecha cuando Bond conoce a la hija del fallecido, Melina Havelock (Carole Bouquet).


La película muestra una vistosa carencia al situar parte de la acción principal “a las afueras de un Madrid” que es lo más parecido a cualquier entorno rural pobretón (en realidad, la secuencia se filmó en Grecia, una de las localizaciones principales del relato). No sé si esto ha de ver con la auto-superioridad moral del anglosajón sobre los pueblos latinos, como ello nos llaman, o se trata de un despiste. Me cuesta creer que fuera por falta de presupuesto. El hecho es que las “afueras de Madrid” mostradas, pudiendo haber filmado en Madrid mismo, más parecen un poblacho bananero que uno de los hermosos rincones de la provincia (en los que se ha venido a rodar con cierta frecuencia). Ahora bien, si pasamos esta vergonzosa falla por alto, Solo para sus ojos se convierte en una película muy disfrutable.

Está la bienvenida e inesperada incorporación del Citröen 2CV al listado de vehículos Bond. Incluyendo la persecución del Citröen, cuando el estiloso Lotus Esprit de James Bond pasa a mejor vida de forma algo abrupta (por suerte, otro le aguarda a su llegada a Italia). Una persecución resuelta con bastante gracia, supervisada por el especialista Rémy Julienne (1930-2021). Y en efecto, la escena resulta divertida y eficaz. Una buena pieza de acción a la que se suma la persecución por la nieve en Cortina d’Ampezzo (Italia). El mismo escenario donde se situaba la inolvidable narración de La pantera rosa (The Pink Panther, Blake Edwards, 1963). La acción en las películas de James Bond es consustancial, con lo que también sobresale el posterior asalto al almacén de Ari Kristatos (Julian Glover) en Albania, y las envolventes escenas filmadas bajo el agua, a bordo del mini submarino Neptuno (diseñado por Peter Lamont [1929-2020]), capaz de acercar a los protagonistas a los entresijos del St. Georges, con objeto de recuperar el ATAC.


Por su parte, Melina escapa al rol de mero ligue. No es una de tantas mujeres conquistadas por James Bond, sino alguien que le ayuda a llevar a buen término su misión, y de paso, vengar la muerte de sus progenitores. Además, está la impulsiva joven que 007 echa de la cama, literalmente: la aspirante a campeona olímpica Bibi Dahl (Lynn-Holly Johnson). No es para menos, Bond no está para chiquilladas, aparte de que Bibi es la protegida del empresario Ari Kristatos, padrino o mecenas -hoy emplearían esa locución repelente de sugar daddy-, de la gimnasta, patinadora artística en la vida real.

Kristatos se haya en conflicto con su homólogo Milos Columbo (Topol), al que convertirá en un falso culpable. Un enfrentamiento que se dirime, en toda su extensión, a lo largo del tercio final de Solo para sus ojos, en la escalada al monasterio ortodoxo abandonado de San Cirilo (en realidad, el Monasterio de Agia Triada, en la llanura de Tesalia [Grecia]). Usado por Kristatos como base de operaciones. Estas últimas imágenes resultan espectaculares y confieren un toque muy especial a la acción, puesto que esta se impregna de un acusado suspense.

Escrita por Richard Maibaum (1909-1991) y Michael G. Wilson (1942), Solo para sus ojos es una estupenda continuación de la serie, dejando al margen la movida de la localización madrileña. El resto de las ambientaciones se sitúan en los bellos paisajes naturales de Cortina, como ya he referido, y Corfú, en Grecia. El decorador, como también he señalado, fue el excelente Peter Lamont, responsable, entre otras, de las películas previas de la saga. La música la compuso Bill Conti (1942), que entrega uno de sus mejores trabajos. Conti no suele ser citado cuando hacemos un repaso de nuestros compositores cinematográficos favoritos, pero lo cierto es que aquel año demostró su gran valía, completada con Evasión o Victoria (Escape or Victory, John Huston, 1981). No sería hasta 1984 cuando ganara el OSCAR por Elegidos para la gloria (The Right Stuff, Philip Kaufman, 1983).


De las tres películas que completan la filmografía de Roger Moore como James Bond, se hizo cargo el montador y director de la segunda unidad de los últimos títulos de la saga, John Glen (1932). Glen fue así mismo el responsable de las dos aventuras consiguientes, interpretadas por Timothy Dalton (1946), generalmente despreciadas -como las previas- por la crítica sesuda del momento, pero que, fuera de estigmas y prejuicios, se han venido revalorizado.

