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Invisible, de Eloy Moreno, y adaptación a serie

11 enero, 2025

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Invisible es una novela escrita por Eloy Moreno y publicada en 2018 que aborda de manera directa las causas, el desarrollo y las consecuencias de un caso de acoso escolar. Ha gozado desde el inicio de cierto nivel de éxito y ha sido habitual que se haya convertido en lectura en colegios e institutos, especialmente por la sensibilidad que desprende y el retrato psicológico de sus personajes. Conocía la novela desde hace unos años, era lectura recomendada en el instituto donde daba clase en un curso que yo no impartía y muchos alumnos la habían leído y hablaban bien de la historia. Por ello, cuando me enteré de que iban a hacer una serie que adaptaba la novela, dirigida por Paco Caballero, que se estrenó el pasado 13 de diciembre, me animé a leer la novela y después a ver la serie, sobre todo porque el tema que abordaba me interesaba especialmente.

Aunque ya conocía el nombre de Eloy Moreno y sabía que sus libros solían abordar sobre todo historias sensibles con ánimo esperanzador, esta ha sido la primera novela que he leído de él y fue una experiencia agridulce. Por una parte, su manera de narrar y escribir no me convencía demasiado, con algunos recursos que hacían algo repetitiva la lectura, en ocasiones oraciones complicadas de más o metáforas simples enfocadas a mantener la intriga, incluso una estructura in extrema res que nos lleva a los primeros capítulos con el protagonista en un hospital, viviendo las consecuencias de un accidente cuya naturaleza descubriremos al final de la historia, pero que desaprovecha precisamente el mostrar posteriormente un cierre más completo de las tramas creadas. En ciertos aspectos, Invisible se me quedaba pequeño en lo que proponía. Me recordaba a la manera de escribir de Albert Espinosa, siendo más importante el mensaje que la narración. 

Pero, por otra parte, debo alabar la capacidad de Eloy para adentrarse en los pensamientos de sus personajes. Lo mejor del libro reside precisamente en cómo se adentra en las emociones de ese niño de 12 años que busca un refugio para lo que lo está pasando en elementos ficticios, pero también de ese acosador, MM, que anhela la validez de los demás o de esa profesora que no puede dejar que esa situación siga su curso sin más, marcada por sus propias experiencias vitales. Estos tres personajes dirigen el desarrollo de toda la novela y, sin duda, son la mejor construcción de su autor. Otros personajes secundarios acaban más desdibujados y son algo más planos, representados por leves señas de identidad, como les acaba sucediendo a Kiri y a Zaro, los amigos del protagonista. 


En referencia a la construcción psicológica, el autor es capaz de describir todos esos pensamientos que suceden en cuestión de segundos ante situaciones violentas que no podemos asumir. Quisiera destacar, por ejemplo, todo el proceso que sigue cuando el personaje comienza a ser acosado y, a la vez, debe controlar la ira que le invade, porque para él actuar de manera agresiva no es una opción válida, no está en su forma de ser. Igual que observaremos en varias ocasiones su carácter más sensible, llena de remordimientos y de atribución interna, hasta el punto de considerar que lo que le sucede es culpa de su "defecto": mostrar interés en estudiar y sacar buenas notas.

Otro de lo aspectos destacados son los argumentos que se esgriman para intentar acabar con esta situación y llevar a la reflexión a sus personajes. Sucede así con los relatos que la profesora crea en torno a palabras concretas, como "cobarde" y "empollón". Aunque creo que en ciertas edades pueden funcionar bien, cuando las leí, me parecieron algo simples. En realidad, Invisible es una novela bienintencionada, una historia para sensibilizar, pero no un tratado completo y exhaustivo sobre todos los aspectos que llevan a esta situación de violencia en las aulas, demasiado normalizada en ocasiones. Quizás por eso desde mi perspectiva, la novela no me acabó de convencer, se me quedaba corta en su recorrido narrativo, pero valoro sus aspectos positivos y estoy convencido de que cumple adecuadamente con su propósito, especialmente al público al que va dirigido. 


Cuando me enteré de su adaptación como serie, tuve un presentimiento que finalmente se ha cumplido: va a estar mejor desarrollada que la novela. Sin quitarle el mérito al autor original, la miniserie, producida por Morena Films y Áralan Films y distribuida por Disney+, aprovecha el material de la historia, siendo bastante fiel, pero lo amplía y mejora en aspectos narrativos que había echado en falta en la novela. Es verdad que el lenguaje cinematográfico no puede cubrir el mejor aspecto de la escritura de Eloy, que es el monólogo interno de sus personajes, pero potencia los que creo que son sus puntos débiles. Para empezar, la historia no se detendrá en el hospital, sino que observaremos más consecuencias y avanzaremos en el tratamiento del acoso de manera posterior, pero también dará más entidad a los personajes principales, asumiendo pocos cambios y haciendo crecer lo que nos proponía la novela.

Con todo, no quiero expresar que la serie sea perfecta. Arrastra algunos problemas que incluso estaban en la novela o genera otros propios. Por ejemplo, es fácil notar en los primeros capítulos unas actuaciones poco creíbles entre los adolescentes, con algunos diálogos que no están bien llevados, sobre todo en las escenas en flashback, pero considero que tiene un desarrollo in crescendo, incluyendo estos matices de interpretación, y que logra su cometido con creces: es una serie dura, que ataca directa a las emociones de sus espectadores y que retrata perfectamente el proceso depresivo de quien es víctima del acoso escolar y del aislamiento que este provoca. Por ello, igual que sucede con la novela, se convierte en una serie necesaria, muy necesaria en estos tiempos en que vivimos.

A partir de este momento, para poder referenciar correctamente lo que sucede tanto en la serie como en la novela, desarrollaré acontecimientos y desvelaré sucesos de la trama, si aún no la has visto y tienes ese propósito, no te recomiendo seguir leyendo. 


La serie comienza con Capi (Eric Seijo), apodo del protagonista cuyo nombre desconocemos, en el hospital tras haber sufrido un "accidente", cuya naturaleza, un intento de suicidio en las vías de un tren, conoceremos en el capítulo final y sobre el que oscilan todas las tramas de consecuencias de la serie. A partir de este hecho, comienza terapia con un psicólogo (en el libro, psicóloga, en la serie recibirá más desarrollo pues nos muestran todas las sesiones y las reflexiones del protagonista a través de la conversación), lo que permite tener dos líneas temporales: la del pasado, cuando Capi comienza el instituto y se desarrollo el acoso, que en la serie recibirá un tratamiento de colores cálidos que se irán enfriando poco a poco, y la del presente, donde los personajes empiezan a asumir las consecuencias de todo lo que ha sucedido, con un tratamiento de colores fríos, sobre todo un azul dominante. 

