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Para el sábado noche (CXXXVI): Adiós, Charlie, de Vincente Minnelli, y Los Cazafantasmas, de Ivan Reitman

02 febrero, 2024

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¡Me ha moqueado!, le dice un protagonista a otro, mientras está envuelto en unos mocos verdes, es la pera. Así me lo relataba un amigo y vecino, cuando teníamos once años. Se acababa de estrenar Los cazafantasmas (GhostbustersColumbia Pictures, 1984). Estábamos en una vía de tierra, en nuestra urbanización. Él había visto la película y yo tenía que verla. En fin, gustosos recuerdos de la infancia que le asaltan a uno. Eso y que Los cazafantasmas fue mi primer videojuego. Yo tenía un Commodore 64 (mi tío un Spectrum negro, tan chulo como El coche fantástico). También me acuerdo de que en la Calle Alhamar de Granada, cerca de donde yo vivía, se instaló una de las primeras academias de computación para P.C., a cuyas clases asistía con el mismo desparpajo que a las de karate, y con sincera devoción por el futuro. Entonces se hacía todo mano. Aún no puedo evitar acordarme de todo eso cada vez que paso por allí.

Y luego está la canción interpretada por Ray Parker Jr. (1954), que se hizo tremendamente popular. Como tanta buena música en aquella época.

 


Efectuamos hoy un recorrido por dos títulos que, pese a su distancia cronológica (distancia que en el cine no existe), comparten la característica de ser dos buenos modelos de lo que conocemos por comedia fantástica (y no abundan tantos como se cree). Comienzo por Adiós, Charlie (Goodbye CharlieTwentieth Century Fox, 1964), realizada por el fenomenal Vincente Minnelli (1903-1986), bien dotado para la comedia además del musical (o para revestir de comedia los distintos géneros por los que transitó). El escenario principal de la película es el fantástico, pero como telón de fondo está el mundo del cine, si bien, no podemos considerar Adiós, Charlie un ejemplo de cine dentro del cine en sentido estricto, su intencionalidad es otra.


Este mundillo del séptimo arte se ha hecho bastante conocido de forma cinematográfica y extra cinematográfica. Es decir, además de por sus imperecederos logros, por las anécdotas, bondades y excentricidades de algunos de sus responsables. Siempre amplificadas por la longitud y latitud del peculio correspondiente. En Adiós, Charlie la acción arranca con la típica fiesta en un yate. La pretensión es irónica, lo que se traduce a la propia puesta en escena. Ángulos enrevesados al servicio de una música despendolada, y actitudes trilladas vistas con cierta irónica conmiseración. El evento ha sido pergeñado por un “pez gordo”, Leo Sartori (el estupendo Walter Matthau), al acecho de que su mujer, Rusty (Laura Devon), no le regale las dos engorrosas protuberancias de rigor en la frente. Antes de que esto suceda, Leo, productor tan reconocido por su talante impetuoso ante las féminas como por sus éxitos fílmicos, pone fin al in fraganti adulterio.

 


La víctima es el mujeriego guionista Charlie Sorel (Harry Madden), que no logra escapar de su destino pese a lanzarse al agua. Como él, debe haber otros peces en el mar. Su amigo George Tracy (Tony Curtis) acudirá al funeral. No muy concurrido, pues el finado no se había granjeado precisamente la simpatía de los varones con sus actividades íntimas, nocturnas y diurnas. George ha sido nombrado albacea por el difunto.


Aunque existen otros personajes secundarios, como Janie Highland (Joanna Barnes), la esposa de otro colega guionista, Franny Saltzman (Ellen Burstyn, aquí McRae), consorte –según se comenta- del célebre productor Harry Saltzman (1915-1994), responsable de la saga inicial de James Bond; el representante de Charlie, Morton Craft, apodado Crafti (Martin Gabel), o el inspector de policía Frank McGill (Roger C. Carmel), la narración se va a decantar por dos personajes principales, George y la reencarnación de Charlie. Pues, en efecto, Charlie regresa. Y lo hace en forma de mujer, Virginia Mason (Debbie Reynolds). Manteniendo su memoria anterior por un tiempo, porque aún tiene tarea que finiquitar y redimir. Es decir, el que fue Don Juan empedernido tiene justo castigo a su perversidad como representante del sexo opuesto. George lo concreta bien, al decir que hay una providencia llena de sabiduría. Es la humorística representación del bíblico ojo por ojo.


Estos dos personajes centrales están muy bien desarrollados a través del diálogo en el guión de Harry Kurnitz (1908-1968). No en vano, son herencia de un original en forma teatral, de la mano de George Axelrod (1922-2003). El escenario prominente es una casa frente al mar, el refugio de Sorel. Allí distinguimos el “rojo Minnelli” en unas tumbonas y cojines, bien expresivos de la pasión que se va a desatar, y de la que se ha desatado en el pasado.

 


Pero Charlie/Virginia presenta una amnesia temporal. Al principio, como mecanismo de salvaguarda mental, y al final del relato, cuando de manera progresiva asuma su nueva condición física y anímica.


De este modo, en Adiós, Charlie se juega con la idea de la reencarnación y la asimilación de una nueva psicología; la femenina, en este caso. Lo que también conlleva la identidad sexual (por ambas partes, Charlie y George, que se siente atraído por Virginia sabiendo que se trata de su antiguo amigo), y el sentirse a gusto con el cuerpo que nos ha sido asignado, por nuestros padres o el Padre Eterno, como se prefiera, y sin necesidad de tener que hipotecar la vida en un gimnasio. El nuevo Charlie se asimilará bien en todos estos aspectos, y el guión lo formula con gracia. En esta transformación será decisivo otro personaje secundario, un rival amoroso, para frustración de George, en la figura de Bruce Minton III (Pat Boone). Virginia se sentirá así mismo atraída por él, pese a que aún se considera psicológicamente un hombre.


