Para el sábado noche (LXXXIII): The Warriors (Los amos de la noche), de Walter Hill

02 julio, 2019

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Sostenía Hölderlin (1770-1843) que la noche era hermosa y triste, terrena pero elegíaca, un ente que te arrastra (en su poema homónimo La noche, 1800). Me atrae siempre la poderosa noche, añadía en Quirón. Esta parcela del día parece una eterna mediadora entre la luz del interior y la diurna. En cualquier caso, a ella pertenecen los Warriors.

Como otras tantas bandas callejeras, esta parte al encuentro del dirigente Cyrus (Roger Hill), en una concentración sin precedentes en el Bronx (Nueva York), para la que incluso se requiere un santo y seña. Se trata de una quedada monumental, que no se duda en calificar de cónclave. Todas las pandillas de la ciudad estarán allí. Una vez más, destaca el sentido de pertenencia, a un grupo, ideario o etnia, como también nos demostraba aquel inolvidable documental de Tony Silver (1935-2008), Style Wars (Public Art Film, 1983). En él, los pandilleros, fueran grafiteros o break dancers, se reconocían en un tumulto urbano y underground de búsqueda individualizada, con ánimo de desarrollar su propio concepto, si se puede decir así. Buscadores de un destino e identidad, que se enfrentan no ya al sistema, sino a todo sistema que reprima su libertad, al tiempo que esbozan sus propios bocetos artísticos determinados.

De este modo, los Warriors también parecen cobrar su sentido y naturaleza en la franja horaria de la noche. Es lo que se desprende de las imágenes de la película, escrita por David Shaber (1929-1999), responsable, por ejemplo, de la estupenda Una mujer de negocios (Rollover, Alan J. Pakula, 1981), y el propio realizador, el estimulante Walter Hill (1942), coproductor, asimismo, de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979). En esta ocasión, el relato gira en torno a una novela de Sol Yurick (1925-2013), que de momento no ha sido traducida al español, pero que parece tomar como fuste la pieza clásica Anábasis del historiador Jenofonte (431-354 A.C.). Un episodio de “hermanos” contra “hermanos”, que puede ser visto de forma tanto literal como alegórica (ambas posibilidades son contempladas en la adaptación). Hölderlin de nuevo, en su Hiperión (1795), se agazapa en la estructura de dicha traslación, a modo de decepción por los ideales truncados o inalcanzables (no tanto los de andar por casa). Esa nada nihilista no exenta de cierta locura juvenil. Sin embargo, la nada a la que hacía referencia Hölderlin y que se traslada a The Warriors, los amos de la noche (The Warriors, Paramount Pictures, 1979), es, en mi opinión, la nada de lo material, no tanto de lo espiritual (de lo inconmensurable o anímico si prefieren). Esto es, el vano afán de derrocar o semejarse a unos “dioses” ya establecidos y revestidos de mil bizarros ropajes, frente a un orden individual y grupal -o cósmico-, un saber[se] estar en nuestro nivel de realidad.


Estos hijos del instante parecen limitarse a sobrevivir, pero también transitan por una etapa de cambios, de transformación, evidenciada en la oxigenada y última escena de la película. Lo que sucede es que se ha producido un asesinato, y los Warriors han sido (falsamente) identificados como los autores del mismo. A partir de ese momento, el largo retorno a casa será una dura prueba para los integrantes de la banda, encabezada por Swan (Michael Beck).

A pesar del envite, les queda la suficiente dosis de atrevimiento o romanticismo como para querer dejar su nombre inscrito en el mobiliario urbano, incluida la lápida de un cementerio; ese hacer ver y valer tu nombre que se recogía en el mencionado Style Wars. El “yo estuve allí” de toda la vida, calificado de bombing, consiste en legar tu nombre en algunas zonas estratégicas. Como aseguran los componentes de los Warriors, esto acontece mientras atraviesan barrios que no han sido nunca antes hollados por ellos; cada uno de los cuales, está poblado por una llamativa tribu urbana.