Entre los cambios más significativos, observamos cómo los padres de Capi se van enterando de todo lo que ha sucedido y que desconocían, se empiezan a interrogar a todos los compañeros de clase por una investigación interna del centro y se desarrollan los comportamientos y actitudes de Kiri (Liv Dobner), Zaro (Izan Fernández) y MM (Diego Montejo). Hay algunos cambios menores que no son relevantes, como que Kiri no es una amiga de la infancia, sino que se conocen en el cumpleaños de Capi previo a empezar el instituto, siendo su interés romántico desde ese momento, en detrimento del interés existente en la novela de Zaro. También se nos muestran más momentos de confianza y amistad entre los personajes, como la visita al centro comercial, confidencias entre amigos en una noche de verano o una tarde de estudio juntos. Se refuerza, sin duda, el interés romántico entre Capi y Kiri para fortalecer la decisión final del protagonista de quitarse de las vías antes de que lo arrolle el tren. 

Esto sucede, a su vez, rebajando la principal razón por la que Capi toma la decisión de apartarse en el libro: su hermana Luna, a la que todas las noches mediante cuentos le iba transmitiendo cómo se sentía. Aunque sucede igual con el cuento del capítulo seis, El niño al que nadie quería, este hecho se sustituye en la serie por la capacidad de Capi para dibujar (que en el libro era una habilidad de Kiri) e inventarse un cómic donde traslada sus vivencias a un superhéroe, el capitán Avispa, que combate a Virus, alter ego de MM. Una de las escenas de emoción más contenida se da cuando la profesora (Aura Garrido, de lo mejor de la serie con su actuación) le escucha narrarle las aventuras de ese superhéroe y ella comprende las metáforas que está empleando y todo el dolor que ha padecido. Resulta curioso porque también se rebajan las escenas en las que la profesora le ayuda tan solo con su presencia. En el libro, el protagonista se cree invisible porque los compañeros que le acosan le ignoran en varias ocasiones, descubriendo posteriormente que era por la presencia de esta profesora. En la serie, este hecho sucederá una única vez, pero el papel de la profesora se reforzará por las conversaciones más detalladas que mantiene con Capi o al mostrarnos en más detalle su pasado. 


Uno de los aspectos que tanto libro como serie abordan algo peor es el aspecto del profesorado y del funcionamiento del sistema escolar. En el libro, apenas se adentra en desarrollarlo, pero algunas cuestiones resultan llamativas, como ese momento en que la profesora tiene que colarse a buscar un informe de un alumno, cuando la realidad no es así. En la serie, se le pone mayor foco a la investigación que lleva a cabo la inspectora y también observaremos más conversaciones entre la profesora y la directora, incluyendo el momento en que es reprendida por haber agarrado a MM previa visita de los padres (en el libro, este hecho queda sin consecuencias). En la serie se decidió que la profesora fuera una sustituta que llega durante el curso al centro y es en el primer examen que hace para saber el nivel del grupo cuando le cambia la nota a Capi a un 10 pese a que debería estar suspenso, lo que no tiene lógica ya que no conocía su nivel previo. De la misma forma, resulta extraño que los tres alumnos que demuestran ser más disruptivos en la clase estén sentados juntos, cuando el resto de alumnos están sentados por parejas, o incluso detalles tan mínimos como que se vaya a realizar una actividad con Kahoot sin una pantalla o proyector en clase. También hay una visión del instituto demasiado genérica, se vende una imagen más internacional que local, lo que provoca que ciertos aspectos de su funcionamiento chirríen a quienes sí trabajamos en las aulas, aunque no sea lo relevante de la serie.

No seré, sin embargo, de los que se rasguen las vestiduras señalando que el profesorado no actúa como en la serie ante los casos de acoso. El acoso escolar es una cuestión muy delicada que presenta más variables que las vistas en la serie y que no siempre resulta tan evidente. Es más, en muchas ocasiones, hay ciertos hechos que se normalizan con bastante asiduidad y que dejan de ser llamativos para el profesorado y para los propios compañeros. No es una disculpa, incluso debo decir que hay igualmente profesores que no muestran la necesaria sensibilidad hacia estos hechos, pero no deja de ser un reflejo de la sociedad en la que vivimos. 


En realidad, incluso viendo los comentarios que se hacen a esta serie nos podemos dar cuenta de que aún queda mucho camino por recorrer. Las motivaciones del acoso escolar son variopintas. Como Capi dice en la propia serie, él se siente un chico normal que no sabe por qué le ha pasado esto. A diferencia del libro, donde se hace más hincapié en que es un chico que estudia bastante y saca buenas notas, en la serie lo percibimos como un muchacho más, que empieza a recibir acoso porque molesta a otro compañero repetidor. Lo cierto es que la dinámica de las aulas en muchas ocasiones ocultan sistemas de represión social. Aunque pueda sorprendernos, la figura del niño que se interesa por estudiar y que se muestra curioso y participativo en clase suele estar mal valorada por sus compañeros. De ahí que surja el mote de "empollón", que es una etiqueta que pesa socialmente y que puede llevar al aislamiento, que en la serie se refleja también en el mundo virtual, cuando la víctima es expulsada de todos los grupos. Para quitarse esa carga y evitar ser señalados, la táctica habitual es dejar de participar en clase, dejar de destacar, hacerse invisibles. Con ello no decimos que sean solo alumnos listos los que sufren esta represión, también lo sufren los que no entienden bien la materia, los que tienen dudas y se callan por no quedar de tontos antes los demás, los que no se arriesgan a responder por miedo al error y a provocar las risas de los demás si queda en evidencia. 

Al final, lo que logramos con estas dinámicas, son grupos de niños apáticos, desinteresados, que se acostumbran a no participar en clase ni a mostrar interés. Y en ello, en muchas ocasiones, también participan los profesores que destacan demasiado el error o que celebran en exceso a los que destacan por encima del resto. Es una dinámica de la que nos va a costar mucho trabajo desprendernos, porque está normalizada: lo guay es no mostrar interés en estudiar, quien lo hace, va contra la corriente. Y en muchos casos, esa es la excusa necesaria para aislar a alguien. Hay muchas más, como el aspecto físico, las diferencias raciales, los estereotipos de género o los comportamientos menos habituales, tanto por introvertidos como por extravertidos, cualquier matiz de diferenciación puede convertirse en la excusa del acoso. Pero el descrito en el párrafo anterior es el que más ha calado en el comportamiento general de los grupos. Incluso hoy ya es fácil encontrar esta situación de desidia y apatía en las clases universitarias y las personas que no quieren actuar así, se ven solas e incluso marcadas por sus compañeros. Lo sé bien porque lo viví como alumno y lo percibo como profesor. En mi caso, como adolescente, me llené de fortaleza para ignorar esta tendencia y seguir el rumbo que quería llevar en mi vida, pero eso no quiere decir que resultase fácil. La verdad es que estas circunstancias siempre dejan una huella indeleble en la mente de las víctimas, heridas y cicatrices que no tuvieron por qué ser físicas, pero que cambian la manera en que te comportas y en que entiendes las relaciones personales. Sentirte aislado de las personas que te rodean, sentir que eres una molestia para los demás, sentir que te rechazan de manera continua. Son cuestiones que fácilmente llevan a la depresión y que pueden empujar a tomar una decisión drástica, como sucede en Invisible. 


