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Indiana Jones y el dial del destino, de James Mangold

24 agosto, 2024

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Una de las propiedades de la ficción es arrojarnos a vidas apasionantes que rellenan nuestras fantasías de aventura mientras sabemos que estamos a salvo en nuestras casas, simplemente pasando las páginas o viendo una imágenes. Aún así, esas aventuras nos emocionan, creamos un vínculo con ellas, nos divertimos y lloramos. Nos da la oportunidad de vivir más, más allá de nuestra propia vida. No es de extrañar que nos sintamos más vinculados a esas historias que nos sorprendieron por primera vez, que nos encariñemos con los personajes con los que nos sentimos identificados o a los que nos gustaría imitar. 

Y también agradezcamos, de manera inconsciente, haber vivido la emoción de su aventura imaginaria como si fuera nuestra. Ser un hobbit que decide abandonar su hogar, sobrevivir a la invasión de un alienígena en tu nave espacial, descubrir que puedes salvar la galaxia a pesar de ser un granjero, saber que la magia existe y que hay una escuela esperándote a aprenderla... o adentrarte en civilizaciones antiguas para conocer reliquias fascinantes del pasado mientras escapas de trampas y enemigos con tu sombrero y tu látigo.

Indiana Jones y el dial del destino (Indiana Jones and the Dial of Destiny, James Mangold, 2023) es la quinta y posiblemente última entrega de esta saga, al menos con Harrison Ford al frente del célebre personaje. Debo reconocer que, en lo personal, no me ha atraído en exceso lo relacionado con Indiana Jones, siendo mi favorita Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones y and the Last Crusade, Steven Spielberg, 1989). Quizás eso me ha permitido no ser un aficionado demasiado nostálgico con el personaje. En esta ocasión, valoro algunas de las decisiones tomada para hacer esta película, pero creo que queda por debajo del nivel que alcanzaron las realizadas en los ochenta. No obstante, no desmerece el resultado.


Para empezar, cuenta con un excelente prólogo que rejuvenece a Indiana Jones mediante CGI en el cuerpo de Anthony Ingruber y lo sitúa en los estertores del régimen nazi, contando con puntales de acción que apenas se vuelven a alcanzar y con el personaje en pleno rendimiento, no solo a nivel físico, sino también en la parte humorística y en la manera de afrontar los distintos sucesos. Sin duda, de lo mejor de la película a pesar de que el rostro del protagonista resulte llamativo en ocasiones, causando esa sensación de valle inquietante que provocan las imágenes de humanos generados por ordenador. Por eso también gran parte de la acción sucede en un ambiente más oscuro y nocturno, que favorece y disimula el uso de la técnica digital. 

Más allá de esta cuestión, que a alguno puede sacar de la ficción, nos encontramos con la presentación de la reliquia protagonista de esta historia, la creación de Arquímedes, la Anticitera, y también al villano de turno, el científico nazi Jürgen Voller (Mads Mikkelsen), que trata de convencer a sus superiores del poder de este artefacto, del que han encontrado solo una mitad. Como habitualmente, Mikkelsen funciona bien para este tipo de roles, recibiendo posteriormente algunas escenas donde desarrollar la personalidad del personaje, fría, orgullosa y despectiva. Sin embargo, no deja de ser un antagonista simple, como sus secuaces, que son arquetipos vacíos. Mejor trabajados estarán los nuevos aliados de Indiana Jones en esta aventura, de los que hablaremos después. 


Una vez que nos ubiquemos en el presente del protagonista, en concreto en el año 1969, durante la celebración estadounidense de la llegada a la luna, nos encontraremos con un personaje hastiado y pesimista. El desparpajo habitual se ve sustituido por una versión más gruñona, que arrastra conflictos internos y personales, como su matrimonio con Marion (Karen Allen) o la pérdida de su hijo Mutt (al que conocimos en Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal [Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, Steven Spielberg, 2008]), que tendrán su desarrollo durante la película, destacando la conversación con Helena en el barco, más otros que no se evidencian con palabras, pero sí con imágenes. 

