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Clásicos Inolvidables (XCIV): Rimas, de Gustavo Adolfo Bécquer

22 marzo, 2016

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La influencia del pasado en el presente es ineludible en todos los aspectos, también en el arte, a pesar de que los enfoques puedan variar. En esta actualidad tan voluble, resulta curioso observar cómo el movimiento romántico sigue estando muy presente en nuestra forma de concebir aspectos sociales como las relaciones, el amor o la figura del artista, concepciones que en la actualidad poco tienen que ver con la figura medieval o con la ilustrada, de carácter más didáctico y utilitario. Hay varias voces críticas con la concepción del amor romántico, pero a pesar de ello, sigue estando muy vigente y, quizás por ello, resulta tan fácil realizar una lectura de la poesía romántica e identificar nuestros sentimientos y emociones, como si esa fuera la expresión idónea de nuestra atracción y de nuestras pasiones.

Este tipo de lectura tan visceral y sincera a la par se aleja del sistema de pensamiento que regía realmente la escritura de esta poesía. Nos ofrece en muchas ocasiones puro sentimiento, pero su interpretación más radicalmente histórica quizás nos sorprenda y nos aleje de esta forma de pensar. Pese a ello, queremos valorar y apreciar las distintas lecturas que se pueden realizar de una obra y también el sentimiento más íntimo que se crea entre lector y literatura. 

En mi caso, me he acercado a estas Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) en tres ocasiones puntuales, aparte de alguna relectura casual y fragmentaria, lo que me ha permitido observar hasta tres interpretaciones distintas. La primera ha sido la más primaria, la más esencial, que es aquella referida al puro sentimiento, a lo bonito llanamente de la poesía; la segunda me descubrió la importancia de la división entre razón y corazón y lo que realmente significó para Bécquer su célebre verso Poesía eres tú. La tercera, esta última, me ha permitido abrir la puerta a cualquier de las anteriores dos opciones y a la que tenga que llegar. En ocasiones, la crítica se empeña en buscar y dar sentido a una obra a raíz de lo expresado por el autor, y si bien es cierto que no podemos eludir la radical historicidad de cada libro, tampoco podemos desdeñar la visión que un lector actual o incluso futuro pueda tener de esa misma obra. Siempre será enriquecedor conocerlo y así debe defenderse, pero no considero que imponer una determinado interpretación sea algo coherente con la libertad que impregna al acto de leer en cuanto a que una obra literaria solo se completa cuando alguien la lee, y no cuando es escrita.

G.A. Bécquer (fotografía de M. de Herbert)
Entre la multitud de ediciones que se han realizado de las Rimas, incluyendo la habitual de Cátedra, las numerosas versiones didácticas o incluso el interesante ensayo que plantea sobre la obra Luis García Montero en Gigante y extraño, en esta ocasión he escogido una edición reciente que resultará atractiva para lectores que quieran acercarse a la poesía de Bécquer sin un excesivo estudio. 

Este es el caso de este libro de Izana Editores, orientado como puente para Francia, incluyendo traducciones de algunas rimas; con una amena introducción, se realiza una síntesis biográfica, temática y hasta métrica que es suficientemente exhaustiva, quizás algo excesiva en el caso métrico, pero que resultará adecuado para comprender la suerte y el fondo de la poesía becqueriana. Además, se altera el orden clásico, que fue realizado por los editores y amigos del poeta, para adecuarlo al Libro de los gorriones, el manuscrito que se conserva de la poesía de Bécquer y de la forma en que este realmente las distribuyó. Por ello, en nuestro comentario realizaremos una señal entre números romanos (orden clásico) y arábigos (orden de esta edición).

La atracción que Bécquer ha suscitado se debe a la claridad de su poesía, que ha sido un referente y una influencia clara para importantes poetas posteriores, desde Rubén Darío (1867-1916) hasta Luis Cernuda (1902-1963). Pertenece este poeta a una segunda generación de poetas románticos, de los más importantes junto a la gallega Rosalía de Castro (1837-1885), aunque diferenciados de los primeros románticos españoles por la depuración de lenguaje, menos retórica, más parco y, por tanto, más próximo y cotidiano para el lector. Una palabra más desnuda que aún hoy resulta cercana para cualquiera que se acerque a la poesía becqueriana.

