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Doctor Extraño, de Scott Derrickson

28 noviembre, 2016

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Hay géneros que tienen su momento de brillantez, al menos financiera. Así como hubo una época donde no se contemplaba el fin de los péplum o donde el sol nunca se ponía en el Oeste, ahora parece que lo interminable son las aventuras de superhéroes. Sobre todo porque, con la tecnología de su parte, han logrado dar vida a todo lo imaginado en los cómics, han tratado de trascender más allá del mero entretenimiento infantil al que en ocasiones se les ha etiquetado y abandonaron las producciones cutres para convertirse en los taquillazos del momento con inversiones millonarias a sus espaldas.

En este terreno, Marvel parece alzarse con el mejor beneficio al haber logrado construir todo un universo cinematográfico paralelo al que ya existía en las obras gráficas. Además, a pesar de no contar con los superhéroes más célebres dentro del séptimo arte, como han sido Batman y Superman, de DC, ha conseguido revitalizar a sus personajes y atraer a un nuevo público expectante. Dejamos aparte a Spiderman o a los X-Men, que a inicios de este siglo consiguieron sus propias trilogías o sagas con considerable éxito, pero no de la mano de la actual Marvel, sino por los derechos cedidos a otras productoras.

Así, tras haber dedicado varios años a la formación de Los vengadores (Joss Whedon, 2012), ahora han pasado, en una tercera fase, a acabar un ciclo y comenzar a presentar a nuevos superhéroes, tratando de marcar distancias con los ya conocidos. Entre ellos, situamos a uno de los más peculiares: Doctor Extraño (Doctor Strange, 2016), el protector místico de la Tierra. Scott Derrickson (1977) ha sido el encargado de llevar al personaje a la gran pantalla tras una carrera dedicada al cine de terror, además de haber dirigido la revisión de Ultimátum a la Tierra (2008; reconstrucción del original de 1951, obra de Robert Wise).


Como película de inicio, nos lleva a la vida cotidiana de un neurocirujano de prestigio, el doctor Stephen Strange (Benedict Cumberbatch, perfecto para este papel), con una actitud arrogante pero muy profesional. Sin embargo, cuando un accidente le lesione las manos de forma permanente, buscará la forma de curarse hasta en los lugares más insospechados. Eso le llevará a Nepal, donde comenzará a aprender el camino de los poderes místicos. Mientras avanza en su aprendizaje, tendrá que hacer frente a la amenaza de un ser temible y oscuro, Dormammu, que, a través de su acólito Kaecilius (Mads Mikkelsen), trata de destruir la protección de la Tierra para poder conquistarla y llevarla a su dimensión oscura.

Así tenemos una primera aventura predecible en su desarrollo, donde se elabora un nuevo sistema de combate mágico que permite el uso de efectos sorprendentes y llamativos, pero con un guion plano y recurrente. En Doctor Extraño encontramos varios de los elementos que Marvel ha convertido en su sello personal y que pueden provocar que se despersonalice a sus personajes por tratar de barnizarlo todo igual. Aunque eso podemos notarlo parcialmente en esta obra, lo cierto es que se salva por su particular personalidad, que combina bien con el carisma y humor de la marca. Si Stephen Strange nos puede recordar a un Tony Stark médico, o incluso a un Sherlock Holmes desubicado, teniendo en cuenta que Cumberbatch encaja a la perfección en esa arrogancia inteligente que lleva desempeñando varios años por su rol en la serie Sherlock (2010-), el contrapunto de introducirlo a un mundo desconocido para él, del que incluso desconfía en principio, sirve para establecer también un diálogo con el espectador que no está familiarizado con este personaje y su particular mundo.


