Mostrando entradas con la etiqueta Susan Clark. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Susan Clark. Mostrar todas las entradas

Para el sábado noche (XLIV): La noche se mueve, de Arthur Penn

30 junio, 2015

| | | 0 comentarios
Hay que reconocer que si la carrera cinematográfica de Arthur Penn (1922-2010) resulta algo desigual fue debido a que, en buena parte, esta fue arriesgada. En su filmografía encontramos disparidad de temas, la mayoría sumamente interesantes, caso de El zurdo (The left handed gun, Warner, 1958), La jauría humana (The chase, Columbia, 1966), Bonnie y Clyde (Bonnie & Clyde, Warner, 1967) o Pequeño gran hombre (Little Big Man, Fox, 1970).

Una circunstancia reprobada por la “política de autor”, que aún seguía en vigor en los setenta y primeros ochenta, y que era ajena a la singularidad específica de cada obra, en favor de unas pautas directrices comunes e intercambiables, esto es, que debían repetirse en cada película, y que constituían las señas de identidad o características de un verdadero autor. Pero rebatiendo esta premisa, por suerte hace tiempo arrinconada, Arthur Penn se nos muestra como un realizador bastante estimable.

Los tiempos de gloria de Harry Moseby (Gene Hackman) parece que quedaron atrás. Pese a que aún se le recuerda, es un retirado jugador de rugby que ahora ejerce como el tradicional detective privado.

En un mundo envuelto por lo chabacano, Harry es un profesional en todo aquello que encara, ya fuera en el deporte o ahora en la investigación. En cierto momento del relato lo contemplamos recreando clásicas jugadas (problemas) de ajedrez. Tiene sobre la mesa una suculenta oferta laboral por parte de un buen amigo, Nick (Kenneth Mars), pero él confiesa que si continua haciendo su trabajo es porque le gusta, no porque se sienta obligado. Y realmente, este le permite entrar en contacto, de alguna manera, con un espacio recóndito y envilecido, pero fascinante, el de la naturaleza del ser humano.

Este es el núcleo léxico-semántico de La noche se mueve (Night moves, Warner, 1975), dirigida con pulso firme por Penn, con la ayuda del aventajado Bruce Surtess (1937-2012) en la fotografía, el interesantísimo Michael Small (1939-2003) en la banda sonora, y de Dede Allen (1923-2010) en la edición, la cual aporta un excelente ritmo a las imágenes.

Como en todo relato policiaco con detective, a la pesquisa en cuestión se agrega otra capa, la de los contratiempos del propio protagonista, dos facetas que se superponen perfectamente por mor de la narración de Alan Sharp (1934-2013). En el caso de Harry, sus cuitas se centran en la infidelidad de su esposa Ellen (Susan Clark) y el hastío que le conduce a ello.


En cuanto al encargo, se trata de dar con el paradero de la desaparecida y díscola hija de una caduca estrella de cine venida a menos, la señora Arlene Grastner (Janet Ward). A su comentario de nunca fui una actriz importante cabría añadir, como el detective tendrá ocasión de comprobar, el hecho de que nunca ha sido una madre importante, raíz del conflicto familiar.

Confidencias que encuentran una agradable prolongación en las charlas que Harry mantiene primero con Paula (Jennifer Warren), la compañera de Tom Iverson (John Crawford), padrastro de la joven desaparecida, Delly (Melanie Griffith); con Ellen, en la que rememora a su padre, y nuevamente con la señora Grastner, ya desde la distancia.

Son instantes que parecen manifestar una doble naturaleza, más apropiada para complementarse (a menudo desearse) que para comprenderse. El caso es que una vez localizada la muchacha, la precoz Delly, un asunto que parece concluido, se complica.


Asunto que participa de la propia tramoya del cine, concretamente, la filmación de una película en la que tiene lugar un accidente. Entre los sospechosos están el mecánico Quentin (James Woods), el productor asociado Joey Ziegler (Edward Binns) o el especialista Marv Ellman (Anthony Costello). Pero muy hábilmente, la trama derivará hacia otra parcela completamente distinta (aunque muy cinematográfica también), que no desvelaremos y que, en cualquier caso, no queda deslindada de la (¿natural?) avaricia humana.