Todo esto es expuesto por Minnelli con alegre pertinencia y sin subrayados vulgares o escabrosos. Con ello consigue que Adiós, Charlie resulte una muy apreciable comedia, en la estela de títulos anteriores y por venir, como Me casé con una bruja (I Married a Witch, René Clair, 1942), El cielo puede esperar (Heaven Can Wait, Warren Beatty & Buck Henry, 1978) o Victor o Victoria (Victor/VictoriaBlake Edwards, 1982). Contó con la música del estupendo director de orquesta André Previn (1929-2019) y la fotografía del excelente Milton Krasner (1904-1988).



También podemos encontrar simpáticos antecedentes para nuestra siguiente película, como El castillo maldito (The Ghost Breakers, George Marshall, 1940), pero el salto en los ochenta siempre fue cualitativo respecto a los efectos especiales.


En la Biblioteca Pública de Nueva York se va a producir un extraño fenómeno, y no me refiero al hecho de que allí sigan acudiendo ciudadanos dispuestos a leer un libro. A lo que aludo es a la presencia de unos personajes no invitados, porque aquel también es su hogar, que repiten acciones tal vez ejecutadas en el pasado. Son, por lo tanto, unos fantasmas ilustrados, ¡no como los de ahora! El desbarajuste que sigue en el mundo de las letrases sonado. Pero no hay cuidado, han acudido unos expertos de los Laboratorios de Estudios Paranormales sostenidos por la Universidad (por poco tiempo). Allí nos ha sido presentado antes unos de los protagonistas, entregado más en cuerpo que alma a un experimento con las cartas Zener. Es el doctor Peter Venkman (Bill Murray), difuso para la ciencia pero concreto para las relaciones carnales. Tras el incidente en la Biblioteca, el Departamento establece que el doctor Venkman es un embaucador, y los métodos propuestos por él y sus compañeros de fatigas interdimensionales, un fraude. La ciencia más sesuda y positivista actúa en este sentido de manera esquizofrénica, llegando a reconocer lo paranormal, pero sin dar crédito a aquello que no se puede reproducir a voluntad en un laboratorio. No obstante, lo curioso del asunto es que quien no cree en lo sobrenatural, o al menos lo emplea como excusa, es el propio doctor Venkman, hasta que los hechos se le abalanzan. Esta característica lo distingue de sus camaradas, Ray(mond) Stanz (Dan Aykroyd) y Egon Spengler (Harold Ramis), que sí se toman en serio la disciplina y el abundamiento en el aparato tecnológico. Entre medias está la secretaria, Janine Melnitz (la estupenda Annie Potts), y la última incorporación al grupo, Winston Zeddemore (Ernie Hudson). Si me dan trabajo, creeré en lo que usted me diga, expone sin tapujos Winston a Janine.

 


Por eso todos andan en busca de una prueba física, la evidencia irrefutable, para, en palabras de Peter, establecer el umbral de la defensa científica indispensable para la próxima década. Loable fin cuyo objetivo es la investigación y eliminación profesional de entes paranormales. El caso es que Venkman es un fenómeno en sí mismo. Un adulto que no ha crecido en absoluto, como demuestra su dislocada relación con la músico Dana Barrett (Sigourney Waver), víctima de uno de estos fenómenos extraños.


En Los cazafantasmas, algunas de esas anheladas pruebas físicas las proporciona el mundo material. Así ocurre con las gárgolas y esculturas del edificio donde viven Dana y su vecino, el contable Louis Tully (Rick Moranis), dos de las cuales cobrarán vida. Otros remanentes son los clásicos fantasmas, aunque con la lección de vida bien aprendida desde el otro lado: son apariciones que interactúan más con los humanos que antaño, y saben esquivarlos cuando conviene. Entre tanto, el grupo de cazafantasmas se sirve de los medios técnicos que tiene a su alcance, incluida la televisión, para anunciarse. Ellos se van a convertir en los héroes que salven la ciudad. Pues otro de los protagonistas de la película es el escenario metafórico y físico de Nueva York (también en la desvaída segunda parte). Esto posee una doble lectura. El triunfo de los cazafantasmas es, al mismo tiempo, el de la urbe y sus habitantes, y el de la constatación sobrenatural.


Como sucede con las oleadas de los OVNIS, las manifestaciones fantasmales y demás impregnaciones se producen cada X tiempo, como un ciclo que se repite, si bien esta va a ser la más gorda hasta la fecha. Por algo ha sido orquestada por un antiguo y maligno dios sumerio llamado Gozer. Cuya madriguera o foco va a ser el enigmático edificio al que hacíamos referencia, en pleno Central Park, junto a la Iglesia luterana de la Santísima Trinidad. Un enclave de arquitectura sugestiva y, como se comenta en la película, espacio de reunión para una antigua secta de corte y confección esotérico. De este modo, lo paranormal se hace material, es decir, carne y celuloide. Y siempre ha sido así.