Por ejemplo, la falta de vínculo con la actualidad (Indiana no valora la llegada a la luna ni le interesa, sigue anclado en el pasado, en la antigüedad donde se siente cómodo), la desconexión con sus alumnos (frente a la pasión desmedida que observábamos en películas anteriores, sobre todo en el sector femenino) y también el poco apego a sus compañeros de trabajo. Pero todo ello conecta con un personaje herido, con heridas provocadas por una vida cotidiana que ha mellado su espíritu, sin que por ello le falten fuerzas para emprender otra aventura ni arriesgarse por salvar el mundo y a su ahijada, dado el caso. Con él funciona a la perfección el factor nostalgia y los elementos clave: la sempiterna presencia de su sombrero, su látigo como arma, su escepticismo (pese a todo lo que ha vivido ya) y sus frases célebres. Precisamente, en el epílogo de la película, se emplea esa nostalgia de manera bastante acertada para cerrar no en sí esta aventura, sino esas heridas mencionadas.


No obstante, precisamente por su género y por su  saga, tampoco puede huir de sus tropos, provocando que la película sea predecible e incluso incluya incoherencias que debemos permitir para dejar fluir la ficción. Funcionará para los menos experimentados o para quienes busquen algo más simple, pero no para quienes estén buscando originalidad y atrevimiento. Es más, en algunos casos podemos considerar que hay ciertos anacronismos en el retrato que se hace de la sociedad de finales de los sesenta. Ahora bien, donde mejor se nota que arrastra su carácter repetitivo es en las secuencias con el antagonista: aparece siempre que los protagonistas consiguen avanzar, nunca mata al grupo principal de personajes aunque tenga oportunidad y es su propia codicia quien lo lleva a su ruina, aunque en esta ocasión de manera bastante ridícula. Y ello a pesar del gran porte de Mikkelsen al frente del personaje, por cierto, un tipo de rol en el que ha quedado encasillado. Pero como ya mencionábamos, él y sus secuaces están escritos de manera bastante plana.

Por contra, los personajes que acaban colaborando con Indiana Jones mejoran o evolucionan con respecto a lo ya visto en la saga. Se repite el modelo que vimos en Indiana Jones y el templo maldito (Indiana Jones and the Temple of Doom, Steven Spielberg, 1984) con una mujer y un niño, en este caso más adolescente, pero más trabajados en su personalidad. Por una parte, Helena Shaw (Phoebe Waller-Bridge) es una mujer de carácter ambiguo, ahijada de Indiana e hija de otro arqueólogo. Aunque en una primera impresión podría aparentar tener el mismo espíritu aventurero y obsesivo que su padre o que el protagonista, lo cierto es que es una mujer materialista que busca su propio provecho. Durante la película tendrá que confrontar ese carácter que se ha forjado con el paso de los años con los valores que Indiana Jones trata de recuperar en ella. El choque generacional y el desparpajo de Helena provocarán roces entre ambos personajes durante toda la película, aunque también compartirán algunas escenas emotivas. 


El adolescente que les acompañará en esta aventura, Teddy (Ethann Isidore), está bien construido, dejando desde el principio algunas ideas sembradas que tendrán relevancia posteriormente. Participará constantemente de la acción y será quien apoye el lado más egoísta de Helena frente al altruismo de Indiana. En este sentido, tiene una personalidad más marcada que otros compañeros anteriores, como Tapón. Otros personajes quedan más desdibujados y de fondo. Por ejemplo, la presencia de Sallah (John Rhys-Davies) es un punto de nostalgia, pero sin ningún tipo de protagonismo, la agente de la CIA Mason (Shaunette Renée Wilson) es completamente prescindible, no aporta nada a la trama, y el capitán y buzo Renaldo (Antonio Banderas) queda desaprovechado, aunque aporta crudeza a la película. 

