El árbol del ahorcado y otros relatos de la frontera, de Dorothy M. Johnson, y adaptación de Delmer Daves

02 agosto, 2019

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Antes de proceder con las estupendas narraciones contenidas en la recopilación El árbol del ahorcado y otros relatos de la frontera (The Hanging Tree, 1957; Valdemar Frontera, 2013), quisiera poner el acento en las tres características de la autora Dorothy M. Johnson (1905-1984), expuestas por Alfredo Lara (-) en el prólogo. Estas se refieren a la profundidad psicológica de sus personajes, la ausencia de énfasis o florituras en su prosa y la emotividad divulgadora de quien ha conocido buena parte del periodo que está retratando. Todo ello, nos conduce a una escritora que supo buscar siempre el equilibrio entre entretener al lector a la par de conmoverlo y, por qué no, sacudirlo.

Podríamos enmarcar tales historias dentro del género realista que, como ya deberíamos saber, no entiende de fronteras geográficas ni temporales. Sin embargo, en ellos también fluye la sabia del pintoresquismo costumbrista, los apuntes naturalistas e incluso la urdimbre de la comedia.

El primero de los relatos contenidos en esta selección, en la que dos cabalgan juntos, puesto que acompaña a un primer volumen ya referenciado, Indian Country (Íd. 1953; Valdemar Frontera 2011), lleva por título La hermana perdida (Lost Sister). Este hermoso cuento describe de forma dramática la reestructuración de una familia que, años atrás, quedó “desmembrada” cuando los indios raptaron a uno de sus miembros, el que ahora se reintegra, o al menos trata de hacerlo (precisamente, recuerda el argumento a la antes parafraseada Dos cabalgan juntos [Two Rode Together, 1961] del maestro John Ford [1894-1973]). Esta historia de integración con la naturaleza, más que con los seres humanos en exclusividad, está descrita desde el punto de vista de un niño de nueve años que rememora los hechos desde su madurez.

A continuación, los instintos primarios alcanzan el sentimiento amoroso en La última bravata (The Last Boast), irónico título de resonancias legendarias. Pero este sentimiento puede no comprenderse o cultivarse a tiempo, por mucho que sea innato a todas las personas, incluso si se es un forajido.

El aspecto sardónico se traslada al estupendo Bandido improvisado (I Woke Up Wicked), en el que el joven vaquero Duke Jackson se ve espoleado a formar parte de una cuadrilla de facinerosos apodada La Banda Violenta, con el fin de salir “airoso” de un atolladero “difícil de explicar a las autoridades”. Verdaderamente, el lío tiene su gracia, y el desenvolvimiento del joven dentro de la banda también. Ser un fuera de la ley es cansadísimo para los músculos faciales, constata. Al igual que en el relato anterior, las expectativas amorosas se van a ver frustradas, si bien, por causas totalmente distintas, aunque complementarias.

El hombre que conoció a Buckskin Kid (The Man Who Knew The Buckskin Kid), y nos seguimos adentrando en el terreno de la ironía, muestra un narrador omnisciente que gusta de situarse en el pasado desde la perspectiva del futuro: pero aquella noche, ninguno sabía cómo iban a acabar. El caso es que el ajado Johnny Rossum puede presumir de haber conocido durante su juventud al célebre forajido Buckskin Kid. Pero la presunción no forma parte del carácter de Rossum. Tan solo una vez, esta, relatará lo sucedido con tan celebrada figura.

Lo que llama la atención en esta y otras crónicas, es el atractivo recurso de presentar a unos personajes maduros cuando aún eran jóvenes; algo en lo que los jóvenes no suelen reparar, pensando que la lozanía es eterna. La historia concluye con una sorpresa final, aunque no sea tan contundente como la de El hombre que mató a Liberty Valance (The Man Who Shot Liberty Valance). Curiosamente, y al estilo de lo que sucedía en esta, un personaje femenino matiza el destino de dos hombres.


El ámbito de las deudas que se hace necesario pagar con los años es el mecanismo de El regalo junto a la carreta (The Gift By the Wagon). Personalmente, considero este uno de los mejores relatos contenidos en el libro (de una media que no deja de ser magnífica).

Al contrario de lo que es habitual en el resto de narraciones, en El regalo junto a la carreta, el presente se superpone al pasado, siendo esta la historia de una redención.

El mismo tratamiento temporal reaparece en Tiempo de grandeza (A Time of Greatness). Alguien que desde su madurez recuerda un episodio trascendental de su infancia y que, además, se adentra en el futuro para confirmar o refutar algunos datos. Al tiempo que imaginar a algún otro de los personajes siendo joven. En esta ocasión, un chico de diez años se ve cuidando de un anciano invidente, mítica leyenda local, a modo de Lazarillo de Tormes del oeste, aunque sin tanta crudeza.

Desde el prisma de la madurez se comprenden las cosas de distinto modo. Sobre todo, las del pasado.

El Diario de aventura (Journal of Adventure) al que se refiere el título del siguiente cuento, es el del joven de veinte años Edward Morgan. Espera la muerte. Pero ante esta, y en el entorno de la naturaleza salvaje, que parecen sinónimos, surge de improviso la salvación; algo que el personaje va a ir anotando en su diario. Por desgracia, un gran amor se quiebra en el proceso, aunque la particular fortuna de Edward Morgan no le priva de poder retomarlo, muchos años después.

¿Por qué conservamos fotografías de personas que no vemos desde hace años? ¿Por qué guardamos sus cartas y mensajes? Existen multitud de explicaciones, como las que en este momento acuden a la mente del lector, pero para la madura Charity, atesorar una carta de Duke, su segundo esposo, que sin embargo está dirigida a otra persona llamada Charley, posee la entraña de toda una vida de avatares y misterio.

