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El hombre bicentenario, de Chris Columbus

16 septiembre, 2014

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Los nombres de Asimov y Silverberg están ligados a la ciencia ficción en una carrera larga y profunda. No es de extrañar, pues, que a la hora de adaptar sus relatos, estos cobren cierto magnetismo, aunque no siempre a gusto de todos. El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999) abre ambos frentes, por una parte, la crítica la tachó de sensiblera, mientras que, por otra, una gran parte del público la ha encontrado como una hermosa historia y, de nuevo, sobre la condición humana.

NDR-114 (Robin Williams) es un robot de servicio doméstico en un futuro indefinido, aunque más adelante descubriremos que se referían al pasado año 2005, lo cual le hace perder a la película su atemporalidad, entra a formar parte de la familia Martin como un siervo que obedece los tres principios básicos de la robótica.

Sin embargo, su dueño, Richard Martin (Sam Neill), descubrirá pronto que no es un robot cualquiera, sino que está desarrollando sentimientos y una personalidad definida, capaz de tener creatividad al mismo nivel que los humanos.

A partir de esta premisa, seremos testigos de la evolución personal de este robot que, con el tiempo, pasará a ser más humano, sobre todo gracias a las relaciones con la familia Martin: el padre de familia, Richard, que será quien le defienda en su avance, aunque sin llegar a aceptar su libertad de manera completa, Amanda Martin (Hallie Kate Eisenberg/Embeth Davidtz), pequeña miss, quien se llegará a enamorar de él pese a la imposibilidad de ese amor, o Portia Charney (Embeth Davidtz), quien le acompañará en los últimos pasos hacia su humanidad.


La película se define claramente en dos partes, la primera donde el robot pasará de ser un siervo a ser libre, donde se ahondará en los prejuicios o en la esclavitud, y la segunda, donde nos encontraremos en la búsqueda de Andrew por un lugar en el mundo más allá de una vida eterna como robot, insuficiente para alguien que siente, aunque no sea capaz de llorar, reír o dolerse. La maduración de este ser inunda el film, que nada entre el drama con ciertos diálogos que pueden catalogarse de sensibleros, pero que nos dejan frases memorables sobre la condición humana, y un humor blanco, centrado sobre todo en los juegos de palabras y que tiene mucha relación con la forma de entender el mundo desde una manera lógica a la manera más humana. Este mismo humor, que ha sido tachado de excesivamente familiar, también lo encontramos, con más profundidad, en la relación de Spock o con el resto de la tripulación del Enterprise en Star Trek, aunque no es, ni será, el único caso. Podemos tener en cuenta también el film posterior de Steven Spielberg, A.I. Inteligencia Artificial (2001), que explora una historia similar, pero con mayor crudeza y un intento de parecer más profunda.

No hay molestia en un personaje como Andrew, al que vemos madurar, aunque mantenga una actitud similar en casi todo el film, sino más bien en otros personajes que se estancan en clichés, como la hermana mayor de la familia Martin, Grace, el presidente de Northam Robotics, Dennis Mansky (Stephen Root), o el abogado Lloyd Charney, todos ellos mostrándose en contra del robot con actitudes racistas y una mirada de superioridad intelectual que el espectador notará más vacía e inhumana que la positividad de Andrew.


En sí misma, una película que no es oscura, ni profunda en exceso, que cede su importancia a los diálogos y que, pese a su ritmo lento, parece avanzar con rapidez por los años, dejando escapar acontecimientos para centrarse en los momentos esenciales de la vida de este hombre bicentenario. La música de James Horner, acompañada de algunas escenas de fotografía preciosa, funciona perfectamente en un film que no se preocupa en mostrar sentimientos y una vida sencilla, donde hay evolución tecnológica, pero los humanos mantienen sus costumbres más rudimentarias: bailan, se casan, pasean por la playa... y mueren. La profundidad se encuentra en los matices solemnes de esta película que renuncia al efectismo para hablar al corazón.

Chris Columbus sabía bien a lo que se enfrentaba y parecía tener clara la función familiar de esta película. No podemos comentar el nivel de adaptación del relato de Asimov o de la novela escrita por Asimov y Silverberg, por lo que desconocemos su fidelidad o la fuerza de sus escritos, que seguramente sean si no igual de estimulantes, seguramente aún más; no obstante, Columbus ha sido fiel a una marca donde importan los personajes, la familia, la infancia y la evolución personal. Guionista de films como Gremlins (1984) o El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1985), así como director de Solo en casa (Home Alone, 1990), Mrs. Doubtfire (1993) o las dos primeras entregas de Harry Potter (Harry Potter y la piedra filosofal, 2001; Harry Potter y la cámara secreta, 2002), ha demostrado cierta solvencia en esta clase de cine y una cercanía reconocible por la ciencia ficción o la fantasía.


