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Clásicos Inolvidables (CLVII): Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de Miguel de Cervantes

29 diciembre, 2019

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NOTA PREVIA: Este artículo adelanta contenidos argumentales de la obra.

Llama la atención la frecuencia con que el término quijotismo es empleado para referirse a lo utópico, cuando no como un equivalente de la locura. Es decir, casi siempre en forma peyorativa, cuando, personalmente, considero que es una de las mejores cosas que se pueden llegar a ser: enfrentarse a la -a veces- opresiva racionalidad, sin por ello dejar de tener los pies sobre la Tierra. Al menos, esta es mi interpretación. Sin embargo, topamos con un tópico que a estas alturas no se puede rebatir, aunque no deje de ser injusto. Según Carlos Romero (-), responsable de la edición crítica que nos ocupa, dicho calificativo se ha convertido en criterio exclusivo de valor, incluso en demérito del resto de las obras del autor, con desesperante frecuencia mal leídas (Introducción). Estoy absolutamente de acuerdo. Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1616, publicada al año siguiente; Cátedra, letras hispánicas, 1997-2016) lo confirma bajo los ropajes de una diacronía, incomprensible muestra del creador de la novela moderna a los modos de la novela tradicional (Introducción). Aquí ya no estoy tan de acuerdo.

En efecto, a mí esta aseveración me recuerda las tonterías que se han dicho y se seguirán diciendo acerca de las “obras por encargo” o los realizadores “artesanales”, en el ámbito cinematográfico, frente a los verdaderos “autores”; etiquetas demandadas por los catalogadores u obsesionados por los number one, pero más que finiquitadas para todo buen entendedor de la música, la literatura o el cine.

Pero berrinches lingüísticos aparte, lo cierto es que conviene leer antes -no decir que se ha leído- el resto de las piezas del responsable del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), sobre todo, si lo que se pretende es calificarlo de modo apresurado con el manido membrete de autor de una sola obra.

El Persiles -a veces pasaré a referirme a él de este modo- es la exaltación de un catolicismo reformado. Entremezcla idealismo italiano y realismo español, entrambos estilos (Introducción). Lo que, en modo alguno me parece un demérito, como algunos analistas han venido esgrimiendo. Si en el fondo, la última novela de Miguel de Cervantes (1547-1616) no parece novedosa (y vamos a comprobar que en buena medida sí lo es, ampliando el concepto de depuración doctrinal empleado por Romero), es porque utiliza formulismos y vericuetos narrativos pretéritos. Ahora bien, de igual modo que lo clásico sobrepasa el calificativo de antiguo cuando se moderniza, y nos sigue hablando en cualquier presente, el Persiles supera su condición de mero calco complaciente de los modelos en que se inspira.

De hecho, no sé por qué se empeñan los estudiosos en negarle tal cualidad a su forma. De un lado, tenemos la ruptura de la secuencia cronológica interna. De modo que la novela resulta atemporal y ahistórica (escrita en cuatro libros o partes), aunque trate de fijarse una secuencia narrativa de tiempo más o menos definida. Incluso presenta una doble cronología alternante: el presente histórico, que podemos situar sin excesivo quebranto hacia 1559, y el pasado inmediato, fijado en el bienio 1557-58. Asimismo, el norte y el sur son otro polo que se fusiona. Lo mismo podemos decir de la realidad material y la sobrenatural, principios sostenedores de la fábula y la alegoría, esto es cierto, siempre que no se entiendan como características fuera de la realidad racional (exactamente igual que con el término quijote sucede). Este artículo se encamina a sustentar esta premisa, anclada en el fondo y en la forma de la novela.

Imaginando el Quijote, de Mariano de la Roca y Delgado
Centrándonos ya en el contenido del libro, a mediados de 1557, los jóvenes enamorados finlandeses -pero que en un principio se hacen pasar por polacos- Persiles y Sigismunda (yin y yang, y la referencia no es gratuita, como se verá), emprenden una peregrinación a Roma, en lo que es un camino de perfeccionamiento espiritual. Podemos considerar que, mediado el libro III, dicho viaje se convierte en universal. De acuerdo, pero no debemos perder de vista las particularidades de los protagonistas. Obligados a presentarse como hermanos, Periandro y Auristela, que así se hacen llamar, sortean una serie de peripecias vitales, tanto físicas como anímicas. Gracias a una narrativa alegre, que no resulta mecánica, no existe el tiempo y el espacio salvo temporalmente, con objeto de fijar a los personajes, como queda dicho. Además, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que el texto cervantino va más allá de la mera especulación mística, como únicamente se sostiene. Toda experiencia mística está vacía si no va encaminada hacia algún objetivo.

