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Siete almas, de Gabriele Muccino

28 abril, 2020

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Al comentar algunas películas, siempre pienso en la división entre el fondo y la forma, algo muy relevante para considerar y valorar bien este tipo de obras. En ocasiones aprecio bastante el fondo, aunque la forma no sea la óptima y es cuando me pasa que lamento que una buena historia se haya diluido por la manera en que se ha contado. Siete almas (Seven Pounds, 2008) es uno de esos casos. El director italiano Gabriele Muccino (1967) dio el salto a Hollywood con una película que se ganó el favor del público y el respaldo de un sector de la crítica: En busca de la felicidad (The Pursuit of Happyness, 2006), que tuvo como protagonista a Will Smith, cuyo carisma es irrefutable, y que narraba la vida de Chris Gardner en un relato social intenso. Volvió a intentar repetir el éxito alcanzado con Siete almas.

En esta ocasión, nos adentramos en la vida de Ben Thomas (Will Smith), un inspector de Hacienda en Los Ángeles que parece arrastrar algún hecho traumático. Persigue un propósito que desconocemos, pero parece decidido a juzgar con severidad o benevolencia a algunos ciudadanos que están a su cargo para hacerles una inspección. Una de esas personas será Emily Posa (Rosario Dawson), que padece una enfermedad cardíaca que le impide tener una vida corriente. Cuanto más se relacionen Ben y Emily, mayor será la conexión que sientan el uno con el otro.


Uno de los peores detalles de Siete almas es que la historia que intenta contar es más profunda que el romance de tintes cursis que alcanza la relación entre Emily y Ben. El protagonista tiene un propósito que apenas se explora en la obra salvo por momentos puntuales, insertando a otros personajes cuyas tramas solo quedan resueltas en una respuesta final que es más explicativa que cinematográfica. A diferencia de otros giros finales como el que sucede en El sexto sentido (The Sixth Sense, M. Night Shyamalan, 1999), este golpea, pero es bastante previsible, aunque no en el contenido concreto, sino en el hecho de que el giro va a llegar, dado que la película juega la baza del misterio, del saber que hay algo oculta que no se nos narra. Por ejemplo, se nos muestra cómo otros personajes están en deuda con Ben y harían cualquier cosa por él, pero desconocemos el motivo. Y al final todo acaba siendo emotivo por la intensidad del hecho de las últimas escenas, aunque carezca de toda la fuerza que podía haber tenido. Lo que podía haber sido una historia con un carácter más diverso y social, acaba por ser eclipsada por un romance que a veces se siente forzado y por un protagonista que es abiertamente misterioso y melodramático.

En este sentido, Siete almas acaba siendo una película pretenciosa. Tiene un primer tercio que es confuso deliberadamente, sobre todo porque entremezclar secuencias de flashbacks con retazos de escenas actuales que se sienten dispersos, en los que seguimos a un atormentado Will Smith que parece perdido en sus acciones. Hay algunas escenas en ese primer tramo, como su encuentro con una anciana en un geriátrico, que pueden darnos una pista de lo que podría haber llegado a ser esta película si el pulso hubiera sido más decidido y completo, pero pronto todo el interés se desvía hacia  el personaje de Emily Posa y todas las demás subtramas quedan supeditadas u olvidadas al romance. La película deja entonces su relato fragmentado por una narración más clásica, convirtiéndose en una película romántica al uso, con la diferencia de que el protagonista sigue arrastrando el halo de misterio y dolor que se había creado en el planteamiento. Emily, por contra, apenas es dibujada con tres o cuatro rasgos, aunque a su favor debemos recordar la escena donde narra su frustración por la enfermedad, de gran valor dramático y que nos recuerda a los mejores momentos de En busca de la felicidad. Algo similar a lo que sucede con una de las subtramas más intensas, en la que el protagonista salva a una mujer maltratada y que vuelve a reafirmarme en la idea de que esa era la vía que debió tomar la película.


Porque a pesar de que el título nos hable de siete almas, la misión y el objetivo de Ben Thomas queda reducida a la omnipresencia del romance. Por lo que, aparte de haber sido pretenciosa, está desaprovechada. Desaprovecha todos los recursos que tiene y que llega a desplegar para acabar contando una historia típica, hasta cursi, que se siente forzada en ocasiones y que llega a alcanzar cotas incluso ridículas, como la discusión que tiene Ben con su hermano, cuando parece que es necesario recordarle al protagonista cuál es su propósito y su vida real.