En definitiva, una película humana, cuyos seguidores recuperarán su visionado con el tiempo para recordar una historia sobre la madurez de la condición humana, sobre sentimientos y sobre los detalles que, sin darnos cuenta, forman parte de nuestra vida y son un don preciado que ignoramos en nuestra cotidianidad. Sensible, sin duda, pero no por ella despreciable.

Escrito por Luis J. del Castillo




Todos los días de mi vida, de Michael Sucsy

18 agosto, 2014

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Inspirada en hechos reales, Todos los días de mi vida (The Vow, 2012) nos cuenta la historia de la lucha de un hombre por reconquistar de nuevo el corazón de su mujer, quien ha perdido la memoria. Paige (Rachel McAdams) cae en coma tras sufrir un accidente de coche junto a su marido Leo (Channing Tatum) y, aunque logra despertar, no recuerda nada de su vida actual ni de su matrimonio, por el que luchará Leo con todas sus fuerzas.


La película nos da a conocer una historia real, aunque de manera bastante artificial. Comenzando por el accidente que ambos sufren, recreado de una forma simplista, lenta e incluso absurda, pasando por la falta de empatía entre la pareja a la hora de afrontar la pérdida de memoria de Paige, quien se convierte en una estereotipada chica pija que sólo se fía de la opinión de sus padres. No parece haber perdido sólo la memoria, sino también su personalidad. Sin embargo, la actriz que la interpreta, Rachel McAdams, tiene un papel correcto entre los miembros del reparto, manteniéndonos acostumbrados a papeles de este tipo pero esperando más de ella en esta ocasión, tras verla en otras películas similares como El diario de Noa o Una cuestión de tiempo, visiblemente superiores.

Por otra parte, Channing Tatum tiene una presencia portentosa, pero su rostro siempre luce igual tanto en el drama como en la comedia. Su interpretación se queda escasa frente a su compañera protagonista, no llegando a transmitir la verdadera intención dramática y el trauma que aborda y necesita en su historia. Y es que la película contiene los tópicos y rasgos de la comedia romántica americana, con ligeros momentos de drama que no llegan a transmitir lo que realmente intenta expresar la historia original. Padres tópicos obsesionados por las apariencias (Sam Neill y Jessica Lange), chica pija que acaba en hipster, frases elocuentes sin chispa alternadas con bromas anodinas... son algunos de los rasgos que encontraremos en esta película.


Pero no todo es negativo, también encontraremos ciertos momentos de brillantez, como la primera conversación sincera entre Paige y su padre tras muchos años de ausencia, o los meses que pasan tras el encuentro definitivo entre Leo y Paige, ya que hubiera resultado ilógico un final precipitado con el único objetivo de reunirlos. Michael Sucsy nos acerca al amor de una pareja a través de sus vivencias artísticas, de sus recuerdos truncados. Paige, inmensamente creativa y amante del arte; Leo, un artista más sencillo, pero profundamente sensible, enamorado profundamente de su esposa y del arte que desprende. Y seremos testigos de cómo lo pierde súbitamente todo, arrastrado en la ansiedad de que su esposa ni siquiera lo reconozca.


El mensaje de la película es claro, aunque difiera mucho en las formas del libro en el que se basa. El amor, las segundas oportunidades y la energía que pervive en ellos es clave para hacer resurgir lo que un día nació. No es fácil, el enamoramiento deberá ser continuo, compuesto de frecuentes re-enamoramientos, de repetidas segundas citas, detalles, recuerdos y oportunidades, oponiéndose también a los repetidos miedos, malos recuerdos del pasado, rencillas u opiniones diferentes. Toda esta enumeración de adversidades aparece en la película, y logra ser vencida a través de pequeños momentos de ternura, en los cuales se permite que vuelva a resurgir la emoción y la cercanía. Como vemos, una película con momentos de emoción y ternura, pero que en la forma de ser abordada resulta poco creíble. No termina de alzar el vuelo, aunque merece la pena seguir el sendero que nos abre y quedarnos con las reflexiones que en él se pueden extraer. Aprovechemos el momento todos los días de nuestra vida, eso nunca lo debemos olvidar.



