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Vaiana, de John Musker, Ron Clements, Don Hall y Chris Williams

03 enero, 2019

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Se reitera con asiduidad la idea de que todo está escrito ya. En efecto, las historias suelen repetirse en sus formas más básicas y esenciales cambiando los detalles y las ideas concretas que las encarnan. En el panorama de la animación de Disney, ha sido habitual mostrar un mismo eco del argumento de búsqueda y reafirmación de la propia identidad en el momento crucial en que el individuo se forma y se distancia del entorno familiar. Los directores John Musker y Ron Clements dieron el pistoletazo de salida a una época dorada con La sirenita (1989), que adopta ese argumento, y retornan junto a Don Hall y Chris Williams, con Vaiana (Moana, 2016), que vuelve también a las mismas ideas con una renovada imagen.

Situándonos en el Pacífico Sur, con la mitología de la Polinesia, nos encontramos en un período en que las tribus de la zona han dejado de navegar y se refugian en islas. Todo se debe al mal provocado por el simidiós Maui al robar el corazón de la diosa creadora y todopoderosa Te Fiti, lo que empezó a extender la muerte por todas las islas y la ira del monstruo Te Ka, quien derrotó a Maui. Mil años más tarde, la joven Vaiana, hija y sucesora del jefe de su tribu, ha vivido siempre deseando navegar. En el momento en que perciba que la muerte está llegando a la isla donde viven, se embarcará a la aventura siguiendo las pautas de su abuela: deberá encontrar a Maui y devolver el corazón de la diosa a su lugar. No obstante, el viaje no será tan sencillo como ella esperaba. Ni Maui será el honorable semidiós que cabría encontrarse. Juntos, tendrán que superar sus diferencias y encontrar la forma de crecer y superarse para lograr su propósito de salvar al mundo que conocen.


Vaiana nos arroja a una mitología poco conocida, pero que tiene algunas semejanzas con otras más cercanas. Lo principal es que esta cosmología se centra en la vida en el océano y donde se cree en la reencarnación del espíritu en forma de animal, generalmente marino. Aunque no aparecerán demasiadas criaturas o información sobre este aspecto, lo cierto es que todas las criaturas cuentan con suficiente carisma. Por ejemplo, los Kakamora como unos simpáticos, pero agresivos piratas, o el cangrejo gigante Tamatoa, que tiene una personalidad humorística capaz de romper incluso la cuarta pared.

Pero, por encima de todo, conoceremos al semidiós Maui, afamado por ayudar a la humanidad y haberle otorgado regalos como el fuego, como hiciera Prometeo, pero que guarda tras de sí una trágica historia que le otorga sentido a su personalidad dependiente del cariño de los demás, aunque también esto haya provocado su egocentrismo y vanidad. Un ser que ofrece una fachada que se traiciona a sí misma, gracias en este caso al recurso de otorgarle vida a los tatuajes, que actúan como mimos.


Contra eso tendrá que enfrentarse Vaiana, nuestra protagonista, que se arroja al océano en contra de la sobreprotección familiar, justificada como se ha hecho habitualmente en Disney, con un pasado oculto y secretos. No se diferencia de, por ejemplo, la negativa del rey Tritón a que su hija Ariel conociera el peligroso mundo exterior en La sirenita. Sin duda, una crítica habitual y reiterada contra la excesiva protección de los padres o la negación de la identidad y la personalidad de los hijos. Ahora bien, en contra de lo habitual en el universo Disney, desaparece el factor romántico, sustituido en esta ocasión por un espíritu más habitual en Pixar: la acción. Este factor está potenciado por la colaboración con Don Hall y Chris Williams, que se habían encargado anteriormente de Big Hero 6 (2014).

En cuanto a la trama general, es bastante típica en su desarrollo, ofreciendo sobre todo aspectos novedosos en sus personajes y elementos, por lo haber sido los habituales de anteriores obras. Se nos narra de forma conjunta la idea de que cualquiera puede ser un héroe o, en este caso, una heroína, algo habitual en obras recientes, como ha sucedido en Los últimos Jedi (Rian Johnson, 2017) o la reciente Spiderman: Un nuevo universo (Peter Ramsey, Robert Persichetti Jr., Rodney Rothman, 2018), con la reivindicación de los personajes femeninos, en el caso de Vaiana, rompiendo con algunas tendencias como la dependencia a las tramas románticas o a la salvación de estos personajes por parte de héroes masculinos en anteriores historias. En esta senda se situaba también la posterior ¡Ralph rompe internet! (Rich Moore, Phil Johnston, 2018). Pero, además, la trama de Maui es la búsqueda de una redención para sobreponerse a un fracaso que provocó él mismo, un combate que bien podría ser una metáfora de la depresión y la dependencia emocional del personaje.


Por último, cabe destacar que el nivel de animación es fabuloso, como viene siendo habitual en el estudio, y también la música, que si bien es menos carismática a nivel global que otras obras semejantes, tiene algunas canciones atractivas y algo pegadizas, en la línea de los musicales de Disney. La obra es, sin duda, un cuento luminoso bien medido, que combina las secuencias más maduras con el desparpajo de algunos chistes y personajes, como el recurso humorístico que es el gallo. Vaiana es, por tanto, una película digna, que recurre a un argumento más tradicional de lo que aparenta, pero que es una renovación fresca y atractiva.


Wallace y Gromit, de Nick Park

01 enero, 2019

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En el mundo de la animación las aventuras singulares y cercanas de Wallace y Gromit tienen un destacado puesto. Fueron escritas, animadas y dirigidas por el británico Nick Park (1958), siguiendo la noble técnica artesanal del stop-motion, esto es, animando las figuras del plano fotograma a fotograma. Al igual que los inolvidables Willis O’Brien (1886-1962) y Ray Harryhausen (1920-2013) hicieron para dar vida a sus creaciones.

La primera de estas aventuras, a modo de cortometraje, es La gran excursión (A Grand Day Out, Aardman Animations-NFTS, 1989), que se abre con un plano detalle, convertido en panorámica, que avanza sobre una serie de revistas de viaje. Es de noche, y el cándido Wallace trata de decidir dónde pasar sus vacaciones, en compañía de su inteligente perro Gromit.

Llama la atención hasta qué punto están cuidados los detalles de la vivienda, como una bandeja con antiguas señales de vasos, lámparas, cuadros, el papel pintado de la pared y la propia iluminación.

El caso es que Wallace se da cuenta de que no le queda un mal trozo de queso que llevarse a la boca. El té no sabe lo mismo sin él. De modo que será esta circunstancia la que decida el lugar de asueto: destinos con queso. Sabedores de que la luna está compuesta por dicho alimento, como todo el mundo sabe, será finalmente este asequible emplazamiento el rumbo a seguir por nuestros protagonistas. A tal efecto, Wallace elabora un cohete para alcanzar el satélite. Al fin y al cabo, como anuncia un diario, ¡las acciones de queso de luna se han disparado!