En definitiva, Siete almas es una película intensa y emotiva en su tramo final, con secuencias dramáticas de buen nivel, pero construida de forma pretenciosa y desaprovechando todas sus virtudes para acabar siendo algo más corriente y poco original. Sus personajes terminan pareciendo irreales y toda la fuerza y crítica social que podía haber alcanzado se diluye en un romance que se siente manido y forzado.


Aladdin, de John Musker y Ron Clements, y Aladdin, de Guy Ritchie

13 junio, 2019

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El cine siempre se ha nutrido de sus propias historias para renovarse y ahí tenemos las múltiples versiones de los mismos personajes reiterados a lo largo de diferentes décadas. Incluso el popular cine de superhéroes actual ya tuvo sus tanteos en épocas pasadas con más inocencia que efectividad. Pero ha sido quizás la llegada del siglo XXI lo que ha propiciado un aumento considerable de este revisionismo, de esta necesidad de crear secuelas o precuelas de películas populares, de recrear un determinado ambiente, el del cine de los ochenta generalmente, o, directamente, volver a rodar la misma obra con ligeros cambios o añadidos, en lo que se ha venido a llamar remake. En esto se ha vuelto todo un especialista Disney, que ha encontrado una forma relativamente sencilla de hacer buena taquilla partiendo de la nostalgia de un público adulto que acudirá al cine en masa solo para revivir su infancia, y a ser posible, acompañados de sus respectivos niños. El proceso ha sido lento y empezó de forma irregular con Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015) o la revisión de La bella durmiente (Clyde Geronimi, 1959) que fue Maléfica (Robert Stromberg, 2014). Pero el fenómeno se ha ido acrecentando y tras El libro de la selva (Jon Favreau, 2016) y La Bella y la Bestia (Bill Condon, 2017), ha sido este presente año el más repleto de esta oleada de nostalgia, con Dumbo (Tim Burton, 2019), la próxima El rey León (Jon Favreau, 2019) y la que hoy comentamos, Aladdin (Guy Ritchie, 2019).

El primer comentario que podría surgir al respecto sobre todas estas reconstrucciones es el poco valor que se le otorga a la pieza de animación, que parece necesitar una revisión con actores para darle mayor entidad. Otro comentario posible es el recurso fácil de recurrir a la nostalgia para vender más. Pero, al final, se tratan de movimientos válidos y lo que cabe analizar es el resultado, más que una crítica previa y sin sentido. Para ello, lo más adecuado es también revisar aquel original en que se basa. Por tanto, antes de llegar a esta nueva versión dirigida por Guy Ritchie, debemos volar hacia 1992, cuando John Musker y Ron Clements nos trajeron a la gran pantalla la historia de Aladdin.


Nos situamos en el imaginario país de Agrabah, situado en alguna zona de Medio Oriente, pasado el Jordán, donde un mercader se dirige al público, en una ruptura de la cuarta pared, para intentar vendernos algo. Acabará vendiéndonos una historia, un recurso usual en este tipo de películas que funcionan como cuentacuentos y al que se recurrirá también en la posterior El jorobado de Notra Dame (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1996). Tras esta secuencia inicial, la obra no tarda nada en presentarnos sus tres tramas principales. Para empezar, el malvado visir Jafar que pretende hacerse con el poder gracias a una lámpara misteriosa escondida en una cueva mágica, para lo cual necesita la ayuda de un diamante en bruto, ante tal mención, un fundido y directamente vemos al protagonista, Aladdin, un joven ladronzuelo que malvive en las calles de Agrabah huyendo de los guardas.

