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Aladdin, de John Musker y Ron Clements, y Aladdin, de Guy Ritchie

13 junio, 2019

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El cine siempre se ha nutrido de sus propias historias para renovarse y ahí tenemos las múltiples versiones de los mismos personajes reiterados a lo largo de diferentes décadas. Incluso el popular cine de superhéroes actual ya tuvo sus tanteos en épocas pasadas con más inocencia que efectividad. Pero ha sido quizás la llegada del siglo XXI lo que ha propiciado un aumento considerable de este revisionismo, de esta necesidad de crear secuelas o precuelas de películas populares, de recrear un determinado ambiente, el del cine de los ochenta generalmente, o, directamente, volver a rodar la misma obra con ligeros cambios o añadidos, en lo que se ha venido a llamar remake. En esto se ha vuelto todo un especialista Disney, que ha encontrado una forma relativamente sencilla de hacer buena taquilla partiendo de la nostalgia de un público adulto que acudirá al cine en masa solo para revivir su infancia, y a ser posible, acompañados de sus respectivos niños. El proceso ha sido lento y empezó de forma irregular con Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015) o la revisión de La bella durmiente (Clyde Geronimi, 1959) que fue Maléfica (Robert Stromberg, 2014). Pero el fenómeno se ha ido acrecentando y tras El libro de la selva (Jon Favreau, 2016) y La Bella y la Bestia (Bill Condon, 2017), ha sido este presente año el más repleto de esta oleada de nostalgia, con Dumbo (Tim Burton, 2019), la próxima El rey León (Jon Favreau, 2019) y la que hoy comentamos, Aladdin (Guy Ritchie, 2019).

El primer comentario que podría surgir al respecto sobre todas estas reconstrucciones es el poco valor que se le otorga a la pieza de animación, que parece necesitar una revisión con actores para darle mayor entidad. Otro comentario posible es el recurso fácil de recurrir a la nostalgia para vender más. Pero, al final, se tratan de movimientos válidos y lo que cabe analizar es el resultado, más que una crítica previa y sin sentido. Para ello, lo más adecuado es también revisar aquel original en que se basa. Por tanto, antes de llegar a esta nueva versión dirigida por Guy Ritchie, debemos volar hacia 1992, cuando John Musker y Ron Clements nos trajeron a la gran pantalla la historia de Aladdin.


Nos situamos en el imaginario país de Agrabah, situado en alguna zona de Medio Oriente, pasado el Jordán, donde un mercader se dirige al público, en una ruptura de la cuarta pared, para intentar vendernos algo. Acabará vendiéndonos una historia, un recurso usual en este tipo de películas que funcionan como cuentacuentos y al que se recurrirá también en la posterior El jorobado de Notra Dame (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1996). Tras esta secuencia inicial, la obra no tarda nada en presentarnos sus tres tramas principales. Para empezar, el malvado visir Jafar que pretende hacerse con el poder gracias a una lámpara misteriosa escondida en una cueva mágica, para lo cual necesita la ayuda de un diamante en bruto, ante tal mención, un fundido y directamente vemos al protagonista, Aladdin, un joven ladronzuelo que malvive en las calles de Agrabah huyendo de los guardas.

La conexión es clara y directa. Además, el personaje queda definido con una pegadiza canción y una última escena que cierra su presentación: es un ladrón, sí, pero de buen corazón, capaz de dar lo poco que tiene o de defender a unos pobres niños. Para finalizar, otro personaje le recordará su posición en el mundo: una rata callejera que no merece ningún tipo de atención. Las puertas del palacio se cierran abruptamente y pasamos a su interior para conocer a la princesa Jasmine, que protagoniza la tercera trama: una princesa condenada a casarse con un príncipe en tres días por una ley absurda, pero que ansía la libertad, como bien representan los pájaros a los que acaba por liberar. Su padre, el sultán, es amable y bonachón, pero manipulable y poco resolutivo, siendo básicamente un fantoche que funciona como alivio cómico ocasional.


A partir de esta presentación, se desarrolla todo el nudo, incluyendo el encuentro entre Jasmine y Aladdin, que dará lugar a cierto enamoramiento entre ambos, y el posterior viaje a la cueva de las maravillas tras quedar atrapado por órdenes de Jafar. Cuando Aladdin consiga hacerse con la lámpara mágica, conocerá al Genio, un ente de poderes cósmicos capaz de conceder tres deseos, además de ser todo un espectáculo de humor y referencias que hará las delicias del espectador, sobre todo gracias a su carácter anacrónico (introduce inventos recientes, referencias al cine y a la televisión o rompe la cuarta pared como se hacía en el prólogo). A partir de este momento, Aladdin, reconvertido gracias a un deseo en príncipe, intentará lograr estar junto a Jasmine, a la vez que Jafar trata de hacerse con el poder mediante otros medios. El conflicto entre ambos personajes está servido y será lo que provoque una conclusión bien resuelta, con su anticlímax, en que todo parecerá perdido para los protagonistas, y un clímax rotundo basado en el ingenio.

La animación siempre provoca que las historias se vean reducidas en tiempo. Quizás por ello, Aladdin resulta una película veloz, que no pierde el tiempo, pero que es capaz de regalarnos escenas singulares y llamativas. Además, no se extiende demasiado con los personajes, sino que los  inserta de forma encadenada y los presenta otorgándoles una motivación clara, especialmente a los tres personajes principales, los protagonista Aladdin y Jasmine y el villano Jafar. Ellos son los ejes sobre los que se vertebra y desarrolla la obra. Casi todos los demás personajes funcionan como alivio cómico, como los animales (Abu, Jago) o los seres mágicos (la alfombra mágica, que emplea la expresividad propia del cine mudo, o el Genio, potenciado por el doblaje original de Robin Williams y, en España, por Josema Yuste).