Clásicos Inolvidables (CXXXI): Numancia, de Miguel de Cervantes

25 mayo, 2017

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Que las obras dramáticas de Miguel de Cervantes (1547-1616) no constituyeran un éxito clamoroso para el público de su época, no les resta valor. Anterior en su ejecutoria y dinámica al advenimiento del Fénix, es decir, a Lope de Vega (1562-1635), Numancia (también conocida como El cerco de Numancia, o incluso por La destrucción de Numancia, como específicamente la tituló Cervantes en un principio; c. 1581), en edición del hispanista francés Robert Marrast (1928-2015) para Cátedra (Letras Hispánicas, 1984-2010), supone un loable intento -y resultado- de dignificar la escena con los recursos, temas y estructuras más clásicos.

Tras dieciséis años de cerco romano, la población que contiene la fortaleza de Numancia está al límite de sus fuerzas y anhelos, toda vez que Escipión Emiliano (185-129 a. C.) ha llegado a la península de Hispania para tomar el mando de las tropas. Interesante es constatar cómo Cervantes da la batalla por perdida, pero la historia por ganada. A tal punto, incluye entre sus dramatis personae a las figuras alegóricas de la Guerra, la Enfermedad, el Hambre y la Fama, destinadas a proclamar el valor y eternidad de aquellos que, en el último acto de la obra, y sabedores de su destino, deciden escribir el postrero capítulo del relato de sus vidas por sí mismos. De este modo, al perecer por propia mano, y no manu militari, niegan a Escipión la posibilidad de una proclamación victoriosa.

Estos elementos alegóricos, pero palpables, a los que se suman España y el río Duero, son figuras morales que personifican la dignidad de los caídos y de la historia, como una responsabilidad que no debe ser olvidada. Por ello, todos los personajes forman parte de una crónica en progreso, pero que ya ha sido sentenciada; que sigue en marcha, pero ya muestra un funesto punto de llegada.

Numancia (1880), de Alejo Vera Estaca
Además, otros elementos llaman la atención en Numancia, como el hecho de que los habitantes de la fortaleza cedan ante la fuerza incontrastable de los hados. Los ingredientes fantásticos no son, por lo tanto, un vistoso añadido más, sino parte de la realidad cotidiana de los protagonistas. Determinan la inevitabilidad de unos acontecimientos que, como señalábamos, parecen fijados de antemano, y pertenecen al ámbito mágico numantino, no siendo una exclusividad romana (sin duda, un acierto de Cervantes).

Estos aspectos telúricos están encarnados por los sacerdotes numantinos, a los que se suma el hechicero Marquino. Parte de la configuración histórica que se desprende de la obra se sustenta por medio de esos componentes mágicos (por lo que, restar interés o suprimir dicho factor narrativo de relatos como El Quijote [1605-1615] es desnaturalizar, en parte, las creaciones del autor, siempre entre lo fantástico y lo fantasioso). Pero no es esta la única faceta a destacar. De hecho, ambas culturas en liza, íberos y romanos, conforman el sustrato hispano. En este sentido, el final de la obra representa, de algún modo, el término de una disgregación.

Representación de Numancia
Esta atmósfera mágica depara momentos espléndidos, como la aparición de un demoñuelo o la charla con un resucitado. Incluso Cervantes no elude la incorporación de algún que otro elemento truculento, siendo especialmente remarcable la conversación entre una madre y su hijo hambriento en la jornada tercera. Por estas razones, el sacrificio de los numantinos no es en vano, pues como digo, ambos pueblos están destinados a fusionarse. Una unión que fructificará pero que, de momento, huye con su sacrificio de toda esclavitud y sometimiento.

Así, en la jornada primera, Escipión arenga a sus tropas e intervienen las figuras alegóricas de España (sic) y el río Duero (junto con otros congéneres). En la jornada segunda, se produce la consulta de los astros y un sacrificio al dios Júpiter. Los vaticinios no son positivos y los numantinos lo saben, pero como contraste netamente humano, el dispuesto Marandro proclama su amor hacia la joven Lira, tal y como le relata a su amigo Leoncio, que finalmente asegurará que, en esta vida, todo son ilusiones, quimeras y fantasías.

