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Adaptaciones (XXXVII): Harry Potter y la cámara secreta, de Chris Columbus

08 marzo, 2015

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Regresamos al mundo de magia y fantasía que creó J.K. Rowling en sus libros y que fueron trasladados a la gran pantalla entre 2001 y 2011. En la segunda entrega, Harry Potter y la cámara secreta, Chris Columbus (1958), director de la primera, se puso de nuevo a los mandos de la película, creando una línea continuista con la forma en que se había desarrollado la anterior adaptación, incluyendo el tono amable y de tintes más infantiles, aunque dentro de una trama más oscura, las decisiones formales, como la estructura de los decorados, cierta preferencia por tonos cálidos, la recuperación por parte de William Ross de temas musicales de Harry Potter y la piedra filosofal junto a nuevas composiciones de John Williams y prácticamente el mismo equipo técnico que en la primera ocasión, y la intención de realizar una adaptación fiel a los libros, consiguiendo precisamente que los lectores la consideren la obra con más fidelidad a lo escrito por Rowling, aunque ello alargara innecesariamente el metraje.


En este segundo año en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, Harry Potter (Daniel Radcliffe), nuestro joven mago protagonista, hará frente a una amenaza ancestral: la herencia de uno de los fundadores de la escuela, Salazar Slytherin. Precisamente en este nuevo enemigo encontramos una aventura con tonos más oscuros, incluyendo víctimas petrificadas que pudieran haber muerto, así como una situación que deja a la institución al borde del cierre. Desde el divertido prólogo en casa de los Dursley y la travesura con un coche volador por Londres con su amigo Ron Weasley (Rupert Grint) se nos avisa de acontecimientos extraños, que se irán revelando conforme la película vaya alejándose de este ambiente más ameno hacia la trama relativa a los petrificados.

Sin duda, en esta segunda entrega aumenta la presencia de seres mágicos que van creando y contextualizando el mundo mágico en el que se adentró Potter el año anterior. Comenzando por Dobby, el elfo doméstico, y terminando por el temible basilisco, incluyendo a las mandrágoras, a arañas parlantes y hasta a un coche mágico, un Ford Anglia, capaz de adentrarse en el Bosque Oscuro y convivir con los seres que allí habitan. En todos ellos hay una mezcla entre los viejos efectos especiales y la tecnología digital, aún algo evidente, pero que funciona para recrear la magia de los libros. Curiosamente, en el enfrentamiento con el basilisco se realizan planos y contraplanos que recuerdan a las antiguas películas de héroes contra criaturas mitológicas, imitando por ejemplo a Los nibelungos (Fritz Lang, 1924), donde el enfrentamiento entre Sigfrido y el dragón es bien similar al de Harry con la gran serpiente, cuestiones técnicas y color aparte. Precisamente en este tramo final se puede notar cómo Columbus prefirió cámaras de mano en esta película para permitirse mayor movimiento.


Pero también se incluyen otras ideas, como el racismo entre magos, heredado de los pensamientos del villano Lord Voldemort y sus antecesores magos oscuros, quienes, al igual que en el nazismo o al colonialismo europeo (que no fue el caso español) en América, consideraba que debía existir una raza pura de magos, los denominado sangre limpia, frente a los sangre sucia, magos de ascendencia muggle. O la esclavitud de seres mágicos, como es el caso de los elfos domésticos, que se ven obligados a deber lealtad a las familias mágicas a las que pertenecen y cuya libertad solo es posible con el préstamo de una prenda de vestir.

Ambas ideas, introducidas en esta aventura, se desarrollarán en el resto de la saga, aunque la segunda solo lo haga realmente en los libros, con el personaje de Hermione Granger (Emma Watson) como la máxima defensora de la libertad y los derechos de estas criaturas en el futuro. Estas tramas nos muestran ideas de carácter más adulto, que no estaban presentes en la primera entrega y que, aunque sea de manera incipiente, anuncian la evolución y la maduración de los personajes y de su historia.


El esquema argumental es similar en las primeras historias de la saga. Si en la anterior, el trío protagonista tenía la certeza de saber quién era el malvado, investigaron con éxito relativo, con resoluciones acertadas casi por azar, y al final su suposición era falsa, en esta ocasión suceden hechos similares.

