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El amor de Erika Ewald, de Stefan Zweig

09 septiembre, 2018

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Hay un refugio que podemos hallar en un determinado tipo de literatura, una literatura que se sumerge en el ser humano, en sus emociones, en sus sentimientos, y que consigue tener un eco en cualquier época, porque trata de lo esencial. Stefan Zweig (1881-1941) ha vuelto a cautivar a los lectores contemporáneos por haberse adentrado con sus historias en el retrato de los sentimientos más íntimos. Tanto en sus biografías como en sus relatos, el autor no se extiende de forma innecesaria.

En Carta de una desconocida (1922) nos mostró un amor obsesivo, duradero y fanático, mientras que en El amor de Erika Ewald (1904) encontramos un relato semejante, en tanto que contemplaremos una vida afectada por el amor, pero un sentimiento bien distinto: idealizado, fugaz y platónico. No es tan importante los hechos concretos, que apenas son cuatro esbozos de los pasos de una relación, aunque su recorrido nos permite adentrarnos en los efectos del amor en una anodina profesora de piano, Erika Ewald.

El ambiente que rodea a la protagonista está también asumido en su persona. Todo es gris, silencioso, tan solo una vida que se soporta en su rutina y que no tiene ningún destello relevante.

Delicada y melancólica en su interior, la diferencia la marcará el momento en que conozca a un joven virtuoso del violín, con quien iniciará una amistosa relación en la que irá idealizándolo. No a él, sino también a todo lo que siente. Se sumergirá en sus sueños y en sus deseos, pero también con miedo, con miedo a que se haga realidad, con miedo a que su vida deje de ser la que es, con miedo a dejarse llevar por lo que siente y a romper la realidad grisácea en la que vive cómoda. Miedo a la pasión por considerarla oscura, miedo a la sexualidad por considerarla impura.

Interlude, de Carl Vilhelm Holsøe
La novela breve, casi podríamos considerarla un relato, sitúa a Erika ante cuatro situaciones en las que el narrador nos irá desgranando su corazón: el inicio idílico y platónico del enamoramiento, la propuesta de una relación que no deja de temer, la ausencia y la distancia marcadas por las dudas y la añoranza, y el momento en que su corazón se rompe y se deja llevar hacia la nostalgia y la melancolía. En este sentido, debemos tener en cuenta la forma de entender la histeria en la época, generalmente como una enfermedad propia de las mujeres, dado que resulta evidente que Erika sufre un episodio de tal afección durante la obra. No en vano, Zweig es, como todo escritor, un hijo de su tiempo. Y la consideración de Erika ante el amor es también una consideración atada por las circunstancias de la mujer en su época. 

El amor de Erika Ewald retrata una determina forma, tímida, distanciada, fría, melancólica y nostálgica, de afrontar el amor. Se trata de una novela delicada. barnizada con la exquisitez de la música como influencia en el estado de ánimo, y con una narración detallada, quizás algo tediosa en algunos tramos. Después de todo, Zweig logró resultar más directo en posteriores relatos sin perder su capacidad de adentrarse en la psique humana como ya demuestra en esta obra.

Escrito por Luis J. del Castillo


Leporella y El refugiado, de Stefan Zweig

03 enero, 2018

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El nombre de Stefan Zweig (1881-1941) ocupa cada vez con más firmeza un puesto entre los escritores más admirados y seguidos por los lectores, gracias a lo cual ha sido rescatado del fondo de las librerías o, incluso, del olvido. No nos debe extrañar, porque dentro de una producción literaria marcada por las revisiones biográficas, la especialidad de Zweig es cedernos obras atemporales sobre la condición y la psicología humana, incluso aunque sus relatos se anclen a ciertas situaciones históricas concretas. Por ello, hoy resulta difícil encontrar malas críticas a sus relatos, siendo más fácil ver cómo reivindican sus obras y se acrecienta una popularidad más que merecida.

Su narrativa nos permite observar tanto a conocidos personajes históricos a los que dedicó distintas biografías literarias, por ejemplo, así lo vemos en sus narraciones recogidas en Momentos estelares de la humanidad (1927), como transitar por creaciones anónimas a las que él otorga vida, generalmente personajes marcados por algún hecho particular que determina su identidad, como sucediera en Carta de una desconocida (1922) o en las dos novelas cortas que hoy comentamos, apenas relatos: Leporella (escrito en 1929 y publicado en 1935) y El refugiado (1927).