En la jornada tercera, Cervantes introduce el lamento de las esposas, en tanto Marandro parte a por provisiones, mientras el resto de los numantinos va arrojando al fuego todas sus pertenencias. Como conclusión a todo este abatimiento, se determina el suicidio colectivo, aunque un último resistente quedará, no para eludirlo, sino para glorificarlo. Este suicidio múltiple responde tanto al valor de los cercados como a la necesidad de escapar de la hambruna.

Ruinas de Numancia
Por último, en la jornada cuarta, la crueldad de la batalla es sustituida o, mejor dicho, transmitida, por medio de una elipsis no menos lacerante, señalada por el paso de la jornada precedente a la presente (aunque se trata de un recurso que el autor tiene muy en cuenta en el resto de los actos). De este modo, conoceremos lo que fue de Marandro y de Leoncio, tal cual le es relatado a Escipión. Y de forma directa, también el desenlace del joven Bariato, último superviviente que yace a los pies de Escipión, quedando erigido en imperecedero símbolo gracias a Cervantes.

De este modo, es Numancia una obra sobre la aceptación de la fatalidad y del destino aciago, además de una historia envuelta en la leyenda, como aliada de la realidad histórica, y no como su enemiga. Más que un pie en lo clásico y otro en la perspectiva moderna, Cervantes mantuvo los dos en ambos enfoques, es decir, en la modernidad de lo clásico, convertida finalmente en tradición.

Escrito por Javier C. Aguilera




Clásicos Inolvidables (CIII): Novelas ejemplares, de Miguel de Cervantes

02 julio, 2016

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En cuanto a la novela se refiere, parece que de un tiempo a esta parte se han puesto de moda las “egografías”, es decir, el relato de las experiencias personales como material de ficción. Lo cual no es ni bueno ni malo si están ejecutadas con cierta gracia; libres son los autores de pergeñarlas y libre soy yo de que no me interesen los menesteres íntimos de los demás o los inevitables ajustes de cuentas a propios y extraños; ya que se muestran incapaces de escribir de otra cosa que no sea de ellos mismos.

Sin embargo, hay algo que nadie puede negar, y es que en cada uno de nuestros escritos pervive una parte importante de nosotros, puesto que toda creación artística atesora la facultad de retener elementos estilísticos y ontológicos de su creador.


Por suerte para el lector, aparte de hablarnos indirectamente de sí en sus Novelas ejemplares (1613), Miguel de Cervantes (1547-1616) desea entretener al público con las añagazas y aventuras de unos personajes tan reales como imaginados, a la par de hacernos reflexionar. Ello no obsta para que el escritor considerara que yo soy el primero que ha novelado en lengua castellana… a través de una serie de obras que no son ni imitación ni hurtadas (Introducción), pero sin olvidar por ello el componente lúdico y lúcido de la literatura, de honestísimo entretenimiento, según el beneplácito del rey y con la noble aspiración de ser digna de imitación. Y es que, como bien señala Harry Sieber (1941) en su edición para Cátedra (Letras Hispánicas, 1980-2003), la ejemplaridad puede ser moral o no, pero debe ser extraída por cada uno de los lectores. Ciertamente, Miguel de Cervantes no se recrea pomposamente en su persona, del mismo modo que no predica, sino que ilustra.

Por situaciones novelescas entendemos lo que está más allá de lo ordinario. Cada uno ha de encararse con la realidad tal cual es, y con esta otra vida (la ficción) que quiere proyectar y vivir (pg. 15). Cervantes propone la estética de una moral en la que lo extraordinario del caso se ejemplifica en su desarrollo y resolución. De este modo, el narrador se convierte en un lector más, y las moralejas éticas no se quedan estancadas en un significado unívoco.

De cualquier forma, conviene ponerse en situación -o en modo de lectores de clásicos- al abordar esta y otras lecturas de época: los mecanismos de expresión son otros y, concretamente, en las Novelas ejemplares los parlamentos suelen ser extensos, hilvanando experiencias con pensamientos hablados, en tramas de aparente sencillez pero desarrollos intrincados. En definitiva, es aconsejable vencer cierta tendencia a la dispersión y enfrentarse a la luenga disertación de los prolegómenos a las actuaciones.


