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Doctor Extraño, de Scott Derrickson

28 noviembre, 2016

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Hay géneros que tienen su momento de brillantez, al menos financiera. Así como hubo una época donde no se contemplaba el fin de los péplum o donde el sol nunca se ponía en el Oeste, ahora parece que lo interminable son las aventuras de superhéroes. Sobre todo porque, con la tecnología de su parte, han logrado dar vida a todo lo imaginado en los cómics, han tratado de trascender más allá del mero entretenimiento infantil al que en ocasiones se les ha etiquetado y abandonaron las producciones cutres para convertirse en los taquillazos del momento con inversiones millonarias a sus espaldas.

En este terreno, Marvel parece alzarse con el mejor beneficio al haber logrado construir todo un universo cinematográfico paralelo al que ya existía en las obras gráficas. Además, a pesar de no contar con los superhéroes más célebres dentro del séptimo arte, como han sido Batman y Superman, de DC, ha conseguido revitalizar a sus personajes y atraer a un nuevo público expectante. Dejamos aparte a Spiderman o a los X-Men, que a inicios de este siglo consiguieron sus propias trilogías o sagas con considerable éxito, pero no de la mano de la actual Marvel, sino por los derechos cedidos a otras productoras.

Así, tras haber dedicado varios años a la formación de Los vengadores (Joss Whedon, 2012), ahora han pasado, en una tercera fase, a acabar un ciclo y comenzar a presentar a nuevos superhéroes, tratando de marcar distancias con los ya conocidos. Entre ellos, situamos a uno de los más peculiares: Doctor Extraño (Doctor Strange, 2016), el protector místico de la Tierra. Scott Derrickson (1977) ha sido el encargado de llevar al personaje a la gran pantalla tras una carrera dedicada al cine de terror, además de haber dirigido la revisión de Ultimátum a la Tierra (2008; reconstrucción del original de 1951, obra de Robert Wise).


Como película de inicio, nos lleva a la vida cotidiana de un neurocirujano de prestigio, el doctor Stephen Strange (Benedict Cumberbatch, perfecto para este papel), con una actitud arrogante pero muy profesional. Sin embargo, cuando un accidente le lesione las manos de forma permanente, buscará la forma de curarse hasta en los lugares más insospechados. Eso le llevará a Nepal, donde comenzará a aprender el camino de los poderes místicos. Mientras avanza en su aprendizaje, tendrá que hacer frente a la amenaza de un ser temible y oscuro, Dormammu, que, a través de su acólito Kaecilius (Mads Mikkelsen), trata de destruir la protección de la Tierra para poder conquistarla y llevarla a su dimensión oscura.

Así tenemos una primera aventura predecible en su desarrollo, donde se elabora un nuevo sistema de combate mágico que permite el uso de efectos sorprendentes y llamativos, pero con un guion plano y recurrente. En Doctor Extraño encontramos varios de los elementos que Marvel ha convertido en su sello personal y que pueden provocar que se despersonalice a sus personajes por tratar de barnizarlo todo igual. Aunque eso podemos notarlo parcialmente en esta obra, lo cierto es que se salva por su particular personalidad, que combina bien con el carisma y humor de la marca. Si Stephen Strange nos puede recordar a un Tony Stark médico, o incluso a un Sherlock Holmes desubicado, teniendo en cuenta que Cumberbatch encaja a la perfección en esa arrogancia inteligente que lleva desempeñando varios años por su rol en la serie Sherlock (2010-), el contrapunto de introducirlo a un mundo desconocido para él, del que incluso desconfía en principio, sirve para establecer también un diálogo con el espectador que no está familiarizado con este personaje y su particular mundo.


Es decir, primero somos conscientes en un breve lapso del tiempo del proceso de caída del personaje de su vida cotidiana y exitosa hacia el deseo de buscar una cura, algo mejor, un fin egoísta que le llevará a encontrarse con circunstancias sobrenaturales y a aceptar un nuevo rol en el mundo. De esta forma, observaremos una evolución desde la inseguridad y la incertidumbre inicial hasta la confianza en sus poderes y en su astucia, pasando por momentos de contrariedad o leves fracasos por no estar aún acostumbrado a un terreno desconocido, por ejemplo, en su primera batalla dentro del santuario de Nueva York. La construcción del protagonista se produce de la mejor forma posible y es lo más atractivo de la película, dado que el personaje desprende carisma, se une a la lista de irritantes con gracia, pero sin perder en cierta profundidad trágica.

