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La librería, de Isabel Coixet

21 enero, 2019

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Suele haber grandilocuencia en esas historias que tratan sobre la trascendencia del ser humano. Como si propusieran un cambio sustancial en nuestras vidas y nos impulsaran a la felicidad por tener la dicha simple pero efectiva de estar vivos. Así es habitual en los biopics sobre esos personajes históricos que marcaron algún hito por el que debemos congratularnos. En otras ocasiones, sin embargo, se alejan de los grandes gestos para acercarse a los sueños más cotidianos. A la intrahistoria de los anónimos provincianos y a las desdichas que habitan en quienes se saben alejados de los grandes letras de la historia con mayúsculas. Esas narraciones llenas de pequeñas y fugaces ocasiones de felicidad y tormentos y preocupaciones que parecen querer instalarse para siempre.

Mientras adaptaba una novela de la inglesa Penelope Fitzgerald (1916-2000), Isabel Coixet (1960) nos lanzaba de nuevo a uno de sus dramas de soledades personales, ubicado en esta ocasión en un pequeño pueblo costero de la Inglaterra de 1959. Estamos ante La librería (The Bookshop, 2017), la sencilla historia de una joven viuda, Florence Green (Emily Mortimer), que decide abrir una librería en el pueblo en el que ha recalado, aunque para cumplir con ese particular sueño se encontrará tanto con la oposición de algunos como con el paternalismo de otros y la actitud maruja y cotilla de otros tantos.

A lo largo de esta película no encontraremos un desarrollo profundo y concreto de todos los sucesos, sino la pretensión de transmitir unas sensaciones emotivas. Básicamente, siempre se nos mostrará a Florence Green como una mujer que vive aislada, pero no sola: su mundo se encuentra entre las páginas de los libros que ama. Pero a diferencia de otros, dedicados a la creación de esas páginas, ella tan solo se identifica con lo que lee, por lo que se empeñará en cumplir su sueño de tener una librería en la tranquila Hardborough, ocupando un viejo edificio emblemático del pueblo, pero abandonado durante varios años: Old House.


Si en los tiempos que corren ahora nos podría parecer más que arriesgado abrir una librería, el mismo correlato de locura extravagante parece invadir a los conciudadanos de Florence, que lo observan como un disparate, dado que la población local no tiene interés por los libros. No obstante, con tesón y certeza, la joven viuda logra abrir oponiéndose al criterio de su banquero y su abogado. Sin embargo, se ganará la desconfianza de los pueblerinos y, sobre todo, el rechazo de Violet Gamart, una aristócrata que domina los hilos del pueblo desde su pedestal. Por contra, se ganará la admiración del señor Brundish (Bill Nighy), otro aristócrata que reside en su particular torre de marfil, tan solo rodeado de libros y de una mansión que parece abandonada, ocupándola como una figura misteriosa que desprecia lo relacionado con el ser humano. No obstante, como gran admirador de la literatura, le agradará la existencia de la librería y pronto se convertirá en el principal y más devoto cliente de la misma.

No hay mucho más detalles que aportar sobre la trama, siempre que no desvelemos los acontecimientos más relevantes. Coixet emplea el minimalismo de este argumento para abordar sobre todo a los personajes. Por ejemplo, encuadra a la señora Gamart desde la distancia, como un ser manipulador y altivo, rodeada de sus lujos y de las influencias de la política. Se acentúa en sus apariciones su hipocresía y despotismo, lo que, por otra parte, no permite ningún tipo de humanización. Al señor Brundish le ocurrirá lo mismo, aunque estará siempre rodeado de colores más fríos, mostrando que es un hombre frío, sí, pero sincero: lo que le rodea es lo que es. Las casi ruinas, los libros, la sequedad y la firmeza. Por su parte, la protagonista, Florence, aparecerá sobre todo representada como una mirada perdida en el mar, aceptando la soledad, pero también tomando el coraje (palabra clave dentro de la película) para intentar cumplir su pequeño sueño y encontrar la felicidad anhelada. Por cierto, tienen cierta gracia la forma en que Coixet plasma las conversaciones epistolares entre el señor Brundish y Florence.


Ahora bien, a pesar de cómo quedan retratados los personajes, hay poco desarrollo. Se logra con cierta intensidad íntima acercarnos a su carácter, pero apenas hay un par de encuentros memorables entre estos tres personajes, los cuales, se suponía, debían estar más involucrados entre sí; es más, los tres no coincidirán nunca juntos en escena. Lo que provoca, sin duda, que se sienta desaprovechada la ocasión de haber ahondado más en ellos y en sus relaciones. Curiosamente, dado que se opta por darle siempre el protagonismo a Florence, sí tendrán mayor presencia y constancia dos relaciones.

La primera es bastante interesante y sucede entre la librera y Christine (Honor Kneafsey), la niña a la que contrata, la más joven de su familia, pero también la más despierta e inteligente. Sus conversaciones serán premonitorias y ambas se enriquecerán mutuamente. Su relación está bastante asentada y se nota más meditada que otras, incluyendo además la secuencia final, que bien podría recordarnos a una versión más agridulce de Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004), pero variando la música por los libros y mostrándonos que Christine tenía bastante razón cuando afirmó que, a diferencia de lo buena que era Florence, ella prefería ser mala. La segunda es algo siniestra y resulta hasta cargante durante la película: se trata de los encuentros entre el periodista Milos North (James Lance) y Florence. Un personaje cuyas intenciones son excesivamente evidentes y al que podemos ver rechazado en varias ocasiones por la librera. Sin embargo, dado que la definición de los personajes, incluida la protagonista, llega a ser bastante vaga, asistiremos con sorpresa a que este despreciable ser sea contratado por ella en la librería, a pesar de haber mantenido siempre una atenta y cuidada distancia con este hombre durante toda la narración anterior.