Las investigaciones que llevan a cabo, incluyendo la interesante poción Multijugos o el uso de un diario mágico escrito hace cincuenta años, no ofrecen demasiado resultados, será precisamente la pista que Hermione deja a sus amigos la que lleve a la conclusión adecuada, la confianza depositada en un profesor como Gilderoy Lockhart (Kenneth Branagh), personaje que aglutina en esta segunda película la mayoría de bromas, sustituyendo, junto a Dobby y a un forzado Ron (por la actuación de Rupert en esta ocasión), la función que hacía Hagrid (Robbie Coltrane) en la primera, o el antagonista final, ayudado por un personaje inesperado, son elementos que, pese a estar cambiadas sus características, nos presentan una aventura similar a la anterior dentro de su esquema. No obstante, lo interesante de esta aventura, y su gracia, está en los cambios introducidos y en la resolución final, con monstruo incluido y con la presencia, de nuevo, de un Voldemort oculto (Christian Coulson), de regreso gracias a sus recuerdos.


Otra cuestión más trabajada en esta entrega, que será un hilo argumental continuo en toda la saga, es el conflicto interno de Harry entre sus ideales y su naturaleza. Si ya en la anterior película lo veíamos debatir con el Sombrero Seleccionador sobre la casa de Hogwarts a la que pertenecer, en esta nos encontramos dubitativo: ser capaz de hablar con serpientes y con capacidades más similares a las de Slytherin, se cuestiona si su destino debiera ser distinto.

Este problema de la identidad, frecuente además en la adolescencia, se acrecienta en una persona como Potter debido al cambio de vida producido al conocer la magia y, también, al ver cómo algunas de sus características son más parecidas a las de su archienemigo, Voldemort, que a las de un buen mago. Sin embargo, la película señala cómo somos nosotros, con nuestra determinación, los que escogemos qué queremos ser. La aparición de la espada de Gryffindor así como del fénix Fawkes en el momento oportuno desvelan cómo Harry, a pesar de compartir tanto con su enemigo, es otra persona distinta, con valores y actitudes diferentes, aunque ello no evite que vuelva a dudar de sí mismo en el futuro. No en vano estamos en una saga donde las falsas apariencias juegan un factor muy importante.


En este sentido, podemos concluir que estamos ante una película similar en su forma y su contenido a la primera, tanto por el trabajo de Columbus como por el argumento recogido de ambas adaptaciones, pero que incluye variantes que anuncian el tono más oscuro y adulto en el que se irá adentrando la saga. No obstante, para ello, no se olvidan del humor, de la acción y, sobre todo, de la magia, contando a su vez con un reparto de excelentes actores, cuya presencia disminuye por la falta de importancia de sus personajes en el argumento.

Tenemos los casos de Maggie Smith como Minerva McGonagall, Alan Rickman como Snape o Warwick Davis como Filius Flitwick. Por otra parte, y lamentablemente, tuvimos que despedirnos de Richard Harris como Albus Dumbledore al fallecer el actor antes del estreno de la que fue su última película, sería sustituido en la siguiente, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, por Michael Gambon. Debido también a la trama, se incorporan o tuvieron algo más de presencia actores como Miriam Margolyes, en el papel de la simpática profesora de Herbología, Pomona Sprout, Shirley Henderson como la carismática fantasma Myrtle la llorona, Jason Isaacs como Lucius Malfoy, el enemigo en la sombra de la película, Mark Williams y Julie Walters como el matrimonio Weasley, y la joven Bonnie Wright como Ginny Weasley, cuya presencia es menor, pero importante para el argumento.

En el centro, Miriam Margolyes junto a Chris Columbus sujetando una mandrágora
Chris Columbus consiguió crear las bases del mundo mágico de Harry Potter en estas dos primeras entregas y supo abrir el camino trabajando en la primera con la infancia y la ilusión por un mundo de grandes posibilidades y adentrando los tonos sombríos necesarios en la segunda, hacia la adolescencia tormentosa que experimentaríamos en el resto de la saga.

Como anécdota final, podemos señalar que se menciona a la cárcel de Azkaban en esta película, que tendrá mucha importancia en la siguiente y cuyo peligro real solo se entenderá con el siguiente argumento; también el hecho de que Lucius Malfoy, en la escena final con Harry, pretende emplear el hechizo Avada Kedavra, cuyo significado solo se descubre en la cuarta entrega, y que de no ser por Dobby, hubiera resultado fatal para nuestro protagonista. Son algunos guiños de elementos que, aunque aún no se han explicado, no por ello no existían en el mundo mágico.