Salvando las distancias, La historia de Charley (The Story of Charley) muestra algunas concomitancias con la sensacional Casablanca (Íd., Michael Curtiz, 1942), y hasta con Los puentes de Madison (Bridges of Madison County, Clint Eastwood, 1995).

En el penúltimo de los relatos, La squaw de la manta (Blanket Squaw), aclarando que el término squaw hace referencia a la denominación que recibían las acompañantes indias de algunos hombres blancos, el pasado se solapa de nuevo con el futuro (ese presente histórico de los protagonistas). Un recurso narrativo en el que Dorothy M. Johnson se manejaba como pez en el agua y para el que demostró estar especialmente dotada. Es hermoso este relato que nos retrotrae a la generosidad de una joven mujer india con objeto de infundir coraje a un muchacho blanco, aunque tal esfuerzo conlleve una renuncia.


Y al fin, El Árbol del Ahorcado (The Hanging Tree), narración larga o novela corta, recordada, sobre todo, por su adaptación cinematográfica. Pero ahora que tenemos la oportunidad de abordar el modelo literario, procedamos a establecer una comparativa, en la que ambas expresiones salen victoriosas.

Joseph Frail es un buscador de oro. Pero además es médico. Llamativa combinación. Arriba al asentamiento minero de Skull Creek (la Cala de la calavera) en compañía de su amigo Wonder Russell. Ambos son jugadores y han sido tipos de gatillo fácil. La mala fama les precede, y pronto pasa factura al segundo de ellos: la historia pertenece en exclusiva a Joseph Frail.

Ha tomado bajo su custodia, disfrazada de sumisión para conferirle equilibrio, al aspirante a villano Rune, un muchacho del que, de momento, se desconoce su verdadero nombre. El ambiente es explosivo, no solo por las cargas de dinamita, y pende como una amenaza latente. Terreno abonado para ocasionales y violentos estallidos de emoción con una masa furiosa que, normalmente, se disolvía al poco tiempo (parte I). La mecha que lo prenderá será la incorporación de un tercer personaje a las vidas de estos esforzados buscadores (no tan solo de oro).

En efecto, la joven Elizabeth Armistead va a parar al asentamiento con ínfulas de poblacho, tras haber sufrido un grave ataque en la diligencia en la que viajaba. Tras el accidente, Frail la toma bajo sus cuidados y protección.

Fotograma de la película
Johnson se vale, una vez más, de un lenguaje conciso y certero, heredero de la excelente novela negra practicada en aquellos dorados días. El malvado no lo es tanto o, al menos, no de una forma categórica o maniquea. Responde al nombre de Frenchy Plante. Ese agudo comportamiento psicológico al que nos referíamos al principio, se observa con especial simpatía en El Árbol del Ahorcado, en personajes como el del joven Rune, que de continuo nos ofrece sus anhelos y pensamientos y que, lógicamente, va a padecer un acelerado proceso de madurez. El suyo es un psiquismo más elaborado, no porque Johnson descuide al resto de personajes, sino porque el juicio elemental es lo que los acaba por distinguir. Una férrea supervivencia con esporádicos arranques de sumisión mental. Impagable resulta el retrato verbal –más que físico, tal vez por disponer de muchas caras- del predicador protestante que instiga al populacho (IX). Se trata de uno de esos sujetos que ni viven ni dejan vivir pese a predicar la paz, inmersos en la palabra literal de las Sagradas Escrituras. De forma que, aunque Frenchy es el primer instigador, no es menos cierto que el auténtico villano del relato es el poder con el que convencer a la turbamulta casi de cualquier cosa.

Por su parte, Rune pasa de una cándida aunque peligrosa propensión a la delincuencia “de leyenda”, a un despliegue consensuado de instintos básicos matizados por la razón.

La plasmación de una pesadilla al final de la V parte, es otro pasaje muy original. Y aún a riesgo de emplear una frase algo sobada, acabaré diciendo que, si es imposible escapar al pasado, no lo es, al menos, aprender a convivir con él.

Delmer Daves (1904-1977) fue un director talentoso y avezado. No se andaba por las ramas, incluso en el caso de las hiperbólicas adaptaciones de dramas al uso a los que se vio abocado en la década de los sesenta. En El Árbol del Ahorcado (The Hanging Tree, Warner Bros., 1959), uno de sus más logrados y apreciables trabajos, nada más arrancar la película y los títulos de crédito, nos muestra a un jinete que porta sobre su caballo un maletín donde se puede leer Joseph Frail M.D. (doctor en medicina). De este modo, se nos pone en antecedentes sobre el nombre del protagonista (un excelente Gary Cooper), así como su profesión.

Nos encontramos en Montana (EEUU), en el año 1873 y, como señalan los créditos, en plena Ruta del Oro. La bonita música de Max Steiner (1888-1971) acompaña a Frail hasta el asentamiento de Skull Creek, aunque antes de llegar a él, contempla el enhiesto y retorcido Árbol del Ahorcado (al igual que sucede en el libro). Es curioso constatar cómo el árbol lo observa a él, de igual modo que Frail observa al árbol. Un elegante desplazamiento lateral con la cámara recorre luego el enclave minero desde una posición dominante. También desde la elevación, tanto material como moral, se apercibe Frail de un grupo de mineros que trata de dar caza al joven ladronzuelo Rune (Ben Piazza). En otro plano de significativa carga argumental, en el que no media palabra alguna, muestra Daves el expectante y casi lúbrico rostro del artero Frenchy Plante (Karl Malden), que espera el momento adecuado de disparar al muchacho que ha osado profanar su extracción. Me gusta matar serpientes, especificará más tarde, refiriéndose a los ofidios, pero abriendo el abanico de posibilidades.


