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La guerra de las galaxias. Episodio VIII: Los últimos Jedi, de Rian Johnson

30 diciembre, 2017

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El medio audiovisual que es el cine tiene poca historia con respecto a otras artes, pero ya podemos hablar de un siglo de películas donde se ha consolidado como uno de los más atractivos para la sociedad, superando con facilidad a la literatura o a las artes plásticas. Eso no quiere decir que la mayor parte de la sociedad tenga conocimientos más amplios sobre el cine, dado que, como sucede con la música, en la mayoría de ocasiones es una relación más bien superficial, basada en la fuerza y la facilidad con las que el medio llega a nosotros. Por eso es más fácil crear legiones de seguidores y, también, provocar un debate entre ellos. Una de las sagas que inició todo este fenómeno, sembrando la semilla de lo que después han recogido otras series de películas, fue Star Wars, antaño conocido en España como La guerra de las galaxias.

Desde finales de los setenta, cuando vio la luz la sorprendente trilogía original, se ha vivido siempre la ilusión de volver a sentirnos cautivados por una historia de aventuras espacial como aquella. No obstante, la sombra de aquellas tres películas ha sido alargada y por ello la siguiente trilogía, compuesta de precuelas que narraban la historia de Anakin Skywalker, nunca superaron la sensación de fracaso que aún hoy arrastran, a pesar de que contenían buenas ideas. A todo ello se suma todos los productos que se derivaron de la historia principal, como novelas, videojuegos o hasta series de televisión, que sirvieron para consolidar este particular universo narrativo. Por todo ello, cuando llegó El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015), inicio de una nueva trilogía, se pudo sentir la inquietud que este nuevo inicio marcaba entre los espectadores. Y ya desde entonces, la saga ha tenido opiniones polarizadas a favor o en contra, pero dando una buena muestra de cómo el cine tiene un efecto visible en la sociedad.

Así llegamos a Star Wars Episodio VIII: Los últimos Jedi (2017), la segunda entrega de la nueva trilogía donde proseguimos con las aventuras de los nuevos personajes: Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega), Poe Dameron (Óscar Isaac) y el villano, Kylo Ren (Adam Driver), también conocido como Ben Solo. A los mandos de esta nave, encontramos en esta ocasión a Rian Johnson (1973), tomando el testigo de J. J. Abrams (1966), quien volverá a la saga para el siguiente episodio. El director y guionista de este episodio tiene una carrera aún breve, contando con títulos como Brick (2005), The Brothers Bloom (2008) y Looper (2012), además de haberse encargado de tres episodios de la popular serie Breaking Bad (2008-2013).

Tras conseguir destruir la poderosa arma de la Primera Orden, la Resistencia no se encuentra en su mejor momento. A pesar de su victoria, la República ha sido diezmada, se encuentran sin apoyo y deben huir de su base antes de que lleguen los refuerzos enemigos. Mientras tanto, Rey ha conseguido encontrar a Luke Skywalker (Mark Hamill) y pretende conseguir que se convierta en su mentor y que regrese para salvar la galaxia una vez más, pero el antaño Jedi desea continuar en su particular exilio.


Como podemos ver con este argumento, existen dos grandes tramas, que a su vez podemos dividir en otras dos subtramas que recorrerán toda la obra. La primera comienza con la huida de la Resistencia del planeta en que estaban para encontrar refugio en otra parte de la galaxia, iniciándose la película con una escena de batalla espacial. Sin embargo, la temeridad de Poe Dameron les llevará a obtener demasiadas pérdidas para una victoria que resulta pírrica. En todo ese proceso, Rian Johnson remarca bastante el sacrificio que ha supuesto dando más espacio a los personajes anónimos que fallecen, lo que se relaciona con el espíritu de Rogue One (Gareth Edwards, 2016) y de esta misma película, que en su mensaje definitivo pone el acento en los héroes anónimos y en la necesidad de proteger lo amado más que de derrotar o destruir aquello que odiamos. Esta escena es tan solo un prólogo del dilema al que se enfrentará Poe Dameron, personaje más desarrollado en esta entrega. A su vez, también da más visibilidad a la Resistencia otorgando más importancia emocional a las sucesivas muertes que se dan en batalla, remarcando sobre todo dos de ellas, una al principio de la película y otra, más espectacular, al final del segundo tercio

En esta ocasión, observaremos en el piloto a un hombre arrojado y tozudo, dispuesto a arriesgarse demasiado por obtener una victoria, lo que le llevará a cometer lo que sus superiores consideran locuras, pero que es una buena muestra de un soldado apasionado y decidido. Por ello, chocará tanto con Leia (Carrie Fisher) como con la segunda al mano, la vicealmirante Amilyn Holdo (Laura Dern), esta última de carácter más severo y altivo. A diferencia del atrevido Han Solo, con el que muchos han intentado compararlo, este personaje se presenta más bien como un gran piloto en proyecto de ser un líder para la Resistencia, un espíritu en el que no entra Solo, siempre más independiente y desinteresado. En esta ocasión, para Dameron, la mejor forma de aprender es equivocándose, de ello se ocupa el guion de Rian Johnson, que le muestra al personaje que no siempre se gana y que un ataque sin buena planificación no siempre conlleva una victoria satisfactoria.


Ahora bien, en su subtrama hay errores garrafales de guion, como la poca consideración que se le otorga al personaje como para no revelarle el auténtico plan de Leia y Holdo. Este hecho, que no tiene justificación alguna, provoca todo su arco evolutivo y, a su vez, da inicio a la otra subtrama, la de Finn y Rose. Ambos personajes bastante desaprovechados. Para empezar, podemos considerar que toda su aventura resulta ser innecesaria dentro del argumento, pero no de forma externa. Es decir, se cae en el mismo error que en En busca del arca perdida (Steven Spielberg, 1981), donde la presencia del protagonista, el popular Indiana Jones, hubiera sido innecesaria para llegar a la misma conclusión de la película, pero que sin él, todo el conjunto perdería la gracia. Se convierten meramente en unos personajes funcionales para mostrar una serie de ideas, ideas que, por otra parte, resultan más interesantes y sugerentes de lo que muchos han valorado.

Para empezar, no falla el hecho de que toda su aventura acabe en fracaso, porque también es necesario mostrar al héroe innecesario. No siempre las cosas salen bien y no siempre estas aventuras tan audaces a la par que temerarias pueden triunfar; en este sentido, se reitera el mensaje que Rian Johnson quiere transmitir para los nuevos componentes y posibles líderes futuros de la Resistencia, que los héroes a veces surgen de la casualidad y el riesgo, pero que no son factores que determinen la victoria y la supervivencia. De nuevo, remitimos al pasado al recordar que tanto Han como Luke fracasaron en El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) o que incluso en las disparatadas aventuras en Endor, durante El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983), también hubo ocasión para sentir que los personajes habían sido derrotados, aunque curiosamente fueron salvados por una casualidad: los ewoks, en esa especie de versión de la guerra de Vietnam.