A los guionistas Maibaum y Wilson, que también se ocuparon al alimón de la última de las entregas que vamos a reseñar, se unió para Octopussy (íd., United Artist, 1983) el estupendo novelista George McDonald Fraser (1925-2008), que con su gracejo volvió a revestir de humor la película. Lo mismo que había hecho en sus adaptaciones, para mí ejemplares (por mucho que no se ajusten al pie de la letra del libro), de Los tres mosqueteros (The Three Musketeers, Richard Lester, 1973) y Los cuatro mosqueteros (The Four Musketeers, Richard Lester, 1974), e incluso de la menospreciada El guerrero rojo (Red Sonja, Richard Fleischer, 1985).


Gene Fanning (Douglas Wilmer), experto en arte del Foreign Office (el Ministerio de Exteriores), evalúa una reproducción perdida de uno de los huevos decorados de Peter Carl Fabergé (1846-1920), que ha traído consigo el agente 009 (Andy Bradford), antes de morir en cumplimiento del deber (no pudo evitar los consabidos puñales en la espalda), a su regreso de Berlín oriental. Estamos en 1983. Para los que no hayan vivido o desconozcan esta época, Alemania estaba dividida en dos mitades, por el Muro vergonzante de Berlín (1961-1989). La República Federal Alemana, occidental, y la República Democrática -o sea comunista- Alemana, oriental (una de esas ironías crueles con que se adornó la repelente ideología que más muertos ha causado sobre la faz de la tierra).

En estas arenas movedizas que son la zona soviética, continúa en su particular perestroika el general Gogol (Walter Gotell). Tratando de contener a los generales más díscolos de su politburó (también los hay sensatos). Entre los que destaca, por méritos propios, el general Orlov (Steven Berkoff), una (mala) suerte de Vladímir Putin (1952), con todo su bagaje de hijo de perra. Militarista antes que militar, y ofensivo antes que defensivo, Orlov ha organizado un tráfico ilegal de joyas con la ayuda del príncipe afgano exiliado en la India, Kamal Kahn (un selecto y elegante Louis Jourdan), y la bien intencionada empresaria (de marina mercante, hoteles y circos) Octopussy, apelativo dado por su padre, un famoso oceanógrafo. Un entramado que está dando paso a un “plan B”, del que Octopussy está excluida, y que consiste en provocar un incidente internacional (no revelaremos más).

Octopussy posee una casa-escuela en un suntuoso palacio flotante, y hace de protectora benevolente de muchas chicas descarriadas. Un espacio habitado tan solo por mujeres, donde pocos hombres se atreven a penetrar.


El Occidente está en decadencia, dividido, no tienen valor para arriesgarse a una represalia nuclear nuestra, argumenta Orlov. Descrito por Gogol como un demente. Llevará a la no extinta Unión Soviética (1922-1991…) a una crisis sin precedentes. Por fortuna para nosotros, abortada por nuestro agente secreto favorito en el último minuto (incluso segundo) de la trama. La de aprietos desconocidos que habremos sorteado los pobres europeos desde la Crisis de los Misiles (1962).


La pérdida de la réplica de Fabergé hace necesaria la recuperación del original para los contrabandistas de joyas. Se subasta en Sotheby’s. La famosa galería de Londres, con sucursales en otros rincones del mundo. Por él puja Kamal Kahn, acompañado por la perspicaz Magda (Kristina Wayborn).

Una vez más, vuelve a hacer acto de presencia ese fino sentido del humor afín a la serie Bond, especialmente en la etapa de Roger Moore. Ahí está el pulpo venenoso que se adhiere como si fuera un alien, o el cocodrilo-móvil para desplazarse por las aguas del Ganges. Además, los guionistas incorporan una auto-cita cuando el tema musical de James Bond, compuesto por Monty Norman (1928-2022), suena como melodía de un encantador de serpientes en la India. Se trata del enlace Vijay (Vijay Amritraj), que trabaja para el jefe de sección Sadruddin (Albert Moses).