Otro gesto que define bien al personaje central, de nuevo sin palabras, es el plano que lo encuadra arrojando al vacío la bala que le acaba de extraer a Rune, y que simboliza la dependencia o “contrato” con el médico. Lo que en la novela se expresa por medio del lenguaje verbal, aquí se resuelve de forma eminentemente visual, en lo que es una modélica adaptación a cargo de Delmer Daves y sus guionistas Wendell Mayes (1918-1992) y Halsted Welles (1906-1990).

A diferencia de lo que sucede en el libro, el predicador (George C. Scott) aparece desde el principio, y desde ese momento se muestra contra el médico más que contra Elizabeth (Maria Schell); en la película, personaje que procede de Suecia. Pero estas alteraciones no entorpecen el sentido del original; al contrario, lo refuerzan. Que este fanático predicador tenga capacidades como sanador, tal y como asegura, no se especifica acertadamente. Y además, Joseph Frail conoce al individuo en cuestión. A ello podemos sumar algunas escenas inéditas en la novela, como la primera partida de cartas, en la que Frail está a punto de sucumbir a su pasado violento. También el hecho de que sea Elizabeth la que propicia el acuerdo de trabajo con Frenchy, o la posterior charla entre el tendero Tom Flaunce (Karl Swenson) y Rune, junto al fuego, lo que agiliza la comprensión del chico respecto al personaje del médico. El secreto del pasado que atañe a Joe también es distinto, pero equivalente (algo más noble para el personaje fílmico).

Existen otros planos de las características ya referidas, es decir, emplazados en las alturas. Por ejemplo, el asalto a la diligencia en la que viaja Elizabeth, resuelta por Daves con la incorporación casi impresionista de algunos planos cortos en el montaje de la escena.


El núcleo central del original permanece invariable, y es la escalonada relación entre Joseph y Rune (del que, finalmente, conocemos su verdadero nombre). El resto de variaciones, como digo, no alteran el concepto, aunque resulta interesante constatarlas. Así ocurre con el hecho de que, en la película, sean Frenchy, Rune y Elizabeth quienes encuentren el oro (verdaderamente lo hace Rune, mientras que en la novela el honor corresponde a Frenchy).

Por otra parte, el título propuesto por Dorothy M. Johnson pende como una soga a lo largo de todo el relato: sabemos que el Árbol del Ahorcado domina el paisaje y que está aguardando, pero no a quién ni cuándo. Tras una larga jornada de borrachera en el campamento, acontecen los últimos acontecimientos (en el libro no media tal celebración). La muerte encuentra distinto cadáver en la película, pero el resultado es el mismo, hacer frente a la soga y al azote del puritanismo salvaje. Esto hace que el color predominante en este campamento de buscadores sea en todo momento el gris más que el dorado.



Noticias: Próximamente en BdC

31 julio, 2019

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Peñón del Santo, Almuñécar (Fotografía de LJ)
Julio nos avisa de que cada vez queda menos para disfrutar del verano. Nosotros lo estamos haciendo como siempre, con tantas películas y libros como podemos. Tanto lo hemos hecho que este mes se ha erigido como el más activo en lo que va de año. Y nos habéis acompañado con más de 12 000 visitas, y ahora ya sois 189 seguidores en Blogger, 654 en Twitter y 180 en Facebook.

Rodajes de Michael Curtiz (arriba) y  André de Toth (abajo)
Este verano ha estado repleto de interesantes estrenos a los que hemos acudido y hemos podido reseñar. Por ejemplo, hemos podido ver el final de una de las sagas más queridas de Pixar: Toy Story 4. También hemos disfrutado de una nueva aventura del Hombre Araña en Spider-Man: Lejos de casa, que ha sido el colofón de la Fase 4 de Marvel. O hemos disfrutado de la música de The Beatles en Yesterday. Incluso nos hemos adentrado en la catástrofe nuclear con la miniserie Chernobyl.

Pero obviamente, siempre nos gusta revisar los clásicos cinematográficos. Así hemos revisado The Warriors o dos cintas de terror que partían de un mismo argumento: Los crímenes del museo de cera, cuyos rodajes aparecen en las imágenes laterales.

También ha habido tiempo para leer. Hemos tenido tanto novelas como El filo de la navaja o Patria, poesía con Grado elemental y ensayo con La sociedad del cansancio.

En esa línea continuaremos durante el próximo mes y hasta que finalice el verano. Después vendrá el nuevo curso y mantendremos nuestra actividad, aunque siempre algo más rebajada por las ocupaciones laborales. Pero seguimos en este viaje cultural tan apasionante por la blogosfera.

Un saludo del administrador,
Luis J. del Castillo

PD: Aprovechando que el canal Agujeros de Guión ha repasado la saga de Terminator, seguramente por el anuncio de la nueva entrega, os traemos en este resumen su comentario de Terminator 2.



"El hombre de talento es naturalmente inclinado a la crítica, porque ve más cosas que los otros hombres y las ve mejor."
                  - Montesquieu (1689-1755)



El filo de la navaja, de William Somerset Maugham, y adaptaciones de Edmund Goulding y John Byrum

25 julio, 2019

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Una cita del Katha Upanishad, libro sagrado del hinduismo, abre El filo de la navaja (“Al filo” en esta edición; The Razor’s Edge, 1944; DeBolsillo, 2015). En ella, se reconoce la dificultad de avanzar por el camino de la salvación. Sobre todo, si tenemos en cuenta que el verdadero sí mismo -el que controla los sentidos y mantiene la mente en calma- es la fuente de todo gozo.