A todo ello hay que añadir que esta subtrama apenas resulta atractiva, causando poco interés por desligarse tanto de la acción principal al punto de resultar hasta incoherente si atendemos a la medida temporal de la historia. No obstante, nos arroja más información acerca del mundo de Star Wars y, sobre todo, nos aporta unos matices que hasta ahora la saga no había tenido, ganando en grises cuando esta había sido una historia de blanco y negro, de luz contra oscuridad. El máximo ejemplo de esta situación será DJ (Benicio del Toro), que representa a la perfección esa ambigüedad descreída de quienes han aceptado que no existen bandos, sino intereses. 

En este caso, se sigue la misma línea desmitificadora que ya apreciamos en Rogue One y que permite a la saga avanzar en una dirección más madura. Se recuperarán por una parte las críticas a la esclavitud o al mundo de las apuestas, ya presentas en La amenaza fantasma (George Lucas, 1999), y se incorporarán mensajes contra el comercio de armas y el maltrato animal. Sin embargo, para todo ello, se crea una pequeña aventura poco emocionante y donde los personajes no provocan interés: en Finn no notamos evolución alguna, aunque aquí pueda existir la semilla para cambios futuros, Rose es un personaje simpático, pero bastante plano, y el desarrollo de cierta relación romántica entre ambos resulta abrupto y extraño, incluso BB8 acaba por convertirse en una parodia de sí mismo.


Al otro lado, en la otra gran trama, tenemos sin duda los acontecimientos más fascinantes, en tanto que se acercan al misticismo que rodea a los Jedi y supone el regreso de uno de los personajes emblemáticos de la saga, Luke Skywalker (volvemos a mencionar a Mark Hamill, que consigue una gran actuación regresando a su mítico personaje). Por una parte, tendremos la relación entre Rey y Luke en ese intento de enseñanza y aprendizaje bastante frustrado. Para empezar, la construcción de Luke puede resultar chocante para quien esperase volver a ver al joven Jedi de la trilogía original; no obstante, es coherente. Resultaba extraño pensar que este personaje hubiera abandonado todo lo conocido sin una motivación personal y profunda, por lo que no nos debe extrañar que rechace regresar sin haber superado su crisis existencial, menos aún por la petición de una extraña como es Rey. Así pues, el fracaso de Luke es uno de los pasos hacia la desmitificación a la que son sometidos los Jedi en toda la película gracias a este mismo personaje, redundando además en la lección de que desde el fracaso y el error también se aprende. 

En este sentido, se opta por mostrar a un personaje descreído y hastiado, casi un ermitaño que parece haber perdido la esperanza que lo caracterizaba. En gran medida, ha dejado espacio al lado oscuro al dejarse llevar por el miedo, provocó un daño crucial por su error y también ha abandonado la senda de la Fuerza por este mismo sentimiento. Pero, además, ha descubierto que la figura mítica de los Jedi es un ideal bañado por la nostalgia del tiempo, dado que también ellos cayeron, y cayeron permitiendo que el mal les derrotase desde dentro. Desde este punto inicial, se consigue además que el personaje evolucione dentro de la propia película, otorgándole un crecimiento personal que hubiera resultado imposible si nos hubiéramos encontrado a un maestro Jedi ideal. Rian consigue engarzar así con todas las entregas anteriores, incluidas las precuelas, y dar un sentido global a la saga, incluso incluye los ya citados temas sociales sin perder el tono de aventura fantástica.


Y a la vez, consigue dirigir la mirada hacia los grises: el derrotado Luke piensa tan solo en la desaparición de los Jedi y en sus lados más sombríos mientras que Rey ansía convertirse en una sin superar sus propios temores. Y no son los únicos: Kylo Ren duda del camino que le marca su mentor Snoke y la luz sigue presente en él. Precisamente, la relación entre Kylo y Rey en esta entrega supone la otra subtrama de este apartado, logrando aquí un mejor desarrollo para este villano ambiguo y bastante más humano y creíble. Se reitera la idea de que él no es Darth Vader, como también muchos aficionados desearían, porque básicamente no fue la intención de Abrams ni tampoco la de Rian. En realidad, Ben Solo pretende serlo, pero siempre será incapaz, porque es otra persona. De ahí que su evolución también diste de la Anakin, aunque sea paralela. No en vano, se recrea parte de la estructura argumental de las escenas entre el emperador, Luke y Vader en El retorno del Jedi para mostrar sus semejanzas, pero también sus cruciales diferencias. Esencialmente, Ben Solo actúa de forma impulsiva, muy emocional, más semejante al joven Anakin que a Darth Vader, con la diferencia de que ocupa o trata de ocupar el puesto de este segundo. Esta diferencia la veremos en la forma en que afronta el combate a sable láser del último tercio de la película, que dista del sosiego que tenía Vader en Una nueva esperanza cuando se enfrentó a Obi Wan Kenobi. Como en otro momento de la película se señala, los maestros somos lo que ellos alcanzan a ser, y en esta entrega, Kylo sigue hasta el final los pasos de su maestro, demostrando su maldad al intentar arrasar con todo y su puerilidad por sus sobreexcitadas reacciones. Con todos estos factores, Rian consigue homenajear a la saga mientras subvierte toda su mitología clásica en torno al héroe, a los linajes y a su maniqueísmo, lo cual es valiente.

Por supuesto, habrá un punto álgido y climático en toda esta trama que nos revelará el camino definitivo que los tres protagonistas (Luke, Rey y Kylo) adoptan, aunque para ello consideramos que existen algunos vacíos, bien por haber eliminado escenas, no en vano falta media hora de metraje recortado, bien por no haberlas planteado. Por ejemplo, faltaría profundizar en el pensamiento pesimista de Luke y también en Rey, que aunque se avanza al plantearnos sus dudas existenciales y su determinación final, la sentimos más desaprovechada y con cierta necesidad de haber tenido un protagonismo más intenso y un desarrollo más coherente. Por no mencionar que las tres lecciones previstas por Luke quedan reducidas a dos sin mayor explicación. A su vez, se desperdicia mucho tiempo en escenas cómicas. Aunque valoramos de forma positiva el humor introducido, en ocasiones se sobrepasa, incluso resultando de mal gusto. En algunos casos, se podría haber resuelto de otra forma, como la reacción de Luke al recoger el sable láser de manos de Rey, o era meramente innecesario, como las criaturas de las que se consigue la leche azul. 


Para terminar, hemos dejado aparte al resto de antagonistas: el general Hux (Domhnall Gleeson), la capitana Phasma (Gwendoline Christie) y el líder supremo Snoke (Andy Serkis). No ha sido casual, porque poco se puede decir de ellos. Siguen siendo, al menos en las películas, personajes vacíos. El primero se ha convertido en blanco de bromas de otros personajes y acaba por ridiculizarse él solo. Phasma, como sucediera en la anterior entrega, prometía más de lo que finalmente ha sido, y realmente no merecería la pena recuperarla en el siguiente episodio. Y el caso de Snoke es bastante curioso, porque aunque se mantiene todo el misterio sobre su identidad, su papel en esta película sí me parece relevante y bien llevado, salvando el hecho de que no lo comprendemos más allá de su funcionalidad, como sucede con el resto de personajes mencionados en este párrafo.  

