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El autocine (CXII): Nunca digas nunca jamás, de Irvin Kershner

15 julio, 2023

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Abordábamos estos días el ciclo de James Bond interpretado por Roger Moore (1927-2017). Por dos motivos. Porque -si me lo permiten- corresponde con mi infancia y adolescencia (la tierra tira mucho), y porque por lo general ha sido menospreciado. Creo haber dejado las cosas en su justo lugar, valorando la intervención de Moore.

Por supuesto que también guardo muy buenos recuerdos del Bond personificado por el que, para la mayoría, ha constituido la quintaesencia del personaje, Sean Connery (1930-2020); disfrutado igualmente en los años ochenta, en formato de video doméstico (ahora ya dispongo de una pantalla digna de ese nombre, en la que se dan la mano el tiempo y el espacio). En un futuro, que deseo no lejano, retomaré este ciclo fundacional. De momento, lo que sí me gustaría es conmemorar el broche de oro de Connery como agente 007 en Nunca digas nunca jamás (Never Say Never Again, Warner Bros., 1983), dirigida por el laboralmente irregular, pero siempre apreciable, Irvin Kershner (1923-2010).
 
Como los aficionados a la saga conocen, el título de esta última entrega protagonizada por el actor escocés se debió a su renuncia, enmendada por la presente película, de volver a interpretar a James Bond. La circunstancia es bastante común entre actores. Ellos quieren interpretar a cuántos más personajes mejor, y lo más variados posible. Le sucedió al emblemático Leonard Nimoy (1931-2015) con su indeleble Spock, o a escritores de la categoría de Arthur Conan Doyle (1859-1930) y Agatha Christie (1890-1976), respecto a sus más bienvenidas creaciones. Puedo comprender su postura, aunque siempre me ha sorprendido el hecho de querer desprenderse, a veces con cajas destempladas, de aquello que te ha proporcionado la popularidad y ha sido celebrado por miles de lectores o espectadores. El ser recordado por un personaje en concreto, tal y como están los tiempos memorísticos de usar y tirar, puede parecer injusto para un actor, pero semeja la forma más hermosa y digna de pasar a una posteridad cada vez más frágil y mermada. En cualquier caso, los que nos hemos interesado por Cervantes (1547-1616) o Galdós (1843-1920), no hemos limitado nuestras lecturas al Quijote (1605-1615) y Fortunata y Jacinta (1887), por citar dos obras imprescindibles. Más que nunca, el leer o contemplar determinadas obras de arte, se ha convertido en una actitud de rabiosa personalidad, debido a que existen más distracciones y ofertas que nunca (con ello no quiero decir que todas ellas compartan un mismo nivel cualitativo).

Sea como fuere, Sean Connery volvió a ponerse, como se suele decir, en la piel, curtida aunque vivaz, del agente con licencia para liquidar inconvenientes creado por Ian Fleming (1908-1964). Pero no de cualquier manera. Los derechos de explotación (novelística y cinematográfica) seguían en poder de los productores ingleses Albert Broccoli (1909-1996) y, tras la despedida de Harry Saltzman (1915-1994), Michael G. Wilson (1942). Con una excepción. El argumento de Operación Trueno (Thunderball, 1961; United Artist, 1965), se hallaba, tras una disputa legal, en manos de uno de los guionistas de la adaptación de 1965, el irlandés Kevin McGlory (1926-2006), que a su vez pasó el proyecto de una nueva versión -una vez involucrado el actor- al productor independiente Jack Schwartzman (1932-1994).

De esta manera, Nunca digas nunca jamás se convirtió en una reescritura de la citada Operación Trueno. Pero perspicaz y con enjundia.
 
 
El nuevo guión fue elaborado por Lorenzo Semple Jr. (1923-2014), firmante como co autor o en solitario, de títulos tan sensacionales como El último testigo (The Parallax View, Alan J. Pakula, 1974), Con el agua al cuello (The Drowning Pool, Stuart Rosenberg, 1975) o Los tres días del Cóndor (Three Days of the Condor, Sydney Pollack, 1975). La película contó además con la fotografía del gran Douglas Slocombe (1913-2016), responsable, entre otras, de la trilogía inicial de Indiana Jones. Mención especial merece la partitura, calculadamente distorsionada, del espléndido Michel Legrand (1932-2019), entre cuyo plantel de músicos distinguimos el nombre de Herb Alpert (1935), que ya en su día había intervenido en la estupenda partitura de Burt Bacharach (1928-2023) para Casino Royale (íd., John Huston et alii, 1967). Una composición la de Legrand disconforme y de una sonoridad desasosegante. La pesadilla que se muerde la cola. Pero con un tema vocal central sin duda digno de figurar en los anales sonoros de 007. Esto, el mismo año que el compositor francés entregaba esa maravilla que es la música de Yentl (íd., Barbra Streisand, 1983).
 
Tras una misión que, diríamos, juega con el punto de vista del espectador, a modo de alegoría de la propia esencia cinematográfica (esto es, realidad por ficción), nos reencontramos con James Bond. Por consejo de sus superiores, este ha de someterse a un “reajuste” físico, con lo que Bond trata de hacer una “cura de rejuvenecimiento” poniéndose en forma en una casa de salud campestre. ¿Quiere esto decir que los años de los cócteles batidos pero no agitados, la degustación de féminas o el caviar, han pasado a mejor vida? Ni por asomo (Dios sea loado).

Tales intenciones saludables son como el núcleo dramático que se va a desarrollar dentro de la clínica: un simulacro. 007 no las cumple a rajatabla. Una impostura sarcástica que el baqueteado agente trata de sobrellevar con fino humor, frente a una operación de enmascaramiento que va a tener en jaque a las principales potencias. El complot ha sido ideado por SPECTRA, una organización definida por su propio líder, el villano Blofeld (Max Von Sydow), como dedicada al terrorismo, la venganza y la extorsión. Demostrando que la realidad es más apasionante que las simulaciones, tal y como da a entender 007 a sus quisquillosos jefes. He pasado mucho tiempo ensayando, no practicando, se queja. Es la vida lo que te pone a prueba. Es decir, la acción.
 

De este modo, James Bond entra en esta nueva aventura por mero azar, pese a estar apartado, al compartir el mismo espacio que los conspiradores, el sanatorio Rutland. El objetivo de su estancia allí es, como queda dicho, rehabilitarle y reeducarle en los beneficios de una alimentación sana y equilibrada (por suerte no lo convierten en vegano a la fuerza). Como contraindicación, tal planteamiento curativo provoca a 007 un severo desequilibrio en cuerpo y espíritu. Tan inevitable como es a veces contar con un superior pejiguera y obtuso (M), pese a ser interpretado por el gran actor Edward Fox (1937). Al punto que habrá de ser el Secretario de Asuntos Extranjeros, lord Ambrose (el excelente Anthony Sharp [1915-1984], de intervención breve pero bienhallada), quien lo llame al orden, para que haga intervenir a los agentes doble cero en la crisis que se plantea. SPECTRA vende tanto a las fuerzas rebeldes de rigor como a los gobiernos supuestamente legítimos. Armas y misiles. Y en esta tesitura, un oficial de las fuerzas armadas estadounidenses llamado Jack Petachi (Gavan O’Herlihy), ha sido captado y, como Bond, “reajustado” (en su caso, con éxito), para ser parte integral e imprescindible de un maquiavélico plan, donde una vez más, la tecnología cobra gran importancia narrativa.

A este respecto, algo más de relevancia muestra el armero Algernon (Q), servido por el destacable Alec McCowen (1925-2017). Respecto al poco flemático M, resulta revelador el momento en que Bond rechaza la “generosa” oferta de ser invitado a su club, alegando tener otras cosas entre manos.