La primera de las Novelas es la de La Gitanilla, que narra el descubrimiento del amor de Preciosa, personaje de considerable madurez y raciocinio, cuyo origen se revela hidalgo a pesar de la falsa pista -totalmente intencionada- de su ceceo, adquirido a lo largo del tiempo como un hábito. Preciosa tiene quince años, sabe decir la buenaventura de tres o cuatro formas diferentes y la pretende el joven noble Juan de Cárcamo, que consiente en convertirse en gitano (es decir, a la inversa de Preciosa, pero a sabiendas), haciéndose llamar Andrés Caballero.

Cervantes propone –o nos ofrece- una lectura gozosa y sardónica del amor por vía de lo hiperbólico, no ya por medio de la narración, sino a través del carácter psicológico de los protagonistas; al fin y al cabo, el amor es la ley más fuerte de todas. Pero con el sustancial añadido de que este queda sometido al precepto de la libertad individual. Preciosa lo expresa con claridad cristalina cuando platica con Andrés: dos años has de vivir en nuestra compañía primero de que la mía goces; mi alma que es libre y nació libre, ha de ser libre en tanto que yo quisiere. 

Pintura de Adrien Moreau
De este modo, Preciosa sabe distinguir muy bien entre el amor arrebatado pero verdadero, y los fogosos ímpetus fisiológico-amorosos, en otro rasgo de modernidad por parte del autor. No en vano, las Novelas ejemplares están cuajadas de estos amores impetuosos y fulminantes pero auténticos, puros y con vocación de eternidad. Andrés entra a formar parte, por amor, de un código social y natural distinto, en su doble itinerario, humano (la afirmación de su amor y el descubrimiento de las identidades) y físico (el trayecto que los lleva de Madrid a Murcia). Así, el otrora Juan accede al rito de paso de los gitanos, que es un modo de vida muy diferente al suyo y que debemos contextualizar a la hora de interpretar la novela.

Inolvidable resulta el personaje del joven poeta Clemente, el paje de las coplas, sobre todo cuando asegura que la poesía no se muestra a todas las gentes y es amiga de la soledad. Sin desvelar en exceso, finalmente se descubrirá que la Gitanilla es Constanza, la hurtada hija de unos corregidores que ahora han de juzgar al propio Andrés por robo y asesinato…

A continuación, la Novela del amante liberal comienza in media res, con la separación de dos amantes y las reflexiones de uno de ellos, el cautivo Ricardo, preso entre las murallas de una Chipre tomada por los turcos. Su rival en amores por Leonisa (otro arrobamiento amoroso) es Cornelio. Pero Ricardo, que ha sido encarcelado con Mahamut (por ser converso cristiano), logra huir con su amigo y arribar a Sicilia. Si la fortuna favorece a los locos, para Cervantes es a los locos enamorados, que cuentan con el bagaje de su incorruptible complicidad.

Destaca en esta novela la narración en flashback de los pesares de Ricardo a su amigo Mahamut, un recurso que desemboca en la resolución en presente de sus destinos. Pero no menos destacable es el hecho de que Cervantes, por medio de sus protagonistas, haga un ostensible rechazo de la mujer considerada como un mero objeto. Muy al contrario, la libertad física se convierte en sinónimo de estabilidad moral y espiritual. Hemos de señalar, por último, que el vocablo liberal se refiere, en este caso, a la generosidad de la persona a la que se alude.

Chicos comiendo fruta, Murillo
La genial descripción y posterior diálogo entre Pedro del Rincón y Diego Cortado abre la Novela de Rinconete y Cortadillo. Ambos muchachos protagonizan esta obra maestra que, en sí misma, constituye una nueva forma de encarar la fea y ruda realidad del entorno con sentido del humor y desparpajo. De hecho, tanto Pedro como Diego parecen dos naturalezas escindidas, además de maltratadas, que pronto pasan a actuar como si fueran una sola. Ambos han vivido de las imposiciones de otros y al otro lado del reglamento social aceptable, por lo que su libertad hará posible el desarrollo de sus vidas (sus individualidades) cuando finalmente abandonen Sevilla.