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XXXVI): Harry Potter y la piedra filosofal, de Chris Columbus

28 enero, 2015

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En 1997 llegaba a las librerías el inicio de las aventuras de un joven mago, prácticamente un niño de leyenda en un mundo mágico: comenzaba la saga de Harry Potter. Literatura que evolucionó desde la aventura de corte más infantil hasta cierta madurez juvenil, pasando por la rebeldía adolescente, en el total de siete libros que componen la obra que permitió a J.K. Rowling hacerse un hueco en las letras inglesas.


No obstante, fueron las adaptaciones cinematográficas las que supusieron un incremento de la popularidad del joven mago hasta cotas inesperadas, arrastrando consigo una gran subida en ventas de los libros y la creación de toda una legión de seguidores que aún hoy, después de cuatro años del estreno de la última película, sigue activa. Son muchos los que han celebrado que esta saga literaria contenga una calidad considerable y haya sabido crear un rico universo paralelo de magia verosímil y que transcurre con sólidos valores y una gran cantidad de personajes bien dibujados, consiguiendo alzarse como una lanza a favor de la literatura juvenil, que desde entonces vivió un boom cuyas consecuencias, tanto buenas como malas, llegan hasta hoy.

J. K. Rowlings
Fue el lanzamiento en 2001 de Harry Potter y la piedra filosofal, bajo la dirección de Chris Columbus, la que iniciaría la franquicia cinematográfica y daría pie, junto al éxito de El señor de los anillos: La comunidad del anillo (Peter Jackson, 2001), al interés por adaptar otros éxitos de la literatura juvenil fantástica, como Las crónicas de Narnia, de C.S. Lewis, o nuevos éxitos literarios, como las sagas de Percy Jackson o la iniciada por Crepúsculo, de Stephenie Meyer, esta última condujo a la expansión de novelas de corte romántico con vampiros y demás criaturas mágicas.

También distopías juveniles, con Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, como principal ejemplo. Ejemplos recientes como la película El corredor del laberinto (Wes Ball, 2014) o Divergente (Neil Burguer, 2014) son testigos de esta tendencia que sigue aún vigente. Pero el inicio de esta tendencia la encontramos en el mago inglés. No nos referimos a que desde el lanzamiento de Harry Potter se hayan comenzado a adaptar libros, algo que se lleva haciendo desde los inicios del cine, sino que se ha tendido a unir los éxitos editoriales juveniles con sus adaptaciones a la gran pantalla.

Cuando pensamos en el cine para niños y jóvenes podemos referirnos a dos décadas recientes, pero bien diferenciadas: los años ochenta y los años noventa. En la primera, fuimos testigos de una época de interesantes propuestas de cine de fantasía que se relacionan con la tendencia actual, aunque al contrario que ahora abundaran entonces, afortunadamente, los guiones originales. Algunas de estas películas forman parte de la infancia de toda una generación y surgen desde el éxito de la primera trilogía de Star Wars (George Lucas, 1977-1982), las primeras aventuras de Indiana Jones (1981-1989, época que abarcan las primeras tres películas) o piezas tan exquisitas como E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), que ya introducía a un grupo de niños, con especial atención a Elliot, como protagonistas.


Posteriormente, las aventuras de niños y su unión con elementos fantásticos tomaron forma en obras como La historia interminable (The Neverending Story, Wolfgang Petersen, 1984), Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985) o Dentro del laberinto (Laberynth, Jim Henson, 1986). Algunas de estas aventuras siguen el espíritu de la saga literaria, que se publicó entre los cuarenta y los sesenta, de Los cinco, de Enid Blyton. Incluso tuvimos una versión cinematográficamente juvenil de Sherlock Holmes en El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, Barry Levinson, 1985).

Por su parte, los noventa estuvieron marcados por el acentuado éxito de Disney con una serie de películas que mantuvieron a la factoría animada en lo más alto, así como imitaciones de ese género de fantasía aunque de menor calidad. Tendríamos que esperar hasta la adaptación del primer volumen de Harry Potter para volver a vislumbrar algo similar al éxito de este formato que ya existía en los años ochenta, pero basándose en este caso en la fama de la saga literaria.