Ambos relatos están marcados por sus notables retratos psicológicos además de por mostrar de forma evidente el pesimismo de Zweig. En Leporella, se nos narra la historia de Crescencia, hija ilegítima de una aldea del Zillertal, en el Tirol, que tras una vida de miseria acaba trabajando como sirvienta de un matrimonio malavenido de barones. Aunque apenas hay acontecimientos relevantes en esta narración, el autor se vale de la descripción para mostrar una pasión servil, sin tintes amorosos, basado en la búsqueda de la satisfacción del amo por parte de Crescencia, quien incluso preparará sus encuentros amorosos con los amantes.

Esta servidumbre Zweig la muestra incluso en las comparaciones animalescas que hace al describir al personaje, comparándola bien con un caballo, animal que representa la lealtad a su amo, y también con una mula, por su trabajo tenaz y su terquedad. Su única obsesión previa era preservar el dinero para su vejez, conservado de forma avara, hasta tal punto que nunca tendrá otro disfrute que el propio hecho de contar ese dinero. No es casual esta actitud, dado que como retrata Zweig, Crescencia había sufrido su orfandad y su comportamiento no es sino fruto de unas circunstancias lamentables de trabajo y explotación. Por ello, cuando el barón sea quien la aprecie, sentirá un vínculo existencial. Llegará hasta tal punto que el final de este vínculo marcará también el final de su vida, como punto final de una obsesión total, al estilo de la ya mencionada Carta de una desconocida. Así pues, la felicidad de la protagonista se basará en el reconocimiento de su existencia por parte de su amo y en cumplir sus deseos. Precisamente, cuanto mejor siente que lo está sirviendo, más aumentará su expresión de felicidad, que resultará desagradable para su amo, como presagio de lo siniestro que llegarán a ser sus servicios.

La descripción que Zweig plantea de su protagonista nos ofrece una imagen grotesca y negativa, pero también lastimera. En su conclusión, el personaje no puede ser más que una representación de todo lo que funciona mal en una sociedad que permite tal desolación y dependencia. Incluso podemos considerar que existe un caso de solipsismo, dado que el barón dará sentido a una vida vacía, por eso cuando no puede seguir sirviéndole, pierde todo el sentido de su existencia, como sucede con don Quijote. Es más, también Crescencia obtiene un nuevo nombre: Leporella, que proviene de la ópera Don Giovanni, de Mozart (1756-1791). Cabe resaltar también que la segunda mitad del relato pone el foco en el barón, mostrándonos cómo toma una conciencia real de la servidumbre de Crescencia, lo que provoca tanto dudas como un temor por los límites que su sierva, casi una esclava, haya podido superar. Lo que podría haber pasado por un simple retrato bien escrito adquiere sensación de relato de terror con un final agridulce muy recomendable.

Naufragio, de E. Ocon
El segundo relato, El refugiado, nos transporta a 1918, cuando un náufrago es recogido por un pescador en el lago Ginebra. Tal hallazgo causa revuelo en su pueblo, que inicia un proceso para descubrir la identidad del extranjero. Tras las pesquisas, descubrirán que es un desertor de ejército ruso, un soldado que desea regresar a su hogar por no comprender en qué está luchando. En el pueblo se iniciará un debate sobre qué hacer con este particular refugiado, mientras él tan solo desea reemprender su viaje a casa, sintiéndose perdido y aislado entre tanta gente extraña. Toda la narración se envuelve de un tono melancólico que transmite una gran desesperanza.

Por una parte, la historia particular sirve de contraste entre el soldado desertor y la población que lo acoge, y no solo por el idioma, sino sobre todo por la comprensión de lo que está sucediendo en el mundo. Mientras que los habitantes del pueblo viven la guerra de forma lejana, pero informados de los acontecimientos globales, el protagonista es un hombre perdido, asustado y temeroso, apenas un campesino que desea regresar a su país, que desconoce por qué luchaba junto a los suyos y que tampoco sabe que Rusia ya no es el lugar que abandonó tras la revolución soviética. Se podría decir que el soldado es como un niño que ha vivido en la inocencia de una ilusión hasta la llegada de la guerra, cuando la muerte ha llegado y con ella el fin de un paraíso al que ya nunca podrá regresar. Y ello supone una desesperación de fines drásticos y melancólicos.