Claro que antes de que esto suceda se hace necesario todo un proceso, cuyo punto de inflexión es la entrada al mundo del trapacero Monipodio. Un ingreso que, no por casualidad, también es lingüístico: Pedro y Diego han de aprender un idioma extranjero, de igual modo que todos los miembros de la banda (o cofradía) de Monipodio están sujetos a un Libro de Memoria en el que se registran los “quehaceres” del grupo.

Pero como queda dicho, y acortando las respectivas distancias, tras el relato de unos hechos que, en realidad, constituyen los preámbulos de otras aventuras que se adivinan sobre el papel, Pedro y Diego acabarán por alejarse de ese ambiente para poder continuar su viaje hacia la libertad (la muerte no es el único color que se dibuja en sus horizontes).

Seguidamente, la concreción narrativa juega a favor de la Novela de la española inglesa, cuya ejemplaridad estriba en que en el amor no tienen cabida las enemistades entre las patrias. Isabel fue llevada a Londres desde muy niña por Clotilda, que a su vez tiene un hijo llamado Ricaredo. Todos ellos son cristianos ocultos, hasta que acontece la repatriación de Isabela (así llamada en Inglaterra) y su encuentro con Ricaredo, que ha sido raptado por los turcos y llega in extremis a Sevilla, tras dos años de prisión. Un dato simpático es el hecho de que en ese clima animoso y fabulesco de jóvenes enamoradizos, de forma irónica pero cariñosa, se equipare la pasión del mozo hacia Isabel con algo parecido a una enfermedad. No en vano, Isabel se ve en el trance de acudir ante la presencia de la reina de Inglaterra, en una corte en la que el conde Arnesto también se prenda de su belleza.

El licenciado vidriera, ilustración de Ricardo Polo López
El estudiante Tomás Rodaja, de origen campesino aunque incierto, parte de Málaga hacia Salamanca cuando se topa con la compañía del capitán Diego de Valdivia, que le ruega que marche con él a Italia en lugar de proseguir con sus estudios. Le ha pintado la soldadesca color de rosa. Por suerte, Tomás regresa a España y se gradúa en leyes, aunque desafortunadamente pierde el juicio a causa del bebedizo que una amante despechada le oculta en un alimento. Toda una ironía por parte de Cervantes, a la cual se añade el que Tomás no deje títere con cabeza, tal cual hiciera, literalmente, don Quijote con el retablo de Maese Pedro, gracias a la cordura dialéctica que les proporciona su locura; como sucede con los niños o los borrachos.

Es con esta novela que Miguel de Cervantes refleja una determinada situación social circunscribiéndola con holgura al género de ficción (o al ámbito fantástico), y en la que si algo verdaderamente no muta jamás, no es la forma de los seres humanos, sino su naturaleza. Y aunque al final Tomás acabe sanando, nadie le hace caso como cuerdo (sobre todo en el ambiente cortesano), por lo que habrá de partir hacia Flandes como soldado. Sin duda, para el protagonista de la Novela del Licenciado Vidriera, la realidad depende del cristal con que se mira.

Por su parte, no se anda con tapujos el desalmado jovenzuelo Rodolfo cuando secuestra y viola a la doncella Leocadia en la Novela de la fuerza de la sangre, inflamable material que se reconvierte, gracias al talento inventivo de Cervantes, en un rapto amoroso (cosas más raras se han visto) del que cabe destacar el consuelo que el padre de Leocadia prodiga a su hija “deshonrada” (la joven se nos muestra más atormentada por sí misma que a causa de la familia).

Cuadro de Jean-Baptiste Greuze 
No obstante, los avatares de la vida, o de la pluma, harán que el hijo que tiene Leocadia, Luisico, sirva para que los abruptos amantes se reencuentren y ambas familias se unan en una reconciliación que semeja ser sincera. Una deriva rocambolesca que conviene apreciar bajo su carácter fabulesco y de la que entresacamos otro dato interesante: como si de un suceso real se tratara, Cervantes da a entender que está empleando nombres supuestos. Ya sabemos que, a veces, la realidad supera a la ficción.