Otra de las cuestiones que se le achaca al personaje de Capi es su incapacidad para afrontar la situación: ¿por qué no se enfrenta a MM? ¿Por qué no pide ayuda? ¿Por qué no acepta la ayuda que los demás le brindan? Durante el capítulo 6, la voz del Dragón en off, en uno de sus monólogos más significativos, nos brinda una de las razones: el dolor se puede sobrellevar, aunque al final se instale para siempre en las víctimas, pero la vergüenza es más difícil de asumir. Capi no quiere que nadie sienta lástima por él, no quiere que lo vean sufrir, no quiere ser débil, y por eso su manera de actuar es esconderse. De ahí que le recrimine en el capítulo tres de la serie al psicólogo que haya enseñado el vídeo a sus padres donde se le ve sufriendo acoso. En el libro se observa cómo es él quien cambia sus relaciones, alejándose cada vez más de sus amigos, y sus hábitos, dejando de estudiar, apurando la entrada al instituto y saliendo lo más rápido posible. Aunque esto en la serie se obvia, sí se hace hincapié en cómo rechaza los intentos de sus amigos, especialmente de Kiri, de ayudarle, no quiere que la chica que le gusta lo vea así. En el capítulo sexto veremos cómo también ella se ve influida por las opiniones de sus compañeros y se aparta de él aunque no sea lo que realmente sienta, lo que acabará por provocar aún más que Capi se aísle y aparte de sus amigos. Además, las víctimas se culpan de los que les pasa, algo que es más evidente en el libro cuando el protagonista considera que todo lo que le pasa es por su "defecto". Para empezar, una persona que se considere buena, que acepte las normas sociales y que haya sido bien educado por su familia, no tenderá a la violencia. Eloy retrata a la perfección esta cuestión en su relato de la primera vez que el protagonista se siente acosado: no sabe manejar su ira. No quiere herir a otros porque eso va contra su conciencia. Incluso la única vez que trata de hacer algo, se arrepiente, porque le pueden los remordimientos. Su única manera de dejar salir esa ira es a través de golpear objetos, gritar, dibujar e imaginar un mundo ficticio donde vuelca esas emociones que no sabe manejar aún. A quien le ha pasado como a él, lo entenderá perfectamente.

He leído varios comentarios al respecto de personas que, al sentirse acosados, decidieron actuar con la misma violencia, y que ese provocó el fin del acoso. Es lógico porque los acosadores siguen aprovechándose de la situación cuando no reciben consecuencias, especialmente si la víctima no es capaz de hacerles frente y está cada vez más sola. Es algo que en la novela se menciona en varias ocasiones de manera explícita, aunque pasa más desapercibido en la serie. Pero estamos llegando entonces a la conclusión de que la violencia es la solución, cuando es el problema. La creación de vínculos de confianza entre los niños y los adultos, sean sus padres o sus profesores, es fundamental. Empezar a eliminar la carga negativa que tienen los "chivatos", que evita que en muchas ocasiones los demás compañeros hablen o ayuden. Son algunas de las cuestiones que se deberían resolver. Y aún así, siento que es fácil decirlo de manera teórica, pero me temo que la práctica es una tarea titánica. Creo, sinceramente, que solo el esfuerzo individual continuado da frutos, aunque sea en nuestra parcela de acción. Como sucede con la profesora de Invisible, quizás no solucionemos el mal endémico, pero al menos no dejamos de luchar por ello. 


Es más, en muchas ocasiones los propios acosadores también llevan consigo una manera errónea de entender las relaciones y la vida. La disculpa no debe ser inmediata ni siempre válida, pero sí es necesario trabajar para evitar estas dinámicas sociales. Como se observa en la serie, MM comienza a arrepentirse de lo que ha sucedido e incluso observa impotente el pánico que infunde en Capi sin poder remediarlo. Es un muchacho inexperto que no sabe cómo actuar ni como remediarlo, como le confesará a la profesora. Y eso también sucede: muchos alumnos proceden de circunstancias vitales muy diversas, incluyendo carencias afectivas importantes o situaciones familiares complejas. No saben manejar sus vínculos y pagan su situación con otras personas. De ahí también que el amor sincero que pueda sentir por Betty (Eva Rodríguez), a quien es capaz de enseñarle su vulnerabilidad, está también intoxicado, llegando a ser posesivo con su novia y mostrando claramente una mala gestión de la relación romántica. A su vez, a nivel del aula, el hecho de comportarse mal es una forma de sentirse atendido por alguien. En el libro queda claro que MM siente que su padre le rechaza por sentirse culpable del accidente de tráfico en el que casi muere, pero eso también provoca un doble castigo en ese menor, que no solo siente ira por la situación (en la serie se expande hacia un acoso en el colegio en el que, por cierto, él actúa con violencia para salir de la situación), sino que también le hace sentir culpabilidad por el comportamiento de su padre, como si fuera el causante de algo que no puede manejar. En efecto, las circunstancias familiares y personales de todos son más complejas de lo que se percibe desde fuera. Y las familias no siempre son el refugio idílico para los niños que imaginamos. Ni siquiera aunque lo aparenten. 

Ahí tenemos el caso de los padres de Capi, que en la novela se sienten ausentes y que no perciben los cambios en el comportamiento de su hijo, ocupados de manera continua por el trabajo (una crítica directa a una de las carencias más importantes de nuestra sociedad actual, la falta de compatibilidad y conciliación adecuada entre la vida laboral y la vida familiar), mientras que en la serie nos muestra cómo se van enterando de lo que ha sucedido posteriormente. Por ejemplo, cuando ven la espalda magullada de su hijo y descubren que es anterior al accidente del tren, en el primer capítulo, o cuando descubren el vídeo que circuló por redes de su hijo siendo acosado en el tercer capítulo. La impotencia de estos padres refleja también la que se da en la realidad cuando estas situaciones suceden, porque no estamos preparados para asumir que estas circunstancias nos pueden golpear de la vida o ni siquiera sabemos cómo actuar. Un caso claro lo encontramos en las reacciones del padre de Capi en los capítulos iniciales de la serie o del padre de Zaro, que asume la amistad de su hijo con el protagonista sin observar realmente cómo se está desarrollando. En la novela, Zaro se apartaba cada vez más de Capi, mientras que en la serie llega al punto de bailarle el agua a los acosadores por evitar convertirse él también en un señalado. No se atreve a romper la dinámica ni a ayudar de verdad a su compañero, lo que después provocará que tampoco sepa gestionar sus emociones de arrepentimiento y culpabilidad, volviéndose más irascible y actuando con violencia con MM al final del capítulo quinto. En este sentido, el personaje está mucho más desarrollado en la serie que en el libro, donde pasa más desapercibido. 


En aspectos más técnicos, la serie maneja bastante bien sus recursos. Los elementos de fantasía están bien insertos gracias a la combinación entre efectos especiales y efectos visuales. Combina adecuadamente las dos líneas temporales, diferenciándolas con el uso del color, incluye planos subjetivos muy interesantes, algunos contraplanos muy bien traídos, como el que enfrenta a Capi con el psicólogo al final del capítulo quinto, algunas secuencias con recursos más propios del videoclip, como el final del capítulo tercero, con detalles como el uso de la cámara lenta o la inserción del mundo virtual mediante las conversaciones rodeando a los personajes. Hace un uso muy adecuado del sonido, con una banda sonora acertada que se silencia en los momentos oportunos. Es verdad que se han escogido canciones de carácter más internacional para la serie, algo que en la producción tendrá relación a su promoción fuera de España por tener una distribuidora como Disney+, pero no por ello dejan de ser acertados. Recuerdo especialmente en los dos últimos capítulos las canciones "Karma Police" de Radiohead, "Fear of the Dark" en una versión de Brides of Lucifer del tema de Iron Maiden, o "The Funeral", de Band of Horses. Por cierto, es recomendable también la canción promocional del grupo español Siloé.