Por el contrario, los villanos están muy desdibujados. Kaecilius no parece representar una amenaza real, tampoco ayuda su inexpresividad y su desarrollo plano, de enemigo clásico de dibujos animados infantil. El hecho de que detrás de este villano se encuentre el auténtico enemigo, Dormammu, quien hará su aparición casi al final, tampoco favorece al alumno díscolo del Anciano. Una de las cuestiones curiosas es que hay una ausencia de la percepción temporal en torno a este personaje; desde la escena en que Kaecilius roba el ritual hasta el momento en que comienza a ejecutar su plan, hemos podido ver todo el proceso de aprendizaje de nuestro protagonista sin saber cuánto tiempo ha transcurrido, lo que nos desorienta y nos hace preguntarnos por la conveniencia del guion de la espera del villano por llevar a cabo su plan.


En este sentido, no estamos ante una obra que trabaje bien a todos sus personajes, lanzándonos a una historia habitual y plana donde los detalles y matices se encuentra concentrados en puntos muy concretos. Ya hemos señalado que, como era obvio, la evolución de Strange es un punto esencial al tratarse de una película sobre sus inicios, y que se trata de un personaje bien construido; hasta la resolución de la batalla final supone un cambio sustancial con lo visto en otros superhéroes, otorgando mayor valor a la astucia que a la fuerza física o el poder. Otro punto a su favor son los detalles y matices del bando aliado del protagonista. Más allá del contrapunto humorístico que encontramos en Wong (Benedict Wong), encontramos a Mordo (Chiwetel Ejiofor) y al Anciano (Tilda Swinton). El segundo personaje se trata de un ser ambiguo, más allá de su mencionada androginia, por su carácter reservado, que se erige como mentora del protagonista, a quien en un determinado momento entregará una confesión íntima y un legado de responsabilidad que había aguantado durante mucho tiempo. No obstante, ella es también la representación de una decepción, sobre todo para el personaje de Mordo.

Este último también sufre una transformación a lo largo de la película, desde su confianza y devoción al Anciano y a todas sus normas hasta el quiebro que se produce en su interior cuando descubren las verdades ocultas de su maestra. Si finalmente se erige como un posible villano futuro, será más interesante que los enemigos planteados en esta película, dado que su ruptura con Strange residirá precisamente en la percepción de que se pueden permitir ciertas licencias para poder lograr nuestros objetivos, por buenos que sean, pero que ello supone transgredir nuestro propio código moral o aquel que enseñamos a otros y defendemos de manera pública. Una cuestión moral que a veces sirve para separar entre buenos y malos, pero más bien debería dividir entre personas íntegras y aquellas que buscan caminos fáciles ante problemas difíciles.


Entre medias, encontramos un intento de relación romántica entre Strange y Christine Palmer (Rachel McAdams), antigua compañera de trabajo que tratará de apoyarlo en sus momentos más bajos. Ahora bien, la película no está enfocada en construir a esta pareja, que funciona de forma disfuncional y no acaba por cuajar; es más, ni siquiera parece hacerse factible. La falta de química y de desarrollo del personaje unidos al hecho de que se siente como un añadido más obligatorio por compañía que por necesidad nos hace pensar que hubiera sido mejor alejar toda sospecha de romanticismo de una relación donde la amistad funcionaría mejor. Sobre todo porque ella acaba por convertirse en un ancla o enlace con el pasado del personaje, pero sin perder su presencia en un presente muy distinto. Un apoyo del lado más humano de Stephen contra todo el peso místico que recae sobre él como el Doctor Strange.

