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Clásicos Inolvidables (CLXV): Trafalgar, de Benito Pérez Galdós

25 julio, 2021

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Cuando estudiamos el desarrollo de la historia, aprendemos nombres de acontecimientos que quedan encapsulados en nuestra cabeza como un hecho concreto, en una fecha concreta, que tuvo una serie de causas y de consecuencias. Pero, en ocasiones, no valoramos lo absurdo del hecho en sí. O cómo debió ser para los auténticos protagonistas, no quienes lo promovieron, sino quienes lo vivieron ajenos a las razones reales o a los sucesos posteriores. Incluso estos grandes acontecimientos no cambiaron nada de forma inmediata, sino que tuvieron su repercusión pasado un tiempo, por lo que quienes lo vivieron no sabían que habían vivido algo crucial o digno de ser recordado por las grandes letras de la historia, aunque sí por sus anécdotas personales.

Benito Pérez Galdós (1843-1920) quiso dar vida a esa historia y lo hizo a través de sus Episodios nacionales. No se trata de una obra sesuda y concienciada con el estudio historiográfico, sino un fragmento de existencia nacional a través del foco de sus personajes. La diferencia es clara: Pérez Galdós otorga sensibilidad, pensamiento y espíritu a los nombres huecos que forman las listas de héroes y fallecidos, a las calles célebres de nuestra historia y a los actos que ocupan apenas una línea al pie de página. Y sin restarle nada de credibilidad y documentación, pues el autor canario investigaba, buscaba testimonios y reunía toda la información más fiable posible para, después, dar aliento a la mezcla entre esa realidad y la ficción de sus personajes. 

Aunque debemos precisar que, a diferencia de otras novelas, quizás en Trafalgar (1873) no encontremos un desarrollo tan profundo de sus personajes como en otras de sus novelas, siendo más superficial por estar tan atado al acontecimiento concreto por encima de las acciones concretas de sus personajes. Por ejemplo, no hay tanto espacio para las relaciones entre personajes como en Marianela (1878) ni para el reflejo de la cotidianidad de novelas como Tormento (1884), La de Bringas (1884) o Miau (1888). No quiere decir que Galdós no deje lugar para mostrarnos a sus personajes, pero sin tanto hincapié como en otras obras de su trayectoria. Sobre todo encontraremos las explicaciones que nos proporciona la simpática voz de Gabriel de Araceli, protagonista y narrador de la novela.

Las tres edades, de Friedrich
Así tenemos tres partes en que podemos dividir esta breve novela. La primera nos presenta el panorama previo a la batalla a través del recuento biográfico que hace Gabriel desde su infancia hasta los prolegómenos de la contienda. Es un resumen en el que Pérez Galdós nos presenta a una familia cualquiera de Cádiz, que vive en Vejer de la Frontera, compuesta por un matrimonio algo mayor y una hija. Como herencia de la novela picaresca, aparte de la voz que narra su vida desde un presente, nuestro protagonista proviene de una familia de los bajos fondos en la que recibió maltrato físico, razón por la cual acabó huyendo y encontrando una familia a la que servir. Podemos precisar que nuestro narrador está más cercano a la trama vital del Lazarillo de Tormes (1554) que a las posteriores novelas que asentaron el género, como El Guzmán de Alfarache (Mateo Alemán, 1599) o El Buscón (Francisco de Quevedo, 1626), siendo más un adolescente aún pilluelo y travieso, poco entendido en los asuntos sociales, pero en plena formación y que recibirá a través de sus vivencias en Trafalgar las primeras grandes lecciones de su existencia, incluyendo la cercanía con la muerte, el enfrentamiento bélico o la toma de conciencia de que debía tomar las riendas de su vida. 

Indicamos esto porque la única decisión real que toma el protagonista la realizará al final de la novela, dado que en el resto de la obra irá a remolque de los deseos ajenos, que pertenecen a sus superiores, sobre todo a don Alonso, su amo. Aún así, tiene sus propios gustos y demuestra su individualidad. Por ejemplo, aunque es maltratado por su ama, doña Francisca, la prefiere a doña Flora, que le resulta demasiado empalagosa. En general, los personajes que componen Trafalgar son cotidianos, simples y directos, incluso rayan en algunos aspectos lo ridículo, como la obsesión de don Alonso y Marcial por las batallas marinas a pesar de no tener edad ni fuerzas reales; hay que tener en cuenta que a Marcial le faltaba prácticamente la mitad del cuerpo. Bien podemos encontrar una especie de alabanza al arrojo de los soldados como una crítica a un nacionalismo por el que los ciudadanos acaban arrojándose a la locura. Curiosamente, la voz de doña Francisca será la más sensata, aunque sea un personaje tópico de ama de casa severa y gruñona. 

También la subtrama amorosa es bastante simple y tópica: la hija del matrimonio, la amita doña Rosa, quiere a Rafael Malespina, con quien se compromete, aunque se casarán tras la batalla en la que también se ve obligado a participar Rafael. Gabriel está celoso ante Rafael porque a él le gustaba doña Rosa desde que eran niños, pero la novela subraya que se trata de un amor imposible, dado que pertenecen a mundos distintos. No obstante, será interesante la evolución de Gabriel ante sus propios sentimientos con respecto a Rafael, sobre todo en el último tercio de la novela.

Batalla de Trafalgar, de Juan Vallejo
El segundo tramo de la novela es la batalla en sí. Gabirel nos cuenta sus vivencias desde que embarca en el principal barco de la flota hispano-francesa, el Santísima Trinidad hasta que retorna a su hogar pasando por varias circunstancias. En primer lugar, destaca la forma en que Pérez Galdós narra las batallas navales. Como parte de un narrador protagonista, deberá recurrir a otros personajes que le narren a Gabriel lo sucedido en otros barcos. Todas suelen repetir el mismo esquema: la táctica que llevaron a cabo ambos bandos, la crudeza de la batalla, los intercambios de proyectiles y la posterior derrota, generalmente rindiéndose, intentando curar a los heridos y siendo abordados y controlados por los ingleses. Interesante es la reflexión sobre la cortesía entre enemigos tras el final de la batalla, que revela para nuestro narrador la absurdez de la guerra, convirtiendo a Trafalgar en una novela antibélica y contraria a los intereses políticos que llevan a los ciudadanos a la muerte.

