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Adaptaciones (LVIII): Sherlock Holmes (XI) Ian McKellen

28 abril, 2016

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MISTER HOLMES, DE BILL CONDON

El mundo anglosajón aprecia y mima a sus clásicos, aunque a veces los examine bajo la colectiva y distorsionada lupa de la corrección política. Pululando por el vernáculo ambiente universitario me he dado cuenta de dos cosas. La primera, de lo poco que se favorece y estimula la creatividad y potencialidades del individuo, a diferencia de esos otros países donde cualquier persona con un mínimo de talento casi destaca “a la fuerza” en el ámbito que sea, o bien puede establecerse sin necesidad de mendigar una subvención. 

Y la segunda, dicho sea con todas las excepciones que se quieran, ya que no me refiero solo a personas vivas, lo poco que se conoce a los autores españoles allende nuestras fronteras. Más allá de Cervantes (1547-1616), Velázquez (1599-1660) y Picasso (1881-1973), o con suerte, algún otro como Buñuel (1900-1983) o García Lorca (1898-1936), lo cierto es que, ya sea por culpa nuestra o por el chovinismo foráneo, el desconocimiento de la cultura española -y más concretamente, de las letras-, es apabullante (fuera de los ámbitos académicos más especializados y recónditos). El mundo franco-anglosajón ha sabido copar el mercado artístico y, dada nuestra desidia hacia estas cuestiones, ha hecho muy bien. Nada nuevo bajo el sol… de España.

Según la biografía ficticia de W. S. Baring-Gould (1913-1967), Sherlok Holmes de Baker Street (Sherlock Holmes of Baker Street, 1962; Valdemar, Club Diógenes, 1999), nuestro célebre personaje vivió entre los años 1854 y 1957, alcanzando la rotunda y muy provecta edad de 103 años (Gould sitúa la fecha del nacimiento y la defunción en el mismo día: el seis de enero); lo que no está nada mal, aunque siempre se pueda mejorar.

Anota el biógrafo que había llegado a esa edad gracias a la tranquilidad de espíritu y al sistema de vida que había aprendido de los lamas del Tíbet. Pero había otra parte aún más importante… (pg. 360), que Gould relaciona con los benéficos efectos de la jalea real, objeto de estudio de los últimos años del recluido detective. Atendiendo a esa “otra parte muy importante”, y dejando al margen la supuesta “tranquilidad de espíritu”, Mister Holmes (AI/BBC Films, 2015), elucubra acerca del más trabajoso cometido del afamado investigador.

Basada en la novela -que desconozco- de Mitch Cullin (1968), A slight trick of the mind (2005), adaptada para la ocasión por Jeffrey Hatcher (-), la película cuenta con la entonada fotografía de Tobias Schliessler (1958), la ambientación y decorados de Martin Childs (1954), que junto con el vestuario suele ser el contrafuerte de este tipo de producciones; más una partitura, algo anodina -como casi todas en la actualidad-, de Carter Burwell (1955). 


Nada más dar comienzo la historia, somos testigos del innato afán observador de Sherlock Holmes (Ian McKellen), a lo largo del camino que le lleva de vuelta a su vivienda campestre. El metódico comportamiento de las abejas, en un irónico giro argumental por parte de su creador -¡o testaferro!- Arthur Conan Doyle (1859-1930), es ahora el motivo de atención de tan cartesiana mente. La residencia está -recientemente- guardada por el ama de llaves y cocinera, Mrs. Munro (Laura Linney) y su hijo Roger (Milo Parker), y a este refugio retorna Holmes con el ánimo de tratar de recordar el último caso en que intervino, tras el (tercer) matrimonio de John H. Watson (1847-1929: según Baring-Gould) y la finalización de la Gran Guerra (1914-1918). Una investigación que tuvo como objeto la localización de una esposa “trastornada”, Ann Kelmot (Hattie Morahan), de la que se decía que había sido “embrujada” por la inofensiva musicóloga Madame Schirmer (el punto exótico lo marca la tempestuosa Frances de la Tour).

Para detener, o incluso revertir, los estragos que la edad está haciendo en su memoria, Holmes ya ha partido, poco antes, hacia el Japón, con la intención de hacerse con los secretos de un remedio botánico capaz de hacer frente a dicha pérdida. Lo cierto es que el asunto en cuestión está formalmente resuelto, aunque no anímicamente superado, un detalle que Holmes no puede recordar. En realidad, lo que desea averiguar son los motivos de su voluntario exilio, mientras aún le queden fuerzas. Un retiro propiciado por el referido asunto, del que únicamente conserva la culpa como secuela de sus errores.

McKellen ofrece la buena composición de un Sherlock Holmes que se ha de debatir entre el personaje enérgico y concienzudo de sesenta y pico de años, y el apagado aunque en cierto sentido revitalizado, de noventa y tres; el redimido ocaso de una “gloria” que si no murió joven ni dejó un cadáver bonito, sí vivió deprisa. La decrepitud y senilidad confieren un marcado acento humano al personaje, aunque como tenemos ocasión de comprobar, el núcleo argumental del relato se centra en la búsqueda de esa humanidad nonata. De hecho, su postrera y automática huida -elegida para no hacer daño a nadie más-, será el esforzado inicio de una toma de conciencia.


Pese a ser un personaje de ficción, el presente Sherlock Holmes no gusta de la misma. Pero de hecho, ¿constituyen imaginación y razón dos esferas tan divergentes? En los relatos literarios, el propio Mycroft achaca a su hermano un exceso de inventiva. Y es que, como bien señala Ann Kelmot haciendo alusión a sus hijos -igualmente- no nacidos, los muertos no se encuentran tan lejos de nosotros. Un posicionamiento trascendente que, todavía, el Holmes puramente empírico no se halla capacitado para comprender y mucho menos compartir. Su ausencia “de humanidad” lo equipara poco menos que a una bien engrasada aunque implacable maquinaria deductiva.

Sherlock Holmes solo se ha concentrado en los valores de la lógica, de igual modo que confiesa no haber llorado nunca por los difuntos, al menos exteriormente, pues tal ritual forma parte de una serie de lugares comunes. Nunca he empleado mucho la imaginación, prefiero los hechos, declara con ahínco. Razones más que sobradas para que no guste de la fantasía, y por las cuales no se muestra capaz de apreciar, en todo su significado, el sustrato simbólico que se despliega a su alrededor, en el Japón que visita tras la guerra (esta vez, la Segunda). El detective es, en efecto, producto del racionalismo científico más ventajoso pero sobrecogedor, y del positivismo más cerebral y descarnado. Pese a todo, su naturaleza, común al resto de los mortales, le hará descubrir, en curiosa analogía con el lógico vulcano Mr. Spock de Star Trek, la película (Star Trek, The Motion Picture, Robert Wise, 1979), que la compensación del intelecto no es suficiente.


Dicha naturaleza humana es un misterio que con frecuencia escapa a toda lógica. De este modo, Sherlock Holmes, que puede decirse que ha dedicado su vida -en muchos sentidos- a esta última, tomará conciencia de uno de sus fracasos (sino, el fracaso), cuando manifieste que “había deducido bien los hechos y el caso, pero había fallado al no comprender los significados”.