Evidentemente, la historia se formula en torno a una serie de conflictos. Uno de los más relevantes reside en combatir las apariencias o las diferencias clasistas. La lección final de la película en torno a este tema, que se entremezcla también con la relación romántica de Aladdin y Jasmine, guarda bastante similitud a lo que sucedía con La Bella y la Bestia (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991), dado que, de nuevo, la moraleja reside en que lo importante de las personas reside en su interior, en su forma de ser, y no en su aspecto o en su situación social. Por eso tenemos el conflicto de Aladdin en el segundo tramo de la obra, cuando siente la obligación de mantener una mentira para ocultar que no es un príncipe realmente, a pesar de que todos los demás personajes le recomiendan ser honesto, admitiendo su procedencia humilde.

Otra de las cuestiones relevantes es la posición de Jasmine. Ya en esta versión animada, el personaje era expuesto y explorado al mismo nivel que el resto de personajes relevantes. Incluso se muestra en varias ocasiones su rebeldía ante la situación a la que la tratan de someter, su cansancio hacia la forma de cortejo de los príncipes o su astucia e inteligencia al reconocer la auténtica identidad de Aladdin o al lograr distraer a Jafar. Quizás se podría haber profundizado más en la forma en que se desarrolla su relación romántica con el protagonista, que es muy repentina, o en su trasfondo como personaje, algo que se ha potenciado, como veremos, en la reciente versión de Ritchie; sin embargo, lo cierto es que está al mismo nivel que el resto de protagonistas en cuanto a profundidad. Precisamente, el propio protagonista de la historia se enamora de la misma forma de ella, con esa velocidad, y tampoco conocemos sus raíces, por ejemplo, si tiene familia, si es huérfano, etc.; una cuestión que, por cierto, dio origen a una de las secuelas de la película de animación, en concreto, la tercera: Aladdin y el príncipe de los ladrones (Tad Stones, 1995).


Por otra parte, otro de los temas clave en la película es el conflicto entre el matrimonio por conveniencia y el amor, que ha sido una de las temáticas frecuentes en los últimos siglos, como muestra, por ejemplo, El sí de las niñas (Leandro F. Moratín, 1801) o La regenta (Leopoldo Alas, 1884-5). Igual que en estas historias ya clásicas, Aladdin se decanta por defender el amor como una fuerza capaz de romper con los moldes sociales. Es más, de no ser por los sucesos de esta historia, Jafar pretendía obtener el dominio de la ciudad mediante el matrimonio con Jasmine, por lo que esta actitud queda abiertamente criticada y censurada por la moralidad de la obra. Respecto a esto, es llamativo que el atuendo de Jasmine sea semejante al que se empleó para Leia en Star Wars: El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983), cuando la princesa era capturada por Jabba el Hutt. Por cierto, aunque no se mencione de forma evidente, el ansia de poder y la ambición desmesurada también son aspectos criticados durante la historia en varias ocasiones, destacando al personaje de Jafar, pero también los acontecimientos relacionados con la cueva de las maravillas.

A un nivel técnico, la película de animación se permite mayor lujo de detalles al mostrar los poderes del Genio o de Jafar, que resultan espectaculares y asombrosos, o el viaje con alfombra mágica durante la secuencia de la canción Un mundo ideal nos muestra todo un panorama de países lejanos, desde Egipto hasta China. En este sentido, se potencia la fantasía mediante los recursos factibles de la animación y provocan que sea una historia con un carácter más mágico y llamativo. También a crear este ambiente oriental ayuda la música compuesta por Alan Menken junto al malograo Howard Ashman y, tras la muerte de este, con la colaboración de Tim Rice. Destacan, como es obvio, Un mundo ideal, Príncipe Alí y Un genio genial, que además están abordadas en la obra con las secuencias más elaboradas y mejor producidas.

Con respecto a la versión que ha dirigido recientemente Guy Ritchie (1968) y ha sido protagonizada por un reparto multicultural, incluyendo al egipcio Mena Massoud como Aladdin, a la británica de ascendencia hindú Naomi Scott como Jasmine o al neerlandés de origen tunecino Marwan Kenzari como Jafar, así como al popular actor afroamericano Will Smith como el Genio, podemos comentar que, en general, aportan pocas novedades con respecto a la historia original, aunque algunas de ellas le otorgue a la historia una mayor profundidad en sus detalles argumentales, pero menor espectacularidad en su resultado. Encontramos cambios con respecto a cómo se desarrollan las tramas, pero sin alterar sustancialmente los acontecimientos. Los cambios más relevantes lo encontramos en la forma de abordar a los personajes.

En primer lugar, la modificación más relevante la encontramos en Jasmine, que es potenciada y empoderada. Para ello, se le otorga mayor fuerza y presencia en la historia, mostrándonos cómo está preparada para gobernar como sultana, siendo inteligente y perspicaz, enfrentándose en varias ocasiones a Jafar de manera abierta. No obstante, se trata de potenciar a un personaje que ya de por sí buscaba la libertad y mostraba un carácter definido en la versión animada. Además, la velocidad con la que se enamora de Aladdin no varía, aunque se muestran mejor sus reservas a casarse con el primero que pase, por muy conveniente que sea para el reino. A fin de cuentas, su propuesta es gobernar sin necesidad del matrimonio.

A su vez, se altera la personalidad del padre de Jasmine, como ya se hiciera con el padre de Bella en su versión más reciente, otorgándoles a ambos un mismo tipo de cambio: en las películas animadas ambos eran alivios cómicos y personajes despistados, pero en las nuevas versiones son más razonables y están mejor definidos. En este caso, el sultán es capaz de enfrentarse a Jafar en varias ocasiones y demuestra ser un gobernante atento y formado, algo que lo que enriquece frente al fantoche que era el dibujo animado original. En relación a estos cambios significativos, en esta versión el aspecto político tiene más presencia, mostrando mayor interés en cuestiones como la sucesión, el funcionamiento del reino, las relaciones de poder (esencialmente con el jefe de la guarda del sultán) o su relación con países vecinos (especialmente, con el reino del que procedía la madre de Jasmine, cuya muerte es mencionada como causa de la clausura en la que vive su hija). No obstante, se opta aquí por difuminar aún más en la fantasía la situación de Agrabah, que estaría rodeado de sitios ficticios, a diferencia de lo que sucedía con la versión animada.