No obstante, no olvida el escritor canario a los héroes caídos, dedicándoles un espacio considerable en la narración o, al menos, una mención necesaria. No faltan la honorable mención al vicealmirante Nelson, que lideraba la armada inglesa y enemiga, las críticas al vicealmirante francés Pierre Villeneuve por su táctica así como la valentía y el liderazgo del general Cisneros, encargado del Santísimo Trinidad, de Cosme de Churruca, a cargo del navío San Juan Nepomuceno, o de Federico Gravina, que logró regresar con su navío Príncipe de Asturias a Cádiz, sobre todo reconociendo cómo los líderes españoles se habían opuesto al plan del vicealmirante francés. A través de las crónicas oficiales y de los relatos de supervivientes de la batalla, Pérez Galdós recrea su participación y el desarrollo de la contienda. Destacan también los últimos sucesos del Rayo, en el que acaba Gabriel y que nos deja uno de los fragmentos más emotivos de la novela entre Marcial y nuestro narrador.

La muerte de Churruca, de Eugenio Álvarez Dumont
Resulta curioso que el tramo final tenga una confusión propia de la comedia de enredos, aunque muy bien aplicado para causar cierta gracia tras la devastación y las penurias anteriores. Esta novela de formación concluye con la primera decisión propia que toma Gabriel y con un abrupto final que nos invita a seguir sus aventuras en próximas entregas. En esto se revela el carácter de folletín que tuvieron los Episodios Nacionales, además de tener como protagonista al mismo narrador durante su primera serie. La vida de Gabriel continuaría con La corte de Carlos IV, publicado el mismo año. 

En definitiva, Trafalgar contiene una mezcla de géneros, desde la novela de formación de un protagonista carismático, que seguirá creciendo en las siguientes entregas, con la estructura de la novela picaresca, ya mencionada, y con el tema central de una novela bélica, siendo la batalla de Trafalgar su eje central. A pesar de no encontrar una gran profundidad en sus personajes, el estilo de Pérez Galdós es bastante atractivo. A pesar de su apego histórico, no resulta pesado en la cantidad de datos que se nos proporciona, sino que lo hace de forma atractiva, ágil y muy bien dispuesta. Da voz a los auténticos protagonistas, es decir, los anónimos participantes en la batalla, mostrando tanto sus alegrías como sus desgracias personales, pero sin olvidar la necesaria justicia que requieren los héroes. No se trata de la obra más perfecta o redonda del autor, pero nos da muestra de su grandeza narrativa.

Escrito por Luis J. del Castillo

Clásicos Inolvidables (CLXIV): Marianela, de Benito Pérez Galdós

28 febrero, 2021

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Mucho se ha hablado sobre cómo aquello que proyectamos sobre la realidad que nos rodea acaba por moldearla. Para ello, desde la psicología se han analizado estos comportamientos y se han acuñado términos como el de profecía autocumplida o el denominado efecto Pigmalión. Estas cuestiones siempre han sido tanteadas desde el arte, especialmente desde la literatura, que permitía explorar a partir de sus personajes la compleja psique humana.

Uno de los autores más talentosos y encumbrados de la literatura española es Benito Pérez Galdós (1843-1920), capaz precisamente de retratar a partir de sus personajes los distintos caracteres de la sociedad que le rodeaba. No solo abordó problemáticas sociales de calado, como la precariedad, el cada vez más poderoso dominio de las apariencias frente a la realidad o la hipocresía social, que bien reflejó en obras como Miau (1888), La de Bringas (1884) o Tormento (1884), sino que también exploró en esas y otras obras todos los conflictos que guardamos en nuestro interior, ya fuera desde la mirada infantil del Luisito hasta la vejez sombría de su abuelo Villaamil, ambos personajes de Miau. No en vano, su Fortunata y Jacinta (1886-7) es una de las obras imprescindibles en este sentido, de la misma forma que a través de sus Episodios Nacionales desarrolló toda una serie de personajes entrecruzados que representaban las preocupaciones y características de todo un país. A veces, también se alejaba de los grandes hitos históricos y de las calles madrileñas para adentrarse en el terreno rural, más bucólico a la par que embrutecido. Ese es el caso de Marianela (1878).

Aunque ha sido habitual referirse al enfrentamiento entre barbarie y civilización dentro del esquema global de la literatura hispanoamericana, lo cierto es que es un enfrentamiento que se encuentra presente más allá de ese territorio, incluso podemos destacar el ejemplo que nos legó Pérez Galdós en este melodrama. Así pues, al empezar la novela nos adentramos en el terreno rural a través de los ojos de un científico, Teodoro Golfín, más acostumbrado a la ciudad, que atraviesa el terreno desconocido y solo gracias a una joven pueblerina, Marianela, consigue llegar a su destino, el pueblo ficticio de Socartes, hogar de su hermano. Se trata de una tierra baldía del norte de España en el que los campesinos sobreviven gracias a las minas, mientras un grupo reducido de personas, principalmente niños o gente acomodada, pueden disfrutar regodeándose del entorno bucólico que les rodea. Así pues, retomando el inicio de la obra, una joven analfabeta es capaz de guiar a un reputado doctor perdido en la naturaleza, en lo que es ya una ironía inicial que se hace aún más dramática cuando tenemos en cuenta que la llegada de este doctor y de su cura milagrosa dará al traste con la vida de nuestra peculiar lazarilla.