Decía que Petachi resulta imprescindible, pero por eso mismo, prescindible, al firmar esta primera circunstancia su sentencia de muerte. Es la ley de los criminales, matar a los asesinos (tontos útiles, compañeros de viaje o cabezas de turco). La maniobra terrorista se denomina Las lágrimas de Alá, por motivos que son explicados sobradamente, y cuyo pilar consiste en la extorsión y siembra de terror por vía de la ubicación de dos artefactos nucleares prestos a estallar en lugares desconocidos, en el momento justo (en que no se produzca el pago). Dos misiles crucero equipados con sendas cabezas termonucleares que han sido sustraídos de una base militar en toda regla. De forma harto ingeniosa, a la alteración del curso de ambos misiles le ha echado un ojo Jack Petachi, cuando se pretendía un vuelo de prueba (otra simulación). Al mando de esta operación morrocotuda está Nº 1, es decir, Maximillian Largo (un formidable Klaus Maria Brandauer), seguido muy de cerca por su acólita y mujer de confianza, Nº 12, Fátima Blush (Bárbara Carrera). La simpática actriz (que recuerdo muy bien en el programa Un día es un día de Ángel Casas [1946-2022], para RTVE, 1990), otorga a Fátima una acusada carga de sádica y enajenada profundidad, que reviste al personaje tanto como sus llamativos atuendos. La nº. 1 en mis memorias, ironiza ante ella James Bond, antes de zanjar su explosiva relación. Respecto a Largo, se trata de un peligroso y sibilino maniaco, industrial y filántropo –suele ocurrir-, proveniente de Bucarest, Rumanía. Se le ve venir precisamente porque nunca se le ve venir.
 
En cuanto al escenario de la trama, uno de los principales reside en Nassau, las Bahamas. Allí, Nigel Fawcett (Rowan Atkinson) es el enlace de Bond en la Embajada Británica. Correrá mejor suerte que Nicole (Saskia Cohen), que ha de vérselas con Fátima, en clara desventaja. Townsend no es más que un novato, para colmo tartamudo, señalando su inexperiencia, y reforzando el carácter cómico del personaje, interpretado por quien ya apuntaba maneras. De las Bahamas, en pleno Caribe, la acción se traslada al sur de Francia, en Niza, donde Bond es recibido por su colega Félix Leiter (Bernie Casey), de la CIA, y por la agente 326, la referida Nicole.

Existe otro personaje de envergadura, Domino Petachi (una incipiente Kim Basinger), hermana de Jack. 007 sabrá aprovechar el acceso a una gala de beneficencia de Largo, para poder estrechar lazos con ella. Una recepción oficiada a los niños huérfanos. En singular batalla, James Bond y Maximillian Largo quedan primeramente enfrentados de forma virtual, por medio de un elaborado videojuego llamado “Dominación”, juego que persigue un único objetivo: el poder (en palabras precisas de Largo). Todo en él es una proyección de su maquiavelismo. En concordancia, la puesta en escena de toda la operación terrorista es la puesta de Largo. Tanto en la gala como en la resolución de la película. Así, cuando las cosas comienzan a torcerse para él, emerge la imagen psicótica del personaje. Una imagen cuyos rasgos quedarán diluidos cuando el villano encuentre su destino bajo el agua, en una secuencia bien planificada. Como bien filmada está la persecución en moto que nos muestra a James Bond en un vehículo apenas empleado por el agente, en lo que llevamos de saga.
 

Visualmente sobresalen otros elementos, como el logotipo con la bandera amarilla y negra que identifica a los miembros involucrados en SPECTRA (aún sin saberlo). O el empleo de un transmisor adosado a una botella de oxígeno. También el magnífico juego de planos con una de las bombas, cuando esta es robada. Llama particularmente la atención el escenario de esa fortaleza habitada por buitres, que se sitúa en Palmira, Siria, al norte de África.

Nunca digas nunca jamás depara otras escenas bien ejecutadas, como la pelea con el fortachón en la clínica “de convalecencia” (el imprescindible Pat Roach [1937-2004], al que todos recordamos por sus sonadas trifulcas en Barry Lyndon [íd., Stanley Kubrick, 1975], o las tres mencionadas primeras entregas de Indiana Jones).
 
James Bond prosiguió su camino, aunque para mi gusto, ajustándose a un tiempo cinematográfico excesivamente digitalizado, perdiendo su esencia aventurera e incluso el compromiso fantástico, bajo un manto de realismo extremo. No está de más la variedad, pero los cimientos siguen siendo insustituibles.



Para el sábado noche (CXXIX): El James Bond de Roger Moore (II): Solo para sus ojos, Octopussy y Panorama para matar, de John Glen

02 julio, 2023

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¿Se han fijado ustedes en esos videos tutoriales donde un lápiz o pincel va dibujando gráficos o figuras mientras se nos narra el contenido? Supongo que es una nueva manera de llamar la atención, de forma casi indefinida, a toda una generación (tenga la edad que tenga), que ya se ve incapaz de mantener la atención en un video, si no hay un movimiento que lo reclama de continuo. Y aunque los dibujos suelen ser bonitos e ingeniosos, uno no puede evitar pensar que algo muy importante se nos ha ido. Por ejemplo, el sosiego de contemplar una película de acción sin que nos cosan a tiros.

En el artículo dedicado a la primera parte de las adaptaciones de James Bond, protagonizadas por sir Roger Moore (1927-2017), hice mención a la capacidad de estas películas de ofrecer un resultado atractivo en el marco del género de acción, sin por ello perder la compostura (la planificación, el montaje, la música…), ya que no existía la necesidad de apelar al espectador cada cinco minutos. Jamás te perdías, y disfrutabas -por lo general- del conjunto.


También comentaba cómo 007, código por el que también es conocido el célebre agente secreto británico, estuvo casado. Con Teresa Bond (Diana Rigg), tan cual se nos narra en la novela y posterior adaptación Al servicio secreto de su Majestad (On Her Majesty’s Secret Service, 1963; RBA, 1999; Peter Hunt, 1969). Hasta que la muerte los separó.

Solo para sus ojos (For Your Eyes Only, United Artist, 1981) da comienzo cuando James Bond se haya ante la tumba de su fallecida esposa. En la lápida se lee la fecha 1943-1969. El agente es trasladado a Whitehall por helicóptero. Solo que este ha sido amañado y está teledirigido por el villano Blofeld (John Hollis), visto en algunas de las previas aventuras de 007. Bond no se amilana, despacha su imprevisto contratiempo por vía aérea, en un cúmulo de imágenes que unen a la espectacularidad de las escenas con especialista (realizadas sin ordenador), los inevitables insertos con transparencias (hoy día se hace igual, solo que la técnica ha mejorado: no así necesariamente el resto de componentes de una filmación, con frecuencia, sujetos al actual esquematismo narrativo). El resultado es indeleble para los espectadores que fuimos, en cualquier caso.

El reclamo en esta nueva aventura es el ATAC, un mecanismo de cifrado que por su morfología nos recuerda a la máquina Enigma. Se trata de un sistema transmisor para el lanzamiento de misiles. El problema surge desde el Ministerio de Defensa, donde el ministro responsable (Geoffrey Keen), y el jefe de personal del MI 6, Bill Tanner (James Villiers), urgen a recuperar el ingenio, hundido en el interior de un barco espía del MI6, el St. Georges, que ha resultado tocado y hundido por una mina de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), en el Mar Jónico, frente a las costas de Albania.

El actor que interpretaba a M, Bernard Lee (1908-1981), falleció poco antes de su intervención en esta nueva película, con lo que, en las siguientes, fue reemplazado por el igualmente sólido Robert Brown (1921-2003).