En segundo lugar, tenemos un villano con una menor presencia agresiva, dado que en la animación lo evidenciaba más, pero cuya historia se potencia para revelar que ha sido una persona que ha ido escalando desde lo más bajo, habiendo sido igual que Aladdin. Así, funciona como un reflejo desviado del protagonista y remarcado por su ambición de poder, un aspecto más subrayado en esta versión que en la anterior. Debemos criticar la mala elección del doblador español para este personaje, siendo una voz recurrente en la comedia y que no acaba de encajar adecuadamente con Jafar. Por contra, el loro de Jafar resulta más siniestro en esta película.

En tercer lugar, Aladdin es mostrado como un ladrón habilidoso, pero manteniendo la bondad que le caracterizaba y que la diferencia de Jafar. También se le otorga un carácter más tímido cuando aborda a la princesa como el príncipe Alí y se demuestra su incapacidad para ocupar un lugar dentro de la clase alta, dado su poco conocimiento respecto a este tipo de relaciones. En este sentido, aumenta el realismo con que se aborda la situación, mucho más aligerada en la original. No obstante, también esto provoca más lentitud en escenas que resultarán aburridas, a pesar de que traten de resultar graciosas. Correspondería, por ejemplo, al intento de cortejar a Jasmine al regresar a Agrabah. También hay varios errores de bulto, como el hogar de Aladdin, que resulta más lujoso de lo que cabría esperar para su situación.


Por último, se añaden elementos que no aportan nada al argumento general, como la relación del Genio con una sirviente que funciona más bien como un cliché de comedia romántica. Incluso desmerece bastante el trabajo que se ha hecho para mejorar al personaje de Jasmine. Y, sin embargo, no se opta por explorar otras cuestiones que hubieran resultado más interesantes, como el origen de Aladdin. También hay un descenso en el nivel de fantasía. La magia es más simple de forma generalizada, a excepción seguramente de la presentación del Genio o de la llegada del príncipe Ali a Agrabah.

En general, Guy Pierce nos muestra más acción y recurre el uso de cámaras lenta, piruetas, acrobacias, etc., muy al estilo de este director. Ahí tenemos, por ejemplo, el baile que el Genio obliga a ejecutar a Aladdin para cortejar a Jasmine, que rompe con la danza india que estaban realizando los personajes para introducir pasos de baile propios del hip hop. Sin embargo, pierde la gracia y el carácter más personal de la versión animada. Por ejemplo, la alfombra mágica tiene una personalidad plana en comparación, el tramo final protagonizado por Jafar es muchísimo más pobre en sus resultados y la solución con respecto al Genio en el final acaba por ser poco satisfactoria. Aunque debemos destacar que la actuación de Will Smith es de lo más reseñable de la película en este aspecto.


En definitiva, ambas versiones son válidas, pero seguramente la película de animación tenga un espíritu más personal y original, enlaza mejor las canciones, recurre al humor con más gracia y no se corta a la hora de desplegar toda la fantasía posible. La versión dirigida por Guy Pierce resulta más actual y tiene algunos elementos propios del estilo del director, pero aporta elementos argumentales a la vez que quita otros interesantes, y las canciones se sienten más forzada. Sin duda, el personaje de Jasmine queda favorecido en esta revisión, pero parte de características que ya estaban ahí en su origen. Por tanto, podríamos concluir con que este nuevo remake no nos trae una respuesta afirmativa a la pregunta de si son necesarios, aunque seguramente a nivel empresarial haya sido todo un éxito comercial y podemos considerar que esta segunda versión mantiene bien el tipo, pero seguramente se pierda en el mundo de las anécdotas cinematográficas frente a la original.


Más allá de los sueños, de Vincent Ward

14 abril, 2017

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La muerte forma parte de la vida, habiéndose convertido en una preocupación que ha obtenido diferentes respuestas a lo largo de nuestra historia. Por ello, su presencia en el arte no nos debe extrañar, al contrario, ha sido uno de los grandes temas universales, vinculado al pensamiento, a la filosofía o a la religión dominantes en cada periodo. La acumulación de miradas ha creado ciertos tópicos y no siempre resulta fácil que un autor innove en la reflexión en torno a la muerte, o que al menos se atreva a plantearla.

En la trayectoria del escritor Richard Matheson (1926-2013), Más allá de los sueños (1978) fue una propuesta que se alejaba de sus historias habituales en torno al terror y la ciencia ficción, campo que ya hemos observado que manejaba con gran acierto. Esta salida de su terreno habitual le acercaba a una novela donde el autor exploraba los límites de la muerte, mostrando cierta mezcla filosófica entre distintas corrientes de pensamiento. Quizás una obra densa que en su traslado cinematográfico dirigido por Vincent Ward (1956-) se vio mermada en contenido y condensa a una vistosa película que logró el Óscar por Mejores efectos especiales: Más allá de los sueños (1998).


En un prólogo de escenas sueltas que resumen la vida del protagonista, conocemos al pediatra Chris Nielsen (Robin Williams) en su historia de amor y tragedia con Annie (Annabella Sciorra): cuando se conocieron, cuando se casaron, su vida idílica junto a sus dos hijos, Marie e Ien, y finalmente, la tragedia que les golpeó y marcó inevitablemente hasta su posterior recuperación aparente, momento en que Chris fallece en un accidente. Ahí comenzará la auténtica aventura del protagonista tratando de situarse como un espíritu perdido entre los vivos, con la ayuda de un viejo maestro que le servirá de guía, Albert Lewis (Cuba Gooding, Jr.), y después construyendo su paraíso sin poder olvidar su pasado ni su amor por Annie, su alma gemela. Tanto que hasta su cielo se altera desde la distancia o que, cuando ella también muera, emprenderá una odisea hacia los infiernos con tal de regresar a su lado.

La propuesta resulta ser muy interesante y en su planteamiento del paso entre la vida y la muerte hay una mezcolanza de conceptos cristianos y budistas, partiendo de la división entre cielo e infierno, pero también con la posibilidad de la reencarnación, el efecto de los espíritus entre los vivos, la presencia aún lejana de la divinidad o las infinitas posibilidades de un mundo propio que depende de las propias decisiones del alma. Sin embargo, lo que se traza como argumento es una historia más simple, que hemos visto reiterada en mitos y clásicos, además de ser contada de forma irregular y confusa.