Fotograma de la adaptación cinematográfica de 1972 dirigida por Angelino Fons
En realidad, la trama central la descubriremos posteriormente, cuando se nos revele el statu quo de nuestros protagonistas, los jóvenes Pablo y Marianela. Ambos pertenecen a mundos distintos, Pablo es de una familia acomodada, mientras que Marianela es huérfana, dependiente de la caridad de sus convecinos; sin embargo, él es ciego y para conocer el mundo que le rodea solo dispone de las lecturas de su padre y de los paseos que hace junto a Nela, como la llama cariñosamente, quien no duda en describirle lo que ella ve a su alrededor. Esta relación se alimenta de las fantasías pueriles de ambos personajes, incapaces de prosperar por sus limitaciones, pero en sus conversaciones descubrimos un cariño auténtico y cándido. Mientras que para el resto de personas, Marianela es un estorbo o una joven lastimera y fea, para Pablo es necesaria y hermosa, por la forma en que le trata, en que le admira y en que le enseña el mundo con su manera peculiar de hacerlo. 

Gran parte de la novela se desarrolla entre sus conversaciones, mostrándonos la inocencia de ambos personajes, sus creencias y un amor que se basa en promesas frágiles. Como si fueran Adán y Eva, la tentación viene en forma de ciencia y saber, cuando Golfín se presente para sanar la ceguera de Pablo. Aunque sea un motivo de alegría generalizado, Nela empieza a percatarse de que podría ser el fin de su fantasía, sobre todo cuando comprenda que Pablo pronto podrá verla como la ven los demás, y que ella tampoco puede rivalizar con la angelical Florentina, la prima con la que la familia quiere comprometer a Pablo.

Fotograma de la adaptación cinematográfica de 1940 dirigida por Benito Rojo
A pesar de lo dicho, el auténtico triángulo primordial de personajes no lo encontramos en los jóvenes Pablo, Nela y Florentina, dado que, en realidad, Pérez Galdós nos subraya la amabilidad de estos tres personajes entre sí, aunque para Marianela la presencia de Florentina suponga un jarro de agua fría a sus expectativas. Por contra, la presencia de Teodoro Golfín sí que supone un auténtico triángulo, ya que él es el encargado de romper la relación de nuestros protagonistas, aunque no sea de forma intencional. Curiosamente, como acostumbraba a hacer Pérez Galdós, su nombre ya nos revela su naturaleza y su rol en la novela: Teodoro es "regalo de Dios", el regalo que va a recibir Pablo. Este personaje es bastante peculiar, porque representa los mejores atributos de la ciencia, con un positivismo optimista, capaz de lograr lo imposible para el resto de los mortales, aunque debido a ello será capaz de destruir lo que la naturaleza había unido. Golfín es un hombre de ciencia y mundo, no afectado por la petrificación del pueblo minero, lo que provoca que también sea una persona con cierta conciencia moral, capaz de percibir la belleza de Nela más allá de la mera apariencia y, por tanto, uno de los pocos personajes que se compadezca de la joven.

Como apuntábamos, el romanticismo de Pablo y Nela es destruido con la llegada de la ciencia, que representa Golfín, y, también, del mundo real y cruel, en el que dominan las apariencias y la ceguera moral impera sobre la ceguera física. A fin de cuentas, los personajes se mienten a sí mismos. La novela es un cruel relato de las expectativas, las ilusiones y su contraste con el mundo real. La unión de Marianela con su amado es solo posible en la ensoñación de ambos, fuera de la realidad cruel e hipócrita. Después de todo, la ceguera de Pablo le permitía acercarse a la verdad, mientras que la recuperación de su vista le arroja a ser uno más de los videntes materialistas que le rodean. No obstante, aunque pueda parecer brusco el cambio de Pablo, ya durante la novela se percibía y adelantaba que los argumentos y las palabras de amor del ciego eran, en realidad, pura ensoñación vacía, falta de la experiencia real frente a los libros que su padre le leía. Era fácil realizar promesas cuando su mundo era reducido, pero cuando su horizonte se abre, aquel sueño de Nela queda atrás, como quedará el propio pueblo minero.

Las ruinas de Eldena, de Caspar David Friedrich (1825)
En relación al propio pueblo, cabe destacar cómo Pérez Galdós presenta una visión crítica de la pobreza pueblerina, en que los más fuertes se aprovechan de los débiles, como Sofía con Nela al pedirle que rescate a su perro y luego preocuparse más por el perro que por la muchacha. No está lejos de lo que un siglo más tarde recogería otro gran narrador, Miguel Delibes, en Los santos inocentes (1981). Es decir, nos muestra y ahonda en el exagerado contraste entre pobres y ricos dentro del mundo rural en el que viven los personajes. Incluso plantea la hipocresía de una solidaridad mal entendida, como sucede con la familia que tiene acogida a Marianela y que tan solo la ven como un estorbo o una molestia.

En definitiva, una novela que acoge un mundo de contrastes, una tierna historia de romance pueril e inocente que se fragmenta por la ciencia, sin que por ello la ciencia sea observada como un elemento negativo. Pérez Galdós nos regala una obra donde el auténtico gris está en la actitud generaliza de los personajes al aceptar una vida pétrea, inmóvil, ajustada a sus parámetros inamovibles; una vida que ahoga las ilusiones y esperanzas de los más débiles. 


Clásicos Inolvidables (CLIX): Cuentos fantásticos, de Benito Pérez Galdós

21 marzo, 2020

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El caso de Charles Dickens (1812-1870) y su Cuento de Navidad (A Christmas Carol, 1843) es muy ilustrativo. En el sentido de que no se puede vivir tan solo de realismo. Resulta sintomático que los mejores autores de esta vertiente literaria acabaran ascendiendo al nivel de lo fabuloso e imaginativo, adentrándose en un género cada vez más considerado, el fantástico. Hasta doña Emilia Pardo Bazán (1851-1921) nos ofreció sus abonados pinitos. 

Detrás de un mundo infinito que es la mente del hombre, entre las estrellas que cubren el cielo o en el perfil gastado de las viejas piedras, existen verdades escondidas, otra realidad que apenas vemos. Con esta locución en off daban comienzo los primeros capítulos del ya mítico espacio televisivo Más Allá (1976-1981), presentado y dirigido por Fernando Jiménez del Oso (1941-2005). Podemos trasladar estas nostálgicas palabras a todo lo relacionado con lo oculto y misterioso. Es un hecho constatado que la parte mistérica del ser humano no se puede deslindar de la faceta que llamamos realidad, del suelo que pisamos; ambos aspectos cohabitan y están destinados a entenderse. También Benito Pérez Galdós (1843-1920) abrazó de forma esporádica el embrujo de esa otra sustantividad que palpita entre visillos. 