No se trata de la única contradicción. Se pretende mostrar, por ejemplo, que el pueblo está invadido de gente que no lee o que lo interesan los libros, sin embargo, la librería tiene éxito. También hacia la mitad nos encontramos con una lucha legalista entre la señora Garmant y Florence que no se entiende, dado que se centra en que la aristócrata se queja de la cantidad de gente que rodea a la librería, algo bastante absurdo, cuando quizás hubiera sido algo más eficaz lo que se menciona de pasada: la inmoralidad del libro de Nabokov (1899-1977), Lolita (1955). Precisamente, este libro, junto a los de Ray Bradbury (1920-2012), tanto Fahrenheit 451 (1953) como Crónicas marcianas (1950), serán los que permitan una mayor interacción entre Florence y el señor Brundish, una relación que rozará un sutil enamoramiento, en una contenida escena en que ambos tienen un bello diálogo previo al final de la película. 

Este hecho no es una excepción dentro de La librería. En general, Coixet evita los grandes gestos. Otro ejemplo lo encontramos en cómo la villana es, ante todo, una hipócrita de buenas maneras, alguien acostumbrado a conseguir todo lo que quiere moviendo los hilos necesarios. Sin embargo, no nos equivoquemos, se deja en evidencia en la película hasta donde llega su maldad, dado que el empeño por conseguir el edificio de la librería no cejará a pesar del tiempo que transcurra y a pesar de que su deseo podría quedar bien cubierto con cualquier otro edificio: es tan solo un capricho pueril de alguien demasiado poderoso. Lo que nos puede dar buena muestra de hasta donde llega la visceralidad humana. No obstante, por eso mismo resulta maniquea hasta el exceso. Uno llegaría a esperar una mayor exploración de las motivaciones de esta mujer, por ejemplo, en su conversación con el señor Brundish, pero nunca se llega a eso. Ni creo que se pretendiera. De la misma forma que tampoco se evita dejar retratados a toda la población, sobre todo a los hombres, como fantoches sujetos a los deseos del poder, representado aquí por la señora Garmant. En fin, el coraje de Florence Green reside en combatir a Goliath sin realmente desear combatirlo, porque tan solo se trataba de un sueño personal e íntimo.


Como sucede con tantas películas, La librería no llegará a todos, ni siquiera aunque se comparta la pasión por la literatura de la protagonista, porque es evidente que tiene defectos, que es una obra  lenta, desapegada y algo fría, con poca claridad en su desarrollo y una profundidad basada en la sutileza. Lo que no podemos dudar es que se sirve bien de preciosistas paisajes retratados a partir de la mirada y la presencia de los personajes, que tiene un encanto particular invadido de melancolía y esperanza y que muestra tanto lo mejor de nosotros como un mensaje desolador: si alguien con poder se lo propone, puede acabar con hasta los sueños más pequeños y cotidianos.


El nuevo exótico Hotel Marigold, de John Madden

03 agosto, 2016

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Tras reunir a grandes actores para contar una historia sobre la vida en la vejez con caminos nuevos abriéndose a partir de un fortuito viaje en El exótico Hotel Marigold (The Best Exotic Marigold Hotel, 2012), John Madden retoma a sus personajes para mostrarnos sus peripecias recientes en una nueva película coral que toma el nombre de El nuevo exótico Hotel Marigold (The Second Best Exotic Marigold Hotel, 2015). Aunque la película inicial se planteara como una historia cerrada, esta segunda entrega ahonda en otros temas para expandir las historias de sus personajes y profundizar aún más en ese mensaje vitalista de la primera vez.

Partiendo de la ilusión de Sonny Kapoor (Dev Patel) por expandir su negocio hotelero, trata de buscar socios en Estados Unidos con la inestimable ayuda de Muriel Donnelly (Maggie Smith), quien se ha adaptado a la perfección a su papel como vicedirectora del Hotel Marigold. La compañía a la que acuden les promete enviar un supervisor al hotel, lo que origina una de las tramas principales de esta obra; una cuestión poco novedosa, dado que se propone el juego humorístico clásico de cómo la pasión de Sonny y sus despistes ayudan a enturbiar la relación con el posible supervisor.


A esta línea argumental, que podría haber resultado más interesante de lo que finalmente es, se le añaden las historias personales de los huéspedes del hotel, centradas todas en la cuestión amorosa. Evelyn Greenslade (Judi Dench) y Douglas Ainslie (Bill Nighy) mantienen aún una relación más amistosa que romántica, ambos mostrándose igual de tímidos y ella con el miedo a dejar paso a lo que siente. Con este tipo de actitud, no ayudará en nada que ella vea la oportunidad de obtener un trabajo, ¡a su edad! pensará ella, que la haga viajar bastante por distintos sitios de la India.

En este sentido, no notamos una evolución de la Evelyn de la anterior entrega a esta, sino que mantiene las mismas dudas acerca de su autonomía tanto laboral como amorosa. Una actitud que resulta ridícula si recordamos que es el mismo personaje que ya obtuvo un trabajo en la anterior película. Hasta ella acabará por comprender cómo de absurda ha sido su actitud con una simple pregunta de su ayudante.


Madge Hardcastle (Celia Imrie) comienza con una trama cómica propia del tipo de personaje que conocíamos: libertina, lista para disfrutar de los años que le queden tratando de obtener tanto riqueza como la atención de algún hombre. Sin embargo, según avance la película, sus dudas se acrecentarán y variará conforme se acomode a sus auténticos sentimientos y no a la búsqueda del placer. Sin duda, la evolución mejor traída de esta segunda entrega y sin resultar una carga excesiva, dado que su subtrama consta de los elementos justos y necesarios.