Aunque prevalecen los momentos de acción, no se escatiman otros más reposados y primorosamente expuestos, como el que muestra a Wallace planificando su cohete, o el mismo viaje a la luna de queso. Situaciones que remiten de forma directa al cine mudo y a los primigenios dibujos animados; de nuevo, la elaboración del cohete o la mecha que origina la ignición del mismo y que proporciona situaciones de suspense (a la ida y a la vuelta). Con anterioridad, el astro ya había enlazado la ventana de la salita de estar con el sótano/estudio de la casa de Wallace y Gromit.


Al igual que sucedía con Walt Disney (1901-1966), todo esto se enmarca en un ámbito estrictamente cinematográfico; es decir, donde prevalece una cuidada planificación, fotografía, montaje y el resto de componentes distintivos del séptimo arte, incluida una música identificativa. Como ejemplo, podemos señalar el contraplano de unas ratas que observan con interés a Wallace y Gromit ante su vehículo espacial.

Tampoco se abusa de los diálogos, el desarrollo narrativo y la puesta en escena es primordialmente visual (cinematográfica otra vez). La acción argumental va al grano y los personajes están bien definidos desde el principio. Wallace es soñador, confiado y algo despistado. Gromit actúa como su contraparte, es espabilado, pero como es un can, no habla, resultando, pese a todo, muy expresivo a través de sus expresiones faciales y el entrecejo.

Como antes indicaba, una partitura en consonancia, con un tema principal de reminiscencias jazzísticas e inspiradas melodías de intriga, a cargo de Julian Nott (1960), acompañan a Wallace y Gromit en su turné del queso y dan vida a este mundo tan particular pero reconocible, junto con una buena edición y unos elocuentes efectos de sonido. Un conjunto que se completa con la estupenda idea del electrodoméstico-recogedor que alguien ha dejado abandonado en el satélite tiempo ha, y que una vez más, se humaniza como si fuera otro ser vivo.


Los pantalones equivocados (The Wrong Trousers, Aardman-BBC, 1993) fue el siguiente cortometraje de Wallace y Gromit, distinguido con un OSCAR. Wallace se ve en la necesidad pecuniaria de alquilar una de sus habitaciones. Proponiendo un nuevo ejemplo de destreza narrativa, esta vez por medio del sonido, sabemos que es el cumpleaños de Gromit gracias a una acústica tarjeta de felicitación. La cual se ve acompañada de un regalo envenenado, unos tecno-pantalones diseñados por la NASA, que sirven para sacar a pasear a Gromit sin que Wallace se haya de tomar la molestia. 

El nuevo inquilino resultará ser un pingüino muy avieso, que lo primero que hace es apropiarse del cuarto de Gromit (este, regresa triste a su, no obstante, acogedora caseta). Nick Park contó con la ayuda de Steve Box (1967) en las tareas de animación, en un relato con preponderantes secuencias de acción, co-escrito por Bob Baker (1939), guionista, por cierto, de la -para toda una generación- inolvidable serie -no película- Dentro del laberinto (Into the Labyrinth, ITV, 1982). Estos colaboradores de la empresa de animación Aardman repetirían sus tareas en trabajos posteriores. Respecto a la realización de Nick Park, junto al excelente empleo del sonido, destaca el tratamiento cinematográfico en aquellos planos en que Gromit atisba al pingüino (en el interior de una caja de cartón o bajo las sábanas), o el de un Wallace dormido, mientras atraviesa las estrías láser del sistema de alarma de un museo de joyas, en su involuntario intento de robo.


Pese a que, en La gran excursión, Wallace daba a entender que trabajaba en un banco, sin dejar de ponerse de manifiesto su capacidad como inventor, al confeccionar un cohete, en Un esquilado apurado (A Close Shave, Aardman-BBC, 1995), siguiente cortometraje galardonado con un segundo OSCAR, cobra mayor protagonismo esta vertiente creativa. Precisamente en el mundo de los inventos se centrarían otras dos mini-series inéditas en español, Wallace and Gromit’s Cracking Contraptions (Aardman, 2002), con relación a las invenciones del propio Wallace, y Wallace and Gromit World of Invention (Aardman, 2010), que hacía un didáctico recorrido por algunos logros científicos de la vida real.

Pero volviendo a Un esquilado apurado, aquí Wallace alterna como autónomo su negocio casero de limpieza de ventanas con su faceta de inventor. Así, destaca la tricotomática (tricotadora automática) y la parafernalia de artefactos que disponen a los protagonistas para tomar el desayuno, vestirse y ponerse a trabajar. Los inventos, como decía, tienen una mayor presencia y están bien ensamblados en la narración.

Wallace y Gromit acuden a la llamada de la dueña de una tienda de lanas, Wendoline, que parece estar presa, más que custodiada, por el siniestro dogo Preston. Esto sucede en un momento en el que la apacible comarca está siendo asolada por ladrones de ovejas. Abundando en ello, hasta tenemos ocasión de observar cómo a Gromit le gusta entretenerse tejiendo.

Nuevas situaciones de narrativa cinematográfica muestran al malvado Preston contemplando a escondidas la invención de Wallace, en el sótano. Más tarde, tras librarse Gromit de una acusación de falsa culpabilidad, destaca la persecución al camión de Preston con el sidecar que se transforma en un aeroplano.


El siguiente cortometraje fue Una cuestión de pan y muerte (A Matter of Loaf and Death, Aardman-BBC, 2008). Alguien está eliminando a los panaderos de la ciudad. Ahora, Wallace y Gromit se dedican a este menester (a ganarse el pan, como dicen ellos), valiéndose de todo su arsenal de inventos y cachivaches para la tienda.

En plena calle, Wallace acude al rescate de una damisela en apuros, que resultará no serlo tanto, Piella Bien Horneada (y su perra Flus), ya que esto no es más que una treta para engatusar a Wallace. Piella vive en un caserón sombrío y misterioso, y oculta una secreta venganza, como Gromit tendrá ocasión de averiguar. El caso es que la damisela es un remedo de la Viuda Negra.

En esta nueva peripecia, podemos resaltar la visión cenital de Gromit, camuflado en una de las lámparas de la mansión de Piella.

Poco antes, Wallace y Gromit también tuvieron su largometraje. Fue La maldición de las verduras (Curse of the Were-Rabbit, Aardman-DreamWorks, 2005), dirigida al alimón por Nick Park y Steve Box, junto a Bob Baker y Mark Burton (1960) como autores del guion. En esta ocasión, nuestra pareja protagonista posee un humanitario sistema de control de plagas llamado Anti-Pesto, una empresa de protección con alarma. Su finalidad es abortar todo intento de acabar con las verduras por parte de la población de conejos. Por ello, Wallace y Gromit acuden raudos ante cualquier señal de peligro.