Es decir, primero somos conscientes en un breve lapso del tiempo del proceso de caída del personaje de su vida cotidiana y exitosa hacia el deseo de buscar una cura, algo mejor, un fin egoísta que le llevará a encontrarse con circunstancias sobrenaturales y a aceptar un nuevo rol en el mundo. De esta forma, observaremos una evolución desde la inseguridad y la incertidumbre inicial hasta la confianza en sus poderes y en su astucia, pasando por momentos de contrariedad o leves fracasos por no estar aún acostumbrado a un terreno desconocido, por ejemplo, en su primera batalla dentro del santuario de Nueva York. La construcción del protagonista se produce de la mejor forma posible y es lo más atractivo de la película, dado que el personaje desprende carisma, se une a la lista de irritantes con gracia, pero sin perder en cierta profundidad trágica.

Por el contrario, los villanos están muy desdibujados. Kaecilius no parece representar una amenaza real, tampoco ayuda su inexpresividad y su desarrollo plano, de enemigo clásico de dibujos animados infantil. El hecho de que detrás de este villano se encuentre el auténtico enemigo, Dormammu, quien hará su aparición casi al final, tampoco favorece al alumno díscolo del Anciano. Una de las cuestiones curiosas es que hay una ausencia de la percepción temporal en torno a este personaje; desde la escena en que Kaecilius roba el ritual hasta el momento en que comienza a ejecutar su plan, hemos podido ver todo el proceso de aprendizaje de nuestro protagonista sin saber cuánto tiempo ha transcurrido, lo que nos desorienta y nos hace preguntarnos por la conveniencia del guion de la espera del villano por llevar a cabo su plan.


En este sentido, no estamos ante una obra que trabaje bien a todos sus personajes, lanzándonos a una historia habitual y plana donde los detalles y matices se encuentra concentrados en puntos muy concretos. Ya hemos señalado que, como era obvio, la evolución de Strange es un punto esencial al tratarse de una película sobre sus inicios, y que se trata de un personaje bien construido; hasta la resolución de la batalla final supone un cambio sustancial con lo visto en otros superhéroes, otorgando mayor valor a la astucia que a la fuerza física o el poder. Otro punto a su favor son los detalles y matices del bando aliado del protagonista. Más allá del contrapunto humorístico que encontramos en Wong (Benedict Wong), encontramos a Mordo (Chiwetel Ejiofor) y al Anciano (Tilda Swinton). El segundo personaje se trata de un ser ambiguo, más allá de su mencionada androginia, por su carácter reservado, que se erige como mentora del protagonista, a quien en un determinado momento entregará una confesión íntima y un legado de responsabilidad que había aguantado durante mucho tiempo. No obstante, ella es también la representación de una decepción, sobre todo para el personaje de Mordo.

Este último también sufre una transformación a lo largo de la película, desde su confianza y devoción al Anciano y a todas sus normas hasta el quiebro que se produce en su interior cuando descubren las verdades ocultas de su maestra. Si finalmente se erige como un posible villano futuro, será más interesante que los enemigos planteados en esta película, dado que su ruptura con Strange residirá precisamente en la percepción de que se pueden permitir ciertas licencias para poder lograr nuestros objetivos, por buenos que sean, pero que ello supone transgredir nuestro propio código moral o aquel que enseñamos a otros y defendemos de manera pública. Una cuestión moral que a veces sirve para separar entre buenos y malos, pero más bien debería dividir entre personas íntegras y aquellas que buscan caminos fáciles ante problemas difíciles.


Entre medias, encontramos un intento de relación romántica entre Strange y Christine Palmer (Rachel McAdams), antigua compañera de trabajo que tratará de apoyarlo en sus momentos más bajos. Ahora bien, la película no está enfocada en construir a esta pareja, que funciona de forma disfuncional y no acaba por cuajar; es más, ni siquiera parece hacerse factible. La falta de química y de desarrollo del personaje unidos al hecho de que se siente como un añadido más obligatorio por compañía que por necesidad nos hace pensar que hubiera sido mejor alejar toda sospecha de romanticismo de una relación donde la amistad funcionaría mejor. Sobre todo porque ella acaba por convertirse en un ancla o enlace con el pasado del personaje, pero sin perder su presencia en un presente muy distinto. Un apoyo del lado más humano de Stephen contra todo el peso místico que recae sobre él como el Doctor Strange.

