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Adaptaciones (XXVIII): Sherlock Holmes (IX) Robert Downey Jr.

28 julio, 2014

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SHERLOCK HOLMES Y SH: JUEGO DE SOMBRAS, DE GUY RITCHIE

Aunque hace tiempo tomé la determinación de no comentar obras que no me gustaran (siquiera mínimamente), o me resultaran “simpáticas” por algún motivo, la progresiva revisión de películas basadas, o relacionadas, con Sherlock Holmes, el personaje creado por Arthur Conan Doyle (1859-1930), obliga a hacer referencia a las lecturas perpetradas por el británico Guy Ritchie (1968). Lo hago a sabiendas de no contar con el beneplácito general y unánime, aunque los que me conocen saben que esto no es algo que me atribule ni mucho menos, de igual modo que nunca he acertado a comprender cómo hay personas que malgastan su valioso tiempo haciendo recriminaciones –no aportaciones- online, o escribiendo –es un decir-, comentarios meramente despectivos, como un deporte más (que una cosa es ser fan y otra fanático).


El Sherlock Holmes propuesto por Ritchie en el -de momento- díptico Sherlock Holmes (Warner Bros., 2009) y Sherlock Holmes: Juego de sombras (Sherlock Holmes: A game of shadows, Warner Bros., 2011), es una parodia. Libre era de hacerla, desde luego, pero libre soy yo también de que no me guste (supongo).

Parodia no en un sentido ácido pero respetuoso (como pueda serlo Mel Brooks), sino en nombre del exceso más vacuo y de la desvirtuación. Hasta el punto de que el Holmes encarnado por un entregado Robert Downey Jr., más que un estereotipo, es la antítesis videoclipera de la creación original. En este sentido, se posiciona a años luz de la espléndida revisión -que no desnaturalización- propuesta por la serie Sherlock (2010-).

Un reverso que convierte a Holmes en una máquina calculadora de ángulos y posturitas, de determinaciones más matemáticas que anatómicas, uno de los conocimientos que Watson atribuía al detective. Sí tiene cierta gracia que en el segundo título, el profesor Moriarty (Jared Harris) sea descrito como “un destacado intelectual” y se nos muestre como un docente indecente, que aprovecha cada coyuntura para publicitarse con algún que otro libro, procediendo a sus manejos, de talante autoritario aunque complaciente, sin moverse de la Uni. ¡Qué perfidia!


Desafortunadamente, el conjunto no deja de ser un catálogo circense de “cómo ser un Holmes de pacotilla”, con un detective –poco consultor-, que confunde cinismo con réplicas semi-agudas –más bien esdrújulas-, y que se convierte, como queda dicho, en un artilugio mecánico, o lo más parecido a un prestidigitador. Por si esto fuera poco “aliciente”, Guy Ritchie construye las secuencias con el consabido número (infinito) de planos cortísimos que -no es el único, qué va- quieren transmitir “acción”. A todo ello se añade la desdichada tendencia a una clínica fotografía azul-grisácea, que hermana digital y tristonamente gran parte de las películas actuales. Una “visualización” que aquí obra como sinónimo de opacidad y ausencia de contraste y tonalidad (en clara disparidad con la labor de la mayoría de los directores de fotografía precedentes); es un modo más de dilapidar cualquier relevancia dramática por vía de lo uniforme (las sombritas no cuentan).

En resumidas cuentas, un ejemplo perfecto de la confusión de dinamismo por planificación atropellada, (auto)confianza por altanería, atmósfera (industrial) por atonalidad, y preocupación social por desaliño. Trufado de guiños, eso sí, entre los que solo cabe esbozar una sonrisa con la incorporación a una banda sonora intrascendente a más no poder, del tema principal que Ennio Morricone compuso para Dos mulas y una mujer (Two mules for sister Sara, Universal, 1970) de Don Siegel (esto en la secuela).