Su nueva visión de la muerte se presenta por partida doble, contemplada en la figura de la mujer con la que entra en contacto y en la del joven Roger. Por ello, es fundamental la relación que se establece entre el detective y el muchacho. Ciertamente, los niños necesitan que se les preste atención, como emplean ese otro mecanismo que es la imitación, al hallar un referente con el que sentirse identificados y que acentúa su natural carácter. De este modo, cuando el detective ve su comportamiento -lo que los demás han debido observar en él- reflejado en el niño, esto le pone en guardia. Pese a todo, será el del venerable anciano un proceso en el que, como es obligado, no ha de perder sus “esencias” más constitutivas, como demuestra su descripción clínica al detallar los efectos de las picaduras de las abejas.

En cuanto a los adultos, bien se infiere que son como niños. La madre de Roger siente celos de Mister Holmes, con lo que la deriva vital afecta, aún en distinta intensidad, a los tres personajes principales de la narración. En atención a este periplo, y como el despertar de todo un proceso anímico y espiritual, Sherlock Holmes culmina su viaje fabulando, es decir, haciendo uso del fingimiento (mintiendo, si se quiere, aunque por una buena causa). Su primera incursión en la ficción será una invención de la que conocemos sus efectos, pero no -y este es otro acierto argumental- hasta qué punto se ajusta a la realidad de los hechos. Un acto en el que, además, subyace un tardío aunque sincero reconocimiento hacia la labor y el legado de su amigo y compañero Watson.


Dejando aparcado el exceso de flashbacks con los que el realizador Bill Condon (1955) se empeña en organizar la historia, y que a veces lastran la narración morosamente, lo cierto es que Mister Holmes propone un interesante juego meta-literario, en el que el protagonista se contempla a sí mismo como un personaje más de ficción, pese a que, como hemos destacado, hasta entonces se ha caracterizado por detestar lo que esta representa.

Por ello, la película depara otra vuelta de tuerca, no por inesperada menos grata, a pesar de (casi) arruinar una idea brillante, como es la de ver al gran detective asistiendo a la proyección de una película centrada en su persona. Esta no deja de ser una obra amanerada y superflua, que sobrevuela una circunstancia que, a mi modo de ver, habría ganado mucho más si la proyección en cuestión hubiese hecho referencia a una muestra artística de mayor calado (que las hay, como tuvimos ocasión de confirmar en nuestra serie de artículos dedicados a la figura de Sherlock Holmes en el cine). ¿Qué habría pensado nuestro detective entonces?

Escrito por Javier C. Aguilera

Adaptaciones (XXXI): Sherlock Holmes (X) Gary Piquer

24 septiembre, 2014

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HOLMES & WATSON: MADRID DAYS

Buen escritor, crítico y cineasta, José Luis Garci (1944) ha impreso siempre en sus textos y guiones un marcado contenido autobiográfico, que es lo que le da una autenticidad y comunicabilidad especial. Con mayor afinidad, o más inclinado a filmar la vida que fue que la presente, en su último trabajo –que deseamos que no lo sea-, se propuso mostrar a Sherlock Holmes desde otro punto de vista, pero sin desnaturalizar al personaje, elucubrando con su psicología.


De este modo, Holmes & Watson: Madrid days (Nickel Odeon, 2012), constituye una mirada reflexiva, pese a lo que creen algunos a buen ritmo -que no es sinónimo de prisa o confusión visual-, que se formula por medio de encadenados, principalmente. Para Garci, buen conocedor de los “clásicos”, la actualidad está en la puesta en imágenes (recordemos que una película no resulta más actual por estar ambientada en ella: elementos típicos para la típica incomprensión). Claro que también es cierto que rara vez ha sabido España venderse, salvo en esporádicas y con frecuencia espurias ocasiones.

Según el realizador –aquí también montador-, es la de Holmes una época similar a la actual, el final de una era (o el inicio de otra). Por ello, nada impide presentar a un Holmes más reflexivo (de hecho es una idea excelente), distinto y personal. Una visión a la que se suman, junto a los escenarios naturales madrileños, los estupendos decorados de Gil Parrondo (1921), la ambientación de Julián Mateos y la fotografía de Javier Palacios. 

Y es que la apuesta de Holmes & Watson: Madrid days evidencia un cariño especial por la capital, junto a una considerable tradición cultural: por sus escenarios circulan o son homenajeados Goya, Galdós, Emilia Pardo Bazán, Albéniz, Boccherini, Bizet, Henry James, Stevenson

Junto a estos apuntes “en escena”, está un Sherlock Holmes (interpretado con convicción por Gary Piquer), cuyo off son todas sus aventuras y vivencias anteriores. 


En el presente relato, los dos personajes principales se enfrentan al amor: para Watson (J. L. García Pérez) se trata de un juego, como atestigua su coqueteo con Elena (Manuela Velasco), pese a que está “felizmente casado”; para Holmes, en cambio, supone un nuevo desafío, tal vez el último reto. Como definidores de una época y también como adelantados, la pareja se enfrenta a un periodo de decadentes y al surgimiento de las “grandes finanzas” y proyectos empresariales. Un tiempo nuevo, o más desaforado que el anterior, donde no existe el futuro, solo la incertidumbre.

Pese a ello, los Holmes y Watson que visitan el Madrid decimonónico, resultan más cercanos que en los relatos (por ejemplo, la divertida cuestión de la incorporación de los perros policía). También más nihilistas, si se quiere, pero sin por ello desvirtuar su esencia. El guión va introduciendo paulatinamente al resto de ambientes y personajes. Por mediación de Luis Delgado (Jorge Roelas), un conocido de Watson en España, la pareja arriba al país, donde les son presentadas personalidades como el marqués de Simancas (un contundente Manuel Tejada), que tiene muy claro que “la maquinaria del futuro es imparable”.


Formando parte de esta nueva cosmovisión está el periodismo de la época, representado por el honesto José Alcántara (Víctor Clavijo), cuya novia, Berna (Macarena Gómez), tratará de ayudar a Holmes y a la policía en sus pesquisas. Estas se dirigen más que a aclarar una serie de asesinatos extrapolables, a certificar ese turbio ambiente que se está instalando en toda Europa.

En cuanto a la realización, destaca el empleo del plano general, que abarca “toda la atmósfera”; por ejemplo, durante la representación de magia, estampa que fusiona el recuerdo de los espectáculos de variedades con unas oscuras “clases altas”. O dentro de otro orden, el rojo minneliniano que luce Irene Adler (una estupenda Belén López) en uno de sus vestidos.

Otros buenos apuntes muestran a Holmes en una biblioteca, o haciendo anotaciones sobre un espejo empañado, o de algún modo, teniendo una premonición con el asesino. De igual modo es un detalle interesante la semejanza de las “tarjetas de presentación”, que también parecen proceder de un mismo ambiente: una de ellas nos ha sido mostrada por medio de una leve grúa en la mano de una de las víctimas; la otra la exhibe el detective en su despedida de Madrid. Excelente es la secuencia del regreso de Holmes a la soledad del 221B, tras su visita a España.


En definitiva, una elegancia cinematográfica que tiene que ver con la composición plástica del plano, con cómo se desenvuelven los actores dentro del cuadro, con el diálogo preciso, e incluso con el gracejo autóctono y el donaire que “se contagia”. En este sentido, Holmes & Watson: Madrid days nos regala el placer de la contemplación. Más que investigar un caso, somos participes de un estado de ánimo, testigos de una transformación tan autóctona como globalizada.