A nivel técnico, poco hay que reprocharle a esta superproducción, que aúna tanto los efectos digitales más modernos como el uso de maquetas tradicionales, lo cual es de agradecer, dado que otorgan mayor realismo y coherencia a la propia saga, en lugar de abusar del croma. John Williams continúa siendo el espíritu musical de esta saga con sus fanfarrias, la reutilización de sus temas y la creación de nuevos que se insertan con gran facilidad al resto de la familia de leitmotivs ya creados por el maestro. Por otra parte, Rian Johnson hace un gran trabajo junto al encargado de la fotografía, Steved Yedlin, en el apartado artístico, logrando que la espectacularidad se una a momentos de gran belleza, que llega a ser hasta metafóricos: el uso de los colores, por ejemplo, en el planeta donde se cruza el blanco y el rojo, o una de las mejores secuencias de la obra, donde todo se silencia para mostrar prácticamente un blanco y negro en mitad de una escena que se sentía trepidante. Tampoco faltan las coreografías y se consigue una acción en el uso de la espada láser que se disfruta bastante. En este sentido, poco se le puede reprochar. Sí en cuanto al ritmo, que se siente demasiado ralentizado en el primer tramo de la película para acumular escenas climáticas en los dos últimos tercios, manteniendo al espectador en un continuo desaliento.


Ahora bien, he podido leer en los últimos días diversas críticas a la película realizadas por aficionados a la saga que no han comprendido o aceptado algunas de las decisiones argumentales llevadas a cabo por Ryan Johnson. Lo cierto es que puedo entender el desconcierto o la sorpresa, pero en algunos casos no parecen comprender que no se trata de repetir esquemas, sino de crear interés y algo más artístico. Por ejemplo, muchos señalan la falta de explicación o una respuesta poco satisfactoria hacia ciertos interrogantes surgidos en El despertar de la Fuerza, como la identidad de Snoke o de los padres de Rey, pero lo cierto es que si atendemos a la trilogía original, tampoco sabíamos por aquellas películas cómo había ascendido al poder el Emperador o siquiera quién era, es más, tampoco en las precuelas se nos ofrece mucha más información sobre el personaje salvo su ascenso entre las sombras para convertirse en la máxima autoridad de la República o algunos datos sueltos sobre su maestro. Lo cual deja en evidencia que la mitomanía es perjudicial para juzgar una obra. 

Y con ello no quiero decir que Los últimos jedi no contenga errores, lagunas argumentales, como la falta de espacio a que Luke explique su pensamiento actual sobre los Jedi y la Fuerza o que esperen hasta el último momento para proteger la base rebelde, o situaciones absurdas, como la ya tristemente famosa escena de Leia (no tanto por el contenido, sino más bien por la forma en que se realiza), el despropósito del que surge todo el arco de Poe Dameron o el ridículo en el que caen los villanos, sobre todo Hux y Phasma, pero está claro que tampoco puede seguir repitiendo las mismas ideas que sí, nos sorprendieron en los setenta y marcaron parte de la historia del cine, pero que hoy no tendrían más efecto que sentir que nos están contando el mismo argumento. Curiosamente, esa fue la principal queja sobre la anterior entrega. A su vez, la intención de este nuevo guion es evidente: romper o subvertir las ideas de la trilogía original, pero aplicando la propia lógica de este universo. Por ejemplo, la Fuerza no es cuestión de linajes, dado que si lo fuera, ¿cómo era posible que existieran tantos jedis en la trilogía precuela sin pertenecer a una de esas dinastías? Es más, si acaso fuera así, ¿pudo el Imperio acabar con todos, incluso descendientes futuros, o que no hubieran desarrollado tal poder aún? Incluso admitimos la idea de que Luke llegó a entrenar a nuevos aprendices, como es el caso de Ben, pero no que los haya dispersos en el universo. En definitiva, la ruptura es clara, pero se alimenta de las posibilidades que el propio universo de Star Wars le otorga.


Al final, uno de los aspectos más interesantes de Los últimos Jedi es que plantea dilemas, hace que exista un debate sobre las decisiones argumentales porque estas han sido valientes y arriesgadas. En efecto, la mayor parte de los espectadores disfrutaron El despertar de la Fuerza porque era una película muy atractiva, que lanzaba muchos interrogantes para el futuro, que conseguía ser emocionante, pero que, como muchos observaron, era la repetición de un patrón, el patrón de Una nueva esperanza, por lo que se sentía cómoda, familiar y segura; asumía pocos riesgos. Los últimos Jedi consigue seguir la estela de la trilogía clásica, pero rompiendo con los esquemas y giros argumentales que se teorizaban y que seguían una línea continuista con lo que fue la saga, y a la vez, consigue engarzar con las precuelas e introducirnos un fondo político sin que se pierda su capacidad de entretenimiento. Pero, como ya mencionamos, su aspecto más sugestivo ha sido su capacidad para que los aficionados debatan sobre las propuestas argumentales que se han puesto sobre la mesa. Y aunque ello suponga muchas conversaciones vacías y extremistas, lo cierto es que conlleva la idea de que la película ha tenido un efecto importante y poco complaciente con el espectador. A partir de ahí, dependerá del gusto de cada cual.


La guerra de las galaxias. Episodio VII: El despertar de la Fuerza, de J.J. Abrams

21 diciembre, 2015

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Este análisis comenta cuestiones relativas al argumento, contiene spoilers sin giros importantes de la trama.

La expectación es un arma de doble filo. Debemos partir de la base de que no se puede complacer a todos, ni siquiera las considerables mejores obras son del gusto de todos de la misma forma. Aunque los parámetros en que se mida la calidad de determinada materia artística puedan establecer si una obra es magistral o no, lo cierto es que hay un campo que va más allá de esos parámetros, algo que se ha venido a denominar de muchas formas, como el duende flamenco, el hado o, casi en términos platónicos, el alma.

Ahora bien, debemos impedir quedar cegados por nuestras emociones más intrínsecas o, peor, por una mitomanía exacerbada y pueril a la hora de analizar lo que vemos, leemos o escuchamos, aunque no por ello despreciemos que algo nos ha gustado, que lo hemos disfrutado, a pesar de reconocer sus carencias y sus fallos. Porque, entrando ya en materia, lo cierto es que La guerra de las galaxias. Episodio VII: El despertar de la Fuerza (2015) tiene carencias, esencialmente en el esquema argumental con respecto a la originalidad, pero no por ello deja de ser una película de un gran entretenimiento, quizás hasta hipnotizadora y con una gran fuerza a base de levantar emociones muy humanas: el sentido de la justicia, el abandono, la duda, el humor y la fraternidad sirven de ejemplo.

Por todo ello, hay que acercarse con cautela a esta nueva entrega de la saga ideada por George Lucas, Star Wars, dado que no podemos apresurarnos a llamarla obra maestra (habría que plantearse qué entendemos por obra maestra), pero tampoco despreciarla de forma absoluta. Se debe huir de las críticas que queden cegadas por los extremos sin argumentar con lo que uno se encuentra en pantalla, aquellas que argumentan a partir de lo que hubieran deseado ver.

