Clásicos Inolvidables (IX): Lazarillo de Tormes

11 febrero, 2012

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Una de las obras más importantes en la prosa española es el Lazarillo de Tormes, obra anónima del siglo XVI que supondría la base de las futuras novelas picarescas, aunque esta novela no pueda considerarse como tal.

Aparecieron a mediados del siglo XVI varias ediciones, aunque una de ellas fue descubierta en 1992, hecho que supuso un acontecimiento en el mundo cultural ese año. En su época gozó de gran fama, llegando a incluirse una segunda parte que se desarrollaba en una escena realista y de la misma calidad, escrita por Juan de Luna, y otra secuencia de hechos descabellados, como la transformación del protagonista en atún, que es anónima. Poco después caería en el olvido, siendo rescatada gracias al Guzmán de Alfarache (Mateo Alemán, 1599, primera parte; 1604, segunda parte), novela picaresca que rescataría al Lazarillo como precedente. La obra parte de una carta escrita en primera persona por Lázaro, el protagonista, en la que se dirige a un misterioso personaje que no se reconoce en el transcurso de la historia y que responde al tratamiento de Vuestra Merced, con el motivo de confesarle hechos relacionados con un incidente que descubriremos al final. 

Justificado con este caso, Lázaro comienza a hablar de su vida desde el inicio, contando la historia de su familia y cómo comenzó a trabajar de siervo para varios amos, al estilo de otras obras como la novela latina El asno de oro; es este hecho el que aparte a la obra del género de novela picaresca, pues, entre otras cuestiones, los pícaros no tenían trabajo. No obstante, la novela parece estar inacabada, pues varios amos aparecen de forma esquematizada, sin llegar a tener un desarrollo como lo tienen los primeros. Esto podría deberse a varios factores: desde que el autor se cansara de la obra hasta que falleciera antes de concluirlo.

Hurtado de Mendoza, posible autor
Precisamente, la cuestión de la autoría del Lazarillo siempre ha sido tema de debate entre los estudiosos de la literatura, habiendo ofrecido varios nombres a lo largo de la historia. Entre las propuestas más señaladas, encontramos a Fray Juan de Ortega, Diego Hurtado de Mendoza y Alfonso de Valdés.

El primero es la persona que inicialmente se sospechaba como autor, al haberse encontrado un manuscrito de la obra en su celda en 1605. El segundo ha sido defendido, y recientemente, en el año 2010, Mercedes Agulló aseguró que se trataría del autor debido a un inventario de las posesiones de Hurtado de Mendoza donde se encontraba un manuscrito de la obra; sin embargo, este hecho no prueba la autoría, pues también aparecían mencionadas otras obras de otros autores en el mismo inventario.

El tercer caso es el defendido por la profesora Rosa Navarro, especialista en el Lazarillo, que señala las similitudes de estilo entre la novela y otros escritos de Alfonso de Valdés; pero, de nuevo, no es algo demostrado. Algunas corrientes piensan en nombres distintos, entre ellos Luis Vives, mientras que otros apoyan el pensamiento de que no es verdaderamente importante conocer al autor, pues pudo tratarse de una persona realmente anónima que no se hubiera dedicado a escribir más obras, quizás un escolar.

No obstante, la cuestión del autor, aunque interesante, es un debate superfluo si atendemos a la cantidad de obras anónimas existentes o al auténtico interés que debería despertar la narración por su contenido. El Lazarillo destaca no por ser anónimo, sino por tratarse de una obra original en la época.

A pesar de esta originalidad mencionada, debemos destacar algunas de sus fuentes, entre las que se encuentran el Decamerón (1353) de Boccaccio, de donde toma el tratamiento realista y contemporáneo de la narración, y obras latinas como El asno de oro de Apuleyo, mencionado anteriormente, y las comedias de Plauto. Además, podemos apreciar como influencias La Celestina (1499), de Fernando de Rojas, y La lozana andaluza (1528), de Francisco Delgado. Esta última es una obra muy vital donde aparece el mundo de los bajos fondo, aunque emplea un lenguaje más obsceno que el Lazarillo.

Dentro de la obra encontramos la idea de un yo que se forma con el tiempo y no está preestablecido desde el nacimiento como sucedía en otros escritos de la época, como en los libros de caballería. Este yo se forma a través de sus amos, que tienden a ordenarse de tres en tres, siendo un total de nueve amos divididos en tres etapas de la vida del protagonista. Así, Lázaro pasa su infancia, el momento de mayor aprendizaje, bajo el mandato de un ciego, un clérigo y, posteriormente, un escudero hidalgo. Son los amos más desarrollados y destaca el hambre como su mayor necesidad, aumentando según cambia de amo, hasta que es él quien debe encargarse de alimentar al escudero, algo impropio de la situación en la que se encontraban.