Sin duda, Doctor Extraño se erige como una pieza peculiar en la franquicia Marvel, logrando que en un mundo tan variado y disperso, encaje a la perfección toda una serie de mística que se representa con unos efectos sorprendentes, que se relacionan a la perfección con el tipo de historia que se trata de establecer. Los efectos referidos a la alteración espacial de los edificios o de la ciudad nos pueden recordar a Origen (Christopher Nolan, 2010), aunque van más allá al centrar la acción en ese panorama irreal. En ocasiones, pueden confundir al espectador, sobre todo en las escenas rápidas, como las persecuciones, y al tratar de establecer ilusiones ópticas imitando incluso a algunas obras de M. C. Escher (1898-1972). No obstante, gracias a ellas se consigue una entidad propia a una serie de poderes cuya traslación desde el cómic se antojaba compleja.


En su conjunto, la película de Derrickson funciona de forma eficiente para lograr entretener con una propuesta poco habitual en sus detalles concretos, aunque con un guion desarrollado de forma más tópica de lo que podría aparentar por sus elementos. Lo mejor lo encontramos en la buena combinación de protagonista y ambiente, consiguiendo una buena obra de inicios para un personaje tan singular. Además de contar con unos efectos potentes a pesar de que puedan llegar a desconcertar o hasta parecer ridículos en ciertos momentos, como en el primer viaje astral, pero que logran recrear un modelo distinto de superhéroe sin que por ello se produzca una caída de la acción más trepidante y adictiva. Un primer paso del que consideramos que se podría llegar a construir obras más profundas e interesantes en torno al doctor Extraño, que vayan un paso más allá de lo mostrado en este principio.

Escrito por Luis J. del Castillo


El diario de Noa, de Nick Cassavetes

14 septiembre, 2014

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Una de las historias más románticas e intensas rodadas en el cine contemporáneo se encuentra de aniversario. El diario de Noa (The notebook) cumple una década desde su estreno en el año 2004, y su éxito ha sido tal que, desde entonces, todos los que sedujo guardan un especial recuerdo de ella. Fruto de una adaptación, también ocurrió lo mismo con la novela en la que se basa y con la que comparte nombre, The notebook, de Nicholas Sparks, publicada en 1996.

Para hablar de la historia nos tenemos que remontar al ambiente vivido en una residencia de ancianos, donde un hombre lee a una mujer una bella e ntrigante historia de amor escrita en su viejo diario.

Es la historia de Noa Calhoun y Allie Nelson, dos jóvenes adolescentes de Carolina del Norte que, a pesar de vivir en dos ambientes sociales muy diferentes, se enamoraron profundamente y pasaron juntos un verano inolvidable antes de ser separados, primero por sus padres, y más tarde por la guerra.


El conflicto que se da en la película a simple vista es un problema común y anteriormente visto en muchas otras películas, como, por ejemplo, la célebre Titanic: una joven y bella muchacha, de familia adinerada, y un obrero pobre pero encantador que consigue enamorarla; es ahí cuando la familia de ella se opone a dicha relación, llegando al punto de humillarle estando él presente. Una curiosa escena es la que acontece en la comida familiar, cuyo escenario se ve representado por el blanco de la vestimenta de los ricos frente al pobre Noa, que se distingue frente al resto de los comensales y de la conversación futil de los mismos. Es un guion un tanto explotado pero que, en esta ocasión, tiene un gran peso e incentivo argumental: la gran interpretación de James Garner y Gena Rowlands, veterana pareja y dúo con el que reiremos, lloraremos y nos emocionaremos en su vivencia en la residencia de ancianos.

-¿Crees que nuestro amor, puede obrar milagros?
-Oh, sí, lo creo, por eso siempre regresas a mi lado.
-¿Crees que nuestro amor nos sacará de aquí juntos?
-Creo que nuestro amor puede hacer todo lo que nos propongamos.