A mis alumnos les suelo explicar que los movimientos literarios no son compartimentos estancos, y aunque el realismo en general no es mi género favorito, no me sucede así con las novelas de Galdós, siempre orgánicas y vivificantes, en modo alguno anquilosadas o aburridas; ni tampoco con la historia novelada y ensayística, de la que Galdós hizo tan fructífero alarde. En fin, no podemos alimentarnos exclusivamente de lo que nuestros sentidos más externos nos ofrecen, por la sencilla razón de que, además de constituir una evasión, el componente fantástico reivindicado por uno de los mejores afluentes del romanticismo, forma parte de la condición humana. En el cine ambas vertientes también se han dado la mano con más o menos afecto (Otra vuelta de tuerca [The Turn of the Screw, 1898], del binomio Henry James [1843-1916] – Jack Clayton [1921-1995], sería uno de los más excelsos ejemplos).


Los cuentos fantásticos completos de Galdós, en edición del especialista Alan E. Smith (-), han de tener un puesto de honor en cualquier biblioteca galdosiana, aunque no hayan sido tratados en exceso, en parte por la imposibilidad de su localización, y porque aún perviven prejuicios en cuanto al género, por parte de determinados eruditos carentes de imaginación (leídos para los que todo ha de ser tierra a la vista). Algo a lo que viene a poner remedio el volumen de Cátedra, letras hispánicas (1996-2008), que se acompaña de una estupenda introducción del mencionado Smith, certera, concisa y, lo que es mejor, estimulante. Es decir, lejos de los pesados textos de quienes se adornan y sobrepasan –sobrepesan- el centenar de páginas, en contenidos que perfectamente se pueden explicar en la mitad de espacio. Smith sabe lo que quiere decir y cómo contarlo, y deja al lector inadoctrinado, dueño de sus propias conclusiones. Algo que Galdós sin duda agradecería. Además, se nos informa y guía convenientemente a través de este terreno menos conocido de la obra del canario que debió haber recibido un Premio Nobel, cuando aún merecía la pena. En concreto, los presentes relatos se escribieron entre 1865 y 1897.

Siempre atento al peligro de los regeneracionistas que han de venir, y que parecen haberse constituido en una especie autóctona en España (no sé qué pasa que siempre hay que regenerarla), con los temibles resultados que tan altas miras nos depara cada vez que decidimos demoler el edifico después de haberlo salvado in extremis, Galdós se posiciona contra los farsantes de la política carentes de principios que proclaman el bien común. De los fulleros y los que constriñen la libertad se precavía mucho el autor. Por algo pasó años como periodista parlamentario. A veces lo citan en vano, tratando de hacerlo suyo, pero Galdós nunca he pretendido paternidad sobre ninguno de ellos. Fue lo suficientemente sensato y maduro como para darse cuenta de que no todo cambio, allende la retórica, es a mejor. Y que la historia, el ser humano, en definitiva, tiende a repetirse. No es que todo lo que ha de ver con la clase obrera le parezca bien, como se esgrime en la introducción (que como digo, al menos cuenta con la ventaja de la concisión y la virtud de la claridad). Lo que ocurre es que Benito Pérez Galdós no se quedó estancado en las mismas ideas políticas. Hizo algo tan complicadamente simple como evolucionar. Y apartarse de la política, pese a alguna tardía y esperanzada adscripción de presuroso chasco.


La sociedad queda al descubierto, sin llegar a los extremos de sostener lo fantástico como metáfora de las contradicciones del capitalismo, línea exegética tan cara a algunos lingüistas (hay amplia tradición al respecto, acabando con el gurú panfletario Noam Chomsky [1928]). Nos desasimos de esta teoría empobrecedora amén de reduccionista apenas se tenga una cierta andadura con armadura, pues hace ver que toda la clase media es una misma cosa (y además es mala, bajo el sobado marbete de “la burguesía”; por ende, toda clase obrera es buena por naturaleza). Maniqueísmo pseudo-filológico.

Basta leer en serio a Galdós para darse cuenta de que caminaba sobre estas farragosas aguas, aunque el escenario que le tocara vivir estuviera tan polarizado. Si algo demostró nuestro autor a lo largo de su carrera literaria es que estaba por encima de pueriles taxonomías, por mucho que algunos de sus personajes se posicionaran en ellas, precisamente para ponerlas al descubierto. Pero vayamos con los relatos fantásticos, que es a fin de cuentas lo que nos interesa.

El primero de ellos, cronológicamente, es Una industria que vive de la muerte (episodio musical del cólera). Aquí, Galdós nos propone una serie de imágenes visuales y sonoras que anteceden al modernismo, creando un clima de preciosismo esencial y una delicadeza anclada en el tiempo. El escritor nos muestra un escenario “encantador” para describir las sensaciones sublimes derivadas de objetos comunes, como una falda, unos zapatos, el viento… incluso un martillo. Ciertas perspectivas sublimes de la naturaleza elevan el alma hacia Dios (…), el alma vuela a la contemplación del Creador, intercede. Un decorado que se ennegrece al abordar el texto la industria funeraria, en un tiempo terrible como es el de una epidemia. Ocupación más complementaria que divorciada, frente a la que vive de la vida. Cara y cruz de una misma existencia en la que todo lo creado tiene su armonía, la vida y la muerte. Ejemplo de cómo Galdós era una persona más espiritual que confesional.

Esta existencia compleja al entendimiento la constituyen los capítulos breves en que se subdividen las distintas estampas de una realidad que, por obra de la naturaleza, está condenada a ser poliédrica. Es Una industria que vive de la muerte un buen relato para pasar ¡una reflexiva noche de Halloween!