Casi todas las filosofías mantienen dicha búsqueda espiritual; es algo que trasciende lo externamente religioso, pero que se puede compaginar con él.

William Somerset Maugham (1874-1965) fue un autor prolífico y reconocido, aunque haya caído en cierto olvido. Un olvido que habla más de la desidia del presente que de la nobleza literaria del pasado, de la que Maugham hizo gala.

El inicio de la novela, que conforma el primer capítulo, no puede ser más interesante. Por tres motivos. El primero, porque el narrador de la novela se dispone a relatarnos los avatares de un conocido del que, aún de forma fragmentaria, ha tenido conocimiento de su peripecia vital. El segundo, porque dicho narrador se presenta a sí mismo como novelista. Y el tercero, porque nos propone un misterio respecto a la figura de dicho conocido, con algunas zonas oscuras que, según advierte, deja a la imaginación del lector. Lo que incluye el recurso de proporcionar nombres fingidos para dar como verídico el relato, aparte de conferirle una aureola de intriga a través del protagonista de los hechos. Un personaje (norteamericano) a quien el narrador (inglés) no duda en calificar de héroe (capítulo I, parte I). Por otra parte, se incide en la circunstancia de hasta qué punto nos es dado conocer al otro: el narrador se refiere tanto a personas más o menos cercanas como a distintos pueblos y culturas. Es cosa difícil conocer a la gente (I: I), por mucho trato que con esta tengamos.

William Somerset Maugham
Este narrador, novelista de éxito convertido en un personaje de ficción más -en una estructura que rebasa así sus márgenes-, y al que finalmente se identifica con el apellido Maugham (I: VI), responde a la invitación de su viejo amigo Elliott Templeton, que es tratante de arte. Elliott pone a Maugham en contacto con ese otro personaje, el joven Laurence –Larry- Darell, que acaba de reincorporarse a la vida civil tras su permanencia en el frente durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Larry va a sufrir una mutación, o si se prefiere, una revelación. Así, de un personaje de aspecto indolente, somos testigos de un proceso que lo convierte en el adalid de una intrínseca espiritualidad, en un participante sereno y reflexivo (suprema conjunción), que además mostrará ciertas dotes como sanador (nos adentremos en terreno de la sugestión o no).

Larry contrasta con Elliot Templeton, al que lo único que le interesaba de cualquier persona era su posición social (I). Sin embargo, Elliott es también un inadaptado a su modo. Pese a su extravagancia, la hermana lo define bien: lleva tanto tiempo en el extranjero que se encuentra algo desplazado. No parece capaz de encontrar a alguien que tenga algo en común con él (I). El tratante es, como Larry, norteamericano, pero se identifica más con la vistosa y figurativa aristocracia de la “vieja Europa”, de la que su país de origen adolece. En la pujante Norteamérica se siente como pez fuera del agua.

En cuanto a Larry, ¿cuál es el motivo de su inadaptación? Básicamente, una cuestión de carácter y objetivos vitales. Mientras para el resto, vivir consiste en divertirse (que no es necesariamente lo mismo que pasarlo bien), siguiendo una rutina, para Larry, el echar raíces es algo que ha de cultivarse en el interior antes de decidir establecerse en un lugar geográfico determinado.

La India, años 20
Sin duda, uno de los aciertos de la novela estriba en saber mantener por un tiempo velada la experiencia vital de Larry en Oriente. Su estancia en la India nos será narrada por él mismo, al final del libro. Larry encuentra dificultad en reintegrase laboralmente en la sociedad a la que ha servido, después de haber tenido que pasar por el trauma de la contienda. A Larry le pasó algo en la guerra. Volvió cambiado. Algo le ocurrió que cambió su manera de ser, asegura el doctor Nelson (I: VI).

Pues bien, este es el auténtico protagonista o foco narrativo primordial de Al filo de la navaja, aunque los primeros indicios nos hagan suponer que podría serlo Elliott Templeton, personaje, en cierta medida, equivalente, y no carente de interés. Más que contraponerse a sus personajes, Maugham (autor y personaje él mismo) parece querer complementarse con ellos. El uno, Elliott, con su estructurada existencia capricorniana y probable ascendencia en Tauro, y el otro, Larry, con sus conmovedoras aspiraciones piscianas y determinación lunar ariana (permítaseme la analogía), que pasarán del querer holgazanear (I: VII-X) a encontrar, sino respuesta, sí sentido a muchas de las preguntas existenciales de la vida. En suma, y siguiendo con el símil propuesto, ambos se encuentran en Acuario (que es lo que Maugham era, además de ser el signo que se haya justo en medio).

El camino de Larry comienza por su peripecia viajera personal, que nos será desgranada en adelante, a modo de flashback; y más tarde, prosigue con su asimilación (de dentro a fuera: una vez que Larry ha aprendido a encontrarse, desea darse a conocer dentro de su ámbito más inmediato; más adelante incidiré sobre este punto).


Un proceso el de este protagonista indirecto que, no en vano, incluye la lectura (I: VII), como determinante universal para emprender todo viaje, físico y mental. Parecía meditar, su sonrisa iluminaba su rostro con una luz interna (I: VII).

Tras el sinsentido de la guerra, Larry trata de encontrar, precisamente, el sentido de la vida. No alcanzaré la paz hasta haber tomado una opinión concreta acerca de las cosas. Añadiendo que es difícil expresarlo con palabras (I: X). Lo más arduo, como advierte Maugham, reside en que Larry está buscando algo sin saber exactamente lo que busca (I: X).