En los dos últimos capítulos, seguramente junto al capítulo tercero, se concentran las escenas más duras. La escena de las abejas grabada con un móvil, con la posterior reacción de los padres en el presente, la escena de la paliza en el baño, la clase en torno a la palabra "empollón" y la muestra de un MM arrepentido que es incapaz de solucionar nada frente a un Capi temeroso que no puede afrontarlo, la escena del pozo y, seguidamente, el intento de suicidio en las vías del tren. Resulta muy difícil no afrontar con empatía y dolor todas esas circunstancias. Es cierto que, pese a todo este recorrido, su final no me acaba de convencer, se me queda insuficiente, algo abrupto e idílico, con esa reunión donde todos se culpan de lo sucedido. Creo que no acaba de tener toda la fuerza que podría. Y a nivel narrativo, durante varios momentos puntuales, MM trata de acercarse a Capi para intentar hablar con él y remediar la situación, sin éxito, se incluye también una visita al hospital, pero al final esta conversación no se llega a dar y creo que hubiera sido necesaria por el rumbo de este personaje y como parte de la sanación del protagonista.


En conclusión, la serie te empuja de manera necesaria a querer ayudar a Capi y remueve a quienes han vivido el acoso de una u otra forma. En este sentido, como decía antes, es una serie necesaria y está bien ejecutada, a pesar de los defectos que he mencionado. Creo que sirve para reconciliarse con el pasado, para concienciar a los jóvenes actuales, a los padres y a los profesores, para denunciar que la sociedad falla y que aún debemos trabajar más. Desde que la vi, no he podido evitar seguir dándole vueltas, volver a ver algunas de sus escenas, como la confesión de que sentía que debía ser invisible porque era más fácil asumir eso que la realidad. Me ha generado un reencuentro con emociones que hacía tiempo que no sentía, que creía ya olvidadas y que, en realidad, han marcado de manera inevitable mi forma de ser, y también una sensación de impotencia y frustración que me empuja a seguir trabajando, a intentar evitar que estas cosas sucedan aunque sepa que es muy difícil, mucho más de lo que se ve en la ficción. Por eso la describo como necesaria, porque puede conseguir remover conciencias. Y necesitamos que sea así.

Escrito por Luis J. del Castillo



A ponerse series (XLV): Star Trek: Strange New Worlds (primera y segunda temporadas)

25 noviembre, 2023

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El principal inconveniente de una precuela como Star Trek: Strange New Worlds (íd., CBS-Paramount, 2022-2023), que toma su título de una de las frases iniciales con que daba comienzo la serie original, Star Trek (íd., NBC-Paramount, 1966-1969), es que se construye sobre una serie -valga la redundancia- de parámetros identitarios que se repiten, y que ya fueron establecidos y explorados, en mayor o menor medida, en el trabajo matriz. Aunque en la cronología de la ficción este haya dejado de ser el primero, pues los hechos de la presente se desarrollan con anterioridad. A ello se suma, sin duda, un mayor despliegue técnico, pero no necesariamente un mayor encanto.


Los parámetros pueden y deben ser reutilizados, puesto que ellos conforman el marco de referencia establecido por la serie, de antemano o sobre la marcha; su ambiente y características. Con los argumentos ya sucede algo distinto. Y aquí es donde Star Trek: Strange New Worlds tiende a la reiteración. Podemos concretar ambas vertientes en lo siguiente: un determinado número de personajes aislados en el espacio, que han de aprender a soportarse y convivir, a entenderse entre ellos mismos y con otras razas (primera temporada, episodio IV). Encuentros con estructuras alienígenas, lo que incluye la música como lenguaje comunicativo universal (II). Paralelismos terrestres con otros mundos y con su historia (I). Duelos de naves en el espacio (IV). Fenómenos evolutivos y atmosféricos (III). Emergencias médicas y virus contagiosos (III). Reconocimiento de las inteligencias extraterrestres (II). La determinación de carácter intuitivo del capitán del Enterprise (IV, etc.). Incursiones con la lanzadera espacial (II, IV). La fusión mental vulcana (IV), con el consecuente trueque de mentes (V). Encuentros con formas antropomorfas o monstruosas. Recreaciones de situaciones o conflictos del pasado (es decir, del futuro histórico), como la petición de mano vulcana y la “época Amok” de apareamiento (V). El reencuentro con antiguos amores y colonias alienígenas abandonadas a su suerte (VI). Los alegatos (discursos-resumen del capitán, V). La toma de la nave por manos hostiles, en concreto, las de una activista toca narices (Jesse Keitel), personaje que quiere ser “enrollado” pero se queda en insufrible, y hasta acosadora de las fuerzas del orden (VII). Un universo paralelo y otro opuesto al nuestro, junto a la representación a bordo de una obra de teatro (VIII). El encontronazo con los romulanos, en superposición a otro de los capítulos señeros de la serie original (X). La cotidianidad trastocada en inesperado caos (V). El debido permiso, por descanso del personal o reparaciones (V). Apariciones “estelares” de otras especies conocidas por los seguidores, como andorianos, tellarites, klingons, oriones, gorn (de morfología y aspectos argumentales demasiado parecidos a los de Alien: también emplean a los humanos como incubadoras), hasta una telaraña toliana. Incluso la participación de otros personajes esenciales de la serie original y sus secuelas cinematográficas, tales como Sybock (-), el hermano díscolo de Spock (VII), o el propio capitán James T. Kirk (Paul Wesley), junto a su correspondiente hermano, Samuel (Dan Jeannotte) (IX, X).


Tal vez con todo ello, la CBS TV haya querido quitarse la espina de haber rechazado en su día el desarrollo del proyecto original, ofreciendo lo mismo pero puesto al día; si bien, en algunas series y películas de ciencia ficción, el tiempo y el espacio no existen (quiero decir que siguen siendo actuales, estéticas aparte).

Como antes anticipaba, los huevos Gorn son un claro antecedente de Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979) y Aliens (íd., James Cameron, 1986). Con niña (Ava Cheung) en peligro incluida: la teniente La’an de joven (Christina Chong). A ello podemos sumar escurridizas técnicas diplomáticas y traiciones insospechadas. Situaciones que resultan calcadas, pero expuestas con más medios. De este modo, más que una precuela, Star Trek: Strange New Worlds parece un reboot -un reinicio-, demasiado deudor y supeditado a las temáticas del pasado. Puede que a los espectadores más jóvenes esto les de igual, pero a mí no. Aquí es donde se halla, pienso yo, el principal hándicap de la primera temporada y parte de la segunda, en esta nueva serie. No obstante, justo es reconocer que al menos sortea con eficacia esa Espada de Damocles que todos soportamos en la actualidad en forma de lo políticamente correcto. El desarrollo también evidencia alguna que otra idea brillante -qué menos-, como la inclusión en la nave de la “costra”, la pieza más antigua del primigenio Enterprise, que los ingenieros rubrican con su firma (V). O la inclusión, formando parte de la nueva tripulación del Enterprise, de la descendiente del genocida Kahn Noonien-Singh (Ricardo Montalban), en la figura de la citada teniente La’an. También se sabe dar más entidad a la antipática y anti empática T’Pring (Gia Sandhu), la prometida de Spock (Ethan Peck).

