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Para el sábado noche (CXXIV) Especial Año Nuevo: Seis destinos, de Julien Duvivier

01 enero, 2023

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Intercambiar la ropa, incluso pasarla de hermanos mayores a pequeños, o de padres a hijos, puede considerarse una tradición, además de una necesidad. A veces vienen por casa solicitando la contribución en ropa usada. En estas ocasiones, no puede uno evitar pensar en quiénes serán sus destinatarios. En la red de relaciones que, de forma directa o indirecta, componen nuestras vidas. Vidas más que paralelas, cruzadas, unidas por determinados vínculos y artículos de primera o segunda mano (ejemplo básico lo encontramos en los libros).

Esta es la idea nuclear de Seis destinos (Tales of Manhattan, Twentieth Century Fox, 1942), que nos narra la muy accidentada trayectoria de un traje de gala, en distintas manos, pero similares sisas. Todas ellas, vidas errantes, por mucha estabilidad que parezca proporcionar el dinero o la situación social.
 
Qué quieren que les diga. En fechas tan señaladas -como se suele decir-, también es gratificante escuchar la fanfarria compuesta por Alfred Newman (1900-1970) para la Twentieth Century Fox. Es algo así como estar en casa: la única que siempre muestra sus puertas abiertas. A continuación, desfilan los artistas participantes, que iremos desgranando, y el equipo técnico de la película, titulada en el original inglés, como queda dicho, Tales of Manhattan. Una denominación que delimita más el alcance físico y hasta metafísico de los relatos aquí contenidos, y la pieza de orfebrería costurera que los engarza. En la fotografía, Joseph Walker (1892-1985), responsable de Horizontes perdidos (Lost Horizon, Frank Capra, 1937), Luna nueva (His Girl Friday, Howard Hawks, 1940) y Qué bello es vivir (It’s a Wonderful Life, Frank Capra, 1946); partitura de Sol Kaplan (1919-1990), edición del malogrado Robert Bischoff (1899-1945), que montó, entre otras, Sherlock Holmes contra Moriarty (The Adventures of Sherlock Holmes, Alfred L. Werker, 1939), y como patrón, un guión tejido por varias manos, a cargo de Ben Hetch (1894-1964), Ferenc Molnár (1878-1952), Donald Ogden Stewart (1894-1980), Samuel Hoffenstein (1890-1947), Alan Campbell (1904-1963), Ladislas Fodor (1898-1978), Laszlo Vadnay (1904-1967), Laszlo Gorog (1903-1997), Lamar Trotti (1900-1952) y Henry Blankfort (1904-1993). Parece que con alguna participación no acreditada de Billy Wilder (1906-2002) y el mismísimo Buster Keaton (1895-1966). La película la dirigió el francés radicado en Estados Unidos, Julien Duvivier (1896-1967). Director a tener en cuenta siempre.
 

Los seis destinos del atuendo se corresponden, por lo tanto, con seis historias bien hilvanadas. Como vasos comunicantes. En la primera de ellas, asistimos a la puesta en escena de una puesta en escena; es decir, los amores, celos y desamores del actor teatral de éxito Paul Orman (Charles Boyer) con la popular y reputada actriz Ethel Halloway (Rita Hayworth), adinerada gracias a su matrimonio y forzado entente cordiale con el potentado John Halloway (Thomas Mitchell). Un apasionado flirt que se traslada de unas tablas a otras.

Pues bien, Paul Orman encarga y adquiere un traje nuevo a su sastre de confianza, Lazar (Robert Greig). Es el primer destinatario. Su mayordomo, el señor Luther Lassard (Eugene Pallette), que ha asistido a los prolegómenos del corte y confección, no tiene reparo en declarar que sobre este traje pesa una maldición, puesto que como Christine (Íd., John Carpenter, 1983), ya desde la cadena de montaje el atuendo ha causado algunos problemas. Por su parte, Paul no atiende a tales supersticiones, pues bastante tiene con mostrarse tan melodramático y compulsivo como en su vida actoral. Seguramente, no existe diferencia entre la una y la otra. Un excelente apunte de realización lo hallamos en la magnífica compostura de Ethel, antes de reencontrarse con Paul en su casa, donde se celebra una soirée, nada más verlo llegar. Se trata de otra de esas atractivas consortes cuyo marido se dispone en todo momento a cortar por lo sano todo atisbo de apetencia extramatrimonial. De hecho, Paul ha acudido para forzarla a airear su relación, con la excusa del rompimiento.