Lo que no resulta tan evidente es la lectura que se esconde tras esta poesía. Porque el poeta, como planteó en sus textos teóricos, no concibe la creación poética cuando siente, sino que tan solo escribe, cuando no siente, lo que nos demuestra que detrás de sus pasionales rimas se haya realmente una meditada creación artística. Hay una división del mundo que procede de la Ilustración y que señala dos polos: razón y corazón. Durante el Romanticismo, la balanza se inclinó hacia el corazón, el sentimiento, pero pasado por el filtro de la razón. Porque, en efecto, esta división afectaba a más aspectos de la realidad y demostraban una ideología alejada de nuestro ideal contemporáneo y considerablemente machista: la razón es lo masculino, lo construido por el hombre, el poeta, el corazón es lo femenino, la naturaleza, la mujer a la que se refieren los versos. Así, la mujer queda divinizada, apartada de la realidad, puro sentimiento en ebullición, pero alejada de la razón. De ahí procede la alusión a la poesía como una mujer, que ha sido una constante en la literatura (ahí tenemos Vino, primero, pura de Juan Ramón Jiménez o la revisión que realizó Javier Egea en su poema Poética y que demuestra su cercana vigencia).

Cuadro de Cayetano de Arquer Buigas
Obviamente, desde la perspectiva actual, podemos desprendernos de esa visión y considerar una alabanza positiva toda esta poesía, pero ese es el pensamiento que subyace en Poesía eres tú, una forma de pensar que aleja a la mujer de poder intervenir en la realidad social, porque ella es la propia materia poética. La otra visión de la mujer en la época era la denominada ángel del hogar (en esa triple concepción de madre, esposa e hija) por parte de autores como Campoamor (1817-1901). En Bécquer observamos el contraste de forma continua entre razón y corazón, ¿pero existe realmente la mujer o tan solo es ese otro lado del propio hombre, su corazón, en esa irrefutable lucha que todos mantenemos en nuestro interior? 

A su vez, nos da la clave de nuestra realidad: Podrá no haber poetas; pero siempre / habrá poesía (Rima IV o 39), porque siempre existirá la naturaleza o las mujeres, que pertenecen a la poesía, pero no necesariamente la capacidad estética del poeta que escribe. Y ese es el interés del poeta, como nos revela de una forma cruda en la Rima XXXIV (65), donde se demuestra la atracción por una mujer estúpida (sic), pero bella y mantenedora del secreto del que se extrae la poesía. Finalmente, sobre esta dualidad, Bécquer también planteará que solo el genio puede dominar la inspiración y la razón en su Rima III (42), donde describe ambos conceptos de forma poética y alejado de la tendencia amorosa.

Cuadro de I. Aivazovski e I. Repin (1877)
No obstante, recalamos de nuevo en la multitud de lecturas e interpretaciones. Hay quienes han visto en esta poesía el amor desmedido de un amante al ser amado y esta forma de lectura es tan lícita como la interpretación de su tiempo. La poesía en tanto que refleja gran parte de nuestra intimidad y esencia como ser humano no solo es expansiva, sino también profunda. Así lo revela Bécquer en su Rima XLVII (2), donde se nos muestra cómo el conocimiento puede permitirnos ver los límites de nuestro mundo (cielo, mares, tierra, abismos), pero que la profundidad de nuestro corazón es insondable (¡Tan hondo era y tan negro!). 