Los personajes satélites -más que secundarios- son, así mismo, relevantes, y resultan entrañables en su excentricidad o idiosincrasia. Así ocurre con la señora Louisa Bradley, hermana de Elliott, el doctor Nelson, el apuesto irlandés Gray Maturin o la casadera Isabel. Pertenecen a una esfera pudiente pero no exactamente aristocrática, netamente norteamericana. Los diálogos de que se sirven están repletos de aceradas cuitas (I: VI), como blandidos en una cortés sesión de esgrima.

Somerset Maugham nos propone, creo yo, una novela sobre la comunicación, pero, ¿con los demás o con uno mismo? Es razonable suponer que ambas cosas, pero he ahí la gran diatriba. En un principio, Larry opta por lo segundo, pero con vistas a ser útil al resto, a las personas que componen su microcosmos, en función de sus capacidades. Su ponderación vital, por lo tanto, no es excluyente, aunque halla su raíz en el encuentro esencial con uno mismo, con el individuo. Unas veces, el autor-narrador es testigo directo de los acontecimientos; en otras ocasiones, nos informa puntualmente como si lo hubiera sido, dramatizando la acción desde su prisma de novelista, con la representación pertinente de los diálogos, haciéndose eco de una técnica narrativa encantadora.

En realidad, como antes daba a entender, no se puede decir que Larry sea el único personaje principal de la obra, aunque sí sobre el que pivotan el resto de personajes, lo deseen o no. Su peso dramático sobre el conjunto de caracteres es ineludible, lo cual es llevado a término por el escritor teniendo en cuenta el poderoso influjo del off narrativo: la presencia de Larry es continua pese a no estar presente en muchas escenas de la obra.

Chicago, años 20
Este doble aspecto de la comunicación es lo que define al personaje central. Comunicación con su interior y con los demás. En un momento dado, se comenta de Larry que su cara reflejaba una paz de nueva índole para Isabel (II: IV). En realidad, su inconcreto vagabundear ha conllevado, como el propio Larry explica, el leer de ocho a diez horas al día, asistir a algunas clases en la Sorbona, durante su permanencia en París, y aprender griego y latín (II: IV). Nada de lo que se entiende hoy día por hacer el vago.

La relación con Isabel es tremendamente caudalosa, en un sentido no crematístico. Mientras Larry, laureado ex piloto de la Primera Guerra Mundial, persigue la adquisición de toda la sabiduría que pueda atesorar, Isabel arguye que eso no suena a cosa práctica. Para Larry, sin embargo, se trata de algo enormemente divertido (II: IV). Está claro que ha de proseguir su camino sin ataduras. Es decir, viviendo como un inadaptado –de lo políticamente correcto- al filo de la navaja, esa línea divisoria entre los senderos trillados por los demás y el que se construye uno mismo, lejos de terceras opiniones e ideologías espurias (no sorprende que Somerset Maugham haya caído en un relativo y calculado olvido).

Un camino individual que conlleva una decisión, un sacrificio, por tener que romper determinados lazos “terrenos”, con objeto de senderear y ampliar otros más intangibles, siempre bajo la suspicaz, racionalista y, por qué no, envidiosa incomprensión de los demás. Pero, a pesar de que un mundo media entre Larry e Isabel, la muchacha no queda retratada exclusivamente como una snob, como lo pueda ser su tío Elliott, sino más bien como una hija de su tiempo y condición social. Como norteamericana, tanto ella como su madre, miss Bradley, han sabido hacerse a sí mismas y disfrutar de lo que la vida, también en la vieja Europa, les ofrece. Algo a lo que no desean renunciar, pero a lo que se enfrenta Larry, cuyo indagar no excluirá, por otra parte, el trabajo físico (en una mina). Su búsqueda no es anti-Occidente, perniciosa idea que tanto arraigo banal ha exhibido: Oriente es lo bueno y Occidente lo malo (aún hoy hay quien cae en esta simpleza). Larry interacciona en ambos mundos pues sabe que son uno solo.

Costa Azul
Como observamos, Somerset Maugham establece bien las dificultades de tipo social y personal a las que se enfrenta esta pareja de jóvenes, tal cual es observado por el narrador. Según este, el camino escogido por Larry es largo y duro (II: VII). Por algo, concreta que hay dos clases de estudiosos, los que trabajan por su cuenta y los que lo hacen en manada (III: II). Aparte de que, hagamos lo que hagamos, siempre vamos a ser criticados.

Conforme avanza la novela, el otro gran protagonista es el tiempo. Por un lado, el que se refiere a Larry, y por otro, el que atañe a las personas de distinción social (III: III). No todos envejecen igual en Al filo de la navaja. Unos encuentran su destino interior, en tanto que otros tan solo languidecen, sobrepasada su época de aparente esplendor. A estos, otros vendrán a sustituirles de forma externa; cambian los gustos y las modas, pero no así la distinción. Y junto a las artificiales pero atractivas funciones sociales, se transforman las apreciaciones de las ciudades. Por ejemplo, del bullicioso París de los años veinte a la prometedora Costa Azul, lugar de desparpajo y agasajo para el encuentro y alterne del más alto copete. Lugar fascinante y hasta facineroso expuesto en el último y ameno ensayo de Giuseppe Scaraffia (1950), La novela de la Costa Azul (Ill romanzo della Costa Azzurra, 2013; Periférica, 2019). Un escenario de fuegos artificiales y de seres habilidosos e influyentes. A su lado, Larry Darrell muestra otro tipo de influencia menos visible pero más enriquecedor; menos en comandita. Transita de lo espirituoso a lo espiritual.