Los problemas no se harían esperar en esta apasionada historia de amor: como ya decimos, sus diferentes condiciones sociales y económicas, o los intransigentes e insufribles padres de Allie, hacen que sus mundos comiencen a tambalearse, llegando al punto de romper su relación y de separar ambos caminos. Allie cumple el deseo impuesto de sus padres de estudiar en la universidad y Noa se alista en el ejército en la Segunda Guerra Mundial. Será desde allí cuando Noa escribe a Allie 365 cartas, una cada día de ese fatídico año, diciéndole que aún la ama y que jamás la podrá olvidar. La cartas llegan a su destino, pero la madre de Allie se las oculta a su hija. Impotencia que, sin duda, traspasa la pantalla.

Desde el vestuario, hasta la escenografía, pasando por la fotografía: todo está cuidadosamente elaborado para transportarnos a una Carolina del Norte de los años 40. El diario de Noa nos da fe de que el amor eterno existe, ese que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. La película hace que te pongas en la piel de los protagonistas, sintiéndote igual de vencido que Noa al no tener a Allie, dándonos cuenta de que felicidad no es aquella vida que se nos viene impuesta, haciendo que sientas la indecisión de Allie, entre el corazón y la razón, una indecisión que seguro que todos sentimos en algún momento y que te hace desear que ojalá al envejecer puedas contar algo parecido, con esa persona al lado cogiéndote de la mano.


Sin duda, una de las historias de amor más hermosas reflejadas en la gran pantalla. Un amor eterno, intenso y, a la vez, impotente, que lucha contra ese olvido tan feroz que nos arrebata los recuerdos.


Escrito por Mariela B. Ortega



Todos los días de mi vida, de Michael Sucsy

18 agosto, 2014

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Inspirada en hechos reales, Todos los días de mi vida (The Vow, 2012) nos cuenta la historia de la lucha de un hombre por reconquistar de nuevo el corazón de su mujer, quien ha perdido la memoria. Paige (Rachel McAdams) cae en coma tras sufrir un accidente de coche junto a su marido Leo (Channing Tatum) y, aunque logra despertar, no recuerda nada de su vida actual ni de su matrimonio, por el que luchará Leo con todas sus fuerzas.


La película nos da a conocer una historia real, aunque de manera bastante artificial. Comenzando por el accidente que ambos sufren, recreado de una forma simplista, lenta e incluso absurda, pasando por la falta de empatía entre la pareja a la hora de afrontar la pérdida de memoria de Paige, quien se convierte en una estereotipada chica pija que sólo se fía de la opinión de sus padres. No parece haber perdido sólo la memoria, sino también su personalidad. Sin embargo, la actriz que la interpreta, Rachel McAdams, tiene un papel correcto entre los miembros del reparto, manteniéndonos acostumbrados a papeles de este tipo pero esperando más de ella en esta ocasión, tras verla en otras películas similares como El diario de Noa o Una cuestión de tiempo, visiblemente superiores.

Por otra parte, Channing Tatum tiene una presencia portentosa, pero su rostro siempre luce igual tanto en el drama como en la comedia. Su interpretación se queda escasa frente a su compañera protagonista, no llegando a transmitir la verdadera intención dramática y el trauma que aborda y necesita en su historia. Y es que la película contiene los tópicos y rasgos de la comedia romántica americana, con ligeros momentos de drama que no llegan a transmitir lo que realmente intenta expresar la historia original. Padres tópicos obsesionados por las apariencias (Sam Neill y Jessica Lange), chica pija que acaba en hipster, frases elocuentes sin chispa alternadas con bromas anodinas... son algunos de los rasgos que encontraremos en esta película.


Pero no todo es negativo, también encontraremos ciertos momentos de brillantez, como la primera conversación sincera entre Paige y su padre tras muchos años de ausencia, o los meses que pasan tras el encuentro definitivo entre Leo y Paige, ya que hubiera resultado ilógico un final precipitado con el único objetivo de reunirlos. Michael Sucsy nos acerca al amor de una pareja a través de sus vivencias artísticas, de sus recuerdos truncados. Paige, inmensamente creativa y amante del arte; Leo, un artista más sencillo, pero profundamente sensible, enamorado profundamente de su esposa y del arte que desprende. Y seremos testigos de cómo lo pierde súbitamente todo, arrastrado en la ansiedad de que su esposa ni siquiera lo reconozca.