James Bond sigue la pista del asesino a sueldo Héctor González (Stefan Kalipha), que ha acabado con la vida del experto en antigüedades marinas y operaciones de rescate Timothy Havelock (Jack Hedley). El círculo de relaciones se estrecha cuando Bond conoce a la hija del fallecido, Melina Havelock (Carole Bouquet).


La película muestra una vistosa carencia al situar parte de la acción principal “a las afueras de un Madrid” que es lo más parecido a cualquier entorno rural pobretón (en realidad, la secuencia se filmó en Grecia, una de las localizaciones principales del relato). No sé si esto ha de ver con la auto-superioridad moral del anglosajón sobre los pueblos latinos, como ello nos llaman, o se trata de un despiste. Me cuesta creer que fuera por falta de presupuesto. El hecho es que las “afueras de Madrid” mostradas, pudiendo haber filmado en Madrid mismo, más parecen un poblacho bananero que uno de los hermosos rincones de la provincia (en los que se ha venido a rodar con cierta frecuencia). Ahora bien, si pasamos esta vergonzosa falla por alto, Solo para sus ojos se convierte en una película muy disfrutable.

Está la bienvenida e inesperada incorporación del Citröen 2CV al listado de vehículos Bond. Incluyendo la persecución del Citröen, cuando el estiloso Lotus Esprit de James Bond pasa a mejor vida de forma algo abrupta (por suerte, otro le aguarda a su llegada a Italia). Una persecución resuelta con bastante gracia, supervisada por el especialista Rémy Julienne (1930-2021). Y en efecto, la escena resulta divertida y eficaz. Una buena pieza de acción a la que se suma la persecución por la nieve en Cortina d’Ampezzo (Italia). El mismo escenario donde se situaba la inolvidable narración de La pantera rosa (The Pink Panther, Blake Edwards, 1963). La acción en las películas de James Bond es consustancial, con lo que también sobresale el posterior asalto al almacén de Ari Kristatos (Julian Glover) en Albania, y las envolventes escenas filmadas bajo el agua, a bordo del mini submarino Neptuno (diseñado por Peter Lamont [1929-2020]), capaz de acercar a los protagonistas a los entresijos del St. Georges, con objeto de recuperar el ATAC.


Por su parte, Melina escapa al rol de mero ligue. No es una de tantas mujeres conquistadas por James Bond, sino alguien que le ayuda a llevar a buen término su misión, y de paso, vengar la muerte de sus progenitores. Además, está la impulsiva joven que 007 echa de la cama, literalmente: la aspirante a campeona olímpica Bibi Dahl (Lynn-Holly Johnson). No es para menos, Bond no está para chiquilladas, aparte de que Bibi es la protegida del empresario Ari Kristatos, padrino o mecenas -hoy emplearían esa locución repelente de sugar daddy-, de la gimnasta, patinadora artística en la vida real.

Kristatos se haya en conflicto con su homólogo Milos Columbo (Topol), al que convertirá en un falso culpable. Un enfrentamiento que se dirime, en toda su extensión, a lo largo del tercio final de Solo para sus ojos, en la escalada al monasterio ortodoxo abandonado de San Cirilo (en realidad, el Monasterio de Agia Triada, en la llanura de Tesalia [Grecia]). Usado por Kristatos como base de operaciones. Estas últimas imágenes resultan espectaculares y confieren un toque muy especial a la acción, puesto que esta se impregna de un acusado suspense.

Escrita por Richard Maibaum (1909-1991) y Michael G. Wilson (1942), Solo para sus ojos es una estupenda continuación de la serie, dejando al margen la movida de la localización madrileña. El resto de las ambientaciones se sitúan en los bellos paisajes naturales de Cortina, como ya he referido, y Corfú, en Grecia. El decorador, como también he señalado, fue el excelente Peter Lamont, responsable, entre otras, de las películas previas de la saga. La música la compuso Bill Conti (1942), que entrega uno de sus mejores trabajos. Conti no suele ser citado cuando hacemos un repaso de nuestros compositores cinematográficos favoritos, pero lo cierto es que aquel año demostró su gran valía, completada con Evasión o Victoria (Escape or Victory, John Huston, 1981). No sería hasta 1984 cuando ganara el OSCAR por Elegidos para la gloria (The Right Stuff, Philip Kaufman, 1983).


De las tres películas que completan la filmografía de Roger Moore como James Bond, se hizo cargo el montador y director de la segunda unidad de los últimos títulos de la saga, John Glen (1932). Glen fue así mismo el responsable de las dos aventuras consiguientes, interpretadas por Timothy Dalton (1946), generalmente despreciadas -como las previas- por la crítica sesuda del momento, pero que, fuera de estigmas y prejuicios, se han venido revalorizado.

A los guionistas Maibaum y Wilson, que también se ocuparon al alimón de la última de las entregas que vamos a reseñar, se unió para Octopussy (íd., United Artist, 1983) el estupendo novelista George McDonald Fraser (1925-2008), que con su gracejo volvió a revestir de humor la película. Lo mismo que había hecho en sus adaptaciones, para mí ejemplares (por mucho que no se ajusten al pie de la letra del libro), de Los tres mosqueteros (The Three Musketeers, Richard Lester, 1973) y Los cuatro mosqueteros (The Four Musketeers, Richard Lester, 1974), e incluso de la menospreciada El guerrero rojo (Red Sonja, Richard Fleischer, 1985).


Gene Fanning (Douglas Wilmer), experto en arte del Foreign Office (el Ministerio de Exteriores), evalúa una reproducción perdida de uno de los huevos decorados de Peter Carl Fabergé (1846-1920), que ha traído consigo el agente 009 (Andy Bradford), antes de morir en cumplimiento del deber (no pudo evitar los consabidos puñales en la espalda), a su regreso de Berlín oriental. Estamos en 1983. Para los que no hayan vivido o desconozcan esta época, Alemania estaba dividida en dos mitades, por el Muro vergonzante de Berlín (1961-1989). La República Federal Alemana, occidental, y la República Democrática -o sea comunista- Alemana, oriental (una de esas ironías crueles con que se adornó la repelente ideología que más muertos ha causado sobre la faz de la tierra).

En estas arenas movedizas que son la zona soviética, continúa en su particular perestroika el general Gogol (Walter Gotell). Tratando de contener a los generales más díscolos de su politburó (también los hay sensatos). Entre los que destaca, por méritos propios, el general Orlov (Steven Berkoff), una (mala) suerte de Vladímir Putin (1952), con todo su bagaje de hijo de perra. Militarista antes que militar, y ofensivo antes que defensivo, Orlov ha organizado un tráfico ilegal de joyas con la ayuda del príncipe afgano exiliado en la India, Kamal Kahn (un selecto y elegante Louis Jourdan), y la bien intencionada empresaria (de marina mercante, hoteles y circos) Octopussy, apelativo dado por su padre, un famoso oceanógrafo. Un entramado que está dando paso a un “plan B”, del que Octopussy está excluida, y que consiste en provocar un incidente internacional (no revelaremos más).

Octopussy posee una casa-escuela en un suntuoso palacio flotante, y hace de protectora benevolente de muchas chicas descarriadas. Un espacio habitado tan solo por mujeres, donde pocos hombres se atreven a penetrar.


El Occidente está en decadencia, dividido, no tienen valor para arriesgarse a una represalia nuclear nuestra, argumenta Orlov. Descrito por Gogol como un demente. Llevará a la no extinta Unión Soviética (1922-1991…) a una crisis sin precedentes. Por fortuna para nosotros, abortada por nuestro agente secreto favorito en el último minuto (incluso segundo) de la trama. La de aprietos desconocidos que habremos sorteado los pobres europeos desde la Crisis de los Misiles (1962).