Pero existe otro personaje en la película, la noche misma. Será en su deambular por esta cuando Harry averigüe que Ellen mantiene una relación con un desconocido (Harris Yulin), momento en que, a la sorpresa y el dolor, se suma la delectación por espiar a la pareja, que acaba de salir de un cine. Poco después, Harry comentará a Paula que solo pretendo que note que estoy aquí.

Toda una declaración de intenciones ante a un panorama de relaciones del color del whisky, envuelto por esa oscuridad de la noche, sinónimo, por supuesto, de otro tipo de oscuridades (aún a plena luz del día), como Harry podrá constatar finalmente a través de la trampilla de cristal de una embarcación. El detective define muy bien ambas situaciones, la ajena y la personal, cuando tomando como “excusa” un programa deportivo, asegura que no gana nadie, solo que unos pierden más que otros.


Son personajes en un mundo que tiende a encasillarse cada vez más en estructuras tecnológicas (la propuesta de Nick para que Harry se incorpore a su agencia), sustitutivas de un orden ético, para algunos incluso espiritual, que cada vez parece más lesionado. Razón por la que la posibilidad de abandonar un trabajo acaba pareciendo una resolución más que incierta.

De este modo, desenvolverse entre el resto de seres humanos se asemeja a nadar en la oscuridad, ámbito no exento hasta de una visión distorsionada y espectral bajo el agua. Incluso llegan a equipararse, a modo de analogía, las desapariciones en el mar con las que acontecen en tierra. Y curiosamente, el hallazgo en alta mar se debe a la casualidad, la misma que ha hecho que Harry llegara a descubrir la infidelidad de su esposa.

La noche se mueve es un magnífico trabajo en equipo, de todos los profesionales que tomaron parte en la película, como tantas veces ha sucedido en la historia del cine.

Escrito por Javier C. Aguilera

Adaptaciones (XXIV): Sherlock Holmes (VIII) Asesinato por decreto

05 mayo, 2014

| | | 1 comentarios
La carrera del realizador Bob Clark (1939-2007) fue errática en su fase tristemente final (él y un hijo murieron cuando un conductor borracho los embistió de frente). Así, junto a Porky’s 1 y 2 (1981 y 1982) o la simpática Un tiro por la culata (Loose cannons, 1990), sobresalen Los niños no deberían jugar con cosas muertas (Children shouldn’t play with dead things, 1972), Navidades negras (Black Christmas, 1974), Tributo (Tribute, 1980), y la que nos ocupa, Asesinato por decreto (Murder by decree, AVCO Embassy, 1978; estrenada un año más tarde).

Fue la segunda vez que Christopher Plummer encarnó a Sherlock Holmes, tras una versión para televisión –que a día de hoy no me ha sido posible ver- del relato Estrella de Plata (Silver Blaze, John Davies, 1977). Al ser Asesinato por decreto una coproducción entre Inglaterra y Canadá, Plummer no es el único canadiense en el reparto. Le acompañan Geneviève Bujold, que interpreta a la recluida Annie Crook, Susan Clark (Mary Kelly), Tedde Moore (Mrs. Lees), y Donald Sutherland, que hace lo propio con el médium Robert Lees, personaje interesante siquiera por no haber sido representado como el típico fantoche.

Junto a ellos y por descontado, emerge un excelente plantel de actores británicos: James Mason, David Hemmings, Frank Finlay, Anthony Quayle y John Gielgud.


Aunque no pretendo destripar el argumento, Asesinato por decreto es complementaria de Estudio de terror (A study in terror, James Hill, 1965), aunque sus derroteros artísticos sean otros.

Desde el principio, una atmósfera casi irreal -aunque existiera realmente-, junto al empleo de la lente deformada, testimonian los despiadados e hiperbólicos crímenes de Jack, el destripador, oficialmente iniciados el treinta y uno de agosto de 1888 con, progresivamente, Polly Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, la misma noche Catherine Eddowes –parte de cuyo riñón fue enviado a la policía- y Mary Kelly, que disponía de habitación propia, y que aquí se convierte en el foco de todo el entramado argumental.

Se atribuye al asesino la muerte anterior de Martha Tabram, y la posterior de Alice McKenzie, en julio de 1889. En cualquier caso, la estrangulación como motivo del asesinato que muestra la película es un hecho cierto.