Chris Columbus (derecha) dirigiendo una escena de la obra
No nos debería resultar curioso que fuera Chris Columbus quien se encargara de la dirección de las dos primeras películas y productor de la tercera, sobre todo si tenemos en cuenta su labor en películas de corte familiar y su labor como guionista en algunas de las obras mencionadas de los años ochenta. Su elección fue de las más complejas junto a la del intérprete de Harry Potter, habiendo rechazado la dirección un cineasta como Steven Spielberg y declinadas las propuestas de Terry Gilliam, Alan Parker, Wolfgang Petersen, Rob Reiner, Night Shyamalan, Peter Weir o Mike Newell (quien acabaría realizando la cuarta adaptación de la saga), entre otros.

Centrándonos ya en la película en concreto, tenemos ante nosotros la apertura de esta franquicia, que ahondará en una historia que nos presenta la lucha entre el bien y el mal, pero sirviéndose a su vez de la evolución de unos personajes que son completamente humanos y que experimentan el paso desde la infancia de esta primera película hasta la madurez de la última. Partimos así de la ilusión que despliega esta primera obra, donde un huérfano de once años vive pésimamente bajo el techo (y las escaleras) de sus tíos, quienes muestran un gran desprecio por el crío y una gran adoración por su hijo Dudley.


Sin embargo, Harry desconoce que en el mundo mágico él es el gran mago que consiguió derrotar al maligno Lord Voldemort, un malvado hechicero que sembró la oscuridad y el caos, acabando con muchos inocentes, entre los que se encontraban sus padres. El encuentro con esta realidad le hará embarcarse en su primer curso en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, donde afrontará una nueva vida basada en la amistad, el compañerismo y, por supuesto, la magia.

A través de una trama autoconclusiva, que forma parte del éxito de cada pieza de esta saga, se nos presenta una aventura basada en un misterioso objeto, la piedra filosofal, cuyas propiedades lo convierten en objeto de deseo de un tenebroso mago. Las averiguaciones de Harry y sus amigos se desarrollan en la película con la intención de proteger la piedra y desenmascarar al culpable, aunque ello pueda repercutir negativamente para los puntos de su casa, Gryffindor, y para su propia vida, en constante peligro.


Junto a ello, la presentación al espectador de un mundo mágico regido por una serie de normas bien construidas, con la vida cotidiana de un colegio de magia que incluye sus divertidas, así como severas, clases. A todo ello ayuda mucho el gran reparto de la obra, que tiene grandes intérpretes británicos como Maggie Smith, en el papel de la severa, pero agradable profesora McGonagall, Alan Rickman, como el temible profesor Severus Snape, Ian Hart como el tartamudo profesor Quirrell, Robbie Coltrane como el afable y cariñoso Hagrid o Richard Harris como el famoso y sabio director Albus Dumbledore.

También debemos mencionar las participaciones de Warwick Davis como el simpático profesor Flitwich, Julie Walters como la madre de los Weasley, John Hurt como el vendedor de varitas mágicas Ollivander, John Clesse como el fantasma Nick, Richard Griffiths y Fiona Shaw como los estrictos tíos Dursley.


Su actitud al afrontar las actuaciones dentro de un mundo de magia como este son admirables, dada su seriedad y sobriedad al ocupar sus roles. Seguramente no sean personajes excesivamente desarrollados en la película, simplemente a través de pinceladas sutiles, pero necesarias para marcar claramente su personalidad. El desarrollo de alguno de ellos se reserva para la continuación del resto de la saga, mientras que otros cumplen en esta obra con todo lo que se les podía requerir.

El centro de atención recae en el trío protagonista. Harry Potter, interpretado por Daniel Radcliffe, sirve como reflejo de marginación y exclusión en una primera parte hacia una figura llena de coraje y ganas de vivir, aunque invadido también de una melancolía que se remarca en algunas escenas de manera clara, como en el encuentro con el espejo de Oesed. Pese a haber encontrado su lugar en el mundo, la sensación de pérdida, sobre todo estando tan cerca de lo que se supone fueron sus padres, se mantiene durante la película insuflándole una profundidad mayor al carácter del personaje.