Resulta curioso pensar que albergamos en nosotros mismos todo un universo capaz de competir con el que nos rodea, pero incluso yéndonos al parámetro de la ciencia, es una realidad que somos una composición tan grande como el universo, aunque a diferente escala. Nuestros sentimientos o, en fin, lo que somos, nos turba, en palabras del poeta, y aunque en este caso pueda referirse al amor (en tanto que la rima anterior era una queja amorosa y esta temática atraviesa todo el poemario), realmente cabe pensar en cuántas cosas caben en las acciones de la humanidad.

El deseo por la amada se refleja en la pasión y la fuerza que desprenden las Rimas XXIII (22) y XXV (31), la primera de una forma más sencilla y efectiva (Por un beso... ¡yo no sé / qué te diera por un beso), y que revelan la entrega absoluta por el amor o, quizás, por la fuerza más sensual; así vemos tanto el beso, más carnal, como la ardiente chispa que brota / del volcán de los deseos, en lugar de otros elementos de admiración por la amada. En este sentido, no hay descripción de la amada como sucede, por ejemplo, en la poesía renacentista y barroco, sino una enumeración que conforman un conjunto de lo que se da por lo que se entrega, algo paralelístico a la relación carnal y amorosa. 

Cuadro de Caspar D. Friedrich
Cabe destacar el valor panteístico que se otorga a esta tipo de relación, que también estará presente en autores posteriores (queremos destacar aquí a Vicente Aleixandre [1898-1984], que también relacionará a la muerte con el amor, recuperando el tema de la Rima LXXVI [74]), o la proyección del sentimiento hacia la realidad. Sobre este último caso, tenemos la popular Rima LII (38), que empieza Volverán las oscuras golondrinas, donde se hace la relación de los elementos que se compartieron con la amada y el desengaño del amante que recrimina la ruptura de la relación, en un estilo similar al poema El cuervo de Poe, con el estribillo ¡No volverán!, un recurso poético habitual en las Rimas. Por otra parte, y regresando al panteísmo, encontramos la mímesis entre los personajes poéticos con los elementos de la naturaleza o del paisaje, tanto para el rechazo mutuo o la imposibilidad del amor, como reflejan estos versos: Tú eras el huracán y yo la alta / torre que desafía su poder: / ¡tenías que estrellarte o abatirme!... / ¡No pudo ser! de la Rima XLI (26); o, por contra, la perfecta unión y sincronía entre amantes, como sucede en la Rima XXIV (33), con esas dos ideas que al par brotan, / dos besos que a un tiempo estallan, / dos ecos que se confunden...: / eso son nuestras dos almas

Como vemos, no solo se detienen las Rimas en la admiración por la amada, sino que también hay espacio para lo pendiente, para el choque y el enfrentamiento. Ahí tenemos la Rima XXXVII (28) que recala en las conversaciones pendientes, en un diálogo que será inevitable tras la muerte, empleando aquí Bécquer una simbología tradicional relacionada con la muerte (como la ola que a la playa viene / silenciosa a expirar). Siguiendo con la presencia de elementos tradicionales en la poesía de Bécquer, incluso esta llega a ciertos poemas de tono petrarquista, como la Rima XX (37) con esa relación entre el alma que habla y besa a través de los ojos. El poder de la mirada que también está presente en la Rima XVII (50), donde ese poderoso cruce visual entre amante y amada provoca que la naturaleza sea maravillosa y que el poeta crea en Dios. También hay cierta consonancia mística que remite a San Juan en la referencia a la oscura noche del alma de la Rima LXII (56), relacionando el amor con el amanecer y la ausencia de ese sentimiento con la noche oscura y el pesar.