Lo que nos lleva a un capítulo con atisbos de comedia de enredo muy bien urdido. La (falta de) asistencia de Elliott a la fiesta de una notable princesa, en un momento en que el patricio anda de capa caída. Hasta en ello mostrará Larry su bondad, tomando cartas -¡o carta!- en el asunto; pero será en la primera adaptación de la novela, porque curiosamente, en el libro, este gesto corresponde al narrador (V: VII).

Insisto en la duplicidad de ambos personajes. Elliott, más anquilosado en sí mismo debido a sus condicionamientos endogámicos, se debe a la vida social, en tanto que Larry se abre a un mundo no visible pero de resultados tanto espirituales como materiales. Son dos formas de abordar la comprensión del mundo, profundas o superficiales en función de lo que se busca, esto es, lo que se pide a la vida. En definitiva, se trata de dos maneras de mirar. En el caso de Larry, con ojos que más parecían mirar hacia dentro que hacia fuera (VI: III). De hecho, el chico ya apuntaba maneras. Como aviador, comenta que me sentía parte de un todo inmenso y bellísimo. Un recorrido, peldaño a peldaño, en el que, como decía, siempre le acompañan los libros.

Difícil terreno, en cualquier caso, el que invita a separar y conciliar, al mismo tiempo, iglesia o confesión religiosa con espiritualidad. Con el problema del mal como telón de fondo del mundo. No sorprende, en este sentido, que haya quien rechace la ayuda de Larry, como sucede con el personaje de Sophie McDonald, una amiga de la infancia que reaparece en la recta final de la novela. Lo hace de forma consciente y con resultados fatales.

Total, cada hombre se encuentra en un nivel distinto de desarrollo espiritual. Como advierte Larry, el yo es uno con el yo supremo (VI: VI). El encuentro penúltimo -por no sentenciarlo a último- entre Larry y Maugham, en una cafetería, desde por la noche hasta bien entrado el día siguiente, ejemplifica el referido acercamiento de posturas entre lo oriental y lo occidental. Larry ha aprendido que lo importante no es saberlo todo, sino no perder de vista el interés por las cosas. A lo que se suma un giro inesperado en el tramo final de la novela: la muerte sorpresiva de uno de los personajes (hay dos muertes, pero la otra es anunciada).

En definitiva, la historia de Elliott y el resto de personajes, corre paralela a la de Larry, y he de admitir que me ha interesado, incluso conmovido, tanto como la de Larry mismo.

Y ahora voy a proceder con mi exposición de las dos adaptaciones cinematográficas de esta excelente pieza de Somerset Maugham, comenzando por la más reciente y dejando la primera para el final, por la sencilla razón de que la clásica resulta ser muy superior a la última.

Realizada por John Byrum (1947) en 1984, responsable de la interesante Insertos (Inserts, 1975) y del guión de la entretenida La esfinge (Sphynx, Franklin J. Schaffner, 1980), su versión de El filo de la navaja (The Razor’s Edge, Columbia Pictures) se ve condicionada por la participación de su co-guionista, el también actor Bill Murray (1950), de probadas dotes cómicas pero absolutamente inapropiado para interpretar el papel de Larry Darrell (probablemente estemos ante el miscasting más sonado desde que el estólido Ryan Gosling [1980] fuera escogido para interpretar a Neil Armstrong [1930-2012] o emular a Rick Deckard). No hay nada peor para un espectador que no creerse a un personaje. Y eso es justo lo que sucede aquí.

Tratando de soslayar esta circunstancia, la camaradería entre los amigos de la infancia que componen nuestra historia da lugar a una escena de apertura donde se intercalan los títulos de crédito, aupados por la bellísima partitura de Jack Nitzsche (1937-2000). La experiencia durante la Primera Guerra Mundial y su posterior recesión marca la deriva de tales personajes. Algo que Byrum dramatiza enfatizando los aspectos que en la novela se dejaban a las palabras de Larry Durrell o la imaginación del lector. Así, se nos muestra la actividad de Larry (Bill Murray) y su amigo Gray Maturin (James Keach) como conductores de unos vehículos-ambulancia.


En esta ocasión, la boda entre Isabel y Larry es cosa hecha (no así en la novela), por lo que se aplaza. Lástima que la encarnación del personaje convierta su búsqueda en una bufonada. La adaptación depara, pese a todo, algunos momentos mejor inspirados, como el hecho de ponerse a cantar los soldados-médico para conjurar el miedo, en pleno campo de batalla. También destacaría el elocuente plano que muestra a Isabel (adecuada Catherine Hicks) observando la nutrida estantería de libros que Larry ha ido acumulando en su apartamento de París. También sobresalen las imágenes socarronas que confrontan los felices comentarios de Elliott respecto al futuro viaje de Larry a la capital francesa, con la realidad (en cualquier caso, una resolución tomada de la adaptación precedente). Lo mismo habría que decir de la estupenda encarnación de Denholm Elliot (1922-1992) como Elliott Templeton; si bien, aunque en la novela deviene fundamental la mudanza que causa Larry al resto de personajes, incluido el narrador, este aspecto se obvia en la presente adaptación. Por ejemplo, la sanación de Gray Maturin transcurre con los dos hombres a solas (Larry y Gray), en lugar de en presencia de Isabel y Maugham, que es lo procedente.

Y pasamos ya a la mejor versión de la novela. El guionista, actor y realizador -parece que también novelista- Edmund Goulding (1891-1959), fue el encargado de llevar a la pantalla la sugestiva novela de Maugham. La adaptación es modélica. Por algo fue obra del excelente Lamar Trotti (1900-1952). Además, El filo de la navaja (The Razor’s Edge, Twentieth Century Fox, 1946) cuenta con un espléndido plantel de actores.