Así, a la buena indagación de la intimidad de ambos personajes, se suma un ambiente convertido en trama. Una autobiografía viva que muestra a un Holmes, como queda dicho, “familiar” –hasta donde cabe serlo-, interesante y respetuoso, pero siempre a ras de suelo, “a la altura de las circunstancias”, y no convertido en un trapecista; del mismo modo que Watson nos es presentado en su consulta médica como un hombre responsable aunque mujeriego.

Tal grado de abstracción es cualidad del poder, cuyo lazo físico con la tierra son los crímenes justificados por un progreso descontrolado. Jack el destripador es la especulación. Ese poder abstracto donde no hay nadie concreto arriba; planteamiento que nos recuerda el final de la excelente El crack II (1893).


Algunas declaraciones del realizador evidencian su querencia por la etapa retratada, pese a todo. O mejor dicho, cuyo arte dignifica el periodo. También revelan datos acerca de su método de trabajo, para el cual ha contado en muchas ocasiones con la figura de un productor, especie en vías de extinción en España a favor de la subvención estatal (concretamente, esta película está dedicada a José Luis Tafur [1929-2012], productor de algunas de sus primeras obras).

En definitiva, unas cualidades que nos devuelven la sana costumbre de acudir a una película sin estar aleccionado, sin “domesticaciones críticas” ni trailers estrepitosos, a la expectativa de la sorpresa (como en este caso, agradable).

De cualquier modo, no tiene el interesante realizador de qué disculparse por ofrecer su visión de Sherlock Holmes, porque no lo desvirtúa –sus personajes se alejan de los arquetipos y les devuelve su condición de seres humanos- y porque existe -o debería seguir prevaleciendo en el cine-, la puesta en escena.

Escrito por Javier C. Aguilera




Adaptaciones (XXVIII): Sherlock Holmes (IX) Robert Downey Jr.

28 julio, 2014

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SHERLOCK HOLMES Y SH: JUEGO DE SOMBRAS, DE GUY RITCHIE

Aunque hace tiempo tomé la determinación de no comentar obras que no me gustaran (siquiera mínimamente), o me resultaran “simpáticas” por algún motivo, la progresiva revisión de películas basadas, o relacionadas, con Sherlock Holmes, el personaje creado por Arthur Conan Doyle (1859-1930), obliga a hacer referencia a las lecturas perpetradas por el británico Guy Ritchie (1968). Lo hago a sabiendas de no contar con el beneplácito general y unánime, aunque los que me conocen saben que esto no es algo que me atribule ni mucho menos, de igual modo que nunca he acertado a comprender cómo hay personas que malgastan su valioso tiempo haciendo recriminaciones –no aportaciones- online, o escribiendo –es un decir-, comentarios meramente despectivos, como un deporte más (que una cosa es ser fan y otra fanático).


El Sherlock Holmes propuesto por Ritchie en el -de momento- díptico Sherlock Holmes (Warner Bros., 2009) y Sherlock Holmes: Juego de sombras (Sherlock Holmes: A game of shadows, Warner Bros., 2011), es una parodia. Libre era de hacerla, desde luego, pero libre soy yo también de que no me guste (supongo).

Parodia no en un sentido ácido pero respetuoso (como pueda serlo Mel Brooks), sino en nombre del exceso más vacuo y de la desvirtuación. Hasta el punto de que el Holmes encarnado por un entregado Robert Downey Jr., más que un estereotipo, es la antítesis videoclipera de la creación original. En este sentido, se posiciona a años luz de la espléndida revisión -que no desnaturalización- propuesta por la serie Sherlock (2010-).

Un reverso que convierte a Holmes en una máquina calculadora de ángulos y posturitas, de determinaciones más matemáticas que anatómicas, uno de los conocimientos que Watson atribuía al detective. Sí tiene cierta gracia que en el segundo título, el profesor Moriarty (Jared Harris) sea descrito como “un destacado intelectual” y se nos muestre como un docente indecente, que aprovecha cada coyuntura para publicitarse con algún que otro libro, procediendo a sus manejos, de talante autoritario aunque complaciente, sin moverse de la Uni. ¡Qué perfidia!


Desafortunadamente, el conjunto no deja de ser un catálogo circense de “cómo ser un Holmes de pacotilla”, con un detective –poco consultor-, que confunde cinismo con réplicas semi-agudas –más bien esdrújulas-, y que se convierte, como queda dicho, en un artilugio mecánico, o lo más parecido a un prestidigitador. Por si esto fuera poco “aliciente”, Guy Ritchie construye las secuencias con el consabido número (infinito) de planos cortísimos que -no es el único, qué va- quieren transmitir “acción”. A todo ello se añade la desdichada tendencia a una clínica fotografía azul-grisácea, que hermana digital y tristonamente gran parte de las películas actuales. Una “visualización” que aquí obra como sinónimo de opacidad y ausencia de contraste y tonalidad (en clara disparidad con la labor de la mayoría de los directores de fotografía precedentes); es un modo más de dilapidar cualquier relevancia dramática por vía de lo uniforme (las sombritas no cuentan).

En resumidas cuentas, un ejemplo perfecto de la confusión de dinamismo por planificación atropellada, (auto)confianza por altanería, atmósfera (industrial) por atonalidad, y preocupación social por desaliño. Trufado de guiños, eso sí, entre los que solo cabe esbozar una sonrisa con la incorporación a una banda sonora intrascendente a más no poder, del tema principal que Ennio Morricone compuso para Dos mulas y una mujer (Two mules for sister Sara, Universal, 1970) de Don Siegel (esto en la secuela).


Más rápido, más aparatoso,… pero no necesariamente mejor. En el Holmes de Guy Ritchie lo que prima es la pose sobre cualquier particularidad visual o narrativa (¡parece que sesgada a conciencia desde la propia realización!).

No se trata de no poder “ofrecer algo diferente”, incluyendo a quienes les traigan sin cuidado los relatos de Sherlock Holmes, pero al menos, sí de ofrecerlo sin necesidad de tanto efectito sonoro y un lenguaje visual banalizado. Por ejemplo, y regresando a la secuela, el ridículo se hace inevitable con el montaje en paralelo de una representación musical y un atentado, o durante la huída por un bosque, tan atonal como el resto, a tiro limpio -como en cualquier otro producto de “acción”-, y con un uso trivializado del ralentí. Ahora bien, en la primera película, la escaramuza en el laboratorio desvencijado sí llega a estar bien planificada (aunque el “forzudo” sea otro préstamo más: éste del primer Indiana Jones, lo cual tampoco tiene mayor relevancia). Por desgracia, el abuso de planos cortos se encarga de desaprovechar todo atisbo de atmósfera (al dinero le ha faltado el talento).


Los argumentos no aportan nada a lo ya conocido (de hecho, son un saqueo de esta o aquella película de Sherlock Holmes; como la idea del político “iluminado”, cuya baza también ha sido mejor jugada en la citada Sherlock). La secuela potencia los aspectos paródicos hasta la extenuación y propone un humor más chusco, si tal cosa era posible. Por ejemplo, irrisorio resulta a estas alturas mostrar al villano, un profesor Moriarty que roza lo grotesco, como un enamorado de los lieder y la ópera, que como todos sabemos, es la música de los relamidos y los insufribles burgueses. A cambio de eso, solo queda el gracejo de constatar cómo Robert Downey Jr., Rachel McAdams y Kelly Reilly, se asemejan a unos jóvenes Al Pacino, Brooke Adams y Diane Keaton (Noomi Rapace no se parece a nada que yo conozca).