J. J. Abrams y Kathleen Kennedy
Resulta imposible olvidar el fenómeno que La guerra de las galaxias ha supuesto para la industria del cine y para toda una generación, o varias, de espectadores. A esa presión se enfrentaba J. J. Abrams (1966-) cuando fue seleccionado por la nueva compañía dueña de la saga, Disney, para dirigir el que ha supuesto el primer paso de una nueva trilogía, la tercera ya, y de toda una serie de películas derivadas, como la futura Rogue One (2016) o el spin-off dedicado a un joven Han Solo (2018). Pero, además, era la continuación directa de la primera trilogía, la de los episodios IV, V y VI, aquella que la mayoría de seguidores consideran la mejor de toda la franquicia, a años luz de la generalmente denostada trilogía-precuela.

Con la tutela e insistencia de la productora Kathleen Kennedy, actual directora de Lucasfilm dentro del conglomerado Disney, J. J. Abrams se atrevió a ponerse a los mandos de la película no sin cierta reticencia, pues pesaba sobre él la idea de estar convirtiéndose en un chico de secuelas. Aunque Abrams tenga una carrera televisiva (Felicity, Alias o Lost dan cuenta de ello) y cinematográfica que empezó en los noventa, tan solo ha dirigido tres largometrajes antes de enfrentarse a Star Wars, y dos de ellos han sido continuaciones: Misión: Imposible III (2006) y Star Trek (2009), siendo Super 8 (2011) su única pieza individual, heredera del cine de aventuras juvenil de los ochenta. Lo que resulta evidente es que Abrams es también un seguidor de aquello que le han encargado realizar y, por ello, este Episodio VII bebe de las mismas fuentes que lo hiciera la trilogía original.


El inicio de cualquier película de la saga es mundialmente conocido, lo extraño es encontrarse con un número más, dado que la trama principal y final de los episodios II y III eran previsibles, pero este nuevo nos adentra en la dimensión desconocida: ¿qué ha sucedido tras derrocar al Imperio Galáctico? La primera frase con la que se abre la película, en el habitual texto ascendente sobre fondo estrellado, es el objetivo de la película: la desaparición de Luke Skywalker (Mark Hamill) y su necesario regreso para hacer frente, como el último Maestro Jedi, a la nueva amenaza que pende sobre la galaxia, la Primera Orden. Sin embargo, esta aventura comienza lejos de nuestros estimados héroes, en el planeta Jakku, donde se encuentra la única pista del paradero de Skywalker.

Pero el destino actúa en un juego de casualidades siniestro y nos conduce a la unión de dos personajes distintos, pero afines. Por una parte, un desertor de la Primera Orden que hará suya la empresa del piloto rebelde Poe Dameron (Oscar Isaac), que acaba por aceptar el nombre de Fin (John Boyega) y cuyo anhelo es huir, escapar de la maldad que ha presenciado desde dentro; por otra, la chatarrera Rey (Daisy Ridley), que fue abandonada en este planeta cuando era niña y que aún espera a su familia, a que regresen a por ella, por lo que no puede arriesgarse a escapar, a buscar una aventura pese a que es lo que más desea. La misión de Dameron y del pequeño y simpático droide BB-8 empujará a ambos a escapar del desértico planeta en busca de respuestas. Así, juntos deberán enfrentarse a sus propios miedos y deseos para hallar una nueva vida, quizás lejana a aquella que esperaban, y embarcarse en una aventura que decidirá el futuro de la galaxia.


El despertar de la Fuerza sigue las ideas básicas de Una nueva esperanza (1977), pero les otorga una nueva identidad, personajes con más desarrollo interno y un enfoque distinto respecto a ciertos hechos. Abrams podría haberse distanciado aún más de la que fue la primera película de la franquicia, pero lo cierto es que ni siquiera El retorno del jedi (1983) lo hacía, imitando también un modelo similar, con respecto a la destrucción de la segunda Estrella de la Muerte. El comienzo en el planeta Jakku resulta trepidante y en poco menos de media hora nos ofrece la perspectiva de que estamos ante un nuevo enemigo temible, como lo era el Imperio, y que la situación de los rebeldes no ha variado tanto a pesar de contar con el apoyo de una nueva República. A su vez, plantea de forma ligera algunas características de los que serán los dos protagonistas y también el antagonista.

La segunda parte nos lleva a terrenos conocidos, especialmente con la aparición estelar de Han Solo (Harrison Ford) y su sempiterno compañero Chewbacca (Peter Mayhew). Curiosamente, la película tiene una escena un tanto absurda en esta ocasión con una resolución un tanto desconcertante, aunque pronto se recupera para continuar la travesía espacial hacia nuevos horizontes que pondrán un nuevo reto a cada uno de los protagonistas: seguir adelante en la aventura o asumir su papel en el equilibrio de la Fuerza. Finalmente, la base Starkiller de la Primera Orden se sitúa como el equiparable (o, más bien, como superior) a la amenaza de la Estrella de la Muerte, y estaremos en el tramo final dentro de una aventura contrarreloj para destruirla y, además, para rescatar a uno de los personajes; se concluye así con un duelo doble: entre las fuerzas de los rebeldes y esta organización heredera del Imperio y entre el lado luminoso y el lado oscuro de la Fuerza.


Resultaría absurdo ponerse a medir o calcular el número de referencias o similitudes con el Episodio IV, desde detalles tan curiosos como la reaparición de la bola de entrenamiento con la que se entrenó Luke con Obi-Wan hasta las similitudes más evidentes, como la sucesión de acontecimientos: droide con información vital para la Resistencia acaba perdido, joven con potencial en la Fuerza, la aparición de ese montón de chatarra que es el Halcón Milenario, la aparición de un personaje-mentor que se convierte en una especie de figura paternal para la protagonista, un amenazante villano oculto tras una máscara, un arma tan poderosa que es capaz de arrasar mundos, pero con un punto débil que puede ser atacado con naves espaciales...

Seguramente, se trata del hecho más molesto de la película, es decir, notar que no se ha buscado una trama global novedosa dentro de la franquicia, algo que quizás sí aportaba la trilogía-precuela, aunque su desarrollo no fuera el adecuado. No obstante, todo se envuelve de un halo de novedad, gracias sobre todo al trabajo realizado con los personajes, a la forma de narrarlo visualmente logrando una mezcla perfecta entre el estilo clásico de la saga y unas incorporaciones digitales poco saturadas, y, en definitiva, a otorgarle un espíritu fidedigno a la saga, pero innovador en determinados aspectos, aunque no sea el caso del entramado principal.