Más rápido, más aparatoso,… pero no necesariamente mejor. En el Holmes de Guy Ritchie lo que prima es la pose sobre cualquier particularidad visual o narrativa (¡parece que sesgada a conciencia desde la propia realización!).

No se trata de no poder “ofrecer algo diferente”, incluyendo a quienes les traigan sin cuidado los relatos de Sherlock Holmes, pero al menos, sí de ofrecerlo sin necesidad de tanto efectito sonoro y un lenguaje visual banalizado. Por ejemplo, y regresando a la secuela, el ridículo se hace inevitable con el montaje en paralelo de una representación musical y un atentado, o durante la huída por un bosque, tan atonal como el resto, a tiro limpio -como en cualquier otro producto de “acción”-, y con un uso trivializado del ralentí. Ahora bien, en la primera película, la escaramuza en el laboratorio desvencijado sí llega a estar bien planificada (aunque el “forzudo” sea otro préstamo más: éste del primer Indiana Jones, lo cual tampoco tiene mayor relevancia). Por desgracia, el abuso de planos cortos se encarga de desaprovechar todo atisbo de atmósfera (al dinero le ha faltado el talento).


Los argumentos no aportan nada a lo ya conocido (de hecho, son un saqueo de esta o aquella película de Sherlock Holmes; como la idea del político “iluminado”, cuya baza también ha sido mejor jugada en la citada Sherlock). La secuela potencia los aspectos paródicos hasta la extenuación y propone un humor más chusco, si tal cosa era posible. Por ejemplo, irrisorio resulta a estas alturas mostrar al villano, un profesor Moriarty que roza lo grotesco, como un enamorado de los lieder y la ópera, que como todos sabemos, es la música de los relamidos y los insufribles burgueses. A cambio de eso, solo queda el gracejo de constatar cómo Robert Downey Jr., Rachel McAdams y Kelly Reilly, se asemejan a unos jóvenes Al Pacino, Brooke Adams y Diane Keaton (Noomi Rapace no se parece a nada que yo conozca).

Pero para entonces ya se ha patentizado la absoluta desarticulación del original literario, no porque no sea susceptible de requiebros, sino porque a esas alturas de la producción a nadie parece importarle un pito. Con indicar “basado en” o “personajes creados por”, está todo justificado. Y con toda probabilidad, tal vez sea este el único aspecto positivo a extraer, el hecho de haber interesado, siquiera indirectamente, a algunos potenciales lectores a conocer los textos de Arthur Conan Doyle, el gran ausente en estas re-visiones sobre Sherlock Holmes.

Escrito por Javier C. Aguilera

Prometheus, de Ridley Scott

01 noviembre, 2012

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Dedicado a Carlo Rambaldi, inmortal creador de FX (Rojo oscuro, Encuentros en la tercerafase, Alas en la noche, Dune) y ganador de tres OSCAR, por King Kong (1976), Alien, el octavo pasajero y E.T., el extraterrestre.


Como todos saben a estas alturas, Prometheus (Fox, 2012) de Ridley Scott, es una precuela de Alien, el octavo pasajero (1979), del mismo director. Es decir, una historia que sucede antes del relato original, aunque haya sido filmada después. 

Tras la bellísima secuencia de apertura, y tras enlazar los mitos de las antiguas civilizaciones y las pinturas rupestres con la teoría alienígena, somos testigos de como la nave de exploración científica “Prometheus” se dirige a un planeta inexplorado, en busca de los creadores de toda la especie humana.

Estos resultan ser la raza de los ingenieros, raza, más que superior, más avanzada, más tecnificada, pero cuya mera posibilidad parece oponerse al concepto religioso (no solo al cristiano) de un Creador; ecuación que finalmente no llega a resolverse por la sencilla razón de que una cosa no quita la Otra, como recuerda la arqueóloga Elizabeth Shaw (Noomi Rapace), sobre todo en el terreno de la libre elección, concepto difícil en un mundo de imposiciones, sean naturales o artificiales.