La pérdida de la réplica de Fabergé hace necesaria la recuperación del original para los contrabandistas de joyas. Se subasta en Sotheby’s. La famosa galería de Londres, con sucursales en otros rincones del mundo. Por él puja Kamal Kahn, acompañado por la perspicaz Magda (Kristina Wayborn).

Una vez más, vuelve a hacer acto de presencia ese fino sentido del humor afín a la serie Bond, especialmente en la etapa de Roger Moore. Ahí está el pulpo venenoso que se adhiere como si fuera un alien, o el cocodrilo-móvil para desplazarse por las aguas del Ganges. Además, los guionistas incorporan una auto-cita cuando el tema musical de James Bond, compuesto por Monty Norman (1928-2022), suena como melodía de un encantador de serpientes en la India. Se trata del enlace Vijay (Vijay Amritraj), que trabaja para el jefe de sección Sadruddin (Albert Moses).

007 no tarda en presentarse ante Kamal. Dirimen sus primeras diferencias en la mesa de juego. Kamal no solo está escoltado por la pizpireta y eficiente Magda, sino por el guardaespaldas y lugarteniente Gobinda (Kabir Bedi, que recientemente ha publicado sus memorias en español, Historias que debo contar [Amok Ediciones, 2023]. En ellas da cuenta de su contento ante esta intervención cinematográfica, aunque echamos de menos que nos narrara más anécdotas de la filmación, o de Ashanti Ébano [Ashanti, Richard Fleischer, 1979]).

Kamal es un villano refinado y metódico, como demuestra la cena dispuesta en su palacio Monsoon. No sé si Steven Spielberg (1946) se inspiró en ella para su Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Paramount, 1984). Lo que sí está claro es que tomó prestada la de 20.000 leguas de viaje submarino (20.000 Leagues under the Sea, Walt Disney Productions, 1954), del citado Richard Fleischer (1916-2006).


El palacio de Kamal es escenario de una buena secuencia de intriga, cuando James Bond anda tras la pista de los tejemanejes de su anfitrión y carcelero con Orlov. Inspeccionando el palacio, 007 vislumbra los planes de sus oponentes, pero aún no posee todas las piezas del rompecabezas. Del palacio-prisión escapa como el conde de Montecristo, antes de convertirse en cebo de toda una cacería humana. Con todos los pertrechos. Bond se verá en parecida situación cuando se enfrente a los gemelos del cuchillo (David y Tony Meyer), que han sido comprados por Orlov. Las duplicidades no acaban aquí. Existen sendos vagones de tren gemelos, que cobran una señera importancia.

Al contrario de la Anya de La espía que me amó (The Spy Who Loved Me, Lewis Gilbert, 1977), al menos en un principio, Octopussy le está agradecida al agente por el hecho de haber ofrecido a su padre, antiguo funcionario del MI 6, la oportunidad de una salida honrosa, tras efectuar un desfalco. Esto, pese a haber acabado con la vida de esta persona. A Octopussy solo le interesan sus negocios, y de forma ocasional y aventurera, el matute de las joyas afanadas.

Personalmente, la película me gusta mucho desde que la vi (fecha de su estreno). El último tercio es especialmente adrenalítico. Como apuntaba con atino el gran Alfred Hitchcock (1899-1980), en su famosa entrevista con François Truffaut (1932-1984), el suspense consiste en que el espectador sepa que existe una bomba. Los guionistas y el realizador saben llevar este axioma a buen puerto.


La última película de James Bond protagonizada por Roger Moore fue Panorama para matar (A View to a Kill, John Glen, 1985). Cuya secuencia de apertura espectacular nos remite al inicio de La espía que me amó. Esta vez, en las procelosas nieves de Siberia (Unión Soviética). James Bond rescata del cuerpo de 003, en esta región desolada, un objeto singular. Estamos en los años ochenta, el chip ya es parte esencial de toda computadora magnética, como recuerda Q (Desmond Llewelyn). Y precisamente, en uno de los bolsillos de 003, 007 ha hallado un nuevo chip, insensible a los daños del pulso magnético. Tales como los de un posible desastre nuclear. Lo que ha de ver con los sistemas de defensa de los distintos países. Una multinacional anglo-francesa, Industrias Zorin, se presenta como la única pista, al ser la encargada de su elaboración y distribución.


El empresario Max Zorin (Christopher Walken) es de procedencia alemana, y curiosamente, no profesa un excesivo entusiasmo por la disciplina comunista, a la que perteneció. Suele ocurrir. Por desgracia, Zorin resulta ser un psicópata de tomo y lomo. Uno de esos villanos impagables resueltos a cambiar la faz del mundo, a su imagen y semejanza. En su pasado alemán destaca la presencia del médico Carl Mortner (Willoughby Gray), un gran experimentador con esteroides. Y otros aspectos colaterales, de los que Zorin, como buen “niño del Brasil”, ha formado y sigue formando parte.

007 entra en contacto visual con el incipiente empresario, una de esas fortunas relámpago a la sombra del Valle de la Silicona, en el derbi de Ascot (Berkshire, Inglaterra). Con todas sus damas y sombreros estrafalarios. Y el potro de Zorin, Pegasus. Allí, James Bond también se relaciona con el entrenador de caballos de carreras sir Godfrey Tibbet (Patrick MacNee), uno de los colaboradores del MI 6. Sir Godfrey se verá obligado a actuar de valet de chambre de 007, dadas las circunstancias, cuando el agente encubierto acuda a las posesiones principescas de Max Zorin (lo más parecido a la villa de Hugo Drax en Moonraker [íd., Lewis Gilbert, 1979]). Todo un escenario monumental (el Château de Chantilly, en Francia).

Esto sucede tras la visita de James Bond a la capital francesa, París, donde se entrevista con el detective privado Achille Aubergine (Jean Rougerie), en pleno restaurante de la Torre Eiffel (cuando estuve allí me complació contemplar fotos de la película). Otro toque de humor que añadir a la saga, dado que el detective semeja a un paródico y pagado de sí mismo Hércules Poirot.

Es notable la inspección a las cuadras de Pegasus, y el descubrimiento de otros recovecos sorprendentes. Allí se halla el secreto de un monopolio internacional que controlaría -como sucede con el medio ambiente en la actualidad- toda la producción y distribución de microchips, frente al referido Valle de la Silicona (San Francisco, EEUU); término acuñado en 1971, y centro de la producción electrónica e innovación tecnológica de Norteamérica.


A la estimulante San Francisco se encamina James Bond, en pos de los planes de Zorin. Su enlace para la ocasión –casi siempre funesta-, será el agente Chuck Lee (David Yip), de la CIA. La investigación y el suspense prosiguen, aupadas por la excelente partitura de John Barry (1933-2011), inspeccionando la estación de bombeo de la Zorin Oil. Y algún interregno con la espía rusa Pola Ivanova (Fiona Fullerton). Al contrario de lo que va a acontecer con la protagonista principal femenina, aquí sí estamos ante otro de los reposos del guerrero. Los rusos se hayan en plena distensión gorvachoviana, en todos los sentidos, vertical y horizontal. También ellos le tienen el ojo echado al díscolo Zorin (como Gogol hiciera con Orlov en la película anterior). El general Gogol le llega a espetar a Zorin que nadie escapa a la KGB.


En efecto, Max Zorin fue uno de ellos, hasta que decidió establecerse por su cuenta (y riesgo). Pero no hay cuidado, Bond se la saber dar con queso también a los soviéticos. Solo tres días restan para que acontezca el maquiavélico plan de Zorin, llamado Mainstrike (traducido como Hallazgo Principal). En él parece involucrado, al menos de forma indirecta, el Departamento de Geología y Minas de San Francisco. Donde trabaja como geóloga del Estado Stacey Sutton (Tanya Roberts). Una vez que ambos hacen de la necesidad virtud, las pesquisas llevan a Bond y Stacey, cuyo padre ha sido arruinado por Max Zorin, hacia una mina de plata abandonada, situada en plena Falla de San Andrés. En concreto, junto al Lago de idéntico nombre, anejo a la falla (la misma que servía a los inicuos planes de Lex Luthor en Superman [íd., Richard Donner, 1978]). En realidad, se trata de un sistema de fallas monumental que acaba en el golfo de California.