Stefan Zweig
Y por otra parte, El refugiado aboga por el pacifismo al mostrar el efecto que la guerra tiene en la gente común. Cómo los actos bélicos desgarran no solo físicamente, sino que, sobre todo, afectan a la psique humana hasta causar desolación. Zweig tenía motivos para exponer su melancolía y también para tratar de exponer su antibelicismo, herido por el crudo enfrentamiento europeo de la Primera Guerra Mundial. La historia, lamentablemente, volvería a repetirse pronto, y sigue vigente hoy, y se llevaría también su vida de la misma forma en que algunos de sus protagonistas murieron: por desesperación y miedo.

En definitiva, la pluma del autor austriaco nos permite descubrir relatos de un profundo calado humano. Seguramente, no todos sean de la misma calidad, pues podríamos considerar que Leporella y El refugiado son una muestra menor frente a otras de sus obras, pero todas contienen su exquisita técnica narrativa y su capacidad para ahondar en las emociones y pensamientos de sus personajes, que se sienten reales y sinceros.


Momentos estelares de la humanidad, de Stefan Zweig

15 agosto, 2015

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Qué inconsolable desolación debió de invadir a Robert Falcon Scott (1868-1912) a su llegada al Polo Sur, tras comprobar cómo el noruego Amundsen (1872-1928) se le había adelantado por cuestión de días. A la soledad del Ártico se sumó la del fracaso de su empeño. Pero, ¿cabe hablar de fracaso cuando, al fin y al cabo, el inglés logró alcanzar su objetivo? ¿Acaso no llegó al Polo Sur? La historia se muestra tan magnánima como desconsiderada; la escriben los hombres y también la redactan -no siempre para bien-. Otras veces, las gestas más heroicas y los hechos más reprobables se ven funestamente unidos.

Sin duda fue para bien que el austriaco Stefan Zweig (1881-1942) redactara estas catorce “decisiones destinadas a persistir a lo largo de los tiempos(Prólogo) que componen sus Momentos estelares de la humanidad (Sternstunden der Menschheit; El Acantilado, 2002).

Narrados con la habilidad de los relatos de intriga y el temblor de la poesía, estos momentos estelares no lo son únicamente por resultar gloriosos, sino también por desaprovechados, por olvidados, por incomprendidos o porque, por unos instantes, tan solo fueron estelares para aquellos que tomaron parte en ellos.

Lo ejemplifica la primera fracción de historia capturada por Zweig, que tiene por protagonista a Cicerón (106-43 A.C.), aunque también al pueblo (el romano, en este caso). Al final de sus días, Cicerón quiso –y supo– redimirse, retirándose a su villa en el Golfo de Nápoles. Tras el asesinato de Julio César (100-44 A.C.) trató que se devolviera a Roma su preciada constitución, pero no solo no se restableció, sino que pervivió la tiranía a manos de los futuros césares. Su negación de la dictadura lo es de cualquier estado que, en cualquiera de sus formas, establece principios de exclusión ideológica, recorta o arrebata el gobierno al ciudadano -más allá de su “participación” cada X años-. Como muy bien sabía el autor de Novela de ajedrez (Die Schachnovelle, 1941), “la dictadura es peligrosa, e igualmente, la revolución” (pg. 24).

Stefan Zweig
Y si todo camino conduce a Roma, todo entendimiento de la actualidad pasa por Roma (es decir, por el conocimiento histórico del Imperio Romano). Cicerón vivió y padeció los avatares de su época, pero consciente de que la historia –o lo que es lo mismo, el ser humano-, resulta fatalmente cíclica, tanto para lo positivo como para lo peor, legó su advertencia, junto a sus errores, a las futuras generaciones. Fue uno de esos testigos “privilegiados” a los que es dado asistir al final de una era, a la constatación de que lo que venga después podrá ser mejor o no, pero, sin duda, será distinto a lo que antes había, con todas las imprevisibles consecuencias que ello comporta.

El retrato sobre el ejercicio de la política del orador, jurista, político y escritor romano es brutal por vivido desde dentro: el parto del Segundo Triunvirato como enésima demostración de que “a quien está hambriento de poder solo le importa ejercerlo(30). Frente a una potestad que equivale a ley, los hombres que aman la auténtica libertad son escépticos respecto a las masas. Por eso el asesinato de Marco Tulio Cicerón es en realidad un suicidio o, de forma más digna, un ejemplar corte de mangas.