Muerte y vida, de Gustav Klimt, 1915
La conjuración de las palabras es un alarde de fino humor por vía de la adjetivación, en donde las palabras toman la ídem, asumiendo su propia identidad, en cumplida jerarquía. Se trata de una personificación absolutamente genial, no digo más.

En La novela en el tranvía dos amigos se encuentran en dicho medio de transporte. El narrador de los hechos es el protagonista principal, pues Galdós hace uso de la primera persona. Este personaje, conversa con el doctor Cascajares, que pasa a contar la historia de una condesa que ambos amigos conocen. Debidamente sugestionado por este encuentro y por la anécdota, poco más que un chascarrillo, al quedar de nuevo solo, nuestro protagonista proyecta en un pasajero al personaje del drama novelesco, aderezado por lo acabado de leer en el envoltorio de un paquete de libros del que es portador (lo que me hace pensar en una experiencia real). A continuación, se expone la sugestión que de estos acontecimientos folletinescos narrados por el amigo y por la letra impresa, se deriva. La puesta en escena de tal mezcolanza de fuentes narrativas, tan humana e imaginativa, es definitivamente mental. Al final, el narrador de sí mismo se queda medio dormido en los últimos compases de su trayecto, con fatales consecuencias, ¡pues también pone rostro al joven amante de la condesa en otro viajero!

La situación desemboca en abierta comedia, con algunos ribetes últimos de locura y terror, a los que no habría hecho ascos Guy de Maupassant (1850-1893). Un cuento sumamente interesante.

La pluma en el viento o el viaje de la vida nos propone una nueva personificación, no ya de un ser animal, un ave en este caso, sino directamente de la pluma desprendida de un alado, que acarrea el viento. Acompasado una vez más por cierto preciosismo netamente modernista en las descripciones, no solo del escenario, sino de las emociones, Galdós apunta que en nada se admira tanto a Dios como en la naturaleza.

El presente relato es una experiencia igualmente expresionista, de reflejos y reverberaciones, intersticios y fragancias. La pluma, aupada o derribada por el ventoso cauce, va recorriendo distintos escenarios (etapas) de la vida. En saber consiste la felicidad, se dice la péndola, objeto pensante que al final se pregunta si acabará el vagabundear con la muerte de la materia, o por el contrario la vida, en alguna otra forma, continua.

Es La pluma en el viento una tan liviana como profunda alegoría de vivir. 


La mula y el buey fue un cuento que ya abordamos en nuestro comentario de Cuentos españoles de Navidad, de Bécquer a Galdós (Clan, 1998). Baste recordar que, en él, el alma de una niña de tres años que ha fallecido el día de Navidad, afana candorosamente las figuras a las que hace referencia el título, en una visita relámpago al mundo material de la Tierra. Son figuras tomadas de un Nacimiento, ya que antes de morir las echó de menos en el suyo. Tras recibir la ayuda y consejos de su acompañante, el alma de esta niña regresa a la Tierra y, con la debida desenvoltura semi corpórea, devuelve las figuras, puesto que no puede llevárselas consigo.

En La princesa y el granuja, Pacorrito Migajas es un huérfano menesteroso de poco más de siete años que vende periódicos y cerillas por las calles. Enamorado de una muñeca que se exhibe en el escaparate de una tienda, comenta por boca de su narrador que el mundo está lleno de misterios, la ciencia es vana y jamás llegará a lo íntimo de las cosas. El objeto de su “insensato” amor es adquirido por una familia, pero el niño se las compone para recuperarlo. Lo sorprendente del caso es que Galdós se adelanta en varios lustros al episodio The After Hours (1960) de La Dimensión Desconocida (Twilight Zone, 1959-1964), la extraordinaria serie de televisión. Finalmente, Pacorrito es impelido por la princesa de juguete a convertirse en uno de ellos…

A su vez, Theros destaca por ser un nuevo trayecto o recorrido alegórico de la vida. Encarnación futurista de los elementos y la naturaleza; lo que incluye la estación de la muerte. Solo el protagonista y narrador es capaz de ver cómo es realmente una pasajera de tren. Este medio ya ha sido empleado otras veces como dispositivo presto a la metáfora. Incluso asoma el mar como personificación alternativa de dicho recorrido. Todo lo cual no excluye un viaje físico por la geografía de España, en un entramado de conceptos que confluye armónicamente en la desembocadura del relato.


El escenario que visita Tropiquillos, el narrador del cuento homónimo, es el de su niñez y juventud, el espejo que le muestra sus logros y fracasos. Esa zona crepuscular donde se produce el reencuentro con lo que verdaderamente importa. ¿Recuerdan Fresas salvajes? (Smultronstället, Ingmar Bergman, 1957). Aquí lo tienen presagiado. Tropiquillos es una ensoñación, y un canto al otoño como estación. No solo de tránsito.

Por su parte, el narrador de Celín se hace eco de una crónica que describe la muerte del joven capitán Galaor. Y lo que de esta resulta. Una suerte de Romeo y Julieta, pero las líneas de este relato las recorre un fino y casi bendito humor. En realidad, Galaor es solo el punto de partida, una muerte que sirve a otros personajes para renacer, ya que el texto se centra en la deriva emocional de su prometida, Diana, marquesita de Pioz, que trata de quitarse la vida con el “auxilio” del indigente Celín. Paulatinamente, Diana recupera las ganas de vivir. El componente sobrenatural se centra aquí en la figura del indigente. Celín es la encarnación de un Espíritu Santo.

Por otro lado, Galdós se mofa abiertamente del positivismo en el relato corto ¿Dónde está mi cabeza? Más que haber perdido dicha extremidad, el protagonista y nuevo narrador parece actuar como si esta fuera invisible.

El Pórtico de la Gloria es una digresión sobre las figuras que conforman el mencionado friso, logro arquitectónico de la Catedral de Santiago de Compostela (Galicia, España). Un portal de entrada y salida para los “inmortales”. Es decir, una posible explicación (génesis) del citado Pórtico. Como siempre en esta última etapa de Galdós, subyace una tan afinada como refinada reflexión de trasfondo espiritual, que hermana en lugar de disgregar.