Sin duda, Doctor Extraño se erige como una pieza peculiar en la franquicia Marvel, logrando que en un mundo tan variado y disperso, encaje a la perfección toda una serie de mística que se representa con unos efectos sorprendentes, que se relacionan a la perfección con el tipo de historia que se trata de establecer. Los efectos referidos a la alteración espacial de los edificios o de la ciudad nos pueden recordar a Origen (Christopher Nolan, 2010), aunque van más allá al centrar la acción en ese panorama irreal. En ocasiones, pueden confundir al espectador, sobre todo en las escenas rápidas, como las persecuciones, y al tratar de establecer ilusiones ópticas imitando incluso a algunas obras de M. C. Escher (1898-1972). No obstante, gracias a ellas se consigue una entidad propia a una serie de poderes cuya traslación desde el cómic se antojaba compleja.


En su conjunto, la película de Derrickson funciona de forma eficiente para lograr entretener con una propuesta poco habitual en sus detalles concretos, aunque con un guion desarrollado de forma más tópica de lo que podría aparentar por sus elementos. Lo mejor lo encontramos en la buena combinación de protagonista y ambiente, consiguiendo una buena obra de inicios para un personaje tan singular. Además de contar con unos efectos potentes a pesar de que puedan llegar a desconcertar o hasta parecer ridículos en ciertos momentos, como en el primer viaje astral, pero que logran recrear un modelo distinto de superhéroe sin que por ello se produzca una caída de la acción más trepidante y adictiva. Un primer paso del que consideramos que se podría llegar a construir obras más profundas e interesantes en torno al doctor Extraño, que vayan un paso más allá de lo mostrado en este principio.

Escrito por Luis J. del Castillo


12 años de esclavitud, de Steve McQueen

17 septiembre, 2016

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Con bastante frecuencia hablamos de ciertos temas desde un punto de vista inconscientemente teórico. Inconscientemente teórico porque el dolor, la falta de libertad o la crudeza de ciertas situaciones las obviamos por su valor metafórico, por el valor que creemos que tienen, pero no necesariamente por el que hemos vivido. Hay muchas formas de llegar a comprender ese valor sin haberlo vivido, el arte nos acerca a ello. Pero el cine en concreto nos puede lanzar con su arte total a sufrir y padecer junto a sus personajes. Son muchos los ejemplos de dramas que nos han erizado la piel al acercarnos a diversos temas, aunque pocos realmente nos han revuelto el estómago con su crudeza.

El director Steve McQueen (1969-) ha tratado en su trayectoria de acercarse a temas delicados, como haría en Hunger (2008), sobre la huelga de hambre irlandesa de 1981, o en Shame (2011), acercamiento a la adicción al sexo de una forma devastadora. En 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, 2013) nos lleva a la injusticia, al abandono, a sentir el auténtico drama de la ausencia de libertad, del racismo y de la barbarie de quienes se consideran civilizados. Para ello, su encuentro con la biografía homónima de Solomon Northup, un hombre de color nacido libre en Estados Unidos que fue secuestrado y vendido como esclavo en Nueva Orleans.

El argumento de 12 años de esclavitud es sencillo y no está pendiente del suspense: nuestro protagonista es secuestrado y pasará doce años como esclavo contra su voluntad, teniendo que sobrevivir para ello a pesar de las posibles torturas y de las locuras que tenga que contemplar. En este sentido, la película no es un viaje que ponga la mirada en el final, sino en el trayecto. No se trata de ver cómo acabaron esos años de esclavitud, sino en cómo fueron, de una forma similar a lo que sucede con Crónica de una muerte anunciada (Gabriel García Márquez, 1981). Así pues, estamos ante la odisea de Solomon (Chiwetel Ejiofor), un hombre libre, con familia, que se dedica a tocar el violín, cuando es secuestrado por dos hombres que lo venden como esclavo, siendo finalmente trasladado a Nueva Orleans, donde pasará a manos de distintos amos.


Este viaje por el que nos lleva Steve McQueen está invadido de impotencia, de falta de certezas y seguridad, de brutalidad y de dolor, de un dolor continuo que se manifiesta de formas diversas: el llanto desconsolado de una madre, el deseo de morir, las lágrimas impotentes y las visiones que truncan el estómago. La película tiene una primera fase que nos va sumergiendo hacia el pozo donde recalaremos finalmente: un primer tramo de felicidad natural, pasando después al secuestro, marcado por la impotencia, y finalmente a la venta en Nueva Orleans, donde nos toparemos con un amo ambiguo, William Ford (Benedict Cumberbatch). Esta ambigüedad es implementada por Steve McQueen, dado que en el libro de Solomon se alababa a este hombre, pero el director opta por mostrarnos que pese a su bondad, participaba de un sistema injusto e inhumano, aprovechándose de hombres a los que, a pesar de tratar bien, estaba utilizando como objetos de su propiedad. Este hecho es remarcado en los diálogos que entrecruzan Solomon y Eliza (Adepero Oduye), aunque también el final de la relación entre Ford y Solomon, cuando este nos demuestra más su temor ante la deuda que su solidaridad para con los hombres. 