La conexión es clara y directa. Además, el personaje queda definido con una pegadiza canción y una última escena que cierra su presentación: es un ladrón, sí, pero de buen corazón, capaz de dar lo poco que tiene o de defender a unos pobres niños. Para finalizar, otro personaje le recordará su posición en el mundo: una rata callejera que no merece ningún tipo de atención. Las puertas del palacio se cierran abruptamente y pasamos a su interior para conocer a la princesa Jasmine, que protagoniza la tercera trama: una princesa condenada a casarse con un príncipe en tres días por una ley absurda, pero que ansía la libertad, como bien representan los pájaros a los que acaba por liberar. Su padre, el sultán, es amable y bonachón, pero manipulable y poco resolutivo, siendo básicamente un fantoche que funciona como alivio cómico ocasional.


A partir de esta presentación, se desarrolla todo el nudo, incluyendo el encuentro entre Jasmine y Aladdin, que dará lugar a cierto enamoramiento entre ambos, y el posterior viaje a la cueva de las maravillas tras quedar atrapado por órdenes de Jafar. Cuando Aladdin consiga hacerse con la lámpara mágica, conocerá al Genio, un ente de poderes cósmicos capaz de conceder tres deseos, además de ser todo un espectáculo de humor y referencias que hará las delicias del espectador, sobre todo gracias a su carácter anacrónico (introduce inventos recientes, referencias al cine y a la televisión o rompe la cuarta pared como se hacía en el prólogo). A partir de este momento, Aladdin, reconvertido gracias a un deseo en príncipe, intentará lograr estar junto a Jasmine, a la vez que Jafar trata de hacerse con el poder mediante otros medios. El conflicto entre ambos personajes está servido y será lo que provoque una conclusión bien resuelta, con su anticlímax, en que todo parecerá perdido para los protagonistas, y un clímax rotundo basado en el ingenio.

La animación siempre provoca que las historias se vean reducidas en tiempo. Quizás por ello, Aladdin resulta una película veloz, que no pierde el tiempo, pero que es capaz de regalarnos escenas singulares y llamativas. Además, no se extiende demasiado con los personajes, sino que los  inserta de forma encadenada y los presenta otorgándoles una motivación clara, especialmente a los tres personajes principales, los protagonista Aladdin y Jasmine y el villano Jafar. Ellos son los ejes sobre los que se vertebra y desarrolla la obra. Casi todos los demás personajes funcionan como alivio cómico, como los animales (Abu, Jago) o los seres mágicos (la alfombra mágica, que emplea la expresividad propia del cine mudo, o el Genio, potenciado por el doblaje original de Robin Williams y, en España, por Josema Yuste).


Evidentemente, la historia se formula en torno a una serie de conflictos. Uno de los más relevantes reside en combatir las apariencias o las diferencias clasistas. La lección final de la película en torno a este tema, que se entremezcla también con la relación romántica de Aladdin y Jasmine, guarda bastante similitud a lo que sucedía con La Bella y la Bestia (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991), dado que, de nuevo, la moraleja reside en que lo importante de las personas reside en su interior, en su forma de ser, y no en su aspecto o en su situación social. Por eso tenemos el conflicto de Aladdin en el segundo tramo de la obra, cuando siente la obligación de mantener una mentira para ocultar que no es un príncipe realmente, a pesar de que todos los demás personajes le recomiendan ser honesto, admitiendo su procedencia humilde.

Otra de las cuestiones relevantes es la posición de Jasmine. Ya en esta versión animada, el personaje era expuesto y explorado al mismo nivel que el resto de personajes relevantes. Incluso se muestra en varias ocasiones su rebeldía ante la situación a la que la tratan de someter, su cansancio hacia la forma de cortejo de los príncipes o su astucia e inteligencia al reconocer la auténtica identidad de Aladdin o al lograr distraer a Jafar. Quizás se podría haber profundizado más en la forma en que se desarrolla su relación romántica con el protagonista, que es muy repentina, o en su trasfondo como personaje, algo que se ha potenciado, como veremos, en la reciente versión de Ritchie; sin embargo, lo cierto es que está al mismo nivel que el resto de protagonistas en cuanto a profundidad. Precisamente, el propio protagonista de la historia se enamora de la misma forma de ella, con esa velocidad, y tampoco conocemos sus raíces, por ejemplo, si tiene familia, si es huérfano, etc.; una cuestión que, por cierto, dio origen a una de las secuelas de la película de animación, en concreto, la tercera: Aladdin y el príncipe de los ladrones (Tad Stones, 1995).