Cicerón y Rouget de Lisle
El asalto al poder también tuvo bastante que ver con la supremacía militar de la nueva nación turca a manos de su flamante padishá Mehmet II (1432-1481) que, en primer lugar y para no dar lugar a dudas, hizo ahogar a su hermano. Su objetivo, la antaño esplendorosa y mítica Bizancio, entonces Constantinopla y actual Estambul. No en vano, el fanatismo permanece aislado de todo atisbo de evolución y se muestra poseído por una única y fija idea. Para mayor desgracia, este halló un inesperado aliado en la pasividad del papado, de venecianos y genoveses, y de buena parte de la cristiandad… enredada y entretenida en sus propias disputas internas.

Durante otras de esas contiendas por el dominio que enarbolan el desgastado estandarte de la paz, el joven capitán francés Rouget de Lisle (1760-1836) compuso una melodía que, de forma inesperada pero unánime, acabó convertida en himno. De este modo, La Marsellesa nació en otro de esos instantes sustanciales e inspirados, cuando Francia y Alemania se declararon la guerra, hacia 1792.

El creador es contemplado como una suerte de médium con un pie en la esfera de la inspiración divina –asidua o momentáneamente-, y el otro, en la de los anhelantes humanos. Esta última categoría también posee sus reglas imprevisibles, pues pocas veces el destino de una tonada y el de su compositor transcurrieron de forma tan distanciada. Por el contrario, durante otro de esos “segundos misteriosos” del devenir de la historia, pero desaprovechado, todos los planes ambicionados por Napoleón Bonaparte (1769-1821) dieron al traste, durante su campaña de Waterloo, en Bélgica.

Núñez de Balboa y Robert F. Scott
Definitivamente, Vasco Núñez de Balboa (1475-1519) no era la clase de chico que una madre desearía presentar a su hija. Huyendo de la justicia y descubierto a bordo de un navío con rumbo a las Indias por pura casualidad (no desvelemos la gracia del suceso), el involuntario explorador y descubridor acabó convirtiéndose en el primer europeo que contempló el Océano Pacífico.

No se ocultan los aspectos más desgarradores de la aventura, si bien es justo reconocer que los excesos de los españoles en América han sido tan magnificados como menospreciados los logros -también por algunos españoles-, algo que la historiografía está sabiendo corregir, colocando cada cosa en su justo lugar. Ello no obsta para que, a veces, el sacrificio loable se mezclara con la crueldad. Con esa “asombrosa carga emocional típicamente española” fue dado a conocer el último océano de la Tierra, el veinticinco de septiembre de 1513.

Ello sucedía cuando el mundo aún era extenso y mostraba desafiante en sus mapas el espacio en blanco de aquellos lugares que faltaban por descubrir. Las últimas tierras ignotas también tuvieron por protagonista al referido capitán Scott, héroe en un cosmos donde la superficie se encuentra bajo la superficie; un grosor helado que gentil y traicioneramente se ha prestado a la preservación. La acertada descripción que de Scott realiza Zweig es la que ofrece el propio capitán, por medio de sus retratos.

Händel y Tolstoi
Otros momentos han sido especialmente fértiles para el lenguaje de la música; como todo idioma inefable, siempre asequible a quien desea participar de la conversación. En este caso, el hecho gira en torno a la creación por la cual es más recordado -a un nivel general- Georg Friedrich Händel (1685-1759). Y como a la historia le antecede el instante, retengamos aquel en que Stefan Zweig presenta al atribulado compositor paseando por las calles de Londres, bajo la indiferente mirada de sus habitantes.

El cronista se permite, además, introducir en este relato melódico cierta dramatización por vía de la palabra; esto es, mediante la incorporación de algunos diálogos. Hasta uno de los momentos estelares está elaborado en verso (Momento heroico), en tanto que otro completa una obra teatral que quedó inconclusa: la adaptación para la escena de la autobiografía de León Tolstoi (1828-1910). La propia vida del novelista ruso proporciona a Zweig material para ese último acto, reflejo de cómo el autor de la Sonata a Kreutzer (Kréitzerova Sonata, 1889), supo anticipar la perpetuación del despotismo, a la par que se despedía con toda la dignidad que pudo encontrar.