Pero el estoico Gromit, además de ejercer de recolector (más que exterminador) de conejitos, ayuda de cámara y cocinero (el mejor amigo del hombre a la enésima potencia), cultiva un calabacín. Como buena parte -sino toda- de la población, desea participar en la competición anual de verduras gigantes que se va a celebrar en la Mansión Tottington.


Lady Campánula Tottington ha requerido los servicios del dúo para acabar con una plaga que amenaza su bello jardín (ella ha dispuesto su cosecha para el concurso en una zona elevada de la casa). Esto hace que Wallace se quede prendado de la aristócrata, y viceversa, mientras una amenaza más grande se gesta, la del temible Hombre-Conejo al que hace referencia el título original. En ambos desafíos tendrá Wallace como oponente al cazador Victor Quatermaine (oscuro émulo del héroe creado por el magnífico Rider Haggard [1856-1925]).

En La maldición de las verduras, Wallace hace gala de dos nuevos inventos que se combinan con la narrativa de la historia, el manipulómetro mental y el aspira-conejos.

Al igual que sucedía con los gremlins diabólicos, el conejo-monstruo es el producto de una mutación y se lanza a devorar todas las verduras que encuentra a su paso, para consternación de los vecinos del pueblo. Por suerte para ellos, el proceso será reversible.

La excelente ambientación que ya hemos comentado al hablar de los cortometrajes, se hace extensiva a la confortable localidad en la que residen Wallace y Gromit. Lo que conlleva cierto tono sarcástico respecto al conocido gardening inglés. La película está plagada de guiños y situaciones sardónicas que se refieren a dicha ocupación, no exclusivamente inglesa pero sí muy característica (con alguna alusión visual a King Kong [Merian C. Cooper & Ernest B. Schoedsack, 1933] o narrativa a La mosca [The Fly, Kurt Neumann, 1958]).


Todos estos elementos visuales y narrativos se ensamblan en un desarrollo impecable de la acción dramática, con elaborados movimientos de cámara y una pulcra planificación. Muestra de ello es la persecución aérea por la mansión, o la captura del conejo con la que se abre el relato. Por último, quisiera llamar la atención acerca del instante en que Gromit escucha en su tocadiscos, de forma relajada (o todo lo que le dejan), un segmento de Venus, de la extraordinaria suite Los planetas (1916), compuesta por Gustav Holst (1874-1934).



Baúl del Castillo: balance de 2018

31 diciembre, 2018

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Toca pasar otra pagina definitiva en el calendario y despedirse de 2018. Podemos afirmar con seguridad que el blog, que se inició como un proyecto universitario, ha madurado conforme ha pasado el tiempo. Tenemos acumulados una gran cantidad de artículos y pensamos seguir escribiendo sobre cultura en el futuro, aunque hayamos bajado el ritmo por otras responsabilidades. En toda esta travesía hemos alcanzado las 1340000 visitas, sumando en torno a las 170000 visitas en todo este año. En cuanto a nuestros seguidores, nos mantenemos en los 183 en Blogger tras varios altibajos a lo largo de 2018, en Facebook contamos con 176 me gustas y nuestro perfil de Twitter cuenta con 645 seguidores. A todos, sin importar vuestra procedencia, os agradecemos el interés por la cultura y por nuestra labor desinteresada. Y especialmente a esos 61 comentarios que nos habéis dejado en nuestros artículos en estos últimos doce meses.

Por supuesto, nada sería posible sin el trabajo de nuestro equipo. Tras varios años, faltan las palabras para agradecer todos los artículos que Javier Comino Aguilera ha proporcionado a este blog y que ha continuado a lo largo de este año con gran constancia y tino, sobre todo en el terreno cinematográfico. También debo agradecer las ocasionales intervenciones de Mariela B. Ortega, centradas sobre todo en el terreno de la psicología. Seguramente, todos hubiéramos podido aportar más, algo que sucede en mi caso, que por cuestiones laborables no he podido escribir tanto como hubiera deseado. Aún así, hemos continuado con clásicos literarios y cinematográficos, con últimos estrenos, con música, con psicología... hasta alcanzar más de un centenar de artículos que se unen a los ya publicados en todo nuestro recorrido.


De esta forma, hemos llegado a 2019 con 1220 entradas publicadas desde 2011, más de un millón trescientos mil visitas, un total de 538 comentarios y toda una serie de artículos sobre literatura, con casi ciento cincuenta clásicos literarios, incluyendo también cómicscine, tanto con diversos ciclos temáticos e incluso una recopilación cronológica para disfrutar de las películas a lo largo del tiempo, como con más de setenta adaptacionesmúsicapublicidadpsicologíaseries y videojuegos. Toda una invitación a disfrutar de la cultura en la red.

Como hacemos anualmente, aquí os dejamos con una selección de doce entradas realizadas durante este año:
Concluye 2018 y damos paso a un 2019 donde seguiremos recordando, analizando y comentando obras artísticas de todos los tiempos. Allí os esperamos.

Un estimable saludo, el administrador, 
L.J.

PD: Para cerrar este balance, hemos elegido la primera parte del profundo análisis de El señor de los anillos que ha realizado Jordi Maquiavello en su canal de Youtube.



"No hay otra forma de arte que vaya más allá del conocimiento ordinario como lo hace el cine, directo a nuestras emociones, profundamente al cuarto oscuro del alma."

-Ingmar Bergman




Billy Elliot, de Stephen Daldry

29 diciembre, 2018

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Durante toda nuestra vida tratamos de definir quiénes somos. Es una constante búsqueda que nunca nos ofrecerá un resultado satisfactorio, porque una respuesta simple no nos debería valer nunca. Ahora bien, si hay un período de la vida en que se nos empuja a buscar esa solución o, por lo menos, a iniciar el camino que deberemos atravesar durante toda nuestra vida es la adolescencia. Lo habitual en ese principio del camino es que nos trate de orientar, aconsejar o incluso obligar a ir en alguna dirección. Tener voz propia para tomar nuestras decisiones y romper con las barreras que la sociedad, nuestras personas cercanas o nosotros mismos nos imponemos, es complicado, pero a veces necesario para acabar obteniendo la ansiada solución del desarrollo personal más satisfactorio. Este es el tema principal de la exitosa película Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000).

Nos situamos a mediados de los años ochenta en el condado de Durham (Inglaterra), en un barrio obrero que vive en tensión por la huelga de los mineros. Una de esas familias son los Elliot, marcados por la ausencia de la madre, fallecida, y por la huelga, dado que tanto el padre, Jackie (Gary Lewis), como el hermano mayor, Tony (Jamie Draven), son mineros que se manifiestan y que, por tanto, obligan a la familia a sobrevivir con lo básico, al no disponer del sueldo habitual, a lo que se suma la demencia de la abuela (Jean Heywood). El retrato de esta situación se marcará desde el principio mostrando el interior de una casa pequeña y modesta, donde todo se apila en desorden. En medio de este ambiente gris encontramos a Billy (Jamie Bell), el hermano pequeño de once años que tiene un carácter más sensible y que trata de encontrar su identidad y su propia voz, aunque con cierto miedo y frustración.