Por otra parte, otro de los temas clave en la película es el conflicto entre el matrimonio por conveniencia y el amor, que ha sido una de las temáticas frecuentes en los últimos siglos, como muestra, por ejemplo, El sí de las niñas (Leandro F. Moratín, 1801) o La regenta (Leopoldo Alas, 1884-5). Igual que en estas historias ya clásicas, Aladdin se decanta por defender el amor como una fuerza capaz de romper con los moldes sociales. Es más, de no ser por los sucesos de esta historia, Jafar pretendía obtener el dominio de la ciudad mediante el matrimonio con Jasmine, por lo que esta actitud queda abiertamente criticada y censurada por la moralidad de la obra. Respecto a esto, es llamativo que el atuendo de Jasmine sea semejante al que se empleó para Leia en Star Wars: El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983), cuando la princesa era capturada por Jabba el Hutt. Por cierto, aunque no se mencione de forma evidente, el ansia de poder y la ambición desmesurada también son aspectos criticados durante la historia en varias ocasiones, destacando al personaje de Jafar, pero también los acontecimientos relacionados con la cueva de las maravillas.

A un nivel técnico, la película de animación se permite mayor lujo de detalles al mostrar los poderes del Genio o de Jafar, que resultan espectaculares y asombrosos, o el viaje con alfombra mágica durante la secuencia de la canción Un mundo ideal nos muestra todo un panorama de países lejanos, desde Egipto hasta China. En este sentido, se potencia la fantasía mediante los recursos factibles de la animación y provocan que sea una historia con un carácter más mágico y llamativo. También a crear este ambiente oriental ayuda la música compuesta por Alan Menken junto al malograo Howard Ashman y, tras la muerte de este, con la colaboración de Tim Rice. Destacan, como es obvio, Un mundo ideal, Príncipe Alí y Un genio genial, que además están abordadas en la obra con las secuencias más elaboradas y mejor producidas.

Con respecto a la versión que ha dirigido recientemente Guy Ritchie (1968) y ha sido protagonizada por un reparto multicultural, incluyendo al egipcio Mena Massoud como Aladdin, a la británica de ascendencia hindú Naomi Scott como Jasmine o al neerlandés de origen tunecino Marwan Kenzari como Jafar, así como al popular actor afroamericano Will Smith como el Genio, podemos comentar que, en general, aportan pocas novedades con respecto a la historia original, aunque algunas de ellas le otorgue a la historia una mayor profundidad en sus detalles argumentales, pero menor espectacularidad en su resultado. Encontramos cambios con respecto a cómo se desarrollan las tramas, pero sin alterar sustancialmente los acontecimientos. Los cambios más relevantes lo encontramos en la forma de abordar a los personajes.

En primer lugar, la modificación más relevante la encontramos en Jasmine, que es potenciada y empoderada. Para ello, se le otorga mayor fuerza y presencia en la historia, mostrándonos cómo está preparada para gobernar como sultana, siendo inteligente y perspicaz, enfrentándose en varias ocasiones a Jafar de manera abierta. No obstante, se trata de potenciar a un personaje que ya de por sí buscaba la libertad y mostraba un carácter definido en la versión animada. Además, la velocidad con la que se enamora de Aladdin no varía, aunque se muestran mejor sus reservas a casarse con el primero que pase, por muy conveniente que sea para el reino. A fin de cuentas, su propuesta es gobernar sin necesidad del matrimonio.

A su vez, se altera la personalidad del padre de Jasmine, como ya se hiciera con el padre de Bella en su versión más reciente, otorgándoles a ambos un mismo tipo de cambio: en las películas animadas ambos eran alivios cómicos y personajes despistados, pero en las nuevas versiones son más razonables y están mejor definidos. En este caso, el sultán es capaz de enfrentarse a Jafar en varias ocasiones y demuestra ser un gobernante atento y formado, algo que lo que enriquece frente al fantoche que era el dibujo animado original. En relación a estos cambios significativos, en esta versión el aspecto político tiene más presencia, mostrando mayor interés en cuestiones como la sucesión, el funcionamiento del reino, las relaciones de poder (esencialmente con el jefe de la guarda del sultán) o su relación con países vecinos (especialmente, con el reino del que procedía la madre de Jasmine, cuya muerte es mencionada como causa de la clausura en la que vive su hija). No obstante, se opta aquí por difuminar aún más en la fantasía la situación de Agrabah, que estaría rodeado de sitios ficticios, a diferencia de lo que sucedía con la versión animada.