Nubes de luna (Fotografía de LJ)
Resulta curioso pensar que al final el pensamiento que sustenta esta poesía, tanto en una lectura como en otra, es traicionado por el propio poeta. En la Rima LXIX (49) plantea inicialmente la brevedad de la vida (tema esencial de la Rima LXVI [67]), en comparación con un relámpago, pero después señala la quimera del amor, como sombras de un sueño, cuyo despertar es el morir, otra idea tradicional que se rescata del barroco, sustituyendo la vida por el amor. En este mismo sentido, la Rima XI (51) plantea la imposibilidad del amor real, dado que siempre perseguimos un ideal, una figura fantasmagórica que nos atrae, pero que, en definitiva, tan solo es nuestra perdición: la insatisfacción de nuestros deseos (y, por tanto, de nuestro sueño). Y en el otro lado, pese a relegar a la mujer al ámbito del corazón, asume en algunos poemas espacio para la igualdad. Así habla en la Rima XXX (40) del arrepentimiento mutuo ante una acción de orgullo, donde ni ella llora (sentimiento) ni él habla (razón), pero en definitiva los dos acaban igual: preguntándose por qué (razón).

En definitiva, la pasión desmedida, el amor imposible, el juego de contrarios que chocan en la relación, la lírica sencilla y la simbología cercana y accesible recrean un tipo de poesía en las Rimas que llega con facilidad al lector y que en ocasiones ha sido rechazada con facilidad por quienes no observan la construcción más reflexiva que existe tras este conjunto poético. Muchos ojos se han acercado a estos poemas sintiendo, porque como las grandes obras, trasciende cualquier pensamiento y cala en algo más profundo.

Escrito por Luis J. del Castillo



Clásicos Inolvidables (LXXVI): Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer

15 octubre, 2015

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Yo podré adornar con algunas galas de la poesía el desnudo esqueleto de esta sencilla y terrible historia… (Creed en Dios).

Tan solo treinta y cuatro años pudo vivir Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870). Un periodo breve aunque intenso en cuanto a la literatura se refiere, arte en el que no pocas veces halló el más perfecto modo de comunicación a la hora de traducir la pesadumbre o la cotidianidad amorosa del ser humano, proporcionando obras muy sentidas, y en algunos aspectos formales, también anticipadoras.

Este rasgo de modernidad se concentra de manera muy especial en las leyendas. Relatos desperdigados por diversas publicaciones, pero no tanto en el tiempo: su elaboración los circunscribe al periodo de 1858 a 1864; al menos, en lo que a la catalogación tradicional de las leyendas se refiere (un corpus que posteriormente se ha visto ampliado con otras narraciones).


Decimos que solo treinta y cuatro años vivió Bécquer, pero esto es un reduccionismo que lo circunscribe exclusivamente al plano físico, ya que en el muy idiosincrático mundo de las letras su obra permanece viva (y coleando como la de tantos otros grandes autores: por épocas).

Existen antecedentes, sobre todo dentro de la llamada literatura gótica, un género que sabemos que Bécquer conocía, al menos en parte. Pero también hay consecuentes, ya que, fuera conocido por estos o no, el escritor sevillano dejó una impronta muy personal en dicho género por medio de sus narraciones legendarias, su particular composición de atmósferas y su capacidad descriptiva de raíz tanto localista como universal.

En cualquier caso, el conocimiento o desconocimiento de la obra de un autor determinado no es solo achacable al chauvinismo de los demás; continuamos sin saber aprovechar debidamente el gran caudal artístico, que no solo literario, español en otras latitudes, salvo muy esporádicas incursiones, funcionarialmente circunscritas a los tres o cuatro nombres de costumbre –aunque, sin duda, de primer orden-.

Aunque fuera por necesidad -que en esto no fue primero ni último- Bécquer se toma en serio las evocadoras ensoñaciones que favorecen las leyendas, desarrollándolas en torno a su propio temperamento romántico, y a veces, como señalaremos, llegando a incorporarse en las mismas como un personaje más. Entre tanto, cierta estabilidad encontró el escritor como adaptador y libretista de zarzuela, además de como redactor y, finalmente, director de los diarios El Contemporáneo y El Entreacto, llegando incluso a ejercer de censor de novelas de forma esporádica. Pero pese a iniciar también estudios pictóricos junto a su hermano Valeriano (1833-1870), sus mejores paisajes los dibujaría por medio de la palabra, tanto en poesía como en prosa, apartado en el que también debemos incluir sus crónicas periodísticas, testimonios en los que supo reflejar las contradicciones y fealdades de las ciudades y sus habitantes.