El segundo tramo es el más complejo y el que finalmente nos lleva a la desconfianza y la desesperación, marcado por la autoridad de un amo déspota, alcohólico y enloquecido como lo será Edwin Epps (Michael Fassbender), con una esposa, Mary Epps (Sarah Paulson) cuya crueldad, sustentada por los celos, no se queda por detrás. Destaca en este tramo el personaje de Patsey (Lupita Nyong'o), esclava que se ve irremediablemente involucrada en el matrimonio Epps, sufriendo por tanto las consecuencias de ser tanto la favorita del amo, como la odiada por la ama. Poco más podemos señalar de la trama para no entrar en detalles. Lo curioso es que realmente tampoco queda mucho más por comentar.


12 años de esclavitud se erige como una película de choque, de escenas bien planteadas para satisfacer objetivos, pero no hay ninguna ventana abierta a interpretar, a reflexionar, dado que el mensaje es evidente. Tenemos escenas que tratan de provocar e incomodar al espectador, para lo cual no duda en alargar el plano y mostrarnos cómo la vida sigue mientras hay un hombre colgando de una soga, o cómo todos miran impotentes los latigazos sanguinolentos. También se logra aumentar la tensión en los momentos clave en que Solomon trata de lograr una salida a su esclavitud, algo que se consigue con ayuda de la música (o con su ausencia) y con la iluminación. Debemos señalar aquí el buen hacer de los actores Ejiofor y Fassbender a la hora de plantear la relación de sus personajes, destacando, por ejemplo, la escena nocturna en que Solomon debe mentir para sobrevivir. 

Precisamente, ambos, junto a la revelación de Lupita Nyong'o, son la parte del reparto más destacable. El primero encarna de forma natural los sentimientos y emociones del protagonista, sin necesidad de palabras, manifiesta con su expresividad la tensión, el miedo, la impotencia y también la conformidad, así como la alegría, cuando esta llega; no obstante, debemos decir que se trata de un personaje algo insulso, Michael Fassbender muestra una actuación visceral con un personaje al que se le permite todo: una locura insana otorgada por sentirse superior a todos, dueño de las vidas de quienes le rodean. Nyong'o encarna a otro personaje ambiguo con pasión y fuerza: la esclava maltratada a la par que objeto de deseo del amo. Su carácter ambiguo proviene de la incertidumbre ante sus auténticos deseos, aunque ella, por encima de Solomon, será quien se convierta en el personaje donde más sufrimiento hallemos. Quizás por la ausencia de salvación. Patsey no fue Solomon, fue una más, personalizada en este caso, de las que se quedaron, de las que nunca lograron la libertad.


Junto a este trío, debemos destacar la presencia de actores como Cumbertbatch o Brad Pitt (este último interpretando de forma más desganada), cuyas presencias son menos notorias, menos aún de lo que podríamos predecir en un origen, desaprovechando seguramente las dotes interpretativos de ambos en favor del lucimiento, bien aprovechado por su parte, de Fassbender. Por supuesto, hay muchos otros nombres en el amplio reparto de la película, algunos ya mencionados anteriormente, aunque su importancia en la trama sea menor. No en vano, a lo largo de la película se nos presentan casi todas las posibilidades que podían darse en la situación de un esclavo: el dueño amable, el dueño malvado, la esclava concubina, el liberado, el esclavo que es apartado de su familia, el que sirve de represalia... Incluso se nos remarca la diferencia entre un trabajador blanco y un esclavo negro que desempeñan el mismo trabajo.