Criado como vulcano por vulcanos, pero de madre terrestre (Mia Kirshner), Spock es, pese a todo(s), lo mejor de ambos mundos, el terrestre y el vulcano, aunque en un principio solo aparente encajar en uno de ellos (V). Él es la evidencia, a veces soportando la correspondiente carga, de la complementariedad de esos dos aspectos generalmente antagónicos, opuestos, puesto que los vulcanos son menos abiertos que los terráqueos. En definitiva, la doble naturaleza de Spock, siempre en pugna por no aparecer desdoblada (VI). En la Flota Estelar se me acepta como soy, confirma; es decir, como medio humano y medio vulcano (V). Un mestizo que, salvando las distancias siderales, habría encajado a las mil maravillas en el rutilante Imperio Español, como nos vuelve a recordar Esteban Mira Caballos (1966) en su nuevo y muy recomendable trabajo El descubrimiento de Europa (Crítica, 2023).


En este caso de racismo encubierto por parte de los vulcanos, que Spock también padece, somos nosotros, los humanos, los moralmente superiores. Un aspecto que también se trató en la previa Star Trek: Enterprise (íd., CBS-Paramount, 2001-2005). El problema de los vulcanos no es que carezcan de emociones, sino que las inhiben, como si fuera un estigma mostrarlas. Y como es lógico, algunos de ellos “estallan” (VII). Las emociones también son naturales, es irracional negarlo o retenerlas. También para los vulcanos, aunque su (antinatural) filosofía lo proscribe. Pero estos son los vericuetos emocionales de esta raza desde la trama original. La justificación la proporciona el propio Spock. Sin un control mental adecuado, las emociones vulcanas son peligrosas. La lógica neutraliza nuestra ira (IX). No parece lógico renegar de una parte de lo que uno es, salvo que esas emociones queden amplificadas por la naturaleza vulcana y constituyan un serio peligro para el resto de acompañantes. Esta es otra deriva interesante. Las emociones expresadas por los vulcanos resultan ser mucho más violentas, en consonancia con su mayor fuerza física.

Algo parecido sucede con la teniente comandante Una Chin Riley (apodada Nº. 1; Rebecca Romijn), que mezcla frialdad con calidez, aunque de una forma menos traumática. Sus problemas vendrán por una mera cuestión de normativa estelar. A Kirk lo contemplamos, como marcan los cánones de la serie, al mando de la Farragut (X).

Nos falta, como personaje principal, el capitán Christopher Pike (Anson Mount). Figura de liderazgo bien desarrollada y argumentalmente atractiva. Por ejemplo, es conocedor de su futuro (X), que como los seguidores saben, viene determinado por el capítulo La colección de fieras (The Menagerie, 1966) de la serie original. En puridad, un remontaje, junto con material nuevo, del primer piloto de la saga. Es, además, un capitán aficionado a la buena cocina. Lo que le da una dimensión no libre de limitaciones. Disponer de una vida familiar es un lujo que parece no estar al alcance de un capitán de la Flota Estelar (temporada II: IV), tal y como le sucedía -o le sucederá- a Kirk.


Aun así, vence el peso de unas similitudes con la serie-modelo que resultan cansinas; irritantes, que diría el señor Spock, a lo largo y ancho de la primera temporada (el robo del Enterpirse de nuevo, por amor de Dios), y parte de la segunda -si tal escisión cabe-. No obstante, esta última parece reconducirse hacia un rumbo más apasionante y personal, que deseamos confirmen las siguientes temporadas. Se inicia con el proceso a Oona, por ocultar información de carácter étnico en su informe de ingreso en la Academia y, consecuentemente, en la Flota. Por el mero hecho de ser iridiana (II: I-II). Un proceso legal más sagaz de lo acostumbrado, aunque no consiga zafarse de cierta moralina doctrinal, más de forma que de fondo, en cualquier caso. El personaje de la teniente Noonien-Singh también se enriquece. Evoluciona su carácter, demasiado cerrado. Se produce el inevitable reencuentro con los klingon, y con una materia tan necesaria para la nave como es el dilitio (temporada II: I). Así mismo, con una refinería de deuterio, y los seres que viven y se desarrollan en este medio (como después pasará con la horta y la silicona) (II: VI). Y el grano tritical, pero sin Tribbles (II: VII). Spock prosigue con sus retenidas emociones a flor de piel: esto sucede antes del Kolinar, la disciplina vulcana para erradicar -someter- dichas emociones por completo. Tal y como se abre la excelente Star Trek (íd., Robert Wise, 1979). Asistimos a nuevos vestigios de civilizaciones perdidas, anomalías energéticas, y seres que habitan una brecha espacio-temporal (II: V).

Por descontado, Star Trek: Strange New Worlds ofrece mejores decorados. No podía ser de otro modo. Los camarotes están mejor dispuestos, y el resto de los escenarios bien recreados, aunque como sucede con casi todo lo digital, pasan ante el espectador demasiado rápido, no da tiempo a disfrutarlos (excepción hecha de los citados camarotes).


En fin, en la segunda temporada seguimos viviendo de las rentas. Un nuevo juego con las líneas temporales alternativas, y experiencias de regreso al pasado. Vulcanos demasiado secos y categóricos (algunos humanos también, de tal palo…) Incluso la presencia de otro asesino viajero-temporal (III) -Un lobo en el redil (Wolf in the Fold, 1967)-. Aun así, ante una reescritura o puesta al día donde enseguida se suele hacer de noche, comienzan a aparecer, como anticipaba antes, algunas ideas titilantes, ya que Star Trek: Strange New Worlds avanza y resulta estimable cuando sigue sus propios vericuetos. Se repesca otra especie, los kerkhovianos (¿homenaje primigenio a Kirk?), en la lucha de Vulcano. La sospecha de un sabotaje, que nos remite a Aquel país desconocido (Star Trek: The Undiscovered Country, Nicholas Meyer, 1991). Y se nos invita a ser testigos de la esperada e inédita relación entre el teniente Kirk y su hermano Sam. O entre Kirk y la teniente de comunicaciones Uhura (Celia Rose Gooding). Otra buena deriva, por supuesto con sus raíces en la serie original, la encontramos en el cerebro humano como traductor universal de un alienígena, sin máquina interpuesta (II: VI).