Más tiempo se lleva, de forma innecesaria, Norman Cousins (Ronald Pickup), que tras haber sentado la cabeza gracias a su relación con Carol (Diana Hardcastle), comienza a añorar su anterior vida, lo que le ocasionará algún quebradero de cabeza, especialmente cuando se percate de cómo se siente al verse traicionado. Un giro de tuerca respecto al personaje de la anterior película y una evolución que tiene mucho sentido, pero que en la mayor parte está dedicada a un absurdo intento de emular una parodia de intentos de asesinato por un error.


Por su parte, el director del hotel, Sonny, no solo afrontará la trama del supervisor de incógnito, cuya identidad se corresponde o bien a Lavinia (Tamsin Greig) o bien a Guy Chambers (Richard Gere), este último mostrándose como un hombre atento y con cierto deje nostálgico o pesadumbroso, como en la búsqueda de sí mismo; curiosamente, algo a lo que no se le da una gran importancia en la película a pesar de ser la nueva incorporación estelar. La otra trama de Sonny es su boda con Sunaina (Tina Desai), en la que se nos introduce una torpe y cargante historia de celos por un nuevo personaje que parece superarlo en todo. Sonny desplegará toda su batería de inseguridades y aunque el intento sea servirse del tópico usual, habrá momentos de cierta vergüenza ajena para el espectador. Si bien el personaje ya era extravagante, en esta ocasión se le da demasiado espacio para mostrar sus descuidos y su tozudez, relegando a un segundo plano a otros personajes más interesantes. 

Mucho más enriquecedor es el rol de Muriel en esta ocasión, interpretada de nuevo por la ya mencionada Maggie Smith. A pesar de seguir siendo la firme y severa británica que vimos en la anterior entrega, aquí se prosigue ahondando en su humanidad, siendo el máximo ejemplo de la película en cuanto a superación y esperanza en la vejez. Lamentablemente, se recurre en exceso a ella para augurar un giro final (o incluso dos si atendemos a un trailer engañoso) que no llega a producirse, a pesar de las pistas que se van dando a lo largo del metraje e incluso incluyendo dos ocasiones evidentes para que se produzca. Con todo, uno de sus últimos monólogos es una excelente lección de vida, incluyendo también su última conversación con Ty Burley (David Strathairn), cuando afirmará que, a pesar de no poder disfrutar de la semilla que ha plantado, otros sí podrán cobijarse bajo su sombra.


Ahora bien, a pesar de sus buenas intenciones y de contar con grandes actores que dan la talla, sigue arrastrando y perpetuando los errores de su anterior entrega, incluso contando con ocasiones en que no parece creerse a sí misma. Por ejemplo, la reincorporación temporal de Jean Ainslie (Penelope Wilson) era innecesaria, especialmente cuando se propone de forma tan tardía, pretendiendo rizar aún más la situación. Por otra parte, la solución que adopta Sonny surge de la nada, dado que aunque es aceptable, la película no proporcionaba esa dirección en ningún momento.

Su mayor problema es que no encuentra realmente un rumbo al que enfocarse y que establece un juego de expectativas que tampoco es capaz de cumplir o satisfacer. Se vuelven a tocar temas relacionados con las nuevas oportunidades, la búsqueda del amor en la vejez o cómo las apariencias juegan en nuestra contra, pero no ofrece nada nuevo, incluso cae en clichés que a esta secuela no le convenían. Ahora bien, para ver una historia agradable, con algunos momentos cómicos y románticos, sin demasiada expectación, quizás esta sea una buena película para esas lánguidas tardes de domingo.

Escrito por Luis J. del Castillo


Adaptaciones (XLIX): Harry Potter y las Reliquias de la Muerte - Parte 1, de David Yates

05 agosto, 2015

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Llegamos al final del camino o al que se suponía sería el final, pero que se dividió en dos películas: Harry Potter y las Reliquias de la Muerte Parte 1. Podríamos suponer que esta decisión, que sentó precedente para otras adaptaciones posteriores, como en el caso de la franquicia Crepúsculo o con Los juegos del hambre, pudo responder a razones económicas, con el deseo de estirar a la gallina de los huevos de oro, cosa que también se puede pensar del spin-off que llegará el próximo año. No obstante, en una saga de tal extensión como la del joven mago, esta división en dos entregas permitía concluir de forma más adecuada con los cabos que se habían abierto a lo largo de la franquicia y adaptar de la mejor manera el último libro.


Debemos reconocer aquí la capacidad de J.K. Rowling para lograr que los elementos de las primeras historias, de carácter autoconclusivas, adquieresen importancia en la resolución definitiva, consiguiendo así que el camino recorrido hasta el momento tuviera un hilo conductor lógico y bien construido. No obstante, el guionista Steve Kloves, encargado de la adaptación de todas las entregas, salvo de la quinta, y el director, David Yates, afrontaban el desafío de, por una parte, superarse tras una desaprovechada sexta película, Harry Potter y el misterio del príncipe, y, por otra, solucionar aquellas incongruencias que pudiera ocasionar las modificaciones realizadas en otras películas con respecto a los libros. 

Si las anteriores entregas avisaban de la situación bélica a la que se iba acercando la saga, esta nos introduce de pleno en ella desde el principio. Harry (Daniel Radcliffe), Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson) comienzan la búsqueda de los horrocruxes dejándolo todo atrás, con el fin de poder derrotar a Lord Voldemort (Ralph Fiennes). Un viaje que no será sencillo y que podría aumentar la distancia entre ellos mientras, alejados de todos a quienes quieren proteger, temen por la vida de sus seres queridos y de las consecuencias de la expansión de la oscuridad hasta el mismo Ministerio de Magia. De forma paralela, Voldemort busca desesperadamente el arma que le permita acabar con el niño que vivió.