Pero para entonces ya se ha patentizado la absoluta desarticulación del original literario, no porque no sea susceptible de requiebros, sino porque a esas alturas de la producción a nadie parece importarle un pito. Con indicar “basado en” o “personajes creados por”, está todo justificado. Y con toda probabilidad, tal vez sea este el único aspecto positivo a extraer, el hecho de haber interesado, siquiera indirectamente, a algunos potenciales lectores a conocer los textos de Arthur Conan Doyle, el gran ausente en estas re-visiones sobre Sherlock Holmes.

Escrito por Javier C. Aguilera

Adaptaciones (XXIV): Sherlock Holmes (VIII) Asesinato por decreto

05 mayo, 2014

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La carrera del realizador Bob Clark (1939-2007) fue errática en su fase tristemente final (él y un hijo murieron cuando un conductor borracho los embistió de frente). Así, junto a Porky’s 1 y 2 (1981 y 1982) o la simpática Un tiro por la culata (Loose cannons, 1990), sobresalen Los niños no deberían jugar con cosas muertas (Children shouldn’t play with dead things, 1972), Navidades negras (Black Christmas, 1974), Tributo (Tribute, 1980), y la que nos ocupa, Asesinato por decreto (Murder by decree, AVCO Embassy, 1978; estrenada un año más tarde).

Fue la segunda vez que Christopher Plummer encarnó a Sherlock Holmes, tras una versión para televisión –que a día de hoy no me ha sido posible ver- del relato Estrella de Plata (Silver Blaze, John Davies, 1977). Al ser Asesinato por decreto una coproducción entre Inglaterra y Canadá, Plummer no es el único canadiense en el reparto. Le acompañan Geneviève Bujold, que interpreta a la recluida Annie Crook, Susan Clark (Mary Kelly), Tedde Moore (Mrs. Lees), y Donald Sutherland, que hace lo propio con el médium Robert Lees, personaje interesante siquiera por no haber sido representado como el típico fantoche.

Junto a ellos y por descontado, emerge un excelente plantel de actores británicos: James Mason, David Hemmings, Frank Finlay, Anthony Quayle y John Gielgud.


Aunque no pretendo destripar el argumento, Asesinato por decreto es complementaria de Estudio de terror (A study in terror, James Hill, 1965), aunque sus derroteros artísticos sean otros.

Desde el principio, una atmósfera casi irreal -aunque existiera realmente-, junto al empleo de la lente deformada, testimonian los despiadados e hiperbólicos crímenes de Jack, el destripador, oficialmente iniciados el treinta y uno de agosto de 1888 con, progresivamente, Polly Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, la misma noche Catherine Eddowes –parte de cuyo riñón fue enviado a la policía- y Mary Kelly, que disponía de habitación propia, y que aquí se convierte en el foco de todo el entramado argumental.

Se atribuye al asesino la muerte anterior de Martha Tabram, y la posterior de Alice McKenzie, en julio de 1889. En cualquier caso, la estrangulación como motivo del asesinato que muestra la película es un hecho cierto.


Pese a que han sido demasiados los libros y documentales que se han auto-titulado como “Caso resuelto” o “Jack, el destripador: identificado”, me parece interesante señalar la aportación del investigador y escritor Meirion Trow, que especula que la identidad del criminal podría haberse correspondido con la de un empleado de la morgue de Whitechapel, llamado Robert Mann, muerto de tisis (tuberculosis) el dos de enero de 1896. Un lugar que, como guarida del criminal, está estratégicamente situado, como estratégica –e “invisible”- es la profesión del sospechoso. Nos hallamos, entonces, ante una película-con-médico-loco; aunque hay método en su locura.

La inseguridad en las calles de Londres no se debe solo a la acción del maniaco, sino a los excesos de la llamada revolución industrial. En el interior de la Royal Opera House, donde se encuentran Holmes y Watson, somos testigos de ese ambiente inestable y de disgusto. Significativamente, Holmes se moverá por entre la oscuridad durante la mayor parte del relato: la oscuridad es tanto física -Holmes toca su violín en la penumbra-, como mental -el asunto parece difícil de dilucidar-.


Además, de las centrales y estructuradas arterias de Londres, nos imbuimos en un laberinto de casas y callejones. La capital se nos aparece entonces como escenario de unos edificios abandonados, monumentos callados de la explotación más atroz, junto con el psiquiátrico donde yace la solución del enigma, un remedo de Bedlam y otros “asilos” para trastornados. Ese decorado representa, de algún modo, el final de una era. El cuestionamiento del carácter ético de (un miembro de) la monarquía, así parece corroborarlo; como las actuaciones del comisionado de la policía, sir Charles Warren (Anthony Quayle), ¡de carácter bastante sanguíneo!

Éste es también el escenario en el que aparece una de las claves de la incógnita: la pintada sobre una pared con la palabra “juwes”, cuya referencia (real) se refiere a un ritual masónico que implicó a los asesinos del constructor del Templo de Salomón en Jerusalén.

La conexión mental del asesino con Lees, frente a una policía que solo es “racional”, contrasta a su vez con los testimonios de la prensa, no exentos de sensacionalismo y un exceso de imaginación.


El terror es, como la oscuridad, igualmente doble, físico –los crímenes- y mental -el de Annie, recluida sin estar loca-. Y dentro del mental, podemos añadir el oligárquico, que desencadena una desviada –si hay alguna que no lo sea- interpretación de la nebulosa “razón de estado”. Es decir, la falla de unas instituciones que han de garantizar el respeto a unas normas de convivencia. Y tan culpables como éstas, son los radicales, que pierden su razón mediante la consecución de actos violentos. Como dice Watson: “¡un radical en Scotland Yard, terrorífico!”.

El precio por preservar el orden social es demasiado alto, sobre todo porque nos ha sido mostrado por medio de la historia de John Hopkins (1931-1998). Al final de la desventura, Holmes será incapaz de contemplar los edificios institucionales de igual forma. Probablemente, es la primera vez que tropieza con un muro realmente insalvable.

Escrito por Javier C. Aguilera


Adaptaciones (XXII): Sherlock Holmes (VII) Miscelánea

28 enero, 2014

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George C. Scott, Gene Wilder, Roger Moore, Nicol Williamson, Nicholas Rowe, Michael Caine y Charlton Heston

Antes de acercarnos a la conclusión de esta especie de dossier que he venido elaborando para Baúl del Castillo acerca del personaje literario, y por ende cinematográfico, de Arthur Conan Doyle (del que siempre animamos a descubrir el resto de su obra, incluida la vertiente histórica), nos ocupamos en la siguiente entrada de varias películas que, o bien fueron destinadas a un formato televisivo o doméstico -en el más respetable de los sentidos-, o bien son digresiones que se valen del personaje para alcanzar otros fines.

Cronológicamente, comenzamos con El detective y la doctora (They might be giants, Anthony Harvey, Universal, 1971). ¿Un tipo ataviado como Sherlock Holmes en el presente? Como vemos, la idea de trasladar al peculiar detective a la siempre cambiante “actualidad” -en detrimento de un universo más connatural, que por pasado permanece menos mutable-, no es en absoluto nueva, y no hay más que recordar la etapa en que Basil Rathbone encarnó al personaje para Universal. Generalmente recibida con indiferencia, considero que El detective y la doctora, problemas de producción aparte -lo que cuenta es lo que queda-, es un estupendo cuento, hermoso y bien narrado.