Escrito por Mariela B. Ortega


Parque Jurásico, de Steven Spielberg

10 febrero, 2014

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En un afán científico, pero sobre todo comercial, el empresario Hammond decide investigar sobre los dinosaurios para recrearlos en una isla que pasaría a convertirse en un gigante parque para turistas que quisieran disfrutar, por una considerable suma, de un espectacular zoo de dinosaurios vivos. Sin embargo, estos seres son excesivamente peligrosos, especialmente al resucitar, por cuestión de espectacularidad, especies carnívoras y, según pretende el film, realmente despiadadas. Fruto de esta ambición desmedida, ocurren los primeros incidentes, lo que provocará que los inversores decidan hacer una inspección mediante el ojo crítico de expertos en la materia; ahí entran en escena los protagonistas de esta historia, que descubrirán con asombro cómo su materia de estudio, extinguida en la realidad, ha cobrado vida en aquel negocio, el parque temático.

La historia pertenece en origen al libro homónimo de Michael Crichton, médico, escritor y director de cine de quien ya comentó nuestro compañero Javier su película Coma (1978), y fue causa de interés desde su publicación en 1990, hasta que Steven Spielberg consiguió los derechos. Del director norteamericano, denominado como Rey Midas de Hollywood poca presentación es necesaria, pues es conocido por casi todos por películas como la saga de Indiana Jones -especialmente la primera entrega, En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981)-, E.T. el extraterrestre (1982), La lista de Schindler (Schindler's List, 1993; del mismo año que la que hoy comentamos), Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), o de forma más reciente, Lincoln (íb., 2012); también de él comentó Javier el film 1941 (íb., 1979). Junto al célebre director, el propio Crichton junto a Malia Scotch Marmo y, especialmente, David Koepp, que además de guionista ha sido director de, entre otras, Sin frenos (Premium rush, 2012), otra reseñada en el blog que, además, muestra la gran versatilidad de tres de los grandes implicados en este film. 

Por cierto, recientemente pudimos verla en los cines en un innecesario 3D y, además, si no tuvimos suficiente con las dos secuelas de 1997 (The Lost World: Jurassic Park) y 2001 (Jurassic Park III), está pendiente una nueva trilogía a iniciar en 2015 con el título de Jurassic World.


El espectáculo estaba servido: toda una aventura con dinosaurios, el plato fuerte de la película que contaba, además, con unos efectos especiales admirados por todos para crear esta aventura de supervivencia en mitad de un parque temático. Los dinosaurios, auténticos protagonistas, viven pacíficamente como pueden en esta nueva realidad, actuando como seres instintivos que son, no podemos condenarlos aunque encontremos cierto maniqueísmo en el tratamiento de los famosos velociraptores o del gran Tyrannosaurus rex. La película, además, nos transmite el mensaje de que no controlamos a la naturaleza aunque lo pretendamos: los dinosaurios, como también pasa con los animales en el zoo, no siempre están dispuestos para agradar a los visitantes, y aún menos para vivir en un hábitat que puede resultar perjudicial para ellos. No entraremos a valorar si la base científica es verídica, ya hay muchas críticas a la veracidad de denominaciones, teorías científicas y demás cuestiones que, sin embargo, son verosímiles en la película, lo que en la ciencia ficción o en cualquier otro tipo de ficción es aceptable.

Los efectos especiales recreaban a la perfección unos completos dinosaurios donde se perdía lo artesanal, pero para hacerlo de forma brillante, tanto que aún hoy asombra. Los dinosaurios se encargan de protagonizar las mejores escenas del film, aquellas que desatan mayor tensión, como los coches atacados por el T. rex o la persecución en la cocina de los velociraptors que están al acecho de los niños. Por su parte, la parte humana está más hueca en su desarrollo. 


Si bien no podemos dudar de la labor de actores como Sam Neill o Richard Attenborough, la realidad es que el desarrollo de los personajes es bastante flojo, tan solo destacando pequeños aspectos, como el gusto por los niños del doctor paleontólogo Alan Grant (Sam Neill), la valentía de la doctora, experta en paleobotánica, Ellie Sattler (Laura Dern) o el sueño y la persistencia monetario de John Hammond; Richard Attenborough interpreta a este abuelete empresario del que incluso podemos sentir pena, pese a saber que sus acciones no son ni altruistas ni, mucho menos, científicas. Sobre esta cuestión, hay todo un aparato crítico a lo que rodea el parque temático que hay quienes lo han apreciado como un ejemplo de merchandising, todo una campaña que se ha valorado en algunos círculos como placement, publicidad encubierta dentro de la película, en lugar de, sin duda, observar la clara crítica a esta cuestión, pese a que, sin duda, se haya hecho caja en la realidad de todos los productos derivados de la cinta (¿aunque no es ese el propósito de toda empresa?).