En toda la película observaremos relaciones con anteriores entregas, pero aún más, podemos notarla como una continua despedida a los tópicos frecuentes de la saga. Un quiebro que muestra bien la ausencia de Dumbledore (Michael Gambon) y un protagonismo centrado en el trío y en su viaje, ausentes de todo lo que sucede en el mundo en el que han vivido hasta ahora. La marcha de los Dursley ante el peligro, el obliviate a los padres de Hermione (por cierto, la madre de la bruja en esta ocasión encarnada por Michelle Fairley, actualmente más conocida por su papel como Catelyn Stark en la serie Juego de Tronos), la varita rota, la posterior muerte de Hedwig, unida a la de otros aliados, pertenecientes a aventuras anteriores, el no regreso a Hogwarts (sin que el castillo llegue a aparecer en toda la obra), la traición de Snape, el peligro real que supone ahora decir el nombre de Voldemort, a pesar de haber luchado por decir su nombre libremente en el resto de entregas, o la gran inseguridad a la que se ve expuesto el trío protagonista dan buena cuenta de la diferencia de carácter de esta película con respecto a las otras.

Aunque, a su vez, esta última aventura se alimente de esta nostalgia y del mundo creado anteriormente para lograr ese efecto antitético. Sin lugar a dudas, un espectador ajeno a la franquicia no entendería bien el significado real y completo de todo lo que sucede en pantalla, ni del valor que tienen algunos de estos personajes u objetos. Por ejemplo, el testamento de Dumbledore, con una escena algo inquietante protagonizada por el nuevo Ministro de Magia (interpretado por Bill Nighy) aumenta esta interrelación con obras anteriores, al recuperar elementos como el desiluminador o la snitch dorada de la primera entrega, o la espada de Gryffindor, objeto estelar en la segunda.


Por otra parte, no hay espacio para la tranquilidad segura a la que nos tenía acostumbrada la saga. Los momentos menos tensos del tramo inicial, con la boda de Fleur y Bill, por ejemplo, son sucedidos por escenas de batalla confusas, pero espectaculares. Esta confusión no sucede como tal en el resto de la película, ofreciéndonos la sensación de que el director optó por esta opción para aumentar la sensación de peligro de los personajes. Yates, que como dijimos con respecto a su primera participación en esta saga, estaba acostumbrado a tratar temas como al corrupción o las intrigas institucionales, por lo que su eficacia en este campo se muestra claramente en lo relativo al Ministerio de Magia, la reunión de los mortífagos o la persecución a Harry. Ahora bien, la película cuenta con un problema de ritmo y de equilibrio. 

Entre otras cuestiones, al ser la mitad de la adaptación, no cuenta con una resolución, como era habitual en todas las entregas de la franquicia, que parecían concebidas como autoconclusivas. En este caso, la excepción sería, seguramente, de la anterior, cuya resolución (mayor en el libro) abría en realidad el argumento de esta última aventura, pero con un dramático giro de los acontecimientos.


Así pues, encontramos cierto letargo en el viaje de los protagonistas, aunque su construcción cuenta con elementos que potencian aquello que pretende transmitir. Por ejemplo, se vuelve a recurrir al paisaje, con una fotografía que nos muestra la desolación mientras se escucha ininterrumpidamente lo que podríamos denominar radio de guerra, aunque este recurso se haga demasiado evidente y casi de forma artificial: allá por donde van los personajes, no hallan ninguna señal de vida, sino solo su ausencia. La distribución de la cinta queda así en tres fragmentos: un tramo inicial intenso, donde encontramos las despedidas antes mencionadas y los dos ataques, tanto a Harry como a la boda; un tramo medio que transcurre con mayor lentitud, en el que observamos el viaje en busca de los horrocruxes y de la forma de eliminarlos, con momentos puntuales de acción, como las escenas del Ministerio de Magia, que sirve de bisagra entre el otro tramo y este, o la destrucción del guardapelo; y un tramo final que recupera la intensidad mediante el clímax que supone el descubrimiento de las Reliquias de la Muerte y la escaramuza en la mansión de los Malfoy (aunque considerándolo mejor, el clímax de toda esta película es la Parte 2).

A esta cuestión temporal se une una cuestión técnica relativa a la fotografía. Como ya hemos mencionado, la saga se ha ido oscureciendo no solo en su temática y en su madurez, sino también en su fotografía. En esta ocasión, se prosigue con la preferencia por los tonos azulados y grisáceos, optando en ocasiones por una postproducción de oscurecimiento y aumento del constraste que provoca que el espectador no llegue a ver qué está pasando en la cinta (sucede, por ejemplo, cuando Harry y Hermione investigan en la casa de Bathilda Bagshot).


Retornando a cuestiones y decisiones argumentales, debemos apreciar la introducción de algunos momentos de humor bien introducidos y que aportan cierta relajación a la tensión permanente de la película. Podríamos poner el ejemplo de la poción multijugos, tanto en su primer uso con la aparición de los siete Harry, como en su segunda uso durante la travesía por el Ministerio de Magia, con algunos diálogos hilarantes, especialmente los relativos a la transformación de Ron.

En este fragmento también recuperamos a uno de los personajes más odiados de la saga, Dolores Umbridge (Imelda Staunton), que, en línea con lo ya mostrado, prosigue su opresión a través de la institución ahora dominada por Voldemort. La visita obligada de nuestros protagonistas al Ministerio funciona tanto por lo que supone la búsqueda del guardapelo como horrocrux como para observar la maquinaria del Estado mágico corrupta por la manipulación del mago oscuro.


Ahora bien, aunque el argumento principal de la obra sea la búsqueda y destrucción de los horrocruxes, la aparición constante de la simbología referente a las Reliquias de la Muerte y su posterior explicación se relacionan con la necesidad de Voldemort de encontrar un arma con la que derrotar a Harry Potter, a fin de evitar el priori incantatem de su último enfrentamiento, en Harry Potter y el cáliz de fuego (2005). Esto permite que nuestra atención también se desvíe en algunas ocasiones, y a través de las visiones de Harry, a algunas escenas protagonizadas por el mago oscuro, como el interrogatorio a Ollivander y la posterior y constante búsqueda de la Varita de Sauco.