En segundo lugar, tenemos un villano con una menor presencia agresiva, dado que en la animación lo evidenciaba más, pero cuya historia se potencia para revelar que ha sido una persona que ha ido escalando desde lo más bajo, habiendo sido igual que Aladdin. Así, funciona como un reflejo desviado del protagonista y remarcado por su ambición de poder, un aspecto más subrayado en esta versión que en la anterior. Debemos criticar la mala elección del doblador español para este personaje, siendo una voz recurrente en la comedia y que no acaba de encajar adecuadamente con Jafar. Por contra, el loro de Jafar resulta más siniestro en esta película.

En tercer lugar, Aladdin es mostrado como un ladrón habilidoso, pero manteniendo la bondad que le caracterizaba y que la diferencia de Jafar. También se le otorga un carácter más tímido cuando aborda a la princesa como el príncipe Alí y se demuestra su incapacidad para ocupar un lugar dentro de la clase alta, dado su poco conocimiento respecto a este tipo de relaciones. En este sentido, aumenta el realismo con que se aborda la situación, mucho más aligerada en la original. No obstante, también esto provoca más lentitud en escenas que resultarán aburridas, a pesar de que traten de resultar graciosas. Correspondería, por ejemplo, al intento de cortejar a Jasmine al regresar a Agrabah. También hay varios errores de bulto, como el hogar de Aladdin, que resulta más lujoso de lo que cabría esperar para su situación.


Por último, se añaden elementos que no aportan nada al argumento general, como la relación del Genio con una sirviente que funciona más bien como un cliché de comedia romántica. Incluso desmerece bastante el trabajo que se ha hecho para mejorar al personaje de Jasmine. Y, sin embargo, no se opta por explorar otras cuestiones que hubieran resultado más interesantes, como el origen de Aladdin. También hay un descenso en el nivel de fantasía. La magia es más simple de forma generalizada, a excepción seguramente de la presentación del Genio o de la llegada del príncipe Ali a Agrabah.

En general, Guy Pierce nos muestra más acción y recurre el uso de cámaras lenta, piruetas, acrobacias, etc., muy al estilo de este director. Ahí tenemos, por ejemplo, el baile que el Genio obliga a ejecutar a Aladdin para cortejar a Jasmine, que rompe con la danza india que estaban realizando los personajes para introducir pasos de baile propios del hip hop. Sin embargo, pierde la gracia y el carácter más personal de la versión animada. Por ejemplo, la alfombra mágica tiene una personalidad plana en comparación, el tramo final protagonizado por Jafar es muchísimo más pobre en sus resultados y la solución con respecto al Genio en el final acaba por ser poco satisfactoria. Aunque debemos destacar que la actuación de Will Smith es de lo más reseñable de la película en este aspecto.


En definitiva, ambas versiones son válidas, pero seguramente la película de animación tenga un espíritu más personal y original, enlaza mejor las canciones, recurre al humor con más gracia y no se corta a la hora de desplegar toda la fantasía posible. La versión dirigida por Guy Pierce resulta más actual y tiene algunos elementos propios del estilo del director, pero aporta elementos argumentales a la vez que quita otros interesantes, y las canciones se sienten más forzada. Sin duda, el personaje de Jasmine queda favorecido en esta revisión, pero parte de características que ya estaban ahí en su origen. Por tanto, podríamos concluir con que este nuevo remake no nos trae una respuesta afirmativa a la pregunta de si son necesarios, aunque seguramente a nivel empresarial haya sido todo un éxito comercial y podemos considerar que esta segunda versión mantiene bien el tipo, pero seguramente se pierda en el mundo de las anécdotas cinematográficas frente a la original.