El mensaje de la película es claro, aunque difiera mucho en las formas del libro en el que se basa. El amor, las segundas oportunidades y la energía que pervive en ellos es clave para hacer resurgir lo que un día nació. No es fácil, el enamoramiento deberá ser continuo, compuesto de frecuentes re-enamoramientos, de repetidas segundas citas, detalles, recuerdos y oportunidades, oponiéndose también a los repetidos miedos, malos recuerdos del pasado, rencillas u opiniones diferentes. Toda esta enumeración de adversidades aparece en la película, y logra ser vencida a través de pequeños momentos de ternura, en los cuales se permite que vuelva a resurgir la emoción y la cercanía. Como vemos, una película con momentos de emoción y ternura, pero que en la forma de ser abordada resulta poco creíble. No termina de alzar el vuelo, aunque merece la pena seguir el sendero que nos abre y quedarnos con las reflexiones que en él se pueden extraer. Aprovechemos el momento todos los días de nuestra vida, eso nunca lo debemos olvidar.



Escrito por Mariela B. Ortega


Adaptaciones (XXVIII): Sherlock Holmes (IX) Robert Downey Jr.

28 julio, 2014

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SHERLOCK HOLMES Y SH: JUEGO DE SOMBRAS, DE GUY RITCHIE

Aunque hace tiempo tomé la determinación de no comentar obras que no me gustaran (siquiera mínimamente), o me resultaran “simpáticas” por algún motivo, la progresiva revisión de películas basadas, o relacionadas, con Sherlock Holmes, el personaje creado por Arthur Conan Doyle (1859-1930), obliga a hacer referencia a las lecturas perpetradas por el británico Guy Ritchie (1968). Lo hago a sabiendas de no contar con el beneplácito general y unánime, aunque los que me conocen saben que esto no es algo que me atribule ni mucho menos, de igual modo que nunca he acertado a comprender cómo hay personas que malgastan su valioso tiempo haciendo recriminaciones –no aportaciones- online, o escribiendo –es un decir-, comentarios meramente despectivos, como un deporte más (que una cosa es ser fan y otra fanático).


El Sherlock Holmes propuesto por Ritchie en el -de momento- díptico Sherlock Holmes (Warner Bros., 2009) y Sherlock Holmes: Juego de sombras (Sherlock Holmes: A game of shadows, Warner Bros., 2011), es una parodia. Libre era de hacerla, desde luego, pero libre soy yo también de que no me guste (supongo).

Parodia no en un sentido ácido pero respetuoso (como pueda serlo Mel Brooks), sino en nombre del exceso más vacuo y de la desvirtuación. Hasta el punto de que el Holmes encarnado por un entregado Robert Downey Jr., más que un estereotipo, es la antítesis videoclipera de la creación original. En este sentido, se posiciona a años luz de la espléndida revisión -que no desnaturalización- propuesta por la serie Sherlock (2010-).

Un reverso que convierte a Holmes en una máquina calculadora de ángulos y posturitas, de determinaciones más matemáticas que anatómicas, uno de los conocimientos que Watson atribuía al detective. Sí tiene cierta gracia que en el segundo título, el profesor Moriarty (Jared Harris) sea descrito como “un destacado intelectual” y se nos muestre como un docente indecente, que aprovecha cada coyuntura para publicitarse con algún que otro libro, procediendo a sus manejos, de talante autoritario aunque complaciente, sin moverse de la Uni. ¡Qué perfidia!


Desafortunadamente, el conjunto no deja de ser un catálogo circense de “cómo ser un Holmes de pacotilla”, con un detective –poco consultor-, que confunde cinismo con réplicas semi-agudas –más bien esdrújulas-, y que se convierte, como queda dicho, en un artilugio mecánico, o lo más parecido a un prestidigitador. Por si esto fuera poco “aliciente”, Guy Ritchie construye las secuencias con el consabido número (infinito) de planos cortísimos que -no es el único, qué va- quieren transmitir “acción”. A todo ello se añade la desdichada tendencia a una clínica fotografía azul-grisácea, que hermana digital y tristonamente gran parte de las películas actuales. Una “visualización” que aquí obra como sinónimo de opacidad y ausencia de contraste y tonalidad (en clara disparidad con la labor de la mayoría de los directores de fotografía precedentes); es un modo más de dilapidar cualquier relevancia dramática por vía de lo uniforme (las sombritas no cuentan).