Demasiado tarde averigua la compañera y mujer de confianza de Zorin, May Day (Grace Jones), que los psicópatas no quieren a nadie, salvo a sí mismos. El emocionante final acontece en el que se suele considerar el emblema principal de la ciudad de San Francisco. El hermoso y cinematográfico puente Golden Gate.


Panorama para matar es un buen compendio de lo que vino siendo el personaje de James Bond interpretado por Roger Moore. Ciertamente, no existe en la película un desarrollo argumental novedoso, repitiéndose algunas de las estructuras narrativas vistas antes. Pero es no quiere decir que la película sea insustancial. Ninguna película tan bien hecha lo es. Al cúmulo de nuevos escenarios, se suma la antedicha partitura de John Barry, que a mí siempre me causó, y me sigue causando, un indefinible estado de nostalgia jubilosa, una exaltada melancolía. Gozosa por haber vivido aquellos tiempos, en que el futuro y el mundo adulto y sus instituciones, parecían tan radiantes y prometedores.

En otra ocasión abordaremos otros títulos de la saga. Los relatos de James Bond siempre tuvieron la excelencia de la visión de futuro. Para los espectadores de la época, era sinónimo de aventuras, multiplicidad de escenarios atractivos y una calculada acción. Solo me resta lamentar que los divertidos libros de memorias de sir Roger Moore no se hayan traducido al español, demostrando el escaso interés que el mundo editorial continúa mostrando hacia determinadas figuras queridas del mundo del cine. Con notables excepciones, claro está.



Para el sábado noche (CXXVIII): El James Bond de Roger Moore (I): Vive y deja morir, El hombre de la pistola de oro, La espía que me amó y Moonraker

02 junio, 2023

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Qué intensa y curiosa vida la del escritor inglés Ian Fleming (1908-1964). Según figura en la red, el vicealmirante John Henry Godfrey (1888-1970), director de la División de Inteligencia Naval de la Marina Real británica, lo reclutó en mayo de 1939 para que ejerciera de asistente personal. Entre 1941 y 1942, Fleming quedó a cargo de la Operación Goldeneye, cuyo propósito era mantener una estructura de inteligencia en España, en caso de una invasión alemana del territorio. Ya en 1942, el futuro creador de James Bond formó una unidad de comandos, conocida como la 30 Assault Unit (30AU), compuesta por tropas especializadas en investigación y vigilancia.

En marzo de 1944, supervisó el reparto de documentos de inteligencia a la Marina Real, que se estaba preparando de cara a la Operación Overlord (el desembarco de Normandía).

En octubre del 47, Fleming recibió el reconocimiento danés Frihedsmedalje (sic), por la asistencia proporcionada a los oficiales daneses que escaparon al Reino Unido durante la ocupación del país por la Alemania nazi.

Tras su desmovilización, en mayo de 1945, Ian Fleming aceptó un empleo en el grupo periodístico Kemsley, por aquel entonces propietario del Sunday Times.

El interés de Fleming por redactar una novela de espionaje se remonta a este período de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). James Bond, también conocido por su código personal 007, es un oficial del Servicio de Inteligencia Secreto y comandante de la Royal Naval Reserve. El doble cero significa que posee licencia gubernamental para matar, si se da la circunstancia.
 
Tras la publicación y clamoroso éxito de Casino Royale (1953), la primera novela del célebre oficial de Inteligencia, Ian Fleming empleó sus vacaciones anuales para acudir a su casa de Jamaica y escribir más historias sobre el personaje. En 1962, comenzaron a ser llevadas al cine.

Algunos críticos cinematográficos han considerado el ciclo de películas de James Bond interpretado por el actor inglés Roger Moore (1927-2017) algo de segunda categoría. Como me satisface enormemente llevar la contraria, sobre todo a los loros que esgrimen ideas prestadas, comienzo este repaso a la figura del agente secreto por dichas películas. Bien es verdad que en ello han de ver mis propios recuerdos como espectador, en aquel momento, en plena niñez y adolescencia. Pero es que el aspecto sardónico que vamos a (re)descubrir, nunca me pareció denigrante para el personaje, ni mucho menos escaso de funcionalidad de cara al resultado aventurero, incluso cinematográfico, de la serie. Dicho de otro modo, no me siento ofendido por que James Bond sea heterosexual, mujeriego, chistoso y expeditivo.
 
Vive y deja morir (Live and Let Die, United Artist, 1973), escrita por Tom Mankiewicz (1942-2010), que años después coescribiría Lady Halcón (Lady Hawke, Richard Donner, 1985), es la primera de las películas interpretadas por Roger Moore, tras la dejación, no definitiva, del excelente Sean Connery (1930-2020). La película está basada en la segunda novela, de igual título, escrita por Ian Fleming, publicada en 1954 (RBA, 1999). Muchas de las características del autor se trasladaron al personaje de James Bond. Sin embargo, este también halló inspiración física y hasta psicológica en otros contemporáneos, como el compositor Hoagy Carmichael (1899-1981), al que los cinéfilos recordamos por su intervención en la sensacional Tener y no tener (To Have and Have Not, Howard Hawks, 1944), y por ser el autor de numerosos estándares de la música popular, trasladados al universo del jazz.
 

Todas las obras cinematográficas son hijas de su tiempo. Incluso las de época. La reivindicación de la negritud (blaxploitation), o la moda en las artes marciales, puestas de manifiesto por Bruce Lee (1940-1973) en su propio país de origen, antes de dar el salto legítimo y mortal a los demás, son carburantes que ayudaron a encender el motor de las dos primeras películas de este nuevo recorrido, filmadas con buen tino por el veterano Guy Hamilton (1922-2016; fallecido en Palma de Mallorca, España, lugar donde residía). Hamilton había dirigido previamente el magnífico Goldfinger (íd., United Artist, 1964).
 
El flamante James Bond hace su renovada presentación en la cama, comme il faut. Y no solo, como habrán adivinado. Esto sucede tras los elegantes títulos de crédito elaborados por el habitual diseñador gráfico Maurice Binder (1925-1991), cuyo estilo, trascendiendo el mero afán psicodélico, ayudó a definir todas las películas de James Bond, hasta el año 1989. La vertiente incluye los preciosos carteles de las películas.
 
Vive y deja morir da inicio con la presentación de diversos escenarios, que transitan de lo urbano a lo agreste, de lo aparentemente resguardado a lo considerado “exótico” y expuesto. Desde un colorido funeral en la ancestral ciudad de Nueva Orleans (EEUU), a la ficticia isla de San Monique, en el Caribe, un remedo de Haití. Todos son peligrosos, pero se saben conjugar con cierto sentido del humor irónico. Un aspecto que se traslada a los gadgets, esos instrumentos capaces de salvar la vida de nuestro protagonista, u otros participantes, in extremis.

En esta vistosa aventura, los prolegómenos, que suelen constituir una peripecia previa –y espectacular- del agente secreto, nos ponen en antecedentes de lo que va a suceder después. Tres agentes doble cero han sido asesinados. El Primer Ministro de San Monique (curiosa mezcla de español y francés, en dificultosa armonía gramatical), es el doctor Kananga (Yaphet Kotto). Kananga, además de implantar una base subterránea bajo su vivienda, con el fin de procesar una adormidera e introducirla en EEUU, debidamente convertida en droga, a través de una red de restaurantes, tiene sometidos a los lugareños de su isla gracias al tarot de su echadora de cartas particular, Solitaire (Jane Seymour), y sobre todo, el vudú del Barón Samedi (Geoffrey Holder). Un vudú auspiciado por los engranajes y mecánica de ciertos fetiches.
 