Mandado por su padre, Billy acude a clases de boxeo, a pesar de que, como comentará con su mejor amigo, Michael (Stuart Wells), no le agrada. En una de esas sesiones, por pura azar, contemplará una clase de ballet que imparte la profesora Georgia Wilkinson (Julie Walters). Tras quedar fascinado por la danza, se unirá a sus sesiones sustituyendo el boxeo por el ballet a espaldas de su padre. Gracias a su constancia y esfuerzo, mejorará día tras día, pero sin poder impedir debatirse entre el miedo a ser descubierto, las dudas sobre lo que está haciendo, al romper con las estrictas (y tontas) divisiones establecidas por la sociedad, y la frustración por estar atado a unas circunstancias que le impiden ser él mismo, como demostrará cuando se enfrente tanto a su profesora como a su padre o a su hermano. Su esperanza residirá en una prueba para acceder a una prestigiosa escuela de danza de Londres, aunque ello suponga dejar a su familia y romper con unas limitaciones impuestas por los demás.

Todo el recorrido que realiza Billy Elliot es un camino de aceptación. Todos los personajes viven insatisfechos con su situación vital o se sienten perdidos. El protagonista vive rodeado de un entorno que no le permite respirar en libertad, se siente como una decepción para su padre, siente limitado su dolor por la pérdida de su madre, incomprendido y desconectado de su hermano e invertido en su rol con respecto a su abuela, que será quien le necesite en lugar de ser él, como niño, quien sea cuidado; sin embargo, cuando decida adoptar una decisión firme para apostar por la danza, será cuando encuentre la libertad ansiada, una libertad que solo se ve restringida por las opiniones ajenas.


Resulta obvio que uno de las temas primordiales que aborda la película es el estereotipo de género. La primera barrera que debe romper Billy es comprender que la danza no es exclusiva de las niñas, algo que se reafirma rápidamente gracias a la insistencia y la conversación con Debbie (Nicola Blackwell). Curiosamente, tan solo es el propio Billy quien tiende esta primera frontera a superar, porque será acogido y aceptado con facilidad por el resto de alumnas y por la profesora Wilkinson, que lo tratará con la misma dureza que al resto de sus compañeras, pero sin plantear ninguna restricción por su género. A su vez, se confunde esta situación con la sexualidad de Billy, quien se define como heterosexual a pesar de que la familia considerará que el ballet es para maricas o que incluso su mejor amigo, Michael, que demuestra de forma evidente ser homosexual y estar enamorado de Billy, crea que él también es gay por gustarle el ballet. Ambos casos serán superados satisfactoriamente cuando acepten la determinación del protagonista, en el caso de la familia, que acabará por apoyarlo, o cuando consigan mantenger una amistad cercana y cariñosa, pero no romántica, en el caso de Michael. El protagonista no dudará en intentar hacerle cumplir sus ilusiones en una bella escena en el gimnasio, pero manteniendo las oportunas distancias.

Cabe destacar también cómo Billy se enfrenta a todos los demás personajes, incluyendo a su profesora, mostrando un difícil carácter, propio ya de la pubertad (algo que se aborda también en el terreno sexual, con la homosexualidad de Michael ya mencionada o con una escena con Debbie en la que se deja caer el fin de la infancia de ambos cuando perciben un interés más sensual mutuo) y de la sensación de pérdida que tiene. Aunque en los diálogos se trata de ironizar con la muerte de su madre, incluso cuando tras leer su carta de despedida, se medio burla de la misma, lo cierto es que su sombra se proyecta en las decisiones de los personajes. Así Tony comentará que ella le hubiera dejado como argumento para apoyar la decisión de su hermano menor. O la triste escena en que, movidos por la necesidad, el padre destruye el piano que había pertenecido a la madre, mostrando después su arrepentimiento y tristeza. Además, la señora Wilkinson no servirá de sustituta o de figura materna, pero sí como impulsora de un carácter autocrítico por parte de Billy, siendo una profesora estricta, pero cercana y comprensiva, capaz de romper barreras para lograr que su alumno triunfe. Quizás se trata del personaje menos explorado o con menor evolución, dado que, como los demás, se encuentra sumergida en la insatisfacción.


Al otro lado situamos a la familia, cuya trama servirá de fondo social, pero que también tendrá su propia evolución e importancia. El padre y el hermano están en huelga y acuden a las manifestaciones como piquetes. Sin embargo, desde un principio se muestra una diferencia clara entre ambos: Tony, el hermano mayor, es más iracundo y agresivo, mientras que Jackie se encuentra más derrotado y perdido, rendido quizás por su situación personal tras haber perdido a su esposa. Tony incluso acusará a su padre de este hecho casi al inicio de la película, queriendo mostrar casi cómo ha perdido su masculinidad y retirándole la categoría de ser la cabeza de la familia. En este sentido, resulta sorprendente la evolución del padre, que efectivamente comenzará su rendición cuando acepte la determinación de Billy y decida unirse al otro bando, al de los esquiroles, para conseguir un medio para ayudar a su hijo a cumplir su sueño. Todo ello a pesar de que en origen los dos se oponían de manera rotunda a la afición de Billy, incluso de manera violenta. Al final, cuanto más apuesten por su individualidad como familia, más se alejarán de su contexto social, hasta que la felicidad de Jackie en el tramo final contraste con la derrota del sindicato. La secuencia del montacargas es rotunda para mostrar el sacrificio que han asumido Tony y Jackie por lograr un futuro mejor para Billy.

La unión de ambas tramas está bien lograda y se muestra con bastante acierto el contraste entre la felicidad de Billy bailando en medio de un barrio empobrecido y marcado por la huelga, o la conversación con el señor Wilkinson, burgués acomodado en el paro. Además, las coreografías también se dan en la trama social, sobre todo en la espectacular secuencia en que Tony huye del gran despliegue policial de la ciudad, donde se combinan algunos planos secuencias con la visión que tiene Billy de la situación desde las alturas. Se notan las limitaciones técnicas de la película, pero se compensa con la entereza de los actores al interpretar a los personajes y las coreografías bien insertadas, sin llegar a convertir la película en un musical. Con todo, en ocasiones es algo precipitado en su desarrollo, incluso el cambio de Jackie, el padre, aunque bien narrado, puede parecernos algo súbito.


Sin duda, Billy Elliot cuenta entre sus virtudes su capacidad para tocar diferentes temas con una visión moderna, pero también cruda, siendo una película no excesivamente sencilla, pero bastante eficaz para llegar al gran público. Una historia agridulce de superación y sacrificio que sirve de reflejo para muchas situaciones familiares y personales.