Menos elaborados, pero muy bien perfilados, sus compañeros Ron Weasley, interpretado por Rupert Grint, y Hermione Granger, papel de Emma Watson. El primero destaca por ser perezoso y torpe, aunque también demuestra un gran sentido de la amistad y fidelidad, así como arrojo en los momentos necesarios. La segunda, por su parte, destaca en su capacidad intelectual, algo pedante, pero de un gran corazón; pese a no comenzar bien su relación con Potter o Weasley, una vez que comience su amistad, no se despegará de ambos y será vital para el avance de la aventura.

También podemos tener presentes al despistado e inocente Neville (Matthew Lewis) o al rival de Harry y sus amigos, Draco Malfoy (Tom Felton), arrogante y engreído personaje que hará las veces de matón y de chivato, cuyas participaciones son relevantes para esta historia.


La película se desarrolla con una cinematográfica clásica, sin experimentos innecesarios. Sobran algunos primeros planos, que resultan innecesarios, de la misma forma que hubiera sido interesante ver algo más de tradición en los efectos especiales, prácticamente digitales en su mayoría, que hoy en día han perdido algo de calidad, siendo más visibles sus desperfectos, aunque en su momento fueron sorprendentes.

En este sentido, destaca el tramo final con las pruebas a las que se deben enfrentar los personajes, el cancerbero Fluffy o el pequeño dragón Norberto; más deslucidas han quedado la apertura del Callejón Diagon o el partido de Quidditch. También debemos mencionar la bella fotografía de los paisajes o de alguna de las secuencias, como la elipsis del paso del tiempo a través del vuelo de una lechuza, la llegada a Hogwarts a través del lago o el trayecto del tren.


La música de John Williams resulta imprescindible en el éxito de la película, logrando crear toda una serie de leitmotivs que se reiteran con acierto en el desarrollo de las escenas así como un tema principal inolvidable, reutilizado en el resto de la saga con distintas tonalidades. Su manera de remarcar las escenas melancólicas aumenta la emoción de secuencias sin diálogo alguno, de la misma forma que logra subrayar la magia de esta película y aportar más fuerza a la acción. Se trata de un toque musical muy relacionado con otras películas exitosas donde Williams ha participado, lo que nos demuestra que lo tradicional funciona perfectamente.

En definitiva, un buen inicio de la saga que sabe entremezclar las aventuras mágicas, el humor y la ilusión que despiertan esta clase de relatos, que además marca de manera especial el inicio del siglo XXI e influyó en una generación de lectores y espectadores. Además de una adaptación fiel a la obra original, sobre todo a su espíritu, aunque omita, altere o incluya situaciones y hechos. Pero lo importante es que se trata de una buena película desarrollada de una manera tradicional, contando cuestiones con las que todos nos hemos sentido identificados: la soledad, la amistad, la ilusión y el deseo de mejorar. Así inició Harry Potter la historia de una década y así la hemos querido recordar hoy.


Escrito por Luis J. del Castillo


Señora Doubtfire, papá de por vida, de Chris Columbus

04 octubre, 2014

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Un matrimonio desigual en caracteres confirma su fin cuando la esposa, hastiada del comportamiento infantil de su marido, decide divorciarse. Comienza entonces la disputa legal por la custodia de los tres hijos, motivo central de esta película que ahoga el drama y la reflexión social con la comedia, aunque aporte los matices necesarios para comprender que detrás del humor realizado bajo la batuta de Robin Williams se encuentra una historia que aduce valores mayores.

Chris Columbus planteó esta comedia familiar de tono blanco en 1993 donde promueve algo evidente, pero que a la sociedad le ha costado aceptar: el divorcio como algo normal donde la mejor opción es entablar una relación cordial que ayude a la estabilidad de la desestructurada familia. Resulta obvio y ya hasta tópico que los mayores afectados en estas decisiones son los hijos, que en muchas ocasiones se ven expuestos a las peleas de sus padres y pueden llegar a sentirse culpables. Mrs. Doubtfire (1993) muestra entre sus mensajes que no importa cuánto se puedan odiar los padres, el amor hacia los hijos no tiene relación, o no debería, con este caso.