Men in Black (Hombres de Negro), de Barry Sonnenfeld

19 diciembre, 2016

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A pesar de todo lo que creemos conocer, tan solo la seguridad en nuestros conocimientos nos ofrece un mundo de certezas que pueden ser destruidas cuanto más confiemos en ellas. La auténtica ignorancia radica en la falta de duda, en el exceso de confianza en lo que creemos conocer. La prueba más simple de esta afirmación la encontramos en la propia historia, en la confianza que demostraban nuestros antepasados en hechos que hoy consideraríamos ridículos e infantiles. Ahora bien, el exceso de celo, de incredulidad, también nos lleva al miedo, a la incertidumbre y a la búsqueda incauta de explicaciones no solo poco satisfactorias, sino temerarias.

Sirvan estas palabras para adentrarnos en el siempre entretenido debate sobre la soledad del ser humano en el universo y cómo esta particular idea nos ha proporcionado centenares de historias de todos los formatos, desde aquellas que surgieron solo para nuestro ocio hasta aquellas que sirvieron para reflejar nuestras virtudes y defectos, para plantear un mundo entero de hipótesis y posibilidades. Aunque hoy, no hablaremos de una obra que se incluya entre estas últimas, sino más bien en una comedia que decide ofrecer respuestas paródicas al mundo del conspiracionismo: Men in Black (Hombres de Negro) (Barry Sonnenfeld, 1997).


Partiendo de la figura de los hombres de negro, personajes habitualmente referenciados en las teorías de la conspiración como parte de una organización gubernamental que se encarga de eliminar las evidencias de fenómenos paranormales, incluyendo la llegada de extraterrestres, Lowell Cunningham creó una serie de cómics bajo el sello de Marvel. Una obra de tono oscuro y escabroso, que no retrataba a sus protagonistas como una entidad bondadosa, sino como agentes que rozaban y a veces superaban los límites morales en sus métodos. Aspectos del argumento original que se limaron al extremo en la adaptación dirigida por Barry Sonnenfeld (1953), antiguo director de fotografía de los hermanos Coen que cuenta en su filmografía, aparte de la trilogía iniciada con esta película, con La familia Addams (1991) o la vapuleada Wild Wild West (1999).

En el inicio de la película somos testigos de la aparición de dos agentes de los Hombres de Negro en la frontera entre México y Estados Unidos a la caza de un alienígena, momento en que uno de ellos decide retirarse por su avanzada edad. Posteriormente, el policía James Edwards (el siempre carismático Will Smith) persigue a un delincuente que resulta ser un extraterrestre. Tal encuentro provoca el interés de la organización por James, sobre todo del agente K (un solvente Tommy Lee Jones), que apuesta por él para ser su compañero al haber conocido sus habilidades, a pesar de la actitud rebelde e informal del que será conocido como agente J. A través de los ojos del policía, conoceremos mejor el funcionamiento de la organización de los Hombres de Negro, ajena a cualquier gobierno y encargada del control de los extraterrestres en la Tierra. En su primera misión, deberán dar caza a un Insecto (Vincent D'Onofrio) cuyas acciones ponen en peligro al planeta entero.


Ya advertimos a raíz de nuestro comentario de Los cazafantasmas (1984) que aquella era una película que, a pesar de presentar un argumento de aventura fantástica, en esencia era más una comedia. Sucede lo mismo con Men in Black, que podríamos encajar en el perfil de una buddy movie, o el subgénero conocido como buddy cop, dos agentes que tienen que combatir el crimen, en este caso alienígena, aunque ambos tengan una personalidad distante. Por una parte, tenemos al meticuloso, estricto, frío y serio agente K, que ejerce su labor de la forma más profesional posible y sin meditar sus acciones más allá de para obtener el fin deseado. Por otra, el novato agente J, inexperto ansioso e indisciplinado que no mide las consecuencias de sus actos, pero valiente y atrevido incluso en las situaciones más peligrosas. 

Esta combinación provoca el resultado cómico al comparar de forma continua las interferencias entre ambas formas de ser: las continuas sorpresas y meteduras de pata de J en un mundo que le resulta novedoso, ahí tenemos el gag del desastre causado en la oficina por usar un objeto extraterrestre o el potente efecto inverosímil que tiene su diminuta pistola, frente a la tranquilidad y calma con la que K actúa incluso aunque sus acciones puedan resultar ridículas a simple vista; por ejemplo, cuando comienza a zarandear a un perro para interrogarlo. Aunque a su vez, ambos se afectan mutuamente. Como descubriremos, K tiene un matiz melancólico relacionado con la forma en que entró a los Hombres de Negro y, a pesar de su frialdad, la humanidad de J le hará recapacitar, aunque a regañadientes, de su actitud en ciertas ocasiones, como la reescritura de la memoria con el neuralizador. Conforme avance la película, J se habrá adaptado a este nuevo mundo habiendo aprendido las lecciones de K para ser el agente que debiera.