Lazarillo de Tormes, de Francisco de Goya
Precisamente, este amo es uno de los más interesantes de la obra, sobre todo porque nos muestra la situación que vivía el grupo social de los hidalgos de baja nobleza en las primeras décadas del siglo XVI. Estas personas dejaron de tener oficio, y por tanto, beneficio, al perder su valor social, el bélico, que tan importante había sido en la Edad Media. Esto produce diversidad de opciones, entre las cuales algunos se fueron a América o a Italia, otros se quedaron con sus pequeñas tierras rurales y una gran mayoría emigró a las ciudades por comodidad; otra de las obras más importantes de la literatura española tiene como protagonista a un hombre que pertenece a este grupo social, se trata, obviamente, de Don Quijote (Miguel de Cervantes, 1605 y 1615). En este tratado (nombre que reciben los capítulos de la obra) surge la idea de que el criado es quien realmente manda y acaba sosteniendo al amo, pensamiento que será empleado por otros autores posteriormente. La relación entre ambos está, por otra parte, sostenida en la mentira mutua, y termina cuando la mentira es descubierta, desvelando que ambos son iguales, pobres, por lo que uno no puede servir al otro.

La mentira tiene importancia en este capítulo, pues prácticamente todo lo que rodea al hidalgo es falso, desde su apariencia de cristiano viejo, pese a que parece proceder de un lugar típico de judíos conversos, hasta su deseo de futuro: trabajar para un noble al que poder servir mediante mentiras, realizando así una crítica a los altos nobles que despreciaban a los hombres virtuosos y preferían a los que les mentían, por ejemplo, mediante adulaciones. Además, en este capítulo el espacio cobra protagonismo, especialmente la casa del hidalgo, acusada de ser la culpable de la mala suerte del escudero. Todo lo contrario a las vecinas, que son los únicos personajes positivos de la obra.

El escudero y Lázaro
Continuando con los amos del protagonista, en una segunda fase, siendo ya adolescente, sirve a un fraile de la merced en el que encontramos el capítulo más oscuro del libro, muy metafórico y donde podemos interpretar que el fraile abusó del joven Lázaro. Posteriormente sirvió a un burlero y a un pintor. Finalmente, como adulto, serviría a un capellán, a un alguacil y al arcipreste de Salvador, trabajando para este en el presente como pregonero y verdugo.

Todos estos amos aparecen esquematizados, en algunos casos mencionados casi de forma anecdótica. En el último amo es donde descubrimos el caso del que habla a Vuestra Merced: los rumores de adulterio de su esposa con su amo, el arcipreste. Sin embargo, el protagonista considerará que, desde su infancia hasta la actualidad, ha logrado ascender socialmente, aunque el resultado final no parezca agradable ni moralmente aceptable.

Por último, cabe destacar una de las partes más remarcables de la obra, situada justo al inicio: el prólogo. En principio, debemos entender que es posible que el prólogo se dividiera en dos partes, como defiende Rosa Navarro.

La primera parte correspondería al autor real y la segunda sería el comienzo de la carta del protagonista de la obra. Así pues, la primera parte se construye sobre la denominada paradoja epidémica, un procedimiento por el cual se defiende una idea indefensible empleando argumentos elevados culturalmente que, si bien no demuestran tu idea, provoca que se ponga en duda tales argumentos, lo que provoca ironía, pues destruyes tu propio razonamiento.

De esta forma, parodia la introducción clásica empleando este tipo de paradoja, con lo que logra, por ejemplo, contaminar una cita de Plinio, según la cual, no hay libro malo, con otra de Cicerón, según la cual lo bueno de los libros es la recompensa que ganan los autores. Consigue criticar, mediante estos métodos, a toda la sociedad. En el caso de la segunda parte, nos situamos al comienzo de la misiva al personaje de Vuestra Merced, momento en el que Lázaro empieza hablando del caso que les ocupa y, por tanto, de su vida, dando comienzo a la obra que conocemos.

Finalmente, podemos mencionar la adaptación cinematográfica de la obra realizada en 2001, con la dirección de José Luis García Sánchez, quien suplió a Fernando Fernán Gómez, director inicial que cayó enfermo durante esta época. Por otra parte, cabe destacar como curiosidad el tratamiento que esta obra ha recibido en el ámbito educativo, siendo generalmente una lectura recomendada para los niños y jóvenes. Debemos tener en cuenta que, además de ser una obra clásica de nuestra literatura, nos situamos ante una obra donde se observa el maltrato físico a un muchacho, por no mencionar el oscuro capítulo del fraile de la merced. Entregar esta novela como una lectura abierta, sin explicación, o incluso pretendiendo que resulte cómica o agradable, no considero que sea adecuado. No obstante, siempre se pueden recurrir a las adaptaciones realizadas de la novela, donde podemos mencionar, por ejemplo, la realizada por Rosa Navarro.

En definitiva, nos encontramos ante una gran obra de la literatura española, pionera en el género de la novela moderna que llegará a su cumbre con el Quijote como base para todas las novelas posteriores.

Una obra que asienta las bases de la novela picaresca y que nos permite descubrir una perspectiva más sórdida de una época generalmente idealizada por una visión romántica.

Escrito por Luis J. del Castillo


4 comentarios :

  1. Ufff, hace mucho que no me animo yo con los clásicos...
    Besos

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  2. Una magnífica reseña. He leído varias veces el Lazarillo, pero no he tenido ocasión de acercarme a la adaptación cinematográfica. ¡Saludos!

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  3. Muy interesante. Un saludo desde la ciudad del Tormes

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