Entre las novedades, seguramente el carácter de los protagonistas, incluido el principal antagonista. Tanto Finn como Rey no se muestran como personajes planos, sino que, al revés, dudan acerca de lo que tienen o deben hacer. Para el espectador, resulta fácil sentirse relacionado con unos personajes que se ven arrojados a una aventura espacial, siendo perseguidos por una entidad oscura, y dudan sobre qué hacer. Seguramente podríamos desear que ambos tengan mayor determinación, por ejemplo, cuando Rey comienza a comprender qué es la Fuerza, desearíamos que asumiera ese papel de heroína al instante, pero no lo hace, y eso la convierte en alguien no cobarde, sino más humano. En esto, debemos admirar el potencial de la actriz Daisy Ridley, un descubrimiento para la saga que consigue encarnar a Rey con naturalidad, en esa mezcla de adicta a la mecánica, proto-guerrera jedi, superviviente nata y necesitada de una vida nueva, más estimulante.

A la zaga también va John Boyega encarnando al soldado de asalto desertor de la Primera Orden, quizás menos logrado que su compañera, pero soportando un papel que aúna los nervios y el temor que provoca su idea continua de huir junto a un necesario espíritu de justicia y fraternidad que origina un retorno y, por supuesto, que ocupe el papel que le pertenece en el entramado. Si cuando Han Solo huía en Una nueva esperanza comprendíamos que estábamos ante un hombre algo canalla, pagado a sí mismo y poco interesado en perder la vida por algo en lo que no creía, aquí es comprensible la actitud de Finn ante los terribles sucesos de los que ha podido ser testigo, que, por otra parte, permanecen en el misterio. Por cierto, no se deja nada al azar y la película otorga explicación a por qué no son clones los soldados de esta Primera Orden; en este sentido, cabe destacar cómo se logra dar respuesta a algunas dudas con una sencilla intervención o frase en el punto adecuado.


Por otra parte, cabe destacar la creación de una relación entre amistosa y romántica entre Finn y Rey de una forma tan natural que supera, sin duda, las riñas de Han y Leia en la trilogía original y la artificiosa relación de Anakin y Padmé en las precuelas. Se marca así un nuevo tipo de conexión que junta cierta sutileza con algunas frases románticas que no resultan cargantes ni otorgan un cariz excesivo, sino que, por contra, resultan creíbles. Incluso podemos afirmar cómo ambos se complementan y gracias a su mutua colaboración logran superar sus dudas internas. Hasta podemos considerar que Finn es el responsable final de que Rey ocupe el papel de heroína jedi, siendo él también capaz de enfrentarse a sus temores aunque sea con un arma, la espada láser, que, como la película se encarga de remarcar, no está hecha para él.

Por contra, frente a estos dos nuevos protagonistas postulados al lado del bien, en el lado de los villanos encontramos una situación desigual. Kylo Ren (Adam Driver) deviene a ser un Darth Vader previo, seguramente un mejor Anakin en proceso de cambio hacia el lado oscuro de lo que fue el que vimos en La venganza de los sith (2005). Aunque resulta imponente y sanguinario, se puede notar cómo no actúa realmente como lo hacía Vader, siendo incluso más piadoso con sus hombres (lo que otorga un punto cómico al hecho de que arroje su ira sobre parte del mobiliario espacial) y con una posición menos segura y determinada (hasta su espada láser se muestra inestable). Quizás revelan su identidad excesivamente pronto, aunque ello no resta valor dramático a los acontecimientos posteriores y a comprender las razones para que nos encontremos ante un villano que, igual que los dos protagonistas, duda sobre lo que está haciendo, a pesar de su idolatría a lo que Vader representaba. Como él dirá en la película, hay algo que lo está desgarrando desde dentro.


A su lado, el general Hux (Domhnall Gleeson) y la capitana Phasma (Gwendoline Christie) resultan ridículamente artificiales. El general actúa de una forma tan fría, con ecos de despotismo, pero con la ausencia de la personalidad que desprendía, por ejemplo, Peter Cushing en Una nueva esperanza. Desconocemos si es Gleeson el que no está acertado en su interpretación o si, por contra, está respondiendo justamente a lo que le requerían. No obstante, en el espíritu de esta nueva película, personajes tan huecos o planos quedan atrás con respecto a lo que estamos viendo.

A su vez, la capitana Phasma acaba por ser un personaje ciertamente ridículo, mal empleado y completamente desaprovechado; era de esperar que, ya que se incluía por primera vez un personaje villano femenino en la saga y en una película donde se motiva la exploración interna de los personajes, se le diera algo más no solo de presencia, sino de desarrollo. Lo mismo sucede en el caso del piloto Poe Dameron en el bando rebelde, cuyo carisma inicial, muy semejante al de Solo en la trilogía original, es desperdiciado en la mayor parte de la película.


A otros personajes de la vieja escuela también se le da poca cancha, como sucede con Leia Organa (Carrie Fisher), que vuelve a dar muestras de su vinculación con la Fuerza en una escena similar a la de Yoda en La venganza de los sith, mostrando así su lado sensitivo. También es el caso de los droides R2D2 (Kenny Baker) y C3PO (Anthony Daniels), que pasan a un segundo plano con respecto a BB-8, otro de los fenómenos más identificables del espíritu de este Episodio VII. Por otra parte, tenemos la inclusión de un imponente villano en la sombra, el Líder Supremo Snoke (Andy Serkis) desde este primer episodio de la nueva trilogía se distancia del enigma con respecto al Emperador en las otras entregas, aunque su historia siga siendo un misterio. En el lado del bien, un nuevo personaje recreado con CGI que emula algunas características de Yoda y del Obi-Wan interpretado por Alec Guinness, ejerciendo casi como una sustituta de Maestro Jedi, a pesar de reconocer que no lo es: Maz Kanata (Lupita Nyong'o le da voz).

La carga dramática de la película la sobrellevan de una forma sutil y especial los personajes Han Solo y Leia Organa en este reencuentro entre Ford y Fisher después de tantos años. Solo se muestra algo envejecido y no falto de la chispa original, siendo el miembro del elenco original que más interactúa con los nuevos personajes, cediendo así el testigo. Ambos personajes nos hacen ver que, después de tanto tiempo interno como externo, siguen manteniendo algo mutuo, aunque los problemas, generalmente elididos, hayan provocado una actitud melancólica entre ambos. Sus diálogos dan una buena muestra de cómo lo hecho con cierta simpleza sutil puede llegar a ser no solo suficiente, sino hasta más brillante que los diálogos demasiado explicativos.


Con respecto a otras características generales, debemos apuntar hacia el humor que recorre como una espina dorsal toda la película, estando mucho más presente que en otras entregas gracias, sobre todo, a su naturalidad y a un reparto equilibrado durante todo el metraje. Además, hay distintos personajes que dan cabida a distintas expresiones graciosas, como la ironía de Poe, la torpeza de Finn, la socarronería de Solo, las siempre elocuentes intervenciones de Chewbacca, la ingenuidad genuina de C3PO o la personalidad heredera de R2D2 pero con mayor movilidad y, por tanto, expresividad, de BB-8. Y esto no se deslinda de una carga dramática también presente, especialmente en el último tramo de la película; a destacar aquí el plano tenebrista, con un excelente juego de claroscuros que otorga un mayor carácter épico, con el que se nos presenta la caída definitiva en el lado oscuro de Kylo Ren.