Siguiendo con el contenido de la obra, el sentir religioso está también presente en varias ocasiones. Ahora bien, en su sentido estricto lo podemos percibir como fracturado, dado que, por ejemplo, es impuesto por el amo como parte de la esclavitud o empleado como justificación de su lamentable situación. Pero a la vez, se convierte en refugio colectivo, en la única forma de poder expresarse de forma metafórica, por ejemplo a través del canto. Se despliega aquí la parte musical más relevante. Por ejemplo, con el tema Roll, Jordan, Roll, situada de forma cercana al blues, pero sobre todo al gospel. Curiosamente, podemos sentirla como contraparte a otra canción, folk en este caso, que aparece en la película: Run, Nigger, Run. Esta impuesta por un amo frente a la otra situada como canto colectivo. De la banda sonora de Hans Zimmer hay poco que añadir, en la línea de la corrección.


Entre los aspectos que nos gustaría señalar se encuentra también la falta de percepción del paso del tiempo. En cierta forma, no notamos el envejecimiento de los personajes y tampoco se nos advierte de cómo transcurre el tiempo. Quizás en compensación, o como metáfora, se nos introducen ciertas secuencias largas de bellas estampas naturales, una belleza vacía que nos recuerda al recurso empleado por Lars Von Trier en Melancolía (2011), aunque aquí no alcancemos a adivinar su significado, si acaso lo tiene. Así pues, el tono academicista y limpio que McQueen otorga a la obra no permite que se entremezcle forma y contenido, por lo que nos encontramos con unos planos cuidados y agradecidos o con la ausencia de una cámara que se mueve confundida y borrosa (un recurso lamentablemente habitual), pero también, y desgraciadamente, no hay tampoco suciedad, todo parece demasiado impoluto, hay una lejanía emotiva, aséptica, con lo que vemos, convirtiendo la película en un proceso más intelectual que emotivo.

Sin lugar a dudas, 12 años de esclavitud sabe qué quiere contar, lo cuenta y además nos hace sentir el golpe, pero no deja espacio para mucho más. Incluso su final, que podemos considerar abrupto, sigue ahondando en esa sensación de pérdida y de injusticia, no hay triunfo. Una película perfectamente filmada que duele al verla, que pretende mostrarnos el mal y nos lo señala sin velos. Aunque al final pueda quedarnos una sensación de cierto vacío.

Escrito por Luis J. del Castillo



Adaptaciones (LIII): Marte (The Martian), de Ridley Scott

17 noviembre, 2015

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Aristóteles ya identificó el factor social del ser humano como esencial para su identidad. Vivimos (casi) inevitablemente en sociedad, en compañía de otros seres humanos. Obviamente, hay casos contrarios, incluso personas que se aíslan por completo, pero en general nos sorprenden esas historias que versan sobre personas que se quedan en completa soledad.

Nos fascina observar el comportamiento de un humano que, arrojado desde lo que debería ser su vida, se ve envuelto en la más absoluta soledad y debe comenzar a actuar para cubrir la necesidad más básica: la supervivencia.

De ello se han alimentado muchas obras a lo largo de nuestra historia, partiendo de grupos que, aislado, recreaban el nacimiento de una nueva sociedad, como pudiera suceder en El señor de las moscas (William Golding, 1954), hasta personajes solitarios en medio de un hábitat natural o, al menos, no social, como podemos observar en obras como Soy leyenda (Richard Matheson, 1954), Náufrago (Robert Zemeckis, 2000), fragmentos de la reciente La vida de Pi (Ang Lee, 2012) o, de manera claustrofobia, Buried (Rodrigo Cortés, 2010). 

Otro tema de fascinación para la humanidad es el espacio y, dentro de tan vasto territorio, los planetas. En los últimos años ha aumentado la cantidad de noticias sobre el planeta vecino, Marte, y sobre las posibilidades de habitarlo, de mandar personas a él. En los últimos años ha regresado con fuerza las aventuras espaciales, como muestran Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) o Interestellar (Christopher Nolan, 2014), así como el próximo retorno de la saga Star Wars o la ininterrumpida marcha de Star Trek. Si bien es cierto que la ciencia ficción ha sido fuente inagotable de historias espaciales, queremos recordar dos novelas recientes que han tratado la cuestión de Marte: una española, escrita por Javier Yanes, y con el título Tulipanes de Marte (2013), aunque dista de ser una obra sobre viajes espaciales; y la otra, El marciano (2011), de Andy Weir, que Ridley Scott adapta al cine en Marte (The Martian) (2015).