Ambos aspectos, real e imaginario (o mejor, no demostrable empíricamente), quedan inexorablemente imbricados en aquellos relatos en que sobreviene la locura, a la que generalmente ha conducido una transgresión, en una característica argumental que emparenta a Bécquer con el posterior Maupassant (1850-1893) de los relatos de locura y horror, o como también lo relaciona –como espero tener ocasión de abordar en un futuro- con los mistéricos relatos de Hoffmann (1776-1822) y Sheridan LeFanu (1814-1873).

Landscape with castle in ruins, de Arnold Böcklin
Es en el sustrato de estos cuentos legendarios, como los denomina Pascual Izquierdo (-), responsable de la edición para Cátedra (Letras Hispánicas, 2000), donde encontramos elementos que participan del romance tradicional, producto de un autor que sabe emplear una prosa poética, pero prosa auténtica, con sus valores narrativos (Introducción). Si bien, para alabar su perfección formal o estética no nos parece necesario esgrimir la decadencia de un género, salvo que lo circunscribamos a los escasos, aunque magníficos frutos de una España siempre tan encerrada en sí misma -como muchas veces el resto de países poco abiertos a los demás, como recordaba al principio-, en cuyo caso, más que de decadencia, habría que hablar de prodigiosos destellos.

El hecho es que Bécquer acomete estas tradiciones alumbradas por lo maravilloso y por el inmortal paso del tiempo -cierto mágico estancamiento-, sin perderse en digresiones y, como anota Izquierdo, con un sentido cinematográfico del ritmo. En su literatura construye atmósferas de aliento romántico y voz personal recreando el mundo del pasado pero, al mismo tiempo, impregnándolo de tonalidades propias de su microcosmos poético

Así mismo, el autor como cronista anticipa las estructuras narrativas de un M. R. James (1862-1936), pongo por caso, en sus cuentos de arqueología y de fantasmas. Trataremos de desgranar algunas de esas claves de la modernidad de Bécquer a lo largo de nuestro comentario.


Por ejemplo, en El caudillo de las manos rojas (Tradición india), las concisas pero esenciales estampas que componen el peregrinaje del rajá Pulo Dheli, carcomido por el remordimiento de un acto criminal, se nos aparecen como imágenes casi impresionistas. No en vano, como bien se recuerda en la introducción y en diversas notas a pie de página, los recursos de Bécquer llegan a preludiar incluso el modernismo. Basten como ejemplo expresiones como “de su seno brotaba un caudal de armonías”, “gigantes cataratas de sangre negra y espumosa”, “torrente que se derrumba en sábanas de plata”, sin olvidar el componente sobrenatural, “fantasmas que engendra su mente durante las horas de reposo”…, junto a otras preciosistas representaciones del sueño.

Aunque tal vez se alarga en exceso, El caudillo de las manos rojas me recuerda las (también posteriores) fantasías orientales, tales como el cuento Los ojos del hermano eterno (1922) de Stefan Zweig (1881-1942) o la popular Siddharta (también 1922) de Hermann Hesse (1877-1962).

La Creación (poema indio) participa de la misma estructura, si bien su dinámica esgrime un tono más socarrón, erigiéndose en traviesa paráfrasis del mito de la creación, donde la naturaleza glosada es consecuencia de la mente aún no formada de los más pequeños de la casa. Aprovecho para señalar, con respecto a la referida introducción, que el detallado comentario de cada leyenda que se adjunta (estudio unitario), me parece más aconsejable una vez ha concluido el lector la lectura de los textos.