Finalmente, si Celín se situaba temporalmente en el periodo de Difuntos (del 31 de octubre al 1 de noviembre), y El buey y la mula podemos adscribirlo al cuento de Navidad, lo mismo sucede con Rompecabezas, una nueva incursión que afecta a las principales figuras de la Natividad. Con esta recreación da Galdós término a sus exploraciones por el otro lado de las cosas.

Pórtico de la Gloria
Como hemos podido constatar, sobresale el recurso de la personificación como figura distintiva de estos relatos fantásticos, se trate de personas u objetos. En la fantasía haya nuestro espíritu más convicción y consuelos más grandes que en la verdad razonada, declaró Galdós en su prólogo a las obras de Francisco María Pinto (1854-1888) (Introducción). Y nosotros le tomamos la palabra.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Clásicos Inolvidables (XCI): Miau, de Benito Pérez Galdós

12 marzo, 2016

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Con cierta ligereza, y arrastrando una reflexión propia del vanguardismo, se suele interpretar al realismo como una corriente decadente y gastada, agrupando toda una serie de obras escritas a finales del siglo XIX y principios del XX bajo el sello de lo obsoleto. El uso, por ejemplo, del narrador omnisciente o de la tendencia narrativa lineal se ha tendido a romper desde la llegada de las técnicas vanguardistas y experimentalistas, pero todos estos hechos no pueden restar valor a la prosa de diversos autores de valía de toda una época literaria y social. En esta ocasión, rescatamos a una de las voces más eminentes dentro de esta corriente en la literatura española: Benito Pérez Galdós (1843-1920).

Oriundo de Las Palmas de Gran Canaria, Galdós es uno de los grandes narradores en lengua española, con una vasta producción literaria que va más allá de sus novelas, incluyendo obras teatrales, ensayos, cuentos y hasta la traducción, en 1868, de Los papeles póstumos del Club Pidwick, de Charles Dickens (1812-1870). No obstante, donde más brilla el célebre autor es en su narrativa, que incluye toda la saga de Episodios nacionales (1873-1912) y novelas como Doña Perfecta (1876), Fortunata y Jacinta (1886-7) o la que hoy comentamos, Miau (1888), que sirven de ejemplo a una producción incesante, incluso a pesar de la ceguera de sus últimos años.

Con cierta ingenuidad se suele adoptar la postura de considerar que el retrato realista mostraba la realidad tal como era, adoptando el autor una visión total sobre lo escrito para conocerlo todo y lograr mostrar los recovecos de sus personajes y acciones cual divinidad ante el tablero del mundo. Sin embargo, no estamos ante novelas objetivas, dado que la propia elección del argumento, de los personajes o de las situaciones narrativas son ya parte de una decisión que, consciente o inconsciente, muestra una forma de pensamiento. Entre la vasta obra de un autor como Benito Pérez Galdós, encontramos un retrato generacional, temporal y espacial que no solo muestra, sino que esconde detrás una serie de razones para poner el foco donde se está señalando. Si bien el (selecto) azar nos acercó a Miau dentro de una obra tan amplia, no fue pura suerte que Galdós decidiera contar esta historia.


En cierto sentido, el autor rescató a un personaje que ya había aparecido en el mundo galdosiano, bajo el nombre de Ramsés II en Fortunata y Jacinta, se hacía eco la figura del cesante que no consigue regresar a un puesto en la Administración pública. Una especie de caricatura que tomó forma y se expandió para concretarse en don Ramón Villaamil, protagonista de esta novela que nos narra su anhelo y desesperanza por conseguir dos meses de trabajo mientras se nos muestra la rutinaria vida de su familia, apodada como Miau por la fisonomía de las mujeres: la esposa de Ramón, doña Pura, la cuñada Milagros y la hija Abelarda. Una familia que se completa con Luisito Cadalso, el nieto de la familia, y Víctor Cadalso, el yerno viudo, una sombra del pasado que retornará a la casa para acarrear aún más daño sobre sus familiares.

Así pues, estamos ante un argumento sencillo que se vertebra en pequeñas subtramas, aunque girando siempre alrededor de la familia protagonista. Villaamil tarda incluso en aparecer en escena y se ausenta durante gran parte de la novela cediendo lugar a otros personajes. De esta forma, junto a la historia del desdichado cesante que ansía, aunque no lo quiera demostrar, al menos dos meses para conseguir la jubilación, se une el interés amoroso de Abelarda por su cuñado, cayendo en los juegos de este, el mundo de apariencias de doña Pura, la vida infeliz de Milagros, el repaso a la historia familiar, incluyendo el desagradable, histérico y angustioso final de la hija mayor, Luisa, o la mirada infantil, pero también ascética, de Luisito, en el que Galdós centra el foco en varias ocasiones.

La novela se inicia precisamente desde esa mirada infantil que empieza a ser consciente de las diferencias que suceden a su alrededor. Si observamos este comienzo a la salida del colegio con el final de la novela, observaremos la redondez de la obra que abarca desde este momento tan propio de la infancia a un momento tan crucial de la vejez de Villaamil. El retrato que realiza de las circunstancias personales de los personajes nos lleva pronto a la reflexión sobre la que se retornará una y otra vez: el honesto no medra, no asciende, no obtiene el trabajo, mientras que el vil sí, porque así lo quiere el sistema y así sucede en el país.