Pues bien, como pronto descubre la tripulación de la nave terrestre, el experimento de estos ingenieros se les ha vuelto en contra por partida doble, por una parte en el “presente”, el futuro de la película, mostrado tanto final de la misma como cuando los terrestres averiguan que estos facedores de entuertos se disponían abandonar el planeta con su nave; y por otro lado en el pasado, respecto a los humanos que ayudaron a confeccionar: ¿demasiado (s)odio en la masa?, ¿por qué se arrepintieron de su trabajo? (A mí motivos no me faltan).

Bromas aparte, no hace menos disfrutable Prometheus el hecho de que contenga gozosas similitudes, guiños y autoguiños (por ejemplo en el robot David, Michael Fassbender, del que no acabamos nunca de estar seguros de si realmente ha comenzado a sentir, a interrogarse como un replicante; o la voz parlanchina de la computadora, elemento dramático reconocible del universo alien; el aterrizaje en el planeta (el horror se oculta en esta ocasión en un entorno más luminoso que oscuro), la presencia de un elemento extraño y desestabilizador que analizar clínicamente, los monstruos mutantes, el bicho en la nave, el poder y abuso de las grandes corporaciones (en este caso, una empresa dedicada al mercado inmobiliario ¡que se dedica a promover las armas biológicas!), la quema del mutante (La cosa, John Carpenter, 1982), si bien por autoinmolación, en este caso; la aparición de un anciano decrépito estilo 2001: Una odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), hasta llegar a ese alien primigenio, rayharryhauseniano (ahí va).


Junto a análisis bien razonados, me llaman la atención las tonterías que he tenido que leer (o escuchar), y que siempre son implacable síntoma del “estado de la unión”, en este caso del espectador medio. Tales como qué la acción comienza tarde (pero, ¿qué concepto se tiene de “acción”?), que no tiene argumento (menos mal que no lo tenía), que aparece demasiado bicho raro (¿qué se espera de una monster movie, que se pusieran a cantar y bailar?, ¿no sabe la gente dónde se mete cuando compra una entrada?), argumentos tan huecos como el interior de la estructura alienígena.


De acuerdo en un aspecto, el del esquematismo de los personajes secundarios (Alien, el octavo pasajero tampoco había sido escrita por Joseph L. Mankiewicz precisamente, lo que no parece molestar tanto).

Ahora bien, los que aluden molestos al exceso de cristianismo en el film no merecen ni ser contestados (lo menos que debe pedirse en el ejercicio y derecho a la crítica es un poso de inteligencia). De acuerdo, en definitiva, que Ridley Scott, a sus 75 años, no propone “argumentalmente” nada nuevo, pero al menos lo que propone lo propone bien, que ya es bastante (si non è vero, è ben trovato).

Ridley Scott dirigiendo en Prometheus
Parece molestar también que, con sorna, dicho sea de paso, a nuestra salud, queden preguntas en el aire, sin aparente respuesta (¡horror tener que pensar!), pero eso lo considero una cualidad positiva, sumamente estimulante, de la cinta de Scott, una película trufada de elementos para la reflexión, de sugerencias, implicaciones, connotaciones, en la mejor tradición literaria gótica y de ciencia ficción. El hecho de que cuando hemos contestado la pregunta del millón, surjan otras cuestiones no menos inquietantes, es como el constatar frente al espejo el pánico ante un cambio fisiológico, la enfermedad, lo desconocido, la evolución acelerada (como le ocurría a Julie Christie en la notable Engendro mecánico, Donald Cammell, 1977).

Concluyendo, frente a la ausencia de sorpresa (conocemos los entresijos de la saga), de impacto temático, o ante el dilema de tener que realizar la típica película de liarse-a-tiros-con-los-bichos, Scott proporciona un marco para la reflexión, una espectacularidad bien entendida, esto es, bien planificada, y el oficio de la buena narración de Prometheus.


Escrito por Javier Comino Aguilera


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