Hemos mencionado el tarot. Por casualidad -o no-, he observado complacido en internet que incluso llegó a comercializarse una baraja con el emblema de James Bond, a modo de promoción de la película y objeto para aficionados. Me parece una idea sibilina y genial (lo que daría por haber tenido uno de no haber contado solo un año). Esta mancia es empleada por el doctor Kananga para fines mucho más personales que el vudú, con el que contiene a su pueblo.

Su tarotista, Solitaire, descubre las cartas de la Suma Sacerdotisa y el Loco al indagar en su futura relación con el agente secreto. Es decir, a la garante de la sabiduría y la reflexión interior, y al que emprende un nuevo camino (una nueva misión), aunando improvisación con experiencia. Experiencia e improvisación que habrán de armonizarse en este nuevo escenario interior para nuestro protagonista. El resultado es la carta de los amantes. Carta para enamorados, pero también de la necesidad de elección. Como es lo preceptivo, cada uno acabará siguiendo su propio camino. En otra ocasión, se nos muestra a la Reina de Copas invertida. Para Kananga, esto es sinónimo de alguien que oculta algo, una mentirosa. No va mal encaminado, realmente simboliza la dificultad de la vida interior, en una etapa desfavorable (pero que se puede superar).

El empleo de las cartas está supeditado a la abstinencia del amor físico por parte de Solitaire. Es un giro muy interesante de la trama dispuesta por Tom Mankiewicz, hijo del gran Joseph L. (1909-1993) y sobrino de Herman J. (1897-1953).

Por si la cobertura espiritual no bastara, Kananga cuenta con la protección de Tee Hee (Julius Harris), un esbirro que utiliza de forma práctica y mortífera la prótesis de su brazo. No será el primer ni último personaje que emplee una parte de su remachada anatomía o indumentaria como defensa y castigo, de forma tan vistosa como insólita.
 

Bond hace la primera escala en Nueva York. La hermandad negra conforma un escenario propio y digno en esta aventura. Desgraciadamente, siempre hay quien trata de aprovecharse de los demás, poseyendo tapaderas en distintos países para distribuir la droga procesada, por vía de esas sucursales para gente de color, los restaurantes Fillet of Soul (El filete del soul). Están regidos por un tal Mr. Big (al que da vida el propio Kotto). Así pasamos de la desorganizada Organización de las Naciones Unidas a los barrios más deprimidos de la ciudad, que en los años setenta constituían un entorno tan peligroso como visualmente impagable, con especial acento para el género policíaco.

El enlace femenino de James Bond es también de color. Se trata de Rosie Carver (Gloria Hendry), una agente de la CIA. Esta es su segunda misión, y aún anda un poco verde. Pero James sabe cómo hacer frente a estas desazones. En la película siguiente, será la agente Goodnight (Britt Ekland). No son las actrices principales de la narración, sino, repito, los enlaces proporcionados por otras agencias afines, un personal también conocido como las chicas Bond. Por supuesto que también existen enlaces varones; aquí mismo, Felix Leiter (David Hedison), visto en películas precedentes; Ferrara (John Moreno) en Solo para sus ojos (For Your Eyes Only, John Glen, 1981), o Vijay (Vijay Amritraj) en Octopyssy (íd., John Glen, 1983). En la siguiente película, segunda para Roger Moore, será el agente Hip (Soon-Tek Oh) el que eche una mano a James Bond (¡de forma distinta a como lo hacen las señoritas!). La escuela a la que es inscrito 007 sin su pleno consentimiento, es en El hombre de la pistola de oro (The Man with the Golden Gun, Guy Hamilton, 1974), una concesión a la ya citada moda de las artes marciales. Pero que funciona muy bien, como sucedía con el policiaco Los aristócratas del crimen (The Killer Elite, United Artist, 1975) de Sam Peckinpah (1925-1984).

Simpática, e igualmente paródica, es la presencia en Vive y deja morir de un sheriff del medio oeste, interpretado por el estupendo característico Clifton James (1920-2017), J. W. Pepper. Mascador de tabaco y representante de la ley con voz gangosa, que se ve inmerso en una descomunal persecución por tierra, agua y hasta aire, en las mismísimas marismas de Luisiana. El personaje volverá a hacer acto de presencia en la siguiente entrega como asombrado turista.
 

Los acontecimientos pre títulos de crédito no tienen a James Bond como protagonista, salvo en efigie, en El hombre de la pistola de oro. Sirven de presentación a su oponente, Francisco Scaramanga (Christopher Lee), en un baile de figuras estáticas que parecen cobrar vida. Es el escenario donde Scaramanga se entrena y mantiene en forma, antes de cometer un asesinato. Eso, y hacer el amor con su compañera, en esta ocasión, la señorita Andrea Anders (Maude Adams).

Las balas que emplea son de oro, lo que constituye una pista, hasta cierto punto, sencilla de seguir. No todo el mundo las fabrica. Bajo cuerda, por supuesto. Cobra un millón -de la época- por diana. Adornado merced a la imaginación de Ian Fleming con una tercera mama, Scaramanga es un servicio letal a disposición del que le pueda pagar. Es el gourmet de los asesinos a sueldo. Como dato anecdótico, pero bien dispuesto, cuando 007 se hace pasar por Scaramanga, se coloca la prótesis correspondiente en el lado opuesto del pecho: no existen retratos del escurridizo y perspicaz mercenario, tan solo los datos anatómicos, imprecisos, y una breve biografía. Por desgracia para Bond, el auténtico Scaramanga ha tenido la misma idea de hacer una visita al potentado Hai Fat (Richard Loo), el último de sus empleadores.

La de ambos, criminal y agente secreto, es una profesión solitaria. Pese a verse rodeados de personas.

Y de nuevo, el humor. Sito en el paradero de una bala que acabó con la vida de un colega doble cero. Para obtener la información que precisa, Bond se acerca a la señorita Anders, la compañera sentimental -y prescindible- de Scaramanga. A cambio, Anders espera que Bond la libere de la tiránica pertenencia a Scaramanga. He soñado que usted me libertaba. Él acepta, a cambio de tener acceso al Solex, una célula solar. La misión ante todo. Estos cachivaches son el macguffin (la excusa) para emprender e hilar la trama. Generalmente, esta acaba en la híper tecnificada base y refugio del alocado antagonista. Una gozada argumental y visual. En el caso de Scaramanga, ya indiqué cómo precisa del acto sexual para aclarar y relajar sus sentidos, antes de proceder a matar. Su famosa y temida pistola de oro puede entenderse como un símbolo fálico. Su última víctima, en Macao (China), resulta ser Gibson (Gordon Everett), un experto en energía.
 

Anteponer lo sexual, o emplear dicha arma como moneda de trueque, no me parece tan descabellado o diferente a lo que sucede hoy en día en las tecnificadas redes sociales o las televisiones privadas (de una forma más soez, por supuesto). Sea como fuere, quienes se ofenden por esto, y tratan de limpiar conciencias y celuloide, a menudo olvidan las noticas de esta índole cuando están bendecidas por su ideología (afectan a sus amados líderes). Hay que cumplir con el deber, insiste Bond ante Mary Goodnight, su referido agente de enlace. Ya te llegará el turno, añade, respecto a las regalías amorosas de su puesto. Goodnight está prendada de James Bond, según nos es descrita, y punto (en cualquier caso, ¿está prendada de su persona o de las implicaciones de su cargo?: ya indiqué que la soledad del agente es un hecho cierto). Alto voltaje que, comparado con el último James Bond, descafeinado hasta convertirlo en denigrante, resulta subversivo y estimulante.
 