Noticias: Los próximos universos cinematográficos

28 diciembre, 2018

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INOCENTADA DE 2018

En este último año hemos contemplado una de las cimas del Universo Cinematográfico de Marvel con Vengadores: Infinity War (Hermanos Russo, 2018), que se ha ido cimentando con el paso de los años gracias a una serie de películas de una calidad variable, con altibajos, aunque con buena recepción en taquilla. Su expansión fue tal que atrajo el interés de otras empresas del sector para imitar el proyecto del actual tándem Marvel-Disney, aunque no lo hicieran oficial, como ha sido el caso de Warner con los superhéroes de DC o Universal con sus monstruos. No obstante, no todas han logrado el éxito arrollador que tiene en la actualidad Marvel, que se encamina a proporcionarnos el final de una de sus fases con Vengadores: Endgame (Hermanos Russo, 2019).


Ahora bien, en estos meses se han revelado nuevos planes de creación de universos cinematográficos por parte de distintas empresas así como el rescate de viejos proyectos que por cuestiones técnicas no fueron posible en el pasado. Así pues, Warner parece empeñada en rescatar su universo de DC de alguna forma y tras los rumores que apuntaban a un nuevo reinicio en el caso de Superman o Batman, los personajes que peor parados han salido frente a las revisiones de Wonder Woman (Patty Jankins, 2017) o la reciente Aquaman (James Wan, 2018). Una de las salidas posibles para Warner es jugar con el multiverso de DC de la misma forma que lo han hecho las series televisivas agrupadas en torno a Arrow. De esa forma, pretenden renovar la imagen de Superman o de Batman con nuevas historias. Una de las cartas sobre la mesa es rescatar el proyecto frustrado de Tim Burton, que estuvo a punto de realizar en los noventa una adaptación de Superman encarnada por Nicolas Cage. El guion ha sido rescatado y se está tanteando al director californiano para que lo dirija. 

En el otro lado, tenemos a Disney, empresa que tras contemplar el éxito de sus propiedades Marvel y Star Wars ha querido embarcarse en su propio universo cinematográfico. En efecto, ha dado señales en la reciente ¡Ralph rompe internet! (2018), donde ha hecho una prueba de cómo combinar en el cine a sus distintos personajes. Una vez observado cómo ha funcionado, se plantean sacar una nueva licencia que les permita un crossover entre sus personajes más emblemáticos. Para ello, todo apunta que van a aprovechar un trato realizado con Square Enix y a lanzarse a realizar un universo relacionada con Kingdom Hearts, lo que les permitirá aunar los mundos Disney con una historia ya asentada y con una cantidad considerable de seguidores. Además, el próximo lanzamiento de Kingdom Hearts III es propicio para este anuncio, que se planea de cara a 2020.


Otro caso curioso lo encontramos en New Line Cinema, que pretendería realizar un universo cinematográfico en torno a la figura de Julio Verne, adaptando de nuevo sus novelas, pero entrecruzando a sus personajes. Así, usarían el viaje de Phileas Fogg como nexo común, que sería ayudado en su travesía de ochenta días alrededor del mundo por otros insignes protagonistas, y que serviría de excusa perfecta para viajar al centro de la Tierra o atravesar el océano en el Nautilus. Por último, ante el fracaso de sus monstruos, Universal estaría tanteando la posibilidad de crear un universo cinematográfico en torno a la figura de Lovecraft, en una línea similar a la de New Line Cinema con Verne. De momento, tan solo es un proyecto con el que intentaría remediar el descalabro en taquilla de sus últimas películas.

Sin duda, algunas propuestas son bastante interesantes y podría copar las taquillas de los próximos años. Podéis revisar en el siguiente enlace más información acerca de estos nuevos universos.


¿Qué hacemos con los hijos?, de Pedro Lazaga

27 diciembre, 2018

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Antonio (Paco Martínez Soria) es taxista. Vive en un piso en pleno centro de Madrid. Ya le queda poco para acabar de pagar su Seat, que no es tan solo un utilitario, sino la forma de ganarse la vida. Se siente muy orgulloso de sus hijos, a los que considera poco menos que la envidia de todo el barrio. Pero la realidad es muy distinta.

El personaje de Antonio carecería de la cercanía y profundidad humana (con todo lo que ello conlleva), de no haber sido interpretado por el excelente Paco Martínez Soria (1902-1982). De hecho, ¿Qué hacemos con los hijos? (Filmayer, 1967) se abre de la forma simpática y acostumbrada de la mayoría de sus películas, de la mano de un chispeante texto de ubicación, narrado por la cálida voz en off de Simón Ramírez (1932-1995). En este caso, las imágenes muestran una ciudad vacía porque la gente está en el fútbol. Pese a todo, algunos abnegados han de trabajar, como ocurre con los taxistas, contemplados de forma hiperbólica como una rara avis y, precisamente, presa fácil de algunos desaprensivos. Así le sucede a Antonio con un matrimonio que no encuentra taxi y finge un inminente parto (Jesús Guzmán y Margot Cottens).

Después de la jornada laboral, Antonio se reúne con algunos de sus colegas en una tasca, donde conversa con Ceferino (Rafael López Somoza) y el enojoso Vinagre (José Sazatornil), y así es como comienza a sospechar que su pequeño mundo está edificado sobre cimientos falsos. Antonio no tardará en confirmar tales particularidades gracias a la criada Remedios (Lina Morgan), que con ayuda del primo del pescadero (el estupendo Emilio Laguna [1930]), le ha escrito una nota aclaratoria.


Antonio lleva muchos años casado con María (Mercedes Vecino), que defiende el fortín de la casa y el pundonor haciendo grandes sacrificios, y procurando que el progenitor no se entere de las malas noticias. Los hijos del matrimonio son Juan (Pepe Rubio), primogénito y tarambana que debe dinero a propios y extraños; Luisa (Irán Eory), que siempre ha soñado con ser artista y experimenta su primera y peligrosa bocanada de libertad en un bar de alterne o cabaret llamado El pingüino verde; el tenido por el intelectual de la familia, Antoñito (Emilio Gutiérrez Caba), que pretende aparcar sus estudios de abogacía para ser torero, y finalmente, Paloma (María José Goyanes), que es la única que aún se mantiene, digamos, inocente. Pero ni en esto tendrá suerte Antonio, ya que el pretendiente de esta última no es otro que un guardia antipático con exceso de celo llamado Enrique (Alfredo Landa), con el que ya ha tenido algún encontronazo.

En medio de este torbellino se halla María, que se lamenta ante su hijo Juan de que ya no sé de dónde sacar el dinero. Tu padre no se merece lo que les estáis haciendo, le espeta a su vez el tabernero (Manolo Gómez Bur) a Antoñito.

Todo esto es un auténtico palo para Antonio, que se conduce con rectitud y honradez. Sin embargo, nuestra historia no escatima el hecho de que tal vez su actitud resulta algo estricta en lo que se refiere a las aspiraciones (las legítimas) de sus hijos, tratando de imponer su disciplinado criterio. Al punto de que, la intimidad del matrimonio, que se nos ha mostrado en buena sintonía, juguetona y castiza, también se agría a causa de los hijos.