Seguidamente, Cervantes nos comunica con tino que el Celoso Extremeño que da título a su siguiente novela, es un tipo que se muestra suspicaz ¡incluso antes de haber contraído matrimonio! En efecto, el maduro Carrizales ha regresado con dineros de América y se ha encaprichado de la joven Leonora, con la que finalmente se casa, convirtiendo su vivienda en una auténtica jaula dorada. Jaula que el apasionado joven Loaysa profana con ayuda de dentro, pero sin consumar el “delito” con la desposada, al menos de forma explícita. Pero el caso es que ambos amanecen juntos y Carrizales acaba dejando hacer a Leonora su santa voluntad… Una vez más destaca la gran capacidad de Miguel de Cervantes para darle la vuelta a la situación.

Otros dos jóvenes mancebitos (sic), Diego Carriazo (trece años) y Tomás Avendaño (catorce), protagonizan la Novela de la ilustre fregona. Tras meses de gozosa picaresca, Diego regresa a su hogar en Burgos cuando traba amistad con Tomás. En esta novela, Cervantes nos sorprende con un cambio de escena (espacial y temporal), por medio de la misiva escrita por uno de los zagales a su criado y ayo. Poco después, en la llamada Posada del Sevillano, conocerán a Constanza, apodada la ilustre “fregona” (eufemismo de doncella o sirvienta), de la que se queda prendado Tomás y a la que, como le sucedía a la gitanilla Preciosa, le atañe un misterio respecto a su origen. Desde luego, Tomás no lo tiene pero que nada fácil con tanto pretendiente revoloteando por la posada…

Fotograma de la película La española inglesa (Marco Castillo, 2015)
La Novela de las dos doncellas da comienzo como un ejemplar relato de misterio, narrando la llegada de un viajero misterioso a una posada, sita en las proximidades de Sevilla. Un lindo muchachito al que sigue otro no menos gallardo. La razón de tanta apostura la conoceremos poco después. Ellos son la joven Teodosia y su hermano Rafael. La primera huye de una relación frustrada con el trotamundos Marco Antonio, y el segundo anda buscándola a ella. Más tarde, entrará en escena Leocadia (la segunda doncella del relato), en parecida situación. Todos ellos convergen cuando la acción se traslada a Barcelona, según se va evidenciando a lo largo de este extraño suceso, que en parte se articula a través de nuevos flashbacks, que se corresponden con los pesares de las doncellas.

En la Novela de la señora Cornelia, una de mis favoritas, y ejemplar porque el ritmo no desfallece en ningún instante, don Antonio (veinticuatro años) y don Juan (veintiséis) cursan sus estudios en Bolonia (sí), sucediendo que una noche, a Juan le endilgan en unos soportales, por error (uno de esos malentendidos tan caros a nuestro autor), un bebé. La criatura es hijo de Cornelia y el duque de Ferrara, a quien Antonio ha tenido ocasión de conocer a lo largo de una trifulca callejera, haciendo causa común. Equívocos, identidades ocultas y avatares llevados a su paroxismo no eluden el esperado final feliz. Ni más ni menos, que el que merecen estos personajes.


Ha habido personas que han fiado su buena voluntad a los perfiles y fotografías de alguna red social o portal de encuentros, para luego tener que lamentar los resultados... No siempre ocurre así, pero el caso es que algo parecido es lo que le sucede al alférez Campuzano en la Novela del casamiento engañoso, cuya correspondencia amorosa recae, no sin intríngulis por su parte, en una joven que no es lo que prometía ser y que lo deja con dos palmos de narices. Ciertamente, no es buena moza todo lo que reluce, como le narra Campuzano a su amigo Peralta, tras una penosa convalecencia, por medio de un nuevo flashback que da cuenta de su historia y que, en hábil artificio de Cervantes, enlaza con el celebérrimo Coloquio de los perros, novela última de las Novelas ejemplares.

Un coloquio que no sabemos a ciencia cierta si responde a la razón o a la ausencia de esta, por parte del alférez Campuzano. Los canes en cuestión son Cipión y Berganza, que toma la palabra y prácticamente no la suelta, como haría casi todo buen amo que se precia. De este modo, el diálogo despliega las picarescas existencias y reflexiones de Cipión y, sobre todo, Berganza, incluyendo el encuentro de este último con una bruja (una posible explicación al portento fonético).

No es esta vertiente picaresca la única auto-referencia por la que incursiona Miguel de Cervantes, también están la alusión a Monipodio por parte de Berganza y las añagazas de la referida bruja, que nos retrotraen al bebedizo ingerido por el bienaventurado pero desdichado Licenciado Vidriera. Además, otro acierto del gran escritor es dejar la resolución del relato, y sobre todo su naturaleza, en suspenso.