Por otra parte, da gusto contemplar imágenes reales, un vehículo ejecutando una ardua acrobacia, o un hidroplano sobrevolando el entorno de Scaramanga, en lugar de la típica imagen rápida y furiosa ejecutada por los últimos adelantos –adelantamientos, más bien- de un ordenador. Lo que resulta espectacular es lo que posee una dimensión física, y no el asombro embotellado que proporcionan unos gráficos en los que ya casi nadie cree. Porque se alejan de la justa medida y mezcolanza de los armonizados efectos especiales que aunaban ambas facetas, maquetismo y virtuosismo real (con especialistas), en sintonía con los adelantos informáticos, puestos al servicio de una trama, y no como sustitutivos o rectores de la narración.


En El hombre de la pistola de oro, la espectacularidad consiste en eso (la sorprendente cabriola de un vehículo y otras “sencillas” escenas de acción). Pero queda todo lo demás. La emoción por el suspense entre los antagonistas, la degustación de los enclaves, el sentido del humor, la presencia de otros mundos pretéritos enfocados al futuro, con ribetes de cómic y pulp, el desfile de modelos, la música…

Scaramanga también posee su propio refugio particular. Una vivienda completamente automatizada. Como las energías conocidas son demasiado caras, y tras la Crisis del Petróleo (1973-1974) no están bien vistas, pretende un monopolio con la incipiente energía solar. Dominar el mercado. Y pensar que los distintos Estados y Uniones le han tomado la palabra. Todo esto se fragua en las instalaciones anejas a la mansión de Scaramanga, de las que indica que él es el custodio, más que el diseñador (lo ampara el gobierno de turno, no necesariamente el tailandés).

Algo han de ver los orígenes circenses de Scaramanga con la puesta en escena de los duelos organizados por el pistolero y su fiel servidor, Nick Nack (Herve Villechaize). Un secuaz que sabe aguardar hasta el último momento para tratar de sorprender a nuestro agente secreto; al igual que en el caso anterior hiciera Tee Hee. Aparte de que cada asesinato-ejecución queda convertido en una “obra maestra”, con su puesta en escena correspondiente. A este respecto, y como representación simbólica de un mundo que comienza a resquebrajarse y escorarse, destacan las imágenes tomadas en el pecio Queen Elizabeth, en el puerto de Victoria Harbour, en Hong Kong.

En efecto, el periplo de James Bond lo encamina primero a la metrópoli china (antigua colonia británica), y luego a Bangkok, capital de Tailandia. La excusa, para la ocasión, es la célula fotovoltaica conocida por Solex.

Aquí Tom Mankiewicz contó con la ayuda en el guión de Richard Naibaum (1909-1991). Aunque la película no resultó tan rentable como las producciones previas, pienso que su contención la ha hecho ganar con el tiempo.

El hombre de la pistola de oro marca además el regreso de John Barry (1933-2011) a la saga de James Bond, que él ayudó a cimentar. Quien mejor supo identificar con sus tonalidades cálidas y ritmos pegadizos la esencia de los relatos y su protagonista, ofrece una nueva muestra de maestría compositiva. En los casos inmediatamente anterior y siguientes, los acompañamientos musicales correspondieron a George Martin (1926-2016), productor, arreglista e ingeniero que entregó una banda sonora harto estimable; el siempre reivindicable Marvin Hamlisch (1944-2012), y de nuevo John Barry. James Bond siempre ha tenido mucha suerte con la música, la más entonada chica Bond.
 

007 estuvo casado. Ya incidiremos en ello, en la segunda entrega de este análisis. De momento, la información nos sirve para elucubrar acerca de la soledad, antes señalada, del protagonista. Una cosa es ser ligón, aún por motivos de extracción de información, y otra ser querido. El agente Triple X resulta ser una mujer. Es otro de los giros simpáticos, cercanos al cómic, que procura el nuevo guión de Christopher Wood (1935-2015) y Richard Naibaum para La espía que me amó (The Spy Who Loved Me, Lewis Gilbert, 1977). Gilbert ya había dirigido con anterioridad Solo se vive dos veces (You Only Live Twice, United Artist, 1967).

La partenaire de James Bond en este relato va más allá de la convencional pareja romántica. La mayor Amasova (Barbara Bach) es una agente soviética. Con sus propios parámetros e inclinaciones. Y aquí es donde la ideología política va a quedar en un segundo plano. Con la diversión asegurada. Antes de la misión conjunta a la que se van a ver abocados, Bond opera -y se relaja- en Austria. El impresionante salto al vacío del agente esquiador, que a continuación despliega la bandera británica (la Union Jack), continúa siendo insuperable (la escena más cara pagada a un especialista hasta ese momento). ¿Se imagina alguien haciendo lo propio con la bandera española, cuando ahora se saca hasta de los institutos, de forma nauseabunda por algunos de sus integrantes, funcionarios ideológicos más que docentes? (No me lo han contado. He sido testigo).
 

La principal pista de la desaparición de una serie de submarinos británicos, soviéticos y norteamericanos, propicia la entente cordiale, y pone en jaque a los respectivos gobiernos. El rastro más prometedor lo obtiene James Bond a través de un enlace -esta vez masculino- en El Cairo, Hosein (Edward de Souza). Un antiguo conocido árabe que dispone de su correspondiente harén. Este le coloca tras los pasos del mercader Max Kalva (Vernon Dobtcheff), dueño de un restaurante en la capital egipcia, y su proveedor Asis Fekkesh (Nadim Sawalha). El caramelo que nadie desea compartir es un sistema localizador de submarinos.

Entre tanto, Anya Amasova, no se queda atrás en la investigación, y llega a los mismos sujetos tirando del hilo de sus propios informadores. Antes ha dejado claro que ansía averiguar quién ha sido el responsable de la muerte de su prometido. Otro agente soviético, muerto en acto de servicio en los Alpes austriacos.

Con la dirección de Lewis Gilbert (1920-2018) se potencian los acentos irónicos. Pero la acción también encuentra un adecuado equilibrio. Sin ir más lejos, con los operativos estadounidenses a los que se suma Bond, mientras Anya permanece secuestrada por el malvado Karl Stromberg (Curd Jürgens). Stormberg ordena y manda instalado en una alucinante y vigorosa fortaleza, diseñada por el estupendo decorador Ken Adam (1921-2016). Una base de contenido renacentista bajo el agua, llamada Atlantis. Para mí solo existe este mundo, asegura Stromberg refiriéndose al mar. Suerte de capitán Nemo, que en la cresta de las olas más ególatras y despiadadas que navega todo antihéroe, procura la desdicha a quienes se cruzan en su camino o se las prometen muy felices. Los secuaces de los que se sirve para mantener limpias y secas sus manos son Sandor (Milton Reid) y Tiburón (Richard Kiel), que volverá a intervenir en la película siguiente.
 

El caso es que Tiburón da el pasaporte a Kalva y Fekkesh como si fuera un vampiro, haciendo uso de su impactante y mortífera dentadura de metal. Otros hicieron alarde de su pistola de oro; cada cual posee su estilo. Mientras Scaramanga podía ocultarla a placer, Tiburón la exhibe con amenazante lujuria. En cuanto a Stromberg, pertenece al género de los genios desbocados con dinero. Como lo será Hugo Drax en la siguiente aventura. Lo atestigua su buque cisterna Liparus. Aunque insiste en que no pretendo hacer dinero –el dinero ya lo ha hecho, sin lugar a dudas, y empleado en sus megalómanas ocurrencias-, mi intención es cambiar la faz de la tierra. Lo mismo que Drax. En suma, otro divertido iluminado, sostenido por el buen hacer y presencia del alemán Curd Jürgens (1915-1982). El Liparus proporcionó tan descomunal decorado, escenificado en el recién inaugurado Bond Stage de los estudios Pinewood (Inglaterra), que el director de fotografía Claude Renoir (1913-1993), sobrino de Jean (1894-1979), se las vio y deseó para poder iluminarlo, habiendo de contar para tal labor con el asesoramiento de Stanley Kubrick (1928-1999), recordemos, director de fotografía y residente de las islas británicas.