Ridley Scott
El director británico no es nuevo en el mundo de la ciencia ficción, precisamente al contrario, estamos ante un cineasta de culto con obras como Alien, el octavo pasajero (1979) o Blade Runner (1982) a sus espaldas. Su trayectoria ha tenido resultados dispares, no en vano la última película que hemos mencionado fue un fracaso en su estreno y se ha consolidado como un referente con el paso de los años, de la misma forma que en los últimos años su regreso a la ciencia ficción con Prometheus (2012) fue duramente criticado.

El cine de carácter histórico también le valió la fama, especialmente con Gladiator (2000), que justamente compitió en su año de estreno con la antes mencionado Náufrago; aunque ya tenía antecedentes con 1492: La conquista del paraíso (1992) y otras obras posteriores que no han gozado de tanto éxito, como El reino de los cielos (2005) o Exodus (2014), esta última de carácter bíblico. Con Marte (The Martian) ha vuelto a saltar a la palestra, si acaso se llegó a bajar de ella, llamando la atención de crítica y público.


La idea es sencilla, pero abrumadora: durante una misión espacial a Marte, destinada a investigar el planeta rojo, una tormenta provoca el cese de la actividad y el necesario retorno a casa, a la Tierra. Mientras tratan de volver al cohete, uno de los miembros de la tripulación es golpeado por una antena parabólica y es dado por muerto por sus compañeros, que deben regresar sin ni siquiera poder recuperar su cuerpo. Sin embargo, para sorpresa de todos, el astronauta, Mark Watney (Matt Damon), ha sobrevivido y ahora deberá recurrir a los pocos recursos con los que cuenta y a todo su ingenio y conocimiento para sobrevivir en un medio tan hostil como Marte, donde prácticamente puede morir por cualquier razón.

La película avanza así en una estructura que trabaja en un equilibrado juego de clímax y anticlímax. Desde un inicio intenso, con la tormenta de arena en Marte, hasta la última secuencia, se van salpicando momentos de tensión, drama, ciencia (y ciencia ficción) y, sobre todo, humor. El esquema es bastante clásico: ante un problema, se plantea una solución, y posteriormente surge un nuevo problema al que se trata de ofrecer una nueva solución. No obstante, lo diferente es la escala de este tipo de problemas: morir de hambre, morir ahogado, morir deshidratado, morir de frío... junto a una agónica espera de años. A nivel narrativo, la película recurre a la elipsis para ahorrar un tiempo interno muy largo, remarcando así la cotidianidad en que se convierte la vida de Whatney en Marte junto a otros dos lugares de interés: la nave Hermes, donde viaja el resto de la tripulación, y la Tierra, donde la NASA investiga lo ocurrido en Marte.


A pesar de que la línea argumentativa pueda parecer tediosa para un desarrollo de más de dos horas de duración, lo cierto es que se consigue mantener la atención gracias al ingenio de un guion que recurre a toda la ciencia escondida en la obra en que se basa, la labor técnica de gran factura y la labor interpretativa del carismático Matt Damon, acompañado por otros actores de talla. Ello no resta que algunos de los ganchos entre escena y escena resulten evidentes, como el momento en que se un personaje menciona "si nada sale mal" y, a continuación, sucede algo terrible; u otros en tono humorístico: "lo mal que lo estará pasando" frente a la realidad del personaje, en un contraste paródico. 

Como esto demuestra, no se trata esta película de una obra de carácter existencialista, sobre lo que apenas hay unas pinceladas. Tampoco abunda el drama ni tiene intención de mostrarse como una epopeya. Es más, los momentos más melodramáticos no los protagoniza el colono marciano, sino sus compañeros, los tripulantes del Hermes. El elemento más destacado es el humor, que sale directamente de las páginas del libro. Estamos ante una situación muy seria, pero el personaje nos dedica en sus monólogos bromas con poca gracia fuera del contexto, reflexiones que rebajan la seriedad de la ocasión o incluso una actitud chulesca para quienes intentan ayudarlo. Esto puede producir la sorpresa en el espectador que esperase una obra de tono más sentido, pero lo cierto es que gracias a este recurso la obra gana en expectación y los momentos dedicados al drama, a la reflexión existencial o a la acción aumentan su fuerza. Y, en efecto, incluso en las peores situaciones, el humor está presente como forma de abordar una tragedia.