Del endogámico relato del rajá y la bulliciosa glosa de la creación pasamos a la más reconocible estructura argumental que articula el resto de leyendas. Continuando con los rasgos de esa modernidad del autor, debemos señalar la superposición de narradores en La cruz del diablo, donde un lugareño relata la historia al propio cronista, en un escenario que además incluye “unas luces misteriosas y fantásticas cuya procedencia nadie podía explicar”. El relato se desdobla hasta tres veces al retomarse el hilo argumental por medio de la confesión de un malhechor, y las ulteriores aclaraciones del incidente en cuestión por parte de un alcaide. Anotamos, de igual modo, cómo el escepticismo de muchos de los personajes se ve sobrepasado por los acontecimientos de esa otra realidad.

Así, en La ajorca de oro (leyenda toledana) el joven Pedro es preso de un encantamiento por amor, que le fuerza a cometer un acto sacrílego; acción que se verá duramente castigada con la pérdida de una razón que produce monstruos. Pese a todo, el quid radica en la ambivalencia de lo narrado, en hasta qué punto el miedo ha hecho al desdichado protagonista distorsionar la realidad que le rodea… o no; aspecto al que se añade el misterio no resuelto de la naturaleza y procedencia de la inductora del delito.

Un quebrantamiento cuyo desenlace es un pétreo aquelarre que encuentra su individualizada vuelta de tuerca en El beso (leyenda toledana), uno de mis relatos favoritos, aunque no sea de los más recordados. En él, un arrogante oficial francés constata todo el peso de esa otra realidad, durante la Guerra de Independencia (1808-1814), en una “interacción física” que, así mismo, nos remite a La cruz del diablo, si bien en este relato se trataba de un episodio anecdótico y no del sorprendente desenlace. En cualquier caso, de nuevo acontece en El beso la citada ambivalencia de los acontecimientos: “el champagne comenzaba a trastornar las cabezas…”.


La Noche de Todos los Santos no parece la mejor ocasión para merodear por El monte de las ánimas. Aún así, se ven activados los mecanismos del recuerdo, no por medio de ningún bollo o magdalena, sino gracias al doblar de unas campanas. Es por ello que el resto del relato transcurre en retrospectiva y es transcrito por su protagonista, en vista de no poder conciliar el sueño. En esta leyenda de ambiente soriano, no parece baladí el nombre de Beatriz, pues de alguna manera, será el motor que transporte al joven Alonso a un escenario ciertamente dantesco.

Pero además, el narrador se identifica con el propio autor al referirse como colaborador del periódico El Contemporáneo. Esta singularidad respecto a la voz narrativa equipara la presente leyenda con La cueva de la mora, en la que dicha voz puede llegar a corresponderse con la del lector que, separando el ramaje, se aboca al interior de lo desconocido, momentos antes de que, una vez más, se produzca un salto y el relato culmine por boca de un labriego.

A su vez, divertida es la confesión del narrador en el arranque de Los ojos verdes a propósito del título: “no sé si en sueños, pero yo los he visto”, sobresaliendo también las calculadas elipsis de un capítulo a otro (estos suelen ser breves), tal cual sucederá en la transición del segundo al tercero en Maese Pérez, el organista.

De igual modo, presenta El rayo de luna un desenvuelto comienzo, que da cuenta de cómo el carácter del simpático Manrique lo convierte en alguien distinto a los demás. En su soledad de los campos, el noble muchacho vislumbra a una joven iluminada por la luz de la luna… Pero Bécquer anticipa y concluye que, como tantos otros románticos, Manrique “había nacido para soñar el amor, no para sentirlo”. El joven parte en pos de un ideal que se torna en desengaño (el lector descubrirá la razón), frente a una realidad contemplada como la ausencia del elemento imaginativo y maravilloso.

Burg Scharfenberg at Night, de Ernst Ferdinand Oehme
Inolvidable es constatar cómo Bécquer emplea el lenguaje para transmitir la inefable experiencia de las ejecuciones de Maese Pérez, el organista, en cuyas manos la música pasa de los acostumbrados e “insulsos motetes”, a arrancar “lágrimas como puños”. No sabemos por boca de quién habla el narrador hasta bien avanzado el primer capitulo, y como sucede en otras leyendas, la voz de un personaje particular se alterna con la tercera persona omnisciente.