Se respeta, igualmente, la figura del narrador, el escritor inglés Somerset Maugham, encarnado maravillosamente por Herbert Marshall (1890-1966). La estructura de la película respeta la disposición en retrospectiva, aunque no se hace abuso de este recurso, a causa de que el relato es introducido y epilogado por el personaje-novelista, sin recurrir a engorrosos saltos temporales, procediendo con una narración lineal en la que ni siquiera se fuerza la voz en off. Ya digo que la traslación cinematográfica es magnífica.

También lo es la realización de Goulding. Una estupenda secuencia de inicio presenta a los personajes en un club de campo, durante el verano de 1919 en Chicago (EEUU), en los tiempos de prosperidad que siguieron a la guerra.

De hecho, llama la atención el empleo de planos largos y la cadencia de escenas sostenidas, a lo largo de toda la película.


La secuencia del club de campo se compone, por consiguiente, de planos largos y, en un principio, cada uno da comienzo con la presentación de alguno de los personajes. Uno de ellos lo hace con la figura de Elliott Templeton (magnífico Clifton Webb), otro con Isabel Bradley (Gene Tierney), otro conjunto con Isabel, Gray Maturin (John Payne) y Sophie McDonald (Anne Baxter), otro con Isabel y Larry Darrell (Tyrone Power) bailando, y otro con estos dos últimos, a solas en un kiosco del citado club, espacio donde se sinceran acerca de su relación. Transcurrido algún tiempo, también lo harán en el modesto apartamento que Larry ocupa en París. Un alejamiento que aterra a Isabel. Puede ser un año, tal vez más, dilucida la joven antes de la partida de Larry.

Por otra parte, presenta mayor fuerza la enunciación a Isabel del episodio traumático de la guerra, descrito con palabras en lugar de visualizado. Este queda a la imaginación del espectador y a las palabras del narrador. Una representación más gráfica, aunque no alargada en exceso, se reserva a la experiencia de Larry en las minas de carbón, donde traba amistad con el ex religioso Kosty (Fritz Kortner). Como efectivas son las elipsis que atañen a Larry en el interior de su refugio en el Tíbet. El misterio de lo que allí le ha sucedido le sigue perteneciendo a él exclusivamente. Por algo ha asegurado con anterioridad que quiero tener éxito en la vida, pero no en lo que la mayoría considera éxito. Un aspecto trascendental que (querer) compartir con los demás. ¿Y qué piensas hacer si encuentras la sabiduría?, le espeta otro personaje. Hacer buen uso de ella, contesta Larry. Doble dificultad para nuestra figura literaria y cinematográfica.

Naturaleza y divinidad son indivisibles para Larry. Y el ser humano forma parte de ambas. Me sentí como liberado del cuerpo, desvela. A lo que añade su guía espiritual en el Tíbet (Cecil Humphreys) que debes vivir en el mundo para amar las cosas del mundo, no por sí mismas, sino por lo que hay de Dios en ellas. Frase que resume muy bien esa doble vertiente -o filo- del buscador espiritual, proceda tanto de Oriente como de Occidente. Lo confirma la puesta al día de Larry a Maugham tras los estragos de la Depresión.


La versión cinematográfica de Trotti también respeta la sanación por trasvase de energía o sugestión (o ambas) de Larry hacia Gray. Además, destaca la corrosiva pero muy humana presencia de Elliott, un personaje que quedará más desdibujado en la posterior adaptación. Los buenos deseos de Elliott respecto al viaje de Larry a París se contraponen con la realidad de las imágenes que muestran al joven bregando en un barco conservero, como se suele decir, ganándose la vida. Una resolución que, como ya advertimos, fue retomada por la versión de Byrum.

Una escena al estilo da inicio mostrando un pequeño altercado en una fiesta de la capital francesa. Se compone de planos más breves que los anteriores, pero resultan igual de expresivos y se encadenan a otros que dan cuenta de la última noche de la pareja protagonista en París. Termina la escena con un nuevo altercado en lontananza (dos marineros pegándose), lo cual, es visualizado por Goulding sin escatimar en descriptivas grúas y desplazamientos laterales con la cámara, ambos recursos bien empleados, con el concurso de la fotografía del extraordinario Arthur Miller (1895-1970; no confundir con el dramaturgo, claro).

Otra escena análoga a la novela es la que se refiere a una Sophie varada en París. Lo mismo sucede con la charla entre Maugham e Isabel, después de que Larry anuncie su compromiso con Sophie. Son momentos de una intensa emotividad y un marcado conflicto interior, que discurren mal que bien, hasta la despedida última (no sé si final) de Isabel y Larry. De cualquier manera, hay personas que iluminan, que irradian paz. Y Larry es una de ellas.

Escrito por Javier Comino Aguilera


Yesterday, de Danny Boyle

23 julio, 2019

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Hay un tipo de riqueza que va más allá de lo material, pero que desde una visión mercantilista, tienen poco valor. Una visión incapaz de apreciar aquello que nos aporta lo que no es útil, es decir, aquello que defendía Ordine en su ensayo La utilidad de lo inútil (2013): el arte, ese arte al que siempre hemos tratado de justificar, cuando quizás su existencia es la propia justificación. Dentro de este panorama, es fácil caer en el idealismo y en la fantasía a la hora de defender el valor del arte. Pero la opción de Yesterday (Danny Boyle, 2019) es hacerlo desde la nostalgia por algo que en la realidad no se ha perdido, pero que lástima sería que no existiera, qué gran pérdida.