El interés central de la obra es la supervivencia de Whatney junto a la búsqueda de cómo retornar a la Tierra, comenzando por contactar con sus habitantes. A la par, somos testigos de lo que sucede en nuestro planeta dentro de la NASA, centrados esencialmente en la organización de la situación ante la muerte de un astronauta, en primer lugar, y hacia una misión a Marte para ayudarlo, en segundo. No falta el humor, pero tampoco la crítica ácida hacia ciertos comportamientos empresariales e incluso un espíritu de concordia que resulta algo infantil. Incluso hay escenas de un remarcado tono estadounidense que, no obstante, no nos deben enturbiar la interesante historia que se nos narra.

En este sentido, estamos ante una intriga de destino, es decir, ante un foco centrado en la historia, en la aventura de supervivencia espacial, y no en el desarrollo de los personajes. Resulta importante mencionarlo porque no notaremos apenas evolución psicológica en el protagonista (la degeneración física sí se evidenciará), pero al menos nos encontramos ante el personaje más trabajado.


El resto están dibujados a trazos enormes, en ocasiones casi caricaturas o arquetipos: la comandante (Jessica Chastain) firme pero en cierta depresión por las decisiones tomadas, una tripulación marcada más por su trabajo que por su personalidad (por ejemplo, el personaje interpretado por Kate Mara representa a a la informática del grupo, mientras que Michael Peña sirve de colega del protagonista), el ejecutivo y director de la NASA (Jeff Daniels) que debe primar la imagen de la empresa, la encargada de prensa de la NASA (Kristen Wiig) que trata los asuntos con cierta histeria, otros ejecutivos y responsables de la misión más centrados en el carácter humano y defensores de ideas arriesgadas (como los personajes de Chiwetel Ejiofor o Sean Bean) así como diversos científicos de cierto aspecto friki y amable o de talento excéntrico (Donald Glover). Por cierto, no faltará la referencia a El señor de los anillos, con Sean Bean presente.

Por ello, no podemos apreciar bien el valor de las interpretaciones, incluso al revés, las deficiencias puntuales son más notables con personajes tan poco sutiles. Por suerte, Matt Damon se encuentra crecido y de la misma forma que Tom Hanks en Naufrago, logra mantener la trama y la atención con un excepcional carisma y una encarnación perfecta del personaje en todas sus facetas. 


A todos estos ingredientes, debemos sumar una fotografía y una calidad técnica excelentes, empleando los paisajes de Jordania para crear una atmósfera marciana. La banda sonora, sin embargo, queda diluida en medio de la presencia de música dance ochentera. La presencia de canciones de grupos como ABBA resaltan el carácter cómico y ahoga una usual composición de película cósmica firmada por Harry Gregson-Williams. 

Scott logra conjugar la ciencia presente en la novela, aunque obviamente rebajada (el Whatney literario vive aún más riesgos en la novela de Weir), con una película que sabe entretener y mantener en tensión. Quizás el final resulta abrupto, aunque intenso, pero va en línea con la intención de la obra de no centrarse en el desarrollo de los personajes y en línea también con el carácter del protagonista.


En definitiva, una película que nos transporta a la cotidianidad de la supervivencia en un entorno hostil. Por ello, no hay espacio para grandes reflexiones sobre la existencia (incluso podemos casi considerar que llega a burlarse de esta idea); al contrario, sí encontramos lugar para la ironía de tener una vida corriente y ajena, por tanto, a los melodramas más superficiales y vacíos. En la principal ocasión en que el protagonista accede a caer en el drama, este llega de una forma más profunda y sincera, porque es la respuesta emocional que no había aparecido antes, pero que cuando llega, resulta auténtica en medio de la rutina que la trama había impuesto. Y en nuestra rutina, en la que sobrevivimos cada día, siempre es preferible reír para seguir adelante a hundirnos entre lágrimas. 

Escrito por Luis J. del Castillo

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