 


¿Recuerda el amable lector la sensación de cuando uno se topaba con algo por primera vez, en lugar de un remake, un reboot, un spin-off o una mera secuela de compromiso (económico)? Los cazafantasmas aportó este tipo de novedad a un público gustoso de nuevas experiencias, pero con la suerte de experimentarlas argumental y visualmente de primera mano. Y lo hace por medio de una narrativa ágil y una puesta en escena de corte clásico, nada embarrullada, por parte del eslovaco Iván Reitman (1946-2022), guionista y realizador versado en la comedia. Ejemplos sobrados de esta los hallamos en el zumbido poco tranquilizador que desprende el equipo cazafantasma (colisionador de positrones), cuya prueba se efectúa en la suntuosa sala de un lujoso hotel. De igual modo, está la parodia de la velada intelectual, típicamente neoyorquina, que da Louis en su apartamento (no es baladí que al personaje también lo doble Miguel Ángel Valdivieso [1926-1988], la voz de Woody Allen [1935]). Situación seguida por la indiferencia hacia lo que sucede fuera del cómodo ámbito de una terraza-restaurante, cuyos comensales –se supone que acostumbrados a ver de todo- no asisten a Louis. O el tradicional ectoplasma reconvertido en unas mucosidades parecidas al blandiblub. El aspecto humorístico se expande hasta geográficamente, impregnando toda la Costa Este de EEUU, cuyas ciudades, según los noticiarios, quedan infestadas de un sinfín de bichos raros y manifestaciones paranormales. Qué los Cazafantasmas saben cómo contener, trabajando a destajo. Pero, ¿quién dirían ustedes que lo fastidia todo? Exacto, un funcionario al servicio de la dictadura del medioambiente, Walter Peck (William Atherton). En un apunte tan sarcástico como premonitorio.


Dentro de este ámbito humorístico no podemos dejar de lado a la pareja cómica que se da entre el Maestro de las Llaves (Louis) y la Guardiana de la Puerta (Dana); la posesión de Dana por la criatura Zuul, y el advenimiento de Gozer, el Destructor (sin forma conocida pero predispuesto a tomar una: la de un muñeco que anuncia nubes y malvaviscos [marshmallows]). Que el Apocalipsis sea un hecho que se desencadena en Nueva York también tiene su humorismo. Se trata, en cualquier caso, del final de un mundo, el que todos conocemos, que es el que estamos perdiendo ahora por otras vías.

 


Todo ello queda bien arropado por la labor fotográfica de Lázsló Kovács (1933-2007), los decorados de John de Cuir (1918-1991), los efectos especiales, sana mezcla de lo digital y lo artesanal, de Richard Edlund (1940), y por supuesto, la excelente partitura de Elmer Bernstein (1922-2004), gracias al cielo publicada de forma oficial recientemente (por Varese, 2006 y Sony, 2019). Si me apuran, hasta el cartel original de la película resultaba intrigante y divertido.


Los cazafantasmas es ante todo el relato de unos héroes a su pesar, pero que han luchado por llegar a ser reconocidos, a veces rozando el antiheroísmo. Marginales, en definitiva, como lo son tantos héroes.


Por supuesto, la película formaba parte de esos productos artesanales, del género que fueran, hechos para ser vistos en un cine, y no en una pantalla de televisión de cualquier manera, aunque la calidad y extensión de estos aparatos haya mejorado bastante. Nada como estar rodeado de otros entes en una sala de cine.

 


Lost in Translation, de Sofia Coppola

29 julio, 2018

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El artificio, los grandes discursos efectistas y el impacto audiovisual son ley en las producciones actuales. Lost in Translation (2003) emplea claves audiovisuales que no escapan de ser vistosas y seguir este paradigma, pero su enfoque narrativo le lleva a un intimismo que rehuye las acrobacias. Así lo pretendió Sofia Coppola (1971-) en el que era su segundo largometraje, del que se encargó, como es habitual en esta cineasta, tanto del guion como de la dirección. La directora ha estado vinculada al mundo del cine desde su infancia, dado que es hija del también director Francis Ford Coppola (1939-), lo que le valió para empezar como actriz ya desde niña en las películas de su padre, como, por ejemplo, en Peggy Sue se casó (Francis Ford Coppola, 1986), y posteriormente permitirle dirigir sus propias historias, con una opera prima como Las vírgenes suicidas (1999).

En Lost in Translation nos situamos en Japón, justo en el momento en que dos desconocidos comparten un mismo hastío existencial. Uno de ellos es Bob Harris (Bill Murray), actor famosa en plena decadencia que llega a Tokio para realizar una campaña publicitaria por la que ganará una buena cantidad de dinero. Sin embargo, ese es su único interés y pronto se sentirá desubicado, perdido, y siendo más consciente del punto en que ha llegado su vida. La otra persona es Charlotte (Scarlet Johansson), una joven licenciada en Filosofía que acompaña a su marido en este viaje a Tokio por trabajo. Mientras él trabaja, incluso durante varios días, ella se aburre en el hotel, tratando de encontrar algún sentido a lo que la rodea. Ambos coinciden en el hotel y no pueden evitar percibir en el otro esa sensación de vacío que comparten, lo que dará lugar a una relación que roza el amor, pero basada sobre todo en la identificación con el otro.


La película tiene este argumento tan sencillo y su gran fijación va a ser demostrar ese vacío, ese hastío existencial que ambos personajes sienten. Sofia Coppola no duda en explotar hasta la saciedad los mismos recursos: los largos silencios, los planos sostenidos, las conversaciones vacías que los personajes mantienen con las personas que deberían querer o los paseos por un Japón del que se destacan sus rarezas a fin de evidenciar un choque o un aislamiento cultural por parte de los protagonistas. En este sentido, y siguiendo además un estilo bastante oriental, la obra es densa por su lentitud, no pretende entretener o informar, sino transmitir.