Entre sus defectos, un montaje atropellado en ocasiones, escenas inservibles y una mala planificación narrativa. Básicamente, el primer tramo de la película debería haber servido para conocer a los personajes y sentir mejor las continuas catarsis que la película pretende mostrarnos. Incluso se podría haber hecho alguna trampa narrativa para permitir la sorpresa del espectador y jugar con el elemento de la memoria: un breve recorrido cronológico por los recuerdos agradables de Chris que después contrastasen con los flashbacks de redención que sí encontramos en la película, ya sea con sus hijos o, finalmente, con su mujer, esta última mejor planteada. Sin embargo, Vincent Ward opta por situar la memoria junto a la aventura espiritual del protagonista, lo que ocasiona cierta desconexión con los personajes, cuyo culmen es el personaje de Albert Lewis, supuesto maestro y casi un padre para Chris al que no conocemos hasta que él ya está muerto y cuya relación nunca es referida visualmente.

Ello no resta para que el espectador sí pueda proporcionar contenido a lo que está viendo. Como sucede en otras ocasiones, la escasez con la que trata Ward de proporcionarnos las relaciones paternofiliales provoca que sea el espectador quien opte por poner sus propios sentimientos en lo que ve en pantalla. No obstante, ello no resta fuerza a las dos escenas que retratan la relación de Chris con sus hijos. Y seguramente sea lo peor retratado por no ser el centro de interés, situado en este caso en el amor entre Chris y Annie. Después de todo, el tesón de Chris por alcanzar su objetivo provocará que haya quienes les ayude en su ruptura con las reglas para viajar hasta el infierno, incluyendo a un misterioso hombre (Max von Sydow).


En ese viaje encontraremos reminiscencias a la Divina Comedia de Dante (1265-1321), con un suelo invadido de cabezas, un maestro que sirve de guía espiritual o la tortura bélica de los fuegos infernales, que en esta producción parecen extraídos de una serie B frente a los efectos del tramo celestial, o al viaje de Orfeo para rescatar a Eurídice, incluyendo la barca al estilo de Caronte. Además, ambas contienen la historia de sacrificio romántico, con la búsqueda de la amada a través de la muerte. También de herencia romántica o gótica también encontramos el elemento de la casa abandonada en el tramo final o los cuadros que pinta Annie, que recuerdan al pintor Caspar David Friedrich (1774-1840). La actitud de Chris llegará a ser de sacrificio absoluto, tanto que cambiaría una eternidad en el cielo por una en el infierno junto a ti. En este aspecto encontramos los mejores elementos de la historia, con una digna secuencia sostenida por un diálogo en el que se reconstruye su pasado común. Por su parte, en los efectos especiales encontramos sus mejores aspectos visuales, sobre todo en el bello panorama pictórico del paraíso.

Sin duda, los efectos especiales resultan fascinantes, aunque en algunos casos hayan envejecido de forma regular. Sin embargo, en varias escenas, sobre todo al inicio de su paso a la muerte, se sienten huecos o innecesarios, vacíos de contenido, como sucedía con otra película similar en temática, la posterior The Lovely Bones (Peter Jackson, 2009). En algunas ocasiones, quizás por asemejar un retorno a la infancia por la candidez del cielo, encontramos ciertas escenas de pretensión risueña que no aportan o que, incluso, resultan incoherentes con el tono general de la película. Se podría explicar por ser algo producido con la intención de explotar la vena humorística del actor principal, Williams, algo que sí se logra mejor en escenas más cotidianas, como la consulta en el médico. A su vez, se posterga en demasía algunas aclaraciones sobre lo que estamos viendo, creando confusión dentro de un batiburrillo de elementos rescatados seguramente de la novela de Matheson.


A pesar de sus desaciertos, Más allá de los sueños suele transmitirnos cierta sensación de esperanza, de ilusión, de ganas de vida y de cierto amor inmortal. No se trata de la mejor propuesta sobre la muerte y seguramente no sea la mejor adaptación realizada sobre Matheson, pero mantiene cierto encanto que cala en los espectadores capaces de entrar en sintonía con sus catarsis.






Despertares, de Penny Marshall

29 julio, 2016

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Muchos descubrimientos se han formulado contra la corriente general, incluyendo el rechazo de la mayoría de iguales científicos. Pero aparte de los grandes descubrimientos que han revolucionado a la humanidad, hay otros a menor escala, porque afectan a un menor número de personas, que pasan desapercibidos, pero que suponen un cambio de paradigma en todo un grupo social del que, muchas veces, sabemos más bien poco. En este sentido, desconocemos mucho de lo que pasa entre las salas de un hospital o de un psiquiátrico, a veces suceden hechos sin explicación, irrepetibles. Tanto para bien como para mal. 

Oliver Sacks (1933-2015) dedicó gran parte de su vida a estos fenómenos. Este neurólogo británico se convirtió en divulgador y novelista a partir de la materia médica, trazando un puente entre el arte y la ciencia, mostrando que nunca debieron ser entendidas como rivales, sino como hechos complementarios y necesarios para el ser humano. A partir de la anécdotas clínicas, construyó relatos minuciosos y auténticos en obras como El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), Veo una voz (1989) y Un antropólogo en Marte (1995), lo que, por otra parte, le ha valido críticas al considerar que explotaba a sus pacientes o que sus métodos no eran rigurosos, científicamente hablando.

Arriba: Oliver Sacks junto a Robin Williams. Abajo: R. Williams, Penny Marshall y Robert De Niro
Nos referimos a Sacks porque fue una de sus primeras obras, Despertares (Awakenings, 1973), la que sirvió de base a la adaptación realizada por Penny Marshall (1942-) en 1990, que reseñamos hoy. Pero no se trata de una novela, sino de una autobiografía parcial en torno a cómo Sacks descubrió durante el verano de 1969 los beneficios temporales de la L-dopa en pacientes catatónicos que sobrevivieron a la epidemia de encefalitis letárgica que se produjo entre los años 1917 y 1928. Un caso real documentado también a través de una cámara Super 8 que cobró vida en la gran pantalla de mano de la citada Penny Marshall, actriz en películas como 1941 (Steven Spielberg, 1979) u Hocus Pocus (Kenny Ortega, 1993) y directora de algunas películas taquilleras en los años ochenta, como Jumpin' Jack Flash (1986) o Big (1988). 