Nos presenta al maduro Justin (George C. Scott), hombre tremendamente culto y antiguo juez que -y perdón por el chiste fácil- ha perdido el juicio, y en su condición de inadaptado se cree y actúa como la legendaria creación del escritor escocés, en un entorno claramente hostil y alienante: la ciudad de Nueva York, por entonces bastante sucia; un escenario tan psíquico como físico, donde los villanos ya no se desenvuelven con malignidad versallesca, sino a tiros, y donde ya no queda lugar para la fantasía. Una identificación que llega a su paroxismo en el divertido momento en que un guardia saluda a nuestro hombre diciendo: ¡Hombre, el señor Basil Rathbone!


Justin es analizado por la doctora Mildred Watson (una eficaz Joanne Woodward, que se asemeja bastante a la Barbara Bel Geddes de Vértigo), la cual trata de que el hermano del magistrado no lo declare incapacitado para poder apoderarse de todos sus bienes.

Justin / Holmes, por contra, y en comparación con la jungla humana que le rodea, acabará ganando, simplemente siendo feliz al poder vivir su “fantasía” y contar con la (esporádica) aquiescencia de algunas personas, tan “alienadas” como él; algo que llamará la atención de la doctora, una profesional solterona y sin amigos. En un momento, Holmes llega a convocar, cual flautista de Hamelín, a todos aquellos a los que de algún modo ha tocado con su varita mágica; un curioso grupo de “irregulares de Baker Street” -como Holmes motejaba a la chiquillería que le echaba una mano-, entre ellos Jack Gilford y Rue McClanahan (la Blanche de Las chicas de oro), a los que muestra que puede haber paraíso entre la mugre.

Prueba de que eso, y no otra cosa, es lo que importa, es el hermoso aunque abierto final: no sabemos cómo acabará el asunto familiar, solo que Holmes parece que ya no se encontrará solo. Razón por lo cual pienso que, más que descompensado del resto, el último tercio resulta coherente a su manera. Además, los apuntes contra el psicoanálisis son brillantísimos.

En suma, El detective y la doctora es un considerable y bien argumentado ejercicio de imaginación (la relación de Holmes con el universo del western es otro magnífico apunte), donde se valora la magia de poder ser el que se quiere ser, junto a la propia “magia” del cine: no es extraño que Holmes termine en uno, aunque, signo de los tiempos, el escenario acabe convertido en una sala de películas eróticas: es uno de sus encontronazos con el mundo real. Por otro lado, George C. Scott está excepcional.

Adaptaciones (XIX): Sherlock Holmes (VI) La vida privada de Sherlock Holmes

02 octubre, 2013

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Como muchos aficionados saben, La vida privada de Sherlock Holmes (The private life of Sherlock Holmes, United Artist, 1970), escrita por el tándem Billy Wilder e I.A.L. Diamond, es una obra mutilada. Pero advirtamos desde el comienzo que lo que se ha conservado es espléndido. Se trataba de una apuesta personal de su realizador, Billy Wilder (1906-2002), confeso “sherlockiano”, y de una producción de cierta envergadura y logística, que el estudio decidió acortar poco antes de su estreno comercial. Podemos aventurar una hipótesis y decir que La vida privada de Sherlock Holmes es la última gran película clásica de un estudio, junto con El Padrino (The godfather, 1972) de Coppola. Y empleo el término “clásica” no como sinónimo de “antigüedad” o de producto “pasado de moda”, sino de aquello que se revaloriza con el tiempo, pese a los estragos que las efímeras modas pudieron infligirle.

Parece ser que los descartes incluían una aventura en un transatlántico, el llamado “suceso de la habitación patas arriba”, e incluso un flashback de la época universitaria de Holmes. De estos, solo se ha conservado o bien la imagen sin el sonido, o viceversa. En cualquier caso, insisto en que lo que ha permanecido nos proporciona una gran película y una espléndida labor de realización de Billy Wilder.

La vida privada de Sherlock Holmes da comienzo cuando los recuerdos contenidos en una caja, guardada en la cámara acorazada de un banco londinense, “salen a la luz”, y cual caja de pandora literaria, ofrecen relatos y detalles inéditos, todos muy definitorios de la personalidad del genio de Baker Street. Esta idea de los manuscritos “perdidos”, magnífica de por sí, es el preludio de la recreación de la idiosincrasia del Holmes más íntimo, descritas con innegable gracia aunque con absoluta fidelidad y respeto hacia la obra de Conan Doyle y la estampa tradicional del detective. Ya en esas primeras imágenes, correspondientes a los bellos títulos de crédito, podemos percatarnos de la foto de “ella” en un reloj. Por supuesto, serán los legajos de este nuevo “archivo”, escritos por el doctor Watson, los que procuren la puesta en imágenes que se va a desarrollar. El espectador pocas veces se sintió tan voyeur.


Sherlock Holmes (Robert Stephens) se encuentra a la espera de un caso digno de atención, decepcionado con el mundo en general, y con el criminal en particular. Escasean los retos que pongan en funcionamiento los mecanismos deductivos y científicos del detective (para este, la deducción es una ciencia, considerando el conjunto como una de las bellas artes), en definitiva, aquello que constituye sus mejores armas contra la injusticia. 

Por fortuna, estos desafíos no tardan en presentarse, para alivio de su amigo y colega el doctor John H. Watson (Colin Blakely), situándose la acción en el periodo de 1887 a 1888. Una acción en clave de sorna pero con los pies en la tierra, es decir, irónica con la imagen establecida pero sin desnaturalizar a los personajes; por ejemplo, cuando el detective recrimina a su entusiasta biógrafo toda una serie de “licencias literarias”.

Sin desvelar demasiado acerca de la trama (en atención a quienes desconozcan el film y deseen acercarse a él), diremos que estos asuntos se refieren al embarazoso “episodio del ballet”, junto al caso, que ocupará el resto del metraje, de la desaparición de un ingeniero belga, coincidente con la aparición de su amnésica esposa Gabrielle (Genevieve Page); extenso relato del que también formará parte el hermano de Holmes, Mycroft (espléndido Christopher Lee), todo un epítome del poder en la sombra.


El relato escrito por Wilder y Diamond hace que nos planteemos cuestiones muy sugerentes, como el simpático juego con las identidades sexuales (que queda abierto), para qué pueden requerirse los servicios específicos de alguien tan popular como Sherlock Holmes (además de para resolver un intrincado caso, desde luego) o ¿qué es lo que da pie a muchas de las leyendas esparcidas por el globo? En cuanto al aspecto psicológico, “privado” del personaje, queda patente que a Holmes solo le interesa “lo extraordinario”, lo que se sale de lo común. Stephens compone un Holmes espléndido, elegante, afectado y falible. Una atención al detalle que también se traduce en apuntes bien cuidados, como la marca (real) que presenta Gabrielle en la cabeza, a consecuencia del golpe (irreal) que le ha provocado la amnesia…

Por su parte, este Watson mundano también es avispado (por ejemplo, en su descripción de la situación en que se halla la huésped). Su condición caballerosa, “victoriana”, proporciona algún detalle visual divertido: ese estetoscopio que surge de improviso del sombrero del médico, cual chistera de un mago, durante su encuentro en el tren con los -a su vez- falsos trapenses.