Para ello, la obra abunda en mostrarnos esos momentos que en otras producciones se cortarían por  un mero horror vacui. La imagen es la que nos enseña y nos transmite el distanciamiento, la agonía del silencio, la frustración de no poder encontrar una respuesta a cómo y por qué nos sentimos de esa forma. En cierta forma, ambos protagonistas no son capaces de encontrar apoyo en sus allegados, pero tampoco estos entienden qué necesitan o qué significan sus palabras. Lo veremos en las conversaciones telefónicas. Además, esta soledad no hubiera resultado tan evidente en un ambiente que los personajes conocieran, dado que gracias a apartarlos del mismo, se incide en ese vacío. Las distracciones cotidianas impiden que nos centremos en nuestros pensamientos y, al estar en un país tan distinto al de ellos, se percatan de esas indecisiones internas, de ese vacío que no halla respuesta.


Incluso no podemos considerar que se desarrolle una relación romántico entre los protagonistas, porque lo que se crea entre ambos se podría denominar como un reflejo. Tan solo dentro de esas soledades individuales se encuentran; si ella se divirtiera con sus amigos, nunca se hubiera fijado en él, si él estuviera satisfecho con su trabajo, quizás nunca hubiera coincidido con ella. Se crea una unión de lealtad y confianza que se va desarrollando despacio durante pocos encuentros, a través de los cuales Coppola muestra las fases de una relación: la coincidencia, la primera cita, la decepción, la reconciliación, el afecto. Sin embargo, no es una oda romántica, no se pretende seguir los pasos de ningún Romeo y Julieta (William Shakespeare, 1597), ni siquiera se pone interés en el aspecto sexual. Solo en la compañía de un igual, una compañía que sirve para regresar a la distracción. Bob encontrará en Charlotte la oportunidad de volver a hacer reír a alguien, mientras que Charlotte se siente capaz de investigar el mundo extraño que la rodea mientras él la acompaña. 

Así pues, Lost in Translation encontrará dos tipos básicos de receptores: los que la consideren una obra aburrida, que no aporta nada, y los que valoren con estima aquello que transmite, incluso llegando a identificarse. Sin duda, tiene aspectos bastante positivos, como dos interpretaciones de una considerable calidad: Murray está comedido, pero aporta una gran entidad a su personaje, y Johansson transmite fragilidad y dureza a partes iguales. Sin embargo, es también demasiado evidente en su propósito, recurre con demasiada asiduidad a los mismos elementos narrativos e incluso podríamos considerar que por su intención, evita que sus personajes puedan llegar a explorar otras posibilidades. La posterior Her (Spike Jonze, 2013) también se centraba en una temática similar, pero se permitía explorar otros aspectos que la hacen más rica y redonda. Con todo, Lost in Translation cumple bastante bien con su propósito de reflejar el hastío existencial en que podemos caer los humanos.


Cazafantasmas 2, de Ivan Reitman

30 octubre, 2016

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Al concebir una historia, se suele plantear de forma cerrada. En muchas ocasiones su fragmentación en distintos volúmenes o series es una cuestión más relativa al aspecto lucrativo que a la entidad narrativa. Una buena muestra la encontramos en las grandes franquicias de los últimos años, incluyendo las adaptaciones que se parten en varias películas pese a que la obra literaria sea unitaria. Precisamente, la popular declaración de que segundas partes no son buenas la podemos relacionar con cómo, por tratar de explotar un éxito, se acaba por desvirtuar el concepto original y así una historia bien cerrada y redonda se vuelve a abrir en muchas ocasiones sin una idea clara de qué se pretende. Como en cualquier generalización, hay múltiples excepciones. Pero sirvan estas ideas para iniciar nuestra reseña de una secuela que, seguramente, vio la luz por el éxito taquillero de su predecesora: Cazafantasmas 2 (1989).

Para volver a las aventuras de la simpática patrulla regresó todo el reparto, con algunas incorporaciones nuevas, y el director, Iván Reitman, con el guion de Aykroyd y Ramis. Cambió el encargado de la banda sonora, de Bernstein a Randy Edelman, aunque no la popular canción, aquí acompañada de una versión de tintes más propios del hip hop. Estábamos a finales de los ochenta y los gustos iban cambiando.


En la trama nos encontramos con nuestros protagonistas cinco años después de los acontecimientos de la primera entrega, el mismo tiempo que había transcurrido entre ambos estrenos. En este sentido, ambas habitaban en un presente coetáneo a los espectadores. En Nueva York la amenaza de los fantasmas parecía haber disminuido y el grupo que había conformado los cazafantasmas se ven relegados al olvido y, sobre todo, a la duda sobre si fueron unos estafadores o fueron reales. Cada uno de ellos ha acabado en un trabajo distinto, acorde a su personalidad: Raymon Stantz (Dan Aykroyd) como librero esotérico, Egon Spengler (Harold Ramis) ocupando un nuevo puesto en la universidad dentro del campo del estudio psicológico y Peter Venkman (Bill Murray) como presentador de un programa de fenómenos paranormales, entrevistando con su habitual escepticismo a diferentes personajes fácilmente tachables como estafadores o, simplemente, alocados. Curiosamente, uno de ellos, como se descubrirá más adelante, tendrá cierta razón.