Despertares (Awakenings, 1990) fue su tercera película y aunque hoy pueda no resultar conocida, obtuvo una buena acogida y estuvo nominada a tres categorías de los Premios Óscar. La obra, tras un inicio en torno a los primeros síntomas de la enfermedad central, nos remite a un episodio en la vida del doctor Malcom Sayer (Robin Williams), trasunto de Oliver Sacks, que comienza a trabajar, a pesar de sus reservas por haber dedicado su carrera a la investigación, en un hospital psiquiátrico de Nueva York, conocido vulgarmente como manicomio, asilo para enfermos crónicos. A pesar de sus reticencias iniciales, un fenómeno curioso servirá para prender la llama de su interés por toda una serie de pacientes que comparten las mismas características: permanecen catatónicos, inmóviles, sin conexión con el mundo que les rodea. A partir de entonces, centrará sus esfuerzos en confirmar sus hipótesis y lograr un tratamiento efectivo, comenzando su investigación con uno de los pacientes, Leonard Lowe (Robert De Niro).


Atendiendo a este argumento, podemos dividir la película en tres tramos evidentes: el primero, centrado en el médico, que atiende su llegada al hospital y sus primeros descubrimientos, el segundo en torno al tratamiento de Leonard Lowe y finalmente del resto de pacientes, y el último tramo cuando se nos muestra el destino de los tratados por el L-dopa. Durante estos tramos, se tocarán diversos asuntos centrados en la convivencia entre médicos, pacientes y familiares, desplegando pequeñas subtramas que convergen en este relato que combina tanto drama como esperanza.

Sin duda, uno de los aspectos más convincentes de la película es el enfoque de las dificultades para el médico investigador que trata de innovar e implicarse de una forma más humana. Frente a los esfuerzos de Sayer por tratar a sus pacientes y tratar de sanarlos o mejorar su calidad de vida, se encuentran las mofas o la indiferencia de gran parte de sus compañeros o superiores, que consideran su trabajo casi como un depósito de enfermos más que un hospital. A ello se ha de sumar los problemas económicos que se deriva de los tratamientos o el evidente riesgo que nadie quiere asumir para probar alguna solución con los pacientes. Esta última situación nos deja una crítica tanto a los químicos que crean los fármacos como a los médicos, en tanto que ninguno de los dos se atreve a probar los resultados de los medicamentos inculpándose de forma mutua.


A su vez, se muestra la crudeza de la vida de estos pacientes, que son inconscientes incluso del paso del tiempo. Este hecho choca precisamente con la vitalidad que llegarán a desprender, contagiando incluso a las insulsas enfermeras. Como comprobaremos, el despertar de estos pacientes es también el despertar de las personas que les rodean, incluso cuando el primero tenga fecha de caducidad. Precisamente, la evolución de los personajes que no son pacientes es bastante sutil, sobre todo en el caso de Sayer, que está interpretado por un comedido Robin Williams que da la talla en este rol dramático y le otorga una gran entidad humana al personaje. Malcom Sayer se había dedicado a investigar lombrices y resulta evidente en la película tanto sus carencias en sociabilidad como su forma de ser despistada, lo que irá cambiando conforme avance su amistad con Lowe, hasta que al final sea él quien se atreva a dar algunos pasos en su vida. Sobre todo en el campo del amor.

Leonard Lowe es la otra cara de la moneda en esta película: el paciente enfermo, el Lázaro que vuelve a la vida. A través de este personaje se nos trata de mandar un mensaje esperanzador y lleno de ilusión: vivan, vivan porque hay otros que no pueden hacerlo; algo semejante en este sentido a una obra de autoayuda, ¿pero cómo negar esta verdad a alguien que ha pasado tanto tiempo sin poder vivir, recluido en sí mismo? Él se convierte en el foco más lúcido del grupo de pacientes y en el que se fije la historia. Le da cuerpo un Robert de Niro dando una lección de interpretación, mostrando tanto su estado catatónico como su recuperación y, finalmente, la degeneración de su enfermedad. Este último golpe, hilado además junto a una breve y pueril, pero bonita historia de amor, da una intensidad dramática a Despertares que se une a un mensaje aún más fuerte que el mensaje motivador: detrás de cada milagro, hay una realidad. Una realidad que no siempre es satisfactoria.


Ahora bien, a pesar de que la película tiene una motivación interesante, una historia curiosa y de interés y unos protagonistas encarnados por actores de portento, no se libra de ciertos defectos que debemos señalar. En primer lugar, la película tiene ciertos errores de tono, dada su ambigüedad: en ocasiones, pretende incluir cierta comedia, pero salvando algunas ocasiones, no acaba por encuadrar con el argumento que se narra. Incluso se nos proporcionan escenas pesarosas que pretenden ser divertidas o alegres, llegando a adormecer el ritmo de la película hacia la mitad, algo que se produce sobre todo al tratar de abarcar a todos los pacientes en lugar de centrarse en los dos protagonistas.

A ello también se suma una estética y una producción más similar a los telefilmes que a una gran propuesta de mayor nivel, sosteniendo la película sobre todo las actuaciones de Williams y De Niro. Tampoco demuestra una gran maestría en el uso de los recursos ni ofrece ninguna novedad atractiva a nivel cinematográfico, por lo que sus principales virtudes se encuentran entre sus personajes principales y la singularidad de su historia. Incluso otros aspectos, como la bonita banda sonora, en esta ocasión de Randy Newman, aunque bien ejecutados, no resultan especialmente convincentes o atractivos. 