En este sentido, debemos destacar toda la secuencia animada creada para el cuento de las Reliquias de la Muerte, que proporciona un interesante recurso visual, hasta ahora no empleado en la franquicia, y que enriquece la película con una especie de cortometraje muy bien realizado narrativa y estéticamente, gracias a la labor del suizo Ben Hibon y del equipo de efectos animados. Sin lugar a dudas, de lo mejor realizado de la obra. La Parte 2 cuenta precisamente con una secuencia similar, aunque no sea animada, en tanto que explica cuestiones relativas al pasado y que resulta fundamental para el relato, como en este caso, por lo que podemos señalarlas como dos pilares necesarios y esenciales de sendas películas.


Con respecto a los protagonistas, debemos señalar cómo el peso de la trama recae sobre el trío de Harry, Hermione y Ron, de manera fidedigna al libro, lo que aparta la visión de lo que sucede en el mundo mágico en su ausencia. Ya mencionábamos la lentitud del tramo medio cuando comienzan a viajar por los parajes abandonados que simbolizan cierta devastación y trasmiten inseguridad y soledad, cuestiones que también se observan en la actitud de los personajes, incluso cuando usan los hechizos de protección. En ello jugará un factor importante el guardapelo, en tanto que, al igual que el Anillo Único de El señor de los anillos, aumenta su irascibilidad a partir de sus preocupaciones reales.

En este sentido, hay opiniones contrarias a la marcha de Ron del grupo durante determinado periodo de tiempo; es cierto que su ausencia es notable por su duración, pero también que su retorno, con la escena CGI en la que se muestra su mayor miedo se relaciona directamente con el carácter del personaje. No es la primera vez que por cuestión de envidia o celos, Ron se ha separado de sus amigos, especialmente de Harry, ya lo vimos, por ejemplo, en la cuarta entrega. Esto se relaciona directamente con su deseo de fama, que estaba presente en el personaje desde el principio, como pudimos comprobar con su visión ante el Espejo de Oesed en Harry Potter y la piedra filosofal (2001): se veía famoso y admirado por todos. A su vez, su mayor miedo es perderlo todo (en este caso, el amor de Hermione) porque otro le supere; en este caso, su mejor amigo y Elegido: Harry. Ahora bien, la escena se alarga excesivamente y llega a resultar ridícula en culmen.


A su vez, mientras Hermione y Harry permanecen solos, observamos cómo su relación se estrecha, incluyendo la escena del baile bajo el son de la canción O'Children de Nick Cave and The Bad Seeds, que tampoco ha sido generalmente apreciada por algunos sectores críticos, pero que sirve para reflejar el estado de ánimo de estos dos personajes, más solos que nunca, que encuentran el apoyo el uno en el otro sin ser realmente pareja, sino solo amigos. Todas estas secuencias nos delatan el grado de inquietud, angustia, opresión, tristeza e inseguridad en el que se encuentran los personajes, emociones que hasta el momento habían tenido su justa presencia en la saga, pero que se desarrollan aquí con todas sus consecuencias, incluyendo el montaje paisajístico antes mencionado.

Esta cuestión ayuda a observar cómo afecta la situación a la psicología de los personajes y cómo han evolucionado a lo largo de la saga, pero guardando las distancias con algunas de las tontas resoluciones que se habían tomado en Harry Potter y el misterio del príncipe. Todo ello provoca que sea la película más extraña de la franquicia, pero también la que mejor muestra una evolución distante a lo ya ofrecido, pese a que, por ello, se pierda parte de la magia para hacernos caer en la cruda realidad.


Por último, debemos destacar la gran fidelidad de la adaptación al permitir un desarrollo más lento gracias a la división de la novela en que se basa. No obstante, debido a las adaptaciones anteriores, nos encontramos con algunas lagunas que, o bien se solucionan de forma artificiosa, como la presentación de Bill Weasley (Domhnall Gleeson) con las cicatrices hechas por un hombre lobo, cuya batalla debería haber aparecido en la anterior película, la aparición de Mundungus Fletcher (Andy Linden) o el regreso del elfo doméstico Dobby, que en los libros aparecía en más ocasiones, lo que ocasionaba un mayor impacto en su destino en esta aventura; o bien, no tiene ninguna explicación directa, como el espejo doble que usa Harry, cuya primera aparición debiera haber sido en la quinta entrega, como un regalo de Sirius.

Otros personajes que parecen recuperados para la ocasión también tuvieron mayor presencia en los libros, de la misma forma que se deciden eliminar ciertas explicaciones, reservadas en algunos casos como escenas eliminadas, que vendrían a completar mejor la historia. Por ejemplo, la despedida de Petunia Dursley, que otorgaría otro enfoque a la relación familiar con Harry, haciendo mención directa a Lily, crucial también para otro personaje en la Parte 2, o algunas conversaciones en torno a los horrocruxes. Por otra parte, el espectador tendrá que atar suficientes cabos a partir de la siguiente película para comprender ciertos sucesos de esta, aunque el visionado de la misma resulte completo y bien desarrollado.


Una película acompañada en esta ocasión por la música de Alexandre Desplat, que se encargaría también de la Parte 2, y que consigue aunar en su banda sonora el ánimo y el carácter de esta película, especialmente en sus piezas más tristes. No obstante, sus resoluciones pueden resultar algo redundantes, pero consigue proporcionar una mayor entidad a la película.