Así mismo, destacan entre lo mejor de la segunda temporada las lagunas de memoria que resultan constitutivas del planeta Rigel VII y sus proximidades (IV). Con la consiguiente recuperación de los recuerdos de cada cual. La beca que se concede por medicina arqueológica, junto a la idea de que, ser humano no es vivir sin auto control (V). También las recurrentes visiones de Uhura (II: VI). El capítulo séptimo comienza a modo de dibujos animados. Dirige Jonathan Frakes (1952), uno de los actores y realizadores de la generación siguiente a la inicial. En este, unas alteraciones físicas han creado un portal temporal. El viajero espacial es, en esta ocasión, el alférez Boimler (Jack Quaid), de rasgos y comportamientos afines a la historieta, en la que seguramente es la ocurrencia más feliz de toda la serie (pues de un dibujo animado se trata, en su plano de realidad). El argumento y visualización se dan la mano con las aventuras animadas de 1973 y 74 (NBC).

Podemos añadir el encuentro con los oriones, donde se solventa el estereotipo de que únicamente son piratas o meretrices, con la suficiente pericia de no anular tales roles.

Tal vez otro de los personajes más sugestivos sea un embajador klingon retirado (Robert Wisdom), en conflicto con las cicatrices del pasado del doctor Josephn M’Benga (Babs Olusanmokun). En esta ocasión, el viaje al pasado está conformado por la experiencia previa de estos dos protagonistas, lo que les confiere una amarga profundidad en el futuro (su presente) (II: VIII). En cualquier caso, el modelo para el embajador klingon es el genocida Kodos el Verdugo de La conciencia del rey (The Conscience of the King, 1966).

Otro pliegue subespacial, rescata la idea de la comunicación a través de la música, ahondando en ella con inspiración, mientras pate de la tripulación permanece atascada en un campo de inestabilidad cuántica, que convierte al Enterprise en el escenario de un musical (II: IX). Es rizar el rizo, pero por lo menos se ofrece algo distinto. Finalmente, en el último capítulo de la segunda temporada se produce el ataque de los gorn a la colonia Parnaso Beta. Allí tomamos contacto con otro querido y sustancial personaje de la historia original y sus consecuentes películas. Me refiero al joven ingeniero Montgomery Scott (Martin Quinn). El episodio queda in media res, pero auguramos al señor Scott una larga y próspera vida.


Stra Trek: Strange New Worlds se ubica en la era dorada de la exploración. La misma que pudieron compartir Núñez de Balboa (1475-1519), Urdaneta (1508-1568) y El Cano (1476-1526), si nuestro desconocimiento y complejos no nos impidiera recordarlo. Solo que trasladado al espacio. Destaca igualmente en el reparto la presencia de la actriz Carol Kane (1952), como excéntrica adiestradora de ingenieros (es de raza lantanita), y otros personajes entrevistos en la saga inicial, como el almirante Robert April (Adrian Holmes) y, sobre todo, el facultativo Joseph M’Benga, antes citado. También Spock y su madre, o T’Pring y su familia (Elora Patniak y Michael Benyaer) (II: V), rituales “plasta” vulcanos incluidos.

Como también suele ser habitual desde los 2000, la banda sonora resulta en extremo sosa, salvo cuando parafrasea los temas clásicos de la serie, y en algunos pasajes muy determinados de suspense y misterio. Baste comparar el resultado con las recientes ediciones que de las partituras originales está haciendo el sello discográfico La La Land.

Cada vez estoy más convencido de que todo está en las tres temporadas de la serie original.
 


¡A ponerse series! (XLIV): Los hombres del SAS, de Ben MacIntyre, y adaptación para televisión

23 marzo, 2023

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Son irritantes, contestones, desatendidos en muchos aspectos, sin filtros. Me refiero a algunos de mis alumnos, pero bien podría referirme a los hombres del S.A.S. Esto, hasta que alcanzamos un óptimo nivel de comprensión y entendimiento mutuo. Personas así forman parte de los cimientos del futuro, como lo han venido siendo del pasado. No todo el mundo está hecho para los estudios. ¿Y qué es el S.A.S.? Fácil, el Servicio Aéreo Especial, una unidad británica formada en el norte de África en 1941, en plena contienda de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Reclutó combatientes de todo el mundo y estuvo activa de 1941 a 1945, siendo reformada en 1947 (el mismo año que se creó la C.I.A.). Aún sigue en uso y disfrute de sus respectivos gobiernos, pero es a este primer periodo que se circunscriben los hechos relatados en el presente libro.

Con lo expuesto no quiero decir que en la unidad no hubiera gente instruida, a distintos niveles, sino que parte del grupo estaba constituido por inadaptados y alborotadores. Incluso depravados, en casos extremos. Los despojos de las escuelas públicas y las cárceles (nota del autor, y frase recogida por la posterior serie, capítulo II). Su objetivo, las misiones clandestinas y vitales para el devenir de la guerra. Incursiones contra objetivos propuestos por el Eje.

 
Pero el estupendo libro del historiador británico Ben McIntyre (1963) trata del aspecto humano por encima de todo y en cualquier circunstancia. Nuestra capacidad para adaptarnos, establecer vínculos y sobrevivir, si es posible, a las situaciones más adversas e inesperadas. Este es un libro sobre el significado del valor (íd.).

El texto se divide en dos partes, las operaciones en el desierto, concretamente, en el norte de África, y las que acontecieron en Europa, hasta el final del conflicto bélico. La inauguración llegó con la llamada Operación Squatter, en la que participaron unos cincuenta y cinco soldados paracaidistas.

Pero antes de eso, lo primero que me llama la atención es el excelente retrato del carácter del jefe de la unidad, David Stirling (1915-1990) (capítulo I). Y el de su segundo al mando, John Steel Lewes, apodado Jock (1913-1941), un decantador y desencantado del nazismo, solitario y férreo. Instructor Jefe del llamado Destacamento L, como entonces se conocía a la unidad, e inventor de las “afortunadas” bombas Lewes, protagonistas por derecho propio de buena parte de las aventuras rescatadas por McIntyre -y otros autores no traducidos al español-.

Sobre el tablero también hormiguean el desinformador nato Dudley Wrangel Clarke (1899-1974), oriundo de Sudáfrica, y del que entre sus muchas peculiaridades estaba el deambular por Madrid vestido de mujer (!) (II). A ellos se suman el estadounidense Pat Rilley (1915-1999), el inglés Jim Almonds (1914-2005), ambos combatientes en Tobruk (Libia), el oficial inglés Reg Seekings (1920-1999), difícil de manejar; el teniente escocés Bill Fraser (1917-1975) y el irlandés Eoin McGonigal (1920-1941), estos dos, mis favoritos, por decirlo así. El más joven era el británico Johnny Cooper (1922-2002). Buen chaval. El más inestable y explosivo, el irlandés Robert Blair Mayne, Paddy (1915-1955), jugador de rugby y experto en el placaje mediante todo tipo de expresiones corporales y verbales.
 
David Stirling -derecha- junto a otros componentes
La individualidad y la confianza en uno mismo no siempre son muy valoradas en el ejército (III). Y precisamente, el texto de McIntyre es la suma de una serie de individualidades, de talante acuoso, aéreo, terreno o fogoso, en función de las distintas personalidades. Lo hemos señalado en multitud de ocasiones y lo repetimos. Sin individualidad no puede haber colectivo. Todo intento de colectivizar al individuo, lo despersonaliza. El destacamento se establece en Kabrit, al este de El Cairo. Sus integrantes debían ser polivalentes: conductores, mecánicos, experto en explosivos, cartógrafos… Nunca sabe uno de dónde puede surgir un grupo de élite. Con apenas cien hombres, se crea la unidad, dirigida por Stirling, pero bajo el mando del general Claude Auchinleck (1884-1981).
 