007 no tarda en presentarse ante Kamal. Dirimen sus primeras diferencias en la mesa de juego. Kamal no solo está escoltado por la pizpireta y eficiente Magda, sino por el guardaespaldas y lugarteniente Gobinda (Kabir Bedi, que recientemente ha publicado sus memorias en español, Historias que debo contar [Amok Ediciones, 2023]. En ellas da cuenta de su contento ante esta intervención cinematográfica, aunque echamos de menos que nos narrara más anécdotas de la filmación, o de Ashanti Ébano [Ashanti, Richard Fleischer, 1979]).

Kamal es un villano refinado y metódico, como demuestra la cena dispuesta en su palacio Monsoon. No sé si Steven Spielberg (1946) se inspiró en ella para su Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Paramount, 1984). Lo que sí está claro es que tomó prestada la de 20.000 leguas de viaje submarino (20.000 Leagues under the Sea, Walt Disney Productions, 1954), del citado Richard Fleischer (1916-2006).


El palacio de Kamal es escenario de una buena secuencia de intriga, cuando James Bond anda tras la pista de los tejemanejes de su anfitrión y carcelero con Orlov. Inspeccionando el palacio, 007 vislumbra los planes de sus oponentes, pero aún no posee todas las piezas del rompecabezas. Del palacio-prisión escapa como el conde de Montecristo, antes de convertirse en cebo de toda una cacería humana. Con todos los pertrechos. Bond se verá en parecida situación cuando se enfrente a los gemelos del cuchillo (David y Tony Meyer), que han sido comprados por Orlov. Las duplicidades no acaban aquí. Existen sendos vagones de tren gemelos, que cobran una señera importancia.

Al contrario de la Anya de La espía que me amó (The Spy Who Loved Me, Lewis Gilbert, 1977), al menos en un principio, Octopussy le está agradecida al agente por el hecho de haber ofrecido a su padre, antiguo funcionario del MI 6, la oportunidad de una salida honrosa, tras efectuar un desfalco. Esto, pese a haber acabado con la vida de esta persona. A Octopussy solo le interesan sus negocios, y de forma ocasional y aventurera, el matute de las joyas afanadas.

Personalmente, la película me gusta mucho desde que la vi (fecha de su estreno). El último tercio es especialmente adrenalítico. Como apuntaba con atino el gran Alfred Hitchcock (1899-1980), en su famosa entrevista con François Truffaut (1932-1984), el suspense consiste en que el espectador sepa que existe una bomba. Los guionistas y el realizador saben llevar este axioma a buen puerto.


La última película de James Bond protagonizada por Roger Moore fue Panorama para matar (A View to a Kill, John Glen, 1985). Cuya secuencia de apertura espectacular nos remite al inicio de La espía que me amó. Esta vez, en las procelosas nieves de Siberia (Unión Soviética). James Bond rescata del cuerpo de 003, en esta región desolada, un objeto singular. Estamos en los años ochenta, el chip ya es parte esencial de toda computadora magnética, como recuerda Q (Desmond Llewelyn). Y precisamente, en uno de los bolsillos de 003, 007 ha hallado un nuevo chip, insensible a los daños del pulso magnético. Tales como los de un posible desastre nuclear. Lo que ha de ver con los sistemas de defensa de los distintos países. Una multinacional anglo-francesa, Industrias Zorin, se presenta como la única pista, al ser la encargada de su elaboración y distribución.


El empresario Max Zorin (Christopher Walken) es de procedencia alemana, y curiosamente, no profesa un excesivo entusiasmo por la disciplina comunista, a la que perteneció. Suele ocurrir. Por desgracia, Zorin resulta ser un psicópata de tomo y lomo. Uno de esos villanos impagables resueltos a cambiar la faz del mundo, a su imagen y semejanza. En su pasado alemán destaca la presencia del médico Carl Mortner (Willoughby Gray), un gran experimentador con esteroides. Y otros aspectos colaterales, de los que Zorin, como buen “niño del Brasil”, ha formado y sigue formando parte.

007 entra en contacto visual con el incipiente empresario, una de esas fortunas relámpago a la sombra del Valle de la Silicona, en el derbi de Ascot (Berkshire, Inglaterra). Con todas sus damas y sombreros estrafalarios. Y el potro de Zorin, Pegasus. Allí, James Bond también se relaciona con el entrenador de caballos de carreras sir Godfrey Tibbet (Patrick MacNee), uno de los colaboradores del MI 6. Sir Godfrey se verá obligado a actuar de valet de chambre de 007, dadas las circunstancias, cuando el agente encubierto acuda a las posesiones principescas de Max Zorin (lo más parecido a la villa de Hugo Drax en Moonraker [íd., Lewis Gilbert, 1979]). Todo un escenario monumental (el Château de Chantilly, en Francia).