Por otra aparte, aunque volveremos a algunos puntos de la comedia, la película también tiene momentos puntuales de seriedad, como uno de los diálogos entre J y K deriva en una crítica hacia el sistema, mostrando la visión de la masa como un ente peligroso por encima de la individualidad (por cierto, una escena que, a pesar de gustarnos, nos parece introducida con calzador dentro del montaje). Tampoco falta dentro del humor la crítica al gobierno como incapaz o entrometido así como un último gag que trata de transmitir que a pesar de nuestra sensación de grandeza, ocupamos un espacio ínfimo en la inmensidad del cosmos.

Retornando al mundo de la parodia, el argumento principal es la persecución de un villano extraterrestre con el fin de evitar que cumpla su objetivo. Para ello, se nos ofrecerá tanto aspectos de la investigación de los Hombres de Negro, incluyendo la visita a distintos personajes extravagantes sobre los que la organización mantiene su vigilancia, como el camino que recorre el Insecto desde su accidentada llegada a la Tierra hasta su enfrentamiento con los protagonistas. En todo este proceso, encontramos un apartado cercano a lo asqueroso. Por un lado, se recurre con facilidad a chistes basados en el uso de mucosidad, por otro, se sobreexplota la repulsión que transmiten los insectos, sobre todo las cucarachas. Precisamente, uno de los puntos fuertes de Men in Black es su trabajo en el maquillaje y en los efectos especiales, logrando que el Insecto resulte asqueroso en su forma humana o que los distintos extraterrestres logren resultar creíbles.


Cabe mencionar que el humano poseído por el Insecto se encuadra dentro del típico retrato del granjero borracho, un perfil habitual dentro de los que avistan los OVNI y suelen ser cuestionados por ello, aparte de, como se evidencia, la relación nefasta y machista con su esposa. Que este tipo de personaje acabe por convertirse en un involuntario parásito o invasor de la Tierra encaja a la perfección. Por otra parte, es necesario nombrar a otros dos personajes del plantel, empezando de forma necesaria por Laurel Weaver (Linda Fiorentino), forense que reaparecerá de forma continua en la película, siendo una de las principales afectadas por la aventura. En ella se producen varios tópicos: se convierte en el interés amoroso de J, se erige como una dama en apuros aunque más avispada que el protagonista y, a la vez, logra convertirse en una heroína que también lucha y salva a los demás. Por último, una mención al jefe Z (Rip Torn), cuyo rol es ofrecer una voz con autoridad dentro de la impersonal organización.

En otros apartados, la música está bien llevada por el habitual compositor de Tim Burton, Danny Elfman, que junto a aspectos como la dirección artística o el maquillaje le valió la triple nominación a los Óscar, alzándose ganadora del último. En cuanto al ritmo y al montaje, a pesar de nuestras apreciaciones, la película tiene momentos bajos, que pueden causar desinterés, incluso con algunos gags que se notan forzados y otros que pueden resultar demasiado infantiles. También se repiten varias situaciones que pierden la fuerza humorística inicial e incluso hay un exceso en el retorno a los mismos escenarios, como es el caso de la morgue. Por último, la película transita entre diferentes tonos sin decidirse por uno en concreto, desde cierto ámbito gamberro hasta ocasiones ácidas.


Si bien es cierto que sabe unir sus detalles argumentales, que cuenta con momentos divertidos, incluso algunas escenas icónicas, con efectos logrados y espectaculares y con referencias y guiños a algunos de esos grandes mitos conspiracionistas, Men in Black no tiene la entereza suficiente para llegar a ser una gran película. Aunque no le falte carisma para ser una comedia atractiva de ciencia ficción con la que poder entretenerse cualquier tarde aburrida.

Escrito por Luis J. del Castillo





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