Puerta del Sol (Madrid) en el siglo XIX
-Villaamil -dijo Mendizábal con suficiencia- es un hombre honrado, y el Gobierno de ahora es todo de pillos. Ya no hay honradez, ya no hay cristiandad, ya no hay justicia. ¿Qué es lo que hay? Ladronicio, irreligiosidad, desvergüenza. Por eso no le colocan, ni le colocarán mientras no venga el único que puede traer la justicia. (pág. 39)

El narrador omnisciente lo sabe todo sobre los personajes, nos lo muestra, pero no los juzga, solo los describe a ellos y a sus acciones; al menos en teoría, ya que hay ocasiones en que el narrador efectúa un juicio de valor, por ejemplo, el hecho de llamar a un personaje Cadalsito no solo señala que se trata de un niño, sino que también ofrece cierto afecto por parte de la voz narrativa. Ahora bien, de forma general, la opinión que pueda tenerse de los personajes se ofrece precisamente a través de los diálogos, mostrándonos el juicio de unos frente a otros. Así, en apenas diez páginas, encontramos dos descripciones del protagonista, Villaamil, complementarias, pero contrapuestas, como sucedía con la visión idealizada que ofrecía Calisto de Melibea frente a las críticas airadas de Aréusa y Elicia en La Celestina (1499). En la primera, Mendizábal, vecino del personaje, lo muestra como un hombre honrado cuya situación se debe al ambiente político calificado de forma deleznable, mientras que su esposa, doña Pura, le achaca su inacción, su exceso de honradez frente a quienes se aprovechan de las circunstancias a pesar de ser peores que él: Créeme, eso ya no es honradez, es sosería y necedad [...] Tú no serás nunca nada, y si te colocan, te darán un pedazo de pan, y siempre estaremos lo mismo (pág. 52).

Galdós en apenas cincuenta páginas comienza a acotar y a mostrarnos las medidas de su desdichado y hastiado protagonista (Mejor que su familia le acompañaba su propia pena [pág. 54]), pero también de quienes le rodean. Ahí tenemos a su esposa, que tras estas acusaciones airadas, culpando de sus penurias a su marido, parte al teatro junto a su hija y su hermana, a disfrutar sin hacerse responsable. En este sentido, los miembros de la familia no distan mucho de la posición que ocupa el nieto, Luisito Cadalso (precisamente el único que no está en condiciones de ayudar), en tanto que actúan de una forma infantil, arrojando la responsabilidad a otros sin asumir ninguna postura útil para el bien familiar. Cuando se acerque el final de la novela, será Villaamil el que se percate de que, en el fondo, siempre ha estado solo.


Por otra parte, resulta interesante la crítica de doña Pura a su marido en tanto que refleja cómo los valores considerados positivos por la moral cristiana, como la humildad o el buen trato al prójimo, son menospreciados por el sistema, que parece preferir a quienes actúan de forma astuta, a pesar de su brutalidad. Así lo confirmará el pensamiento de Villaamil: ¿Para qué sirve el estudio? Mientras más burro sea el hombre, mientras más pillo, mejor carrera hace... [...] bienaventurados los brutos, porque de ellos es el reino... de la Administración [pag. 57-58]). En este sentido, Belén Gopegui también nos reflejaba en Lo real (2001) a un personaje similar: anclado durante años en el mismo puesto de la empresa y siendo despreciado por el protagonista, que mediante todos los trucos posibles, empezando por la mentira, lograba ascender o hacerse notar, aunque no estuviera realmente cumpliendo con su labor asignada. Un retrato ácido de nuestra realidad que no parece haber cambiado demasiado en un siglo. Y que aún hoy sigue vigente en la situación y también en la actitud de gran parte de la sociedad. El destino lúgubre de nuestro protagonista se asemeja hoy al de muchos que copan las listas del paro.

Seguramente por todo ello, sumado a la habilidad narrativa de Galdós, el personaje resulta de una naturaleza humana muy cotidiana. Sus pensamientos en forma de monólogo nos descubre ideas tópicas que se transmiten y se comparten socialmente. Resulta interesante la perspectiva pesimista que adopta Villaamil, contraria a tendencias actuales de búsqueda del pensamiento optimista para que el universo te ayude. El protagonista pretende aceptar su funesto sino para sorprenderse de lo bueno que le pueda ocurrir, incluso rechazando los ánimos de quienes le rodean. A su vez, el dibujo que el autor realiza de Villaamil nos lo plantea como una caricatura tierna, un pobre hombre al borde de cierto abismo y desesperación, ante el cual se encuentra solo a pesar de poder está acompañado -y hasta se encuentra mejor cuando realmente lo está, como si por fin se correspondiera la soledad mental con la física-.

Cabeza de niño de perfil, de J. Sorolla
El ambiente que Galdós retrata a partir de la familia protagonista mezcla los vicios y virtudes que el autor observaba en su sociedad. Quizás solo hay dos personajes a los que se retrata con cierta ternura: el caricaturesco cesante Villaamil, un pobre hombre idealista cuya honradez no parece ayudarle a alcanzar el puesto que merece, y Luisito Cadalso, del que se sirve para mirar la vida desde una perspectiva más inocente, descubridora del mundo y con problemas más habituales entre niños (los deberes, las peleas por el honor debido a un mote o los recados que le manda su abuelo).

Cabe destacar al muchacho por su peculiar relación con Dios, con el que mantiene conversaciones aparentemente en un estado de trance e inconsciencia. Un recurso que nos acerca a la ascética y que permite a Galdós crear unas estampas de ternura donde se juega con las ilusiones de Luisito y, en gran medida, con el destino de los personajes, como finalmente veremos. Este recurso de diálogo con la divinidad lo hemos podido ver posteriormente en películas como las protagonizadas por Don Camilo o en la española Marcelino, pan y vino (Ladislao Vadja, 1954).

Podríamos incluir junto a estos dos algunos personajes menores, como los memorialistas del edificio, pero cuya importancia o presencia es menor. El resto de personajes principales que aparecen o son mencionados reflejan distintas actitudes censurables: el mundo de las apariencias de las mujeres de la familia, especialmente doña Pura, la influenciable Abelarda, el cotilleo inmiscuido de Quintina, o, en general, todo un universo de corrupción y tejemanejes políticos poco honestos y nada honorables. Pero entre todos ellos, destaca Víctor Cadalso.