En resumidas cuentas, un ejemplo perfecto de la confusión de dinamismo por planificación atropellada, (auto)confianza por altanería, atmósfera (industrial) por atonalidad, y preocupación social por desaliño. Trufado de guiños, eso sí, entre los que solo cabe esbozar una sonrisa con la incorporación a una banda sonora intrascendente a más no poder, del tema principal que Ennio Morricone compuso para Dos mulas y una mujer (Two mules for sister Sara, Universal, 1970) de Don Siegel (esto en la secuela).


Más rápido, más aparatoso,… pero no necesariamente mejor. En el Holmes de Guy Ritchie lo que prima es la pose sobre cualquier particularidad visual o narrativa (¡parece que sesgada a conciencia desde la propia realización!).

No se trata de no poder “ofrecer algo diferente”, incluyendo a quienes les traigan sin cuidado los relatos de Sherlock Holmes, pero al menos, sí de ofrecerlo sin necesidad de tanto efectito sonoro y un lenguaje visual banalizado. Por ejemplo, y regresando a la secuela, el ridículo se hace inevitable con el montaje en paralelo de una representación musical y un atentado, o durante la huída por un bosque, tan atonal como el resto, a tiro limpio -como en cualquier otro producto de “acción”-, y con un uso trivializado del ralentí. Ahora bien, en la primera película, la escaramuza en el laboratorio desvencijado sí llega a estar bien planificada (aunque el “forzudo” sea otro préstamo más: éste del primer Indiana Jones, lo cual tampoco tiene mayor relevancia). Por desgracia, el abuso de planos cortos se encarga de desaprovechar todo atisbo de atmósfera (al dinero le ha faltado el talento).


Los argumentos no aportan nada a lo ya conocido (de hecho, son un saqueo de esta o aquella película de Sherlock Holmes; como la idea del político “iluminado”, cuya baza también ha sido mejor jugada en la citada Sherlock). La secuela potencia los aspectos paródicos hasta la extenuación y propone un humor más chusco, si tal cosa era posible. Por ejemplo, irrisorio resulta a estas alturas mostrar al villano, un profesor Moriarty que roza lo grotesco, como un enamorado de los lieder y la ópera, que como todos sabemos, es la música de los relamidos y los insufribles burgueses. A cambio de eso, solo queda el gracejo de constatar cómo Robert Downey Jr., Rachel McAdams y Kelly Reilly, se asemejan a unos jóvenes Al Pacino, Brooke Adams y Diane Keaton (Noomi Rapace no se parece a nada que yo conozca).

Pero para entonces ya se ha patentizado la absoluta desarticulación del original literario, no porque no sea susceptible de requiebros, sino porque a esas alturas de la producción a nadie parece importarle un pito. Con indicar “basado en” o “personajes creados por”, está todo justificado. Y con toda probabilidad, tal vez sea este el único aspecto positivo a extraer, el hecho de haber interesado, siquiera indirectamente, a algunos potenciales lectores a conocer los textos de Arthur Conan Doyle, el gran ausente en estas re-visiones sobre Sherlock Holmes.

Escrito por Javier C. Aguilera

Una cuestión de tiempo, de Richard Curtis

22 julio, 2014

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A sus 21 años, Tim Lake descubre que tiene un poder sobrenatural que hará cambiar su vida para siempre: puede viajar en el tiempo. Según le confiesa su padre, todos los hombres de su familia han heredado también ese don, algo que Tim no piensa desaprovechar; así podrá safisfacer su mayor deseo, el de tener novia. Después de trasladarse a Londres para trabajar en un bufete de abogados, acaba conociendo a la dulce e insegura Mary. Pero según avanza su curiosa y peculiar vida, Tim descubre que ese don tan especial no puede protegerle de las tristezas ni de los altibajos que afectan a cualquier familia, tal y como podría esperarse. Además descubrirá que viajar en el tiempo tiene sus limitaciones, como cualquier otro don, y que, incluso puede ser peligroso para él y todo aquel que le rodea.