Billy Wilder saca en todo momento un espléndido rendimiento expresivo del formato en scope (ancho). Un buen ejemplo en la composición del plano, se da durante la entrevista de Holmes con la bailarina en el camerino: la puerta por la que aparece un Watson entusiasmado queda estratégicamente en medio; o durante el accidentado baile con las bailarinas del ballet, que van tornándose en bailarines. Otros buenos apuntes abarcan la peripecia completa, la aventura no hace sino confirmar la opinión de Holmes acerca del bello sexo, destacando un momento muy hermoso, el que muestra al detective entrando en el dormitorio donde descansa Gabrielle.


Como en toda obra extraordinaria, resultan indispensables los aportes de otros profesionales, como en este caso, la fotografía de Christopher Challis (1919-2012), la inspirada y nostálgica partitura de Miklós Rózsa (1907-1995), en realidad, su Concierto para violín y Orquesta, op. 24, y la labor del diseñador de producción y escenógrafo Alexandre Trauner (1906-1993): las dependencias de Holmes y Watson son maravillosas hasta el más mínimo detalle. Junto a la labor de Billy Wilder, logran fijar en el tiempo una de las películas más melancólicas, sugestivas y románticas del séptimo arte. 

El amor es contrariado, la visión de los seres humanos pesimista (¿realista?), y muy particularmente, se refiere a la soledad como pilar fundamental del sujeto romántico (aspecto no solo adscrito al espacio temporal en que eclosionó); y aún así o precisamente por ello, es La vida privada de Sherlock Holmes una de las más hermosas películas de toda la filmografía de Billy Wilder y repito, del cine en general. Si la película no es una obra maestra -por incompleta que esté-, se le parece bastante. De hecho, frente a las vanguardias fílmicas, de las que ya pocos se acuerdan, o si se acuerdan a pocos importan, a La vida privada de Sherlosk Holmes, el tiempo le ha acabado dando la razón.

Escrito por Javier C. Aguilera


¡A ponerse series! (IX): Sherlock Holmes

15 julio, 2013

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Jeremy Brett con David Burke y Rosalie Williams
Sra. Hudson: ¿A qué hora quiere desayunar?
Holmes: A las ocho y media de pasado mañana.

La serie Sherlock Holmes (1984-1994) emprendida por ITV/Granada TV fue una tarea similar a la realizada con Poirot (labor que está a punto de concluir), por la misma cadena.

Se trataba de poner en escena los relatos del detective con la mayor fidelidad posible. Lamentablemente, en este caso, la muerte de Jeremy Brett (1933-1995) en el rol principal, dio al traste con el resto de adaptaciones, que se ofrecieron siguiendo los títulos genéricos de los libros que compilaban dichos relatos; esto es, Las aventuras de Sherlock Holmes, El regreso de Sherlock Holmes, Las memorias de Sherlock Holmes y Los casos de Sherlock Holmes (versión de El archivo de Sherlock Holmes); junto a El perro de Baskerville y El signo de los Cuatro. Faltarían Estudio en escarlata, Su último saludo en el escenario y El valle del terror, pero el material es suficiente por mucho que lamentemos que no pudiera completarse.

De hecho, uno de los problemas derivó de la enfermiza identificación del actor con el personaje, algo que tal vez no tenía parangón desde Bela Lugosi con Drácula, y lo cual, sumado al progresivo desarrollo de una depresión maníaca, que le llevó a depender de un fuerte tratamiento, junto a la muy sentida muerte de su esposa en 1985, recién comenzada la serie, le terminaron por provocar un fatal fallo cardíaco.

Holmes: ¿A la policía? ¡Con lo difíciles que les resultan los hechos! (El círculo rojo).

El Holmes de Jeremy Brett es algo teatrero, algo efectista, pero pese a todo plausible… estamos de nuevo inmersos en los entresijos de una mente “fuera de lo normal”, de los estudios acerca de cigarrillos sin boquilla, ¡o de las cuarenta y dos marcas de rueda de bicicleta! (La escuela Priory), la pipa, el violín (en La liga de los pelirrojos disfrutan de un recital ofrecido por Sarasate), la grafología, las pisadas sobre el terreno, los distintos tipos de cenizas y la dramática reaparición de los pecados del pasado.

Quitando los efectistas y pobretones flashbacks, rémora de la televisión de entonces y de ahora (El paciente interno, El pie del diablo), y un abuso de primeros planos que parten la planificación (no en todos los capítulos), Sherlock Holmes es una serie bastante disfrutable. Incluso se permite un humor muy saludable, por ejemplo, con la dislocada y vivaracha fuente de la juventud de El hombre trepador. En otras ocasiones, debemos ser algo más condescendientes: en El caso del puente Thor (en que aparece el joven botones Billy), la víctima brasileña es descrita como una “hija de la pasión”; y en Los seis Napoleones, los italianos son mostrados con todo lujo de aspavientos y ceremonias.

Señalemos, además, que David Burke (el doctor Watson), fue sustituido tras la primera temporada por el mucho más eficaz Edward Hardwicke. Por su parte, Rosalie Williams se hizo cargo a lo largo de toda la serie de interpretar a la Sra. Hudson, aquí más sufrida que nunca.

Con Edward Hardwicke
Watson: ¡Holmes, eso es profanación! (La vieja mansión Shoscombe).

Sherlock Holmes se abre mostrando una bulliciosa Baker Street, con el detective observando desde la ventana, punteadas las imágenes por la bella música de Patrick Gowers (su elogiosa labor se extiende a lo largo de todos los capítulos). Todo ello entronca con la particular delectación y ensimismamiento que Holmes mostrará ante los casos más aberrantes y atractivos (La banda moteada, Los tres frontones).

Otro acierto de la serie reside en el cuidado diseño de producción, que además aprovecha todos los exteriores naturales que ofrece el país, desde Surrey en El pabellón Westenra, a las vacaciones por prescripción facultativa en Cornualles en El pie del diablo, hasta el regreso al norte de Dartmoor en Estrella de Plata. Y por descontado, están las calles de Londres, las posadas campestres, los caserones, las viejas iglesias y hasta criptas en medio de la foresta (La vieja mansión Shoscombe, capítulo más “ambiental” que narrativo).

El ya clásico tema de las vacaciones frustradas reaparecerá en La desaparición de lady Frances Carfax, en el cual Holmes dispone los dramatis personae como en un tablero de ajedrez, y episodio de devastadora conclusión, obra de John Madden. El realizador filmará además La escuela Priory, uno de esos casos que hacen chiribitas en los ojos de Holmes. En este mismo capítulo, la suficiencia del duque Holdernesse (Alan Howard), dará un giro cuando el detective reciba su cheque. Aquí, rara vez se sitúa la cámara fuera de la mirada del detective (arranques aparte), y cuando una vez lo hace, para mostrar una conversación, será para crear una impresión falsa.

El citado duque hallará su némesis en el conde Gruner (Anthony Valentine) de El cliente ilustre, curioso coleccionista que se regodea en su álbum de fotos eróticas, aunque se muestre tan refinado como el finado Moriarty (aquí sabemos quién es el asesino desde el primer momento, todo un serial killer de alto copete). A retener dos buenos detalles en este capítulo: los periódicos dan la noticia del ataque a Holmes (una pelea que pierde), junto a la chanza de la señora Hudson, pillada in fraganti fisgando tras la puerta.


Holmes: La prensa es una institución valiosa, si uno sabe cómo usarla (Los seis Napoleones).