A pesar de sus aciertos, como la manera de elevar el tono dramático con Indiana Jones, el buen desarrollo de personajes secundarios, o de tener momentos que nos recuerdan al espíritu de la saga, no deja de sentirse como una aventura menor. Quizás porque en algunas ocasiones se siente poco natural, la amenaza es superficial, se le da poco valor a los acertijos, las trampas o el pasado y se recurre a otros clichés que están demasiado machacados. Por eso, se puede se sentir que se desaprovecha la ocasión para revitalizar las aventuras clásicas y darles un toque de originalidad, precisamente porque se acerca a hacerlo, incluso con cómo funciona en esta ocasión la reliquia que titula la película.


En definitiva, con Indiana Jones y el dial del destino James Mangold firma una película de manual, pero con falta de gracia. Que recupera a un personaje y unos elementos queridos por un sector del público, apelando a su nostalgia, pero sin atreverse a proponer algo relevante como novedad. Una aventura para pasar el rato. Como notas positivas, su gran inicio, el contrapunto entre Helena e Indiana y el toque más dramático para un héroe de capa caída que vuelve a la adrenalina de una última aventura.

Escrito por Luis J. del Castillo



Rogue One: Una historia de Star Wars, de Gareth Edwards

07 enero, 2017

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Cuando nuestra vida colisiona con la vida de los demás, comienza la historia de una serie de ramificaciones que se eternizan hasta la multitud y, por tanto, hasta la nada. Vivimos rodeados de personas cuyas historias desconocemos, pero que para otros tienen importancia capital. Nuestra historia, la historia de la humanidad, ha tenido a protagonistas renombrados, pero sus acciones nunca hubieran sido posibles sin la existencia de los anónimos, de quienes estuvieron a su lado, o en su contra, de quienes lucharon por lo que deseaban, de quienes les creyeron y siguieron su ejemplo. La mayoría conforma esa masa sin nombre que sirvió a Unamuno (1864-1936) para acuñar la intrahistoria o para los escritores realistas para originar las novelas-río, como Pérez Galdós (1843-1920) creó un universo ficticio de esas historias anónimas de los españoles del siglo XIX. Y de la misma forma, cuando surge una nueva realidad en la ficción, surgen las ramificaciones, las posibilidades infinitas, un tiempo distante y personal en el que elucubrar, sea el terreno de la fantasía, como la Tierra Media de Tolkien (1892-1973), o el del moderno y futuro espacio exterior, como el destino de las galaxias de Star Wars, la saga que nació de la mente de George Lucas (1944) desde aquella primera película de 1977.

Hay toda una serie de obras, sobre todo novelas y cómics, que desde los años ochenta han tratado de dar contenido al universo de aquella space opera. Sin embargo, con el desembarco de Disney en la ecuación, todo aquello ha quedado denigrado a no ser considerado como la auténtica historia, es decir, a no formar parte del canon en el que sí se integran las dos trilogías, la nueva trilogía que comenzó con El despertar de la Fuerza (J.J. Abrams, 2015), dos series, como la actual Star Wars Rebels, los nuevos cómics  y, por supuesto, todas las películas que bajo su sello lleguen a la gran pantalla, comenzando por la que hoy comentamos, Rogue One: Una historia de Star Wars (2016). Ya sea con la intención de lucrarse de una franquicia que ya cuenta con un gran número de seguidores o con la de contar historias interesantes dentro de ese universo, Rogue One marca el inicio de los ya anunciadas obras derivadas (spin off) que va a producir Disney y que pretende dar una identidad propia a cada película. Para este caso, contaron con el director Gareth Edwards (1975), de trayectoria aún breve y con Monsters (2010) y Godzilla (2014) como antecedentes.