Pese a que han sido demasiados los libros y documentales que se han auto-titulado como “Caso resuelto” o “Jack, el destripador: identificado”, me parece interesante señalar la aportación del investigador y escritor Meirion Trow, que especula que la identidad del criminal podría haberse correspondido con la de un empleado de la morgue de Whitechapel, llamado Robert Mann, muerto de tisis (tuberculosis) el dos de enero de 1896. Un lugar que, como guarida del criminal, está estratégicamente situado, como estratégica –e “invisible”- es la profesión del sospechoso. Nos hallamos, entonces, ante una película-con-médico-loco; aunque hay método en su locura.

La inseguridad en las calles de Londres no se debe solo a la acción del maniaco, sino a los excesos de la llamada revolución industrial. En el interior de la Royal Opera House, donde se encuentran Holmes y Watson, somos testigos de ese ambiente inestable y de disgusto. Significativamente, Holmes se moverá por entre la oscuridad durante la mayor parte del relato: la oscuridad es tanto física -Holmes toca su violín en la penumbra-, como mental -el asunto parece difícil de dilucidar-.


Además, de las centrales y estructuradas arterias de Londres, nos imbuimos en un laberinto de casas y callejones. La capital se nos aparece entonces como escenario de unos edificios abandonados, monumentos callados de la explotación más atroz, junto con el psiquiátrico donde yace la solución del enigma, un remedo de Bedlam y otros “asilos” para trastornados. Ese decorado representa, de algún modo, el final de una era. El cuestionamiento del carácter ético de (un miembro de) la monarquía, así parece corroborarlo; como las actuaciones del comisionado de la policía, sir Charles Warren (Anthony Quayle), ¡de carácter bastante sanguíneo!

Éste es también el escenario en el que aparece una de las claves de la incógnita: la pintada sobre una pared con la palabra “juwes”, cuya referencia (real) se refiere a un ritual masónico que implicó a los asesinos del constructor del Templo de Salomón en Jerusalén.

La conexión mental del asesino con Lees, frente a una policía que solo es “racional”, contrasta a su vez con los testimonios de la prensa, no exentos de sensacionalismo y un exceso de imaginación.


El terror es, como la oscuridad, igualmente doble, físico –los crímenes- y mental -el de Annie, recluida sin estar loca-. Y dentro del mental, podemos añadir el oligárquico, que desencadena una desviada –si hay alguna que no lo sea- interpretación de la nebulosa “razón de estado”. Es decir, la falla de unas instituciones que han de garantizar el respeto a unas normas de convivencia. Y tan culpables como éstas, son los radicales, que pierden su razón mediante la consecución de actos violentos. Como dice Watson: “¡un radical en Scotland Yard, terrorífico!”.

El precio por preservar el orden social es demasiado alto, sobre todo porque nos ha sido mostrado por medio de la historia de John Hopkins (1931-1998). Al final de la desventura, Holmes será incapaz de contemplar los edificios institucionales de igual forma. Probablemente, es la primera vez que tropieza con un muro realmente insalvable.

Escrito por Javier C. Aguilera


Lo más visto esta semana

Aviso Legal

Licencia Creative Commons

Baúl de Castillo por Baúl del Castillo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

Nuestros contenidos son, a excepción de las citas, propiedad de los autores que colaboran en este blog. De esta forma, tanto los textos como el diseño alterado de la plantilla original y las secciones originales creadas por nuestros colaboradores son también propiedad de esta entidad bajo una licencia Creative Commons BY-NC-ND, salvo que en el artículo en cuestión se mencione lo contrario. Así pues, cualquiera de nuestros textos puede ser reproducido en otros medios siempre y cuando cuente con nuestra autorización y se cite a la fuente original (este blog) así como al autor correspondiente, y que su uso no sea comercial.

Dispuesta nuestra licencia de esta forma, recordamos que cualquier vulneración de estas reglas supondrá una infracción en nuestra propiedad intelectual y nos facultará para poder realizar acciones legales.

Por otra parte, nuestras imágenes son, en su mayoría, extraídas de Google y otras plataformas de distribución de imágenes. Entendemos que algunas de ellas puedan estar sujetas a derechos de autor, por lo que rogamos que se pongan en contacto con nosotros en caso de que fuera necesario retirarla. De la misma forma, siempre que sea posible encontrar el nombre del autor original de la imagen, será mencionado como nota a pie de fotografía. En otros casos, se señalará que las fotos pertenecen a nuestro equipo y su uso queda acogido a la licencia anteriormente mencionada.

Safe Creative #1210020061717