Detalle del Capricho 27, de Francisco de Goya
El sentimiento que al pobre niño inspiraba aquel hombre era mezcla singularísima de respeto y temor. Le respetaba por el concepto de padre, que en su alma tierna tenía ya el natural valor; le temía porque en su casa había oído mil veces hablar de él en términos harto desfavorables. Era Cadalso el papá malo, como Villaamil era el papá bueno. (pág. 89)

Él será el personaje que reúna la mayor connotación negativa, además de conjugar características literarias de algunos tipos como el pícaro o el galán romántico. Así, Víctor se muestra como el contrario, el espejo, de Villaamil, en tanto que se advierte su ascenso social a base de engaños y robos mediante la burocracia, uniéndose a la fiel tradición de los pícaros, aunque en esta ocasión con éxito, dado que vive en una sociedad que se lo permite, incluso se llegará a exponer que la Hacienda o el Estado se lo debe por sus servicios: Porque, mediador, entre el contribuyente y el Estado, debo impedir que ambos se devoren, y no quedarían más que los robos si yo no los pusiera en paz (pág. 110).

Galdós no realiza una censura como podría resultar evidente en los autores barrocos, no muestra a Víctor como un ejemplo ex contraria como pudiera suceder con el Guzmán de Alfarache (Mateo Alemán, 1599) o, en menor medida, con El Buscón (Quevedo, 1626), sino como una pieza más del engranaje oscuro y corrupto de la sociedad española. Incluso se servirá del lenguaje administrativo para ocultar la verdad y defender su honor, mostrándose hermético como lo es la propia burocracia. A la vez, resulta ser el personaje de actitud más teatral, incluso se mostrará galante y con una forma de ser romántica, realizada intencionalmente para la conquista de una dama. Llega incluso al extremo de ridiculizar el espíritu romántico mencionando con total ligereza el suicidio.

La llegada de Víctor Cadalso remueva a la casa y muestra heridas aún no cerradas (la muerte de su esposa desquiciada, el abandono y el ultraje familiar) a la vez que abre otras: ante su hijo Luis, ante su suegro Villaamil (representante de lo bueno, frente al representante de lo malo que es Víctor), ante las mujeres de la casa (que se convertirán en las principales víctimas de sus acciones) o ante el propio Dios, mostrando abiertamente su ateísmo frente a su hijo y, por tanto, contrariando sus visiones divinas. Además, Galdós se sirve del personaje para presentar otra visión de la realidad. Allá donde doña Pura veía lo valioso y limpio de la casa, Víctor observa lo feo, lo sucio y lo desgastado, completando así el cuadro descriptivo de la realidad hogareña.

Bodegón de cardo y zanahorias, de Fray Juan Sánchez Cotán
- [...] Esto está tan podrido, que va a resultar la cosa más chocante del mundo: mientras a este hombre que debiera ser Director general,  lo menos, se le desatiende y se le manda a paseo, yo, que ni valgo nada, ni soy nada y tengo tan cortos servicios, yo…, créanlo ustedes, yo, cuando esté más descuidado, me encontraré con el ascenso que he pedido. Así es el mundo, así es España, y así nos vamos educando todos en el desprecio del Estado, y atizando en nuestra alma el rescoldo de las revoluciones. Al que merece, desengaños; al que no, confites. Ésta es la lógica española. Todo al revés: el país de los viceversas… (pág. 157)

Al final, la realidad que rodea a los personajes es una realidad corrupta. Galdós no solo se encarga de recordarlo en varias ocasiones, incluyendo un hipócrita monólogo de Víctor Cadalso que arriba citamos, sino que incluso nos muestra los vaivenes de Villaamil por las dependencias de Hacienda y cómo allí reina el nepotismo, las burlas o hasta la indecencia. Don Ramón se convierte en la víctima de las risas brutas de sus compañeros, aún cuando estos le compadecen. Sin embargo, nadie le ayuda, a pesar de su insistencia, que llegará a ser pesada incluso para el lector, mientras que los negocios de Cadalso, ocultos a la vista, le permiten medrar y obtener un puesto. La derrota de Villaamil supone aceptar con entereza la realidad de su mundo y, sin poder cambiarlo (algo que ejemplifica el rechazo que todos presentan ante su propuesta para remodelar los impuestos), acaba por descubrir la felicidad de ser libre, adoptando una última decisión, con la que el libro se cierra. Al lector solo le queda la sensación de compadecer al personaje y entenderlo, a la par que sentirse hastiado por lo que ha visto.

Como es habitual en su mundo literario, partiendo de un argumento tan sencillo, Pérez Galdós desliza su pluma para retratarnos las calles de un Madrid burocrático, pero muy real, con menciones al Teatro Real, a la Iglesia de las Comendadoras y un sinfín de calles que se ajustan al espacio geográfico que el propio autor conocía. Un retrato realista que también influye incluso a la hora de caracterizar la forma de hablar de sus personajes a partir del estilo directo, ya sea para remarcar ciertos dejes socioculturales (sobre todo cuando son de nivel bajo) o el habla infantil, más dejado, incluyendo interjecciones como ¡Contro! habituales en Cadalsito.  hasta, de forma irónica, caracteriza a sus personajes a través del nombre, como ya hiciera con Doña Perfecta o con Máximo Manso en El amigo Manso (1882), aunque quizás de forma menos directa en este caso. Por ejemplo, Villaamil vendría a señalar que como este personaje hay mil en la Villa (de Madrid).


Los grandes errores de la vida, como los sentimientos más hondos, aunque sean extraviados, tienden a conservarse y no quieren en modo alguno perecer. (pág. 272)

Miau es un trozo de vida arrancado de la literatura por Galdós, como tantas otras de sus narraciones. La calidad es irrefutable, aunque sería comprensible acusar a esta novela de ciertos excesos, por ejemplo, en la trama entre Abelarda y Víctor, que resulta en un tira y afloja algo cansino. De la misma forma, puede resultar sorprendente encontrarse actos tan vehementes como la ira de la tía contra su sobrino o las visiones de Luisito en una aparentemente novela realista, pero también es cierto que la realidad está repleta de casos que aún nos enmudecen como los aquí presenciados.

En definitiva, una novela que partiendo de la caricatura del cesante, nos entrega una visión cruda y dura de la realidad española del siglo XIX, un retrato que aún se nos asemeja más de lo que desearíamos, y que debajo de tanto juego simpático, nos arroja un drama íntimo y muy humano, que aúna en su final la libertad con la desesperanza.

Escrito por Luis J. del Castillo


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