La película es, en definitiva, excelente, y cosechó un éxito morrocotudo entre los adultos y chavales de todo el mundo. En los estadios iniciales del guión, firmado finalmente por Christopher Wood, anduvo involucrado nada menos que el gran novelista inglés Anthony Burgess (1917-1993), ligado al mentado Kubrick como todos sabemos.
 

Chicas y dinero, como la canción de Los elegantes, se vuelven a comprometer en Moonraker (íd., Lewis Gilbert, 1979), la disfrutable entrega siguiente. El hecho es que, al final de los créditos de La espía que me amó, se anunciaba que la siguiente aventura de James Bond sería la adaptación de algunos de los relatos contenidos en la colección Solo para tus ojos (1960; RBA, 1999). Pero el estreno y, nuevamente, éxito sin ambages y apenas precedentes, de La guerra de lasgalaxias (Star Wars, George Lucas, 1977), fue parejo al interés por todo lo relacionado con el espacio exterior y las aventuras siderales (Space Opera), sostenidas más por los menguantes presupuestos que, cuando la fuerza acompañaba, los nuevos avances en efectos especiales (aún no existía el divorcio entre la artesanía y lo digital). De tal manera que los productores Albert Broccoli (1909-1996) y Michael G. Wilson (1942), decidieron cambiar el orden de su planificación sin alterar el producto. Harry Saltzman (1915-1994) ya había dejado la producción tras El hombre de la pistola de oro, por una serie de conflictos legales y de índole familiar.
 
Antes de proseguir, en Moonraker contamos con la edición de John Glen (1932), que pasaría a dirigir las siguientes entregas de la franquicia. También el imprescindible y citado Ken Adam, colaborador de Robert Aldrich (1918-1983), Jacques Tourneur (1904-1977), Joseph L. Mankiewicz (1909-1993) o, una vez más, Stanley Kubrick. Moonraker fue su última película de James Bond. Como además señalé, la música, como siempre magnífica, la vuelve a poner John Barry.

Así mismo, disfrutamos de la presencia de otros actores de soporte que tan grato hacían el visionado de las películas del agente 007. El almirante sir Miles Messervy, conocido por M (Bernard Lee), jefe del Servicio de Inteligencia británico o MI6, Miss Moneypenny (Lois Maxwell), secretaria de M, y el mayor Boothroyd, apodado Q (Desmond Llewelyn), intendente del laboratorio del MI6; es decir, responsable del equipamiento de los agentes doble cero. Ninguno faltó a su cita desde los inicios de la saga, con muy puntuales excepciones (Q no se deja ver en Vive y deja morir).
 

La conquista y asalto del espacio volvió entonces a inundar las fantasías de jóvenes y adultos tras la exhibición de La guerra de las galaxias, como antes sucediera con los maravillosos fuegos de artificio de los relatos en blanco y negro -principalmente-, pero sumamente coloridos, de la década de los cincuenta. M y el Ministro de Defensa, sir Frederick Gray (Geoffrey Keen), se hayan en situación apurada (aunque no tanto como el propio Bond, que va a dar con sus huesos ante un rival de altura y, en principio, una dama de altos vuelos que deja su relación en el aire, en los prolegómenos de esta nueva encomienda). Un 747 modificado que transportaba la lanzadera Moonraker se ha estrellado. Pero no hay rastro de la lanzadera. Recordemos que, en 1976, se inaugura la era de los transbordadores espaciales (coincidente con la filmación de La guerra de las galaxias), que afianzaron nuestras visitas y conocimiento del espacio, en la misma década que vio cobrar vida a las sondas Pioneer, Viking y Voyager (estas últimas, las de la excelente e inolvidable Star Trek [íd., Robert Wise, 1979]); es decir, en justa correspondencia con lo que sucedía en las salas de cine. Si bien, las lanzaderas no fueron operativas en el espacio hasta 1981. Construida en California (EEUU) por Industrias Drax, propiedad de Hugo Drax (Michael Lonsdale), Bond visita dichas instalaciones como primera y única pista del trágico accidente. Allí es atendido por la doctora Holly Goodhead (Lois Chiles), de la NASA, en comisión de servicio aquí.
 

Mezcla ecuánime y presurizada de decorados y escenarios naturales, de acción contenida -amorosa y humorística- y acción desorbitada, Moonraker depara ajetreo y entretenimiento a partes iguales. Lo primero no se come lo segundo, como tanto ocurre hoy en día (o nos ponemos pretenciosamente trascendentales o hueros de esparcimiento). En Moonraker, da tiempo a respirar, esto es, ver el despacho de M, las innovadoras instalaciones de Drax, su descomunal castillo (traído piedra a piedra de Francia), el interior de la estación espacial, la sala de mandos (terrestre y espacial), etc.

Bond acude al inigualable escenario veneciano, en Italia, para seguir otra pista, directamente extraída de los cajones de la mesa del despacho de Drax. La cristalería Venini. El mismo tipo (Victor Tourjansky) que no daba crédito a lo que veía en las playas de La espía que me amó, con el vehículo sumergible de James Bond, tiene motivos para volver a sorprenderse en plena Plaza de San Marcos, cuando 007 recurre a la bóndola, otra de sus salidas tecnológico-fotogénicas, sin pérdida de compostura, que nosotros tanto agradecemos. El humor, tan mal gestionado por algunos, prosigue con el empleo de la tonada de Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, Steven Spielberg, 1977), que sirve de contraseña sonora. A su vez, los esbirros del malvado, son un oriental dado a las artes marciales, Chang (Toshiro Suga), y el inefable Tiburón, interpretado por el mismo actor.

Más serias son las cápsulas que portan un veneno letal y que se fabrican en Venecia, pero son trasladadas a Río de Janeiro (Brasil), y de ahí, al espacio insondable, aburrido hasta la llegada de Hugo Drax. Más tarde, Bond descubrirá que, en realidad, Holly Goodhead trabaja para la CIA, el organismo de Defensa y Ocultación por excelencia. Como el afán de esta pareja bien avenida a la fuerza, es dar al traste con los maquiavélicos planes del pérfido Drax, se sucede la bien filmada persecución por el Amazonas (Brasil et alii), con la metamorfosis en ala-delta de la lancha de 007, y la visita obligada –aunque no se lleve ningún regalo- a la base piramidal de Drax, en plena selva (el Templo del Gran Jaguar, en el complejo de Tikal, Guatemala).
 

Hágase el universo. Y el universo se hizo. Esto es el cine. Un universo hecho a la medida de nuestros anhelos y fantasías, la deriva más lógica de las clásicas tragedias, comedias y tragicomedias del mundo antiguo (solo antiguo en años).

Moonraker fue la película más taquillera de la serie (suele decirse que hasta Goldeneye [íd., Martin Campbell, 1995], pero como suele suceder en estos casos, conviene tener en cuenta que el precio del dinero en 1979 no era el mismo que en los años noventa).

Las películas de James Bond eran para mí, y supongo que para muchos espectadores, sinónimo de fantasía, modernidad, y pasar un buen rato a lo largo de dos horas y pico. Características que han pasado a ser cualidades inolvidables. Continuaremos con nuestro repaso en el siguiente artículo de esta sección.


Escrito por Javier Comino Aguilera




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