No faltan el resto de elementos de la saga, desde la introducción clásica hasta las cortinillas de transición, aunque estas últimas no llegan a ser excesivas ni el único modo de cambiar de escena. Regresan las naves con trepidantes escenas de acción espacial, aunque en este caso concreto sea más acción planetaria, incluyendo una sorprendente persecución en el primer tramo, una especie de llegada del séptimo de caballería, al estilo de los westerns clásicos, en el segundo tramo, y la batalla final. También se ha logrado unir la tensión dramática de los duelos de espada láser de la trilogía original con la espectacularidad, algo más relajada, de la trilogía-precuela, en la que se nota como una lucha equiparada que ha sido criticada por resultar incoherente con la franquicia, aunque la película se haya encargado de subrayar la capacidad innata de la protagonista.


La intención evidente de Abrams de unir la cinematografía clásica, incluso en formato y escenario, con los adelantos digitales, nos arroja un resultado más auténtico a la vista. Además, no fuerza la confusión en las batallas, lo que es de agradecer, filma de forma correcta y nos arroja algunos planos, como el mencionado de tonos tenebristas, de valía. También el confuso montaje de la secuencia revelatoria que sufre Rey logra reunir inquietud y asombro, mientras que otras secuencias logran animar el espíritu en excelente combinación entre imagen y sonido. Precisamente, a nivel musical, quizás no hay temas novedosos que nos otorguen la sensación de que John Williams vuelve a innovar en la saga; por contra, la reutilización de temas clásicos, algunos leitmotivs, sigue siendo tónica habitual, y nada despreciable (escuchar algunos de esos temas, como la propia introducción, en el cine resulta una delicia). No obstante, hubiéramos esperado alguna sorpresa del talento de Williams, como sucediera en el Episodio I con el tema Duel of the Fates.

En definitiva, El despertar de la Fuerza logra un ejercicio de naturalidad que nos hace creer que estamos de nuevo ante el espíritu de lo que es Star Wars, aunque le pesa la semejanza con lo ya visto. Una película trepidante, que consigue un entretenimiento que atrapa al espectador, con quizás un segundo acto menos emocionante, pero que como resultado final nos arroja una perfecta unión entre acción, emoción, humor y aventura. El final nos arroja hacia el futuro y cabe esperar que este sea, ojalá, el peor de los próximos episodios, porque eso querrá decir que hemos ido a mejor. Un despegue de una nueva trilogía a la altura, aunque esperemos que en el futuro opten por ofrecernos un argumento más original, pero sin perder nunca el espíritu al que esta película rinde culto.



Adaptaciones (XLIX): Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 1, de David Yates

05 agosto, 2015

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Llegamos al final del camino o al que se suponía sería el final, pero que se dividió en dos películas: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 1. Podríamos suponer que esta decisión, que sentó precedente para otras adaptaciones posteriores, como en el caso de la franquicia Crepúsculo o con Los juegos del hambre, pudo responder a razones económicas, con el deseo de estirar a la gallina de los huevos de oro, cosa que también se puede pensar del spin-off que llegará el próximo año. No obstante, en una saga de tal extensión como la del joven mago, esta división en dos entregas permitía concluir de forma más adecuada con los cabos que se habían abierto a lo largo de la franquicia y adaptar de la mejor manera el último libro.


Debemos reconocer aquí la capacidad de J.K. Rowling para lograr que los elementos de las primeras historias, de carácter autoconclusivas, adquieresen importancia en la resolución definitiva, consiguiendo así que el camino recorrido hasta el momento tuviera un hilo conductor lógico y bien construido. No obstante, el guionista Steve Kloves, encargado de la adaptación de todas las entregas, salvo de la quinta, y el director, David Yates, afrontaban el desafío de, por una parte, superarse tras una desaprovechada sexta película, Harry Potter y el misterio del príncipe, y, por otra, solucionar aquellas incongruencias que pudiera ocasionar las modificaciones realizadas en otras películas con respecto a los libros. 

Si las anteriores entregas avisaban de la situación bélica a la que se iba acercando la saga, esta nos introduce de pleno en ella desde el principio. Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) comienzan la búsqueda de los horrocruxes dejándolo todo atrás, con el fin de poder derrotar a Lord Voldemort (Ralph Fiennes). Un viaje que no será sencillo y que podría aumentar la distancia entre ellos mientras, alejados de todos a quienes quieren proteger, temen por la vida de sus seres queridos y de las consecuencias de la expansión de la oscuridad hasta el mismo Ministerio de Magia. De forma paralela, Voldemort busca desesperadamente el arma que le permita acabar con el niño que vivió.


En toda la película observaremos relaciones con anteriores entregas, pero aún más, podemos notarla como una continua despedida a los tópicos frecuentes de la saga. Un quiebro que muestra bien la ausencia de Dumbledore (Michael Gambon) y un protagonismo centrado en el trío y en su viaje, ausentes de todo lo que sucede en el mundo en el que han vivido hasta ahora. La marcha de los Dursley ante el peligro, el obliviate a los padres de Hermione (por cierto, la madre de la bruja en esta ocasión encarnada por Michelle Fairley, actualmente más conocida por su papel como Catelyn Stark en la serie Juego de Tronos), la varita rota, la posterior muerte de Hedwig, unida a la de otros aliados, pertenecientes a aventuras anteriores, el no regreso a Hogwarts (sin que el castillo llegue a aparecer en toda la obra), la traición de Snape, el peligro real que supone ahora decir el nombre de Voldemort, a pesar de haber luchado por decir su nombre libremente en el resto de entregas, o la gran inseguridad a la que se ve expuesto el trío protagonista dan buena cuenta de la diferencia de carácter de esta película con respecto a las otras.

Aunque, a su vez, esta última aventura se alimente de esta nostalgia y del mundo creado anteriormente para lograr ese efecto antitético. Sin lugar a dudas, un espectador ajeno a la franquicia no entendería bien el significado real y completo de todo lo que sucede en pantalla, ni del valor que tienen algunos de estos personajes u objetos. Por ejemplo, el testamento de Dumbledore, con una escena algo inquietante protagonizada por el nuevo Ministro de Magia (interpretado por Bill Nighy) aumenta esta interrelación con obras anteriores, al recuperar elementos como el desiluminador o la snitch dorada de la primera entrega, o la espada de Gryffindor, objeto estelar en la segunda.


Por otra parte, no hay espacio para la tranquilidad segura a la que nos tenía acostumbrada la saga. Los momentos menos tensos del tramo inicial, con la boda de Fleur y Bill, por ejemplo, son sucedidos por escenas de batalla confusas, pero espectaculares. Esta confusión no sucede como tal en el resto de la película, ofreciéndonos la sensación de que el director optó por esta opción para aumentar la sensación de peligro de los personajes. Yates, que como dijimos con respecto a su primera participación en esta saga, estaba acostumbrado a tratar temas como al corrupción o las intrigas institucionales, por lo que su eficacia en este campo se muestra claramente en lo relativo al Ministerio de Magia, la reunión de los mortífagos o la persecución a Harry. Ahora bien, la película cuenta con un problema de ritmo y de equilibrio. 