El capítulo es pródigo en escenarios espléndidos, que denotan cierto regusto, si no origen, teatral. Estos son un amplio salón, un pabellón de caza –repleto de cornamentas-, y el jardín que lo precede, neblinoso, y que no desentonaría en una producción misteriosa de la Universal (la fotografía es en blanco y negro).

Sobresale el duelo dialéctico, filmado a base de planos cortos, con los rostros de los protagonistas. Diálogo acerado que trata de tomarle las medidas al desafiante ménage à trois. Así como el empleo del picado y contrapicado por parte de Duvivier, tan expresivos como los planos detalle (de un arma, unas manos), en la ejecución narrativa. Tal parece que los personajes están representando una de las obras melodramáticas de Paul, hasta que la vida imita al arte de forma, casi diría, que descarada.
 

Después de este atropellado encuentro con los modelos reales, y no los maniquís, Luther, el mayordomo y chófer de Paul Orman, acaba entregando el traje a su colega Edgar (Roland Young), empleado, a su vez, del señor Harry Wilson (César Romero). Harry está prometido con Diana (Ginger Rogers), cuya principal amiga y confidente es Ellen (Gail Patrick), también de clase alta. Seguimos entre los sugestivos y apasionantes rascacielos de Manhattan. Por su parte, Harry, tiene por confidente a su leal amigo George (Henry Fonda).

Es este un episodio de comedia de enredo, en torno a otro traje y su confusión con el que nos incumbe. Traje cuyo contenido alberga las pruebas de una infidelidad. El segundo capítulo puede considerarse, de facto, la historia de un enamoramiento en un solo acto (es decir, a primera vista). 

A continuación, nos es presentado Charles Smith (el formidable Charles Laughton), un músico talentoso que, para sobrevivir, trabaja en un bar. El del señor Walker (Dewey Robinson). Para desánimo de él y de su esposa Elsa (Elsa Lanchester; ambos, matrimonio en la vida real). Pero lo que Charles realmente quiere es componer y dirigir una gran orquesta. La oportunidad le llega de la forma más inesperada, aunque muy trabajada por el artista. Esto es, yendo y viniendo, tras muchas entrevistas aplazadas y contestaciones negativas, abriéndose un hueco en el espacio copado por los que han llegado antes. Aunque para Charles, el espacio –que le corresponde- se va a crear, de la mano del reputado director y también compositor Arturo Bellini (Victor Francen). De este modo, podrá dirigir su propia obra, gracias a que le ocurre eso que antes sucedía por el mundo: que alguien se dignaba echarte una mano, sin necesidad de ser un pariente. Algo que en nuestra sociedad actual está tan obsoleto como los knickerbockers, los pantalones-campana y los sombreros para caballero.

En otro espléndido momento de guión y realización, descubrimos la pieza clásica de Chopin (1810-1849), que Charles convierte en una improvisación jazzística, ante la presencia inquisitiva del señor Walker. Al fin y al cabo, como decía mi añorado Juan Claudio Cifuentes (1941-2015), lo bueno del jazz es que toda música es susceptible de convertirse en él.

La compasión y filantropía hacen acto de presencia en este tercer acto de forma más llana y abierta. Teniendo esto en cuenta, es curioso comprobar cómo el frac se va ir degradando conforme las historias se revisten de una mayor humanidad.
 

Y así llegamos hasta el cuarto capítulo. Hace tiempo que se perdió la pista del siguiente receptor del traje, Avery L. Brown, Larry para los pocos amigos que aún le quedan. Pues Larry es un menesteroso, por el que el tiempo y las circunstancias han pasado de forma drástica. Un día le llega al albergue donde se aloja la invitación para una cena aniversario con sus antiguos compañeros de promoción en la universidad. Nada menos que en el Waldorf Astoria, y de rigurosa etiqueta. Él no se siente con la debida disposición, pero accede a petición de quienes lo cobijan, los regentes de una de esas misiones caritativas, Joe (James Gleason), su esposa Molly (Mae Marsh), y su hija Mary (Barbara Lynn). Se diría que lo han hecho a medida, dice esta última cuando Larry consiente en probarse el frac. Lo que no puede decirse del resto de la sociedad.

Larry acude finalmente, y en lujoso hotel habrá de enfrentarse al malicioso Williams (que ni pintado George Sanders), y a su propia inseguridad, sobre todo, cuando se reencuentra con su antiguo profesor, el ya anciano señor Lyons (Harry Davenport), que se acuerda de todos y cada uno de sus antiguos alumnos.