Pese al final de la primera entrega, Dana Barret (Sigourney Weaver) acabó separándose de Venkman y casándose con otro hombre, con el que tuvo un hijo. Ahora, como madre soltera tras haberse divorciado, vuelve a convertirse en el vínculo con lo paranormal, como sucediera en la primera entrega. A partir de un incidente anómalo con su hijo, pedirá ayuda a los cazafantasmas, quienes se reagruparán para averiguar qué sucede en la ciudad, aunque la administración y la justicia no se lo pondrá fácil. Mientras tanto, la amenaza real procede del Museo de Arte de Manhattan, donde el retrato de Vigo el Cárpato cobra vida para recuperar a su retratado a la vida y desolar bajo su mando al mundo.


Como hemos podido comprobar, la trama recupera el mismo esquema narrativo que en la primera ocasión: la amenaza de una fuerza sobrenatural que provoca la aparición masiva de fantasmas, la posición indefensa de Dana (o en este caso, su hijo) como un interés central de esa nueva amenaza, incluyendo por otra parte a un personaje secundario enamorado de ella, aunque sin ninguna oportunidad evidente de estar con ella, los impedimentos de un miembro de la política local y un grupo de cazafantasmas que debe superar sus miedos y diferencias para lograr salvar la ciudad que anteriormente les había denostado. Por tanto, en este sentido, no hay novedad y, por ello, debemos fijarnos en qué ha cambiado en torno a ello.

En primer lugar, la trama del malvado está mejor llevada en tanto que la amenaza se sigue y se siente con mayor interés. Ayuda en este caso el imponente aspecto de Vigo el Cárpato (Wilhelm von Homburg, en la versión original fue doblado por Max von Sydow). De esta forma, el espectador es consciente del peligro que corre la ciudad y, a su vez, de cuánto se acercan nuestros protagonistas a conocer la verdad así como para crear ciertos gags en torno al cuadro. No obstante, como es usual en esta comedia, se ridiculiza el plan villano de alguna forma, en este caso con un secuaz absurdo y cargante, Janosz Poha (Peter MacNicol), que puede acabar por ser insoportable para el espectador allá donde el -también algo cargante- personaje de Louis Tully (Rick Moranis) podía ser simpático en la primera entrega por su inocencia y retrato irónico de cierto tipo de personas.


En relación a lo que comentamos sobre este personaje, se puede notar cómo el tono de toda la película se ha infantilizado, no solo ya por la presencia del bebé, sino también el aumento de escenas graciosas relacionadas con mucosidades, chistes demasiado evidentes o situaciones excesivamente absurdas. Hasta el uso que hacen de la Estatua de la Libertad o de la buena energía o buen rollo desentonan y parecen incorporados por cierto sentido de espectacularidad más que por haber desarrollado un guion cómico con cierta seriedad y congruencia. A su vez, y de nuevo, los fantasmas desfilan por pantalla sin gran interés, incluso menos aterradores que en la primera ocasión. Por suerte, los efectos especiales están más pulidos en esta segunda aventura.

Siguiendo con otros personajes, algunas situaciones resultan incomprensibles. La relación entre Verkman y Dana es recobrada con excesiva naturalidad y aunque la pareja formada por Murray y Weaver no han perdido la química de la primera ocasión, su reconciliación se nota forzada y repentina. A su vez, más curiosa y graciosa será la que surja entre Janine Melnitz (Annie Potts) y Louis Tully, este último siendo aún el patoso que la anterior entrega nos había presentado, ahora reconvertido en abogado de los Cazafantasmas en uno de los giros inesperados, aunque humorísticos, de esta secuela. También resulta extraño comprobar cómo Dana ha pasado de trabajar en una orquesta a ser restauradora por no poder continuar con el primer trabajo por su embarazo y posterior maternidad... cuando un trabajo y el otro tienen poca relación y para el segundo se espera cierta preparación que parece surgir aquí de forma espontánea. En este sentido, parece que Dana solo cumple con la necesidad del guionista de que esté en el lugar adecuado para el desarrollo de la trama. Por no hablar de Winston Zeddemore (Ernie Hudson), que es como el Guadiana: aparece y desaparece de la trama sin mayor explicación, a pesar de ser un miembro de pleno derecho de la patrulla.


Si en la primera ocasión brilló cierta chispa especial, en Cazafantasmas 2 parece pesar cierta bajada de nivel o autoexigencia. Si bien es cierto que encontramos momentos graciosos o diálogos inteligentes y ácidos, otros resultan demasiado vacíos o ridículos. Y, de nuevo, la batalla final sucede con ligereza para culminar un esquema que se trató de reiterar sin el éxito de la primera ocasión. Con todo, un entretenimiento puntual y ameno, que no alcanza el nivel de su predecesora, pero que llega a convertirse en una de esas aventuras sencillas, cómicas y familiares que se reconocen como tales y que se prestan a dejarnos algunos momentos para reír despreocupadamente. 

Escrito por Luis J. del Castillo


Los cazafantasmas, de Ivan Reitman

25 septiembre, 2016

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Los ochenta fueron una década que consagró cierta forma de hacer cine que ilusionaba, seguramente para toda la familia, siguiendo la línea de los grandes éxitos de finales de los setenta. Películas que nos introducían en aventuras donde no faltaba o la magia, o la ciencia ficción, o el humor, o el mundo de la infancia, o todo junto. Quizás por eso tampoco faltaron las películas que rozaban la parodia sin abandonar los elementos que hacían tan mágico ese cine, ahí tenemos a La princesa prometida (Rob Reiner, 1987). No queremos elevar a los cielos a los ochenta, porque películas buenas o de este estilo las ha habido antes y después, pero esta etapa fue propicia para que aventura y comedia fueran de la mano sin caer en vulgaridad, sino con inteligencia. En esta época se permite que surja una película como Los cazafantasmas (1984) y que pueda triunfar en taquilla.