Chris Columbus dirigiendo a Robin Williams (Extraída de MovieStillsDB.com)
El punto fuerte de la comedia lo supone la creación de la niñera, la señora Doubtfire, que permite a través del travetismo de Williams toda una serie de escenas humorísticas y el despliegue de un actor que ya tenía experiencia en sketches de este tipo, todo apoyado con una excelente labor de cambio de voces mediante su capacidad de doblador, tal y como muestra el inicio de la cinta (y como el propio Williams había demostrado en Aladdín, en 1992). Cabe destacar el tono en que empieza el metraje: mezclando el humor del personaje con su responsabilidad como padre, especialmente ante el rechazo de mandar a los niños el mensaje de que fumar es positivo.

Sin embargo, pronto notamos que Daniel Hillard es en gran parte un niño grande, otro papel que Williams desempeñó en multitud de ocasiones: un hombre irresponsable que concede los caprichos más extravagantes a sus hijos, incapaz de mantener el trabajo, aunque en esta ocasión sea por defender un ideal justo.


Este tipo de personajes suelen ensombrecer a los que hay a su alrededor, lo que provoca en gran parte que el papel de otros personajes, como la madre, Miranda (Sally Field), el galán Stuart (Pierce Brosnan), o la agente social Gloria (Polly Holliday), sirvan de contrapunto, hasta llegar a resultar unos roles sosos, agotados frente al histrionismo presente. No ayuda el hecho de que ninguno de los otros actores principales sepan otorgar carisma o fuerza a sus interpretaciones.

Tan solo la presencia de la pareja homosexual, también presentada con total naturalidad, aunque con un claro cliché, sirve para agolpar el resto de chistes. Hay, a su vez, toda una serie de guiños cinematográficos, como la mención a Norman Bates o el maquillaje similar a ciertas estrellas del momento.

 
La cinta, por otra parte, se puede diseccionar en dos partes: el conflicto inicial del divorcio y la resolución de Daniel en ver a sus hijos aunque sea travestido en niñera británica, cuestión que acaba en éxito y, finalmente, una segunda parte donde se va descubriendo poco a poco tras unas escenas de cierta emotividad tanto con sus hijos como con su mujer.

El hecho de acercarse a ellos como una desconocida hace evolucionar al personaje, que comenzará a comportarse tal y como su mujer hubiera esperado: con más rigidez frente a sus hijos, pero sin abandonar el cariño, con atención al hogar y a la cocina, supliendo la ausencia materna, y siendo más responsable al comprender los errores que había cometido en el pasado. No obstante, esto no supone una reconquista: el divorcio es firme, aunque la situación pierda la tensión anterior, como demuestra el enfoque al rostro de Miranda durante el juicio de custodia.


Los niños del reparto no resultan repelentes y funcionan bastante bien en escena. Entre ellos encontramos a dos actrices infantiles y juveniles que gozaron del favor de crítica y público, como Mara Wilson, conocida también por su papel en Matilda (1996), o Lisa Jakub. También el joven Matthew Lawrence, que fue conocido posteriormente por participar en la serie Yo y el mundo (Boy meets world, 1997-2000).

En definitiva, una película que deja entrever temas serios con naturalidad y entremezclados con el humor y el carisma de un Robin Williams en plena efervescencia, quizás demasiado histriónico en ciertas escenas, pero disfrutable gracias a un humor para toda la familia. Se reirán en alguna ocasión, aunque pueda resultar artificioso en algunos tramos.

Escrito por Luis J. del Castillo


El hombre bicentenario, de Chris Columbus

16 septiembre, 2014

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Los nombres de Asimov y Silverberg están ligados a la ciencia ficción en una carrera larga y profunda. No es de extrañar, pues, que a la hora de adaptar sus relatos, estos cobren cierto magnetismo, aunque no siempre a gusto de todos. El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999) abre ambos frentes, por una parte, la crítica la tachó de sensiblera, mientras que, por otra, una gran parte del público la ha encontrado como una hermosa historia y, de nuevo, sobre la condición humana.

NDR-114 (Robin Williams) es un robot de servicio doméstico en un futuro indefinido, aunque más adelante descubriremos que se referían al pasado año 2005, lo cual le hace perder a la película su atemporalidad, entra a formar parte de la familia Martin como un siervo que obedece los tres principios básicos de la robótica.