Dirigida por el británico Richard Curtis, uno de los grandes artífices de la comedia romántica contemporánea, Una cuestión de tiempo (About time, 2013) plantea las características de una película romántica usual redefiniendo la fórmula con la que aborda al espectador. Así, vuelve a lograr el éxito del público tras las ya consagradas Cuatro bodas y un funeral (1994), Notting Hill (1999) y, sobre todo, Love actually (2003). Y es que en sus películas no se repite la fórmula, no recrea la lágrima por la lágrima o la risa por la risa, aunque, curiosamente, todas pueden resultar extrañamente parecidas; quizás porque sus trabajos evocan sentimientos encontrados en uno mismo. Ambas características, la no-fórmula y las señas de identidad, están muy presentes en Una cuestión de tiempo, su último film.

Tim (Domhnall Gleeson) y Mary (Rachel McAdams)
Tim Lake es encarnado por Domhnall Gleeson, un tierno chaval que a veces puede llegar a desesperar. Pero sólo un poco; Lake es un romántico empedernido, y utilizará esa cualidad para enamorar a Mary, una fantástica Rachel McAdams, a la que conoce tras mudarse a Londres. Y para ello, y cómo no, no parará de viajar hacia atrás para mejorarse a sí mismo, enmendar cualquier posible error y, finalmente, poder conquistarla. Así, de Una cuestión de tiempo se desprende el valor de las segundas oportunidades y hasta qué punto estamos dispuestos a llegar para ofrecer a los demás lo mejor de cada uno.

Otra seña de identidad en las películas de Curtis son los diálogos, a veces tan acertados como desacertados o prescindibles. Pero sin duda, un gran atractivo es cómo el peso de la historia no sólo recae en los protagonistas principales. También encontramos a esos personajes secundarios tan conmovedores e imprescindibles en sus trabajos, como el escritor de teatro frustrado o la hermana tan frágil como rebelde. Obviamente, mención especial a Bill Nighy, que vuelve a repetir con Curtis desempeñando esta vez el papel de padre, suegro o tío hilarante que todos querríamos tener. Y todos ellos con sus correspondientes ciclos vitales y sus emociones: el enamoramiento, el matrimonio, la estabilidad adulta o el miedo a la muerte. Características de sus trabajos que ya pudimos encontrar anteriormente, como en Love actually, y que aquí cobra un matiz prácticamente trascendental.

Bill Nighy (padre de Tim) y Lydia Wilson (hermana de Tim)
Aun a riesgo de caer en la cursilería o en el dramatismo, Curtis logra alternar al límite, pero de manera magistral, la comedia romántica y el drama familiar, tomando de base el esquema chico conoce a chica sin perderse en los detalles, ampliando esta visión elaborando una panorámica mucho más certera: la de una vida entera. Momentos claves de la película que reflejan estas características, sin revelar partes trascendentales del metraje, serían cómo Bill Nighy revela a su hijo el peculiar secreto familiar que esconden los hombres de su familia; la primera aparición de Rachel McAdams a la salida del restaurante, de un genuino y fulminante romanticismo; e, incluso, ese desenlace en una playa, de fondo a Nick Cave, de una eficacia y emoción impactante.72003/

Porque nos encontramos quizá ante una de las muchísimas comedias románticas que se estrenan al año en los cines, pero con matices que la pueden hacer destacar frente al resto. Una cuestión de tiempo es una entrañable mirada a la vida en su amplitud: la juventud, la madurez, a qué significa ser padre, qué ser hijo, y cómo uno deja de ser hijo cuando abraza sin temores la paternidad. 


Escrito por Mariela B. Ortega


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