La película fue dirigida por Ivan Reitman, que destaca precisamente por haber creado una comedia blanca que roza, o se sumerge, en el ridículo, basta recordar algunos títulos como Los gemelos golpean dos veces (1988), Poli de guardería (1990) o Junior (1994). Con Bill Murray y Harold Ramis ya coincidiría en El pelotón chiflado (1981) antes de Los cazafantasmas.

No hablamos de un mal director, sino de un hombre de oficio con proyectos de dudosa profundidad. Con esta historia, cuyo guión corrió a cuenta de dos de los protagonistas, Ramis y Aykroyd, logró un gran éxito que propició la continuación en Cazafantasmas 2 (1989) con el mismo elenco, aunque menor taquilla. La franquicia parte de aquí y prosigue con series de animación, videojuegos y finalmente con un reinicio reciente, en esta época dada a este fenómeno, con mismo título, Cazafantasmas (2016), pero variando por completo el sexo de los personajes al protagonizarlo un equipo femenino.


La historia nos lleva a la vida del escéptico y poco profesional Peter Venkman (Bill Murray), quien junto a sus compañeros, el simpático Ray Stantz (Dan Aykroyd) y el inteligente pero frío Egon Spengler (Harold Ramis), componen el departamento de parapsicología de la universidad de Columbia en Nueva York. A pesar de que consiguen ver a un fantasma bibliófilo, son expulsados de la institución, algo lógico por lo poco que se nos muestra de su trabajo allí, y deciden erigirse como cazafantasmas, uniéndose a ellos la secretaria Janine Melnitz (Annie Potts) y un nuevo miembro de apoyo, Winston Zeddemore (Ernie Hudson); por su importancia, debemos señalar también a su primera cliente, aún cuando no son famosos, la chelista Dana Barret (Sigourney Weaver), que se convertirá en el objetivo amoroso de Peter. Contra toda previsión, su trabajo tiene éxito por la gran actividad fantasmagórica de la ciudad, una extraña actividad que tiene como epicentro la terrible venida de un semidios sumerio que amenaza con destruirlo todo.

Pero pese a esta sinopsis, con la mezcla de géneros, debemos destacar que estamos ante todo delante de una comedia, una comedia que parte de ideas provenientes de la fantasía y el terror, pero una comedia al fin y al cabo. El humor, al que nos referiremos más adelante, es el carácter que le da sentido a la obra por encima de otros elementos. Esto se produce porque el resto son casi anecdóticos. La caza de fantasmas es prácticamente elidida de la película mediante un montaje de escenas que muestra más el eco mediático que la acción, el terror no se busca y tampoco se dedica un gran espacio al romance, a pesar de que algo haya. Esto es una comedia de aventuras con terror paranormal, por ello lo que realmente funciona bien es el juego y el choque de caracteres entre el escéptico, poco profesional y materialista Peter Venkman con la inocencia y la honestidad de sus compañeros así como sus intentos para ligarse a Dana, quien a su vez es acosada por su ridículo y persistente vecino, Louis Tully (Rick Moranis); todas estas circunstancias con el telón de fondo de la amenaza fantasmagórica, que causará, a su vez, más situaciones irrisorias.


El romanticismo entre Peter y Dana existe más en la química de Murray y Weaver y en su capacidad interpretativa que en el guión. Ni siquiera se interesa la película por hablar más de sus personajes, dibujados a brochazo lineal y plano, tampoco llega a sentirse una amenaza real ni hay un auténtico espíritu de aventura, pero, a pesar de ello, funciona el humor, la cercanía y la magia de la satisfacción que produce un entretenimiento oportuno y bien llevado.

Eso se logra gracias al ya mencionado contraste de los personajes, que provoca toda una serie de escenas cómicas que es lo más destacable de la película: las características representativas del trío de cazafantasmas original es antitético entre sí, incluso el cuarto es distinto a los otros tres, mostrando una visión más religiosa en su breve aportación frente al cientifismo del trío; su inexperiencia a pesar de tratar de parecer profesionales, provocando incluso más daño que el que trataban de arreglar; la situación caótica de la oficina donde incluso presenciamos la oposición a la autoridad (una crítica a la burocracia y a los gobernantes que actúan sin conocimiento de causa) o la lucha entre sus intereses personales y la imagen más heroica que proyectan. También se juega con la personalidad de Dana, al acabar por mostrarla de forma provocativa y sensual. Incluso los supuestos villanos son ridiculizados por los cuerpos que poseen, incluyendo la graciosa y célebre transformación final. Así, el engarce humorístico de todos los elementos presentes en la película le proporciona un sentido coherente y la hace brillar. 


Parte de ese brillo también lo encontramos en una ejecución técnica que conoce el terreno en el que se mueve, y que bebe de elementos de la ciencia ficción anterior, así como la estupenda banda sonora de Elmer Bernstein. Cabe destacar también el simpático y pegadizo tema Ghostbuster de Ray Parker Jr. que se convirtió en una exitosa canción en la época, creando un sello propio e inconfundible para la franquicia. En cuanto a los efectos especiales, funciona mejor en la parte artesanal que en otras ocasiones, como en los efectos de slow motion que han envejecido de forma notable, y lógica por otra parte. Por ello, aunque es bastante notable el rodaje de ciertas escenas con elementos reales frente a los que hoy se crean con ordenador o CGI, el movimiento de las criaturas mágicas, sobre todo los canes infernales, deja bastante que desear. Tampoco funciona del todo bien la secuencia de la azotea y el final resulta algo abrupto. Con todo, no resta valor ni gracia al conjunto.