En conclusión, una interesante séptima entrega que se desvincula de todas las demás por un carácter más maduro, quizás incluso experimental para la franquicia, menos mágica, pero más humana. Yates se resarce de su anterior adaptación con este preludio de una Parte 2 que se espera más emocionante y mágica (ya les adelantamos que así es), pero consiguiendo cerrar el círculo de la saga que empezó en 2001 de manos del director Chris Columbus y que, a pesar de sus horas bajas, supo mantener el tipo para entregarnos un final digno. No obstante, si tuviéramos que medir esta película en solitario, notaríamos su falta de ritmo, de un clímax más potente y de la resolución de alguno de alguna de las tramas principales, pero estaríamos siendo injustos con una pieza que adapta bien y consigue un buen resultado (aunque con ello también consiga aumentar las arcas de la productora gracias a la división).

Escrito por Luis J. del Castillo


El exótico Hotel Marigold, de John Madden

16 enero, 2015

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La tercera edad es un terreno que ha ido perdiendo valor en la cultura occidental, relegando a las personas que llegan a cierta edad al olvido, a un regreso a la minoría de edad o a un sustento o ayuda para la vida de sus hijos, ya adultos. Pero olvidamos que detrás de esta etiqueta tan generalizadora, hay personas con inquietudes, con un pasado y con sentimientos y emociones, seres humanos en definitiva que tienen los mismos derechos que todos a continuar con su vida, por poco tiempo que les pueda quedar. 

Este canto de liberación es el que propone El exótico Hotel Marigold (The Best Exotic Marigold Hotel, 2012), de John Madden, director conocido principalmente por su película Shakespeare in Love (1998). Un canto de optimismo embarca en esta aventura coral a una considerable cantidad de personajes interpretados por actores británicos de soltura bien demostrada: Judi Dench, Tom Wilkinson, Bill Nighy, Maggie Smith son alguno de los nombres destacados. 


Un buen prólogo nos sitúa rápidamente en escena, con un protagonismo centrado en el personaje de Judi Dench, Evelyn Greenslade, una viuda reciente que siempre ha dependido de su marido y que va a pasar a depender de su hijo, salvo por su obstinación de seguir adelante y avanzar en la vida. De manera paralela, la película nos permite conocer a todos los personajes a grandes rasgos. 

Algunos tienen un claro corte humorístico, como Madge Hardcastle (Celia Imrie), una abuela que no está dispuesta a permanecer demasiado tiempo en un sitio ni mucho menos con su familia, por mucho que los quiera, o Norman Cousins (Ronald Pickup), que viene a revelar la necesidad del sexo en una etapa de la vida donde parece tabú, aunque en su caso estemos ante un hombre prácticamente obsesionado. Más dramático es el matrimonio compuesto por Douglas y Jean Ainslie (Bill Nighy y Penelope Wilton respectivamente), algo provocado por la crisis que atraviesan después de la excesiva confianza de Douglas en la hija de ambos y el carácter histérico de la esposa, cuyos nervios le impiden disfrutar del viaje en el que se embarcan durante la película. 


Un tanto ambiguos serán los personajes de Graham Dashwood (Tom Wilkinson), recién retirado de su puesto como juez sin explicación alguna y embarcado en un retorno a la India por motivos personales, y Muriel Donnelly (Maggie Smith), una anciana británica con actitudes racistas y continuamente malhumorada que no duda en ahorrarse el dinero de su operación trasladándose a un hospital situado, sin ella saberlo originalmente, en la India.

Este grupo de personas tan dispares acaban pronto viajando juntos al mismo hotel: el Marigold en la India, un desvencijado edificio que prometía en los folletos un proyecto aún en proceso bajo. Todo ello fruto del sueño del joven director Sonny Kapoor (Dev Patel), un ilusionado e inocente indio que trata de hallar la felicidad con una mentalidad optimista y esperanzadora ("Al final todo va a acabar bien, y si no acaba bien, es porque aún no es el final"), aunque muy conformista, falta de un espíritu de lucha y de organización. El destino del hotel va unido a su relación con Sunaina (Tena Desae) y del control que sobre él ejerce su madre (Lillete Dubey), ambas cuestiones relacionadas con el éxito o el fracaso del proyecto.


A diferencia de otras películas corales, como Love Actually (Richard Curtis, 2003), los personajes se encuentran y relacionan pronto. Esto plantea un inicio con fuerza y brío, que después se desliza hacia un desarrollo más lento, donde se busca sobre todo el encuentro con la cultura diferente de la India y la búsqueda de una nueva posición en el mundo, la mayoría de veces basada en el amor. Seguramente la historia más emotiva y con mayores matices la lleva bajo sus hombros Tom Wilkinson, cuya búsqueda en este exótico país es todo un enigma y cuya revelación y desenlace tendrá efecto en el resto de personajes. 

En el otro lado, el matrimonio Ainslie es la antítesis a las ilusiones que se van creando en el hotel, especialmente por parte de la esposa, a la que se le adjudique el papel de inadaptabilidad al nuevo entorno, pero también a su pasado: la desconfianza y la falta de pasión hacia su marido, unido a su obsesión por el juez y al cariño creciente que desprende su marido por Evelyn, quien no solo se ha adaptado al país sino que va encontrando la posición perdida en el mundo. Lamentablemente, ninguna de estas dos posibles relaciones extramatrimoniales se muestran interesantes, una por saberse sentenciada desde el principio por el desinterés del juez, y la otra por un tratamiento ineficaz y desapasionado.


Esta última característica empaña realmente el enfoque de la película. Pese a que se pretende crear ilusión y emoción en el espectador, los diálogos tratan de parecer trascendentales, pero se muestran apáticos en su desarrollo, pese a la buena interpretación del reparto. El uso de la cultura india tampoco está realmente explotado, con pinceladas que no provocan realmente un cambio en los personajes, pese a que se nos trate de hacer creer que es así. 