Partiendo del prólogo que antecede a la primera entrega de la saga, la película pretende contar la historia del grupo rebelde que lo arriesgó todo para hacerse con los planos de la terrible Estrella de la Muerte. Acontece por tanto en el tiempo previo a Una nueva esperanza y en la época de máximo dominio del Imperio desde que se instauró casi dos décadas antes tras los acontecimientos de La venganza de los sith (2005). Es decir, estamos ante una época oscura y de represión, donde la Fuerza ha sido mitificada, los jedi han desaparecido y tan solo los rebeldes hacen frente a un Imperio cada vez más poderoso. Ahora bien, como sucede en la realidad, no todas las facciones están de acuerdo en la forma de enfrentar al Imperio y la visión idealizada de la Alianza Rebelde que nos ofrecían las primeras películas es sustituida por un retrato más realista y, por tanto, más crudo.

De esas ambigüedades será víctima la protagonista de la historia, Jyn Erso (Felicity Jones). Esta joven rebelde y solitaria arrastra tras de sí una vida de ausencias y lucha por la supervivencia que la ha hecho cautelosa y testaruda. Sin embargo, su importancia para la Alianza radica tanto en su relación con un rebelde renegado de métodos reprobables, Saw Gerrera (Forest Whitaker), como en su parentesco con un ingeniero militar del Imperio, su padre Galen (Mads Mikkelsen). Por ello, la reclutarán para enviarla a una misión junto al capitán Cassian Andor (Diego Luna) y su droide de combate reprogramado K-2SO (Alan Tudky), sin sospechar que sus pasos serán vitales para el destino de la galaxia. En el avance de la misión, se les unirán distintos personajes que conformarán la patrulla Rogue One, encargados finalmente de conseguir los planos de la Estrella de la Muerte.


Con esta argumento se erige la película de sentido más bélico que se recuerda en la franquicia, no porque en el resto de entregas faltaran batallas, sino porque el interés principal de las escenas es acudir a una acción propia del cine bélico, pero aquí imbuido del aspecto propio de la saga. Desde el principio seremos testigos de rescates de prisioneros, persecuciones, misiones de infiltración, batallas espaciales, combates entre soldados e incluso el uso de armas de destrucción masiva (o interplanetaria). En este sentido, el ritmo de la película debería ser trepidante, pero en ocasiones sentiremos que avanza a saltos de espectáculo visual en espectáculo sin ofrecer entre medias algo más que una justificación para el siguiente paso. Aparte, quizás podemos acusar cierta confusión en el tramo final por el número de frentes abiertos, aunque todos acaban bien resueltos e incluso podemos considerar que estamos ante una de las mejores batallas espaciales de la franquicia.

Sin embargo, pese a lo que pueda aparentar, Star Wars ha sido siempre una saga cuya importancia ha radicado en sus personajes. En esta ocasión, no hay lugar para los usuales héroes y villanos, aunque estos sean nombrados o hagan algún cameo, sino para los personajes situados a su sombra, como los militares de distinto rango que componían el ejército imperial o los soldados rebeldes de la Alianza. Por cierto, cabe destacar la llamativa semejanza visual en un tramo de la película con la guerra contra los yihadistas. A su vez, también es curioso descubrir que los personajes de ambos bandos no se diferencian tanto como cabría esperar. Ahí tenemos al capitán Cassian, que no dudará en actuar de manera fría en su escena introductoria, marcando desde el origen que es un hombre que cumple ordenes y que entiende que el fin justifica los medios. En efecto, no todos los rebeldes buscan la justicia, hay quienes prefieren la venganza o el exterminio del peligro, aún sin esperar a conocer la inocencia o la culpabilidad del ejecutado. El extremo de esta idea lo representará Gerrera, pero no faltarán ejemplos dentro del equipo de la Alianza Rebelde. Esta es una de las grandes y agradecidas novedades de esta entrega.