La serie incide, como podemos suponer, en otros aspectos de la creación literaria, como su aprensión a la merma de facultades durante los periodos de altibajos o el temor a no enfrentarse más que criminales vulgares, todo lo cual le hace profetizar la extinción de su profesión (La desaparición de lady Frances Carfax, El constructor de Norwood, El aristócrata solterón, Los planos del Bruce Partington; “las noticias son estériles”, comenta en El pabellón Westenra).

Pero también el placer ante los casos en apariencia más banales, que resultan ser “bombas de relojería”, tales como El ciclista solitario (de ritmo un tanto desfallecido: se trataba del primer capitulo; a cambio, vemos a un Holmes muy activo, repartiendo mamporros), Los bailarines, La liga de los pelirrojos o El hombre del labio torcido. Y es que “es en las manifestaciones menos importantes de donde se saca el placer más intenso”, como dirá en Las Hayas Cobrizas.

Ese carácter hiperestésico lo abocará a depender de una población a la que a veces acusa de trivial (y de paso a Watson y sus relatos: ¡y eso que al menos la gente disponía de unos modales exquisitos!). Se trata de su particular lucha contra el aburrimiento. Y de ahí, pasamos a los casos más importantes, aquellos en los que la nación dependerá de sus habilidades, como sucede en El tratado naval, Los planos del Bruce Partington o El misterio de la segunda mancha.

Naturalmente, también se verán reflejadas sus dependencias con la droga, a causa de la inactividad, como observamos en El ciclista solitario, Escándalo en Bohemia y El pie del diablo, en el que el detective necesitará experimentar con la sustancia venenosa; o su habilidad para los disfraces, como en El constructor de Norwood o de nuevo Escándalo en Bohemia (que contiene, además de un Holmes no muy inspirado, un buen detalle: la venda sobre los ojos de los músicos cuando “La Mujer” y el monarca bailan; además, la actitud del detective ante el citado monarca demuestra su bien ganada independencia).


Holmes: Hoy voy a necesitar su compañía y apoyo moral, Watson (El constructor de Norwood).

El eje pivotal es, naturalmente, el personaje de Sherlock Holmes, al que también descubriremos conmovido (o asqueado de algunos no-semejantes), como en El mago (The crooked man), un caso cuyo final queda abierto y que le llega a través de las relaciones de Watson con el ejército, para lo cual antes deberá vencer el inconveniente del corporativismo castrense, y que demuestra que no hay nada como hacer un matrimonio provechoso en este mundo.

Como sabemos, Holmes posee una memoria inaudita, lo que demuestra con la descripción que hace de Moriarty en La liga de los pelirrojos; y además, en la mayoría de los casos, opta por guardarse la información para sí (y de cara al lector), la cual parece muy gustoso de ofrecer solo al final, como comprobamos de nuevo en Los seis Napoleones. No es para nada dado a efusiones (el reencuentro con la Mrs. Hudson en La casa vacía), y lleva un utilísimo archivo de clientes para refrescar la memoria. Destaca La banda moteada, caso que le llega por recomendación de otros, precisamente, y capitulo espléndido por su desarrollo narrativo y por las interpretaciones que contiene: a retener el temblor de la mano de Holmes por puro miedo. Por otra parte, esporádicamente echará mano el detective de los pillos de Londres, los “Irregulares” de Baker Street (El cliente ilustre, El signo de los Cuatro, El detective moribundo), para adelantar en sus pesquisas y conseguir información extra.

Citábamos La casa vacía; como sabemos, en este relato se produce la reaparición del detective después de tres años y pico (la acción pasa de 1891 a 1894), tras su enfrentamiento con el profesor Moriarty (Eric Porter) en El problema final, aunque no quede claro cómo todos están tan seguros de su muerte si, como se asegura, el cuerpo nunca fue encontrado. Eso sí, Holmes podrá obrar con total libertad desde su muerte; casi se diría que se trata de una liberación.

No obstante, el episodio del regreso muestra otros buenos detalles: a Holmes durmiendo como un vampiro, la presencia del tirador que aparecía (y desaparecía) en el citado El problema final, el juez “clasista” que no siente el mismo respeto por el testimonio de Watson que por el de un inspector de policía, y el comentario del detective ante la torpeza en el proceder del pobre doctor y los policías suizos que le acompañan, en la catarata de Reichenbach, momento visualizado en retrospectiva.

Holmes: Le ruego que no me hable durante cincuenta minutos (La liga de los pelirrojos).

Destaquemos otros buenos momentos. En El ritual de los Musgrave la caza del tesoro que se desata deviene apasionante. Además, Holmes comenta que desea recopilar algunos de sus primeros trabajos… por su cuenta. Aquí la acción se traslada a tierras de Sussex, aunque Reginald Musgrave (Michael Culver), el ex compañero de universidad de Holmes, parece estar en las nubes cuando pregunta a Holmes ¡a qué se dedica! Raro ejemplar aristocrático que no lee siquiera la prensa (como anticipábamos, sobran unos ridículos insertos, que por fortuna se sitúan justo al principio).

Watson también es un personaje bien defendido, que se sentirá molesto cuando no pueda atender su consulta como es debido. En La piedra de Mazarino le vemos poner en práctica los métodos de Holmes, y en La banda moteada también buscará pisadas sobre el césped.

Ambos amigos se encuentran en plena forma (tiene gracia el cálculo de la velocidad del tren en el que viajan) en Estrella de Plata, otro de los mejores capítulos, no por la trama solo, sino porque se nota el deseo de hacer algo diferente mediante la realización: la disposición de los actores, se procura no cambiar de plano innecesariamente, no fragmentando una conversación.

Excelente es también El hombre del labio torcido, por su arranque: Watson se interna en los barrios marginales tratando de localizar a un conocido ¡para acabar topándose con Holmes! El relato nos muestra la otra cara de Londres, la del opio, e igualmente destaca la entereza de la esposa, uno de los personajes mejor descritos. Y gozosamente, la aventura de este príncipe mendigo, da como resultado el capítulo más políticamente incorrecto de la serie.

Mycroft: ¿Recuerdas lo que decía papá? No recuerdo las palabras exactas… Eliminad lo imposible…

Holmes tiene un igual en la buena relación que mantiene con su hermano Mycroft (magníficamente interpretado por Charles Gray, y personaje al que “desagrada en extremo alterar sus costumbres”: Los planos del Bruce Partington). En El intérprete griego conoceremos los entresijos del fabuloso Club Diógenes, allí donde se rehuye la palabra… y la mirada casual. El personaje reaparecerá en La piedra de Mazarino y Las gafas de oro (donde el ausente será el buen doctor). Otro detalle interesante a destacar es la presencia de unos inspectores de policía que no son retratados como unos ineptos; también saben pedir ayuda a Holmes sin menoscabo de su reputación u orgullo, como demuestran Hopkins (Nigel Planer), que es elogiado por el propio Holmes (La granja Abbey, El círculo rojo); Lanner (John Ringham, El paciente interno), Martin (David Ross, Los bailarines), Gregson (Oliver Maguire, El intérprete griego), el divertido Baynes (Freddie Jones, con su habitual sorna) en El pabellón Westenra; Gregory (Malcolm Storry), que en Estrella de Plata se congratula en seguir los métodos del detective, lo que también complace a Holmes; Jones (John Labanowsky, La liga de los pelirrojos); y el propio Lestrade, el más pagado de sí mismo (Colin Jeavons).

Éste último parece ganarle la mano alguna vez (El constructor de Norwood, donde queda grabada esa ama de llaves interpretada por Rosalie Crutchey, ¡junto a una Baker Street en obras!), pero solo lo parecerá. A destacar la vigilia compartida con el inspector en La casa vacía; además, Lestrade no dudará en involucrar a Holmes en El misterio de la segunda mancha.