Incluso el cambio producido en la señora Donnelly tiene más relación con su propio pasado, al que se enfrenta como un espejo, que con el encuentro con otra cultura. Por otra parte, aunque se intenta acumular el humor con respecto al dueño del hotel, este personaje se encuentra demasiado sobrecargado de optimismo, que aunque resulta eficaz en oposición al espíritu de los huéspedes, puede resultar pesado al espectador en cuanto se mantiene demasiado tiempo en escena. 


El tramo final, sin embargo, se vuelve a cargar de significado y desenlaza con soltura los conflictos vistos hasta el momento, en una redondez de argumento que se agradece, pese a que el camino haya resultado ser más flojo de lo esperado, lo que perfila una película irregular en su conjunto.

No obstante, tiene momentos brillantes, una buena ambientación incluyendo la música de tonos exóticos para la ocasión de Thomas Newman, un mensaje optimista y positivo, unas buenas interpretaciones y la recomendación de seguir viviendo tengamos los años que tengamos.


Escrito por Luis J. del Castillo


Una cuestión de tiempo, de Richard Curtis

22 julio, 2014

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A sus 21 años, Tim Lake descubre que tiene un poder sobrenatural que hará cambiar su vida para siempre: puede viajar en el tiempo. Según le confiesa su padre, todos los hombres de su familia han heredado también ese don, algo que Tim no piensa desaprovechar; así podrá safisfacer su mayor deseo, el de tener novia. Después de trasladarse a Londres para trabajar en un bufete de abogados, acaba conociendo a la dulce e insegura Mary. Pero según avanza su curiosa y peculiar vida, Tim descubre que ese don tan especial no puede protegerle de las tristezas ni de los altibajos que afectan a cualquier familia, tal y como podría esperarse. Además descubrirá que viajar en el tiempo tiene sus limitaciones, como cualquier otro don, y que, incluso puede ser peligroso para él y todo aquel que le rodea.


Dirigida por el británico Richard Curtis, uno de los grandes artífices de la comedia romántica contemporánea, Una cuestión de tiempo (About time, 2013) plantea las características de una película romántica usual redefiniendo la fórmula con la que aborda al espectador. Así, vuelve a lograr el éxito del público tras las ya consagradas Cuatro bodas y un funeral (1994), Notting Hill (1999) y, sobre todo, Love actually (2003). Y es que en sus películas no se repite la fórmula, no recrea la lágrima por la lágrima o la risa por la risa, aunque, curiosamente, todas pueden resultar extrañamente parecidas; quizás porque sus trabajos evocan sentimientos encontrados en uno mismo. Ambas características, la no-fórmula y las señas de identidad, están muy presentes en Una cuestión de tiempo, su último film.

Tim (Domhnall Gleeson) y Mary (Rachel McAdams)
Tim Lake es encarnado por Domhnall Gleeson, un tierno chaval que a veces puede llegar a desesperar. Pero sólo un poco; Lake es un romántico empedernido, y utilizará esa cualidad para enamorar a Mary, una fantástica Rachel McAdams, a la que conoce tras mudarse a Londres. Y para ello, y cómo no, no parará de viajar hacia atrás para mejorarse a sí mismo, enmendar cualquier posible error y, finalmente, poder conquistarla. Así, de Una cuestión de tiempo se desprende el valor de las segundas oportunidades y hasta qué punto estamos dispuestos a llegar para ofrecer a los demás lo mejor de cada uno.

Otra seña de identidad en las películas de Curtis son los diálogos, a veces tan acertados como desacertados o prescindibles. Pero sin duda, un gran atractivo es cómo el peso de la historia no sólo recae en los protagonistas principales. También encontramos a esos personajes secundarios tan conmovedores e imprescindibles en sus trabajos, como el escritor de teatro frustrado o la hermana tan frágil como rebelde. Obviamente, mención especial a Bill Nighy, que vuelve a repetir con Curtis desempeñando esta vez el papel de padre, suegro o tío hilarante que todos querríamos tener. Y todos ellos con sus correspondientes ciclos vitales y sus emociones: el enamoramiento, el matrimonio, la estabilidad adulta o el miedo a la muerte. Características de sus trabajos que ya pudimos encontrar anteriormente, como en Love actually, y que aquí cobra un matiz prácticamente trascendental.

Bill Nighy (padre de Tim) y Lydia Wilson (hermana de Tim)
Aun a riesgo de caer en la cursilería o en el dramatismo, Curtis logra alternar al límite, pero de manera magistral, la comedia romántica y el drama familiar, tomando de base el esquema chico conoce a chica sin perderse en los detalles, ampliando esta visión elaborando una panorámica mucho más certera: la de una vida entera. Momentos claves de la película que reflejan estas características, sin revelar partes trascendentales del metraje, serían cómo Bill Nighy revela a su hijo el peculiar secreto familiar que esconden los hombres de su familia; la primera aparición de Rachel McAdams a la salida del restaurante, de un genuino y fulminante romanticismo; e, incluso, ese desenlace en una playa, de fondo a Nick Cave, de una eficacia y emoción impactante.72003/

Porque nos encontramos quizá ante una de las muchísimas comedias románticas que se estrenan al año en los cines, pero con matices que la pueden hacer destacar frente al resto. Una cuestión de tiempo es una entrañable mirada a la vida en su amplitud: la juventud, la madurez, a qué significa ser padre, qué ser hijo, y cómo uno deja de ser hijo cuando abraza sin temores la paternidad. 


Escrito por Mariela B. Ortega


Love Actually, porque el amor está en todas partes

04 enero, 2012

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Ambientada en el Londres contemporáneo durante los dos meses anteriores a las fiestas de Navidad, Love Actually, dirigida por Richard Curtis, entrelaza una serie de divertidas y conmovedoras historias que conforman en una sola, pero con muchos puntos culminantes en el día de Navidad. El amor, ese gran embaucador, iguala a todos a la hora de complicarles la vida, actuando como hilo conductor de todos ellos. Los amores y las vidas de todos estos londinenses se mezclan y entrecruzan con resultados románticos, divertidos y agridulces para todos los que han tenido la suerte o la desdicha de enamorarse.