Escrito por Javier C. Aguilera



Clásicos Inolvidables (LXVI): Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes

26 mayo, 2015

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Siempre me ha llamado la atención el hecho de que, aún siendo El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha (1605 y 1615) una obra concebida como diatriba hacia un género histórico concreto -visto hoy-, el de las novelas de caballerías, exista tanto espacio en la misma para lo inusitado. Por descontado que sus puntos cardinales son mucho más “terrenales”, pese a que acontezcan en la mente del protagonista principal, pues se desarrollan en un marco realista y universal, salpicado de vicios y virtudes, amores y odios, alegrías y padecimientos. Pero incluso esa humanización del personaje es expresada por vía de la fantasía y hace que nos interroguemos acerca de cuál es la auténtica realidad (mudable en función de quien la contempla).

Dicho de otra manera, Cervantes no renuncia al valor de la imaginación, por muy realista que se dibuje el entorno; que las proezas sean una percepción del personaje ya es en sí mismo un rasgo de modernidad literaria. Más aún, para el hidalgo don Alonso Quijano parece claro que, vista como potencial fuente de sugestión, la literatura es la vida.

Retrato atribuido a Miguel de Cervantes, por Juan de Jáuregui
Desde luego que hay que ser muy precavido a la hora de asumir determinadas posturas metodológicas y exegéticas. La obra capital de Miguel de Cervantes (1547-1616) -aunque en modo alguno la única digna de tenerse en consideración-, Don Quijote de La Mancha, ha superado con creces la barrera del tiempo y ha sobrevivido al aluvión de teorías estéticas e instrumentos críticos de nuevo cuño (con los intelectuales hemos topado), las más de las veces arbitrarios y atribulados (aunque algunos de ellos muy divertidos). Unas tendencias metodológicas que han llegado al extremo de desnaturalizar el núcleo léxico-semántico de la obra objeto del análisis, o que sencillamente han decidido pasarlo por alto, como si los textos literarios se hubieran convertido en un elemento secundario a la hora de proceder al estudio y valoración de una determinada figura literaria y el conjunto de su obra.

Ni calvo ni tres pelucas, que atajaría el buen Sancho, y en esto la crítica literaria y la investigación filológica tienen aún un importante papel que desempeñar, siquiera en el ámbito de la divulgación (el aspecto más terrorífico de la historia, que parece perpetuarse dentro de sí, es que suponiendo que se conozca verazmente, dicha historia ha de escarmentar en cabezas de reducidísima memoria). No en vano, el inconveniente de buena parte de las “actualizaciones” a las que son sometidas las obras clásicas, e incluyo en este apartado determinadas escenografías operísticas, es que con demasiada frecuencia olvidan que la mayoría de textos ya resultan modernos per se. En cualquier caso, mis comentarios no pretenden ser epatantes para nadie ni definitivos de nada, y si resultan útiles y hasta entretenidos dependerá de cada lector.


Desafueros críticos al margen, más que perjudicial, la elucubración resulta inevitable: existe siempre un poso ideológico, cultural o teológico que suele fundamentar nuestros puntos de vista. Pero cosa muy distinta es desgajarse, en nombre de la variación polisémica de los distintos ahora y sus complejidades filosóficas, de lo sencillamente juicioso, al proponer una serie de desviaciones interpretativas cuasi esotéricas, que rompen el nexo de unión entre una sana interdependencia textual y la valoración individual.

Por ejemplo, proponiendo análisis basados exclusivamente en la identidad sexual u otros condicionamientos antropológicos y sociales (por no añadir reivindicaciones de sesgo ideológico), que intentan explicar el fenómeno literario prescindiendo de aspectos fundamentales como la calidad narrativa, la belleza del estilo, la organización textual, el placer estético y semántico o el contexto histórico. Como si el estudio del entorno renacentista al que, en el caso que nos ocupa, corresponden biográficamente la obra y su autor, anulara la posibilidad de modernidad de ambos. Pero el hecho de que Don Quijote de La Mancha pueda seguir siendo contextualizada dentro del humanismo e intencionalidad del siglo XVII y, al mismo tiempo, resultar una obra tan moderna en la actualidad es, sin la menor duda, la mejor estimación que podemos otorgar a la inigualable creación de Miguel de Cervantes.

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