Quizás de haberse centrado más en la relación entre médico y paciente, en el descubrimiento del mundo que ha avanzado sin él, sin ceder tanto terreno a tramas que acaban por hacerse pesarosas, estaríamos ante una película más redonda. Despertares tiene la virtud de ser sutil en muchos de sus aspectos, de ofrecernos momentos realmente bellos y de sorprendernos con una realidad que nos resulta tan ajena, y ese es un gran logro que no debemos despreciar. Si os gustan esta clase de historias, que nos acercan a hechos reales y médicos, con momentos esperanzadores, dramáticos y bellos, no os la perdáis.

Escrito por Luis J. del Castillo




El indomable Will Hunting, de Gus Van Sant

05 diciembre, 2014

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Will (Matt Damon) es un joven rebelde con una inteligencia asombrosa, especialmente para las matemáticas. El descubrimiento de su talento por parte de un prestigioso profesor de Matemáticas le planteará un dilema: seguir con su vida de siempre (un trabajo fácil y unos buenos amigos con los que salir a beber) o aprovechar sus grandes cualidades intelectuales en alguna afamada universidad. Pero sólo los consejos de un solitario y bohemio profesor y psicólogo (Robin Williams) le ayudarán a decidirse, entre ambos nacerá una entrañable relación profesor-alumno, de tonos casi paterno-filiales.


Con una temática principalmente social, descubriremos la vida de un genio, de esos incomprendidos, que sufre graves problemas de adaptación social debido a una infancia difícil y a la escasa motivación y apoyo de los que le rodeaban. Will, ese genio inadaptado, verá su mundo totalmente alterado por la aparición en su vida de otras personas que le hacen cambiar su visión de las cosas y plantearse quién es en realidad. Aunque es cierto que toda esa transformación tendrá sus consecuencias, y será cuando Will sufra entre la alternativa de seguir por un sendero artificial por el que pretenden guiarle o dejarse llevar por sus propios sueños y ambiciones.


Dirigida con un ritmo dinámico y ameno, logra transmitir un estilo muy personal, consiguiendo desnudar psicológicamente al protagonista. Con una estética propia de la época noventera, cabe destacar su fotografía, plena de detalles y de simbolismo, y su banda sonora, totalmente armoniosa y evocadora, en relación al devenir de la historia. El guion, escrito por los hoy consagrados Ben Affleck y Matt Damon, casi desconocidos por aquel entonces, logra atrapar y hacer pensar al espectador, elaborando una historia apasionante que incita al público a empatizar con la actitud y el entorno del protagonista, pese a su inabarcable inteligencia desaprovechada. Unido a los incisivos y elaborados diálogos entre Will y Sean, llenos de sarcasmo e ingenio, dan un toque lúcido y atrayente a un trabajo muy inspirador, premiado merecidamente hacia Robin Williams con un Oscar al mejor actor de reparto.


Además de esta estrecha relación, que avanza más allá que la simple entre paciente-terapeuta, cabe destacar la importancia de Skylar (Minnie Driver) en el desarrollo de la historia. Ella es la primera que intenta romper la inquebrantable coraza de Will, aunque él no es capaz de quitársela. Su miedo a ser abandonado, su temor a lo impredecible, algo que lleva consigo desde su infancia.

Lo que temes no es descubrir que ella no es perfecta. Lo que te da miedo es que ella descubra que no eres perfecto.

Gracias a Sean y al desarrollo de su amistad es cómo desembocamos en la culminación de la terapia, cuando la máscara de Will cae definitivamente y se descubre toda su historia, el origen de todos sus miedos. Porque el trasfondo de Will no se descubre tras un psicoanálisis espléndido, sino con el desarrollo de una amistad profunda y, lo más importante, recíproca. Ya en la primera escena en que aparecía el psicólogo este establecía que para llegar a los problemas reales de las personas debíamos establecer con ellos una relación de confianza. Sean también muestra sus sentimientos con Will, le ve como un igual y toda esa confianza depositada hace que Will se sienta por primera vez útil y valioso, al contrario que en su relación con el profesor de matemáticas Gerald Lambeau (Stellan Skarsgård), quien en lugar de acercarse a Will tratará de imponerle una carrera basada en sus propias frustraciones.


Sin duda, un creíble Matt Damon en los inicios de su exitosa carrera, secundado por un magnífico Robin Williams y por Ben Affleck en un papel secundario bastante discreto. Su mejor intervención, en la que demuestra su sencillez y su amistad incondicional, deseando la felicidad de su amigo por encima de la suya, reconociendo que el sitio de Will no se encuentra con él:

El momento más feliz del día son los diez segundos que pasan desde que llamo a tu puerta hasta que bajas, porque pienso que al fin te has ido.

Grandes interpretaciones, diálogos y personajes complejos, todo ello sin perder un ápice de entretenimiento. Una película que emocionará tanto a adultos como a jóvenes, que trata el enfrentamiento generacional, la adaptación problemática de las personas superdotadas, además de las cuestiones sociales y la inevitable y poderosa historia de amor, ese amor que impulsa el final de la historia y que todo lo puede.


 Escrito por Mariela B. Ortega 





Señora Doubtfire, papá de por vida, de Chris Columbus

04 octubre, 2014

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Un matrimonio desigual en caracteres confirma su fin cuando la esposa, hastiada del comportamiento infantil de su marido, decide divorciarse. Comienza entonces la disputa legal por la custodia de los tres hijos, motivo central de esta película que ahoga el drama y la reflexión social con la comedia, aunque aporte los matices necesarios para comprender que detrás del humor realizado bajo la batuta de Robin Williams se encuentra una historia que aduce valores mayores.

Chris Columbus planteó esta comedia familiar de tono blanco en 1993 donde promueve algo evidente, pero que a la sociedad le ha costado aceptar: el divorcio como algo normal donde la mejor opción es entablar una relación cordial que ayude a la estabilidad de la desestructurada familia. Resulta obvio y ya hasta tópico que los mayores afectados en estas decisiones son los hijos, que en muchas ocasiones se ven expuestos a las peleas de sus padres y pueden llegar a sentirse culpables. Mrs. Doubtfire (1993) muestra entre sus mensajes que no importa cuánto se puedan odiar los padres, el amor hacia los hijos no tiene relación, o no debería, con este caso.