En cuanto al resto, Sam Neill y Laura Dern tienen falta de química entre ambos, aunque individualmente se adecuen a sus papeles, especialmente Neill, y tampoco ayuda Jeff Goldblum como el matemático y teórico del caos, el doctor Ian Malcolm, único personaje que se mantiene igual a lo largo del metraje con una personalidad que no se aprovecha del todo. Los niños están ciertamente estereotipados, tanto en el caso de Joseph Mazzello en la piel del insistente y pesado niño Tim Muprhy, en la actitud de esos jóvenes fanáticos e insistentes así como cuasi periodista, como en el de Ariana Richards como la hermana mayor Lex Murphy, cuya mayor habilidad está en los ordenadores, seguramente una premonición de lo que son las nuevas generaciones tecnológicamente hablando. 

Los papeles menores son mínimos, destacando quizás el de Wayne Knight como Dennis Nedry, el encargado de estropear la utopía funcionando como una especie de antagonista dentro del espionaje empresarial, el personaje reluce antipatía; como curiosidad, la presencia de Samuel L. Jackson, como ingeniero de parque, y, como crítica, la esperpéntica actuación de Bob Peck como Robert Muldoon, oficial del parque y especie de cazador de dinosaurios.


La película se solventa mediante algunos Deus (o dinosaurus) ex machina bastante oportunos (y sorprendentes), que funcionan sobre todo para salvar al pequeño Tim. No obstante, no desmerece una aventura que aviva el gusto por los dinosaurios, esos seres que tanto nos fascinan, quizás porque nos hacen sentir pequeños e indefensos.

Escrito por Luis J. del Castillo


Para el sábado noche (I): En la boca del miedo, de John Carpenter

23 mayo, 2012

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¿Por qué comenzar esta sección sobre cine con En la boca del miedo? La respuesta sería, ¿por qué no?, ya que esta película plantea muy bien la distorsión o indefinición entre realidad y ficción, hasta tal punto que el personaje de esta ficción llega a plantearse dudas muy razonables acerca de lo que está viviendo como real. Nosotros, como espectadores, también participamos de esa indefinición. Así, al buscar una película que nos hable tanto de (buen) cine como de literatura o las artes en general (cine relacionado con otras artes), este modesto pero inspirado film de John Carpenter estrenado en 1994 se nos presenta como una sorpresa bajo el siempre atrayente envoltorio del fantastic o el terror.

Cartel de In the mouth of madness, distribuida por New Line Cinema
John Carpenter, director del film
No será la primera vez que Carpenter presente personajes que sufran una involución o tomen el desvío lovecraftiano de la locura, al no ser capaces de discernir la realidad. Ejemplos los hallamos en otras obras del autor como Christine (1983), El príncipe de las tinieblas (1987), Están vivos (1988) o la seminal La cosa (1982), donde lo real se funde con lo inaudito, lo inasible, orgánica y ontoló-gicamente. Como sabemos y apuntábamos antes, En la boca del miedo bebe de las fuentes del escritor norteamericano Howard Philips Lovecraft (1890-1937), un mundo poblado por personajes que no son lo que aparentan, y por unos seres indefinidos y viscosos, que son los que controlan a los pobres humanos a su antojo, como una antigua raza de dioses malvados y antediluvianos. Existen intentos de clasificar los seres inmundos imaginados y descritos por Lovecraft, que el lector podrá hallar con facilidad apenas indague en el fascinante y horroroso mundo del escritor de Providence.

Escena de la película con un plano del personaje de John Trent (Sam Neill)
La película narra las desventuras de John Trent, interpretado por un siempre eficaz y jocoso Sam Neill, agente de seguros y desenmascarador de fraudes (la máscara que cubre la realidad de nuevo), que tiene el encargo de averiguar el paradero del famoso escritor superventas de terror Sutter Cane, interpretado por Jürgen Prochnow, por encargo de su editorial. Lo que en principio era un truco comercial publicitario, otra falsificación, deviene en un auténtico pavor en la editorial al no poder dar con su particular gallina de los huevos de oro.

Entre la realidad y la ficción
Con la lectura (casi habría que hablar de asimilación, como les ocurría a los infortunados protagonistas de La cosa) de la obra de Cane, y su posterior viaje en busca del lugar llamado Hobb's End (nombre que hace referencia a otro film fantástico de 1967, ¿Qué sucedió entonces? de Roy Ward Baker, que Carpenter conoce y estima), Trent vivirá angustiosos momentos que parecen reales, con flashes de desubicación, que distorsionan su o la realidad. El principal temor es, por supuesto, la pérdida de la propia identidad. El retorno a la pesadilla se va incrementando desde la llegada a aquel lugar, el típico y bonito pueblo de la geografía estadounidense, y con la imposibilidad final de poder escapar de él. Una dimensión paralela, que refrenda el aserto de Paul Éluard de que existen otros mundos, pero están en este, tal y como refleja esta obra.