Los cazafantasmas forma parte de esa clase de películas que las personas recuerdan con cariño y simpatía porque logra sentirse cercana y llana, a pesar de que no trascienda. Se trata de un tipo de cine que logra dar con la clave, esa misteriosa fórmula, para hacer disfrutar al espectador entreteniéndole durante el metraje y logrando que este le disculpe los errores, por evidentes que sean. Sin duda, se trata de una obra despreocupada y simpática, que nos hará disfrutar con sus gags y bromas, presentándonos una visión sarcástica del espíritu más fantástico y aventurero de nuestra realidad.





Atrapado en el tiempo, de Harold Ramis

08 octubre, 2014

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Con el paso del tiempo, el ser humano se ha percatado, aunque haya sido a base de golpes, que la decisiones de nuestro día a día tienen repercusión en nuestra vida, nos parezcan o no trascendentales en su inicio. Phil Connors (Bill Murray), un detestable presentador del tiempo con aires de estrella, nos demuestra hasta qué punto nuestras palabras y acciones tienen repercusión en nosotros y en los demás. El extraño hecho, elemento casi de ciencia ficción, aunque en este caso podamos interpretar más un estilo de fantasía, de repetir el mismo día una y otra vez parece ser una maldición al principio. Para Connors, que no solo es detestable, sino que detesta todo lo que se respira a su alrededor en el célebre día de la marmota, este hecho le supondrá un castigo, aunque pronto descubrirá las puertas que se le abren a quien ha conseguido una extraña inmortalidad: un mundo sin consecuencias.


Este es, seguramente, el gran filón de Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, 1993), de Harold Ramis, con una traducción en el título que tiene más encanto que el original, igual que sucedía con El tiempo en sus manos (The Time Machine, George Pal, 1960). Esta comedia romántica reduce su historia de amor a pinceladas y realmente no tiene una gran fuerza, aunque el espectador pueda sentir que esa brevedad colabora en la formación de una historia más entrañable, alejada de amores superficiales.

Se trata más bien del cambio que este hecho produce en el protagonista, Phil, para llegar a enamorarse de una forma tan auténtica de su nueva productora, Rita (Andie McDowell), y todo lo que experimenta con ese tiempo regalado. Ambas cosas son las que hacen de esta película algo especial.


Si el principio se puede hacer pesado, con un personaje poco carismático, después se nos van dando retazos de un desarrollo impresionante: desde el consumo de todos los vicios, tanto alimenticios, sanitarios y vanidosos como lujuriosos, hasta el suicidio en múltiples formas, finalizando en la bondad, en acabar siendo una gran persona, preocupado por los vecinos de un pueblo al que antes aborrecía, y desarrollando unas grandes capacidades artísticas: ¡lo mejor de disponer de todo el tiempo del mundo!

El personaje y el espectador nunca sabrá el motivo de este fenómeno, cosa que no concuerda con esta época donde a todo se busca respuesta. Parece tan inusual como los fantasmas del pasado, el presente y el futuro del Cuento de Navidad de Dickens, aunque en este relato la intención moral era más clara. De esta forma, la película pretende introducir al espectador en ese debate interno: ¿qué hacer con todo el tiempo del mundo, donde no hay consecuencias?


Con esta pregunta, se afronta una película que no se detiene solo en lo moral, sino que contiene ecos de tintes metafísicos, literarios, cinematográficos y mitológicos. Podría tratarse de un film denso, pero Ramis resolvió el asunto con sencillez y ofreciendo un producto final exquisito, sin caer en sentimentalismos. Brilla especialmente Bill Murray, capaz de hacernos creer que es ese Phil Connors tan terrible al comienzo y tan perfecto al final. El montaje controla el ritmo y consigue crear humor de una manera inteligente, especialmente a partir de las repeticiones y las reacciones de los que permanecen ajenos al tiempo detenido. Disfruten de esta película mientras Phil sufre las consecuencias de todos sus actos, pero solo a corto plazo. Quizás valoren más el tiempo perdido.



The Monuments Men, de George Clooney

13 abril, 2014

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El valor del arte va más allá de la consideración económica que hoy en día consideramos como esencial; el arte estructura y nos enseña la evolución del ser humano y de su pensamiento, pero, sobre todo, de la creatividad de las personas para captar la realidad o su imaginación. La tesis de Monuments Men defiende que la desaparición de estas obras de arte suponen el olvido o la ausencia de la idiosincracia de una cultura, igual que cuando una lengua muere, muere consigo la visión del mundo de una civilización.


Tras un inicio que repasa alguna de estas obras rescatadas por los ciudadanos, de cualquier condición, trabajando por sostenerlas y rescatarlas, nos trasladamos al grupo militar conocido como Monuments Men, una serie de hombres especialistas en distintos campos artísticos que deberán viajar a una Europa en el ocaso del dominio de Hitler. Y aunque la película prometía ser una combinación de arte, emoción y humor con un reparto que prometía en la fachada más que en el interior, como el arte vacío.