Y de los despertares de Händel o Dostoievski (1821-1881; en la citada remembranza poética), a un espejismo de renacimiento convertido en obra de arte: la trajinada composición de La Elegía de Marienbad (1823), de Goethe (1749-1832). Todo un cúmulo de sensaciones trágicas y bellas al mismo tiempo.

Johann August Sutter y Cyrus W. Field
Una vida paralela a la de Balboa fue la del suizo Johann August Suter (1803-1880) que, impelido por esa misteriosa fuerza que fue la fiebre del oro, vio cómo sus recién adquiridas y solitarias posesiones eran devastadas, en el fatídico pero apasionante año de 1848 (tuvo sentencia favorable, aunque sin efecto, en 1855).

También recuerda Zweig uno de esos inventos que otorgan un nuevo valor y dimensión al tiempo y el espacio. El de los avatares para que resonara la primera palabra a través del océano; descabellada empresa de Cyrus W. Field (1819-1892) por la que “desde los orígenes del pensamiento humano, una idea se difundía a la misma velocidad que se producía(207).

Especialmente iluminadores son los dos últimos fragmentos de historia seleccionados por Stefan Zweig; trágicos y apasionantes. El primero de ellos se centra en la naturaleza obsesiva y anti empática de Vladímir Ilich Uliánov, más conocido como Lenin (1870-1924), “inquebrantable ideólogo al que no se le saltaban las lágrimas(284); y en su determinación a “armar” un tren entero con decididos revolucionarios exilados. Un cargamento que, procedente de la frontera con Suiza, atravesó Alemania con destino a Rusia. Todo “un proyectil sobre raíles(283). Por algo, “los hombres solitarios que siempre están huyendo y aprendiendo son los más peligrosos a la hora de revolucionar el mundo(275).

Woodrow Wilson
El segundo y último momento tiene como protagonista a otra soledad, aunque a diferencia de la de Scott, esta fue exclusivamente interior. Fue la del presidente Woodrow Wilson (1856-1924), antes de la “definitiva” reconciliación europea tras la masacre de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Como pieza fundamental de un Congreso de Paz que garantizase la hermandad entre los pueblos (de todos en general), Wilson trató de enfrentarse a intereses y personas para los que una paz duradera es un disparate de proporciones históricas. Un hombre aislado frente al odio acumulado -un odio presto a ser trasladado a los nietos, como debe ser-, la codicia, la incomprensión y el fustigamiento personal.

A veces, los bienintencionados no siempre logran sus objetivos a causa de cierta falta de visión, incapaz de desentrañar la realidad en lugar del idealismo. No fue el caso de Wilson, cuya dignidad residió, pese a su claudicación, en haber sabido ver el futuro.

Pocas veces un hombre con tan relativo poder se encontró tan solo.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Clásicos Inolvidables (LI): Carta de una desconocida, de Stefan Zweig

20 agosto, 2014

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No nos sorprende que en nuestros tiempos de redes sociales e ídolos surjan reacciones desmesuradas de toda clase de personas, a los que llamamos fanáticos o fans, que hacen todo lo posible por resultar visibles para sus famosos favoritos así como sacrificando su tiempo para poder verlos o disfrutar de lo que hagan. Podemos incluso mencionar al amor platónico que muchos sienten por estas personas, situándose en una clara desigualdad, donde se quiere, pero se siente tan inferior respecto al otro, que se considera imposible una relación real. Todas las historias sobre estos amores imposibles suelen reunir cursilería y acontecimientos estrambóticos, todo lo contrario a lo que en 1922 nos ofreció el escritor austriaco Stefan Zweig con su novela corta Carta de una desconocida, una historia atemporal que consigue relatar una de estas relaciones imposibles entremezclando la devoción con una narración fluida y falta de juicio moral sobre sus protagonistas, eso queda para los lectores.


A Stefan Zweig nos acercamos anteriormente con los relatos recogidos en Noche fantástica y ya hemos mencionado en alguna ocasión su obra El mundo de ayer. La breve novela que comentamos lleva el título de Carta de una desconocida y nos traslada a la epístola de una mujer hacia un famoso escritor por el que ha sentido admiración desde que él se trasladó al piso de enfrente, siendo ella una niña. Esta historia de admiración pueril por una vida diferente a la suya desemboca en un amor febril y obsesionado que es mostrado con naturalidad por Zweig a través de las palabras de su narrativa.