Sin embargo, su dueño, Richard Martin (Sam Neill), descubrirá pronto que no es un robot cualquiera, sino que está desarrollando sentimientos y una personalidad definida, capaz de tener creatividad al mismo nivel que los humanos.

A partir de esta premisa, seremos testigos de la evolución personal de este robot que, con el tiempo, pasará a ser más humano, sobre todo gracias a las relaciones con la familia Martin: el padre de familia, Richard, que será quien le defienda en su avance, aunque sin llegar a aceptar su libertad de manera completa, Amanda Martin (Hallie Kate Eisenberg/Embeth Davidtz), pequeña miss, quien se llegará a enamorar de él pese a la imposibilidad de ese amor, o Portia Charney (Embeth Davidtz), quien le acompañará en los últimos pasos hacia su humanidad.


La película se define claramente en dos partes, la primera donde el robot pasará de ser un siervo a ser libre, donde se ahondará en los prejuicios o en la esclavitud, y la segunda, donde nos encontraremos en la búsqueda de Andrew por un lugar en el mundo más allá de una vida eterna como robot, insuficiente para alguien que siente, aunque no sea capaz de llorar, reír o dolerse. La maduración de este ser inunda el film, que nada entre el drama con ciertos diálogos que pueden catalogarse de sensibleros, pero que nos dejan frases memorables sobre la condición humana, y un humor blanco, centrado sobre todo en los juegos de palabras y que tiene mucha relación con la forma de entender el mundo desde una manera lógica a la manera más humana. Este mismo humor, que ha sido tachado de excesivamente familiar, también lo encontramos, con más profundidad, en la relación de Spock o con el resto de la tripulación del Enterprise en Star Trek, aunque no es, ni será, el único caso. Podemos tener en cuenta también el film posterior de Steven Spielberg, A.I. Inteligencia Artificial (2001), que explora una historia similar, pero con mayor crudeza y un intento de parecer más profunda.

No hay molestia en un personaje como Andrew, al que vemos madurar, aunque mantenga una actitud similar en casi todo el film, sino más bien en otros personajes que se estancan en clichés, como la hermana mayor de la familia Martin, Grace, el presidente de Northam Robotics, Dennis Mansky (Stephen Root), o el abogado Lloyd Charney, todos ellos mostrándose en contra del robot con actitudes racistas y una mirada de superioridad intelectual que el espectador notará más vacía e inhumana que la positividad de Andrew.


En sí misma, una película que no es oscura, ni profunda en exceso, que cede su importancia a los diálogos y que, pese a su ritmo lento, parece avanzar con rapidez por los años, dejando escapar acontecimientos para centrarse en los momentos esenciales de la vida de este hombre bicentenario. La música de James Horner, acompañada de algunas escenas de fotografía preciosa, funciona perfectamente en un film que no se preocupa en mostrar sentimientos y una vida sencilla, donde hay evolución tecnológica, pero los humanos mantienen sus costumbres más rudimentarias: bailan, se casan, pasean por la playa... y mueren. La profundidad se encuentra en los matices solemnes de esta película que renuncia al efectismo para hablar al corazón.

Chris Columbus sabía bien a lo que se enfrentaba y parecía tener clara la función familiar de esta película. No podemos comentar el nivel de adaptación del relato de Asimov o de la novela escrita por Asimov y Silverberg, por lo que desconocemos su fidelidad o la fuerza de sus escritos, que seguramente sean si no igual de estimulantes, seguramente aún más; no obstante, Columbus ha sido fiel a una marca donde importan los personajes, la familia, la infancia y la evolución personal. Guionista de films como Gremlins (1984) o El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), así como director de Solo en casa (Home Alone, 1990), Mrs. Doubtfire (1993) o las dos primeras entregas de Harry Potter (Harry Potter y la piedra filosofal, 2001; Harry Potter y la cámara secreta, 2002), ha demostrado cierta solvencia en esta clase de cine y una cercanía reconocible por la ciencia ficción o la fantasía.


En definitiva, una película humana, cuyos seguidores recuperarán su visionado con el tiempo para recordar una historia sobre la madurez de la condición humana, sobre sentimientos y sobre los detalles que, sin darnos cuenta, forman parte de nuestra vida y son un don preciado que ignoramos en nuestra cotidianidad. Sensible, sin duda, pero no por ella despreciable.

Escrito por Luis J. del Castillo




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