Chapado a la antigua, Antonio también tendrá ocasión de percatarse de su proceder y rectificar, merced a los consejos de Ceferino, acerca de darles un margen de confianza a los chicos; en suma, ofrecerles la oportunidad de darse cuenta de que están equivocados por sí mismos (con los dos mayores así será; con los menores Antonio aflojará la mano; así se atiende ambas vertientes). De este modo, los hijos madurarán a su ritmo y por su cuenta, aunque en el proceso el grupo familiar corra peligro. Antonio se había forjado una imagen que se descompone, pero está dispuesto a acepar otra más auténtica. La escena en la que se desahoga con un barman gay, aunque prevalezca la ironía, es alentadora y está bien llevada. El posterior regreso del taxista al hogar, primero con los antipáticos hijos (no cabe duda) sentados a la mesa, y más tarde, totalmente despoblado, es igualmente notable.

No obstante, como le recuerda un cura, cliente de su taxi cuando Antonio averigua las relaciones (formales) entre Paloma y el guardia Enrique, un padre debe desear la felicidad de sus hijos. Lo que no es óbice para que Juan haya caído en manos de un perista apodado El Orejas (José Sacristán), y Luisa en brazos del embaucador José (Sancho Gracia). A pesar de una conducta rayana en la sinvergonzonería, resultará que Juan no es más que un pelele enamorado de la persona equivocada, y Luisa una ingenua. Si bien, con independencia de la incumplida responsabilidad de ambos, querer su bien es una cosa y dirigirlos otra.

La pedida de mano de Enrique ante María y Antonio procura un instante distendido dentro de la narración. Luego, cuando llega la Navidad, los hijos ya viven su vida y el matrimonio se encuentra solo ante una cuna vacía. Pero en nuestro relato, no carente de angustia, todos han aprendido a atender sus obligaciones familiares.


Característica producción de Pedro Masó (1927-2008), comprometida con algún asunto en particular con ciertos ribetes de apertura y modernidad (aquí, la educación entre padres e hijos), ¿Qué hacemos con los hijos? sigue siendo una emotiva y honesta película. Por ejemplo, del productor y realizador me viene a la memoria Experiencia prematrimonial (1972), de la que no guardo un mal recuerdo pese a los varapalos críticos.

En esta ocasión, el texto se basaba en la obra de teatro homónima de Carlos Llopis (1913-1970), de 1959, adaptada por Vicente Coello (1915-2006) y el propio Masó. La dirección corrió a cargo del estupendo y muy popular Pedro Lazaga (1918-1979), y en la película podemos encontrar a otros colaboradores habituales como el editor Alfonso Santacana (-), el director de fotografía Juan Mariné (1920) o el imprescindible músico Antón García Abril (1933).

Elocuente es ese plano con grúa que enlaza el jolgorio de la taberna donde están reunidos los taxistas, con las curas que han de aplicársele a Antoñito tras una cogida, en las dependencias de al lado. Asimismo, destaca, de nuevo en cuanto a la dirección y el montaje se refiere, la escena que intercala momentos en la citada taberna o en la casa de Antonio, con las imágenes que muestran las actividades reales de sus descendientes.



Música Inolvidable (XXXVII): Boney M y Ray Conniff

22 diciembre, 2018

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No nos engañemos, no puede existir una Navidad como Dios manda sin el Christmas Album de Boney M. El sonido característico de este conjunto nacido a mediados de los setenta en Europa, y que dejando al margen esporádicos resurgimientos, se mantuvo en activo hasta el ecuador de los ochenta, se traslada con felices resultados al referido álbum de 1981, uno de los más alegres y dinámicos discos navideños, y por eso, uno de los vendidos y apreciados por los aficionados.


En este Christmas Album (BMG-Sony) el sonido disco se mezcla con el funk, el pop y algo de soul, en una variedad de clásicos navideños o estándares, que convierten este trabajo en un convidado animoso y esencial. Temas de sobra conocidos adquieren un apañado acicalamiento afín al sonido del grupo, merced a los arreglos del productor alemán Frank Farian (1941). Por ejemplo, con la cordial batería corrediza en Mary’s Boy Child, de Jester Hairston (1901-2000), o la inclusión de otros sonidos caribeños en la sección de percusión. Tampoco faltan los acompañamientos de coros infantiles, en temas tan señeros como Hark, the Herald Angels Sing, del excelso Félix Mendelssohn (1809-1847), Oh Come All Ye Faithful, es decir, el tradicional Adeste fideles trasladado al mundo anglosajón por Frederick Oakeley (1802-1880), el contagioso Joy to the World, de otro inmortal como Händel (1685-1759), posteriormente rebautizado por el autor de himnos y teólogo Isaac Watts (1674-1748), o el menos conocido, y por ello bienvenido, Darkness is Falling, de Fred Jay (1914-1988) y Helmut Rulofs (-).

Ni que decir tiene que estos coros acompañan a las voces del propio grupo, en su peculiar combinación de armónicos femeninos o en solitario, junto al esporádico fraseo de la voz masculina de turno (para desesperación del líder Bobby Farrell [1949-2010]). Sin olvidar la subida en escalas, perceptible en villancicos como el tradicional Jingle Bells o el White Christmas de Irving Berlin (1888-1989), que presenta un ritmo cercano al funk, esto es, más vivaracho de lo habitual.


Curiosamente, el álbum se regocija en un sonido atemperado en algunos temas más relajados, cercanos a la faceta musical del soul. Pero en su conjunto, prevalece esa alegría bullanguera propia de Boney M. La grabación que combina los temas Mary’s Boy Child y Oh, My Lord, de Farian y Jay, fue grabada en 1978 en formato single (junto con la canción Dancing in the Streets), para después pasar a formar parte del Christmas Album. Este también contó con un medley, así mismo con acompañamiento infantil, formado por Silent Night, de Fraz Xaver Gruber (1787-1863) y el letrista Joseph Mohr (1792-1848), más los menos transitados Snow Falls Over the Ground, de Eduard Ebel (1839-1905), Hear Ye The Message, de Farian, y el antiguo y menos conocido Sweet Bells (incorporado a posteriori en un nuevo mix).

Christmas Album se completó con otras canciones no menos destacables, como el tradicional Oh Christmas Tree, la bella composición instrumental Winter Fairy Tale, de Harald Baierl (-), o afianzando la buena acogida internacional, Feliz Navidad de José Feliciano (1945) y Petit Papa Noël, de Henry Martinet (1909-1985) y el letrista y guionista Raymond Vincy (1904-1968). De nuevo, temas menos interpretados agregan interés a la escucha del álbum, caso de When A Child Is Born, compuesto por Ciro Dammicco (1947) y Darío Baldan Bembo (1948); una de esas melodías que, cuando se escuchan, enseguida muchos reconocemos. Lo mismo podría decirse del magnífico Zion’s Daughter, otro inolvidable clásico de Händel, y I’ll Be Home for Christmas, de Rulofs, Farian y Catherine Courage (-), que es una nueva composición que no hay que confundir con el estándar de igual título de Walter Kent (1911-1994) y Kim Gannon (1900-1974). Posteriormente, en 1984, se añadieron el excelente y anónimo The First Noel, el ya mencionado Hark, the Herald Angels Sing, y la imprescindible y sensible tonada de fin de año Auld Lang Syne (Hace mucho tiempo), del poeta escocés Robert Burns (1759-1796).