Esto sucede tras la visita de James Bond a la capital francesa, París, donde se entrevista con el detective privado Achille Aubergine (Jean Rougerie), en pleno restaurante de la Torre Eiffel (cuando estuve allí me complació contemplar fotos de la película). Otro toque de humor que añadir a la saga, dado que el detective semeja a un paródico y pagado de sí mismo Hércules Poirot.

Es notable la inspección a las cuadras de Pegasus, y el descubrimiento de otros recovecos sorprendentes. Allí se halla el secreto de un monopolio internacional que controlaría -como sucede con el medio ambiente en la actualidad- toda la producción y distribución de microchips, frente al referido Valle de la Silicona (San Francisco, EEUU); término acuñado en 1971, y centro de la producción electrónica e innovación tecnológica de Norteamérica.


A la estimulante San Francisco se encamina James Bond, en pos de los planes de Zorin. Su enlace para la ocasión –casi siempre funesta-, será el agente Chuck Lee (David Yip), de la CIA. La investigación y el suspense prosiguen, aupadas por la excelente partitura de John Barry (1933-2011), inspeccionando la estación de bombeo de la Zorin Oil. Y algún interregno con la espía rusa Pola Ivanova (Fiona Fullerton). Al contrario de lo que va a acontecer con la protagonista principal femenina, aquí sí estamos ante otro de los reposos del guerrero. Los rusos se hayan en plena distensión gorvachoviana, en todos los sentidos, vertical y horizontal. También ellos le tienen el ojo echado al díscolo Zorin (como Gogol hiciera con Orlov en la película anterior). El general Gogol le llega a espetar a Zorin que nadie escapa a la KGB.


En efecto, Max Zorin fue uno de ellos, hasta que decidió establecerse por su cuenta (y riesgo). Pero no hay cuidado, Bond se la saber dar con queso también a los soviéticos. Solo tres días restan para que acontezca el maquiavélico plan de Zorin, llamado Mainstrike (traducido como Hallazgo Principal). En él parece involucrado, al menos de forma indirecta, el Departamento de Geología y Minas de San Francisco. Donde trabaja como geóloga del Estado Stacey Sutton (Tanya Roberts). Una vez que ambos hacen de la necesidad virtud, las pesquisas llevan a Bond y Stacey, cuyo padre ha sido arruinado por Max Zorin, hacia una mina de plata abandonada, situada en plena Falla de San Andrés. En concreto, junto al Lago de idéntico nombre, anejo a la falla (la misma que servía a los inicuos planes de Lex Luthor en Superman [íd., Richard Donner, 1978]). En realidad, se trata de un sistema de fallas monumental que acaba en el golfo de California.


Demasiado tarde averigua la compañera y mujer de confianza de Zorin, May Day (Grace Jones), que los psicópatas no quieren a nadie, salvo a sí mismos. El emocionante final acontece en el que se suele considerar el emblema principal de la ciudad de San Francisco. El hermoso y cinematográfico puente Golden Gate.


Panorama para matar es un buen compendio de lo que vino siendo el personaje de James Bond interpretado por Roger Moore. Ciertamente, no existe en la película un desarrollo argumental novedoso, repitiéndose algunas de las estructuras narrativas vistas antes. Pero es no quiere decir que la película sea insustancial. Ninguna película tan bien hecha lo es. Al cúmulo de nuevos escenarios, se suma la antedicha partitura de John Barry, que a mí siempre me causó, y me sigue causando, un indefinible estado de nostalgia jubilosa, una exaltada melancolía. Gozosa por haber vivido aquellos tiempos, en que el futuro y el mundo adulto y sus instituciones, parecían tan radiantes y prometedores.

En otra ocasión abordaremos otros títulos de la saga. Los relatos de James Bond siempre tuvieron la excelencia de la visión de futuro. Para los espectadores de la época, era sinónimo de aventuras, multiplicidad de escenarios atractivos y una calculada acción. Solo me resta lamentar que los divertidos libros de memorias de sir Roger Moore no se hayan traducido al español, demostrando el escaso interés que el mundo editorial continúa mostrando hacia determinadas figuras queridas del mundo del cine. Con notables excepciones, claro está.



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