Este amor arrastrará a nuestra protagonista a rechazarlo todo y, finalmente, a perderlo todo. Será precisamente su última pérdida la que le otorgue las fuerzas para hacer lo que nunca fue capaz: contárselo todo a su amado. Esta idea se refuerza en las partes en que se divide la carta, repitiendo al inicio de cada una cómo ha muerto su hijo. A lo largo de la carta no encontramos sentimentalismos innecesarios, pero sí la resignación de lo imposible, aquello que impide a la mujer desconocida darse a conocer a su amado, aún cuando se haya acercado hasta lo más íntimo. 

Por su parte, el escritor reúne entre sus elementos el hecho de ser un mujeriego y la permanencia en su forma de ser. Ella lo desvela en numerosas ocasiones en su carta, cuando ve que su casa sigue igual desde que era niña o que su actitud es la misma que antaño. Él es libre y esa libertad no tiene tiempo ni atesora recuerdos, lo que conduce a la indiferencia con la que trata a la protagonista: la indiferencia del olvido. El dolor de esta circunstancia es lo que retumba en la melancolía de la desconocida.

La fidelidad a un amor obsesivo que la ha marcado durante su vida la ha alejado de todo lo demás, incluso cuando pudiera ser beneficioso para ella y para su hijo, aún pudiendo haber esquivado a la muerte de esa forma o haberse acercado a él de esa forma. Ella también ha respetado su libertad, porque su amor ha considerado que él debía ser así y que, de cambiar, dependía de él mismo.

El destino de ambos se funde a través de este relato que concluye con un final de ciertos ecos fantásticos, como el aire que envuelve al escritor y su incapacidad, constante en toda la carta, de recordar a la mujer. Él también está solo, pero no ha sufrido lo mismo que la mujer; en verdad, no lo conocemos más que por las palabras de ella, unas palabras muy bien escogidas por Zweig, que nos adentra en una historia de entrega absoluta que parece descabellada y que apenas resulta creíble en tantas creaciones actuales que tratan de contarnos una historia similar.


Esta intensa carta fue llevada al cine por Max Ophüls en 1948, encabezando el reparto Joan Fontaine y Louis Jourdan, aunque también fue adaptada en 2001 por Jacques Deray y en 2004 por Xu Jinglei. Pero siempre es bueno acercarse a la escritura original, especialmente cuando pertenece a la pluma de un gran autor como fue Stefan Zweig.

Escrito por Luis J. del Castillo



Noche fantástica, de Stefan Zweig

26 junio, 2012

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Hace poco escribía un comentario en una de las llamadas redes sociales comentando que la obra El mundo de ayer (1942) del escritor austriaco Stefan Zweig, me parecía uno de los libros más maravillosos y mejor escritos que he leído. He leído muchos libros buenos, pero la impresión que me produjo la lectura de este aún perdura. De hecho comentaba que debería ser una lectura obligatoria en los colegios. Stefan Zweig no solo era un escritor humano y didáctico sin resultar moralista, es que además escribía condenadamente bien. Este año se cumplen setenta años de su desaparición, así que me ha parecido oportuno acercar o recordar su figura al lector curioso de nuestro Baúl.

Stefan Zweig
Destaca en primer lugar en Stefan Zweig, como doctor en Filosofía por la Universidad de Viena, la hondura psicológica que siempre supo otorgar a sus personajes. Buena muestra de ello son otras novelas (cortas) suyas como Veinticuatro horas en la vida de una mujer o Carta de una desconocida (llevada al cine por Max Ophüls en 1948, con los excelentes resultados que todos sabemos), además de una importante lista de trabajos biográficos entre los que cabe destacar, los dedicados a dos célebres Marías, Estuardo y Antonieta (obra esta también adaptada al cine en 1938 por el director de San Francisco [1936],  W. S. Van Dyke, y una traslación de la que guardo un excelente recuerdo), o al estudio de otros autores como Dostoievski, al que Zweig admiraba profundamente.

