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¡A ponerse series! (XXXV): Chernobyl, de Johan Renck

12 julio, 2019

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Puede parecer ciencia ficción, pero aún hoy se siguen justificando atropellos y autarquías en función de la ideología política que las sostiene. Desconozco los procesos mentales por los que una persona cae en dicha trampa, pero resulta espeluznante comprobar cómo continúa habiendo dictaduras que gozan de buena prensa. La miniserie de HBO Chernobyl (Id., 2019), escrita por Craig Mazin (1971), nos hace reflexionar sobre esta triste circunstancia.

Recordaba Gustavo Bueno (1924-2016) que el comunismo como idea abstracta es incluso anterior a la Unión Soviética -algo así como parte consustancial a algunos seres humanos, sino todos-, y que esta ya quedaba expresada en determinadas escuelas filosóficas antiguas y religiones del mundo. En cualquier caso, como idea política moderna, necesariamente implica el control por medio de un estado. Las suplencias de este mecanismo de coerción las fue desmontando Bueno, del poder de las Iglesias al de los gobiernos, como controladores de cada manifestación humana; de hecho, a cada cultura le corresponde un estado, aunque no en igual medida, puesto que los hay más permisivos con la libertad del individuo. Así se explican determinados desfiles de la ignominia y la exclusión, como el puesto de manifiesto -entre otros muchos- por los gerifaltes del juicio final (sarcástica conexión) con que concluye la miniserie, personificados en el representante del K.G.B., Charkov (Alan Williams). Juicio final, pero no definitivo.

Pues bien, tal es el complejo motor que se pone en funcionamiento cuando el de la central nuclear explosiona. Lo que proporciona un escenario de imágenes sobrecogedoras no aireadas con anterioridad, que según son expuestas por su director, el competente Johan Renck (1966), poseen un marcado acento de réquiem y elegía. No en vano, Chernóbil se desgrana con la cadencia de la fatalidad, de lo imposible (por inesperado). No existen planos atropellados a lo largo de la serie (no ocurrirá así con los derechos de algunos de sus protagonistas).


Una visualización en la que destaca la luminosa explosión del núcleo de la central, contemplada en la distancia, es decir, desde una engañosa seguridad. Incluso los magníficos decorados interiores son sinónimo de una acusada miseria material (nunca moral), transmisores de una aguda tristeza arrastrada desde hace décadas (por mucho que la urbe fuera de reciente edificación). De igual modo, las localizaciones en el exterior han sido bien seleccionadas y disponen de la necesaria impronta dramática y desolada. Se trata de un escenario que no escapa de suelo ruso, como prisionero de sí mismo y de una trama de discurso propagandístico falseado y siniestra camaradería. En suma, una desinformación de la que se hicieron eco muchos medios de comunicación (lo recuerdo muy bien y basta comprobarlo ahora).

En dicho escenario también se observa la aparentemente invisible capa que separa a los mandamases del resto de los mortales (nunca mejor dicho), así como la que separa el lenguaje de la realidad. De este modo, se asegura desde un primer momento, que el accidente, también motejado de incidente por las instancias oficiales, ya está controlado, aunque como sabemos, no sus consecuencias. Por de pronto, la realidad es que existe mucha más radiación de la que admiten las autoridades de Prípiat, la ciudad-hábitat para los trabajadores de la central. Por algo el ser humano suele estar habituado al peligro que se ve, y no tanto a la radiación, la tergiversación y el ocultamiento (y finalmente, la represión armada), aunque estos aspectos acaben por hacerse muy visibles. Duro se hace pensar y observar a tantas personas que hubieron de dejar atrás su vida y pertenencias por un acontecimiento que ni siquiera fue reconocido oficialmente.


Como duro ha de ser despertar un buen día y darse cuenta de que el estado al que se sirve con ahínco es el auténtico enemigo de la libertad. Así le sucede al, en primera instancia, complaciente ministro Boris Shcherbina (Stellan Skarsgård), que se ve acompañado, a su pesar, del “alarmista” profesor Valery Legasov (Jared Harris), hasta las ruinas de Chernóbil. Pisar aquel terreno supone para Shcherbina un antes y un después en su concepción de la rutina y la militancia.