Destacar como parte del citado proceso de descomposición, el extraordinario plano de la hoja abierta del libro por el cual Trent se asoma al abismo, o detalles como el cambio de look (resulta ideal la palabra en inglés en este caso), del despacho del dueño de la editorial, interpretado por Charlton Heston. Si a ello unimos el placer de reencontrar a entrañables y apreciados actores como David Warner, Bernie Casey o al citado Charlton Heston, todos bien relacionados con el fantástico, los alicientes de disfrutar de una obra así aumentan.


Escrito por Javier C. Aguilera




El Piano, de Jane Campion

13 noviembre, 2011

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A mediados del siglo XIX, Ada McGrath, una joven escocesa apasionada por la música, queda viuda a cargo de su hija pequeña, Flora. Para poder mantenerla, se ve obligada a aceptar un matrimonio concertado, el cual la obliga a dejar su Escocia natal y a viajar a Nueva Zelanda, acompañada de su hija y de su piano, su bien más preciado. Allí conoce al que será su futuro marido, Alistair Stewart, un granjero pudiente que poco después se negará a llevar a casa el piano. 

Muda desde que, siendo pequeña, decidiera voluntariamente de hablar; Ada se ve obligada con sumo abatimiento a abandonar su apreciado instrumento, el que constituye su principal medio de expresión junto al lenguaje de signos, que practica con Flora. 

Abandonado a su suerte en la playa, el instrumento será rescatado por George Baines, un vecino entusiasta de la música de piano, quien al principio le pide a Ada que le dé clases de piano, estableciendo seguidamente un extraño trato: ella podrá tocar el piano mientras que él pueda tocarla. Inevitablemente, será un hecho que marcará el devenir de la historia.


Escrito y dirigido por Jane Campion, este drama romántico triunfó tanto en la taquilla como entre la crítica, logrando tres Óscars entre sus ocho nominaciones, los cuales premiaron la labor de Holly Hunter como actriz principal, la de Anna Paquin por su papel secundario y la de la propia directora por el guión original, quien también se llevó la Palma de Oro de Cannes. Destaca también la presencia de Harvey Keitel y Sam Neill como Alisteir y George, respectivamente; además, sobresale la banda sonora de la película, a cargo de Michael Nyman, cuyo álbum se convirtió en todo un éxito internacional que aún perdura. Es la propia Holly Hunter la encargada de interpretar a piano cada melodía en las diferentes secuencias de la película, unas emocionantes piezas capaces de embelesar nuestros sentidos, como podemos admirar a continuación.



El Piano es una película que quizás no ha tenido la trascendencia que algunos creen que merece. La historia, escenarios, personajes y actuaciones son verdaderamente sobresalientes, y se beneficia de los fascinantes paisajes escogidos en esa isla de Nueva Zelanda donde cualquier cosa puede ocurrir. Tampoco podemos dejar pasar la excelente fotografía, música y guión del film, aparentemente simple pero envolvente e invadido por la tristeza. Un rasgo que la diferencia de otras películas es la poca cantidad de diálogos, ya que Ada es muda y transmite sus sentimientos mediante el piano, convirtiéndose así en la voz de la protagonista.

Descubrimos en ella una historia de amor atípica, quizás por la falta de tapujos y la sinceridad con la que está contada: personajes que son incapaces de amar y que se rinden a la lujuria y el deseo para después dar paso al amor.

La frialdad de la que peca la historia en algunos momentos se ve compensada con la intensidad de otros que siguen resultando tremendamente emocionantes, como las escenas bañadas con la inolvidable música de Michael Nyman, una de las obras maestras contemporáneas más reconocidas. 

Holly Hunter, sin decir una palabra, transmitía todas las sensaciones y sentimientos de Ada con la fuerza de su mirada, llevándose merecidamente un año más tarde el Óscar a la Mejor Actriz. La vivaz, inquietante y risueña Flora también estuvo a la altura, interpretando un gran papel y que, con sólo once años, también se vio recompensado con un Óscar. Junto a ellas, la sobriedad y clase de Sam Neill y, sobre todo, un contenido Harvey Keitel, completan el excelente reparto.

Una delicia imprescindible para los sentidos, cuya banda sonora emociona y logra envolver al oyente, y una historia que ha logrado convertirse en un clásico contemporáneo para cualquier amante de los grandes dramas del séptimo arte.



Escrito por Mariela B. Ortega


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