Cuando el ambiente en Alemania empezó a recrudecerse, Stefan Zweig, como judío contrario a las doctrinas nacionalistas, encontró muchas dificultades para poder seguir trabajando. El propio Richard Strauss se negó ante las nuevas autoridades a eliminar el nombre de Zweig del libreto de su última ópera, La mujer silenciosa (Die schweigsame frau) y la obra acabó prohibiéndose, al igual que el resto de los trabajos del escritor, en 1936. Tras huir de la Alemania nazi, Zweig entabló amistad con otras celebridades, como Albert Einstein (también exiliado), Arturo Toscanini o Rainer Maria Rilke. Finalmente, Inglaterra le concedió la ciudadanía y Zweig se dedicó a viajar dando conferencias por EEUU, República Dominicana, Paraguay y otros lugares de hispanoamérica.

La Alemana nazi bajo el poder de Hitler era el gran temor de Zweig
La obra que traigo a colación es Noche fantástica, una recopilación de relatos, de los que sorprende, como en toda la obra de su autor, la absoluta actualidad. Así, en Primavera en el Práter, Lise, amante de varios nobles, encuentra el amor verdadero de la mano del joven Hans, paseando un domingo de primavera, transmutada su imagen gracias a la labor de una costurera.

En el relato siguiente, En la nieve, una comunidad judía padece bajo una tormenta de nieve en su huida de un ejercito hostil (los flagelantes) cerca de la frontera con Polonia, si bien, el futuro se muestra esperanzador por mano, no del hombre, sino de la propia naturaleza. 

Escarlatina nos narra con apabullante humanidad los sentimientos y experiencias del joven Berger, estudiante de medicina, en una ciudad nueva (Viena), rodeado de nuevas personas. Se trata de un sentido relato, el de mayor extensión en la presente recopilación, en el que el autor expone con realismo y sincera emotividad, esas vivencias de juventud, hasta la aparición (traumática) de la madurez, que conlleva el descubrimiento y aceptación de su destino en el mundo, y del sentido (personal) de la vida. 

En La institutriz, Zweig emplea como telón de fondo el embarazo y posterior desaparición de una educadora en una casa acomodada, para hablarnos del paso de la infancia a una primera madurez de las dos jóvenes hermanas atendidas por la muchacha. Un encontronazo con el mundo de los adultos, o brusco enfrentamiento con la realidad, en el que los prejuicios son determinantes, pero en el que también cabe la posibilidad de rechazar y despreciar dicho mundo adulto. En Una novelita de verano, un joven y un hombre maduro coinciden durante sus vacaciones de estío en una costa de Italia. Este último narrará al joven una vivencia de carácter amoroso, acontecida en el mismo lugar el pasado año. La similitud del amor adulto y el de la juventud, y su idéntico temor al ridículo, son los elementos con los que se teje el relato, enriquecido con otras ideas sobre el curso de la vida.

Noche fantástica, el relato que da título a esta recopilación, nos presenta a un joven aristócrata imbuido en el mundo de las clases sociales más altas; por tanto, un mundo de apariencias, adormecido por su propia existencia, que finalmente dejará plasmado en papel lo que él llama el “milagro de su renacimiento”, su creciente interés por las cosas que realmente importan y por las cuales vuelve a sentirse vivo, comprendiendo y apreciando su lugar en el mundo. A dicha transformación le ayudan dos episodios transcurridos en un mismo día: una visita al hipódromo y un paseo por la feria del Práter, donde frente al miedo de la soledad, emerge la esperanza al ser requerido por alguien, aunque pertenezca a la llamada mala vida.

Finalmente, en El pago de la deuda atrasada, una mujer adulta escribe a su amiga de la infancia, contándole desde su retiro vacacional, cómo ha reencontrado a su antiguo amor, un atractivo actor de teatro al que devuelve parte de su dignidad perdida.

El 22 del 2 del 42, estando de visita en Brasil, y ante la creencia de que los nazis ganarían la guerra y finalmente conquistarían todo el globo, Zweig decidió poner fin a su vida junto a su esposa Lotte de mutuo acuerdo, consciente de que el mundo que había conocido, en efecto había desaparecido.

Pese a todo es evidente que autores como él no han muerto. Están vivos por modernidad, porque siempre serán recordados a través de sus maravillosas obras, y por una mera cuestión metalingüística, en cuanto un lector avispado abre un libro suyo. Esa batalla, Stefan Zweig la ganó de por vida.

Escrito por Javier C. Aguilera

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