En este sentido, Jyn tiene motivos para desconfiar. Ahora bien, su actitud y compromiso conseguirá servir de ejemplo a quienes la siguen, otorgando esperanza a los demás. Sin duda, el personaje más elaborado será la protagonista, que desde una actitud inicial más individualista, acabará por tratar de conseguir cambiar las cosas para todos en un acto de entrega muy significativo. Junto a ella, Cassian será el personaje que mejor represente la redención, desde una postura en exceso disciplinaria pasando por las dudas ante el cumplimiento de su auténtica misión hasta convertirse en el compañero imprescindible. Ambos nos recuerdan a la difícil relación que existía entre Leia y Han en la primera trilogía, dado que también evolucionan desde una distancia inicial hasta un profundo sentimiento de unión y entendimiento, a pesar de sus evidentes diferencias. Este dúo se hubiera valido por sí mismo para conformar un protagonismo exclusivo junto al descargo humorístico que suponen las intervenciones de K-2SO, un droide que se aleja de las más inocentes intervenciones de C3PO o del divertido BB8 para acercarse a un punto más ácido y puntilloso, cercano al humor que rodea a personajes como Sheldon Cooper, de The Big Bang Theory. Por cierto, un droide que cuenta con su propio arco evolutivo y en cuyo tramo final consigue sentirse lógico y necesario.

Con estos elementos, unidos al hecho de que soluciona y da sentido a algunas cuestiones de la trilogía original, como el funcionamiento del superláser a partir de los cristales con los que se creaban las espadas láser o aquel blanco de burlas que siempre ha supuesto el punto débil de la Estrella de la Muerte, sirviendo incluso para revalorizar los acontecimientos de Una nueva esperanzaRogue One podría haber sido una película excelente. Decíamos que podría haber sido porque si bien cuenta con los elementos positivos ya mencionados, también tiene carencias y es notable cómo no acaba de aprovechar todos sus recursos para conseguir un grado más de profundidad. Uno de sus defectos más evidentes los encontramos en unos diálogos que en muchas ocasiones se sienten artificiosos. Pero también las lagunas entre las relaciones o el sentido de algunos personajes secundarios.


Si bien es cierto que, por ejemplo, Bodhi Rook (Riz Ahmed), el piloto imperial desertor no necesitaba mayor profundidad, parece incomprensible la amistad que se establece entre Jyn y los misteriosos Chirrut Îmwe (Donnie Yen), especie de guerrero místico cuya ceguera no le impedirá demostrar su fe inquebrantable en la Fuerza (nos lo recordará hasta el aburrimiento) ni sus sorprendentes habilidades bélicas, y Baze Malbus (Jiang Wen), su compañero de comportamiento más incrédulo que cuenta con una poderosa arma. Se puede comprender su anexión a la Alianza o su búsqueda de justicia por hechos que acontecen en la película, pero su colaboración anterior o su lógica dentro del entramado es, cuanto menos, cuestionable. Y aunque cada uno de los componentes de Rogue One acabe siendo necesario para el cumplimiento de la misión, en varias ocasiones de forma artificiosa, es decir, haciendo notar que ha sido una decisión del guionista para meter al personaje y no de la lógica historia, su destino no logrará sentirse catártico o, incluso en algunos casos, emotivo.

Algo semejante sucede con el villano Orson Krennic (Ben Mendelsohn). Este personaje se caracteriza por su búsqueda del poder, por su ambición personal de subir y ascender, objetivo que no solo le resultará imposible, sino que será ninguneado por el resto de personajes del Imperio. En primer lugar, su altanería siempre se verá cuestionada, incluso desde la primera secuencia, y la representación de su crueldad es producto de su rencor y de su sentido de inferioridad. Esto nos revela un personaje más humano que en otras ocasiones, lo cual es un acierto, pero el problema lo encontramos tanto en su falta de carisma como en unas intervenciones que pueden resultarnos infantiles. Y en segundo lugar, es un personaje en desventaja frente a la presencia de otros pesos de la franquicia, como Darth Vader (que en esta película consigue sentirse imponente y ofrece una secuencia que justifica el temor que infunde como villano) o la sorpresiva aparición de Turkin (Guy Henry, oculto tras un proceso de CGI que le convierte en Peter Cushing), que se erige como su superior, aunque legando un retrato algo más caricaturesco que el original, no por su apariencia animada que logra ser bastante realista, sino por el planteamiento de un personaje menos frío o serio que en Una nueva esperanza.