La primera incursión llega bajo el nombre de la citada Operación Squatter, que acaba en desastre a causa del clima (una tormenta de arena y un diluvio). Y las primeras y lamentables bajas (IV). Pese a todo, nadie da su brazo a torcer, y se advierte la importancia e influencia de la unidad. Pronto surge la asociación con el LRDG (Grupo de largo alcance terrestre del desierto), para poder llegar a los lugares por tierra, en lugar de por aire, y ser evacuados de forma más conveniente (V). Una de sus esporádicas bases la hallarán en el oasis de Jalo, al oeste del Gran Mar de Arena en Libia. Su intención es atacar los aeródromos de Sirte y Tamit, junto con otros dos, dividiéndose en cuatro contingentes (VI).

La muerte va visitando a unos y otros. Eje y Aliados. Las nuevas incursiones y ataques aéreos, entre ellos, uno alemán al convoy del Destacamento L, cuestan la vida a muchos de estos valerosos muchachos. Siempre en la brecha, queda establecido el lema del destacamento, quien arriesga gana; su definitiva nomenclatura (S.A.S.), y sus insignias, símbolos de una hermandad privada (VII). El S.A.S. estuvo implicado en la primera operación anfibia, frente a las costas de Bouerat, en Bengasi (Libia), y se nutrió con la sabia de un equipo de paracaidistas franceses al mando del general Georges Bergé (1909-1997). Haciendo millas, se afianza el entendimiento entre David Stirling y Paddy Mayne, los dos principales responsables. Surge así un nuevo puesto de control en el oasis de Siwa (Egipto), con el fin de fortalecer la República de Malta, base aliada entre Gibraltar y Alejandría. Como decía Winston Churchill (1874-1965), si Malta se perdía, se podía perder África; y si África se perdía, se podía perder la guerra.
 
 
El gran tour de force es el ataque a Bengasi (VIII). Cuando este se concreta, misión divertida pero infructuosa, el equipo cuenta con la presencia de Randolph Churchill (1911-1968), el hijo del Primer Ministro Winston Churchill. Finalmente, Randolph ha de abandonar el destacamento por una lesión de espalda (en las vértebras) (IX).
 
Junto a la esporádica y bien acogida ayuda de William Stirling (1911-1983), hermano de David, el S.A.S. se beneficia de la incorporación de un médico, Malcolm James Pleydell (1915-2001), y del capellán Fraser McLuskey (1914-2005), imprescindible por su contribución de campo y por legar unas sustanciales memorias. O Bob Lilley (1914-1981), el estrangulador del desierto.

Más controvertida es la presencia de otros personajes singularísimos, como Herbert Brückner, Buck (-) y Walter Essner (-), especialistas en hacerse pasar por alemanes, debido a su ascendencia, y no revelaremos más.

Los objetivos son ahora Derna y Martuba (Libia), para afianzar el dominio aliado en la referida isla de Malta.

Tras la inesperada muerte de uno de los integrantes, Georges Jellicoe (1918-2007) es transferido como segundo al mando. Entre tanto, el equipo francés acomete el asalto al aeródromo de Heraclión, Creta (Grecia) (X).

A estas alturas, las hazañas de Stirling, en parte leyenda, eran un elemento fundamental de la moral militar británica (XI). Aunque, como nada permanece en su sitio para siempre, cada vez se hace más difícil atacar los aeródromos. Entre los prisioneros del S.A.S., y no hubo muchos, se contó el médico alemán Markus Luterotti (1913-2010), que llegó a establecer un curioso vínculo con los soldados de la unidad... antes de escaparse. En los altos mandos, Harold Alexander (1891-1969) sustituye a Auchinleck, pero el S.A.S. sigue tan operativo, que uno de los capítulos más apasionantes que narra McIntyre, no tuvo lugar en las arenas del desierto, sino en los salones de Egipto, y fue el encuentro de David Stirling con Winston Churchill. Una charla que garantizó el futuro del destacamento.

A pesar del tibio resultado en Tobruk y Bengasi, y dejar a varios heridos atrás para su consternación, al tener que trasladar el campamento, Stirling fue ascendido a teniente coronel, y el destacamento alcanzó el honorable estatus de regimiento (XIII). Tras caer en una emboscada y ser hecho prisionero, Jim Almonds fue partícipe de dos intentos de huida del enemigo antes de reincorporarse al regimiento.
 
El S.A.S. en Francia
De aquí a El Alamein (Egipto), en plena disputa entre Erwin Rommel (1891-1944) y Bernard Montgomery (1887-1976). En este escenario se enmarca la odisea del soldado del S.A.S. John William Gillitoe (-) y su arriesgada travesía por el desierto, tras ser atacada su unidad de noche. Y el episodio del espía John Richards (1918-1946), soldado del ejército británico y fascista consumado. O la creación del S.A.S. 2, a cargo de William Stirling, recordemos, el hermano de David (que entre tanto había sido hecho prisionero: el S.A.S. originario queda ahora en manos de Paddy Mayne. David será liberado al final de la contienda, nada menos que de Colditz) (XIV).

Sobreviene la invasión de Sicilia (Italia), el diez de julio de 1943, el contingente de ataque anfibio más grande hasta el Desembarco de Normandía, el seis de junio de 1944. Junto al S.A.S., en ella intervienen los ya míticos Octavo Ejército (del inglés Montgomery) y el Séptimo Ejército (del norteamericano Patton). De esta manera, el ocho de septiembre de 1943, se produce la capitulación del gobierno italiano (XV). El S.A.S. ha dado el salto a Europa.

Fusilados resultaron veintiocho miembros del regimiento, tras haber dificultado el avance de los panzer e infligido numerosos daños a las redes viarias y carreteras alemanas, en lo que se denominó la Operación Bulbasket, con incorporación de maquis franceses y otros miembros de la Resistencia (XVI).

El escenario que anticipa el fin de la guerra cada vez parece más enrarecido. Por todas partes había espías, reales o imaginarios (XVII). McIntyre insiste en que el auténtico valor de las misiones del S.A.S. radicaba en su impacto (no cuantificable) en la condición humana (XVIII). A los miembros fundadores, se añaden el irlandés Roy Farran (1921-2006), del 2º S.A.S. (XIX), el capitán de ascendencia holandesa Henry Carey Druce (1921-2007), y su sargento Kenneth Seymour (1921-2004), puesto en entredicho en la Operación Layton (en Alsacia-Lorena). Farran llevó a cabo su ataque al centro de mando del cuerpo LI alemán, cuando el fin de la guerra en suelo italiano estaba a punto de concretarse (XXI). Todos coinciden en que el último movimiento de la guerra fue el peor. El S.A.S. pisa suelo alemán el 25 de marzo de 1945 (XXII). Poco después se producirá la traumática liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen (Baja Sajonia, Alemania), por el aplicado, indisciplinado y valeroso regimiento (XXIII). Nada podía volver a ser lo mismo.
 