Mientras que el nuevo primer ministro británico (Hugh Grant) se enamora de una de las mujeres de su gabinete (Martine McCutcheon), un escritor (Colin Firth) descubre que su novia (Sienna Guillory) le es infiel con su propio hermano, por lo que decide marcharse hasta el sur de Francia, donde conocerá a su nueva asistenta (Lucía Moniz). Una mujer felizmente casada (Emma Thompson) empieza a sospechar que su marido (Alan Rickman) le es infiel con su secretaria (Heike Makatsch). Por otra parte, una joven recién casada (Keira Knightley) no comprende la actitud arisca del mejor amigo de su marido (Andrew Lincoln). También descubriremos cómo un padrastro viudo (Liam Neeson) decide ayudar a su hijastro de once años (Thomas Sangster) a conquistar a la chica más popular de su colegio. Al mismo tiempo, una ejecutiva (Laura Linney) decide dar el primer paso con otro compañero de trabajo del que lleva tiempo enamorada (Rodrigo Santoro). Y, como broche a esta mezcolanza de historias, un viejo rockero (Bill Nighy) prepara su reaparición estelar de una forma muy peculiar. Todas ellas son algunas de las vidas y enredos que descubriremos en esta película, protagonizada por un amplio elenco de grandes actores.


El nombre de Richard Curtis está estrechamente ligado como guionista a algunos de los mayores éxitos taquilleros británicos de los últimos tiempos, como Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill y El diario de Bridget Jones que, además de compartir protagonista (Hugh Grant) y una infalible fórmula comercial, tienen en común a Curtis como guionista, a las que ha aportado su talento para hacer un humor indiscutiblemente inglés que parece haber calado positivamente tanto en el mercado británico como en el internacional.

Love Actually, primer film dirigido por Curtis, se desarrolla en un constantemente salto de una historia a otra, conformando un puzzle que resulta sencillo de seguir gracias a la fluidez con la que se van sucediendo las escenas, siendo la precursora de películas de este estilo como Historias de San Valentín o Noche de fin de año, ambas dirigidas por Garry Marshall. Así, la estructura de la película consigue su objetivo de enganchar el interés del espectador, lo que permite mantener una cierta capacidad de sorpresa. Su propuesta y su mensaje son tan amplios que puede llegar a contentar a un amplio número de espectadores.


Con diez historias en juego a la vez, es posible que nos acabemos sintiendo identificados con alguna en especial: podemos interesarnos por la aparentemente relación imposible entre un recién nombrado Primer Ministro y su cándida asistente personal (una relación parecida a la que ya se mostraba en El Presidente y Miss Wade), reconocernos en las dudas de una insegura Laura Linney, incapaz de declararse a su compañero de trabajo, o sufrir con el mejor amigo de un recién casado que guarda un secreto inconfesable.
  
Curiosamente, las historias que más atraen en Love Actually son las menos originales; muchos de los mejores momentos de la película los deparan la historia de amor maduro que protagonizan la excelente pareja formada por Alan Rickman y Emma Thompson, amenazada por los coqueteos de él con una tentadora secretaria. También conmueve ver los torpes intentos de Liam Neeson por restablecer la comunicación con su hijastro tras la terrible pérdida de su madre y los momentos más divertidos están a cargo de la historia del viejo rockero, un tipo muy peculiar que intenta volver al estrellato con una versión navideña de Love is All Around; casualmente, el tema principal del film ya mencionado Cuatro bodas y un funeral.



En cualquier caso, Love Actually es una comedia dinámica que no aburre en absoluto y que se beneficia de sus excelentes intérpretes y de una serie de momentos en los que logra emocionar al espectador gracias a la sencillez y al devenir de las vidas de los personajes. Otro de los puntos a favor para destacar es, sin duda, apariciones fugaces pero sumamente divertidas como la de Rowan Atkinson, que provoca una sonrisa con su sola presencia. Además, la música también está muy presente en la película, desde su maravillosa introducción con la versión instrumental de Love Is All Around, pasando por Wherever You Will Go, de The Calling, o el conocido tema Here With Me, de Dido, que acompaña a una de las escenas más inquietantes de la película.

Quizás, Love Actually sea una película que, poco a poco, acabe abrumando al espectador, sobre todo debido al ligero desconcierto que puede causar en él tras sucederse un gran número de personajes y de historias cruzadas en tan poco tiempo. Además, es evidente que el mundo no es tan de color de rosa como nos quiere mostrar el film, algo que no suele encantar a todo el público y que cuyo sentimentalismo no siempre es del gusto de todos.


Love Actually es, en realidad, una abreviatura de Love Actually Is All Around. Éste es, precisamente, el argumento de la película: en cualquier sitio al que mires, el amor es el motor y es la fuerza impulsora de nuestras vidas. Desde los primeros ministros hasta las viejas estrellas del rock, desde una fría directora de colegio hasta una asistenta portuguesa que no conoce otro idioma; la película presenta aspectos divertidos, tristes y estúpidos del amor en todas sus formas y tamaños. Ese es el verdadero encanto de Love Actually: su mensaje.

Es por ello por lo que se la logra distinguir de muchas otras comedias románticas, ya que su mensaje acaba siendo un llamamiento al optimismo y a la superación. Todo un reto que debemos superar y que es perfectamente transmitido y realizado por cada uno de sus personajes. En definitiva, una película perfecta para estas fechas y para ilusionarnos en esta noche de Reyes. Porque, si prestas suficiente atención, descubrirás que, realmente, el amor está en todas partes.



Escrita por Mariela B. Ortega


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