Entre otras cuestiones, al ser la mitad de la adaptación, no cuenta con una resolución, como era habitual en todas las entregas de la franquicia, que parecían concebidas como autoconclusivas. En este caso, la excepción sería, seguramente, de la anterior, cuya resolución (mayor en el libro) abría en realidad el argumento de esta última aventura, pero con un dramático giro de los acontecimientos.


Así pues, encontramos cierto letargo en el viaje de los protagonistas, aunque su construcción cuenta con elementos que potencian aquello que pretende transmitir. Por ejemplo, se vuelve a recurrir al paisaje, con una fotografía que nos muestra la desolación mientras se escucha ininterrumpidamente lo que podríamos denominar radio de guerra, aunque este recurso se haga demasiado evidente y casi de forma artificial: allá por donde van los personajes, no hallan ninguna señal de vida, sino solo su ausencia. La distribución de la cinta queda así en tres fragmentos: un tramo inicial intenso, donde encontramos las despedidas antes mencionadas y los dos ataques, tanto a Harry como a la boda; un tramo medio que transcurre con mayor lentitud, en el que observamos el viaje en busca de los horrocruxes y de la forma de eliminarlos, con momentos puntuales de acción, como las escenas del Ministerio de Magia, que sirve de bisagra entre el otro tramo y este, o la destrucción del guardapelo; y un tramo final que recupera la intensidad mediante el clímax que supone el descubrimiento de las Reliquias de la Muerte y la escaramuza en la mansión de los Malfoy (aunque considerándolo mejor, el clímax de toda esta película es la Parte 2).

A esta cuestión temporal se une una cuestión técnica relativa a la fotografía. Como ya hemos mencionado, la saga se ha ido oscureciendo no solo en su temática y en su madurez, sino también en su fotografía. En esta ocasión, se prosigue con la preferencia por los tonos azulados y grisáceos, optando en ocasiones por una postproducción de oscurecimiento y aumento del constraste que provoca que el espectador no llegue a ver qué está pasando en la cinta (sucede, por ejemplo, cuando Harry y Hermione investigan en la casa de Bathilda Bagshot).


Retornando a cuestiones y decisiones argumentales, debemos apreciar la introducción de algunos momentos de humor bien introducidos y que aportan cierta relajación a la tensión permanente de la película. Podríamos poner el ejemplo de la poción multijugos, tanto en su primer uso con la aparición de los siete Harry, como en su segunda uso durante la travesía por el Ministerio de Magia, con algunos diálogos hilarantes, especialmente los relativos a la transformación de Ron.

En este fragmento también recuperamos a uno de los personajes más odiados de la saga, Dolores Umbridge (Imelda Staunton), que, en línea con lo ya mostrado, prosigue su opresión a través de la institución ahora dominada por Voldemort. La visita obligada de nuestros protagonistas al Ministerio funciona tanto por lo que supone la búsqueda del guardapelo como horrocrux como para observar la maquinaria del Estado mágico corrupta por la manipulación del mago oscuro.


Ahora bien, aunque el argumento principal de la obra sea la búsqueda y destrucción de los horrocruxes, la aparición constante de la simbología referente a las Reliquias de la Muerte y su posterior explicación se relacionan con la necesidad de Voldemort de encontrar un arma con la que derrotar a Harry Potter, a fin de evitar el priori incantatem de su último enfrentamiento, en Harry Potter y el cáliz de fuego (2005). Esto permite que nuestra atención también se desvíe en algunas ocasiones, y a través de las visiones de Harry, a algunas escenas protagonizadas por el mago oscuro, como el interrogatorio a Ollivander y la posterior y constante búsqueda de la Varita de Sauco.

En este sentido, debemos destacar toda la secuencia animada creada para el cuento de las Reliquias de la Muerte, que proporciona un interesante recurso visual, hasta ahora no empleado en la franquicia, y que enriquece la película con una especie de cortometraje muy bien realizado narrativa y estéticamente, gracias a la labor del suizo Ben Hibon y del equipo de efectos animados. Sin lugar a dudas, de lo mejor realizado de la obra. La Parte 2 cuenta precisamente con una secuencia similar, aunque no sea animada, en tanto que explica cuestiones relativas al pasado y que resulta fundamental para el relato, como en este caso, por lo que podemos señalarlas como dos pilares necesarios y esenciales de sendas películas.


Con respecto a los protagonistas, debemos señalar cómo el peso de la trama recae sobre el trío de Harry, Hermione y Ron, de manera fidedigna al libro, lo que aparta la visión de lo que sucede en el mundo mágico en su ausencia. Ya mencionábamos la lentitud del tramo medio cuando comienzan a viajar por los parajes abandonados que simbolizan cierta devastación y trasmiten inseguridad y soledad, cuestiones que también se observan en la actitud de los personajes, incluso cuando usan los hechizos de protección. En ello jugará un factor importante el guardapelo, en tanto que, al igual que el Anillo Único de El señor de los anillos, aumenta su irascibilidad a partir de sus preocupaciones reales.

En este sentido, hay opiniones contrarias a la marcha de Ron del grupo durante determinado periodo de tiempo; es cierto que su ausencia es notable por su duración, pero también que su retorno, con la escena CGI en la que se muestra su mayor miedo se relaciona directamente con el carácter del personaje. No es la primera vez que por cuestión de envidia o celos, Ron se ha separado de sus amigos, especialmente de Harry, ya lo vimos, por ejemplo, en la cuarta entrega. Esto se relaciona directamente con su deseo de fama, que estaba presente en el personaje desde el principio, como pudimos comprobar con su visión ante el Espejo de Oesed en Harry Potter y la piedra filosofal (2001): se veía famoso y admirado por todos. A su vez, su mayor miedo es perderlo todo (en este caso, el amor de Hermione) porque otro le supere; en este caso, su mejor amigo y Elegido: Harry. Ahora bien, la escena se alarga excesivamente y llega a resultar ridícula en culmen.


A su vez, mientras Hermione y Harry permanecen solos, observamos cómo su relación se estrecha, incluyendo la escena del baile bajo el son de la canción O'Children de Nick Cave and The Bad Seeds, que tampoco ha sido generalmente apreciada por algunos sectores críticos, pero que sirve para reflejar el estado de ánimo de estos dos personajes, más solos que nunca, que encuentran el apoyo el uno en el otro sin ser realmente pareja, sino solo amigos. Todas estas secuencias nos delatan el grado de inquietud, angustia, opresión, tristeza e inseguridad en el que se encuentran los personajes, emociones que hasta el momento habían tenido su justa presencia en la saga, pero que se desarrollan aquí con todas sus consecuencias, incluyendo el montaje paisajístico antes mencionado.

Esta cuestión ayuda a observar cómo afecta la situación a la psicología de los personajes y cómo han evolucionado a lo largo de la saga, pero guardando las distancias con algunas de las tontas resoluciones que se habían tomado en Harry Potter y el misterio del príncipe. Todo ello provoca que sea la película más extraña de la franquicia, pero también la que mejor muestra una evolución distante a lo ya ofrecido, pese a que, por ello, se pierda parte de la magia para hacernos caer en la cruda realidad.