No hemos de desvelar nada más. El quinto destino del atuendo es efímero. En una tienda de saldos, los señores Langehanke (la proverbial Margaret Dumont y Chester Clute), reparan en el traje. En realidad, el episodio es una especie de chiste, donde el borrachín profesor Pufflewhistle (W. C. Fields), es confundido con un ponente que ha de dar una charla contra el líquido demoníaco (el alcohol), en un club social para abstemios, y en el que se pone ciego durante el proceso. Encuentro oficiado por Madame Langehanke, que resulta ser más espirituoso de lo que se pretendía.

Según tengo entendido, este relato quedó desgajado de la versión en español, imagino que por razón de la longitud de la película (porque otra cosa…), más de dos horas, aunque ahora se ha recuperado en su versión original.
 
 
Por último, y como llovido del cielo, el traje va a dar con sus cada vez menos vertebradas junturas en una comunidad “de color”, un reducto para pobres a las afueras, después de que un par de ladronzuelos (J. Carrol Naish y Charles Tannen), extrajeran la prenda de una nueva tienda de ropa usada. Desde una avioneta, se precipita a esta comunidad, el día de Nochebuena. La gracia (divina), está en que los bolsillos del vapuleado frac contienen el valiosísimo botín que estos dos sinvergüenzas han ido acumulando gracias al sudor de la frente de otros. Un regalo de Navidad para esta comunidad y sus firmes creencias. Suficiente para satisfacer algunas de las necesidades más perentorias de este grupo de indigentes sostenidos por la fe, y cuyas cuentas son llevadas por la hermana Esther (Ethel Waters), su esposo Luke (Paul Robeson), y el reverendo Lazarus (Eddie ‘Rochester’ Anderson). Se trata de un buen colofón, que acaba por dignificar la prenda, poniendo fin a sus seis ajetreadas ocupaciones. Hasta su destino final como espantapájaros.
 
Escrito por Javier Comino Aguilera


Música Inolvidable (XLVIII) Especial Navidad: Maggie Reilly

22 diciembre, 2022

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El año 2022 ha sido pródigo en trabajos musicales bien elaborados (también en otras disciplinas). Confieso que, para mí, aparte de constituir una grata sorpresa, ha sido algo así como recuperar cierta ilusión por lo talentoso, que no conservo desde la década de los noventa (es mi sentir, lo siento por quien no lo comparta, algo que por otra parte me trae sin cuidado). Parece que la espantosa pandemia ha servido, como ha sucedido otras veces en tiempos de necesidad, para tomarse un respiro, pensar -más importante- repensar, y seguir adelante, proponiendo una serie de creaciones más trabajadas e inventivas. Un alto en el vertiginoso ritmo de la vida y comercialización que, en el aspecto creativo, se ha traducido en algunas obras mejor proyectadas. Que conectan con la particular sonoridad de los años ochenta.

Solo en 2022, quedan los nuevos discos de Bruce Springsteen (1949), Andreas Vollenweider (1953), Tears for Fears, Soft Cell, Simple Minds, a-ha, Marillion, el incombustible Cliff Richard (1940) o los rescoldos de Led Zeppelin. El año previo, Jackson Browne (1948), ABBA, Duran Duran, en colaboración con Giorgio Moroder (1940), o el que pasaremos a comentar.
 
 
Maggie Reilly (1956) es una cantante escocesa que se hizo muy popular al colaborar en un buen número de las más destacables (e imperecederas) composiciones vocales de Mike Oldfield (1953; sin disimulo, uno de mis músicos favoritos). Pero fuera de la esfera de influencia de Mike, Maggie ha realizado sugestivos trabajos en solitario, entre lo distinguido y lo sublime. Para mí, los mejores, esto es, los más emotivos, personales y dignos de encomio en lo tocante a la producción, son los dos primeros, Echoes (EMI, 1992) y Midnight Sun (EMI, 1993). No siendo nada despreciables los demás, con especial atención a Elena (EMI, 1996), Starcrossed (EMI, 2000) y Rowan (Red Berry Records, 2006).
 
Lo mejor que se puede decir de estos dos primeros álbumes de Maggie Reilly, es que descuellan por su capacidad para trascender fronteras espacio temporales gracias a la voz. Canciones de instrumentación retentiva, sostenidas por esa articulación mistérica y cálida, y unas letras envolventes, de marcado acento espiritual.