También son interesantes los episodios navideños: El rubí azul nos hace reflexionar acerca de dónde proceden las grandes fortunas (como ocurría en El colegio Priory), y gira en torno a la desaparición de un valioso pedrusco, cuyas facetas remiten a sendos crímenes, según constata el detective; y La caja de cartón, que nos muestra a un Holmes más falible, junto con una de las imágenes más bellas (y terribles) de toda la serie: la del rostro congelado de la víctima, bajo el hielo: atrapada en el tiempo como un retrato inmortal sobre el que Holmes reflexiona en silencio.

Con Colin Jeavons como Lestrade
Holmes: Tanto aire fresco me va a matar (El misterio del valle Boscombe).

Otro momento destacable lo hallamos en El círculo rojo, donde Holmes nos sorprenderá parafraseando a Jorge Manrique (1440-1479). Aquí, el inspector Hopkins se da cuenta de que Holmes habría actuado de otro modo, ya que “solo está sujeto a la justicia”, pero a él no le queda más remedio que proceder con los requisitos legales… desgraciadamente. No ocurrirá así en El pie del diablo, episodio en el que Holmes confiesa que nunca se ha enamorado, El misterio del valle Boscombe o La granja Abbey, donde se lamenta de haber hecho más daño descubriendo al criminal, por dos veces.

Del mismo modo, el detective no perdona la muerte de un inocente, como demuestra en El intérprete griego. En este capítulo se encuentra otra buena idea: los griegos del relato no cruzan una sola palabra, se comunican escribiendo en una pizarrilla. Otros apuntes sugestivos son el ensimismamiento de un Holmes ya imbuido en el misterio del caso, mientras la policía se lleva al infortunado Hector McFarlane (Matthew Solon) en el citado El constructor de Norwood; no obstante, ambos cruzarán sus miradas cuando el detective asome por la ventana. Como curiosidad, es en estos primeros episodios cuando Holmes y Watson visitan con asiduidad los establecimientos colindantes al 221b.

Otro ejemplo llamativo es la imagen del tronco flotando en el río que llama la atención de Holmes, junto a la lápida incrustada en el lodo bajo el puente, en La granja Abbey; o aquellas imágenes que nos muestran qué hace el detective cuando “desaparece”, en El signo de los Cuatro, un relato en el que, finalmente, no se concreta la relación entre Watson y la sta. Morstan (como sí ocurre en el relato original).

Holmes: Si la solución no es de este mundo, yo no podré llegar a ella (El pie del diablo).

Curiosamente, no es El perro de los Baskerville la adaptación más airosa; se deja ver con agrado, pero como hemos señalado, hay mejores episodios. Se prescinde de todo tipo de prólogo para ser más fiel a la escritura (que no al espíritu) del relato original, y entre sus aciertos podemos comentar que la mansión escogida es realmente magnífica (será una tónica de toda la serie), junto a la descripción por medio de un plano del páramo al que van a acudir Holmes y Watson por ver primera, la fisicidad del mismo, y la referencia a la lobotomía del evadido Selden. A estas alturas, poco importaba desvelar la identidad del asesino “antes de tiempo”, para tratar de jugar con otros elementos del relato. Más interesante es El vampiro de Sussex, cuyo periplo será el opuesto al de Baskerville; aquí pasaremos del escepticismo a la creencia en “algo más”. El relato se desarrolla a la manera clásica, en una comunidad apacible, en la que acabarán confluyendo dos mitos: Holmes y el vampiro.

Sobresale la idea acerca del fenómeno psicológico por el cual se puede “extraer” toda la energía de una persona, junto a la dependencia en una influencia malsana, que derivará en la “proyección” de todo un pueblo, que acaba observando en el Otro sus propios defectos. El caso es que aquí el detective se enfrenta a un problema de contornos intangibles, el de aquel que se cree poseído (o un vampiro); estamos en el reino de una imaginación trágica. Un atractivo momento por atmosférico es la visita a las ruinas de la mansión Stockton, junto a la experiencia “sobrenatural” narrada por el propio Watson. Si pasamos por alto los efectitos de turno y algún reinserto innecesario, se trata de un notable relato.

Por su parte, en El aristócrata solterón se constata que nadie puede escapar a su propia muerte. El Castillo Gloven es un entorno de ensueño, que en realidad es de pesadillas, un símbolo de lo que se oculta en cada casa. Seguimos en el terreno de El vampiro de Sussex, solo que aquí el terror adquirirá formas más tangibles. Lord Robert St. Simon (Simon Williams: su personaje tiene puntos de conexión con el que interpretaba en la mítica Arriba y Abajo) es un personaje que parece equipararse a Holmes al mostrarse ambos presas del aburrimiento y tan enjaulados como los animales que pululan por el relato.

Más aún, el detective plasma en un cuaderno de dibujo sus visiones y pesadillas (que resultarán tener carácter de premonición); en realidad, son la verificación de la soledad de una mente privilegiada, la cual le planteará la resolución de su caso más singular: el desciframiento de su propia mente. De nuevo los insertos e ilustraciones de los sueños tormentosos de Holmes son lo peor de la función, pero despunta la evidente intención de dotar de una mayor complejidad al personaje: su conexión mental con la víctima no es la peor idea que se les podía ocurrir, aunque zozobre su ilustración. Por otra parte, la trama se alarga en exceso, sobre todo en los prolegómenos. Con todo, en El aristócrata solterón, Holmes sí encuentra “un rival de altura”, perverso y degradado. Y una nueva forma de terror.


Holmes: Qué placer tan especial conocer un hombre con una mente tan lógica como la suya (El detective moribundo).

Otro villano de altura será Charles Augustus Middleton, “el peor hombre de Londres”. Se trata de un tratante de arte y un chantajista, pero lo más interesante del capitulo será la relación que Holmes entabla con la criada de Middleton, que recordará al detective el arrojo de las clases más desfavorecidas. Claro que él también habrá de “sacrificarse”: Hemos paseado, conversado… si yo le contara…, comenta apesadumbrado a Watson. Una actitud que quedaba contrastada en El detective moribundo, donde Holmes discurría con toda la frialdad de su cabeza, con lo que ello conllevaba de falta de “humanidad”.

Finalmente, en Los tres frontones, el detective constata que el tiempo ya no está de su parte. Cuánta gente y cuan pocos objetivos, comenta al ver pasar a la gente. Su atracción por el abismo está completando el círculo; para él, las individualidades son objetos uniformes, sin vida. Curiosamente, destaca en el relato su relación con un columnista, otra persona que se alimenta de las debilidades e idiosincrasias de los demás, junto a la presencia de una nueva femme fatale.


Entre los rostros más recordados por los aficionados encontramos los de Ronald Lacey, Simon Williams, Kika Markham, Harry Andrews, Stuart Wilson, James Purefoy, David Langton, Rupert Evans, Frank Finlay, Peter Finch, un jovencito y escuálido Jude Law (futuro Watson), Damien Thomas, Denis Quilley, Joss Ackalnd, Natasha Richardson, Michael Culver, Daniel Massey, Gayle Hunnicutt y, por supuesto, Charles Gray como Mycroft y Eric Porter como Moriarty.

Escrito por Javier C. Aguilera

Próximamente: Sí, Ministro & Sí, Primer Ministro


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