Pero entre tanta calamidad, no se pierde de vista lo mejor de la naturaleza humana, reflejada en el momento de prestarle un cigarrillo a un compañero, en el mismo instante de ser conscientes de que no se va a sobrevivir (capítulo I), o en el plano-contraplano que une al bombero Vassily Ignatenko (Adam Nagaitis) con su esposa (Jessie Buckley), a pesar de la distancia que los separa: él está apagando el fuego en la central y ella aguarda en su apartamento (I). En efecto, Chernobyl también pone de manifiesto la dimensión individual del heroísmo. Quienes así actúan, lo hacen movidos por una lealtad interior y personal. Al citado Legasov y, en cierta medida, el ministro Boris, se une la valentía de los mineros, bomberos y población civil de Prípiat y Chernóbil, y la de la físico-nuclear Ulana Kohmyok (Emily Watson), del Instituto de Energía Nuclear de Minsk. A ella refieren los testigos afectados –buena parte de los testimonios se dan en off- lo ocurrido la noche del desastre (III). Sus tragedias bien pueden sumarse, salvando todas las distancias que se quieran, a las de la explosión de Ortuella, la Presa de Tous, el submarino Kursk o Bhopal.

También destaca ese punto de no retorno por el que el profesor Legasov procede a la lectura de un documento de encubrimiento, momentos antes de acceder a una reunión con el premier ruso (David Dencik). No es necesario insertar un plano de dicho documento o una voz en off del personaje para saber que este resulta altamente insatisfactorio, algo que se evidencia en el rostro del profesor (II). A las antedichas imágenes, podemos incluir la de una bicicleta radiactiva, la exposición verbal de los niveles de radiación que circundan el ruinoso perímetro del reactor siniestrado, o los “bio-robots” y los noventa segundos más importantes de sus vidas (todos en IV).


A lo largo de los cinco capítulos de la miniserie, está bien dosificado el suspense del por qué la aparatosa explosión del núcleo de la central nuclear. La verdad irá saliendo a la luz trabajosa pero firmemente, pese a un estado que oculta a sus verdaderos héroes. O como advierte Legasov al término del último capítulo, son muy pocos los que desean conocer la verdad pese a que nos ufanamos en buscarla, No obstante, esta siempre se abre camino.

En pocas realizaciones como esta ha quedado tan patente el nivel de insensibilidad de un aparato estatal y burocrático en materia de libertades. Lo conforman líderes que si por algo se caracterizan es por entender, entre otros conceptos, la libertad de expresión como carta blanca para agredir a los demás. Así, junto al llamado Comité Central (el gobierno), que amenaza a Legasov con el olvido en forma de un legado propio que va a pasar a otros (V), se superponen personajes como el ingeniero Dyatlov (Paul Ritter), ejemplo de lo que es un “superior inferior”; esto es, un jefe prepotente y déspota. Son estas personas y entidades las que realmente despojan de dignidad a las víctimas carcomidas por la radiación; más que la radiación misma (tesitura equiparable a la falta de respeto de los políticos hacia sus votantes, una vez conseguido el voto).

Por último, se suele decir, y es verdad, que la auténtica muerte sobreviene con el olvido; ese con el que se amenazaba a Legasov. Lo cierto es que desde 1986, incontables decenas de víctimas habían permanecido muertas. Hasta ahora.

Escrito por Javier Comino Aguilera 

Próximamente: Stranger Things (tercera temporada)


Adaptaciones (XXVIII): Sherlock Holmes (IX) Robert Downey Jr.

28 julio, 2014

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SHERLOCK HOLMES Y SH: JUEGO DE SOMBRAS, DE GUY RITCHIE

Aunque hace tiempo tomé la determinación de no comentar obras que no me gustaran (siquiera mínimamente), o me resultaran “simpáticas” por algún motivo, la progresiva revisión de películas basadas, o relacionadas, con Sherlock Holmes, el personaje creado por Arthur Conan Doyle (1859-1930), obliga a hacer referencia a las lecturas perpetradas por el británico Guy Ritchie (1968). Lo hago a sabiendas de no contar con el beneplácito general y unánime, aunque los que me conocen saben que esto no es algo que me atribule ni mucho menos, de igual modo que nunca he acertado a comprender cómo hay personas que malgastan su valioso tiempo haciendo recriminaciones –no aportaciones- online, o escribiendo –es un decir-, comentarios meramente despectivos, como un deporte más (que una cosa es ser fan y otra fanático).


El Sherlock Holmes propuesto por Ritchie en el -de momento- díptico Sherlock Holmes (Warner Bros., 2009) y Sherlock Holmes: Juego de sombras (Sherlock Holmes: A game of shadows, Warner Bros., 2011), es una parodia. Libre era de hacerla, desde luego, pero libre soy yo también de que no me guste (supongo).

Parodia no en un sentido ácido pero respetuoso (como pueda serlo Mel Brooks), sino en nombre del exceso más vacuo y de la desvirtuación. Hasta el punto de que el Holmes encarnado por un entregado Robert Downey Jr., más que un estereotipo, es la antítesis videoclipera de la creación original. En este sentido, se posiciona a años luz de la espléndida revisión -que no desnaturalización- propuesta por la serie Sherlock (2010-).