¿Quién puede resistirse a este alborozo? A su modo, Christmas Album de Boney M es ya un clásico como puedan serlo Bing Crosby (1903-1997), Frank Sinatra (1915-1998), Ella Fitzgerald (1917-1996), Elvis Presley (1935-1977), Barbra Streisand (1942) o cualquiera de los otros grandes artistas que queramos sumar a nuestra lista. En Navidad se salvan todas las distancias y todos (o casi) conviven en buena armonía.


En alguna de nuestras Navidades pasadas, propuse como ejemplo el sensacional A Merry Mancini Christmas (RCA, 1966), del compositor y arreglista Henry Mancini (1924-1944). En esta misma línea de álbumes instrumentales con sabor coral, hoy les traigo a colación el no menos disfrutable y hogareño Christmas Caroling (CBS), del trombonista y arreglista Ray Conniff (1916-2002).

Ambos directores, Mancini y Conniff, fueron, junto a otros nombres como Paul Mauriat (1925-2006), Fausto Papetti (1923-1999), Ronnie Aldrich (1916-1993), James Last (1929-2015) o nuestro Augusto Algueró (1934-2011), definidores de una época. Un tiempo garboso y elegante, donde ambos fueron conocidos y respetados, haciendo de la polifonía heterogénea un generacional estilo musical de expresión. En el caso de Ray Conniff, no dejó de ofrecer sus versiones hasta bien entrada la década de los noventa.

Pintura de Donna Gelsinger
Tres fueron los álbumes dedicados por Conniff a la Navidad, Christmas with Conniff (Columbia, 1959), We Wish You A Merry Christmas (Columbia, 1962) y Christmas Album, también conocido con el sobrenombre Here We Come A-Caroling (Columbia, 1966). El álbum en formato CD que les presento, toma lo más representativo de dichos trabajos. Apareció en vinilo en 1984 y en disco compacto al año siguiente. En él, la calidez de los arreglos musicales se pone de manifiesto con la mencionada mixtura de coros masculinos y femeninos.

Resulta ideal para unas Navidades reposadas, melódicas, nostálgicamente optimistas y sofisticadas, pero con el aroma sonoro de los años sesenta, evocado por esas pequeñas-grandes bandas de música. Viajeros, pastores, estrellas, renos, campanas, el propio Niño Jesús y toda suerte de adornos parecen comparecer ante una confortable chimenea, mientras se paladea un buen dulce navideño, el cava o la sidra.

El director, compositor y arreglista incorpora arpas, guitarras, cascabeles, una batería suave (o las escobillas), el bajo, el vibráfono y, como sucedía en el disco de Mancini, las propias voces humanas, con frecuencia, subiendo y bajando de octavas, o sirviendo de manto sonoro al resto de voces, como un instrumento de fondo más, que en esto era un maestro Ray. A veces, nos las ofrece dialogando entre ellas, como sucede en Rudolph, the Red Nosed Reindeer, de Johnny Marks (1909-1985), Winter Wonderland, de Felix Bernard (1897-1944) y Richard Bernhard Smith (1901-1935), el tradicional The Christmas Tree (O Tannenbaum), O Little Town of Bethlehem, con letra de Phillips Brooks (1835-1893), Here Comes Santa Claus, de Oakley Haldeman (1909-1986) y el actor y cantante Gene Autry (1907-1998), el afamado -aunque desconocido- Sleigh Ride, de Leroy Anderson (1908-1975), The Christmas Song, de Robert Wells (1922-1998) y el estupendo Mel Tormé (1925-1999), o el bonito pero no muy frecuentado The Twelve Days of Christmas, anónimo adaptado por Frederic Austin (1872-1952), al que Conniff confiere un ritmo más ágil que el acostumbrado, coda circense incluida.

Pintura de "Sam"
Además, así como Joy To The World se muestra más ye-ye, estando particularmente lograda en lo que a la combinación de voces se refiere, en otras ocasiones destacan sonidos más singularizados. Como la solitaria campana de Silent Night, el vibráfono en Silver Bells, de Jay Livingstone (1915-2001) y Ray Evans (1915-2007), el bajo en Jingle Bells, de James Pierpont (1822-1893), o un modesto piano en Frosty, the Snowman, de Walter Rollins (1906-1973) y Steve Nelson (1907-1981). Incluso un arreglo cercano al western italiano anima el antiguo y anónimo O Rest Ye Merry Gentlemen, donde asoma una trompeta lejana.

Completan el excelente Christmas Caroling temas tan gustosos como Santa Claus Is Coming To Town, de John Frederick Coots (1897-1985) y James Lamont Gillespie (1888-1975), o el imprescindible White Christmas. Temas individualizados más un medley compuesto por el emotivo The First Noel, Hark, the Herald Angels Sing, Adeste fideles, con la letra original en latín y su traslación al inglés (y acompañamiento de castañuelas), y el anónimo popular We Wish You a Merry Christmas, sirven de colofón a este disfrutable e irrepetible disco.


Sí, las interpretaciones de Ray Conniff eran vivarachas, frescas y distintivas, procuraban una particular alegría. Responden a esa maravillosa descripción que de la Navidad hizo el poeta escocés Alexander Smith (1829-1867), como el día que une todos los tiempos.

Pero basta de cháchara y procedamos con la música. Deseando una Feliz Navidad a todos nuestros lectores, aquí les dejo algunas muestras sonoras de los artistas recomendados este año.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Boney M: Zion's Daughter


Boney M: Auld Lang Syne


Ray Conniff: Rudolph, the Red Nosed Reindeer


Ray Conniff: Jingle Bells


Ray Conniff: Frosty, the Snowman




Cuentos españoles de Navidad: de Bécquer a Galdós

15 diciembre, 2018

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Imaginemos que nos hallamos en una tierra diferente a la nuestra, y que al echar la vista atrás somos conscientes de nuestros errores como nunca antes. El paso del tiempo y los momentos irrepetibles también afloran, por suerte, de una forma hermosa, evocando las Navidades pasadas en familia.

De este modo reflexiona el joven protagonista de La navidad del poeta (1955), tal cual la narró Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), en el primero de los varios cuentos dedicados a tan señaladas fechas, y que, de forma cronológica, nos fueron ofrecidos en el bonito volumen Cuentos españoles de Navidad: de Bécquer a Galdós (Libros Clan, 1998).