Chris Columbus dirigiendo a Robin Williams (Extraída de MovieStillsDB.com)
El punto fuerte de la comedia lo supone la creación de la niñera, la señora Doubtfire, que permite a través del travetismo de Williams toda una serie de escenas humorísticas y el despliegue de un actor que ya tenía experiencia en sketches de este tipo, todo apoyado con una excelente labor de cambio de voces mediante su capacidad de doblador, tal y como muestra el inicio de la cinta (y como el propio Williams había demostrado en Aladdín, en 1992). Cabe destacar el tono en que empieza el metraje: mezclando el humor del personaje con su responsabilidad como padre, especialmente ante el rechazo de mandar a los niños el mensaje de que fumar es positivo.

Sin embargo, pronto notamos que Daniel Hillard es en gran parte un niño grande, otro papel que Williams desempeñó en multitud de ocasiones: un hombre irresponsable que concede los caprichos más extravagantes a sus hijos, incapaz de mantener el trabajo, aunque en esta ocasión sea por defender un ideal justo.


Este tipo de personajes suelen ensombrecer a los que hay a su alrededor, lo que provoca en gran parte que el papel de otros personajes, como la madre, Miranda (Sally Field), el galán Stuart (Pierce Brosnan), o la agente social Gloria (Polly Holliday), sirvan de contrapunto, hasta llegar a resultar unos roles sosos, agotados frente al histrionismo presente. No ayuda el hecho de que ninguno de los otros actores principales sepan otorgar carisma o fuerza a sus interpretaciones.

Tan solo la presencia de la pareja homosexual, también presentada con total naturalidad, aunque con un claro cliché, sirve para agolpar el resto de chistes. Hay, a su vez, toda una serie de guiños cinematográficos, como la mención a Norman Bates o el maquillaje similar a ciertas estrellas del momento.

 
La cinta, por otra parte, se puede diseccionar en dos partes: el conflicto inicial del divorcio y la resolución de Daniel en ver a sus hijos aunque sea travestido en niñera británica, cuestión que acaba en éxito y, finalmente, una segunda parte donde se va descubriendo poco a poco tras unas escenas de cierta emotividad tanto con sus hijos como con su mujer.

El hecho de acercarse a ellos como una desconocida hace evolucionar al personaje, que comenzará a comportarse tal y como su mujer hubiera esperado: con más rigidez frente a sus hijos, pero sin abandonar el cariño, con atención al hogar y a la cocina, supliendo la ausencia materna, y siendo más responsable al comprender los errores que había cometido en el pasado. No obstante, esto no supone una reconquista: el divorcio es firme, aunque la situación pierda la tensión anterior, como demuestra el enfoque al rostro de Miranda durante el juicio de custodia.


Los niños del reparto no resultan repelentes y funcionan bastante bien en escena. Entre ellos encontramos a dos actrices infantiles y juveniles que gozaron del favor de crítica y público, como Mara Wilson, conocida también por su papel en Matilda (1996), o Lisa Jakub. También el joven Matthew Lawrence, que fue conocido posteriormente por participar en la serie Yo y el mundo (Boy meets world, 1997-2000).

En definitiva, una película que deja entrever temas serios con naturalidad y entremezclados con el humor y el carisma de un Robin Williams en plena efervescencia, quizás demasiado histriónico en ciertas escenas, pero disfrutable gracias a un humor para toda la familia. Se reirán en alguna ocasión, aunque pueda resultar artificioso en algunos tramos.

Escrito por Luis J. del Castillo


El hombre bicentenario, de Chris Columbus

16 septiembre, 2014

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Los nombres de Asimov y Silverberg están ligados a la ciencia ficción en una carrera larga y profunda. No es de extrañar, pues, que a la hora de adaptar sus relatos, estos cobren cierto magnetismo, aunque no siempre a gusto de todos. El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999) abre ambos frentes, por una parte, la crítica la tachó de sensiblera, mientras que, por otra, una gran parte del público la ha encontrado como una hermosa historia y, de nuevo, sobre la condición humana.

NDR-114 (Robin Williams) es un robot de servicio doméstico en un futuro indefinido, aunque más adelante descubriremos que se referían al pasado año 2005, lo cual le hace perder a la película su atemporalidad, entra a formar parte de la familia Martin como un siervo que obedece los tres principios básicos de la robótica.

Sin embargo, su dueño, Richard Martin (Sam Neill), descubrirá pronto que no es un robot cualquiera, sino que está desarrollando sentimientos y una personalidad definida, capaz de tener creatividad al mismo nivel que los humanos.

A partir de esta premisa, seremos testigos de la evolución personal de este robot que, con el tiempo, pasará a ser más humano, sobre todo gracias a las relaciones con la familia Martin: el padre de familia, Richard, que será quien le defienda en su avance, aunque sin llegar a aceptar su libertad de manera completa, Amanda Martin (Hallie Kate Eisenberg/Embeth Davidtz), pequeña miss, quien se llegará a enamorar de él pese a la imposibilidad de ese amor, o Portia Charney (Embeth Davidtz), quien le acompañará en los últimos pasos hacia su humanidad.


La película se define claramente en dos partes, la primera donde el robot pasará de ser un siervo a ser libre, donde se ahondará en los prejuicios o en la esclavitud, y la segunda, donde nos encontraremos en la búsqueda de Andrew por un lugar en el mundo más allá de una vida eterna como robot, insuficiente para alguien que siente, aunque no sea capaz de llorar, reír o dolerse. La maduración de este ser inunda el film, que nada entre el drama con ciertos diálogos que pueden catalogarse de sensibleros, pero que nos dejan frases memorables sobre la condición humana, y un humor blanco, centrado sobre todo en los juegos de palabras y que tiene mucha relación con la forma de entender el mundo desde una manera lógica a la manera más humana. Este mismo humor, que ha sido tachado de excesivamente familiar, también lo encontramos, con más profundidad, en la relación de Spock o con el resto de la tripulación del Enterprise en Star Trek, aunque no es, ni será, el único caso. Podemos tener en cuenta también el film posterior de Steven Spielberg, A.I. Inteligencia Artificial (2001), que explora una historia similar, pero con mayor crudeza y un intento de parecer más profunda.