Aunque pudiera resultar contradictorio, el empeño en tratar de ofrecernos una visión más realista y cruda de Star Wars también provoca que determinadas decisiones y acciones no parezcan naturales, que haya una desconexión con los personajes que a pesar de su buena caracterización, están menos trabajados y resultan más ficticios en sus motivaciones, y que a pesar de su acción y de su drama, no haya la catarsis completa que hubiera podido, o debido, producirse. Una catarsis que sí encontramos de forma más plena, curiosamente, con las escenas finales, donde recuperamos la conexión más directa con las películas originales, quizás más simples, pero de mayor fuerza. 

Por último, cabe destacar que Rogue One cuenta con una factura técnica de gran calidad, algo que cabía esperar, pero que incluso llega a sorprender en el inteligente uso del CGI. No podemos decir lo mismo en el trabajo en la banda sonora, cuyo compositor, Michael Giacchino, acude a los sonidos originales de John Williams, pero manipulándonos, lo que nos otorga la sensación de estar ante una copia barata, dado que se produce un desajuste entre lo que espera escuchar y lo que se escucha. Hubiera sido preferible que, dado el talento mostrado en sus composiciones anteriores, hubiera optado por piezas más personales o versiones menos discordantes. No queremos con ello denostar todo su trabajo en Rogue One, dado que también contiene piezas originales a tener en cuenta.


En definitiva, esta entrega de la franquicia Star Wars cuenta con todos los elementos para ser una buena película, brindándonos un entretenimiento de calidad a la par que revaloriza otras entregas de la saga y nos ofrece una visión más realista de este universo ficticio. Sin embargo, no aprovecha bien todos sus recursos narrativos y argumentales para lograr erigirse como una gran obra por sí misma, a pesar de tenerlo a su alcance. Unas carencias que se evidencias en la narración, en la ausencia de lógica y carisma de varios de sus personajes, en diálogos poco creíbles o en un clímax con el que no todos lograrán conectar.   

Escrito por Luis J. del Castillo



Doctor Extraño, de Scott Derrickson

28 noviembre, 2016

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Hay géneros que tienen su momento de brillantez, al menos financiera. Así como hubo una época donde no se contemplaba el fin de los péplum o donde el sol nunca se ponía en el Oeste, ahora parece que lo interminable son las aventuras de superhéroes. Sobre todo porque, con la tecnología de su parte, han logrado dar vida a todo lo imaginado en los cómics, han tratado de trascender más allá del mero entretenimiento infantil al que en ocasiones se les ha etiquetado y abandonaron las producciones cutres para convertirse en los taquillazos del momento con inversiones millonarias a sus espaldas.

En este terreno, Marvel parece alzarse con el mejor beneficio al haber logrado construir todo un universo cinematográfico paralelo al que ya existía en las obras gráficas. Además, a pesar de no contar con los superhéroes más célebres dentro del séptimo arte, como han sido Batman y Superman, de DC, ha conseguido revitalizar a sus personajes y atraer a un nuevo público expectante. Dejamos aparte a Spiderman o a los X-Men, que a inicios de este siglo consiguieron sus propias trilogías o sagas con considerable éxito, pero no de la mano de la actual Marvel, sino por los derechos cedidos a otras productoras.

Así, tras haber dedicado varios años a la formación de Los vengadores (Joss Whedon, 2012), ahora han pasado, en una tercera fase, a acabar un ciclo y comenzar a presentar a nuevos superhéroes, tratando de marcar distancias con los ya conocidos. Entre ellos, situamos a uno de los más peculiares: Doctor Extraño (Doctor Strange, 2016), el protector místico de la Tierra. Scott Derrickson (1977) ha sido el encargado de llevar al personaje a la gran pantalla tras una carrera dedicada al cine de terror, además de haber dirigido la revisión de Ultimátum a la Tierra (2008; reconstrucción del original de 1951, obra de Robert Wise).