En primer lugar, Echoes, presto a armonías etéreas y dulces presagios. Se inicia con Everytime We Touch (Risavy / Reilly / MacKillop). Me pasa algo curioso con esta composición. Siempre la imaginé vinculada a un espacio más que a una persona, pero no deja de ser una lectura mía, particular, pues la canción funciona en ambos ámbitos, no excluyentes. Indeleble es la homónima Echoes (MacKillop / Reilly), de un recorrido casi diría que circular, pues las resonancias a las que se refiere la letra son las de la llamada de un alma gemela, tal vez, un lazo establecido en una vida anterior. Joya melódica que se completa con Wait (MacKillop / Reilly / Seibold) y I Know That I Need You (Daansen / Reilly). En una línea instrumental más marchosa, pero no por ello menos envolvente y enigmática, Only a Fool (Gebauer / Hodgson / Reilly) y Tears in the Rain (Bundschu / Grünwald / Reilly). Como hacemos muchos, o algunos, no sé, yo he alterado el listado original del CD para programar las canciones en el orden que a mí más me gusta.

Respecto a Midnight Sun, de la atmósfera tranquila con la que se inicia el tema Follow the Midnight Sun (Kemmler / Hodgson / Reilly), se deriva un acicalamiento más dinámico. Seguido por Every Single Heartbeat (Kemmler / Cretu / Hodgson / Reilly) u Once in a While (MacKillop / Hodgson / Reilly). Imprescindibles son los arreglos de este álbum, puede que más cohesionado que el anterior, pero con el que forma un especial díptico. Imposible no conmoverse con obras como Oh My Heart (Slavik / Kemmler / Reilly / MacKillop / Hogdson), I Won’t Turn Away (Steinhauer / Daansen / Hodgson / Reilly), Only Love (Risvay / Hodgson / Reilly), que incide en los ribetes místicos del amor, y la dualidad Silver on the TreeAngel Tears (Wallerstein / Gebauer / Reilly / MacKillop / Hodgson), que yo programo siempre para el final del disco. Angel tears, falling down across the centuries; I can feel silver threads still binding you to me. Lágrimas de ángeles caen a través de los siglos; puedo sentir que hilos de plata te unen a mí.
 

Tras algunos años de silencio sonoro, Maggie Reilly volvió a grabar en 2019 el estupendo Starfields (Telamo - Red Berry Records), donde trataba de -y lograba- recuperar los aciertos pasados, en cuanto a composiciones pegadizas y letras sensibles, en una orquestación destinada a rescatar la vertiente más pop de los años ochenta. Exactamente igual que los mencionados –y otros muchos- grupos de entonces han querido o necesitado hacer en la actualidad. Siempre he pensado, e incluyo a los cantautores más destacados de nuestro país, que la pérdida de sonoridad -e incluso estilo- pop es una de las mayores desgracias acontecidas a la música en las pasadas décadas, que explica en parte el adocenamiento y sosería de los postreros trabajos de nombres muy internacionales. Con pocas excepciones. Por supuesto que cada formación desea poder evolucionar y no quedarse estancada en lo de siempre, como es lógico, pero esta falta de efervescencia y comunicación, a veces tratando géneros que para nada le pegaban al cantante, lo que ha conseguido es precisamente apartar la posibilidad de dicha evolución, desde mi punto de vista. Por otra parte, ha hecho de los ochenta una cápsula o burbuja creativa de contornos bien delimitados, que ahora, como anticipaba, parece que al fin se están ampliando. Al menos, en determinados casos.
 

Pero vayamos con estos nuevos contenidos. Aquellos recuerdos de juventud que, con el paso del tiempo, cobran más valor, parecen ser los cimientos de un álbum como Starfields. Siendo este basamento raigambre primordial en toda la obra de Maggie Reilly, implicada y asidua colaboradora en las letras, junto a su más fiel colaborador, el músico escocés Rob MacKillop (1959). Lo acreditan temas como Where the River (Reilly / MacKillop), donde una de sus líneas, que podemos tomar como declaración de intenciones genérica, nos dice que When I’m Lonely, That’s Where I Return. Es decir, que parte de lo que se nos va a exponer a través del texto, forma parte de ese refugio emocional al que poder regresar, y que tan bien se articula por medio de los inspirados arreglos de las canciones. De esa mágica mezcla entre letra y música. Aunque algunos de tales recuerdos no sean los más gratos. Pueden ser, pese a todo, imprescindibles.

En ello también han de ver las experiencias que deben formar parte del pasado, porque han sido, o están en trance de ser, superadas. Canciones como Don’t Look Back (íd.), The Dream is Over (íd.) y You Are the One (íd.). En esta línea están también The Locket (Reilly / Giblin) y Wild from the Berries (John Dick). Pero, así mismo, encontramos en Starfields composiciones que podemos englobar en los apartados de canciones de celebración, como la alegre Every Little Thing (íd.); de plenitud amorosa, I’m with You Now (Reilly / Hain), o de comprensiva separación, Sail Away (Reilly / MacKillop), que es uno de los sub-temas más caros a la sensibilidad de todo compositor, intérprete y escuchante. Aspectos por los que nunca pasa el tiempo, porque siempre están de actualidad, sea en nuestras vidas o en las de quienes nos rodean.