A la cabeza de este buque se encuentra el actor, director y productor George Clooney, que se adentra en el puesto de dirección por quinta vez en un camino marcado especialmente por películas relacionadas con política y órganos de inteligencia de los gobiernos: Confesiones de una mente peligrosa (Confessions of a dangerous mind, 2002), Buenas noches, y buena suerte (Good night, and good luck, 2005) o Los idus de marzo (The Ides of March, 2011).

Damon y Clooney durante la grabación
No obstante, Clooney es más conocido por su faceta de actor, que también exprime en sus incursiones directivas participando en ellas. Por otra parte, ha sido también productor de otra obra de carácter político como es Argo (Ben Affleck, 2012), basada en hechos reales, otro denominador común que comparten varias de sus propuestas. Con todos estos requisitos cumple The Monuments Men (2014), aunque su resultado esté, cuanto menos, muy alejado de resultar bueno.

La historia bajo la que se entreteje el film se basa en un libro de Robert M. Edsel que narra la historia del Programa de Monumentos, Arte y Archivos del ejército norteamericano en plena Segunda Guerra Mundial, en un intento por rescatar las piezas culturales más importantes de la expoliación y posible destrucción del nazismo (junto a la posterior amenaza soviética). Hitler pretendía crear un museo con todas esas obras o destruirlas todas a su muerte, aunque de todos es sabido que no consiguió el primer objetivo, seguramente sí logró el segundo en parte. Sin embargo, la visión tan tajante del líder nazi se pueda extrapolar a otras situaciones de nuestra historia, en la que el arte ha sido arrancado, descontextualizado y/o destruido ya fuera por guerras, compres y ventas, incendios fortuitos o intencionados y otras acciones humanas que poca relación tienen con el perfecto enemigo de películas bélicas, los nazis. Gracias a ellos, la cinta repite clichés, incluyendo escenas pacíficas sobre soldados que solo cumplían órdenes o una actitud despiadada por parte de altos mandos que, de nuevo, cumplían órdenes. 



Y pese a eso, hubiéramos podido aceptar la clásica arenga si realmente el film hubiera sido emocionante, cosa que logra cumplir en el tramo final, para lo cual hay que soportar demasiado trayecto de emociones postuladas, especialmente por monólogos en off, relacionadas con unos personajes que no logran tener empaque y que relacionamos más con los actores que los interpretan que con un ser real, con una historia y personalidad propias en sus espaldas. La irregularidad del ritmo provoca, precisamente, que sean despachados en su presentación en el primer cuarto de hora a una velocidad pasmosa y que después nos detengamos en este capítulo de sus vidas con parsimonia, ¡incluso remitiendo a un pasado que nos es velado y que, según pretende el film, debería conmover!

En la composición del metraje falta, como hemos visto, ritmo y en los personajes, fundamento. Aunque este grupo pertenece a la intrahistoria de uno de los acontecimientos más cruentos de nuestra historia contemporánea, el problema reside, precisamente, en ese mismo anonimato en el que el film no se atreve a ahondar. Desconocemos prácticamente todo de los personajes, algo que no necesariamente sería un defecto, puesto que muchos son los personajes de los que poco conocemos pero que están bien desarrollados, si no fuera por la cantidad de incoherencias que tienen en su actitud o por las referencias que se hacen a ese pasado en varios puntos de la cinta. No podemos defender, además, el hecho de que se trate de una adaptación tanto de hechos reales como de una obra, puesto que se permiten, entre otras cosas, cambiar el nombre de todos protagonistas reales; y eso sin hablar del cambio de lenguaje que existe entre lo literario y lo cinematográfico.


En este sentido, tan solo el personaje secundario Claire Simon (encarnado por Cate Blanchett) tiene una evolución interesante y atractiva en la película, convirtiéndose en una personaje clave que contiene drama y una seriedad realista sin pertenecer al grupo principal sobre el que se basa la cinta. Ni siquiera George Clooney, que se reserva el papel de líder del grupo, Frank Stokes y alguno de los monólogos emotivos del film, tiene un personaje muy consistente, teniendo una motivación especial a partir de la mitad de la película, en una búsqueda obsesiva por la Madonna de Brujas, escultura de Miguel Ángel.

Por otra parte, Matt Damon, como James Granger, realiza una actuación plana de un personaje que poco más le proporciona. El resto del reparto, compuesto por algunos actores cómicos, solventa el papel dentro de las posibilidades que le ofrece el guión, pero sin mostrar ningún ápice de genialidad.

Desfilan por la pantalla actores como Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin, Bob Balaban o Hugh Bonneville en busca de arte, especialmente el políptico de Gante, Adoración del Cordero, de los hermanos Van Eyck. Como curiosidad en el reparto, la aparición del padre del director y actor, Nick Clooney.

Aunque con los actores cabría esperarlo, la película se publicitó como una mezcla entre película de aventuras y comedia, con un fin cultural, lo que finalmente no resulta ser tal. Es más, las situaciones cómicas se repiten sin gracia alguna, convirtiendo una de sus bazas publicitarias en otro de los defectos de la cinta, que finalmente no logra ser ni lo que prometía ni lo que pretendía resultar.

En definitiva, la historia que nos traía Clooney, aquella que hablaba del arte como sustentador de la cultura más allá de una creencia religiosa, era acertada y su mensaje sería aplicable a otras circunstancias donde no existió un grupo tan preciso como estos Monuments Men; y, sin embargo, la película ha resultado ser una pieza aburrida, sin gracia ni brillantez.

Escrito por Luis J. del Castillo


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