Como película de inicio, nos lleva a la vida cotidiana de un neurocirujano de prestigio, el doctor Stephen Strange (Benedict Cumberbatch, perfecto para este papel), con una actitud arrogante pero muy profesional. Sin embargo, cuando un accidente le lesione las manos de forma permanente, buscará la forma de curarse hasta en los lugares más insospechados. Eso le llevará a Nepal, donde comenzará a aprender el camino de los poderes místicos. Mientras avanza en su aprendizaje, tendrá que hacer frente a la amenaza de un ser temible y oscuro, Dormammu, que, a través de su acólito Kaecilius (Mads Mikkelsen), trata de destruir la protección de la Tierra para poder conquistarla y llevarla a su dimensión oscura.

Así tenemos una primera aventura predecible en su desarrollo, donde se elabora un nuevo sistema de combate mágico que permite el uso de efectos sorprendentes y llamativos, pero con un guion plano y recurrente. En Doctor Extraño encontramos varios de los elementos que Marvel ha convertido en su sello personal y que pueden provocar que se despersonalice a sus personajes por tratar de barnizarlo todo igual. Aunque eso podemos notarlo parcialmente en esta obra, lo cierto es que se salva por su particular personalidad, que combina bien con el carisma y humor de la marca. Si Stephen Strange nos puede recordar a un Tony Stark médico, o incluso a un Sherlock Holmes desubicado, teniendo en cuenta que Cumberbatch encaja a la perfección en esa arrogancia inteligente que lleva desempeñando varios años por su rol en la serie Sherlock (2010-), el contrapunto de introducirlo a un mundo desconocido para él, del que incluso desconfía en principio, sirve para establecer también un diálogo con el espectador que no está familiarizado con este personaje y su particular mundo.


Es decir, primero somos conscientes en un breve lapso del tiempo del proceso de caída del personaje de su vida cotidiana y exitosa hacia el deseo de buscar una cura, algo mejor, un fin egoísta que le llevará a encontrarse con circunstancias sobrenaturales y a aceptar un nuevo rol en el mundo. De esta forma, observaremos una evolución desde la inseguridad y la incertidumbre inicial hasta la confianza en sus poderes y en su astucia, pasando por momentos de contrariedad o leves fracasos por no estar aún acostumbrado a un terreno desconocido, por ejemplo, en su primera batalla dentro del santuario de Nueva York. La construcción del protagonista se produce de la mejor forma posible y es lo más atractivo de la película, dado que el personaje desprende carisma, se une a la lista de irritantes con gracia, pero sin perder en cierta profundidad trágica.

Por el contrario, los villanos están muy desdibujados. Kaecilius no parece representar una amenaza real, tampoco ayuda su inexpresividad y su desarrollo plano, de enemigo clásico de dibujos animados infantil. El hecho de que detrás de este villano se encuentre el auténtico enemigo, Dormammu, quien hará su aparición casi al final, tampoco favorece al alumno díscolo del Anciano. Una de las cuestiones curiosas es que hay una ausencia de la percepción temporal en torno a este personaje; desde la escena en que Kaecilius roba el ritual hasta el momento en que comienza a ejecutar su plan, hemos podido ver todo el proceso de aprendizaje de nuestro protagonista sin saber cuánto tiempo ha transcurrido, lo que nos desorienta y nos hace preguntarnos por la conveniencia del guion de la espera del villano por llevar a cabo su plan.