Un reverso que convierte a Holmes en una máquina calculadora de ángulos y posturitas, de determinaciones más matemáticas que anatómicas, uno de los conocimientos que Watson atribuía al detective. Sí tiene cierta gracia que en el segundo título, el profesor Moriarty (Jared Harris) sea descrito como “un destacado intelectual” y se nos muestre como un docente indecente, que aprovecha cada coyuntura para publicitarse con algún que otro libro, procediendo a sus manejos, de talante autoritario aunque complaciente, sin moverse de la Uni. ¡Qué perfidia!


Desafortunadamente, el conjunto no deja de ser un catálogo circense de “cómo ser un Holmes de pacotilla”, con un detective –poco consultor-, que confunde cinismo con réplicas semi-agudas –más bien esdrújulas-, y que se convierte, como queda dicho, en un artilugio mecánico, o lo más parecido a un prestidigitador. Por si esto fuera poco “aliciente”, Guy Ritchie construye las secuencias con el consabido número (infinito) de planos cortísimos que -no es el único, qué va- quieren transmitir “acción”. A todo ello se añade la desdichada tendencia a una clínica fotografía azul-grisácea, que hermana digital y tristonamente gran parte de las películas actuales. Una “visualización” que aquí obra como sinónimo de opacidad y ausencia de contraste y tonalidad (en clara disparidad con la labor de la mayoría de los directores de fotografía precedentes); es un modo más de dilapidar cualquier relevancia dramática por vía de lo uniforme (las sombritas no cuentan).

En resumidas cuentas, un ejemplo perfecto de la confusión de dinamismo por planificación atropellada, (auto)confianza por altanería, atmósfera (industrial) por atonalidad, y preocupación social por desaliño. Trufado de guiños, eso sí, entre los que solo cabe esbozar una sonrisa con la incorporación a una banda sonora intrascendente a más no poder, del tema principal que Ennio Morricone compuso para Dos mulas y una mujer (Two mules for sister Sara, Universal, 1970) de Don Siegel (esto en la secuela).


Más rápido, más aparatoso,… pero no necesariamente mejor. En el Holmes de Guy Ritchie lo que prima es la pose sobre cualquier particularidad visual o narrativa (¡parece que sesgada a conciencia desde la propia realización!).

No se trata de no poder “ofrecer algo diferente”, incluyendo a quienes les traigan sin cuidado los relatos de Sherlock Holmes, pero al menos, sí de ofrecerlo sin necesidad de tanto efectito sonoro y un lenguaje visual banalizado. Por ejemplo, y regresando a la secuela, el ridículo se hace inevitable con el montaje en paralelo de una representación musical y un atentado, o durante la huída por un bosque, tan atonal como el resto, a tiro limpio -como en cualquier otro producto de “acción”-, y con un uso trivializado del ralentí. Ahora bien, en la primera película, la escaramuza en el laboratorio desvencijado sí llega a estar bien planificada (aunque el “forzudo” sea otro préstamo más: éste del primer Indiana Jones, lo cual tampoco tiene mayor relevancia). Por desgracia, el abuso de planos cortos se encarga de desaprovechar todo atisbo de atmósfera (al dinero le ha faltado el talento).


Los argumentos no aportan nada a lo ya conocido (de hecho, son un saqueo de esta o aquella película de Sherlock Holmes; como la idea del político “iluminado”, cuya baza también ha sido mejor jugada en la citada Sherlock). La secuela potencia los aspectos paródicos hasta la extenuación y propone un humor más chusco, si tal cosa era posible. Por ejemplo, irrisorio resulta a estas alturas mostrar al villano, un profesor Moriarty que roza lo grotesco, como un enamorado de los lieder y la ópera, que como todos sabemos, es la música de los relamidos y los insufribles burgueses. A cambio de eso, solo queda el gracejo de constatar cómo Robert Downey Jr., Rachel McAdams y Kelly Reilly, se asemejan a unos jóvenes Al Pacino, Brooke Adams y Diane Keaton (Noomi Rapace no se parece a nada que yo conozca).

Pero para entonces ya se ha patentizado la absoluta desarticulación del original literario, no porque no sea susceptible de requiebros, sino porque a esas alturas de la producción a nadie parece importarle un pito. Con indicar “basado en” o “personajes creados por”, está todo justificado. Y con toda probabilidad, tal vez sea este el único aspecto positivo a extraer, el hecho de haber interesado, siquiera indirectamente, a algunos potenciales lectores a conocer los textos de Arthur Conan Doyle, el gran ausente en estas re-visiones sobre Sherlock Holmes.

Escrito por Javier C. Aguilera

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