A rebufo de esta terra ignota, también parecen inéditos los expectantes rostros previos a la aparición de Cyrus, sumo sacerdote y objeto de sacrificio al mismo tiempo. El futuro es nuestro, proclama este caudillo ante los ejércitos de la noche (el personaje está doblado por el gran Rogelio Hernández [1930-2011]). Un ejército de sesenta mil soldados, especifica el iluminado pastor. Su objetivo: la ciudad será nuestra. Lo que nos recuerda lo fácil que es rebelar a las masas, sean de la condición que sean. La proclama se dirige a aquellos que desean oír lo que se dice; la demagogia de uno se traslada a muchos. Pero como decía, se ha cometido un delito grave y existe un testigo (en realidad dos, uno auténtico y otro falso). Y con falsedad son señalados los Warriors, progresivamente alejados de la arenga populista de Cyrus y el sofoco grupal. Tras la desbandada de la multitud, el grupo se ve obligado a dispersarse. Ahora, han de encontrar el camino de regreso a su zona (el medio de transporte principal es el metro, y no el caminar por unos barrios desolados), y aclarar lo sucedido, cuando tienen notica del alcance real del incidente.


Ellos son el referido Swan, Ajax (James Remar), Cleon (Dorsey Wright), Snow (Brian Tyler), Cochise (David Harris), Cowboy (Tom McKitterick), Rembrandt (Marcelino Sánchez), Vermin (Terry Michos), y a la sazón y circunstancias, la joven Mercy (Deborah van Valkenburgh), que se les unirá casi de forma trascendental. Los muchachos proceden de Coney Island, un barrio residencial de Brooklyn. Precisamente, la película arranca con la nocturna y distintiva imagen de su Wonder Wheel. Es la “Ítaca” a la que se disponen a volver los sufridos expedicionarios. Entre tanto, habrán de camuflarse, agazaparse, hacer frente a otras bandas y a la policía, y discutir entre ellos, sin dejar de permanecer unidos, por aquello el control imperioso de la situación.

Interesante es constatar que entre bandas también existen élites. Como demuestra la disciplinada guardia de corps de los discípulos de Cyrus. El segundo de este, Masai (Dennis Gregory), vive recluido con sus informantes satélites y sus gafas de sol. Un personaje ante el que hacer méritos, puesto que quiénes atrapen o den con el paradero de los Warriors, se habrán anotado un tanto. Como dice Masai, todos forman parte de una compacta red.

Por otro lado, el realizador de Driver (Ídem, Fox, 1978) nos propone un (anti)héroe atractivo en varios sentidos. Resulta hierático, pero sabe mantener la calma y la disciplina dentro del grupo, por lo que apenas pierde el control ante una coyuntura donde se hace necesaria una estrategia. A ello podemos añadir la excelente idea de incluir las soterradas noticias de una emisora de radio, o el efectivo recurso narrativo de la agente de policía (Mercedes Ruehl) que trabaja de incógnito. Así mismo, destaca el inolvidable encuentro con Las Ansiosas, auténticas arpías de los suburbios.


En todo momento reluce una estética urbana, el cuero, tiendas empalidecidas, puestos de vigilancia en las azoteas, estaciones de metro, solitarios parques, recovecos forjados a hierro, vagones pintarrajeados, calles mojadas, cubos de basura, descampados, un cementerio, unos lavabos, y hasta una sinforola y un pinball. Así, cadenas, colgajos diversos y algunas seseras rotas son, junto con la importancia que cobra la expresión corporal, el saldo y escenario de este dificultoso periplo a casa, simbolizado por el citado parque de atracciones de Coney Island. Los Warriors pertenecen a este entorno inestable y traicionero, pero de igual modo, poseen una ética: sabes que no te van a dejar colgado.

Desconozco si la novela de Yurick (The Warriors, 1965) se hace eco de los incidentes desatados por el gran apagón de Nueva York, el nueve de noviembre de 1965 (hubo otro bien sonado en julio del 77), pero esta atmósfera está presente a lo largo de la narración. Grupos de vándalos campan a sus anchas mientras los chivos expiatorios, es decir, los Warriors, se distinguen precisamente de los demás por su particular autenticidad; en suma, por su determinación además de por su atuendo.

Cabe consignar, como nota final, la fotografía de Andrew Lazslo (1926-2011), una apropiada música instrumental a cargo de Barry De Vorzon (1934), las pegadizas canciones, y la no menos adecuada labor de edición, compartida por Freeman A. Davies (1945), Billy Weber (-) y Susan E. Morse (1952), montadora habitual de Woody Allen (1935).

Escrito por Javier Comino Aguilera



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