Por último, debemos destacar la gran fidelidad de la adaptación al permitir un desarrollo más lento gracias a la división de la novela en que se basa. No obstante, debido a las adaptaciones anteriores, nos encontramos con algunas lagunas que, o bien se solucionan de forma artificiosa, como la presentación de Bill Weasley (Domhnall Gleeson) con las cicatrices hechas por un hombre lobo, cuya batalla debería haber aparecido en la anterior película, la aparición de Mundungus Fletcher (Andy Linden) o el regreso del elfo doméstico Dobby, que en los libros aparecía en más ocasiones, lo que ocasionaba un mayor impacto en su destino en esta aventura; o bien, no tiene ninguna explicación directa, como el espejo doble que usa Harry, cuya primera aparición debiera haber sido en la quinta entrega, como un regalo de Sirius.

Otros personajes que parecen recuperados para la ocasión también tuvieron mayor presencia en los libros, de la misma forma que se deciden eliminar ciertas explicaciones, reservadas en algunos casos como escenas eliminadas, que vendrían a completar mejor la historia. Por ejemplo, la despedida de Petunia Dursley, que otorgaría otro enfoque a la relación familiar con Harry, haciendo mención directa a Lily, crucial también para otro personaje en la Parte 2, o algunas conversaciones en torno a los horrocruxes. Por otra parte, el espectador tendrá que atar suficientes cabos a partir de la siguiente película para comprender ciertos sucesos de esta, aunque el visionado de la misma resulte completo y bien desarrollado.


Una película acompañada en esta ocasión por la música de Alexandre Desplat, que se encargaría también de la Parte 2, y que consigue aunar en su banda sonora el ánimo y el carácter de esta película, especialmente en sus piezas más tristes. No obstante, sus resoluciones pueden resultar algo redundantes, pero consigue proporcionar una mayor entidad a la película.

En conclusión, una interesante séptima entrega que se desvincula de todas las demás por un carácter más maduro, quizás incluso experimental para la franquicia, menos mágica, pero más humana. Yates se resarce de su anterior adaptación con este preludio de una Parte 2 que se espera más emocionante y mágica (ya les adelantamos que así es), pero consiguiendo cerrar el círculo de la saga que empezó en 2001 de manos del director Chris Columbus y que, a pesar de sus horas bajas, supo mantener el tipo para entregarnos un final digno. No obstante, si tuviéramos que medir esta película en solitario, notaríamos su falta de ritmo, de un clímax más potente y de la resolución de alguno de alguna de las tramas principales, pero estaríamos siendo injustos con una pieza que adapta bien y consigue un buen resultado (aunque con ello también consiga aumentar las arcas de la productora gracias a la división).

Escrito por Luis J. del Castillo


Una cuestión de tiempo, de Richard Curtis

22 julio, 2014

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A sus 21 años, Tim Lake descubre que tiene un poder sobrenatural que hará cambiar su vida para siempre: puede viajar en el tiempo. Según le confiesa su padre, todos los hombres de su familia han heredado también ese don, algo que Tim no piensa desaprovechar; así podrá safisfacer su mayor deseo, el de tener novia. Después de trasladarse a Londres para trabajar en un bufete de abogados, acaba conociendo a la dulce e insegura Mary. Pero según avanza su curiosa y peculiar vida, Tim descubre que ese don tan especial no puede protegerle de las tristezas ni de los altibajos que afectan a cualquier familia, tal y como podría esperarse. Además descubrirá que viajar en el tiempo tiene sus limitaciones, como cualquier otro don, y que, incluso puede ser peligroso para él y todo aquel que le rodea.


Dirigida por el británico Richard Curtis, uno de los grandes artífices de la comedia romántica contemporánea, Una cuestión de tiempo (About time, 2013) plantea las características de una película romántica usual redefiniendo la fórmula con la que aborda al espectador. Así, vuelve a lograr el éxito del público tras las ya consagradas Cuatro bodas y un funeral (1994), Notting Hill (1999) y, sobre todo, Love actually (2003). Y es que en sus películas no se repite la fórmula, no recrea la lágrima por la lágrima o la risa por la risa, aunque, curiosamente, todas pueden resultar extrañamente parecidas; quizás porque sus trabajos evocan sentimientos encontrados en uno mismo. Ambas características, la no-fórmula y las señas de identidad, están muy presentes en Una cuestión de tiempo, su último film.

Tim (Domhnall Gleeson) y Mary (Rachel McAdams)
Tim Lake es encarnado por Domhnall Gleeson, un tierno chaval que a veces puede llegar a desesperar. Pero sólo un poco; Lake es un romántico empedernido, y utilizará esa cualidad para enamorar a Mary, una fantástica Rachel McAdams, a la que conoce tras mudarse a Londres. Y para ello, y cómo no, no parará de viajar hacia atrás para mejorarse a sí mismo, enmendar cualquier posible error y, finalmente, poder conquistarla. Así, de Una cuestión de tiempo se desprende el valor de las segundas oportunidades y hasta qué punto estamos dispuestos a llegar para ofrecer a los demás lo mejor de cada uno.

Otra seña de identidad en las películas de Curtis son los diálogos, a veces tan acertados como desacertados o prescindibles. Pero sin duda, un gran atractivo es cómo el peso de la historia no sólo recae en los protagonistas principales. También encontramos a esos personajes secundarios tan conmovedores e imprescindibles en sus trabajos, como el escritor de teatro frustrado o la hermana tan frágil como rebelde. Obviamente, mención especial a Bill Nighy, que vuelve a repetir con Curtis desempeñando esta vez el papel de padre, suegro o tío hilarante que todos querríamos tener. Y todos ellos con sus correspondientes ciclos vitales y sus emociones: el enamoramiento, el matrimonio, la estabilidad adulta o el miedo a la muerte. Características de sus trabajos que ya pudimos encontrar anteriormente, como en Love actually, y que aquí cobra un matiz prácticamente trascendental.

Bill Nighy (padre de Tim) y Lydia Wilson (hermana de Tim)
Aun a riesgo de caer en la cursilería o en el dramatismo, Curtis logra alternar al límite, pero de manera magistral, la comedia romántica y el drama familiar, tomando de base el esquema chico conoce a chica sin perderse en los detalles, ampliando esta visión elaborando una panorámica mucho más certera: la de una vida entera. Momentos claves de la película que reflejan estas características, sin revelar partes trascendentales del metraje, serían cómo Bill Nighy revela a su hijo el peculiar secreto familiar que esconden los hombres de su familia; la primera aparición de Rachel McAdams a la salida del restaurante, de un genuino y fulminante romanticismo; e, incluso, ese desenlace en una playa, de fondo a Nick Cave, de una eficacia y emoción impactante.72003/

Porque nos encontramos quizá ante una de las muchísimas comedias románticas que se estrenan al año en los cines, pero con matices que la pueden hacer destacar frente al resto. Una cuestión de tiempo es una entrañable mirada a la vida en su amplitud: la juventud, la madurez, a qué significa ser padre, qué ser hijo, y cómo uno deja de ser hijo cuando abraza sin temores la paternidad. 


Escrito por Mariela B. Ortega


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