En este sentido, no estamos ante una obra que trabaje bien a todos sus personajes, lanzándonos a una historia habitual y plana donde los detalles y matices se encuentra concentrados en puntos muy concretos. Ya hemos señalado que, como era obvio, la evolución de Strange es un punto esencial al tratarse de una película sobre sus inicios, y que se trata de un personaje bien construido; hasta la resolución de la batalla final supone un cambio sustancial con lo visto en otros superhéroes, otorgando mayor valor a la astucia que a la fuerza física o el poder. Otro punto a su favor son los detalles y matices del bando aliado del protagonista. Más allá del contrapunto humorístico que encontramos en Wong (Benedict Wong), encontramos a Mordo (Chiwetel Ejiofor) y al Anciano (Tilda Swinton). El segundo personaje se trata de un ser ambiguo, más allá de su mencionada androginia, por su carácter reservado, que se erige como mentora del protagonista, a quien en un determinado momento entregará una confesión íntima y un legado de responsabilidad que había aguantado durante mucho tiempo. No obstante, ella es también la representación de una decepción, sobre todo para el personaje de Mordo.

Este último también sufre una transformación a lo largo de la película, desde su confianza y devoción al Anciano y a todas sus normas hasta el quiebro que se produce en su interior cuando descubren las verdades ocultas de su maestra. Si finalmente se erige como un posible villano futuro, será más interesante que los enemigos planteados en esta película, dado que su ruptura con Strange residirá precisamente en la percepción de que se pueden permitir ciertas licencias para poder lograr nuestros objetivos, por buenos que sean, pero que ello supone transgredir nuestro propio código moral o aquel que enseñamos a otros y defendemos de manera pública. Una cuestión moral que a veces sirve para separar entre buenos y malos, pero más bien debería dividir entre personas íntegras y aquellas que buscan caminos fáciles ante problemas difíciles.


Entre medias, encontramos un intento de relación romántica entre Strange y Christine Palmer (Rachel McAdams), antigua compañera de trabajo que tratará de apoyarlo en sus momentos más bajos. Ahora bien, la película no está enfocada en construir a esta pareja, que funciona de forma disfuncional y no acaba por cuajar; es más, ni siquiera parece hacerse factible. La falta de química y de desarrollo del personaje unidos al hecho de que se siente como un añadido más obligatorio por compañía que por necesidad nos hace pensar que hubiera sido mejor alejar toda sospecha de romanticismo de una relación donde la amistad funcionaría mejor. Sobre todo porque ella acaba por convertirse en un ancla o enlace con el pasado del personaje, pero sin perder su presencia en un presente muy distinto. Un apoyo del lado más humano de Stephen contra todo el peso místico que recae sobre él como el Doctor Strange.

Sin duda, Doctor Extraño se erige como una pieza peculiar en la franquicia Marvel, logrando que en un mundo tan variado y disperso, encaje a la perfección toda una serie de mística que se representa con unos efectos sorprendentes, que se relacionan a la perfección con el tipo de historia que se trata de establecer. Los efectos referidos a la alteración espacial de los edificios o de la ciudad nos pueden recordar a Origen (Christopher Nolan, 2010), aunque van más allá al centrar la acción en ese panorama irreal. En ocasiones, pueden confundir al espectador, sobre todo en las escenas rápidas, como las persecuciones, y al tratar de establecer ilusiones ópticas imitando incluso a algunas obras de M. C. Escher (1898-1972). No obstante, gracias a ellas se consigue una entidad propia a una serie de poderes cuya traslación desde el cómic se antojaba compleja.


En su conjunto, la película de Derrickson funciona de forma eficiente para lograr entretener con una propuesta poco habitual en sus detalles concretos, aunque con un guion desarrollado de forma más tópica de lo que podría aparentar por sus elementos. Lo mejor lo encontramos en la buena combinación de protagonista y ambiente, consiguiendo una buena obra de inicios para un personaje tan singular. Además de contar con unos efectos potentes a pesar de que puedan llegar a desconcertar o hasta parecer ridículos en ciertos momentos, como en el primer viaje astral, pero que logran recrear un modelo distinto de superhéroe sin que por ello se produzca una caída de la acción más trepidante y adictiva. Un primer paso del que consideramos que se podría llegar a construir obras más profundas e interesantes en torno al doctor Extraño, que vayan un paso más allá de lo mostrado en este principio.

Escrito por Luis J. del Castillo


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