Imagen de la serie
El S.A.S. dejó de existir oficialmente en octubre de 1945, pero fue vuelto a fundar en 1947, como señalaba al comienzo. Tras la guerra en Europa se procede a la debida investigación de los crímenes de guerra, en la que también participaron algunos miembros del S.A.S. (con inclusión de la tabla ouija para localizar cadáveres) (XXIV).

Existe un epílogo en el libro, que nos da cuenta de la vida de quienes nos han venido acompañado a través de las páginas de tan apasionante libro, una vez ha transcurrido su tiempo en el S.A.S. En la mayoría de los casos resulta deprimente proseguir con algunas biografías, pero existen excepciones. Que no daría yo por haber podido tender una mano a Bill Fraser.
 
Así, llegamos a la plasmación en imágenes propuesta por la reciente serie Los hombres del S.A.S. (S.A.S.: Rogue Heores; BBC, 2023). Escrita por Steven Knight (1959), responsable de la serie Peaky Blinders (Íd.; BBC, 2013-2022), en torno a lo expuesto en el libro de Ben McIntyre. El primer encontronazo como espectador lo encuentro en una narrativa dominada por cierta chulería verborreica, y una marcialidad impostada, en conflicto directo con los aspectos humanos mejor descritos en el libro. La visión que ofrecen de sí mismos algunos de los protagonistas, también me parece distorsionada. Los altivos “discursos de pose” acaban por asfixiar la soltura de la espontaneidad (resultan demasiado escritos). El lenguaje barriobajero traducido (doblado al español), más afín al siglo XXI que al XX, tampoco ayuda a motivarse y entrar en situación. Son actitudes y líneas de diálogo expuestas sin la sencilla gracia de la picaresca: esta resulta demasiado solemne, confundidas las réplicas agudas con el nihilismo más cargante. Hasta la petulancia hay que saber dialogarla (y ponerla en escena). Heroicidad por testarudez. De tal modo que el don de gentes de Stirling, claramente descrito por McIntyre en el libro, se ve persistentemente neutralizado. Los altos mandos son unos capullos integrales, y los sin escolarizar, los cimientos díscolos de la nación, en lo que es un acto de maniqueísmo sofocante.

Con todo, lo cierto es que la serie toma aire con los diálogos entre personajes, más que con estos monólogos lanzados al aire y apelmazados, donde el engreimiento resulta artificioso, sin la chispa caballeresca del clasicismo (actual o pretérito).
 

El primer capítulo se centra en la toma de Tobruk. En Egipto, los tenientes David Stirling (Connor Swindells), Jock Lewes (Alfie Allen), y Paddy Mayne (Jack O’Connell), se reunifican, tras andar desperdigados, con objeto de crear un nuevo contingente de ataque y acabar con su monotonía vital e inactividad guerrera. Su principal objetivo en estos momentos iniciales parece sintetizarlo Stirling cuando asegura que nunca más volveremos a replegarnos (por el sempiterno cambio de manos del puerto de Tobruk). Avanzar hacia donde sea, pero avanzar. Los cimientos de la unidad, endebles y robustos a un mismo tiempo, han quedado establecidos.

Sin embargo, se corre el riesgo, desde mi punto de vista, de convertir ciertos capítulos en un falso diario de campaña, por quedarse meramente con lo más vistoso: el espía Dudley Clarke (Dominic West), agente secreto travestido, sin que se nos aclaren sus motivaciones, creador de la Brigada Fantasma que luego se materializará en el contingente del S.A.S. La serie incorpora además un personaje femenino de ficción, una periodista y enlace que termina como Jefa del Servicio Secreto Francés en El Cairo, Eve Mansour (Sofia Boutella). Nada se añade con este personaje, salvo que puede resultar tan insolente en sus réplicas como algunos de los otros (no es lo mismo independencia que impertinencia). No obstante, se le endosará a David Stirling. Al fin y al cabo, una carga más que importa. Buenas líneas de diálogo las tenemos cuando Paddy Mayne anuncia, con su proverbial sinceridad, que nunca he matado pájaros. O Stirling abogando a que no tendremos que responder (de sus acciones) ante nadie. Lo cual se revela falso, como ya hemos tenido ocasión de constatar. Sí tendrán que rendir cuentas, ante sí mismos, en primer lugar, y luego ante sus superiores (totalmente descafeinados en la serie). De esta guisa, queda constituida la Primera Brigada del Servicio Aéreo Especial (II).

No puedo evitar pensar que cuantos más medios digitales tenemos, peor salen las cosas a un nivel cinematográfico (en televisión o en una pantalla de cine). Cada vez es más raro hallar películas o series cohesionadas en todos sus aspectos, cuando casi se ha perdido el arte de dialogar, no digo ya saber dirigir, e incluso producir (cuando el productor es la “estrella”, a ver quién es el guapo que lo llama al orden cuando está equivocado). De la música, mejor ni hablar. En el caso que nos ocupa, roquera pero facilona (lo lamento).
 

Pese a todo lo dicho, mentiría si dijera que en la adaptación no hacen acto de presencia una serie de momentos bien conseguidos, tanto a un nivel argumental como visual. Lewes y Stirling frente a una mesa de billar, desplegando su propio futuro (I). Dos caracteres contrapuestos pero sincronizados en un objetivo común, y cierta inconsciencia valerosa, que es lo que los hace, sino únicos, sí muy especiales. La voz en off de los distintos paracaidistas antes de su primer salto, en la que va a ser su primera -y frustrante- misión, cargada de aspiraciones (III). La tonada Para Elisa (Für Elise, 1810), de Beethoven (1770-1827), que enlaza con los sentimientos de dos de los protagonistas, Paddy Mayne y Eoin McGonigal (Dónal Finn); el aliento épico que se desprende de la imagen de la mano de otro de los personajes, emergiendo inerme en la arena (íd.). La matanza en el hangar de Tamet, la competición por objetivos alcanzados entre los distintos equipos del S.A.S., la búsqueda de la tumba improvisada de un querido compañero, con el que se ha muerto en parte (íd.). El entrenamiento con los franceses, a cargo de Georges Bergé (Virgile Bramly) (IV), y en general, la incursión a Bengasi, punto por punto narrada por McIntyre (V); o en fin, la entrevista con Winston Churchill (Jason Watkins) (VI). Así mismo, la fotografía, del danés Stepahn Pehrsson (sic) (1975), resulta adecuada en todo momento.
 
Los hombres del S.A.S., como serie, se centra en el entramado de actividades de un regimiento que ya forma parte de la historia, con todos los atípicos honores, en el norte de África. Con lo cual supongo que sobrevendrá una segunda temporada centrada en la otra parte del libro, esto es, en las actividades en suelo europeo que antes hemos señalado de forma somera. Deseo que los desarreglos estructurales de la primera temporada se solventen en lugar de incrementarse. Los héroes del S.A.S. lo merecen.
 
Por cierto. Qué bien saben contar los ingleses su historia, y qué regular lo hacemos, cuando lo hacemos, los españoles. Envueltos en la coraza de lo ideológico, en lugar de lo histórico y audiovisual.

Escrito por Javier Comino Aguilera




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