El hecho es que Maese Pérez ya tiene setenta y seis años y no está dispuesto a perderse ni una sola Misa del Gallo, en esta leyenda sevillana que constituye toda una obra maestra que, por sí misma, debiera figurar en todas las antologías -me refiero a las foráneas- del género.

Por su parte, Creed en Dios narra la historia del último e impío barón de Fortcastell, de manos de otro narrador inconcreto. Sobre esta cantiga provenzal recae la sombra del relato Rip Van Winkle (1819) de Washington Irving (1783-1859), además de agazaparse la de -nuevamente posterior- El sabueso de los Baskerville (1902) de Arthur Conan Doyle (1859-1930); concretamente, en lo que se refiere a la preliminar pero detonante figura de sir Hugo de Baskerville; si bien, el camino emprendido por Teobaldo, que así se llama nuestro personaje, le conducirá más allá, a regiones aún más asombrosas.

Monastery in ruins, de Caspar David Friedrich
En la mayoría de esas regiones despunta la visión de un lugar construido y habitado por los seres humanos, pero que ya no es más que un mero recuerdo. Me refiero a las evocadoras ruinas románticas, ya procedan de un monasterio (El miserere), un palacio (El Cristo de la Calavera), un castillo abandonado tiempo atrás (El gnomo) o una fortaleza árabe (La Cueva de la Mora).

Procediendo con El miserere, es este un relato en primera persona que se inicia con el hallazgo de un valioso documento musical basado en un salmo del rey David. Estamos ante un nuevo ejemplo de relato dentro del relato; así, hasta tres veces, puesto que la leyenda religiosa se la refiere al narrador un anciano y, a este último, un pastor. Además de que, tal vez estemos ante un nuevo episodio de sugestión -por mediación de un sueño- o ante la “auténtica” impregnación de un enclave; en este caso, debido a los acontecimientos nefandos que han determinado señalarlo con una cruz en plena festividad del Jueves Santo.

El miserere es la segunda leyenda de ambiente musical, que igualmente destaca por su feliz conclusión con final abierto. Por su parte, La rosa de la pasión (leyenda religiosa) cae de bruces en el maniqueo tópico antisemita, en la figura de toda una comunidad sefardí, practicante de ritos criminales, incluso en Viernes Santo -no es algo privativo de Bécquer como de unos prejuicios que, aún hoy, algunos se empeñan en seguir alimentando haciendo honor a su ignorancia-. Pese a todo, la espectral imagen del culto sacrificial no carece de fuerza (valoración) narrativa.

Eternal Love, de G. Genot
En el irónico y excelente El Cristo de la Calavera, la joven de alta cuna pero baja cama doña Inés de Tordesillas, es pretendida por dos amigos de toda la vida, Lope y Alonso, que de este modo ven peligrar su amistad, en un círculo en el que las pasiones se muestran tan efímeras como eterno es el propio deseo. Afortunadamente para ambos contendientes, el entuerto se resuelve amigablemente.

Una nueva rivalidad amorosa, esta vez entre hermanas, vertebra El gnomo, leyenda aragonesa especialmente poética, en la que incluso los elementos de la naturaleza llegan a entablar un diálogo con los protagonistas. Algo parecido a esas “voces que se acompañan del rumor del aire, el agua o las hojas…” en La corza blanca, donde las risibles experiencias de un pobre pastor son motivo de burla para el hacendado don Dionís y sus monteros, en tanto que la leyenda desarrolla de forma trágica y congruente la relación entre Constanza, la hija de Dionís, y el joven montero Garcés. Finalmente, en La promesa, Bécquer incluye un auténtico romance en verso, que resultará clave en la resolución del dilema amoroso.

Retomando la idea de las ruinas, podemos asegurar, para concluir, que las leyendas de Bécquer están cinceladas en el material más noble y duradero que existe, la piedra, y que con su magisterio, esta no solo habla, sino que además suele tener la última palabra.

Escrito por Javier C. Aguilera 


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