No hay molestia en un personaje como Andrew, al que vemos madurar, aunque mantenga una actitud similar en casi todo el film, sino más bien en otros personajes que se estancan en clichés, como la hermana mayor de la familia Martin, Grace, el presidente de Northam Robotics, Dennis Mansky (Stephen Root), o el abogado Lloyd Charney, todos ellos mostrándose en contra del robot con actitudes racistas y una mirada de superioridad intelectual que el espectador notará más vacía e inhumana que la positividad de Andrew.


En sí misma, una película que no es oscura, ni profunda en exceso, que cede su importancia a los diálogos y que, pese a su ritmo lento, parece avanzar con rapidez por los años, dejando escapar acontecimientos para centrarse en los momentos esenciales de la vida de este hombre bicentenario. La música de James Horner, acompañada de algunas escenas de fotografía preciosa, funciona perfectamente en un film que no se preocupa en mostrar sentimientos y una vida sencilla, donde hay evolución tecnológica, pero los humanos mantienen sus costumbres más rudimentarias: bailan, se casan, pasean por la playa... y mueren. La profundidad se encuentra en los matices solemnes de esta película que renuncia al efectismo para hablar al corazón.

Chris Columbus sabía bien a lo que se enfrentaba y parecía tener clara la función familiar de esta película. No podemos comentar el nivel de adaptación del relato de Asimov o de la novela escrita por Asimov y Silverberg, por lo que desconocemos su fidelidad o la fuerza de sus escritos, que seguramente sean si no igual de estimulantes, seguramente aún más; no obstante, Columbus ha sido fiel a una marca donde importan los personajes, la familia, la infancia y la evolución personal. Guionista de films como Gremlins (1984) o El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), así como director de Solo en casa (Home Alone, 1990), Mrs. Doubtfire (1993) o las dos primeras entregas de Harry Potter (Harry Potter y la piedra filosofal, 2001; Harry Potter y la cámara secreta, 2002), ha demostrado cierta solvencia en esta clase de cine y una cercanía reconocible por la ciencia ficción o la fantasía.


En definitiva, una película humana, cuyos seguidores recuperarán su visionado con el tiempo para recordar una historia sobre la madurez de la condición humana, sobre sentimientos y sobre los detalles que, sin darnos cuenta, forman parte de nuestra vida y son un don preciado que ignoramos en nuestra cotidianidad. Sensible, sin duda, pero no por ella despreciable.

Escrito por Luis J. del Castillo




La gran boda, de Justin Zackham

12 junio, 2013

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Con motivo de la boda de su hijo adoptivo Alejandro (Ben Barnes) con Missy (Amanda Seyfried), Ellie Griffin (Diane Keaton) vuelve a su antiguo hogar diez años después de que su marido Don (Robert De Niro) la engañara con su mejor amiga Bebe (Susan Sarandon), con la que vive desde entonces. Pero, cuando Alejandro les anuncia que su madre biológica (Patricia Rae) asistirá a la boda y que, debido a sus estrictas creencias religiosas, no debe saber que Ellie y Don están divorciados, éstos se verán obligados a aparentar que son un matrimonio feliz, y Bebe tendrá que salir de escena.


Robert De Niro, al que vimos recientemente en el film El lado bueno de las cosas, repite como padre y marido protagonista, al que la boda de su hijo adoptado le invade de felicidad y entusiasmo, aunque no sea consciente de que también amenaza con desmontar su tranquila vida. Sus dos mujeres, la divorciada y su actual compañera, están interpretadas por Diane Keaton y Susan Sarandon, y ambas brillan especialmente en compañía de De Niro, que es, sin duda, de los mejores papeles de la película. Como secundarios tenemos a Amanda Seyfried (la entrañable Cossete en Los Miserables), Catherine Heigl (protagonista de la divertida La cruda realidad) y Robin Williams, que interpreta al extravagante cura católico y alcohólico.


Con momentos que pueden recordar a películas como El padre de la novia o Los padres de ella, el guión gira en torno a una familia americana no precisamente tradicional, pero que saben vivir en armonía entre un matrimonio fracasado, una hija alejada de su padre que guarda un (previsible) secreto, un hijo treintañero aún virgen, y otro hijo que es adoptado, Alejandro, protagonista y feliz novio de la gran boda, que realmente quedará en segundo plano debido a las tramas familiares. Alejandro teme decepcionar a su familia biológica si les cuenta este surrealista panorama, compuesta por una madre católica y una hermana algo liberal; es entonces cuando decide sacrificar a su familia de acogida con una mentira que, como cabía esperar, no llegará muy lejos.


Un gran pilar de la película lo constituye el reparto, que es lo que hace que la historia no se olvide al instante de salir de la sala. Cuenta con nombres tan importantes como Robert de Niro, Susan Sarandon, Diane Keaton, Katherine Heigl, Amanda Seyfried, Robin Williams o Ben Barnes. Justin Zackham, el joven director de este film, ya tuvo la oportunidad de dirigir a otros dos grandes de la escena, Morgan Freeman y Jack Nicholson, en la comedia dramática Ahora o nunca. En esta ocasión, escribe y dirige esta comedia de enredo, a su vez remake de la coproducción franco-suiza Mon frère se marie, cuyos momentos de humor son, al igual, constantes y fantásticos.


Pero en La gran boda encontraremos también momentos para reflexionar, en los que profundizan en realidades sociales actuales como los desengaños amorosos, los problemas para tener un hijo o las relaciones inestables, aportando sensibilidad y empatía con el espectador sin llegar a ser lacrimógeno o irritante. Es un hecho que marca la diferencia para encariñarse con las historias y sus protagonistas. Y, aunque es posible que la película no aporte nada nuevo al género y las situaciones recuerden a otras anteriormente vistas, hay determinados momentos, entre ellos, grandes giros y sorpresas humorísticas, que harán soltar alguna carcajada y mantener la sonrisa y la lágrima encogidas, fundamental para un film que, sin llegar a obra maestra, nos llegará al corazón.


Escrito por Mariela B. Ortega


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