La propuesta es interesante y divertida, e incluso alcanza cotas en la que asoma cierta profundidad sobre lo que hablábamos en el párrafo anterior: ¿y si un día te despertaras y esa cultura que conocías tan bien hubiera cambiado, habiendo desaparecido grupos, libros o productos para siempre? En este caso, nos encontramos con la historia de Jack Malik (Himesh Patel), un joven músico que no logra ganarse la vida con sus canciones, pero que al sufrir un accidente durante un apagón eléctrico mundial, se encontrará con que su realidad ha cambiado y la célebre banda de Liverpool, los Beatles, ha dejado de existir. Sin embargo, él sigue recordándola junto a todas sus canciones. La oportunidad está a su alcance y pronto iniciará una fulgurante carrera gracias a los grandes éxitos del cuarteto británico.


Este es tan solo el planteamiento de una historia que permite desarrollar dos conflictos. El primero, y más evidente, es el conflicto en torno a la música, que se divide en varias cuestiones. Por una parte, Jack despega como cantante de éxito, pero sabiendo que no es honesto. Durante toda la película, de forma creciente, sufrirá un síndrome del impostor frente al resto de personajes que desconocen la realidad por la que está pasando. El conflicto que subyace es si debe revelar la verdad o seguir con la pantomima, pero la realidad es que no existen esas canciones, ni ha existido ese grupo, por lo que en su mundo actual no se trata de un plagio. Aún así, el personaje parece sufrir una paranoia persecutoria, un miedo a ser descubierto y que todo se desmorone. Pero, en parte, también lo desea, porque está entrando en una vorágine que no puede asumir, sintiendo la presión de un mundo discográfico hipercapitalista.

Esa es, precisamente, la otra parte del conflicto. La película presenta un panorama satírico de la industria discográfica que resulta esperpéntico, hiperbólico y poco creíble. La representante Debra Hammer (Kate McKinnon) resulta idónea en esta imagen tan distorsionada, mostrando a una mujer despiadada en su trato con los artistas, llegando incluso a despreciar a su otro cliente en alguna escena o a declarar abiertamente su obsesión por ganar dinero. Entra aquí el propio Ed Sheeran, que interpreta a una versión de sí mismo más pueril, arrogante ocasionalmente, pero al que aún así se le permiten momentos de redención, por ejemplo, es capaz de reconocer la grandeza de las letras de los Beatles, en este caso representados por Jack, frente a sus letras, a pesar de ser reconocido por ser un buen compositor en el actual panorama musical.


No obstante, toda este apartado está supeditado a un dilema habitual: la vida sencilla frente a la fama, la honestidad de su fracaso frente al éxito de sus mentiras. Y en ese dilema, el otro gran apartado será la gran representante de esa vida sencilla, que no es otra que su interés romántico y antigua representante, Ellie (Lily James). El problema radica en que el conflicto amoroso es incomprensible. Desde el principio, se plantea una barrera entre ambos conforme él logre ascender en la fama, pero nunca se explican los motivos reales para que exista esa distancia. Hay múltiples escenas en los que ella demuestra no comprender la realidad de Jack, pero él nunca se atreve a corregir esa visión errónea en la que incluso se hablará de otros intereses amorosos por la mala interpretación de que las canciones de Jack, originalmente de los Beatles, hablan de otras mujeres a las que el músico ama. Esta separación entre ambos irá en aumento a lo largo de la película a pesar de que nunca se muestra un hecho convincente que impida a Ellie estar junto a Jack más allá del propio hecho de que el protagonista no se sienta sincero con su vida.

Yesterday logra sentirse cercana y honesta cuando deambula por lo sutil más que por lo evidente. Especialmente bello es el viaje por Liverpool en busca de los referentes que dieron forma a las canciones de los Beatles. Como cierto personaje comentará, es imposible escribir sobre lo que no se ha visto o vivido y de ello es consciente Jack cuando no logra recordar las letras de los míticos temas del grupo. Hay secuencias propias de videoclip que funcionan bastante bien para acompañar ese trayecto por esas canciones. De la misma forma que la conclusión del conflicto del síndrome del impostor es resuelto con emotividad, gracia y acierto, con un giro argumental frente a las expectativas que el propio personaje y que el espectador podrían tener. También la crítica al sistema discográfico funciona también mejor en una escena más activa como aquella en la que se elige el diseño del disco de Jack que en todo el trato que recibe el protagonista por parte de su nueva representante, consistente más en palabras que en hechos.


Ahora bien, esos momentos tan íntimos son mínimos en la película, algo que se nota incluso en la forma de disfrutar de las canciones, siendo la más lograda en este caso la que da título a la película, Yesterday. Sin duda, la obra pretende ser una comedia, pero lo hace con un humor cargante o demasiado evidente, planteando situaciones ilógicas gracias a unos personajes insoportables y poco creíbles, como es el conjunto de amigos del protagonista o su propia familia. Al final, resulta más graciosa cuando los personajes no pretenden serlo o cuando recurre a algunos gags repetidos, pero insertados en momentos inesperados, como la desaparición de otros elementos culturales y su consiguiente búsqueda en internet.

En conclusión, la propuesta parecía ser más divertida y robusta de lo que al final ha sido. Obviamente, hay un error claro de ritmo y una narrativa que se basa en un conflicto principal incomprensible por la forma en que se plantea. El retrato de la industria discográfico es ridículo y no permite otra cosa que elegir la opción contraria para lograr la ansiada felicidad del protagonista. No obstante, cabe destacar que tiene algunos aciertos, que puede llegar a ser tierna, aunque esté muy por debajo de otros guiones de Richard Curtis, como Love Actually (2003) o Una cuestión de tiempo (2013), y que abre la puerta a una reflexión enriquecedora, pero breve en su desarrollo dentro de la película: la importancia y el valor de esa cultura inmaterial que reside en nuestra memoria.


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