De igual modo, destaca una composición que entronca con el siguiente volumen, ya de tema abiertamente navideño, If I Could Change Your World (Reilly / MacKillop / Robertson), que además podemos considerar canción de buenos deseos, y que combina muy bien con la genial Celtic Cowboy (Reilly / Dore / Schogger), mezcla de instrumentación céltica y country bajo los auspicios del remarcado pop.

A modo de colofón para este álbum, podemos señalar la frase You’ll Always Be Part of Me, extraída de la canción Whisper (Reilly / MacKillop). Para los que hemos seguido con enorme interés la carrera de Maggie Reilly, bien podemos aplicársela.
 

Dos años más tarde aparece el referido álbum navideño de Maggie Reilly, titulado sencilla y adecuadamente Happy Christmas (Telamo - Red Berry Records, 2021). Este tipo de trabajos suelen incluir algún tema nuevo, de “cosecha propia”, que distinga y originalice, digámoslo así, el preciado volumen. Preciado, porque raro es el intérprete anglosajón que no graba su propio disco de Navidad. Así pues, el tema incorporado para dar inicio al recorrido es Do You Hear What I Hear (Noel [sic] Regney y Gloria Shayne), de arreglos absolutamente pop, en la estela del previo. Por fin una batería fuera del ámbito del rock, junto con otros instrumentos acústicos, aparte de los clásicos sintetizadores, en lugar de las machaconas, despersonalizadas y parece que sempiternas mesas de mezclas, que han uniformizado hasta la extenuación el sonido desde las más recientes décadas. Es este un tema pegadizo, con varios compases para la guitarra eléctrica.

Junto a estándares habituales, comunes en este tipo de recopilaciones, cada una igual y distinta en función de la tesitura y personalidad de quien los interpreta, conviven en feliz armonía otras composiciones que no lo son tanto, o resultan, como antes decía, inéditas. En este caso, I Believe in Father Christmas, sintetizada música de Greg Lake (1947-2016), que toma como estribillo una cita musical de Sergei Prokofiev (1891-1953), y cuenta con texto, claramente contemporáneo, del poeta británico Peter John Sinfield (1943). O Merry Chistmas Everybody (Neville Holder / James Lea), de talante -es decir, arreglos- más tradicional.
 

Otro estreno para este álbum es River, con música y letra de la cantautora canadiense Joni Mitchell (1943), en un acabado que mezcla el country con el pop (algo también característico de esta música en los años ochenta). El resto de composiciones son, por lo tanto, los inevitables y gozosos estándares que preludiaba, cuya selección depende de las predilecciones del intérprete (suponiendo que este se limite a grabar un solo álbum de Navidad).

Este segundo bloque está conformado por piezas como The Christmas Song, tema original en su día, pero ya convertido en todo un clásico, de la mano y voz de Mel Tormé (1925-1999) y su letrista Robert Wells (1922-1998), Winter Wonderland, de Felix Bernard (1897-1944) y Richard Smith (1901-1935), que murieron muy jovencitos, pero dejaron una obra imperecedera, y de mis favoritas (junto con Joy to the World y We Three Kings). Versión arreglada para guitarra juguetona y eléctrica. Más otro clásico en sí mismo, Have Yourself a Merry Little Christmas, extraído de la película Cita en San Luis (Meet Me in St. Louis, Vincente Minnelli, 1944), compuesto por Hugh Martin (1914-2011) y Ralph Blane (1914-1995). Junto a los tradicionales I Saw Three Ships, O Little Town of Bethlehem, más cercano en su instrumentación a las raíces celtas (un piano y una gaita, básicamente), el inmortal de Franz X. Gruber (1787-1863), Silent Night, a cargo nuevamente de la gaita y el piano; y God Rest Ye Merry Gentlemen, cuyo arreglo es especialmente creativo, como ensoñador resulta O Come Emmanuel, el tema con el que se cierra el disco. Otro tradicional, revestido de arcana sonoridad, gracias a la solitaria intimidad del piano, es el Coventry Carol.
 
Como cada año, les he propuesto un álbum navideño, acompañado de otros títulos de esta excepcional intérprete que es Maggie Reilly. Para mí, la voz del misterio.
 

Everytime We Touch (1992)

Only Love (1993)

Where the Rivers Run (2019)

Do You Hear What I Hear (2021)


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