En esta bienvenida selección, el siguiente relato nos lo proporciona José María Pereda (1833-1906) con La noche de Navidad (1860-4). Se trata del relato costumbrista, que con el subtítulo Escenas montañesas da cuenta de la Nochebuena en un pueblo de montaña, con el hijo que retorna a casa, pues estudia en un seminario. Acorde con el carácter realista de su obra, Pereda reproduce en el corpus narrativo el habla de estas gentes.

Nuestra siguiente narración es todo un clásico, del que nos hemos ocupado en alguna otra ocasión. Se trata del célebre Maese Pérez, el organista (1861), leyenda imperecedera de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). Sintiéndose ya muy enfermo, maese Pérez acude a una de las iglesias de Sevilla para tocar en la Misa del Gallo. Sin embargo, fallece entre sus angelicales acordes. De ahí que, todas las Nochebuenas, se siga escuchando el órgano tal y como lo tocaba maese Pérez, con arrebatada y sobrenatural inspiración.


La Nochebuena del Periquín (1875) fue escrito por Isidoro Fernández Flórez (1840-1902), periodista, crítico de arte y humorista, firmante de muchas de sus obras con el seudónimo de Fernanflor.

Periquín es un niño de la calle que el día de Nochebuena es recogido por una condesa y llevado a su palacio, para ser finalmente devuelto a la rúa. Estamos ante una variante del siente un pobre a su mesa, retratado con maestría por Berlanga (1921-2010) en su Plácido (1961), y que consiste en aliviar las conciencias de tan desconsiderados benefactores. Típico relato con moraleja, tal vez se alarga en exceso haciendo acopio de multitud de descripciones, pero evidencia una mensurada crítica a (parte de) la sociedad en tiempos de Carlos IV (1748-1819) y, seguramente, de todos los tiempos. Pese al tono sombrío y cruel (algo maniqueo), posee un par de buenos apuntes humorísticos aislados, referidos a la moda del invasor francés y la figura del propio monarca.


Continuamos con el relato alegórico La mula y el buey (1876), del excelente Benito Pérez Galdós (1843-1920). Fábula al estilo clásico, donde se nos narra la muerte de una niña mientras anhelaba completar su rústico Nacimiento con las figuras de la mula y el buey. Camino del cielo, el niño-ángel que guía a los difuntos le explica que debe devolver las piezas materiales que ha tomado prestadas de un Belén que acaban de visitar. Algo a lo que, con todo el dolor del mundo, se aviene la niña. No obstante, su sacrificio (en realidad, su tránsito de un estado a otro: de lo terrenal a lo celestial), no quedará sin recompensa en ambos mundos.

Entrañable escena en casa del modesto doctor Prieto se nos ofrece en Noche de Reyes (1880). José Ortega Munilla (1856-1922), padre de José Ortega y Gasset (1883-1955), puntea su relato con excelentes metáforas. Su telón de fondo es disponer de una nueva ilusión, en este caso, entre la hija del médico y su primo, que ven nacer su amor, así como el paso consciente a la edad madura.

La Nochebuena en el mar (1887), del periodista y escritor Luis Bonafoux (1855-1918), nos ofrece otra inolvidable cena en un barco, tras una tormenta. A continuación, uno de los mejores cuentos nos lo ofrece el padre Luis Coloma (1851-1915), creador del conocido Ratoncito Pérez. En La almohadita del niño Jesús (1887), retrata dos Nochebuenas en la generosa casa de unos marqueses: la primera, divertida y conmovedora; la segunda, testigo de un milagro, en el que una destacada figura de la Navidad salva de la enfermedad al hijo pequeño de los marqueses, en agradecimiento por su bondad.


En el interesante El Premio Gordo (1887), Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) nos habla de un joven que narra las desventuras que le ocasionó el haber ganado el Premio Gordo de la Lotería. Sin embargo, esto se revelará como una añagaza que no debo desvelar, pero que viene a confirmar aquello de que de ilusión también se vive (¡y que hay anhelos que más vale que no se conviertan en realidad!).

En plena contienda carlista, un joven combatiente viudo observa con asombro cómo en su refugio entra el cabecilla que asesinó a su esposa el día de la boda, junto a otros invitados. Razón más que suficiente para tomar cumplida venganza. Pese a todo, el soldado decidirá no matarlo para asegurarse un desagravio mucho más eficiente… Sucede en La Nochebuena del guerrillero (1892), del pintor, crítico de arte y escritor Jacinto Octavio Picón (1852-1923).

Seguidamente, los deseos y decepciones anuales en torno al tan traído y llevado (¡por algunos!) Premio Gordo de la Navidad, son el epicentro de una entrañable tienda de ultramarinos en El premio grueso (sic) (1894), de Eduardo del Palacio (1835-1900).


El diablo (real o en su vertiente alegórica, respondiendo a la naturaleza del mal) también puede ser un curioso protagonista navideño. Así nos lo muestra Leopoldo Alas Clarín (1852-1901) en La Nochebuena del diablo (1894). En ella, Lucifer lamenta año tras año el (re)nacimiento de Jesús, porque con él mueren, indefectiblemente, todos los hijos que ha ido engendrando (los pecados del mundo). Y siente envidia por la veneración y todas las obras que perpetúan al Niño (y al cristianismo), y que son elaboradas por los hombres de mejor fe.

La pesadumbre de un matrimonio de clase media al tener que matar el pavo que les ha sido regalado por una hermana, con objeto de elaborar una buena cena de Navidad, es el núcleo del notable El pavo de Navidad o la falta de costumbre (1895), del periodista y humorista Luis Taboada (1848-1906).

Después, asistimos a la informal pero sentida celebración que tiene lugar en el cuartucho de una prostituta, con la alegría de sus ocasionales acompañantes que, por desgracia, coincide con el fallecimiento de la madre. Es la Nochebuena (1897) del dramaturgo neorromántico, periodista y poeta Joaquín Dicenta (1862-1917).

Cuadro de Victor Figot
Una nueva fábula en la que el diablo (el mal) no supera tres pruebas, a modo de una Lotería de Navidad que le solicita un ángel, como modo de escapar a su destino aciago, es el argumento de La lotería del diablo (1897), del injustamente maltratado José Echegaray (me refiero a colocarlo en el lugar que, por derecho, le corresponde; 1832-1916). En un rasgo argumental de lo más sugestivo, el ingeniero, dramaturgo, matemático y político, observa con atino que ni el mal ni el bien son cuestiones que decida el azar.

Finalmente, un ya anciano don Juan rememora solo y a la luz de la lumbre sus tiempos pasados. Desea sentirse feliz una vez más antes de morir, y lo logra cuando la muerte se le aparece y él la toma por su antigua amada. Es una Boda eterna, también apostillada La Nochebuena de don Juan (1898), broche de oro por parte del novelista Eduardo Zamacois (1873-1971).



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